De los Sueños : La Sombra

1.- En una teoría general de los sueños serían muchos los aspectos que habría que abarcar, y la razón de esto es doble : en primer lugar, habría que considerar la historia misma de los sueños, y junto con ello las valoraciones que, a lo largo de su historia, la Humanidad ha ido dando a este asunto, el del soñar; y en segundo lugar no podríamos edificar dicha “teoría general” sin tener en cuenta todo lo que la ciencia del estudio del cerebro humano nos vaya haciendo saber.

Sólo con tratar de abordar la historia de los sueños en las diversas culturas humanas, desde la misma prehistoria hasta la actualidad, ya tendríamos un considerable trabajo por delante. Porque esto es algo que no podemos en ningún caso dejar de lado : hay un “universo onírico”, y nosotros, los seres humanos, estamos de lleno en dicho universo. De momento, y en este breve texto de hoy, sólo nos vamos a ocupar de un aspecto muy parcial de ese mundo que cada vez que dormimos solemos visitar, y dejaremos planteada una cuestión que durante algún tiempo nos dará algo en qué pensar : la de “la sombra” en los sueños.

Aclaremos antes de seguir esto de “sombra” : no me refiero ahora a lo que se llama “sombra” y que es algo que se suele identificar con un tipo de presencia o energía, independiente de uno mismo, y que es capaz de manifestarse de maneras diversas. Ahora, y en este texto, nos referimos al hecho de que, por regla general, son muy pocas las personas que en un sueño cualquiera visualizan, o recuerdan haber visualizado, la sombra propia, la sombra de su cuerpo, en esos sueños.

Y si se nos apura : tampoco se suele ver la sombra de los cuerpos de otros individuos o seres con los que se haya inter-actuado en el proceso del sueño mismo. Ya sean seres-personas, seres-animales, o simples seres-presencias.

¿Cuál es la razón de esto, es decir, por qué no vemos las sombras de cuerpos en sueños?

No lo sé. No tengo una respuesta satisfactoria para esta pregunta, y de momento debo conformarme con la pregunta misma, que ya en sí no creo que sea poco. Y será a partir de la búsqueda de respuesta como se podrá ir generando un mínimo capítulo, por así llamarlo, a integrarse, en su día, en esa futura Teoría General del Universo Onírico.

2.- Se sabe que en la Antigüedad se le dio a los sueños una gran importancia. En todas las culturas : desde la China hasta Egipto, desde la Grecia Clásica y su heredera Roma hasta Israel y la Historia del Pueblo Hebreo. En Australia y sus culturas aborígenes. Entre los indios de las praderas de la América del Norte y entre los de las selvas amazónicas, en la India, entre los habitantes y monjes del Tíbet, en todos los pueblos del Africa tanto la antigua como la actual.

En textos anteriores a éste ya mencionamos los estudios de un antropólogo de hacia la primera mitad del siglo XX, Kilton Stewart, que convivió con el pueblo de los Senoi, en las montañas de Malasia, y los estudió profundamente durante más de 15 años. Más abajo ofrecemos un link sobre este interesante capítulo de la Historia de los Sueños entre los Pueblos de la Tierra.

Y desde tiempos muy primitivos, ya en la misma Prehistoria, hasta la actualidad, los sueños han sido altamente valorados y considerados incluso como una vía de conocimiento, tanto para sabios y científicos como para santos y hombres de religión. Pensemos en Don Bosco, por ejemplo. Con un breve lapsus de unos dos siglos, entre fines del XVII y parte de los siglos XVIII y XIX, en que se consideró que los sueños no eran cosa que debería tomar en cuenta una mentalidad “racional y científica”, siempre fueron valorados. Hoy se vuelve a saber que aquel desdén era fruto de una visión errónea del tema, y producto, en realidad, de la ignorancia más que de otra cosa. En definitiva, es un muy gran error el desprecio por el valor de los sueños.

Para una mentalidad medianamente racional y abierta bastaría con que se tomara en cuenta la constitución de la misma Ciencia de la Psiquiatría, con Sigmund Freud a la cabeza y sus posteriores discípulos después, como Alfred Adler, precursor de la psicoterapia, o Carl Gustav Jung, por un lado, y la enorme importancia de los sueños en la misma Historia de la Literatura por otro : muchas obras literarias, poéticas y novelescas, tienen sus origen en sueños, sueños que han conducido a sus autores a logros estéticos de la magnitud de “El extraño caso del Dr. Jekill y Mister Hyde”, de Robert Louis Stevenson. Y es sólo un ejemplo entre decenas posibles, por no decir cantidad mayor que pueda parecer exagerada.

Las Nubes a Veces

Nubes sobre la mar en Marbella. Fotografía de A. Ciero Reina

De pronto las imágenes se abren hacia afuera, la cámara oscura revela abismos insondables. Es el alma, es el alma, es la diosa que se torna nubes en atardeceres, en la mañana, en los celajes fugitivos. El hombre que paseaba junto a la ribera capta un instante en el horizonte, mira despacio los cielos, el rumoroso paisaje, y prepara su brevísimo acto (¡sublime!) donde la técnica y el punto exacto del enfoque apresan perspectivas, castillos, montes, poblados, mil y una cosas añejas, mares preñados de presagios con esas nubes que auguran miradas de deidades. O pueblos eternos entre sembrados y riscos que vistos desde la sabia mirada interior del que maneja la cámara parecen como recién salidos de un sueño.

“¡Amo las nubes, las nubes, las maravillosas nubes…!” , como escribió Baudelaire en el texto que inicia sus “Petits poemas en prose” : “J`aime les nuages… les nuages que passent… labas… les merveilleux nuages!”

Nubes que son mucho más cuando devienen patria : porque también en el aire se tiene, se reconoce la propia tierra que uno sueña. Y porque las nubes a veces son alma, alma que es como la verdadera tierra de la patria.

De J. M. William Turner se cuenta que, luego de ver un daguerrotipo, parece que  reflexionó sobre los efectos de la venidera cámara fotográfica en relación con el futuro de la pintura, y dijo que se sentía feliz de haber pintado ya cuanto le interesaba pintar, ya que consideraba que a partir de ese “artefacto” el arte de la pintura cedería ante el nuevo invento. ¿Cómo iba la mano humana a competir con el fotón?

Como en los textos que seguirán a este de hoy nos vamos a ocupar de un tipo de fotografía que con plenitud de sentido podemos considerar artística, y como esas cuestiones de lindes entre artes, de límites donde la pintura quiere copiar el natural, o por el contrario, trata de interpretar lo que el ojo capta sin llegar a ver “lo que realmente ve”, que más que el ojo son determinadas operaciones, algunas de las cuales estudia en la actualidad la Neurociencia, y otras son objeto de consideración por los historiadores del Arte, no abundaremos ahora mucho en ese tema. Nos quedamos únicamente con esto, que citamos de obra que abajo se indica, y luego pasamos a ver, sin más decir por el momento, uno de esos cuadros-fotografía, (como casi habrá que llamarlos en alguna ocasión) :

Cézanne solía pasar muchas horas contemplando una pincelada. En sus paseos solitarios, se quedaba mirando su tema hasta que éste se derretía bajo su mirada, hasta que las formas del mundo se desintegraban en una masa informe. Al hacer que su visión se desintegrara, estaba intentando volver al comienzo de la visión, es decir, estaba intentando convertirse en una simple “placa de grabar sensible”…” (Pág. 131, “Proust y la Neurociencia”, Jonah Lehrer. Paidós, Madrid. 1ª edición, marzo del 2010).

Y ahora, la cuestión central, la que nos ocupará en otros textos venideros : ¿acaso la fotografía de Antonio Ciero Reina no es en sí un modo “nuevo” de ver el mundo cotidiano? En realidad, todo el arte lo es. Siempre. Y estas fotografías, de las que en la cabecera de este texto ponemos una sólo, pero de las que ofertamos desde aquí el propio Portfolio de Antonio Ciero Reina, son ambas cosas : arte, y modo nuevo de ver el mundo. Quede para más adelante insistir en esta idea, razonarla, y tratar de convencer, en su caso, al lector que pueda albergar dudas al respecto. Gracias.


Los chamanes del siglo XXI


Según un místico dominico alemán de la segunda mitad del siglo XIII, Meister Eckhart, “Cuando el alma quiere experimentar algo, lanza una imagen frente a sí misma, y después se entra en esa imagen.” Tal cosa sería el símbolo. Los símbolos suelen darse por definidos en la mayoría de los usos que se hacen del término.

Quiero decir : si ahora, en este texto, sigo hablando de otras cosas, como las que se dirán en torno a un cuadro (y a la pintura) de Cinta Aller Krähe, y una y otra vez empleo la palabra símbolo, y no explico lo que para nosotros significa dicha palabra, nadie se preguntará por el significado, por el sentido en que uso tal término. Posiblemente, nadie. Eso, sin embargo, es un error : en todo escrito de interpretación de alguna obra como pueda ser un cuadro, un poema, o una serie de signos, todos y cada uno de los términos específicos que se usen deberían ser previamente aclarados.

Según esto, “símbolo”, “chamanes”, y ese “y después se entra en esa imagen”, entre otras cosas aún no escritas, deben ser suficientemente puestos en claro. ¿Qué es eso de “entrarse uno en la imagen (que ha creado antes y la ha puesto ante sí)?

En el inicio mismo de su obra “El hombre y sus símbolos”, K. G. Jung escribía :

“La psique no puede conocer su propia substancia psíquica”, y ello quedaba dentro de un más amplio y problemático contexto epistemológico : “no podemos conocer la naturaleza última de la materia”. Cuando aparece esa obra última de Jung ya se han producido las grandes discusiones en torno a la naturaleza de las partículas consideradas elementales de la todas las cosas, ya ha nacido y crecido la Mecánica Cuántica, que es la gran revolución de la Física en el siglo XX.

Y hoy, en la actualidad, a eso hay que sumar lo que sobre la “misteriosa” organización del cerebro humano se está estudiando : la neuro-psicología ha llegado a los umbrales de un misterio, que es el del propio cerebro humano como “objeto físico de estudio” (¡ni siquiera aún hablamos de la mente!), y se está aplicando lo que se va sabiendo al estudio de las obras de arte : la obra literaria de Marcel Proust, la de Joan Miró, la de Vincent van Gogh

Lo propio del artista moderno es, ante todo, crear un mundo de símbolos, un océano de representaciones o ideaciones simbolizantes, mar en el que se sumerge y en el que se entra, y desde esos abismos nos lanza destellos : tenemos que captarlos a tratar de conectar con al artista a través de sus símbolos, o sea, de cada una de las creaciones donde nos propone auténticos enigmas.

Esto es así de una manera muy clara y explícita en literatura desde la obra de Charles Baudelaire, que usó con sumo acierto , en ese rotundo texto que es su poema Correspondances, la expresión “bosque de símbolos”. Por no irnos a otros autores y obras anteriores, y también bastantes otros posteriores. Y lo que vale para la literatura suele valer en general para la pintura, y a la inversa : nos movemos en las lindes visibles de la creatividad del ser humano en poesía, en pintura. Y no queremos entrarnos en otros universos artísticos, ni podríamos hacerlo sin menoscabo de la reducida extensión que debemos dar a este tipo de textos.

En la naturaleza del símbolo está implícito un proceso. Dicho proceso queda ya planteado en la propia etimología de la palabra : lanzar algo hacia otro lugar desde un previo algo diferente, sería la más clara explicación del proceso a que aludimos. La palabra griega compuesta “Sym-bólon / sym-bállein”, de donde “símbolo” .

Hay cuadros “realistas”, que reproducen un a imagen del natural sin ir más allá de lo que se mira, y obras “simbólicas”, que desde lo que se reproduce hay que “saltar” hacia otra cosa, por lo general, no explícita, sino sólo simbolizada, escondida, oculta. Y ahí, en ese modo de simbolizar, entra la actitud que hemos llamado “chamánica” : muchos de los artistas modernos, o no pocos de ellos, en el fondo son chamanes en potencia, en tanto bucean en sus almas y desde sus almas tratan de entrársenos en las nuestras.

En la obra de Cinta Aller Krähe se da, en mi opinión, este tipo de fenómeno y me atrevo a decir que eso ocurre con cierto conocimiento de la pintora misma, que no rehuye el reto de abismarse en sí misma para alcanzar la plenitud de una comunicación interna que desvela y conjura al mismo tiempo. “Revela” (en el sentido de “descubre”), y a la vez “re-vela” (esconde doblemente). Ahí es donde veo uno de los aspectos que he definido, de un modo aún sólo aproximado y sin irme muy al fondo, chamánico. O si se prefiere, demiúrgico. Porque en realidad todo creador de algo es un demiurgo : su propia alma entra en el proceso creador y ahí es donde el artista, en este caso la pintora C.A.K., “se la juega” : su interior es su propio reto.

En una entrada posterior a esta, trataré de justificar gran parte de lo hasta aquí dicho, y daré la bibliografía oportuna. Gracias.

Cosas, territorios, símbolos


1.- No es fácil concebir un objeto con vida propia que esté libre de todo tipo de contexto. Cualquier cosa que podamos imaginar, sólo nos resulta imaginable en el seno de un conjunto, el que sea, de otras diversas cosas. Esto debe ser así porque cualquier objeto, incluso cualquier teoría o, en su lugar, cualquier “mundo mental específico”, sólo pueden tener existencia si hay una previa concepción de tales cosas por una o por varias mentes suficientemente centradas en ellos, en los tales objetos, cosas, teorías o mundos que sean posibles de idear.

Del mismo modo que todo lo que pueda ser nombrado tiene que serlo a partir de un determinado lenguaje, el que sea, así también todo lo que pueda ser imaginado tiene que serlo a partir de una, – o unas, como se ha dicho antes -, mente que imagina. Antes de que existan los mapas han existido los territorios, y luego, una vez que se han hecho mapas a partir de esos territorios, se pueden ampliar, acortar, discutir o inventar nuevos mapas.

Pero no podemos “construir” territorios desde la propia mente como no sean “territorios estrictamente mentales”, sólo ideales, “ficciones de territorios”. El Dorado en el siglo XVI y en el ámbito hispánico es un territorio ideado, una ficción territorial. Existe en el lenguaje, en un lenguaje inicial (el castellano del siglo XVI) del que luego puede pasar a otros lenguajes. Pero no existe en lo que llamamos “geografía de un mundo real”. Piensen ustedes un tenedor, una pipa para tabaco, un casco de ciclista o uno de soldado de los tercios españoles del XVI o del XVII.

Ahora piensen el tenedor pintado junto a otros tenedores, dos o tres, cuatro o incluso cinco, y exhibido junto al nombre de un restaurante. O piénsenlo como un objeto de plata, por ejemplo, y útil para ser usado sobre carne, pescados, alguna fruta…, etc., y con el que nos disponemos a cortar filetes con un cuchillo, o a tomar trozos menudos de comida de un plato. Uno y otro son tenedores de diferente orden de cosas, y en cada caso están en contextos diferentes, tienen sus propios territorios, si se nos permite ahora la metáfora. Y además de cosa (tenedor) pueden ser símbolo (categoría del restaurante) : primarios o de primer grado el tenedor pintado junto a otros semejantes para indicar categoría, o símbolos eventuales en el caso del tenedor-objeto real. Y lo mismo hagan, cambiando los elementos adecuados, con la pipa. O con los cascos. En cada caso estaremos en contextos distintos, y cada contexto constituye un territorio propio. Y cada uno de estos contextos o territorios, ¿no son mundos mentales, no “están ahí” a partir de nuestras previas concepciones, aquellas mismas que los hicieron inicialmente posibles? ¿No es la heráldica, por ejemplo, todo un mundo mental con su amplio y propio territorio?

2.- En cierto sentido podemos decir que somos responsables de los mundos mentales donde al cabo nos instalamos y a los que habitamos como seres pensantes. Y los habitamos a la vez como agentes (y pacientes también) de nuestras propias ideaciones, e ideaciones con las que nos implicamos al tiempo que implicamos con nosotros a otros muchos más : a nuestros coetáneos; y, de modo eventual, a nuestros descendientes, los seres que nacerán luego que nosotros y vivirán en el (o en los) mundo(s) que les dejamos por nosotros mismos fabricado.

Pues bien : esto ocurre en política, en las modas, en las nociones de justicia social, en todo tipo de códigos, ya sean expresos, o ya sólo existan de manera implícita, como sobre-entendidos. Esto ocurre en todos los órdenes de la vida por la sencilla razón de que somos seres sociables, nos guste o no. Pero ahora vamos a salir de esta atmósfera general que hasta aquí hemos estado manejando y nos vamos a centrar en un ámbito más concreto : el de los Símbolos, y dentro de estos, el de los símbolos en cierta parcela del mundo de las Artes, en concreto, la Pintura.

3.- Empezaremos diciendo que los símbolos son un lenguaje que tiene en principio una doble dirección : por un lado, son universales. Contienen en sí lo que se conoce como “arquetipo”, y su carácter es general, abarca a toda la Humanidad y las culturas. Y por otro lado son particulares y se dirigen en concreto a cada individuo : se “particularizan” porque cada ser humano necesita, – y esto no es más que un ejemplo -, ver/sentir en sus soñares, a veces, mensajes “duros” y, como dice Pierre Fluchaire, “no todo el mundo es masoquista” (vid. “La revolución de los sueños”).

Cuando decimos que los símbolos son universales y con-forman con frecuencia estructuras arquetípicas no se debe dejar de lado el hecho de que tales universalidades son restringidas : cada gran ciclo cultural tiene su propia universalidad. Al menos en los simbolismos del mundo onírico, en los sueños, debe ser así : una cruz, o el pan, por ejemplo, símbolos ambos que propone P. Fluchaire en una parte de su obra, no pueden “decir” lo mismo en el sueño de un romano de los siglos anteriores a Cristo, (la cruz), o en el de un amerindio, (el pan), que se alimente básicamente de maíz o de “pan de casabe”, hecho a partir de la yuca.

Cosa diferente es cuando tratemos con símbolos de carácter mucho más universal, como el puedan ser el fuego, las aves, el agua o las nubes y las tormentas. Un “esqueleto de símbolos” deberá superponerse a otros, y conformarse según estratos de mayor a menos universalidad, dependiendo de la hondura que tengan en el subconsciente de los seres humanos formando culturas diversas. Y ahora, pasamos a la cuestión central de este escrito de hoy, que precederá o otros más sobre obras pictóricas de Cinta Aller Krähe y de Igor Torres : ¿a qué categoría pertenecen los símbolos que encontramos en las obras de arte que contemplamos como pinturas?

4.- ¿Están en un mismo estrato de simbolización un bisonte pintado en las paredes de una caverna hace 30.000 años, pongamos por caso, que un toro plasmado en un lienzo por Picasso, por ejemplo? Sabemos que Pablo Ruiz Picasso admiraba profundamente la capacidad que él percibía en el modo de reflejar con un rápido y único trazo el movimiento de animales representados por los artistas (¿chamanes, además de artistas? Un libro de Jean Clottes y David Lewis-Williams, de notable vigencia, y que se titula “Los chamanes de la prehistoria”, eso propone) prehistóricos, y lo manifestó en más de una ocasión, pero, ¿iguala eso en algo el tipo de pintura que él iba desarrollando y la que muchos milenios más tarde descubre la humanidad actual que hacían los hombres del paleolítico? ¿Son equiparables, aun cuando sea grosso modo, los artistas pintores de la actualidad a los de aquellos remotos tiempos? Parece que en determinadas cosas, por cierto muy puntuales, podrían serlo. Y en otras muchas, desde luego que sería muy discutible aceptar esa idea. Y no sólo por las respectivas “funciones del arte” implícitas en las sociedades y mundos donde se dan ambos modos de pinturas, sino por otras muy diferentes razones.

En entradas en este mismo blog, y también en ese otro que se titula “La Voz al Vuelo”, ambos de La Opinión de Málaga, entraremos ya en las visiones interiores que nos proponen las obras de Cinta Aller Krähe, de quien ya dimos noticia en otro texto anterior a este, y de Igor Torres, cuya obra tiene también una especial manera de fascinar, como podremos ver.

Resta decir que la obra que arriba ilustra esta entrada es de Cinta A. K. y forma parte de una serie dedicada a los filósofos pre-socráticos, cuyas reflexiones e ideas, en palabras de la propia pintora, ya le impresionaron cuando los estudiaba por primera vez en su 3º de BUP, aquel bendito Bachillerato hoy ya en mejor vida. Gracias.

Génesis de los Sueños


Campo de trigo y cuervos, Vincent van Gogh, 1890

En un capítulo de su obra “Los sueños y el tiempo”, María Zambrano escribe:

“Tres elementos han de tenerse en cuenta para la génesis de los sueños : los movimientos corporales y la posición del cuerpo; las asociaciones de la memoria profunda que es también fantasía; la situación de la persona, el punto de procesos en que se encuentre.” (pág. 103 de la obra que abajo se cita).

Antes, al inicio del capítulo titulado como este mismo texto que hoy presentamos, la profunda escritura nacida en la Axarquía (Vélez Málaga, 1904 – Madrid, 1991), ya había establecido con claridad su postura : “Si el despertar es un arrancarse, el momento de entrar en el sueño es un abismarse de la conciencia que se sumerge como si fuera reabsorbida.”

De estas cosas que la discípula de Ortega y Gasset, en tantas cosas superior incluso a su maestro, – esto, es una opinión personal, que posiblemente compartan otros lectores -, las que ahora destacaremos son las que siguen : “… memoria profunda que es también fantasía”, y “... entrar en el sueño es un abismarse.” Nos quedamos por lo tanto con estas dos ideas, y a partir de ellas, o por mejor decir, sin perderlas de nuestro horizonte mental, vamos a ver qué otras cosas nos dice otro autor sobre el sueño. Con esta advertencia : vamos a dar un pequeño salto en el tiempo, y también en la perspectiva desde la que cada uno de los escritores ahora nombrados (María Zambrano y Gérard de Nérval) aborda esta cosa que es el sueño. El sueño como proceso, como estado inevitable de la vida normal de una persona, y también el sueño como hondo misterio aún en fase de estudio por la Ciencia. Vamos ahora a lo que leemos en “Aurélia o el sueño y la vida”.

“Aquí comienza para mí algo que llamaré el derramamiento del sueño en la vida real. Desde este momento todo a veces adquiría un doble aspecto para mí, y esto sin que nunca mi razonamiento careciese de lógica, sin que a la memoria escapasen los más insignificantes detalles de lo que me ocurría. Mis actos, en apariencia insensatos, estaban sencillamente sometidos a lo que, según la razón humana, se llama ilusión.” (pág. 15 de la obra citada antes. Más abajo se darán las fichas completas de las obras ahora citadas y usadas).

No sé cuántos de ustedes conocen un filme de Akira Kurosawa, “Los sueños” (1990) inspirada en sus visiones y cuadros visionarios, reales, que jalonan diferentes etapas de su vida. En el filme de 1990, un turista japonés entra, se introduce, en un cuadro de Vincent Van Gogh, “Campo de trigo con cuervos”, obra de 1890, la última que pinta antes de suicidarse de un tiro en el pecho, que se da luego de entrarse en un trigal, y del que muere luego de una larga agonía de casi dos días. Dejemos ahora las tesis de quienes defienden que no se trató de un suicidio, sino de un accidente producido por el disparo de dos muchachos que jugaban con un revólver.

Nos quedamos con la imagen mental de un Vicente Van Gogh, artista de importancia determinante en la pintura a él posterior, aunque no valorado del todo en su momento, y hombre de una sensibilidad tan especial que llega a decir, aún  muy joven, que “sentí que debía entrar descalzo en la sala donde se exponían aquellos cuadros porque algo me decía que aquel lugar era sagrado.”

Se trataba del Hotel Drouot, en París, donde en 1875 se exponía una serie de dibujos de Jean-François Millet. “… descálzate porque el suelo que pisas es sagrado.” Son las palabras con que refiere V. van Gogh su experiencia la importancia del arte de la Pintura.

Lo que sí estoy seguro y, aunque no sea algo que pueda decir “eso lo sé”, sí es una especie de convencimiento interior que nace de las vivencias propias : nadie que se ocupe y preste una mínima atención al mundo de sus sueños, a sus experiencias oníricas,

y trate de razonar sobre este auténtico “continente sumergido”, pasará de largo de esos fenómenos que aún están, como decía, en fase de estudios y estudios cada vez más serios. Nadie dudará durante mucho tiempo que lo que soñamos, tanto si es cosa que luego recordamos como si queda en olvido, condiciona fuertemente nuestras propias vivencias cotidianas. Hasta tal punto que a veces re-conducimos nuestra conducta (y nuestras personales visiones de otras personas) precisamente a raíz de experiencias oníricas que, de algún modo, nos hacen “visionarlos”, a los demás con los que soñamos, de modos absolutamente novedosos, en ocasiones para prestarles más atención y elevarlos en su valor, y otras veces para alejarnos de ellos, por razones muy diversas pero por “razones nada razonables”, pues que son de naturaleza onírica.

Estas cosas, y las que habrán de derivarse de lo que antes se ha citado de M. Zambrano y G. de Nerval, son las que deseamos abordar en próxima entrega en este mismo foro. Porque, como todo lector habrá comprendido, de las cosas que antes se han  citado y de las que nos acabamos de hacer eco, o mejor dicho, a partir de esas cosas, tendremos la (quizá) osadía de aventurar nuestra personal visión de lo que en algunos casos significan estas cosas que estamos llamando “sueños” y, a los que veces con suma ligereza, (el propio G. de Nérval cae en ella, en esa ligereza), nos referimos como ¿separados del mundo de las cosas reales? Lo veremos, señores lectores. Y lo trataremos de razonar con entera oportunidad. Gracias. Y una última advertencia : lo antes escrito entre comillas y en letra negrita y cursiva, “razones nada razonables”, es totalmente una ironía : para quien esto escribe, hay razones de peso para considerar a los sueños como elementos de singular importancia en la vida entera de todo individuo.

Las obras citadas.-

María Zambrano, “Los sueños y el tiempo”. Biblioteca de Ensayo Siruela. Fundación María Zambrano, 1992. Manejo la edición de Edic. Siruela del 2006.

Gérard de Nerval“Aurélia o el sueño y la vida”. Traducción de J. Chabas y Martí. Editorial Eneida, Madrid, 2011. Colección Confabulaciones.

Sueños y Realidades

“Me había quedado en Comala. / … / Y me quedé. A eso venía.

¿Dónde podré encontrar alojamiento? – le pregunté ya casi a

gritos.

Busque a doña Eduviges, si es que todavía vive. Dígale que

va de mi parte.

¿Y cómo se llama usted?

Abundio – me contestó. Pero ya no alcancé a oír el apellido.

Soy Eduviges Dyada. Pase usted.

Parecía que me hubiera estado esperando. Tenía todo dispuesto,

según me dijo, haciendo que la siguiera por una larga serie de cuartos

oscuros, al parecer desolados. Pero no; porque en cuanto me acostumbré

a la oscuridad y al delgado hilo de luz que nos seguía, vi crecer sombras

a ambos lados y sentí que íbamos caminando a través de un angosto

pasillo abierto entre bultos.

¿Qué es lo que hay aquí? – le pregunté.

Tiliches – me dijo ella-. Tengo la casa toda entilichada. La escogieron

para guardar sus muebles los que se fueron, y nadie ha regresado por

ellos. Pero el cuarto que le he reservado está al fondo. Lo tengo siempre

descombrado por si alguien viene. ¿De modo que usted es hijo de ella?

¿De quién? -respondí.

De Doloritas.

Sí, ¿pero cómo lo sabe?

Ella me avisó que usted vendría. Y hoy precisamente. Que llegaría hoy.

¿Quién? ¿Mi madre?

Sí. Ella.

/ … /

Mi madre -dije-, mi madre ya murió.

Entonces ésa fue la causa de que su voz se oyera tan débil, como si hubiera tenido que atravesar una distancia muy larga para llegar hasta aquí. Ahora lo entiendo. ¿Y cuánto hace que murió?

Hace ya siete días.

Pobre de ella. Se ha de haber sentido abandonada. Nos hicimos la promesa de morir juntas. De irnos las dos para darnos ánimos una a la otra en el otro viaje…” ( “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo. Págs. 15 y 16).

No va ser cosa ahora de entrar a describir, ni siquiera de manera muy leve y por encima, la estructura de la citada novela del mexicano Juan Rulfo, una de las mejores obras narrativas escritas en castellano, el castellano que se habla en México, en todo nuestro pasado siglo XX.

Sí podemos dejar apuntado que el “Pedro Páramo” es una narración donde se solapan diferentes planos del espacio y del tiempo de nuestra habitual “realidad vital”, y que se podría decir que es una obra en prosa que está como tallada con un virtual cincel de estilo de prosa de extraordinaria riqueza. Y que estamos ante una obra de arte literaria donde el plano onírico tiene de cabo a fin una enorme importancia. Se publicó en 1955.

Con que los que no leyeron la obra (o, incluso, algunos que sólo la leyeron muy por encima) sepan que tanto Abundio, como doña Eduviges Dyada, como en realidad todos los personajes de la novela están ya muertos y hasta el pueblito, Comala, es un lugar dejado ya quieto y sin vida humana en su soledad -literaria- de los páramos mexicanos, y que cada uno está muerto pero no lo están todos de golpe sino en diferentes momentos y tiempos de un ya muy lejano pasado, con que se sepa eso, ya es por ahora suficiente para abordar la cuestión que hoy se va a tratar.

Lo que ahora abordaremos es un simple y breve asalto, un primer acercamiento, a eso que en el título de esta “entrada” o texto hemos llamado “Sueños y Realidades”. Y de estas dos cosas “asaltadas” es la que queda como envuelta en la palabra “sueño” la que nos va a centrar.

Porque vean ustedes algo de lo que dice Stephen LaBerge, (Director del Lucidity Institute en Palo Alto, California). En una breves palabras sobre el tema “¿Qué son los sueños?”, en la obra titulada “Las grandes preguntas de la Ciencia”, edit. de Harriet Swain. Traducción de Joan Lluís Riera, Editorial CRITICA. Barcelona, 1ª edición 2006. Leamos algunas de las cosas que dice :

“En mi opinión, los sueños se pueden describir con  mayor precisión como experiencias -es decir, sucesos conscientes que uno ha vivido personalmente. /…/ Porque conviene recordar que el criterio esencial de la conciencia es la posibilidad de relatar la experiencia.” (pág. 93).

“Sea como fuere, no hay necesidad de limitar la respuesta a por qué soñamos. Para unos, la respuesta es : soñamos para saber por qué soñamos. Mi preferencia es otra : sueño para saber quién soy más allá de quién sueño que soy.” (pág. 97).

“Hasta hace poco tiempo los investigadores dudaban de la capacidad del cerebro para mantener un grado tan elevado de conciencia y funcionamiento mental durante el sueño. A finales de la década de 1970, las investigaciones llevadas a cabo en nuestro laboratorio de la Universidad de Stanford demostraron que realmente se podían producir

sueños lúcidos mientras dormimos. (págs. 97 – 98).

“Mientras experimentamos un sueño lúcido somos capaces de razonar claramente, de recordar las condiciones de nuestra vida de vigilia y de actuar voluntariamente dentro del sueño tras un acto de reflexión o de acuerdo con planes decididos antes de dormirnos -y todo ello mientras seguimos profundamente dormidos, experimentando vivamente un mundo onírico que puede parecernos sorprendentemente real.” (pág. 97).

Baste por ahora con lo ya expuesto. cada cual reflexione sobre lo que ha leído ahí, y contraste con sus propias experiencias oníricas. Más adelante, y para quienes deseen cómo hacer para recordar lo que sueñan en el supuesto de que suelan olvidar sus sueños de una manera casi sistemática, diré qué cosa tan simple y fácil de realizar está al alcance de cada cual si se quiere recordar cada día lo que se sueñe.

Ahora, sólo quiero referirme a un par de cosas : la una, que tengo fundadas sospechas, (por llamar “sospechas” a lo que casi es cosa fácil de probar), de que en buena medida gran parte de la obra “Pedro Páramo” de Juan Rulfo es obra literaria no ya concebida durante un sueño o varios sueños, sino incluso llevada a cabo, realizada por su autor con una inestimable cantidad de material onírico propio y de primera mano.

Y la otra cosa es : que mucho más de lo que solemos pensar, nuestras vidas están tan entretejidas de sueños, semi-sueños, vivencias de la vigilia, y deseos que en realidad no somos capaces de llevarlos a la consciencia de la vida de vigilia.

Tan entrelazadas están esas cosas, que, así y sin más, tratar de deslindar lo que llamamos “Realidad” de lo que llamamos “Sueño” (o, por ser más exactos, “Vivencias Oníricas”), llega a caer en el absurdo : no nos es posible, de buenas a primeras, separar lo uno de lo otro sin lesionar o sin cercenar aspectos de ambos mundos que son en el fondo parte de nuestro tejido vital irrenunciable. Y pongamos fin a esto con una aviso a navegantes :

Cuando ambos mundos se nos entrecruzan sin control es muy posible que lleguemos a tener que precisar ayuda psiquiátrica. A no ser que estemos dispuestos a cometer disparates o caer de lleno en el absurdo.

Diálogos nunca habidos

Detalle de "La Vida es Sueño", bronce de J. Figueras. Madrid, 1878

“¿Sabías, Fulgor, que ésa es la mujer más hermosa que se ha dado sobre la tierra? Llegué a creer que la había perdido para siempre. Pero ahora no tengo ganas de volverla a perder. ¿Tú me entiendes, Fulgor? Dile a su padre que vaya a seguir explotando sus minas. Y allá…, me imagino que será fácil desaparecer al viejo en aquellas regiones adonde nadie va nunca. ¿No lo crees?

Puede ser.

- Necesitamos que sea. Ella tiene que quedarse huérfana. Estamos obligados a amparar a alguien. ¿No crees tú?

- No lo veo difícil.

- Entonces andando, Fulgor, andando.

-¿Y si ella lo llega a saber?

-¿Quién se lo dirá? A ver, dime, aquí entre nosotros dos, ¿quién se lo dirá?

Estoy seguro que nadie.

Quítale el “estoy seguro que”. Quítaselo desde ahorita y ya verás cómo todo sale bien. Acuérdate del trabajo que dio dar con la Andrómeda. Mándalo para allá a seguir trabajando. Que vaya y vuelva. Nada de que se le ocurra acarrear con la hija. Ésa aquí se la cuidamos. Allá estará su trabajo y aquí su casa adonde venga a reconocer. Díselo así, Fulgor.

Me vuelve a gustar cómo acciona usted, patrón, como que se le están rejuveneciendo los ánimos.” (“Pedro Páramo”, páginas 91 a 92).

La inmensa mayoría de los diálogos que solemos conocer a lo largo de nuestra existencia y reconocemos como de suma excelencia, como diálogos de gran maestría, suelen ser aquellos que nunca han existido fuera de la ficción donde alguien los ubicó y creó. Hablo, cuando digo eso de “que solemos conocer a lo largo de nuestra existencia…”, de las personas habituadas a la lectura, al cine también, y al teatro. Y desde el pasado siglo XX, a la televisión. Cuando la televisión no es bazofia, todo se diga.

Las que no frecuentan estas maneras de ocio, estas actividades que son para unos, (los menos), trabajo y profesión y para otros, (los más), entretenimiento, diversión, u ocios, como se ha dicho antes, ésas personas ajenas a estos mundos de las ficciones convertidas en maneras artísticas, sólo suelen conocer diálogos “reales”, los que tienen con sus vecinos o los que de sus cercanos escuchan y oyen.

Diálogos reales serían, así pues, los que han existido en la vida de cada día, los sí habidos. Y éstos diálogos, salvo excepciones, no se suelen poner en letra impresa ni se registran en modos algunos. Pasan como vuelos de pájaros libres cada día por los aires. Y al pasar, forman esa argamasa invisible y tan sutil de que está hecha nuestra existencia y conforma la textura de nuestras vidas. Y los otros, los fingidos, los imaginados, los no transcritos pero sí escritos por el aquel aquello de crear relatos, novelas, cuentos, narraciones o fabulaciones, ésos, diálogos nunca habidos son. Pero sigamos, que es otro el tema a ver hoy y tratar de considerar, y a ver qué nos depara…

¿Y los diálogos que a veces recordamos haber mantenido en algún sueño? No es algo frecuente, lo más usual es que se sueñen cosas donde se ven imágenes, a veces fantásticas, incluso imposibles, inimaginables en el mundo de la vigilia, pero aunque menos usual, también recordamos sueños donde existen diálogos.

Unas veces son diálogos que el propio sujeto soñador, – ese “ego oniricus” que al parecer poseemos -, mantiene con otro sujeto mientras sueña. O con más de un sujeto onírico, ya sea conocido en la vida de vigilia, ya sea desconocido, o, cosa que también a veces ocurre, con algún sujeto que recuerda de otros sueños.

Bien, esa esto como fuere, esos tipos de diálogos ¿dónde los ubicamos? ¿Son reales o no lo son? ¿Qué es lo que llamamos con toda propiedad “realidad”? Ahí está la cuestión, ésa es la clave de lo que se plantea ahora : dependiendo del grado o del tipo de realidad que le demos a todo lo que constituye el mundo de los sueños, ese tipo de diálogos tendrán más, menos, total o…, ninguna realidad.

Puede todo esto parecer una cuestión tan lateral que carece de importancia, y sin embargo, si atendemos a la progresiva importancia y el constante interés que despiertan los fenómenos oníricos en el mundo científico, tanto los que abordan temáticas de psicología, como los que estudian el cerebro humano y sus funciones, la cosa cambia. Estamos ante una cuestión que presenta aspectos de notable importancia : porque si hay un grado de realidad en lo que digamos o se nos diga en los sueños, eso deberá ser objeto de atención a todos los efectos, ya que sería algo tan real como lo que decimos o se nos dice en la vida que se desarrolla en el nivel de vigilia, cuando estamos despiertos, sólo que sería una realidad de otro ámbito de la existencia.

En nuestro modo de ver estas cosas, los sueños forman parte de un mundo que tiene su propio ámbito de realidad. Que se trate de una realidad básicamente interiorizada, propia y exclusiva de cada sujeto vivo, o que pueda ser compartida dicha realidad por más de uno o varios sujetos, no es cosa que ahora abordemos.

Lo que nos limitamos a decir es que, contrariamente a como muchas personas suelen creer, a saber, que “…los sueños, sueños son”, (y dan a eso un tinte de cosa ficticia), nosotros nos inclinamos más bien por pensar lo que iba ante de la famosa frase antes puesta entre comillas : que “toda la vida es sueño, y…” Y damos a eso un nítido barniz de cosa viva y real.

Sabemos que parte de lo que hacemos durante el día, en no pocas ocasiones, resulta estar condicionado por lo que se sueña durante las noches. Aunque luego los sueños no se recuerden, que es cuestión ahora también dejada al margen. Y sabemos también que bastantes obras literarias tiene su origen y génesis directa en sueños que han tenido sus creadores, los autores de dichas obras.

Como también es ya algo que parece estar asumido, mucho de los relatos míticos en realidad proceden de la directa representación de ideas arquetípicas cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos. Y si eso así resulta ser, ¿dónde tenemos la línea divisoria entre lo que llamábamos antes “diálogos nunca habidos” y aquellos otros que comenzamos considerando como dados, ocurridos, habidos en la realidad de cada día?

Esa es la cuestión, lectores. Y a ella nos iremos acercando, en sucesivas entradas y textos, poco a poco : como quien  trata de llegar a alguna meta o destino no de golpe ni de un salto, y ni tan siquiera tomando un camino directo, sino dando rodeos, mirando la meta desde más de una perspectiva, y por sus pasos contados : Para así tratar de evitar la precipitación que, al cabo, nos obliga a volver atrás y re-mirar lo que antes no atendimos.

Porque (y no echemos sin más esto en el olvido) resulta que, por ejemplo, para ustedes y para mí son hoy más reales Sancho Panza o Dulcinea del Toboso, seres de novela, personas de ficción, que no las bellas damas idealizadas y que vivieron en el siglo del Quijote y los “reales” campesinos que labraron y murieron en sus terruños. Los de ficción viven hoy, y los otros, caídos están en el olvido… ¿Qué es lo real, pues?

Y siempre, la Historia…

El periodista, escritor y poeta Ryszard Kapuscinski

Y Siempre, la Historia...

Las cosas que dice Ryszard Kapuscinski del libro “Historia” de Herodoto, y también las reflexiones que hace acerca de algunos aspectos del griego mismo, Heródoto, – como lo acentúa el autor de “Viajes con Heródoto”. -, refiriendo los avatares de su tiempo que componen el tapiz de sus Nueve Libros de la Historia, esas cosas, leídas en perspectiva, consideradas hoy, como si fueran fruto de viajeros que narran sus experiencias a la par que llevan cabo sus labores de reporteros de sucesos a lo largo y lo ancho del mundo, pueden llegar a ser asombrosamente sorprendentes. Por su viva actualidad en algunos casos, y por su remota vigencia en otros.

Vamos a mirar más de cerca algunas de esas cosas o reflexiones insertas en el relato, sin olvidarnos de quién es ahora nuestro autor a seguir, Ryszard Kapuscinski, periodista polaco (1937 a 2007) como corresponsal en el extranjero desde la década, ya mediada, de los años 50 y hasta 1981. A Herodoto (o Heródoto) no es preciso presentarlo aquí y ahora, por más que tengamos que referirnos a sus palabras de “Los nueve libros de la Historia” de manera constante.

Dependemos de la gente, y por eso el reportaje tal vez sea el género de escritura más colectivo, comenta el periodista polaco al referirse a lo que llama en una ocasión “el taller de Heródoto”. El capítulo titulado “El taller del griego”, que va de la página 197 hasta la 207, incide en el modo como trabajaba el fundador de la Historia como ciencia que se ocupa de los hechos, y al que, lleno de simpatía hacia su persona, el reportero polaco considera el “… primer globalista de la historia” (pág. 206). Y antes, en la página 92, había escrito esto : “El autor de la Historia se presenta desde el principio como un visionario del mundo, como un escritor capaz de pensar a escala planetaria, en una palabra, como el primer globalista”.

Entendemos que Ryszard K. haya elegido la magna obra del de Halicarnaso como libro de cabecera en sus viajes por más de medio mundo, de la India a Egipto o el Congo, o a la China de Mao. Y no es sólo porque se identifique con el lejano griego natural de Halicarnaso, y lo vea como un colega casi, en la distancia de los siglos, sino sobre todo o, si se prefiere, además, porque, (pág. 213) :

Me he traído una pila de artículos en torno a África pero de vez en cuando también vuelvo a mi inseparable Heródoto que suele ser para mí un relajante, una válvula de escape, un descanso, un trampolín que me traslada del mundo de las tensiones y la febril persecución de noticias a la paz, la tranquilidad y el silencio que emanan de las cosas pasadas, de figuras que dejaron de existir tiempo ha y aquellas otras que ya desde el principio no fueron sino producto de nuestra imaginación, ficticias sombras etéreas.”

Y si volvemos de nuevo atrás, esto encontramos en las reflexiones del periodista de hoy acerca de la labor del griego de ayer : “Heródoto, que comprende perfectamente esta ley del imparable tránsito de las cosas al lugar del no retorno, desea oponer resistencia a su destructora naturaleza : para impedir que el tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad.” (Pág. 92).

Y nuestro buen reportero R. K. se asombra de la osadía del eterno viajero griego preguntó y escriba, al tiempo que le imita en lo que puede, pues es sólo del trato con la gente que le rodea como él puede a su vez enviar noticias sobre un magnicidio en el Congo o una gran epidemia -: la hambruna de siempre, la eterna hambruna de los pobres de esta tierra-,  en la India.

Sin embargo, en cuanto reflexionamos sobre las cosas que va dejando caer el autor de los “Viajes con Heródoto”, libro que es muchos libros en uno solo, y libro que enseña muchas cosas con su lectura y otras muchas más con la reflexión de lo que leamos, pronto caemos en la cuenta de que estamos ante un periodista capaz y ante un escritor que sabe adónde apunta con sus palabras. Veamos :

“Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo sólo lo podía facilitar la lengua. Sin conocerla, ese mundo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún : descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo aquello que sabía nombrar, por ejemplo recordaba una acacia pero no el árbol que crecía junto a ella porque desconocía su nombre.” (Pág. 31)

Estas, entre otras muchas cosas más que ya tendremos ocasión de ver y comentar, nos llaman poderosamente la atención. Como lo que razona sobre los sueños, a propósito de los que asediaron al rey persa Darío antes de lanzarse a la conquista o destrucción del mundo griego de su tiempo. Eso, entre otras muchas cosas, como digo, pues :

“El libro del griego, al igual que toda gran obra, hay que leerlo repetidas veces : cada nueva lectura desvelará entonces nuevas capas, contenidos distintos, no vistos antes, nuevos sentidos e imágenes. Pues todo gran libro contiene varios libros, sólo que hay que llegar a ellos, descubrirlos, profundizarlos y asumirlos.” (Pág. 248)

Ni más ni menos, lectores, que lo que nos ocurre a nosotros con el libro al que apenas nos hemos asomado una vez, el de Ryszard Kapuscinski, “Viajes con Heródoto”. ¡Ojalá que el azar o alguno de tus amigos te den ocasión a tenerlo en tus manos y leerlo!

De esto, si tal ocurre, puedes estar seguro : muchas cosas nos podrán faltar, pero nunca nos faltará la Historia, sea cual sea nuestra condición y estado, el tiempo en que vivamos o las ocupaciones que nos tengan atados a nuestro duro banco de la brega diaria. Y así, con el reportero polaco, en tanto lo leamos, estaremos con él y con su inseparable Heródoto, y entre ambos, y siempre, también, la Historia.

Dos Soldados

Entrada de una taberna de Praga, con motivos de la obra de J. Hasek

En honor del “Buen Soldado Svejk”, en su 90 aniversario

“¿Las ponemos todas juntas?” Me lo ha preguntado después de estar casi dos  horas, que llevábamos ya, apilando cajas y más cajas. Yo, que casi ya le tengo tomado el punto ése que se gasta de salir, como quien dice, por peteneras, le digo “¡No! Esto de ahora es sólo para probar a moverlas, que total, son cajas de nada…”(Irónico, que es uno). “¡Ah, ya decía yo…!” Me dice. Y seguimos apilando cajas y más cajas. No nos queda mucho, ya. Unas cuantas horas más de nada y, ¡sanseacabó! : todas las cajitas de pino, juntas y apiladas para su posterior traslado, para su destino último y fatal, que es convertirse en sarcófagos de jóvenes del pueblo

De tamaños diferentes, pero todas de la misma hechura, las hemos ido colocando por orden, según tamaño: las más pequeñas, en el ala derecha de la nave, y las más grandes, al fondo. La mayoría de ellas, que son como si dijéramos medianas, algo así como una talla 40 ó 42 en cajas de pino, ocupan ya todo el ala izquierda y la parte central, con lo que las grandes, que están al fondo, ya no se ven. Se acerca la hora del rancho, y ya están las cajas todas descargadas y apiladas por orden.

“¿Llamo al sargento?” Me pregunta, mientras todavía estamos resoplando de la paliza que nos hemos dado entre los dos, desde las 6 de la mañana apilando cajas y más cajas. “¿Al sargento? ¿Para qué lo vamos a llamar?” Le digo, mientras me seco el sudor de la frente y me tomo un respiro, que  ya es que no podía más. “Pues…, ¡para que las vea! Las cajas, digo. Ya apiladas.” Me dice, con un evidente tono de sorpresa, como quien se preguntara algo así como “¿Pues para qué iba a llamarlo, eh, listillo?” Y yo, sin dejar de secarme el sudor. “¿Y si no le gusta cómo están las cajas? ¿Y si nos pone a hacer otras tareas antes del rancho, eh, Einstein?”

No le gusta que le llame Einstein: tuvo un perro al que le habían puesto ese nombre, y como que se siente llamado “chucho”, “perrito” y esas cosas cada vez que se le mienta el nombre. Y además, ni sabe quién es ese tal Einstein, aparte el perrillo. Que el perro era pequeñín, callejero, y ”Es de raza multi-mixta”, le dijo el veterinario. “¿Lo cuálo?”,le preguntó él.Yo creo que lo de multi-mixta se lo dijo de coña, que me conozco yo al dichoso veterinario ése, pero no se lo he comentado nunca, que tiene mal carácter éste, y más vale dejarlo a su aire. Él, sí: él, suelta bromas cada que le viene en gana, pero que se le gaste broma alguna a él…, ¡menudo es, cuando se mosquea! (Cagondiéééé…)

El sargento nos llama “soldado uno” y “soldado dos”. El uno, es él : “Einstein”. Y yo el otro, el 2: “Dos”. La cosa de los nombres-números, o de los números-nombres, no sé muy bien de dónde vino, que seguro no fue cosa del sargento: es todo un negado para lo imaginativo y eso. Para ése, más allá de la cuestión de “imaginarias”, no hay sino rancho, pernoctas, y esas cosas. Para mí que lo de soldado “Uno” y soldado “Dos”, (cosa es que me da igual que me la digan), es todo un misterio : ¿quién se inventaría una pamplina como ésa? ¡El sargento, seguro! ¿Quién si no, si tenía medio Bachillerato hecho?

Lo de “Dos” tuvo su historia, como la tuvo lo de “Einstein”. No voy a contarlas ahora enteras, las historias, digo, que dan para rato. Pero esbozaré un esquema, por así decirlo. Yo era delineante, antes de que me metieran en esta cosa de ser militar. Y entré con ínfulas de rápida graduación en la milicia: lo de delineante, me lo permitía, ¿no? Pues fue que no. Cosas de envidias.

Envidias, y mi incorregible tendencia a escamotearme de tareas que veo absurdas, aburridas, o simplemente pesadas. O mi vena de respondón, que  a veces se suelta ante sobre los propios mandos. Ni de sargento para arriba, me callo, pero con los cabos y los soldados primera…, ahí creo que me paso un poco. Y esas cosas y otras, todas juntas, arruinaron mi progresión, mi carrera militar, mis destinos en Intendencia, mis contactos con el Estado Mayor, ¡todo! Yo me veía delineándole campos y materias a los coroneles, y sólo alineo ataúdes para la clase tropa… ¡Qué de vueltas da la vida! ¿O no? Y más si se piensa uno que los que tenían que estar pegando tiros y pensando en apilar cajas, pues como que tenían que ser los señores de la política y la pitanza, ¿o es la finanza? ¡Ya no me aclaro en nada…!


La Mano de la Lengua

Portadas de libros : "Escribir", de M. Duras, y "Viajes con Heródoto"

1.- En el Libro V de las “Confesiones”, San Agustín escribió una frase que, en cuanto repara uno en ella, pronto da ocasión a reflexionar. “De manu linguae meae”, dice la curiosa expresión. “De (la) mano de mi lengua”, con o sin el artículo delante del sustantivo “mano”, es una traducción que a unos podrá resultar chocante, (¿la lengua, -el idioma-, tiene manos?), y para otros será una imagen de notable riqueza : porque podemos pensar en un niño llevado de la mano por una madre sabia y buena, que no es sino su lengua, el vehículo originario con que aprehende el mundo y con que a sí mismo se hace y configura…, ¿acaso no dijo Luis Cernuda aquello de que es la lengua vernácula de uno la más profunda patria que se tiene?

Y también podemos pensar que la mano del idioma consiste en que es con la lengua, con las palabras, con lo que aprehendemos, es decir, cogemos, el mundo y hasta nuestro propio ser cogemos y configuramos.

Esa original locución del autor de La Ciudad de Dios, el hijo de Mónica y obispo de Hipona allá por el siglo V de nuestra Era, tiene amplia aceptación en el ideario usual de cualquier persona. Está en el inicio mismo del antes citado Libro V, y dice así : Recibe, Señor, el sacrificio de mis confesiones de mano de mi lengua…” Dejemos ahora lo de “sacrificio” referido al acto continuado de ir escribiendo sus confesiones, y vamos a centrarnos mejor en eso de “la mano…” ( : de la lengua, del idioma).

¿Sugiere la expresión el hecho mental, que en su día comentara, por ejemplo, J. Vendryes, sabio lingüista del pasado siglo (1875-1960) de que existe una íntima conexión cerebro/mano en el hacer físico de la escritura? ¿O es “mano” metáfora para referirse a las cosas que se pueden hacer con el idioma, a semejanza de las que se hacen con las manos, una mesa, una escala, una puerta, como ejemplos? No hace mucho hablaba otro grande y felizmente lúcido sabio y gran filósofo y humanista, Emilio Lledó, acerca de la lengua como “matriz del ser humano”, y resaltaba la enorme importancia del habla como expresión libre de un pensamiento previamente libre.

Destacaba eso don Emilio porque, como razonó, eso de “libertad de expresión”, que tanto se oye decir acá y allá, no consiste en que uno suelte lo que le venga en gana y cuanto diga sean discursos vacíos, (¡como mucho!), clisés y frases hechas, lugares comunes, tópicos de moda…, y todo ello carente de sentido real, sino algo con la base y la cimentación de un previo contenido, fruto de la libre reflexión, y por lo tanto de un pensamiento también libre. Ambos libres : la reflexión, y el pensamiento.

2.- Para Joseph Vendryes el lenguaje es un hecho fisiológico, en cuanto que presupone la acción de numerosos órganos del cuerpo humano, psicológico, porque implica el libre deseo y voluntad de hablar, social, ya que permite la comunicación entre los hombres y sus constitución en comunidades organizadas, histórico, pues varía en sus formas y refleja los cambios a lo largo del vivir de las comunidades, y espiritual, pues pone en acto elementos de su interno “ser/ver” el mundo. Añadiríamos a eso nosotros que también es un “algo” que nos conecta con la creatividad de los seres humanos.

La obra a que ahora hacemos referencia – indirecta – de este lingüista, experto en las tradiciones célticas, entre otras materias de su disciplina, es la que puede encontrarse traducida al español y que se titula “El Lenguaje, introducción lingüística a la Historia.” (1921). Es un estudio clásico, de validez contrastada en muchos sentidos.

3.- Pero sobre lo que ahora vamos a centrar nuestra atención, desde esa audaz metáfora o imagen que nos regaló en su expresión Agustín de Hipona, ( a saber, que la lengua o el idioma de cada uno es como una mano con la que nuestro espíritu talla sus perfiles, sus matices dibuja nuestra alma ), es esa serie de reflexiones que a su vez nos lega una muy singular obra, esta vez de nuestro más actual momento. Me refiero a la obra de Ryszard Kapuscinski, (periodista y escritor polaco, 1932 – 2007), “Viajes con Heródoto”.

Citaré algunos fragmentos de esta singular obra por la 4ª edición en “Compactos”, de Editorial Anagrama, de marzo del 2010. Quien no haya leído este libro, sepa que es de un muy rico y variado contenido, muy ameno, de lectura que una vez iniciada resulta dificultosa de dejar, y que está traducido (por Agata Orzeszek) con maestría. Tanta, que no notamos que sea traducción, y en la lectura de la obra nos pensamos ante algo escrito directamente en nuestra propia lengua. Que eso, y lo de la fidelidad a la idea de lo que se vertió en otra lengua, es el rasgo fundamental que una buena traducción lleva en sí.

De momento, esta cita, que está en la página 31 de la obra citada :

/…/ “Mi lucha en la India fue, en su primer asalto, una batalla con la lengua. Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo sólo lo podía facilitar la lengua. Sin conocerla, ese mundo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún : descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo aquello que sabía nombrar, por ejemplo recordaba una acacia pero no el árbol que crecía junto a ella, porque desconocía su nombre.”

Hasta aquí, casi todo lo dicho ya lo pusimos en un texto algo anterior a este, en el blog “La Voz al Vuelo” de este mismo foro de La Opinión de Málaga. Ahora damos un pequeño paso más allá, y vemos esto otro, en la página 194 ahora, del mismo libro:

“Se puede concebir que un pueblo grande, con miles o incluso millones de individuos, sumando esfuerzos, se dote de una lengua. Pero aquí, en medio de la jungla africana, se trata de tribus pequeñas que viven en el umbral de la supervivencia, a duras penas, van descalzas y siempre hambrientas, y, sin embargo, tiene sus aspiraciones y habilidades, una imaginación, una sensibilidad al sonido y una memoria suficiente para invenatrse una lengua : propia, única, para su uso exclusivo.”

En su obra, magnífica y de extraordinaria riqueza como se ha dicho, Ryszard Kapuscinski nos ha llevado de “¡ la vieja Delhi !” (pág. 29), que así la llama, al Congo, en el corazón de África. Es el momento en que los belgas se han marchado de la colonia y reina el caos en todo ese inmenso territorio. Y el periodista polaco sigue viajando, de un extremo a otro del mundo, siempre con su insobornable libro de la “Historia” de Herodoto, que nunca deja atrás, y cuya lectura le ilumina y le guía en todo momento, en cada vericueto del camino. ¡Gran libro el de R. Kapuscinski y gran actualización (o “puesta en nuevo valor” , que se diría hoy) de ese otro gran libro, casi iniciático, del tan lejano y tan próximo a la vez, griego clásico, Herodoto, que inventó, primera vez en este mundo, la Historia de la Humanidad como relato : ya no mítico, sino a modo de “libro de viajes e inquisiciones”!

¿Habrá que pensar, tal vez, que es en la lengua no sólo donde tenemos nuestra patria más extensa, sino aquello con lo que tallamos nuestra “piel de fondo”, para llamar de ese modo a ciertos aspectos del ser y del alma humana? Seguiremos con todos estos temas, tratando de enlazar no sólo un texto con los anteriores, sino con más ahínco aún lo que se trata en “La Voz al Vuelo” con lo que se va desgranando en “Palabras, bosques”. Gracias.