Charles
Como un decorado de neblina, recuerda los mimos de su madre junto a un osito de peluche blanco dentro de la cuna. Algo cambió. Nochebuena. Charles entra en casa y un fuerte olor a ácido le llega desde la cocina; mamá se bebió el coñac con que hierve la carne; como casi todos los días, lo ha vomitado. No está bien su estómago. Papá también se acostó hace rato; ronca con fuerza desde su mundo de sueños tormentosos; papá también bebe, más en fechas señaladas. Charles coge algo del frigorífico y enciende la tele; sube el volumen para no oír la de los vecinos. Pronto se quedará dormido sobre el sofá. Otra Nochebuena en su calendario adolescente. Por la mañana, sus padres aún tardarán en despertarse. Prefiere ir a la calle; desde hace unos años, los comercios abren todos los días y la Navidad es más divertida, dentro se está calentito y las chicas vestidas de rojo ofrecen porciones de turrón.
La Pantoja
No se comprende esa cierta falta de imaginación que, en general, lastra los guiones de buena parte del cine español; sobre todo, visto el ruedo ibérico que nos rodea. Casi tan importante como las recientes designaciones de ministeriales, ha sido la breve libertad de Julián Muñoz, cuyo brillo o mate sobre las fotos se deben menos a sus méritos ediles, que a la pareja que lo encumbró a la high life. La Pantoja. Cientos de funcionarios de la agitada vida judicial y policíaca están siendo investigados por su acceso sin justificación a la ficha policial de esta tonadillera, desenvuelta en la copla con igual soltura que en la biografía progresiva, y no sé si los escritores se percatan del filón que esta mujer genera a cada paso. ¡Ah, si hubiese nacido en Los Ángeles, por poner un ejemplo! Observemos con una cierta distancia. Una jovencita de origen humilde alcanza, mediante su esfuerzo y arte, un lugar en el corazón de los productores discográficos. Hasta aquí, Dolly Parton y su conquista del camionero medio americano.
Famosa y deseada, custodia su candidez y la pregona el día de su himeneo, a bordo de una carroza conducida por corceles blancos y, como ella, virginales, se publicó. Además, el contrayente, torero de raza. Ya nos hemos venido con estos detalles hasta el orbe hispánico. Si quisiéramos explorar las posibilidades de este relato en Estados Unidos, quizás su trasunto sería, mutatis mutandi, Anna Nicole Smith. Les recuerdo. Un millonario de Texas, ya octogenario, acude a un estriptís; la vio y le propuso matrimonio. Una de las relaciones más sinceras que conozco. Ambos vieron sin engaños lo que se les venía encima. Él murió a los pocos meses, dicen que con una sonrisa soez en su rostro. A ella la superó la fortuna. Pero centrémonos en el glamour sureño de nuestra sevillana. Un torero no está al alcance de cualquiera. Ya vamos triunfando sobre la posible competencia yanqui. Además, viuda. Sus andamios sentimentales reconstruidos sobre gentes, ante su sombra, mediocres, abocados a una senda al borde del funambulismo financiero, quizás por hacerse dignos de sus do sostenido. ¡Qué bonito! Telenovela y película de género negro a un tiempo. ¡Ojalá cantase temas de Edith Piaf! ¡Ojalá combinara junto a los faralaes un jersey negro culminado por boina! De vuelta a Las Américas, nos vemos obligados a una comparación con Liza Minelli, o con la más grande, por excelencia mito, Marilyn Monroe y sus vendavales. Aconsejaba Rilke a un joven poeta que observase su alrededor para plasmar las sensaciones en verso. La industria americana se fija en sus nombres cotidianos. Aquí la realidad se desprecia por novelesca. Y esta realidad costará sanciones a cientos de funcionarios que en vez de dirigir sus vías informáticas hacia la pornografía, se encaminaron, peregrinos del morbo, hasta la ficha penal de la reinona mediática de España. Y Olé.
Universo
¿Recuerdan aquel mal chiste del maestro zen y el discípulo? Creo que por fin lo he entendido. “Maestro, ¿la luna es grande?” Respuesta: “Eso depende del armario”. Por fin lo he visto. El maestro zen quería indicar al discípulo que hay cuestiones lejanas a nuestro limitado coeficiente intelectual y tarjeta de crédito. Por ejemplo, la idea de universo. El universo asusta porque es negro y es grande. Adjetivos perfectos para que nos infunda pavor el perro de los Baskerville, o el amante de nuestra pareja. Pero sobre todo amedrenta porque su inmensidad trasciende nuestros cálculos. Por ejemplo, si la teoría del Big que se hace Bang y luego retorna al punto Big fuese cierta. ¿Quién abonaría la cuenta de la tintorería dado un número de arrugas cercano a infinito? Aún sería peor si se confirmase la teoría del eterno Bang que se disuelve por dispersión de todos los átomos y quásares. Entonces imaginen las facturas de teléfono, o las tarifas del peaje para ir a comprar el pan, acto que por otra parte exigiría un camión para traer a casa una modesta baguette, y no digamos la maquinaria para mojarla en el café, o el tractor para untarle mantequilla. Si reflexionamos, nos sentiremos felices porque existimos durante la edad dorada del universo, ni ancho, ni estrecho. Aunque según elucubraciones sobre el ignoto y curvo espacio-tiempo, quizás haya universos paralelos con anti-materia y diversos yoes a la vez. Tal vez eso explique las bragas que aparecieron el otro día entre mis sábanas, junto a manchas de carmín en mi camisa y nadie cree que yo no tenga nada que ver en ese asunto, e incluso ciertos vórtices de energía puede que hayan ocasionado que atraviese la barrera del continuum ese cobrador del frac que se presentó en mi puerta con una factura de la sauna Pecado’s en la mano y un revólver en la cintura. Creo que soy víctima de una confabulación inter-estelar, o existencial, porque de Dios aún no hemos hablado.
El candidato socialista
Algo se mueve con una orientación positiva dentro del PSOE de Málaga. El desembarco de Bernardino León ha unificado corrientes internas de modo que la nueva Comisión Ejecutiva Municipal queda compuesta por nombres con solvencia política y prestigio profesional más que reconocido. Bernardino aterriza pertrechado de un gran currículum en negociaciones complejas. Quienes lo conocen indican que se trata de una persona muy equilibrada y con una visión sagaz de futuro que le permite articular un discurso bien planteado sobre cualquier elemento que someta a estudio. Casi un paciente profesional del ajedrez al que es difícil que se le escape una ficha en la esquina contraria del tablero. En el Ayuntamiento saben bien de sus múltiples tareas, y me consta que nunca ha olvidado a Málaga desde Madrid; tras las bambalinas impulsó proyectos para esta ciudad. Si se presentase a la alcaldía, habría aparecido un candidato creíble ante un Francisco de la Torre muy difícil de superar en las urnas.
Para cualquier líder socialista que desee cruzar hacia la orilla del poder munícipe, varios tramos rotos aparecen en el puente electoral. Como ayer escribió en este periódico Joaquín Marín D., los socialistas han perdido mucho tiempo. Ya van tarde. Por más que Bernardino opine que un año antes de las elecciones aparecerá el pretendiente, y que ese tiempo le parece razonable, cualquier espectador del coso político sabe que enunció una oración de sesgo diplomático. Los actuales ediles llevan muchos años trabajando, bien o mal, pero en los barrios junto a asociaciones de vecinos, mientras en la mayoría de esos espacios, la oposición socialista ha estado ausente y sus militantes se volvieron invisibles. Los sufragios de 2011 son locales, con lo que no basta un rostro conocido sobre un cartel. Además, la huida de Salvo Tierra, a quien la oposición en Málaga se le antojaba pequeña, igual que Marbella a Paulino Plata, puede convertirse en un arma arrojadiza para el futuro, un efecto psicológico para electores que decanten su papeleta hacia un voto útil que luego no descienda hasta la o el que no se pueda mover. Está muy bien la cuestión paritaria, pero antes habría que confeccionar las listas según orden de interés por la ciudad y no por la foto, o por el trampolín político hacia otros cielos. Bernardino León cumple los mejores requisitos como posible cabeza de la alternativa socialista para el Ayuntamiento y, quizás, sería el único en condiciones de superar los obstáculos a los que antes aludí. Heredia carece de carisma, y de un bagaje político, gestor o cultural comparable al de Bernardino. Martín Reyes, a pesar de su buena labor en condiciones difíciles, aún es persona poco conocida. En ese elenco de la Comisión Ejecutiva se encuentra, sin duda, una alternancia de poder posible y saludable para Málaga. Las ausencias de oposición siempre fueron nefastas.
Americanos
Aún perduran los tópicos sobre los Estados Unidos y sus habitantes. Donde uno estuviera cuando los partidos de la Copa Confederaciones, debía oír que los norteamericanos no saben jugar al fútbol -pero ganaron a España-, que tenían la suerte del principiante, -casi eliminan a Brasil-, que si allí apenas tocan el balón -pero quedaron subcampeones. Una vez finalizada la lista de tópicos sobre balompié y Estados Unidos, continuaba la de Estados Unidos a secas. Las ideas que el común de los españoles expresa sobre los americanos exhiben los mismos desconocimientos que a ellos les achacan. Ya saben. Allí no hay protección para los pobres; además, es una sociedad racista; los obreros están muy mal; ponen trabas en la frontera para entrar; su himno habla de Dios como de un colega; su sistema escolar es pésimo; los americanos no saben, por ejemplo, dónde está Albacete.
Una sarta de argumentos bien sólidos emitidos por un grupo de amigos que viven en un país donde Cáritas no da abasto, con desempleo crónico, las pateras nuestras de cada día, nacionalismos ultra-excluyentes en los parlamentos, alarmas y rejas en las ventanas, hospitales con cuatro camas por habitación, cinco minutos por paciente para el médico, una iglesia católica a la que ningún gobierno es capaz de expulsar de los centros de enseñanza, el mayor índice de fracaso escolar de Europa, licenciados que ignoran la capital del estado de Nueva York, y una selección nacional de fútbol multimillonaria, derrotada ante el esfuerzo físico de un grupo de deportistas que mostraron una voluntad de victoria en todo momento.
Don Evaristo D’Angelli
Igual que quien acaricia su certificado de inocencia, se acicaló parsimonioso la corbata granate, la gomina sobre el lateral del pelo y los puños de su camisa blanca aún con aroma a envoltorio. Casi se colocó en posición militar con las manos enlazadas ante sí. Protegido por su traje gris se sentía acorde con la solemnidad que requería el acto. Como una ráfaga, aquel repiqueteo de altos tacones femenino junto a él lo distrajo tanto que apenas percibió los toques de campana e himnos, preludios de esa devoción a la que riguroso y periódico se entregaba por imperativo familiar desde los diecisiete años. La mujer, vestido de luto, tocada con mantilla, el perfil de sus piernas dibujado por medias de red, legó al aire efluvios florales competidores por momentos de los ramos y cirios sobre el trono de la Virgen. Corneta, clarines, tambor, tambor.
No pudo evitar Don Evaristo que se le desviasen los ojos durante las primeras paradas, desde la corona de la Reina del Cielo a la que seguía sumiso, hasta aquellas nalgas redondas, frente a él alzadas como pomelo en gajos. La penitencia, corneta, tambor, paso, paso, se le antojaba algo más dura que en años anteriores. La edad, tal vez. La primavera significaba aquel despertar de la sangre y el rito. Moría la luz vespertina a pocas calles aún de la Hermandad. Quedaba un largo camino. Buscó refugio en la memoria; su padre lo había instruido en cada recoveco del protocolo. Aún recordaba aquella mueca de leve sonrisa cuando ambos apretaban a un tiempo sus respectivos cilicios, o los consejos mientras elegían piedrecillas planas para introducir en los zapatos, siempre de estreno. La Santa Señora parecía aliviar por momentos su tensión a pesar de aquella ineludible presencia femenina.
Transcurrió el recorrido, tambor, tambor, clarines. La visión del manto de la Madre Dolorosa se distorsionaba a causa de aquella cintura por los encajes del velo mecida. Don Evaristo D’Angelli sentía rotas las plantas de los calcetines; un tenue hilo de sangre ya manchaba su pantalón. Se cumplió el designio según el final de Cuaresma; en esta ocasión el desfallecimiento superaba a la voluntad. Ocurrió entonces el milagro. El vestido de aquella mujer se había desgarrado desde la raíz de la cremallera. El tanga revelado le insufló aliento y ya sólo se encontraba impaciente ante el pronto regreso a casa. Tambor, tambor, cornetas, aplausos e himnos. Encierro. Cojeó hasta el dormitorio con deseo de finalizar aquella liturgia. Sobre la colcha ella aguardaba ahora sólo vestida con las medias de red y los tacones, como así lo había instituido su antigua estirpe cofrade.
Rafael Perales
Esquelético, con la dentadura inclinada al interior, cetrino más que moreno, y los hombros arqueados hacia fuera, sazonaba poca gracia en sus conversaciones siempre sobre asuntos relacionados con el trabajo, o los últimos programas populares de televisión. Un hombre demasiado metódico para que atrajera a otra mujer excepto la que condujo a los altares. La existencia sosegada de quien tras muchos años obtiene un bolígrafo recubierto de oro, regalo de su empresa. Disfrutaba, sin embrago, con los celos que esclarecía en su esposa.
-Pues ha llegado una empleada nueva a la oficina -punzaba cuando Rosa servía la comida-. Una chica muy agradable -alzaba un bocado con gesto serio.
-¿Qué tendrás tú con esa? Porque ya es la segunda vez que me lo dices. -La señora se retiraba a buscar algo.
-Pero qué cosas tienes, Rosita mía. Eso no es cierto, yo no te he contado nada.
-Si no te acuerdas, porque no sabes ya ni lo que dices, peor para ti. Se ve que tienes asuntos en los que pensar. -Arrojaba sobre la mesa un plato de boquerones fritos.
-¿No te sientas mujer?
-No. No tengo ganas. Cenaré mañana.
Tras un par de horas, el ritual concluía con unos besitos y la frase lapidaria de Rosa: “¡No son nadie las mosquitas muertas esas!”. Rafael se sentía como un rajá arropado por la favorita de su exiguo harén.
Los humanos continuaríamos subidos a una rama en África si disfrutásemos con lo que se nos ofrece al paso de las horas. Como homenaje a los ancestros nos obligamos a explorar el más allá; que el paisaje diferencie los días. El hombre es movimiento a imagen de sus relojes. Uno dormita pacífico en el sofá y, de pronto, lo asalta la angustia porque morirá algún día y, por ejemplo, nunca fue pescador de altura. El aguijonazo, de compleja sanidad y difícil quiebro. Si la víctima realiza los delirios inducidos por esa ponzoña, permanecerá en calma durante años, incluso, toda la vida; de otro modo, se encadena preso de una alucinación crónica, sumido en el sueño de un pretérito imaginario que evoca en cada rato ocioso, atunes entre redes que nunca existieron, junto con fauces de tiburón; el paciente babeará ante el fantasma de mujeres exuberantes expuestas en esos puertos a los que nombra el prestigio de lo exótico; y, lo que es peor, flagelará a cuantos lo rodeen con narraciones sobre sus deseos imposibles en las que se exhibe un saber sobre esos temas adquirido en reportajes de revista dominical.
Rafael retozaba cuando su aguijonazo lo sentenció como cónyuge mustio preso de un matrimonio con demasiada virtud; obsesionado por el intercambio de pareja como estímulo para el deseo, convergió todas sus energías hacia una misma hazaña. Existen personas que piensan cuantas novedades les presenten; con igual criterio dilapidan horas remirando un par de calcetines de rebajas, o si aceptan un cargo superior. Su anverso se cifra en esos caracteres que comienzan con facilidad caminos de final dudoso, también reflexivos, pero incapaces de que las elecciones desplieguen ante su paso los espejismos del sendero. La ilusión ciega al relámapago. Quizás nos rodeen esos tipos calculadores de inconvenientes en proporción justa con quienes cierran los ojos ante el salto.
La compra de una cámara de fotos digital inició la aventura; los ensayos revolvieron costumbres domésticas con enseres que Rafael contemplaba desde el balcón. Una noche en que cumplía la costumbre de la cópula quincenal introdujo la máquina entre el juego.
-¿Qué te importa? Si esto no lo veremos más que nosotros, mujer.
-Que me da vergüenza, te digo.
-Venga, ponte así ¿Ves? Mira, la foto inmediata. Mira. ¿Ves?
-Pues salgo fatal, no me gusta nada.
-La borro. Ya está. Venga, Rosita, maquíllate, venga, bonita, anda ¿Qué más te da? Si lo hago para divertirnos.
Rosita arguyó después menos inconvenientes. Había sido educada por su madre en la firme creencia de que lo que un hombre busca por las esquinas lo que no encuentra en casa, cedería, pues, a los pequeños caprichos del marido cuyas veleidades se incrementaron conforme aprendía los misterios de los programas informáticos para colorear, modificar y perfeccionar las imágenes. Apenas los dos niños abandonaban la casa, Rafael prestidigitaba ante su esposa un tanga, un vestido de encaje, un disfraz de criada con encajes a la altura del pubis, un pene de goma, incluso, dos de diferente textura y tamaño. Eclosionaron las imágenes: en la cama penetrada por su marido y un juguete, en el sofá realizando una felación y pintada como una prostituta de estampa costumbrista; con medias y tres falos según voluntad del coreógrafo; en fin, las sorpresas fueron a más y la vida sexual de los Perales tomó un rumbo tan feliz como inimaginable para quien los conociera, pero el aguijonazo no cesaba su comezón.
Rafael Perales recibió un curso para empleados sobre la navegación y uso de Internet; durante aquellas clases, un compañero le aconsejó una página pornográfica gratuita; allí se exhibían, por orden alfabético de seudónimo, las fotos de parejas, tríos o señoras que enviaban los propios usuarios; además, a través de aquel pasillo se accedía a un salón virtual para quienes buscaran el intercambio de parejas, o de materiales gráficos más explícitos. Cuando las sesiones erótico-domésticas destaparon su monotonía por reiteración, a Rafael se le ocurrió encender el ordenador y descubrió ese nuevo mundo a Rosita. En contra de lo que él imaginaba, ella mostró una gran curiosidad por las modelos, los distintos enlaces y los comentarios soeces y laudatorios que los viajeros electrónicos escribían sobre las mujeres allí expuestas. Rafael condujo con disimulo la mano hasta la entrepierna de su mujer, que seguía leyendo en la pantalla como si buscara una receta para comida de aniversario; Rafael introdujo su dedo por la vagina excitada igual que cuando los primeros escarceos con la maquinaria venusina; tras unos segundos, besó su cuello y gozaron ante el ordenador con un ímpetu sorprendente para ambos. En pocos días, las fotos de Rosita espoleaban a cuanto navegante descubriera aquella página; no se ofendía por los textos sicalípticos remitidos a su correo acerca de sus pechos, su magnífico culo o la preciosidad de su pubis rapado, último hábito suyo; así lo presentaban todas las porno-divas y aficionadas que aparecían en la Red. A los cinco meses de haber iniciado este juego, Rafael le propuso que visitaran cierto bar de copas.
-¡Pero qué vergüenza! ¿Y si no sabemos qué hacer allí?
-Bueno, mujer, se trata de mirar, comprobamos si nos gusta aquello y ya está.
-¿No te importaría verme con otro?
-Yo qué sé mujer. ¡Qué preguntas haces! Una cosa es que te acostaras con alguien sin que yo lo supiera y otra, esto; es una especie de carnaval; los dos nos disfrazamos de lo que no somos. Yo te quiero, tú me quieres y los matrimonios necesitan complicidad, novedades; lo que estamos haciendo, cariño. -Rafael, como un gato meloso, mordió el hombro de Rosita a la vez que le acariciaba los pezones.- Además, ya sabes el éxito que tienes, amorcito. -Rosita se tumbó en la cama.
Tras enviar a los niños con su abuela materna, el matrimonio Perales se lanzó hacia la Costa en busca de sensaciones experimentales protegido por lencería comprada la ocasión. Rafael conducía abstraído en unos tenues espasmos estomacales originados por una mezcla de incertidumbres, miedo y excitación sexual. Llegaron al “Sirius”, en Fuengirola. Cuando abonaron la entrada, una rubia madura con formas redondeadas, Fani, la dueña, los recibió como solícita anfitriona, orgullosa de su establecimiento. Un local amplio y elegante, con pistas de baile oscuras, saloncitos con luces rojas y camas, piscina, bañeras y un buen número de clientes, muchos de los cuales se acariciaban entre las sombras. Los inquietó aquel ambiente. Fani, tras indicar a uno de los camareros que les sirviera una copa, apareció con una pareja; al principio, ella condujo la conversación, surtida de anécdotas y risas; luego, cuando el alcohol provocó sus efectos, los cinco intervinieron con mejor ánimo y desparpajo. Fani propuso un baño de espuma; allí, comenzó a acariciar a los dos hombres, luego a las dos mujeres; vencida la vergüenza inicial, los cuatro culminaron sus deseos bajo la supervisión de aquella domadora circense.
El regreso transcurrió silencioso. Rosita había chillado de placer, mientras que alguna dificultad eréctil y eyaculatoria de su cónyuge hubo de ser resuelta por la anfitriona con bastantes dificultades. Una experiencia desagradable; el aguijonazo de Rafael se manifestó nefasto; de esos aguijonazos trampantojos que sólo conducen a la tristeza, incluso, a la ruina. No podía olvidar los gemidos de Rosita; con él nunca brotaron con tal volumen; exclamaciones leves tras el acto, pero poco más.
La convivencia se enrareció. Rafael fue deslizándose por el barranco de un desatino que le inducía al recuerdo del otro en cada postura, en cada gesto de Rosita, en sus ojos cerrados o en sus novedosos ayes de diva. Los celos surgen y veloces calan raíces alimenticias en el jardín de nuestros complejos personales. Rafael comenzó a comportarse de un modo inconveniente en el trabajo, padecía episodios de ausencia aunque hablara con el director de su departamento; los informes, redactados a trompicones, henchidos de anacolutos, errores e incongruencias no llegaban a tiempo. Sus superiores lo sancionaron; aquella empresa facilitaba el despido a quien no la satisficiera aunque ostentara el galardón de empleado ejemplar sobre la solapa.
Rafael perdió el control. Huía durante la media hora del desayuno para comprobar dónde se encontraba su esposa; además, adquirió artilugios que registrasen todas las llamadas telefónicas recibidas aunque fueran borradas de la memoria electrónica. Apenas dormía y cualquier comentario de su señora o hijos ocasionaba una grave discusión. Esos trastornos mentales eran soportados por Rosita, pero no se atrevía a hablar de las causas de tanta amargura. El equilibrio psíquico de Rafael cayó. Se escapaba del trabajo durante más de tres horas para espiar a Rosita. Desbocada su irrealidad, olvidó la cita con un importante cliente al que, como desagravio, atendió uno de los ejecutivos generales. Cuando regresó, tras una bronca con Rosita por su excesiva conversación con el frutero, lo aguardaba en su mesa una orden de traslado inmediato a un puesto de inferior categoría y retribución, en la pequeña sucursal de un pueblo a ochenta kilómetros de su domicilio. Peor que un despido.
Aquella tarde, Rafael destrozó el ordenador doméstico a golpes y arrojó la pantalla desde la terraza hasta el asfalto, por suerte sin más consecuencias. Ante aquel episodio de locura, la policía escoltaba al médico de urgencias, un chico frágil y menudo, recién salido de la facultad frente a su primer caso difícil. Lanzó por delante a agentes con porras y subalternos con la camisa de fuerza; fue el último en entrar con su jeringuilla cargada de tranquilizantes, cuando ya Rafael se revolvía por el suelo como lombriz presa de la trampa. Chilló, como nunca lo había hecho, que se marcharan de allí, que no estaba un loco, que Rosita era una puta y que Rosita era una santa, que Rosita lo perdonara y que Rosita se hundiera en el infierno. Un aguijonazo letal.
LOS BARRIOS LENTOS
LA NIÑEZ ILUSTRADA
Entre las calles poco conocidas,
los pisos sin fortuna rebosaban
de broncas y de golpes fácilmente;
el paro, el poco sueldo
o las desilusiones
asediaban la paz de la familia,
mensajeros de un Dios menospreciado
a la busca de algún altar propicio.
Este era nuestro pan cada jornada,
la imagen simple y sepia de la vida,
la puta realidad
paciente como un francotirador.
Imposible jugar entre los coches;
los locales repletos de basura
nos cobijaron cómplices
en un barrio sin parques ni alamedas.
Siempre fue tonto el último en correr,
y los golpes le daban la medida
del lugar asignado por la tribu.
Paco “el bala” tenía fijo el puesto
entre los perdedores de la escuela
y quiso demostrarnos sus cojones;
golpeó con un martillo el proyectil
que, mientras lo dejaba manco y tuerto,
hizo el favor de darle un nombre propio.
Así se convirtió el niño en ejemplo
de que los héroes suelen ser mediocres,
pero con más fortuna que nosotros.
RONDA OESTE (N-340)
Se alzó junto a mi casa como un premio.
Aquella arquitectura de prodigios,
pronto fue una conquista bucanera;
excursiones felices por arcenes
repletos de despojos:
latas, preservativos, pintalabios,
algún tubo de escape.
Un álbum oxidado en la desidia.
Las noches con matrículas exóticas,
imaginaba alegres pasajeros,
sordos a los encantos
de la quietud fingida del hogar;
el camino de rosas hacia hoteles,
y tarjetas con crédito.
Nunca encontré sus límites.
Ahora circulo rápido por ella,
evita retenciones,
engaña a la ciudad y me devuelve
con desprecio el peaje obligatorio
de las horas que entrego cada día.
ASESINOS
Con quince años,
fuimos ya servidores de la muerte,
mensajeros sin causa
del breve telegrama sin destino,
apenas un motor, la máquina inclemente,
del vodevil que inicia el espectáculo;
luego, su aparición fugaz en la opereta,
con artes de tahúr ensimismada
en sus vicios grotescos
por sabidos.
Quizás la muerte exige sólo muerte,
y punto:
Por la cola, los gatos pendían de los techos
con cierta dignidad ante la farsa;
provocaban las risas al acertar los dardos.
Y las muecas convulsas de las ratas
con la inyección de ácido en los ojos.
O el fiel y noble aullido
de los perros que ardían,
la magia de la hoguera,
como una bailarina de estriptís
que encerrara el deseo
en la luz de su ombligo.
O los otros -cualquiera-
bajo la tarde roja y malva,
el silencio vencido por los golpes,
de dos en dos atados y corriendo
igual que si buscaran
adelantar las horas, la mañana
que no verían.
La muerte exige muerte a sus soldados.
Nos grabó su tatuaje de sombras al nacer.
No cabrá incertidumbre en mi camino.
LAS DEUDAS DEL JUEGO
No has cambiado:
melena hippie
y un ron cola a las diez de la mañana.
Un rápido saludo delimita,
por compromiso,
tu espacio de silencio y soledad
en una barra llena hasta los topes.
Hora del bocadillo.
Sigues cobarde,
instalado en aquellos días
en los que la alimaña del futuro
lamió dócil tu mano,
sol, discoteca, hoteles a los quince,
y el sello de una uñas en la espalda,
carriles de autopista
favorable a los que echan buenos polvos
en la costa.
Inquietud en la noche,
cuando nos enseñabas
las frases convincentes del inglés,
los trucos para abrir sujetadores
o para abrir las piernas;
orgullo del trabajo
y el goce de contarnos tus proezas
antes de irte a la playa,
en autobús.
La suerte previsible
te dejó en cama y solo,
supurando el vacío de las horas sin rumbo,
calles enmohecidas
por un ritmo viscoso, señor nuestro.
Yo pago, te debía las leyendas,
el mundo diferente más allá de esas tardes
diluidas en el cáliz de una iglesia,
o en un partido absurdo con pelotas
de papel en la acera,
esquivando con miedo
algo incoherente,
oculto en la palabra vida.
DOCTRINA URBANA
El día de verano se levanta
tras el escape libre de las primeras motos.
Un viento, que es dulzura, dormirá
faroles e inquietudes.
No conoce alambradas
la ambición del termómetro;
y el sol, con la certeza del silencio,
secará cada nombre,
cada combate.
Lo entiendes,
cuando ya has sumergido
el calor en tu cuerpo,
sin huida posible.
El día será fiel a su estrategia,
inmóvil,
igual que el evangelio
donde la honra alumbra a la desgracia.
Son unos pocos trucos esenciales.
Primero, en la nariz
y cuando el dolor nuble su equilibrio,
en la boca.
Él o tú. Y ya sabes que los hombres
no pueden ser piadosos, ni maldecir el daño
que cultivan. Y nunca
Inclines la cabeza,
el perdón es limosna de cobardes,
sea su muerte la paga del desprecio.
COSTURERA EN EL JARDÍN
Los jardines del barrio
casi no ven el cielo que desgarban los bloques,
y en la fuente
entierran su ternura, triste por el olvido,
peluches y dibujos;
orina, polvo y lluvia.
Pero ahuyentan el orden impreciso,
el martilleo exacto de metrónomo
con que la soledad asfixia.
Fecunda el sol de tarde,
aunque frío,
las escenas campestres del mantel,
y brillan las agujas en el pecho,
galones sobre el luto
por servicios prestados.
A veces la costura pesa,
quizás vista cansada
de seguir a las horas que se escurren;
entonces se remansa en su pupila el tiempo,
como un lodazal
que hará fértil la siembra del hastío.
El desencanto teje cada día;
no hay dedales que eviten las puntadas
de un péndulo en reposo.
JUANI LA LOCA
Basura.
No hay contenedores.
Son útiles las bolsas en las fuentes;
arden, de vez en cuando,
y compiten los niños
que mean desde muchos metros sobre las llamas.
Están rojas e inmóviles, las pupilas de Juani,
espejo de otro mundo ante la hoguera,
su túnel interior con luz de niña débil;
una caja de música en silencio,
rota por la eficaz orina de los niños,
los insultos y golpes.
No se limpió el meado ni la sangre,
según los testimonios,
fue apacible su gesto, mientras apuñalaba
a aquel chulo del barrio;
solamente en sus ojos,
el azul ya enfermizo de la hoguera.
Huyeron los demás intimidados
por aquella concordia tan contraria:
Aquí, la mansedumbre nunca había cubierto
con su manto a la muerte.
Después, sobre el portal, las luces,
la nerviosa sirena azul-naranja,
policías y médicos, sus padres,
al fin, libres de aquel castigo.
Las bolsas de basura arderán otras noches.
Juani la loca,
el cuchillo, el psiquiátrico,
su libertad, las manchas de las calles.
PERROS EN LA NOCHE
Con miedo,
mortecinos de día, imperceptibles,
olisqueando el desprecio,
o la supervivencia cabizbaja
del reproche en las sobras.
Yo urdía con su imagen,
cuando la cena
quebraba el frágil rato de los juegos,
una legión famélica,
amigos que vencían
el hogar, su liturgia.
No los vimos ninguna tarde;
regresaban a oscuras,
quizás acompañados por el frío.
seguían el silencio,
las trochas entre escombros,
los charcos, la paz sucia
de los signos con tiza
que celebraban el coño de la Paqui
o que alguien tiene cuernos.
En sus fauces traían soledad.
Furtivos,
expoliaron los cubos de basura,
y mi vigilia,
miedoso fanfarrón sin guardaespaldas,
mientras la podredumbre fuese el calor del aire.
A veces, mi hija llora por la noche,
al despertarme siento
una inquietud sureña
por la combinación de noche y llanto;
en la distancia, algún ladrido.
No sé evitar que mi hija
oiga los perros.
LOS BARRIOS FAMILIARES
Las esquinas parcelan como agujas
este molde de hastío,
estratos superpuestos que se tiñen
con cortinas y vaho noble
de café vespertino en los cristales,
cuando en invierno duele la ventisca,
camino del trabajo.
A la luz de los pobres
voltios, calla el papel pintado,
conflictos hogareños
en que la sangre,
bendecida por santos de culpas y escayola,
casi no deja huellas
en la imitación plástica
del suelo de parqué.
Huye por los desagües, el lamento
de quien ve en la derrota
el tatuaje que infecta su destino.
Anuncia la mañana,
el dolor de los golpes.
LA PROFECÍA
Cubre el polvo, los pasos
vacíos de las sombras
y un calor de injusticia
acompasa la siesta;
éramos hombres libres por las tardes,
de tres a cinco, reyes
del silencio y la brisa
que aturde la conciencia,
que derrite el asfalto.
El único mayor que vigilaba,
espectro mortecino del insomnio,
nos quitó la pelota.
La luz era dañina,
y más, aquel discurso
que, sobre miserables, e indolentes
describía con saña
un amplio repertorio de conjuras,
trincheras enemigas y hoteles engañosos,
donde nunca tendríamos descanso
como perros que intuyen la carroña
en la red de los días.
Mientras retuerce
el aire con las manos,
brutal entre el presagio oscuro de los sueños,
alguien lanzó una piedra;
se hizo quietud el odio
y segura, la torpe derrota de los años
Fue inútil que muriese el mensajero;
reconozco, no obstante, que la vida
tuvo alguna nobleza,
pues, igual que en el cine,
engrasaba el revólver,
cuando nos chivató sus planes.
PAISAJE VESPERTINO
Sonó tarde.
El reloj vuelve estorbo la mañana.
Sin afeitar, la misma ropa
y el llanto
de mi hija que despierta
con una historia absurda sobre el monstruo
que papá llama tiempo, y nunca tiene,
y va tarde.
Luego ayuda el atasco;
y el tiempo, que es un monstruo
japonés, ahora vuela.
De pronto, los almendros
-tranquilidad desnuda al paso de tu coche-
te reprochan los límites del día.
Tras la curva atestiguan
el tributo al divorcio
entre alguien que despierta
y un mundo que despierta
con leyes más piadosas,
más exactas.
FANFARRIA PARA LAS CALLES MUERTAS
Trazaron la ciudad para que el tedio
marcara el ritmo lento de los días
y reclutó vecinos como espías,
soldados sin un himno protector,
devotos de miserias cotidianas,
que, entre el ruido trilero de las calles,
son el coro que canta los detalles
del eterno retorno hacia el sopor.
Besos bajo farolas oxidadas
único acelerón a la tibieza
en las horas que quema la pobreza
de un futuro arrancado de raíz;
cualquier operación, a corto plazo,
así la vida pide que se viva
para poder andar sin perspectiva
y en el fondo de nada ser feliz.
Asfalto mal pintado y coches viejos,
tendederos cargados de colores,
banderas que destiñen los sudores
de edificios quemados por un sol
que vuelve perezosas las ventanas,
palcos donde bosteza el desengaño
viendo el teatro del mago torpe y huraño
que mataba la prisa con alcohol.
RESACA
Mi memoria es un mapa preso
del capricho burlón de un contramaestre
que dictó en el cuaderno un falso rumbo;
No coinciden las fotos con los diarios,
Y los lugares tienen otros nombres.
Se enredan los recuerdos
Entre un viento confuso de preguntas.
ALBA
Cuentan que siempre hiciste la calle en estos barrios.
No es verdad;
hacías los retretes, los ascensores,
o los mismos refugios por horas que hoy ocupas.
Íbamos a tu altar, aquella tarde, oscuros,
bajo el brillo insolente
de las farolas,
miedosos navegantes a merced del silencio.
Desde aquel día, heridos
por los trazos seguros de tu lengua,
volvíamos con ron y Coca-cola,
con frecuencia, con prisa y, claro está,
con dinero,
que cortabas tú a hostias
el mal rollo del chulo que quisiera
follar de balde.
Te encuentro en la autopista;
Como a un cliente novato me saludas,
Y me doy el difícil privilegio
De abrazar la memoria, aunque alborotes,
Si te enredo en posturas imposibles,
Engaños que cobijan
Esta porno-victoria
Sobre tus callejones con ratas y sin luz
Tan lejos de mi mundo.
Me demuestras
Que aunque el sexo se oculte en las esquinas,
O haga autostop en zonas de talleres,
Desnudo junto a un fuego,
En la huida
Deja, según costumbre,
Señales que no borran otros labios.
SOBRE MI AMOR
Cuando lo conocí, pillé una faringitis
a causa de una grave ducha fría;
cosas de adolescentes
que compensaron otras duchas dulces
con la limpia insistencia
del jabón en los besos.
Años después, los golpes de reloj,
el orden en la vida marital;
mundo abreviado e impuro
de duchas moderadas, abstraídas
como las buenas noches
que nos dábamos,
tras lavarnos los dientes.
También hubo algún cuarto ajeno,
postal de vacaciones
en el que adulterar con otro cuerpo
la llama de un calor perdido;
la ducha simplemente higiénica
y un ascensor ruidoso,
que nos devuelve a un vago
proyecto de la noche,
cuando el silencio aturde.
Y ahora esta ducha lenta,
cerrados los talleres
que curaban los golpes
en que se funda el verbo convivir,
punto y final de nuestras duchas,
atrae la esencia líquida
donde nada mi amor:
el cubata que cargo antes de la refriega,
las lágrimas,
los fluidos,
-versos con más verdad que cualquier verso-
la necesidad húmeda
de ser saliva en cada hueco,
en cada borde, o en otra historia;
amor inaprensible que te escapas
por las alcantarillas
çcomo el agua a su origen
para volver rebelde y sin aviso
un instante a mis labios.
DETALLES DE PODREDUMBRE
Nos quitamos la ropa con la rabia
de no estar ya desnudos;
dos perros y un despojo de carne en la pelea
se funden
con la lengua, en la espalda, en la victoria
jadeante que se nubla
junto a un cuerpo
por el placer exhausto.
Patente de la urgencia,
la almohada por el suelo,
qué exquisitas cabriolas,
mi luz, mi piel, mi amor,
¿quién no hubiera apostado por nosotros
al vernos en la cama?
Los días, sin embargo, humedecen los muros,
diluyen los colmillos.
Esparcieron su paz muerta en los besos.
Quizá ninguna de estas cosas,
pero los desayunos
en ausencia a tu lado,
los hoteles con nombres cursis,
el chivato ascensor ruidoso,
tus naipes en las bragas
mi fobia a tu teléfono,
la torpe incertidumbre de la lluvia
camino de mi coche
cuando se despereza, gris, la luz.
CONTRA FANTASMAS DE AMOR
Silenció aquel pantano
sus calles.
Desde la presa,
mi abuelo describía
su juventud, sumiso;
le enturbiaban las novias
el oleaje enclaustrado del recuerdo,
y pretendía ver inútilmente
su adolescencia
bajo la superficie legamosa del agua.
Ninguna tarde vio las cumbres
de los montes cercanos
disolverse en la luz, rojizas,
ni la quietud de espejo que planea
tras el rasante gris de los halcones.
La muerte mentirosa
ancla al tiempo pasado la alegría,
va contigo al retrete
en el mejor momento de la fiesta,
no se corta al pedirte
migajas de minutos o de miedo,
que otra vez le darás
dócil como una puta.
Si no, imbécil, dime,
junto a esta chica,
ojos grises que instruye el diablo,
ahora que son propicias la música, las luces,
y la vida se exhibe transparente
bajo las transparencias de su escote,
¿por qué no abrazas
con gesto posesivo su cintura
y la besas igual que un condenado
a la vida?
Te cobrará la muerte su tributo
sin deducir tus anticipos,
y el fantasma que velas, a estas horas,
es un río en los labios de otro.
MOTIVO PARA TATUARME
”Te llamaba
para que nos tomáramos
unas cervezas.
Estaré todo el día en casa,
por favor, cuando llegues,
telefonea.”
La soledad también aumenta de tamaño
avisa, no es traidora,
susurra desde el jueves,
por esa coincidencia
de todos los amigos
en los pequeños viajes
los fines de semana.
Es fiel y libre igual que el lobo
en el pecho tatuado,
su mirada se fija en quien lo mire,
el temor a sus dientes me da fuerzas
como al piel roja.
Anula con su aullido de silencio
la risa de actriz mala
con que la soledad niebla las noches.
MELODRAMA DOMÉSTICO
En frontal, plano medio, un tipo carga
el tambor del revólver;
otro lo empuña dócil a su suerte.
Huye de alguien.
Las apuestas confirman sus victorias.
Me quedo sin patatas,
y desde la cocina intuyo que el disparo
no fue igual que los otros.
El héroe en primer término, sobre un río de sangre.
Sólo una vez se gana a la ruleta.
Seguro que apretó los dientes
para darle al gatillo;
por fin, tras muchos años, la vio en aquel tugurio.
En su memoria dejo las patatas.
Levanto mi cerveza.
No existe indignidad en la derrota, amigo,
pero uno de los dos, a nuestro modo,
merecía la luz clara del triunfo.
FIN
Erecciones
Desde que el humano adoptó la posición erecta, aparecieron los problemas de erección y relación con la hembra de la especie. La próstata, según parece, no soporta bien el estrés moderno, y la mujer, al esconder sus órganos genitales, aprendió a actuar como un aduanero con quien es necesario congraciarse, mediante diversos métodos, para que abra la frontera. La erección, pues, es el gran drama humano; por eso, hay delitos que merecen castigos rigurosos; por lo que propongo que se acuse de “lesa humanidad” al tipo que falsificó las “Viagras” distribuidas en París; según parece, un ciudadano canalla de Bombay.
No es lo mismo vender estimulantes ineficaces en Calahorra, o en la Soria mística y guerrera, que en París o Torremolinos; el daño va a ser de alcances denigrantes. Imagine que convence a alguna despistada para un viaje a París, pagado por usted, claro, que incluya un tópico paseo en bateau-mouche por el Sena, cena en un bistrot de Mont-Parnasse con velas, ostras y champán pagadas por usted, claro, y, cuando los ojitos entornados de la incauta comiencen a soñar paraísos corporales, vaya usted al servicio para ingerir la tal “Viagra”. Ahora, ambos se lanzan a por un taxi que paga usted, en esa carrera loca contra el tiempo, en que calcula el momento del beso, los minutos de estimulación previa, otra botella de champán, pagada por usted, en la habitación, tras un infierno de nervios por disfunción eréctil; para finalizar, con la articulación lastimera de una serie de justificaciones sobre por qué el sexo oral es la mejor experiencia posible para la mujer. Hay delitos, ya digo, que merecen el desuello público.
Pablo Alonso Herraiz
Si no recuerdo mal, fueron los romanos quienes esculpieron para la posteridad que el hombre es un lobo para el hombre. Siempre me pareció el lobo una criatura noble, incluso porto uno tatuado; antes me fiaría de un cánido en mitad del campo que de un semejante. No cultivo demasiada buena opinión de nosotros. La mayor manada de lobos nunca turbaría nuestra conciencia con titulares como los de la semana anterior, reflejo de las facetas más execrables de la inteligencia del humano, animal ajeno a sí mismo, extranjero a su instinto y a su planeta, semi-dios engreído al que jamás importó violar sus crías aún lactantes, o legar bombas al azar para que siembren el pánico entre los suyos. Ya digo, los lobos generaron miedo sólo en nuestro imaginario colectivo, tal vez, porque a algún ser debíamos atribuirle mayor insania que a nosotros mismos; los romanos fueron peritos en estupros, genocidios e inoculación del terror. El hombre es un hombre para el hombre enunciaría esta paradoja necesaria, según veo.
No obstante, también los días pasados me ofrecieron una reconciliación privada conmigo mismo, a través de la última exposición de Pablo Alonso Herraiz, uno de los artistas malagueños con mayor proyección exterior y con una trayectoria más sólida a cada paso. Afortunadamente, en Málaga podríamos escribir esas mismas líneas de otros. Esta buena salud de nuestra creatividad se materializa en la ética con que Pablo enfoca el universo moral humano. Su serie titulada “Pongo un circo y me crecen los enanos”, colgada en las paredes de la galería de Javier Marín, exhibió hasta el viernes una visión de enanos crecidos por encima de las carpas, risueños, laboriosos y felices como símbolos de esas ascuas de bondad que también custodiamos y que, a pesar de que no cumplan las funciones requeridas por la sociedad mercantil que hemos erigido, se avivan en nuestro interior y a veces nos superan hasta mostrarnos como seres libres por encima de esas lonas circenses que coartan la nobleza que algunas circunstancias despiertan. Fueron los románticos alemanes quienes leyeron en D. Quijote al héroe que nos susurra esos párrafos de idealismo que también jalonan nuestra destructiva historia; Cervantes biografió con maestría y crueldad a un fantoche heredero de los extintos caballeros medievales, tan falseados en los relatos como los súper-hombres del club Marvel. La mentira de la mentira, por tanto, nos refleja la verdad y por ahí discurre el camino del armisticio que entablamos con nosotros para que la locura no nos invada. Late en nuestro fondo genético la bondad con corazón de gigante. Oigámoslo por más que el ruido truene.






















