Urgencias

Según datos, la mitad de los pacientes que acude a las urgencias hospitalarias en Málaga no debiera de haber usado ese servicio. Cien mil, con ceros redondeados. Este hecho afecta tanto al coste, como a la eficacia general del sistema de salud público. Si los galenos lo dicen es que los galenos lo deben saber. Seguro. De lo que también estoy seguro es de que el servicio de urgencias no es de los lugares más divertidos de la provincia de Málaga, salvo para algún caso psíquico e incluso social, y nadie acude allí por gusto. El dolor es una sensación intransferible y privado como las huellas dactilares, como avalan diferentes estudios médicos. Si existiera un dolorímetro, donde el umbral de daño alcanzara valores objetivos como si de un termómetro se tratase, uno sabría cuándo encaminar hacia urgencias sus pasos a partir de, por ejemplo, cincuenta medidas de dolor sobre cien. “Pero ¿cómo no ha venido usted antes, hombre de dios? Tiene treinta y nueve de fiebre y ochenta de dolor.” “Es por no molestar, doctor. Lo del dolor puede deberse a que me abandonó ayer mi novia, y lo de la fiebre a un paseo deprimido bajo a lluvia”. Estoy convencido de que en la carrera de medicina falta bastante formación humana. La ciencia médica avanza una barbaridad sobre los lomos de la bioquímica, la genética, e incluso la robótica, o la electrónica. ¿Pero dónde está la humanidad? Exigimos a nuestros jóvenes unas notas de selectividad altísimas, buscamos héroes juveniles que sacrifiquen sus ganas de salir con los amigos, por el encierro ante el libro de matemáticas, o lengua. Luego años y años de más estudio frenético y de cada vez de más alto nivel, pero creo que por ese camino tan duro a alguien se le olvidó que un médico va a tratar, sobre todo, con humanos y esos estudiantes, angelitos míos, dada la existencia monacal que han soportado poco conocen de la existencia esquinera y sus recovecos más allá de su posible resumen en una fórmula y en unos parámetros objetivos, donde hallarán lo biológico pero no lo humano. Lo humano es maravilloso porque es imprevisible y mutable como la dona al vento; valiente y cobarde a la vez. Los rasgos que nos han hecho tan reyes de la creación que hasta tenemos médicos y servicios de urgencias, frente a las hormigas, los cocodrilos y los ornitorrincos.

Los servicios de urgencias médicas se usan mal por la simple regla de que no se saben o no se pueden usar bien. Una vez un médico me explicaba horrorizado que una pareja de adolescentes apareció en su consulta de urgencias porque a la chica se le había quedado el condón dentro de la vagina. Pues para ellos era un gran problema y no creo que nadie quisiera sentir la angustia de ninguno de los dos chicos. Una amiga recién llegada al servicio de urgencias no comprendía que allí acudieran ancianos a los que en realidad no les sucedía nada, pero llegaban en mitad de la noche y tenían que atravesar toda la ciudad en autobús o taxi, pero aún así allí iban para nada noche tras noche. Yo estoy seguro de que si el anciano hubiese tenido una paga lo suficientemente generosa y una moral lo suficientemente laxa como para haber encaminado sus pasos hacia una güisquería nocturna con señoras de buen ver, no habría aparecido por urgencias. Soledad y miedo a morir en una cama solo. No creo que esta asignatura se estudie en las ciencias galénicas. En efecto, hay muchos servicios que podrían evitar que las urgencias se saturasen. Licencias para que los farmacéuticas receten más allá de lo que ahora tienen permitido, o personal de enfermería, en España muy bien formado, que fueran las primeras personas en juzgar la gravedad de una situación y dispusieran de autoridad para recetar o derivar al paciente hacia un determinado servicio. Pero a esa situación ayudaría la existencia de servicios sociales que paliasen el miedo en mitad de la noche, la angustia ante un fin de semana por delante en el que nadie se va a ocupar de los problemas de otros, un nivel de vida que permitiese divertirse algo más de lo habitual en determinadas ocasiones y, en definitiva, una sociedad que recuerde que dentro de ella existen personas que dan de comer a los animales callejeros para poder hablar con algo que se mueva y parezca que escucha. En efecto, las urgencias no funcionan bien, pero no sólo las hospitalarias.

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