Predicciones

Cada agosto saca a relucir el aburrimiento general de la humanidad. De la desarrollada, claro; la del tercer mundo está muy entrenida dando sepultura a sus muertos por hambre, enfermedades o violencia. Tampoco le va mal en ese sentido a los ocultos en el cuarto mundo con su constante revolver en nuestra basura y localizar cajeros automáticos donde dormir. Agosto es un mes en el que proliferan las llamadas serpientes de verano, informaciones que brotan, revuelven el gentío y caducan a mayor velocidad que la del medio donde fueron vistas. También agosto rima con el acoso de la especulación a los mercados financieros amparada por las vacaciones e indolencia de dirigentes políticos y técnicos reponsables de frenar los desmanes pecuniarios que acaban afectando a una sociedad entera. Este agosto ha sido prolífico en serpientes de verano sobre el mundo de la economía y más aún en movimientos especulativos de esos que ocasionan que de un rato para otro, sin saberlo ni berbérselo en el chiringuito, cada español o italiano deba a no se sabe quién un montón más de millones de euros que impiden su inversión en pensiones, colegios, carreteras o en Portugal. Hasta en la cola de la chacutería la clientela ya discute sobre el maremágnum financiero internacional con una soltura y términos que uno se cree rodeado de brokers neoyorkinos comprando chopped. En cualquier cenáculo de bar ya se habla del sabor de los churros y de la prima de riesgo o del rating bancario con igual preocupación y casi autoridad. Cada español siempre ha vociferado su propia selección nacional de fútbol, su propia receta para la paella y, ahora, su propia fórmula para salir de este déficit que tanto nos está asustando en este agosto. Recesión global, indicios del mayor desastre económico que la humanidad, la desarrollada claro, ha conocido, y una profunda brecha en la producción de bienes y servicios tintan de negro sobre negro los titulares de este agosto y, por esto, porque los malagueños estamos de feria, semana abierta en cierto modo a lo insólito y a lo espectacular, voy a escribir aquí mis previsiones de futuro en plan vidente televisivo con túnica y turbante sobre lo que nos aguarda, no ya en meses sino en los próximos años, al margen de estas fastidiosas y picantes viborillas veraniegas.

Mirando un billete de 500 € que me han prestado para mis profecías, afirmo rotundo, que él y los suyos nunca cambiarán de manos. El dinero de verdad es siempre fiel a los mismos y en contra de lo que parece jamás se fue con cualquiera. Ya con los ojos cerrados me viene a la mente una persona sin rostro, un salvador que librará de la crisis al planeta porque ya conviene a los que siempre tienen los dineros que el resto empecemos a creernos que poseemos algo y así comencemos a gastar de nuevo y endeudarnos otra vez para hipotecar una casa mediocre, un coche mediocre y unos cruceritos mediocres que nos permitan soñar que habitamos otras clases sociales más rosáceas y almibaradas. Las bolsas subirán cuando tengan que subir y de esta crisis saldremos cuando tengamos que salir. Aquí se condensa mi sólida visión para el futuro. No toda la ciudadanía está perdiendo en estas circunstancias tan crueles para tantas familias. El comercio de automóviles y de objetos de lujo no ha descendido una décima en décadas, al contrario ha aumentado en los últimos años. Lo que se explica por ese convencimiento mío en la fidelidad que el dinero de verdad tiene a su gente, eso sí, la de toda la vida, que muchos se consideraron sus elegidos en los últimos tiempos y no, ya han visto que no. Respecto al tercer y cuarto mundo, no siento ningua vibración cuando acaricio este billete. Interpreto que seguirán igual dado que empeorar en su caso es imposible. Por tanto, en líneas generales, veo el futuro cercano igual que el pasado próximo, un retorno a que las mismas fortunas quedarán en iguales manos y quienes ganan el pan con el sudor de su frente también se quedarán con eso, con pan y sudor y quizás desodorante o un pañuelo en la frente. Yo, por lo pronto, tengo que devolver este billete al que tanto cariño le he pillado en tan pocos minutos aunque él me desprecie con su porte aristocrático y algo chulesco. También lo veía venir.

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Mollete de Antequera

La Consejería de Cultura de la Junta va a incluir el mollete en el Atlas del Patrimonio Inmaterial de Andalucía, documento que recoge y difunde una serie de tradiciones y caracteres etnográficos de las distintas zonas andaluzas. Igual que Marcel Proust mojó su magdalena en el té y regresó por el camino del paladar hacia años pasados, a mí me hablan del mollete y vuelvo por vía de la memoria a mi niñez antequerana cuando los panaderos de una tahona próxima traían a casa de mi abuelo algún mollete recién hecho en horno de leña para que el nieto llegado por unos días desde Málaga desayunara sabores de su tierra. No quedo tan cosmopolita como Proust. La escena es mucho más humilde, con un bollito que se hacía si ya no era rentable añadir más leña al horno para elaborar la poca masa que hubiera sobrado en aquellos templos de alta gastronomía popular que eran las tahonas de los pueblos. Cuando aún permanecía medio dormido tenía ante mí el mollete, la leche con Cola-cao, el jamón de York y ¡ay! la mantequilla. Durante aquella década de los años setenta el aceite de oliva sufría ese desprestigio que arrastraba en su caída lo que ya se consideraba demasiado visto, o demasiado basto, no lo sé. Las barras de Viena competían con la panadería de miga y harina generosa. En mis estantes albergo diez tomos de una enciclopedia culinaria de aquella época donde el plato más terruñero de cualquier rincón de España se afrancesa o ainglesa por atentado contra el buen gusto y toda lógica e incluso sanidad; no aparece el aceite de oliva en ninguna receta y todo se fríe o se unta con mantequilla o grasa de cerdo. Incluso los cerdos ibéricos fueron sustituidos por sus hermanos europeos grandes e insípidos. Y allí estaba yo, bajo la lámpara, de noche aún cuando acababan su labor los panaderos, sentado en una mesa de camilla con brasero de picón, en lucha inconsciente contra esa colonización tecnológica, antropológica y vital, por mí entonces desconocida, que sufren los pueblos que ignoran por ignorancia sus raíces. Sólo con mucha dificultad se nos están yendo los complejos a los andaluces. Hacía falta otro nivel de vida y de viajes más allá de la emigración para que nos diéramos cuenta del enorme patrimonio existencial que albergamos con tanta frecuencia y tan poca batalla entregado al olvido y desprecio.

El despegue industrial de esa Europa que nos sirve como referencia llegó de la mano del desarrollo agrícola y su necesidad de fertilizantes químicos y maquinaria que interviniera en todas las tareas que conducen un producto desde el campo hasta la mesa. Ya transitamos por raíles muy diferentes a los de aquellas primeras revoluciones industriales que generaron una amplia burguesía galante que tomaba té y magdalenas para recordar. En Andalucía el pueblo llano y labriego ha sido quien ha mantenido la personalidad y los productos que hoy nos distinguen frente al resto de la restauración española, donde se halla sin duda una de nuestras sendas de futuro. Jamones ibéricos de Huelva, aceites de Córdoba y Jaén y verduras ecológicas que contribuyen al encumbramiento de la porra (también antequerana), los salmorejos, gazpachos, mantecados y el mollete. Los conocidos cocineros vascos o catalanes no promovieron más que una reivindicación de los fogones tradicionales de su tierra frente a la bizarría culinaria que se garabateó en las cartas de restaurantes españoles. Es imposible que un pueblo acomplejado invierta su esfuerzo y su dinero en sacar a su propio país hacia adelante, lo que quiere es huir lo antes posible de allí y diluirse como azucarillo en té. El progreso español se constata en que ya no hay manadas de niños jugando en la calle todo el día y en que los restaurantes han cambiado las bullabesas y vichisuases más que dudosas por el orgullo de exhibir gustos anclados en las ollas y sartenes del lugar, humildes, hijas de las tradiciones. Hoy la cocina española habla de tú a tú con la francesa, por supuesto, y con el resto del planeta y con la cabeza muy alta. Cada quien con lo suyo, claro está. A partir de ahí vamos bien. Ahora falta que se extienda en aviones, trenes y cruceros que nos visiten aquella estampa de mi niñez cuando un mollete no se consideraba digno de Proust, de quien ahora siento pena porque nunca disfrutó entre las manos el calor de un desayuno como el mío.

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Investigadores y mártires

Los diferentes grupos de investigación de la Universidad de Málaga denuncian que la Junta les adeuda 2,7 millones de euros. Ante una crisis económica que va más allá de la coyuntura, es decir, que exige un cambio íntegro del modelo productivo español y, sobre todo, andaluz, la Junta no sólo recortó gastos en las partidas de investigación y desarrollo, sino que además no cumple con el pago de esas partidas presupuestarias. Andalucía, más allá de toda esa gracia y potencial de futuro que nuestras autoridades vociferan que tenemos, es una de las regiones más pobres de España y con mayor debilidad en su tejido de industria. Como los dioses no son del todo malos con nosotros este año una vez más el turismo va a meter dinero en los bolsillos de muchísimas familias para que puedan aguantar los meses que separan las incertidumbres de septiembre de las incertidumbres del próximo junio. El turismo es así. Este año han confluido varios factores para que la temporada sea un éxito. Sobre todo, las pésimas labores que están realizando nuestros competidores mediterráneos para atraer viajeros. Competimos con un tercer mundo que se ha convulsionado entre revueltas y un integrismo religioso que impiden la necesaria tranquilidad de quien busque descansar y divertirse durante unos días. Andalucía siempre anda de un modo u otro pidiendo, ya la mano alzada al cielo, ya a los fondos públicos y, como continúa la coplilla, siempre mirando la cara si la ponen mala o buena. En mitad de este panorama en el que o destruimos Andalucía a base de ladrillos, o un veinte por ciento de la población continuará en paro, la Junta no invierte en investigación que desarrolle la productividad andaluza sobre cimientos más sólidos que el cemento, como los de Alemania cuyo producto interior bruto crece en mitad de esta crisis. Si la señora Merkel quiere los andaluces nos meteremos nuestros pepinos donde la señora Merkel mande, y pidamos a San Lutero que nunca prohíba el baño en nuestras playas.

Oí a un judío neoyorkino que ellos se hipotecan primero para conseguir un negocio y a partir de ahí ya comprarán la casa, mientras para gran parte del mundo, la deuda primera, la de la casa, hipoteca su acceso a cualquier negocio. No todos los ciudadanos han nacido para negociantes. Yo menos que ninguno, pero una sociedad, la andaluza en nuestro caso, debe evaluar sus prioridades y la primera para nosotros es la salida de este subdesarrollo que nos ahoga frente al resto de regiones ricas de Europa; esto sólo se consigue con grandes sumas de dinero puestas sobre las mesas de estudio de nuestros investigadores durante décadas, junto con el estímulo para que la industria privada también derive fondos hacia ese mismo fin. Nuestro problema quedará resuelto para siempre. Imaginemos súper-cosechas de productos hortícolas, piscifactorías que abarroten los restaurantes del mundo, playas sin contaminación, vinos de calidad suprema, placas solares que abaraten la energía y aumenten la competitividad de nuestra tierra, o un patrimonio cultural rescatado y clarificado; de todos esos sueños y más se ocupan nuestros investigadores, pero en precario. Investigar en Andalucía significa llorar y una carrera de fondo contra la depresión. Una persona se prepara durante unos cinco cursos de universidad y con 23 años se integra en un grupo de investigación; a partir de ahí cobra unos teóricos mil euros, sin pagas extra, y entrega su mejor juventud a estudiar hasta los 27 como poco; luego, puede recibir otra beca hasta los 29 y ya con 30 años, ha amasado un currículum fabuloso que no le sirve para nada que no sea seguir investigando o buscar el empleo que no buscó a los 23. La Junta adorna ese camino de espinas con un retraso en los pagos de la mensualidad de la beca que impide una mínima existencia normal, junto con ese otro natural retraso que debe tener la llegada de fondos a los grupos de investigación. Ya se sabe, el hambre agudiza el ingenio y al científico la necesidad y la penuria le vienen bien para que centre sus pensamientos en lo que tienen que estar, esto es, en irse de aquí nada más que pueda. A Alemania con un pepino. Ya que la Junta no les paga como investigadores al menos que les pague como mártires y que los saque en los tronos.

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Su propio camino

Amy Winehose ha fallecido y todo el mundo sabe por qué ha sido, al contrario de aquella rima sobre la primavera. Las estaciones llegan de verdad cuando ellas quieren al margen del deseo de los hombres. Uno de los pocos privilegios que se permite a la existencia de los humanos es la elección de la propia muerte, siempre que esta no opte por darte una sorpresa.. Amy no se sentía en este mundo y se iba de él cada vez que podía. Su cuerpo menudo albergaba la voz del trueno y ese desajuste armónico orientó su brújula. Al fondo de sus canciones me llega la voz de Sinatra con su preciosa “My Way” aquí contaminada por una versión más o menos rociera de “A mi manera”, discutible traducción para “I did it my way”, “hice mi camino” que nada tiene que ver con las marismas del Guadalquivir, sino con los marasmos a los que el humano, disconforme por naturaleza con la naturaleza, somete sus horas. Nuestra especie se caracteriza por su falta de acuerdo consigo misma. El primer simio u homínido quizás se bajó del árbol por cualquier necesidad. Vaya usted a saber, quizás se quedó sin papel higiénico o sin bicarbonato en mitad de la noche. Después, la historia de la humanidad ha sido un movimiento constante incluso más allá de cualquier paraíso, como Adán y Eva; de cualquier cómoda esclavitud, como el pueblo de Israel; o de cualquier impedimento, como lo de la Torre de Babel. Dios confundió los idiomas de aquellos promotores inmobiliarios y los humanos nos vengamos con la invención de traductoras automáticas, cohetes y sondas interplanetarias, además de la multipropiedad. Nietzsche tuvo más gracia y simplemente declaró la muerte de Dios mediante publicación de esquela y a otra cosa mariposa. El hombre, así en colectivo, necesita espacio psíquico o físico en el que moverse, de otro modo se marchita como nenúfar sobre cemento. Nadie se puede condenar a sí mismo a subir una y otra vez la misma montaña que ya subió. Esa es nuestra esencia, un ser en movimiento continuo como el universo que nos acoge. Un ser que necesita reinventarse una y otra vez ante el espejo, y modificar de paso el mundo que lo rodea mediante cortinas de cretona.

Nuestra especie es tan disconforme consigo que incluso reniega de su propia naturaleza cuando la descubre ejemplificada en personajes públicos como Amy Winehouse, un susurro perpetuo de la letra de Sinatra, del rezo general de la humanidad. Amy hizo su camino. Los titulares sobre su muerte desvelan al fondo la lección moral con que este caso nos ilustra. Ha muerto joven, destrozada por las drogas, el alcohol y su falta de urbanidad, modales, decoro, orden y horarios fijos con pausa para comer dieta rica en fibra y bífidus, y dormir una media de ocho horas. Si Adán hubiera sido tan feliz en su paraíso, no habría probado la fruta; si Eva no hubiera estado tan horrorizada con la perspectiva de un matrimonio eterno junto a un tipo con tan poco mundo como Adán, no habría atendido al diablo que seguro la hizo reír un rato. Si dios no hubiese sido tan maniático con las manzanas, lo cual dice bastante poco sobre su salud mental, la existencia para el humano habría sido un tedio contra el que se rebelaría en un momento u otro. Así somos, no podemos evitarlo. La potente voz de Amy cabalgaba sobre los watios de los festivales con su negativa a ser como los demás. Su figura garabateaba sobre el escenario una reclamación implícita para que le permitieran buscar su tobogán entre la nebulosa de las drogas y los efluvios del alcohol, pero suyo, intransferible como esa alma humana que nunca pudo comprar ni dios ni diablo porque jamás estuvo en venta. Amy ha muerto. Tal vez fue feliz o no. Su biografía se convertirá en ejemplo para moralistas tanto como para algún desquiciado que anhele ser figura fallecida de la música contemporánea. La felicidad es un concepto más complejo que el de la independencia pero sin duda florece al borde del camino que cada uno traza para sí, sin interferencias de nadie con respeto absoluto a la propia forma de ser y de estar. Amy Winehouse había escalado hasta la cima de su voz, ya estuvo donde quiso y luego se dejó descender, pero por su camino, una actitud que para los carceleros públicos del pensamiento y la moral siempre resultará incomprensible.

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Urgencias

Según datos, la mitad de los pacientes que acude a las urgencias hospitalarias en Málaga no debiera de haber usado ese servicio. Cien mil, con ceros redondeados. Este hecho afecta tanto al coste, como a la eficacia general del sistema de salud público. Si los galenos lo dicen es que los galenos lo deben saber. Seguro. De lo que también estoy seguro es de que el servicio de urgencias no es de los lugares más divertidos de la provincia de Málaga, salvo para algún caso psíquico e incluso social, y nadie acude allí por gusto. El dolor es una sensación intransferible y privado como las huellas dactilares, como avalan diferentes estudios médicos. Si existiera un dolorímetro, donde el umbral de daño alcanzara valores objetivos como si de un termómetro se tratase, uno sabría cuándo encaminar hacia urgencias sus pasos a partir de, por ejemplo, cincuenta medidas de dolor sobre cien. “Pero ¿cómo no ha venido usted antes, hombre de dios? Tiene treinta y nueve de fiebre y ochenta de dolor.” “Es por no molestar, doctor. Lo del dolor puede deberse a que me abandonó ayer mi novia, y lo de la fiebre a un paseo deprimido bajo a lluvia”. Estoy convencido de que en la carrera de medicina falta bastante formación humana. La ciencia médica avanza una barbaridad sobre los lomos de la bioquímica, la genética, e incluso la robótica, o la electrónica. ¿Pero dónde está la humanidad? Exigimos a nuestros jóvenes unas notas de selectividad altísimas, buscamos héroes juveniles que sacrifiquen sus ganas de salir con los amigos, por el encierro ante el libro de matemáticas, o lengua. Luego años y años de más estudio frenético y de cada vez de más alto nivel, pero creo que por ese camino tan duro a alguien se le olvidó que un médico va a tratar, sobre todo, con humanos y esos estudiantes, angelitos míos, dada la existencia monacal que han soportado poco conocen de la existencia esquinera y sus recovecos más allá de su posible resumen en una fórmula y en unos parámetros objetivos, donde hallarán lo biológico pero no lo humano. Lo humano es maravilloso porque es imprevisible y mutable como la dona al vento; valiente y cobarde a la vez. Los rasgos que nos han hecho tan reyes de la creación que hasta tenemos médicos y servicios de urgencias, frente a las hormigas, los cocodrilos y los ornitorrincos.

Los servicios de urgencias médicas se usan mal por la simple regla de que no se saben o no se pueden usar bien. Una vez un médico me explicaba horrorizado que una pareja de adolescentes apareció en su consulta de urgencias porque a la chica se le había quedado el condón dentro de la vagina. Pues para ellos era un gran problema y no creo que nadie quisiera sentir la angustia de ninguno de los dos chicos. Una amiga recién llegada al servicio de urgencias no comprendía que allí acudieran ancianos a los que en realidad no les sucedía nada, pero llegaban en mitad de la noche y tenían que atravesar toda la ciudad en autobús o taxi, pero aún así allí iban para nada noche tras noche. Yo estoy seguro de que si el anciano hubiese tenido una paga lo suficientemente generosa y una moral lo suficientemente laxa como para haber encaminado sus pasos hacia una güisquería nocturna con señoras de buen ver, no habría aparecido por urgencias. Soledad y miedo a morir en una cama solo. No creo que esta asignatura se estudie en las ciencias galénicas. En efecto, hay muchos servicios que podrían evitar que las urgencias se saturasen. Licencias para que los farmacéuticas receten más allá de lo que ahora tienen permitido, o personal de enfermería, en España muy bien formado, que fueran las primeras personas en juzgar la gravedad de una situación y dispusieran de autoridad para recetar o derivar al paciente hacia un determinado servicio. Pero a esa situación ayudaría la existencia de servicios sociales que paliasen el miedo en mitad de la noche, la angustia ante un fin de semana por delante en el que nadie se va a ocupar de los problemas de otros, un nivel de vida que permitiese divertirse algo más de lo habitual en determinadas ocasiones y, en definitiva, una sociedad que recuerde que dentro de ella existen personas que dan de comer a los animales callejeros para poder hablar con algo que se mueva y parezca que escucha. En efecto, las urgencias no funcionan bien, pero no sólo las hospitalarias.

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José Antonio Mesa

Quienes nos conocen saben que José Antonio es para mí un hermano, lo que no va a ser un impedimento para que pueda felicitarlo desde estas líneas y además elogie su labor y su nombramiento como nuevo director del Centro de la Generación del 27 de Málaga. Cuando el entonces Patronato de la G del 27 comenzó su ya larga trayectoria José Antonio y yo éramos aún estudiantillos de Filología Hispánica en cuarto curso o así a los que, junto con otro buen grupo de buenos amigos universitarios, nos ilusionaba asistir a las conferencias y encuentros poéticos donde nos abrieron un mundo de saber vivo hasta entonces reservado para ciudades con tronío como Sevilla, Granada o Madrid. El 27, como era llamado, no sólo descubrió el paisaje de la Generación del 27, sino que a muchos amantes de la literatura en Málaga nos invitó a un palco desde el que contemplábamos un escenario repleto de escritores al que por nuestra condición de niños provincianos en aquella Málaga de los años ochenta, no teníamos acceso. Tras cada lectura, llegaba la cerveza de después y la fácil charla con aquellos en quienes reconocíamos las señas de nuestra vocación. Eran tertulias de barra junto a Rafael Pérez Estrada, Ángel Caffarena, Rafael Ballesteros, Ignacio Díaz Pardo y otros mayores cuyas enseñanzas constituían una más que lujosa tapa para acompañar aquellas tan riquísimas cervezas en la memoria. Después, el regreso hacia libros y apuntes universitarios que por magia lírica habían cobrado un nuevo sentido. Incluso al día siguiente seguíamos comentando en el bar de Luis en la Facultad de Letras, aquellos leves sucesos y anécdotas de la tarde anterior. El 27 cumplió desde sus inicios una función formadora innegable para muchos malagueños a los que catapultó hacia un recinto literario en el que querían estar y donde no podían verse porque el arte no era cosa de provincias.

De todos nosotros, Javier Labeira y José Antonio Mesa establecieron por motivos distintos un pronto vínculo especial con la institución. Javier, una promoción anterior a la nuestra, comenzó a trabajar con el 27 al poco de conseguir la licenciatura. José Antonio desde niño quería ser poeta y el 27 se convirtió en una de esas zonas de avituallamiento que la vida nos concede. Los inicios del 27 conocieron a José Antonio con un manuscrito sobre el escritorio; gracias a la labor de Ángel Caffarena aquellos poemas manuscritos se trasmutaron en primer libro -emoción encuadernada para el escritor y sus amigos-, en presentación, en lecturas, en charlas, en artículos y en beca del 27 que permitió a José Antonio trabajar en aquel jardín de sus sueños; a la vez, también le construyó un magnífico puente hacia su relación con José María Amado y la revista Litoral y, por supuesto con María José Amado y con Lorenzo Saval, con quienes la afinidad para el trabajo rimó en breves años con una amistad profunda. La llegada de Lorenzo a la dirección del 27 devolvió a José Antonio Mesa a esta institución que lo vio nacer y crecer como poeta y como filólogo. Hoy, José Antonio Mesa es un escritor consolidado y con prestigio en la literatura española contemporánea. Toda persona vinculada al 27 conoce la lealtad y el buen hacer que ha realizado junto a Julio Neira o Aurora Luque, directores de la institución. Bravo por Dª Marina Bravo, Diputada de Cultura. José Antonio Mesa se merecía ser el director de ese 27 que conoce desde sus cimientos y al que con su trabajo le ha otorgado dignidad. Un fuerte abrazo, José Antonio. Málaga ha ganado y a mí se me saltan las lágrimas cuando resumo en papel tantos años.

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La nueva diputación

Cada vez son más los políticos, así como grupo humano aparte, y prójimos que avisan sobre un ataque a la democracia española llegado desde fuerzas oscuras e imprecisas. Se oyen voces en los distintos medios de información que piden una revisión de nuestro Estado de las Autonomías, de las Diputaciones, de las mancomunidades, de las funciones del Senado e incluso de la filosofía del gasto público en general. Una gran parte de la casta política ve peligrar sus intereses ante estas propuestas y, claro está, reacciona contra columnas, editoriales y artículos que pretenden quitarle el pan de sus hijos de la boca. Si no conllevara tanto dolor para los más desfavorecidos, una crisis económica viene bien como producto de limpieza. El Partido Popular exhibe los resultados de cómo dejó la Diputación el anterior despilfarro socialista. Quiebra técnica. Lo que no sorprende a casi nadie cuando se consideran los magníficos sueldos que allí se pagan frente a otros trabajadores del Estado o la dimensión de la plantilla tanto de funcionarios como de los cargos de confianza. Un virreinato a cuyo trono se accede mediante métodos democráticos de baja intensidad, sobre todo, visto el poder que sus prebostes manejan. El equipo de gobierno de esta nueva diputación airea los trapos sucios de sus predecesores. Un gasto disparatado y una ruina inminente y eminente dadas las dimensiones del organismo que agoniza. A la vez que los Populares anuncian una disminución en la cantidad de cargos y una contención en lujos sólo al alcance de políticos, como el disfrute de los vehículos oficiales, entregan veinte mil euros de los impuestos de todos a dos cofradías para que sus jóvenes puedan ir a ver al Papa y así Málaga tenga una representación digna en el evento. Vaya por delante mis respetos a la Iglesia Católica y a las cofradías; vaya también por delante mi falta de respeto a una corporación nueva que vocifera la contención del despilfarro del dinero público y lo entrega a dos organismos privados de la capital para que su joven militancia acuda a un acto sea este del cariz que sea. Mis felicitaciones a los agraciados con tan magnífico viaje. Espero que en la retransmisión televisiva se vean las banderas de la Diputación o que la Diputación se sienta representada con cuanta bandera de España en el evento ondee.

Yo estoy seguro que las cofradías que son casas de hermandad y caridad cristiana al cabo, hubieran visto mejor la entrega de ese dinero a Cáritas por ejemplo. Los proveedores de Diputación que seguro que rezan a su dios cada día, hubieran preferido un alivio de la soga dineraria que atenaza su cuello aunque hubiese sido mediante el método de la rifa de esos veinte mil eurazos. Y aquí queda sobre las líneas de los informativos una macetita más con este desprestigio que la clase política, así como grupo aristocrático, cultiva con tanta insistencia. España es un país caro para el trabajador asalariado y para el trabajador al que Hacienda le pueda controlar la nómina. La casta política que nos gobierna, lejos de minimizar el número real de sus miembros y de minimizar el dinero que los diferentes órganos del Estado consumen como una hoguera, teatraliza frases con más o menos pompa y boato que ocultan una continuidad en la colocación de sus efectivos y la idea crónica de que el dinero de todos se reparte para favorecer a unos cuantos allegados. Ese pago de dinero público en rima con viaje lúdico, sería inadmisible en cualquier otra sociedad europea, salvo tal vez la polaca. Y repito mi respeto por el Papa y por los cofrades. Ya están aquí los nuevos diputados. Ya aparecen los viejos vicios que no distinguen entre el ámbito público y el privado. Urge un replanteamiento de cuántos organismos públicos deben existir, pero esa idea tiene que ser analizada y propuesta por nuestros políticos y la vida está muy mala para tener que plantearse ahora dónde va a trabajar uno. Así que nada. Que todo cambie para que todo siga igual como dijo Lampedusa. En efecto, todo sigue igual. Esta nueva aristocracia considera las críticas a sus actos, ataques al Estado y a la democracia, como acostumbran a decir todos los dictadores.

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4 de julio

Hoy cuatro de julio, fiesta en Estados Unidos, mayor que la próxima de San Fermín, también celebrarán algo en Macharaviaya que tiene mucho de sabor americano auténtico. Allí nació en 1746 el militar Bernardo de Gálvez uno de los héroes significativos de la guerra contra los ingleses por la independencia de los Estados Unidos y uno de los pocos malagueños que ha señalado en el mapa del mundo para muchos americanos no sólo a Macharaviaya, sino a Málaga, Andalucía y España. El europeo, y más el español, considera que el orbe está obligado a saber sobre él y a reservarle un hueco en su universo cultural quizás a causa de fenómenos como que el meridiano de Greenwich cruza por Londres y Barcelona, o que el planeta fue cartografiado, y ya de paso esclavizado, por sus navegantes. Habría que revisar un poco esos tintes ideológicos que, igual que el Colacao en la leche, se transmiten batidos entre las párrafos de historia. Nosotros nos creemos que España existe porque estamos aquí, cuando uno se mueve a cualquier allí se lleva un corte. En un mundo globalizado, la marca de cada país supone un elemento fundamental para sobrevivir no sólo como entidad, sino para sobrevivir desde un punto de vista económico. Los Estados Unidos sienten una extraña devoción por todo lo francés. Los padres de su patria estaban imbuidos del espíritu enciclopedista y del racionalismo que condujo a ambos pueblos hacia su independencia y hacia la revolución que entregó el poder al pueblo. Este hecho ideológico en el imaginario americano ha producido conceptos tales como que a todo lo que se considere cuidado, fino o especial, se le llame francés. Una ventana tradicional se llama francesa, igual que a una puerta interior con cristales, o a unas humildes y simples patatas fritas. Todo lo bueno viene de Francia según esa visión de la existencia. Hasta tal punto llega esa franco-filia que el idioma francés se estudia como segunda lengua en sus escuelas a pesar de que su importancia a nivel mundial es relativa y más que simbólica en los Estados Unidos.

Pasé un mes en Nueva York y comprobé la mínima presencia de España en la capital del mundo. Que nadie confunda lo español con lo hispano porque lo uno no conduce a lo otro. En las vinaterías de Manhattan el cliente encuentra caldos chilenos, australianos, californianos e incluso blancos del propio Estado -buenos por cierto-, pero sólo leves testimonios y no siempre aceptables de la industria vinícola española. Este ejemplo sería extrapolable a todo lo demás; por poner una excepción honrosa, Zara en la quinta avenida si no recuerdo mal. De esta grave crisis de modelo productivo que estamos padeciendo, nos están librando las exportaciones junto con el turismo, pero nuestra presencia en el mercado americano es mínima frente a otros competidores. Colón no es considerado español. Personajes históricos como Gálvez constituyen una puerta fundamental hacia la presencia española en aquellas tierras. Bernardo de Gálvez, él solo, como dice su escudo de armas, ha hecho una gran labor por España tanto durante su vida aventurera como mediante la invocación de su memoria. Miles de ciudadanos americanos sitúan a Macharaviaya en un mapa de Europa que lejos de aquí, y del norte de África, no interesa tanto como creemos. Existe un monumento en Washington dedicado a la memoria de este español al que George Washington pidió que desfilara a su derecha como prueba de reconocimiento. Hace años que la política exterior española transcurre por senderos erráticos y de dudoso interés; olvida la reivindicación de muchos hijos de España. Gálvez significa una inapreciable campaña publicitaria que insertaría el nombre de nuestro país de modo duradero en amplias capas de la sociedad americana. Evitaría que la tortilla de patatas allí se tildase como tortilla francesa y nadie diría que Colón era francés y profesor en la Sorbona, ni que Michelle Obama veraneó en la Marbella de la Costa Azul. Llevamos décadas de oportunidades, de hermandad y posición cultural y de mercado perdidas a pesar de que Gálvez nos puso tan fácil la conquista sentimental americana, como a ellos su independencia. Aquí julio sólo es San Fermín que seguro viene de Francia por cierto.

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Porra antequerana

Fue alumbrada por orígenes humildes; por ello se desprecia y maltrata. A nadie se le ocurre modificar la receta de la vichyssoise con tan rimbombante nombre

Dado que llegan las calores ahora que se fue el calor; dado que la actualidad política local aún anda en ebullición como para meter las teclas y dado que soy antequerano por los cuatro costados, voy a poner por escrito este tema para mí dogma de fe y daguerrotipo en la memoria de mi niñez y de mis mayores. Como en cada inicio de verano comienzan las invitaciones por guateques y saraos; cuando llegan los platos estivales sobre la mesa, comienza la pregunta cansina de siempre: ¿Es lo mismo el salmorejo que la porra? Ya me aburre responder; sobre todo porque en ocasiones detecto una cierta antequerano-fobia, entre comensales filo-archidoneses que reivindican como suyo todo lo que proceda de mi Antequera. Dólmenes, Torcal Vega y Peña, incluidos. Esta crónica ausencia de originalidad de los pueblecillos de la Vega de Antequera se mezcla con la actitud acomodaticia ante el plato de muchos que frente a cualquier gazpacho más o menos espeso, lo tildan de «porra» o «salmorejo» porque el nombre suena más fino. Y no. Cualquier mezcla fría de verduras no es digna de ser llamada «porra antequerana». Apelo a la imaginación de mi lector para que intente visualizar con papilas gustativas la vez en que fui invitado a un pequeño concurso de elaboración de porra y una concursante arrojó a la batidora unos diez ajos para unos cinco comensales y se quedó tan tranquila. Hice como que probaba aquel mejunje pero ni acerqué la lengua a la cuchara. Quería seguir hablando con humanos. Por otra parte, si alguien te ofrece una cuchara para comer la porra es que la cosa va mal. Una porra se come con tenedor porque no es un salmorejo ni un gazpacho. Debo decir que he contemplado las mayores barbaridades respecto a lo que me atrevería a llamar la ortodoxia de la porra en Antequera donde el sector de la hostelería, y más el de la hostelería gastronómica, acumula un exceso de defectos que sólo compensa la belleza del lugar. Vaya por delante la crítica constructiva. En una reunión con amigos antequeranos me hablaron de porras elaboradas con remolacha y con un aditivo de especias que desvirtúan su esencia. En el bar donde estábamos la servían con un chorro de aceite por encima, como si de por sí no llevara bastante, lo que le afeaba el sabor y la necesaria textura.

La porra antequerana fue alumbrada por orígenes humildes; por ello se desprecia y maltrata. A nadie se le ocurre modificar la receta de la vichyssoise con tan rimbombante nombre lleno de sibilantes francesas, o de la langosta thermidor de tan alta cuna o de un sofisticado cóctel manhattan, pero la porra es campesina y proletaria, parece que se encuentra ahí para que abusen de ella. Y no. La porra necesita paciencia en su elaboración; su nombre nos llega desde el mortero con que se mezclaba y aún pide esa tranquilidad; no se trata de una mezcolanza en la trituradora del bollo que sobró, junto con las verduras y un chorro de aceite, no; eso será otra cosa. Una porra exige cuidado extremo en la elección de sus ingredientes pues todo está crudo. Un pan cateto asentado de dos días –en Álora lo compro– lo más chapado a la antigua posible; tomates pera muy maduros de las huertas de Vélez; el mejor aceite de Mondrón o de Archidona, un pimiento verde o rojo de Torrox y un solo diente de ajo, sal y un poquito de vinagre de gran reserva de Jerez, con cuidado porque licua la mezcla. Primero se funden el ajo destripado para que no repita, el pimiento y algo de aceite; dejamos en el recipiente esta mezcla a la que añadiremos la pasta producto de casar poco a poco tomates limpios de piel y pepitas, pan sin corteza mojado y estrujado, y aceite. Removemos con calma y cariño, añadimos sal; por fin el vinagre, y al frigorífico. Servir al gusto cubierta por jamón de Huelva, huevo cocido, atún de Cádiz, pepino de Almería; e incluso intentar la porra pija, con piña natural, salmón ahumado, huevo cocido y caviar de Riofrío o sucedáneo. Como antequerano aceptaría el nombre de «porra malagueña» para tan excelente plato con cualidades nutritivas más que completas y compendio de los productos de nuestra provincia al que sólo falta la compañía de unos vinos de Ronda o de alguno de los últimos blancos novedosos de Mollina. Qué mal vendemos nuestra sabiduría de Málaga, con la cocina popular tan sana que disfrutamos.

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Desinterés por la educación

Rubalcaba, ya en modo starlet presidenciable, ha anunciado que los futuros aspirantes a profesor deberán realizar una especie de MIR, esto es un período de prácticas precedido de un examen. Quiere demostrar así el gran interés que en su grupo despierta la educación, mediante esta idea de utilidad más que dudosa para el arreglo integral de uno de los principales problemas de España, si no el primero. En mitad de una crisis económica que afecta al mundo Alemania crece tanto que hasta importa nuestros ingenieros y los alimenta con nuestras hortalizas. Alemania lleva siglos con niveles y políticas educativas aquí impensables porque usamos la educación antes como arma electoral y servidora de intereses ajenos a las aulas que como el camino que garantice el progreso y la consolidación de toda la sociedad española, no ya en el futuro, sino en el mundo actual. El sistema educativo en España semeja un viejo galeón a la deriva capaz de soportar aún carga pero que, como aquella flota hundida en Cuba, compite con buques de acero. Pero seamos conscientes, la educación importa muy poco a la sociedad española en general incluida la administración educativa que se limita a gobernar la nave y capear tormentas. Falta la voluntad política de todos los grupos para abordar un pacto de educación que hace lustros tendría que haber revolucionado extensas áreas del funcionamiento de la sociedad española en su conjunto. Quizá por eso a nadie interese profundizar en el problema. La sociedad española es fea y no quiere mirarse al espejo. Es cierto que el fracaso escolar arroja en las estadísticas cifras muy altas a partir de una determinada edad que coincide con los trece y catorce años; muchos adolescentes pasan una gran cantidad de tiempo solos dados los absurdos horarios laborales españoles que impiden la presencia de los padres en las casas como vigilancia, compañía y ayuda de sus hijos. Gran parte de los problemas en las aulas hunden sus raíces en el exterior.

La educación debería presidir la organización social, máxime cuando España pretende competir en unos mercados globales con poca piedad para quien no cuente con preparación, pero como en aquel poema de Quevedo, la mirada revela la ruina. Las series televisivas dedicadas a un público adolescente se emiten en horarios impropios para que alguien pueda madrugar al día siguiente y ya no entremos en los valores que transmiten ni en la actitudes y mundo que muestran. Pero a quien considero que menos importan los problemas de la enseñanza es a la propia administración educativa, por más que de vez en cuando aparezca algún político como ahora Rubalcaba rebuscando medidas en la chistera. Nuestros alumnos realizan la prueba de Selectividad y eso significa que algunos profesores falten durante varios días a sus Centros porque están implicados en la corrección de exámenes. La administración ha convocado oposiciones y se lleva de los Centros al profesorado que pertenece a los tribunales aunque aún no haya finalizado el curso. Estos actos no se realizan durante el mes de julio para que así no molesten las vacaciones veraniegas de algún colectivo que siempre va a estar por encima de los intereses primeros de la educación de nuestra juventud. Mientras los alumnos permanezcan aparcados seis horas y media dentro de los recintos escolares no se producirán quejas de las asociaciones de padres. Prevalece por desgracia el concepto de escuela como solución a problemas de horario laboral, una confusión de funciones. En estos meses arreciarán anuncios de soluciones milagrosas para estas intrincadas cuestiones antes con miras a las campañas electorales que a su arreglo. Rubalcaba ya ha aparecido con el método para que los profesores ingresen en su función docente pública; ahora a ver si explica también a cuántos alumnos atenderán por aula y qué deberían enseñar y en qué horas. Este país se propuso hace años ganar medallas de oro en deportes y lo consiguió. Falta la voluntad real de que dispongamos de un sistema educativo de oro, lo que implica modificaciones sociales tan profundas que asustan a partidos políticos, sindicatos, patronal, padres, profesores e incluso clero. Demasiados intereses en manos de estos pésimos gestores y políticos que entre todos hemos elegido.

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