Ilimitada Cristina

Cristina González Moya

El pasado no pasa, se recicla en forma de obsesiones y sueños recurrentes. Cuando nos vence el cansancio muchas noches y a la hora de la siesta, recorremos con pasos sutiles ese espacio que nunca dejamos de habitar, que se vuelve a encender, apagado el último interruptor de la conciencia. Mientras vivimos, el pasado es una cuenta pendiente, un universo paralelo que reclama nuestra presencia, un capítulo abierto que jamás dejamos de escribir, ni resolver. Muchas noches de angustia, el sueño me devuelve al colegio, donde tengo que volver a recuperar un examen de matemáticas, del que no tengo la más remota idea. Entre mis compañeras, aún con sus intactas edades infantiles, visto el uniforme escolar, corto, estrecho e incoherente sobre mi cuerpo de adulta como la Peggy Sue de Coppola. Nada cambia en ese lugar estanco por más que lo visite; el aula con sus pupitres perfectamente alineados, el gesto adusto del temido profesor, el crucifijo sobre la pizarra donde la tiza plantea unas complejas ecuaciones que yo nunca voy a resolver, mis manos sudorosas sobre el folio en blanco y los minutos que, en su carrera insolente, aproximan la hora de entrega del examen nefasto. Pasan los años, pero el pasado nunca pasa del todo; ahí sigue merodeando para hacerte daño en el mismo sitio, para recordarte que eres lo que fuiste, al fin y al cabo. Al pasado, ese animal dormido en el sótano de la memoria, lo despiertan los sueños obsesivos y detalles sutiles como un olor o un sabor; el de la magdalena de Proust, por ejemplo. También incluso, gracias a ciertas bondades de internet- que también las tiene- un correo electrónico, cuyo remite te suena a arroba de amiga, a infancia con “a” de alegría, a sirena de recreo; a reencuentro. Entre mi sólita correspondencia virtual, hoy descubro un mensaje de mi mejor amiga de la infancia, Cristina González Moya, y esa jornada mustia y gris hasta el momento, se ilumina evocadora con los recuerdos más radiantes de la niñez. En esa mujer ahora tan ilustre, concejala por el Ayuntamiento de Granada, de currículo profesional y universitario tan vertiginoso como abrumador, que me invita a la presentación de su último libro, yo reencuentro a aquella compañera de recreos, extraordinaria y singular, que me hizo más liviana y feliz la estancia en ese paraíso llamado “niñez” del que siempre me sentí algo proscrita por mis botas ortopédicas y mi escasa o nula afición al ejercicio físico. Siempre fui demasiado adulta para ser niña y demasiado niña para ser adulta, pero su compañía, su charla sabia y brillante, la genialidad de su humor y ese talento que desmentía sus pocos años, me salvaron de ser aquel bicho raro que vagaba por el patio en soledad. Aprendí, junto a ella, a ver mucho más allá de lo evidente, Cristina, era –es- como esos ciegos de Galdós, cuya vista privilegiada les permite captar, por encima de las engañosas apariencias, la esencia auténtica de las cosas y las personas, y su agudo espíritu crítico no dejaba materia que someter a un quirúrgico análisis, sin dejarse en el tintero, la acidez y toda la gracia del mundo. Si no a saltar a la comba o al elástico, en aquellas mañanas de recreo, aprendimos a volar; compartimos aficiones literarias y elementales inquietudes políticas e, incluso, haciendo nuestros primeros pinitos literarios, un premio que convocaba UNICEF. Para colmo de rarezas, yo era una niña-poeta, lo cual llevaba con tremenda vergüenza; Cristina, en cambio, con total desenfado, le daba a todos los palos; poesía, narrativa y teatro, haciéndome actriz partícipe de uno de sus sainetes –para mayor superación de mi flagrante timidez-. A partir del COU, seguí su pista de modo intermitente. Supe que había cursado la carrera de Derecho a base de matrículas de honor, así como la licenciatura de Música y un master en Economía. Y, por un programa de Jesús Quintero, que era, a los veintiséis años, Vicepresidenta de la ONCE. Allí, al otro lado de la pequeña pantalla, vi a mi inefable amiga, en versión rubio platino y minifaldera, coquetear descarada con el algo intimidado “Loco de la colina” –pues Cristina, además de vocación política y literaria, tenía ciertas ínfulas de vampiresa-.
En esta reciente ocasión, me entero, por su correo electrónico, que presenta libro, “El escalón de cristal”, donde lanza la reivindicación de un nuevo término, “el discafeminismo”, que consiste en la denuncia del machismo que sufren las mujeres discapacitadas por sus consabidas limitaciones. Desde mi siempre profunda admiración, aplaudo la iniciativa de mi valiente y sorprendente amiga y la suerte –y también el valor- que tiene “ese hombre de sus sueños” con el cual convive desde hace quince años para cohabitar con hembra tan bravía, aunque me cuesta asociar a Cristina con una mujer discapacitada y con limitaciones. Nunca he conocido persona más capacitada e ilimitada que ésta. En vista de lo cual, y tal y como están las cosas, además de felicitaciones, vaya la contemplación de su candidatura a la presidencia del Gobierno. Que se haga la luz.

P.D: El inventario “Corazones rotos” declara su premio desierto por falta de testimonios. Nos congracia saber que los corazones de nuestros lectores gozan de tan buena salud, aunque eso vaya en detrimento de este blog -y, si acaso, de la creación literaria- pero os queremos igual. A partir del lunes, abrimos nuevo inventario, espero que con más fortuna “Inventario de sueños obsesivos”. Esta bloguera se sigue presentando en sueños a exámenes de matemáticas ¿Y tú?

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Comentarios

Magnifico artículo. Hermoso el tema que abordas…, estoy deseando leer ese libro de tu amiga Cristina…

Es absolutamente emocionante y sincero este artículo .
No hay que perderse a a. vazquez y el parque del oeste o bomarzo

¡“Concurso desierto” por falta de testimonios! Yo he contado al menos tres -testimonios-, así que el motivo -del desierto- no se sostiene con ese criterio. Tendría que buscar usted otro -criterio-, señorita Lola.

PD
Cristina tiene mucho mérito.
Usted también, pese a los borroncillos.

Tal vez haya envíado usted tales testimonios a otro blog, pues yo no los he recibido ¿Sería tan amable de comprobarlo?
Muchas gracias. Continuamos a la espera.

Estimada señorita, si lee -bien- usted mi comentario de las 15:08 horas, puede comprobar que dice: “…yo he contado…” -entre ellos el de usted-, así pues, le puedo asegurar que no he enviado comentario a blog alguno. Lo que quería decir es, que no puede quedar desierto el premio por falta de testimonios pues sí que los había aunque fueran pocos.

Sin más, y rogándole explique su polémica decisión, reciba usted un cordial saludo.

palabra,señor jorge,que la única controversia o discusión que despierta el desierto certamen es con vuesa merced.una discusión con uno no va más allá de la leve discrepancia.déjelo estar ,y si doña lola prefiere,pelillos a la mar y deje el tema.para mí que no tuvo eco y los testimonios no despertaron gran interés(siendo amable la apreciación,etc).no discutan por matices que de gruesos no entran por el cedazo.la animadversión no ayuda.sosiego.

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