Esto es un robo

¿Quién no roba o sueña con robar? Tal vez el sueño más recurrente de la masa sea el de atracar un banco, pero lo cierto es que son los bancos quienes nos roban en la más pasmosa impunidad. Disponer de un crédito líquido o en tarjeta supone comprar un dinero por el doble de su valor o, más bien, de su coste. Pues el dinero en sí cuesta mucho, pero no vale nada. Todo ese papel y su chatarra son sólo un acto de fe por el que se nos supone poseedores de un oro que nadie podría asegurar a ciencia cierta dónde está y quién lo guarda ni por qué decide la riqueza de los países. Sólo que a unos indios muy antiguos les deslumbró su brillo y por aquellas seguimos en estas, guardando nuestro discutible tesoro en sucursales bancarias que nos lo devuelven mermado restando conceptos de pago; créditos, mantenimiento de cuenta y comisiones. Se explica así la sabiduría propia del anciano de ocultar su pecunio en el calcetín o debajo del colchón. Todo queda en casa. Aunque ni siquiera al resguardo del hogar, podrás librarte de la implacable plaga del latrocinio; cuando no es la banca, es el gobierno –cualquier gobierno- y sus impuestos asesinos. Pagarás por una sanidad “gratuita” que no funciona, por una educación pública que tampoco y por que te levanten la calle con unas obras que quizá ni le hagan falta para, de camino, no dejarte espacio donde aparcar el coche, a no ser en ese lugar idóneo para que se lo lleve la grúa con el consecuente pago de la multa. Considerando las ingentes sumas que recaudan nuestros consistorios a cuenta de las multas de tráfico no se explica cómo tantos ayuntamientos se declaran en déficit. Si no es porque hay gastos que siempre escaparán a nuestras cortas luces; hay desayunos con churros que cuestan más que un desayuno en Tiffany´s -2980 euros en Alhama de Almería- .
A los que meten la mano en las arcas públicas con tanto desparpajo no habría que tacharlos, no obstante, de malvados sino de inconscientes. La elocuencia de esa frase de Carmen Calvo, “el dinero público no es de nadie”, nos ilustra de la ligereza con la que nuestros representantes electos, sean los que fueren, utilizan la cuantía de nuestros impuestos.
Más que posiblemente y con lo que no nos sobra, hemos financiado roperos y complementos de diseño exclusivo que nunca podremos usar y opíparos banquetes que nunca nos podremos permitir no sólo a nuestros susodichos políticos sino a cuantos les rodean, creando, por más, puestos de trabajo entre sus familiares, sin que tengamos necesariamente que enterarnos. De los trapicheos que se gestan en torno a los organismos de gobierno, con suerte nos llega el eco de una cuarta parte. A quien le llega, porque esta sociedad, educada con éxito para el escepticismo y la abulia, declarándose apolítica, ha dejado de interesarse por los tejes y manejes de la clase gobernante a favor de las peripecias sentimentales de la Duquesa de Alba y sus aledaños.
Pero lo cierto es que la política no es un tema del que nos podamos desligar, sus líneas de acción alteran nuestras vidas y, cuando no nos tocan la moral, nos tocan el bolsillo. Inmersos cada cual en su particular burbuja biográfica, nos hemos visto, sin saber cómo, financiando guerras indeseadas como la de Irak y aquella otra de Afganistán, enviando luego tropas a cualquier lugar que decidiese la OTAN con su consecuente coste de sangre y dinero. Ninguna guerra sale gratis, ni con el falso apellido de humanitaria, es necesaria. Pero con la complicidad del desinterés, las hemos ido consintiendo –los cadáveres sonaban tan lejanos al otro lado de la pantalla- como hemos consentido tantas cosas. Ese despilfarro en aeropuertos fantasmas, en vicepresidentes honoríficos, en cuchufletas de la Memoria Histérica, en demagogias carísimas con forma de ministerios tan hueros como los aeropuertos inservibles; Ministerio de la Vivienda y Ministerio de la Igualdad, mientras crecían las cifras de violencia de género. Cavando nuestra propia fosa, sólo nos hicimos cargo del desastre cuando nos bajaron el sueldo y parte de la familia quedó en paro. Hasta entonces habíamos sido felices, apolíticos y cuando nos indignamos era demasiado tarde. El Estado estaba en números rojos, rojísimos y no podía sino restringir puestos de trabajo, retirar el subsidio a los parados y negar las bajas por enfermedad a los funcionarios. Pero llegó el Papa y, oh milagro, el dinero salió de donde no lo había. Los contribuyentes de un país laico, parado, cabreado, tenían que pagar la visita de un Papa que venía a aleccionarlos. No importa que él sea intolerante con sus ideas, sino que ellos se opongan a tolerar las suyas. Pero como la justicia divina siempre se impone a la justicia humana, los del 15-M cobraron, a cahiporrazo limpio. Así, el gobierno socialista ha dado su do de pecho en la línea de su incongruencia, cargando su policía contra esa juventud a la que ha instruido en el laicismo. Lamentablemente, esta nueva generación, recordará este último gobierno como el que le privó del derecho a la educación, al futuro e incluso a la indignación. Una juventud sin dignidad. Esto sí que es un robo.

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Empapados

LOS NOTICIEROS ESTÁN EMBEBIDOS EN LA VISITA PAPAL. MÁS QUE INFORMADOS, ESTAMOS “EMPAPADOS”.
A mí me enseñaron en el colegio que se podía ser católico y muy moderno. Aunque más que catolicismo, la imagen de esta modernidad correspondía a un cristianismo de estilo yeyé con mucho guitarreo y chala-lá, que adaptaba las letras de su canciones de misa a melodías de los Beatles y Paul Simon and Grarfunkel. Con este desenfado musical se cantaba a ese Dios juvenil, de estética medio hippie, identificado en la figura del actor Ted Neeley quien, con tanto tirón, protagonizó “Jesucristo Superstar”, empapelando, a tamaño póster, de culto pop las habitaciones de las adolescentes sin desentonar como ídolo adorable de belleza trasgresora- también en otros carteles con idéntica melena, representado cual forajido rebelde- a pie de retrato “Se busca”- víctima de la persecución de la sociedad farisea de pecadores-.
Un sector de la Iglesia se había ocupado de actualizar su mensaje para hacerlo atractivo a los jóvenes creyentes y algunos grupos parroquiales promocionaban sus reuniones con misivas de tintas algo cargadas en pos de la complicidad juvenil; “Apúntate con nosotros al rollo de Jesús”, (sic) y cosas por el estilo.
Ahora como entonces, reconozco en las palabras del Cardenal Rouco Varela, “El JMJ será una movida extraordinaria”, un nuevo intento de asociar modernidad a Iglesia, con ese tinte despreocupado de jerga juvenil. “Una Movida”, dice el Cardenal. Por lo demás, no se deja de insistir en cómo la organización de acogida a la visita del Papa a España no repara en medios para estar a la última de la actualidad. Habrá actuaciones musicales y pantallas gigantes, las Siervas del Hogar de la Madre han realizado la campaña promocional en su web, los fieles convocados intercambiarán emociones por el Twitter y etcétera. Si esto no es modernidad, que venga Dios y lo vea. Los peregrinos, de hecho, no por ser católicos, dejan de ser chicos y chicas rabiosamente adaptados a sus tiempos. Se cuenta, como anécdota, que algunos bendicen las hamburguesas que van a tomar en el Mcdonald´s. Ése es el perfil; jóvenes, católicos y modernísimos; alegres, como es propio de su edad, pero con una sana alegría, inspirada por la fe y no por el alcohol, en contrapunto a esa otra juventud perdida por el descreimiento. Caso del turismo de borrachera que asola de vomiteras, excrementos y otras inmundicias, las poblaciones de Laredo y Lloret de Mar e incluso, sin ir más lejos, el centro histórico en nuestra Feria de Día y el botellódromo en el Cortijo de Torres. A falta de becerro de oro, se comenta que la muchachada adora al Dios Cartojal, procesionándolo según ritual sacrílego. Frente a la algarada celestial de Madrid, Málaga recrea Sodoma y Gomorra, por el momento. Otro colectivo que los papa-boys tendrán que reevangelizar, si antes no perecen los infieles por el coma etílico. Inabarcable tarea para los peregrinos con tantos frentes abiertos de jóvenes descarriados que adoctrinar. Deberán iluminar con su ejemplo a los hoodies, esos jóvenes encapuchados que en el Reino Unido incendian contenedores y destrozan escaparates en el mero afán materialista de hacerse ricos por las bravas y a esa otra juventud antipapista del 15-M, que se ha decidido que son la antitesis de esta otra juventud papal. Unos indignados, otros regocijados. Tal vez por su fuerza espiritual o porque no tengan motivo para indignarse. Quizá porque dispongan de mayores recursos económicos y vean su futuro más resuelto, que es un argumento que da bastante pábulo al regocijo. Los antipapistas, además de ateos, son pobres, cosa que suele cabrear bastante –a los hoodies les saca de quicio-.
Esperemos, pues, que los del JMJ les insuflen valores como la austeridad, la resignación cristiana y la creencia en los prodigios divinos. Para que –toda- la juventud tenga un futuro, más que revoluciones, hacen falta milagros. Razones que deben transmitir los papistas a su modo ecuánime y pacífico, descartando de sus filas a ciertos elementos como ese químico mexicano que proyectaba gasear “a todas las putas y maricones que se opongan a la visita del Papa”. Las técnicas difundidas por Breivik no son las más idóneas para la reevangelización que exige paciencia y buenas maneras. Para vencer, hace falta convencer y esta tarea no va a carecer de obstáculos en esta última campaña papal. Pues no son sólo los presuntos ateos descreídos, quienes no empatizan con el mensaje actual de la Iglesia, sino también otros jóvenes católicos y ciertos sectores críticos dentro de su seno (Iglesia de base, Foro de curas, etc…), que no comulgan con la presunta modernidad de la Institución más de forma que de fondo. Si bien el Vaticano se vale con soltura de las nuevas tecnologías, continúa en sus inamovibles posturas milenarias tales que la observación del celibato, prohibición del preservativo y condena del matrimonio homosexual y la eutanasia. Benedicto XVI va a tener que afinar su discurso para amainar opositores dentro y fuera de su iglesia. El JMJ más que movida, puede ser una pasada.

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Viaje de atunes

Un viaje por la Costa de la Luz es un viaje de atunes. Hay atún a la plancha, encebollado, ahumado, mechado, croquetas y albóndigas de atún, pregonan a toda tiza las pizarras de los bares. Los gaditanos sí saben qué pueden hacer con tanto pescado, no como el del chiste:
-Le ha tocado a usted un viaje a Túnez.
-¿Y qué voy a hacer yo con tanto pescado?
El atún es el pescado que mejor se conserva, en aceite de oliva o salazón como lo preparaban los romanos en la factoría de Baelo Claudia que, gracias a tan próspera industria, tomó categoría de ciudad en tiempos del emperador que le dio nombre. Las ruinas de su esplendor se integran en la playa de Bolonia, dándole al enclave una mágica atmósfera milenaria y cromática por el perfecto contraste entre el amarillo intenso de la arena, algo áspera y mineral, como polvo de oro y el celeste profundo de ese mar de fondo, donde el baño es un placer de dioses.
No hay temor a recomendar esta playa que, pese al atractivo de su perfección estética, pocas veces se verá superpoblada, pues Eolo, poco amante de albergar domingueros en su mítico litoral, mucho más que, de vez en cuando, hincha de cólera sus pulmones bravíos para hacerles volar las sombrillas. Pero merece la pena hacerse del valor de los inmortales contra el viento que levanta la arena y acribilla la piel a latigazos para zambullirse en esas espumas impolutas que aún guardan los secretos de nuestros más remotos antepasados. Esa pátina dorada que forman los granos de arena en el aire es el revelado sepia de la historia. Nunca sabes si estuviste aquí unos minutos o unas horas porque, de esta orilla, el tiempo con valor de eternidad es ajeno al movimiento accidental de los relojes. Cuando San Agustín quiso definir el tiempo debió pensar en Bolonia. Es el lugar ideal para dejarse naufragar, para el olvido, para quedarse y, si no, para volver a volver. Volveremos cuando hayamos alcanzado los demás puntos de nuestra ruta que ahora nos conduce a Barbate, antes llamado Barbate de Franco por ser destino de interés del dictador, quien gustaba de hacerse la foto junto a esos atunes enormes que los lugareños le colocaban a pie de pesca. Este pueblo es un punto estratégico de alojamiento, pues permite el desplazamiento en pocos minutos a las playas de Zahara de los Atunes y Caños de Meca, entornos naturistas muy del gusto hippie, pero que, en pleno agosto, también pierden glamour alternativo a favor del turismo familiar. Más aún en este año, en el que la crisis y la revolución de los países árabes –por tradición, más baratos- ha persuadido a los españoles de practicar el turismo nacional; los españoles del norte van al sur y, a lo mejor, viceversa, motivados de añadido por el argumento de que, puestos a dejar dinero por esos mundos, mejor dárselo a los compatriotas, quienes, en vista del éxito, duplican y triplican los precios de habitaciones y apartamentos y de la carta de sus restaurantes, dando clavos de globalizada cuantía internacional, lo que puede causar un doble efecto; 1) Que los turistas patrios gasten en tres días lo destinado a diez y vuelvan cabreados y de vacío a casa. 2) Que cambien restaurantes por supermercados y se den al picnic sobre la arena. La profusión de las hordas familiares, cada cual con su silla plegable bajo el sobaco, tomando por asalto las playas a golpe de fiambrera, junto con la reducción de velocidad en carretera y los moños revival en la coronilla de las muchachas han dado al verano cierto sabor sesentero.
Será que hay que ahorrar, pero en otra cosa que no sea la mojama. Mi abuelo, que tuvo que ser de ascendencia romana por su arte de convocar placeres gastronómicos en torno al triclinio, la tomaba con almendras tostadas y una copa de vino fino bien frío. “Es el jamón del pescado, instruía con sabiduría epicúrea”. Y en esas estamos antes de partir para Conil, ese otro pueblo de blanco y luminoso candor que se divisa encaramado en la colina desde la playa de Castilnovo, donde la confluencia con la desembocadura del río produce un admirable efecto a la vista, que aumenta con la caída de la tarde que incendia el mar.
Conil está también empetada por la bulliciosa reconquista de visitantes castellanos que hacen de sus noches una continua juerga hasta el amanecer, pero si no te gusta la fiesta ofrece a su vez rincones tranquilos donde dormir en silencio. Hay pueblo para todos. Y también playa, la del Palmar, inmensa e infinita por más bañistas que acudan. Allí, después del baño, de cristalino y, por lo general, animado oleaje, podrás comprar a los pregoneros cerveza y un vasito de camarones bien frescos que, como aperitivo, pintan mejor que el bocadillo envuelto en papel Albal.
Luego reemprender viaje, visitando Vejer, Chiclana y tal vez la Bahía de Cádiz hasta Sanlúcar.
De regreso a casa, cómo no, otro baño en la playa de Bolonia, donde el tiempo eterno es esa arena de oro que aún llevas de vuelta prendida en los pies. Volveremos.

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Estamos de enhorabuena

INCLUSO EN VACACIONES, ENCONTRAREMOS RAZONES PARA EL SUFRIMIENTO. A FALTA DE OTRAS, SIEMPRE ESTARÁN LOS QUILOS.

El ser humano sí esta preparado para el sufrimiento. De hecho, se diría que no estemos preparados para otra cosa. El hombre –y más aún la mujer- es una máquina de inventar argumentos que le impidan la propia felicidad. Lo que pasa es que nos miramos demasiado el ombligo. Y no lo encontramos bajo los pliegues de la barriga. Ése es el problema, la barriga, menos mal. Cuando creíamos haber caído en ese tremendo aburrimiento que es el goce moroso de los placeres en vacaciones, encontramos, por fin, en la barriga un sinfín de posibilidades para dar pábulo a las obsesiones, las neurosis y demás inquietudes sin las cuales nuestras vidas parecen carecer de pulsión, entretenimiento o interés.
Puede que tengamos la gran fortuna de disponer de unos días de ocio pagado en estos tiempos de precariedad e infortunio, que encontremos en el colmo de la buenaventura una playa de arena impoluta que lama mansamente la espuma de un mar de aguas cristalinas en calma chicha, que hayamos elegido el libro oportuno en el que zambullir y recrear la mente frente al horizonte, pero esta conjunción de factores adecuados a la dicha perfecta, siempre podrá ser desmoronada con sólo bajar un tanto la vista. Y ahí está la barriga, dispuesta y en su punto para hacernos sentir mal, qué bien que no todo vaya a ser bueno ¿qué íbamos a hacer, pues, sin una preocupación con la que flagelar nuestros instintos masoquistas?
A falta de otros motivos de tribulación, siempre estarán los quilos, cuyo combate habrá de sugerirnos una y mil torturas a objeto de amargarnos las vacaciones, que es de lo que se trata; de expiar ese pecado original por el que, de un modo u otro, nos sentimos eternamente culpables. Antes se llamaba cultura judeocristiana, ahora culto al cuerpo; el caso es no relajarse nunca. Si el fervor religioso empujaba al monje a azotar sus miserables carnes con el flagelo, la nueva devoción estética que nos rige no lo trata mucho mejor cuando la báscula lo acusa de haber cometido sacrilegios a favor de la molla infame y el gran Maligno Colesterol. Entonces, la criatura humana baja los ojos hacia sus infames chichas y, como Adán y Eva antes de ser expulsados del paraíso, cobra conciencia de su vergonzante desnudez y del riesgo de ser desterrado de ese edén playero de los cuerpos danone. Y lo que, en principio, era una ligera protuberancia en el abdomen, se convierte en voluminosa bola de nieve por el efecto de los pensamientos obsesivos; de repente, la barriguita se le hace barrigón y de gordo se ve ya obeso: “qué voy a hacer, me darán de lado los amigos, me abandonará la mujer, el esposo, el amante, seré presa de la cardiopatía, la diabetes, el alzheimer, el gobierno me subirá los impuestos y luego lo mismo me mete en la cárcel, por culpa de este cuerpo que es cárcel chichaforme”.
Y así sucesivamente hasta que, movido por la espiral del terror e inspirado por su tremendo complejo de culpabilidad, se lanza a subir y bajar cuestas a la carrera, incluso en las horas más calurosas al borde de la deshidratación y la lipotimia. “Me lo merezco, por gordo, por gordo y por gordo; por mi culpa, por mi culpa y por mi grandísima culpa”. Gratificante ejercicio que irá acompañado de una de esas férreas dietas milagrosas en las que, presumiblemente, se puede comer de todo. O sea, de todo lo que sea acelgas, coliflor, huevo duro o jamón de york; de todo lo que no le gusta a casi nadie. Todavía no se ha encontrado la dieta que incluya bocadillos, profiteroles con salsa de chocolate caliente, litros de cerveza, copas de gin-tonic y ese tipo de hipercalóricos que nos hacen tan felices. Aunque, para dietas, sin duda, la mejor es tener una gran sobredosis de problemas que, está visto, que quitan el apetito. Ésta la recomiendo, personalmente, por sus grandes resultados. Falla sólo cuando en un intervalo de calma, por ejemplo, en vacaciones, se recupera el hambre y el humor, pero vuelve a retomarse en cuanto que un prójimo cenizo, que nunca falta, te comenta, “estás más gordito” y vuelta a la preocupación y la falta de apetito.
Se recomienda para disfrutar del verano mandar al cuerno al tío cenizo y a la dieta hasta que venga a adelgazarnos la próxima temporada con sus habituales raciones de problemas. Pero, por si esta propuesta no interesa por aburrida -a quién se le ocurre vivir, aunque sea unos días, sin la sal de las preocupaciones,- recomiendo otras ofertas para sufrir en tiempo de ocio. Como, por ejemplo, embarcarse en uno de esos viajes en los que se pasa mucho calor, mucha hambre, se duerme fatal y, a cada minuto, se esté deseando volver a casa. Estos viajes cumplen también con el doble objetivo de sufrir adelgazando.
En cualquier caso, siempre nos quedará la opción de quedarnos en casa, lamentando no tener vacaciones, alimentarnos con el surtido de catástrofes que den en el telediario o los augurios de que el próximo gobierno no podrá paliar los fallos del anterior. Ocasiones de sufrir no nos van a faltar. Estamos de enhorabuena.

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La fama o la vida

Amy Winehouse

Por la fama se puede matar o morir. La muerte de Amy Winehouse y la matanza de Noruega son dos modos de ir y volver de la fama. Para llegar a la fama hay caminos largos y tortuosos que exigen una vida entera dedicada a una obra artística, científica o humanitaria, pero hay también atajos como el crimen. Los criminales, de manera inmediata, escriben su nombre en la historia, aunque no sea con letras de oro. Por eso, en nuestro memorándum de celebridades comparten cartelera; Dante, Gandhi y Charles Manson.
Anders Breivik, el asesino de Utoya, cegado por su afán de protagonismo, decidió saltar desde el anonimato a la primera plana de los periódicos, matando a lo bestia y a traición a 76 personas (por el momento), adolescentes indefensos en su mayoría, que es la manera más rápida de fabricarse una leyenda, a falta de mayor talento. Su presunta hazaña carece de toda grandeza y singularidad, pues ni como psicópata sanguinario resulta original -quién habla de originalidad en estos días- al limitarse a imitar conductas de otros criminales de la historia en un batiburrillo imposible de argumentos pseudo-ideológicos. Era templario, masón, homófobo, islamófobo, machista y, a lo peor, neonazi. Era lo que fuese, o sea, con tal de justificar un odio que hiciese mucho ruido y atrajera la atención del planeta hacia su mediocre persona que, en modo alguno, merece las etiquetas de superdotado e intelectual con las que está siendo descrito. Sus lecturas –Orwell, Maquiavelo o Kafka- son las básicas de un bachiller cualquiera y su famoso manifiesto, un plagio de corta y pega de los discursos del terrorista, Theodore Kaczynski, pero su fórmula ha dado resultado y su infancia carente de afecto por el abandono del padre y las livianas costumbres de la madre y su apariencia de serafín de cabello rubio y ojos azules tan incoherente con su cruenta barbarie –que le ha valido el sobrenombre de “ángel exterminador”- han pasado a ser temas de análisis colectivo, por lo que su narcisismo y su egolatría, lo único grande en tan deplorable sujeto, se deben ver sumamente satisfechas. Gracias a ciertas frívolas entrevistas, conocemos, además, otros datos de interés acerca del asesino como su bebida y su música favorita, la marca de su colonia y su debilidad por vestir de Lacoste (encima pijo.) Todo ello contribuirá a que los adolescentes, tomando nota, puedan convocar en torno a él un club de fans que fantasee con imitar su método para llegar a la fama. Es más fácil imitar a un asesino que a un artista, un científico o un premio Nobel de la Paz y, por lo demás, todo parece valer con tal de alimentar los delirios de grandeza de los que casi nadie parece librarse desde que existe internet y Belén Esteban. Habida cuenta de que cualquiera, sin mérito alguno, puede alcanzar la celebridad, la búsqueda de la fama se ha convertido en una obsesión globalizada y democrática.
Por otra parte, la idealización de la maldad por culpa de ciertas biografías en las que, por ejemplo, Hitler compaginaba una inteligencia sublime con una extraordinaria sensibilidad para con la música, el arte y los animales, han dotado a los criminales de un halo sobrenatural del que carecen. La maldad no es propia de mentes privilegiadas, sino más bien de criaturas ignorantes y primarias, como ha demostrado con sus recientes hallazgos, el catedrático, Pedro Fernández-Llebrez, quien en un cursillo veraniego de la UMA ha concluido que Hitler era un gran estúpido. Tal vez haría falta convocar otro cursillo para mostrar a los jóvenes el lado amargo de la fama y sus consecuencias. Aunque la lección se aprende con la reciente y trágica muerte de Amy Winehouse. Incluso la fama que da el talento tiene contraindicaciones funestas. Y Winehouse tenía talento, no para peinarse y vestirse, todo hay que decirlo, pero sí para hacerse distinguir con un brillo especial entre tanto músico mediocre. De repente, una de sus canciones te envolvía en algún local y necesitabas preguntarlo:
-¿Quién canta?
-Es Amy Winehouse.
Y a lo mejor empezabas a comprender su moño puntiagudo, los rabos de sus ojos; su agresividad como otra estrategia de defensa, de distanciamiento. Y también sus adicciones, por qué no. Tiene que ser terrible, a palo seco, presentarse ante un público que te exige la mejor voz del soul británico; la mejor. Lo peor no es ser el peor; de un grupo llamado “Peor imposible” no se espera nada y lo que se escuche siempre será mejor de lo que se anuncia. En cambio, al mejor le queda sólo mantenerse o caer, con todo lo que ello conlleva de intolerable presión psicológica; alimentar las expectativas desorbitadas de los admiradores y apartar con la otra mano a los buitres que se mueven por la envidia y se alimentan de carroña: el crítico que está deseando hablar de un concierto “más flojo”, el paparazzi al acecho de captar una foto en momentos bajos, los celosos del talento ajeno que disfrutan diciendo que estás acabada, el poeta que espera publicar ese epitafio que ya tiene escrito.
Por la fama se mata y también se muere. Es un cruel espejismo con los pies de barro.

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Cultura de museo

Picasso según Duncan

Los museos son para el verano. Tienen aire acondicionado que, como en las tiendas, más bien tira hacia frío polar. Lo que confirma que el arte –helarte- es morirse de frío. Congelarse en un museo antes que en un comercio, cuenta, entre otras ventajas, con la de gastar menos. Pues, aunque en alguno de ellos haya que pagar entrada, el dispendio siempre será nimio en parangón al despilfarro que puede suponer una jornada de rebajas. En primer lugar, porque, aparte de las gangas propias de temporada, uno, persuadido por la gélida atmósfera que respira el local, puede animarse a adquirir ciertas prendas de abrigo que tan oportunamente ofertan ya los expositores con la nueva colección otoño-invierno y, quien más, quien menos, se lleva como poco una rebequilla para protegerse de la rasca nórdica que aún le quede por padecer en el centro comercial y en segundo, porque, en estas ocasiones, hay costumbre de pagar con tarjeta para mitigar el complejo de culpa, lo cual crea una total y perfecta sensación de impunidad como mágica. Comprar ropa de saldo con tarjeta de crédito –un dinero que no se tiene- te inspira la ilusión de comprar sin gastar, tal y como si uno fuese el propio Francisco Camps cuando le regalaban los trajes. Pero los trajes pagados a crédito como los regalados de Francisco Camps pasan, a la larga, una factura costosísima que, si no llegan a hacerte ocupar el banquillo, muy bien te encadenan a una deuda que, aumentada por los intereses, resulta semejante al coste de lo que te hubiese valido pagar en efectivo un modelito exclusivo en plena temporada.
Mejor ir de museos; también porque, como el saber no ocupa lugar, los conocimientos que se adquieren en estos lugares no suponen esa tremebunda carga de paquetes con los que recorrer luego el trecho a casa bajo la impía soflama del verano en plena cocorota. Cosa que resulta probable, cuando, como ocurre en estos casos, uno no lleva dinero en efectivo para tomar un taxi. Y todo para qué, si no para comprobar que esas prendas recién adquiridas son casi idénticas a las que ya colgaban del armario. Normalmente, no cambiamos de gustos ni compramos la ropa porque la necesitamos, antes bien porque necesitamos comprarla.
En los museos es menos probable que se dé esta patología del consumo, aunque tienen tienda que es lo único que necesita un comprador compulsivo para caer como un chinche. Ya advierten de que en la tienda del Museo Thyssen venden quimonos de seda con estampados de las obras allí expuestas, como el lucido por Tita en la inauguración, al módico precio de 1.000 euros y que la primera remesa está ya casi agotada. La única manera de salir de ese museo es pasando por la tienda, en fin. Pero si, liberada de tentaciones, sales de allí con la sola carga de imágenes de la exposición temporal y permanente, bien valen su peso en oro los pocos euros de la entrada. Tanto si se trata de lienzos costumbristas como de vanguardia, pues el arte va más allá de toda técnica y escuela y quien disfruta de un Casas o un Julio Romero de Torres, lo mismo puede hacerlo con un Matisse o un Tàpies. Limitar los gustos a realista, impresionista o abstracto es castrar las posibilidades de placer y enriquecimiento cultural. Por lo demás, ya nuestro Picasso ha demostrado, que, siendo artista, uno puede ser figurativo, cubista o lo que le dé la gana.
Y a eso iba, a ver a Picasso en su salsa según la muestra fotográfica del que fue su gran amigo, Douglas Duncan, que nos presenta al autor en una multiplicidad de escenas cotidianas en las que demuestra cómo hacer un arte de la vida y una vida del arte, exprimiendo cada minuto de existencia con hedonismo liviano de fauno, entre la espesura de ese poblado bosque de creaciones en el que había convertido su taller de La California. Paraíso particular en el que vivía, trabajaba, gozaba, todo con la misma intensidad y al mismo tiempo, solazándose sumergido en el agua templada de su bañera, meditando ante una obra inacabada en compañía de su última mujer, Jacqueline, y haciendo el payaso en ese estado de infancia perfecta y feliz que llegó a su cenit en plena ancianidad. De ahí, la vitalidad, la energía y optimismo que transmite su obra.
Yo creo en un Picasso universal que es de todos y no es de nadie, más que en un artista comprometido con un bando que, a deshoras, lo asuma como un santón de su causa. Por eso, respeto la decisión de su nuera, Christine Ruiz-Picasso, de no presentar la exposición “Viñetas en el frente”, por resucitar de nuevo ese guerracivilismo del que empezamos a estar hartos en estos últimos lustros. Si a dicha muestra, sumamos el hecho de que en la Fundación Picasso se exponga otra titulada “Miró contra la dictadura”, el tinte demagógico empieza a oler a chamusquina. Tales iniciativas, junto al empeño de presentar teleseries con el tema de la Guerra Civil y Franco, podrían titularse de modo global “El último cartucho”. No es posible que la izquierda quiera resurgir, como el ave Fénix, de tan extintas cenizas.

P.D: En el último número de la revista “Bulevar de Málaga” podréis encontrar más información sobre la muestra de David Douglas dedicada a la figura de Picasso, así como de las exposiciones del museo Thyssen y el CAC. Y además:
-Entrevistas a:
-Jorge Garbajosa, “El titán del Unicaja”.
-Anabel Alonso, Manuel de la Curra y La Lupi.
Reportajes sobre los diseñadores de moda en Málaga, el ambiente nocturno de la ciudad y la presentación de la última novela de Alfredo Taján.
Además de dos artículos firmados por Antonio Vigo y esta servidora. Sea en el quiosco o en facebook, no os lo perdáis. Os va a encantar.
Buen fin de semana y besos a todos.

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La cabeza de Bautista

EN EL ESCÁNDALO DE LA SGAE NO HUBO MANO NEGRA SINO MANOS LARGAS. MÁS DE UNA. NO ES LÍCITO QUE SALOMÉ NOS PRESENTE SÓLO EN BANDEJA LA CABEZA DE TEDDY BAUTISTA.

Víctor Manuel ha dicho que en la SGAE ha habido una mano negra. Muy mal por Víctor Manuel que ha utilizado a la ligera, serán los nervios, una expresión racista y, por tanto, políticamente incorrecta, según la cual, la negritud representa el icono del mal frente a la blancura, símbolo de la candidez y lo positivo. Cuando uno tiene un acierto se dice que “ha dado en el blanco” y cuando le va de pena que “tiene la negra” –aquí, además de expresión racista, podríamos hablar de lenguaje sexista, qué caray-. La misma bipolaridad maniquea podría observarse en términos criminalistas. Los inocentes tienen las manos blancas, incluso pintadas de blanco si procede, pero cuando se habla de “manos negras”, el asunto huele a chamusquina y, al hilo de este uso idiomático fascista y discriminatorio, se dice, por rizar el rizo, que la cosa se pasa de castaño oscuro –o sea, negro, en todo caso-. Como la mano negra, igualmente, el dinero negro suena del todo a trapicheo, lo cual es de un evidente racismo inexacto, ya que los amigos del dinero negro, los que se lo llevan, digo, son, en su gran mayoría blancos y, según cuanto pueda sospecharse, la mano susodicha de la SGAE era la mano blanca de un blanco. O de varios; una mano sola es imposible que trinque tantos millones.
Resumidamente y por no herir la susceptibilidad de una raza marginada, lo que tuvo que haber dicho Víctor Manuel es que en la Operación Saga de la SGAE ha habido una mano “de color”, aún a riesgo de que este color hubiera pintado de “rojo” por boca de quienes rastrean todo aroma de culpa en la rosa del puño. Se dice que los del puño- ahora tan apretado- abrieron mucho la mano, en otro tiempo, con los artistas del lado rojo, o sea, los suyos. Estas cosas dicen los que ven en el rojo dos claros y opuestos matices; el rojo de La Roja, cuyo triunfo de aniversario reciente sacó los colores a la bandera y nos llenó de orgullo patriota en el Mundial y ese otro rojo del antipatriota enemigo que, a la primera de cambio, hunde España y es siempre el blanco de su mala prensa. Ese rojo de los números rojos, por el que conocen al bando oponente desde los tiempos remotos de la Guerra Civil. El rojo de la izquierda que es también palabra con el lenguaje en contra desde la simbología bíblica, la superstición romana y el latín. El hijo de Dios estaba sentado a la derecha del padre, si uno padecía una mala jornada es porque se había levantado con el pie izquierdo, en latín “sinistro”, de derivación “siniestro”, frente a blanco (“candidus”) que dio al español “cándido” –inocente-. Si hay que tildar de fascista el diccionario biográfico histórico, convendría a su vez condenar a la hoguera a la gramática histórica de Menéndez Pidal. Me temo que muchos estudiantes de Filología Hispánica estarían de acuerdo.
Con todo lo dicho, nada más lejos de mi intención trivializar o minimizar el asunto de corrupción en la SGAE con Teddy Bautista a la cabeza como cabeza de turco que no tiene, de acuerdo, ninguna pinta de ser inocente y menos, como comentaban, cuando venía a defenderlo un señor que se llama ni más ni menos que “Caco”, pero no resulta plausible que él pudiese engañar solito a tantos artistas que ,vinculados a la SGAE, declaren día sí y día también que o estaban en contra de la junta directiva o se han enterado de la aparatosa tramoya por los periódicos. Si han de rodar cabezas que no nos traiga Salomé sólo la de Bautista sobre la bandeja; que caigan las precisas de alrededor, precisamente por que no metamos a todos los autores y editores en ese mismo saco, llamado “sinvergüenzas” y, por favor, que dejen ya de colocarle también semejante mochuelo a Zapatero que, según pienso, de este asunto como de muchos otros se ha enterado de la misa menos de la mitad y cuyo principal error ha sido, en tantas ocasiones, rodearse de pelotas que lo han manipulado en propio interés.
No iba a decir que los de la Ceja, pero lo digo, cuyo cariño repentino al presidente siempre me pareció de lo más sospechoso, de la misma materia, digamos, que el gran amor que le profesaban los juglares de la corte a los reyes medievales. Un día antes de que estallase el escándalo de la SGAE, leí la noticia de que algunos de ellos habían fundado una plataforma, aprovechando el tirón del 15-M –qué tirón con más provecho- para consolidar un nuevo partido de izquierdas. Con el PP ya en la puerta, el asunto urgía como la sombra del árbol en mitad del desierto. Los populares siempre han sido más de Julio Iglesias y José Luis Perales y poco amigos de subvenciones y patrocinios artísticos que no vayan en su cuerda.
Francamente, me pareció bastante feo oírles renegar de ese mismo presidente al que tanto amaron en el pasado, cuando, por marcharse, había dejado de ser útil y de interés.
Casualidad o no. Al día siguiente, estalló el escándalo de la SGAE y se habló de mano negra.
No hubo mano negra, sino mano larga y más de una. Lo que nos conviene saber con premura son cuántas y cuáles.

P.D: NOVELA PARA EL VERANO
Seré enamoradiza porque siempre me entusiasmo con el último lugar que he visitado y
la última novela que estoy leyendo. En el caso de “Los enamoramientos” de Javier Marías era ya además de prever. La recomiendo no sólo por ser amena, con sus momentos de suspense y su fino humor, lo que se agradece en estos días de calor, sino porque el ser tan entretenida no le impide transmitir un mensaje trascendente que va creciendo precisamente en las últimas páginas, donde muchas otras novelas pierden fuerza.
Este mensaje tiene que ver con la impunidad; un tema eterno como lo trató Shakespeare en su “Hamlet” y, por desgracia, de lo más actual, ahora que la justicia parece haberse olvidado de condenar delitos y crímenes. Nunca olvidaré el impacto que me produjeron las últimas cien páginas. Un auténtico hallazgo para hacer muy vivas, las horas muertas.

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Orgullo gay

Si la homosexualidad estuviese ya normalizada en este país, no haría falta un Día del Orgullo Gay. Cualquier día del año, cada día, sería válido para que un gay se sintiera orgulloso. Un gay, una lesbiana, un transexual, un bisexual y etcétera, porque la homosexualidad abarca tantos matices que no caben en ningún título genérico, ni puede ser representada por unas jornadas donde prima la estética desaforada del carnaval. Si bien hay homosexuales que reivindican la diferencia, lo cual me parece de perlas ante este panorama humano actual cada vez más aborregado, soso y monorrimo, los hay también que pretenden ser normales y el clima más adecuado para exigir dicha normalidad, no es, precisamente, una cabalgata en la que el desenfreno de las pestañas postizas, las plumas de marabú o los uniformes militares con el cuero tensado por descomunales músculos de gimnasio, coloquen a tipos de casi dos metros sobre afilados tacones de veinte centímetros con los traseros al aire bien resaltados por el cordelillo del tanga. En el desfile hay de todo, claro está, pero son estos, por pintorescos, los que más salen en las fotos, lo que contribuye a que el público, en especial, de corte clásico, identifique a todo el colectivo en el mismo saco de la extravagancia y el despelote, con lo cual se sientan muy legitimados, dadas las tangibles pruebas visuales, a poner el grito en el cielo –apelando al Vaticano- cuando “semejante fauna” exige su derecho a adoptar hijos.
Por lo que se sabe a día de hoy, el traje de chaqueta –vestido por un hombre- y la falda- vestida por una mujer- no son garantías suficientes para formar familias en condiciones. La desestructuración de los hogares, tónica frecuente en esta sociedad, cuenta con parejas del todo heterosexuales a la cabeza, aunque sin norte, y, de otro modo, el hábito de vestirse por la cabeza implica sólo hábito y no, necesariamente, degeneración y promiscuidad. Prueba de ello es que los ministros de la Iglesia van con faldas y no a lo loco. Pero, no sé, no es lo mismo, un padre de la iglesia que un padre de familia, en el imaginero tradicional que nos ocupa –todavía-. Por eso al segundo, al padre de familia, tendemos a recrearlo con corbata y maletín de trabajo, antes que con ligueros y corsé y, si es posible, a la madre con batilla floreada y no con cresta violeta en cabeza rapada, muñequeras de clavos y botas militares, que es también el tópico de estética predominante que se destaca en ocasiones lúdico-festivas tipo “Día del Orgullo Gay”, cuando la cámara retrata las mejores galas que salen del armario. Los hay que van en la cola, de trapillo y sin ninguna pluma, pero esos no salen en la foto. No hacen ruido. En realidad, en esta última convocatoria, ruido no ha hecho nadie, porque el Ayuntamiento de Madrid se encargó de que el espectáculo musical en la plaza de Chueca fuese silencioso. Esto es, los homosexuales bailaban al son de sus auriculares conectados a la oreja, tal que recordaban a aquellos que antiguamente recibían descargas eléctricas por procurarles la cura de su presunta enfermedad. Nos podemos felicitar de que ya aquí, no como en la India, los homosexuales no sean considerados enfermos por boca de su primer ministro, pero, de ahí a la normalización va todavía un largo trecho. Y los fastos de las jornadas del Arco-Iris no contribuyen a ello. Precisamente.
En medio de aquel despiporre de plumas desatadas a lo Village People y Priscillas, reinas del desierto, vi a dos chicas lesbianas, con look comedido de vaqueros y pinta de chicas formales con su hijo, reivindicando que la sociedad tiene que aceptar a los gays como personas normales con su trabajo, sus cargas familiares y todo eso. Es lo justo y necesario, aunque el marco desdecía, me parece.
La normalidad, personalmente, no me resulta una meta deseable e imprescindible e incluso puede llegar a ser diagnosticada como patología. Los últimos hallazgos psicológicos demuestran que hay personas que, llegando a una edad mediana, se obsesionan por entrar dentro de la norma- matrimonio e hijos- y la cagan. Igual de absurdo y traumático es empeñarse en ser diferente, cuando se es normal, que hacerlo en ser normal, cuando se es diferente, pero lo cierto es que ninguna de estas condiciones tiene que ver con la tendencia sexual. Hay heterosexuales muy estrambóticos y homosexuales de lo más normalito. Las discriminaciones, siempre tan primarias y tan paletas, acabarán cuando hablemos menos de géneros y más de personas. Cada cual único y de su padre y su madre. Para entonces, creo que no hará falta organizar ningún Día del Orgullo Gay.

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El arte de llamarse López

Pintura de Antonio López

Confío en un pintor que se llame Antonio López como en un poeta que se haya llamado Ángel González. Creo en el artista que no ha de valerse de sofisticados pseudónimos para aparentar un talento singular. Cuando hay talento, no hacen falta apellidos compuestos o colosales. Los nombres falsos y pretenciosos, bajo los que se ocultan algunos creadores, son como las salsas extravagantes con las que se intenta disimular la falta de sabor de un alimento de mala calidad. La personalidad no se pretende, se tiene. Y hace falta mucha personalidad para firmar como un López cualquiera sin ser, por ello, cualquier López. Hace falta ser Antonio López y atraer la atención no sobre quién es sino sobre lo que hace y hechizar la vista de todo un público con la sola contemplación de una nevera abierta, su propia nevera, donde una tarrina de margarina Flora parece, de repente, contener todo el misterio del orden universal. El más nimio objeto, cuando es mirado más de un minuto resulta fascinante, decía Flaubert, si, además es mirado con la intensidad mística de un Antonio López, será simplemente único, desde un membrillo al luminoso de Tío Pepe. La singularidad de un artista no está en la sofisticación de su tema ni de su técnica, sino en la calidad de su inspiración. Por eso la obra de un autor que se atreve a llamarse López y a ejercer de figurativo, con el mayor rigor de lo clásico, termina siendo tan inaudita y revolucionaria. La vulgaridad no se evita cuando se la intenta ahuyentar sino todo lo contrario. La obsesión por la originalidad en mentes huecas ha dado al panorama del arte mucho bodrio y mucho insufrible memo endiosado. Nadie es alguien porque quiera serlo, sino porque lo es, ni mucho menos es alguien por el simple terror a ser nadie; un don nadie. El miedo a la mediocridad, como todo miedo, paraliza y, en este caso, también idiotiza. Perdido este miedo, se pueden hacer grandes cosas. Por ejemplo, llamarse Antonio López y ser un genio.
En la última novela de Javier Marías, “Los enamoramientos”, se presenta ese mundillo, tan conocido por el autor, de los escritores en torno a una editorial. Hay mucho fatuo, desquiciado, petulante y mamarracho, como es normal en esta esfera artística, y, entre ellos, un insufrible soberbio que ya ha escrito en sueco su discurso de agradecimiento al supuesto premio Nobel que va a ganar y firma con un apellido falso ,“Fontina”, bajo el que pretende disimular algún López o García. Un personaje bastante a propósito y del todo creíble, por desgracia.
Como toda novela de Javier Marías, tiene mucho humor y una mujer llamada Luisa y, en general, me gusta más que me disgusta. Porque hay que decirlo, las novelas no suelen gustar del todo, sino a ratos. Como género largo y de cotidiano rigor, se convierten en un diario del autor, donde pueden adivinarse días buenos y días malos y, en el caso de las mujeres, hasta días de regla. Si existiese literatura femenina, ésta podría definirse como las páginas que, en el relato de una mujer, dejan su efecto compresa. Cuando uno convive con una novela, lo que puede comprender hasta el periodo de un mes, empieza a oler al autor al otro lado de las páginas; lo mismo una menstruación que un catarro, un desengaño amoroso o una discusión conyugal, la prisa por querer acabar y no saber cómo ante el apremio del editor y hasta esas lentejas recalentadas en el microondas. La novela es un género con el encanto de la cotidianidad tantas veces imperfecta, por eso, los perfeccionistas como Borges la ahuyentaron de su pluma. Borges sabía que sólo el género breve puede responder a la pureza diamantina de un solo impulso creativo sin que se noten los pespuntes, las rebabas de argamasa. Tanto pavor tenía el impecable y vanidoso argentino a la mediocridad que, de tan divino, confieso que, a veces, no lo aguanto.
Me gusta el purismo en los artistas, no lo niego, pero valoro más el sobreesfuerzo de sus días. Me conmueve un pintor que dedique un año a captar el momento exacto de luz sobre un membrillo y no lo consiga y de un poeta que nos cuenta que se llama Ángel González y le basta así.
Antonio López inaugura exposición como un resumen de toda su carrera pictórica. Es en el Thyssen de Madrid y, si no la traen a Málaga, iré igualmente. No me puedo perder su manera de pintar un váter y reinventar el mundo o de ver en el desolado extrarradio de una gran ciudad un enigma desangelado de feísmo hipnótico o cómo las cabezas de sus tías enlutadas sobrevuelan por la casa provinciana de sus ancestros. Probablemente es el Millás de la pintura, capaz de dotar de magia a un secador de pelo, o el Edward Hopper español que inquieta con la visión fantasmagórica de un motel en una orilla de la carretera solitaria, pero, sobre todo, es él mismo con sus ojos rapaces para captar el milagro de la cotidianidad y sus grandes manos de labriego para pintarla. Aquel que se atreve a llamarse López y ser un genio.

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Argumentos estéticos

Las apariencias cuentan; ya lo creo. Contra los indignados del 15-M, han primado criterios estéticos; sus buenas ideas perdían credibilidad por sus malas pintas. He oído criticar con encono sus raftas, sus harapos alternativos, su tendencia al desaliño y el desaseo personal.
La indignación es un sentimiento atolondrado; uno, en un barrunto de cabreo, puede tirarse a la calle a protestar, sin antes cuidar de afeitarse en casa. Algunos, precisamente, por falta de casa, otros por falta de ganas, han pintado muy mala cara bajo la pancarta y, además de desesperados, parecían indigentes. Será la última moda, comentaban los perplejos estetas, pero es que algunos se dirían que son pobres. La pobreza es un asunto feo, da muy mala impresión arracimada en campamento por las primorosas plazas que por todo el país han adecentado los ayuntamientos. Justo ahora que cualquier ciudad del primer mundo aboga por eliminar a los mendigos de sus calles por no dar mala imagen, viene la iconografía revolucionaria a dar la misma harapienta impresión. Y, aunque uno lo haya perdido todo, incluso la esperanza, no es cuestión de perder también las formas. Sobre todo, cuando hay en internet boutiques online que venden el glamour a precios democráticos, si querían “democracia real”, ahí la tienen. Veva Longoria ha puesto una de esas tiendas exclusivas que, según ella misma asegura, oferta artículos de lujo al alcance de todos los bolsillos. Incluso hay elegantísimas carteras,-ideales para salir de día- en su escaparate virtual por menos de cien euros; o sea, nada más que una sexta parte de lo que muchos indignados ganan al mes –menuda bicoca, Veva, eres divina-.
La elegancia puede ser una cuestión de cuna, pero, ante todo de educación y saber estar; en definitiva, de actitud. Es decir que, si los indignados, antes de convocar movilizaciones por internet, se pasasen por la página de Veva para asesorarse en cuestión de indumentaria, quedarían divinos hasta a las puertas del Congreso de Diputados. Más que la lucha de clases, habría que reivindicar la lucha con clase y, en eso, la Longoria resulta una perfecta lideresa. Leo las ofertas de su web y no salgo de mi asombro; resulta que una caja de seis botellas de un Burdeos extraordinario pueden adquirirse por el precio irrisorio de 200 euros, toda una ganga. Estoy por bajar ahora mismo a decírselo a esa pandilla de homeless que se pasan el día en la plaza dándole al cartón de Don Simón sin ningún glamour, aunque antes, por si acaso, voy a ponerme el casco, porque hay veces que les da por ponerse de lo más susceptible. Lo que pasa es que, en esta sociedad actual, sobra crispación y faltan modales. Menos mal que el Gobierno ha decidido eximir a los ricos del pretendido impuesto para que, desde su apacible flema millonaria, nos sigan orientando en las pautas del buen gusto. La ética no está reñida con la estética. Tampoco con la política, qué caray. Por ello, a la vista de estos secuaces de la elegancia, la figura de Rubalcaba, actual alfiletero de sus cóleras, tiene mayor delito, pues se le acusa no sólo de no ser una bella persona, sino tampoco una persona bella. O sea, no es únicamente que ,pintado con el perfil de perfecto Tartufo ateo, se le ponga como hoja de perejil en todas las salsas de la perversidad; se le atribuye la instigación del movimiento 15-M al desorden en las calles nacionales y la destrucción del sistema democrático, la legalización de Bildu y el compadreo paralelo con el terrorismo etarra y el plagio de las mejoras educativas ideadas por el PP, todo ello y mucho más tejido en la urdimbre siniestra de la intriga como exige su naturaleza de duendecillo malévolo que actúa en la sombra, que es el espacio que, según comentan, le conviene, ya que, como insisten, a la luz, pierde mucho por no dar la talla de la imagen: “Por lo menos –oigo comentar- Zapatero tenía mejor pinta y nos hacía reír con sus chiquilladas”. En conclusión, a la acusación por la fealdad de sus actos, a Rubalcaba se le suma el argumento de la fealdad por la cara. Un argumento frívolo, pero eficaz en las urnas. Defendí, en su momento, que Zapatero ganó muchos votos por la cara, por su bella cara, y el tiempo, creo, que ha venido a darme la razón. Las caras bellas son, a veces, espejo de almas bellas. Tampoco en esto hubo excepción, si a Zapatero le faltó cabeza, le sobraban buenas intenciones. De esta lección, tendríamos que haber aprendido que las personas bellas, aún siendo bellas personas, no son siempre la mejor opción política, pero nos volveremos a guiar por el argumento estético. Como nuestros mentores, por ahora, los americanos, nos dejamos llevar por las apariencias.
Obama ganó un poco por ser demócrata, otro poco por ser negro y un mucho por tener buena planta. De ser del tipo King África, no se hubiese comido una rosca.
Nos hemos quedado a solas con la fea realidad. A ver quién es el guapo que nos saca de este atolladero.

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