Los libros vuelven a la playa

Buenas noticias. Los libros han vuelto a la playa. Al caer la tarde, hora favorita de los lectores, por dulcificarse el sol sin dejar de iluminar, las toallas albergan un pequeño poblado de individuos taciturnos, con la mirada concentrada en páginas de papel. Ebook no se ve ninguno. A fin de cuentas, el cacharrito eficiente satisfizo el capricho de los esnobs, pero como todo capricho, resultó una moda fugaz. La verdad verdadera es que los lectores, tal vez por pertenecer a una raza anticuada, preferimos el papel. Por costumbre a lo vegetal y a lo flexible y también por razones sentimentales. El papel registra nuestras huellas y nuestro olor, inmortaliza de manera sensible el momento irrepetible de la lectura y, al volver a esas páginas, pasado el tiempo, nos devuelve la sensación física de reconocernos, como en una instantánea, en ese encuentro íntimo que respira a café de sobremesa en casa, a viaje en tren o a tarde de playa y dejan un testimonio de lo que fuimos. Los recuerdos tienen olor y sabor como nos enseñó Proust con su célebre magdalena y, para eso, no sirve un dispositivo inodoro e insípido que no humaniza las páginas con nuestro contacto ni personaliza los libros que se esfuman como presencias fugaces en las que no se reconoce nuestra compañía. Esa compañía que resiste al paso del tiempo como sólo lo hace el papel cuando amarillea para dejar constancia de tantos años de convivencia. Silenciosos y fieles en la misma estantería, aguardan a que un día te acuerdes de que existen y quieras consultarle aquellas frases subrayadas en las que te reconoces como fuiste y, por lo general, como nunca has dejado de ser.
Leo con emoción aquellos antiguos subrayados, que ya no hago por no querer dañar su vida vegetal. Ya no subrayo libros como no arranco flores, pero me gusta oler en ellos las tardes de playa; reconocer ese instante en que unas palabras te sacuden como cuando una ola te arrastra y te lleva a la orilla y gritas en silencio, eureka, igual que si fueses Arquímedes en su bañera.
De todas las experiencias gratas que he tenido en la vida, no he hallado ninguna más placentera que leer y viajar; que es lo mismo en sustancia. Porque leer es viajar a cualquier parte del mundo sin tener que salir de casa o de la plaza que, en la arena, ha conquistado tu toalla. Este libro que ahora leo, sin embargo, no me lleva muy lejos de donde ahora estoy sentada, pero aunque los lugares que cita son los mismos que veo, me parecen muy lejanos por esas distancias que crea la frontera del tiempo. Aquí, precisamente, en este mismo lugar, se ambienta la novela de Mercedes Formica, “Monte de Sancha”. Los escenarios son los que contemplo, pero me parecen irreales y fantásticos. Otro tipo de viaje, que sin la literatura no sería posible, es el viaje a través del tiempo.
Intento descubrir en lo que me rodea, aquella Málaga remota de los años treinta, inmediata a la Guerra Civil, que la autora narra con la intensidad de lo vivido. Recreo en el panorama aquellas antiguas y magnificas mansiones de los aristócratas de apellidos extranjeros que, despreocupados, daban tés y fiestas en sus magníficos jardines. Aquellos descendientes de prósperos comerciantes que se arruinaron a merced del clima benigno de la ciudad, que alienta al hedonismo y la laxitud, abandonándose a una exquisita y elegante decadencia y formando una élite más de forma que de fondos, que, sin intervenir en política, se vio sacudida por el resentimiento de los barrios paupérrimos como el Perchel o La Trinidad, cuyos habitantes, adocenados en piojosos corralones veían como una afrentosa provocación su modo de vida.
Los aristócratas, que formaban parte del círculo familiar y amistoso de la propia Formica, quien pasó en el Paseo de Reding, su juventud, eran de natural bonachón y tenían como único defecto vivir de espaldas a la realidad de los barrios, que, como ella describe sin ahorrar detalle, era durísima. Así lo plantea en la primera parte de la novela que es, aparentemente, objetiva, como puede serlo cualquier novela sobre la Guerra civil, pues me pregunto, a estas alturas, si la objetividad no es una utopía cuando se plantea la contienda. He leído ya muchísimas novelas sobre el tema en un signo y en otro o presumiblemente, en ninguno, y aún no encuentro que la balanza no se incline de alguna parte. Ahora sí, todas me llevan a la misma conclusión. Una Guerra como esa hay que evitarla a toda costa y, en ningún modo, propiciar que se repita semejante salvajada. Más aún cuando leo la segunda parte de la novela de Formica, de un detallismo muy tremendista cuando la revolución sanguinaria de los barrios obreros se desata sobre La Caleta, quema sus casas y, con total brutalidad, tortura y asesina a sus habitantes.
El comportamiento brutal de las masas obreras lo basa Formica en dos cuestiones. Los revolucionarios barriobajeros, por su ignorancia, son primarios y el agravio de la desigualdad los enerva salvajemente. De lo escrito, se deduce que, evitando la desigualdad y su obscena ostentación, y la ignorancia de las clases bajas, sería imposible que una situación similar se pudiese repetir. Y, sin embargo, a día de hoy, con las clases medias desaparecidas, la reforma laboral, el mayor enriquecimiento de los ricos y la precaria formación de los pobres, se dan todos los ingredientes para reincidir. La historia se repite porque el hombre es el único animal que tropieza tropecientas veces con la misma piedra. Y aún así no aprende a esquivarla.

Rockeros de barrio

Rosendo Mercado

A esa hora inclemente de un mediodía de mayo con un sol frontal más propio de pleno agosto actuaron los surferos barbudos (The Surfin Beards) en el Campus de El Ejido con motivo del UPHO Festival. Les tocó la china del horario a las 14:30, precisamente cuando llega al estómago la llamada del almuerzo y, quienes no están comiendo en casa, llenan las terrazas de los bares, combatiendo el calor con unas cañas fresquitas a la sombra.
Parece que en los programas de conciertos rockeros tienen la zona preferente de la noche los chiquitos pintones, que le dan más imagen a la cosa a base de musiquita en lata, que la muchacha rubia ameniza con maullidos incongruentes de gatita recién capada. Es el futuro, dicen. Pues vaya.
Los Surfin Beards tienen la imagen curtida de los rockeros de siempre, con melenas canosas y unas camisas hawaianas muy lavadas, dispuestas al sudor propio de quienes toman el escenario como un campo de batalla. Como no tienen solista, hacen cantar a sus guitarras con una potencia y un virtuosismo, fruto de largas horas de ensayo, que, sin embargo, no deja ver las costuras; ese golpe de elocuencia, que ha encallecido las manos a fuerza de trabajarlo y parece saltar luego por los aires indoloro y espontáneo. Cuanto más verdadero es el arte, menos denota el tiempo que se le dedica, que es muchísimo cuando consigue este efecto.
La actuación magistral merece un lleno, pero el público es escaso. Hay algunos niños, los hijos de los rockeros, algunas mujeres, sus parejas, y otros cuantos que hemos decidido cambiar el almuerzo por el cartón de croquetas o patatas del quiosco y el tanque de cerveza en vaso de plástico, que sabe a gloria cuando la música es un milagro que relativiza cualquier circunstancia. Llegado un momento, todo parece encajar en la escena de un western al que el grupo da su adecuada banda sonora. El sol a sol del mediodía y la película de calima que forma el calor y da aspecto de espejismo a la aridez de esa explanada del parking, recrean perfectamente el clima (y el clímax) de una película del Oeste.
El rock, en todos sus estilos, es una pasión que se impone a cualquier horario y a cualquier circunstancia y quien lo siente, lo da todo por él, más allá del lucro, que puede ser poco o ninguno. Los rockeros se crían en los barrios y algunos, enriquecidos, se trasladan de allí a vivir en mansiones de urbanizaciones lujosas, pero la mayoría se queda en el barrio para siempre. Son currantes que, al terminar la jornada, se quitan el mono de trabajo y se enfundan la chupa de cuero para ensayar en el taller o el garaje que hayan alquilado con sus vecinos del grupo en lugar de irse a su casa a descansar y ver la tele. No es que no tengan familia que les espere. Su vida sentimental no es tan azarosa como las de las grandes estrellas. Tienen mujer, la de toda la vida, hijos y, con el tiempo, nietos, que ya incorporan entre sus rutinas que el abuelo, cada tanto, se suelte la larga cabellera blanca y se suba a un escenario, preso de ese intacto frenesí que no remite con el pasar de los años.
En las familias de los rockeros se produce un desfase generacional; ellos siempre son más jóvenes que los hijos, que por contradecir la genética, les salen formalitos y con ganas de orden y empleo fijo en oficina. No es que le parezca su viejo un mal tío, pero, por lo que le toca, prefiere acomodarse y no apostar por una revolución que no va a llegar nunca.
Aquellos rockeros que pusieron letra en español al rock para dar una nueva modalidad a la canción protesta en los 80 y los 90, que profetizaron las injusticias sociales que ahora, crecidas al extremo, tanto nos golpean, se ven relevados por nuevas generaciones, educadas en la globalización, que cantan en inglés; la lengua del imperio. En tiempos de aparente prosperidad en los que aún no se podía sospechar la que se nos iba a venir encima ya denunciaban la corrupción, la desigualdad y la manipulación de las mayorías. Formaron grupos como Leño, Obús, Barón Rojo, Ska-p, Mago de Oz, La polla records, Fe de Ratas, Okupación, Reincidentes y Los Suaves y eran la contra de los tecno con Mecano al frente; ese grupo para pijos, una actualización cursilita de Mocedades que le enseñaron al personal un bailecillo algo cojitranco.
Los rockeros de barrio cantaron a una crisis que entonces no veíamos, pero ellos sí, tal vez porque la crisis llegó antes a sus barrios o porque de allí nunca se fue. De todos aquellos, la cara más reconocible es Rosendo, que ha rechazado que le pongan una estatua. “Porque es mejor invertir ese dinero en otras cosas que hacen más falta” y porque hacer una estatua de un hombre vivo es como darlo por muerto. Y ya sabemos que los viejos rockeros nunca mueren. Menos mal.

Gobernados por las máquinas

Pronto, muy pronto, estaremos gobernados por la superinteligencia artificial. Esto podría ser una buena noticia. Al fin y al cabo, después de tantos siglos, no nos ha ido tan bien gobernados por la estupidez humana. Sin embargo, lo dicen en tono de amenaza, pues se presume que las máquinas, que nos dominarán, tendrán superinteligencia, pero no emociones ni sentimientos. Sólo calcularán rendimientos y beneficios, sin mayores contemplaciones. Pues bien, en eso tampoco es que se diferencien en absoluto de los líderes mundiales en el poder. Con la ventaja añadida de que nos saldrán más baratos. No pedirán salarios abusivos, ni vacaciones costosas, ni jubilaciones a todo tren. Funcionarán, como también los humanos por enchufe, pero con añadirles programas y actualizarlas cada tanto, van que chutan. Eso sí que será un gobierno económico donde los haya y más incorrupto que el brazo de Santa Teresa.
Los robots, emblemas de la inteligencia artificial, no tienen vicios caros que pagarles entre todos. Los mariscos les traen al pairo y los viajes al Caribe igual. Se montan y se desmontan en cualquier sitio y, si no los apagas, siguen currando sin pausa para dormir ni comer. Por lo demás, qué pasa; ¿que son fríos e inexpresivos?, ¿que parecen indiferentes a nuestras cuitas? Pues de acuerdo, cariñosos no son, pero, en suma, no notaremos demasiado la diferencia ¿Es cariñosa la Merkel? ¿Es emotivo Rajoy?
Si un presidente robot nos habla en diferido con mirada impenetrable y maneras de autómata, si no nos escucha, ni se conmueve con nuestras desgracias y súplicas, hasta nos resultará familiar. Oye, que ya eso lo hemos probado.
Pero la cosa es tenernos soliviantados a base de distopías ¿es que ya no tuvimos bastante con la amenaza invasora de los extraterrestres? ¿Con Jiménez del Oso que mantuvo insomne a medio país, viendo ovnis intrusos por todas partes?
Si ponías la tele a una hora tardía de la noche, te salía un camionero alucinado que decía haber visto aparcar un ovni en la misma cima del olivo donde se le apareció la Virgen a Fernando Arrabal y a Pitita Ridruejo. Los principales sospechosos de invasión, entre todos los extraterrestres, eran los marcianos. Unos bichejos de color verde y con antenas que, con su supuesta inteligencia superior, nos iban a someter inminentemente. Lo que creo que era infravalorar bastante la inteligencia humana.
El miedo al marciano, como al extraterrestre en general, distrajo bastante del aburrimiento. En la monotonía de nuestras vidas, siempre es mejor que pase algo terrible a que no pase nada. Pero, con el tiempo, ya familiarizados con el temible invasor, hasta le tomamos cariño. Spielberg creó a E.T., que era un extraterrestre feillo pero muy cuco y se convirtió en una mascota entrañable y Eduardo Mendoza escribió a Gurb; un espía despistado en el planeta Tierra, que contaba sus perplejidades sobre el mundo exterior como Gazel de España en “Las cartas marruecas”. O sea, que ya había un descreimiento bastante generalizado cuando aquella nave espacial llegó a Marte y no halló ni sombra de las terribles criaturas.
Los extraterrestres como amenaza inminente han resultado del todo improbables, pero como el caso es acojonar, ahora nos intentan impresionar con la inminente amenaza de los robots que dominarán el mundo. “Las máquinas someterán a los humanos”, dicen, con su superinteligencia artificial. Y añaden que nos quitarán el trabajo. Según algunos, todos están empeñados en quitarnos el trabajo. Primero, los inmigrantes y luego las máquinas. Y, en realidad, no nos importa que nos quiten el trabajo, el problema es que nos quiten el sueldo.
En el caso de las máquinas, será difícil. Las máquinas no cobran, entonces ¿cuál va a ser el problema? Pues ahí va, las máquinas empezarán a pensar por su cuenta. Normal, si son superinteligentes, desarrollarán un juicio crítico, digo yo.
Sin embargo, no lo termino de ver. Las máquinas son más eficientes cada vez, no cabe duda, pero tienen una tendencia fatal a “escacharrarse”. He ido a más de un acto cultural que iba a ser ilustrado con el apoyo de las nuevas tecnologías supuestamente, que ha sido boicoteado por un ordenador muy torpe o, diría el propio ordenador, por un intelectual muy torpe que no sabía comprender su superinteligencia. Sea de una manera o de otra, la intelectualidad de la máquina y la del intelectual, se llevan fatal, pues, llegado un momento, el aparato se pone en huelga y el acto prosigue sin su apoyo. Sé lo que es eso; el público esperando y aquello que no va.
Por el momento, pongo en duda la superinteligencia de las máquinas y, más aún, si tomo por ejemplo las que tengo en casa. Esta fría primavera les ha venido alérgica y enfermiza y no hacen más que contagiarse de virus. Es pinchar un mensaje y saltar la alerta.
Ayer mismo, al abrir uno de estos mensajes en el móvil recién comprado, empezó a parpadear la pantalla con la imagen de un marciano verde como aquellos de la infancia, que decía ser un peligroso troyano y me iba a hackear toda la información del teléfono. Y el aparato, asustadizo, además de torpe, se apagó solo.
El gobierno de las máquinas es tan improbable como la invasión de los extraterrestres. No son infalibles, afortunadamente.

Que la Fiesta de las Letras no sea un funeral

En la Fiesta de las Letras, el escritor se siente como la novia en la boda. Igual de bien o de mal. Mientras los lectores hojean despreocupados los libros, el escritor centinela observa rígido sus idas y venidas desde el ángulo de la caseta asignada, dispuesto al saludo, la firma o la indiferencia. Como esa novia que, pendiente de sus invitados, los ve disfrutar de las viandas en el banquete sin probar bocado, procurando mantener su imagen impecable por saberse en el punto de mira.
Tal vez a la novia, llegado un momento, le gustaría relajarse y comer y beber a placer como el resto de los convidados, igual que al escritor despreocuparse, picotear de este libro y aquel y hasta engolfarse en la lectura de alguno como otro más de los que por allí curiosean, pero, en la Feria del Libro, como la novia en la boda, es pieza de un protocolo y se debe al público. Un papel, a veces, complicado de asumir para quien trabaja meses y meses, aislado del mundo, en soledad, reduciendo todos sus contactos interpersonales a la cajera del súper o el dueño del vídeo club. Qué extrañeza hay en este hecho de que ese trabajo que ocupó tu vida tal vez durante años, se encuentre resumido en un volumen encuadernado, que se pierde en el expositor, entre otros muchos volúmenes, que también se han llevado pedazos de otras vidas. Ahí es cuando comprendes, como El Principito, que existen otros muchos planetas solitarios, aparte de aquel en el que uno ha habitado como si fuese único; que la rosa que ha cultivado no es singular entre tantas rosas.
Cuando acabe mi turno, otro escritor ocupará este mismo lugar en la caseta y venderá su alma junto con sus ejemplares o verá pasar las horas, mientras pasa la gente, a veces de largo sin mirarlo siquiera, y otras en busca de otros ejemplares:
-¿Tiene usted una Biblia para niños?- pregunta el cliente, confundiendo al autor con un dependiente.
-No sé. Yo soy autor. Sólo firmo.
-¿Cómo? ¿Firma usted la Biblia?
-No, por Dios, firmo mi cuento.
-¿Su cuento?, a ver, déjeme que lo vea.
Hay un quiebro muy conmovedor en la mirada esperanzada del escritor cuando el posible cliente anónimo ojea su libro; un sentimiento que hace decisivo el juicio de ese desconocido.
Si es un buen comerciante, intentará persuadir al lector cantando las virtudes de su escrito, pero si es el típico escritor, tímido de campeonato, guardará un abochornado silencio hasta que el cliente se escabulla, diciendo:
-No está mal. Ya me paso luego, si eso.
Conquistar al lector anónimo es la tarea más ardua para el escritor, que aún no está avalado por la fama. Y, cada vez, hay más escritores con estas características. Escribir se ha puesto de moda y publicar se ha vuelto relativamente fácil por la cantidad de pequeñas editoriales que se han generado al respecto. La situación resumida por muchos es que todos escriben y nadie lee.
Veremos hasta cuándo. Sólo una vocación muy fuerte resiste a las labores de promoción.
Y dichas labores son imprescindibles cuando no se cuenta con la publicidad que manejan los grandes grupos editoriales y la bendición de la crítica.
Sé de muchos escritores noveles que, después de financiarse su propia obra con un gran desembolso, se desesperan por vender sus libros a costa incluso de su dignidad.
Seamos claros, entre tanto aluvión de súbitos escritores, hay mucha morralla, pero me consta que también hay talentos. Lo verdaderamente difícil es establecer un filtro para separar la paja del trigo. ¿Quién se va a encargar de hacer un juicio crítico y objetivo de esta producción exorbitante? Cosa que, personalmente, agradecería, pues, como lectora, no quisiera perderme nada que se escriba, por lo menos, en este país, y merezca la pena.
Conozco y sigo a los escritores ya consagrados, pero no me basta. Quiero respirar el aire fresco que viene de otras voces nuevas y orientarme en ese camino con plena objetividad.
El oficio de escritor es muy duro, la venta de libros con el consabido 10% de beneficio por venta de ejemplar da para comer a muy duras penas y es lógico que se tema a la competencia, pero hay que plantearse seriamente si el desinterés generalizado por la lectura también se debe a que los títulos que más se ofertan, no despiertan demasiado entusiasmo y terminan aburriendo.
En ese caso, como en todo, la apuesta es renovarse o morir. Y morir en la lectura, sinceramente, no me parece una opción ¿nos lo planteamos?

El cine que te espera

Iba yo pensando en los vuelcos que da la vida, cuando pasé por la terraza VIP del teatro Cervantes. Allí estaba tomando café la gente del cine con toda su parafernalia de cámaras como en una realidad paralela, ajena a las miradas curiosas de los paseantes que se asomaban a observarlos como quien observa un vivero de truchas. Hay que ver la distancia psicológica que pueden crear unas vallas.
Una pareja de jubilados que pasó también por allí en su paseo matinal, se detuvo a echar un vistazo.
-Mira, ahí están los famosos- dijo el hombre.
-Qué va, hombre, esos son sólo periodistas- le rectificó la mujer.
“Solo periodistas”. Será que me pilló susceptible, pero pensé que a esa frase le sobraba el “sólo”. Sin periodistas, no habría famosos ni grandeza en el espectáculo, pero no es cuestión de disputar protagonismos, pues, puestos a eso, también podríamos decir que el verdadero éxito de un festival es el público. Y, sin público, cualquier evento pierde todo sentido. Por fortuna, en Málaga hay un público entusiasta que se apunta a un bombardeo y todo lo convierte en colas y acontecimiento multitudinario, ya sea fútbol, teatro, ferias o Carnaval. Incluso ciclos de conferencias y otros actos culturales, en los que la presencia de jubilados es impagable y muy meritoria, habida cuenta de que ya no se dan canapés.
Fui a las taquillas de Plaza de la Merced a proveerme del programa del Festival, que este año es gratis, ole, y ojeé las sinopsis de las películas. Y eso fue lo que me hizo pensar en los vuelcos que da la vida, pues en casi todos los filmes se planteaba que tal o cual personaje llevaba una vida monótona hasta que su vida dio un vuelco inesperado.
La ficción, desde luego, es muy diferente a la realidad, pues lo cierto es que en las biografías comunes y monótonas no se dan vuelcos, así espontáneamente, si no es porque uno se empeña muchísimo.
Como la oferta del programa es muy amplia, conviene leerla con calma y subrayar luego lo que más te llame la atención. Otra cosa es confiar en la opinión de los críticos y dejarse guiar por ella. Una opción que, siendo muy loable, no aconsejo del todo.
Nuestro criterio no siempre coincide con el de los críticos y podemos llevarnos decepciones.
El primer día vi una película muy elogiada por la crítica que no me gustó nada y el segundo otra, condenada por la crítica, que me gustó un montón. Seguramente porque la primera tenía muchas pretensiones y la segunda, ninguna. Contaba una historia real y actual y la contaba tan bien que te llegaba al corazón. Sólo eso, que ya es mucho.
No voy a decir el título de la primera película, porque, a estas alturas, comprendo que cualquier producto artístico es fruto de muchas horas de trabajo y resulta una crueldad, despacharlo con unas cuantas frases agrias. Quién soy yo para denostar con mis impresiones lo que ha costado tanto esfuerzo poner en pie.
Sin embargo, la segunda película sí me gustaría nombrarla, pues sé que le vendrá bien un elogio. Se trataba de una comedia “Requisitos para ser una persona normal” y pertenecía a la llamada “Cosecha del año”. O sea, que ya la estrenaron el año pasado en el Festival.
Contaba la historia de una chica de 30 años, como tantas en este país, que no tiene trabajo ni pareja y que vive aún en la casa de su madre, con la que se le hace muy difícil la comunicación afectiva. Pero esa realidad suya no sólo se ceñía a la de los jóvenes, siendo que su obsesión consistía en ser una persona normal, como no lo somos casi ninguno.
Los moldes sirven para hacer objetos en serie, pero no para hacer personas. Y esa es la tragedia que muchos hemos vivido; desfallecer en el intento de ser normales dentro de una normalidad que no existe. Pero, por qué, me pregunto yo, preferimos ser normales a ser únicos.
Creo que también esta comedia le hubiese gustado mucho a Juan Ruiz de Alarcón, pues la chica se decide por el muchacho feito y pobre, que es el que la hace feliz.
La conclusión es que todo el público, de la oscuridad de la sala, salimos a la luz magnífica de una tarde de primavera con una radiante sonrisa. Y, en fin, que yo creo que las mejores películas son las que consiguen transmitirnos esa sensación.
Pero, como en el Festival, no todo son películas, ya he sacado entrada para documentales y cortometrajes. Es una buena ocasión para verlos ahora, pues después es difícil conseguirlos.
Me dicen que los directores de mayor renombre en España no estrenan sus películas en este Festival y hasta a eso le veo su lado positivo, pues así aquí se da cabida a nuevas voces. Sería muy pobre que el cine español fuese cosa de tres o cuatro consagrados y no mirase al futuro.
Y yo veo futuro en este cine, cada vez más. Adelante.

¿Quién entiende a este país?

Albert Rivera no encuentra a su “media naranja”. Si las urnas le hubiesen sido más favorables, ahora sería una naranja entera, como se autodenominaba Antonio Gala, pero, en estas condiciones, necesita como el pan al otro borgiano para completarse y dejar de ser “una mitad sin saber su identidad”, que cantaba Ana Belén.
Lo de la identidad lo tiene difícil, pues estar en el centro significa servir de relleno a cualquier emparedado. El centro, en democracia, es un concepto tan difícil de explicar como el limbo en la Biblia, como el ser o no ser de Hamlet. La relatividad alimenta las divagaciones filosóficas, pero el electorado necesita una mayor definición para decidirse y saber a qué atenerse y, puestos a ser, quiere que el votado sea algo concreto y no hasta cierto punto; que sea lo que sea, pero que lo sea del todo, como que no le valen medias tintas. La ambigüedad es materia para el arte, para el cantante enigmático en plan David Bowie, pero en el político desazona. Al votante y al político mismo.
Albert Rivera, visiblemente desazonado, deambula por la escena como esos medios seres de Ramón Gómez de la Serna, como el vizconde demediado de Italo Calvino, buscando la pieza que le encaje, el otro yo complementario, el yang del yin y viceversa. No es cómodo ser un comodín sino es en un juego de mesa. Al final todos te quieren por el interés como a Andrés. Rajoy para ser presidente y Sánchez para pasar el rato, mientras espera el sí quiero de la chica difícil que, cuanto más se resiste, más mola.
El pacto fácil es como el abrazo fácil, quien lo da, acaba diciendo:
-Sólo me quieres para eso. Es que sois todos iguales.
Sánchez lleva del brazo a Rivera por la calle de Alcalá, pero se le van los ojos detrás de Iglesias, que es como la Fortunata del trío; la chulapona de barrio que suelta cuatro frescas y escapa calle abajo, haciendo la peseta.
-Pero ¿qué tiene ésa que no tenga yo?
Y es que así son las cosas del querer; no tienen fin ni principio, ni tien cómo ni por qué.
Luego se le acerca a Albert, Rajoy, frío y taimado, a proponerle matrimonio de conveniencia y le dice que no; que él quiere un presidente con las manos limpias.
Pero las manos limpias ya no son lo que eran. Ahora “Manos Limpias” es “Manos Trincan”. Hay que ver cómo está “la suciedad actual”, si no fuera por el blanqueo…
Y, en medio de todo, en su centro metafórico, Rivera lamentándose por las esquinas, como la morena de la copla, que cantaba tras la reja: “Gitana, que tú serás como la falsa monea, que, de mano en mano va y ninguno se la quea”.
Rivera no encuentra su espacio, tal vez porque no ha sabido escogerlo. No ha sido buena idea querer reencarnase en Adolfo Suárez, que acabó perseguido por el gafe de la incomprensión. Le hubiese valido más confesarse de derechas y ofrecerse como alternativa al PP, que a tal y como está, va necesitando un relevo urgentemente. Lo dice hasta Esperanza Aguirre que hasta ha escrito un libro, cuyo título la define “Yo no me callo”. Si el PP se extingue, ella nunca, que quede claro.
Después del tiro de gracia de los papeles de Panamá, de la dimisión forzosa del ministro Soria y la destitución del alcalde de Granada, ésta tendría que ser la oportunidad perfecta no digo para Esperanza, que tiene también un pasado, sino para Rivera, si es que se decide a decir que es de derechas y los votantes de derechas a creerlo; que, a lo mejor no, después de tanto emparejamiento con el PSOE.
Sin embargo, aseguran que, de repetirse las elecciones, volvería a ganar el PP y el presidente sería Rajoy. O sea, cuatro años más de PP y de Rajoy ¿Quién entiende a este país?

¿Miedo a las políticas sociales?

Alejandro con sus padres

No hay que tener miedo a las políticas sociales. Las políticas sociales no empobrecen a un país y son perfectamente compatibles con su prosperidad, si se entiende que la prosperidad es un concepto que ha de asociarse a la generalidad de la población y no a las cuentas corrientes de unos pocos, domiciliadas en paraísos fiscales. Eso, además, de vergüenza, más que nada, produce déficit, pues hablamos de millones, de la evasión y el robo de muchísimos millones, que, si volviesen a su destino, podrían servir de pago para las políticas sociales; para garantizar subsidios a familias sin recursos, pensiones decentes a los jubilados, ofertar a los desahuciados viviendas dignas, mejorar la calidad de la sanidad y la enseñanza y crear empresas que generen empleo. Naturalmente en España y para los españoles, pues antes que subsidios, lo que los parados españoles necesitan es volver a integrarse en la vida laboral, recuperar la autoestima y, seguramente, la fe en los gobiernos y en la política e, impulsados por esta fe, reunir las energías para vivir y votar con ilusión, pues sin dicha ilusión, es muy poco probable que sientan ningún interés por salir de casa, si la tienen, e ir a votar. Sólo la esperanza, esa luz que por fin se vislumbra al final del túnel, hará que esas nuevas elecciones que algunos presagian ya como una fatalidad, no se salden con una abstención descomunal, además de suponer un nuevo gasto que agrave todavía más el déficit. Y eso va a ocurrir, si después de tantos meses de incertidumbre, la mayoría sólo saca en claro que la democracia ha quedado reducida a un baile de cambios de pareja, a un juego de intereses ajenos, a una fiesta a la que sólo se te invita para pagar el cubierto de otros.
¿Con qué ánimo va a acercarse a las urnas el excluido, después de haber comprobado cuáles son los motivos de sus miserias? ¿A qué objeto apostará por quienes ya han demostrado con sus corruptelas, la más flagrante deslealtad? ¿Querrán darle otra oportunidad al malo de la película cuando se arrodille y diga eso de “perdóname”, te prometo que ahora voy a cambiar”? ¿Es que no sabemos ya de sobra que, en la próxima escena, cuando le demos la espalda, se arrojará sobre nosotros para arrebatarnos la pistola e intentar de nuevo la traición?
Apostar por el traidor es una opción suicida; en su carácter no está ni la empatía ni el arrepentimiento. No han sentido ni sentirán nunca nuestro dolor; esa carga de decepción que nos crea joroba existencial, cada vez que aparecen nuevas cuentas en Suiza, nuevos nombres notorios en los papeles de Panamá.
¿Qué nos van a decir ahora? ¿Que el empobrecimiento del país es causa de nuestros gastos desmedidos o de nuestra falta de emprendimiento o de las políticas sociales? ¿Que su evasión de capitales y de impuestos no tiene nada que ver en ello?
¿Y a quién se lo van a decir? ¿A los parados de más de cuarenta años? ¿A los jóvenes que tienen que emigrar o malvivir con minijobs? ¿Al empleado que trabaja por cinco sin rechistar por temor a verse en la calle? ¿A los ancianos de mermadísima pensión? ¿A los familiares de los dependientes?
Veo en La Opinión de Málaga que, finalmente, el niño Alejandro y su familia han sido salvados de su situación de precariedad por la donación de un empresario ibicenco, que ha querido mantener el anonimato. Me he alegrado mucho porque le tenía a ese niño del Perchel un cariño especial, ya que me recordaba a Antoñito, el hijo de mi mejor amiga. Otro chico precioso con parálisis cerebral y un 99% de minusvalía. Como los padres de Alejandro, Inmaculada y Juan José, mi amiga Magdalena ha pedido ayuda a organismos oficiales sin demasiado resultado. Y, en tanto, su situación se ha agravado ya que ahora se encuentra sola, pues su pareja murió muy joven de un infarto fulminante en septiembre del pasado año. Ella también sabe, como su pareja, como Juan José e Inmaculada, cómo se resiente la espalda y la tensión, al cargar a un hijo en una vivienda con escaleras, aunque lo haga con todo el cariño. Y no se trata de que la ayuda tenga que venir también de un generoso y humanísimo donante anónimo, porque no podemos esperar que haya donante para cada niño dependiente en España, pero sí impuestos. Y queremos que ese dinero público que ahora vamos a generar con nuestras declaraciones de la renta vaya al público; a mejorar la situación de tantas personas que lo necesitan y a hacernos a todos la vida más agradable y deseable. Y no a servir de lucro a ambiciosos que lo desvían y financian con él sus juergas y sus viajes.
No me dan miedo las políticas sociales, no temo a que suban mis impuestos, si, con ello, contribuyo a que estas personas que sufren, puedan aliviar su situación, lo que me disgusta es que mi contribución sirva para otros fines fraudulentos. Ya sé que a las clases medias nos infunden el pánico al empobrecimiento para hacernos insolidarios con los desfavorecidos, como si los enemigos fuesen ellos y no los que nos roban impunemente. Una trola que sólo funciona si eres cómplice del ladrón, en cierto modo.

El libro infantil

Los niños no leen. O sí, los niños leen más que nunca, pero no leen libros, sino pantallas de móvil que reciben mensajes de dos o tres frases, deformadas por las faltas de ortografía, al pie de una imagen. Los niños tampoco escriben, o mejor dicho, escriben muchísimo pero no en papel sino también en la pantalla de su móvil, frases para responder a esos mensajes con las mismas faltas de ortografía, imágenes y emoticonos.
El Día Internacional del Libro Infantil se celebró el pasado dos de abril, en conmemoración del cumpleaños de nuestro ilustre visitante, Hans Christian Andersen, y dos días más tarde cerró la librería “Libritos”, de calle Granada, después de treinta años de actividad. Los niños no leen ¿por qué?
Las campañas de animación a la lectura entre los más pequeños fracasan. Se dice que porque los libros son caros, pero no cuadra el dato, cuando los precios de los móviles son muchísimo más elevados y se venden a granel. Para niños y para adultos.
Los niños actúan por imitación, hacen lo que ven que se hace, que no es lo mismo que lo que se dice. Se dice que la lectura es estupenda, así en abstracto, como un lema vacío, pero lo que ven los niños antes de retirarse a dormir a su cuarto es a sus padres en el salón, enganchados a alguna pantalla; la del televisor, la de la tablet o la del móvil. Y, cuando llegan a su dormitorio, hacen lo propio; enchufarse a una pantalla hasta que le dan las tantas, a esa misma hora en la que los ogros y brujas de nuestra infancia campaban para sembrar el terror y que, hoy día, ya jubilados, se acuestan muy temprano, hartos de no dar miedo a nadie; de que nadie les haga caso.
Aleccionados por Casimiro que nos advertía de la hora en la que había que irse a dormir, los niños de entonces conciliábamos el sueño convocado por las páginas de papel de los cuentos que primero escuchábamos de los padres y luego leíamos nosotros mismos. No éramos más listos, sin duda, es que ésa era nuestra única posibilidad de distracción; el papel que adormece y no la pantalla que espabila. La pantalla que genera niños trasnochadores que no duermen las diez horas reglamentarias que a su edad necesitan cuerpo y mente y llegan al día siguiente a clase agotados, envejecidos prematuramente y con el intelecto embotado e incapaz de asimilar contenido alguno. No es que sean torpes, es que no duermen; que no leen ¿por qué?
Quedo en un bar con una amiga y veo entrar a una chica joven que se sienta en la barra y llama a su hija por el móvil:
-Acabo de salir de trabajar y me estoy tomando una cerveza ¿qué te parece?- dice la madre- ¿y tú? ¿Ah, sí? Pues dúchate y acuéstate pronto, que mañana tienes que ir al colegio. Besitos, te quiero mucho, cariño.
No sé si estas situaciones son, de generalizadas, normales, ni tampoco en qué situación se encuentra esta mujer que sale de trabajar tan tarde y necesita relajarse en un bar antes de ir a su casa a reunirse con su hija y llevarla a la cama. Tampoco sé dónde estará el padre de esa niña que se acuesta sola en su casa y si tengo yo la autoridad moral precisa para juzgar lo que hacen y no hacen otros y echarles broncas que, sin efecto, se quedan en indignación estéril. Pero encogerse de hombros y decir que los tiempos vienen así y ya está, no es tampoco en ningún caso la solución., porque la lectura no puede pasar de moda como tampoco el calcio e igual que éste es necesario para formar los huesos en la infancia, la otra es básica en edad de desarrollo para conformar su pensamiento. Un niño que no lee será un adulto que tendrá serias dificultades para asimilar cualquier información y transmitirla y para expresar sus sentimientos y emociones, lo cual lo hará naufragar en el ámbito profesional y personal.
Siendo consciente de todo esto, desde la teoría y la experiencia, no me queda más remedio que tomar cartas en el asunto y, sin intentar enmendarle la plana al resto del mundo, hacer lo que esté en mi mano. Esta resolución es la que me ha llevado a la literatura infantil, después de sumarme durante muchos años a la animación a la lectura, como otros docentes, con mucho entusiasmo, pero con muy poco resultado. Tal vez porque es inútil convencer a los niños con nuestros argumentos de adulto y somos incapaces de ver el mundo con sus propios ojos; porque además de razones, es preciso darles una prueba con las que llegarles al corazón. Un libro que les sea cercano, porque hable de ellos y se integre en su realidad y su piel. Ojalá que pueda ser ese libro que decidí escribir yo misma, después de tanto buscarlo inútilmente en las estanterías.
Sabía que la tarea era muy complicada, que, después de todo, escribir para niños es un viaje de regreso difícil de emprender, así que me puse las pilas y emprendí en Alemania la ruta de los lugares en los que se inspiraron los cuentos recopilados por los hermanos Grimm e imaginé cómo podrían actualizarse Caperucita, Blancanieves o La bella durmiente y también integré en ese imaginero los referentes de Andersen y Wilde. Fue un viaje fascinante, pero lo mejor de todo, es que, al regreso, encontré a mis auténticos personajes, de carne y hueso, que sólo esperaban ser escritos.

El malaguismo no es eso

Ni la religión ni el fútbol implican violencia, son los violentos quienes se implican en ellos como pretexto para sacar afuera sus bilis y convierten en mierda, o sea, en violencia, todo lo que tocan. Hasta lo más sagrado.
La culpa del yihadismo no la tiene el Corán, como tampoco la Biblia la tuvo de las cruentas cruzadas. Los violentos no son grandes lectores; de haberse educado en la lectura, no serían tan agresivos.
La lectura da paz como también el deporte. Los griegos que inventaron el amor a la sabiduría, combinaron el cultivo del cuerpo con el cultivo de la mente y así crearon las olimpiadas y la filosofía. Ambos cultivos son cultura como demuestra la común etimología de estas dos palabras.
Ni los atentados de los terroristas ni las agresiones de los ultras se alimentan de cultura, sino de ignorancia, que es la raíz de todos los fanatismos. Es el ignorante una bestezuela que, movida por sus instintos primarios, hace del credo una guerra, del juego una lucha y del amor, un asesinato, ensuciando las cosas bellas con sus dedos y poniéndolas del revés hasta desfigurarlas. Pero que no nos confundan; ninguna guerra puede ser santa ni ningún crimen pasional. No hay Dios que anime a la matanza ni flecha de Cupido ensangrentada. A no ser que el amor se entienda como aquella canción que interpretaba Fernando Esteso, vestido de paleto, en los programas de variedades de los años setenta. Salía el hombre al escenario con una boina muy calada y, garrota en mano, decía a modo de declaración sentimental: “Ende que te di, que te di el primer zurriagazo (zurriagazo, zurriagazo)”. Letra que hoy hubiese sido prohibida por sugerir violencia de género y hacer burla del hombre de campo.
En ningún campo debería ser concebida la violencia, tampoco en el campo de fútbol. Por algo el espíritu deportivo es sinónimo de ecuánime. Sin embargo, hay todavía quien utiliza el fútbol como coartada para sacar de sí al salvaje que lleva dentro; un salvaje miserable que nunca olió a Rousseau ni de lejos. Así es como, de vez en cuando, se hacen de un hueco en las noticias del día con sus “hazañas” repugnantes.
La última ha sido la agresión casi homicida que sufrió Samu Galán, jugador de Alhaurín de la Torre, por parte de un futbolista del equipo rival, después de un encuentro celebrado el pasado Domingo de Ramos. El agresor que tenía ficha federativa en El Palo B, pero que no jugaba ese día, saltó de las gradas, se interpuso en una pelea que mantenía el agredido con un defensa paleño, y le propinó dos cuchilladas. Según leo, “una en el costado y otra en el tórax, que estuvo a punto de dejarle sin vida, ya que entró cerca del corazón”. Siendo que la víctima, Samuel Galán, se salvó de milagro, después de ocho días de internamiento hospitalario, pues, en sus circunstancias, sólo sobreviven uno de cada veinte. Que haya escapado a la muerte se debe realmente a su juventud y su buena forma física.
La dimensión de la barbarie, cuyo autor justifica por actuar bajo los efectos de la cocaína, ha conmocionado a la afición malaguista. Resulta muy lastimoso que un integrante del equipo paleño, que aporta tanto a la cantera del Málaga C.F., se vea envuelto en un episodio de tentativa de homicidio y drogas, lo que, contagiando de mala fama, puede poner en duda la deportividad del resto de los alevines, que son referentes de muchos niños malagueños que los admiran y aspiran a tomarles el relevo.
Después de lo ocurrido, habrá opiniones que sostengan que la culpa de todo es del fútbol, que es un deporte que despierta la brutalidad y las bajas pasiones. Y no. Ni el fútbol es en sí mismo un estigma, ni tampoco en concreto, el fútbol malaguista.
Los violentos se cuelan en cualquier parte y hacen mucho ruido, pero, afortunadamente, no son la norma. Si lo fuesen, no nos hubiese impresionado tanto esta agresión tan atroz. Asociar el malaguismo a esta salvajada es del todo injusto para todos los que vivimos la afición con sentimientos pacíficos y positivos.
Del fútbol malaguista, yo he aprendido grandes lecciones de solidaridad y afán de superación. Todo un elenco de valores que he recogido en un cuento “NadaDora y Boquerón” con el que me dirijo a esos mismos niños que me los enseñaron. El fútbol en Málaga no es sólo un arte, que también, sino la ilusión de llegar muy lejos para quienes han tenido el infortunio de nacer en un medio desfavorecido; mis alumnos. Pero hay más; esa posibilidad del juego al aire libre, lejos de la dependencia de los móviles, esa hermosa convivencia que refuerza los lazos familiares cuando van padres e hijos a animar al equipo en La Rosaleda, ese no arrugarse ante los grandes equipos, forjados en el capital, con pocos medios a veces, pero siempre con mucho coraje y corazón y saber que con la constancia y la valentía también se pueden alcanzar los deseos.
Yo digo y lo digo por experiencia que el fútbol en Málaga es una bellísima experiencia y que una manzana podrida no nos va a arruinar todo el canasto. Viva mi Málaga y que nadie nos saque los colores.

Cotillas electrónicos

Desde su propia invención, el teléfono ha tenido vocación de espía. Claro que en tiempos más remotos, dicho espía era más identificable.

En los pueblos, por ejemplo, solía haber una operadora muy cotilla que escuchaba las conversaciones ajenas con delectación para luego poner el chisme al cabo de la calle.

Conscientes de este tóxico tercer oído, había chicas que interrumpían las confidencias al novio en el punto más álgido para interpelar a la intrusa:

-Y tú, deja ya de escuchar, hija puta.

A lo que la interpelada ofendida contestaba:

-Oye niña, que esas cosas no se dicen.

Con lo cual la intrusión implícita, se hacía totalmente explícita.

Si bien hoy día, para gran alivio de la gente, ese personaje ha pasado ya a la historia y la telefonía parece más impersonal, no guarda secretos de confesión como el sacerdote ni atiende a principios del juramento hipocrático. El aparato, chivato por naturaleza, guarda con alta infidelidad toda palabra dicha o escrita para luego soltarla en el momento más inoportuno y no distingue de clases ni rangos en su correveidile.

Podríamos decir que es un cotilla muy democrático, cuando vemos cómo se las gasta con los poderosos, habida cuenta de que tanto conversaciones telefónicas como whatsapp forman parte de causas judiciales o materia de debate público desde los gruesos titulares de algunos periódicos impresos y digitales. O sea que para guardar la imagen, hay que medir las palabras o reservarlas para los espacios abiertos a la intemperie. Debemos recobrar la costumbre mediterránea del almuerzo con charla al aire libre y dejar que las palabras se las lleve el viento. La tecnología es más traidora que los asesinos de Viriato.

No es que las tontadas que digamos nos vayan a meter entre rejas como a los corruptos imprudentes y lenguaraces, pero tampoco es cuestión de darle tres cuartos al pregonero.

Hay que guardar el misterio y no darle tantas pistas, por ejemplo, al Google, que finalmente, a través de nuestras búsquedas, nos conoce mejor que si nos hubiese parido. Y así luego, como por arte de magia, nos llegan al correo propuestas más tentadoras que las que hizo el diablo a San Antonio.

Como yo suelo buscar ofertas de vuelos, me llegan a la bandeja unos paquetes vacacionales prodigiosos con imágenes de islas paradisíacas, donde las aguas turquesas y los cocoteros, acompañados de interrogantes muy sugerentes, “María Dolores ¿te vas a perder esta oportunidad?” o bien con un imperativo afectuoso “María Dolores, ya es hora de mimarse un poco”. Al pronto, una se emociona con tanto afecto electrónico, pero, pasado el primer arrebato emotivo, le da por pensar que el cariño del emisor es interesado, ya que por “María Dolores” sólo me conocen las tarjetas de crédito.

En cualquier caso, aunque el ojo de Google parezca como el divino, omnisciente, ubicuo e infalible, tiene también sus percepciones erróneas, debido a prejuicios obsoletos que no parecen nada dignos de su modernidad. Prueba de ello es que si en lugar de vuelos, busco contenidos de fútbol, me asaltan fotos de chicas solteras en mi ciudad, todas deseosas de recibir mi llamada de teléfono.

Sin embargo, a un amigo mío lo que le surgía cada dos por tres en la pantalla eran dietas milagrosas para perder peso, secretos de maquillaje de las famosas, lo más en la moda femenina de temporada y el método para hacerse mascarillas faciales a base de pepino y aceite de jojoba.

Dándole vueltas al asunto, mi amigo concluyó:

-Creo que, en el espacio virtual, me están tomando por una chica.

Y pensando ambos en cuál sería el motivo de dicha percepción, caímos en la cuenta, de que P. buscaba a menudo páginas Web con recetas de cocina, lo cual al ente electrónico le hizo pensar que era, sin duda, una mujer.

Se ve que los ingenios internáuticos, anclados en roles sexistas, requieren de una actualización, pues desconocen esa realidad social, por la que cada vez hay más hombres que se encargan de las tareas del hogar, además de entender por el ama de casa; una mujer obsesionada por los secretos de belleza.

Pero, en cierto modo, aunque anticuado, consuela saber que el Google no es tan perspicaz y también se equivoca como los humanos. Si es el ojo del Gran Hermano, tendrá que ir a revisarse las dioptrías.