Emperadores, Piratas

Portada de 'La isla del Tesoro'.

Hay científicos y estudiosos que a veces escriben al margen de su ciencia y nos ponen ante realidades de todos conocidas pero por pocos denunciadas
La relectura de libros como el que reúne una serie de trabajos, artículos bien documentados todos ellos, del ilustre lingüista Noam Chomsky, – innovador, por cierto, en el terreno de su especialidad -, que denuncia con brillantez las prácticas intimidatorias e ilegales de los grandes poderes del planeta, del Imperio USA sobre todo, aunque no sólo de esa gran potencia mundial sino de otros poderes fácticos que igualmente  se sitúan por encima de la Ley según les interese, es siempre una re-lectura útil y de varia enseñanza.
Enseña al lector antes o, mejor dicho, a la vez que otras cosas, que denunciar a veces se queda en sólo eso: el puro dedo acusador, el simple gesto. Y poco más. ¿Recuerdan aquello del que que señalaba con un dedo a la Luna y veía cómo los bobos miraban su dedo y nunca veían la Luna? Pues en eso quedan muchas denuncias de atropellos y tropelías diversas.
En la anécdota que refiere Chomsky, y que está tomada de San Agustín, de la breve charla entre un miserable ladrón de los mares y Alejandro Magno, y donde el pirata le dice a Alejandro, (más o menos, pues que cito de memoria): “tú, tienes una gran flota, y eres Emperador. Yo, un único barco : por eso sólo soy pirata”. Ahí, en esas palabras, queda relativizado el grave problema de una “civilización” edificada sobre pilares de poder y más poder, dominios y más dominios, y de enfrentamientos crueles. Y crueles hasta límites sin término, indecibles. ¿Sigue de actualidad el libro de Noam Chomsky? ¿Están vigentes hoy, mutatis mutandis, sus aceradas denuncias? Creemos que sí. Y peor aún : nos crecen los enanos, o sea, los piratas.
Creador de una crucial teoría lingüística que desarrolla a partir de su tesis doctoral y que se conoce como Gramática Generativa, Chomsky postula la existencia de un “órgano innato del lenguaje”, responsable, en el propio cerebro humano, de una Gramática Universal (GU) de las que las diferentes gramáticas particulares no son sino con-formaciones derivadas de esa base única. Pese a su aportación a la Ciencia del Lenguaje, a Noam Chomsky, que en la actualidad va camino de los 83 años, se le conoce hoy más por su activismo en el pensamiento crítico del poder que obra contra todo derecho humano, que no por sus aportaciones, originales y decisivas, para con la Ciencia del Lenguaje. El futuro cambiará eso, creemos. O si no lo cambia, lo pondrá en equilibrio. Sería deseable.
La obra científica del filósofo del lenguaje y psicólogo, historiador de su disciplina y crítico lúcido de las teorías de su época, profesor del prestigioso MIT estadounidense, sus críticas a los abusos de los poderosos, en especial centrándose en su propio país, los EE.UU., (e Israel), se entrecruzan y no entran en contradicción. Todo lo contrario: su capacidad de análisis avala sus críticas. Por ese motivo, entre otros que no podemos abordar, leer hoy “Emperadores y Piratas”, (recomendanos la edición en Bolsillo del 2002, aumentada con un par de escritos más, y actualizados), es un ejercicio de reflexión que creo útil y preciso en un mundo tan convulso como el que nos ha tocado vivir, en especial a partir de esa “globalización del terror” a partir del 11-S. Si no antes, incluso. Personalmente me quedo con la Introducción del 2002, y con el texto 6, añadido en la edición que manejamos: “El mundo después del 11 de septiembre” (2001), de página 237 a página 260. Pero todo el libro es paradigmático, y aplicable a otras grandes potencias, no sólo USA, no sólo el estado de Israel: ¡qué pocos poderes se salvan de las denuncias chomskianas!

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Tiempo de afanes

300px-blick-uber-den-teutoburger-wald1jpg Tiempo de afanes

Hasta pasado un tiempo, a veces años, no nos hacemos conscientes de cuántos esfuerzos dedicamos a cosas que resultaron ser naderías

“Cada día trae su afán”. La idea, que nos llega del Antiguo Testamento, suena a conseja popular. A tradición de gentes que se pasa lo que sabe, de generación en generación, por la palabra viva, no por textos que con la lectura, primero, y con la interiorización después, se hace “uno con los escritos, con los textos.” Hacernos “uno con el texto” significa que lo interiorizamos o, si se prefiere, que nos sumergimos en él. Y de él, del texto, nos empapamos. Como quien se lanza al mar, y en él se engolfa: como se engolfaba el lengedario Leandro, amante de una sacerdotisa, (la bellísima Hero), del templo de Afrodita, situado frente a Abydos, al otro lado del Helesponto. Los mitos: ¡qué mundos tan fantásticos!

No hace mucho una persona para mí muy querida y entrañable me dio a leer un texto suyo: no lo pude leer una sóla vez. Era tan rico y de tal calidad de matices lo que yo leía, (¿debería aclarar ahora que se trataba de un texto literario?), que una sóla y única lectura no me era suficiente para “entrarme en el texto”. O para “entrar el texto en mí”, que tanto monta. ¿Quién, que sea lector de poesía, ignora que los libros de poemas, los poemas, todos y cada uno de ellos, son como oraciones que hemos de repetir, de leer, de re-leer, una y otra vez? ¿Acaso la mayoría de las oraciones mismas no están concebidas como poemas?

Como en estos momentos no dispongo ni de una versión latina de la Biblia, ni tan siquiera del inestinable “Diccionario de la Biblia”, (del Profesor de Sagrada Escritura R. P. Serafín de Ausejo,  publicado en Herder; estos datos se le quedan a uno luego de un cierto uso del libro. O puede que se le queden a uno por cierta “deformación profesional”, – : la manía de citar lo que se lee con pelos y señales-, y que yo más bien llamaría “con-formación”, que no deformación), no podría decir si ese “afán” del texto hebreo se ha traducido al latín por “studium”, “cupiditas”, “diligentia”, “anxietas”, entre otras posibles traducciones del castellano-español “afán” al latín clásico. Como “cura-curae”, por ejemplo. Y más.

Y sería interesante saberlo, pues según cuál fuera la palabra latina usada podríamos deducir a qué palabra hebrea corresponde en concreto. Pero nos queda otro camino, otra vía: la etimología de afán, de acuerdo con los numerosos y eruditos datos que nos da el Corominas, un diccionario etimológico del castellano en cinco voluminosos tomos, y se disculpe la redundancia ( : tomo = volumen). Joan Corominas, en su magnífica obra, relaciona “afán” con un latín bajo-medieval o latín vulgar “affanare”, e incluso con términos griegos, “aphanna”, “aphana”. Lo que nos deja un tanto confusos es una de las acepciones del vocablo en sus comienzos: “hablar embrolladamente”. E incluso “cosas muy embrolladas”, (y que, por ese motivo, causan desasosiego). Las explicaciones a todo esto podrían ser tan inútiles en un breve espacio como el que nos queda, que las posponemos para mejor ocasión.Y así, además, me es dado consultar con personas más instruídas que yo. Lo que no dejo de pensar, lo que no deja de bullirme en la mente, es la terrible sensación de que los afanes que deberían unir, en una sola “nave de menos locos”, a todas las fuerzas políticas y vivas del país, no son los mismos: quedan muchos lobos entre el rebaño. O los rebaños, como prefieran: el rebaño catalán, el manchego, el andaluz, el extremeño, el…, ¿es preciso seguir? Son hasta 17 Comunidades Autónomas, sólo que no todas guiadas por un mismo afán, cuando el de hoy, el de las actuales circunstancias del país entero que llamamos España, obligan, con traducciones fiables o sin ellas, a un sólo y único objetivo: salir adelante.

Palabras como Cuerpos

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1.- Cogitar

Si la palabra latina “cogitare” procede de una contracción de “cum-agitare” > co-agitare = “llevar el ganado en orden a su redil”,  entonces basta con poner “ideas, pensamientos” donde había ovejas o  cabras (: ganado), y ya tenemos la relación significativa de “poner en orden algo en nuestra mente”. En este caso estaríamos ante un semantismo metaforizante, si se me acepta la expresión. Y, -cosa obvia-, ese “algo en nuestra mente” ahora no pueden ser sino ideas, representadas por palabras. En otros contextos, otras cosas podrían ser ese “algo” : sueños, por ejemplo. Me refiero aquí con la palabra sueños a esas “represetanciones oníricas” a que somos invitados, cada noche, cuando nos quedamos dormidos; con independencia de que al despertar los recordemos o no. Esta cuestión, la de los sueños, y sus relaciones con el lenguaje y con las palabras, será tema de este blog. Más adelante.

Pero sigamos ahora con lo empezado, y veamos de ir más allá todavía: ¿será que lo de “ponerse a contar  ovejas” para dormir lo que viene a significar es que  se practica un “cum-agitare”, (: cada uno con su “ganado o rebaño  mental”), hasta lograr el sueño? Pudiera ser. Cada cual juzgue por sí  mismo. Pero la relación lingüística  es de fiar : no porque yo lo  afirme, sino porque uso fuentes, (obras, libros, personas que me instruyen), fiables: cuando pensamos, (o “cogitamos”), estamos poniendo cierto orden en nuestras ideas, dada una previa acción pensante correcta.

Sea eso como sea, es el caso que en esta palabra tenemos todo un mundo implícito. Dejado de momento el prefijo “cum-”, en ese “agito-agitare” hay una raíz de muy extensos dominios semánticos, si se me permite la expresión. Procede de un radical ide. “AG-O-”, (: se podría representar también como “AY-W-”, donde la Y equivale a la consonante gamma griega, y la W a la vocal omega; griega también), con derivados en una gran cantidad de lenguas, y con valores significativos que van desde conducir hasta pedante, desde abigeo hasta agenda, o desde agonía hasta examen. Axioma, enjambre y embajador, están también en el campo sémico de esa raíz /AG-O/. Con respecto al agito-agitare que ahí arriba hemos destacado se debe marcar que es un frecuentativo del verbo, también latino, “ago-is-agere”. Iterativo o frecuentativo quiere decir que nos referimos a un tipo de acción que se repite, bien por su naturaleza misma, (chatear, picotear, manosear), bien por otros motivos, (cortejar, moquear).

Recordarán muchos el famoso Cogito cartesiano. Ahí está también. Y en este sentido no estará de más aclarar que la traducción al francés del texto latino “cogito, ergo sum”, (que sería je pense, donc je suis), desvirtúa un tanto el carácter iterativo del cogitare latino. Lo mismo que ocurre si se traduce al castellano o español: “pienso, luego existo”. Porque ni en el verbo francés, ni en el español “pensar”, usados así, en primera persona del indicativo singular, está clara la idea iterativa que la gramática asigna al verbo latino “cogitare”. Otra cosa es que René Descartes usara su famosa expresión con ese valor, asunto en el que aquí no entramos. El término cogitar en lengua latina desde luego tiene valor iterativo.

Palabras derivadas de dicha raíz indoeuropea las hubo en lenguas ya perdidas y en muchas aún en danza por estos mundos cogitantes que tan confusos nos traen, (con los vaivenes y las marimorenas de cuatro golfantes desmadrados). Y sabrán algunos aquello que dijo A. Meillet del gran lingüísta alemán Franz Bopp, que “buscó explicar el indoeuropeo y acabó encontrando la lingüística comparada, como Colón buscaba Las Yndias y acabó encontrando América”. Cosas del cogitar, esto es, del andar reuniendo las propias ideas como se reúnen los rebaños por el pastor. ¿Acaso no hacen eso los poetas?  Cogitar, Co- agitar. ¡Qué verbo!

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2.- Sí, pero ¿qué son en realidad las palabras?

“… las palabras son cuerpos que habita la distancia.”

Chantal Maillard, “Hainuwele”, (pá. 43)

En un sentido muy real las cosas que conocemos por la propia  experiencia suelen acomodarse en nuestro ser y a veces hasta reciben  nombres especiales de nosotros mismos: nos hemos hecho “unos y únicos”  con esas cosas. Por el contrario, aquellas que sólo somos capaces de retener en la  mente para, como mucho, repetirlas tal y como las hemos recibido de la  tradición sin hacérnoslas nuestras, nos son en verdad ajenas. Palabras-cosas que no nos pertenecen: lo saben muy bien los grandes poetas y escritores de casta o de raza, desde Faulkner o Cervantes hasta R. L. Stevenson o Bernal Díaz del Castillo.

De este hecho creo que debe nacer la razonable idea de que acordemos en nuestro interior al menos este propósito: hacer nuestros los mundos cuando seamos capaces de nombrarlos con plenitud de potencia anímica o espiritual. Y pasar como extraños por todas aquellas  cosas que no podemos, o no sabemos, o no queremos interiorizar. Y aclaro que en lo de “hacer nuestros” no hay intencionalidad posesiva alguna, sino que se apunta a ese “acto cordial” (de cor-cordis, “corazón”) que nos habilita para empatizar con otros seres y hasta con lugares, sitios, árboles, paisajes e incluso objetos. Por eso antes se ha puesto en letra cursiva el “acordemos”: porque desde ese momento ya estábamos apuntando al acto empático.

El lenguaje, pues, es a la vez un instrumento que usamos, y un medio vital  en donde estamos sumergidos o como entrados en él : para que nos haga y nos moldee. Es por eso quizá que a lo largo de la historia de nuestra cultura se  ha venido oscilando, desde los textos Upanishads o el propio Platón  hasta la actualidad, entre lo que W. M. Urban, en su magnífico  libro ( aquel que ya citamos en anterior entrada de este mismo blog, y que  se titula “Lenguaje y Realidad”), llama valoraciones superiores y  valoraciones inferiores del lenguaje. Dependen del grado de confianza  que una determinada época cultural tenga en la validez representativa  de la palabra. Si se da una “valoración superior” de la palabra, el lenguaje se erige como un coloso del pensamiento. En caso contrario,  se entra en una fase de escepticismo del pensamiento en relación con  su misma expresión por el verbum. W. Marshal Urban lo explica y resume muy bien en el inicio del capítulo primero de su obra:

“La historia de la cultura europea es, consiguientemente, la historia de dos grandes valoraciones opuestas, -la valoración superior y la inferior-, de la Palabra.” Cito de la página 14 de un libro que pasa de las seiscientas.

Para responder a qué sea en realidad la palabra, para acercarnos a una inicial contemplación del misterio que subyace en el lenguaje, habremos de hacer algún que otro leve picoteo en escritos de sabios como Max Müller, Emilio Lledó, A. García Calvo, Emilio Benveniste, José Ángel Valente o el mismísimo Fray Luis de León: En su obra “De los Nombres de Cristo”, como veremos en su momento, está ya bien esbozado, (: en germen, pero con suficiente nitidez), lo que sería, andando el tiempo, el arranque de la moderna Lingüística Contemporánea, esa que nace en el famoso “Cours” de Ferdinand de Saussure, y que los discípulos del maestro ginebrino publicaron en 1916. Habremos, pues, de “co-agitar” debidamente nuestras ideas al respecto, podando acá y expandiéndonos allá, a fin de dejar suficientemente claro lo que se vaya exponiendo.

Y concluyo por hoy:

Caso de que no existiera esa “confianza en la entidad real de la  palabra”, – me pregunto-, ¿existirían, por ejemplo, “cosas” como la Literatura, la  Poesía, tal y como las conocemos? Lo dudo. Acabo de distinguir entre “Literatura” y “Poesía”. Confío en la  prudencia del lector y por lo tanto no entraré a justificar tal distinción. Me limitaré a decir que, para mí, y a salvo grandes obras  excepcionales en prosa, (que por cierto suelen ser además hondamente  poéticas), es la Poesía, la gran Poesía, el grado máximo de lo que  el lenguaje humano puede dar de sí. Pienso en los escritos poético-místicos  de San Juan de la Cruz, en poetas como J. Guillén en “Cántico”, o en  los “Sonetos del amor oscuro” de F. G. Lorca. Por no citar sino a  escritores en lengua castellana y no pasar de tres nombres. Porque añadiría otros muchos, como textos poéticos de J. E. Cirlot, de Chantal Maillard, de César Vallejo. Por no citar, como decía, sino a sólo tres. Y van seis.

Pesar, Pensar, Considerar

180px-errare_humanum_est3Llamamos “ponderar” a tomar algo en consideración y analizar sus “pro” y  sus “contra”, ver lo que en ese algo haya de ventajoso o lo que tenga de  negativo. Ponderar y sopesar son verbos sinónimos. (Anotemos : en la  medida en que la lingüística acepta la existencia cabal y real de  ”sinónimos”, pues algunos semantistas y filósofos del lenguaje niegan que realmente existan verdaderos sinónimos, con argumentos más o menos aceptables. El asunto queda ahora fuera de nuestras perspectivas). En “ponderar” está contenido el vocablo, la palabra latina, “pondus-ponderis”, que significa “peso”. El Diccionario Latino-español de don Agustín Blánquez Fraile, (manejo la edición de 1946), hace derivar ese “pondus” de un verbo “pendo-is-ere…”, que vale por “pesar en una balanza”, entre otros significados, y que el insigne latinista señala como término de origen oscuro o incierto.

Pero si pensamos en una raíz matriz, que procedería del ide. PEU-, y que tiene significados como “partir, dividir”, y también “calcular, contar”, puede que estuviéramos en camino hacia un término anterior que explicaría los sentidos que se han asentado con el tiempo. En otro momento volveremos sobre esto con artillería de más calibre.

En  ”sopesar”, está el vocablo peso directamente expreso. Ponderar y sopesar  vienen a significar la misma cosa : son sinónimos. Al menos, en una  gran medida lo son, al margen en este momento toda profundización en el tema, y al margen la conveniencia o no de llamarlos “cuasi-sinónimos” en lugar de sinónimos. Sea esto como fuere, podemos de momento concluir en una idea de cierto compromiso o acuerdo provisional : sí podemos aceptar sinónimos en término aislados, esto es, cuando se trata de palabras fuera del uso en un texto. “Albo” y “blanco” podemos considerarlos como sinónimos: aisladamente tomados. Pero en cuanto se usen en una expresión dada, ya dentro de un contexto más o menos amplio, la sinonimia empieza a esfumársenos, en cada caso por razones diversas.

En ese sentido, creo que los sinónimos son una ficción, una mera “visión mental” de una cosa o de un fenómeno, pero no una realidad “fuera de la lengua”. Merece la pena acudir a un simple ejemplo: escribió un clásico, del Siglo de Oro de nuestra lengua, aquello de : “ Pura, encendida rosa, émula de la llama...” Y nos quedamos con “rosa”. Y escribió Luis Cernuda, otro clásico ya, en su poema “Lamento y esperanza”, ese final que dice: “… Así este pueblo iluso/ Agonizará antes, presa ya de la muerte,/ Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.” Y esta otra “rosa”, aunque también como la anterior está destinada a la muerte, es otra muy diferente “rosa”: no hay sinonimia. Y menos en poesía.

Respecto al cruce de sentidos en pesar y pensar, es interesante el estudio que,  entre otros insignes sabios del campo de la Lingüística, realiza  Helmut Lüdtke en su “Historia del léxico románico”, (de la Colección  Románica Gredos; es ya una obra clásica). Es él quien primero nos  puso en la pista de esa identidad de origen entre las nociones de lo  que es el acto, ( ¿sólo “físico”? ), de “pesar algo” y ese otro, más  decididamente mental, de “pensar en algo/alguien”. Me resta saber, y saberlo con cierta seguridad, qué o cuál sea la razón de esa identidad que, a tenor de  lo que nos indican los datos que se obtienen de las lenguas donde se  da el fenómeno de esa relación tan estrecha, hay entre las dos  nociones cuyas relaciones de etimologías idénticas en su origen estamos abordando. Nos referimos, obviamente, a las nociones de pesar y pensar, y de paso analizaremos otras más, que les son afines.

La cuestión que ahora quiero considerar es ésta:  ¿Hay alguna razón lógica para que existan lenguas, (como la nuestra,  por ejemplo), en las que las nociones de “pensar” y “pesar” tengan una misma y única raíz, y que dicha raíz sea muy antigua? Trataremos de  razonarlo. Y otra cuestión, antes de que se nos pase : arriba hemos utilizado la palabra “con-siderar”. ¿No resulta curioso que la idea de mirar a las estrellas, a los astros, (“sidus-sideris”, en latín;  de donde “sideral”: los “espacios siderales”, y usos semejantes), sea una  idea relacionada con la de someter un asunto a profunda consideración? El  que “cum-sidera ” es el que para tomar una determinación sobre algún asunto importante, antes examina, mira, contempla, analiza las estrellas. Esta es la clásica tarea de los astrólogos, desde tiempos inmemoriales. Hoy está de nuevo en auge, se diría que creciente: No tenemos nada más que abrir un periódico por las páginas donde se anuncian prestaciones diversas, desde compra-venta de coches hasta tarotistas o videncias varias. Es algo que suele ocurrir en épocas de crisis. (Anoten : los anuncios sexistas no han faltado nunca, todo lo más, se disimulaban de maneras a veces ingeniosas).

No quisiéramos dejar hoy este espacio abierto a reflexiones y  preguntas o incluso observaciones pertinentes sin apuntar una cosa que  nos bulle en la mente de tiempo atrás : Si en los estudios de las  historias de las lenguas se contiene en gran medida el pensamiento humano y  hasta los caminos por los que éstos han evolucionado en sus ideas y  creencias, ¿qué consideraciones mereceremos ante la historia los que  hoy vivimos y actuamos como pueblos se-dicentes “civilizados”? Es cosa, (creo), delicada de responder.

Aquí y ahora, pensemos

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Sacar las cosas que se dicen de sus contextos es algo que debemos rechazar siempre y en toda circunstancia

Comentaba Miguel de Unamuno en su “Vida de don Quijote y Sancho”, y luego de haber comparado de forma muy oportuna a don Quijote de la Mancha con Íñigo de Loyola, que “lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos están nuestra eternidad y nuestra infinitud.” Eso era por los inicios del capítulo II de la obra arriba nombrada. Nosotros ahora vamos a tomar esa “urgencia de lo de ahora y lo de aquí” como punto de partida para otras reflexiones. Pero antes, este apunte: eso que se ha puesto no ha mucho de moda, lo de “el poder del ahora”, ¿creen ustedes que es cosa de hoy, o nos viene en realidad de lejos? El “maestro espiritual” Eckhart Tolle, autor del tan extendido ensayo que se titula así, “El poder del ahora”, pudiera ser que no estuviera nada más que “descubriendo un mediterráneo”. Pero esto es cosa que, sin haber leído con detenimiento su libro, e incluso los que ha escrito después de ese primero, no podemos ni debemos juzgar. A cada cual lo suyo.

El “aquí y ahora” del Unamuno de ese obra, primero publicada en 1905, (sin que ello, leemos en la edición, supusiera una búsqueda por parte del autor de sumarse a los homenajes del centenario del pasado siglo XX, cosa de la que estamos seguros), y de la que manejo la edición de Cátedra de 1988, es un “hic et hac hora” que sólo se debe calibrar y tratar de interpretar en el contexto general de la totalidad del libro. Y muy especialmente en el del capítulo II, ya citado, de donde la tomamos antes. Y luego de eso, trasladar ese sentido de la frase completa, (es decir:  “…en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos están nuestra eternidad y nuestra infinitud.”), llevar su sentido al contexto, ya mucho más amplio, de la totalidad del pensamiento de don Miguel de Unamuno. No hacerlo así no es sólo desvirtuar el valor intrínseco y más veraz y rico de lo que dice el que fuera Rector de la Universidad de Salamanca, sino que supone traicionar a los principios básicos de la recta interpetación de textos escritos o discursos hablados.

Cuando una persona dice o escribe algo, interpretar sus palabras fuera de contexto, es una tropelía. Puede llegar a la infamia. Y cuando no llega a ese extremo, desde luego se queda muy cerca, aunque se haga de manera no deliberada e inconsciente. Y por supuesto falsea lo que el otro dijera o dejara escrito. Un muy justamente galardonado maestro de nuestro actual panorama intelectual lo señala a propósito de unos versos de don Jorge Manrique, y razona, con tino y gran acierto, que aquello de “…cualquiera tiempo pasado fue mejor”, es algo que de ninguna manera podemos separar de lo que le antecede: “…cómo a nuestro parecer”, etc. Esto es: lo de que cualquier tiempo pasado fue mejor no es una verdad absoluta en  los versos del poeta y caballero del siglo XV, sino cosa que del sentir humano,

Y ahora, pensemos: ¿está la situación española actual, en todos sus órdenes, es decir, en lo económico, en lo educativo, en lo social…etc., precisada de que se pongan todos los agentes políticos y sociales, de partidos y de sindicatos, de empresas y de universidades y foros de culturas, etc., se pongan aquí y ahora, a laborar por el bien común y a sacar al país de la situación en que se encuentra? Sí, pensemos que sí. Y que esa es ahora nuestra infinitud y nuestra eternidad. Y no caigamos en la trampa de la literalidad: no se saca de contexto lo que escribió Unamuno, pero sí se sirve uno para “atraer a un aquí y ahora” lo que puede que tengamos a la vuelta de la esquina: rectificar, tras de pensar cuanto hoy pesa sobre nosotros. Y otro día, (pronto), hablaremos de “pensar” y “pesar”, mas hoy, pensemos.  Y si no se hace, y se hace pronto, “Vae, victis!”, que proclamara el galo Brenno ante los romanos.

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Levana

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Levana se llama. El nombre debe de venirle del verbo latino levo, que significa “alzar, levantar”, entre otras cosas. Se trata de una diosa menor romana, esto es, no de las que ocupan un lugar destacado en la mitología latina, y no están por lo tanto en sitiales predilectos en el Panteón. Un “Pan-teón” es, etimológicamente, el lugar donde están “todos (: pan-), los dioses (: theón)”. Y sin embargo, en este instante en que estas cosas escribo, sospecho que esta divinidad, que hemos llamado “menor” siguiendo el uso establecido, tiene una mayor antigüedad que otras muchas más famosas en el tiempo de los héroes y los dioses. Y más aún: incluso ha prevalecido, escondido ya su nombre en las penumbras que la Historia acaba creando en la memoria de los pueblos. Ha prevalecido : por sobre otras divinidades del Panteón que en su día sí eran consideradas “mayores”.

Si la etimología que hemos dado es cierta, su raíz originaria, común a muchas lenguas entre sí emparentadas, es LEG(w)H-, y significa “ligero, de poco peso” y también lo ya dicho de “levantar, alzar”. Palabras como “Levante”, (: lugar por donde sale el sol), y “Carnaval”, (del it. carne-levare), están en su ámbito. Sin embargo el hecho de que apenas encontremos rastro de Levana en los diccionarios de mitos, por un lado, y que al mismo tiempo persista una costumbre cuyos orígenes se pierden en lo que suele llamarse “la noche de los tiempos”, es cosa que nos pone sobre aviso. ¿Y si la diosa fuera muy anterior al tal gran Panteón?

La razón es muy simple: si, cuando una corriente de creencias cae en desgracia y es sutituída por otra que le resulta antagónica, nos encontramos con que elementos que pertenecen por derecho a la costumbre primero combatida y luego vencida casi se pierden, es indicio de que una gran “propaganda en contra” se ha ido manejando, a lo largo del tiempo, hasta casi dar por fenecida y olvidada la idea o mito o creencia desechados. ¿Es eso lo que ha ocurrido con la diosa protectora de los nacimientos, de los niños recién nacidos, la singular Levana? Lo veremos.

Parto de la base de que Levana es una diosa muy arcaica y posiblemente nos viene de un tiempo donde era un matriarcado y no un patriarcado lo que regía las costumbres y usos, las creencias de una humanidad que nos antecedió en el tiempo. Trataré de razonarlo: la costumbre era que el niño recién nacido había de ser dejado en el suelo, sobre la tierra, y luego levantado por su padre, o alguien de rango similar, y elevado hacia el cielo hasta donde los brazos le permitan. Y de ese modo ofrecían a la divinidad el niño y solicitaban su protección, al tiempo que agradecían el feliz alumbramiento de la madre. Elevar el infante a Levana, esa era la costumbre, ese era el ritual. Y me pregunto : ¿Levana, diosa “menor”?

(¿No es eso acaso algo que, como a modo de juego, se sigue haciendo con los niños? Algunos padres o mayores, incluso se atreven a lanzar al niño hacia arriba, soltándolo para volver a tomarlo en sus brazos). Pero sigamos: ¿Y si la tal divinidad no fuera sino una muy antigua deidad, asociada al rito propio de los partos y de la fertilidad, anterior a otras posteriores diosas, y también dioses, que nos han llegado mucho más fastuosamente, como Hera, o como Afrodita, o Inanna, o el mismísimo Zeus. ¿Y si Levana era en realidad una deidad casi coetánea de los primeros agricultores, anterior incluso al Neolítico? Una divinidad prehistórica, pues. ¿O hemos de pensar que la preocupación por la buena descendencia sólo surge en nuestros antepasados cuando ya disponen de un nutrido Panteón? No le veo sentido a esta última posibilidad. Creo que esa diosa menor, un día, lejano ya en la Historia, era una muy grande Deidad mayor. Posiblemente Thomas de Quincey, en sus Suspiria de profundis”, y en su “Levana y Nuestra Señora de las Tristezas”, y sobre todo en sus “sueños de opio”, estaría de acuerdo conmigo. Él, soñó con la diosa. La vio sin velos incluso. ¿Acaso llegó a saber que Levana era anterior a la propia Inanna?

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Letras y siglas

Percibimos el mundo al andar por él, y lo vamos modificando a medida que lo nombramos, aunque sólo sea poniéndole esas letras que180px-inri_kapel_gitsjpg2 llamamos siglas

Los pasos que nos han traído hasta este país, este tiempo, y estas circunstancias no son todos debidos a nuestra voluntad, ni tampoco son todos ajenos a ella. En parte, tenemos razón cuando nos quejamos de las cosas que ocurren y que uno no desea en modo alguno, y en parte no la tenemos. Tratemos de explicar esto. Un método para tratar de explicar las cosas suele ser el de poner ejemplos que sean fácilmente trasladables a la realidad que queremos entender o hacer entender. Si decimos eso de “tantas veces va el cántaro a la fuente que al fin se rompe”, estamos diciendo que quien muchas veces hace algo, alguna vez se tiene que equivocar; o que quien se dedica a “jugar con fuego” en exceso, acabará quemándose. Valgan los ejemplos.

En cierto sentido, el hecho de que nos hayamos rodeado de un mundo al que cada vez más solemos nombrar con letras, letras a las que llamamos siglas porque son mucho más que simples letras, nos ha ido alejando de la palabra “natural”, del lenguaje con el que decimos “esto no me gusta”, o “¡qué suerte encontrarte!”, o un simple “te quiero”. Ahora hablamos de “pasar la itv”, pongo por caso, y a no ser que se tenga un vehículo, y cada año lo tengamos que llevar a puntos concretos donde hemos de someterlo a un chequeo y pagar una determinada cantidad, muchas veces guardando colas más o menos molestas, no sabemos a ciencia cierta qué es eso de “pasar la itv”. Se han popularizado conjuntos de letras-siglas como cd-rom, o como dvd. Conocemos, aproximadamente, sus sentidos, sus significados. El uso los ha “cuasi-naturalizado”. Sabemos qué es un ipod, y qué son 80 GB. Y la palabra “puerto”, por ejemplo, sin dejar de significar lo que siempre ha significado, en el ámbito de los ordenadores y su manejo adquiere sentidos nuevos. ¿Alguien hoy asocia las siglas PC al partido comunista, o a un ordenador?

A veces, lo que adquiere sentido nuevo no es ya ni siquiera una palabra, cosa al cabo muy habitual en el lenguaje que antes hemos calificado de “natural”, (para con ello querer decir que es el que hemos aprendido desde la infancia, cuando éramos “in-fans”, lo que quiere decir que aún no hablábamos, que eso dice el prefijo in- con la palabra latina fans/fantis), sino que son las mismas siglas las que modifican y cambian sus valores. Tengo en mente un ejemplo que, para mí, es en muchos sentidos casi paradigmático: INEM.

Cuando un servidor comenzó su largo periplo como profesor de Lengua y Literatura Españolas, en un Instituto de Bachillerato, previo paso de unas demoledoras oposiciones, (que todas suelen serlo), éstos, los institutos se llamaban así: Institutos Nacionales de Enseñanza Media, o sea, INEM. Hoy, como todos sabemos, se llaman IES, o “institutos de enseñanza secundaria”. Y el INEM ha pasado a significar lo que ya todo el mundo sabe: la oficina donde se negocia, (¡o lo que sea!), eso del paro. Curiosamente llaman Instituto Nacional de Empleo al lugar donde se ponen en cola los que no lo tienen: o para solicitar uno, (¡con la que está cayendo: en lo del paro!), o para que se constate que sigue sin tener empleo alguno. Entre otras cosas. Cada vez hay más empleados en el INEM porque cada vez hay más conciudadanos sin empleo. ¿Vaya lo uno por lo otro? Pues depende, depende de en qué lado del mostrador del dichoso “inem” se encuentre uno, que si es por la parte de adentro, bien va, pero como sea por la de afuera… Ah, y sí: he escrito antes en minúscula lo de “institutos de enseñanza secundaria”: ¡está tan devaluada la tarea de enseñar! Todo hallará corrección y mejora. Confiemos, y ¡en marcha!

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Del árbol del lenguaje

Es muy posible que en su origen palabras como “raíz” y “rama” estén íntimamente unidas, esto es, que procedan de un mismo origen : el indoeuropeo wrad-. Y este a su vez tenga una relación muy próxima con otro término de la misma familia o tronco común de lenguas : la raíz wrodh-, que vale por “crecer hacia arriba”. Y de ahí nace el griego orthos, que significa “recto, correcto”. El término culto “ortodoxia” significa “recta opinión”, pues el griego doxé, doxia, vale por “opinión”.

Si atendemos a los significados de una gran cantidad de palabras-clave en su origen primero, y al margen ahora cuál haya podido ser el origen mismo del lenguaje,-que es cuestión todavía lejos de estar decididamente resuelta-, encontramos dos cosas que pueden llamar la atención: la una, que suelen partir sus valores de un “estar fijos a lo primario y elemental de la vida”. Y la otra, que suelen ser fieles, las palabras, a un cierto “sentido de la verdad”, cosa que acompaña, desde el principio, a todo recto hablar. Al lenguaje en su esencia misma.

En ese sentido podríamos afirmar que no es desacertado, sino más bien hermoso, concebir el lenguaje como una planta, como un árbol, algo con raíces y ramas. Y además, como algo que “crece hacia arriba”. Y que esta operación de crecer la ejecuta según un principio de orto-doxia, de recta opinión. “Recta opinión”, hic et nunc, en el sentido menos “combativo” del término ortodoxo, esto es, sin maldecir en absoluto de los herodoxos, que serían ahora, únicamente, los que optan por opinar de otra manera. ¿Los “no oficialistas”, si se quiere?

Pero ahondemos más en esto que venimos diciendo de las palabras, de su origen primero, del lenguaje y de su insobornable tendencia hacia lo verdadero y lo recto,  hasta adonde nos sea posible hacerlo sin caer por ello en maneras algunas de insanos fundamentalismos. La palabra latina verbum, de donde viene nuestro término “verbo” en el sentido de palabra en general, (esto es, no en el de parte de la gramática que atiende a un tipo de palabras específicas, los verbos, que no son nombres, ni pronombres, ni preposiciones, etc.), procede de una raíz wer-, también del indoeuropeo, y que aúna a otras palabras de varias lenguas como el sánscrito vratá, “mandato”, el avéstico urvata, “destino”, y ya con sufijos, el griego eiro, “decir” y retor, “orador”, ambas de una raíz (w)er-yo-, para el verbo griego clásico eiro, y (w)re-tor- para la que vale por orador. En cuanto a la palabra latina “opinión” procede de una raíz op-, que da de sí a su vez términos (y significados) como “opción, optar, escoger…” etc. (En griego, ya lo vimos, era doxos).

Si a esto añadimos que las palabras verbum y veritas ( : “verdad”) están íntimamente ligadas en su génesis linguística, se nos va dibujando ante la mente la idea básica que “hablar” o “decir” es algo que en su origen está unido a la noción de “verdad”, mientras que “opinión” apunta más a la “facultad de optar, de elegir”.

Vayamos recogiendo velas: los más grandes creadores y pensadores, desde el comienzo de nuestra historia conocida, han relacionado la verdad con la poesía y al arte, con la belleza y la obra bien realizada. De hecho, la palabra griega ergon, “obra”, está también inserta en esa antes referida familia de términos. Pero como sabemos, el lenguaje tiene una “vertiente oscura”: aquella que lo habilita para decir mentiras. Y esto, también casi desde el principio de las culturas. La cuestión ahora es: ¿existe algún sistema o método para distinguir cuándo una persona dice verdad o miente? No creo. Pero si conservamos vivas en la memoria palabras de tantas como oímos en discursos y mítines, es cuestión de tiempo que sí que veamos quién o quiénes mentían y quiénes o quién decían verdad, que eso es hablar en su más genuina y honda esencia. De ahí que dar uno “su palabra de honor” contenga un contrasentido: ¿ acaso tiene palabras de deshonor? Pues eso se puede suponer…

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Cuerpos desnudos

ESPAÑA-NATURALEZA-ANIMALESMerced al arte, sobre todo la pintura en este caso, pero también la escultura y el cine, podemos educar la mirada y también a quien mira sin acabar de ver

Son cuerpos desnudos la inmensa mayoría de los que nos rodean, pero no los vemos como tales a no ser que se trate de seres humanos. Pájaros, hormigas, gatos, perros, caballos, pescados en los mercados, ya sean lubinas, ya merluzas, o boquerones: todos van desnudos. Mejor dicho: están desnudos. Nosotros lo que vemos es al animal en sí, nunca su natural desnudo. ¿Por qué? ¿Por qué nos choca más un caniche con atuendos ridículos y hasta peinados ad hoc, paseando por las calles con sus dueños, que no un perro cualquiera en su propio ser? ¿Por qué esos rechazos y reivindicaciones de los cuerpos humanos vestidos/desnudos? Algo huele a podrido en todo esto. ¿Tenemos educada la mirada para ver el mundo sin estupores ni tormentosas ideas, se supone que éticas? Me temo que no. Me temo que el ser humano perdió la naturalidad que debió de tener “En el principio (cuando sólo) era el Verbo…”, etc. Cobró razones y empezó a perder la razón última de ser.

Algo de honda verdad debe de haber en el relato, mítico o no, del Génesis, en su libro primero, cuando Eva y Adán de pronto caen en la cuenta de que caminan sin cubrirse en absoluto parte alguna de su anatomía por el Edén. O Eva tan sólo, cuya imagen desnuda tanto debe a la tradición artística, como ocurre con las imágenes de las afroditas griegas clásicas. En estos casos, sobre todo en lo que atañe al Génesis, la letra escrita ha sido el motor primero de las posteriores visiones de los artistas, de los ilustradores de textos, de los ideólogos de las formas humanas aludidas o citadas en el texto más universal que se ha nombrado. La letra nunca mata, sino todo lo contrario: vivifica. Lo que ocurre es que debe ser, primero, correctamente usada, y luego, adecuadamente entendida. ¿Hay algún modo de obscenidad o pornografía en el cuadro famoso de Sandro Botticelli, el que se titula “El nacimiento de Venus”? ¿Y en el óleo de Gustavo Courbet que se expone en el Museo d’ Orsay, “El origen del mundo”? Rotundamente, no hay nada de eso, salvo, como mucho, un cierto erotismo, deliberado o no, pero hondamente artístico y, por supuesto, “educador de la mirada”. Y más cuando hay de por medio sexos al óleo sobre lienzos.

Pero educar la mirada presupone educar al que mira. Y educarlo en su integridad, lo que va mucho más allá de hacerle entender que se debe saludar cuando proceda, que no se debe escupir en la vía pública, – y no les digo ya nada de orinar y peores cosas por el estilo. La educación no debe confundirse con la enseñanza. Hay sabios muy mal educados, y hay gente iletrada que muestra una educación más que sobrada. Un amigo, un tanto dado a “epatar” a conocidos y parientes, me contó que a su regreso de París, donde de paso en el Louvre había adquirido unas postales del famoso lienzo de Gustavo Courbet, le dio una de ellas al cura de la parroquia del barrio donde estaba su centro de trabajo, un IES de cuyo nombre no quiero acordarme. Y estas breves palabras fueron las que cruzaron:

- ¿Qué le parece, padre?
- No está mal este primer plano, pero le aseguro que los he visto mejores.

Y el atrevido interrogador y tertuliano, el bromista amigo, (quizá jubilado, según me dicen algunos), tan dado a ese tipo de procacidades, me aseguró que le contestó al señor párroco algo así como “¡Pues qué suerte la suya!”, porque no sabía por dónde salir del paso. Y es que hay quienes estiman que con sólo ver un buen coño pintado al óleo ya empieza uno a vivir un mundo nuevo. Mas dejemos eso pues, ¿quién está libre de majaronear? Yo no pondría la mano en el fuego ni por sombra misma, que me compaña desde siempre. ¡Mondo cane!

Historia y Mito

201200Es la Historia en cierto modo pariente muy cercana del Mito. De hecho, la palabra griega “mythos” significa algo así como “relato, cuento”. Esto, en el sentido positivo de la palabra “cuento”, no en el negativo. Quiero decir : no como algo que se refiere y es, de cabo a rabo una deliberada mentira. “Mythos”, (o “mito”), significa también cosas como “palabra, discurso, narración”. Es el relato de algo. En cuanto a “(h)istoría”, ( : forma griega de nuestra “historia”), es en su significado muy similar: indagación, relato, investigación. El verbo al que se corresponde es “(h)istoréo”, que empieza significando “investigar, preguntar, informarse”, pero también vale por “relato, historia”. El verbo griego “ístor” significa también saber. Los periodistas son, en un sentido muy particular pero estricto, historiadores. Del mismo modo que el llamado “Padre de la Historia”, el griego clásico Herodoto, natural de Halicarnaso y autor de “Los Nueve Libros de la Historia”, era un periodista. Un periodista “avant la lèttre” : del siglo V antes Cristo.
En la expresión griega que se traduce por “el mito refiere, (o : descubre, pone de manifiesto), que…”, lo que hallamos es la exposición de algo, un cuentecillo o apólogo, e incluso un hecho real o tenido por real, del que se puede deducir algún tipo de enseñanza. Las leyendas, que en ese sentido son además “mythos”, pues eso hacen y por eso se transmiten: porque informan de algo. Por ese motivo en muchos textos didácticos griegos se puede leer, como conclusión de lo narrado, aquello de “el relato o cuentecillo pone de manifiesto que…” ( : “o mythos deloi (h)oti…”). De manera que aunque en su etimología estén distanciadas las palabras griegas que valen por historia y mito, no lo están en su más hondo sentido. Salvada la diferencia que va de lo usado como a modo de apólogo, caso del mito, y lo expuesto como resultado de una indagación o investigación, caso de la historia. Y si atendemos al meollo del asunto, a lo que se dice o transmite, a lo que se enseña, (recordemos: “la Historia es maestra de la vida…”), entonces llegan a estar muy próximos entre sí la historia, la leyenda y el mito.
En la cultura moderna las cosas cambian un poco. El mito, por lo pronto, ha adquirido un valor diferente, muy distante ya del que los griegos clásicos le dieran, aún cuando queden casos en que se conservan vestigios del pasado en la actualidad: así, en la palabra “leyenda”, cuando se usa en el sentido de “lo que ha de ser leído”, tal como se hace en esa amplia colección de las poesías de Juan Ramón Jimenez, editada al cuidado de A. Sánchez Romeralo, y donde “Leyenda” recupera su pleno valor etimológico latino, ya antes dicho. Y en cuanto a la Historia, a pesar de que queda la ciencia misma y hay serios historiadores del pasado y del presente, y se indaga en fuentes y es la Historiografía una ciencia también seria, pese a todo eso, pasamos de vez en cuando por trances culturales (¡o pseudo-culturales!) donde se intenta revolver las cosas de modo que lo real parezca cuento chino y lo que nunca ha sido verdad ni por asomo circule como verdadero relato y referencia fiel de los hechos sucedidos. La expresión, cargada de desdén, de “así se escribe la historia” se emplea cada vez que se constata que algo que ha sido de un modo nos lo tratan de endosar de otro muy distinto y falto de verdad.
El hecho es que nos encontramos, en muchos órdenes de cosas, en una especie de “totum revolutum”, esto es, de situación donde se ha revuelto y desordenado todo, y el ciudadano de a pie, – por supuesto, también el que viaje como llevado a hombros por otros sobre un sitial -, se ve en la necesidad de: o desentenderse de cuanto pase que a su juicio nada o muy poco tenga que ver con él, (y de ahí la tendencia a la fácil evasión), o de indagar por su cuenta la realidad de los hechos que, por activa y por pasiva, le refieren otros.