Raíz de la palabra

La Rama Dorada

Si la palabra es o puede ser concebida como “cosa” en el mismo sentido que son “cosas” los árboles o los ríos, una montaña o el cielo, eso parece ser sólo posible desde la  intuición o contemplación de la palabra, del lenguaje en definitiva, como un “algo donde significante y significado están íntimamente unidos”.

La “des-composición” del signo lingüístico en significante y significado, que debemos sobre todo a Fernando de Saussure, y con ello la intuición del lenguaje no como un todo indisoluble, -algo así como una especie de “órgano no disociable”-, sino como una serie estructurada que se acuna en la mente como un río en su cauce pero que se puede desviar, interrumpir, acotar, analizar y “de-construir”, impide la visión del lenguaje como “entidad con sustancia propia”.

Para una gran parte de la Lingüística del siglo XX el lenguaje es ante todo y sobre todo “forma, no sustancia”. Nos estamos refiriendo a la “Glosemática” de Luis Hjelmslev, un “seguidor por libre” de las teorías de F. de Saussure. En un sentido se avanzó, y en otros muchos la Ciencia del Lenguaje se atascó en una especie de callejón sin salida, y ha sido, sobre todo, merced a la palabra poética que se ha podido salir del atasco. La raíz del lenguaje, de la palabra, es su carácter parabólico, -: ya lo dice el mismo término “palabra”: palabra es “parábola”-, su capacidad de simbolizar.

Sin el símbolo, sin la parábola, el signo lingüístico se nos queda en un esqueleto carente de sentido: gran parte de la obra de Emilio Lledó, entre otros sabios de su categoría, desarrolla esta idea. Pero esto que acabamos de escribir, tómese como un mínimo sustento de lo que razonaremos a continuación, que tiene que ver con la poesía sobre todo, esto es, con la función poética que se le asigna al Lenguaje con entera propiedad.

Ahí, el lingüista Roman Jakobson completó la inicial teoría de las funciones del lenguaje de Karl Bühler. Pero volvamos a la realidad de ahora: La Poesía, esto es, la palabra que se transmuta en su propio decir hecho pasión interna, visión interior de un mundo deseado por ausente. Y lo veremos ahora en un poema de Luis Cernuda, para más adelante, volver a esos Itinerarios (:poéticos, de reflexiones, vivencias, filosóficos …, etc.), de Chantal Maillard : tienen una gran intuición y notable capacidad de abrir nuestras mentes, algo característico de toda la obra de Chantal.

He aquí el poema del gran poeta de la generación de F. G. Lorca, P. Salinas, J. Guillén, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, entre otros excelentes y muy valorados miembros de la llamada Generación del 27, por unos, del 25 por otros, y “de la República” por los menos :

Lamento y Esperanza

Soñábamos algunos cuando niños, caídos

en una vasta hora de ocio solitario

bajo la lámpara, ante las estampas de un libro,

con la revolución. Y vimos su ala fúlgida

plegar como una mies los cuerpos poderosos.

Jóvenes luego, el sueño quedó lejos

de un mundo donde desorden e injusticia,

hinchendo oscuramente las ávidas ciudades,

se alzaba hasta el aire absorto de los campos.

Y en la revolución pensábamos : un mar

cuya ira azul tragase tanta fría miseria.

El hombre es una nube de la que el sueño es viento.

¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?

Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana

en la calma este soplo de muerte que nos lleva

pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre.

Un continente de mercaderes e histriones,

al acecho de este loco país, está esperando

que vencido se hunda, solo ante su destino,

para arrancar jirones de su esplendor antiguo.

Le alienta únicamente su propia gran historia dolorida.

Si con dolor el alma se ha templado, es invencible;

pero, como el amor, debe el dolor ser mudo:

No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este pueblo iluso

agonizará antes, presa ya de la muerte,

y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.

Este poema de Cernuda pertenece a su libro VII, titulado “Las Nubes”, escrito entre 1937 y 1940. La obra poética completa de Luis Cernuda se llama “La Realidad y el Deseo”, y en el breve texto que escribiría años más tarde, ya próxima su muerte, en ese fantástico poemario que se titula “Desolación de la Quimera” ( : el libro XI de su Obra Poética), escribe:

Música cautiva

“Tus ojos son los ojos de un hombre enamorado;

tus labios son los labios de un hombre que no cree

en el amor.” “Entonces dime el remedio, amigo,

si están en desacuerdo realidad y deseo.”

Tenemos ahí la razón del título general de todos sus libros de poemas, “La Realidad y el Deseo”. Antes de eso, el poeta se ha manifestado de muchos modos en su palabra honda y sincera, inalienable. Veamos ahora algunas cosas que son imposibles de dejar al margen si no queremos traicionar el sentido cabal del poema “Lamento y Esperanza”.

Las fechas hablan por sí mismas: los poemas escritos en “Las Nubes”, libro que inicialmente se iba a titular “Elegías Españolas”, están escritos en su mayoría durante los años de la guerra civil española, la del 1936 a 1939 : la última guerra civil de este país y de este pueblo, pues han sido muchas las que hemos tenido : desde que la Península se llamara Hispania hasta el pasado siglo XX.

Sin embargo, gran parte del contenido de ese poema, amplio y dolorido, épico en su fondo y de un pesimismo amargo pero de belleza singular, a mi entender, son aplicables a determinados estados de cosas de los tiempos que vivimos. Y más : ese temor de que España pueda ser zarandeada por otros países nos viene desde el mismísimo don Francisco de Quevedo. La cuestión ahora es : ¿por qué?

Busquemos las posibles respuestas. Y busquemos las respuestas donde únicamente podemos ahora buscar: en la raíz misma de las palabras, es decir, en su manera de simbolizar en el seno de lo que es el uso poético del Lenguaje.

Pero antes de la búsqueda, el mapa del territorio. Como recordará el lector cuando hablamos en un texto anterior del tema de las definiciones, se señalaba cómo Chantal Maillard marcaba a este respecto la diferencia que hay entre decir “x es tal cosa” y “llamamos x a tal cosa”. A nuestro entender, la diferencia es clara, y la precisión que hacía ahí Ch. M. es muy oportuna: atañe a la manera como hagamos uso del lenguaje para referirnos al mundo que con él nombramos. Las cosas sin embargo no siempre han sido de ese modo. Veamos, como ejemplo, este texto ilustrativo de Julia Kristeva, en su “El Lenguaje, ese desconocido”:

Lo primero que sorprende al hombre “moderno”, condicionado por la teoría y la ciencia lingüística actual, /…/ , es que ( en las sociedades “primitivas”, “sin historia”, “pre-históricas”) el lenguaje es una una substancia y una fuerza material. /…/ Su vínculo con la realidad corporal y natural no es abstracto o convencional, sino real y material. /…/.

Unos sistemas mágicos complejos, cual la magia asiria, se basan sobre un tratamiento atento del habla concebida como una fuerza real. Sabemos que en la lengua akkadia “ser” y “nombrar” son sinónimos. En akkadio, “lo que sea” se expresa con la locución “todo lo que lleve un nombre”. Tal sinonimia es el síntoma de la equivalencia admitida, por lo general, entre las palabras y las cosas y que da pie a las prácticas mágicas verbales. /…/

Frazer (“The Golden Bough”, 1911-1915) constata que, en varias tribus primitivas, el nombre, por ejemplo, considerado como una realidad y no como una convención artificial. “puede ser utilizado como intermediario -tanto como el cabello, las uñas o cualquier otra parte de la persona física- para que la magia haga efecto sobre dicha persona.” Para el indio de Norteamérica, según el mismo autor, su nombre no es una etiqueta, sino una parte distinta de su cuerpo, como el ojo, el diente, etc., y por lo tanto, un mal tratamiento de su nombre le heriría como si de una herida física se tratara.”

(Páginas 60 y 61, J. Kristeva, en su obra antes citada. Aclaremos que con Frazer se refiere a James George Frazer, y la obra que cita en inglés se tradujo al castellano literalmente como “La Rama Dorada”. Magia y Religión. Está en el Fondo de Cultura Económica; la primera edición es de 1944, y la duodécima reimpresión es de 1989. Es la que manejo. Hemos puesto en negrita parte de la cita de J. K. por razones obvias: destacar ante el lector lo que se dice.)

Con los datos por ahora dados, creemos que es suficiente de momento. Pero en muy breve tiempo habremos de completar lo que aquí se ha iniciado, aparte de hacer algunas precisiones sobre el sentido como enfocamos “la actualidad” del poema de Luis Cernuda, “Lamento y Esperanza”. Y luego, ya vendrá la andadura y la búsqueda: seguimos con Chantal Maillard, y aparecerán otros textos de otros poetas.

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Comentarios

Es curioso: releyendo el libro de J. Kristeva, y recordando lo que atestiguó en su día el investigador J. G. Frazer, quien en “La Rama Dorada” añade que esa creencia del indio de las praderas está bastante extendida, desde el atlántico al pacífico, y en lugares tan distantes entre sí como Australia o Egipto. Si leen las páginas 290 y siguientes, donde empieza el capítulo XXII, “Palabras Tabuadas”, (es decir, palabras consideradas “tabú”), encontrarán más de una sorpresa.
Lo que ahora me pregunto es hasta dónde persiste lo que ya señala el propio Frazer : tenemos más cosas en común con el llamado “hombre salvaje” que cosas que nos diferencien. Me refiero a “cosas interiorizadas, íntimas” : por ejemplo, ¿quién que pertenezca a cualquier grupo social desprecia lo que se diga de su persona, los adjetivos que se pongan junto a su nombre? Me refiero a un desprecio “real” : no me valen esas afirmaciones de “no me importa lo que digan los demás de mí”, (tan propagado por programas televisivos con “protagonistas” masculinos y femeninos impresentables y cutres, llenos de ideas absurdas y contradictorias, y con un lenguaje soez del hacen gala…), sino que me refiero al hecho innegable de que asociamos “nuestro buen nombre” a las ideas que los demás manifiesten.
¿Es eso una “herencia” del pasado? ¿Es positivo o es negativo? Podría ser indiferente, pero la realidad nos dice lo contrario : el hombre público se gasta mucho dinero de todos en procurar que su nombre e imagen, (porque lo “nuevo” es ahora esa idea, ese término, “la imagen”), se asocien a valores que se estimen como muy positivos por el conjunto social. Cada cual piense el tema y llegue por sí mismo a sus conclusiones.

Parece que es el “eterno” conflicto sin resolver al que nadie encuentra remedio: que estén en desacuerdo realidad y deseo, simbolizado increíblemente en estos versos. Gracias por hacernos apreciar la belleza de los textos poéticos.

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