El cine que te espera

Iba yo pensando en los vuelcos que da la vida, cuando pasé por la terraza VIP del teatro Cervantes. Allí estaba tomando café la gente del cine con toda su parafernalia de cámaras como en una realidad paralela, ajena a las miradas curiosas de los paseantes que se asomaban a observarlos como quien observa un vivero de truchas. Hay que ver la distancia psicológica que pueden crear unas vallas.
Una pareja de jubilados que pasó también por allí en su paseo matinal, se detuvo a echar un vistazo.
-Mira, ahí están los famosos- dijo el hombre.
-Qué va, hombre, esos son sólo periodistas- le rectificó la mujer.
“Solo periodistas”. Será que me pilló susceptible, pero pensé que a esa frase le sobraba el “sólo”. Sin periodistas, no habría famosos ni grandeza en el espectáculo, pero no es cuestión de disputar protagonismos, pues, puestos a eso, también podríamos decir que el verdadero éxito de un festival es el público. Y, sin público, cualquier evento pierde todo sentido. Por fortuna, en Málaga hay un público entusiasta que se apunta a un bombardeo y todo lo convierte en colas y acontecimiento multitudinario, ya sea fútbol, teatro, ferias o Carnaval. Incluso ciclos de conferencias y otros actos culturales, en los que la presencia de jubilados es impagable y muy meritoria, habida cuenta de que ya no se dan canapés.
Fui a las taquillas de Plaza de la Merced a proveerme del programa del Festival, que este año es gratis, ole, y ojeé las sinopsis de las películas. Y eso fue lo que me hizo pensar en los vuelcos que da la vida, pues en casi todos los filmes se planteaba que tal o cual personaje llevaba una vida monótona hasta que su vida dio un vuelco inesperado.
La ficción, desde luego, es muy diferente a la realidad, pues lo cierto es que en las biografías comunes y monótonas no se dan vuelcos, así espontáneamente, si no es porque uno se empeña muchísimo.
Como la oferta del programa es muy amplia, conviene leerla con calma y subrayar luego lo que más te llame la atención. Otra cosa es confiar en la opinión de los críticos y dejarse guiar por ella. Una opción que, siendo muy loable, no aconsejo del todo.
Nuestro criterio no siempre coincide con el de los críticos y podemos llevarnos decepciones.
El primer día vi una película muy elogiada por la crítica que no me gustó nada y el segundo otra, condenada por la crítica, que me gustó un montón. Seguramente porque la primera tenía muchas pretensiones y la segunda, ninguna. Contaba una historia real y actual y la contaba tan bien que te llegaba al corazón. Sólo eso, que ya es mucho.
No voy a decir el título de la primera película, porque, a estas alturas, comprendo que cualquier producto artístico es fruto de muchas horas de trabajo y resulta una crueldad, despacharlo con unas cuantas frases agrias. Quién soy yo para denostar con mis impresiones lo que ha costado tanto esfuerzo poner en pie.
Sin embargo, la segunda película sí me gustaría nombrarla, pues sé que le vendrá bien un elogio. Se trataba de una comedia “Requisitos para ser una persona normal” y pertenecía a la llamada “Cosecha del año”. O sea, que ya la estrenaron el año pasado en el Festival.
Contaba la historia de una chica de 30 años, como tantas en este país, que no tiene trabajo ni pareja y que vive aún en la casa de su madre, con la que se le hace muy difícil la comunicación afectiva. Pero esa realidad suya no sólo se ceñía a la de los jóvenes, siendo que su obsesión consistía en ser una persona normal, como no lo somos casi ninguno.
Los moldes sirven para hacer objetos en serie, pero no para hacer personas. Y esa es la tragedia que muchos hemos vivido; desfallecer en el intento de ser normales dentro de una normalidad que no existe. Pero, por qué, me pregunto yo, preferimos ser normales a ser únicos.
Creo que también esta comedia le hubiese gustado mucho a Juan Ruiz de Alarcón, pues la chica se decide por el muchacho feito y pobre, que es el que la hace feliz.
La conclusión es que todo el público, de la oscuridad de la sala, salimos a la luz magnífica de una tarde de primavera con una radiante sonrisa. Y, en fin, que yo creo que las mejores películas son las que consiguen transmitirnos esa sensación.
Pero, como en el Festival, no todo son películas, ya he sacado entrada para documentales y cortometrajes. Es una buena ocasión para verlos ahora, pues después es difícil conseguirlos.
Me dicen que los directores de mayor renombre en España no estrenan sus películas en este Festival y hasta a eso le veo su lado positivo, pues así aquí se da cabida a nuevas voces. Sería muy pobre que el cine español fuese cosa de tres o cuatro consagrados y no mirase al futuro.
Y yo veo futuro en este cine, cada vez más. Adelante.

¿Quién entiende a este país?

Albert Rivera no encuentra a su “media naranja”. Si las urnas le hubiesen sido más favorables, ahora sería una naranja entera, como se autodenominaba Antonio Gala, pero, en estas condiciones, necesita como el pan al otro borgiano para completarse y dejar de ser “una mitad sin saber su identidad”, que cantaba Ana Belén.
Lo de la identidad lo tiene difícil, pues estar en el centro significa servir de relleno a cualquier emparedado. El centro, en democracia, es un concepto tan difícil de explicar como el limbo en la Biblia, como el ser o no ser de Hamlet. La relatividad alimenta las divagaciones filosóficas, pero el electorado necesita una mayor definición para decidirse y saber a qué atenerse y, puestos a ser, quiere que el votado sea algo concreto y no hasta cierto punto; que sea lo que sea, pero que lo sea del todo, como que no le valen medias tintas. La ambigüedad es materia para el arte, para el cantante enigmático en plan David Bowie, pero en el político desazona. Al votante y al político mismo.
Albert Rivera, visiblemente desazonado, deambula por la escena como esos medios seres de Ramón Gómez de la Serna, como el vizconde demediado de Italo Calvino, buscando la pieza que le encaje, el otro yo complementario, el yang del yin y viceversa. No es cómodo ser un comodín sino es en un juego de mesa. Al final todos te quieren por el interés como a Andrés. Rajoy para ser presidente y Sánchez para pasar el rato, mientras espera el sí quiero de la chica difícil que, cuanto más se resiste, más mola.
El pacto fácil es como el abrazo fácil, quien lo da, acaba diciendo:
-Sólo me quieres para eso. Es que sois todos iguales.
Sánchez lleva del brazo a Rivera por la calle de Alcalá, pero se le van los ojos detrás de Iglesias, que es como la Fortunata del trío; la chulapona de barrio que suelta cuatro frescas y escapa calle abajo, haciendo la peseta.
-Pero ¿qué tiene ésa que no tenga yo?
Y es que así son las cosas del querer; no tienen fin ni principio, ni tien cómo ni por qué.
Luego se le acerca a Albert, Rajoy, frío y taimado, a proponerle matrimonio de conveniencia y le dice que no; que él quiere un presidente con las manos limpias.
Pero las manos limpias ya no son lo que eran. Ahora “Manos Limpias” es “Manos Trincan”. Hay que ver cómo está “la suciedad actual”, si no fuera por el blanqueo…
Y, en medio de todo, en su centro metafórico, Rivera lamentándose por las esquinas, como la morena de la copla, que cantaba tras la reja: “Gitana, que tú serás como la falsa monea, que, de mano en mano va y ninguno se la quea”.
Rivera no encuentra su espacio, tal vez porque no ha sabido escogerlo. No ha sido buena idea querer reencarnase en Adolfo Suárez, que acabó perseguido por el gafe de la incomprensión. Le hubiese valido más confesarse de derechas y ofrecerse como alternativa al PP, que a tal y como está, va necesitando un relevo urgentemente. Lo dice hasta Esperanza Aguirre que hasta ha escrito un libro, cuyo título la define “Yo no me callo”. Si el PP se extingue, ella nunca, que quede claro.
Después del tiro de gracia de los papeles de Panamá, de la dimisión forzosa del ministro Soria y la destitución del alcalde de Granada, ésta tendría que ser la oportunidad perfecta no digo para Esperanza, que tiene también un pasado, sino para Rivera, si es que se decide a decir que es de derechas y los votantes de derechas a creerlo; que, a lo mejor no, después de tanto emparejamiento con el PSOE.
Sin embargo, aseguran que, de repetirse las elecciones, volvería a ganar el PP y el presidente sería Rajoy. O sea, cuatro años más de PP y de Rajoy ¿Quién entiende a este país?

¿Miedo a las políticas sociales?

Alejandro con sus padres

No hay que tener miedo a las políticas sociales. Las políticas sociales no empobrecen a un país y son perfectamente compatibles con su prosperidad, si se entiende que la prosperidad es un concepto que ha de asociarse a la generalidad de la población y no a las cuentas corrientes de unos pocos, domiciliadas en paraísos fiscales. Eso, además, de vergüenza, más que nada, produce déficit, pues hablamos de millones, de la evasión y el robo de muchísimos millones, que, si volviesen a su destino, podrían servir de pago para las políticas sociales; para garantizar subsidios a familias sin recursos, pensiones decentes a los jubilados, ofertar a los desahuciados viviendas dignas, mejorar la calidad de la sanidad y la enseñanza y crear empresas que generen empleo. Naturalmente en España y para los españoles, pues antes que subsidios, lo que los parados españoles necesitan es volver a integrarse en la vida laboral, recuperar la autoestima y, seguramente, la fe en los gobiernos y en la política e, impulsados por esta fe, reunir las energías para vivir y votar con ilusión, pues sin dicha ilusión, es muy poco probable que sientan ningún interés por salir de casa, si la tienen, e ir a votar. Sólo la esperanza, esa luz que por fin se vislumbra al final del túnel, hará que esas nuevas elecciones que algunos presagian ya como una fatalidad, no se salden con una abstención descomunal, además de suponer un nuevo gasto que agrave todavía más el déficit. Y eso va a ocurrir, si después de tantos meses de incertidumbre, la mayoría sólo saca en claro que la democracia ha quedado reducida a un baile de cambios de pareja, a un juego de intereses ajenos, a una fiesta a la que sólo se te invita para pagar el cubierto de otros.
¿Con qué ánimo va a acercarse a las urnas el excluido, después de haber comprobado cuáles son los motivos de sus miserias? ¿A qué objeto apostará por quienes ya han demostrado con sus corruptelas, la más flagrante deslealtad? ¿Querrán darle otra oportunidad al malo de la película cuando se arrodille y diga eso de “perdóname”, te prometo que ahora voy a cambiar”? ¿Es que no sabemos ya de sobra que, en la próxima escena, cuando le demos la espalda, se arrojará sobre nosotros para arrebatarnos la pistola e intentar de nuevo la traición?
Apostar por el traidor es una opción suicida; en su carácter no está ni la empatía ni el arrepentimiento. No han sentido ni sentirán nunca nuestro dolor; esa carga de decepción que nos crea joroba existencial, cada vez que aparecen nuevas cuentas en Suiza, nuevos nombres notorios en los papeles de Panamá.
¿Qué nos van a decir ahora? ¿Que el empobrecimiento del país es causa de nuestros gastos desmedidos o de nuestra falta de emprendimiento o de las políticas sociales? ¿Que su evasión de capitales y de impuestos no tiene nada que ver en ello?
¿Y a quién se lo van a decir? ¿A los parados de más de cuarenta años? ¿A los jóvenes que tienen que emigrar o malvivir con minijobs? ¿Al empleado que trabaja por cinco sin rechistar por temor a verse en la calle? ¿A los ancianos de mermadísima pensión? ¿A los familiares de los dependientes?
Veo en La Opinión de Málaga que, finalmente, el niño Alejandro y su familia han sido salvados de su situación de precariedad por la donación de un empresario ibicenco, que ha querido mantener el anonimato. Me he alegrado mucho porque le tenía a ese niño del Perchel un cariño especial, ya que me recordaba a Antoñito, el hijo de mi mejor amiga. Otro chico precioso con parálisis cerebral y un 99% de minusvalía. Como los padres de Alejandro, Inmaculada y Juan José, mi amiga Magdalena ha pedido ayuda a organismos oficiales sin demasiado resultado. Y, en tanto, su situación se ha agravado ya que ahora se encuentra sola, pues su pareja murió muy joven de un infarto fulminante en septiembre del pasado año. Ella también sabe, como su pareja, como Juan José e Inmaculada, cómo se resiente la espalda y la tensión, al cargar a un hijo en una vivienda con escaleras, aunque lo haga con todo el cariño. Y no se trata de que la ayuda tenga que venir también de un generoso y humanísimo donante anónimo, porque no podemos esperar que haya donante para cada niño dependiente en España, pero sí impuestos. Y queremos que ese dinero público que ahora vamos a generar con nuestras declaraciones de la renta vaya al público; a mejorar la situación de tantas personas que lo necesitan y a hacernos a todos la vida más agradable y deseable. Y no a servir de lucro a ambiciosos que lo desvían y financian con él sus juergas y sus viajes.
No me dan miedo las políticas sociales, no temo a que suban mis impuestos, si, con ello, contribuyo a que estas personas que sufren, puedan aliviar su situación, lo que me disgusta es que mi contribución sirva para otros fines fraudulentos. Ya sé que a las clases medias nos infunden el pánico al empobrecimiento para hacernos insolidarios con los desfavorecidos, como si los enemigos fuesen ellos y no los que nos roban impunemente. Una trola que sólo funciona si eres cómplice del ladrón, en cierto modo.

El libro infantil

Los niños no leen. O sí, los niños leen más que nunca, pero no leen libros, sino pantallas de móvil que reciben mensajes de dos o tres frases, deformadas por las faltas de ortografía, al pie de una imagen. Los niños tampoco escriben, o mejor dicho, escriben muchísimo pero no en papel sino también en la pantalla de su móvil, frases para responder a esos mensajes con las mismas faltas de ortografía, imágenes y emoticonos.
El Día Internacional del Libro Infantil se celebró el pasado dos de abril, en conmemoración del cumpleaños de nuestro ilustre visitante, Hans Christian Andersen, y dos días más tarde cerró la librería “Libritos”, de calle Granada, después de treinta años de actividad. Los niños no leen ¿por qué?
Las campañas de animación a la lectura entre los más pequeños fracasan. Se dice que porque los libros son caros, pero no cuadra el dato, cuando los precios de los móviles son muchísimo más elevados y se venden a granel. Para niños y para adultos.
Los niños actúan por imitación, hacen lo que ven que se hace, que no es lo mismo que lo que se dice. Se dice que la lectura es estupenda, así en abstracto, como un lema vacío, pero lo que ven los niños antes de retirarse a dormir a su cuarto es a sus padres en el salón, enganchados a alguna pantalla; la del televisor, la de la tablet o la del móvil. Y, cuando llegan a su dormitorio, hacen lo propio; enchufarse a una pantalla hasta que le dan las tantas, a esa misma hora en la que los ogros y brujas de nuestra infancia campaban para sembrar el terror y que, hoy día, ya jubilados, se acuestan muy temprano, hartos de no dar miedo a nadie; de que nadie les haga caso.
Aleccionados por Casimiro que nos advertía de la hora en la que había que irse a dormir, los niños de entonces conciliábamos el sueño convocado por las páginas de papel de los cuentos que primero escuchábamos de los padres y luego leíamos nosotros mismos. No éramos más listos, sin duda, es que ésa era nuestra única posibilidad de distracción; el papel que adormece y no la pantalla que espabila. La pantalla que genera niños trasnochadores que no duermen las diez horas reglamentarias que a su edad necesitan cuerpo y mente y llegan al día siguiente a clase agotados, envejecidos prematuramente y con el intelecto embotado e incapaz de asimilar contenido alguno. No es que sean torpes, es que no duermen; que no leen ¿por qué?
Quedo en un bar con una amiga y veo entrar a una chica joven que se sienta en la barra y llama a su hija por el móvil:
-Acabo de salir de trabajar y me estoy tomando una cerveza ¿qué te parece?- dice la madre- ¿y tú? ¿Ah, sí? Pues dúchate y acuéstate pronto, que mañana tienes que ir al colegio. Besitos, te quiero mucho, cariño.
No sé si estas situaciones son, de generalizadas, normales, ni tampoco en qué situación se encuentra esta mujer que sale de trabajar tan tarde y necesita relajarse en un bar antes de ir a su casa a reunirse con su hija y llevarla a la cama. Tampoco sé dónde estará el padre de esa niña que se acuesta sola en su casa y si tengo yo la autoridad moral precisa para juzgar lo que hacen y no hacen otros y echarles broncas que, sin efecto, se quedan en indignación estéril. Pero encogerse de hombros y decir que los tiempos vienen así y ya está, no es tampoco en ningún caso la solución., porque la lectura no puede pasar de moda como tampoco el calcio e igual que éste es necesario para formar los huesos en la infancia, la otra es básica en edad de desarrollo para conformar su pensamiento. Un niño que no lee será un adulto que tendrá serias dificultades para asimilar cualquier información y transmitirla y para expresar sus sentimientos y emociones, lo cual lo hará naufragar en el ámbito profesional y personal.
Siendo consciente de todo esto, desde la teoría y la experiencia, no me queda más remedio que tomar cartas en el asunto y, sin intentar enmendarle la plana al resto del mundo, hacer lo que esté en mi mano. Esta resolución es la que me ha llevado a la literatura infantil, después de sumarme durante muchos años a la animación a la lectura, como otros docentes, con mucho entusiasmo, pero con muy poco resultado. Tal vez porque es inútil convencer a los niños con nuestros argumentos de adulto y somos incapaces de ver el mundo con sus propios ojos; porque además de razones, es preciso darles una prueba con las que llegarles al corazón. Un libro que les sea cercano, porque hable de ellos y se integre en su realidad y su piel. Ojalá que pueda ser ese libro que decidí escribir yo misma, después de tanto buscarlo inútilmente en las estanterías.
Sabía que la tarea era muy complicada, que, después de todo, escribir para niños es un viaje de regreso difícil de emprender, así que me puse las pilas y emprendí en Alemania la ruta de los lugares en los que se inspiraron los cuentos recopilados por los hermanos Grimm e imaginé cómo podrían actualizarse Caperucita, Blancanieves o La bella durmiente y también integré en ese imaginero los referentes de Andersen y Wilde. Fue un viaje fascinante, pero lo mejor de todo, es que, al regreso, encontré a mis auténticos personajes, de carne y hueso, que sólo esperaban ser escritos.

El malaguismo no es eso

Ni la religión ni el fútbol implican violencia, son los violentos quienes se implican en ellos como pretexto para sacar afuera sus bilis y convierten en mierda, o sea, en violencia, todo lo que tocan. Hasta lo más sagrado.
La culpa del yihadismo no la tiene el Corán, como tampoco la Biblia la tuvo de las cruentas cruzadas. Los violentos no son grandes lectores; de haberse educado en la lectura, no serían tan agresivos.
La lectura da paz como también el deporte. Los griegos que inventaron el amor a la sabiduría, combinaron el cultivo del cuerpo con el cultivo de la mente y así crearon las olimpiadas y la filosofía. Ambos cultivos son cultura como demuestra la común etimología de estas dos palabras.
Ni los atentados de los terroristas ni las agresiones de los ultras se alimentan de cultura, sino de ignorancia, que es la raíz de todos los fanatismos. Es el ignorante una bestezuela que, movida por sus instintos primarios, hace del credo una guerra, del juego una lucha y del amor, un asesinato, ensuciando las cosas bellas con sus dedos y poniéndolas del revés hasta desfigurarlas. Pero que no nos confundan; ninguna guerra puede ser santa ni ningún crimen pasional. No hay Dios que anime a la matanza ni flecha de Cupido ensangrentada. A no ser que el amor se entienda como aquella canción que interpretaba Fernando Esteso, vestido de paleto, en los programas de variedades de los años setenta. Salía el hombre al escenario con una boina muy calada y, garrota en mano, decía a modo de declaración sentimental: “Ende que te di, que te di el primer zurriagazo (zurriagazo, zurriagazo)”. Letra que hoy hubiese sido prohibida por sugerir violencia de género y hacer burla del hombre de campo.
En ningún campo debería ser concebida la violencia, tampoco en el campo de fútbol. Por algo el espíritu deportivo es sinónimo de ecuánime. Sin embargo, hay todavía quien utiliza el fútbol como coartada para sacar de sí al salvaje que lleva dentro; un salvaje miserable que nunca olió a Rousseau ni de lejos. Así es como, de vez en cuando, se hacen de un hueco en las noticias del día con sus “hazañas” repugnantes.
La última ha sido la agresión casi homicida que sufrió Samu Galán, jugador de Alhaurín de la Torre, por parte de un futbolista del equipo rival, después de un encuentro celebrado el pasado Domingo de Ramos. El agresor que tenía ficha federativa en El Palo B, pero que no jugaba ese día, saltó de las gradas, se interpuso en una pelea que mantenía el agredido con un defensa paleño, y le propinó dos cuchilladas. Según leo, “una en el costado y otra en el tórax, que estuvo a punto de dejarle sin vida, ya que entró cerca del corazón”. Siendo que la víctima, Samuel Galán, se salvó de milagro, después de ocho días de internamiento hospitalario, pues, en sus circunstancias, sólo sobreviven uno de cada veinte. Que haya escapado a la muerte se debe realmente a su juventud y su buena forma física.
La dimensión de la barbarie, cuyo autor justifica por actuar bajo los efectos de la cocaína, ha conmocionado a la afición malaguista. Resulta muy lastimoso que un integrante del equipo paleño, que aporta tanto a la cantera del Málaga C.F., se vea envuelto en un episodio de tentativa de homicidio y drogas, lo que, contagiando de mala fama, puede poner en duda la deportividad del resto de los alevines, que son referentes de muchos niños malagueños que los admiran y aspiran a tomarles el relevo.
Después de lo ocurrido, habrá opiniones que sostengan que la culpa de todo es del fútbol, que es un deporte que despierta la brutalidad y las bajas pasiones. Y no. Ni el fútbol es en sí mismo un estigma, ni tampoco en concreto, el fútbol malaguista.
Los violentos se cuelan en cualquier parte y hacen mucho ruido, pero, afortunadamente, no son la norma. Si lo fuesen, no nos hubiese impresionado tanto esta agresión tan atroz. Asociar el malaguismo a esta salvajada es del todo injusto para todos los que vivimos la afición con sentimientos pacíficos y positivos.
Del fútbol malaguista, yo he aprendido grandes lecciones de solidaridad y afán de superación. Todo un elenco de valores que he recogido en un cuento “NadaDora y Boquerón” con el que me dirijo a esos mismos niños que me los enseñaron. El fútbol en Málaga no es sólo un arte, que también, sino la ilusión de llegar muy lejos para quienes han tenido el infortunio de nacer en un medio desfavorecido; mis alumnos. Pero hay más; esa posibilidad del juego al aire libre, lejos de la dependencia de los móviles, esa hermosa convivencia que refuerza los lazos familiares cuando van padres e hijos a animar al equipo en La Rosaleda, ese no arrugarse ante los grandes equipos, forjados en el capital, con pocos medios a veces, pero siempre con mucho coraje y corazón y saber que con la constancia y la valentía también se pueden alcanzar los deseos.
Yo digo y lo digo por experiencia que el fútbol en Málaga es una bellísima experiencia y que una manzana podrida no nos va a arruinar todo el canasto. Viva mi Málaga y que nadie nos saque los colores.

Cotillas electrónicos

Desde su propia invención, el teléfono ha tenido vocación de espía. Claro que en tiempos más remotos, dicho espía era más identificable.

En los pueblos, por ejemplo, solía haber una operadora muy cotilla que escuchaba las conversaciones ajenas con delectación para luego poner el chisme al cabo de la calle.

Conscientes de este tóxico tercer oído, había chicas que interrumpían las confidencias al novio en el punto más álgido para interpelar a la intrusa:

-Y tú, deja ya de escuchar, hija puta.

A lo que la interpelada ofendida contestaba:

-Oye niña, que esas cosas no se dicen.

Con lo cual la intrusión implícita, se hacía totalmente explícita.

Si bien hoy día, para gran alivio de la gente, ese personaje ha pasado ya a la historia y la telefonía parece más impersonal, no guarda secretos de confesión como el sacerdote ni atiende a principios del juramento hipocrático. El aparato, chivato por naturaleza, guarda con alta infidelidad toda palabra dicha o escrita para luego soltarla en el momento más inoportuno y no distingue de clases ni rangos en su correveidile.

Podríamos decir que es un cotilla muy democrático, cuando vemos cómo se las gasta con los poderosos, habida cuenta de que tanto conversaciones telefónicas como whatsapp forman parte de causas judiciales o materia de debate público desde los gruesos titulares de algunos periódicos impresos y digitales. O sea que para guardar la imagen, hay que medir las palabras o reservarlas para los espacios abiertos a la intemperie. Debemos recobrar la costumbre mediterránea del almuerzo con charla al aire libre y dejar que las palabras se las lleve el viento. La tecnología es más traidora que los asesinos de Viriato.

No es que las tontadas que digamos nos vayan a meter entre rejas como a los corruptos imprudentes y lenguaraces, pero tampoco es cuestión de darle tres cuartos al pregonero.

Hay que guardar el misterio y no darle tantas pistas, por ejemplo, al Google, que finalmente, a través de nuestras búsquedas, nos conoce mejor que si nos hubiese parido. Y así luego, como por arte de magia, nos llegan al correo propuestas más tentadoras que las que hizo el diablo a San Antonio.

Como yo suelo buscar ofertas de vuelos, me llegan a la bandeja unos paquetes vacacionales prodigiosos con imágenes de islas paradisíacas, donde las aguas turquesas y los cocoteros, acompañados de interrogantes muy sugerentes, “María Dolores ¿te vas a perder esta oportunidad?” o bien con un imperativo afectuoso “María Dolores, ya es hora de mimarse un poco”. Al pronto, una se emociona con tanto afecto electrónico, pero, pasado el primer arrebato emotivo, le da por pensar que el cariño del emisor es interesado, ya que por “María Dolores” sólo me conocen las tarjetas de crédito.

En cualquier caso, aunque el ojo de Google parezca como el divino, omnisciente, ubicuo e infalible, tiene también sus percepciones erróneas, debido a prejuicios obsoletos que no parecen nada dignos de su modernidad. Prueba de ello es que si en lugar de vuelos, busco contenidos de fútbol, me asaltan fotos de chicas solteras en mi ciudad, todas deseosas de recibir mi llamada de teléfono.

Sin embargo, a un amigo mío lo que le surgía cada dos por tres en la pantalla eran dietas milagrosas para perder peso, secretos de maquillaje de las famosas, lo más en la moda femenina de temporada y el método para hacerse mascarillas faciales a base de pepino y aceite de jojoba.

Dándole vueltas al asunto, mi amigo concluyó:

-Creo que, en el espacio virtual, me están tomando por una chica.

Y pensando ambos en cuál sería el motivo de dicha percepción, caímos en la cuenta, de que P. buscaba a menudo páginas Web con recetas de cocina, lo cual al ente electrónico le hizo pensar que era, sin duda, una mujer.

Se ve que los ingenios internáuticos, anclados en roles sexistas, requieren de una actualización, pues desconocen esa realidad social, por la que cada vez hay más hombres que se encargan de las tareas del hogar, además de entender por el ama de casa; una mujer obsesionada por los secretos de belleza.

Pero, en cierto modo, aunque anticuado, consuela saber que el Google no es tan perspicaz y también se equivoca como los humanos. Si es el ojo del Gran Hermano, tendrá que ir a revisarse las dioptrías.

Shakespeare versus Cervantes

IV Centenario de Shakespeare y Cervantes y va ganando el inglés por goleada.
Los intelectuales hispanos se indignan por las pocas fiestas que se le han hecho en su país, el nuestro, al autor de “El Quijote” frente al bombo y platillo con el que el Reino Unido celebra la onomástica centenaria del alma mater de sus letras.
David Cameron inauguró el año shakesperiano con un emotivo discurso, mientras aquí Mariano Rajoy no ha dicho casi nada de Cervantes, lo que es lógico, porque él es hombre de pocas palabras y menos letras. Y ya sabemos que la cultura no es su fuerte, siendo que sólo se ha acordado de ella, en nombre de un ministro que la ha castigado, haciéndola prohibitiva con el IVA.
Dado lo dicho, Cervantes como su Quijote lucha contra un espejismo y resulta abatido después de cuatrocientos años, si tenemos en cuenta la teoría de que Shakespeare no existió como tampoco Homero. Extraño no sería que el mito de las letras anglosajonas fuese un fantasma por la afición que siempre ha tenido la literatura inglesa a recrear espectros en mansiones victorianas. Y no es que en este país no tengamos fantasmas, pero son de una materia, digamos más corpórea.
Por el momento, Cervantes era real como la vida misma; un hombre que tenía que malvivir de la picaresca, porque con la escritura se moría de hambre, y sufría ora el ninguneo, ora el acoso de los envidiosos pelotas de la corte. Como Lope de Vega.
Incluso ahora con casi quinientas castañas, sigue el pobre padeciendo agravios, por lo poco que se le homenajea y por lo que le empuercan en los textos actuales su lengua cervantina, que da grima leer hasta de supuestas plumas solventes tantas faltas de ortografía y desvaríos gramaticales. Siendo que los errores de la mayoría son los que deciden la evolución de una lengua, se ha generalizado el despiporre.
Tanto que la magna tarea que no sólo Cervantes, sino también Quevedo, Góngora, Gracián y otros ingenios del Siglo de Oro, hicieron por dotar a nuestro verbo de belleza diamantina, se ha quedado en agua de borrajas.
Y más aún que caerá en picado, si como estoy oyendo, se sigue con esa línea de eliminar a estos clásicos del programa de lecturas obligatorias en los centros educativos.
Que están desfasados, leo, y que lo suyo sería leer en las aulas tebeos a lo Mortadelo y Filemón ¿desfasados, los clásicos? Y yo que creía que el clásico era llamado así por no pasar nunca de moda, maldita ingenuidad.
Pues bien, si al final “El Lazarillo”, “La Celestina” y “El Quijote” son desterrados “por plastas” de los institutos, que nadie se queje a la postre por la deficiencia escritora de las generaciones postreras. El drama que asola a nuestra lengua se debe a estas modernidades, que incluyen también la enseñanza bilingüe, de la que opino igual que Javier Marías.
O sea, es muy loable que los alumnos aprendan otras lenguas, aparte de la suya; si puede ser, dos o tres más como otros chavales europeos, pero no que adquieran conocimientos básicos en un inglés mal digerido por docentes patrios, pues han de aprenderlo por imposición y a la bulla, que es como no aprenderlo. Así, como el lenguaje conforma el pensamiento en edad de desarrollo, podremos vaticinar que estos chicos, al terminar sus estudios, pensarán en un inglés chapucero de los montes y no con la complejidad de los periodos subordinados y el vocabulario florido, propio de nuestra lengua española, que ha hecho posible la literatura más rica del planeta.
Creo que, con algún conocimiento de causa, puedo decir que la literatura española es la más grande, entendiendo que a la peninsular se le añade toda aquella escrita en Hispanoamérica.
Nuestra lengua no es sólo la lengua de Cervantes, sino también la de Rubén Darío, Borges, García Márquez y Vargas Llosa y otros muchos talentos que ornaron de galas la lengua de los conquistadores. Mucho le debe la filología española a la gesta de Colón y muy poco a la colonización yanqui, pues el hecho de que Shakespeare vaya ganando por K.O., también se explica porque estamos colonizados hasta los pelos por el imperio anglosajón.
De modo que si preguntas aquí por un mito erótico, te responderán Marilyn Monroe y no Sofía Loren, si es por una ciudad favorita, saldrá Nueva York y no Roma o París y si es por un escritor, te nombrarán a alguno de aquellos de la generación perdida.
En el Congreso Internacional de la Lengua Española en Puerto Rico, el Rey ha dicho que en 2050, EEUU será el primer país hispanohablante del mundo y dicho congreso rotula la intervención del Rey como “su magestad”. De seguir así las cosas, no sólo en EEUU, dentro de poquísimo, habrán hecho con Cervantes una hamburguesa.

Feminismos de peluche

Esta semana me han felicitado mucho por el Día de la Mujer y eso me ha mosqueado bastante. Si yo fuese hombre, me encantaría celebrar el Día de la Mujer y tal vez viceversa. Pero así no.
Siendo mujer, en el Día de la Mujer, me siento como un osito koala al que acogen en el regazo y le dicen cuchi-cuchi; una mascota muy cuca a la que las instituciones, en plan familia guay, adoptan generosamente y le ponen un cascabel. Como una Cenicienta a la que viene el príncipe azul, desde las alturas de su caballo blanco, a probarle el zapatito. Los demás días del año una vive tan a gusto con la autoestima, más o menos a flote, pero el Día de la Mujer, te recuerdan que eres mujer y lo hacen con tanta conmiseración que te parece que das pena y eso te baja bastante la moral, porque dar pena es el peor sentimiento que a cualquiera se le ocurre que pueda despertar; dar tanta pena que hasta sientas pena de ti misma. Más que un día de fiesta parece un día de luto, un rosario de minutos de silencio por las víctimas, un entierro lleno de plañideras. Y plañideros, que ésa es otra. Hay tantos hombres, ese día, que lloran por nuestras desgracias que es imposible imaginar que, en cualquier parte del mundo, quede algún insensible que las provoque. Se ve que ese día se lo tomarán de descanso.
Lo cierto es que, por esas fechas, nos salen al paso la tira de paladines, dispuestos a reivindicar nuestros derechos, como si una fuese Andrómeda encadenada a las rocas por el monstruo y viniese a rescatarla Perseo a lomos de su alado Pegaso y gritase; ay Dios, por ahí viene mi héroe, menos mal, si no, la palmo.
Y, a lo mejor, el problema también es ese; que encontramos muchos héroes y muy pocos compañeros, que es lo que se necesita para establecer una verdadera relación de igualdad.
Si la historia hubiese sido al revés y hubiese un Día del Hombre, creo, en cambio, que lo celebraría tan pimpante como lo hacen otros. Escribiría discursos muy chulis y enrollados que les leería con magnanimidad y ternura:
-Hombre, yo de corazón te apoyo, confía en mí. Un día de estos tendrás todos tus derechos, tu salario completo y nunca te levantarán más la mano, pero, por favor, ten un poco de paciencia, que sólo han pasado veinte siglos y pico.
Sería un día muy pintoresco, tanto como lo es, a estas alturas, el Día de la Mujer que hasta tiene sus movilizaciones. Insólitas, más aún, si todavía son necesarias.
Manifestarse para decir que la mujer es igual de persona que el hombre es como manifestarse para afirmar que la tierra se mueve.
Pero ahí están. Hay manifestaciones para defender la supervivencia del lince ibérico, prohibir las corridas de toros y también por la integridad de la mujer, compartiendo el mismo espacio contra el maltrato animal. Como tendría que decir en la novela de Orwell; todos somos animales, pero unos más que otros. Y no lo digo por el lince ni por el toro.
Cada vez hay más hombres en las manifestaciones feministas; intelectuales y políticos con mucha sensibilidad. No es que quieran nuestro voto, es que nos quieren de verdad, aunque no en primera línea de Moncloa. De todos estos hombres tan modernos y solidarios, me pregunto cuántos estarían dispuestos a hacer de primer damo de una presidenta y llenar las revistas del corazón con sus estilismos y tendencias de temporada, así como, “el primer damo sorprendió en la gala a todas (y a todos) con un nuevo look muy divertido y desenfadado”.
Aunque, por el momento, parece que cualquier cosa puede pasar en Moncloa, no se atisba que éste sea el resultado.
Mientras tanto, todos nos hacen carantoñas. Son feministas, no hay duda. El feminismo ya es cosa de hombres. También la literatura femenina. Hubo un tiempo en que les dio a todos por hablar en sus novelas por boca de una mujer y vendían como rosquillas. Que se metían en las entretelas de las féminas, decían.
Como me dio la picada, quise saber qué ocurría si me metía yo en las entretelas de un hombre y di voz a personajes masculinos. Parece que lo conseguí, pues aquellos relatos fueron mi mayor éxito. Me imagino la cara que pondría el jurado al abrir la plica.
He emulado a Cecilia Böhl de Faber que en el XIX firmaba como Fernán Caballero. Y ha funcionado en el siglo XXI, hasta completar un volumen de cuentos con personajes masculinos “Masculino Singular”. Lo más difícil fue encontrar a un varón que me quisiera escribir el prólogo. He tenido que escuchar muchas negativas para encontrar a un valiente. Ahora espero que no se arrepienta.

La cabra

Lo malo no es que se nos llame país de cabreros, sino el poco cariño con el que nos llama así. Ese desprecio intencional es una falta de respeto hacia nosotros y también, por supuesto, hacia la cabra; un animal que tiene muy mala prensa. Tal vez porque tira al monte, porque le gustan las alturas. Y aquí quien tira a las alturas termina siendo mal visto. Así que, digámoslo fuerte y claro, el problema no es la cabra, sino la envidia.
Como la envidia parece que no tiene remedio, se la toman con la cabra, que es la que tiene menos culpa en todo esto, lo que se dice el chivo expiatorio, y le hacen coplillas vejatorias, de una crueldad e incoherencia desmesurada tal que: la cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió, yo tenía una cabra y la muy puta se murió.
Nunca he comprendido el contenido de esta canción; ¿por qué era puta la cabra? ¿Por qué se murió?
La cabra hispánica, animal patrio tan emblemático como el toro, es, en fin víctima de un gran ensañamiento. En cuanto el compatriota se hace nuevo rico, le dan unos deseos incontenibles de armarse de una escopeta para matar a uno de tales ejemplares en peligro de extinción y adornar luego con su cabeza la chimenea del chalé. De modo que se deduce que lo que molesta no es que la cabra muera, sino que se muera por su cuenta.
La semántica española también es muy dura con la cabra. Tanto que cualquiera abomina de sus campos asociativos. Nadie quiere estar como una cabra y mucho menos ser un cabrón. Los cuernos aquí sientan como un cuerno. Lo que explica el leitmotiv de los cruentos dramas calderonianos y la raíz de muchos casos de violencia de género todavía, incluso cuando los cuernos no sean más que una bagatela imaginaria.
Materiales o ilusorios, pocos serán quienes soporten los cuernos sobre su cabeza o dentro de ella. La sospecha también solivianta. Por eso, si algunos populares insinúan que, al final, Pedro Sánchez le pondrá los cuernos a Ciudadanos para arrojarse en los brazos de Podemos, Rivera se descompone.
Y, ay, cuando con todo este embrollo, se nos hace la picha un lío, van algunos pulpitantes y nos llaman país de cabreros. En el peor sentido hacia nosotros y hacia las cabras y, lógicamente, nos cabreamos para apropiarnos aún más del término.
No porque ni el oficio ni el animal sean en sí mismo deshonrosos. Mucho cojearía nuestra poesía contemporánea sin la contribución del talento exquisito de ese poeta cabrero, llamado Miguel Hernández, ni habría eclecticismo en la novela del XIX sin la elegancia de Juan Valera, oriundo de Cabra (Córdoba). Lo que nos molesta es el desafecto con el que la expresión se lanza, que tan mal ha hecho por tradición al género caprino.
Porque, vamos a ver, qué culpa tiene la cabra de haber sido mascota de la legión, fundada por un señor que decía “muera la inteligencia” ni de estar asociada a la iconografía satánica.
La cabra no es mala, por Dios, la cabra tiene buena leche ¿Qué sería de la cebolla caramelizada sin el queso de cabra?
Personalmente, yo le tengo cariño al animal, cuya imagen forma parte de mi infancia. Mi abuelo, que era un gran emprendedor, gestionó con gran tino las cabras y le dieron poderosas satisfacciones.
Y también recuerdo a aquella entrañable cabra Margarita que ponían los gitanos a hacer equilibrios sobre un taburete al son de una música atronadora.
De un modo u otro, cabrero no tendría que ser un insulto, por más que lo haya popularizado Gil de Biedma, quien decía de sí mismo que era un señorito de nacimiento por mala conciencia, escritor de poesía social.
Yo, en fin, que me siento y soy parte de la mayoría como Blas de Otero, me doy por ofendida cuando quieren descalificarnos para pagar facturas que no nos corresponden.
Y, en contra, quiero reivindicar el buen papel que, como masa, nos toca, pues es lo suyo que, cuando se elogie a esos políticos de peso que obraron la Transición, no se olvide nunca que ese proceso jamás hubiera sido posible sin el comportamiento de una ciudadanía que, después de cuarenta años de dictadura, asimiló la democracia de un modo ejemplar, a excepción de cuatro chalados extremistas.
Conviene resaltar también que ahora, en esta situación de caos, un país mucho menos civilizado, ya se hubiese liado a garrotazos en la calle.
Lo peor no es que nos llamen cabreros, sino cabrones; que es lo que se dice de la pobre gente a la que la engañan sin que se entere.

Voto para el concurso 20Blogs

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