No tan inteligente

El perro Pancho

El perro Pancho

Se dice que el perro es la mascota más inteligente porque es capaz de asumir órdenes sin rechistar, sin embargo yo considero que como mascota es más inteligente el gato que, sin rechistar, hace lo que le da la gana. El perfil de conducta de quien acata un mandato sin plantearse apenas su coherencia no es propio de mentes brillantes sino más bien de pelotas o masoquistas, que en esto también hay matices. El pelotas, digamos, que es aquel que ejerce de sumiso por encontrar a la postre alguna ventaja propia en premio a su obediencia, el masoquista, sin embargo, obedece por condición natural incluso si la cosa va en su detrimento. Tanto mejor en este caso ya que sufre, luego disfruta. También, claro, están aquellos que son sumisos por falta de iniciativa e imaginación y no sabiendo qué hacer si no se les indica, necesitan ir por la vida con un manual de instrucciones para no perderse. Le pasa a las criaturas humanas y a aquellos perros que se conforman con ser los mejores amigos del hombre. No obstante, hasta los nobles canes cuando dan en adquirir cierta inteligencia terminan por pensar por sí mismos y actuar por cuenta propia. De eso da ejemplo el célebre perro Pancho de cuya biografía nos tuvieron al tanto ciertos anuncios publicitarios. Dado su entendimiento claro y grandes habilidades, el animal era super-explotado por su amo, un solterón bastante inútil, que le hacía cargar con el peso de todas las tareas domésticas desde el cepillado del calzado, la colada, la compra hasta el guiso, llegando a confiar a tal modo en su diligencia que le encargó echar (y acaso rellenar) un boleto de La Primitiva con tal éxito en la empresa que el afortunado can decidió abandonar al aprovechado amo y montárselo de muerte a base de independencia y millones lejos de la esclavitud de su hogar, cambiando el lema de “Siempre fiel” por “Que te den” como cuando las mujeres dejan de ser señoras para ser libres. Si a un esclavo le dejas pensar, acaba por pedir su manumisión. O tomársela por propia mano.

Un ingeniero ruso acaba de lanzar al mercado el llamado coche fantástico; un automóvil al que el conductor, de viva voz, podrá exigirle toda clase de servicios, desde verificar el estado de su correo electrónico, obtener una dirección, localizar individuos, pinchar su disco favorito o buscarle cualquier restaurante italiano que se ubique en el planeta. El susodicho vehículo, gracias a un sistema informatizado, de nombre “Synphony”, se presenta como una fiel secretaria siempre atenta a las más mínimas necesidades de su amo a quien responde con una dulce voz femenina que, sin duda, hará las delicias de aquellos varones que, en la actualidad, lamentan la tragedia de haber perdido su rol dominante sobre el que fue otrora género delicado y sumiso. De este modo, suponemos que el coche al estilo sinphony no sólo se convertirá en un modelo de eficacia sino además en esa fantasía erótica para los que aún sueñan con la tópica idea de ser “amo” de una secretaria, señora estupenda según el cliché, dispuesta a obedecer cualquier orden que a uno se le antoje. Definitivamente, este nuevo hallazgo de la ingeniería electrónica, más allá de satisfacer la comodidad vial, va por el camino de paliar verdaderas carencias afectivas, cuando no de enervar la libido a cien por hora. Lo preocupante es que, además de fantástica, a esta máquina se le empieza a llamar “inteligente”, apelativo que puede suponer el desarrollo de cierta sensibilidad y espíritu crítico. De modo que podríamos augurar que el vehículo “Synphony” acabe rebelándose contra los continuos imperativos del amo conductor y termine actuando por su cuenta. No es factible que un coche inteligente tolere, sin rechistar, la conducta, por antonomasia garrula, del españolito al volante, siguiéndole el juego del exceso de velocidad, el adelantamiento imprudente, la previa ingesta de alcohol, el caso omiso a semáforos y señales de tráfico y los consabidos cortes de manga e improperios a los motorizados colindantes. Lo más seguro es que, ante el salvajismo del usuario autóctono –por pacífico que sea en otras facetas de su vida, parece que a casi todo quisque compatriota se le despierta el instinto primitivo al volante- a la sofisticada máquina soviética se le suban los humos y la líe con un dispositivo aposta de bronca y muy señor mío a todo decibelio de grito femenino digital, cuando no que te deje tirado en una cuneta, previo mensaje escueto y contundente: “Ahí te quedas, Manolo”. Advierto.

 

 

 

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Cuando el vino no era alcohol

 

   Antaño el vino no era alcohol, sino sólo una vino3costumbre. Una sana costumbre que aprendían los niños antes de sus primeros pasos. Más que las tradicionales nanas, al bebé le garantizaba largos y profundos sueños un chupete bien empapado en vino, tal que la madre, tras aquel gesto otrora natural, pudiese ir tranquila a trabajar al campo, cocinar o sentarse con la costura en el regazo a escuchar junto a la radio su folletín favorito. El vino como elemento básico del botiquín acompañaba al españolito desde su cuna; siendo reconocido medicamento que no dudaba en administrar la más próxima parentela a sus criaturas contra cualquiera de sus dolencias. Cuando dolía la panza, cariñosamente la tita o la caritativa vecina suavizaba la digestión del pequeñuelo con un huevo hervido en vino blanco y, si de otro modo, el nene-a se mostraba inapetente, no había nada como darle un vasito de Quina “San Clemente” o “Santa Catalina”, vino dulce que ya venía bendecido con nombre de remedio santo, de aspecto y sabor similar al Lacrima Christi o vino de misa con el que el sacerdote mojaba la Sagrada Forma en la ceremonia de la Primera Comunión. El vino, presente en singulares episodios bíblicos como “Las bodas de Caná” o “La Última Cena”, ha sido durante siglos en nuestra cultura judeo-cristiana, símbolo de comunión fraternal; alimento sagrado por antonomasia. Y quien dice vino, dice también licores, pues parece que no haya habido monasterio sin alambique en el que aplicados monjes, según receta milenaria, no elaborasen elixir espiritoso de milagrosas propiedades curativas o abadía productora de tal cerveza que no se la saltase un galgo. Desde el plano religioso al profano, el alcohol ha sido un rito, cuando no un hábito tan natural que, en el pasar de otras épocas, no ha merecido la pena cuestionarse. De la mañana a la noche, cada día, se ha bebido sin plantearse que aquello fuera vicio o pecado. De madrugada antes de casi despuntar el sol, el orujo o aguardiente que caldeaba el cuerpo y templaba las fuerzas de campesinos y pescadores, el carajillo del obrero o el más refinado sol y sombra de los empleados de oficina, a media mañana el tentempié regado de cerveza, ese bocadillo del albañil indigerible sin una buena litrona y luego las tapas de casi todos en el bar previamente al almuerzo sobre la mesa familiar donde nunca había de faltar la botella de vino como tampoco en la alacena el coñac o más popular brandy “Soberano”, que es cosa de hombres. El hombre que bebía no era considerado “bebedor”, según término despectivo de nuevo cuño, sino un hombre en el sentido total de la palabra, con todo su pelo en el pecho. Tan sospechoso de poca virilidad resultaba el chaval que iba de fantas como aquel que usaba desodorante. Según he tenido oído en una máxima popular de raigambre no tan añeja, “el hombre tiene que oler a vino, tabaco y sudor. Y lo demás son mariconadas”. Entre las mujeres, cierto, el consumo etílico ha estado peor visto, limitado en señoras y señoritas al aperitivo de Jerez, Moscatel o vermú, aunque traspasada cierta barrera de la edad y el desengaño, resultaba bastante común la figura de la anciana que, a hurtadillas o en compañía de sus colegas de Tute, le daba al Chinchón en franca demasía hasta volverse algo procaz y deslenguada.

A menos que echemos mano de alguna memoria histórica, caeremos en la cuenta de haber vivido en una sociedad de tradiciones, ritos y costumbres alcohólicas hasta las trancas;  no ha habido fiesta ni feria que no haya incluido en su programa de actividades el levantamiento de vidrio en barra fija ni ocio, tras el trabajo, que no se haya empleado en el bar mucho más que en el museo, la biblioteca o el cine. Aún en cada barrio, en cada pueblo, pueden verse a los supervivientes de estas antiguas generaciones, abarrotados en los bares hasta el cierre, dándole al pirriaque por no perder la costumbre. En cierto modo, se puede decir que los jóvenes no han hecho sino heredar los hábitos de sus ancestros, aunque hayan cambiado de forma y espacio el rito y lo encuadren en un espacio limitado de tiempo. Los jóvenes de hoy beben los fines de semana, los de antaño lo hacían cada día. Eso sí, en bebercios autorizados y tal vez con mayor discreción. Aunque no nos bastaría ni con mil páginas más para relatar las pendencias que, bajo los efectos del entrañable y ancestral pirriaque, poblaron de estragos de navajazos y pedrada limpia el memorial de verbenas y tabernas.

Sobre las violaciones y crímenes que ciertas bestezuelas, euforizadas por el líquido elemento, cometieron en aquellas fechas del país, también podríamos remitirnos a una larga lista de presuntas víctimas que no han dejado de figurar como “desaparecidos-as”. Antaño la policía funcionaba de otra manera. De momento, nunca hubieran detenido al nieto de un Duque.

 

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Mujeres viajeras

viajerasEste libro, publicado por la editorial Everest con el patrocinio de RENFE, compendia los relatos de mujeres que han tomado el viaje como filosofía y forma de vida. Mujeres que han sabido saber lo grande que es el mundo y trascender a la mirada pequeña que la sociedad nos destina como esposas y madres. Estas valientes narradoras nos proponen aventurarnos por cada rincón del planeta y saber del riesgo y el goce que supone atreverse a ser uno mismo.

Entre los mencionados relatos, se encuentra “Nunca regresarás a Ítaca”, firmado por Lola Clavero; un homenaje a todas aquellas personas que, frente a las presiones de los tópicos tradicionales y los deseos ajenos, han tomado el timón de su vida en algún momento y han apostado por elegir su destino, arriesgándose a la osadía de ser felices.

Para más información sobre el contenido y adquisición de este libro, en cuya corta existencia ha logrado repercusión mundial y una segunda edición, dirigirse a pilartejera@mujeresviajeras.com. El portal es todo un alimento para mentes inquietas. Vosotros. 

 

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Seguidos y perseguidos

El matrimonio Obama

El matrimonio Obama

La grandeza de un ser humano se mide por su capacidad para tener amigos, pero, no menos por su tendencia a generarse enemigos. “Quien no tiene enemigos, tampoco suele tener amigos”, como bien apuntaba Gracián o sencillamente es un olvidado de la Fortuna, según observaba con no menos perspicacia Thomas Fuller. La valía del gran hombre –y la gran mujer- puede medirse a lo largo de la historia por el fervor y la cuantía de sus seguidores pero, sobre todo, por la pertinacia y el volumen de sus detractores quienes, por causar la ruina del grande, en su demencial torpeza, los catapultan a la gloria en la memoria de los siglos. La envidia de los peores ha ido siempre asociada al mayor nombre de los mejores como una lacra imprescindible de la fama. “Pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron, dejó de ser calumniado de la malicia”, dice Cervantes en ese recetario de sabiduría que es “El Quijote” y, de ejemplos concretos, se nutre el memorial de nuestra humanidad, metaforizados en las leyendas de nuestras particulares mitologías y religiones a cada lado del planeta. Para que resucitase Osiris en toda su grandiosa magnitud de Dios, hizo falta la mezquindad de su hermano Set, envidioso y asesino, y, por la persecución insidiosa de traidores, fariseos e ineptos caudillos, Jesucristo, una vez sacrificado, pasó al tercer día, más allá del reino de los hombres al reino de los cielos como icono sagrado de la civilización occidental. El mediocre, aún verdugo del héroe en algún tramo del relato, acaba siempre aplastado por la grandeza del grande, transcendiendo incluso la barrera de la muerte y consumido en sus propias bilis. Es el argumento de “Amadeus”, de todas las tragedias de Corneille y el irreversible sino de la condición humana. Quien no tiene enemigos, es que jamás dijo la verdad o amó la justicia, sentenció Ramón y Cajal, y, quien se arriesgó a la aventura de beneficiar los intereses colectivos y arrojar, desde la ciencia, la equidad o la utopía, alguna luz sobre esta estrella sin luz propia que es el mundo, nuestro pequeño mundo, acabó ahojado y perseguido por los ciegos odios de una masa miserable y anónima; en el tribunal, en la cárcel, en la hoguera, sospechoso por no alinearse en los ritos de adulación preestablecidos junto al sistema de poder que castra cualquier iniciativa de progreso, toda idea innovadora; la más nimia posibilidad de ver más allá de sus narices.

Mimado y publicitado por todos los medios, bendecido por casi todas las opiniones en casi todos los estados; excepto aquellos que el orden imperante y sus portavoces de prensa, adiestrados en edulcorar los altares del poder, toman por casos perdidos; Chávez y compañía, no me ha pasado Obama como héroe, sino más bien como uno de esos productos de antigua receta que, de repente, vuelven a salir al mercado con la etiqueta de “nuevo”, siendo más de lo mismo. Su condición de afroamericano, pura circunstancia genética, tan cacareada como condición revolucionaria hasta hoy no ha parecido dar más de sí que la pintoresca superficie de las fotos. Por lo demás, el panorama internacional no ha cambiado de decorado en sustancia. La presión del tío Sam sigue sobre Oriente próximo y aunque ahora se llame labor pacificadora y democratizadora y que Obama “tiende la mano”, el fuego sigue abierto y, pese a la crisis, aumenta el gasto en armas. Las armas que con Bush cargaba el diablo y ahora van cargadas de razón. La guerra que con Bush nos atrevimos a llamar guerra y ahora es, sí, una misión humanitaria. Pero quién piensa sino en comentar la bella estampa que hacen la pareja Obama en la Casablanca, el talle de él, la elegancia de ella, el atrevimiento de sus vestidos con los brazos desnudos, la campechanía y dulce intimidad de su hogar, lo mucho que se quieren. La crónica rosa destiñe a la crónica negra y, donde antes hubo hiel, ahora hay sólo almíbar.

Mientras que a Obama no le crezcan en torno sino aduladores, creeré que no es más que un poderoso, un emperador con la imagen maquillada por las semblanzas de sus trovadores de palacio. Sólo cuando los detractores aparezcan y cunda la voz de alarma de algún frente enemigo, podrá pronosticarse que este presidente ha puesto en marcha algo nuevo y anuncia cierta revolución. Por eso, tal vez me alivia saber de la polvareda que, entre los ultra conservadores, ha levantado su discurso dirigido a los estudiantes en su primer día de curso. No es para menos; Obama les pide que tomen en serio su preparación académica y a sus profesores, invirtiendo esfuerzo en aprender. A lo mejor, en contra de las últimas tendencias que adocenan al alumnado en la ignorancia y así la docilidad a la manipulación, el nuevo presidente pretende que las nuevas generaciones incluso aprendan a pensar por sí mismas y cambien de una vez el triste y uniforme panorama mundial. Si lograra tal objetivo, podría cuadrarme por fin como ese revolucionario; ese héroe al que sus probables enemigos no permitirán llegar a viejo.

 

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Todos al paro

En la cola del paro.

En la cola del paro.

Septiembre puebla el paisaje urbano de caras mustias. Se remueven las malas bilis de los que, después de las siempre cortas y raudas vacaciones, han de reincorporarse al trabajo y, más aún, las de aquellos que carecen de trabajo al que regresar y se ven abocados a prolongar su estancia en ese limbo entre trágico e insípido que es el paro. La desocupación que para la población en activo es esa bendición de días ociosos marcada como apetecibles oasis del calendario, para el parado no es más que un estado crónico, una línea de puntos suspensivos, cuya monotonía no parece alterar ni el paso de las estaciones ni la llegada de festividad alguna. En su almanaque cada día es igual al anterior o al siguiente a salvedad de aquel en el que hay que volver a sellar la tarjeta en la oficina del INEM; como en una triste ceremonia de renovación de votos en la que reafirmar su condición al margen del sistema productivo y casi retributivo. 420 euros dan para la sopa aguada de la olla que, a la salida del convento, repartían las monjas entre los indigentes, asemejándose a ese simbólico reparto de víveres con el que, periódicamente, el emperador Augusto calmaba los ánimos de la plebe por evitar cualquier impulso de revuelta a las puertas de su fastuoso palacio. Ese único día distinto a los demás en la rutina uniforme y calendaria del parado, el día del sello, es precisamente el día en el que el parado se siente más parado que nunca, abierto de nuevo a un futuro sin demasiadas esperanzas ni posibilidad de sorpresa, toda vez que el Gobierno anuncia que, agotado el paro, vuelve el paro; los 400 euros, las salchichas de bolsa, el puré de sobre y el sucederse agotador del tiempo inmóvil e impasible. Lo dicen los psicólogos y los poetas romanos; el ocio ilimitado entumece y degrada la naturaleza humana que precisa de la rutina y el horario que marca un trabajo para hallar una cierta armonía, sin la que los ricos caen en el desorden del vicio y, acaso, los pobres en el pillaje y otras malas ideas. El hombre feliz es el hombre ocupado, creo que dijo Billy Wilder. Dado lo cual, invito al regocijo a aquellos que renegando de lo poco que dura lo bueno, se reincorporan a sus trincheras laborales bajo la inclemencia de este fogoso sol de septiembre que aún apunta maneras de pleno verano. Los que, en definitiva, sufren del síndrome post-vacacional, aseguran los entendidos, deberían alegrarse de tener un trabajo al que volver por agravio comparativo frente a aquellos que de él carecen. Será. Aunque aliviarse de la mediana desgracia de uno por la superior desgracia de otros me suena a ese tipo de consuelos con no sé qué fondillo de mala idea con los que alguna vez nos educaron en la austeridad e, incluso, cierta incoherencia. Pongamos que si, por ejemplo, comíamos lentejas con más que harta asiduidad, tenía uno-a que alegrarse porque los niños de África no tenían ni eso que comer y apurar así el plato por descomunal que fuese, ya que los susodichos niños morían mientras de inanición. A uno-a, en su candidez logística, se le hacía que tales criaturas no iban a dejar de perecer de hambre porque te pusieras morado a reventar, pero, contra aquella máxima de pedagogía irrefutable cualquier contra-argumentación, lo más te valía un buen sopapo. Por la misma regla de tres, los que ahora trabajamos deberíamos trabajar más porque hay muchos que no trabajan y, ya puestos, cobrar más, ya que los hay que casi no cobran. Pero, puestos a la fórmula solidaria, lo suyo sería el estilo islamista. Los mahometanos practican el ayuno en el Ramadán por sentir a su vez el hambre que sienten otros seres en el mundo. De este modo, tal vez tendríamos que quedarnos algún tiempo en el paro para saber lo que es estar parado o lo que vale un peine. Uno-a se cree que el paro es un fantasma al que ha conjurado para siempre, sin embargo, hasta el más pintado se vuelve a ver en la cola del INEM, de la noche a la mañana. El mismo Cayo Lara, con su idea de instaurar la III República amenaza con llevar al Rey al desempleo. No digamos, porque la cosa se prevé a largo plazo, que a Don Juan Carlos le afecte este tema, pero, y, en un futuro, qué va a ser de ese chorro de hijos que ha cosechado nuestra realeza para la sucesión. Será que, al final, doña Letizia haya de lamentar haber dejado su trabajo de periodista por el de dar herederos a una Corona en extinción. A todo esto, Cayo Lara no ha especificado si una Princesa en paro tiene derecho a los 400 euros. Es como si oyera ya la resplandina al teléfono de Paloma Rocasolano a su hija; “ya te lo dije yo, que ser Princesa es muy bonito, pero un trabajo es un trabajo”.  Las madres siempre tienen razón.

 

 

 

 

 

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En la puta calle

prostitutas4Para que hubiera mujeres de vida alegre, tenía que haber mujeres de vida triste y viceversa. Las mujeres de vida triste eran honestas, unas santas, educadas para ser llevadas a los altares, como los mansos animales destinados al ara expiatoria, aleccionadas en la sobriedad y el sacrificio. Entre las cuatro paredes de su casa, de la cárcel del hogar al que habían de entregarse en cuerpo y alma, cual sacerdotisas de un culto religioso, salían sólo a misa y al rosario, los rostros cubiertos de negros velos, la mirada baja a la altura del devocionario; sumisas en el temor de Dios y el respeto al marido. Las mujeres honestas, sin conocer más mundo que pudiera contaminar su idiosincrasia de esposas abnegadas ni estudios que le desarrollasen alas de rebeldía, de altanería, en su bendita ignorancia, fuera de las artes culinarias o del primoroso bordado con el que adornaban desde niñas el ajuar, pasaban de donde las monjas, niñas aún, a donde el esposo, un señor, en bastantes ocasiones elegido a gusto de su familia, del que criaban un buen chorro de hijos –todos los que Dios quisiera darles- procreándolos en la santidad del tálamo bajo la mirada vigilante del Ecce Homo. Con más dolor que placer- en la mujer honesta el placer era pecado- daban lugar al justo y mecánico trámite para quedar de nuevo encinta, la mirada clavada en el techo, las uñas crispadas pellizcando el colchón, desnudando a tientas, en la oscuridad, apenas la exacta porción de su cuerpo, útil a la tarea reproductora; cumplir con los deberes conyugales, que se llamaba. Para la mujer honesta no había más que deberes, tareas, obligaciones y una gran soledad en la que llevarlas a cabo. El marido, ese gran ausente sino a la hora del almuerzo, siempre bien dispuesto a punta de reloj, prefería pasar sus ratos de ocio en la taberna y, más que de cuando en cuando, en el prostíbulo. Todo señor respetable se preciaba de tener una señora honesta en casa, pero, llegado el momento de la diversión, daban de lado a la mujer de vida triste, con la cual se aburrían soberanamente, y buscaban a la mujer de vida alegre. Las mujeres de vida triste eran perfectas casadas, las mujeres de vida alegre eran putas; putas a mucha honra, como ellas se definían sin caer en la paradoja ni el auto-insulto, pues se consideraban profesionales de un oficio que “habían elegido no por necesidad sino por vocación”, como afirmaba Herminia, la protagonista del libro de Diego Ceano, “Memorias de una ramera malagueña”. La prostituta cumplía con una labor social, reconocida e incluso respaldada durante el curso de la historia por la propia Corona y los ministerios oficiales. Hasta los más estrictos moralistas consideraban justo cultivar la doble moral por la necesidad de escapar de la asfixiante moral única, mientras que las esposas perfectas hacían la vista gorda, educadas también en la comprensión hacia la debilidad congénita de los hombres que disfrutaban con aquellas mujeres que se comportaban, de igual a igual, como compañeras y gozaban como hembras de los placeres de la carne sin hacer remilgos a la luz encendida, la desnudez completa o cualquier fantasía sexual, abominable a los ojos de las estrictas señoras de sus clientes. Conocían palmo a palmo el cuerpo del varón y su manera de sentir a veces tan frágil,inhibida bajo esa máscara de macho duro, insoportable estigma aparejado al llamado sexo fuerte. Las casas de tolerancia también lo eran porque sus inquilinas, las prostitutas, toleraban la vulnerabilidad de los varones, sus llantos, sus confesiones inconfesables y sabían escucharlos como amigas. Cual colegas participaban de sus hábitos y sus vicios; bebían, fumaban y compartían sus juergas hasta llegar la madrugada. Eran las amazonas, las mujeres liberadas, que preferían los varones cuando todavía ni se hablaba de la liberación de la mujer y, de no caer en manos de un vil proxeneta, disfrutaban de la vida más que las señoras respetables. De putas de vocación y oficio, tenemos plagada la historia de la literatura; Desde “La lozana andaluza” a “La romana” de Alberto Moravia, “Las mil noches de Hortensia Romero.” de Fernando Quiñones, “Memoria de mis putas tristes” de Gabriel García Márquez hasta la mencionada biografía de una ramera malagueña de Diego Ceano, así como la cinematografía, “Las noches de Cabiria” o “Irma la dulce”, entre otras.

No obstante, llegados a fecha de hoy, este oficio, no exento de nobleza y dignidad antaño, parece haber caído en desgracia a manos de mafias explotadoras que practican la trata de blancas y de negras, mercadeando con la pura necesidad de supervivencia. Nigerianas, rusas, colombianas que, por pagar su pasaporte a una vida mejor, se ven arrastradas a venderse en carne viva en plena calle. Que hacen ruido, dicen los vecinos del polígono de Guadalhorce, que llenan las calles con sus gritos de pelea y la ensucian de preservativos usados. Habría, sin embargo, que observar que la oferta crece al mismo compás de la demanda y preguntarse cuántos de los mismos que claman por erradicar la prostitución callejera, recurren a estos mismos servicios. Que el oficio más antiguo del mundo siga tan en boga en la actualidad, depende del volumen de clientes, que, por lo que se ve, son legión. La doble moral continúa campando por sus respetos.

 

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Quédate con mi cara

Isabelle Dinoire tras su trasplante de cara

Isabelle Dinoire tras su trasplante de cara

Creo en la resurrección, sobre todo de la carne. En cuanto muera, esperemos que un día aún remoto, me reencarnaré a pedazos por doquier, cubriendo así las goteras de varios seres humanos. Mis ojos, por ejemplo, volverán a abrirse bajo las cejas de un señor de Albacete, mis riñones quedarán albergados en los cuerpos de dos gemelas de Segovia, otro poner, y mi corazón volverá a latir en el pecho de un niño, de una niña; está visto que para adulto no sirve. Y así sucesivamente. Tengo apalabrados cada uno de mis restos mortales, según esa costumbre que a los que fuimos estudiantes, digamos algo irregulares, nos volvía fervorosos de las promesas cuando a un día del examen se caía en la cuenta de haber empleado las noches de codos en noches de farra, lo cual sucedía bastante a menudo en la ciudad donde cursé mis estudios, pues los últimos parciales coincidían con la feria; opción siempre preferible al flexo cuando uno-a se encuentra en pleno vigor de sus años juveniles y decide, en consecuencia, como Wilde, que lo mejor para librarse de una tentación es ceder a ella. De modo que, llegada la noche anterior al día del examen, en esa hora del llanto y el crujir de dientes con el sentimiento contrito del pecador que ha pecado mucho de malas obras y, en especial, de omisión, uno-a hojeaba el taco de folios apenas sin subrayar y, en medio de grandes golpes de pecho, se agarraba a la esperanza de un milagro de última hora. Y así se hacía creyente y donante, encomendándose a una divinidad abstracta, cual hacen los ateos en momentos desesperados, con la que negociar en acto solemne las propias entretelas. Promesas que pasaron primero por donar los ojos y, pues como más o menos la cosa funcionaba, paulatinamente todo lo demás. Me faltó dar la cara no por otra razón sino la de que tales trasplantes en mis tiempos de estudiante tunante-y donante- no habían evolucionado hasta ese punto, pero, a esta fecha de la ciencia, estoy dispuesta a donarla a su vez, ya sea en prenda por obtener otro milagro o por el tranquillo que se le va cogiendo a eso de repartirse en fiambreras como esos nobles animales de los que todo se puede aprovechar. Lo que se vayan a comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos, que se suele decir. Así pues y, visto lo ligerísima de equipaje, que voy a partir para el último viaje, una vez que las sociedades de donantes vengan a retirar mis apalabrados restos, decido tirar de una vez toda la casa por la ventana y que se queden también con mi cara. Si bien es una cara de la que esta propietaria nunca se ha sentido demasiado satisfecha ni en el sentido cualitativo, sobre todo ante el espejo del lavabo a primera hora de la mañana o en las odiosas fotos del carné –cualquier carné- ni en el sentido cuantitativo. Llegados a cierto punto de la trayectoria biográfica, cualquiera descubre que, de haber tenido más cara, las cosas le habrían ido infinitamente mejor. Tener mucha cara es la clave del éxito en la ejecución de cualquier empresa, ya sea privada y, más aún, pública o aledaña. Si la cosa va de asesorías inmobiliarias y ayuntamientos corruptos y el interfecto se llama Roca, uno puede llegar a tener la cara de cemento y hacerse de oro una larga temporada de su vida antes de que lo pillen-o no- in fraganti las autoridades judiciales y lo metan en una confortable cárcel –con televisión, piscina, gimnasio y jacuzzi- a pasar plácidamente los postreros años de su jubilación. En el mundillo de la política y el pseudo-arte, España puede contar con potenciales y excelentes donantes de cara. Algunos tienen tanta que se la pisan. No así podría decirse de los donantes de hígado, si uno tiene en cuenta las declaraciones de ciertos descamisados en nuestro presente ferial. Así afirman algunos de ellos con varias botellas de ron entre manos, según leo en este diario, “cuando terminemos con esto, iremos a los bares del centro a seguir bebiendo”. Ahí está, para que luego digan que los jóvenes de hoy carecen de proyectos e iniciativa. Por no hablar del sentido del ahorro en tiempos de crisis: “Por los siete euros que te cuesta la copa en un bar, en el botellón me tomó seis”. Pero no todo es vicio en este país; la Ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, afirma que pronto no podrá fumarse en los bares. Tampoco se beberá, tal y como están los precios. Lo más seguro es que se acabe por beber y fumar en la calle. Un espacio más ácrata que público, por lo que tiene de que cada cual hace lo que le da la gana sin que haya autoridad con bemoles para impedirlo demasiado. “Prohibido prohibir”, que se dice.Que siga la fiesta, pero que nadie se haga, por ahora, donante de hígado o de pulmones.

 

 

 

 

 

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Bailando bajo la lluvia

El Diluvio Universal

El Diluvio Universal

No existe nada nuevo, ni siquiera el cambio climático, si bien, al principio de los tiempos se llamaba cólera de Dios. Del Dios siempre cabreado del Antiguo Testamento que arrojaba de continuo catástrofes naturales en venganza contra la maldad de los seres humanos, aquel invento suyo que pareció salirle algo averiado por algún mal cálculo de los ingredientes de la receta, según la cual, las susodichas criaturas habrían de conformarse “a su imagen y semejanza” y, muy al contrario, por su naturaleza rebelde y propensa a coqueteos recurrentes con su eterno rival, el diablo, no paraban de darle disgustos y arduos trabajos. Sacudió los cimientos de la ciudad de Sodoma, degenerada por la práctica de hábitos homosexuales, con un rugiente terremoto hasta su completa destrucción, toda vez que sus perversos habitantes intentaron incluso violar hasta los dos bellísimos ángeles salvadores que allí envió a fin de liberar a los únicos diez ciudadanos buenos que en aquella oscura ciudad quedasen y, puesto que ni aún así la restante raza humana desistía de su maldad desde aquel célebre pecado original que dio a luz a la nefanda estirpe de los hijos de Caín, fraguó el proyecto del Diluvio Universal, arrepentido como estaba de haber creado a aquellos seres violentos, crueles y egoístas que vivían como endemoniados reyes casi un milenio con todo lujo de comodidades agrícolas y biológicas –después de una sola siembra, la cosecha duraba cuarenta años y los fetos pasaban únicamente unos días en el vientre de la madre antes del parto, mientras, en el más completo ocio, la entera población se refocilaba en un festejo continuo de música incitante, bailes lascivos y carnalidad desenfrenada-. En semejantes condiciones, contra aquella caterva de silvestres antediluvianos completamente idos de las manos del Creador al supremo artífice no le quedó otra que anegarlos en una tremebunda cólera pluvial que casi no deja títere con cabeza, si no es por el arca de Noé y sus parejas de animales.

Pues a día de hoy, nuestro querido y maltratado planeta parece hacer aguas de nuevo- menudean en pleno estío las trombas en Toledo, Guadix y la más cercana Ronda- nos queda pensar que la cosa sea cíclica, según una interpretación científico-atea- positivista o que la cólera de Dios haya vuelto a desatarse, siguiendo el parecer de los testigos de Jehová que hace un rato nos preparan para el Apocalipsis a base de octavillas bajo la puerta. Si existiese un Dios homófobo al estilo del Antiguo Testamento no le faltarían razones para la cólera divina; acaban de celebrarse múltiples festejos que enardecen el orgullo gay por todos los puntos de la geografía mundial y, de otra parte, la cultura del desafuero amoral campa por sus anchas con sus ídolos de pies de barro en primera plana del escándalo –y del éxito de audiencia- a lo Paris Hilton o Amy Whitehouse. Lo de Sodoma y Gomorra fueron fiestas de cumpleaños infantiles si uno las compara con las desaforadas farras nocturnas de Ibiza y compañía. Si bien, puestos a este catastrofismo que alimenta el morbo colectivo y tanto vende en verano cuando adelgazan los noticieros de eventos políticos, la hipótesis del cabreo divino no es la única plausible –que sepamos, China no es un foco de maldad específico para que el airado creador la azote a base de terremotos y tifones cada dos por tres- de modo que podríamos decantarnos por creer que sea la propia Madre Naturaleza quien, con justo cabreo padre tome la venganza por su mano contra el ser humano, tan maltratada y super-explotada como está por el susodicho. En ese caso también habríamos de tachar a la Madre Naturaleza de arbitraria, pues sería lo justo que hiciera caer su tromba justiciera sobre aquellos hijopuchis que siguen quemando el monte por no apagar bien sus barbacoas o los recalificadores de terreno sin escrúpulos o los que se resfrían con el aire acondicionado bajo cero o los conductores de automóviles ultra-contaminantes o los moteros garrulos a todo gas, antes que contra aquellos laboriosos trabajadores del campo o pacíficos usuarios de un transporte público, léase AVE, que tenían, para más inri, como objetivo culminar sus vacaciones en la Feria de Málaga, empleando el contingente de sus merecidas pagas extra en el saneamiento y ganancia de nuestra variada oferta hostelera y de los cuales, algunos se han quedado en tierra, disuadidos por la alternativa de realizar su viaje a ninguna velocidad y medio en tartana. Esperemos que RENFE, supliendo esperas e ineficacias, nos los traiga sanos y salvos y lo más rápido posible. Contra la cólera divina o la Madre Naturaleza va a ser más difícil poner hojas de reclamaciones. Habrá sido cosa del cambio climático o que, como siempre, nunca llueve a gusto de todos o de casi nadie. En último caso, pórtense bien, no sea que nos pasemos estas fiestas bailando bajo la lluvia.

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Hijos por un tubo

Fecundación in vitro

Fecundación in vitro

Las próximas generaciones tendrán hijos por un tubo. El sexo como método de procreación tiene sus días contados a favor de la industria genética que va desarrollando, día a día, sus técnicas de reproducción con cierto aire de gastronomía pre-cocinada. Los científicos nos van habituando a marchas forzadas a sus trapicheos con óvulos en conserva y espermatozoides de laboratorio como nueva cada vez menos insólita en el noticiero. De modo que tener un hijo de bote podría ser, visto lo visto, una tendencia generalizada en un futuro no tan remoto. Por el momento, el psicoanálisis no se pronuncia en torno a las relaciones paterno-filiales, siempre peliagudas, que pudieran resultar entre un bote y su retoño e ignoramos si esta nueva etnia futurista mejorará la especie humana con tal herencia genética:

-Éste niño es tonto del bote.

-Sí, es que es entero a su padre.

Los nostálgicos desconfiamos siempre del progreso y nos cerramos en ocasiones a sus posibles ventajas; tal vez, quién lo sabe, el bote no lo haga tan mal como progenitor; ser hijo de un bote en todo caso es preferible a ser un hijo de perra y quizá no deje traumas infantiles de los que desahogarse luego en el diván. Démosle, pues, una oportunidad al futuro y rindámonos a sus avances. La procreación a mano pronto será una curiosidad artesanal propia de esas comunas de hippies donde a su vez amasan y hornean su propio pan y cocinan sus ensaladas con hortalizas del propio huerto o un hábito añejo adecuado a familias excesivamente tradicionales:

-¿Sabes que los Sañudo aún procrean a mano?

-Es que ésos siempre fueron medio del Opus.

Excepto en tales casos de claro y constante desafío a la modernidad, se prevé que el resto de los hogares, asuman la fecundación en conserva como otra práctica común que traen los nuevos tiempos, tan integrada a las costumbres cotidianas como el uso del móvil o internet. Un hallazgo más del avance de las ingenierías que haga más cómoda y sencilla la vida del ciudadano medio. Y, en especial, la de la ciudadana que se habrá de librar del engorro de tremendo barrigón, cursillos de preparación al parto indoloro que, como todas saben, nunca lo es hasta que llega la epidural. O no. Que esa es otra.

Rápido, fácil y normalizado por la oferta y demanda comercial, el niño del siglo XXI llegará del super a la cuna en un periquete con sólo algunos minutos de previa cocción. En la sección de congelados, junto al preparado de paella, el preparado de niño-a será otra opción con la que darle sustancia a los hogares contemporáneos:

-Ramiro, adivina lo que te he traído del supermercado; un pre-cocinado de niño rubio y con los ojos azules.

-Estupendo, Encarna, pero mira bien la fecha de caducidad, a ver si nos sale ya jubilado como la última vez.

Puede, es cierto, que en los primeros ensayos de uso, los pioneros, por la falta de costumbre, se encuentren con algunos problemillas técnicos:

-María, pon al niño unos minutillos más de microondas y a temperatura media, que siempre te sale crudo de barriga y tostado por las piernas. Tu prima, sí que le sabe dar el punto. Con quince minutos más le sale con carrera universitaria y carné de conducir.

-Es que mi prima los compra en El Corte Inglés y éste es de marca blanca.

-Lo que pasa es que tú no sabes cocinar. Aquí, en el paquete, ponía niño africano y te ha salido medio chino.

Por supuesto, la ingeniería genética no va a acabar con el machismo, el racismo y el clasismo; lacras endémicas de nuestra sociedad inhumana. Los niños de marca saldrán pijos, gastosos, con voz nasal y de derechas, mientras que los del ofertón del “Pibel” serán sobrios, campechanos y de bajo consumo:

-Pues mi amiga Josefa se ha comprado un pack de seis hijos por nada y menos en el “Pibel” y le han salido estupendos. Sólo comen potajes de legumbres y ya todos tienen beca.

El progreso no va a cambiar demasiado las cosas; habrá hijos baratos e hijos caros, hijos de oro e hijos de su madre. Yo, que nunca me decanto por un extremo y me conformo con la dorada medianía, calidad y precio en la balanza, me pido un hijo de Hacendado. Por ejemplo.

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Se venden santos

San Antonio de Padua

San Antonio de Padua

Todo vuelve; vuelven las estampitas de santos y las gafas de perilla. Esas gafas, ahora llamadas de aviador, que sacó Ray-Ban en los años setenta como ornato y seña de identidad de los potentados y maduros seductores que daban al rostro cierto aire de diabólico insecto y el susodicho pijo-pera acaballaba sobre su cocorota, normalmente algo rala, mientras dejaba derretir el hielo de su güisqui on the rocks sobre la barra de un selecto snack-bar junto a un paquete de cigarrillos rubios de importación. Como en esas décadas del desarrollismo anglófilo, vuelven las gafas de perilla y, de la mano de Operación Triunfo, la canción melódica al estilo del Festival de Benidorm con sus melifluos gorgoritos de solista rancio y cansino, rizando el rizo del empalago ñoño a base de mucho te quiero, vida mía y poco más. Después de cuarenta años de aquella primera –y por el momento última expedición lunar- cuando las producciones fílmicas de ciencia-ficción nos auguraban tras el 2000 la sustitución del chalé adosado por la nave espacial, la asistenta por horas por el robot doméstico y el rutinario trabajo de despacho por la lucha intergaláctica contra los extraterrestres, de piel porosa y verde y largas antenas, vuelven las chanclas hawaianas y hasta las estampitas de santos. Como objeto de uso común que ofrecer en las omnipresentes tiendas de los chinos, comercios que, por otra parte, recuperan el aire retro de aquellos bazares de pueblo abiertos a cualquier hora del día y su mestiza y amplísima oferta en la que abarcar desde la lata de chopped a la escobilla del wáter, el cuaderno escolar, la docena de huevos hasta la estampita del santo. En medio de nuestro siglo XXI y la noche oscura de la gran ciudad, siempre es factible el milagro de una tienda oriental abierta como oasis de luz que conforte cuerpo y espíritu por las pocas monedas que quedan en el bolsillo. Tres euros y te llevas a casa al momento la lata de atún y a San Antonio de Padua. O a San Pancracio o Santa Rita, patrona de lo imposible. Así andan los tiempos, nos volvemos santeros a fin de cuentas en el Apocalipsis del malogrado capitalismo. Lo que no han conseguido los obispos, lo logra la crisis; del banco, el pueblo vuelve los ojos al santo que no cobra mayor interés que la palomita flotando en aceite y alguna novena al caer la tarde. Desechando la creencia en la resurrección de la maltrecha economía a favor de la fe en el milagro, a precio de bazar chino, el ciudadano contemporáneo se redime del últimamente paganismo imperante y aboga por desempolvar el olvidado credo católico con todo su imaginero omnipotente. El ateismo es adecuado para momentos de boyancia material. Cuando se vive la vida tan ricamente, parece que trae al fresco que exista otra donde no está muy claro que haya televisores de plasma, jacuzzi y vacaciones al Caribe. Mientras la cuenta bancaria redunda de ceros el cielo puede esperar, pero no así si las cuentas no salen a fin de mes, entonces hay que poner al santo a funcionar y volver a recordar el Padre Nuestro. Será que sin que aún haya cuajado la polémica asignatura de “Educación para la Ciudadanía” que culmina el proceso de paganización de nuestra sociedad aconfesional, se nos llenen los hogares de imágenes sagradas y las iglesias de redimidos fieles. Las misas son gratis y el confesionario ha cumplido desde siempre, más o menos, la misma función que los careros psicólogos y psicoanalistas que, como todos sabemos, a fin de cuentas, no hacen milagros.

La crisis nos hace recuperar la fe en los santos y los viejos enseres del trastero; la sombrilla, las sillas plegables y la mesita, mobiliario que posibilita esas vacaciones familiares y económicas al borde del mar, cerca de casa. Y el Ayuntamiento fomenta el cine de verano gratuito, bravo por el Ayuntamiento. Ese cine de verano con sabor a antaño, como a revival de Cinema Paradiso, donde se mezcla aromático el olor a pipas, jazmín y dama de noche y se cenan bocadillos con la vista asomada a la fascinación de la gran pantalla y las estrellas. Nosotros, los de antes, volvemos a ser los mismos, componiendo esa estampa de algún episodio de la nostálgica serie “Cuéntame”. No hemos regresado al futuro sino al pasado. Después de todo, todo vuelve. La vida no es un camino, sino una rotonda.

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