Más luces que focos

A punto de la mayoría de edad, esta edición de nuestro festival de cine se presenta con la fuerza que no le presagiaban ni los más optimistas del lugar hace, apenas, tres años. El cambio de ciclo tortuoso, los tormentosos despidos, la crisis incipiente, etcétera nos hicieron temer lo peor; más allá de su mero final, las posibles secuelas económicas, políticas y, sobre todo, culturales, se auguraban marcando el ritmo de una muerte anunciada de conclusiones imprevisibles. Sin embargo, aquel festival decadente se ha convertido en este moderno de ahora, que parece haber encontrado el camino del cine puro más allá de sus carísimas alfombras rojas. Volvemos a ser jóvenes o parecerlo. Me da la sensación, puede que chovinista, de que nuestro festival está actualmente por encima de la industria cinematográfica española que defiende -no me entiendan mal, me refiero a su estado de ánimo-, aún hundida en la pesadilla de su crisis añadida, que tiene mucho que ver con el escaso apoyo popular, y un poquito más, con el absoluto abandono institucional. Ahora el cine quiere venir a Málaga porque nuestra cita desprende algo de ese optimismo que le falta. O eso parece. De hecho, 1605 películas han querido formar parte este año de sus distintas secciones. Un dato de mérito incuestionable.

En cuanto a qué hemos hecho tan bien como para darle aire nuevo al desvencijado Festibar de las primeras ediciones, supongo que buena parte tendrá que ver con razones de índole exógenas. Por ejemplo, se ve luz al final de la cornucopia averiada de la macroeconomía española. A falta de presupuesto en otros festivales, cierres, olvidos y omisiones, el de Málaga se presenta como una magnífica ocasión para promocionarse de cara a coger ese impulso que sitúe a cada sufrida producción, de nuevo, en el escaparate. Málaga y el cine se necesitan. Pero no sé si premeditada o afortunadamente, también debemos dicha mejora a cuestiones plenamente endógenas. Principalmente dos: que se valore la calidad cinematográfica en la selección de las películas aportando valor añadido a sus premios –se acabaron las comedietas por las que teníamos que persignarnos, sonrojarnos y disculparnos- y, segundo, que se asuma que ser malagueño no debe ser un escollo sino una ventaja que nos conmine a querer formar parte del guión del festival. Por fin, una película malagueña en la sección oficial, sin esconderla en la Zona esa del Cine infumable. Sí: dadnos un motivo de orgullo y cualquier malagueño recogerá el guante. Cada vez más trabajadores de Málaga en la organización –según datos ofrecidos el pasado año y que no he podido contrastar aún para esta nueva edición-. Ya le sacamos ventajas a ser de donde somos y así y sólo así, muy poquito a poco, se irá generalizado el sentimiento de cariño mutuo entre el pobrecito malagueño y su festival, que tanto afecto ha despilfarrado. Juan Antonio Vigar tiene mucho que ver en este nuevo rumbo. Por la suerte del momento, por estar agradecido de poder dedicarse a lo que más le gusta y por su carácter apaciguador. Suya fue la brillante idea, o el cargo le hace responsable al menos, del MAF (Málaga de Festival), que pretende involucrar al ávido de cultura malaguita en la previa del Festival. Magnífica propuesta y un más grande pero: no todo debería valer. 150 actos diluyen la esencia de la cultura y la convierten en otra horripilante noche negra en blanco. Quien se decida a salir de casa con el firme propósito de disfrutar de las precuelas de un festival del que sentirse orgulloso, no puede meterse en cualquier sitio a ver cualquier cosa, que nadie ha cribado y volver a casa totalmente decepcionado, cuestionándose si ha sido engañado o solamente presuntuoso por confiar en que las cosas están cambiando.

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Hombre rico, hombre pobre

Dice Rajoy que, salvo alguna cosa, estamos saliendo de la crisis, de momento. Lo sostuvo la semana pasada, durante el Debate del Estado de la Nación, entre los cantos del resto de partidos que lo comparaban con la Abeja Maya o intentaban despertarlo del trance alucinógeno. Pero lo dijo en persona, sin pantalla de HD antipreguntas de por medio y tras un discurso triunfalista que hasta entonces no le habíamos escuchado. A mí no me sonó éste como los demás brotecitos verdes, sino que quise entrever fundamentos científicos en las esperpénticas bienaventuranzas que, de no haber sido contrastadas de antemano por el Presidente, lo harían rozar el ridículo del que tanto se cuida escondiéndose en su casa. Apenas una semana después de aquella cita en el Congreso de los Diputados, se van concretando mis sospechas en números macroeconómicos que, sin duda, ya conocía D. Mariano. Por ejemplo, los mejores datos en cuanto al desempleo desde el comienzo de la crisis para un mes de febrero, más que un cogollito podría contemplarse como la constatación de que, por fin, nos hemos dado de bruces contra el suelo.

La escalada natural se apunta a un ritmo de crecimiento superior al minúsculo uno por ciento que vaticinaban los organismos internacionales hasta hace poco. Tendríamos que echar las campanas al vuelo y que alguien nos llamara al orden o a la prudencia. No sé a qué estamos esperando… La macroeconomía no puede ir a peor y esto se traduce en que nos quedamos igual o mejoramos.

Aunque en los pasillos del mismo hemiciclo recién concluido el debate Mariano Rajoy matizó el triunfalismo en lo referente a las economías domésticas: «aún quedan muchísimas cosas por hacer», pero 2014 será «mucho mejor» que los años anteriores, y «confío en que la gente empiece pronto a sentirlo».

¿Cuánto es pronto?

Yo estaba tranquilito en cuanto a la salvación de mi microeconomía atendiendo a que los que en realidad manejan el cotarro no son los representantes políticos que elegimos sino quien los y nos financia. Las grandes empresas, los consorcios de la riqueza, necesitan que fluya el dinero y que el bolsillo de cada ciudadano se llene para que se lo gaste en comprarles lo que nos vendan, ¿no? Porque esto no lo arreglan los políticos, sólo lo regulan. Los verdaderos artífices del cambio de tendencia, si lo hay, serán los inversores, su capital; los empresarios y su emprendimiento. Y tienen que estar deseando que se produzca porque siete años de crisis habrán enjugado sus ganancias a la mínima expresión. ¿O tampoco?

Ay dios mío, que han salido las listas de los más ricos del mundo de la revista Forbes y persignándome, deduzco que han debido equivocarse. Porque aseguran que desde 2008 hasta hoy, las grandes fortunas españolas no se han reducido ni un poquitín sino que han crecido muchísimo. Amancio Ortega, por ejemplo, ha pasado del puesto vigésimo segundo entre los más opulentos del mundo al tercero actual, triplicando su fortuna desde los 20.200 millones de dólares a los 64.000 millones actuales. Otro dato: en 2008, había veinte españoles en la lista de los más afortunados (más de mil millones de dólares) y hoy, tras la durísima crisis, hay seis más: 26 mil millonarios. Es más, en sólo un año, la fortuna de los diez españoles más ricos se ha incrementado desde los 87.800 millones a los 96.500, ¡un diez por ciento! ¿Será que la crisis hace que aumenten los beneficios de las empresas más potentes? ¿Estarán majaretas los de Forbes?

Estamos aviados.

La letra pequeña

A finales de la semana pasada salimos en el Financial Times y hablaron muy bien de nosotros. Lo afirmó algún experto en algún estudio para el prestigioso medio británico de finanzas: que Málaga era una buena ciudad para invertir. De las mejores de Europa para invertir. Bueno, de las mejores del Sur de Europa para ser sinceros y usar esa coletilla perfecta que dio fama mundial y de parte del extranjero a nuestra preciosa feria elitista desde la época de Pedro Aparicio hasta que se la bebieron. Lo dejamos entonces en que los economistas que habían dibujado la noticia para el Financial Times consideraban Málaga como una de las mejores ciudades para invertir, de las pobrecitas del Sur de Europa.

O eso me pareció entender que había ocurrido en un primer momento, porque toda la información que pude contrastar a posteriori en internet fue la de una nota al respecto de la agencia Efe, repetida en cada diario digital de cada ciudad española supuestamente mencionada como estupenda. Yo no sé si es que ya no existen suficientes periodistas ocupados como para comentar tanto brotecito o es que son los padres. No he encontrado nada que corrobore cada pasito hacia la buena nueva que no incluyese el mismo comentario del mismo autor anónimo de la misma agencia plagiado una y otra vez. Y no porque no haya intentado revisar el artículo original, sino porque yo me tomo las copas de café con leche como Ana Botella manda, al solecito, aunque en mi caso en la Plaza de la Merced, y me ha resultado complicado enfrentarme a los buscadores en ese idioma británico que nos domina, a pesar de tan buenas notas que obtenía en el instituto cuando todavía existía la EGB.

No obstante, de chapurreo con las redes en mi inglés de los montes, conseguí lo que la mayoría de cuarentones poco viajados de mi generación habrían logrado con parecido esfuerzo: llegué hasta la página on line de la revista Foreign Direct Invesment, del diario Financial Times, en la que han colgado el citado estudio. ¡Aleluya! “European Cities and Regions of the Future 2014/15”. ¡La encontré! Reza el subtítulo: Londres conserva su posición como ciudad europea del futuro 2014/2015, mientras la alemana Renania del Norte-Westfalia se aúpa al primer lugar entre las regiones de Europa. Y hasta ahí puedo leer, como Mayra Gómez Kemp, porque es de pago… Pues nada, a plagiar yo también. Dice el señor de la agencia que para situar a Málaga entre las diez ciudades más atractivas del sur de Europa para la inversión extranjera se han tenido en cuenta indicadores como la creación de nuevos espacios e infraestructuras de oportunidad, la mejora y mantenimiento de la conectividad de la ciudad, la promoción de un entorno económico atractivo y el mantenimiento de una calidad de vida alta en la ciudad. También se han valorado los incentivos a la implantación de nuevas empresas, la existencia de una población altamente cualificada y la promoción internacional de la ciudad. ¡Toma ya! Qué moderno suena.

Entre las diez mejores, Málaga la décima. Y del Sur de Europa. ¿Qué países son los del Sur de Europa para el Financial Times? Macedonia es uno y Skopje está por delante. Protesto. Portugal es otro, con Lisboa y Oporto, y ya sólo mencionan a siete ciudades españolas en esta clasificación de segunda fila. Están delante nuestra, Barcelona, Bilbao, Valencia, Madrid, Murcia… ¿Murcia? Y Sevilla.

La revista Financial Times aconseja que si eres un aventurero y decides invertir en el sur de Europa (nada que ver con la seguridad de hacerlo en Reino Unido, Bélgica, Alemania, Francia o Países Bajos) te decidas por hacerlo en Skopje, Murcia o Sevilla antes que en Málaga. Y no hemos salido mal parados…

Subido a Babieca

A D. Francisco de la Torre le han preguntado si además de senador y alcalde aceptará ser candidato de su partido en las próximas elecciones municipales, como le solicitan cada vez que tienen oportunidad de manifestarse en público los cargos orgánicos del Partido Popular malagueño y, como en cada ocasión anterior, se ha reiterado en su discurso, pidiendo paciencia al periodista. La respuesta estará en el aire hasta, por lo menos, el 40 de mayo. Dice que dependerá de cómo se sienta y toco madera por si se refiere a su salud. Estupenda. Y como lo considero optimista, supongo que se sospechará él también sanísimo de aquí al próximo lustro. ¿Qué puede sopesar en las próximos cien noches para decidir sobre su jornada diaria en los próximas 1.500 días? Algo ha adelantado: dependerá de si se siente “con fuerza”, con “ilusión” y percibe el “afecto y confianza” de los ciudadanos.

El afecto y la confianza de los ciudadanos no le dará ningún quebradero de cabeza. Acostumbrado como está a su apretadísima agenda que le permite llegar, saludar y marcharse sin respiro, supongo yo que se creerá que la ciudadanía se reduce a la suma de individuos que le damos un sincero apretón de manos cada vez que nos lo topamos por sorpresa, correteando. Eso explicaría alguna de sus afirmaciones más difíciles de entender, como aquella que dejó patidifuso a más de uno en cuanto a que ningún malagueño estaba a favor de cambiarle el nombre a la Avenida Carlos de Haya. ¡Pero ni uno sólo! A ningún ciudadano le molestaría que le mantuviesen el nombre de su avenida a un inventor aeronáutico, famoso por su creatividad y nada sospechoso de contravenir ninguna ley de memoria histórica. Pero ninguna: “no hay ningún malagueño que me lo pida; hay bastantes malagueños que me piden lo contrario”, aseguró en respuesta al director general de Memoria Democrática de la Junta de Andalucía, Luis Naranjo. Corre que te corre, de inauguración en inauguración, de acto público en acto público, yo sí me creo que nadie le haya dicho jamás “cambielelnombrealavenidacarlosdehaya” sin respiración y con un saludo educado a la vez, en la mitad de tiempo que tardaría don Francisco en darse una ducha, peinarse el flequillo y subirse al coche para llegar a otro evento. Ahora bien, todos aquellos que sí han sido capaces de decirle todo lo contrario me resultan más difíciles de imaginar: “póngale dos veces Carlos de Haya a la avenida, don Francisco, y el metro, por debajo”. Sea como fuere, afectuosos nos ve porque afectuosos le somos mayoritaria y absolutamente.

El problema podría estar, sin embargo, en su otra dependencia. En la de la fuerza y la ilusión. ¿Cuánta fuerza y cuánta ilusión? Yo creo que con la penúltima fuerza del Cid, “vencílos sobre Valencia desque yo muerto encima de mi caballo”, a su partido le resultaría suficiente, aunque no sé a él. En cuanto a la ilusión, podría traducirse, tal vez, en la que le pongan los que tanto le piden que vuelva a ganarles las elecciones, en que permanezca en su sitio los cuatro años que le corresponderían de mandato. Otros cuatro años para ilusionarse en seguir mejorando la ciudad que recogió hace quince muy desmejorada. Y sólo tres meses para asegurarse de que nadie en su partido le va a quitar la ilusión de inventarse los museos de las joyas que quiera, los funiculares que se le ocurran, las redes biznagueras que se le ofrezcan y seguir protegiendo a sus privilegiados por cuestiones de humanidad durante los cuatro años de compromiso con sus fieles ciudadanos.

Yo creo que sí. Que se presenta. ¿O es que alguien piensa que se ha olvidado del embovedado del río?

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Españolada

Al cine español le ha tocado el gordo. Creo. A partir de ahora tendrá partidarios y detractores, que será mucho más de lo que tenía antes de la pasada ceremonia de los Goya. El ministro Wert le ha hecho un favor. Con su ausencia ha alentado, supongo que sin pretenderlo, la confrontación social que se cuece desde hace unos días en las redes. Y quedó satisfecha, por verse con fama, aunque infame, que escribió atinadamente Cervantes.

Porque parece que está de moda tomar partido. Puedes libremente adherirte a unos o a sus opuestos en igualdad de derechos y condiciones enarbolando la misma libertad que usan los que no se la permiten al que les discrepa. La moral es moralina y los principios de cada cual se difuminan en los fines si justifican sus medios, según el bando que defiendas desde las entrañas más sectarias del cristal con que lo mires. Manejarse sin esos principios suelta lastre y alienta cada improvisación ética desde que Jiménez Losantos, el Doctor House, Risto Mejide o el Special One decidieran meternos el dedo en el ojo como un camello por el de su aguja. De todos sus partidarios también será el difícil reino de los cielos a tenor del Artículo 14 de la Constitución. Cuestión de interpretaciones y fanatismos.

Ya no hay buenos, ni malos. Ni siquiera predomina entre nosotros el consabido maniqueísmo de Holliwood que tomábamos con el Cola-Cao de la merienda. En esta era de la crisis y la necesidad de que sean débiles los culpables, nos hemos dividido en dos tipos de tipos: los de mi pandilla de pensamiento y los indeseables que quieren quitarme la razón en cuanto me descuide. Somos contrincantes irreconciliables. Enemigos sordos. Los que llevan la camiseta con mis colores y los que atentan contra mi ideología de corto desarrollo y aún más reducido espectro nos desentendemos exclamando con mayúsculas en las redes sociales. El cine español es muy malo si nos da pena y horrible si lo odiamos. Franco pudo ser el bueno, Angelina Jolie la fea y Messi el malo, si en vez de Sergio Leone la película la hubiese dirigido uno de esos maestrillos de lo absurdo, que toma parte en la mala opinión sobre una industria cinematográfica española que en común sólo tiene dificultades.

Al cine español le ha tocado el gordo, sí. Porque los mediocres son muchos y entre todos, y de común acuerdo, lo han metido entero en el mismo saco de patatas. Porque lo confunden con una cara famosa. Con un discurso reivindicativo. Con una ideología manifiesta. Como si fuera uno. Como si estuviese unido. Como si hiciera ruido ¿Y qué le espera, entonces? En el mejor de los casos, que los que están en contra provoquen suficiente ira en sus contarios de pensamiento como para que éstos lo defiendan a ultranza. Una industria que agoniza sin ayudas, que ve cómo la disminución de público en las salas se ceba con algunos de los pocos títulos que logran salir adelante, que pierde cada año festivales y plataformas de promoción…

Entre los vaivenes de la crisis y un Gobierno que no apuesta por él, el pobre, diverso y a menudo heroico cine español no va a durar mucho como industria; ni siquiera como saco de golpes. Si es eso lo que necesitan, pueden buscarse otro enemigo, y los que creemos que hay de todo en la viña del Señor, confiaremos en la capacidad del arte de desafiar a todas las dificultades.

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Déjà vu

Ayer se dio a conocer otro brote verde de esos de la Economía, que sirve a los que dirigen nuestros designios macroeconómicos para justificarse en su empecinamiento y para poco más. De eso no se come. Ahora ha sido el dato del desempleo de enero, que ha mandado a la calle a otros cuantos miles de malagueños pero que según el cristal con que se mire, podría ser un dato positivo, o eso nos cuentan. Nunca ha habido tan pocos parados nuevos en enero. Cinco mil y pico ciudadanos han dejado su precariedad laboral aparcada para conocer la otra cara de la moneda, aún peor. Podría ser un brote verde anunciar que esos mismos han dejado de trabajar en unas condiciones de trabajo lamentables, con los sueldos más bajos que se recuerdan y con el regalito de la inconmensurable reforma laboral en brazos, pero sólo callando que han pasado de Málaga a Malagón sin posibilidad de aclimatarse al frío de interior manchego ni expectativas de un mal sueldo que echarse a la boca de aquí a un cuarto y medio de crisis. La buena tendencia se resume en 5.400 desempleados más en términos absolutos y 7.843 afiliados menos a lo Seguridad Social en un mes. Hay que tener entereza y sosiego para seguir creyendo en estos augures que abriendo las entrañas de los más pobres, ven en sus vísceras que la cosa mejora. Siete años de paciencia son muchos días improvisando tres comidas diarias para ti y los tuyos, estos sí, brotecitos verdes.

Con este nuevo incremento, el número de parados en Málaga es de 208.112 personas. ¿De dónde vamos a sacar doscientos mil puestos de trabajo? ¿Quién los va a crear? O, lo que es peor, una vez que alguien lo sepa, nos convenza de que puede conseguirse y tengamos un plan, ¿cuánto tiempo se va a tardar en poner en funcionamiento? ¿Y en ser eficiente? ¿Y en hacerse eficaz? ¿Meses? ¿Años? Una vez solucionado ese mal endemoniado que nos ha llevado a la miseria, al que llamamos primero mercados, después activos tóxicos y finalmente derroche público, el camino de vuelta será largo. Muy largo. Y está por definir. O no.

Porque iban a ser los cruceristas los que nos salvarían, ¿no? La solución a nuestra crisis pasaba por el turismo de congresos, el cultural, todo aquel que dejase en el olvido la estacionalidad de nuestra oferta de sol y playa y sus visitantes low cost. De hecho desde el año 2005, se ha multiplicado por dos la afluencia de turistas, con lo que la planificación no ha sido mala… Y sin embargo, el sector servicios es que el mayor paro registra actualmente en Málaga: 134.134 desempleados. Esta es la gran bolsa de desempleo malagueña, dos tercios del total, en una ciudad condenada a no subsistir exclusivamente de la industria turística por más que se empeñe en ello.

¿Indirectamente sí?

El ladrillo o nada. Dice Montoro que nunca existió la burbuja inmobiliaria. Lo que se traduce en que no hay otra solución a la vista que no pase por repetir de nuevo la misma historia. El club del pelotazo se vislumbra a la vuelta de la esquina. Hay que esquilmar lo que dejaron los predecesores sin destruir en la orilla. Da para otra década de vacas gordas. Doscientos mil obreros empobrecidos están dispuestos a aprovechar la temporada baja para construirse unas pirámides en la costa, y lo que haga falta, en cuanto fluya el crédito para los de siempre. Por eso los alcaldes del PP ya están exigiendo a la Junta que se derogue el POTA. Para reactivar la economía con la fórmula maestra. Y la Junta accederá sin que se note, como si se le hubiese ocurrido a ella. Parece ser el único camino. Otra vez. Un camino que ya sabemos dónde nos lleva sin opción de arrepentimiento.

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Más chimeneas

Hoy he leído una noticia en La Opinión de Málaga de esas de “y si somos los mejores, bueno, ¿y qué?” que casi me ha alegrado el día. El protagonista ha vuelto a ser el que era, el mejor Caneda, al que ya se le echaba de menos en las portadas de la prensa local con sus planteamientos sui generis en grandísimos titulares. No sé si la culpa de que el viejo super concejal se haya convertido en un actor secundario en el peliculón del consistorio la ha tenido el duro invierno, o tal vez haya sido la designación de Mario Cortés como portavoz del gobierno de la ciudad. Mario tiene un grave defecto en política: que es muy listo. Pero creo que además posee una gran virtud que le licencia de ese y otros veniales deméritos: que es un buen tipo. Por eso sabe contradecir sin aspavientos, manteniendo la calma, con la naturalidad del que niega la mayor sin ofender, haciendo casi amigos cuando quita la razón, y minando la moral del díscolo con palmaditas comprensivas en el hombro. Mario Cortés diluye. Puede que hasta a Damián Caneda. No sé.

Pero hoy, con los rayitos de sol, Caneda ha vuelto. No a meter follón, sino a sacar pecho de lo bien que lleva el turismo ciudadano. Aunque con datos de la SOPDE, eso sí. Y no es desconfianza lo que me produce el estudio por ser de la SOPDE, sino por ser halago de casa, que debilita, en lugar de venir del vecino, que motivaría como agua de mayo en ducha triste de 11 litros en un orfanato de Dickens. Espero que pronto salgan esos datos berlanguianos que contrasten desde una institución nacional, las buenas noticias que ha pregonado el concejal de cultura, turismo y deporte y que me han servido para reconfortarme en la hamaca de la mejor dicha turística: “Málaga dispara su crecimiento turístico con una subida del 100% en 8 años”.

Porque parece ser que ese es el camino, ¿no? Será el turismo el único sendero tortuoso que nos permita salir de la crisis. Y una vez fuera, superadas las murallas de ese edén capitalista contaminado, encontraremos el trabajo deseado en la nueva tierra prometida. O eso, o nada. Porque industria, lo que se dice industria, no hemos creado mucha en Málaga en estos siete años de penuria plebeya.

Si el turismo nos va a salvar, ole. Porque no nos puede ir mejor -¿o sí?-. El año pasado se alojaron en los hoteles de Málaga 961.981 viajeros, casi un 0,8 por ciento más que en 2012. En cuanto a las pernoctaciones, se contabilizan 1.965.422 estancias, lo que supone un 8,18 por ciento más que el año pasado, siendo Málaga, por tanto, el destino nacional que más ha crecido. En definitiva, dice Caneda que el número de viajeros creció un 109 por ciento desde 2005. Fantástico. Estamos a la cabeza del turismo nacional. Qué alegría… ¿Qué alegría?

Hemos doblado el turismo en ocho años y somos los primeros, pero en 2005, había 83.051 desempleados en Málaga y ahora 291.400. Lo del turismo lo tenemos claro, ¿no? Nos salvará, ¿verdad, señor SOPDE? Si hemos doblado las visitas, la ocupación hotelera y todos esos maravillosos datos que refleja la SOPDE y que alza el señor Caneda en su mano, ¿cuánto más tendrá que mejorar para dar empleo a los 200.000 malagueños que lo han perdido durante esta crisis? ¿Cuánto tienen que aumentar las visitas para que le veamos color? ¿Un 5.000 por ciento está bien? ¿Cabremos apretujaditos? ¿Habrá suficientes aviones en el mundo? Más bares ya. Más discotecas. Más playas. Más sol. Más terrazas. Más… ¿a qué esperamos? Ay. Dejad que trague y me quite este sudor frío… Persignándome y sólo por si acaso: amigos políticos y representantes míos, ¿tenemos un plan b?

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Pan, circo, ingles y axilas

El señor chino de la tienda de abajo no sabe lo que significa la palabra sumergible. Además de menospreciarme sin querer, recordando mi ceceo –zumelgible repetía- que me saca de quicio cuando quiero hacerme el fino y bien hablado, no sabía lo que era un cronómetro apto para el baño. “Bajo el agua”, le decía yo gesticulando mi natación estilo rana con la que me defiendo cuando no hay olas. Me miraba sin comprender ni atisbo de disimulo, por más onomatopeyas que se me ocurrieran para arreglarlo. “A vel, quielo cazal tibulones y vel cuánto taldo”, le dije ya casi sin esperanzas. Nada. No hay cronómetro.

Lo siguiente que se me ocurrió fue buscar una aplicación de móvil. No para traducir del español al chino, sino para que me cronometrara, ya a solas, en mi propia estupidez. Eso sí. De eso sí hay. Ya tengo instaladas cuatro en mi teléfono y no sé cuál quitar. Pero claro, una aplicación que convierta en zumelgible mi juguetito de última generación telefónica, no hay. Todavía. Aunque yo no desisto. Soy cabezota. Y recordé que en la tienda de móviles de calle Nueva vi una funda que podría servir para eso, para zambullirla en las profundidades abisales a pesar de mi escasa aptitud para el buceo. Tenía pinta. Pues tampoco. No es para meterla bajo el agua sino anti choque. Para tirar el artificio de mis redes sociales al suelo y que rebote y me vuelva a la mano sin quebranto. Es, aproximadamente, una funda boomerang. No la que buscaba. Que no hay manera.

Y todo empezó porque mi pareja no quiso ayudarme en el experimento. Por más que lo intenté. Que para hacer el tonto, yo sólo, que ella no se prestaba, me dijo muy seria. Yo creo que más que enfadada, preocupada de que hubiese perdido un tornillo. No sé cómo haría el alcalde para persuadir a la suya. Claro que, yo no tengo su poder de convicción. A él lo votan muchos malagueños sin arrepentimiento. Hasta su mujer. No sé yo si mi pareja me votaría. No voy a preguntárselo, por si acaso. Pero qué arte. Que una señora seria se digne a cronometrarle una ducha a su marido y que este lo cuente al mundo en comisión de servicio público, supone que no volvamos a imaginárnoslos de ninguna otra manera, a ninguno de los dos. A don Francisco dentro, enjabonándose, y a su fiel esposa fuera, apretando el botón del record Guinness. Yo sé que es verdad. Que Don Francisco no se inventa esas cosas. No me cabe duda de que hubo barreño, mujer cronometradora, botella de litro y medio y muy poca fricción. Primero porque no tengo por qué dudar de su palabra y segundo y, sobre todo, porque inventarse algo así, tan ridículo, no sería razonable.

Y ahí me vi. Dispuesto yo también, con una botella de gel a la derecha, una esponja a la izquierda y a punto de hincarle el colmillo al móvil, con la cuenta atrás del minuto y pico en la boca. Si un setentón era capaz de insinuar que estaba dispuesto a ducharse ante notario para demostrar que un malagueño cualquiera podía ducharse con 11 litros de agua de EMASA, yo también, por sobrarme el tiempo y la idiotez, a partes iguales. Abrí el grifo, mordí el teléfono, imaginé la sintonía de Benny Hill y… descorrieron las cortinas. -¿Qué haces?, preguntó mi novia mirándome de arriba a abajo. -Tienes que ponerte a dieta, concluyó el discurso. ¿Habré perdido ese tornillo?, me tocó preguntarme. En definitiva, seis intentos y apalizado por el señor alcalde. No hay color. Juro ante los dioses y todos los notarios de su ilustre colegio que sigo con la piel arrugada, sobre todo en la yema de los dedos. Qué frío he pasado. Qué cansino sacar el agua del barreño con una botella de refresco light de dos litros. Mi marca: 16 litros poco escrupulosos y sin frotarme debidamente las axilas ni preocuparme de dedicarle unos segundos a la curcusilla. He perdido. No entiendo cómo lo ha hecho… Qué grande, Don Francisco. Qué rápido. A partir de hoy, lo miraré –y oleré- de otra forma.

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Tragaderas

Estoy viendo por la tele la que tienen montada en El Gamonal y me da mucha pena. Pobre señor empresario condenado por corruptelas, al que después de salir de la cárcel, el sueño español le ha permitido volver a ganar otro concurso público y en vez de sentirse arropado por la sociedad contra la que ha saldado sus deudas, es señalado por tres o cuatro delincuentes encapuchados que no representan a nadie, como si su pecado no se hubiese limpiado del todo en la lavadora de la penitenciaría. Ay, pobres españoles pobres, desagradecidos, que no respetan ni a los señores influyentes que gracias a sus inmensas fortunas dan trabajo a tantos miserables y otros cuantos muertos de hambre. Hasta un coche quieren tener. Hasta aparcarlo gratis en su barrio. Qué desfachatez. Si este eminente empresario, señor capitalista y amigo del alcalde, no se forra lo suficiente, ¿cómo va a crear empleo? ¡A ver! Tendrá que tener un aparcamiento subterráneo en su poder para conseguir pagar un sueldecito en vías de dignidad al encargado de mantenerlo siempre a punto, o si no, ¿de dónde va a sacar los beneficios este buen empresario para cumplir con su función de seguir creando(se) riqueza? ¿Que se destruyen 800 metros de plazas de aparcamiento hasta ahora gratuitos en ese barrio burgalés de trabajadores? Pues sí, claro… Para que 246 vecinos estacionen su vehículo en el parking del señor ex presidiario de corbata que se ha hecho con la obra, se tienen que quedar sin aparcamiento, o si no, ¿de qué van a gastarse lo que no tienen en aparcar ese vehículo que aún no les han embargado en ese parking privado tan moderno? Y si pena me da el empresario, más aún el señor alcalde de Burgos. ¡Que quiere hacer la obra! ¡Que lo dejen en paz! Para uno que quiere gastarse un porrón de dinero en obra pública, que lo dejen tranquilo. A ver si lo copian los demás y se les quita el miedo a la señora alemana del pubis fracturado. ¿Tanto follón porque va a enriquecerse su amigo? ¡Pues como en todos lados! Bueno, no, en todos lados, no. Aquí, no. Aquí está la señora Porras, que creó cátedra con sus contratos más legales de lo normal. Por eso, porque aquí tenemos a la superconcejala Porras, entre otras cosas, no me explico que en el programa que presenta Jesús Cintora, “las Mñanas de Cuatro”, se comparase la situación del Gamonal con lo que podría pasar en Málaga por la subida generalizada del agua con la que pretenden ahogarnos desde EMASA. ¿Aquí? Imposible. La gente de Cuatro no sabe de lo que habla cuando se refiere al supuesto estallido revolucionario malaguita. Nosotros somos educados. Borregos o no, pero muy bien educados. Hacemos lo que se nos manda en orden. Con el botellón, la Semana Santa, el Carnaval, la Noche en Blanco… Todos en cola fraternal y esperando el turno debido. Nadie se encapucha ni quema contenedores a no ser que se haya cogido una melopea muy mala. Pero las gamberradas del peor gusto, aquí no se deben a quejas, ni a reivindicaciones, ni a la defensa de los derechos de nadie. Aquí si se hace una maldad es para dar por saco, a título particular. Sin ir más lejos, si hay huelga de lo que sea, nos ponemos del lado más raro. Ya te digo, los ladrones son los basureros…

Yo no me preocupo por las posibles consecuencias de la subida de las tarifas del agua en cuanto a que la liemos parda. Consumo de 112 litros por habitante y día (30 litros menos que la media nacional) y a airearse sin levantar mucho los sobacos, para que no se note. Si somos 125.000 los que vivimos con menos de 200 euros al mes y lo disimulamos como buenos cristianos, sin armar follón; ni se nos nota. Qué tontería entonces esto de beber, ducharse o tirar de la cisterna. ¿Para qué? No se hace y ya está. Con taparnos la nariz…

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Dieta, deporte y rebajas

No sé cómo se llamará este síndrome que atenaza, parecido al de Mallorca, y que nos da de bruces contra la Navidad cuando se acaba. De Laponia no, que me buscan dobles sentidos entre líneas. Por lo menos de Helsinki, por el sabor a regaliz salado. O, mejor, el de las tres dimensiones, o sea 3D: Dieta, Deporte y Debajas. Vale, de las dos dimensiones y media si no admitimos erratas ni en rebajas, que no me pasáis una… La fecha más entrañable se va y nos queda desentrañarnos en la feliz realidad. Hay que recogerse, quitarnos las guirnaldas y el cotillón, y hasta las bolas, si no hay más remedio. Ya entiendo de dónde sale lo de las fiestas de guardar. De la parte más alta del armario. Pero, aún tirando de lógica y paciencia santojobiana, yo hay cosas que sigo sin entender a pesar de preguntármelas cada vez que le quito las lucecitas chinas al pedazo de abeto. Y es por qué no somos más prácticos. No me imagino tras cada verano doblando el bañadorcito y su toalla con meticulosa tristeza, en una cajita con espacio para el bronceador y el aftersún con pelotita hinchable de Nivea. ¡Menos mal! Bastante tenemos con la cancioncita del Dúo Dinámico dando la tabarra en el montajito de relleno del telediario como para soportar ese otro castigo… Pero entonces, ¿por qué sí he de pasar por ese trance del cajón de los adornos ahora y con cada cuesta de enero de cada año en ciernes? En momentos así, dedicados a la desdicha por causa tradicional es cuando me pongo de parte de Tom Cruise en Misión Imposible 2. Lo fácil que sería pegarnos un día de Fallas tras el día de Reyes. El árbol chino entero. Con las lucecitas puestas. Una hoguera de 10 minutos, vida nueva y santas pascuas. Lo que ahorraríamos en disgustos.

Pues ya con la Navidad recién envuelta en la misma caja de corcho que no sé quién sacó ni cuándo de dónde y la magia desaparecida de un plumazo por la inexorabilidad de la rotación, la traslación, la precesión, la nutación y el bamboleo de Chandler, toca la dieta y el deporte. Empiezo mañana. O pasado. No por ganas de retrasarme en el esfuerzo de pasar hambre por la cara sino porque, con la que está cayendo, da pena tirar los mantecados. Una bandejita variada con turrón de chocolate, un poquito del duro y casi nada del blando. Un roscón y medio; el empezado, de nata. Dos o tres pasillas y una mijita de mazapán. Me lo acabo en dos sentadas. Tiraré las peladillas para ir adelgazando 30 gramos…

Tengo quince días por delante –como mucho- para corretearme el paseo marítimo de arriba a abajo o casi entero con propósito de eternidad deportiva. Si no quince días, que son muchos y muy largos, diez, y si no, una semana, y si no, lo más probable, uno o dos días y con unas agujetas que harán que considere cualquier otro momento mejor para deshacerme de los michelines de grasita virgen extra de Gaby que me sobran. Que son menos de los que pensaba. Qué alegría. Hay un listo de mi telediario que me ha informado hoy de que sólo he engordado tres kilitos durante estas fiestas. ¿Contando los turrones? ¿Tres Kilos? ¡Yupi! Ya no me acerco a la báscula en los próximos días sufridos que, ya sin correr, me quedan por delante de ensaladitas verdes antes de que vuelva a la vida depravada de mi dieta del Parque de Málaga –dando la espalda al Mediterráneo-.

Y con esa figura en potencia que me deparará los dos días de carreras a corto plazo y las lechugas, me dejaré de melancolías en breve. El SPN (síndrome post navideño) tiene cura -habrá que rezarle-. Dice una clienta de la peluquería de mi hermana que el remedio se llama rebajas y es adictivo. Sálvese quien pueda.

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