Asalto a palacio

Los palacios son también para el verano. Todo viaje, más aún si es organizado, incluye la visita a uno o varios palacios. Y así esas residencias exclusivas donde se gestaron las más nobles dinastías y rancios abolengos hormiguean de tropas de turistas, masificando en chanclas, pantalón corto y riñonera los salones de pulidos suelos de mármol, donde danzaban antaño petimetres con bombachos de gala, camisas de encajes, peluca empolvada y lunares postizos.
Revestida de interés intelectual, la visita a palacio es en lo más suave un acto democrático y en lo más crudo, una toma de la bastilla, un ajuste de cuentas a los privilegios seculares de los linajes. Cualquiera que tenga unas monedas para pagar la entrada puede profanar la intimidad del duque de Archindenbergo o el príncipe de Florindargen; meter las narices en sus aposentos, posar miradas inspectivas sobre los catres en los que se concibieron tantas generaciones de ilustre descendencia, hacer fotos incluso de su urinal o de su rascador para las pulgas.
En un ángulo del salón, una mujer de presencia recia e imperativa alza en su mano derecha un cartón con el logotipo de una agencia para convocar en torno a sí al grupo que tiene asignado como guía, mientras otras y otros en dispersos rincones con idéntica función pastorean a sus respectivos rebaños plurilingües. De tal modo, los usos y costumbres del duque de Archindenbergo y su ilustrísima esposa, Carlota de Lorobailer, andan pregonados en todos los idiomas de Babel, haciendo eco por gabinetes y aposentos, mientras el sudor intenso, código olfativo que hermana a cada una de las tribus por encima de las discrepancias idiomáticas, hace arrugar la nariz a los fantasmas de los duques desde la pose majestuosa de sus retratos. “El turismo es un acto de terrorismo estético y huele a pies y a sobaco”, diría Carlota si la dejaran, coreada por los lechuguinos de su corte.
El asalto a palacio, dentro del ritual del viaje, y el viaje mismo, se han democratizado gracias a los vuelos low cost y ya cualquier hijo de vecino es concebible en cualquier punto del planeta sin necesidad de apellidos compuestos.
A duras penas, los nostálgicos de las jerarquías, intentan defender su rango, contratando vagón de lujo en el tren, Business class en el avión y suite con terraza panorámica en el hotel “Excellence”. Pero finalmente acaban confundiéndose con los cualquieras por las mismas rutas, hermanando sus sudores en la visita de rigor a tal iglesia o castillo e indistintos en el batiburrillo de la masa.
En aquel salón de los Archindenbergo, en torno a la guía, unos cuantos del grupo siguen el hilo de sus explicaciones y hacen preguntas, como los pelotas de la clase, pero otros rezagados con expresión de somnoliento fastidio echan de menos la siesta de rigor tras el reciente almuerzo y lanzan miradas de codicioso rencor a esos divanes forrados de terciopelo en exposición sobre los que darían tan grata cabezadita.
Se mira, pero no se toca; estos son los límites de la democracia en la visita palaciega.
Otros inquilinos ocasionales de la residencia ducal van a su aire. Son turistas sin tour que se informan por los audífonos o los carteles ilustrativos de la utilidad de aquellas estancias por las que van pasando. Resulta que éste espacio, multiplicado por los espejos, era el vestidor donde la noble Carlota se cambiaba de ropa tres veces al día, que aquel era su comedor de invierno en el ala soleada y ese otro en el ala más sombría, el comedor de verano, y que unos pasos más allá, asomada al mar, está la biblioteca donde el duque de Archindenbergo pasaba sus ratos de ocio contemplativo, flanqueado en cada esquina por los bustos de quienes representan los pilares de la literatura universal; Homero, Shakespeare, Dante y Goethe.
De entre los visitantes, los hay que interiorizan la información con benevolencia y otros con cólera. El mismo pensamiento exclamativo “Qué bien vivía el duque de A.”, adquiere en unos tintes de admiración y en otros de resentimiento. Los primeros son aquellos que se complacen en el lujo ajeno, como si les bastase el roce con el espejismo. Igual también disfrutan en la sala de espera del dentista, hojeando en papel cuché las fastuosas villas y chalés de éste o el otro.
Los segundos son más críticos y ven un agravio en los lujos de Archindenbergo y la Carlota, pues a saber en qué condiciones viviría la numerosa servidumbre que atendía el palacio, mientras Archin perdía su mirada contemplativa en el mar, después de leer sus gruesos volúmenes forrados en piel y escribir unas notas con su pluma de ave sobre la suntuosa mesa de su biblioteca. Y lo que es peor, cómo morirían los otros habitantes fuera de palacio, víctimas de epidemias y miserias.
Archindenbergo y otros de su calaña pensaron que podrían siempre mantener los límites, pero ahora los descendientes de todos aquellos desarrapados le invaden el palacio sin pudor, se ríen en sus nobilísimas barbas de sus cuernos y hasta sacan fotos de su urinal. Hay que joderse.

Contar hasta diez

Nunca he entendido por qué el diez es el número de la excelencia, si no tal vez porque es la máxima cifra que se puede contar con los dedos de las manos, pero está claro que, por uno u otro motivo, el diez es símbolo de perfección y garantía de máxima calidad.
Diez era la nota del empollón de la clase o del pelota, pues estas condiciones a veces iban unidas y otras no. Entre los niños de diez, siempre ha habido dos clases; aquellos que eran, en realidad, de ocho, pero redondeaban los dos puntos por su buena predisposición hacia el profesor y los del diez objetivo. Tanto a unos como a otros se los miraba con cierta aversión. Los primeros daban grima y los segundos, miedo.
Algunas veces, con el paso de los años, todos nos hemos preguntado dónde estarían estos chicos de diez en todo, que tanto avivaron nuestros complejos infantiles, y los hemos buscado en el Google sin ningún éxito. Tal vez porque, curiosamente, la brillantez académica no es tanto síntoma de inteligencia como de orden y constancia o porque la inteligencia misma, en todo caso, en nada es garantía de triunfo social. A fin de cuentas, vemos malgastarse por la vida muchas superinteligencias sin pena ni gloria, mientras los mediocres culminan las cimas de lo que sea, también del poder; me cachis.
Aunque valga decir que la definición de mediocre no sería la del niño que sacaba cinco en el colegio. Como los chicos de diez, también hay dos clases de chicos de cinco. Los que sacan cinco porque no dan más de sí, algo muy mal llevado por sus padres, y los que lo hacen porque su brillantez no es susceptible de encajar en los rigores académicos. Ejemplos de ello pudieron ser los poetas, Antonio Machado o García Lorca. Aunque está claro que no todo el que saca un cinco es Lorca ni Machado, como no es Einstein todo aquel que suspende las matemáticas. Si bien haya que precisar que, entre suspensos y casos imposibles, ha habido siempre mucho sobredotado sin detectar. Yo conocí, en concreto, a una chica llamada Loreto, cuyas habilidades daban, igual para pintar en un momento un retrato al carboncillo a lo Durero que para memorizar los contenidos de un examen en unos minutos y luego sacar un diez; claro que aquellas competencias sólo tenía oportunidad de exhibirlas las pocas veces que podía venir a clase, pues su madre, viuda y completamente desquiciada, la solía dejar sola, encerrada en casa, con la llave del agua cerrada. Finalmente, al acabar la EGB, puso una peluquería a la que nunca entraba nadie, por no predicar la propietaria con el ejemplo, ya que la habilidad de Loreto era más para usar la cabeza que para lavársela. La poca costumbre.
Como decía una buena amiga mía, nosotros creemos elegir nuestra vida, pero lo que ocurre es sólo que la vida juega con nosotros y nos arrastra a su capricho hacia donde menos esperábamos. Leo, por ejemplo, en una entrevista al célebre escritor malagueño, Antonio Soler, que, en el instituto sólo sacaba buena nota en educación física y su aspiración era ser atleta, pero un accidente de tráfico truncó tal determinación, de modo, que, en su convalecencia, se le definió su vocación por la literatura. Igual Julio Iglesias, después de jugar como portero en las categorías inferiores del Real Madrid, también tuvo un accidente de tráfico del que se recuperó con una guitarra en la mano, sin saber que esa circunstancia se convertiría en el principio de una carrera musical que lo llevaría a ser uno de los cantantes más reconocidos a nivel internacional. La vida no es destino, es accidente, y se abre paso como quiere y cuando le da la gana. Pobres de nosotros, que queremos preverla u ordenarla del uno al diez con los dedos de las manos y así elaborar listas obsesivas sobre cualquier materia; los diez mejores libros de la literatura universal, las diez canciones más inolvidables de la historia, los diez pintores más revolucionarios o los diez políticos más influyentes o las diez personas más ricas del mundo o las más guapas o hasta los diez consejos para lucir una figura envidiable o para encontrar pareja o conservarla. Conocí a una chica que se especializaba en escribir estas listas de diez para revistas femeninas y terminó tomándole manía al diez. Se hartó de ser una chica diez y prefirió ser una chica veinte o mejor veintitrés sin cifras redondas, como le fuese viniendo la cosa sin tener que redactar mandamientos, que ni ella misma acataba. Así que sus perfecciones e imperfecciones, a partir de ahí, fueron incomputables. Y casi encontró la felicidad.
A mí, en particular, me desesperan las listas de los diez libros más urgentes e imprescindibles, que nombrados así me dan estrés; todo lo contrario que busco en la lectura.
Sin duda, no son diez sino cien o doscientos los libros que son tan imprescindibles en nuestra vida, pero saben llegar sin prisas en el momento que los necesitamos. Y hacerse querer como esa decisiva aventura que se instala en nuestra existencia con el encanto de lo casual.

La luna sobre Tánger

Agosto no es el mes más propicio para visitar Tánger, pero no siempre podemos viajar a los lugares en primavera u otoño como aconsejan las guías. Después de todo, el viaje no llega a ser nunca una experiencia completa si no se aceptan con ánimo ecuánime, los imprevistos y un cierto grado de incomodidad que van incluidos en la aventura y harán, en compensación, más gratos los momentos placenteros.
Por ejemplo, es casi inevitable llegar al puerto de Tánger en Ferry con una sensación de mareo, pues la embarcación suele ser sacudida fuertemente por el bravío oleaje del estrecho, aunque valga decir que la belleza del recorrido bien lo vale.
Al llegar a tierra firme al mareo se añadirá una sensación de sofoco, pues el calor en verano es bastante bochornoso. Nada que no se pueda, sin embargo, combatir con ropas amplias y un buen sombrero. Lo que será, sin duda, mucho más difícil es liberarse de la multitud de guías espontáneos que te saldrán al paso para ofrecerte un tour por la ciudad o llevarte al hotel en taxi, que no te convendrá si no llevas mucho equipaje, pues los hoteles más populares están a tiro de piedra en la medina. No obstante, déjate acompañar a pie por alguno de ellos. Bastarán veinte dirham (dos euros) para que tú puedas disfrutar de un magnífico recibimiento y él de un pequeño almuerzo.
Probablemente, si tu hotel está en la medina, será de los clásicos, no tendrá piscina, y tal vez quieras darte un baño en la playa. Desistirás, pues allí lo usual es que las mujeres se zambullan en el agua con una chilaba hasta los pies y los bikinis son todavía una prenda inaudita. Tampoco el pantalón corto es la mejor opción para pasar desapercibida por las calles. Si deseas liberarte de ciertas miradas oscuras y algunos piropos incómodos, mejor te compras unos bombachos de los que ofrecen en las tiendas del paseo marítimo y, con ellos, te vas a explorar la Kasbah. Ese hermoso Dédalo de calles pintorescas que transitan entre casitas coloreadas, ataviadas de azulejos y macetas en la cima amurallada de la ciudad, donde se encuentra el museo, la mezquita, la vivienda del pintor Matisse y el alojamiento ocasional de los Rolling Stones, según te explicará el guía que, espontáneamente, te haya asaltado en ese momento. Igual, a fin de cuentas, te propongo rendirte a las circunstancias y aceptar alguno de ellos, el que te caiga más simpático o te parezca más necesitado. Sus explicaciones valdrán mucho y costarán poco; la voluntad, que, siendo la apropiada, ronda los 100 dirham (10 euros). O sea, lo mismo que le pagas a un guía occidental, que hace la misma tarea y quizás con mucha menos gracia.
De un modo o de otro, acabarás tomándote, a sorbos lentos, un té con hierbabuena en las terrazas del Hafa Café, asomadas al panorama marino, que tanto inspiraron a Paul Bowles y tan bien recrea la canción de Luis Eduardo Aute.
Disfruta de ese oasis de paz antes de bajar a la medina, donde volverá a asaltarte el bullicio propio de la ciudad y esa concentración de fragancias primarias que ofrecen en los apilados comercios las más variadas mercancías; sacos de especias, pieles curtidas en cinturones, bolsos y maletas, carne halal recién sacrificada, perfumes de esencias penetrantes con las notas más vivas del mismo corazón de las flores. Acostúmbrate al olor sin dejarte agobiar por el sofoco o confundir por el acoso de los comerciantes que, a cada paso, te invitarán con insistencia a pasar a su tienda. Entra en alguna, la que más te atraiga, seguro que encuentras algo que te gusta. Y no te preocupes por el regateo; paga por cada objeto lo que creas, en justicia, que vale, como lo harías en tu propio país, que, al final, el dueño te estrechará la mano y te llamará “amigo”. Y asi, si no quieres, no te verás forzado a seguir comprando. Los tangerinos se dan por satisfechos cuando ven pasar a un extranjero con bolsas. Entrar en la medina y comprar algo, lo que sea, es un acto de cortesía.
Si tienes sed y quieres algo más fresquito que el té o el café, puedes tomar la naranjada de los puestos callejeros. No está tan fría como nuestras cervezas, pero es deliciosa. Por lo demás, la cerveza es un artículo muy difícil de encontrar en Tánger. Sólo la hallarás a precio de oro en los bares de hoteles para extranjeros de la zona nueva y en una taberna española del puerto, donde un joven marroquí muy avispado, si eso no es nombrar ya la redundancia, se la ofrece a los turistas, que adivina españoles, con un perfecto acento madrileño; “Oyes, ¿no quieres tomarte una caña? Las tengo con alcohol”. También por allí rondarán los ancianos que, fingiendo querer venderte una piedra semipreciosa, luego te ofertan hachís. Pero para embriagarse en Tánger, sólo hace falta esperar a que salga la luna. Si los días son, en verano, a veces, un infierno, las noches son el paraíso. Con una ducha recién puesta, volverás a las calles de la Kasbah, por donde ya corren ráfagas de aire fresco y, al bajar la cuesta, cenarás, en un restaurante, entre almohadones, tajine de cordero y pastela, mientras los músicos sacan una melodía hechicera de sus primitivos instrumentos. Un lujo que vale mucho y cuesta muy poco, como casi todo en Tánger. Y, al regresar al hotel, antes de dormir, gozarás en la terraza de una magnífica luna sobre el mar. Y te alegrarás de haber llegado hasta allí. Y regresar.

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Versiones

No me gustan las versiones. Me fastidia bastante, por ejemplo, que tomen una pieza de música clásica y la conviertan en hilo ambiental para los probadores de unos grandes almacenes. Los clásicos están bien como están ¿a qué viene enmendarles la plana? ¿A qué esa manía de bajarlos de nivel para hacerlos accesibles al público, cuando lo ideal sería subir los niveles del público para que puedan acceder a los clásicos?
Yo tengo la idea, nada popular, de que antes que popularizar la cultura, hay que culturizar al pueblo y espero que lo que digo no parezca una versión de las consignas de Giner de los Ríos o de Ortega, que, como toda versión, sería de una presunción nefasta.
En suma y, a grandes rasgos, no creo en esa estrategia de hacer la cultura divertida para atraer a las masas. La cultura no tiene que ser divertida y muchas veces no lo es, aunque lleve implícito el humor, porque el humor cuenta con muchos sobreentendidos que, si no se entienden, no hacen puñetera gracia. Kafka, por ejemplo, es muy gracioso si lo pillas, pero, si no lo pillas, es un tremendo tostón. En fin, a Kafka nadie se ha atrevido a popularizarlo, a Machado sí. Y yo me pregunto ¿es que Machado no era ya lo suficiente popular para tener que popularizarlo más todavía? El escritor definió la poesía como “Ni mármol duro y eterno/ ni música ni pintura/ sino palabra en el tiempo/ y, sin embargo, pasó a la historia con unos arreglos en plan pop de los 70, que serían pegadizos, pero que hicieron creer a unos cuantos que “Caminante, no hay camino” era una canción de Serrat. Una canción pop. Si le hacen lo mismo a Juan Ramón Jiménez, sale de su tumba y no deja títere con cabeza.
Versiones. La poesía no es siempre un tema bailable ni la cultura una fiesta, como tampoco el gimnasio. Lo más divertido, después de sudar varias horas en diferentes máquinas de tortura, es regresar a casa para darse una ducha y cenar. Pero, como dijo Epicuro, para que exista el placer debe existir el dolor y todo eso. La cultura también es eso; empieza a gustarte Schopenhauer, cuando llevas siete días de leerlo y no enterarte de nada y, por fin, al octavo das con el sentido de una parrafada. De Kant ni hablamos.
Yo he pasado veranos muy tórridos, leyendo a Albert Camus, James Joyce, Sartre y Thomas Mann. No lo hacía por diversión, sino por imperativo. Esos libros eran los que tenía mi tía en la colección de clásicos de la literatura universal, que le había comprado a un vendedor ambulante. O sea, era eso o nada. De modo que, el verano iba del dolor al placer paulatinamente hasta el súmmum, porque, al acabarlo, te liberabas del calor y de tanta angustia existencial.
Versiones ¿para qué? Explicar la cultura es como explicar un chiste ¿para qué traducir una obra del siglo XVII al lenguaje actual? Mejor aprender qué significa rufián a que nos digan que es “un tío chungo”, si es que todavía se dice “tío chungo”, porque los clásicos no, pero las versiones envejecen enseguida.
Pero peor que hacer una versión de algo es ser una versión de alguien. Por ejemplo, que digan que Audrey Tautou es la nueva Audrey Hepburn o que George Clooney es el nuevo Cary Grant.
Cuando ganen en personalidad propia, también notarán el paso del tiempo, porque ya se dirá que tal es la nueva Audrey Tautou y ese otro el nuevo George Clooney.
En política, las versiones se actualizan menos, si es cuestión de disuadir y acojonar hacia un líder de derechas o de izquierdas se toma como referente a Hitler o a Stalin.
¿Dónde está la chispa de novedad? ¿Dónde el ansiado estallido de lo inaudito? ¿La irrupción de la originalidad que reivindicaban los románticos con el afán que le copiamos los que somos versiones de sus mismos afanes?
La respuesta es Láncara, un municipio ganadero de Lugo de 3.000 habitantes, asfixiado por la cuota láctea y la crisis, que, en pos de la supervivencia, busca un atractivo turístico para darle alguna vidilla a sus arcas vacías. Su baza es contar con la vivienda humildísima, donde nació el padre de Fidel y Raúl Castro que emigró a Cuba. Ya en 1992, un alcalde socialista que luego se pasó al PP, nombró a Fidel, Hijo Predilecto y hasta allí fue el prócer comunista a recibir un homenaje, en el que participó Manuel Fraga Iribarne muy emocionado por ser él también hijo de lucense, emigrado a Cuba. Un país donde él mismo ya había sido recibido a cuerpo de Rey sin que su confesión derechista les estorbase ni a los anfitriones ni a sí mismo. Cuando el hermanamiento es sincero de qué valen las fronteras ideológicas. Fidel se deshizo en loas a Fraga y éste gritó “Cuba libre”.
Ahora Piñeiro, el actual alcalde de Láncara, ha hecho hijo predilecto de su pueblo a Raúl Castro. Dice que no está de acuerdo con su ideología, pero que el municipio necesita ingresos y ahí está la cuestión. Así que brindo por Láncara, sus circunstancias, y su alcalde que tiene una cualidad originalísima en estos tiempos; la total sinceridad.

Frivolidades

Las frivolidades son para el verano. Tal vez porque sugieren frío y, en estas fechas, combatir el calor se convierte en la mayor prioridad. Sin embargo, las frivolidades no tratan de asuntos fríos, sino de temas muy calientes. Por lo general, de affaires, líos de cama y pasiones muy tórridas. Hay otros apartados en el ámbito de las frivolidades, pero interesan menos. Debe ser por ese mismo resorte del comportamiento humano que hace que, entre tantos asuntos graves, lo que más preocupe sea que unas cuantas familias se hayan puesto en pelotas en una piscina pública de Arganzuela. Eso dirá mucho de la superficialidad de la masa, pero, en suma, indica que estamos vivos, después de todo.
Entre negros titulares que anuncian las miserias de la realidad, guerras, atentados, desahucios, paro, corrupción, enfermos que languidecen en hospitales por falta de personal, las frivolidades transcurren en un mundo paralelo a todo color en la revista, incluida dentro del periódico. Son un mundo dentro de otro mundo. Un mundo que es una burbuja de bienestar, poblado de restaurantes de lujo y piscinas paisajísticas, cuyos habitantes, ajenos a cualquier dolor, beben daiquiris, luciendo figuras espectaculares en traje de baño con la sola inquietud de elegir con tino la indumentaria adecuada para impactar en la fiesta de turno al llegar la noche y la sola determinación de hacer su vida sentimental tan azarosa que mantenga el interés de su audiencia, sedienta de emociones. Mientras el mundo se derrumba, ellos se enamoran continuamente como en Casablanca. No es que sus sentimientos sean tan volátiles; es que es su trabajo.
Luisito de Roncesvalles, tras dar un trago despacioso a su Bloody Mary, propio de una mañana de resaca después del evento de la noche anterior, llama a su vieja amiga Cuchita Gallifresca:
-Mira, Cuchita, ¿qué te parece si desvelas que tuvimos un romance hace cuatro años, cuando aún ambos estábamos casados?
Cuchita, que es más profesional, sugiere:
-¿Y qué tal si te acercas a mi chalé a la hora del aperitivo, nos damos unos besos en la puerta y que nos fotografíen los paparazzi?
-Quita, quita, Cuchita, con el calor que hace, qué pereza. Mejor desvelas tú el romance por tu cuenta, que yo saldré luego encolerizado a desmentirlo. Eso nos da, por lo menos, para cinco programas de tertulia.
-¿Con un romance supuesto de hace cuatro años? Cómo se ve que eres un inconsciente, my Darling. No te haces una idea de lo alto que han puesto el listón esos famosillos de medio pelo de los reality shows. Ellos exhiben sus encuentros carnales en vivo y en directo y los venden a porrillo.
- Desde luego qué poca clase tiene esa gentuza. ¿Pero tú crees, Cuchita, que esos horteras aficionados nos van a hacer sombra? Donde se ponga la promiscuidad de la aristocracia, que se quiten las réplicas. Somos un clásico.
-Sí, cariño, yo concretamente Diógenes, si no vendo otro escándalo sexual, voy a tener que irme a dormir a un tonel. Ya no puedo ni pagar al jardinero.
Frivolidades ¿Por qué interesa más saber con quién se acostó el conde Lecquio que los entresijos de la política internacional cuando el enigma es igual de irresoluble? Ya no somos esa sociedad inocente que creía poder vivir en paz, sin que los asuntos de peso afectasen su discurrir cotidiano. Los infortunios han logrado que la masa se interese por la política y la economía. A fin de cuentas, resultaba que eran materias que podían afectarnos, más allá de lo abstracto.
Pero eso se sabe luego cuando recortan personal de la empresa o la cierran y no tienes dónde ir, pues el desahucio te destierra de tu casa. Entonces sí quieres saber qué pasa, aunque eso no te ayude a remediarlo, pero te pierdes porque los asuntos complejos responden a motivos oscuros o bien tan obvios, que ni siquiera se te pasan por la cabeza.
Política internacional ¿cómo vamos a saber lo que pasa en Siria o en Turquía si ignoramos lo que ocurre en la propia España? El verdadero motivo que nos tiene sin gobierno formal desde hace la pila de meses. Y es que ahora se comprende que la política de España, de la que se hablaba tan poco antes de la crisis, se mueve por los hilos de la política internacional, de la que se hablaba menos todavía y eso también se nos cuela en la vida cotidiana, porque, en cualquier momento, vas a darte un paseíto por la calle y caes víctima de un atentado terrorista, que esto se extiende como la pólvora. Igual ese día en el que, por fin, te ibas a enterar si el conde Lecquio se acostó o no con aquella.
En su mundo paralelo a todo color, Lecquio y sus secuaces, sin despeinarse, seguirán brindando con daiquiris, mientras planean su próxima fiesta exclusiva. Y algún desheredado mirará fascinado la pantalla como miraba Mia Farrow “La rosa púrpura del Cairo”.

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Violaciones

Violaciones. El Ayuntamiento de Málaga lanza la primera campaña contra las agresiones sexuales en la Feria de Agosto para evitar que se repita la oleada de violaciones del pasado San Fermín.
Violaciones. Algo ha debido fallar en el sistema educativo para que ahora tengamos que contar, en pleno siglo XXI de un país democrático, con conductas tan brutalmente ancestrales, propias de las sociedades más primitivas.
Parece que, a la postre, las campañas de coeducación y las lecciones de educación sexual, ilustradas a menudo con visitas de la monitora a los centros educativos no han funcionado como debieran. No es que fallase el contenido, sino tal vez la estrategia.
Cuando los principios cívicos son inculcados como una especie de catecismo laico, tienden a ser considerados como materia de solemne tostón para los adolescentes, igual que las antiguas clases de religión. Tal vez, más bien lo suyo, sería que copiasen del natural; o sea que los modelos de conducta ejemplares, recreados en su familia y el resto de la sociedad, les saliesen al paso de modo espontáneo y así pudiesen verse reflejados en ese espejo. A ese objeto habría que mimar y propagar la cultura, pues la ignorancia es el terreno más propicio para que se desarrollen este tipo de comportamientos brutales y primarios.
Ciertamente, urge plantear soluciones a un problema real, cuando, según datos recientes, el sexismo se extiende como un cáncer entre las nuevas generaciones ¿a qué se deberá este retroceso? Los especialistas apuntan a que los adolescentes emulan los modelos que reproducen novelas y series juveniles, donde el chico presenta un perfil dominante y protector frente a una chica eclipsada y sometida. Por lo general, el argumento de estas historias de éxito plantea que la buena chica se quede prendada del “malote”; el típico gallo del corral que, sacando pecho, convoca a su alrededor al coro de gallinas cluecas. Y, dado que las modas moldean el comportamiento humano más que ninguna otra cosa por aquella tendencia a la imitación que hemos heredado de nuestro antepasado el mono, parece que este estereotipo se esté propagando de manera irremediable. La vuelta al machismo atávico que se llama y que viene acompañada de otros complementos, muy dignos de considerar. Por ejemplo, la chica que aspire a tener un mayor éxito en las redes, donde ahora se cuece el triunfo social, habrá de ser sexy, divertida y “ocultar su inteligencia”. Madre mía, no había leído algo semejante desde aquellos manuales de buenas formas para señoritas que investigó Carmen Martín Gaite en su ensayo “Usos amorosos de la posguerra española”. Según dichas reliquias reaccionarias, redactadas por supuestas condesas o marquesas, que igual eran un tío con toda la barba camuflado como la propia Elena Francis, la muchacha en estado de merecer debía hacerse la boba y no agraviar a los candidatos con razonamientos demasiados sesudos que los pusieran en evidencia e hiciesen peligrar su estatus de superioridad y su autoestima, pues, en ese caso, corría el riesgo probabilísimo de quedarse solterona; la peor de las desgracias según Elena Francis y su secuela de supuestas marquesonas gallipavas.
Pues bien, estas consignas que por descabelladas tanto me hicieron reír en su día, resulta que han vuelto a imponerse con fuerza nueva (nunca mejor dicho) y son tal vez las que impelen a nuestras chicas a hacerse selfies en retorcidas poses de contorsionismo porno, mostrando al móvil escote y morritos de mema y a no leer más novelas, si acaso, que aquellas sentimentales protagonizadas por el tipo machote que deja obnubilada a la tierna paloma con sus encantos viriles, por cierto muy en consonancia con aquellas del mismo género que, en tiempos del posfranquismo inmediato, escribían también las supuestas marquesas en salto de cama, aquejadas por un agudo ataque de Spleen.
Y es que, en fin, hay modas modernas que parecen de lo más antiguas. Aunque todavía, dada la celeridad con la que se está dando la involución, podemos remontarnos a tiempos más pretéritos, de cuando el australopithecus sacaba de la gruta a la hembra, arrastrándola por los pelos.
A mí me parece así, si después de tanta retórica que se ha desgastado improductivamente a favor de la igualdad de sexos y en contra de la violencia de género, hay que simplificar el mensaje a los violadores para que la planicie de sus mentes lo pueda asimilar con la oportuna claridad y concisión. “No es no”, ¿queda claro?

Cementerio de San Miguel

Formaba parte de mis rutinas cotidianas. Sus cúpulas y obeliscos, erguidos al cielo, y, envueltos, a veces, en la luz espectral de la luna llena, cuando todavía no había amanecido y los dejaba a una orilla de mi ruta, de camino al trabajo.
Disfrutaba de aquella visión, creyendo que más temprano que tarde, la fatalidad de alguna remodelación urbanística, evaporaría a mi retina aquella burbuja suntuosa y fúnebre, incongruente y aristocrática, en medio de un basural, donde merodeaban las ratas, dándole su toque de delirio onírico a lo Allan Poe, pero la salvó la tenacidad de una sociedad pintoresca que recordaba a aquellas sociedades secretas de la nocturnidad romántica “Sociedad de amigos del Cementerio de San Miguel”, que reivindicaba aquel camposanto como parte del patrimonio artístico malagueño y testigo de doscientos años de su historia.
Gracias a sus reivindicaciones, se preservaron los panteones de las más rancias familias y el basural fue sustituido por un parque que dignificó la estampa del lugar, devolviéndole su elegancia decadente a salvo de la decrepitud, al modelo de esos cementerios que, en Edimburgo, con naturalidad, salen al paso del paseante en el vivido núcleo de la ciudad.
Que el Cementerio de San Miguel tuviese que ser conservado es algo que se comprende al viajar por el mundo y ver el respeto que en otros países comparten hacia sus espacios funerarios.
He visitado muchos de estos, todos admirables y variopintos. Los emblemáticos de París; el Père- Lachaise, donde Balzac, Oscar Wilde, Proust o Edith Piaf. El de Montmartre, que se abre con la tumba de Stendhal, el de los artistas bohemios en Montparnasse, y también he viajado muchos kilómetros desde allí al sur para reencontrarme en el pequeño pueblo costero de Collioure, la lápida de Antonio Machado cubierta con la bandera republicana y los poemas dedicados en jirones de papel por el puño y letra de sus millones de peregrinos.
He visto a la entrada de Nueva York, el inmenso camposanto, con sus ángeles de mármol, reduplicados de blancura por las nieves del invierno y, en el verano diáfano de Sidi Bou Said, tumbas en la arena de la playa que miraban al mar.
En Viena, aquel tan pequeñito, a un lado de la carretera, donde tal vez descanse Mozart. O tal vez no. En Buenos Aires, esa ciudad dentro de la ciudad, que es la Recoleta, con su frondoso callejero, poblado de tenebrosas leyendas y espectros parlantes, donde el cadáver embalsamado de Eva Perón sigue recibiendo más ramos de flores que el camerino de una artista y, en Isola Maggiore, al otro lado del lago Trasimeno, un rinconcito muy verde en la colina que rescata la memoria de los humildes difuntos isleños, con una foto ovalada junto a sus apellidos comunes.
Entre toda esta diversidad de lugares, con sus particularidades estéticas y el denominador común del respeto a los difuntos, San Miguel no podía ser menos. No sólo por la admiración que despierta su conjunto monumental, sino por lo que recrea nuestra historia más cercana.
Las sagas familiares, que ponen sus apellidos a cada panteón, pusieron los cimientos de lo que es hoy nuestra ciudad. Esa aristocracia de comerciantes e industriales, de procedencia inglesa, francesa, alemana y también italiana y hasta sueca que vino a instalarse en la urbe y diseñarla a lo cosmopolita para perpetuarse en matrimonios endogámicos con otras familias de cuño español. Muy reconocibles son apellidos como Larios, Heredia, Gálvez, García-Herrera, Loring, Pries, Gross, Krauel, Souviron, Scholtz, Degrain, Strachan, Taillefer, Ritwagen, Huelin, Caffarena, Franquelo, Grund, Barceló, etc…que también están presentes en la novela de Mercedes Formica “Monte de Sancha”.
Bien sé que hay quien considera un agravio rendirle pleitesía a estos panteones de alcurnia cuando hay tantas personas sin identificar amontonadas en fosas comunes, pero nadie hace justicia, negando la historia. Para eso; para rememorar la historia y dar a conocer sus aspectos más positivos, Federico Souviron, gerente de Parcemasa ha convocado las “Noches de verano en San Miguel”, coordinado con el grupo de teatro “Eventos con historia”, dirigido por Eduardo Nieto, que proponen visitas guiadas por el cementerio en las que los actores, caracterizados de época, familiarizan a los visitantes con las biografías de sus habitantes y las particularidades de su arquitectura y los reúnen con personajes redivivos como el padre Vicaría, confesor de Torrijos, la eterna viuda humanitaria, Trinidad Grund, el señorito torero, Rafael Gómez y Bradley, José Gálvez Ginachero, el médico altruista, o Amalia Heredia, protectora de las Bellas Artes. Aparte de esta primera ruta, habrá otras monográficas dedicadas a artistas plásticos (Moreno Carbonero, Muñoz Degrain…) escritores (Salvador Rueda, Arturo Reyes, Jane Bowles…) y políticos y economistas (Domingo Larios, Félix Sáenz, José Agustín Heredia…)
Una buena razón para adquirir las entradas a las visitas son las visitas en sí mismas y la otra que los beneficios irán al “Asilo de los Ángeles” y al comedor social de Santo Domingo. Así que la única razón para no comprarlas es que se hayan agotado ya ¿A qué estáis esperando?

El Autismo en tiempos de cólera

Luis Eduardo Aute

Más que de la proliferación de la poesía en la actualidad, podríamos hablar de la proliferación de los poetas o de quienes entienden por ese oficio de la palabra, la habilidad de colocarse un sombrero y hacer afirmaciones pretendidamente polémicas sin demasiado fundamento y, a veces, también sin demasiada gramática.
Se explica el volumen ingente de autores del verso por la facilidad que ahora supone el crearlo, pues ya no es sólo que se pueda (o incluso, dicen algunos, se deba) prescindir de las reglas métricas, sino que además tampoco parece de rigor que se observen las más elementales normas de la ortografía. Da bastante grima, la verdad, leer en las redes sociales esa prolífica producción de sintaxis torturada y manido vocabulario defectuoso que, sin sonrojo, se publica bajo el nombre de poemas con esa desfachatez impúdica y temeraria, tan propia del ignorante.
Cuando la poesía que ha sido por tradición un género de minorías se convierte en un género de mayorías, o deducimos que vivimos, pese a todo, en un siglo de erudición generalizada o admitimos que hablamos de otra cosa. Evidentemente, poema no es cualquier mancha de tinta en un papel o soporte electrónico, por más que se propugne la libertad creativa, ya rayana en el libertinaje por disfrazar de transgresión lo que sólo es impericia y desconocimiento. Creo, en fin, como Felipe Benítez Reyes, que, hay que conocer los géneros, aunque sea luego para transgredirlos. Lo demás es, simplemente, desorden.
A propósito de éste y otros temas, hablábamos en un curso de verano, organizado por la UMA y dirigido por Juan José Téllez, bajo el título de “Letras y música. Canciones entre dos siglos”, en el que se elucubraba sobre el hermanamiento de música y poesía. Conceptos que ya vienen asociados desde la antigüedad clásica, que define a la poesía lírica como aquella apropiada para ser cantada con el acompañamiento de la lira (de ahí su etimología) y otros instrumentos. Ambas artes, marcadas por las matemáticas del ritmo, la métrica y el pentagrama, han sido compatibles por naturaleza hasta fraguar felizmente en la canción de autor. El cantautor, desde los sesenta, ha sido el poeta completo en el sentido más clásico del término; una figura posible por su conocimiento de la métrica, la tradición poética y la música, que está perdiendo el relevo generacional por razones obvias. Al fin y al cabo, tanto la poesía como la música requieren disciplina y constancia, términos que aunque parezcan antitéticos a la creación artística, según Luis Eduardo Aute, son inherentes a ella. Si no lo que sale es lo que él llama con acierto el “batirruidillo” y que a mí se me figura como ese singénero globalizado desde yanquilandia, el rap, que no es música ni poesía exactamente y que Javier Ruibal definiría, más o menos, como la habilidad de enhebrar sandeces, hueras de forma y fondo, y a veces en inglés para disimular la magnitud de la estupidez expresada.
Pues, en fin, supongo que lo mismo podría considerar que los raperos son los cantautores de nuestro tiempo, si no fuese porque tengo un concepto mucho más elevado del cantautor, gracias al conocimiento de figuras como Aute; gigante en el uso de la palabra y el conocimiento de la música, del que he sido seguidora y estudiosa durante muchos años y a quien he reencontrado en este curso de verano, yo diría que sabio y desolado, términos algo sinónimos en estos tiempos.
El primer disco que escuché de Aute fue “Alma”; un poemario musicado sin desperdicio que había editado en un periodo de esplendida madurez, al que siguieron otros álbumes de idéntica calidad, que daban garantía de su crecimiento personal y formativo, después de aquellos temas juveniles, que eran eso; juveniles. Por algo hay que empezar. Pero si Aute sólo hubiese escrito “Aleluya”, “Rosas en el mar” y “Al alba” no estaría escribiendo estas líneas.
Poco creo en esos poetas que cifran sus logros en poemarios de juventud y luego se diluyen o empiezan a vender fruta podrida. El fenómeno Rimbaud es, como todo fenómeno, cosa rara, y no tópico recurrente.
Para mí, el poeta empieza a nacer como tal, después del dolor y las primeras cicatrices y eso, más o menos, llega sobre los treinta y tantos años. Podría poner aquí el verso de Luis Rosales, pero ya lo he puesto demasiadas veces.
En definitiva, para mí Aute, tomó su verdadera sustancialidad al editar “Espuma (Canciones eróticas)” y “De par en par”; discos a los que me retrotraje después de escuchar “Alma”.
A partir de ahí, se cimentó en su estilo un existencialismo muy personal, del que forma parte también el erotismo como forma de supervivencia.
Entre tantos títulos que manifiestan el Autismo referencial e intransferible, citaré canciones que bien pueden servir como manual de iniciación; “A vivir”, “Todo por sentir”, “De paso”, “Libertad” y “La belleza”. Sirvan éstas de ejemplo para dar la medida de lo que debe ser una canción de autor. Y no perder la perspectiva.

El regreso

Que no íbamos hacia el progreso, sino hacia el regreso, lo dijo aquel, y tenía razón. Porque la otra noche se me ocurrió poner la tele y me salió una película muy rancia en blanco negro, cuya trama se desarrollaba en una aldea, centrándose en el conflicto de unas damas, vestidas como de lagarteranas, que sufrían muchísimo de amores.
La que más sufría era una muchacha con cara de Dolorosa de viernes santo que lloraba lágrimas de cera por estar aquejada de una secreta y tórrida pasión hacía su padrastro, quien también herido por la misma flecha malsana, loco de celos, ahuyentaba a los pretendientes de su amada a escopetazos en un ambiente rural, muy de España profunda, donde pululaban personajes secundarios de apariencia silvestre y primaria, cejijuntos y con dentaduras difíciles de antes de la ortodoncia y sus alambres correctores.
Hubo en el metraje escenas muy emotivas como la del mozo honrado que le regala en la pedida de mano a la conflictiva prometida un escapulario. Un acto cargado de tintes edificantes y no menos pedagógicos, pues conviene que las nuevas generaciones conozcan bien en qué consiste el valor simbólico de objeto tan sustancial.
La película era una versión cinematográfica de “La malquerida” de Jacinto Benavente, quien, como Carlos Arniches (“Los caciques”), cultivó el drama rural para completar el retrato costumbrista de la sociedad española, extendiéndolo a sus pueblos, donde está el verdadero intríngulis de la patria, según dijo Azorín.
El caso es que la programación nocturna de la televisión nacional viene alimentándose con esta y otras películas, que parecen sacadas del baúl de la Piquer o la cómoda añeja de Juanita Reina o Imperio Argentina y el salón a la hora de la cena se nos llena de folclóricas con caracolillo a lo Estrellita Castro, cantando amores difíciles tras la reja florida a un bandolero montaraz o a un torero a punto de la cornada mortal en la plaza.
Un tipo de dramones, con manufactura de posguerra, que pintaban bien cuando la España de Franco vivió su obligado Brexit. Sometida la patria al bloqueo internacional por sus vínculos con el bando nazi, perdedor en la Segunda Guerra Mundial, se crecía como reserva espiritual de occidente, como imperio hacia Dios sobre sus cenizas y reivindicaba su orgullo idiosincrásico de raza con bailes regionales y NODOS triunfalistas en la oscuridad de salas de cine donde pululaba, entre el público, el hambre y la represión. Sin embargo, fue por entonces que se puso de moda esa tarandilla de “Como en España no se vive en ninguna parte”, que, curiosamente, pervivió entre gentes que nunca traspasaron las fronteras. Aunque también más tarde fuese leitmotiv de colonizadores ingleses que encontraron aquí un paraíso para su jubilación, donde el sol eterno y el alcohol baratísimo ¿Qué será de ellos ahora que el Brexit les impone fronteras de desarraigo?
Recordamos nuestro propio Brexit, aislados de Europa, en estas películas de Maricastaña, que parecen ser desempolvadas de los sótanos de la filmoteca como parte del plan de ahorro del dinero público. ¿Subvenciones al cine? ¿Para qué? Cuando luego a los directores les da por contar dramones sociales de tintes subversivos y los “titiriteros” la lían en el escenario en la gala de los Goya. También son ganas, teniendo a mano esas joyas de la cinematografía española, completamente gratis.
Además de ahorrar en dinero, se ha ahorrado en energía creativa, indudablemente concentrada en diseñar una campaña antipodemita morrocotuda de resultados a todas luces efectivos, por lo que se ha colado por todos los frentes. Doy fe de que, al editar un vídeo promocional de un cuento infantil que publiqué hace unos meses, me salieron por su cuenta unas leyendas a pie de imagen advirtiendo de que Podemos estaba financiado por el gobierno iraní y otras cosas por el estilo, totalmente ajenas al contenido de la trama. En realidad, vista la demonización intensiva del personaje, también observada por Carmen Rigalt, creo que nada sospechosa de pablista, lo raro no es que la coalición Unidos Podemos no haya obtenido más diputados, sino que obtenga una cantidad, pese a todo, tan considerable.
La abstención, una actitud más propia de la izquierda, se ha repartido entre los votantes tradicionales de IU, anti-coalición, y los socialistas que no querían un gobierno conjunto con Pablo Iglesias. Todo más que previsible. También que la derecha que sí vota pero no quiere mestizajes, haya castigado a Albert Rivera por su pacto con el PSOE, y vuelva a apostar por el PP.
En suma, en estas elecciones más que la confianza en Rajoy, ha ganado el miedo a Pablo Iglesias. Y así el progreso ha resultado regreso.

Iniesta, presidente

Dicen que el fútbol genera violencia, pero ha sido, precisamente, el fútbol quien ha tenido que venir a reestablecer la paz en los hogares, que andaban a la gresca por el color del voto. Como votos hay colores, ahora cuatro, pero, entrando en juego la Selección, el color indiscutible es La Roja. En esto, al menos, hay unanimidad absoluta sin lugar para la suspicacia. Ahora se puede gritar Viva La Roja, sin ser tachado de populista y soltar también un Viva España, que no parezca una loa del fascismo.
Fue comenzar la Eurocopa y amainar las discusiones familiares que afloraban al ojo patio a grito pelado, como si las torres de edificios se hubiesen convertido en la torre de Babel y cada cual se hubiera hecho de un lenguaje ininteligible para el otro. En estas últimas elecciones hay, además de matices ideológicos más o menos definidos, mucho de conflicto generacional. Así como de “Papá, te estás quedando carca” y de “Hijo, tú que sabes si no estabas aquí cuando pasó”. Y así andábamos, a base de almuerzos virulentos con portazos de postre, hasta que vino la Roja a restaurar los lazos afectivos de la armonía familiar en torno a la pantalla por la victoria común.
Si la política nacional disgrega, el fútbol internacional congrega, normalmente, al olor de la pizza a domicilio, los nachos con guacamole y el tinto de verano, y estrecha vínculos de complicidad por el deseo compartido de un mismo triunfo contra un adversario inequívoco. El fútbol, que es lo mejor que le ha salido a este país en los últimos años, enseña el valor de trabajar en equipo. Algo para lo que, visto lo visto, nuestros políticos parecen estar incapacitados por lo mucho que le cuestan los pactos.
Las dos Españas que se disputan el poder cuando tocan elecciones y envenenan de trifulcas la convivencia de los vecinos en bares y supermercados, se disipan en tanto que haya Mundiales y Eurocopa, siendo que, sobre ese césped, España es sólo una; la que tiene que ganar. La que tendría que ganar siempre también a base de votos como puede hacerlo a base de goles y dejar de jugar contra sí misma, disparando en su propia portería. Un espectáculo lamentable que exporta al exterior la imagen reencarnada de ese pueblo bárbaro que se enfrascó en aquella absurda guerra fratricida, recreándose en el auto exterminio y de la que nos redime el fútbol, de tanto en tanto, dando una versión de país más civilizado. Sólo los partidos ganados logran que los ciudadanos, olvidando sus diferencias atávicas, se fundan en emotivos abrazos fraternales y se calcen la camiseta rojigualda con orgullo patriótico.
También este año, la Selección Española con sus primeras victorias, ha sido como un bálsamo pacificador para calmar los enconados ánimos del paisanaje, enervado ante la próxima convocatoria a las urnas, hasta que el lunes el encantamiento unánime se deshizo con el penalti fallido de Sergio Ramos, de modo que el próximo domingo será una jornada de particular abatimiento y zozobra, repartida entre el dilema de reintentar el voto con ilusión y la íntima ilusión de que España vuelva a salvar el lunes su honor frente a Italia. En ambos casos, tiene que ganar España por encima de todo. Pero, por desgracia, no podremos votar a Iniesta, que sería el único candidato que podría ganar por mayoría absoluta. Él es el verdadero líder que convoca las simpatías unánimes de los unos y los otros; el símbolo de la unidad nacional. Su nota sería de diez, mientras los demás se presentan a por el cinco raspado, llevando a sus espaldas el primer parcial suspenso.
Tal vez porque confunden este examen con unas oposiciones y se presentan unos contra otros.
Nosotros, por nuestra parte, hemos dejado ya claro que queremos un gobierno en equipo y no una mayoría absoluta, por lo mal que nos han salido las mayorías absolutas otras veces, que es un encumbrarse en el poder y ejercer el despotismo, ignorando las aspiraciones y opiniones de los propios votantes. No, para eso, no queríamos una democracia. No necesitamos un gobierno que tome decisiones unilaterales, que nos imponga decretos a traición y dé la espalda a la oposición y al resto de los ciudadanos que ingenuamente lo han encumbrado. Con un dictador ya tuvimos bastante.
Más que un delantero centro chulito que nos someta al pago de un fichaje millonario, así como a sus caprichos y arbitrariedades, lo que queremos son centrocampistas currantes que cuenten con los demás para alcanzar los objetivos precisos, brillantes por humildes y viceversa. Un Iniesta en presidente y un gobierno tan colaborativo y eficaz en el Parlamento como lo ha sido en el césped la Selección Española. Con un gobierno así, ganaría siempre España.