Tiempo, tiempos…

“Ha muerto el tiempo lento que arrastraba las horas

de edades infinitas y aliento interminable.

Tiempo ancho de espigas

en que ser más humanos, ser la voz

Fotografía de un desnudo, siglo XIX. Anónimo.

que pronuncia el lenguaje y lo fecunda,

en que oír germinar la semilla en su vaina

y crepitar la lumbre del verano

en toda su candeal eternidad.

Hoy el tiempo nos vive,

fluye, acelera, exhorta, certifica el momento.

Hoy el tiempo domina y sus terrores

cercenan voluntades e individuos.

Muere el alma en la aguja del enjambre.”

Este poema, “Tiempos inciertos”, de Pilar Blanco Díaz, está en la página 14 de ese libro, “Espacios y tiempos inciertos de la cultura”, (de J. A. Roche Cárcel et alii), que ya hemos citado en anteriores textos. Se diría que el tiempo primero que se añora en el poema, ése del que se dice “Ha muerto…”, es lo más parecido a un tiempo mítico, a un tiempo donde la vivencia misma de éste no es sino un muy lejano marco, algo en realidad ausente por irrelevante. ¿El tiempo de la infancia, o el tiempo de otros tiempos? Tanto da ahora : lo que importa y se nos impone es esa otra presencia, absoluta casi, imperiosa, de un tiempo que, como si fuera un nuevo Saturno, (un Cronos devorador), nos va devorando a velocidad indecible. Porque somos hijos del tiempo, y más aún : de nuestro tiempo.

Nosotros somos los hijos de ese tiempo, y las edades de oro y de certidumbres han quedado atrás, muy lejanas en la historia. ¿Acaso sólo somos hoy seres grises que miramos un espacio azul en el recuerdo y sentimos sólo la marea sin término de un acecho implacable, frío? Mejor quizá nada preguntar : ausentes las respuestas, es más hacedero el sueño de un espacio nuevo y un tiempo renovado. Más fácil soñar lo que se desea.

Porque lo único o casi lo único que no sea lo que tenemos como inseparable, – : corazón, entrañas, cerebro, mirada, alma…-, y que no es posible recuperar una vez perdido, o es tiempo, o se nos hace cosa en el tiempo. “Somos el tiempo que nos queda”, dice un libro de poemas, no muy lejano en los calendarios, (J. M. Caballero Bonald). “En busca del tiempo perdido”, es el título de una novela-mundo, (Marcel Proust). Acaso sólo sea tiempo lo último que nos queda, lo último que tenemos.

Pero existe, o por mejor decir, nos sobre-nada otra posibilidad : la del tiempo detenido. El tiempo “quieto” de las fotografías. No dejemos por eso de recordar aquello de “algún día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía”, que cantara otro muy singular poeta, Miguel Hernández. Pero, incluso sin olvidar esa acechanza insoslayable, la fotografía, de algún modo, acaba creando mundos fijos, mundos hábiles para la eterna mirada hacia atrás, para el “retorno de lo vivo lejano”, para decirlo con palabras de Rafael Alberti. Y esa posibilidad, aun apenas entrevista tan sólo, ya crea una esperanza : la de apresar el caballito soñado del niño del poema de don Antonio Machado, por ver así de acercarnos a poder apresar un día el caballo de verdad… Si es que eso es posible, que va ser que no, nos tememos : la vida empuja como un mar sin término, y sus olas nos llevan de las playas a la alta mar, donde sólo queda ya el más digno de los naufragios. La vida /…/ empuja como un aullido interminable, (J. A. Goytisolo). Tiempo, tiempos…

Nota.- La imagen de arriba es fotografía de un desnudo, de autor anónimo, del siglo XIX. Compárenla con la Lilith de J. Collier ( en “Visiones, el desnudo como estilo”) en el foro Comunidades, de La Opinión de Málaga. ¿Dónde está en ellas el tiempo? Ver:

Comunidades – La Voz al Vuelo -

Tiempo y Laberintos

¿Son los laberintos algo imaginable como pertenecientes al tiempo, o por el contrario un laberinto es algo que por su naturaleza está en realidad ajeno al tiempo, a todo tiempo? La pregunta no carece de importancia, pero la respuesta que puede generar sí : porque hay laberintos del tiempo, y laberintos sin tiempo. Aquí, en estas entradas o textos para blogs, nos centraremos sobre todo en los laberintos de tipo nocional, esto es, ideales, y por lo tanto no temporales.

Pero no nos vayamos a ellos sin dejar constancia de esto, tomando ahora como guía una palabras de un muy

El Falso Espejo

singular poema de F. G. Lorca, el “Poema de la siguiriya”, aquel que comenzaba con esa visual expresión que decía :

“el campo de olivos se abre y se cierra como una abanico.”

(Que reproducimos sin su ordenación en versos, pues ahora sólo interesa la idea que expresa, no su resonancia poética).

Escribió Lorca en ese casi onírico poema aquello de

Los laberintos

que crea el tiempo

se desvanecen.

/…/

Sólo queda

el desierto.

Un ondulado

desierto.

Los “Poemas del Cante Jondo” son en sí un libro laberíntico, en el sentido de que en sus poemas late la búsqueda de un centro desde el que será posible irradiar la presencia, primero, y la cabal aprehensión, luego, de todo un mundo interior de extraordinaria riqueza. Ni más ni menos a como suele ocurrir con las propuestas que nos plantean los laberintos.

Esta obra del poeta de la llamada por unos “Generación  de la República”, escrita entre 1921 y 1924, (y publicada finalmente, si mal no recuerdo, en 1931), es, junto con el “Romancero Gitano”, de capital importancia en la primera etapa de la poesía de Federico García Lorca. Pero ahora, nos vamos de estos pagos y buscamos directamente los que deseamos poner ante la consideración de los lectores.

Jerry Thomas, un escritor de tendencias místicas, escribió, – a propósito del sentido que él encontraba en el hecho de nacer/vivir -, que existe un  propósito, algo que diseña tanto nuestro nacer como nuestro vivir. Y describía o imaginaba, representaba idealmente el nacer como el ingreso en un laberinto del que sólo se sale con la muerte. Y se ceñía en uno de sus poemas a estas ideas:

Mathematics is the words

Meaning is the music

Life is the “Song of the Soul”.

Pueden parecer ideas simplistas, y desde luego pueden parecer muy discutibles algunas de ellas, incluso todas : dependiendo del estado cultural, la situación men tal en que nos encontremos, pero no son ideas desdeñables las que expresa. Si el lector tiene la amabilidad de entrar en ese otro texto que titulábamos “Laberintos, Símbolos, Ciudades”, y que se ha publicado en otro foro (complementario de éste) en el mismo diario “La Opinión de Málaga”, será posible avanzar unos pasos más en la dirección que ahora querríamos tomar. El “puente” o link para dicho texto es este:

Comunidades – La Voz al Vuelo – Laberintos, símbolos, ciudades

Ahí se puede ver una obra de escritora anglo-mexicana, Leonora Carrington, donde se representa un laberinto de tipo clásico, uno de los más elementales que se conocen. Estos laberintos con casi toda certeza se remontan por lo menos al Neolítico, y hay constancia de ellos en culturas con más de unos 4 ó 5 años anteriores al siglo del emperador romano Augusto, sin que se descarte que puedan haber estado ya presentes en etapas muy anteriores, unos 30.000 ó 40.000 años atrás, es decir, desde el mismo Paleolítico que conocemos en Eurasia. El tema que hoy hemos tratado sólo está insinuado, apenas esbozado, pues es un asunto de múltiples facetas. Lo iremos abordando en textos sucesivos, donde las ciudades, y los tiempos de la historia, y las culturas van a ser nuestro marco de referencia. Pero no nos vamos sin tratar de quedarnos con esta idea : ¿Y si los Laberintos, al igual que los Tiempos, no fueran sino falsos espejos de los que salir no es más que llegar a ver con nítida claridad? Quién sabe…

Anoto :  La imagen que se reproduce es de René Magritte, y se titula “El Falso Espejo”.

Somos eternos ríos

Earth over Africa

Veamos esta cita :

“… el individuo está hoy inmerso en un crono-topo en el que ha triunfado el devenir, en el que ha sido casi totalmente diluido el espacio y en el que se ha entronizado “la insoportable levedad del ser” (Milan Kundera). No debe sorprendernos si se tiene en cuenta que el mundo que todos habitamos en la actualidad se ha convertido en un espacio liviano, flotante, fluido, sobre el que las sociedades, las culturas y los individuos flotan desarraigados, frágiles y -como los átomos- azarosamente en un universo inconmensurable. Es curioso que Lucrecio ya intuyera todo esto cuando escribió -en De la Naturaleza de las cosas, siglo I a. C.- que el comportamiento de los átomos, sus movimientos imprevisibles, los situaban en un tiempo y un espacio inciertos -incerto tempore incertisque locis- que son los que, según él, sustentan la libre voluntad de nuestros actos.”

Este cita, tomada de la página 16 a 17 de la obra de “Espacios y tiempos inciertos de la cultura”, de Juan A. Roche Cárcel (y otros), es singularmente significativa. Nos lanza a la necesidad de una constante re-visión de los presupuestos conceptuales sobre los que asentamos ideas, visión del mundo, e incluso bases éticas y morales para movernos en la vida cotidiana misma : pregúntese el lector, si es persona con más de 40 años, cuántos imaginaban “normal” cosas como el cambio de sexo, se pone por caso, que no sólo implica la tecnología y los avances de la medicina y la cirugía, sino también una cierta apertura socio-ideológica y cultural.

Conviene situar esto que vamos escribiendo ahora en una más adecuado contexto, y para ello visitemos este otro texto, al que se accede por el “puente” o link que se ofrece ahora:

Comunidades – La Voz al Vuelo – La Ciudad como Laberinto

En la imagen que el lector ve a la derecha y arriba de este texto, que es el planeta Tierra sobre África visto desde el espacio, una esfera azul de singular belleza parece flotar a solas en un vacío negro, y sin embargo…, ¡cuánto dolor y cuánta vida germina y nace y muere y se mueve en esta en aparente diminuta esfera!  Tratemos de imaginar, desde la visión ideal misma de esta imagen, la mirada de un actual indígena del Níger, o de Costa de Marfil, o del Congo, desde su aldea natal y desde su choza de ramas casi integrada con la naturaleza misma vegetal que le circunda… ¿No es fascinante todo, no resulta fugaz y hasta onírico cuanto vemos y pensamos? Acaso los seres no seamos otra cosa que unos eternos ríos que nos soñamos infinitamente en mil maneras y en miles de lenguas y modos y percepciones miles. ¿Quién sabe?

Si otro clásico, éste ya no latino como Lucrecio sino griego, siglos antes, escribía aquella metáfora famosa del río, (que luego retomara don Antonio Machado, igual que Jorge Manrique, para regalarnos versos que circulan en nuestra Literatura), nosotros ahora acudimos a la bella imagen del río y el devenir sin pausa para idear desde esas palabras lo que constantemente vivenciamos. Pensaba ahora en Heráclito, ese filósofo impar anterior a Sócrates. Se me disculpe esta aglomeración de nombres : volveremos sobre ellos y nos situaremos, una vez más, en algún simulado laberinto. Antes de salir de esta entrada debo aclarar esto: la palabra “crono-topo”, que hemos puesto en cursiva en la cita inicial, está en letra normal en su texto originario. La destacamos porque creíamos preciso aclarar que “crono” es “tiempo” y “topo” es “lugar”. Seguiremos flotando en balsas de palabras, ay, grácil lector in fabula.

La Ciudad y el Laberinto

Un jardín en forma de Laberinto

En una entrada anterior, que puede verse en otro espacio de este mismo diario, La Opinión de Málaga, y que puede el lector ver en el link que más abajo se facilita, veíamos cómo las ciudades son diseñadas según unos “moldes” o espacios ideales de naturaleza geométrica y de sentido místico, que se llaman Mandalas o Mándalas. Este es el “puente” que llamamos “link” y que facilitamos:

Comunidades – La Voz al Vuelo – Cuidad la Ciudad

Los Mandalas son en cierto sentido asimilables a los Laberintos, y como todo lo relacionado con la primera noción, la de las formas mandálicas, se va a seguir desarrollando en aquel otro anterior espacio participativo de los blogs, ahora tomamos como centro de atención ciertas cosas que tienen relación con el, – o mejor dicho, los -, laberintos. Hay muchos libros en torno al tema, pero de todos ellos hemos preferido tomar  como inicial guía en el tema el que publicó Ediciones Martínez Roca en 1993, obra de Sig Lonegren, de 1991, y que tradujo al castellano Delia Mateovich. No estaría de más reproducir aquí la portada, sugestiva, de dicho libro, pero por razones de espacio nos limitamos a ofrecer al lector, de nuevo, una “puerta” de la Red desde la que podrá acceder a la obra de Sig Lonegren en su edición arriba citada. Es ésta:

El poder magico de los laberintos – $ 12000.00 – MercadoLibre

“Un laberinto es un dédalo mágico unidireccional (de un solo sendero). Es mágico en el sentido de que a través del uso consciente del laberinto pueden recibirse respuestas a interrogantes, puede intensificarse la consciencia espiritual, de algún modo (¿mágicamente?) el camino hacia adelante, en la confusión del sendero intrincado del laberinto, puede llegar a ser muy claro. Es su elección entrar en el laberinto, pero una vez que lo ha hecho, sólo existe un camino para llegar -hacia atrás y hacia adelante, hacia atrás y adelante hasta que finalmente llega a su meta- al tesoro que se halla en el centro. Todos los laberintos son dédalos pero no todos los dédalos son laberintos.”

Son palabras que pueden leerse en la página 27 del libro que estamos citando. Tanto el tema, como el enfoque y la serie de ejercicios, y también la información histórica y gráfica que nos proporciona el autor de esta obra, estimamos, son de indudable interés. Y como entiendo que de momento, y con los -en apariencia- mínimos objetivos que nos hemos comenzado trazando tiene ya todo lector que se interese por el tema material de trabajo suficiente, aquí dejamos ahora este texto. Pero esta vez no vamos a poder posponer para más adelante la continuación de lo aquí iniciado, como tampoco lo iniciado en el blog “La Voz al Vuelo”. Eso significa que los siguientes textos o entradas, tanto en este espacio de “Palabras, bosques” como en el antes citado, van a tratar de estos mismos temas. Hasta entonces, que espero sea muy pronto. Gracias por leer estas palabras, y…, ¡ánimo para entrar en estos laberintos!  El “cambio mental positivo” puedo afirmar que les queda asegurado. Pruébenlo.

Nota.- La imagen que se reproduce al inicio es la de un jardín recreando un laberinto, en la ciudad alemana de Aschaffenburg

Damas sobre albos caballos

Tiempo atrás, ( ¡Santo Cielo, parece que han pasado Siglos! ), por las pantallas de los televisores españoles pasearon la imagen de una joven en amplia camisa blanca y con las piernas al descubierto sobre un caballo blanco, en leve galope por los campos abiertos a las riberas del mar. De la mar entre Cádiz y Huelva, en las dunas de Doñana. Anunciaba una marca de brandy, allá por los años 60. La chica, rubia y alemana, de buena voz y con alguna incursión en el séptimo arte, se llamaba Nico, si mis datos no me engañan. Quiero decir, si no me engaño yo mismo con los datos que tengo. La amazona Nico, o tal vez Niko, estuvo a las puertas de lo mítico, por razones obvias : después de los posados en

Lady Godiva, por J. Collier

vivo ante cámaras, alcanzar ciertas cima de popularidad cercana a eso que hoy se llama “mito” no es cosa extraña.

Pero no era Lady Godiva. No era la generosa condesa, la popular aliada del pueblo sometido a impuestos y a mil y una cábalas para poder salir adelante. Era una estupenda modelo, -¡vaya usted a saber su santo y seña! -, y anunciaba, si mal no recuerdo, una marca de brandy, un coñac de esos que la gente llana de estas tierras a veces llama “la coñá”, así, en femenino. Eso era tiempo atrás.

Tiempo acá, el recuerdo del anuncio ha caído en olvidos y desdoros, pero persiste la figura, la imagen, el blanco caballo y la rubia muchacha sobre sus lomos montada. Y esa imagen, el recuerdo ese, miren ustedes por qué azares del memorioso destino, me ha llevado justo adonde ahora querría yo llevar a los lectores: al recuerdo, a la memoria de (¿un mito, un hecho real, algo ocurrido tal y como se cuenta?) una otra dama, sobre un otro caballo blanco, éste con aderezos de montura principesca, y cuyo nombre sí que conserva la tradición : Lady Godiva.

Ciertas diferencias podrían marcar una semejanza de fondo: en la imagen ideada de Lady Godiva, el caballo tiene sus aderezos, y la dama lo monta desnuda. En el anuncio aquel de “Terry me va…”, al caballo (blanco, como los cánones exigen) lo monta la muchacha a pelo, pero ella lleva un ligero blusón blanco : pretexto para la imaginación, excusa para que la mente también galope por sus territorios: los del cuerpo hermoso que la imagen muestra, por ejemplo. Los dos caballos son blancos, las dos damas son hermosas, y, sin embargo, en el mito medieval y en el susurro incitador de esta apenas quedada atrás pre-modernidad de los coñac y los campos abiertos y las amazonas de piernas desnudas, ¿no laten acaso unos muy diferentes motivos, unas interiores leyes de impulsos vitales distintos? Mas eso no es aquí el tema, no es eso lo que se busca ahora.

Pues ahora, ¡afuera edades y tiempos y anuncios y caballos blancos, o dunas o secos páramos de la ancha Castilla! Afuera todo eso, y adentro lo que pasa, que es lo que pesa. La muerte, ese irse sin remedio ni saberse nunca a qué viento se ciñe, tocó de pronto, porque sí y sin más, a Lynda Nicholson-Price, esa irrepetible presencia. Y esta modestísima entrada, con sus vaivenes de “ladies” y de amazonas camperas, de mitos y de literaturas míticas, sólo quiere recordar, apenas ida la impar traductora de la poesía de San Juan de la Cruz al inglés, a quien puso en toda la segunda mitad del pasado siglo, en los inicios del que ya vamos numerando.

Que su recuerdo quede en la memoria de todos, como en singular Necrológica (del Diario “El País”) han dejado escrito Lucas Martín y Miguel Martínez-Lage el pasado día 23 de este enero que ya se nos escapa. Sunt lacrimae rerum… Y entiéndase ahora y aquí ese “rerum” no por las cosas físicas y tangibles, sino por el conjunto total de todas las cosas, nosotros mismos entre ellas.

Dejo a la curiosidad del lector “el puente cibernético” a ese artículo que hemos citado del poeta y periodista de La Opinión de Málaga, Lucas Martín, y de M. Martínez-Lage. Es éste:

Lynda Nicholson-Price, musa, poeta y traductora · ELPAÍS.com

Comments Off

Visual Poesía Desnuda

¿Una variante de un Mito?

Las fotografías que pone ante nosotros K. Rzeszowska son una clara nuestra de lo que, con acierto, veo que llaman Poesía Desnuda. El link que abajo incluyo debe permitir a todo lector ver más de la obra, interesante y muy lúcida, de esta artista polaca.

Katarzyna Rzeszowska – Poesía Desnuda

Perfil en fuga

¿Es una variante tal vez

del mito de la lluvia

de oro sobre

la frágil belleza que el tiempo

devora?

Líquida presencia,

o rotunda mirada

límpida

donde la joven se sabe

rival del cielo en ciernes

que acecha

su desnudo

y contempla

su paso efímero

pero ¡tan fértil y seguro!

sobre la redondez

del seno al aire

o

del mundo.

Nada más se diga :

el hombre sabe

que al cabo te desvaneces

como

las hogueras :

ayer

de fuegos vivos

y hoy,

¡ya!,

sólo

de humo…

(M. L. Z.)

Nota.- El texto, absolutamente improvisado, está escrito entre las 20 y las 20. 12 horas del día 14 de enero. A la vista, en la pantalla del ordenador, de la imagen de esa feliz fotografía de Katarzyna Rzeszowska.

Esquina Final

Ana Catalina Emmerick

Para nunca olvidar a Ignacio Laza Rojas, ya doblada su última esquina.

1.- Apenas ha pasado un instante desde que doblamos las últimas esquinas de las calles finales del pueblo y nos hemos abierto a los paisajes que ahora dora el sol a punto de hundirse allá donde el páramo se llama, desde aquí, “la parte del oeste, señor: siga usted recto por la parte del oeste, y pronto llegará al camposanto”, según recuerdo todavía que me ha dicho la ronca voz campesina. Y ya parece que todo un mundo es lo que se ha disuelto a nuestras espaldas. Es cosa que pertenece al tiempo: hacernos creer que ayer está, de pronto, muy, muy lejos. ¡Y eso que ignoramos cuántos ayeres todavía recordaremos!

(Algo me dice, lejanamente y desde adentro, que esto es un homenaje muy breve y de mínima entidad, tal vez, del “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo. Puede que sea esa la mejor novela en nuestra lengua en el siglo XX. Para mí, lo es).

2 .- Miro con cierta curiosidad los surcos que las ruedas de los carros dejaron en el camino tras las últimas lluvias. Sé que fueron fuertes y que las aguas anegaron campos y cosechas, de modo que deduzco que las mulas debieron de hacer un notable esfuerzo para tirar de los carros y llevarlos, cargados, a resguardo. Eso dicen los surcos, y eso dice alguna huella de casco de caballería que delata un resbalón inesperado: el hombre muchas veces exige a quienes con él sobrellevan trabajos y pesares más de lo que se puede dar. Y peor: a veces, incluso, más de lo que él mismo da de sí. ¿Quizá porque  no suele medir sino sólo la distancia de su intento, la magnitud de su deseo? Puede. O puede que porque atiende, simplemente, al arco, siempre invisible y tenso, de su propio tiempo. Acaso seamos seres desmesurados, y aún nos falta por aprender la paciencia infinita de los árboles.

******************************************

3 .- Me ha preguntado qué pájaros eran los que han pasado sobre nuestras cabezas, altos y ordenados en sus vuelos, negros. Volaban desde el este, donde se asienta el pueblo, y hacia el oeste, donde la arboleda esconde, con su verdor tupido, las tapias eternas del cementerio. Eso lo sé porque los he intuido, sin mirarlos apenas, o mirándolos casi sin verlos. “Mirlos son”, le he dicho. Responde que cómo lo sé, si ni siquiera los he visto. Hay un tono de enfado o queja en su voz. “Lo sé, porque siempre son mirlos. Y porque ya soy viejo, y sé de estos parajes que llevan del caserío al cementerio”. Calla el niño, pero noto su mirada seria posada en mi rostro, y sé lo que está pensando, como si me lo dijera en alta voz y con palabras claras. Entonces le digo: “Pero aún no moriré, me queda tiempo”. Casi puedo tocar con mis manos su sorpresa, cuando dice, con voz que quisiera parecer tranquila:

¿Cómo sabes que aún te queda tiempo, abuelo? ¡Ya eres muy viejo!

Volaron desde la derecha para nuestra izquierda, y eso significa augurio bueno, hijo.

**************************************************

4 .- Anochece. En este tiempo del año la anochecida es lenta. Parece que la luz se quiere demorar sobre las copas de los cipreses y los altos tejados añejos de las casas más elevadas del pueblo, las que cubren de humos la suave colina, leve, sobre que se asienta el pueblo, y cada mañana ponen olores a café caliente, a pan tostado, a tarea por empezar cada día, año tras año, una generación tras de otra. No llevo la cuenta ya de cuántas lunas he contado sobre los campos de esta aldea, ya elevada a condición de pueblo, aunque pequeño. No llevo la cuenta pero sé que son infinitamente más las ya contadas que las por contar: el tiempo, llegado un momento, nos dice mil cosas sin una sola palabra. Son cosas más para que las oiga el cuerpo, y que rechaza escuchar el alma. El viejo apego del cuerpo a la tierra es ley más fuerte que la caída libre de todo cuanto pesa… Sólo esto es fijo : existe, en un día que ignoramos, una esquina final. Y en ella, de algún otro modo, también somos.

/// Nota.- Ana Catalina Emmerich : monja agustina que, de un modo extra-ordinario, tuvo visiones de la pasión y vida de Jesús el Cristo. Fue beatificada por la Iglesia Católica . ///

CONCORDANCIAS : DEL DESNUDO AL TEXTO POÉTICO

"Evening Mood", de W. A. Bouguereau, de 1882

Que la “Lilith” de John Collier, esa hermosa mujer de pelo rojizo, en consonancia con la tradición que hace ser de pelo rojo a personajes como Judas o como la “mujer-demonio” que llamamos Lilith. Que esa figura tenga una más o menos estrecha relación con esa otra bella mujer, la del cuadro “Evening Mood”, de William-Adolphe Bouguereau, es cosa que no debería ser difícil de probar, ya por contraste, como la forma como apoya cada una los desnudos pies en el suelo, ( : Lilith, los planta en la Tierra, su madre; Lilith, digámoslo ya, no es demonio alguno en forma de mujer, ni es una posesa. Ella es la madre (no oficial, en la mentalidad del judaísmo del Antiguo Testamento, en la de la Iglesia Católica también, seguramente) de Adán, como Eva es la mujer de Adán…, o ya por semejanza, como las pseudo-envolturas de sus respectivos desnudos. Magníficos.

En cambio en “Evening Mood”, la desnuda belleza de la modelo de Willermo-Adolfo, casi comienza a flotar en el aire, subiendo del Mar al Cierlo, una “Eva” destinada ella sola al Edén… ¿Un “premio” de Dios a su “Hija”? ¿Tuvo Dios, o sea Yahvé, relación “especial”, carnal a lo Zeus o lo mítico en general, con Lilith? Misterio, pero existen tradiciones), que esa Lilith, en fin, tenga formas en su desnudo que recuerdan o concuerdan con otros formas asimilables en “Evening Mood”, o que a una la envuelva la sierpe, y a la otra unos leves velos, que Lilith esté en lo podría ser un bosque, y la otra a la orilla del mar, son elementos añadidos a ambos desnudos.

En ambos cuadros, que pueden ustedes sin duda consultar en Google, quitada la imagen que aquí damos, que es la de la modelo de “Evening Mood”, obra de 1882, en diez años anterior a la “Lilith” de J. Collier, en ambos cuadros, decía, lo que prima y predomina es el desnudo femenino en su plenitud, que irá de lo mítico-legendario en Lilith, a lo ya más humano y “burgués”, que sería la modelo del cuadro de W.-A. Bouguereau. ¿Imitó Collier o se inspiró en Bouguereau, o ambos “copian” a los clásicos, que parecen eternos?

De manera algo similar, que el Eliot de “Four Quarters”, de “Los Cuatro Cuartetos”, entre en relación de “deudas literarias” con Pound, es algo que pertenece al mun do de las relaciones e influencias entre escritores e intelctuales, así como a la propia psicología humana. Como a la psicología humana pertenece como objeto de estudio la mente del autor ( Collier, Bouguereau) que realiza ese cuadro, ese desnudo, y precisamente ese cuadro.

He aquí un texto de la parte IV de “East Coker”:

“You say I am repeating

Something I have said before…”

Traducen así :

“Dices que repito algo que ya he dicho.

Lo diré otra vez. ¿Volveré a decirlo?

Para llegar adonde estás

desde el lugar en el que no te encuentras,

deberás seguir un camino

en el que el éxtasis no existe.”

/…/  ( Y termina así el fragmento:

“And what you do not know is the only thing you know.

And what you own is what you do not own

And where you are is where you are not.”

Que se traduce:

“Y sólo sabes lo que ignoras

y lo que no tienes es lo que tienes

y estás donde no estás.

Comprueben ustedes los textos en la edición de Esteban Pujals Gesalí, en Cátedra, Letras Unversales, de “Los Cuatro Cuartetos” de T. S. Eliot en 1995. Manejo la tercera edición. Hay mucha más tela que cortar, tanto en esto como en lo de los cuadros. Los tres últimos versos citados parecen un texto budista, una paradoja cargada de sentido esotérico.

TENSIONES : LO LÉSBICO Y…

Cuando Augusto Renoir pinta sus “Dos bañistas”, cuadro de 1896, es plenamente consciente de que don Diego de Velázquez y su famoso cuadro de “La Venus del espejo” está presente en su memoria, en su paleta, en su plasmación. Algo similar se podría decir de la “Lilith” (1892), de Jean Collier, y esa dama de danza quieta y armoniosa de W. Adolphe Bouguereau, sin descartar otros ecos más o menos directos. La historia de la Pintura es la historia de una sensibilidad, de una visión liberadora del mundo en su dimensión más humana. Y…, ¿nada más? Creo que no. Creo que hay mucho más detrás y por delante de muchos lienzos. Cosas como la tensión lésbica, o cosas como el arrebato efébico, están en muchos cuadros puestos de manifiesto. Como la “locura mística”, también, que es “locura de los divino”.

Lo que decimos de lo lésbico, lo que decimos de lo efébico, se puede ver en un cuadro de Corregio, donde un águila con el pico al aire y hacia arriba, rapta a Ganimedes, que acabará siendo “El Copero de los Dioses” (Olímpicos). Es tema parejo al del cuadro que sí se reproduce en la cabeza de la Entrada o Post de ahora.

¿Correlatos en la Poesía? Infinidad. No es cosa de hoy, de esta ocasión, entrar en esa temática desde la magnitud de la palabra poética: las “constantes” del ser humano, llevadas al arte, (o, en ocasiones y tiempos, como los de hoy, a la política), o puestas en imágenes por el cine, o la moda y los usos, son merecedoras de una más demorada atención. De momento, pensemos qué hay debajo y detrás, – ¡y bien delante!- , de ese “El Sueño”, de Gustavo Courbet. Otro día entraremos en las cosas mismas, pero tal y como se reflejan en la poesía.

Y una nota final : estas “tensiones”, en el sentido psicológico que no sociológico del término, son de hoy, de ayer, y de siempre: en la cultura clásica anterior al Cristianismo, cosa de cada día sin más, y en la cultura actual, diversidad de opiniones se reparten el bacalao. ¿O no?

Tensiones,  pues. Tensiones. Lo lésbico y… Lo efébico. Ministerios de igualdad. O de mística santidad. Como decía Luis Cernuda:

“Te hubiera dado el mundo,

Muchacho que surgiste

Al caer de la luz por tu Conquero,

tras la colina ocre,

Entre pinos antiguos de perenne alegría.”

Son los versos iniciales del poema primero, “A un muchacho andaluz”, que da principio a las “Invocaciones” (1934-1935).

Volveremos sobre estas cosas.

Poesía : Erotismo

Eros y Psique

Cuando en un mundo donde los seres humanos nos comunicamos con las cosas de manera siempre sometida al control de la mediación de filtros como es el lenguaje, aparte los prejuicios que en la propia cultura nos llegan implícitos, el riesgo de los equívocos y de la progresiva des-naturalización del ser humano es muy alto. Uno de los consejos de algunos textos de la India clásica de los Upanishads, era el de meditar sobre el lenguaje. Me pregunto si no sería igualmente importante tratar de meditar sobre la realidad de las cosas, nosotros entre ellas, con similar intensidad… ¿Acaso no invitaba no hace tanto un gran filósofo del siglo XX a ir a las cosas? Hablo de Husserl. ¿Y no pide los mismo en no pocos de sus textos ese gran poeta que es Claudio Rodríguez, por no citar a otros más? Y es entonces que se me aparece, como un repentino fantasma que nada tiene que ver con las fantasmagorías de la mente incontrolada, el problema de la palabra poética. Un fantasma, dicho sea de paso, al que muchos consideramos nuestro más fiel camarada: incluso cuando somos malos o muy regulares poetas, que me temo sea mi caso. Y no lo digo por falsa humildad, sino porque me acuerdo de poemas de César Vallejo, de Federico García Lorca, o de Juan Ramón Jiménez, y tiemblo por dentro. Y si nos acercamos a San Juan de la Cruz, sólo asombro y mudez es lo que impera en uno: aquel su “... un no sé qué queda balbuciendo”, con esas reiteradas /”…que-que-que(dan)”/ que sugieren, en el verso mismo, el balbuceo del que habla. Por no entrar en muchas más excelsas palabras de Juan de Yepes para su siglo.

En un sentido muy literal, sólo es “palabra poética” aquella que es creadora de algo. Pero, ¿de algo como qué? Creo que de algo como una especial sensibilidad del mundo y ante el mundo, de las cosas que nos llegan y de las que sólo intuimos un cierto “quid”:  y de algo como lo que sentimos por nosotros mismos o como lo que nos hacen sentir los acontecimientos que vamos viviendo a lo largo de la vida.

La palabra poética, en ese sentido, tiene que ser demiúrgica, reveladora de oscuridades y, a la vez, “re-velante”. Y rebelde. Y reparemos en que “re-velante” es un término bivalente: descubre y esconde. Revela. que es descubre, y re-vela, que es “vuelve a velar”- Recuerdo haber leído algo de Francisco Chica sobre esta cuestión, pero ahora, cuando estas cosas escribo, mi memoria se niega a darme títulos, a ubicarme en todos los contextos que yo desearía, y sólo recuerdo en estos momentos un hermoso libro en cuya portada se veía el Árbol Mítico, la Sierpe aduladora, y un Adán y una Eva casi simétricos. La Historia del Arte contiene en sí una historia de las humanas estupideces, de los miedos humanos, y de los divinos desvelos del arte y del sexo…, ¿o acaso los místicos son sólo locos?

Buscaré el libro, cuyo título es “Cubrirse para descubrir”. Ya acudiremos a algunos versos de Francisco Chica. En estos momentos recuerdo que en un poema decía que “el poeta no busca los caminos / ama los límites.” Me impresionó y aún ignoro por qué. Pero llegaré a descubrirlo. ¿Quizá porque entonces entendí que F. Chica se apartaba del tan trillado “… no hay camino, se hace camino al andar”? Pudiera ser. Y conste que don Antonio Machado ha sido durante años poeta de cabecera para mí. ¿Antiguo, que es uno? No lo sé, pero quisiera dejar mis críticas como muestras de amor a los trabajos bien hechos. Los trabajos de otros, no los míos. Y donde digo “trabajos” entiéndase ahora poemas, literatura, arte.

La portada que antes he descrito en rápidos rasgos sacados de la memoria era un óleo de Mª del Carmen Corcelles, y recuerdo también que el óleo era de 1994, dos años anteriores al libro de Paco, quiero decir que a la edición del libro: casi todo el mundo sabe que los libros, y más los de poesía, rara vez se publican en el mismo año en que se escriben. Pero hoy estamos sólo asomándonos al universo de la creación literaria a través de la palabra poética, así que basta de solapadas críticas al mundo, (en ocasiones, sub-mundo), de tantos y tantos editores.

Las palabras son imágenes mentales. Lo puso muy bien de manifiesto Fernando de Saussure, en el “Curso de Lingüística general” que le publicaron sus discípulos en 1916, de los que más adelante algo tendremos que decir. El gran profesor que fue Saussure había fallecido en 1913, pero Charles Bally y Albert Séchéhaye, entre otros más, supieron ver el alcance de sus tres cursos impartidos, y recopilar sus apuntes y darlos a la luz. (Un siglo antes, en 1816, vio la luz la “Ciencia de la Lógica” de Hegel).

Ahora bien: las palabras son un tipo muy especial de “imagen mental”, y eso lo recalcó muy bien Emilio Benveniste cuando hizo unas muy precisas observaciones sobre la naturaleza del signo lingüístico y el sentido en que había que tomar lo de “que es arbitrario”. Benveniste supo ver que la relación entre el sonido que nombra a un buey y el concepto que en nuestra mente se forma con la palabra “buey” no es una relación arbitraria, sino de carácter “necesario”. Y todo esto se nos torna más complicado a la vez que más diáfano cuando nos topamos con “el lenguaje por excelencia: la palabra poética”.

La Poesía no es sólo un modo de “ver el mundo”, es antes que eso y hasta por encima de eso, un modo de “ser/estar en el mundo”.

Para poner un ejemplo de esto que digo podría tomar fragmentos de ese poemario de Lucas Martín que se titula “Anotaciones a la gran ópera del pequeño Alprazolam 0,5”, y que publicó la Editorial Alfama en noviembre del 2008. O acudir a versos de J.E. Cirlot, de Chantal Maillard, y un largo etc., que no podemos abordar ahora de golpe. Todo a su tiempo, como la atención que dedicaremos a poemas de otros muchos contemporáneos, a quienes ahora ni nombramos porque no vamos a hacer aquí un listado de poetas. Y esto anticiparemos para cuando demos comienzo a estos aspectos de la naturaleza de la poesía a través de poetas nuestros de hoy, en su inmensa mayoría: que sólo se atenderán poemas en lengua castellana y nunca sin irnos muchos más atrás de lo que fuera en su día la gran poesía del siglo XX, desde los del 98 o el 27 hasta J. A. Valente, Claudio Rodríguez o A. Colinas.

Como digo, todo a su tiempo y paso a paso, que es largo el camino y son muchos los matices de las cosas que atañen al espíritu de lo que llamamos “lengua poética”. Pero dejemos esto desde el principio bien asentado: en su génesis, todo lenguaje “natural” es necesariamente poético, y la poesía era antes que nada “canto y cántico”, y tanto lo uno como lo otro no tienen más remedio que contener un cierto carácter demiúrgico, en el sentido gnóstico de “alma del universo”. El poeta, o es un “cómplice” de la divinidad creadora, o no es. Así de tajante, así de simple, así de complejo también.

Pero hay algo que es lo que ahora deseo resaltar, y que en su momento deberá ser motivo de una más detenida atención: que hay afirmaciones y conceptos en la obra de Saussure sumamente curiosos en el sentido de que nos recuerdan, de una manera mitad razonada, mitad intuida, a ciertas cosa que en su gran libro “De los Nombres de Cristo” dejó escrito ese gran sabio del Siglo de Oro en las letras castellanas que es Fray Luis de León.

Escribe Fray Luis de León :

“Que lo primero, DABAR significa el verbo que concibe el entendimiento en sí mismo, que es como una imagen entera e igual de la cosa que entiende.”

“Y DABAR significa también la palabra que se forma en la boca, que es imagen de lo que el ánimo esconde.”

El lector puede encontrar estas palabras que he citado en el libro III de esa obra de Fray Luis de León, en la parte dedicada al nombre Jesús-Dabar, que en la edición que manejo y luego se cita, está a partir de la página 660.

Es ésta la 3ª edición que hizo en 1941 El Apostolado de la Prensa, S. A. Madrid. Pero el lector de hoy puede acudir a otras ediciones críticas más actuales. La mejor que conozco es la de Cristóbal Cuevas, en “Poesías Completas”, (Castalia, Madrid, 1998). Lo que nos llama la atención es sobre todo la agudeza con que Fray Luis se anticipa en algunos aspectos a cuestiones que sólo van ser abordadas de una forma sistemática y muy ordenada a partir de esa obra fundacional de Ferdinad de Saussure, arranque y motor de toda la gran Lingüística en el siglo XX. Está muy lejos de nosotros pensar que Saussure pudiera haber hallado inspiración en textos como el que hemos citado de Fray Luis de León, pero en absoluto descartamos dos cosas: la una, que desconociera su obra. Y esto porque el Siglo de Oro Español desde muy pronto ha venido siendo bien conocido por los grandes intelectuales franceses o simplemente francófonos. Y la otra cosa es que, de haber leído Saussure tanto a Fray Luis y su “Tratado de los Nombres de Cristo” (permitan que ahora lo denomine “Tratado”), no es en absoluto impensable que las reflexiones del maestro de Salamanca cayeran en saco roto para una mente, tan lúcida y aguda en tantas cosas, como era la de Fernando de Saussure. Habría una tercera razón, que se puede sintetizar en una frase de Octavio Paz, y que venía a decir que el verdadero autor de la poesía no es ni el poeta ni su lector, sino el lenguaje. No sé ahora si son sus palabras literales, pero si no lo fueran sí que estarán muy cerca de serlo. La primacía del lenguaje en muchas de las cosas que creemos hacer o decir nosotros por nosotros mismos es algo también bastante extendido entre quienes se ocupan de la filosofía en torno a esa cualidad de base de nuestra cultura y modo de ser intrínseco que es la palabra que comunica. En muchos aspectos, es el Lenguaje quien nos moldea y hace a los que lo hablamos, y no al revés.

La entrada de hoy entiéndase como introducción a una serie de comentarios sobre versos o estrofas enteras, en alguna ocasión obras o poemarios completos, con independencia de que estén o no publicados: cuando no lo estén, y los vayamos a ver, o cuando lo estén y sean ya de difícil acceso, daremos las referencias con-textuales oportunas. De ese modo el lector podrá seguir con comodidad cuanto se vaya razonando. Y por último, esto por hoy: podrá causar cierto asombro que en casos concretos veamos la gran proximidad que algunos textos de hoy, de poetas vivos aquí y ahora, tienen con textos que nos vienen del pasado ya lejano de algunos cánticos y versos rituales primitivos. ¿Porque los poetas de hoy los han leído? No lo descarto, pero no me inclino por esa razón. A mi entender es más bien porque la poesía es un modo de lenguaje en el fondo tan universal que en no pocas ocasiones se salta las fronteras del tiempo. Y eso nos permite tener viva la esperanza: porque las cosas pueden enfilarse hacia modos de vida más humanizados de los que son hoy moneda de uso y cambio.

Y para eso, preciso será que veamos que el erotismo, como la necesidad de dormir  o de fumarse en paz un libre cigarrillo de la risa o leer un libro más que prohibido, son actos que pertenecen a la esfera propia del individuo libre. Y esa libertad, día a día, la estamos perdiendo. Aprendamos a defenderla.