Dormir y callar

Ya nos estaban diciendo que no pasaba nada por no tener gobierno, que total sin gobierno no se estaba tan mal o, por lo menos, se estaba igual de mal que antes y, a qué venía tanta prisa para que saliese luego el sol por Antequera.

Hasta leí un titular que decía que “sin gobierno mejoraría la corrupción” ¿cómo es eso? ¿Todavía más?

Pero lo cierto es que sí pasaron cosas por no tener gobierno. Las fuerzas de la Naturaleza se desataron y dieron señales. Hubo terremotos y, cuando aún temblaba la tierra, se nos vino encima una tormenta tan furiosa que parecía que el cielo se fuese a desplomar sobre nuestras cabezas. Con algún conjuro se diría que nos habían enviado una plaga bíblica para condenarnos por el pecado original.

Me estaba preguntando yo qué habíamos hecho para merecer aquello, cuando, entre rayos, relámpagos y centellas, me llegó del cielo una voz mariana.

Dicha voz, entre críptica y gallega, me comunicaba que aquel azote natural se debía a la imprudencia con la que habían votado los españoles. Y, en parte, le di algo de razón en eso de la imprudencia, pues aún no podía comprender cómo había ganado el PP, sabiéndose lo que ya se sabía, pero por ahí no iban los tiros, o sea, los truenos, pues, ofendida la voz con mi respuesta, me coló por la ventana otro rayo tan colérico que me achicharró todo el flequillo. Qué noche la de aquel día.

Abierto el fuego y roto el hielo, le comenté a la voz celeste que tal vez el dios de la tormenta se había puesto fallero, acordándose del asunto valenciano de Rita Barberá.

¡Santa Bárbara nos asista! ¡Qué barbaridad! Si hasta dijo su hermana, “nos hemos pasado”. Es que la codicia es como la lujuria, cuando alguien se mete en esa espiral, se desorbita. Como Tiberio que se hacía mandar bebés a la isla de Capri para probar nuevas prácticas sexuales o como Roca que colocaba un Miró encima del váter.

Quien tanto abusa de los pecados capitales, termina haciendo rococó de la maldad.

La voz mariana que, encolerizada y todo, permanecía monocorde, me dijo que si me parecía mal lo de Rita, peor era lo de Podemos, pues Rita, al fin y al cabo, era limpia y blanqueaba el dinero, pero los de Podemos llevaban las rastas sucias y lo mismo tenían hasta piojos, que los piojos saltan de una cabeza a otra y por eso los hemos puesto a todos en el gallinero, para que no nos infecten.

Iba a responderle algo yo a la voz, ya que se la veía tan dispuesta al diálogo, cuando me anunció que se iba a acostar, que, a esas horas, ya solía estar en cama y no era cosa de hacer horas extra.

Así que la voz se fue a dormir como si tal cosa y yo me quedé desvelada encomendándome a  Santa Bárbara para que detuviese la tormenta y a Santa Rita, patrona de los imposibles, a ver si nos traía ya por fin el gobierno, porque, hay que ver las cosas tan raras que estaban pasando desde que no lo había.

Pues el martes por la noche, se anunció que lo del gobierno ya estaba en marcha, respiré aliviada, pero sólo un momento, pues a continuación, ya anunciaban que, si acaso nos habíamos librado ya de las catástrofes naturales vengadoras del desgobierno, con el nuevo gobierno vendría otra guerra civil, ya que Pedro Sánchez, quien había sido designado por el Rey para formarlo, no iba a tener más remedio que pactar con Podemos y eso era como volver al Frente Popular de la Segunda República.

Volví a consultar con la voz mariana, a ver qué me decía, y me respondió que Sánchez lo que quería era pactar con Ciudadanos y, para eso, ya estaba él que tenía más diputados. Y que lo dejase ya en paz, que parecía que le había cogido yo el tranquillo a sacarlo de la cama a aquellas horas de la noche y él no era de trasnochar.

Lo de la guerra civil yo no lo veía claro, pues las trifulcas de los partidos no eran tanto entre ellos como en su seno interno, de modo que parecían más peleillas domésticas que asunto de estado, si bien iban cambiándole de cara y sexo a cada rato al futuro presidente ¿cómo será la criatura? ¿Niño o niña? Mira que si, al final, es la niña de Rajoy…

Intentando conciliar el sueño inútilmente, fui a reunirme con los internautas, que, al contrario que la voz celeste, están siempre desvelados y hallé que, entre algunos de ellos, cundía la alarma, pues si Pedro Sánchez no conseguía los pactos requeridos y la aprobación a su investidura, tendrían que repetirse las elecciones en junio y lo mismo, en ellas, arrasaba Podemos y Pablo Iglesias nos llevaba de cabeza a todos a la república bolivariana, o, más aún, a un régimen soviético leninista; que lo llevaba ya escrito en la cara por cómo se le estaban achinando los ojos. En estas, creí escuchar un trueno que volvía a anunciar la tormenta, pero era sólo la voz mariana que ya estaba roncando.

Niños inmolados

Los padres de Diego

Hace una semana leímos la carta de despedida de un niño de once años que se había suicidado por sufrir acoso en su centro escolar. Lo peor que puedo decir al respecto es que el suceso no me sorprendió. Entiendo aunque no comprendo por qué un niño de tan corta edad puede buscar la muerte, cuando no encuentra otra salida. Sobre todo, porque puedo visualizar en mis recuerdos situaciones tan paralelas como la siguiente.

Una profesora se dispone a entrar en el aula, donde va a impartir clases, y se encuentra a varios alumnos enzarzados en una pelea violenta.

Hay otros profesores que en ese momento pasan por allí, pero hacen como si no viesen nada. Luego se entenderá por qué.

Un chico, bastante desarrollado para su edad, alto y corpulento, que parece llevar la voz cantante en lo que después dirán que es sólo un juego, ha sacudido un fuerte manotazo a otro, menudo y bajito. Las desproporciones físicas, a esta edad, son comunes y establecen roles de poder. El manotazo del chico corpulento ha sido tan virulento sobre la cara de su compañero que le ha roto las gafas y ha empezado a sangrar de un ojo.

La profesora se acerca al niño herido con gran alarma y éste casi le ruega que no se asuste, pues los ojos le sangran con frecuencia, debido a una conjuntivitis crónica.

Suena el timbre y la profesora se queda a solas con el chico agresor. Los demás acuden al aula que les corresponde.

Como hoy había excursión y han acudido pocos alumnos a clase, la profesora tiene a su cargo casi únicamente a este chico y otros pocos más, que han desaparecido como por arte de magia. Se dispone la profesora a redactarle un parte disciplinario al alumno que intenta impedirlo con gritos amenazadores, imponiendo en la proximidad su envergadura física como arma intimidatoria contra la mujer:

-A mí no me pones un parte por la cara- grita imperativo.

Tal es el volumen en su chorro violento de voz, que haciendo eco en toda la planta, alerta a otra profesora que viene en socorro de la primera:

-¿Qué está pasando aquí?

La primera profesora le explica a la segunda lo que ha sucedido y se resuelve que el asunto sea remitido al despacho de dirección, donde van todos.

La versión de la profesora es que este chico ha golpeado a otro, pero se piden las versiones de los demás testigos para contrastar ¿por qué la profesora no tiene presunción de veracidad? ¿Qué interés iba a tener ella en acusar falsamente a un alumno?

Acuden los niños que vieron la escena, menos uno que se niega a abandonar el aula; el menos cobarde entre los cobardes:

-Yo no voy a bajar para mentir- comenta.

El chico agresor toma la iniciativa del interrogatorio y con el pecho erguido y un tono prepotente y admonitorio se aproxima a cada uno de sus compañeros por turnos:

-¿Yo le he pegado a X?

Todos dicen que no sin demasiada convicción.

Luego, irguiendo aún más el pecho, se acerca intimidatorio al niño agredido.

-¿Te he pegado yo a ti?

-No, estábamos jugando- dice el niño acobardado, mientras se seca el ojo con un kleenex.

Es un chico prudente. Sabe que si acusa a su compañero, le puede llegar lo peor a la salida del centro.

Después de tal interrogatorio, se empieza a poner en duda la agresión. Tal vez el manotazo fue casual. Tal vez la profesora no vio lo que vio. Ante tanta presión, incluso la profesora empieza a dudar, aunque el manotazo no le pareció una visión precisamente.

El chico bravucón sigue gritando para nada apocado por la presencia de la directiva y exige que el parte disciplinario se le ponga a la profesora y la expulsen, de inmediato, del instituto. Sus gritos crecen cada vez más en volumen y prepotencia sin que la comisión de convivencia, que asiste a la escena con interés analítico y casi científico, lo interrumpa.

Luego se llega a un veredicto. La agresión no se ha producido, pero el alumno ha faltado al respeto a la profesora y se le expulsará del centro por tres días.

Cuando la familia del chico pregunte cuál es la causa de su expulsión, relacionará la causa con la profesora; un asunto que puede volverse contra ella. Así la próxima vez que vea un acto de violencia, aprenderá a mirar para otro lado como dicen que hacen todos los profesores. O no.

Algunos toman estos golpes como algo suyo y seguirán corriendo ese riesgo excesivo.

Cuando no queda constancia de la violencia, impera la ley de la selva y los niños más débiles la asumen en silencio hasta que no soporten más las palizas y quieran incluso morir. Como ese niño de once años.

Como siempre, se culpará a toda la sociedad de lo ocurrido, pero ya dijo Concepción Arenal que cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie.

Este y otros casos se podían haber evitado, sencillamente, tomando unas medidas que no se toman. Los menores tienen derechos, pero ninguno más que otros. Consentir la desigualdad es favorecer el abuso y la tragedia.

Queremos un diplodocus

Un profesor del futuro

No entiendo por qué tanto revuelo con el libro blanco de Marina. Yo le he echado un vistazo a su ensayo “Despertad al diplodocus” y me parece fenomenal.

Según el maestro, la solución al problema educativo en nuestro país, ya obsoleto y antediluviano como un diplodocus, vendrá de la mano de una nueva generación de profesores, que ahora se está horneando en la universidad. No lo tendrán, en principio, fácil, pues llegar a ser profesor en el futuro, exigirá superar más pruebas que las de Hércules, pero estos jóvenes, aguerridos, además de brillantísimos, saldrán de la facultad con un cuchillo entre los dientes, gritando “todo por la patria”, pues su misión no es ni más ni menos que salvar el país, a través de la enseñanza.

Destinados a ser profesionales de élite, tales docentes serán seleccionados como en Finlandia de entre aquellos que estén en el tercio alto de los mejores expedientes y puedan demostrar, mediante entrevistas, que tienen vocación y capacidad de comunicación y son capaces de enseñar.

Porque, claro, no basta sólo con tener la carrera y obtener las calificaciones más altas, eso es imprescindible pero no capacita para enseñar. Por supuesto que habrá que partirse los cuernos estudiando, pero eso es únicamente el principio, a ver si os creíais que la cosa está chupada.

Los brillantísimos licenciados, pasando una fuerte selección, tendrán que formarse en la docencia con un curso parecido al MIR de los médicos.

En vista de lo leído, un descreído podría preguntarse por qué esos jóvenes tan brillantes, comunicativos y capaces de sacarse un MIR, iban a querer ser profesores. La respuesta es clara; por vocación. La vocación, hoy día, es fortísima entre los jóvenes. Si vas a hacer una encuesta por ahí entre la muchachada, pronto sabrás por sus respuestas que todos tienen clarísima la profesión a la que quieren dedicar su vida; uno te dirá científico, otro arquitecto y el de más allá abogado o ingeniero. No faltará tampoco el que te diga que quiere ser tertuliano famoso como Kiko Rivera o participante de Gran Hermano y vivir por el morro moreno, pero qué son esos; puros casos excepcionales.

Lo cierto es que la mayoría de los chicos tienen vocaciones serias, claras e insobornables y, entre todas ellas, ninguna más fuerte que la de profesor. Las universidades están ahora mismo llenas de jóvenes cuyo máximo deseo es saltar como gladiadores a la arena de la docencia.

Quien es capaz de tener un expediente altísimo y sacarse un MIR, igual es capaz también de dedicarse a una profesión liberal, poner un despacho y forrarse

¿Pero por qué iba a preferir ese preparadísimo muchacho forrarse con una profesión liberal o dirigiendo una empresa desde un tranquilo despacho o consulta a dar clases en un instituto bien movidito para ganar 2.000 euros?

A la larga, ganar dinero, por mucho que sea, resulta aburridísimo y más aún desde un apacible despacho al que sólo se asoman subordinados pelotas para tratarte con respeto reverencial; ¿se le ofrece algo al señor? ¿Lo quería largo o cortado? ¿Le compro ya las entradas para la ópera o prefiere que le gestione su viaje al Caribe? Y venga, señor esto y señor lo otro ¿es que aquí no hay ni un histérico gerente que te contradiga o te insulte para ponerle sal a la cosa?

Contra lo que se diga, lo más importante no es ser rico, los ricos también lloran, sino vivir con emoción.

Recuerdo un diálogo entre los dos protagonistas de la película “Tras el corazón verde” que decía más o menos así:

-Ves, Joan, nosotros dos podríamos estar viviendo tan ricamente en Nueva York, pero aquí estamos en la selva, rodeados de alimañas y amenazados por unos sanguinarios traficantes de drogas. Qué felices somos.

-Desde luego, Jack. Cuando yo era una cotizadísima escritora de novelas románticas, no sabía qué era la felicidad, pero, gracias a ti, ahora vivo en un torbellino de emociones. Igual desaparezco entre las fauces de un cocodrilo, me muerde una serpiente venenosa o viene un traficante a volarme la tapa de los sesos. Te amo.

Y eso; que los futuros profesores, habrán de pasar pruebas durísimas, pero merecerá la pena, ya que sólo los mejores accederán a un centro de especial conflictividad, donde podrán vivir emociones verdaderas; ese niño psicópata que, con la cabeza perdida por los videojuegos, llega y te apunta con un rifle, esa madre que, quemada por la marginación social y la lata que le da el hijo adolescente, viene a vengarse de la cruda realidad, dándote un derechazo en la mandíbula.

Tan logradas me parecen las soluciones que da Marina al sistema educativo, que creo que habría que sacarlo en hombros y cantarle un himno. A mí se me ocurre éste:

Marina tú, que velas junto a mí y ves el fuego de mi inquietud. Marina, padre, enséñame a vivir con ritmo alegre de juventud. ¿Qué tal?

La mirada única de Bowie

En principio, no vino de las estrellas sino de Brixton, un barrio londinense, conflictivo y marginal, que convenía evitar en las rutas turísticas por la difícil convivencia de su población multiétnica y los habituales enfrentamientos entre tribus urbanas.

Su madre era acomodadora de cine y su padre se encargaba de la propaganda de una oenegé. Se llamaba David Robert Jones y podía haber sido cualquiera, peor que cualquiera, pero fue David Bowie y fue único.

La ley del determinismo biológico hubiera justificado que fuese un delincuente, un marginal y, en el mejor de los casos un don nadie, que es lo que se espera de los pobres chicos de barrio como si llevasen la fatalidad del fracaso en la sangre, pero el ser depende más de la voluntad que de la nobleza de la cuna. La voluntad es la energía que hace que las cosas existan y que seamos a medida de nuestros deseos. La voluntad de David Bowie era serlo todo. Y lo fue; un hippy, un vagabundo errático, el glam Aladdin Sane, el inquietante andrógino de Rebel Rebel, el extraterrestre Ziggy, el elegante Delgado Duque Blanco, un trágico arlequín, un lánguido prerrafaelita; todo lo que se propusiera.

Como una sola vida le venía corta, inventó muchos personajes para vivir todas las vidas de ellos, como hacen los actores; el actor que también fue en los escenarios y en el cine.

Fue construyendo su singularidad con los materiales que iban llegando a sus manos.

Su talento era convertir en arte hasta la desgracia y darle un brillo sugestivo.

La asimetría cromática de sus ojos se la debe Bowie al puñetazo de un compañero de colegio, George Underwood, que recibió mientras ambos se disputaban los favores de la misma chica. La agresión fue mayor porque Underwood llevaba en la mano un anillo, que causó estragos en el globo ocular de David, intervenido en varias operaciones con el resultado de una pérdida de visión parcial y una dilatación permanente en la pupila del ojo izquierdo.

Pero Bowie, lejos de convertir la experiencia en un trauma, hizo de aquel ojo oscurecido una seña de identidad; una clave que, en su físico, lo hacía definitivamente único.

El verdadero artista es el que hace de la diferencia no un complejo sino un estilo; el que hace arte del dolor y no resentimiento.

Olvidado del rencor, David Bowie no sólo perdonó a su agresor sino que continuó su relación amistosa con él, tocando juntos en algunas bandas y confiándole el diseño de las portadas de dos de sus primeros discos; Hunky Dori y The Rise and Fallo of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars.

Bowie hizo de su minusvalía no un defecto que ocultar sino un distintivo estético que quisieron imitar otros jóvenes, recreando el efecto con una lentilla de color.

Todo lo que era y hacía Bowie se convertía en objeto de imitación; sus peinados imposibles, su ropa transgresora, su maquillaje, pero él no imitaba a nadie, ni a sí mismo. No era uno de esos artistas burocráticos que buscan una fórmula para repetirla hasta la saciedad y terminan aburriendo. Cuando se cansaba de ser un personaje, lo destruía e inventaba otro sin dejar nunca de sorprender. No cesaba de experimentar, de cambiar; de probarlo todo para serlo todo. Igual fuesen las drogas, la diversidad sexual y, por supuesto, todos los palos musicales posibles; el pop, el rock, el soul, la música electrónica…

No se puede decir que tuviese más talento para vivir que para crear, como comentaba sobre sí mismo su admirado Oscar Wilde, porque la vida y la obra en el artista son materias indisolubles; su talento es vivir creando. 

 A veces se replegaba a sus cuarteles de invierno, ideando estrategias para vencer la próxima batalla y atacando de nuevo por sorpresa, completamente renovado, venía y vencía como Julio Cesar. Como en el campo de Marte, en los combates de Venus, Bowie era también Julio Cesar; el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos. Su discutida sexualidad transcendía al género porque ni siquiera podía limitarse a ser simplemente hombre o mujer. Su sexo no era de este mundo. Tal vez era el sexo de los ángeles o de los extraterrestres; un sexo que venía de las estrellas y que, como estrella, se gestó en la mágica oscuridad de una sala de cine, mientras su madre guiaba con una linterna a los últimos espectadores rezagados hacia sus asientos.

Hizo de su vida una obra de arte; una apasionante película en la que interpretó a todos los personajes sin dejar de ser él, sin renunciar a su identidad inconfundible, reflejada en la asimetría de sus ojos bicolores. Una originalidad difícil ahora de concebir en este mundo de borreguismo globalizado.

Pero incluso a esa misma película de su vida le diseñó su propio final para que no le faltase su propio sello personal en el epitafio. Fue en su último disco Blackstar, donde se viste de Lázaro para volver a las estrellas. Ya lo había sido todo; un hippy, un Glam, un punk, un arlequín, un extraterrestre, un dandy. Sólo le faltaba ser inmortal. Y ahora lo es.

El sexo de los muñecos

Según los sacrosantos psicólogos, los regalos de Reyes han de ser pocos y asexuados para que los niños desarrollen conductas positivas. Se entienden que pocos, pues los peques, aturullados por la abundancia de los presentes, dejan de valorar lo que se les ofrece, y asexuados para que, en el futuro, no desempeñen nefastos roles de género.

Me parece bien. Yo que recibía en Reyes pocos regalos y asexuados, puedo afirmar que, con ello, me he desarrollado plenamente como adulta.

Contra lo que se piense, las niñas de antaño, no recibíamos muñecos para determinar actitudes sexistas, ya que nuestros muñecos eran totalmente asexuados.

Entre los muñecos que me regalaron, los había hembras y machos. Las hembras eran Nancy y similares y a los machos los llamé Andresito, Gabriel y Jesusín, sin duda, movida por una necesidad sexista de establecer roles. Menos mal que mi hermano mayor vino un día a abrirme los ojos y, bajándole los pantalones a mis supuestos muñecos machos, vino a demostrarme la falsedad de mis prejuicios:

-Tus muñecos son todos maricones. No tienen pito.

Evidentemente, aunque acertase en la segunda cuestión, se equivocaba en la primera, prueba de que, en cuanto a sexo, homosexual o no, andábamos todas las criaturas bastante confusas.

Hace poco volvieron a reponer en la tele, “La guerra de papá”, película basada en la fantástica novela de Miguel Delibes “El príncipe destronado” y Quico, el protagonista de tres años, se pasaba el metraje preguntándose si era su padre o su madre quien tenía pito y si el pito, en cuestión, era pecado. Nuestras infancias, en fin, poco pudieron ser sexistas, pues el sexo entonces, sencillamente, era invisible.

Si bien, pese a aquel atraso atávico, los niños no tenían complejos por jugar con muñecas, como ahora recomiendan los pedagogos. Aunque, a los más entusiastas en tales juegos, lo que más les privaba era tullirlas, arrancarles la cabeza y quemarle los pelos.

El gusto de los chicos por las muñecas, tiene su faceta inquietante si se piensa en Guastavino; el personaje sombrío de un cómic argentino que, obsesivo, solitario y cuarentón, se enamoró de una muñeca por emular a su padre; un militar de la dictadura de Videla que ensayaba con muñecas, las torturas que había de practicarles a las subversivas.

Y a mí me da que este cómic tiene alguna inspiración en las perrerías que los milicos hicieron con el cadáver embalsamado de Evita Perón. Qué caminos tortuosos no seguirá el subconsciente.

Visto esto, se considerará que el juego con muñecas por parte de los niños tiene más riesgo de desarrollar sadismo que afeminamiento. Pues, si se teme al segundo aspecto, mucho peor es el juego con muñecos.

Conocí yo a un niño que vivió su infancia obsesionado por vestir y desvestir a sus Madelman. Toda su atención se iba en cubrir su poderosa musculatura con ropas de explorador, soldado o bombero y no podía dormir sin antes sumergirse en la bañera con toda su colección de viriles muñecos. Y entonces, pues eso.

Valga citar este ejemplo para desmentir ciertos tópicos, aunque sin la intención de demostrar nada que tenga que ver con el poder inductor de los juguetes sobre la personalidad infantil. Creo en la homosexualidad, no como producto de factores externos y absurdos, sino como una condición genética con la que se nace y ya está.

Es imposible dirigir la personalidad de los niños ni condicionarla a la elección de nuestros gustos y sus juguetes. Ellos, al final, serán lo que son, sea esto o no de nuestro agrado. Por lo tanto, mejor es regalarles los juguetes que ellos pidan, siempre que estén dentro de una medida y un precio razonable, y que luego salga el sol por Antequera.

A los niños más que el juego les gusta que los enseñen a jugar. Ese rato de explicarles las instrucciones y divertirse con ellos, que cuesta y vale más que el dinero.

Y, si no ha sido en ésta, quizás la próxima vez, aunque no lo pidan, entre todos los regalos, habrá que colarles un libro. Elegirlo, de acuerdo a lo que son ellos y no a lo que somos nosotros para que nos pidan otro y leerles las primeras páginas en voz alta, con mucha pasión. Eso funciona.

Mi padre me leía los libros con tanto corazón que ya no le pido más que libros a los Reyes.

Año Nuevo en mi barrio

El jueves ¿milagro?

Las fiestas en mi barrio no son para tirar cohetes, pero igual los tiran, y como decía la Mandrágora, hacen pum y hacen pam. Las calles, con huelga de Limasa y sin ella, están siempre sucias y el marroquí del bazar no tiene quien le compre.

Desde los atentados yihadistas, parece que cayó bajo sospecha y los clientes pasan de largo por su tienda. El yihadismo no tiene por qué implicar islamofobia, pero, normalmente, la implica.

Voy a comprar a su bazar un tarro de colonia y me encuentro al marroquí con la mirada hundida en el mostrador, la evidencia de la depresión en su gesto y su pelo ahora completamente blanco. Parece el abuelo de aquel otro hombre que hace una década regentaba un negocio próspero en Cristo de la Epidemia. El dolor envejece muchísimo.

Su esposa, junto a él, tras el mostrador, tiene en los ojos una mirada desafiante, que recibo en ausencia de otros clientes que han dejado de serlo. Lleva la cabeza cubierta con un pañuelo de esos que no sé cómo se llaman. Nunca me he interesado por el nombre de los pañuelos que llevan las mujeres musulmanas, tal vez porque creo que no es tan esencial quitárselos o no como quitarles la dignidad o el pan. Quién soy yo para opinar sobre los pañuelos que lleve nadie.

Los chinos, en cambio, venden muchísimo. Al promotor de PTV le han vendido un traje de Papa Nöel, de talla china, que, siendo el hombre alto y corpulento, le queda pequeñísimo. Tan estrechos le quedan los pantalones que hasta le marcan paquete. Este toque erótico, en apariencia poco adecuado para el entrañable personaje navideño, ha resultado un éxito después de todo. En su chiringuito a la puerta del super, ya hay varias señoras interesadas en su paquete de ofertas.

La tienda de Mamadou sigue sin facturar. El africano vende fajas para chicas gorditas, pero parece que ninguna se anima a meterse en el probador.

Más afluencia de gente hay en la oficina del INEM. Ahí menudean los parados de más de cuarenta años con las esperanzas mermadas y barbita canosa de tres días, a ver si les cae la lotería de un trabajo o, al menos, la Pedrea de un subsidio. Hoy tampoco será porque, como siempre, les falta un papel. Vuelva usted mañana. Y volverán, cómo no, al fin y al cabo, tienen todo el tiempo del mundo para dar paseos.

En el bar de enfrente, se saludan dos jubilados. La charla comienza distendida en torno a una copita de anís hasta que llega la fatal pregunta del millón:

-¿Pero tú a quién has votado?

-¿A quién va a ser? Yo soy un patriota.

-O sea, que has votado al PP. Es que siempre has sido un facha.

-¿Y tú qué? Un enemigo del país, un secesionista; un comunista. Seguro que votaste a Podemos. Además de viejo, eres tonto.

-El tonto lo serás tú.

-Y tú más. Mira que…

Los jubilados se enzarzan a puñetazos. Y, tras unos minutos, se oye a lo lejos la sirena de un coche de policía.

Si fuese por algunos de mis vecinos, aquí no se darían nunca pactos ni alianzas.

Después de los resultados del 20-D, los optimistas dieron la bienvenida al pluralismo, pero no faltaron los agoreros que dijeron que ahora, en vez de dos Españas, hay cuatro.

Con las negociaciones de la pluralidad, nos darán las uvas y, con muchísima suerte, los Reyes Magos nos traerán la fumata blanca: “Habemus presidente”.

Estas están siendo las fiestas de la incertidumbre y los informativos producen ansiedad. De un momento a otro, nuestro futuro va cambiando de color como las luces de un semáforo, según van diciendo los telediarios. Menos mal que luego ponen los programas de humor y nos relajamos del futuro incierto con el pretérito anterior. Allí nos sirven las risas en platós vintage de cuando Iñigo, Gila, El un, dos, tres, Tip y Coll, Juanito Navarro, Maricarmen y sus muñecos y Martes y Trece, por ejemplo. Qué tiempos aquellos.

Las sobras son parte de la esencia navideña. Consumimos las sobras de la televisión del pasado como cada día las sobras de la cena anterior.

Cuando salga este artículo, estarás recalentando sobras de la cena de Nochevieja para prepararte el almuerzo en el año nuevo.

El año nuevo en mi barrio pinta como una de esas películas de Berlanga en blanco y negro con el desorden de muchos personajes secundarios, todos hablando al mismo tiempo y sin ponerse de acuerdo, a la espera de algún guiño de la Fortuna. A no ser que, al final del pasado jueves, nos haya llegado ya el milagro. Ojalá.

Ponte el chip

Buenas noticias. Ha dicho Juan Manuel de Prada que el hombre no está en evolución progresiva sino en regresión circular y, por tanto, volverá a ser animal a secas de aquí a un tiempo. Yo ya veo señas de esto por la experiencia empírica. O sea, si uno comprueba el nivel cultural de la población, por ejemplo, contrastando cuáles son los programas televisivos de máxima audiencia desde hace décadas, resulta que el homo sapiens bajó de nivel a homo erectus cuando Telecinco e incluso ya como homo erectus va degradándose más aún.

Dicho sin doble intención, el homo erectus ya ni siquiera es tan erectus, dada la inclinación que va adquiriendo su columna al estar siempre inclinado sobre su móvil. Dijo aquel, que no yo, que cuanto más inteligente es el móvil, más tonto es uno y me da que con tanto encorvarse a fuerza de smartphones, iphones o lo que sea, lo suyo será acabar andando a cuatro patas como el homo procónsul, nuestro tatarabuelo.

Para entonces nos pondrán un chip, pues más que monos, seremos mascotas caninas. Unos perritos muy cucos y la mar de domésticos, según las tendencias en dirección de empresas que van a primar en el futuro, que detalla el semanal.

Los empleados llevarán un brazalete (en resumen, un chip) que controlará todos sus movimientos a lo largo de la jornada laboral a objeto de que el empresario valore su rendimiento y seleccione personal. Es decir, quien detecte que pierda más tiempo va a la calle. Pongamos por caso aquel que va demasiado al baño y allí desperdicia los minutos que le debe a su empresa. A mear a tu casa, Rodríguez.

Y qué no será de ese otro que encima, además de hacer pipi, hace popo, que es empresa de mayor duración en minutos. Hay que ver qué abuso el de los estreñidos. Así va el país.

A como esta el asunto, será cosa de vigilar el desayuno. No sea que un exceso de zumo de naranja, cereales o aceite de oliva dé con tu contrato en el retrete. La cagaste, Burt Lancaster.

A mí todo esto me parece muy bien. Después de la reforma laboral, lo del chip es el mayor avance para la revolución del proletariado. Y qué caray, qué es eso de los derechos de los trabajadores, ya es hora de abandonar el populismo y cortarse la coleta. Sobre todo, si la coleta te sale meona.

Lo que pinta el panorama económico futuro es que los pocos afortunados que trabajen, lo van a hacer como chinos. Y no es simplemente una expresión, he leído la entrevista con Javier Reverte donde explica cómo ha remontado la potencia asiática y las posibilidades, muchas, de que hayamos de seguir su ejemplo. Por qué no, en masoquismo los chinos no nos superan, si veo que en las elecciones generales vuelven a ganar los populares. Aunque no me queda muy claro si los que les votan son población en activo. Los parados no creo, me parece. Entonces…

Pues, a ver, que yo por no seguir ahondando en la cosa política, tan complicada hoy día, me voy leyendo las publicaciones de psicología en el semanal, que me dan muy útiles pautas de conducta. Por ellos vengo aprendiendo que hay que conformarse con lo que uno tiene aunque no tenga nada y disfrutar de cosas sencillas como un rayo de sol con una sonrisa. Qué guay.

Si te desahucian, oye no pongas mala cara, sonríe y disfruta que el sol está cojonudo. ¿Que te despiden? Pues hala, no seas mustio, venga esa sonrisa, qué hay mejor que un lunes al sol. ¿Que te congelan el salario o te lo recortan? Hombre, a sonreír, no seas sieso, que hace un sol del carallo.

Estoy aprendiendo, aunque ya me lo sospechaba, que para sobrevivir hace falta un gran sentido del humor, si bien dentro de ciertas normas. “No hay que abusar de la ironía”, advierte el artículo.

Me temo que la ironía es la mejor arma que tengo o acaso la única que tengo para sobrevivir y escribir estos artículos. Y prescindir de ella sería negarme a mí misma como escritora, articulista y hasta como persona, pero qué caray lo bien que se está al solecito.

Más que Rajoy, su primo

Más que a Rajoy, a mí me hubiese gustado ver a su primo para que me dijese que es mentira lo del cambio climático. Mi casa está ocupada por un ejército de mosquitos y, sin ser científica, me parece que eso quiere decir que hace demasiado calor para ser diciembre. Así que, además de insecticida, necesito una mentira como la copa de un pino para relajarme y creer que no hay calentamiento del planeta. La verdad, en este caso como en otros, sería demasiado cruel y saberla no es siempre la mejor manera de remediarla. Cuando Laocoonte dijo que el caballo estaba lleno de tropas aqueas, dispuestas a arrasar la ciudad de Troya, Atenea le envió dos serpientes enormes para que acabasen con su vida y la de sus hijos y, a fin de cuentas, igual ardió Troya. De modo que, siendo la verdad fatal, lo mejor será ignorarla y no tener boca de cabra, vayamos encima a tonterías. Y si hay que arder en el fuego eterno, tarde o temprano, ardamos todos cuando llegue cumplida la fecha, pero, mientras tanto, disfrutemos de la fiesta, el vino y las mentiras piadosas que abrigan más que la verdad desnuda.

Digan lo que digan, la mentira resulta más agradable que la verdad, pues ¿quién prefiere que le digan la verdad de corazón, por lo general, con muy mala leche a que le mientan con mucha más gracia? Los piropos son normalmente mentira y, sin embargo, nos gustan un rato. En eso se basa la publicidad. Compramos un producto, por caro que sea, porque nos dicen que está destinado a gente exclusiva y excepcional como nosotros. Eso no falla. Uno se siente elegante, como la Preysler, cuando compra Ferrero Rocher e inteligente cuando compra una lavadora inteligente. Halagar al comprador es la mejor manera de metérselo en el bolsillo.  

Comprendemos, por tanto, que los políticos mientan para que les compremos el voto, si dijesen la verdad a lo mejor nadie los votaría, pero quizás lo que le reprochamos es que lo hagan tan mal y en su propio perjuicio, porque, a ver, si Rajoy mintiendo tan mal dicen que va a ganar las elecciones, qué mayoría absolutísima no podría alcanzar si mintiese bien.

El caso es que en el debate del lunes, yo hubiera preferido ver antes que a Rajoy a su primo, que, seguramente, nos hubiese engañado mejor. Si un tipo es capaz de defender que no hay cambio climático, en medio de este invierno caribeño, igual es capaz de convencernos de que no hubo rescate, de que la reforma laboral es una revolución para el proletariado, el paro unas vacaciones relajantes y Luis Bárcenas el presidente de una oenegé. Pero Rajoy, fiel a su esencia, ni quiso ni supo engañar a nadie como dando por hecho que su victoria sería un hecho fatal, incluso ajena a sí mismo, que quizás ande loco por coger una buena jubilación para vivir en paz en alguna remota aldea gallega, lejos de las masas que tanto le crispan los nervios. En uno de sus últimos paseos electorales por Pontevedra, un menor de 17 años le ha asestado un puñetazo y le ha roto las gafas.

Ni siquiera Galicia es el feudo apacible que era, ni tampoco la oposición, cuyo líder, cargado de fogosa juventud, viene con ganas de guerra. Él ya no está para esos trotes.

Muy lejos queda ya esa propuesta de coalición de Gobierno entre PP-PSOE que propuso Felipe González, si eso pudo querer significar la salvación nacional, después de lo visto, sálvese quien pueda.

Después del debate, lo que nos quedó muy claro es la total falta de empatía que había entre Rajoy y Sánchez. El cruce de insultos entre ambos tiene toda la pinta de ser uno de los momentos más memorables de los anales de TVE junto con los disparos de Tejero, “Todos al suelo” y la empanadilla de Encarna.

Sánchez le llamó a Rajoy indecente y éste le llamó “Ruiz” como si no recordase que se llamaba Sánchez. Ése fue un gesto muy feo, la verdad.

Lo demás hasta aquel momento, fueron términos abstractos, inasequibles para la mayoría. Se habló de millones de euros, o sea, cifras incapaces de concebir para la mente del ciudadano medio español que pierde la cuenta después de los tres ceros ¿de verdad existen los millones de euros?

El otro día vi por primera vez un billete de 100 euros y se me saltaron las lágrimas. Entré con él al Mercadona y, a la salida, se me volvieron a saltar porque sólo me devolvieron unas monedas.

Si hay familias que viven también con salarios de dos ceros, me pregunto cuántas visitas al supermercado pueden hacer al mes y cómo sacan las vueltas para pagar el agua, la luz y la ropa.

El tema de los salarios es de lo más controvertido. Tanto que en el debate, cuando Campo Vidal, quiso poner sobre la mesa, el problema catalán, Rajoy y Sánchez, haciendo caso omiso, seguían discutiendo sobre los que cada cual cobraba o había cobrado. Ahí nos volvimos a perder porque otra vez se hablaba de cifras remotas e inalcanzables para la mayoría.

Tal acaloramiento emanaba de la pantalla que abrí la ventana para que entrase aire fresco. Y, en estas, con el aire regular de fresco, empezaron a entrar unos mosquitos enormes, como creyéndose que estábamos en verano.

Y me puse a buscar el teléfono del primo de Rajoy, a ver si me mentía mejor.

La menina dominatrix

Rajoy estaba comiéndose una paella gigante, mientras los candidatos a las elecciones generales se preparaban para participar en el gran debate convocado por Atresmedia.

No sin cierta lógica, prefirió el presidente la paella al debate, pues, gracias al programa de Bertín, sabemos que nuestro prócer no sabe cocinar. “Cuando estaba en mi piso de estudiante en Santiago, me preparaba a lo más espaguetis y arroz en blanco y les echaba cosas de lata por encima”, confiesa Rajoy a Osborne con un tonito entre tierno y tristón, que celebra guasón el presentador jerezano y conmueve a los telespectadores.

Ay, qué penita daba ese joven estudiante Mariano con el desaliño precario de sus latas de conserva y qué hábil estuvo Bertín, obteniendo esta confesión, que tanto nos tocó al personal la fibra sensible. Sin duda alguna que el cantante con sus programas de entrevistas, ha creado una estrategia inigualable para sacar el lado humano de los políticos, mientras abraza sobre el sofá su cojín de Ikea. Y qué escena entrañable, luego del sofá, ver a esos dos hombretones enfrentarse a una vitrocerámica como a un enigma.

Fabiola le había explicado a Bertín cómo funcionaba pero ya ni se acordaba y Rajoy impotente le repuso que, si quería, podía darle una charla, pero que en esto no podía ayudarle. Daban ganas de decirles, “menudos patanes que sois los chicos con las cosas del hogar. Quita, quita, que ya lo hago yo”.

Menos mal que después se pusieron a lo suyo, a la más masculina partidita de futbolín, donde Mariano es un as y demostró su lado divertido en las distancias cortas. Tanto que le preguntó al cantante, que estaba deshecho de la risa, ¿tú crees que soy tan soso como dice la gente? Y lo decía con tal expresión compungida que te venía el impulso de abrazarlo como a un muñequito furby de peluche.  Hay que ver, que resultaba que nuestro presidente sufría por la falta de cariño de la opinión pública, que era después de todo un ser sensible e incomprendido hasta que Osborne nos mostró que también tenía su corazoncito.

De este modo, ya que nos habíamos encariñado con ese nuevo Rajoy sentimental, que nos descubrió Bertín, gracias a sus habilidades empáticas, lo echamos mucho de menos en el debate de la Sexta, donde envió a Soraya en su lugar ¿no era ése un desprecio al público que en casa de Bertín logró encontrarlo cercano y asequible?

Las malas lenguas decían que Mariano era más político de sofá que de estar en pie; que lo suyo era el sofá de Bertín como luego el sofá de Doñana desde donde vio el debate, pero quizás la verdadera causa es el feminismo explícito del presidente. Digámoslo pronto y claro, Rajoy admira y confía en las mujeres. En el impagable programa de Osborne dijo que eran las mejores cocineras y, por lo visto en su último gobierno, también las mejores gestoras, pues más hemos visto en el periodo de su mandato a Dolores de Cospedal y a Soraya Sáenz de Santamaría que a su propia persona.

Así que, creo yo, en su propio perjuicio, envió a Soraya al debate de la Sexta que, nada curtida en el sofá intimista de Bertín, se mostró prepotente, cruel y despiadada.

Si la intención de voto al PP se mide más en razón de Soraya que de Rajoy, ahora me explico el éxito de las “Cincuenta sombras de Grey” en este país. Debe haber por ahí mucho masoquista.

Soraya, pequeñita pero matona, nada intimidada por la altura de sus contrincantes, parecía una dominatrix, dispuesta a merendárselos a todos.

A Rivera se le pusieron nerviosas las manos, a Pablo Iglesias le transpiraban las axilas y a Pedro Sánchez le remoloneaban las palabras.

Ya, de entrada, la justificación de la ausencia de Rajoy fue un alarde bestial de soberbia. El presidente, como decía Soraya, sólo se medirá en un debate con el líder de la oposición. Y, en estas, me pareció que a Rivera le arrancó un puchero tan dolido que a mí, que no soy nada riveriana, hasta me dio pena del muchacho.

Luego llamó al conjunto de los líderes “tripartito de perdedores” por el que nunca apostaría España y lo hizo con tal desprecio que, por puras razones emotivas, me puse del lado del tripartito.

Sinceramente, eché de menos, la mirada parpadeante de Rajoy, su timidez y su inseguridad. Aquella certeza petrificadora de Medusa en la mirada de Soraya, afirmando las bondades inigualables de su gobierno, negando evidencias y pasando por alto la extrema necesidad y precariedad en la que se encuentran tantas personas en nuestro país, daba miedo.

Seguridad transmite, claro que sí. Dad por seguro que la piedad nunca será parte de su discurso.

P.D: Por cierto que me he enterado por José María de Loma de que Rajoy casi no probó la paella y luego se fue a comerse un rodaballo ¿hay cambio o no hay cambio?

Leer a Kant

Me había hecho ilusiones. Ahora que el Gobierno quería eliminar la filosofía del panorama educativo, se volvía a hablar de Kant. Pensé que, por lo tanto, todo el mundo iba a lanzarse a la calle a comprar la “Crítica de la razón pura” o la “Ética de la razón pura” como la llamaba Pablo Iglesias.

Cuando se habla de un libro en televisión es normal que se ponga de moda. Ocurrió con “El doncel de don Enrique el Doliente”, una novela mediocre de Mariano José de Larra, que pasó sin pena ni gloria por el siglo XIX, pero que empezó a venderse como rosquillas cuando doña Letizia se la regaló en la petición de mano al ahora rey Felipe VI.

Con las mismas, creí que Kant iba a convertirse en superventas. Y tal vez no, pero lo cierto es que el nombre del filósofo habrá tenido millones de visitas en el Google y quien más, quien menos, ahora sabe superficialmente quién es ese hombre. Tan superficialmente como Albert Rivera que lo recomienda sin haberlo leído o como Pablo Iglesias que se equivoca con el nombre de su obra cumbre o como el partido del gobierno que ni siquiera considera que haya de ser estudiado en las aulas. Parece que la filosofía a los políticos, es lo que la tónica fue a los refrescos. O sea, que la han probado poco. Aunque esto no quiere decir que no les guste y, menos aún, que no puedan hablar del tema.

Albert Rivera recomienda a Kant sin haber leído ninguna de sus obras y recuerda a esa miss canaria que decía: “Mi plato favorito es la langosta, aunque nunca la he probado”.

Como el cachondeo se ha cebado con la declaración paradójica del líder catalán, le han salido al político paladines que, indignados, se preguntan por qué se burlan de quien no ha leído a Kant los que tampoco se lo han leído. Si bien esto es desviarse algo del motivo del jolgorio, pues el debate no está en que Rivera no lea a Kant- nadie se lo ha pedido- sino en que, sin leerlo, lo recomiende. Si dicho ejemplo cunde, resultará que la lectura no es necesaria, ya que es posible opinar sobre libros sin tener que leérselos.

Y, en este sentido, los que querían combatir la crítica a Rivera, se han enzarzado en una crítica a la razón pura, a Kant y a todos los libros por extensión, que, según ellos, en nada le sirven a un gobernante para sacar adelante un país. Y tal llegó a ser el fragor guerrero de los simpatizantes del falso kantiano contra la intelectualidad que, en los foros, casi llegó a leerse: “Mueran los intelectuales, arriba España”. Francamente, y nunca mejor dicho, muchas veces a los líderes de los partidos les hacen más daño sus simpatizantes que sus detractores, pues viendo cómo se las gastaban los seguidores de Albert, daba miedo pensar en su victoria en las urnas.

Parecía que quisieran arrojar los libros a la pira como en tiempos de la Inquisición. No obstante, esa manía contra la letra impresa ya me decían que apuntaba maneras desde Málaga por la fijación que tiene Ciudadanos en cargarse el IML (Instituto Municipal del Libro).

Raro me resultaba esto de concebir, pues ya creía que ningún partido político podía ser más nocivo para la cultura que el del gobierno, que ha penalizado las actividades culturales con un 21% de IVA, echando a la gente de cines y teatros y condenando a los artistas a la miseria. Y ya estaba esperanzada con esa propuesta de Rivera de bajar de ese 21% al 7%, lo que significaría volver a respirar, pero me leí la letra pequeña y volví a asfixiarme, pues ello sería posible con la eliminación del senado, asunto poco probable, y conllevaría el aumento de precio de los libros. Qué fijación con los libros, oye.

Si, como decían aquellos del foro, los gobernantes no tienen por qué ser cultivados, tal vez tendrían que dejar la gestión de la cultura a los intelectuales, porque el mestizaje suele salir bastante mal, máximamente para los segundos, a quienes últimamente en todas las entrevistas se les pregunta por su opinión política y acaban firmando titulares como “Todos los políticos son una manada de inmorales, ladrones y berzotas” que, como es lógico, luego se le vuelven en contra.

Hermoso y deseable es el maridaje entre cultura y compromiso, pero también sería necesario que los políticos se comprometiesen con la cultura y no, precisamente, a dejarla en cueros.

Recortar en cultura y educación es recortar en progreso, pero quizás la única forma de amasar un electorado acrítico que sea condescendiente con los errores y abusos de sus próceres.

Ninguno de estos dos temas sustanciales están saliendo nada airosos en los debates, si se considera que la solución a la enseñanza es pagar a los profesores por rendimientos, cuya evaluación difícilmente objetiva podría dar lugar a sospechosas jerarquías, que den al traste con el espíritu de cooperación y solidaridad, imprescindibles para trabajar en los centros en tiempos tan difíciles.

No es el momento de leer a Kant, sino más bien a Schopenhauer.