Esa tentación

Ya no creo en la lámpara maravillosa, pero genios haylos. He leído en La Opinión de Málaga que un estudiante de nuestra universidad se coló en el sistema informático del departamento de Matemáticas Aplicadas de la Escuela Politécnica Superior para cambiar su nota y la de unos amigos –presuntamente-. Se parece mucho al argumento de una película americana de sobremesa. Y, como en ellas, el final lo pone la moralina: lo han pillado. A mí, más que pena, me produce satisfacción que no se haya salido finalmente con la suya, puede que por ese mal corrosivo que nos inunda cuando el beneficio ajeno no es repercutido en el ombligo propio y, que solemos llamar envidia. O a lo mejor, es que estoy madurando y me gusta que la ley se cumpla siempre, hasta en los espacios sin humo.

Al chico presunto -de jamón portugués-, lo ha debido de tentar otro de esos pecados transparentes que según como te pillen, consiguen que te sientas como un buen samaritano o como una regularcita (roja) persona: la avaricia. La avaricia es eso que te hace dudar un instante cuando te beneficia el cambio mal dado. El orgullo que suele proporcionarte aclarar el error con el de la tienda de abajo suele superar el mal rollo de aumentar tu fortuna en unos céntimos, por más pobreza que te acompañe por culpa de los paquetes tóxicos bancarios. El problema de la avaricia es que siempre te pone a prueba, a través de un precio. ¿Cuál?, depende. Los hay como en el chiste, que no se venden por nada, y que además de libidinosos salen baratos, pero son los menos. Yo recuerdo la primera vez que me dejé embaucar por esa oscura tentación, en los apartamentos de verano. Fue con un reloj de pulsera Orient, que protagonizaba el dibujo de un karateca en el anuncio de una tele sin antena colectiva y UHF. Para usarlo tenía que levantar el brazo y me caía al hombro. Lo devolví porque no me servía para nada y aprendí que no hay cosa más difícil de esconder que lo que no tiene su sitio.

Al leer la noticia de este estudiante de la UMA capaz de desentramar códigos y contraseñas para subirse la nota, he recordado también el día que en la Plaza Murillo Carreras, en mi barrio, un cajero expendía billetes de cinco mil pesetas cuando se le solicitaban dos mil. Había cola. Yo no tenía tarjeta ni asomo, por edad y pobre buena familia y casi lloré de impotencia ante tal desproporción de pérdidas por mi mala fortuna. Pero el pillo, si es inocente, nunca gana, y me tuve que reír cuando me enteré de que tuvieron que devolver en dos santiamenes hasta el último de sus suspiros; violinistas en el tejado.

Al alumno de la UMA y a dos de sus amigos, la avaricia les puede salir muy cara, ya que se enfrentan a penas que oscilan entre dos y cuatro años de cárcel por ser los supuestos autores de un delito de descubrimiento y revelación de secretos por acceder sin autorización a datos informáticos de la Universidad de Málaga con el fin de falsificar sus notas. Espero que si se demuestran los hechos aprendan la lección –nunca mejor dicho- pero que el castigo que se les imponga no sea contraproducente por excesivo. Yo conozco algún político malagueño que se pone a sí mismo la nota de su gestión y la anuncia a bombo y platillo sin que se le acuse de ningún delito por sobrevalorarse tres distritos. Porque puede. Ahora que lo pienso, tal vez sí, de pecado de soberbia. ¿Se imaginan el titular?: “piden cárcel a tres concejales por falsificarse las notas”. Tal vez en Suiza. Puede que en Islandia.

Si me encuentro un maletín lleno de billetes de 500 euros, los devuelvo.

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LUGARES

Los malagueños siempre hemos ido al centro como quien va de excursión. El de barrio anuncia su jornada de gestiones, compras o paseo ocioso diciendo: ‘voy a Málaga’, y aunque el centro es de todos, tiende cada vez más a ser un parque temático que reúne tiendas, algo de patrimonio, museos, bares y restaurantes inalcanzables. Un espacio turístico, más allá de que el turista haya viajado desde Australia en avión o desde Huelin en autobús de línea. Una vez fui al Centro y me quedé a vivir. Los vecinos del centro son seres invisibles sometidos al imperativo de festejos, festivales o eventos deportivos. A cambio tienen las ventajas de recibir la parte del león de los fondos públicos destinados al escaparatismo: arreglo de calles y fachadas, decoración navideña o de feria y plantas ornamentales, especialmente en los itinerarios que llegan a transitar los cruceristas en sus cinco horas de estancia media.

El antropólogo Marc Augé analiza la evolución de las ciudades en la era moderna alertando sobre la transformación de los lugares en ‘no lugares’. Un lugar es un espacio con alma; dotado de significado por quienes lo habitan. Las Cuatro Esquinas de El Palo se constituyeron como lugar por la confluencia de gente que se relacionaba allí, comerciando, esperando un autobús o tomando un chato en una taberna. En el otro extremo están los aeropuertos, las estaciones de metro, los modernos centros comerciales. Cumplen una función, pero no son de nadie.

En Málaga quedan lugares, incluso en el centro. Calles casi secretas donde los vecinos sacan la silla a la puerta en las noches de verano o donde se improvisan fiestecillas familiares. Y quedan, como vestigios de otra ciudad a la que se superpone ésta, unas cuantas decenas de corralones. Se concentran en El Perchel y La Trinidad, barrios heridos de muerte por el desarrollismo, históricamente separados del meollo urbano por una frontera mucho más honda que el casi siempre seco Guadalmedina: el olvido.

Una iniciativa municipal liderada por la Junta del Distrito Centro y el Área de Derechos Sociales aspira a situar los corralones en el mapa turístico malagueño. Con mucho menos bombo y presupuesto que otros eventos públicos, cada primavera se celebra desde hace nueve años la Semana Popular de los Corralones, y los humildes patios de vecinos emergen de detrás de fachadas a menudo anodinas con un insuperable esplendor de verdad. Plantas mimadas por los vecinos, fachadas enlucidas con cal y pinturas, ingenuos adornos artesanales confeccionados en talleres de manualidades y algo difícil de encontrar en otros lugares abiertos a la visita: calor humano. Tanto, que fui sin muchas ganas y salí con la impresión de haber hecho un descubrimiento: existe un costumbrismo espontáneo y moderno que supera cualquier intento de seducirme de los cuadros del Carmen Thyssen. Gema del Corral, que lideraba la excursión, explicó que el Ayuntamiento quiere organizar visitas a los corralones todo el año, y dar oportunidad a los vecinos de rentabilizar su patrimonio. Si al crucerista no le da tiempo a alargar su paseo hasta allí, merecería la pena que los locales nos lo propusiéramos. Y recordar que hubo lugares.

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Ya llegan los guiris

Los guiris son como los reyes magos porque vienen cargaditos de regalos. Lo que pasa es que al venir desde occidente, persiguen al sol en vez de a la estrella navideña y por eso debe de ser también que llegan en junio en lugar de diciembre. Cuestión de solsticios, equinoccios, antípodas y huso horario. Según esta absurda teoría nosotros deberíamos ser los duendecillos que los servimos a destajo. Porque el malagueño usa los servicios más que nadie, lo que probablemente tenga que ver con el calor y sus cañitas, y porque el malagueño abusa del sector servicios, más que nadie también, porque no le queda otra. Es el PIB. La alegría de vivir. El agosto. Olé, olé, ¿holanda? ya se ve…

Puede que los guiris sean los reyes del verano malagueño, pero de lo que no hay duda es de que los reyes entre los guiris que nos visitan son los cruceristas. Por muchos motivos pero el principal, nadie lo sabe. Yo creo que porque alguien ha vendido muy bien la moto. O se la ha dejado a quién debía, bien metida en un calcetín. Lo del crucerista en Málaga es un poquito bienvenido Mr. Marshall. Alguien difunde que es muy rico y que gasta mucho, y mientras vuelve de la montaña Moisés, ya le han hecho una estatua dorada los gnomos de los juguetes. Homenaje el crucerista, pone en la plaquita y se ve a un señor en pantalones cortos, chanclas y calcetines, con un fajo de billetes que le sobresale del bolsillo de su camiseta bien sudada, como si fuera un clavel colorao. Que conste que a mí me gustan mucho los reyes de reyes, casi gitanos de sangre, que se bajan de los barcos buscando una farmacia donde recargarse de aprovisionamiento de biodraminas, lo que no comparto es el afán de hacerlos trinos. Padre, hijo y señora, vale pero el espíritu santo que nos lo concedan a los que nos lo curramos con cada gota del sudor de nuestra frente, nuestra camisa de lunares y nuestro sombrero cordobés…

Voy a desvelar un secreto que haría desmayar a cualquiera que esperase al sol, bajo el balcón y las pancartas de Berlanga, la llegada de la comitiva de cruceros como salvavidas a su precaria situación microeconómica de crisis. El crucerista sólo permanece cinco horas en Málaga y se vuelve a su barco para irse con otra. Es así de infiel. En esas cinco horas se gasta 16,76 euros en picar algo y hacer pipí y 17,51 euros en compras, según datos de un estudio de la SOPDE. En total, se gasta cada navegante, en Málaga la inconmensurable cantidad de 62´55 euros. En Sevilla –porque las comparaciones siempre son odiosísimas- cada turista que los visita se gasta a diario 77,09 euros, según los datos de la Encuesta de Coyuntura Turística publicados por el Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía (IECA). ¿Será que allí llegan más transatlánticos?

Cada guiri que viene a Málaga se pasa dos días de media en nuestra ciudad para gastarse más de 100 euros, aunque no se baje de un barco. Este es el dato real. ¿Recuerdan cuánto nos costaba una semana de vacaciones con todos los gastos pagados cuando éramos ricos y nos íbamos de vacaciones como los guiris? Pues subirse a un maravilloso barco de estos, siete noches, tropecientas ciudades, todo incluido: menos de 500 euros. Cuánta fruta y yo tan viejo, que cantaba Siniestro Frutal. Si me hubiese pillado con cuartos, llegaba yo en crucero, por lo menos, a semifinales…

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Enterrado o varado

Ya no sé qué sería de nosotros sin el Metro. No sé cómo, algo tan inútil para la ciudad, se ha impuesto como problema de supuesto calado para la sociedad malagueña por causa de la insistencia política en que así sea. No hay otra cosa. No hay debate entre partidos sin que figure tal presunto enfrentamiento abstracto entre nuestros gustos ferroviarios y esas preferencias de trazado arrojadas, digo arrogadas. Aseguran que nueve de cada diez malagueños prefieren un Metro bajo tierra. Eso será porque nadie ha hecho una encuesta sobre si lo preferimos volado, como en Blade Runner. Qué modernos imaginarios somos. Por arriba o por abajo, nos preguntan, sobrados, como si les abundaran fundamentos para aceptarnos las sugerencias. Yo creo que el Metro lo queremos muy bueno. El mejor. El más caro. Y punto. A otra cosa. Ahora bien, si nos dieran a elegir entre el Metro o unas entradas para el cine, creo que pediríamos un periódico para ver la cartelera antes de decidirnos. Y, fifty-fifty, no exagero.

Me da la sensación de que al malagueño tradicional, que pueda haber Metro a velocidad japonesa, le hace gracia. Otra cosa es que le guste. Aunque, de hecho, no disgustaba a nadie hasta que empezaron las obras y sus necesarias incomodidades. Uno se tapaba la nariz y se cepillaba la chaqueta, llegando a casa, esperando que arreglase el desaguisado la propia premura de su buen fin correteante. Pero el estribillo de los camiones se tornó machacón y la canción del verano se hizo hielo y calabaza a la vez, en ese otoño de hoja perenne que cubre cada página de la prensa diaria de nuestra ciudad, cuando trata de ciertos asuntos de origen decimonónico: río, tranvía y ahora, metro, sin fin, que se diluye. Nuestro aeropuerto de Castellón sin aviones podría ser este innecesario metro sin vías que seguirá pospuesto sine die hasta que nuestros legítimos representantes lo valoren como una posible opción de transporte, además de cómo preferido dulce de merengue con rifirrafe.

Hace un año que al Metro le faltaban setenta millones, que nadie tenía, para dejar de ser un proyecto. Lo anunciaba la Junta y el alcalde se mostraba dispuesto a enterrarlo para evitarnos males mayores. Ahora son 200 millones si se sigue el mismo plan, en progresión geométrica. Estos son los nuevos números: un tranvía por el centro costaría 41,5 millones de euros y estaría en uso en el año 2015. Construir el Metro soterrado supondría una inversión de 200 millones y su entrada en funcionamiento se retrasaría al 2020. Tres partidos gobernando, tres opciones. Tranvía porque sí –Fomento de IU-, soterrado a toda costa- Ayuntamiento del PP-, o no tengo ni idea, vamos a posponer la cosa hasta septiembre, a ver por dónde me da el aire y qué dicen las encuestas –Junta de Andalucía, PSOE-.

Griñán ha decidido no decidir ni dejar que nadie decida nada hasta septiembre. Señala tres posibles alternativas: que el Metro se detenga a la altura del Guadalmedina; que llegue soterrado hasta la Plaza de La Marina; o que continúe hasta La Malagueta. Para quitarnos el sueño, vaya, qué preocupación. ¿En 2015 o en 2020? ¿Qué será de nosotros por arriba o por abajo? ¿Cómo iremos al Centro sin Metro? Esto sí que es un problema para el CIS, y los demás, tonterías…

Tenemos medio metro hecho. Un lujo –o medio-. Ahora entiendo lo del tío en América: es un político.

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El sobresaliente

Hoy se cumplen dos años desde la última –penúltima y toco madera- victoria electoral de Don Francisco de la Torre, y anteayer aprovechó la ocasión para hacer un balance subjetivo de sus trajines. Se encanta. Hubo partes del discurso dedicadas a hacer un tratado de paramnesia, que probablemente plagió de sí mismo. Me refiero al auto halago que apunta a su don de convertir en oro todo lo que toca, que si no ha bautizado algún psicólogo bonaerense hasta ahora con otro nombre científico menos original, me arrogo la potestad de apadrinarlo como síndrome del rey Midas con chorizo, en atención a la Corte de asesores que rodean a nuestro buen hombre y mejor gestor allá donde va, saluda y se vuelve.

Pues, sí, como ya hizo el curso pasado, cumpliéndose un año de mandato, nuestro alcalde volvió a pontificar sobre ese poderío connatural que cree que lo envuelve en sus quehaceres a la hora de tocar con eficacia: “no hay aspecto que toquemos donde no se hayan producido avances”, dijo, con solvencia. Lo podíamos subir a la torre de la Casona, que no sé si la hay, a ver si tocaba la cúpula y nos regalaba un Taj Mahal, más turístico que la Manquita y que atracase, perdón, que atrajese a turistas con mayor poder adquisitivo que los cruceristas, que tras tanto revuelo de muelles y carrefoures, va a resultar que sólo se dejan 62 euros de media –pone de media porque soy muy fino-.
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Sin cultura de cultura

Ya pasó la Noche en Blanco y los malagueños más elegantes depositaron su inquietud cultural en una papelera del parque. Los de las prisas, la mandaron al pairo sin ir más lejos. Sobre todo los que se enteraron el domingo de que las horas de cola frente al centro de interpretación del teatro romano las perdieron ante un barracón habitualmente gratuito. Un día al año. Se ha instaurado el día de la curiosidad cultural en Málaga como durante el franquismo, el día de los novios enamorados. De película de San Valentín a alegoría añeja se pasa como de la noche al día. En un santiamén si te pilla confesado. Una sola generación que pase, y se acostumbrará a este día dedicado a lo ajeno. A lo que se mira y se difumina como hielo, para no dejar huella ni incitación a la práctica pecaminosa del arte. Lo que ocurre es que el amor está presente cada día, aún si cabe, y en mayor medida, en su propia ausencia. No es el caso del ocio artístico que precisa de previo encanto y cierta predisposición a dejarse cautivar ya que se aleja de los efluvios de la química natural por su propia esencia atribuible al artificio.

La cultura malaguita es más grande tras seis años de estropicio. Enorme y rebosante. Cultura estéril por causa de quien se cree que la difusión de las artes tiene que ver con los experimentos sociológicos. O peor, de quien no se da cuenta de que para lo único que podría servir esta absurda noche en blanco malagueña sería para estudiarla científicamente desde cualquier punto de vista antropológico. El malagueño lee muy poco. No suele asistir a espectáculos artísticos de pago. No consume ocio cultural. Y no por culpa del político cateto que coordina 140 actos en un día, ojalá, se cambia y punto, sino porque sus padres tampoco lo consumieron. Por eso 180.000 malagueños acuden a la Noche en Blanco y cuatro gatos al cine. Por eso un ignorante con un gran sueldo se alegra de las grandes cifras de asistencia a su esperpéntica fiesta de voluntariosos voluntarios, por deforme y grandilocuente, y no pelea cada noche con distintos programas de actuación encaminados a aumentar la clientela cultural. De uno en uno.
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Morirte de frío

El próximo sábado, Málaga celebrará la sexta edición de su “Noche en Blanco”. Quién nos lo iba a decir. Seis años y aguantando. Claro que, muy poco tiene que ver con aquel festival conjunto que nació en París y que continuaría en Roma, Bruselas, Madrid y Riga en la época de bonanza –ay, la Ponderosa-. De aquello queda poco, si es que algo. Alguna vieja banderola del 2016 curtida al sol por los sobacos y ese halo decadente de humillación en las heridas y en sus vídeos. A mí lo del 2016 me recuerda a Escocia porque se hizo verbo a través del naranjito, y por lo que ha llovido desde entonces, siempre al borde del precipicio. La noche en blanco malagueña se ha adaptado a la idiosincrasia cultural malagueña, que no es mejor ni peor que la de ningún otro sitio, si acaso menos espléndida para con sus artistas. Lo que quiero decir es que la filosofía de la noche en blanco malagueña, si no la he entendido mal, ha pasado de ser un estímulo artístico para el inculto populacho a convertirse en una oportunidad de salir a la calle con toda la familia con el único objeto predeterminado de no gastarse ni un solo céntimo. Ni de todo a cien, qué va. La sed y el hambre se prevén, como hacer cola, y se ahorra lo que se pueda en el Lidl o el Carrefour, con premeditada alevosía. Ya no es ni de chino a por una lata si no hay más remedio, que no. La noche en blanco es un obsesivo “todo gratis”, de cabo a rabo, inculcado así a la población por el gobierno municipal como mérito adherido a la razón de ser de la cultura del lugar. El puro amor al arte.

Dicen que en esta edición participan no sé cuantos artistas a tiempo parcial, que son los que viven de otra cosa, incluyendo la generosidad de sus padres. Estos exponen, cantan, bailan, actúan, y no pintan nada más que un añadido al número de actividades programadas por la vergonzosa Área de Cultura municipal, que debe pensarse que esta fiesta es la de fin de curso en el salón de actos de un instituto gigantesco. Han coordinado 144 actividades, nada menos. Las mismas que debían financiar los propios artistas para ser incluidas en el catálogo de esta “Noche en Blanco” especialmente dedicada a los aborregados de su cultura. Esos que no entenderán nunca a Picasso porque les habla en parisino antiguo y que no saben que con lo que disfrutarían de lo lindo sería con las gitanillas y los bandoleros del Carmen Thyssen, y por eso no van a aplaudir como locos o por soleares.

La noche en blanco será un éxito de público, con unos números fantásticos que sólo contabilizarán los mismos que lo organizan. Ningún artista malagueño habrá cobrado ni un euro, supongo que porque alimentarse del aire les viene de oficio o porque es mayor su cariño al terruño que la caradura del político de turno que cobra un gran sueldo por ofrecerle la posibilidad de mostrar su trabajo en algún sitio público a cambio de nada. Para muestra, un botón: el sueldo anual del concejal de cultura del Ayuntamiento de Málaga es superior al presupuesto total de toda la Noche en Blanco. Como suena. Y la directora de Área, como buena asesora, aún gana más que él. En realidad, en nuestra ciudad, quien mejor vive del teatro no es ningún actor o director salido de la ESAD, no, sino la directora del Teatro Cervantes. Y en el campo de las Bellas Artes, por ejemplo, ningún artista malagueño superará los 65.000 euros que figuran en la nómina del Gerente de la Fundación Pablo Ruiz Picasso.

No hay un duro para el fomento de la cultura de lo malagueño. Ni para apoyar a nuestros artistas. No hay un duro que sobre. Pero la Noche en Blanco que nos han preparado, justificará lo injustificable. Hagan cola, pasen gratis y vean.

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Donde hay patrón

Hoy es el día de los trabajadores, término incierto que incluye a los trabajadores en paro y a los trabajadores que aún estudian o se preparan para ejercer ese derecho fundamental en el futuro si se lo permite la reforma laboral. Al otro lado no están los patronos, sino los recortes, la falta de crédito y el recibo de la hipoteca. Pero también los hay privilegiados. Aún.

En Málaga el término “trabajador privilegiado” se circunscribe a quien ejerce su empleo en la órbita municipal, gracias, sobre todo, al buen corazón del alcalde y a su espontaneidad a la hora de describir él mismo ante la prensa a quien contrata. Puede que se deba, quizá, a esa parte de Don Francisco que, a veces, rebasa la línea de la elegancia para situarse en el lado de lo chapado a la antigua. Bien pensado, suele manejarse en ese límite impreciso habitualmente y con mucho decoro, tan al centro, tan democráticamente. Y digo que puede que se deba al anacronismo que lo dibuja porque Don Francisco ha demostrado fehacientemente que considera privilegiados a los empleados municipales que cobran un sueldecito por la gracia divina. Esos cuantos miles a los que no les están haciendo un favor, pero casi. Sí, los considera privilegiados pero es capaz de desdecirse en público cuando su verdad les agita, en previsión de pataleos. No le gusta el ruido. Nada. El ruido ofende. De modo que en virtud de su talante y de su saber estar sobre la línea discontinua permanentemente puede desdecirse, reconocerse en errores o disculparse aunque nunca haya cazado ningún elefante. Don Francisco mima a sus trabajadores a conciencia. A sus pobres trabajadores ingratos. Y a los otros. Los verdaderos privilegiados, asesores, directivos y consejeros, con sus pluses y sobresueldos, por la gracia de su buena preparación y mejor familia. A estos, sobre todo.

Hoy, día de los Trabajadores, ya con mayúsculas, y por causa de la plena crisis, quiero rendir homenaje a un luchador contracorriente, a un defensor a ultranza de sus mejores obreros. Si no un Schindler, sí un Porfirio Smerdou dispuesto a recoger de la miseria del ámbito privado a los mejores, según intuye, y a sus hijos para la causa pública de Málaga. Varios cientos de millonarios a costa de su buen empleo municipal defendidos con firmeza de cualquier recorte plebeyo. Hablo del alcalde. Donde esté D. Francisco, que se quite cualquier sindicato.

No obstante, a don Francisco de la Torre, la crisis le está poniendo las cosas cada vez más difíciles para poder seguir manteniendo la cohorte de estómagos agradecidos que figuran en la nómina de sus buenos amigos y mejores asesores. Entre el Real Decreto-Ley 20/2011 que prohíbe la contratación de personal a todos los organismos de la administración pública, incluidas sus empresas y organismos autónomos, y la Ley de racionalización y sostenibilidad de la Administración Local que pretende arruinar su potestad de elegir a dedo a cuantos consejeros le plazca, mantener su equipo de ensueño solidario cada vez se tornará más complicado. Claro que siempre se encontrará algún resquicio legal: ¿que no se puede contratar a nadie? El Ayuntamiento de Málaga sí, a 37 personas “en casos excepcionales y para cubrir necesidades urgentes e inaplazables”. ¿Que hay sentencia del Tribunal Constitucional que anula la potestad de las grandes ciudades para nombrar miembros de la junta de gobierno a personas sin acta de concejal electo? Pues, ni corto ni perezoso, sin esconderse ni disimular, nuestro alcalde se salta el espíritu de la ley a la torera, según convenga: “aplicaremos y buscaremos la manera de seguir contando con ellos, presumiblemente como coordinadores”. Y punto. Esto es un defensor de sus trabajadores y lo demás, tontería.

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Un filón

Dicen que van a poner un mercado moderno en la manzana de los cines y otro más en una esquina de oro que alguien se ha inventado que hay en el puerto. Supongo que esos sitios se llaman de forma tan extravagante porque los denominó así un bromista alguna vez y nadie se ha preocupado de ponerle otro nombre más acorde a su realidad ruinosa posteriormente. Manzana como indefinición urbana, en Málaga, sólo hay esa y esquina de oro puede que la tuviera en su día alguna pobre esclavizada del sexo en el viejo ensanche del puerto, hoy Soho, por esa moda mencionada de confundir la identificación popular directamente con su absurdo pero, aún si la hubiese habido, ya no está. Y menos, en ese lugar de recreo infantil que divide a los dos muelles en nada o en una pista de patinaje, según quién improvise.

Al mercado moderno de la manzana abandonada del Astoria -si no lo gafa el alcalde antes de que tome forma- propongo llamarlo a partir de ahora Mercado de la Manzanas, para que parezca que proviene de algún otro tradicional, portuario o arrabalero. Se le pone pinta de antiguo, aunque sea con cartón piedra de crisis o con los floreros de las concejalas para cruceristas, y un cartel que cuente un cuento que dé visos históricos. Como se hizo con la Casa Natal, sin ir más lejos, que pudo ser una, la otra o aquella, hasta conformarse en la que hoy es. Al mercado moderno le quieren dar otro mordisco por si Picasso nació en aquel otro lado, para cubrir todas las posibilidades y si acaso, acertar con su ubicuidad, más que con la ubicación.

A mí, lo que no me convence de esta maravillosa obra de ingeniería mental de algún lumbrera en el Ayuntamiento es que ya existe un mercado abandonado a su suerte en la Plaza de la Merced. Supongo que el viejo Mercado de la Merced terminará siendo un nuevo cine y el viejo cine Astoria un nuevo mercado, como en un juego de trileros, donde el listo siempre gana y el tonto paga expropiaciones, multas, museos de las gemas o proyectos de funiculares. Si se pone un mercado bonito, moderno y limpito en la ruina del Astoria, ¿qué será del Mercado de la Merced, tan feíto, demodé y remendado? Anunciarán que se lo queda Unicaja, Caixa Fórum o el Guggenheim, si hiciera falta, y luego, nada. Otro mazacote moribundo con medio súper y una comisaría entera por trasladar.

En el Ayuntamiento se han puesto las pilas gourmet. Ya distinguen sus concejales entre el mercado madrileño de San Miguel y el de San Antón. El primero está en decadencia, dicen… Ni 4 años lleva abierto… 20 millones que nos ha costado el edificio del Astoria más otros 10 que costará -a quien le interese- tirarlo para levantar otro… Van a tener que vender muchos jamones. Que sean malagueños, de castaña –de castañazo, me temo, persignándome-.

Pero si no hay más remedio, me apunto al mercado de cosas ricas para turistas en el equipamiento cultural del Museo de Museos. Vale. Pero, ¿otro más en la esquina de oro, esa? ¿Un Carrefour? ¿Ahí van a vender queso de cabra malagueño? ¿Vinos de la DO Sierras de Málaga? ¿Aceites de oliva virgen extra de la provincia? ¿En un Carrefour? ¿Aceitunas aloreñas? ¿Aguacates de Vélez- Málaga? ¿Chirimoyas con denominación de origen? ¿En un Carrefour?

Dice el alcalde que le da sus dos puntos al proyecto del puerto, como en Eurovisión. Y lo peor es que no me extraña. Por el bien del crucerismo de aquí te pillo y aquí te mato. Para que no se escapen sin comprar. Que sí, que viva el foie, el queso suizo, el champagne y hasta la piña intercontinental. Lo que sea. Con biznaga y sombrero torero. Así somos. Vocacionalmente.

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Pisoteando la alfombra

Benedek, mi amigo de Budapest, llega el viernes a Málaga. Espero que le guste la que le he contado que es nuestra “Semana Grande”, la del Festival de Cine. Él piensa que viene a la feria y espero que se vaya encantado. Ya sé que pudiera parecer que lo traigo engañado, pero no, en todo caso, vendría confundido, que es como se llama a estas cosas cuando, sobre el pecado, prevalece la buena intención. Le invité a pasar unos días en Málaga hace poco más de un año, en Semana Santa y me decepcionó que le gustase por pequeñita, nuestra semana de pasión. ¿Pequeñita? Dijo que era entrañable. Como los sanjuanes de Soria respecto a los sanfermines.

Me lo tomé con tal arrebato iracundo de disimulo patriotero que me pensé, muy seriamente, llevármelo de la solapa hasta el Paseo Marítimo de la Malagueta, para preguntarle si aquella inmensidad marina que lo ocupaba todo hasta el horizonte también le recordaba lo pequeñito que podía llegar a ser el río Guadalquivir. Afortunadamente no lo hice y por tanto, sigo siendo un chico fino y muy bien educado.
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