La imagen de Málaga

El sector turístico malagueño espera que el viajero español aúpe esta compleja temporada veraniega. Los ingresos de toda la provincia nutren en gran parte sus ceros con las estancias en la Costa y los desplazamientos al interior. Málaga ofrece al turista la historia de Antequera, los mitos románticos alojados en la serranía rondeña, junto con los paisajes, aún no deteriorados del todo, de la Axarquía. Los escenarios están dispuestos pero a veces falla tanto la venta de entradas para el espectáculo como una deficiente publicidad de nuestras singularidades frente al resto de posibles destinos. Me contaron unos amigos el recibimiento que el presidente de Diputación organizó a un avión irlandés, sobre la pista de aterrizaje, vara en mano de alcalde de verdiales, y camiones de bomberos para el bautizo de la aeronave. Hombre, el gesto es cuando menos curioso y así quedará si alguien se encargó de explicar a los visitantes aquello que habían contemplado. Una cosa es el mensaje que alguien envía y otro el interpretado por el receptor. Para la difusión de las excelencias del terruño existen otros medios, además del descrito. En agosto del año pasado apareció en el “New York Times” un reportaje breve sobre un recorrido por Andalucía. El que aparezcan un par de columnas en ese medio de referencia mundial, donde rara vez se escribe alguna información ajena al ámbito norteamericano, tiene su importancia. El autor descubría para el imaginario neoyorquino el exotismo de la Alhambra, la monumentalidad de Sevilla junto con su gastronomía difundida por un enorme número de bares y restaurantitos y, por último, el escritor se bañaba en las orillas gaditanas y onubenses. ¿Y Málaga? No existía, a pesar de que con toda probabilidad el reportero aterrizó y despegó desde este aeropuerto al que si no se le dota de un alrededor será eso, un aeropuerto que por sí solo no convertirá a Málaga en un destino con la afluencia deseada, del mismo modo que el de Atlanta, con mayor tráfico del mundo, no erige a la capital de la Coca-cola en la más solicitada para unas vacaciones.

Málaga aún tiene ante sí un reto de imagen muy importante y considero que mientras menos se encargaran las instituciones públicas de su difusión, mejores resultados se obtendrían; pero las empresas privadas no han invertido en estas responsabilidades con tanto empuje como sería deseable y alguien tiene que hacerlo. El nombre y el concepto de Torremolinos se desvaneció hace tiempo y no se ha sabido recuperar. Esa ciudad símbolo de libertad que, entre otros textos, quedó plasmada en la novela de James A. Michener, “Hijos de Torremolinos”, dormita como un viejo cachalote en la playa, a medio camino entre ciudad turística, ciudad dormitorio y paraíso del pescado frito para los propios malagueños. Marbella semeja al mismo cachalote, igual de envejecido, pero con monóculo y joyería de latón en sus extremidades. Me encanta Málaga, creo que es una provincia preciosa y con magníficos lugares para vivir, pero hay que hacérselo saber a los demás, a los más lejanos y habrá que indicarles por qué tienen que venir aquí y qué nos diferencia de otros destinos. Al menos el turismo nacional nos contempla con cariño, ojalá se recupere pronto el mercado externo.

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