No hay domingo sin Maruja
Nadie se ha quitado nunca un guante como Rita Hayworth, ni se ha puesto unos pantys como Maruja Torres. Ella podía tardar en ponérselos toda una página, la que hasta hace poco ocupaba en una revista dominical, con el mérito encomiable de tener a miles de lectores pendientes de suceso tan singular. Maruja ha contado cosas muy grandes en primera línea de fuego, pero se ha hecho grande por contar cosas pequeñas. Esas cosas que, por cercanas, todos compartimos y, en realidad, nos interesan más que las grandes gestas de la historia. Como dice Aurora de la Rosa, nuestra verdadera épica es la épica cotidiana. Ya se puede hundir el mundo ahí a lo lejos que cualquier domingo nada nos afecta más que, de repente, se averíe la lavadora y se te quede anegada de agua la cocina. En pleno domingo, podrás encontrar a unos cuantos salvadores de la humanidad, pero nunca a un fontanero. Ahora tampoco podrás encontrar a Maruja Torres que deja un espacio insustituible en el dominical, un vacío de orfandad desolada para los lectores de suplementos, tan amigos que somos todos de las rutinas, en la que iba, por supuesto, incluido el artículo de Maruja Torres. Tal vez nos podíamos perder algún sesudo artículo de fondo sobre política internacional pero nunca las últimas peripecias de Maruja. Los asuntos de estado podían esperar, mientras Maruja nos contaba cómo intentaba organizar la cacharrería de su bolso, donde, a veces, por despiste, metía el mando a distancia de la tele en vez del móvil o cómo se alcachofaba en el sofá al llegar los calores del verano o cómo paseaba a su perro por el parque o cómo hacía una mudanza. Cualquier cosa que contase Maruja despertaba el interés general, muy general pues, según creo, era la articulista más leída de España. Se podía estar o no de acuerdo con su opinión, pero no prescindir de ella, porque era necesaria como el pan de cada día o, más bien, como el imprescindible desayuno pausado y tardío del domingo, prorrogable hasta el almuerzo; un festín al olor del café y las tostadas sin prisas y la tinta fresca del papel satinado ¿qué habrá escrito hoy Maruja Torres hace dos semanas? Y ahí era el placer de leerlo en pareja o en la estricta soledad mitigada por su voz. Para muchos solitarios, más solitarios aún en domingo, el artículo de Maruja Torres era la ilusión más inmediata de compañía; una amiga que venía a acompañarles en el salón de casa con su charla ocurrente, cómplice, directa y familiar. Con sus altos y sus bajos, pero siempre inconfundible. Yo digo que el mayor logro de un escritor es tener su propio estilo y ése era su territorio conquistado a tal punto de ser acreedor de una denominación de origen dentro del periodismo. Para mí, podría ser llamado el artículo marujón, sin ánimo despectivo y por derivación de su propio nombre y quizá también por hacer material de enjundia de las realidades domésticas. Si, en el nuevo periodismo, Truman Capote y Tom Wolfe decían contar la realidad como una novela, Maruja la contaba como una anécdota. Tal como luego lo hicieron Carmen Rigalt, Carmen Rico Godoy, Elvira Lindo, Almudena Grandes, Carmen Posadas e Isabel Vicente e incluso Juan José Millás con la brecha abierta de la pionera. La sombra de Maruja Torres ha sido alargada y, al crear escuela, ha dado lugar a una larga nómina de emuladores e imitadores lo que, por desgracia, termina desembocando en un subgénero, “la marujonada”; un coladero para que un ejercito de plumillas, nada diestros, se encarguen de desmigajar las entretelas de su vida cotidiana con mayor afán de protagonismo que verdadero talento. Lo malo de los pioneros es que hacen parecer fácil lo difícil, propiciando despropósitos en los seguidores de su estela hasta estimular la creencia de que un artículo es un espacio que puede rellenar cualquiera con cualquier cosa. El artículo marujón, sin intención previa, ha hecho tanto daño al periodismo como el verso libre a la poesía. Valga el buen verso libre de quien sabe componer sonetos, pero, para nada, el de quien sin conocer las mínimas reglas, vende por escritura automática o lírica existencial, las cuatro chorradas sueltas que se le acaban de venir a la cabeza.Digamos lo mismo en el cuento, Borges fue el maestro de los cuentos de final inesperado, pero provocó el vicio de que sus muchos seguidores, a la búsqueda de finales sorprendentes, enrevesasen la trama a pique del culebrón o la resolviesen a todo trapo con abruptas salidas de pata de banco. Si el imitador de Borges para colmo escribe microrrelatos, el efectismo raya en lo patético. Si la tercera y última frase de su microrrelato ha de ser el desenlace inesperado, la cosa que sale, ni más ni menos, es un chiste.
Hasta los maestros se cansan de sus propios lugares comunes y vuelven a tomar nuevos aires.
Maruja en estos últimos tiempos se desmelenó como en el 68; pidió el voto por EQUO y se manifestó a favor del escrache, algo arriesgado por el amplio eco que despertaban sus palabras. No quiero pensar que, al final, cayó como una víctima más de la mordaza, pero no dejo de pensarlo.
Una historia ejemplar
Me gusta contarles a mis alumnos, que son de extracción muy humilde, la historia de Antonio Muñoz Molina como la de Miguel Hernández, “el poeta cabrero”. Biografías ejemplares de cuya moraleja se deduce que no hay mayor riqueza que el ejercicio de la voluntad y la constancia para llegar tan lejos como se quiera y permanecer para siempre en la memoria de los hombres, conquistando ese tipo de fama más sólida de la que hablaba el poeta, también jienense, Jorge Manrique, y que nada tiene que ver con el éxito efímero y quebradizo que proponen los reality-shows y el Youtube. Para quienes no tienen otro capital que sus sueños y sus deseos, resulta muy estimulante saber, con ejemplos tangibles, que algún día pueden realizarse, gracias siempre al afán de superación. En cualquier campo, también en el de fútbol. En esa cercana Rosaleda que tantas alegrías nos ha dado durante este curso académico con su bravío Málaga C.F. que tiene todo su intríngulis como herramienta pedagógica, pues ha venido a ilustrar esa enseñanza por la que se defiende la lucha continua y el esfuerzo como llave de todo triunfo. La última temporada del Málaga ha supuesto un amplio despliegue de educación en valores, pues, gracias a ella, muchos alumnos han aprendido a valorar el trabajo en equipo, a desarrollar la solidaridad que supone hacerse partícipe de una causa común, la afición a nuestro club, y, de paso, han fortalecido su autoestima, sin la cual es imposible progresar en ningún aprendizaje. Por una vez, era el equipo local, el suyo, quien despertaba el interés de la afición internacional por motivos propios de orgullo. Contra todo pronóstico; la amenaza de sanción de la UEFA, la deuda, la falta de inversión, la venta forzosa de jugadores, el equipo, lejos de rendirse, se crecía y plantaba cara a los grandes con esa energía arrolladora que sólo da el valor y el coraje. Mucho más que fútbol, lo que ha hecho el Málaga C.F. es dar forma a una leyenda épica que, muy en el tono de la épica española, trata del humilde que, desafiando al poderoso, llega de frente a la cima; que se hace a sí mismo. Éste ha sido siempre nuestro modelo de héroe, desde que la Edad Media elogiase las hazañas del Mío Cid.Me gusta celebrar con mis alumnos las gestas del Málaga y hablarles, en general, de historias de superación que nos enseñan que no hay mayor riqueza para el ser humano que la de creer en algo, querer algo y luchar por ello y que nadie es pobre si se hace de este capital. Por eso, pongo especial énfasis cuando les cuento la historia del “poeta cabrero”, Miguel Hernández, y de Antonio Muñoz Molina, un chico de pueblo, que trabajaba en el puesto de verduras de su padre en el mercado, pero nunca dejaba de hacer sus deberes, aunque fuese entre acelgas y repollos. Que su familia, de padre campesino y madre ama de casa era muy humilde y apenas conocía las primeras letras y sus abuelos se apellidaban Expósito, lo que hace pensar que procedían de padres o abuelos huérfanos. Recalco este dato porque, entre mis alumnos, hay muchos que viven en casas de acogida sin haber llegado a conocer acaso la identidad de sus padres y, al recalcar el dato, noto que se iluminan los ojos despiertos y vivaces de una niña que llegará muy lejos si quiere. Y quiere.
Era un martes, cuatro de junio, y ya habíamos llegado a la última página del libro, donde había un texto de “El jinete polaco” de Muñoz Molina; una novela que, entre mis libros de cabecera, nunca deja de hacerme revelaciones por el monólogo interior del protagonista; un bicho raro con el que me identifico plenamente. También aquel día en el que descubrí, con estremecimiento, que aquel personaje estaba contándome este preciso momento de mi vida. Por justificar la emoción, les conté a mis alumnos lo importante que era esa novela para mí y, de paso, les hablé de todas las otras, porque, desde aquella no me he perdido ninguna, si bien aquella fuese mi favorita por los tintes autobiográficos. Eso me dio pie para contarles al detalle la biografía de Muñoz Molina que es de, por sí, una novela también apasionante, cuando no, una gesta épica.
Había mucho de ejemplar en la historia de ese niño, tempranamente maduro por su carácter responsable y por convivir con los rigores de la pobreza, que pasó a ser el muchacho tímido y taciturno, algo acomplejado por su físico y su escaso éxito con las chicas que ahuyentaba su soledad entre libros y discos y soñaba con volar muy lejos de su pueblo como también lo hizo Joaquín Sabina. Siendo Úbeda, arte en estado puro, no parece lugar donde se encuentren bien los artistas. Lo demás fue trabajar, crecer y nunca conformarse. Tampoco con el puesto de funcionario que ganó por oposición en Granada y que abandonó para disgusto de su padre.
Vino a instalarse en Madrid para no distraerse de la escritura en la que se consolidó como el más firme valor de la literatura española, lo que le valió ingresar en la RAE como el académico más joven de su historia. Luego llegó el instituto Cervantes, Nueva York, y más premios y más trabajo y más premios y más trabajo. En su éxito nada hay de casualidad, les dije a mis alumnos al terminar la clase. Sólo es cuestión de tiempo que sea premio Nobel (yo creía que el Cervantes ya lo tenía.)
Fue un cuatro de junio; al día siguiente, Muñoz Molina recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Mis alumnos se alegraron tanto como yo.
Gigolós
Si la belleza, como creo, es más una cuestión de autoestima que de belleza misma, se podría decir que los españoles son los más guapos del mundo. A ver, si no, quién es el guapo que se atreve a ofrecerse como gigoló y acompañante de mujeres de alto nivel económico, tal y como, dicen, se están poniendo las mujeres de exigentes y, más aún, cuando, a cambio, de una sola cita han de pagar 4.000 euros. Mucho ha de confiar el aspirante a gigoló en sus capacidades como para no intimidarse ante la muy probable posibilidad de que la clienta pida una hoja de reclamaciones y se vaya sin pagar. Y mucho confía, pues, ante todo, éste es, en definitiva, un país de valientes. Cualquier otro varón del planeta se acobardaría por miedo a no dar la talla; el español no, el español saca pecho y dice; cuidado, que voy. La virilidad del hombre patrio está avalada por la más rancia tradición literaria, habida cuenta de que el mito de Don Juan es de claro cuño español, personaje que, por pintoresco, llamó la atención en otros países- donde, por el clima más frío, la sangre es menos caliente- hasta merecer versiones en francés e inglés, de Moliere y de Lord Byron. Aquí el primero que la escribió fue un fraile mercedario, cuyo celibato no le impedía conocer las entretelas de los asuntos mundanos. La fogosidad viril, por estos lares, no ha perdonado ni a las sotanas, que es ya materia de fabulación realista en las correrías eróticas del Arcipreste de Hita con sus fornidas serranas de velludos sobacos y en El Lazarillo, donde sale otro Arcipreste con barragana. Tampoco ha perdonado los claustros, si atendemos a la segunda versión española de Don Juan, firmada muy oportunamente por un escritor llamado “Zorrilla”.
Sin lugar a dudas, la hombría desaforada es característica congénita de la marca España. Como diría aquel; “hasta el rabo todo es toro”. Lo dice aquel y también una filmografía que, con el nombre de landismo, vino a perpetrar la leyenda del macho ibérico, basada, no obstante, en las realidades más cercanas de la época, como he leído en muchos reportajes a tenor de la reciente muerte del actor, Alfredo Landa, quien ha dejado para la memoria aquellas imágenes en las que lucía junto al escuálido José Sacristán una montera de torero y un torso desnudo, pequeño, peludo y suave con el que se disponía a arrebatar de pasión a unas suecas. De aquellas películas de Landa se ha dicho que aumentaban la autoestima del español medio, quien, al verse reflejado en el físico del actor, fantaseaba con sus ilimitadas dotes de seducción. Quizás demasiado, pues la fantasía y la autoestima, como todo, están bien hasta cierto límite, pero extralimitadas acaban cegando. Éste ha sido el caso de las víctimas de una estafa tramada por tres malagueños, que ofrecían trabajo como acompañantes y gigolós de mujeres potentadas a cambio de una fianza de entre 5.000 y 7.000 euros, que les sería devuelta a los galanes después de consumar sus servicios, con la cual sólo trataban de asegurarse de que el seductor acudiese a la cita. Que acudía, cómo no, pero, al llegar, no encontraban ni rastro de la opulenta señora ni, por supuesto, del dinero invertido. La estafa, sin embargo, podía olerse de lejos de no ser explicable sino porque a los estafados les cegó la vanidad, tal vez alentados por el ejemplo de ciertos referentes. Es comprensible que cualquier criaturo humano se considere capaz de igualar los encantos amatorios de, por ejemplo, un Julián Muñoz, quien, después de arramblar con las arcas públicas de Marbella, vende sus secretos de alcoba con la Pantoja, “la primera noche de pasión y los escarceos eróticos en el camerino”, según anuncia en titulares, una revista que encuentro en la sala de espera del odontólogo y que hallo muy apropiada como lectura de cabecera de los gigolós. Serán prejuicios –los gigolós me perdonen- pero no me los imagino, leyendo libros muy sesudos, aunque tal vez me equivoque y lean a Zorrilla y, como yo, se han encontrado por casualidad esta revista en la sala de espera del odontólogo. Normal es, en todo caso, que les haya afectado el contenido. Si Julián Muñoz, con su esperpéntica figura, sus pantalones subidos hasta el sobaco y su sonrisa de comadreja, puede servir de gigoló, la verdad es que podría servir cualquiera.
Lo peor en este país es que malos ejemplos hay muchos y cunden más que los buenos. Si la corrupción en política es generalizada, es porque, al entrar un nuevo político en filas ha dicho, si tantos políticos roban ¿Por qué no voy a robar yo también? Mientras el vecino decía, si mi vecino cobra y paga en negro, si defrauda a hacienda, si va con miles de trapicheos ¿A qué yo ser yo el tonto que no lo haga?
Mientras muchos de los que ahora se quejan, cobraban el paro al tiempo que trabajaban y cosas así, les daba igual que los políticos robasen. Como al Lazarillo que el ciego cogiese tres uvas, si él cogía dos. De alguien han aprendido los gigolós que no hay como ganarse la vida por la cara. Pobres.
Club literario “La Coracha”
Venga, anímate
¿Somos lobos o corderos? Nada ni nadie es lo que parece, mirado de cerca. Y eso queremos mirar de cerca para ver mejor. Por ello, en el Club literario “La Coracha” te proponemos leer esos textos que has escrito sobre el misterio que entraña el día a día o sobre cualquier otro asunto, aunque también podrás aportar otros ajenos que te gusten. O si no, escuchar los que tenemos preparados y charlar de lo cercano. Todos sabemos de eso. Al final, nos tomaremos unas cervezas para celebrar nuestro feliz encuentro.
La fecha: jueves, 30 de mayo a las 18:00
El lugar: Museo Municipal de Málaga (MUPAM) Paseo de Reding nº1
Por si la timidez os amedrenta os envío este vídeo de Georgie Dann, “Venga, anímate, es que me da miedo, venga anímate, es que no lo puedo hacer…
Fuera miedos y apúntate a una grata tarde de primavera.
Ahí va Georgie Dann, hazle caso y pincha su canción abajo…
Venga, anímate<
Brillantes hasta el final
Pellegrini, como no podía ser menos, se despide de La Rosaleda con una victoria, que deja al Málaga clasificado para Champions, si no lo impide la UEFA.Tres goles hermosos de Saviola, Baptista y el de Isco, que dicen que será el último en este equipo, han hecho posible callar las bocas de quien nos daban por acabados. Pero lo dicho, éste no es el fin. No será lo mismo sin Pellegrini y sin Isco o sin Joaquín, y, aún así, seguiremos luchando. Sabemos que ser grandes no es sólo cuestión de dinero, sino de valor y, en eso, el Málaga es campeón indiscutible. Esta afición no se amilana y apostará sin dudar por sus colores blanquiazules que, arropados por el cariño y la fe de esta ciudad, van a dar todo de sí, como acostumbran. Todavía queda mucho Málaga para dar juego y mucha guerra. Sin derrotismos y a por todas. Ahí va ese himno:
Himno del Málaga C.F
Las gaviotas
La gaviota es un ave merdellona. Chilla mucho y ensucia una barbaridad. Parece que en Málaga se encuentre en su medio, donde no deja de crecer y multiplicarse. Son una plaga y allá donde van, ponen el huevo. Aquí las tenemos de tres clases; las patiamarillas, las sombrías y las reidoras, que han desarrollado un carácter muy autóctono, porque, después de hacer la gracia, se cagan de risa en tus narices; menudas pájaras montan. Ahora, más aún, pues están en periodo de cría y eso las pone de los nervios. Por lo que leo en un reportaje, como siempre, impagable de José Torres, las gaviotas adultas monitorean el aprendizaje de sus gaviotillos, que se inician en el vuelo, no siempre de modo ejemplar, pues lo más torpes acaban haciendo el ganso y cayendo al suelo, lo que le vale las recriminaciones de sus padres, que les riñen con unos chillidos tan ensordecedores de enloquecer al vecindario humano que ha de sufrirlas bien de cerca. La educación de las gaviotas nos está saliendo por un pico. Por lo que interpreto del lenguaje de las aves malagueñas, el diálogo debe darse más o menos así:
Gaviota madre: Yonatán Lui, ¿quieres dejarte de hacer el maharón?
Gaviota hijo: No me ralles, mamá, que me lo estoy pasando pechá de bien con la Yésica y con el Adri.
Gaviota madre: De eso, ni mijita. Te he dicho cienes y cienes de veces que pa la casa.
Como toda madre malagueña, la gaviota puede dar mucho el cante al reprender a sus criaturas, pero, no obstante, pues es, en el fondo, una madraza, se pone hecha una fiera cuando alguien osa agredir a alguno de sus polluelos. Así ante la amenaza que supone el dispositivo que el ayuntamiento ha puesto en marcha para erradicar la plaga de estas aves invasoras, se ha advertido de que las susodichas aves pueden adoptar comportamientos muy violentos como, por ejemplo, me temo, agredir a un viandante. Probabilidad aterradora que recrea en la memoria colectiva, aquella escalofriante imagen en la que una enfurecida gaviota daba un picotazo hasta hacer sangrar la bella y rubia cabeza de Tippi Hedren. Era una secuencia de la película “Los pájaros” de Hitchcock; un film sobrecogedor, por cuyo impacto visual, varias generaciones perdimos nuestra concepción ingenua de las aves, evitando mirarlas demasiado de cerca.
Tampoco volvimos a mirar igual al propio Hitchcock, de quien se decía que tramó aquella película como una venganza personal contra Tippi Hedren, actriz por la que sentía una obsesión amorosa enfermiza que no halló más respuesta que la inquebrantable indiferencia de la rubia.
De modo que el cineasta convirtiese su deseo frustrado en la rabia, recreada por esas bandadas de pájaros enloquecidos que sometían el cuerpo de Tippi Hedren a toda clase de acosos y vejaciones. La historia de un despecho; podría ser. Incluso los peores sentimientos pueden inspirar las mejores obras de arte. La inspiración es materia caprichosa. La que hace, por ejemplo, que las palomas y las gaviotas gocen de un desmesurado prestigio lírico, que, en nada, corresponde a su natural carroñero. Ambas son amigas de vertederos y de dejarlo todo apercodido. También de reproducirse mucho, con lo cual llegan a protagonizar invasiones bastante bárbaras. Por ejemplo en Venecia, cuyos monumentos se deterioran hace siglos por el alto poder corrosivo de sus excrementos. Como recitaba Alberti; “se equivocó la paloma, se equivocaba”. Antes de que la ciudad de los canales sea inundada del todo por el Acqua alta, se la habrán cargado –perdón, cagado- las palomas. La paloma, siendo el símbolo de la paz, es un pájaro que da mucha guerra, pero cuesta dejar de concebirla como ese icono cándido y níveo que pintó Picasso con una rama de olivo en el pico. La imaginación da muchas alas y todo lo alado inspira. Incluso las moscas a Antonio Machado, “por amor a todo lo que vuela”.
Casualidad será pero, como símbolo, encuentro que las palomas son más de izquierdas y las gaviotas más de derechas. Ha sido nombrar la paloma y ya me ha salido un poeta y un pintor comunistas y es nombrar la gaviota y venírseme canciones de Julio Iglesias y José Luis Perales. Por algo la gaviota es icono del PP, también es símbolo de la libertad, pero eso ahora no viene al caso. Me llevaría a hablar de Juan Salvador Gaviota y no me cuadra en el artículo. O sí. Juan Salvador Gaviota, en otro estilo, era tan raro como quien fue el máximo representante del PP, José María Aznar, un pájaro de cuidado que amenaza con volver y que, mirado de cerca, a mí por lo menos, me da tanto miedo como alguna de las aves de Hitchcock. Sobre todo, si vuelve de la mano con Esperanza Aguirre. Dice él que España y la gaviota lo necesitan. En esto último, tiene razón, la gaviota anda últimamente maltrecha y como mostrando por todas partes su lado oscuro. Se le está viendo el plumero. Es dar una patada y salir dinero negro y negocios sucios por doquier. La gaviota, como ave del PP, podría llamarse avecrem porque sabe a sopa de sobre. No te rías, que es peor.
Pedir educación a gritos
La indignación hace que los españoles tomen las calles. Buena cosa; si tenemos que indignarnos, mejor que lo hagamos al aire libre. Indignarse en casa a través de las redes sociales, resulta riesgoso para la salud física y mental del ciudadano, quien, por ende, acaba desembocando en la obesidad y la psicopatía como podemos comprobar por los informativos, que nos devuelven al conflicto de Segismundo. La criatura que vive enclaustrada y hace del hogar su gruta, puede acabar asalvajada y desarrollando comportamientos brutales cuando, llegado el caso, ha de salir a espacios abiertos y relacionarse con otros seres de carne y hueso. Tal llega a ser su confusión por la falta de hábito que no se le ocurra cosa mejor que poner bombas o liarse a tiros con todo Quisque que le salga al paso. Los encierros generan mentes cerradas, capaces de muchísimas barbaridades y, por fortuna, no están asociados a nuestra idiosincrasia de país mediterráneo, cuyo clima benigno invita al paseo y la sociabilidad a cielo abierto. Nuestra cultura solar como la griega y la romana es más de plaza pública y lo que a ellos fue el ágora o el foro, a nosotros ayer mismo fueron los mercados. Qué lugar mejor para debatir de lo humano y lo divino que en la cola del puesto de la pescadería con ese pescadero, de moderador, que además suele ser filósofo y saber de la vida más que nadie –o que naiden-. Pero no hay caso, estamos perdiendo las buenas costumbres e integrando en detrimento hábitos de países fríos y oscuros contra nuestra natura. Cierran mercados bulliciosos, coloridos, vitalistas y abren supermercados funcionales, impersonales, donde nos volvemos flores de invernadero bajo la luz eléctrica y las familias, ajenas a un sábado esplendido de sol, pasean como zombies por el sótano de un centro comercial como si estuviesen en Noruega. El mundo es un disparate. Los rusos compran en la Costa del Sol, el sol que no tienen y los chavales costasoleños, más rusos que los rusos, aúllan cuando se sube la persiana y entra el astro rey como si padeciesen de fotofobia. Educados en la ética y la estética de “Crepúsculo”, reaccionan como vampiros ante la luz del día y da grima verlos sudar, envueltos en sus negros disfraces de góticos, a los treinta grados del mediodía. Los góticos quedan divinos en los barrios londinenses, donde llueve en verano y, del modo más natural, los chicos y chicas lucen extrema palidez y ojeras violáceas. Aquí no, aquí los góticos son una anacronía y una auténtica chaladura. Somos europeos, sí, pero no europeos del norte; en todo caso, europeos mediterráneos con su mijita también de africanos. Y, a mucha honra, cabría decir, no nos vayan a trastocar los papeles, a tocarnos la moral esas invasiones bárbaras con su lideresa, color lenguado, tan ambigua toda ella, ora comunista, ora neo-hitleriana y siempre, en todo caso, la mar de antipática; insaciable en sus exigencias; sobriedad, austeridad, sacrificio y nada pródiga en sus favores ¿cómo no se va a propagar la eurofobia?
Desde el euro pagamos más de la cuenta. Desde la Merkel, nos hemos vuelto una colonia de criaturas pesimistas, macilentas, culpables, acomplejadas. E incluso góticas. Desde que somos europeos, casi no pisamos la calle. El euro no nos ha hecho felices, si acaso sólo más pobres. Y más solitarios, lo que antes eran mil pesetas, un talego, con el que financiar una tarde de copas con los amigos, ahora son seis euros; o sea, calderilla para tabaco y poco más. Así no hay quien salga. Por eso, en lugar de relacionarnos, interactuamos, donde antes le dábamos a la lengua, le damos a la tecla y, si hay que gritar, escribimos con mayúsculas, nos cabreamos con medio mundo que, gracias a Internet, ahora está a tiro de piedra, pero sin dar un ruido. Y así nos va. Mientras discutíamos en Facebook con un ciudadano de New Jersey, el vecino de arriba, a pique del desahucio, se tiró por la ventana. Ni idea de cómo se llamaba. Esto no es lo nuestro, cuando interactuabamos con los vecinos en el rellano o a grito pelado por el ojo patio, sentíamos más de cerca el calor humano y, de no haber perdido aquella sana costumbre, tal vez hubiésemos caído antes en el timo colectivo de que estábamos siendo objeto. Hablando se entiende la gente, cara a cara y en la calle, que es nuestro hábitat natural y nuestra idiosincrasia.
La indignación volvió a tomar las calles el jueves pasado. Ya era hora; de la indignación y de que nos diera un poco el fresco. Daba un poco de grima ver a los profesionales de la enseñanza pidiendo educación a gritos y mucho que pensar que los presentes hubiesen perdido el salario de ese día, precisamente por ir a una huelga en la que protestaban por los recortes salariales.
La huelga, sin embargo, se saldó con resultados satisfactorios; para las consejerías que se embolsaron el dinero perdido por los huelguistas, para los sindicatos que se inventaron un 72% de participación a su favor y para los alumnos que vinieron muy bronceados de una esplendida jornada de playa.
A lo que se ve, las reformas del ministro Wert quedaron paralizadas. No importa, si no es Wert siempre habrá por ahí otro ministro dispuesto a devaluar aún más el sistema educativo. En eso estamos desde hace veinte años. Hay cosas en las que los dos grandes partidos están de acuerdo. Mientras la enseñanza siga empeorando, nunca se formará un tercer partido que les haga sombra. De aquí a la eternidad.
Club literario “La Coracha”
Mañana, jueves 16, a las 6 de la tarde en el Museo MUPAM, Paseo de Reding nº 1, Málaga (en la cafetería) volveré a presentar mi libro de humor “Sola en el Mundo” y charlaré con los asistentes sobre la literatura de lo cotidiano, a tenor de la exposición de Pedro Escalona, “Iluminaciones cotidianas”.Lo pasaremos bien hablando de experiencias literarias y biográficas y tomando algo fresquito. Venga, anímate.
Llegas demasiado tarde, Princesa
Las niñas ya no quieren ser princesas; no me extraña. A estas alturas, ser princesa se ha convertido en un oficio de alto riesgo, tanto que, para salir de palacio, mas va valiendo llevar un casco que una diadema. Por el momento, doña Letizia, como todo el mundo sabe, se puso un singular casquete para la ceremonia de investidura de los reyes de Holanda, que le ha valido ser una vez más diana de los dardos envenenados del marujeo internacional y los mariquitas de la prensa del corazón; una legión terriblemente nociva cuando se lanza a disparar, todos a una y que, desde el principio, se la tenía jurada a la señora de don Felipe por ser la chica tan mona y llevarse al mozo real, alto, guapo y rubio, que es que no hay derecho a que unas tengan tanta suerte y otras tan poca, qué caray, sobre todo, habida cuenta de que la muchacha era plebeya y no estaba preparada para ser consorte real. En lo cual no les faltaba su parte de razón. Hay que estar muy preparada, desde la infancia, para soportar el tremendo latazo que ha de suponer vivir como una Reina, que tiene que ser, imagino, tan cansino como ir de bautizo todos los días sin poder, cual hace el populacho, quedarse luego con los tacones en la mano, emborracharse y bailar la Raspa para relajarse. Un día se me ocurrió recrear la jornada cotidiana de una Reina entre rígidos protocolos y aburridísimos actos oficiales y me salió el relato más trágico de mi libro “Sola en el Mundo”; creo que casi lloré al escribir las últimas líneas.Es cierto que Doña Letizia no estaba preparada para ser como la Reina Sofía, cuyo ejemplo se le ocurrió invocar en mala hora a punto de fichar por la Casa Real e ignorando, me temo, en el fregado que se estaba metiendo, la pobre. Se dejaba adivinar que la chica era plebeya por su discurso atolondrado, tal vez inspirado por la ilógica irracionalidad del amor, que, en materia monárquica, es una auténtica locura. Una reina tuvo España a quien se le ocurrió enamorarse de su marido y pasó a la historia como “Juana la Loca”. A diferencia de sus concuñados, más taimados en sus intereses, se ve que Letizia se casó por amor y ahí empezó su calvario. Por dar la talla se subió a tacones de altura imposible y por dar el peso casi se queda en los huesos lirondos. Luego vinieron los Bracket y las operaciones de cirugía estética, archicomentadas en las tertulias chismográficas de sobremesa con sañudo encono, donde no han dejado de caerle toda clase de chuzos de punta. Que era cosa de ponerse el casco o, en su defecto, el casquete, por el cual ha vuelto a abrir hacia sí la caja de los truenos. No voy a decir yo que el dichoso tocado disco con pétalos de organza y plumas fuese un prodigio de la estética, pero tampoco hay para tanto. En materia de sombrerazos y pamelas horrendas la corona inglesa ha puesto el listón tan alto que el personal ya debería estar curado de espanto, si bien la advenediza Camilla Parker-Bowles, con sus recurrentes coronas de espigas ha moderado el habitual estilo agresivo de la casa real británica. Normal y sensato es que la mujer del eterno heredero repita una fórmula que le funciona, pues, en su caso, sería asunto de alto riesgo aventurarse con mayores experimentos.
Y así, poco a poco, va saliendo airosa del agravio comparativo con la fallecida Diana, sobre todo a nivel moral, porque a cualquier cabeza le sientan mejor las espigas que los cuernos.
Lo de Letizia es peor pues haga lo que haga, la grima mediática siempre soplándole en contra, no está dispuesta a pasarle una, lo que se deja entrever por la suerte de comentarios viperinos que suelen ir asociados a su imagen. A propósito, por ejemplo, del polémico casquete, pude leer; “a la princesa no le queda bien tener nada en la cabeza”. Escrito en una cursiva cargada de dobles intenciones y sentidos. Intentarlo, que no se diga, lo intenta desde el punto y hora que cambió su destino de periodista liberal por el de muñeca repollo, bien corregida en actitudes temerarias como quitarle al Príncipe la palabra. Quien te ha visto y quien te ve, silenciosa y sumisa, ni sombra de lo que eras, que sin sombra se diría que te quedas, cuando te pones de perfil en el desamparo de esa foto de familia donde van desapareciendo los miembros como en la novela “Diez negritos” ¿cuál será la próxima cabeza que se lleve al cesto la guillotina?
Con la peor de las fortunas, doña Letizia ha llegado a la Casa Real, justo en la agonía del juancarlismo para hacer el papel de María Antonieta, ahora que piden transparencia y ese tipo de requisitos contra natura a la condición congénita de la rancia monarquía, que cuestionan privilegios que se daban por supuestos hasta hace muy poco ¿desde cuándo una infanta es puesta en tela de juicio? ¿Desde cuándo es un delito que los reyes españoles tengan queridas y vayan de cacería?
No será lo peor que Letizia tenga que renunciar al trono, sino que realmente llegue a convertirse en Reina, a esas alturas su alteza habrá perdido ya tantos quilos que, en vez de cantarle el Dios salve a la Reina, habrá que cantarle una saeta. Ay, ay, ay.
P.D: Voy a colocar aquí una canción de Sabina que ,se entienda, viene al pelo -sólo- por el estribillo, ahí va Llegas demasiado tarde, Princesa
Día de la Madre
La gitanilla enfurruñada soy yo. La mujer estupenda, mi madre, observándome, como siempre muy de cerca. Mi mamá me mima. Felicidades, mamá.
P.D: El montaje de la foto es del siempre ínclito, Pablo Darío Martín Fontana, hermoso ¿no es cierto?






























