El verano en Croacia (III)

Hvar es la isla más elegante y exclusiva de Croacia. No obstante, ha sido siempre el lugar favorito de los croatas adinerados para establecer su residencia vacacional.

A una hora en catamarán desde Split, te encontrarás desde que pones un pie en su puerto diáfano con un aire distinto. Una atmósfera selecta y distinguida que ya se respira en las terrazas de su exquisito paseo marítimo, donde huele intensamente a lavanda, hierba aromática típica de la isla, que es vendida en los puestos de alrededor bajo la forma de diversos objetos destinados a perfumar los armarios; animalitos o angelillos tejidos en croché con su fragante saquito correspondiente. Observo que las chicas que atienden estos puestos son refinadas bellezas rubias, vestidas en impecables tonos blancos y violetas.

Frente al trajín bullicioso que hormiguea en Split, Hvar desacelera sus tiempos en un ritmo pausado y vacacional de ociosidad perezosa. Aunque el precio que hay que pagar por este remanso es elevado. El secreto de su exclusividad reside también en sus precios. Es una isla cara y sus residentes veraniegos son afortunados, entre otras cosas, porque tienen una fortuna. Como no es el caso, nos quedaremos aquí un solo día. Después de mucho buscar, hemos encontrado un apartamento a 100 euros la noche. Lo más barato que aquí se puede encontrar. Pero merece la pena. Tiene una bella terraza espaciosa, cubierta por una frondosa parra, y, desde ella, se divisa el mar que, sin necesidad de photoshop, entrevera el azul profundo con el turquesa. Un lugar excelente para montarse un almuerzo croático; una ensalada y el característico jamón y queso dalmata, acompañado con uvas e higos secos. El jamón tiene un puntito dulce, muy sabroso y el queso es recio y algo picante. Magnífica combinación.

Como hace mucho calor, aunque no tan asfixiante como en Split, acompañamos el almuerzo con cerveza. Sobre la cerveza croata, haré un inciso que creo que agradecerán los lectores. La cerveza es uno de los alimentos más baratos que se pueden adquirir en Croacia. Contra lo que se pueda pensar, incluso en los supermercados, los precios igualan o superan a los españoles, pero no tanto el de la cerveza. Hay tres marcas nacionales; Ozujsko, Karlovacko y Pan. Las tres están bien, pero yo recomiendo la primera. Ahora, eso sí, cuidado al pedirla en los bares. La pequeña equivale a lo que es aquí un tercio y la mediana, a medio litro. Así que prudencia.

Hay calitas estupendas para bañarse sin alejarse del centro de la isla, pero también es posible ir a Jelsa en catamarán; una opción que gusta a los más naturistas.

De noche, después del baño, la consecuente ducha y la larga mirada a la puesta de sol, es de rigor un paseo por la ciudad antigua, mimada especialmente por los venecianos; recorrer la plaza de San Esteban y desde allí trepar- sí, casi trepar- por una callejuela muy empinada hasta la fortaleza española, llamada así por haber sido mandada construir por Carlos V. El paseo sinuoso entre jardines que allí conduce suele estar muy solitario y da miedo tropezar con algún asaltante. Tranquilidad, Croacia es un país seguro y la vista de la ciudad desde el castillo es, sinceramente, fabulosa. Si alguien puede asaltarte será a la vuelta, pero de modo amistoso. Se trata de un relaciones públicas de un pub, que mide más de dos metros. Una altura tampoco tan excepcional para los hombres croatas. Impresionan, pero son pacíficos.

La noche es larga en Hvar, tanto como tú quieras, pero hay que madrugar para tomar el ferry a Korcula. Otra isla que no te puedes perder. Otra horita en ferry, nada de nada.

Pues bien, Korcula es una isla más asequible, más pueblo, diría yo, pero no carece de encanto. Se llama Korcula, “la Corfú negra”, por la espesura de sus bosques y es la ciudad natal de Marco Polo. Su casa es uno de los lugares más visitados de la isla. Está en el corazón de la ciudad antigua, rodeada por las murallas, y, antes de llegar a ella, te perderás por callejuelas, salpicadas de iglesias con sabor medieval. Algunos comentan, “si yo fuese Marco Polo, nunca me hubiese ido de aquí”.Pero ¿qué sería del mundo sin los grandes viajeros?

Sin aquellos que descubren lo que hay más allá y nos lo cuentan y nos traen cosas nuevas que luego se instalan en nuestras vidas. Me pregunto qué harían, por ejemplo, los italianos si Marco Polo no hubiese ido a Asia y les hubiese traído los espaguetis. Y me pregunto también, después de un día en Korcula, si es mejor ir a la cercana isla de Badija o a Lumbarda. Los días se me quedan cortos, por muchos que emplee en cada viaje. Ay, quién fuera Marco Polo.

Por fin, me decido por Badija. Es un parque natural, cuyo perímetro, entre espesos pinares, se recorre en una hora. Dicen que hay playas de arena, pero yo sólo encuentro rocas. Qué más da, el agua es limpia y suave y con las zapatillas de natación ya no le temo a nada.

Cuando caiga la tarde, volveremos a Korcula. Y después de una ducha, daremos otra vuelta por la ciudad. Descubriremos barrios populares, parecidos a los de Nápoles, donde los vecinos en un patio disfrutan de un espectáculo cómico gratuito. Sí, me quedaría aquí, pero aún tenemos que ir a Dubrovnik. Y lo pienso con una mezcla de alegría y de tristeza, porque ésa es la última etapa de este viaje. Hasta el próximo. Ay.

El verano en Croacia (II)

Split

Al viajero le sonará familiar el nombre de Split, aunque sea por traerle a la memoria un postre que se puso de moda en los 80; el banana Split. Una combinación de fruta y helado que hubiese hecho las delicias del emperador Diocleciano, pues ya en la antigua Roma, el helado, elaborado con nieves de los Alpes, era una exquisitez codiciada en la sobremesa por sus cualidades digestivas. Sin embargo, parece que tal receta en concreto fue invención de un joven cocinero de Pensylvania de principios del siglo XX.

Aunque en la ciudad de Split hay otros puntos de interés, ninguno resulta tan memorable como la última morada del emperador salónico, donde muchos turistas inmortalizan su presencia, haciéndose una foto con los legionarios que prestan su imagen a cambio de unas monedas para hacer más efectiva la recreación del pasado.

No obstante, las ruinas del palacio se combinan con otras construcciones religiosas de factura posterior, que revelan el triunfo del catolicismo sobre la cultura pagana. Sellado por el obispo de Split en el siglo VII, quien mandó exhumar los restos del emperador Diocleciano para sustituirlos por los de San Doimo, que da nombre a la catedral.

El mestizaje de gótico, renacimiento y barroco en las espaciosas plazas de la ciudad, accesibles por estrechas callejuelas empedradas, dan fe de la prosperidad que ha bendecido a este enclave portuario, tan disputado por variopintas civilizaciones en el transcurso de los siglos, si bien es la larga ocupación veneciana, quien más ha marcado su fisonomía, tanto como en el resto de la costa croata.

Otro bonito espectáculo para la vista, antes de perderse por el manual de historia que componen iglesias, conventos y palacios, es el mercado al aire libre con sus puestos multicolores de frutas y verduras frescas, en cuyas inmediaciones también podrás proveerte de ropa ligera de mercadillo, sombreros imprescindibles para protegerte del sol y las no menos imprescindibles zapatillas para nadar. Y, si tu visita cae en domingo, también adquirir algún capricho en los tenderetes de antigüedades.

Este mercado lo encontramos de camino al alojamiento donde hemos reservado un apartamento que resulta ser luego una habitación. No esperábamos que se tratase de un lugar lujoso, pues pocas expectativas puede tener quien pretenda pasar bajo techo una noche de agosto en Split por 60 euros; en estas fechas, los precios se disparan. Sin embargo, lo que encontramos excede a los pronósticos más pesimistas. Ya no es sólo que el apartamento, efectivamente a pocos metros del palacio del Diocleciano, sea una simple habitación, sino que además dicha habitación se ubica en una chabola. Tal como suena.

La anciana propietaria suple, sin embargo, con envolvente simpatía y amabilidad, la deficiencia de las instalaciones que ofrece y nos recibe en su humilde patio, atiborrado de trastos de todo pelaje, con un plato de higos, recién cogidos del árbol.

Al regresar de noche del paseo por el lujoso casco histórico, la encontraremos durmiendo en el sofá de su diminuto salón con cocina y baño incorporados. Por la antigua foto de pareja en blanco y negro, que preside la habitación sobre un tocador también antiquísimo, donde reposa un insecticida contra las cucarachas, se deduce que la viuda nos ha cedido su dormitorio matrimonial. También su hijo, que descubriremos envuelto en una manta, al sereno estrellado de la terraza, ha debido ceder su habitación a algún mochilero. Hay quien por sacarse un dinerillo en verano es capaz de ofrecer su propia cama a los turistas; pobre gente. Es la otra cara del turismo en Croacia.

A la mañana siguiente, después de desayunar unas galletas y un café de pucherete que la patrona coloca sobre el hule con mucha disposición, decidimos darnos un baño. La opción más inmediata es ir al balneario, contiguo al puerto. Allí hay algunos chiringuitos y hamacas dispuestas sobre el cemento. Bajando por unas escaleras metálicas, similares a las de las piscinas, se accede al agua, misteriosamente transparente a pesar de la cercanía del puerto y la gran concurrencia. Es domingo.

Para huir de esta masificación, no queda más remedio que coger un bus y buscar otras playas. La recomendada es Brela, pero está a cuarenta kilómetros, interminables por las curvas, y tal vez, si no tienes demasiado tiempo, te convenga más acercarte a la” Playa Grande” del pueblo de Omis. Aunque, si lo haces a mediados de agosto, no encontrarás demasiado recogimiento, pues están en plenas fiestas.

Mi sugerencia, si es que ya conoces el casco histórico de Split y has disfrutado de alguna de sus noches, es tomar un catamarán hacia la isla de Hvar y reanudar la aventura. La costa dalmata aún tiene que depararnos muchas sorpresas. Que la ruta continúe.

El verano en Croacia

Desde la capital croata a Zadar si no alquilas un coche, tienes que ir en bus. No hay trenes que vayan hasta allí. En Croacia las líneas de tren son escasas.

El viaje a Zadar es largo y algo tortuoso por el caracoleo propio de la carretera costera, pero compensa con las panorámicas de esas bellas calas, que salpican, cada vez más, el trayecto. Continuamente, te vas asomando a abismos a los que crees precipitarte por ciertas curvas, pero tranquilos, los conductores croatas, sin ser del todo ortodoxos, hacen su trabajo con pericia y seguridad.

Al llegar a Zadar, tal vez sientas cierta decepción. Su casco histórico, que podrás visitar en una hora, es muy pequeñito y está atiborrado de turistas. Merecerá la pena, sin embargo, subir a la elevadísima torre de la catedral de Santa Anastasia para contemplar el atardecer que, según Hitchcock, era el más bello del mundo. Tengo para mí también que el cineasta se inspiró en esta torre para rodar “Vértigo”. A los asustadizos se nos pone el corazón en un brinco al llegar al último tramo de escaleras.

Otros encantos de la ciudad son los jardines románticos que preceden a la puerta de piedra, donde luce el león de San Marcos, que delata la presencia veneciana ,y el paseo marítimo con un encanto decadente que recuerda a otros similares en Lago di Como.

En este paseo, son principales atractivos los ingenios del arquitecto Nikola Basic. “El órgano marino” que consiste en unos escalones trabajados con tubos y cavidades que al contacto de las olas producen una música tan prodigiosa que atrae hasta a las ballenas y “El saludo al sol”, una superficie circular que cubierta por paneles solares, convierte los rayos absorbidos durante el día, en mágicos efectos lumínicos de noche.

Zadar ha sido elegida mejor destino vacacional 2016, creo que también por ser un excelente punto de partida. Desde su puerto, se pueden tomar ferrys a islas maravillosas como las Kornati, la de Murter, Pasman o la cercana Ugljan, donde la localidad de Preko combina la arquitectura veneciana con las aguas cristalinas y turquesas, irresistibles para el baño. Sin dificultad se puede llegar a nado al islote donde se ubica el convento franciscano. O incluso a pie, andando sobre las rocas sumergidas. Aquí lanzo una advertencia. Para nadar en la costa croata, sin que se te dañen los pies por el roce de las rocas y los guijarros, es necesario comprar unas zapatillas acuáticas. Se cierran herméticamente con velcro y llevan suela de goma antideslizante, pero son tan ligeras que parecerán parte de tu cuerpo.

Si tu interés se decanta por el baño y la aventura, otra cosa que puedes hacer en Zadar es alquilar un barco y navegar por tu cuenta a lo largo de la costa croata o incluir en el alquiler al propio capitán. Los que han probado esta experiencia, suelen repetirla.

Dejamos la navegación para una segunda ocasión y tomamos un bus hacia Trogir, que fue declarada en 1997 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Su centro histórico de corte medieval te hará pensar que te encuentras en uno de esos pueblecitos de la Italia central o del norte. Sin embargo, sus noches bulliciosas a la altura de agosto son demasiado ruidosas para dormir. La recomendación es que reserves alojamiento en el pueblo de Rozac. Desde el centro de Trogir a Rozac salen ferrys hasta las 00.30.

Visitar Rozac es como hacer un viaje al pasado. Recuerda a nuestros pueblos de la Costa del Sol en los sesenta. Encontramos allí un camping con muy buenas instalaciones; cabañas espaciosas cerca del mar y un merendero donde un hippie viajado y simpático interpreta a petición temas de Eagles y Supertramp. Pero ya hemos reservado un apartamento en la cima de una colina.

Desde la terraza, vienen los ecos de la verbena del pueblo. Están en fiestas.

Han terminado los fuegos artificiales y los últimos taxis acuáticos regresan desde el centro de Trogir. La noche se hace grata para dormir. Refresca.

Por la mañana, los tempraneros se dan su primer baño. Calma chicha en las aguas transparentes.

Dan ganas de quedarse un rato más, pero hay que tomar el catamarán a Trogir y, desde allí, otro hacia Split, si no queremos perder el ritmo de la ruta.

La travesía de Trogir a Split es una delicia. Tarda menos de una hora y, antes de que te des cuenta, has llegado al puerto. Ya, a primera vista, la ciudad impresiona y comprendes por qué es la segunda localidad en importancia de Croacia. Y, en monumentalidad, para mí, la primera. Un destino digno para que un emperador como Diocleciano quisiera pasar allí los últimos años de su vida. Desde el paseo marítimo se abre una puerta a los sótanos del palacio de Diocleciano, donde hay un museo arqueológico y numerosos puestos en los que comprar maravillosos corales y turquesas. Es el paso previo a ascender las escaleras para contemplar con irreprimible asombro una de las construcciones más bellas que dio la arquitectura en todos sus siglos.

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De Trieste a Zagreb

Zagreb

De Trieste a Zagreb hay un autobús que sale a las 16.30 y tarda sobre cuatro horas. Es la mejor opción, pues en otro horario el trayecto se eterniza con las paradas.
El bus es muy cómodo y con aire acondicionado y el viaje se pasa sin sentir, pues resulta muy ameno contemplar desde la ventanilla el paisaje poblado de verdes apacibles. Por si fuese poca amenidad, yo voy acompañada de una diáfana novela de Dubravka Ugresic, “El ministerio del dolor” sobre la desintegración de Yugoslavia.
En esta novela, la autora croata dibuja a una protagonista, que ejerce en Ámsterdam como profesora de un grupo de alumnos, procedentes de los diversos países en los que ha quedado fragmentada Yugoslavia, quienes exponen sus diversos puntos de vista tras la guerra. Un drama total del desarraigo, contado desde la objetividad plural. Hay que intentar comprender la realidad de un lugar antes de visitarlo.
Sin problemas, pasamos la frontera de Eslovenia, pero, al pasar por la de Croacia, nos detenemos más de lo previsto, pues la policía croata desconfía de una chica bosnia por insuficiencia de documentación. El conflicto de los Balcanes ha dejado heridas abiertas.
Al llegar a Zagreb, ya es de noche y nos encontramos con el primer problema; no disponemos de kunas y en muchos lugares sólo aceptan efectivo en la moneda nacional. Tranquilidad. Hay oficinas de cambio abiertas a esas horas y hasta en los quioscos es posible cambiar unos euros. El cambio está a un euro=7.34 kunas.
Un taxi al centro sale como mucho, al cambio, cuatro euros. El propietario del apartamento que hemos reservado ha esperado pacientemente, pese a nuestro retraso. Nos da la bienvenida, las indicaciones pertinentes para usar las instalaciones del apartamento y nos entrega las llaves, junto con un plano de la ciudad en el que traza puntos de interés.
El primer paseo, siendo la noche de un domingo, nos descubre una errónea primera impresión de ciudad solitaria en las inmediaciones de la catedral, el mercado Dolac y la plaza del Ban Josip Jelacic, centro neurálgico de la capital croata, que a la mañana siguiente será un hervidero. Más aún manifiesto en la calle Tkalciceva, artería de la movida zagrebí con numerosos bares y restaurantes, donde encontramos un segundo alojamiento. El apartamento, ubicado en un edificio histórico con un patio embellecido por las hortensias, ha sido remodelado por dentro con todo tipo de comodidades. El turismo es la principal fuente de ingresos para los propietarios de inmuebles y suelen ser excelentes anfitriones. Desde dicho apartamento, se accede fácilmente a la ciudad vieja, donde están los célebres palacios de la calle Opaticka y la plaza de San Marcos, donde la iglesia, la Corte del Ban y el Parlamento. En la ausencia de bares bulliciosos, la visita será silenciosa y reverencial, completándose con el mirador de Gradec desde donde se vuelve a divisar la catedral omnipresente y el mercado Dolac, pero un poco más abajo, junto a la entrada del funicular, encontraremos unos jardines con bancadas, donde los zagrebíes, disfrutan de su pivo (pinta de cerveza fresquita) a la última hora de la tarde con excelentes panorámicas de la ciudad a la sombra de los castaños. Es una idea fantástica pasar un ratito allí, antes de tomar tierra en la ciudad baja con el funicular de más corto trayecto del mundo.
La ciudad baja de Zagreb es otro mundo, compuesto de amplias plazas y calles al estilo decimonónico. Si buscas ambiente, lo encontrarás en la plaza del poeta Petar Preradovic, atiborrada de cafeterías, y también conocida por sus puestos como “Plaza de las flores”. Saliendo de allí en la calle Masarykova, está el monumento a Nikola Tesla, ingeniero y físico, precursor de la informática, frente a la casa Kallina y otros edificios que harán las delicias de los admiradores de la arquitectura modernista.
La monumentalidad está, en cambio, reservada para la plaza Mariscal Tito, donde compiten, frente a frente, el teatro nacional con el museo de arte y artesanía y San Jorge combatiendo al dragón cerca del museo Mimara. También para la plaza Marulic, que alberga el archivo estatal croata y el museo etnográfico, donde desemboca el jardín botánico y, por supuesto, la plaza del Rey Tomislav, primer rey croata, inmensa y flanqueada por el pabellón artístico, la majestuosa estación de trenes y el hotel Esplanade, donde se alojaban los viajeros del Orient Express, camino de Estambul, y un día, la provocativa bailarina Josephine Baker, siendo su presencia un revulsivo para que las damas decentes de la ciudad manifestasen públicamente su descontento.
De esta zona, yo me quedo con la plaza de Nikola Subic Zrinski, tapizada de flores y amenizada por la música. Ya sea desde la glorieta o en las esquinas que congregan a los virtuosos ocasionales. Un lugar ideal para reposar los pies y planear en el cuadernillo imprescindible los próximos destinos en la ruta de viaje.

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De paso por el no lugar

Trieste

Finalmente, el modo más cómodo de llegar a Croacia es tomar un vuelo directo hasta Venecia y empezar a aproximarse desde allí. A quien no conoce esta ciudad puede darle la oportunidad de hacerlo, aunque no recomendaría este primer encuentro en agosto; mes en el que la masificación del turismo y un calor húmedo y asfixiante, logran lo que parece imposible; desmerecer en parte los encantos de este destino entre los destinos.
De modo que, desde el aeropuerto de Venecia Treviso tomamos un autobús hasta la estación de tren de Mestre para poner rumbo directo a Trieste sin llegar a Santa Lucía.
Hay dos líneas de tren que llegan a Trieste desde allí; la ultrarrápida (Freccia) y la regional. Ambas, sin embargo, emplean el mismo tiempo en el trayecto; hora y media.
No obstante, mientras la hora y media del tren regional se hace interminable por el nulo funcionamiento del aire acondicionado, en el “Freccia” pasa sin sentirla, por lo cual merece la pena pagar la diferencia del coste y llegar a nuestro destino, aún descansados y pletóricos.
En Trieste conviene, al menos pasar un día, o, en lo mínimo, una tarde. Esta ciudad, excluida de las tradicionales rutas por Italia, tiene muchos atractivos que ofrecer a los viajeros ávidos de curiosidades y a los mitómanos de la literatura. En ella han nacido autores como Umberto Saba, Scipio Slataper y mi idolatrado Italo Svevo, autor de “La conciencia de Zeno,” siendo también lugar de visita o residencia para escritores como Stendhal, Rainer Maria Rilke y James Joyce, todos los cuales recibieron por estos pagos la llamada de la inspiración, dejando constancia de ello en su obra. Según cuenta Claudio Magris, también escritor y triestino en su ensayo “Trieste”, Rilke compuso en el castillo de Duino, sus dos primeras “Elegías a Duino” y James Joyce, que consolidó una fructífera amistad con Svevo, durante los más de quince años que vivió en la ciudad, escribió su “Ulises”, inspirándose para crear su protagonista, Leopold Bloom, en el director y fundador del diario “Il Piccolo”, Theodor Mayer.
Por su ubicación fronteriza y estratégica, Trieste ha sido habitada desde tiempos inmemoriales por personajes de todas las procedencias. Razón por la que se la ha llamado “primera ciudad Babel de Europa”; un lugar que es de todos y de nadie; “el no lugar”, según la denomina la impenitente viajera, Jan Morris, en su novela “Trieste and the meaning of nowhere” (2001).
Antes de perderte por las populosas callejuelas, llenas de terrazas de bares y restaurantes
que dan salida al lado derecho de la espaciosa “Piazza dell´Unità” hasta llegar a “Piazza de la Borsa”, en busca del almuerzo o la foto de rigor en los cafés literarios (el San Marco, el Tommaseo, el Torinese o el café de los Espejos) conviene que sigas sin desviarte hacia la parte alta de la ciudad para hacerte desde allí una panorámica idea de conjunto.
Por el camino, encontrarás el teatro romano, donde aún se dan representaciones y se conserva muy bien para su edad y muy cerca un supermercado en el que puedes comprar un tentempié para calmar el apetito. La gran comida del día es mejor reservarla para el atardecer en uno de los restaurantes en torno al gran canal.
Subiendo por las escalinatas de la colina de San Giusto, encontrarás los jardines del Risorgimento por los que accederás a la plaza de la catedral, que aunque está anexionada a una antigua iglesia, te parecerá pequeña para ser una catedral, pero precisamente impresiona por esa sobriedad medieval de su recinto. A la entrada, se vende en contrapunto una revista religiosa que es como un Hola del cristianismo actual, en cuya portada, el siciliano Sergio Ruffino, director del minifilm espiritual “Quo vadis, homo” afirma que “Il successo non mi ha dato alla testa” (el éxito no se me ha subido a la cabeza.).
Merece la pena escuchar la solemne campanada catedralicia cuando remiten los calores, porque la tarde triestina es más tempranera que en nuestro sur de España, y, después de ese toque, merodear por el emblemático castillo y asomarse al mirador, antes de bajar por las ancianas calles vividas que, en muchos rincones, nos recuerdan a Nápoles; porque Trieste es en algunas ocasiones Nápoles, en otras Venecia y en muchas, cualquier ciudad del mundo. Todo en ella se compendia y se amalgama. Ha sido cosmopolita desde antes de que se inaugurase el término.
Hay muchas cosas que se pueden hacer en Trieste al atardecer, pero sólo una imprescindible; ver la puesta de sol en el puerto, un festín para la vista que puede prolongarse con una cena de pescado fresco en alguno de los restaurantes en torno al gran canal.
El autobús a Zagreb sale al día siguiente a las 16.30, de modo que aún se puede planear por la mañana una visita en ferry al castillo de Miramar, que, con su fondo marino, tanto se parece a un espejismo. Sólo por visitarlo, merecería ya la pena haber emprendido este viaje.

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Asalto a palacio

Los palacios son también para el verano. Todo viaje, más aún si es organizado, incluye la visita a uno o varios palacios. Y así esas residencias exclusivas donde se gestaron las más nobles dinastías y rancios abolengos hormiguean de tropas de turistas, masificando en chanclas, pantalón corto y riñonera los salones de pulidos suelos de mármol, donde danzaban antaño petimetres con bombachos de gala, camisas de encajes, peluca empolvada y lunares postizos.
Revestida de interés intelectual, la visita a palacio es en lo más suave un acto democrático y en lo más crudo, una toma de la bastilla, un ajuste de cuentas a los privilegios seculares de los linajes. Cualquiera que tenga unas monedas para pagar la entrada puede profanar la intimidad del duque de Archindenbergo o el príncipe de Florindargen; meter las narices en sus aposentos, posar miradas inspectivas sobre los catres en los que se concibieron tantas generaciones de ilustre descendencia, hacer fotos incluso de su urinal o de su rascador para las pulgas.
En un ángulo del salón, una mujer de presencia recia e imperativa alza en su mano derecha un cartón con el logotipo de una agencia para convocar en torno a sí al grupo que tiene asignado como guía, mientras otras y otros en dispersos rincones con idéntica función pastorean a sus respectivos rebaños plurilingües. De tal modo, los usos y costumbres del duque de Archindenbergo y su ilustrísima esposa, Carlota de Lorobailer, andan pregonados en todos los idiomas de Babel, haciendo eco por gabinetes y aposentos, mientras el sudor intenso, código olfativo que hermana a cada una de las tribus por encima de las discrepancias idiomáticas, hace arrugar la nariz a los fantasmas de los duques desde la pose majestuosa de sus retratos. “El turismo es un acto de terrorismo estético y huele a pies y a sobaco”, diría Carlota si la dejaran, coreada por los lechuguinos de su corte.
El asalto a palacio, dentro del ritual del viaje, y el viaje mismo, se han democratizado gracias a los vuelos low cost y ya cualquier hijo de vecino es concebible en cualquier punto del planeta sin necesidad de apellidos compuestos.
A duras penas, los nostálgicos de las jerarquías, intentan defender su rango, contratando vagón de lujo en el tren, Business class en el avión y suite con terraza panorámica en el hotel “Excellence”. Pero finalmente acaban confundiéndose con los cualquieras por las mismas rutas, hermanando sus sudores en la visita de rigor a tal iglesia o castillo e indistintos en el batiburrillo de la masa.
En aquel salón de los Archindenbergo, en torno a la guía, unos cuantos del grupo siguen el hilo de sus explicaciones y hacen preguntas, como los pelotas de la clase, pero otros rezagados con expresión de somnoliento fastidio echan de menos la siesta de rigor tras el reciente almuerzo y lanzan miradas de codicioso rencor a esos divanes forrados de terciopelo en exposición sobre los que darían tan grata cabezadita.
Se mira, pero no se toca; estos son los límites de la democracia en la visita palaciega.
Otros inquilinos ocasionales de la residencia ducal van a su aire. Son turistas sin tour que se informan por los audífonos o los carteles ilustrativos de la utilidad de aquellas estancias por las que van pasando. Resulta que éste espacio, multiplicado por los espejos, era el vestidor donde la noble Carlota se cambiaba de ropa tres veces al día, que aquel era su comedor de invierno en el ala soleada y ese otro en el ala más sombría, el comedor de verano, y que unos pasos más allá, asomada al mar, está la biblioteca donde el duque de Archindenbergo pasaba sus ratos de ocio contemplativo, flanqueado en cada esquina por los bustos de quienes representan los pilares de la literatura universal; Homero, Shakespeare, Dante y Goethe.
De entre los visitantes, los hay que interiorizan la información con benevolencia y otros con cólera. El mismo pensamiento exclamativo “Qué bien vivía el duque de A.”, adquiere en unos tintes de admiración y en otros de resentimiento. Los primeros son aquellos que se complacen en el lujo ajeno, como si les bastase el roce con el espejismo. Igual también disfrutan en la sala de espera del dentista, hojeando en papel cuché las fastuosas villas y chalés de éste o el otro.
Los segundos son más críticos y ven un agravio en los lujos de Archindenbergo y la Carlota, pues a saber en qué condiciones viviría la numerosa servidumbre que atendía el palacio, mientras Archin perdía su mirada contemplativa en el mar, después de leer sus gruesos volúmenes forrados en piel y escribir unas notas con su pluma de ave sobre la suntuosa mesa de su biblioteca. Y lo que es peor, cómo morirían los otros habitantes fuera de palacio, víctimas de epidemias y miserias.
Archindenbergo y otros de su calaña pensaron que podrían siempre mantener los límites, pero ahora los descendientes de todos aquellos desarrapados le invaden el palacio sin pudor, se ríen en sus nobilísimas barbas de sus cuernos y hasta sacan fotos de su urinal. Hay que joderse.

Contar hasta diez

Nunca he entendido por qué el diez es el número de la excelencia, si no tal vez porque es la máxima cifra que se puede contar con los dedos de las manos, pero está claro que, por uno u otro motivo, el diez es símbolo de perfección y garantía de máxima calidad.
Diez era la nota del empollón de la clase o del pelota, pues estas condiciones a veces iban unidas y otras no. Entre los niños de diez, siempre ha habido dos clases; aquellos que eran, en realidad, de ocho, pero redondeaban los dos puntos por su buena predisposición hacia el profesor y los del diez objetivo. Tanto a unos como a otros se los miraba con cierta aversión. Los primeros daban grima y los segundos, miedo.
Algunas veces, con el paso de los años, todos nos hemos preguntado dónde estarían estos chicos de diez en todo, que tanto avivaron nuestros complejos infantiles, y los hemos buscado en el Google sin ningún éxito. Tal vez porque, curiosamente, la brillantez académica no es tanto síntoma de inteligencia como de orden y constancia o porque la inteligencia misma, en todo caso, en nada es garantía de triunfo social. A fin de cuentas, vemos malgastarse por la vida muchas superinteligencias sin pena ni gloria, mientras los mediocres culminan las cimas de lo que sea, también del poder; me cachis.
Aunque valga decir que la definición de mediocre no sería la del niño que sacaba cinco en el colegio. Como los chicos de diez, también hay dos clases de chicos de cinco. Los que sacan cinco porque no dan más de sí, algo muy mal llevado por sus padres, y los que lo hacen porque su brillantez no es susceptible de encajar en los rigores académicos. Ejemplos de ello pudieron ser los poetas, Antonio Machado o García Lorca. Aunque está claro que no todo el que saca un cinco es Lorca ni Machado, como no es Einstein todo aquel que suspende las matemáticas. Si bien haya que precisar que, entre suspensos y casos imposibles, ha habido siempre mucho sobredotado sin detectar. Yo conocí, en concreto, a una chica llamada Loreto, cuyas habilidades daban, igual para pintar en un momento un retrato al carboncillo a lo Durero que para memorizar los contenidos de un examen en unos minutos y luego sacar un diez; claro que aquellas competencias sólo tenía oportunidad de exhibirlas las pocas veces que podía venir a clase, pues su madre, viuda y completamente desquiciada, la solía dejar sola, encerrada en casa, con la llave del agua cerrada. Finalmente, al acabar la EGB, puso una peluquería a la que nunca entraba nadie, por no predicar la propietaria con el ejemplo, ya que la habilidad de Loreto era más para usar la cabeza que para lavársela. La poca costumbre.
Como decía una buena amiga mía, nosotros creemos elegir nuestra vida, pero lo que ocurre es sólo que la vida juega con nosotros y nos arrastra a su capricho hacia donde menos esperábamos. Leo, por ejemplo, en una entrevista al célebre escritor malagueño, Antonio Soler, que, en el instituto sólo sacaba buena nota en educación física y su aspiración era ser atleta, pero un accidente de tráfico truncó tal determinación, de modo, que, en su convalecencia, se le definió su vocación por la literatura. Igual Julio Iglesias, después de jugar como portero en las categorías inferiores del Real Madrid, también tuvo un accidente de tráfico del que se recuperó con una guitarra en la mano, sin saber que esa circunstancia se convertiría en el principio de una carrera musical que lo llevaría a ser uno de los cantantes más reconocidos a nivel internacional. La vida no es destino, es accidente, y se abre paso como quiere y cuando le da la gana. Pobres de nosotros, que queremos preverla u ordenarla del uno al diez con los dedos de las manos y así elaborar listas obsesivas sobre cualquier materia; los diez mejores libros de la literatura universal, las diez canciones más inolvidables de la historia, los diez pintores más revolucionarios o los diez políticos más influyentes o las diez personas más ricas del mundo o las más guapas o hasta los diez consejos para lucir una figura envidiable o para encontrar pareja o conservarla. Conocí a una chica que se especializaba en escribir estas listas de diez para revistas femeninas y terminó tomándole manía al diez. Se hartó de ser una chica diez y prefirió ser una chica veinte o mejor veintitrés sin cifras redondas, como le fuese viniendo la cosa sin tener que redactar mandamientos, que ni ella misma acataba. Así que sus perfecciones e imperfecciones, a partir de ahí, fueron incomputables. Y casi encontró la felicidad.
A mí, en particular, me desesperan las listas de los diez libros más urgentes e imprescindibles, que nombrados así me dan estrés; todo lo contrario que busco en la lectura.
Sin duda, no son diez sino cien o doscientos los libros que son tan imprescindibles en nuestra vida, pero saben llegar sin prisas en el momento que los necesitamos. Y hacerse querer como esa decisiva aventura que se instala en nuestra existencia con el encanto de lo casual.

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La luna sobre Tánger

Agosto no es el mes más propicio para visitar Tánger, pero no siempre podemos viajar a los lugares en primavera u otoño como aconsejan las guías. Después de todo, el viaje no llega a ser nunca una experiencia completa si no se aceptan con ánimo ecuánime, los imprevistos y un cierto grado de incomodidad que van incluidos en la aventura y harán, en compensación, más gratos los momentos placenteros.
Por ejemplo, es casi inevitable llegar al puerto de Tánger en Ferry con una sensación de mareo, pues la embarcación suele ser sacudida fuertemente por el bravío oleaje del estrecho, aunque valga decir que la belleza del recorrido bien lo vale.
Al llegar a tierra firme al mareo se añadirá una sensación de sofoco, pues el calor en verano es bastante bochornoso. Nada que no se pueda, sin embargo, combatir con ropas amplias y un buen sombrero. Lo que será, sin duda, mucho más difícil es liberarse de la multitud de guías espontáneos que te saldrán al paso para ofrecerte un tour por la ciudad o llevarte al hotel en taxi, que no te convendrá si no llevas mucho equipaje, pues los hoteles más populares están a tiro de piedra en la medina. No obstante, déjate acompañar a pie por alguno de ellos. Bastarán veinte dirham (dos euros) para que tú puedas disfrutar de un magnífico recibimiento y él de un pequeño almuerzo.
Probablemente, si tu hotel está en la medina, será de los clásicos, no tendrá piscina, y tal vez quieras darte un baño en la playa. Desistirás, pues allí lo usual es que las mujeres se zambullan en el agua con una chilaba hasta los pies y los bikinis son todavía una prenda inaudita. Tampoco el pantalón corto es la mejor opción para pasar desapercibida por las calles. Si deseas liberarte de ciertas miradas oscuras y algunos piropos incómodos, mejor te compras unos bombachos de los que ofrecen en las tiendas del paseo marítimo y, con ellos, te vas a explorar la Kasbah. Ese hermoso Dédalo de calles pintorescas que transitan entre casitas coloreadas, ataviadas de azulejos y macetas en la cima amurallada de la ciudad, donde se encuentra el museo, la mezquita, la vivienda del pintor Matisse y el alojamiento ocasional de los Rolling Stones, según te explicará el guía que, espontáneamente, te haya asaltado en ese momento. Igual, a fin de cuentas, te propongo rendirte a las circunstancias y aceptar alguno de ellos, el que te caiga más simpático o te parezca más necesitado. Sus explicaciones valdrán mucho y costarán poco; la voluntad, que, siendo la apropiada, ronda los 100 dirham (10 euros). O sea, lo mismo que le pagas a un guía occidental, que hace la misma tarea y quizás con mucha menos gracia.
De un modo o de otro, acabarás tomándote, a sorbos lentos, un té con hierbabuena en las terrazas del Hafa Café, asomadas al panorama marino, que tanto inspiraron a Paul Bowles y tan bien recrea la canción de Luis Eduardo Aute.
Disfruta de ese oasis de paz antes de bajar a la medina, donde volverá a asaltarte el bullicio propio de la ciudad y esa concentración de fragancias primarias que ofrecen en los apilados comercios las más variadas mercancías; sacos de especias, pieles curtidas en cinturones, bolsos y maletas, carne halal recién sacrificada, perfumes de esencias penetrantes con las notas más vivas del mismo corazón de las flores. Acostúmbrate al olor sin dejarte agobiar por el sofoco o confundir por el acoso de los comerciantes que, a cada paso, te invitarán con insistencia a pasar a su tienda. Entra en alguna, la que más te atraiga, seguro que encuentras algo que te gusta. Y no te preocupes por el regateo; paga por cada objeto lo que creas, en justicia, que vale, como lo harías en tu propio país, que, al final, el dueño te estrechará la mano y te llamará “amigo”. Y asi, si no quieres, no te verás forzado a seguir comprando. Los tangerinos se dan por satisfechos cuando ven pasar a un extranjero con bolsas. Entrar en la medina y comprar algo, lo que sea, es un acto de cortesía.
Si tienes sed y quieres algo más fresquito que el té o el café, puedes tomar la naranjada de los puestos callejeros. No está tan fría como nuestras cervezas, pero es deliciosa. Por lo demás, la cerveza es un artículo muy difícil de encontrar en Tánger. Sólo la hallarás a precio de oro en los bares de hoteles para extranjeros de la zona nueva y en una taberna española del puerto, donde un joven marroquí muy avispado, si eso no es nombrar ya la redundancia, se la ofrece a los turistas, que adivina españoles, con un perfecto acento madrileño; “Oyes, ¿no quieres tomarte una caña? Las tengo con alcohol”. También por allí rondarán los ancianos que, fingiendo querer venderte una piedra semipreciosa, luego te ofertan hachís. Pero para embriagarse en Tánger, sólo hace falta esperar a que salga la luna. Si los días son, en verano, a veces, un infierno, las noches son el paraíso. Con una ducha recién puesta, volverás a las calles de la Kasbah, por donde ya corren ráfagas de aire fresco y, al bajar la cuesta, cenarás, en un restaurante, entre almohadones, tajine de cordero y pastela, mientras los músicos sacan una melodía hechicera de sus primitivos instrumentos. Un lujo que vale mucho y cuesta muy poco, como casi todo en Tánger. Y, al regresar al hotel, antes de dormir, gozarás en la terraza de una magnífica luna sobre el mar. Y te alegrarás de haber llegado hasta allí. Y regresar.

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Versiones

No me gustan las versiones. Me fastidia bastante, por ejemplo, que tomen una pieza de música clásica y la conviertan en hilo ambiental para los probadores de unos grandes almacenes. Los clásicos están bien como están ¿a qué viene enmendarles la plana? ¿A qué esa manía de bajarlos de nivel para hacerlos accesibles al público, cuando lo ideal sería subir los niveles del público para que puedan acceder a los clásicos?
Yo tengo la idea, nada popular, de que antes que popularizar la cultura, hay que culturizar al pueblo y espero que lo que digo no parezca una versión de las consignas de Giner de los Ríos o de Ortega, que, como toda versión, sería de una presunción nefasta.
En suma y, a grandes rasgos, no creo en esa estrategia de hacer la cultura divertida para atraer a las masas. La cultura no tiene que ser divertida y muchas veces no lo es, aunque lleve implícito el humor, porque el humor cuenta con muchos sobreentendidos que, si no se entienden, no hacen puñetera gracia. Kafka, por ejemplo, es muy gracioso si lo pillas, pero, si no lo pillas, es un tremendo tostón. En fin, a Kafka nadie se ha atrevido a popularizarlo, a Machado sí. Y yo me pregunto ¿es que Machado no era ya lo suficiente popular para tener que popularizarlo más todavía? El escritor definió la poesía como “Ni mármol duro y eterno/ ni música ni pintura/ sino palabra en el tiempo/ y, sin embargo, pasó a la historia con unos arreglos en plan pop de los 70, que serían pegadizos, pero que hicieron creer a unos cuantos que “Caminante, no hay camino” era una canción de Serrat. Una canción pop. Si le hacen lo mismo a Juan Ramón Jiménez, sale de su tumba y no deja títere con cabeza.
Versiones. La poesía no es siempre un tema bailable ni la cultura una fiesta, como tampoco el gimnasio. Lo más divertido, después de sudar varias horas en diferentes máquinas de tortura, es regresar a casa para darse una ducha y cenar. Pero, como dijo Epicuro, para que exista el placer debe existir el dolor y todo eso. La cultura también es eso; empieza a gustarte Schopenhauer, cuando llevas siete días de leerlo y no enterarte de nada y, por fin, al octavo das con el sentido de una parrafada. De Kant ni hablamos.
Yo he pasado veranos muy tórridos, leyendo a Albert Camus, James Joyce, Sartre y Thomas Mann. No lo hacía por diversión, sino por imperativo. Esos libros eran los que tenía mi tía en la colección de clásicos de la literatura universal, que le había comprado a un vendedor ambulante. O sea, era eso o nada. De modo que, el verano iba del dolor al placer paulatinamente hasta el súmmum, porque, al acabarlo, te liberabas del calor y de tanta angustia existencial.
Versiones ¿para qué? Explicar la cultura es como explicar un chiste ¿para qué traducir una obra del siglo XVII al lenguaje actual? Mejor aprender qué significa rufián a que nos digan que es “un tío chungo”, si es que todavía se dice “tío chungo”, porque los clásicos no, pero las versiones envejecen enseguida.
Pero peor que hacer una versión de algo es ser una versión de alguien. Por ejemplo, que digan que Audrey Tautou es la nueva Audrey Hepburn o que George Clooney es el nuevo Cary Grant.
Cuando ganen en personalidad propia, también notarán el paso del tiempo, porque ya se dirá que tal es la nueva Audrey Tautou y ese otro el nuevo George Clooney.
En política, las versiones se actualizan menos, si es cuestión de disuadir y acojonar hacia un líder de derechas o de izquierdas se toma como referente a Hitler o a Stalin.
¿Dónde está la chispa de novedad? ¿Dónde el ansiado estallido de lo inaudito? ¿La irrupción de la originalidad que reivindicaban los románticos con el afán que le copiamos los que somos versiones de sus mismos afanes?
La respuesta es Láncara, un municipio ganadero de Lugo de 3.000 habitantes, asfixiado por la cuota láctea y la crisis, que, en pos de la supervivencia, busca un atractivo turístico para darle alguna vidilla a sus arcas vacías. Su baza es contar con la vivienda humildísima, donde nació el padre de Fidel y Raúl Castro que emigró a Cuba. Ya en 1992, un alcalde socialista que luego se pasó al PP, nombró a Fidel, Hijo Predilecto y hasta allí fue el prócer comunista a recibir un homenaje, en el que participó Manuel Fraga Iribarne muy emocionado por ser él también hijo de lucense, emigrado a Cuba. Un país donde él mismo ya había sido recibido a cuerpo de Rey sin que su confesión derechista les estorbase ni a los anfitriones ni a sí mismo. Cuando el hermanamiento es sincero de qué valen las fronteras ideológicas. Fidel se deshizo en loas a Fraga y éste gritó “Cuba libre”.
Ahora Piñeiro, el actual alcalde de Láncara, ha hecho hijo predilecto de su pueblo a Raúl Castro. Dice que no está de acuerdo con su ideología, pero que el municipio necesita ingresos y ahí está la cuestión. Así que brindo por Láncara, sus circunstancias, y su alcalde que tiene una cualidad originalísima en estos tiempos; la total sinceridad.

Frivolidades

Las frivolidades son para el verano. Tal vez porque sugieren frío y, en estas fechas, combatir el calor se convierte en la mayor prioridad. Sin embargo, las frivolidades no tratan de asuntos fríos, sino de temas muy calientes. Por lo general, de affaires, líos de cama y pasiones muy tórridas. Hay otros apartados en el ámbito de las frivolidades, pero interesan menos. Debe ser por ese mismo resorte del comportamiento humano que hace que, entre tantos asuntos graves, lo que más preocupe sea que unas cuantas familias se hayan puesto en pelotas en una piscina pública de Arganzuela. Eso dirá mucho de la superficialidad de la masa, pero, en suma, indica que estamos vivos, después de todo.
Entre negros titulares que anuncian las miserias de la realidad, guerras, atentados, desahucios, paro, corrupción, enfermos que languidecen en hospitales por falta de personal, las frivolidades transcurren en un mundo paralelo a todo color en la revista, incluida dentro del periódico. Son un mundo dentro de otro mundo. Un mundo que es una burbuja de bienestar, poblado de restaurantes de lujo y piscinas paisajísticas, cuyos habitantes, ajenos a cualquier dolor, beben daiquiris, luciendo figuras espectaculares en traje de baño con la sola inquietud de elegir con tino la indumentaria adecuada para impactar en la fiesta de turno al llegar la noche y la sola determinación de hacer su vida sentimental tan azarosa que mantenga el interés de su audiencia, sedienta de emociones. Mientras el mundo se derrumba, ellos se enamoran continuamente como en Casablanca. No es que sus sentimientos sean tan volátiles; es que es su trabajo.
Luisito de Roncesvalles, tras dar un trago despacioso a su Bloody Mary, propio de una mañana de resaca después del evento de la noche anterior, llama a su vieja amiga Cuchita Gallifresca:
-Mira, Cuchita, ¿qué te parece si desvelas que tuvimos un romance hace cuatro años, cuando aún ambos estábamos casados?
Cuchita, que es más profesional, sugiere:
-¿Y qué tal si te acercas a mi chalé a la hora del aperitivo, nos damos unos besos en la puerta y que nos fotografíen los paparazzi?
-Quita, quita, Cuchita, con el calor que hace, qué pereza. Mejor desvelas tú el romance por tu cuenta, que yo saldré luego encolerizado a desmentirlo. Eso nos da, por lo menos, para cinco programas de tertulia.
-¿Con un romance supuesto de hace cuatro años? Cómo se ve que eres un inconsciente, my Darling. No te haces una idea de lo alto que han puesto el listón esos famosillos de medio pelo de los reality shows. Ellos exhiben sus encuentros carnales en vivo y en directo y los venden a porrillo.
- Desde luego qué poca clase tiene esa gentuza. ¿Pero tú crees, Cuchita, que esos horteras aficionados nos van a hacer sombra? Donde se ponga la promiscuidad de la aristocracia, que se quiten las réplicas. Somos un clásico.
-Sí, cariño, yo concretamente Diógenes, si no vendo otro escándalo sexual, voy a tener que irme a dormir a un tonel. Ya no puedo ni pagar al jardinero.
Frivolidades ¿Por qué interesa más saber con quién se acostó el conde Lecquio que los entresijos de la política internacional cuando el enigma es igual de irresoluble? Ya no somos esa sociedad inocente que creía poder vivir en paz, sin que los asuntos de peso afectasen su discurrir cotidiano. Los infortunios han logrado que la masa se interese por la política y la economía. A fin de cuentas, resultaba que eran materias que podían afectarnos, más allá de lo abstracto.
Pero eso se sabe luego cuando recortan personal de la empresa o la cierran y no tienes dónde ir, pues el desahucio te destierra de tu casa. Entonces sí quieres saber qué pasa, aunque eso no te ayude a remediarlo, pero te pierdes porque los asuntos complejos responden a motivos oscuros o bien tan obvios, que ni siquiera se te pasan por la cabeza.
Política internacional ¿cómo vamos a saber lo que pasa en Siria o en Turquía si ignoramos lo que ocurre en la propia España? El verdadero motivo que nos tiene sin gobierno formal desde hace la pila de meses. Y es que ahora se comprende que la política de España, de la que se hablaba tan poco antes de la crisis, se mueve por los hilos de la política internacional, de la que se hablaba menos todavía y eso también se nos cuela en la vida cotidiana, porque, en cualquier momento, vas a darte un paseíto por la calle y caes víctima de un atentado terrorista, que esto se extiende como la pólvora. Igual ese día en el que, por fin, te ibas a enterar si el conde Lecquio se acostó o no con aquella.
En su mundo paralelo a todo color, Lecquio y sus secuaces, sin despeinarse, seguirán brindando con daiquiris, mientras planean su próxima fiesta exclusiva. Y algún desheredado mirará fascinado la pantalla como miraba Mia Farrow “La rosa púrpura del Cairo”.

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