Paradójicas deudas municipales

Se alude al refranero como tesoro de la sabiduría popular fragmentado en sentencias. Las hay inteligentes y torpes: “al que buen árbol se arrima…” vs. “dame pan y dime…”; las hay que ayudan a que el lector se conduzca por la vida con un cierto tino: “ande yo caliente”, y las hay que empañan la visión o la distorsionan hasta la crueldad: “la mujer en casa…” Un buen número de consistorios malagueños están ya al borde de la quiebra y no pueden abonar sus nóminas. Sus alcaldías solicitan ayudas o que se les permita el bucle del endeudamiento como ya hicieron aquellos ricos paraísos sudamericanos que hoy exportan materias básicas y menesterosos, y nunca terminan de finalizar su deuda. Durante estos años de fiebre constructiva algunos pensaron que su término municipal se podría enladrillar como aquel cielo de los trabalenguas niños. Los alcaldes presos por muchas presiones, incluso con la mejor voluntad y total honradez, permitieron urbanizaciones para que los euros revirtieran en piscinas públicas, arreglos de colegios, ajardinados y servicios sociales. En otros casos, ahí tenemos varios en la Costa, las plantillas se multiplicaron como pago por los votos, y los sueldos de los empleados municipales se elevaron más allá de lo prudente para cada categoría.

Y aquí llega la paradoja. Estas corporaciones piden fondos del dinero público. Esto significa que, por ejemplo, el administrativo que depende del Estado y que cobra menos que el adscrito a la Junta, ambos con nóminas inferiores al de Diputación, con sueldo a su vez menor que el administrativo de algún que otro ayuntamiento con alcaldía generosa, pues aquel que pague con sus impuestos el sueldo de este. Es decir, que el administrativo pobre sufrague el salario del administrativo rico, sin que quien firmase en su día las cifras de gastos sufra ninguna consecuencia y sin que se esté planteando un saneamiento de las finanzas municipales en general, que también pasaría por la revisión de las plantillas, nóminas, cargos y complementos. “¿Quién le pone este cascabel…” El refrán que ha presidido gran parte de las estrategias de inversiones públicas durante la última década ha sido: “Quien venga detrás que apenque”. Este paseante ha pasado vergüenza ajena acertando las frases que cualquiera de nuestros políticos locales y provinciales iba a decir, del tipo: “desarrollo sostenible” o “empleo estable y de calidad”. Se han repetido como una letanía sin significado durante esta época pasada en que se estaba destruyendo la provincia con cemento y se extraía a gran parte de nuestra juventud de sus institutos hacia un pan para hoy y paro para mañana, por cierto, este sí, un desempleo bastante estable y, en su especie, de gran calidad, fruto de un mal desarrollo insostenible. Como ya digo, el refranero no parece tan sabio; tal vez el ignorante sea este pueblo español que lo conformamos frase a frase. Al final, quien venía detrás para apencar, éramos nosotros mismos. ¡Toma ya!

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