Justicia, con o sin venda

Este artículo fue escrito para el Boletín de Al Quds, asociación de solidaridad con el pueblo palestino

En 65 años, desde que se fundó Israel hasta ahora, la situación en Palestina ha cambiado radicalmente. Pero hay dos maneras de plantearse la cuestión: una nace de un punto de vista  puramente teórico, de un principio abstracto y puro de justicia, y la otra  parte de una apreciación práctica, buscando un principio de justicia relativo, condicionado por unas ‘realidades’ que parece obligado respetar.

Si la justicia pudiera impartirse como la pintan los iconos (una mujer con  una balanza y los ojos vendados) no cabria otra posibilidad, mal que le pese a Israel y al conjunto de Occidente, que reconocer la arbitrariedad y el despojo de que el Estado Judío se haya instalado allí, desalojando a sus antiguos pobladores.

LA VERDADERA JUSTICIA

Los judíos han hecho muchas cábalas –valga el juego de palabras-  para erosionar el impacto de este hecho esencial, que supone para el nacimiento de Israel un ‘pecado original’, por mucho que los países cristianos hayan bendecido al nuevo Estado y hayan querido justificar la imposición con el escudo del holocausto. No hay derecho. No hay derecho que pueda avalar el despojo y la arbitrariedad cometidos por las grandes potencias como si la tierra de Palestina hubiera sido un botín de guerra perdido por Alemania, Italia y Japón. ¿Sabían siquiera los palestinos –tal vez de oídas- que se había producido el holocausto?

Paralelamente a que estos 65 años fueron (y esto se prolonga todavía hoy y parece proyectarse hacia el futuro) de invocación incesante del holocausto, como si hablar de ese genocidio y observarlo desde todos los ángulos posibles, exorcizarlo bajo los ritos más variados, encarcelar a los que se atrevían a negar su existencia como si  todavía existiera una inquisición capaz de poner en prisión las ideas, las hipótesis, las creencias y los descreimientos… como si todo eso supusiera levantar un enorme muro, de altura inalcanzable, que fortificara al Estado Judío con una coraza inexpugnable… paralelamente –digo-  se fue torciendo el eje del debate, trasplantándolo desde el principio de justicia inexorable, de justicia de ojos vendados,  al de justicia relativa, al de una justicia atada a la realidad,  al de una justicia que ya no sería tal porque habría quedado aprisionada dentro de una jaula en la que una serie de hechos, presentados ya como inmutables, resultarían –resultan–  los imponentes barrotes.

Todo un doble juego de argumentos: de una parte, golpear día tras día el hierro siempre candente del genocidio nazi; de otra parte, condicionar el ‘juicio’ a una realidad presentada como inmutable.

LA JUSTICIA PRISIONERA

De modo que la ‘justicia relativa’, la que se quita cínicamente la venda, dicta la nueva ‘ley’ arbitraria que viene a consolidar, con todo el poder de Occidente detrás, que el Estado Judío debe subsistir como sea; que no hay principio ni fuerza moral que sea mayor que esa imposición, porque, curiosamente,  la ética se ha ‘adaptado’  a la realidad y la realidad viene amarrada por el poder económico, político y militar.

Nada de justicia abstracta, de justicia de ojos vendados. A mirar bien: ese Estado, Israel, tiene que subsistir sea como sea.

Sin embargo, estos 65 años han transcurrido sin que Israel diera un solo paso concreto hacia la convivencia con su entorno. Su modo de ‘integrarse’ fue desintegrar su entorno.

Quizás hoy esta historia, que rebalsa con tanta holgura el medio siglo, pueda plantearse en estos términos: ¿Quién es hoy David?

Aquel David israelí de 1946 empleó estos 65 años de protección  política, económica y militar brindada por la gran metrópolis occidental para hacerse cada vez más fuerte militarmente y para desarmar todos los proyectos autónomos que proliferaron en el mundo árabe-musulmán de sus vecinos.

Sus fronteras se fueron consolidando en el sur, con Egipto; en el este, con Jordania; en el norte, frente  a una debilitada Siria, con la creación de un colchón de tropas internacionales y a un atomizado Líbano, aún cuando desde este último país, está la activa Hezbolá dando batalla.

Guerra tras guerra Israel asentó su poder y contó con Occidente para anudar alianzas y pacificar a sangre y fuego –dicho literalmente-  las revueltas. Fueron 65 años durante los cuales la realidad se invirtió: el David de esta historia ya no puede ser Israel –si es que alguna vez lo fue- sino que es claramente identificable con el pueblo palestino, aplastado, bombardeado, mermado por crímenes y acoso económico, prácticamente sin aliados que puedan ayudarlo… “…los infrahumanos, la nación de esclavos (…) arrinconados, ocultados y controlados”… por el ejército  israelí (1). Por la guerra o por la diplomacia, con contumacia y con fuerza, Israel fue haciendo cada vez más seguras sus fronteras. Pero a la opinión pública la realidad  se  le sigue presentando como una heroica lucha del ‘débil’ y ‘precario’ David israeli por la supervivencia

Justicia… ¿con venda o sin venda?  Con venda: simplemente devolver a los palestinos las tierras de las que fueron expulsados.

Sin venda: ver esa realidad en la que aquella nueva nación, rodeada por enemigos que la desafiaban, es hoy la potencia depredadora de ese pequeño, troceado y nunca autónomo Estado Palestino, refugio minúsculo para el pueblo despojado.  Ni siquiera esa concesión mínima, arrancada a este Goliath empinado sobre su propio poder y sobre el poder de los que dominan el mundo…  ni siquiera esa concesión mínima, pactada y refrendada, fue cumplida.

¿No es posible que el Planeta se apunte a algún modo de Justicia, ni siquiera dándole la posibilidad de que le ponga o le quite la venda?

(1)    En palabras del sargento primero (reserva) Assaf Oron – (‘Rompiendo Filas’, de Ronit Chacham)

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