Ojo con los mercenarios

Da un poco de vergüenza ajena cuando se observa a los grandes medios de comunicación, que con tanta soltura y unanimidad se han puesto ‘del lado de la gente’. Todos comienzan por declararse partidarios entusiastas de estas rebeliones y por adjudicarles una pura vocación por la libertad y la democracia. A continuación se señalan todas las maldades y crueldades del dictador que corresponda en cada caso y se subraya que en estas cosas no tiene nada que ver el terrorismo internacional de Al Keda ni hay mayor protagonismo de los siempre peligrosos islamistas. Todos, repentinamente, han pasado de la teoría de que los pueblos árabes no estaban preparados para la democracia a la tesis de que en realidad nos pueden impartir lecciones a nosotros por su alto nivel de heroicidad que nuestras maduras sociedades no son capaces de encarnar… La impresionante cantidad de muertos, las decenas de miles –o centenares de miles- de refugiados, son datos que se absorben con cierta frialdad: son la ‘cuenta de resultados’ de tanta heroicidad, por un lado, y de tan monstruosa crueldad, por el otro. Y si a estos héroes se les ocurre cruzar el Mediterráneo, como sigue pasando, y no mueren (sin heroicidad) en el camino, los apaleamos y los encerramos (aunque es bien cierto que no los ametrallamos). Hay incluso una fuerte oleada de autocrítica: resulta que Occidente ha sido cómplice de estos tiranos. Y hasta parece que se hubiera dejado ‘comprar’ por Gadafi, poderoso inversor en prácticamente todas las economías europeas y aún en Estados Unidos. Hay una fuerte veta ‘intervencionista’, sobre todo en materia económica y uno se pregunta si tanta celeridad para congelar cuentas, depósitos y carteras de acciones no tendrá la muy ‘legítima’ intención de distraer hacia empresas de la gran metrópolis esos enormes y malhabidos fondos acumulados por Gadafi a orillas del desierto. Históricamente, la única diferencia entre Gadafi y Ben Alí o Mubarak está en que el libio ha sido líder de una revolución que intentó hacer de Libia un Estado en medio de una medieval estructura de tribus. Mubarak y Alí, en cambio, fueron desangelados continuadores de los fundadores del Túnez y el Egipto modernos, Habib Bourguiba y Gamal Abdel Nasser, respectivamente. A la hora de la corrupción y a la hora de la represión estas diferencias, obviamente, no cuentan.

Pero lo que no deberían colarnos son esas explicaciones en parte exculpatorias para los gobiernos occidentales. Porque, tras esa fuerte autocrítica, lo que se está eludiendo es que existe una estructura de poder mundial, creada por Occidente en su propio beneficio, que no es ‘cómplice’ de estos sanguinarios tiranos sino que es al revés: aquí, en Europa, y sobre todo en Estados Unidos, están los jefes, los ‘Don Corleone’ del impresionante y bien protegido ‘negocio global’ y los tiranos y tiranuelos del tercer mundo son puestos y defenestrados por los capos de mafia.

Ellos son nuestros cómplices y no nosotros los cómplices de ellos. Hay incluso quienes, siendo críticos con el sistema, caen en esa confusión y no les parece correcto acusar a nuestros Berlusconi, nuestras Merkel, nuestros Sarkozy, y hasta nuestros mismísimos Hillary Clinton y Barack Obama, de ser los capos de mafia. Pero lo son. Ya sé que entre Bush y Obama hay una distancia considerable. Pero entre Estados Unidos y Estados Unidos no hay distancia ni para introducir un cabello mojado en aceite. Y si quieren confirmarlo estén atentos a las movidas en las monarquías y sultanatos de Asia Menor y a las de Irak, donde –¿se acuerdan?- los norteamericanos pusieron y siguen protegiendo a un señor Maliki de quien se sabe que tiene una fuerte inclinación a corromperse… pero que resulta un fiel aliado. Pregunta ingenua: si las masas populares iraquíes se hartan de este señor y quieren tener también su cuota de libertad y democracia… ¿qué harán los 50.000 soldados estadounidenses que quedaron allí como ‘retén’, acompañados de 7.000 mercenarios asesinos que Obama también dejó por esos pagos y que no tienen ninguna relación con los mercenarios asesinos de Gadafi?

El abuelo bonobo

Hace algunas semanas comentamos un par de propuestas para ‘refundar’ el mundo pero nos dejamos en el tintero algunos proyectos de cambio que surgen de la realidad misma, antes que de alguna teoría. Uno de estos casos es el de Islandia, donde da la impresión de que se hubieran tomado la democracia al pie de la letra: se inició un proceso para determinar las responsabilidades por haber provocado la crisis, de resultas del cual hay ahora banqueros perseguidos con órdenes de ‘busca y captura’. También se decidió por referéndum (con mayoría del 93%) no pagar la deuda presuntamente contraída por ‘el país’ (y no por los financieros responsables del desastre) con inversores de Holanda y del Reino Unido. Como consecuencia de la crisis se tuvo que ir el gobierno entero. También se decidió redactar una nueva constitución: dejando de lado a los partidos, cualquier ciudadano pudo ser candidato a ‘constituyente’ con solo 30 firmas de respaldo (Islandia solo tiene 300.000 pobladores). En estos días el presidente de Islandia, Olafur Grimsson, se ha negado nuevamente a que los ciudadanos paguen deudas contraídas por los bancos (en este caso, el on line ‘Icesave’) con inversores extranjeros. Lo más impresionante del caso de Islandia es… que se ha ocultado de tal modo que prácticamente toda la opinión pública europea lo ignora.

Otra idea interesante ha sido la de Richard Wilkinson, economista, y Kate Pickett, licenciada en antropología física, que aunaron especialidades tan diferentes para escribir ‘Desigualdad’, un libro que revisa más de 170 estudios académicos realizados durante las últimas décadas, que les permitieron comparar la situación de 23 naciones desarrolladas y 50 estados de Norteamérica. Analizando datos sobre problemas sociales directamente vinculados con la infelicidad de los ciudadanos (índices de enfermedad mental, de delincuencia, embarazos adolescentes, expectativa de vida, fracaso escolar, obesidad, violencia…) llegaron a una conclusión: la infelicidad está directamente relacionada con el grado de desigualdad que impera en una sociedad; no depende tanto del nivel de riqueza, como del nivel de desigualdad. Incluso los sectores privilegiados padecen más infelicidad cuando la desigualdad es mayor.

Señalan que las sociedades, al llegar a un cierto nivel de riqueza apenas mejoran ya en cuanto a reducir los índices de males sociales claramente vinculados con la infelicidad. En las décadas de los ’50 y los ’60 algunas de estas sociedades alcanzaron los niveles más bajos de desigualdad, pero el último tercio del siglo XX representó una caída creciente hacia la infelicidad. A tal punto que se teme que incluso la esperanza de vida pueda empezar a caer, por primera vez, después de muchos años de ascenso continuado. Las enfermedades mentales se dispararon. Algunos estudiosos hablaron del ‘virus de la abundancia’: la búsqueda de riqueza y símbolos de estatus se asocia cada vez más con la necesidad de presumir y reforzar los sentimientos de superioridad. En el listado de las desigualdades los Estados Unidos están primeros, seguidos del Reino Unido; y entre los más igualitarios figuran los países escandinavos y Japón. Se han tomado incluso el trabajo de desmontar el mito de que los humanos somos inexorablemente envidiosos y avaros. Según ellos, durante el 90% de la historia humana se vivió en sociedades más igualitarias que la actual. Nuestros ‘antepasados’, los chimpancés y los bonobos (variedad enana de los chimpancés), actúan de modo muy diferente; mientras los chimpancés tiene machos dominantes y peleadores, los bonobos apelan al sexo incluso para aliviar situaciones de tensión, como siguiendo la consigna de ‘hacer el amor y no la guerra’. La herencia genética humana muestra más afinidad con los bonobos. Finalmente afirman, con ese toque de ingenuidad que siempre asociamos con los científicos ‘de laboratorio’: “La elocuencia de los datos resulta crucial para que la opinión pública modifique su percepción de este asunto, pues por sí solos conducen a la evidencia de que una sociedad más igualitaria es una sociedad mejor para todos”.

Demasiadas sonrisas

Alguna sonrisa es falsa. No tiene lógica que los estallidos populares del mundo árabe estén alegrando al mismo tiempo a Obama y a Ahmadineyad, por ejemplo. O que muestren idéntico entusiasmo la señora Merkel y los líderes de Hamás. Unos y otros pueden justificarse: los caudillos occidentales están obligados a festejar la puesta en práctica de los principios que, en teoría, nuestra civilización defiende; y los líderes del mundo árabe-musulmán son coherentes celebrando que masas enardecidas se hayan lanzado, a puro coraje, contra los dictadores de Túnez y Egipto y se los hayan llevado por delante. Pero para los exégetas de estas impresionantes movilizaciones de masas va quedando un poco difícil explicar por qué tuvieron éxito en esos dos países y no cuajaron (hasta ahora) ante otros regímenes tan dictatoriales y represivos como esos (Arabia Saudí, Yemen, Marruecos, Siria, etc.).

Para entender el auge y la victoria de estas insurrecciones y el fracaso de otras no basta, como algunos pretenden, con decir que las medidas policiales preventivas en algunos sitios fueron abrumadoras… esto sería poner en duda la demostrada capacidad represora de Ben Ali y Mubarak.

Habrá datos importantes que ahora no conocemos y que quizás nos pueda suministrar algún día WikiLeaks. Pero sí sabemos que las movilizaciones de Túnez y Egipto –con una población muy mayoritariamente juvenil- rebalsaron los ‘contenedores’ cerrados de los partidos políticos y convirtieron en extraordinarias herramientas la combinación de Internet, las redes sociales y los teléfonos móviles. Claro que hubo represión y muerte pero los efectos del paro y el hambre, tras los fuertes aumentos de los alimentos, hicieron que la gente fuera capaz de desafiar incluso las balas. Con el drama de la miseria a sus espaldas (miles de africanos están ahora mismo huyendo de la costa tunecina hacia Sicilia) y el gangrenado desafío de la corrupción en frente, los tunecinos y los egipcios hubieran podido escribir: “Estamos al límite de nuestras fuerzas, Señor. El límite de la paciencia ya está superado. Hemos llegado a este momento terrible donde más vale la muerte que la prolongación de sufrimientos insoportables…” En esa ‘súplica’, dirigida al Zar por los obreros de San Petesburgo hace más de un siglo, algunos quisieron apreciar el germen del proyecto que culminó con la Revolución Rusa.

Los estallidos populares trajeron dos sorpresas: que los dictadores expulsados estaban apuntados a la ‘socialdemocracia’ y que los partidos musulmanes no eran los protagonistas de la insurrección. La semana pasada dábamos por defenestrado a Mubarak, que aún aguantó cuatro días más, porque nos parecía una caída inevitable. Y también dábamos por hecho que el tratado de paz entre Egipto e Israel no iba a poder sobrevivir. Y esto, por supuesto, aún está por verse. Pero tenemos la impresión de que mantener la vigencia de dicho tratado dependerá de que Israel se decida a poner en práctica su contenido profundo, que suponía desembocar en un estado palestino.

Es cierto que las grandes movilizaciones en Túnez y Egipto no han levantado la bandera del Islam, pero a partir de ahora Occidente tendrá que entender que los pueblos árabes quieren ser soberanos –democracia quiere decir, justamente, que los pueblos gobiernen- y esto supone que una paz duradera con Israel pasa necesariamente por una solución para los palestinos.

Si esto no se consigue, la represión volverá. Pero entonces habrán caído todas las máscaras y se habrán apagado todas las sonrisas. Por todo el planeta parece que cada vez más gente se está tomando en serio el discurso de Occidente. Y esta es una verdadera desgracia para Occidente. ¿O con quien creen que consultaban, hora a hora, los generales egipcios, hasta ‘retirar’ de la escena a Mubarak y prometer elecciones en seis meses?

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Al fondo, Israel

Algunas asociaciones privadas de Estados Unidos hicieron sus primeros pinitos colaborando con movimientos presuntamente pro democráticos en Irán, para agitar la campaña para las elecciones de junio del pasado año, colaboración que se estableció principalmente a través de Internet y abarcó consejos que podían constituir un auténtico ‘manual del guerrillero urbano’. El presidente Ahmadineyad logró más del 63% de los votos, tras una participación electoral record, superior al 80%. Para Estados Unidos fue una experiencia importante: el brazo del imperio tanteó la resistencia de uno de los pocos gobiernos del planeta que suele resistir sus presiones.

Mediante el uso sistemático de los medios de comunicación, en el mundo entero quedó la sensación de que Ahmadineyad había triunfado en virtud de un gigantesco fraude. Poco pudo lograr el gobierno de Irán para contrarrestarlo, pese a que nadie puso en tela de juicio el abultado triunfo del candidato oficialista, sino únicamente la cifra del diferencial de votos entre uno y otro candidato. Pero lo principal para Washington fue comprobar que, sin volcar el peso del gobierno, lograba movilizar a centenares de miles de personas en una hipotética ‘revolución verde’, que después se apagó bastante rápidamente.

No parece que la insurrección popular en Túnez, apenas iniciado el nuevo año, tenga mucho que ver con aquel intento de manipular la política interna iraní. En el país más laico del mundo árabe/musulmán, los 23 años de dictadura de Ben Alí desembocaron en dos situaciones que la hicieron insostenible: la impresionante corrupción de la mafia capitaneada por la mujer del tirano y el encarecimiento brutal de varios alimentos. Alí, un fichaje de la Internacional Socialista, que gozaba de muy buenas relaciones con el líder libio Muhamar Gaddafi, se quedó repentinamente huérfano. Cuando se produce un estallido popular en cualquier lugar del planeta los intereses imperiales entran en fase de riesgo. Como suele ocurrir ante las catástrofes naturales, lo primero que se hace es poner a buen recaudo lo que se ha salvado y evaluar los daños. Eso hizo USA en Túnez y por eso el mismo primer ministro de Alí (pese a sus 10 en el cargo lo presentan como ‘honrado’), Mohamed Ghanuchi, ha sentado a la mesa al partido religioso ‘En Nahda’, cuyo jefe, su homónimo Rachid Ghanuchi, ha dejado bien claro que en Túnez ‘lo más difícil está por hacer’.

Occidente proclamó rápidamente que la insurrección de Túnez era una especie de pistoletazo de salida para una seguidilla de estallidos. Tal vez procuraban que cualquier otra movilización popular se tomara con naturalidad y se contabilizara como un puro contagio. Pero la movida no se extendió tanto como lo anunciaron: hasta ahora, el único sitio donde pegó con fuerza fue Egipto, quizás –junto con Arabia Saudí- el punto más estratégico para Estados Unidos. Allí se mandó rápida y descaradamente a un emisario, Frank Wisner, que tardó poco en meter la pata: quiso adjudicarle al mismísimo Mubarak, ya destronado por las masas, un papel en la transición. A las pocas horas la mismísima Hillary Clinton lo desmintió. Pero no es que el hombre fuera demasiado torpe sino que la realidad iba demasiado acelerada.

¿Qué hacer en Egipto? Allí los ‘Hermanos musulmanes’, ferozmente reprimidos en la larga etapa Mubarak, tienen un peso considerable. Y están actuando con mucho sigilo, sin buscar un protagonismo que de momento les podría dejar fuera de juego.

El imperio también está actuando con pies de plomo. Porque, cualquiera sea el modo de manejar la transición egipcia, hay que dar por seguro que se romperá el pacto con Israel. Solo entonces Tel Aviv empezará a comprender que ha desperdiciado un largo periodo de fronteras seguras (presentándose siempre como la víctima amenazada), en el que pudieron haber consolidado una política de convivencia con sus vecinos.

¿’Refundar’ el mundo? (y IV)

Repasábamos propuestas teóricas para ‘refundar’ el mundo, cuando la realidad entró en estos apuntes como un elefante en una cacharrería. Nos referimos a la irrupción de las masas en situaciones que parecían perfectamente controladas para dejarlas fuera. Rápidamente, los medios de comunicación nos suministraron un molde en el cual pudiéramos insertar cada uno de los datos de esta ‘nueva realidad’. Nos dijeron, por ejemplo, que en Túnez ha quedado en pie la obra de Habib Bourguiba, el caudillo fundador de la independencia, que sentó las bases de un país laico y democrático. De ahí se sigue –nos explican- que es el primer caso del mundo árabe en el que las masas pretenden instaurar una democracia. Con esta simplificación, lo primero que nos birlan es, una vez más, que la democracia es un método creado por las burguesías de USA y de Europa para permitir un cierto control popular sobre un reparto de la riqueza algo más generoso. Parecía una ‘estación de llegada’ del proceso de desarrollo capitalista: una reducción de los desniveles en la distribución de la riqueza (el ‘estado del bienestar’) a cambio de la tan necesaria estabilidad. De ese modo se pudo competir con éxito con la ‘oferta igualitaria’ comunista, que no funcionó en ningún sitio pero creó unas fuertes expectativas de cambio. Caída la URSS, los norteamericanos (con complicidad europea) no solo extendieron su dominio a todo el planeta, sino que también fueron dejando que la democracia se degradara: ya no tenían un rival poderoso y amenazante.

¿Por qué ahora los pueblos –árabes, musulmanes o lo que sean- habrían de inmolarse (como lo hacen literalmente algunos de sus desesperados militantes) para establecer un procedimiento importado, destinado a estabilizar un sistema capitalista que ni siquiera ha llegado a sus países más que como un mecanismo externo de explotación masiva?

La reivindicación de los pueblos es ejercer su propia soberanía, que eso es, en esencia, la democracia, y no una serie de normas y preceptos sacralizados y que hoy en día prácticamente en ningún sitio se aplican honradamente. Además, las movilizaciones tienen que ver, básicamente, con la abrumadora presencia del hambre y la miseria: no se trata tanto de ‘contagios’ de movidas políticas (así las cuentan) como del vertiginoso aumento del precio de los alimentos.

En cuanto a los aportes teóricos para una remodelación del mundo, ya comentamos el ‘decrecimiento’ (crear nuevas condiciones sociales y ambientales antes de que la realidad nos recorte brutalmente nuestro insostenible ritmo de crecimiento) y queríamos mencionar también el estímulo de un gran espacio de encuentro y participación social activa, que ya existe en la realidad como motor productivo y creativo, y que no encaja ni en la categoría de lo público ni en la de lo privado. A este nuevo ‘territorio’ de generación de riqueza se ha dado en llamarlo ‘procomún’. Sus propiciadores lo ven demasiado novedoso, sin reconocer del todo la ‘deuda’ que tiene con fórmulas ya empleadas, como la ‘autogestión’ y el ‘cooperativismo’, que fueron también cuñas metidas entre lo público y lo privado. El ‘procomún’ muestra su lado más novedoso en una alianza estrecha con las nuevas tecnologías, aptas para formas de comunicación directas, masivas e instantáneas que parecen apuntar a una ‘democracia de las redes sociales’. Y es ese matiz el que puede estar presente tanto en distintas experiencias urbanas metropolitanas (‘La Casa Invisible’ de Málaga, por ejemplo) como en las insurrecciones masivas de Túnez o Egipto. Caen trozos de mampostería que resultan mucho más que ‘indicios’ de que el techo del sistema se derrumba. La gente se está lanzando a actuar, mientras los ‘cerebros’ del sistema buscan fórmulas para manipular una y otra vez la voluntad popular.

¿’Refundar’ el mundo? (III)

En los primeros minutos del nuevo siglo persistía un clamoroso silencio en cuanto a propuestas ideológicas. Todavía se estaba digiriendo la nueva estructura de poder tras el hundimiento de la URSS. Pero en la primera década del XXI germinó un ramillete de teorías y proyectos. La sociedad comenzó a cuestionarse desde todos los ángulos. Y las disputas de poder emergieron escandalosamente: nuestras peores sospechas resultaron juicios benévolos cuando la realidad escondida pudo observarse, por ejemplo, con los focos de los papeles de WikiLeaks.

En los dos artículos ya publicados acerca de la pregunta sobre la necesidad de ‘refundar’ el mundo hemos visto algunas sugerencias para abordar esta realidad espeluznante de la manipulación a escala mundial, las mentiras sistemáticas de un sistema que se hunde, el aplastamiento de todas las culturas autónomas, la implosión de la democracia…

Pero cuando esas sugerencias pretenden promover un cambio, siquiera el  más modesto, parecen ‘palos de ciego’ nacidos de la desorientación; o bien conclusiones obvias pero imposibles de aplicar: las típicas de aquella asamblea de ratones que veía la solución en ponerle un cascabel al gato pero nadie era capaz de hacerlo. Por ejemplo, las estupendas propuestas para poner una tasa al gran capital especulador o las felices sugerencias de recortar el poder de los bancos en vez de recortar los gastos sociales.

Es obvio que los dueños del poder no están por la labor. Pero tampoco surge siquiera una fuerza política que proponga, por ejemplo, poner al sistema bancario bajo control social (ni siquiera digo estatal porque el Estado ya parece la empresa de seguridad de las multinacionales).

Hay, sin embargo, un par de ideas que nacen con un cierto realismo. Una de ellas apunta a la gente tanto como al poder y nos está ofreciendo un camino para rectificar el rumbo antes de estrellarnos: un supremo esfuerzo de sensatez. Me refiero a los que defienden la urgencia de abandonar la meta del crecimiento y plantearnos seriamente la necesidad del ‘decrecimiento’. La expuso  con claridad el francés Serge Latouche  y en España la respalda Carlos Taibo (‘En defensa del decrecimiento’). Una de las imágenes más nítidas que manejan es la que nos habla de un barco que avanza hacia unos arrecifes contra los que va a chocar. Muchos proponen bajar la velocidad pero es obvio que eso no evitará el accidente: tan solo lo demorará. Casi todo lo que se está hablando hasta ahora acerca del cambio climático supone buscar fórmulas para bajar la velocidad. Cuando se critica a los ‘decrecionistas’ achacándoles que nos quieren retornar a la Edad Media, ponen un ejemplo (Philippe Saint-Marc) que nos invita a imaginar una Francia con 200.000 parados, con una criminalidad 5 veces inferior a la actual, donde las hospitalizaciones por enfermedades mentales se reduzcan a una tercera parte, los suicidios a la mitad… y en la que apenas se consumiesen drogas… El acertijo se resuelve así: esa no sería la Edad Media sino la Francia de la década de los ’60. Si, por el contrario, seguimos consumiendo al ritmo actual, la debacle tal vez no se produzca dentro de milenios ni siglos… sino en otros años ’60: los del 2060.

Intentaremos que este veloz repaso a las posibilidades –urgentes, vitales-  de ‘refundar’ el mundo tenga la semana próxima su última ‘entrega’.

El abuelo bonob

Entre una docena de opiniones sobre cómo ‘intentar remontar’ el decaimiento general de la izquierda hay una gran variedad de propuestas (diario ‘Público’ del 09/01/2011). Curiosamente, ninguna de las respuestas cuestiona la pregunta. Por qué se pretende ‘reconstruir la izquierda’ y no buscar caminos para afrontar la yuxtaposición de unas crisis sobre otras: la crisis económica y la crisis ecológica, invadiendo y destrozando entre ambas el campo de lo social y lo político. Por otra parte, la pregunta tal vez requería una definición previa de lo que se entiende por ‘izquierda’. Aunque esto hubiera sido demasiado complicado, la indefinición complica las respuestas: ¿qué cosa se quiere rehabilitar? ¿Algo como lo de Toni Blair, como lo de Fidel Castro, lo de China, lo de Lula…? ¿Quizás algo como lo de Obama?

Cuando los consultados son afines al PSOE surgen respuestas que podrían servir para titulares de revistas femeninas de moda y cosméticos, como la de Carlos Mulas, de la Fundación Ideas: hace falta “un socialismo innovador y moderno”; “la igualdad es un motor de crecimiento” y los propios intentos para conquistar la igualdad “abren muchos nuevos sectores económicos”. Ludolfo Paramio, teórico del PSOE desde los tiempos del tándem Felipe-Guerra, piensa que “Blair tenía partes buenas” pero ahora se trata de ‘reconstruir el barco en alta mar’, por lo que considera que hay algo urgente, algo prácticamente indispensable, pasando por alto que se parece bastante a la cuadratura del círculo: “encontrar un relato creíble de salida de la crisis manteniendo el modelo social”. Si alguien descubriera la fórmula para elaborar ese relato Zapatero vendería La Moncloa para pagarlo. Y Rajoy también pujaría.

Algunos consultados lanzan propuestas tipo autoayuda. Matt Browne, asesor electoral de los laboristas británicos, quiere que la izquierda recupere “la autoestima y la mentalidad ganadora”, porque “a los electores no les gustan los perdedores”. Para este hombre, miembro de un ‘think-tank’ (mezcla anglosajona de pensadores con vehículos blindados…) de los demócratas norteamericanos, la izquierda debe contar con que tiene “las mejores políticas y las más eficientes, también para salir de la crisis”. Ignacio Urquizu, que dirige un curso sobre la socialdemocracia en el Siglo XXI, también hace hincapié en buscar una mayor igualdad y cree que es prioritario que “los ciudadanos y los parlamentos recuperen el poder político que han ido acumulando los expertos”. Parece ignorar que el sistema mismo utiliza a los expertos para dar respaldo pretendidamente ‘científico’  a sus decisiones y que tanto los parlamentarios como los propios expertos responden a un mismo poder centralizado.

Algunos consultados se mueven más próximos a Izquierda Unida, como Inés Sabanés, quien pide “radicalidad democrática”. Reclama la unidad de todos los que se oponen al ‘pensamiento conservador’ y también una actitud menos dogmática, apuntando a la creación de “redes alrededor de distintas causas”…para así eludir el compromiso con “una cosmovisión cerrada y global”. Por su parte, Vicenç Navarro, catedrático de la universidad Pompeu Fabra, considerado una autoridad dentro del mundo socialdemócrata, pretende desandar las malandanzas: desprenderse de las impregnaciones liberales incrustadas en el discurso socialdemócrata. La socialdemocracia –opina- se ve hoy limitada por “los poderes económico y financiero” a los que, para cumplir con su compromiso, debería enfrentar… pero tal política de enfrentamiento –añade-  “ni siquiera se considera”. En el mismo sentido, James K. Galbraith (hijo del fallecido economista John Kenneth Galbraith), asegura que “la crisis seguirá (mientras) los bancos manden más que los gobiernos”.

En la encuesta –y fuera de la encuesta- hay algunas otras ideas interesantes. Hablaremos sobre ellas en el próximo ‘capítulo’.

¿’Refundar’ el mundo? (I)

Como un boxeador noqueado que solo por orgullo se mantiene en pie, así estamos los que formamos la ‘opinión pública’, el padrón de habitantes o el censo de votantes. No paramos de recibir golpes, a cual más demoledor, y la campana que llama al descanso solo nos sirve para que nos acomoden el protector de la dentadura, nos salpiquen agua fresca y podamos echar una mirada nublada a esos señores gordos que están gozando del espectáculo ‘deportivo’: los banqueros y los gerentes y accionistas de las multinacionales. Un combate desigual entre un musculoso profesional del ring y nosotros, improvisados desafiados –que no desafiantes- empujados por ‘la mano invisible del mercado’ al medio del cuadrilátero. Si tienen dudas acerca de quiénes son los que disfrutan del combate y se llevan la bolsa de los euros miren la lista de los bancos y empresas que ganaron en 2010 más que en 2009. O miren las ventas de coches: todos los modelos bajan menos las grandes berlinas.

Pero hay algo todavía más siniestro que esta pelea amañada: que no sabemos cuándo va a terminar, ni nos dejan bajar y salir huyendo. En realidad, no tenemos siquiera idea de lo que podríamos hacer si lográramos escapar de la encerrona.

Hace unos días un periódico de Madrid anunciaba en su portada, con gran despliegue, “doce propuestas para reconstruir la izquierda”. La posibilidad de reconstruir la izquierda lleva muchos años planteándose como una tarea urgente y en la última década se ha convertido casi en una obsesión. Creo que los laboristas británicos hicieron un último intento con su ‘tercera vía’ pero resultó tan funesto que reactivó la pregunta inicial: fue peor el remedio que la enfermedad.

Puede ser que la pregunta no obtenga respuesta porque esté mal formulada. Tal vez lo que de verdad necesitamos saber es cómo acabar con el castigo que estamos recibiendo; y saber por qué estamos perdiendo, día tras día, las armas para poder defendernos; y saber si hay una relación directa entre nuestra pérdida de derechos, entre el decaimiento de nuestro sistema democrático (¿hasta cuándo podremos seguir llamando a nuestras sociedades ‘democráticas’?) y la situación de pueblos invadidos, bombardeados y aplastados por el poder imperial. Saber si estos pueblos, en situaciones, por así decirlo, ‘predemocráticas’ van a ser ‘democratizados’ a base de bombas, torturas y cárceles clandestinas y van a ser ‘democratizados’ por nosotros, que estamos perdiendo las conquistas democráticas.

Estas son algunas de las preguntas que se van encadenando y cuyas respuestas quizás nos permitirían analizar ‘el estado del mundo’ y a partir de ahí tratar de encontrar fórmulas para refundar, no la izquierda sino el mundo, la sociedad del Siglo XXI. Preguntar por la mala salud del mundo y por las posibilidades de salvarlo del desastre –ecológico, social, político, económico…- no es exactamente lo mismo que preguntar cómo se puede ‘refundar’ la izquierda. Frente al fetichismo de las palabras, tendremos que comprobar que lo primero es romper el tabú que se alimenta diariamente: que nosotros, en Occidente, somos los dueños de la verdad e incluso los dueños de la palabra ‘izquierda’; es decir, los que tenemos las llaves del cambio, los que estamos llamados a diseñar el futuro de la humanidad. Nada de eso. Quizás hubo un momento en el que parecía que estaba en manos de Occidente instaurar la Modernidad y ofrecer al planeta un modelo digno de imitar. Si realmente existió ese momento, esa oportunidad la hemos perdido. Ahora ni siquiera encontramos un camino de retorno al origen de estos proyectos hoy destrozados. Pero en esa docena de propuestas de ‘refundación’ –y en otras que allí no aparecen- hay autocríticas honestas y hay ideas inteligentes. Intentaremos pasarles revista: ‘to be continued’.

No queremos noticias

Leo una frase de Mary Ann Evans (George Elliot): “De todos los errores humanos, la profecía es uno de los más innecesarios pero también de los más persistentes”. Pero a veces uno habla de lo que está pasando y algunos creen que se trata de una profecía. Porque si hay algo más persistente que la vocación por profetizar es la tendencia que tenemos los humanos a no querer ver lo que no nos gusta. No vemos lo que tenemos al lado mediante el sencillo procedimiento de desviar la mirada, incluso cuando tenemos que torcer tanto la cabeza que nos da tortícolis. Lo hemos comentado cuando nos referimos al ‘negacionismo’ de todo lo referido a la ‘memoria histórica de Occidente’, que nos convierte en cómplices de robos, represiones, masacres y genocidios cometidos por todo el planeta. Abusamos así de esa ‘distracción’ que tanto reprochamos a los alemanes que ‘no veían’ lo que estaba sucediendo durante el nazismo. Negamos lo que está a la vista hasta que huele mal o resulta imposible disimular. Y queda el último recurso: imaginarnos que acaba de ocurrir, que es algo nuevo: no hacíamos esfuerzos por no verlo, sino que antes no estaba allí. Hace algunos días le recordaba a un colega que en 1999, hace ya 11 años, presenté una ponencia en el primer congreso de periodistas de Andalucía, en la que decía que nuestro oficio estaba “en vías de extinción”. Fue elogiada –y votada- pero no sirvió para mucho… En los últimos tiempos se tiende a priorizar el debate sobre la amenaza que las nuevas tecnologías suponen para los periódicos ‘de papel’. Como queremos encontrarle a todo el ángulo novedoso convertirlo en ‘noticia’, estamos tentados de anunciar que las redes sociales van a hundir a los móviles o que hay serias posibilidades de que el sistema 3D (inventado y descartado hace muchas décadas) vaya a sepultar al cine tradicional. Y es bien cierto que los e-mails casi hicieron desaparecer los fax, que las cintas reemplazaron a los discos, que los CD borraron de un golpe a los casetes y que los MP3 les pasaron por encima a los compact; como es igualmente cierto que los vinilos volvieron a asomarse al mundo. Ahora mismo, viendo las muchas páginas de publicidad de los periódicos tradicionales nos entran dudas de que estén retrocediendo hacia su extinción. En cambio, no cabe duda de que la misión del periodismo se va haciendo cada vez más pequeña. Sospecho que esto tiene que ver justamente con nuestro escaso interés por enterarnos de lo que está pasando. Por otra parte, los cables de WikiLeaks –es decir, los periódicos más importantes del mundo, que los publican- se someten a censura previa por el gobierno de Washington y en el país que hoy preside la Unión Europea, Hungría, acaba de aprobarse una ley que impone el control previo de la información por parte del gobierno (¿Franco estará gobernando el mundo?). Ya resulta prácticamente imposible desenredar la madeja que ha ido entrelazando al poder político, el económico y el mediático. Si los grandes medios de comunicación están asociados a los otros dos poderes… ¿dónde van a desarrollar los periodistas su oficio, fronterizo siempre del poder pero destinado a no dejarse nunca tentar por tan absorbente vecino? Muchos compañeros han lamentado la desaparición de la CNN+. Pero todavía hay quienes creen, ingenuamente, que se trata de un episodio aislado. O que es casualidad que ese canal, dedicado a la información ininterrumpida, sea reemplazado por algo tan opuesto a la ‘noticia’ como el exhibicionismo infantojuvenil de Gran Hermano.

Nada de esto surgió de repente. Y aún hoy son muchos los que se niegan a ver ese creciente riesgo de extinción. Claro que nuestro oficio no ha desaparecido del todo: como tantas ‘especies’ en peligro aún puede refugiarse en algunos ‘hábitats’ o encontrar cobijo en rincones marginales. No es fácil. Porque el periodismo no pretende estar en el centro del escenario pero necesita estar ahí cerca. Y sobre todo porque, si la gente no quiere ‘noticias’… ¿qué pintamos nosotros? Peor aún: ¿qué pintamos en una sociedad tan abandonada a su suerte por la ausencia de proyectos de futuro que hasta parece una crueldad querer sacar a cada uno de su encierro en pequeñas verdades, anecdóticas o esotéricas?

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Brindo hasta la cirrosis

¿Qué decir estas navidades, qué desear para el nuevo año? Tengo la impresión  de que no sólo han desaparecido las postales enviadas por correo (que alguna empresa despistada mandaba todavía en años anteriores) sino también esos esfuerzos de montajes de ‘power point’ con un arbolito de Navidad bailando o un Papa Noel fumando un puro. Casi todas las felicitaciones se han hecho sencillas, se han ido descargando de pomposidad y muchas veces han ganado en escepticismo… La crisis, los desastres naturales y artificiales (no creo que a Zapatero, sin ir más lejos, se le pueda considerar una catástrofe natural) y las pequeñas derrotas personales hacen suma: tal vez el dicho de que ‘las desgracias nunca vienen solas’ responda a nuestra natural tendencia a uniformar la realidad para verlo todo estupendo o todo irremediablemente desgraciado. Cuando algo no va bien surge de algún ‘más allá’ un angelito masoquista que hace recuento de todos nuestros males desde el día en que nacimos hasta el presente.

Se nota claramente en las ‘redes sociales’ que incluso los que habitualmente muestran mayor tendencia al escándalo no se atreven a poner, detrás de las ‘felicidades’, varios renglones de ansiosos signos de admiración.

Por días o por momentos parece que hubiera una puja por ofrecer postales de la decadencia de Occidente (así la llamaba Spengler bastante al principio del pasado siglo) o, lo que quizás sea, lamentablemente, lo mismo, la decadencia de nuestra civilización y de nuestro estropeado planeta. Por ejemplo, el nuevo casamiento del fundador de ‘Playboy’ con una niña de 24 años que ha querido demostrar que entre sus muchas cualidades no brilla la modestia: “Si me tuviera que definir en tres palabras –comentó- diría que soy espontánea, leal y encantadora”. Otra tétrica postal del fin de la década: que la CNN+ deje de ser emisora de noticias para convertirse en un canal temático sobre ‘Gran hermano’… ¡A ver si en alguno de estos casos he sido víctima de una inocentada! Por si acaso, una postal en la que no cabe el engaño: el último dominical del año de un periódico nacional nos ofreció los cien personajes iberoamericanos de 2010; los que ocuparon mayor espacio se llevaron dos páginas. La revista no tuvo sitio más que para ese ‘supertema’ y para sus columnas habituales. Pero al final surge una modelo despampanante luciendo ropa y joyas, y para ella hubo… ¡siete páginas!

Me debato entre la hipocresía de felicitar como si no pasara nada y la maldad de apuntarme a la energía negativa de mandar un mensaje que diga algo así como ‘Nos hundimos…En 2011 sálvese quien pueda…”  Pero de repente me llega una felicitación basada en Mafalda de Quino (aunque no está claro si su autor es Quino) que interpreta casi exactamente mis inquietudes. Mafalda empieza probando con un “Les deseo a todos un año de paz en el mundo”; pero, como le parece que eso no va a funcionar, acude a otras fórmulas que entre ella y sus amigos van descartando sucesivamente: tampoco va a funcionar el “Bueno, les deseo un año de prosperidad para todos”, ni el de desear “un año lleno de amor”, ni el de “un año de justicia y equidad”, ni el de “éxitos profesionales y recompensas por los esfuerzos”… Al fin, torturada por no encontrar la fórmula, grita “¡Basta!” y hace un nuevo intento: “les deseo a todos un mundo mejor en el que se cumplan las utopías”… pero después mira al globo terráqueo y le reprocha que no tiene “la menor intención de mejorar”…Por fin, concluye que se fastidió el brindis. Pero finalmente encuentra una fórmula que le resulta apropiada: brinda por las personas que trabajan por cambiar el mundo porque “trabajar por construir un mundo mejor es la felicidad más posible”.

Me adhiero a esa idea. Parafraseando a Andrés Calamaro diría que brindo por eso “hasta la cirrosis”.

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