Violaciones

Violaciones. El Ayuntamiento de Málaga lanza la primera campaña contra las agresiones sexuales en la Feria de Agosto para evitar que se repita la oleada de violaciones del pasado San Fermín.
Violaciones. Algo ha debido fallar en el sistema educativo para que ahora tengamos que contar, en pleno siglo XXI de un país democrático, con conductas tan brutalmente ancestrales, propias de las sociedades más primitivas.
Parece que, a la postre, las campañas de coeducación y las lecciones de educación sexual, ilustradas a menudo con visitas de la monitora a los centros educativos no han funcionado como debieran. No es que fallase el contenido, sino tal vez la estrategia.
Cuando los principios cívicos son inculcados como una especie de catecismo laico, tienden a ser considerados como materia de solemne tostón para los adolescentes, igual que las antiguas clases de religión. Tal vez, más bien lo suyo, sería que copiasen del natural; o sea que los modelos de conducta ejemplares, recreados en su familia y el resto de la sociedad, les saliesen al paso de modo espontáneo y así pudiesen verse reflejados en ese espejo. A ese objeto habría que mimar y propagar la cultura, pues la ignorancia es el terreno más propicio para que se desarrollen este tipo de comportamientos brutales y primarios.
Ciertamente, urge plantear soluciones a un problema real, cuando, según datos recientes, el sexismo se extiende como un cáncer entre las nuevas generaciones ¿a qué se deberá este retroceso? Los especialistas apuntan a que los adolescentes emulan los modelos que reproducen novelas y series juveniles, donde el chico presenta un perfil dominante y protector frente a una chica eclipsada y sometida. Por lo general, el argumento de estas historias de éxito plantea que la buena chica se quede prendada del “malote”; el típico gallo del corral que, sacando pecho, convoca a su alrededor al coro de gallinas cluecas. Y, dado que las modas moldean el comportamiento humano más que ninguna otra cosa por aquella tendencia a la imitación que hemos heredado de nuestro antepasado el mono, parece que este estereotipo se esté propagando de manera irremediable. La vuelta al machismo atávico que se llama y que viene acompañada de otros complementos, muy dignos de considerar. Por ejemplo, la chica que aspire a tener un mayor éxito en las redes, donde ahora se cuece el triunfo social, habrá de ser sexy, divertida y “ocultar su inteligencia”. Madre mía, no había leído algo semejante desde aquellos manuales de buenas formas para señoritas que investigó Carmen Martín Gaite en su ensayo “Usos amorosos de la posguerra española”. Según dichas reliquias reaccionarias, redactadas por supuestas condesas o marquesas, que igual eran un tío con toda la barba camuflado como la propia Elena Francis, la muchacha en estado de merecer debía hacerse la boba y no agraviar a los candidatos con razonamientos demasiados sesudos que los pusieran en evidencia e hiciesen peligrar su estatus de superioridad y su autoestima, pues, en ese caso, corría el riesgo probabilísimo de quedarse solterona; la peor de las desgracias según Elena Francis y su secuela de supuestas marquesonas gallipavas.
Pues bien, estas consignas que por descabelladas tanto me hicieron reír en su día, resulta que han vuelto a imponerse con fuerza nueva (nunca mejor dicho) y son tal vez las que impelen a nuestras chicas a hacerse selfies en retorcidas poses de contorsionismo porno, mostrando al móvil escote y morritos de mema y a no leer más novelas, si acaso, que aquellas sentimentales protagonizadas por el tipo machote que deja obnubilada a la tierna paloma con sus encantos viriles, por cierto muy en consonancia con aquellas del mismo género que, en tiempos del posfranquismo inmediato, escribían también las supuestas marquesas en salto de cama, aquejadas por un agudo ataque de Spleen.
Y es que, en fin, hay modas modernas que parecen de lo más antiguas. Aunque todavía, dada la celeridad con la que se está dando la involución, podemos remontarnos a tiempos más pretéritos, de cuando el australopithecus sacaba de la gruta a la hembra, arrastrándola por los pelos.
A mí me parece así, si después de tanta retórica que se ha desgastado improductivamente a favor de la igualdad de sexos y en contra de la violencia de género, hay que simplificar el mensaje a los violadores para que la planicie de sus mentes lo pueda asimilar con la oportuna claridad y concisión. “No es no”, ¿queda claro?

Cementerio de San Miguel

Formaba parte de mis rutinas cotidianas. Sus cúpulas y obeliscos, erguidos al cielo, y, envueltos, a veces, en la luz espectral de la luna llena, cuando todavía no había amanecido y los dejaba a una orilla de mi ruta, de camino al trabajo.
Disfrutaba de aquella visión, creyendo que más temprano que tarde, la fatalidad de alguna remodelación urbanística, evaporaría a mi retina aquella burbuja suntuosa y fúnebre, incongruente y aristocrática, en medio de un basural, donde merodeaban las ratas, dándole su toque de delirio onírico a lo Allan Poe, pero la salvó la tenacidad de una sociedad pintoresca que recordaba a aquellas sociedades secretas de la nocturnidad romántica “Sociedad de amigos del Cementerio de San Miguel”, que reivindicaba aquel camposanto como parte del patrimonio artístico malagueño y testigo de doscientos años de su historia.
Gracias a sus reivindicaciones, se preservaron los panteones de las más rancias familias y el basural fue sustituido por un parque que dignificó la estampa del lugar, devolviéndole su elegancia decadente a salvo de la decrepitud, al modelo de esos cementerios que, en Edimburgo, con naturalidad, salen al paso del paseante en el vivido núcleo de la ciudad.
Que el Cementerio de San Miguel tuviese que ser conservado es algo que se comprende al viajar por el mundo y ver el respeto que en otros países comparten hacia sus espacios funerarios.
He visitado muchos de estos, todos admirables y variopintos. Los emblemáticos de París; el Père- Lachaise, donde Balzac, Oscar Wilde, Proust o Edith Piaf. El de Montmartre, que se abre con la tumba de Stendhal, el de los artistas bohemios en Montparnasse, y también he viajado muchos kilómetros desde allí al sur para reencontrarme en el pequeño pueblo costero de Collioure, la lápida de Antonio Machado cubierta con la bandera republicana y los poemas dedicados en jirones de papel por el puño y letra de sus millones de peregrinos.
He visto a la entrada de Nueva York, el inmenso camposanto, con sus ángeles de mármol, reduplicados de blancura por las nieves del invierno y, en el verano diáfano de Sidi Bou Said, tumbas en la arena de la playa que miraban al mar.
En Viena, aquel tan pequeñito, a un lado de la carretera, donde tal vez descanse Mozart. O tal vez no. En Buenos Aires, esa ciudad dentro de la ciudad, que es la Recoleta, con su frondoso callejero, poblado de tenebrosas leyendas y espectros parlantes, donde el cadáver embalsamado de Eva Perón sigue recibiendo más ramos de flores que el camerino de una artista y, en Isola Maggiore, al otro lado del lago Trasimeno, un rinconcito muy verde en la colina que rescata la memoria de los humildes difuntos isleños, con una foto ovalada junto a sus apellidos comunes.
Entre toda esta diversidad de lugares, con sus particularidades estéticas y el denominador común del respeto a los difuntos, San Miguel no podía ser menos. No sólo por la admiración que despierta su conjunto monumental, sino por lo que recrea nuestra historia más cercana.
Las sagas familiares, que ponen sus apellidos a cada panteón, pusieron los cimientos de lo que es hoy nuestra ciudad. Esa aristocracia de comerciantes e industriales, de procedencia inglesa, francesa, alemana y también italiana y hasta sueca que vino a instalarse en la urbe y diseñarla a lo cosmopolita para perpetuarse en matrimonios endogámicos con otras familias de cuño español. Muy reconocibles son apellidos como Larios, Heredia, Gálvez, García-Herrera, Loring, Pries, Gross, Krauel, Souviron, Scholtz, Degrain, Strachan, Taillefer, Ritwagen, Huelin, Caffarena, Franquelo, Grund, Barceló, etc…que también están presentes en la novela de Mercedes Formica “Monte de Sancha”.
Bien sé que hay quien considera un agravio rendirle pleitesía a estos panteones de alcurnia cuando hay tantas personas sin identificar amontonadas en fosas comunes, pero nadie hace justicia, negando la historia. Para eso; para rememorar la historia y dar a conocer sus aspectos más positivos, Federico Souviron, gerente de Parcemasa ha convocado las “Noches de verano en San Miguel”, coordinado con el grupo de teatro “Eventos con historia”, dirigido por Eduardo Nieto, que proponen visitas guiadas por el cementerio en las que los actores, caracterizados de época, familiarizan a los visitantes con las biografías de sus habitantes y las particularidades de su arquitectura y los reúnen con personajes redivivos como el padre Vicaría, confesor de Torrijos, la eterna viuda humanitaria, Trinidad Grund, el señorito torero, Rafael Gómez y Bradley, José Gálvez Ginachero, el médico altruista, o Amalia Heredia, protectora de las Bellas Artes. Aparte de esta primera ruta, habrá otras monográficas dedicadas a artistas plásticos (Moreno Carbonero, Muñoz Degrain…) escritores (Salvador Rueda, Arturo Reyes, Jane Bowles…) y políticos y economistas (Domingo Larios, Félix Sáenz, José Agustín Heredia…)
Una buena razón para adquirir las entradas a las visitas son las visitas en sí mismas y la otra que los beneficios irán al “Asilo de los Ángeles” y al comedor social de Santo Domingo. Así que la única razón para no comprarlas es que se hayan agotado ya ¿A qué estáis esperando?

El Autismo en tiempos de cólera

Luis Eduardo Aute

Más que de la proliferación de la poesía en la actualidad, podríamos hablar de la proliferación de los poetas o de quienes entienden por ese oficio de la palabra, la habilidad de colocarse un sombrero y hacer afirmaciones pretendidamente polémicas sin demasiado fundamento y, a veces, también sin demasiada gramática.
Se explica el volumen ingente de autores del verso por la facilidad que ahora supone el crearlo, pues ya no es sólo que se pueda (o incluso, dicen algunos, se deba) prescindir de las reglas métricas, sino que además tampoco parece de rigor que se observen las más elementales normas de la ortografía. Da bastante grima, la verdad, leer en las redes sociales esa prolífica producción de sintaxis torturada y manido vocabulario defectuoso que, sin sonrojo, se publica bajo el nombre de poemas con esa desfachatez impúdica y temeraria, tan propia del ignorante.
Cuando la poesía que ha sido por tradición un género de minorías se convierte en un género de mayorías, o deducimos que vivimos, pese a todo, en un siglo de erudición generalizada o admitimos que hablamos de otra cosa. Evidentemente, poema no es cualquier mancha de tinta en un papel o soporte electrónico, por más que se propugne la libertad creativa, ya rayana en el libertinaje por disfrazar de transgresión lo que sólo es impericia y desconocimiento. Creo, en fin, como Felipe Benítez Reyes, que, hay que conocer los géneros, aunque sea luego para transgredirlos. Lo demás es, simplemente, desorden.
A propósito de éste y otros temas, hablábamos en un curso de verano, organizado por la UMA y dirigido por Juan José Téllez, bajo el título de “Letras y música. Canciones entre dos siglos”, en el que se elucubraba sobre el hermanamiento de música y poesía. Conceptos que ya vienen asociados desde la antigüedad clásica, que define a la poesía lírica como aquella apropiada para ser cantada con el acompañamiento de la lira (de ahí su etimología) y otros instrumentos. Ambas artes, marcadas por las matemáticas del ritmo, la métrica y el pentagrama, han sido compatibles por naturaleza hasta fraguar felizmente en la canción de autor. El cantautor, desde los sesenta, ha sido el poeta completo en el sentido más clásico del término; una figura posible por su conocimiento de la métrica, la tradición poética y la música, que está perdiendo el relevo generacional por razones obvias. Al fin y al cabo, tanto la poesía como la música requieren disciplina y constancia, términos que aunque parezcan antitéticos a la creación artística, según Luis Eduardo Aute, son inherentes a ella. Si no lo que sale es lo que él llama con acierto el “batirruidillo” y que a mí se me figura como ese singénero globalizado desde yanquilandia, el rap, que no es música ni poesía exactamente y que Javier Ruibal definiría, más o menos, como la habilidad de enhebrar sandeces, hueras de forma y fondo, y a veces en inglés para disimular la magnitud de la estupidez expresada.
Pues, en fin, supongo que lo mismo podría considerar que los raperos son los cantautores de nuestro tiempo, si no fuese porque tengo un concepto mucho más elevado del cantautor, gracias al conocimiento de figuras como Aute; gigante en el uso de la palabra y el conocimiento de la música, del que he sido seguidora y estudiosa durante muchos años y a quien he reencontrado en este curso de verano, yo diría que sabio y desolado, términos algo sinónimos en estos tiempos.
El primer disco que escuché de Aute fue “Alma”; un poemario musicado sin desperdicio que había editado en un periodo de esplendida madurez, al que siguieron otros álbumes de idéntica calidad, que daban garantía de su crecimiento personal y formativo, después de aquellos temas juveniles, que eran eso; juveniles. Por algo hay que empezar. Pero si Aute sólo hubiese escrito “Aleluya”, “Rosas en el mar” y “Al alba” no estaría escribiendo estas líneas.
Poco creo en esos poetas que cifran sus logros en poemarios de juventud y luego se diluyen o empiezan a vender fruta podrida. El fenómeno Rimbaud es, como todo fenómeno, cosa rara, y no tópico recurrente.
Para mí, el poeta empieza a nacer como tal, después del dolor y las primeras cicatrices y eso, más o menos, llega sobre los treinta y tantos años. Podría poner aquí el verso de Luis Rosales, pero ya lo he puesto demasiadas veces.
En definitiva, para mí Aute, tomó su verdadera sustancialidad al editar “Espuma (Canciones eróticas)” y “De par en par”; discos a los que me retrotraje después de escuchar “Alma”.
A partir de ahí, se cimentó en su estilo un existencialismo muy personal, del que forma parte también el erotismo como forma de supervivencia.
Entre tantos títulos que manifiestan el Autismo referencial e intransferible, citaré canciones que bien pueden servir como manual de iniciación; “A vivir”, “Todo por sentir”, “De paso”, “Libertad” y “La belleza”. Sirvan éstas de ejemplo para dar la medida de lo que debe ser una canción de autor. Y no perder la perspectiva.

El regreso

Que no íbamos hacia el progreso, sino hacia el regreso, lo dijo aquel, y tenía razón. Porque la otra noche se me ocurrió poner la tele y me salió una película muy rancia en blanco negro, cuya trama se desarrollaba en una aldea, centrándose en el conflicto de unas damas, vestidas como de lagarteranas, que sufrían muchísimo de amores.
La que más sufría era una muchacha con cara de Dolorosa de viernes santo que lloraba lágrimas de cera por estar aquejada de una secreta y tórrida pasión hacía su padrastro, quien también herido por la misma flecha malsana, loco de celos, ahuyentaba a los pretendientes de su amada a escopetazos en un ambiente rural, muy de España profunda, donde pululaban personajes secundarios de apariencia silvestre y primaria, cejijuntos y con dentaduras difíciles de antes de la ortodoncia y sus alambres correctores.
Hubo en el metraje escenas muy emotivas como la del mozo honrado que le regala en la pedida de mano a la conflictiva prometida un escapulario. Un acto cargado de tintes edificantes y no menos pedagógicos, pues conviene que las nuevas generaciones conozcan bien en qué consiste el valor simbólico de objeto tan sustancial.
La película era una versión cinematográfica de “La malquerida” de Jacinto Benavente, quien, como Carlos Arniches (“Los caciques”), cultivó el drama rural para completar el retrato costumbrista de la sociedad española, extendiéndolo a sus pueblos, donde está el verdadero intríngulis de la patria, según dijo Azorín.
El caso es que la programación nocturna de la televisión nacional viene alimentándose con esta y otras películas, que parecen sacadas del baúl de la Piquer o la cómoda añeja de Juanita Reina o Imperio Argentina y el salón a la hora de la cena se nos llena de folclóricas con caracolillo a lo Estrellita Castro, cantando amores difíciles tras la reja florida a un bandolero montaraz o a un torero a punto de la cornada mortal en la plaza.
Un tipo de dramones, con manufactura de posguerra, que pintaban bien cuando la España de Franco vivió su obligado Brexit. Sometida la patria al bloqueo internacional por sus vínculos con el bando nazi, perdedor en la Segunda Guerra Mundial, se crecía como reserva espiritual de occidente, como imperio hacia Dios sobre sus cenizas y reivindicaba su orgullo idiosincrásico de raza con bailes regionales y NODOS triunfalistas en la oscuridad de salas de cine donde pululaba, entre el público, el hambre y la represión. Sin embargo, fue por entonces que se puso de moda esa tarandilla de “Como en España no se vive en ninguna parte”, que, curiosamente, pervivió entre gentes que nunca traspasaron las fronteras. Aunque también más tarde fuese leitmotiv de colonizadores ingleses que encontraron aquí un paraíso para su jubilación, donde el sol eterno y el alcohol baratísimo ¿Qué será de ellos ahora que el Brexit les impone fronteras de desarraigo?
Recordamos nuestro propio Brexit, aislados de Europa, en estas películas de Maricastaña, que parecen ser desempolvadas de los sótanos de la filmoteca como parte del plan de ahorro del dinero público. ¿Subvenciones al cine? ¿Para qué? Cuando luego a los directores les da por contar dramones sociales de tintes subversivos y los “titiriteros” la lían en el escenario en la gala de los Goya. También son ganas, teniendo a mano esas joyas de la cinematografía española, completamente gratis.
Además de ahorrar en dinero, se ha ahorrado en energía creativa, indudablemente concentrada en diseñar una campaña antipodemita morrocotuda de resultados a todas luces efectivos, por lo que se ha colado por todos los frentes. Doy fe de que, al editar un vídeo promocional de un cuento infantil que publiqué hace unos meses, me salieron por su cuenta unas leyendas a pie de imagen advirtiendo de que Podemos estaba financiado por el gobierno iraní y otras cosas por el estilo, totalmente ajenas al contenido de la trama. En realidad, vista la demonización intensiva del personaje, también observada por Carmen Rigalt, creo que nada sospechosa de pablista, lo raro no es que la coalición Unidos Podemos no haya obtenido más diputados, sino que obtenga una cantidad, pese a todo, tan considerable.
La abstención, una actitud más propia de la izquierda, se ha repartido entre los votantes tradicionales de IU, anti-coalición, y los socialistas que no querían un gobierno conjunto con Pablo Iglesias. Todo más que previsible. También que la derecha que sí vota pero no quiere mestizajes, haya castigado a Albert Rivera por su pacto con el PSOE, y vuelva a apostar por el PP.
En suma, en estas elecciones más que la confianza en Rajoy, ha ganado el miedo a Pablo Iglesias. Y así el progreso ha resultado regreso.

Iniesta, presidente

Dicen que el fútbol genera violencia, pero ha sido, precisamente, el fútbol quien ha tenido que venir a reestablecer la paz en los hogares, que andaban a la gresca por el color del voto. Como votos hay colores, ahora cuatro, pero, entrando en juego la Selección, el color indiscutible es La Roja. En esto, al menos, hay unanimidad absoluta sin lugar para la suspicacia. Ahora se puede gritar Viva La Roja, sin ser tachado de populista y soltar también un Viva España, que no parezca una loa del fascismo.
Fue comenzar la Eurocopa y amainar las discusiones familiares que afloraban al ojo patio a grito pelado, como si las torres de edificios se hubiesen convertido en la torre de Babel y cada cual se hubiera hecho de un lenguaje ininteligible para el otro. En estas últimas elecciones hay, además de matices ideológicos más o menos definidos, mucho de conflicto generacional. Así como de “Papá, te estás quedando carca” y de “Hijo, tú que sabes si no estabas aquí cuando pasó”. Y así andábamos, a base de almuerzos virulentos con portazos de postre, hasta que vino la Roja a restaurar los lazos afectivos de la armonía familiar en torno a la pantalla por la victoria común.
Si la política nacional disgrega, el fútbol internacional congrega, normalmente, al olor de la pizza a domicilio, los nachos con guacamole y el tinto de verano, y estrecha vínculos de complicidad por el deseo compartido de un mismo triunfo contra un adversario inequívoco. El fútbol, que es lo mejor que le ha salido a este país en los últimos años, enseña el valor de trabajar en equipo. Algo para lo que, visto lo visto, nuestros políticos parecen estar incapacitados por lo mucho que le cuestan los pactos.
Las dos Españas que se disputan el poder cuando tocan elecciones y envenenan de trifulcas la convivencia de los vecinos en bares y supermercados, se disipan en tanto que haya Mundiales y Eurocopa, siendo que, sobre ese césped, España es sólo una; la que tiene que ganar. La que tendría que ganar siempre también a base de votos como puede hacerlo a base de goles y dejar de jugar contra sí misma, disparando en su propia portería. Un espectáculo lamentable que exporta al exterior la imagen reencarnada de ese pueblo bárbaro que se enfrascó en aquella absurda guerra fratricida, recreándose en el auto exterminio y de la que nos redime el fútbol, de tanto en tanto, dando una versión de país más civilizado. Sólo los partidos ganados logran que los ciudadanos, olvidando sus diferencias atávicas, se fundan en emotivos abrazos fraternales y se calcen la camiseta rojigualda con orgullo patriótico.
También este año, la Selección Española con sus primeras victorias, ha sido como un bálsamo pacificador para calmar los enconados ánimos del paisanaje, enervado ante la próxima convocatoria a las urnas, hasta que el lunes el encantamiento unánime se deshizo con el penalti fallido de Sergio Ramos, de modo que el próximo domingo será una jornada de particular abatimiento y zozobra, repartida entre el dilema de reintentar el voto con ilusión y la íntima ilusión de que España vuelva a salvar el lunes su honor frente a Italia. En ambos casos, tiene que ganar España por encima de todo. Pero, por desgracia, no podremos votar a Iniesta, que sería el único candidato que podría ganar por mayoría absoluta. Él es el verdadero líder que convoca las simpatías unánimes de los unos y los otros; el símbolo de la unidad nacional. Su nota sería de diez, mientras los demás se presentan a por el cinco raspado, llevando a sus espaldas el primer parcial suspenso.
Tal vez porque confunden este examen con unas oposiciones y se presentan unos contra otros.
Nosotros, por nuestra parte, hemos dejado ya claro que queremos un gobierno en equipo y no una mayoría absoluta, por lo mal que nos han salido las mayorías absolutas otras veces, que es un encumbrarse en el poder y ejercer el despotismo, ignorando las aspiraciones y opiniones de los propios votantes. No, para eso, no queríamos una democracia. No necesitamos un gobierno que tome decisiones unilaterales, que nos imponga decretos a traición y dé la espalda a la oposición y al resto de los ciudadanos que ingenuamente lo han encumbrado. Con un dictador ya tuvimos bastante.
Más que un delantero centro chulito que nos someta al pago de un fichaje millonario, así como a sus caprichos y arbitrariedades, lo que queremos son centrocampistas currantes que cuenten con los demás para alcanzar los objetivos precisos, brillantes por humildes y viceversa. Un Iniesta en presidente y un gobierno tan colaborativo y eficaz en el Parlamento como lo ha sido en el césped la Selección Española. Con un gobierno así, ganaría siempre España.

El coaching

Que los seres humanos somos animales insaciables de cariño, ya es una certeza que han sabido explotar los yanquis con fines, por supuesto, económicos. La publicidad, ciencia en la que son auténticos maestros, es una estrategia destinada a ganarse a los consumidores desde el plano emocional y afectivo, que es el más indefenso de nuestros flancos, como bien saben esos gabinetes de sociólogos y psicólogos, que hay en la plantilla de cada una de sus empresas.
La cuestión, según estos gabinetes hechiceros, con sus campañas, no es vender solamente un producto útil con argumentos racionales, eso está tirado, sino vender uno, tal vez, perfectamente inútil y hacérnoslo del todo imprescindible hasta convencernos de que su posesión nos dará la felicidad. Como la felicidad no tiene precio, la gracia es que sea carísimo. No compramos un objeto sino una utopía. El montaje fotográfico de una isla desierta, cuyas aguas turquesas y cristalinas, lamen con calma chicha las blancas arenas, que ha diseñado un sugestivo programa informático. El mismo que crea ojos seductores de colores imposibles, cuerpos perfectos sin adiposidades que malogren sus curvas ni porosidades que ofendan la lustrosidad homogénea y broncínea de sus pieles.
El consumidor no compra una crema, sino la eterna juventud, no compra un reloj sino a la chica de sus sueños. Tampoco un paquete de cereales ni un zumo de paquete sino la armonía familiar de un desayuno sin gritos ni discusiones sobre las miserias cotidianas.
Las familias de los anuncios tienen cocinas amplias con vistas al jardín, papás y mamás muy guapos que se adoran, chiquillos adorables que no dan ni un disgusto. Un ambiente idílico donde nunca se habla del paro, del pago de la hipoteca, ni de ese boletín de notas que llega de nuevo, cargado de suspensos. ¿Quién no quiere participar de esas escenas? ¿Quién no termina encandilado con las adulaciones que los publicistas nos tributan?
Para ti, que eres tan exclusivo, para ti, que eres tan especial, para ti, que eres, en fin, la pera limonera. El piropo, el halago ¿quién no pierde la cabeza por ellos?
¿Qué es esa compulsión de hacerse selfies y colgarlos en las redes, sino una imperiosa necesidad de que a uno lo llamen guapo? Estamos sedientos de ser felicitados; por la cara, porque fuimos aquí y allí, o, simplemente, porque nos quedamos en casa e hicimos una paella. La falta de autoestima es un campo abonado para que los especuladores se forren y la manipulación campe por sus fueros.
En estas, llega el coaching, cómo no de EEUU, y empieza a arrasar. Se trata de que un líder, el director de la empresa, estimula a sus trabajadores, piropeándolos y festejando sus actuaciones. La cosa funciona, pues ya no se trabaja por dinero, sino por amor que es una razón mucho más poderosa. Y, entre todos los empleados, se crea un clima de felicitación continua. No sólo de lunes a viernes, sino incluso de lunes a domingo, pues el intercambio de felicitaciones crea tal adición que dejan de lado la vida privada. Así la empresa se convierte en una secta donde los iniciados viven por y sólo la felicitación.
Un método barato para el líder que ve, como por la vía afectiva, cada uno de sus trabajadores trabaja por cuatro y multiplica rendimientos sin pagar horas extra.
Una estrategia que, sin embargo, da que pensar. Si un trabajador trabaja por cuatro ¿no le está privando del trabajo a otros tres que están en paro? Y, en tanto, que se parte los cuernos por acumular vanaglorias y beneplácitos ¿no estará descuidando a su familia?
El trabajo es un apartado más en la vida del ser humano, digamos saludable. Y pongamos que en este apartado se puede ser muy eficiente, sin por supuesto perder la olla. Cuando las empresas empiezan a parecerse una secta, rayan en la peligrosidad. Aún no se sabe de ninguna secta que no haya acabado con el delirio colectivo de sus integrantes.
Pero no hay estrategia publicitaria que no haga normal, lo delirante. Pienso, por ejemplo, en “Cincuentas sombras de Grey”, que decían que era una novela erótica para las amas de casa.
Bonita cosa. Si antes a Gerardo le ponían las copas de pegón, Mari llamaba a la policía, pero ahora con Grey en alza, le grita, ay Gerard, Gerard, pégame, qué experiencia esta tan sexy.
Me dirán antigua, pero a mí el coaching me parece otra manera de ver lo blanco negro. Una explotación que basa sus maniobras en atacar al indefenso lado afectivo que tenemos los humanos.
Para mí lo humano, son ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho durmiendo. Lo demás me suena a reforma laboral camuflada y esclavitud, disfrazada de modernidad. A golpe bajo.

El transgénero

El transgénero. Según leo, cada vez con mayor insistencia, el transgénero acabará imponiéndose a la novela, que es un género caduco y, por tanto, suspicaz de inminente desaparición. La crónica de una muerte anunciada, que se llama. Anunciadísima, diría yo, pues desde que tengo uso de razón, vengo oyendo la misma cantinela.
Si es que la novela se va a morir, parece que tenga una agonía interminable. Como la de esos personajes que, en las películas, heridos de muerte, se desatan en una larguísima perorata con los ojos vueltos, que, más bien, parece el discurso de ingreso del elegido para ocupar un sillón de la RAE. Cuanto mas muere, más se extiende. De hecho, la tendencia es al grosor. Desde Millennium y compañía, el volumen medio de las novelas de éxito, es de unas cuatrocientas páginas en adelante. Dicen que la mayoría no lee, pero cuando se pone, se pone, qué caramba. El transgénero lo mismo triunfará a la larga, aunque hoy por hoy lo que triunfa es la novela larguísima, que se prolonga en tres más por lo menos, hasta completar trilogías o sagas.
Pero la calidad está reñida con el gusto de la mayoría, dicen los escritores del transgénero, que son además los que lo escriben, mira tú por dónde.
Lo mejor del transgénero, como de cualquier tendencia revolucionaria en el arte, es la teoría. Según dicha teoría, su valor consiste en transcender a los corsés de los géneros castradores, así que los mezcla de modo transgresor, con lo cual el lector igual se hace la picha un lío, pero más le vale hacer un acto de fe por no quedar como un gorrino ignorante. A ver quién fue el guapo que, en su tiempo, no dijo que el Ulises de James Joyce y las películas de Ingmar Bergman eran una obra maestra sin enterarse de un pijo.
¿Para qué? Si ya están los críticos que lo explican. Hay críticos tan convincentes que te pueden persuadir de que una lista de la compra es un alarde sinóptico de la prosa cotidiana que revela la sustancia del individuo en el contexto del consumo como muestra de la indefensión colectiva en la sociedad actual. Con una buena publicidad, o sea, una teoría de por medio, cualquier cosa se convierte en una obra maestra. Aunque sean las chuminadas sueltas que se garabatean en la libretilla del fondo del bolso o los aforismos iluminados de Facebook. Y, por supuesto, el transgénero, que consiste en ir añadiendo pegotitos aquí y allí. Un poquito de narrativa, otro poco de ensayo y lo mismo luego hasta un soneto a la virgen de Lourdes.
Como soy desconfiada, escéptica y algo coñazo (para qué nos vamos a engañar), me da que el transgénero oculta una falta de habilidad. O sea, creería en la genialidad del escritor transgenérico, si antes me demostrase que es capaz de escribir una novela bien tramada por burguesa y decimonónica que fuese. Igual me pasa con los pintores. Creeré en el dinamismo, la fuerza y la energía de su abstracto, si en los comienzos de sus carreras han pintado un bodegón o un paisaje en condiciones. Si no, sospecho.
Tuve yo una amiga que hacía virguerías con el abstracto hasta que, por ganar dinero, se pasó al retrato y me enseñó uno.
-¿Qué tal?- me preguntó.
-Genial. Has clavado a Marlon Brando.
-Pero ¿cómo Marlon Brando? Si es Antonio Banderas.
La amistad continuó, pues, digan lo que digan, es el modo de amor más incondicional, humano y constante, pero empecé a tener serias dudas sobre su pericia como pintora.
La rebeldía a las técnicas tradicionales es muy loable cuando estas se conocen, si no, son mero subterfugio para maquillar la chapuza. Y así, por lo general, cuando me hablan de transgénero, pienso que es un batiburrillo de esto y lo otro que no llega a ser nada en concreto. Y más que una revolución me parece una involución. Un regreso a la miscelánea, propia de la Edad Media, que se justificaba porque aún las mentes humanas no habían llegado a tener la madurez intelectual precisa para discernir los géneros.
Por supuesto, que en El Quijote hay ya transgénero, pues todos los géneros se dan cita en esta novela. Por supuesto, que Camilo José Cela dijo que novela es todo aquello, en cuya portada figure el nombre de novela, ¿pero esas experimentaciones suyas no fueron un paso adelante desde su conocimiento de la tradición? ¿Acaso los que defienden esta modernidad no saben que lo moderno ya fue inventado hace un montón de siglos?
En definitiva, la verdad de la verdad es que una novela es muy difícil de escribir. Claro que, a medio camino, siempre queda la opción de escribir un transgénero. Para luego tener que explicarlo como un chiste malo.

Rocinante era gay

De Cervantes, como de casi todos los escritores universales, se ha dicho que era homosexual. También de Homero, de quien prácticamente está demostrado ya que no existió y, sin embargo, se sigue manteniendo que fue ciego y, por supuesto, gay.
Shakespeare, que, igualmente, se debate entre el ser y el no ser, por los pocos datos de su biografía que se manejan; de ser, aseguran, que fue homosexual.
Así fue que los yanquis se aprestaron a desmentir tal condición para su icono literario, haciendo una película en la que el autor se enamoraba de una mujer, que se disfrazaba de hombre, a objeto de interpretar sus obras teatrales. Asunto bastante improbable, pues en época isabelina, eran los hombres quienes se caracterizaban de mujer para hacer los papeles femeninos, de modo que resultaría más coherente que fuese un chico travestido quien enamoró al creador de “Hamlet”. Sin embargo, los americanos no dudaron en echar mano de una trama enrevesada, por que la hombría de su escritor emblema no se pusiera en entredicho. Como si dicha sospecha nos importase una higa al resto del mundo y no comprendiesen que la homosexualidad es un recurso de los críticos para hacer sobresalir a un escritor, sobre el que ya se ha dicho casi de todo y un truquito efectivo que, a nivel académico, prueba que los alumnos también se sirven de la memoria sin traumático esfuerzo, si se les facilita el dato oportuno.
Puede que al chaval se le olviden con facilidad los símbolos que en el Romancero Gitano de Lorca eran las llaves que abrían el universo trágico del subconsciente; que se le difumine qué quiere decir la imagen de la luna, el toro o el caballo, el nardo, el mirto o la amapola, pero, llegado un momento, alguien interrumpirá la clase y, haciendo gala de su competencia memorística, observará:
-Pero Lorca era mar…O sea, gay, ¿no?
Y ése será el único juicio crítico que, a la postre, quede nítido y rotundo del autor de “Poeta en Nueva York” y “Bodas de sangre”.
Siendo la homosexualidad, un modo amatorio tan antiguo como lo son los otros, desde el albor de las civilizaciones, aún despierta un morbo inexplicable cuando se proyecta en la biografía de los autores más señeros o los mismos personajes de sus obras.
La comparación homérica ha dado de sí muy sesudas y amplias páginas en los estudios filológicos sobre la Ilíada, pero, en definitiva, nunca despertará tanto interés como la disquisición, según la cual, Aquiles y Patroclo eran amantes. Y si no, afirmará con contundencia el acérrimo defensor de tal teoría, ¿por qué el Pelida de pies ligeros reaccionó con tanta violencia ante la muerte de su amigo?
Como las hipótesis en este terreno, solían dar en el blanco de la inquietud colectiva, los críticos, animados por el éxito, se lanzaron a emparejar a los personajes de las novelas más renombradas a objeto de soliviantar al público, rizando el rizo.
Así que Fernando Arrabal, el inefable, señaló que el Quijote y Sancho Panza vivían una relación homosexual. Si no, ¿qué hacían esos dos hombres tanto tiempo por esos campos a solas? Otra interpretación de un crítico menos conocido, pero superior en audacia, señalaba que Aldonza Lorenzo, la amada Dulcinea del caballero de la triste figura, era, en realidad, un hombre travestido, dado que se la presumía bigotuda y de un vigor viril, por su habilidad de salar jamones.
Con las mismas, después de una serie televisiva, Sherlock Holmes fue susceptible de andar enamorado de su ayudante. Elemental, querido Watson. Y tampoco los superhéroes, en el género del cómic se libraron de ser apareados por la aplicación del psicoanálisis a la ficción. Así fue como Batman quedó emparejado con Robin. Y el ejemplo cundió hasta salpicar con la sospecha a los muy hombríos machotes del tebeo patrio. Ya no cabía duda de que el Capitán Trueno estaba liado con el joven Crispín y Pedrín era amante de Roberto Alcázar.
Y, si se elucubraba con la virilidad de tan rudos protagonistas, cómo no hacerlo con el relamido Tintín; ese belga tan andrógino, de impecable tupé y culito respingón. Si bien ya habría que desplegar demasiada imaginación para recrearlo en brazos del capitán Haddock (rayos y centellas.) Habrá que aguardar a la próxima vuelta de tuerca que enrede al aventurero de bombachos en una pasión zoofílica con su perrito Milú, por ejemplo.
Sólo así podría superar en novedad al pasaje de El Quijote que nos señala Manuel Rivas, donde se describe la pasión homosexual que se desata entre el caballo Rocinante y el rucio de Sancho.
De la homosexualidad de Cervantes no tenemos ninguna certeza, pero lo verdaderamente cierto es, sin duda, que, después de cuatrocientos años, no se ha escrito una novela más moderna que El Quijote.

Los libros vuelven a la playa

Buenas noticias. Los libros han vuelto a la playa. Al caer la tarde, hora favorita de los lectores, por dulcificarse el sol sin dejar de iluminar, las toallas albergan un pequeño poblado de individuos taciturnos, con la mirada concentrada en páginas de papel. Ebook no se ve ninguno. A fin de cuentas, el cacharrito eficiente satisfizo el capricho de los esnobs, pero como todo capricho, resultó una moda fugaz. La verdad verdadera es que los lectores, tal vez por pertenecer a una raza anticuada, preferimos el papel. Por costumbre a lo vegetal y a lo flexible y también por razones sentimentales. El papel registra nuestras huellas y nuestro olor, inmortaliza de manera sensible el momento irrepetible de la lectura y, al volver a esas páginas, pasado el tiempo, nos devuelve la sensación física de reconocernos, como en una instantánea, en ese encuentro íntimo que respira a café de sobremesa en casa, a viaje en tren o a tarde de playa y dejan un testimonio de lo que fuimos. Los recuerdos tienen olor y sabor como nos enseñó Proust con su célebre magdalena y, para eso, no sirve un dispositivo inodoro e insípido que no humaniza las páginas con nuestro contacto ni personaliza los libros que se esfuman como presencias fugaces en las que no se reconoce nuestra compañía. Esa compañía que resiste al paso del tiempo como sólo lo hace el papel cuando amarillea para dejar constancia de tantos años de convivencia. Silenciosos y fieles en la misma estantería, aguardan a que un día te acuerdes de que existen y quieras consultarle aquellas frases subrayadas en las que te reconoces como fuiste y, por lo general, como nunca has dejado de ser.
Leo con emoción aquellos antiguos subrayados, que ya no hago por no querer dañar su vida vegetal. Ya no subrayo libros como no arranco flores, pero me gusta oler en ellos las tardes de playa; reconocer ese instante en que unas palabras te sacuden como cuando una ola te arrastra y te lleva a la orilla y gritas en silencio, eureka, igual que si fueses Arquímedes en su bañera.
De todas las experiencias gratas que he tenido en la vida, no he hallado ninguna más placentera que leer y viajar; que es lo mismo en sustancia. Porque leer es viajar a cualquier parte del mundo sin tener que salir de casa o de la plaza que, en la arena, ha conquistado tu toalla. Este libro que ahora leo, sin embargo, no me lleva muy lejos de donde ahora estoy sentada, pero aunque los lugares que cita son los mismos que veo, me parecen muy lejanos por esas distancias que crea la frontera del tiempo. Aquí, precisamente, en este mismo lugar, se ambienta la novela de Mercedes Formica, “Monte de Sancha”. Los escenarios son los que contemplo, pero me parecen irreales y fantásticos. Otro tipo de viaje, que sin la literatura no sería posible, es el viaje a través del tiempo.
Intento descubrir en lo que me rodea, aquella Málaga remota de los años treinta, inmediata a la Guerra Civil, que la autora narra con la intensidad de lo vivido. Recreo en el panorama aquellas antiguas y magnificas mansiones de los aristócratas de apellidos extranjeros que, despreocupados, daban tés y fiestas en sus magníficos jardines. Aquellos descendientes de prósperos comerciantes que se arruinaron a merced del clima benigno de la ciudad, que alienta al hedonismo y la laxitud, abandonándose a una exquisita y elegante decadencia y formando una élite más de forma que de fondos, que, sin intervenir en política, se vio sacudida por el resentimiento de los barrios paupérrimos como el Perchel o La Trinidad, cuyos habitantes, adocenados en piojosos corralones veían como una afrentosa provocación su modo de vida.
Los aristócratas, que formaban parte del círculo familiar y amistoso de la propia Formica, quien pasó en el Paseo de Reding, su juventud, eran de natural bonachón y tenían como único defecto vivir de espaldas a la realidad de los barrios, que, como ella describe sin ahorrar detalle, era durísima. Así lo plantea en la primera parte de la novela que es, aparentemente, objetiva, como puede serlo cualquier novela sobre la Guerra civil, pues me pregunto, a estas alturas, si la objetividad no es una utopía cuando se plantea la contienda. He leído ya muchísimas novelas sobre el tema en un signo y en otro o presumiblemente, en ninguno, y aún no encuentro que la balanza no se incline de alguna parte. Ahora sí, todas me llevan a la misma conclusión. Una Guerra como esa hay que evitarla a toda costa y, en ningún modo, propiciar que se repita semejante salvajada. Más aún cuando leo la segunda parte de la novela de Formica, de un detallismo muy tremendista cuando la revolución sanguinaria de los barrios obreros se desata sobre La Caleta, quema sus casas y, con total brutalidad, tortura y asesina a sus habitantes.
El comportamiento brutal de las masas obreras lo basa Formica en dos cuestiones. Los revolucionarios barriobajeros, por su ignorancia, son primarios y el agravio de la desigualdad los enerva salvajemente. De lo escrito, se deduce que, evitando la desigualdad y su obscena ostentación, y la ignorancia de las clases bajas, sería imposible que una situación similar se pudiese repetir. Y, sin embargo, a día de hoy, con las clases medias desaparecidas, la reforma laboral, el mayor enriquecimiento de los ricos y la precaria formación de los pobres, se dan todos los ingredientes para reincidir. La historia se repite porque el hombre es el único animal que tropieza tropecientas veces con la misma piedra. Y aún así no aprende a esquivarla.

Rockeros de barrio

Rosendo Mercado

A esa hora inclemente de un mediodía de mayo con un sol frontal más propio de pleno agosto actuaron los surferos barbudos (The Surfin Beards) en el Campus de El Ejido con motivo del UPHO Festival. Les tocó la china del horario a las 14:30, precisamente cuando llega al estómago la llamada del almuerzo y, quienes no están comiendo en casa, llenan las terrazas de los bares, combatiendo el calor con unas cañas fresquitas a la sombra.
Parece que en los programas de conciertos rockeros tienen la zona preferente de la noche los chiquitos pintones, que le dan más imagen a la cosa a base de musiquita en lata, que la muchacha rubia ameniza con maullidos incongruentes de gatita recién capada. Es el futuro, dicen. Pues vaya.
Los Surfin Beards tienen la imagen curtida de los rockeros de siempre, con melenas canosas y unas camisas hawaianas muy lavadas, dispuestas al sudor propio de quienes toman el escenario como un campo de batalla. Como no tienen solista, hacen cantar a sus guitarras con una potencia y un virtuosismo, fruto de largas horas de ensayo, que, sin embargo, no deja ver las costuras; ese golpe de elocuencia, que ha encallecido las manos a fuerza de trabajarlo y parece saltar luego por los aires indoloro y espontáneo. Cuanto más verdadero es el arte, menos denota el tiempo que se le dedica, que es muchísimo cuando consigue este efecto.
La actuación magistral merece un lleno, pero el público es escaso. Hay algunos niños, los hijos de los rockeros, algunas mujeres, sus parejas, y otros cuantos que hemos decidido cambiar el almuerzo por el cartón de croquetas o patatas del quiosco y el tanque de cerveza en vaso de plástico, que sabe a gloria cuando la música es un milagro que relativiza cualquier circunstancia. Llegado un momento, todo parece encajar en la escena de un western al que el grupo da su adecuada banda sonora. El sol a sol del mediodía y la película de calima que forma el calor y da aspecto de espejismo a la aridez de esa explanada del parking, recrean perfectamente el clima (y el clímax) de una película del Oeste.
El rock, en todos sus estilos, es una pasión que se impone a cualquier horario y a cualquier circunstancia y quien lo siente, lo da todo por él, más allá del lucro, que puede ser poco o ninguno. Los rockeros se crían en los barrios y algunos, enriquecidos, se trasladan de allí a vivir en mansiones de urbanizaciones lujosas, pero la mayoría se queda en el barrio para siempre. Son currantes que, al terminar la jornada, se quitan el mono de trabajo y se enfundan la chupa de cuero para ensayar en el taller o el garaje que hayan alquilado con sus vecinos del grupo en lugar de irse a su casa a descansar y ver la tele. No es que no tengan familia que les espere. Su vida sentimental no es tan azarosa como las de las grandes estrellas. Tienen mujer, la de toda la vida, hijos y, con el tiempo, nietos, que ya incorporan entre sus rutinas que el abuelo, cada tanto, se suelte la larga cabellera blanca y se suba a un escenario, preso de ese intacto frenesí que no remite con el pasar de los años.
En las familias de los rockeros se produce un desfase generacional; ellos siempre son más jóvenes que los hijos, que por contradecir la genética, les salen formalitos y con ganas de orden y empleo fijo en oficina. No es que le parezca su viejo un mal tío, pero, por lo que le toca, prefiere acomodarse y no apostar por una revolución que no va a llegar nunca.
Aquellos rockeros que pusieron letra en español al rock para dar una nueva modalidad a la canción protesta en los 80 y los 90, que profetizaron las injusticias sociales que ahora, crecidas al extremo, tanto nos golpean, se ven relevados por nuevas generaciones, educadas en la globalización, que cantan en inglés; la lengua del imperio. En tiempos de aparente prosperidad en los que aún no se podía sospechar la que se nos iba a venir encima ya denunciaban la corrupción, la desigualdad y la manipulación de las mayorías. Formaron grupos como Leño, Obús, Barón Rojo, Ska-p, Mago de Oz, La polla records, Fe de Ratas, Okupación, Reincidentes y Los Suaves y eran la contra de los tecno con Mecano al frente; ese grupo para pijos, una actualización cursilita de Mocedades que le enseñaron al personal un bailecillo algo cojitranco.
Los rockeros de barrio cantaron a una crisis que entonces no veíamos, pero ellos sí, tal vez porque la crisis llegó antes a sus barrios o porque de allí nunca se fue. De todos aquellos, la cara más reconocible es Rosendo, que ha rechazado que le pongan una estatua. “Porque es mejor invertir ese dinero en otras cosas que hacen más falta” y porque hacer una estatua de un hombre vivo es como darlo por muerto. Y ya sabemos que los viejos rockeros nunca mueren. Menos mal.