Desahucios

Cincuenta familias malagueñas son desalojadas de su piso cada semana. La fórmula de la tragedia es simple. El banco tasó una vivienda por encima de su valor para poder conceder un préstamo a una familia que ilusionada comprobaba sobre un papel de incierto futuro que podía adquirir una vivienda. El director de esa oficina bancaria se colgaba una medallita más delante de sus superiores y la familia se colgaba una piedra al cuello que, ahora, cuando el previsible crack llegó la arrastra hacia el fondo de una incertidumbre económica perpetua. La vivienda fue sobrevalorada por el banco que concedió más allá del 100% de la hipoteca, pero ahora exige al firmante incauto que siga pagando porque no basta la entrega de la vivienda para saciar la deuda contraída. Prestaron cien por una casa de ochenta que hoy vale sesenta. En la calle y en ruina crónica. Hace muchos años, tras la publicación de mi primer libro de poemas, reflexionando sobre la poesía de sesgo social, declaré durante una entrevista que el beso de una prostituta me parecía más noble que el abrazo de un banquero. La frase fue censurada. Hace mucho que no tengo ideología. Pienso según mis propios análisis y lo que me dictan mis luces. Desde luego, me parecería de un populismo fácil que estas líneas predicaran el asalto a la banca o su nacionalización inmediata. Los bancos también acogen el capital ahorrado con esfuerzos de hogares que se han privado hasta de pequeños caprichos y tras una vida de trabajo se encuentran con un capitalito que aleja fantasmas cuando la vejez. Una medida seudo-comunista en este sentido penalizaría el esfuerzo y en cierta medida premiaría el derroche o el disparate financiero de muchos ciudadanos durante los últimos años. Junto a esto cincuenta familias a la semana ven roto su porvenir a treinta años con interés variable, es decir, doscientas familias al mes bancario de cuatro semanas, dos mil cuatrocientas según el año de cincuenta semanas para cálculos comerciales, dibujan un paisaje humano aterrador entre la frialdad de los réditos y la exactitud matemática de los balances que nunca tienen entre sus asientos de contabilidad conceptos como dolor, ruina u oprobio. Me ratifico en que el beso de una prostituta siempre ha sido más noble.

La sociedad española ha perdido una guerra. La torpeza del peor gobierno que España ha padecido en su historia moderna permitió la deuda de ayuntamientos y autonomías, no fue capaz de terminar con el virreinato despilfarrador de las diputaciones y entrampó al Estado hasta un punto en que España hoy tiene que pedir miles de millones de euros a los bancos internacionales. “Esgraciaíto er que come por mano ajena, siempre mirando la cara, si la ponen mala o güena”. Ni los sindicatos que ahora se rasgan las vestiduras ante los términos de este armisticio protestaron por la locura de gasto público y contrataciones sin fondo, ni los bancos se encontraron incómodos entre la ciénaga de firmas hipotecarias. De este desastre permitido no pueden quedar sólo como víctimas la parte más débil de la sociedad, aquella propicia a caer bajo los influjos del eficaz aparato publicitario bancario y víctima de la propaganda gubernamental que insistía en que España iba bien mientras la estaban arruinando. Esas viviendas que ahora quedan en manos de los bancos engrosan un parque inmobiliario con tanta inhumanidad como inutilidad. Sería preferible adecuar cualquier otra fórmula de pago con cuotas irregulares o reducidas antes que echar a las familias a la calle y que el banco consiga otro piso que se pudrirá poco a poco en su propio vacío. Ni hay compradores, ni conviene para las propias cuentas que figure como un pasivo más que genera gastos. Sólo un proceder inmoral y falto de ética por más que esté absolutamente legalizado conduce a la banca hacia el desahucio en estos tiempos. Esas direcciones sólo son señas de una avaricia sin sentido y tarjetas de visita de un daño del que sus esclavos no podrán librarse jamás. Los antiguos bombardeos se han transformado en desahucios. Un guerra perdida.

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Comentarios

Espléndida reflexión, mi querido amigo, tan llena de sensibilidad e inteligencia como alejada del populismo, una enfermedad muy dañina en España.

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