Fantasías animadas de ayer y de hoy

En 1978, cuando uno todavía criaba flequillo, llegó al colegio un alumno sueco. En nuestra vida habíamos visto un tío tan rubio, como no fuera en los anuncios de champús infantiles.

Por su apellido, el sueco se sentó en un pupitre vecino al de un servidor y a los pocos segundos pude comprobar que era un forofo de unos enanitos azules tocados por una especie de barretina blanca, que comenzó a desplegar en la mesa, a modo de amuletos.

El sueco informó a la concurrencia de que se trataba de los pitufos, unas criaturas de origen belga muy populares en Suecia, donde se cultiva esa costumbre tan alemana y tan extraña de espurrear enanitos por los jardines.

Quién me iba a decir que esa aparición surgida de una mochila escandinava no sólo iba a popularizarse en España a los pocos meses sino que, 30 años más tarde, un político socialista iba a comparar la gestión del alcalde de Málaga con un pitufo, a más inri lesionado.

Ni siquiera Salvador Dalí, en sus creaciones más oníricas, podría haberse sacado de la manga esta imagen tan impactante, que convierte al equipo de gobierno de Francisco de la Torre en un ente de piel azul, como esos patilargos de la película Avatar, pero reducido a la mínima expresión y tocado con un sombrero que sólo se atreven a lucir (en grupo) algunas minorías beodas del carnaval de Cádiz.

Lo más inquietante es que, el autor de la comparación, el arquitecto Carlos Hernández Pezzi, continúa esta fantasía animada comparando al PSOE con Burt Simpson, que aunque va a toda la leche por la vida en el monopatín y puede simbolizar la celeridad burocrática, no deja de ser un manúo con gracia pero con demasiadas tendencias vandálicas.

Mucho más tranquilizador para su electorado hubiera sido comparar, por ejemplo, a María Gámez con Lisa Simpson, pues además de tocar un instrumento musical, es la única cultivada y razonable de la familia.

De la próxima hornada de concejales socialistas lo que esperamos muchos malagueños es que, para empezar, no peguen la espantada como en la anterior legislatura y todos aguanten los cuatro años trabajando por Málaga, ya se vean personificados en Burt Simpson, la familia Ulises o Gargamel (ya saben, el azote de los pitufos).

Confiemos de paso en que el debate electoral remonte estos niveles infantiles y esquemáticos y sin necesidad de echar mano de la ininteligible neolengua políticamente correcta de muchos de los candidatos, puedan explicarnos qué van a hacer sin ese tic cansino de arremeter contra los malvados de enfrente.

Mucha suerte y como decía el cerdito Porky: «Esto es todo amigos».

Dura lex

La ley de Murphy ya dejó estipulado que los días con pleno municipal en Málaga son aquellos en los que más dificultades hay para poder seguirlos por internet. Un suplicio sólo comparable con el difícil trago de verlos en directo.

Un apaño salvador para el cerro de El Cónsul

El barrio de El Cónsul debe su nombre al cónsul inglés Nicolás de Olbar, que fue el propietario de estas tierras a finales del siglo XVIII, situadas entonces a medio mundo de la ciudad de Málaga. La avalancha de población que llegó a la capital en los años 60 del pasado siglo justificó la transformación de los campos del Oeste de Málaga en un enjambre de edificios sin apenas zonas verdes.

Por suerte, el azote especulador no llegó a estos lares, que se desarrollaron de una forma más acorde con la Europa civilizada, empezando por una cota de jardines que ya la quisieran otros rincones de la capital.

Sin embargo, en el limbo administrativo quedó un precioso cerro sobre el que se levantó el desaparecido cortijo de El Cónsul. Pasaron los años y los jardines de la finca se convirtieron en un vertedero lleno de plantas presidido por un ficus con el tronco acuchillado con los nombres de pandillas enteras.

Muy cerca, casi oculto por botellas y colchones, se alzaba un cenador con jazmines, ejemplo de persistencia vegetal pues siguió floreciendo a pesar del olvido y el vandalismo. Precisamente, en la foto más conocida del cortijo, de 1965, pueden verse el árbol y la pérgola con el edificio al fondo.

La situación ha cambiado a mejor en el último año. Las obras del plan Zapatero han recuperado algo este cerro perdido y le han dado el aspecto de un parque, aunque todavía le queden bastantes mejoras.

Para empezar, el depósito de agua que coronaba la loma se ha colocado al pie de la colina, disimulado muy bien porque encima le han puesto un parquecito infantil y un gimnasio para mayores. Por un camino de tierra y chinos escoltado por vallas llegamos a lo alto, con vistas espléndidas a una Málaga en expansión, con las blancuras de Soliva al fondo.

Arriba nos espera un apaño justito, con el majestuoso ficus presidiendo un terrizo bordeado en los extremos por la vegetación que cubre el cerro y en el que llama la atención el amontonamiento de las palmeras, algo que denota que no se ha tocado mucho la parte salvaje.

También ha quedado en medio el cenador, que sigue abrazado a los jazmines antivandálicos. La impresión es que se puede hacer más por mejorar la belleza de este parque, que en su parte alta ha quedado demasiado desnudo pero ya es algo que este bonito barrio haya dejado de lucir una zona dejada de la mano de las administraciones. Y precisamente, el único vestigio de lo que le dio el nombre al barrio: el cortijo de El Cónsul.

En todo caso habrá que decir como en las notas escolares: puede mejorar.

El colchón

Muy cerca de esta zona, en la calle Demóstenes, se encuentra la sede de Amappace, cuyo estupendo jardín, que puede admirarse desde la calle, se ha transformado casi en una estampa más propia del norte de España, con un impresionante tapiz de tréboles, tachonado de vinagretas, que convierten en un colchón verde (y amarillo) todo el suelo. De foto.

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Los pabellones envueltos aguardan su hora

En más de una ocasión, esta sección se ha referido a la estación del AVE de Málaga, que lo tienen difícil para ganar un buen premio de Arquitectura. Por lo que vemos, básicamente el encargo que el arquitecto recibió de la antigua Renfe fue algo así como si metiéramos trenes al final del centro Larios.

En esos años en los que se gestó nuestra insulsa estación, la antigua Renfe no estaba por dejar su huella arquitectónica en Málaga sino por urbanizar sus terrenos y sacarles un buen dinero.

Perdimos la oportunidad de aunar el pasado con el presente, como puede verse en las grandes estaciones europeas, que no han perdido su imagen ferroviaria. En la actualidad el único hito (palabra fetiche de los políticos) de la estación de Málaga son las rebajas.

Tampoco se le pueden pedir peras al olmo ni un esfuerzo de conservación a una ciudad como la nuestra, que tiene en la autodestrucción una de sus principales razones de ser. Incluso entre la clase política conservadora, la conservación no está entre sus motores vitales. Véase sino el empeño provinciano en contar, donde sea y al precio que sea, con un edificio de Moneo. El sitio en realidad les da igual.

Al contrario de lo que pasa con la energía, en Málaga todo se transforma pero si se da la ocasión, se destruye. Miren si no el vecino edificio de las Hermanitas de los Pobres y el entorno en el que se encuentra. Sin duda su carácter asistencial y benéfico ha sido lo que le ha salvado de terminar como una poco agraciada promoción de pisos, a juego con lo que tiene alrededor.

Pero en este lugar aséptico e impersonal de la nueva estación –lo que no quita que uno desee lo mejor para los comercios– quedan dos restos decimonónicos que desde que comenzaron las obras parecen una creación permanente de Xristo, ese artista búlgaro con complejo de dependiente que le daba por envolver monumentos y edificios.

Nos referimos a los dos pabellones de entrada y salida de viajeros, cubiertos desde hace años por sendas lonas de tamaño king size, que al menos tienen el detalle de reproducir con un dibujo lo que hay dentro. El año pasado ya se anunció que comenzaría su rehabilitación.

Por lo que sabemos, Adif está pendiente del visto bueno del Ayuntamiento para arreglarlos, pues ya cuenta con un proyecto.

Ojalá que este año veamos los edificios recuperados y sin esas lonas que han hecho que muchos se olviden de lo único de la zona que no ha sido demolido o trasladado. Cuando los contemplemos rehabilitados, quizás algunos malagueños se pregunten si la antigua Renfe no podía haber aplacado sus instintos monetarios para crear una estación moderna pero a su vez con elementos del pasado. Examinado de cerca nuestro centenario complejo de nuevo rico, el milagro es que en una ciudad como Málaga estos dos pabellones permanezcan todavía en pie. Que nos quedemos como estamos.

Arte

La fachada del Centro Municipal para Adultos de la Trinidad es un homenaje pictórico a las mujeres luchadoras más notables. Una sede magnífica.

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El templo de Zeus y el templo de El Bulto

 

UNA OBRA INSOSTENIBLE.

 

Si hiciéramos una traslación de los presupuestos del Mundo Antiguo a la actualidad, el edificio de Urbanismo en El Bulto seguro que como mínimo quintuplicaría lo que costó levantar el Templo de Zeus en Olimpia, en cuyo interior, también presupuestado, se encontraba la estatua de Zeus, una de las Siete Maravillas del Mundo.

Hay serias dudas de que el edificio acristalado de Urbanismo, estratégicamente diseñado para que su coste sea escandaloso y vergonzoso, quede incluido, siquiera, en la lista de maravillas provinciales.

El templo de Zeus, por contra, no sólo ha sido un modelo arquitectónico a seguir sino que, a pesar de haber sido destruido en el siglo V, nadie se ha olvidado de él.

Sin embargo, no podemos decir que el edificio de Urbanismo sea inolvidable, con la salvedad de su factura. Uno de sus grandes fallos es haberlo construido de cristal en una ciudad tan soleada como Málaga, o lo que es lo mismo, haberlo transformado en un gigantesco electrodoméstico en el que, despreciados los ahorrativos principios de la arquitectura tradicional, es necesario gastarse lo que no está escrito para refrigerar o calentar el aire.

Puestos a despilfarrar dinero público, para que el invento acristalado no se convierta en un horno en verano o en una nevera que no retenga el poco calor del invierno, ha sido necesario colocar 7000 metros cuadrados de una lámina de cristal motorizada, conectada con una central meteorológica. Nueve millones de euros ha costado solamente esta broma, que nos habría salido mucho más barata de haber elegido mejor los materiales.

Pero no están por ahorrar nuestros políticos. En el dinero público siempre subyace la alegría gastadora de quien sabe que no maneja euros propios sino ajenos. Llama la atención, eso sí, que en la reciente visita de este servidor al complejo elefantiásico, los números de las plantas sean folios pegados y con el número escrito: presupuesto hay todavía para colocar cartelitos más dignos.

De cualquier forma, un mínimo de análisis sereno no hubiera disparado hasta fronteras bochornosas el presupuesto de este edificio de nuevos ricos, ideal para la Marbella de tiempos del GIL o para el magnate ruso del Monte San Antón pero no para esta Málaga castigada por una crisis de caballo.

En el último tercio del XVIII, el viajero inglés Francis Carter detectó en esa Málaga que salía de la oscuridad de los siglos y se abria al comercio internacional la actitud generalizada de sus ciudadanos de aparentar más de lo que eran.

Dos siglos más tarde, el templo urbanístico de El Bulto confirma que esta tendencia tan provinciana sigue estando, como mínimo, en los genes de nuestros frívolos representantes políticos.

Generando

Siguiendo con los políticos malagueños, aquí va una sugerencia de verbos sinónimos: ocasionar, crear, suscitar, producir, inventar. Todo esto viene a cuento porque en la vida no se puede usar todo el santo día el verbo «generar».

Irrupción de la realidad en la plaza del Obispo

Enero con 20 grados de temperatura, aunque eso suponga la cocción instantánea de los alimentos en los autobuses más repletos de la EMT, no deja de tener su encanto en Málaga. Los más sensibles a estas temperaturas son los turistas extranjeros, sobre todo los del norte de Europa, acostumbrados a encararse, hasta la llegada de la primavera, con un horizonte vital de un metro de nieve.

Pasaron los tiempos en los que España era vista como una extensión europea del misterioso Oriente, pero en el subconsciente colectivo de las naciones del norte de Europa, España y todo el sur del continente siguen siendo la tierra «donde florece el limonero», como recordaba, en un ataque de Botánica, el inmortal Goethe.

Algo de eso puede apreciarse a diario en la plaza del Obispo. Muchos de los turistas tienen en la cabeza un generoso mejunje según el cual la Toscana, la Riviera y Málaga conforman un espacio común mayormente idílico y soleado. Y lo cierto es que, si permanecen poco tiempo en nuestra ciudad, pueden llevarse de recuerdo esta impresión, a no ser que surjan imponderables.

Ayer mismo, a la hora de comer, la plaza del Obispo era un escenario de película en el que parecía que iba a resurgir la pareja de Vacaciones en Roma.

Las mesas de la plaza estaban tomadas por turistas repantingados, mientras otra remesa estaba sentado en las escaleras de la Catedral, puestos al sol como las pasas. En una esquina del Palacio del Obispo, una de estas turistas se acercó a bailar delante de un músico, que hacía lo que podía con la canción Una paloma blanca.

Daba la impresión de estar asistiendo al rodaje de algún anuncio, y que de los balcones de la plaza iba a caer, de un momento a otro, una lluvia de pétalos (a cámara lenta). Pero entonces irrumpió la realidad. Al principio fue como un lejano murmullo al final de la calle Molina Lario, que fue transformándose en petardeo de moscardón.

Muy pronto, se adivinó el avance de alguna moto cascada, de las que no cumple la normativa por tener el tubo de escape más estropeado que Berlusconi por las mañanas.

A bordo del portento iba una pareja de adolescentes de mirada torva. Uno de ellos, el que iba de paquete, al llegar a la plaza idílica agachó un poco la cabeza y haciendo competencia al motor, carraspeó y soltó un gargajo del tamaño de un lago del Canadá (disculpen la crudeza).

Ocurre en todas partes, también en Málaga. De la ciudad soñada a la ciudad real hay un distancia considerable (en concreto un majao) y casi siempre quienes nos chafan el invento son sus habitantes.

Jardines

El jardín botánico de la Universidad se encuentra estos días en obras y probablemente pueda ya volver a visitarse la próxima semana. A sólo unos pasos, los estudiantes, futuros botánicos o no, tienen y casi enfrente el arboretum (el jardín botánico de árboles y especies leñosas). Para olvidarse (lo justo) de los exámenes de estos días.

Cipreses y versiones forestales en la Virreina

Imagen del pintor holandés Piet Mondrian

Imagen del pintor holandés Piet Mondrian

Hay un rincón de Málaga en el que el arte se exhibe a raudales. A dos pasos de los barrios de La Virreina y 26 de febrero nos encontramos con la calle del pintor renacentista Guido Reni, que desemboca en la plaza del director de orquesta Herbert von Karajan y justo enfrente, tenemos un logrado edificio de viviendas con ecos muy innovadores del pintor Mondrian.

Se trata de una vivienda social en la que su autor ha puesto ganas e ingenio para ofrecer algo distinto. Puesto que todo edificio, sea cual sea su condición, en algún momento de su historia exuda por la fachada lo que en Málaga se conoce como chorreones de mierda, qué menos que darle al acabado un tono innovador que disminuya el futuro efecto.

Justo enfrente de este entorno artístico, hacia el lado del río Guadalmedina, nos encontramos con una zona verde que antes de que el Ayuntamiento la arreglara era lo más parecido a una leonera sin leones, un totum revolutum de matojos, zarzas y basura por el que no podían ni pasear en paz las hormigas y en el que para avanzar se echaba en falta el machete.

El parque resultante tras la reforma es más que aceptable, a pesar de que siga la tradición malagueña de contar con tres pérgolas muy bonitas que no sostienen planta alguna. Pero no echemos la culpa a un fallo que en realidad es estructural de nuestra ciudad, y eso que en La Concepción tenemos la pérgola-cenador más bonita de España.

Mucha paz transmite este parque con pinos, jacarandas y numerosos cipreses, dispuestos en el centro de la zona verde, acompañando a las pérgolas, hasta desembocar todo el conjunto en una curiosa glorieta formada por lo que parecen nueve antiguos postes de madera tratados. ¿Estamos ante la versión forestal de la fuente de los Teletubbies de Teatinos? En todo caso, es una buena idea.

El parque cuenta además con unas zonas infantiles, una para menores de 10 años y otra para menores de 12, que parecen salidas de un parque infantil marciano, tal es su aspecto galáctico y rompedor. Tampoco falta un campo de baloncesto ni un gimnasio de mayores.

Dos cosas no acompañan a este espacio renacido, en primer lugar el espurreo generalizado de todo tipo de productos alimenticios, lo que dice muy poco de algunos organismos pluricelulares que utilizan el parque para vaciar sus instintos consumistas.

En segundo lugar, la vecindad del río, que mientras se dilucida –como siempre que se acercan elecciones– su futuro en forma de río o vial con coches, luce a este lado de la frontera un look nada exagerado de basurero zarrapastroso, pues el espurreo se adentra en sus dominios. El parque, a pesar de todo, merece la pena.

Tráfico de altura

La instalación en los años 60 de puestos de guardia de tráfico (con ellos encima) en puntos neurálgicos de Málaga motivó el siguiente pareado anónimo: «Entre el Parque y la Alameda/de una manera triunfal/ y entre columnas metido/ se alza la estatua genial/ al guardia desconocido.

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El pececillo de plata y otros devoradores de libros

Decía Borges en uno de sus poemas que cuando pasemos al otro barrio, de nosotros sólo quedarán los objetos.

Algunos de ellos contienen una información muy importante del pasado que es necesario preservar. El Archivo Histórico Provincial de Málaga ofrece estos días una exposición muy interesante y entretenida sobre la salvación del Patrimonio que puede visitarse hasta el próximo 11 de febrero.

En este archivo trinitario se conserva un ejército de legajos, mapas, planos, fotografías y documentos de las administraciones públicas y de donaciones privadas.

Enfrente tiene a otro ejército llamado los imponderables y que van desde un incendio, una inundación, la acción de hongos y bacterias, pasando por ese bichito que se ha convertido en el símbolo de la muestra llamado Lepisma saccharina o pececillo de plata, uno de los mayores enemigos del papel (sin pararse a discernir si lo que se está llevándose al coleto es buena o mala literatura).

La exposición muestra cómo los restauradores luchan contra todos estos males, cuyas huellas también sirven para ahondar, en esta ocasión, en la historia de Málaga.

Es el caso de un documento de 1512 sobre un recaudador de la seda y que además del rastro dejado en sus páginas por los insectos, conservas huellas de barro, posiblemente de la famosa riá de 1907.

Algo parecido le ocurre a un registro del Tesoro Público de 18895, con el rastro chamuscado del incendio de la Aduana que tuvo lugar en 1922.

Las tintas también se desvanecen, como el color de las fotografías. Una de las instantáneas muestra una vista aérea de la Prolongación de la Alameda en 1976 en lo que hoy es la plaza de San Juan de la Cruz, tomada por un color desvaído.

Frente a tantos males, la restauración de los documentos es un trabajo de chinos que deja en pañales a los chicos del CSI. Así, se utiliza pulpa de papel (de algodón y lino) para rellenar los documentos con aspecto de queso gruyere, sin olvidar los tratamientos de desinfección, reducción del ácido del papel y secado que deja ese legajo mohoso como nuevo.

La exposición muestra ejemplos de documentos restaurados como para caerse de espaldas. Libros devueltos a la vida, encuadernaciones que suceden a piltrafas, planos despedazados por mil y una dobleces en las que ya no hay rastro de roturas….

Y los detalles a la hora de conservar estos archivos como nuevos son también dignos de reseñar, como esa cinta de algodón blanco para atar los legajos porque no erosiona los bordes de papel ni los mancha. Un trabajo minucioso y encomiable que merecía exponerlo al público.

Superviviente

Encima del túnel de la Alcazaba, en la parte que da al paseo de Reding, persiste un camello, la única figura que sobrevive a estas alturas de enero del conjunto formado por el trío de Reyes Magos, sus monturas y la Estrella de Oriente.

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Un trozo de Indochina en el corazón de la Trinidad

Ayer por la mañana, el autor de este artículo tuvo la impresión de adentrarse en la selva camboyana, y eso que uno no ha pisado Asia. Pero ya sabemos de lo que son capaces los sentidos.

En realidad, la recreación de una selva de Indochina podemos encontrarla, hasta el mínimo detalle, en un rincón de la Trinidad del que hablamos hace un par de años.

Si usted sube por la calle Velarde, en la acera izquierda (la que hay enfrente del lateral del Hospital Civil) detectará en mitad del ascenso un intenso olor a meado de gato. No se asuste, en realidad es meado de gato; de muchos de ellos, los únicos habitantes de la parcela de tierra más productiva que han visto los siglos.

¿Por qué no pensó su propietario en sembrar en ella trigo?, de haberlo hecho, Málaga tendría ahora una cosecha que ríete tu de Ucrania.

En su lugar, dejó que la Naturaleza obrara por sí misma y por el intenso olor que desprende el solar, también ha conseguido que en ella obren algunos humanos.

Si el Ayuntamiento de Málaga tomara una vista aérea de esta parcelita, que hace esquina con la calle Pedro Marcoláin, no podría descubrir nada más que el intenso follaje. En estos pocos metros cuadrados (vallados pero con un agujero por el que cabe un tren de Alta de Velocidad) podría esconderse un comando de la guerra del Vietnam sin ser descubierto. Sí se adivinan, entre las plantas y los gatos, objetos de la vida cotidiana como un antiguo lavadero, posiblemente de marmolina, y un colchón depositado sobre las ramas de los arbustos que no dejan de crecer y sobre el que medita un precioso gato negro.

No es esta parcela cercada lugar que invite a la meditación, pues la acera que lo rodea está plagada de auténticos mojones que quieren imitar, al menos en tamaño, a los antiguos de las carreteras. Algunos hay, y no nos detendremos más en este asunto, que parecen depositados por un Tiranosaurius rex o si lo encuentran muy exagerado, por un gran danés talludito.

Pero las sorpresas no acaban aquí porque en esta zona, justo a espaldas de la iglesia de la Trinidad, al torcer a la derecha nos encontramos con una segunda parcela, con forma de ele, esta ya de libre acceso, en la que se amontona una increíble cantidad de envases de yogur líquido y desperdicios varios.

Que el Consistorio es lento de reflejos se demuestra en que este rincón indochino-trinitario lleva años postrado en la misma dejadez y sólo ahora que se acercan las municipales hay esperanzas de que algo cambie, porque empeorar ya está hasta difícil.

La funda

La inigualable rehabilitación del trozo de muralla nazarí de la calle Carretería, que si no ha recibido un premio de la Unesco ha sido porque los expertos lo confunden con la fachada del Corte Inglés, sigue acogiendo en su seno todo tipo de restos varios.

Seis cajas vacías de comida para gatos había ayer en su interior y hasta el envoltorio de un polo, sin olvidar que, al ser zona ilícita de carga, descarga y maniobras, el suelo presente la misma mugre que la funda de un jamón.

La pista de hockey del Limonar y otros patines

El deporte, en los comienzos, no estaba unido al dopaje sino al dinero. La gente con posibles era la única capaz de encontrar tiempo para ponerse pantalones cortos y corretear por el campo.

Contaba hace poco en este periódico un veterano malagueño que cuando empezó a practicar atletismo en los años 50 por Martiricos, mucha gente creía que acababa de salir del pabellón psiquiátrico del Hospital Civil. Los más discretos se limitaban a carcarjearse.

Y eso que habían pasado ya 30 años desde que en Málaga había hecho su entrada oficial la práctica deportiva, aunque en décadas anteriores hubo sus pinitos. De los años 20 es el campo de fútbol de los Baños del Carmen, con esa zona de la antigua laguna, todavía sin secar por los eucaliptos, donde era depositado el árbitro si la actuación no era del gusto del respetable.

El Balneario ofrecía por otro lado una pista de tenis y otra de patinaje y un poco más hacia El Palo, pegada al arroyo Jaboneros, otra pista de tenis permitía a los jóvenes sin problemas económicos lucir una equipación de hombres blancos de Colón y emular a Fred Perry y Henri Lacoste, que pronto dejaron las raquetas para dedicarse a la ropa deportiva.

En El Limonar, junto a la iglesia de San Miguel, existía por esos tiempos nada menos que una pista de jockey, proporcionada por el ingeniero Fernando Loring Martínez, uno de los creadores de Ciudad Jardín, lo que permitió a los niños de la zona descubrir un deporte tan raro.

Como vemos, el patinaje en sus distintas modalidades ha estado muy presente en la historia deportiva de Málaga. Llama la atención que, con las facilidades que en teoría deberían existir en nuestros días, lo tengan crudo los amantes del patinaje deportivo, que el pasado verano tuvieron que aprovechar la vacía ampliación de la Universidad para entrenarse, ante la falta de una pista adecuada en la ciudad.

La Opinión ya publicó las dificultades de este colectivo, aumentadas por la crisis, de ahí que, ni en vísperas de unas elecciones muncipales tengan asegurado el objetivo por el que llevan peleando desde hace años. La única alternativa que les queda es patinar por los paseos marítimos, arriesgándose a una multa.

Han pasado 80 años desde los primeros deportistas en serie, pero estos patinadores profesionales siguen luciendo el aura de exóticos y raros, como esos atletas de hace medio siglo. Ya es tiempo de acabar con las excentricidades y ofrecerles un espacio deportivo.

Olvidos aéreos

En el frondoso capítulo de objetos perdidos en los autobuses de la EMT, destaca la pérdida del jueves: un bonito maletín negro que contenía una lustrosa corneta. El usuario que se olvidó este instrumento de tantos ecos (y ensayos) semanasanteros estaba en un autobús de la línea 10, el de Churriana, y quién sabe si, distraido por contemplar los aviones, se dejó la corneta en tierra.

En las oficinas de la EMT aguarda este instrumento, que ayer por la mañana no había sido reclamado todavía. A algún pasajero le deberá de sonar.

El submarino que encalló tierra adentro

Los aficionados al cine tendrán en mente la famosa imagen de Charlton Heston, vestido como un australopiteco, galopando a caballo por una playa desierta con una mujer de acompañante.

Al final de la playa, que no se encuentra en ninguna costa turística española sino en el supuesto planeta de los Simios, le aguarda la neoyorquina Estatua de la Libertad, semienterrada en la arena y con necesidad urgente de una rehabilitación o como dicen los políticos, de una «puesta en valor». Es entonces cuando Charlton descubre que ese planeta exótico es en realidad la Tierra en un futuro próximo, cuando los monos se tomen en serio la gestión pública. Confío en que, dado que la película fue estrenada en 1968 y ha tenido varias secuelas, no haya aguado la obra a nadie por contar el final.

¿Puede alguien en nuestros días sentirse como Charlton Heston en el planeta de los Simios? Sin ir más lejos, aquí tienen al firmante de este artículo. Y no ha tenido que irse a una playa no urbanizada sino tierra adentro, esta misma semana, a un diseminado de Málaga, del que no daremos más datos, en el que se encuentra una extensa chatarrería.

Como se puede apreciar en la foto, el objeto que descansa en estas instalaciones no entra en el perfil medio de un negocio de este tipo, que suele constar de tuberías, alguna bañera, carritos de la compra, tiros de chimeneas y en el mejor de los casos, varios simcas y seat en estado de descomposición.

Pero no, lo que allí campea es un submarino auténtico. Qué hace un submarino tan tierra adentro en este rincón de Málaga es la pregunta del siglo. Iker Jiménez respondería que fueron los extraterrestes quienes lo trasladaron ahí, pero seguro que no hay que irse tan lejos. En todo caso, no deja de ser una estampa típicamente malagueña, en lo que a intensidad surrealista se refiere.

La foto del cacharro fue enviada ayer por un servidor a Javier Noriega, de la empresa Nerea Arqueología Submarina, quien señaló que se trata de un submarino casero, aparte de mostrar su sorpresa por el hallazgo.

Me envía Javier fotografías de submarinos de investigación norteamericanos de los años 70 y tienen cierto parecido con el modelo malagueño, aunque para aires similares, los que guarda con el submarino amarillo de los Beatles.

Puestos a que la imaginación siga su curso, imaginemos este gran objeto restaurado y colocado en algún patio, sala o dependencia del futuro Museo Naval de Málaga. Es una imagen onírica mucho más atractiva que la de Charlton y sus simios y puestos a soñar, ¿por qué no puede hacerse realidad?

Nombres

Si la Casita del Jardinero del Parque fue bautizada en su día el aborto de la Aduana, por su semejanza (reducida) con el palacio vecino, los malagueños de los años 20 no se quedaron cortos a la hora de ponerle mote a una parada de tranvías en la Acera de la Marina algo curvada, que fue conocida como el riñón de Benjumea, en honor a Rafael Benjumea, el ingeniero del Pantano del Chorro y por esos años, ministro de Obras Públicas.