Cosmópolis

Me toca hablar de la feria porque si no sólo me queda en agosto hacerlo de Gibraltar para tapar otras vergüenzas igual de patrioteras. Qué remedio. Y yo que no quería tirar piedras sobre mi propio tejado. Así que he intentando encontrarle el lado positivo a nuestra celebración y lo mejor de este esfuerzo es que no me ha costado tanto. Me gusta la feria, sí, si me empeño. Por algún buen recuerdo. Supongo que el lado tradicional hay que encontrárselo en lo personal. Porque la tradición sólo precisa de un requisito. Y algo que se quita y se pone, se le da relevancia o se elimina, no puede arraigar porque sí, ni tampoco en virtud de la ocurrencia del responsable político de turno. Puedo hablar de lo que arraigó en mí de esta feria que quiero, desde que el proceso migratorio concluyó en mi familia hace 27 años y nos devolvió definitivamente a esta tierra. Lo único tradicional que me sobrevive a los años de feria son las ganas de pegarme una juerga poco flamenca en buena compañía. Ni malagueñas, ni verdiales –qué pena-, ni caballos ni carruajes, ni toros ni encierros, ni moros ni cristianos. Tres mil años de historia nos han valido para brindar con los amigos. Tan pobre como entretenido.

No tener raíces tan profundas como para que declaren nuestras fiestas de interés turístico nacional algo tendrá que ver con el carácter cosmopolita de nuestra ciudad. Si no han prendido las hogueras que rejuvenecen las festividades valencianas, si no hay tal apego a la fiesta de los toros como tantos asesores taurinos de la política mejor pagada demandarían, si no hay tablao que resista el ninguneo de los nativos, si no somos racistas expulsando infieles y ni siquiera queda rastro de las oleadas vikingas, ni de los saqueos piratas, será porque acogemos lo nuevo como propio de nuestra idiosincrasia, supongo; nos faltará memoria pero nos sobrará modernidad, siempre a la última, amada vanguardia.

Ojalá. El cosmopolitismo malagueño no nace en Nueva York y se extiende, como los perfumes por Roma, Londres, París ni sus museos. Adopta poquito de estas tendencias. El cosmopolitismo malagueño es, más bien el del Carmen Thyssen, pero en vez de vestirse a la moda de flamencas y bandoleros del XIX, lo arrabalero peor entendido y más merdellón se acoge de una brocheta de videoclips del youtube que en el estribillo haga mención a una perrea -¿qué será eso?-. Y así se crían: descamisados en bermudas, con cadenones de oro y sombreros fedora. Y de tal palo tal astilla. Y así que pasen tres generaciones para mirarse al ombligo y no reconocerse.

Málaga la novísima cambió el garum por el kétchup, los trajes regionales por los short, el sombrero de paja por el mejicano, y los generosos por el rebujito. Así somos y así nos encaminamos. Nos gusta lo mediocre moderno y lo popular moderno. Lo que no pasará a la historia ni dejará huella. Y se agradece el intento del señor Caneda por dispersarnos, y por empeñarse en que nos guste el flamenco y los museos, y que anuncie doscientas actividades culturales, nada menos, y que pretenda que los cachorrillos más molestos se aparten del resto y se achicharren bajo el sol de las cinco de la tarde donde menos se les vea, incluso bebiendo, que no es malo –o eso dice-. Lo malo son las gamberradas. Y algunas decisiones políticas, si no lo son, a veces lo parecen.

Málaga no cuida lo suyo. El tinto es sinónimo de rioja y el blanco de rueda. El queso de feria es el manchego. Y lo más típico, el jamón. No hay nada especial en feria que no pase por el libre albedrío de sacar el güisqui, cheli, que se chube a la cabecha para hacer bien el amor -ya sabéis donde hay que ir-.

¿Y qué más queremos?

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Rentabilidad verde

Ayer leí la entrevista a Raúl Jiménez, el nuevo concejal de Medio Ambiente y Sostenibilidad, que publicó La Opinión de Málaga sobre el Jardín Botánico de La Concepción, y deduzco dos cosas. Una, que ha interiorizado la idea de que en tiempos de crisis todo lo público ha de ser rentable para ser sostenible, y dos, que ha organizado una tormenta de ideas en su departamento, y las ideas han caído, con violencia y profusión de aparato eléctrico, que es lo propio de las tormentas de verano.

Al concejal le preocupa que los malagueños no pasen en tropel por la taquilla como hacen para ir al fútbol o a los conciertos de Pablo Alborán. “Lo que queremos es que vaya mucha gente al jardín botánico”, dice. El problema es que en La Concepción sólo hay plantas. Y la solución, complementar la oferta con “algunos atractivos añadidos”. Ahí es donde la tormenta de ideas arrecia con violencia, y pasamos de lanzar abonos o negociar con los touroperadores (¿aún no lo habían pensado?) que los cruceristas pasen la línea de La Plaza de la Merced para llegar hasta allí, a poner mesas en el recinto para que los malagueños vayamos de picnic y crear un jardín zen o un laberinto de setos.

Los jardines zen son de arena y piedras y apenas tienen plantas. Eso le ahorraría al Ayuntamiento costes de personal, una vez que se consigan los fondos para hacerlo (este año el presupuesto de inversión del jardín es de cero euros). Lo del laberinto de setos es harina de otro costal, a menos que se plantee que lo cuide una asociación como con el ya iniciado proyecto del huerto didáctico. Esperemos que haya asociaciones de aficionados a la poda en Málaga. Sugiero que también organicen clases de Tai-Chi, pero lo que verdaderamente atraería un público masivo sería trasladar el Real de la Feria al jardín botánico.

La rentabilidad es una cosa, y otra la sostenibilidad económica y social del patrimonio. Dudo que el coste anual de mantenimiento de uno de los jardines botánicos más importantes de Europa supere la inversión que se ha hecho en toda suerte de museos bastante menos simbólicos en años de bonanza. Posiblemente, La Concepción sea el patrimonio más importante y único de la ciudad, y entiendo que al menos una parte de los malagueños es consciente de ello, puesto que la Asociación de Amigos de la Concepción, es, con 1.700 socios, la más numerosa de todas las asociaciones de amigos de jardines botánicos en España. Las declaraciones de Raúl Jiménez me traen a la memoria una película de los Monty Python, donde los trabajadores de un zoo se empeñaban en demostrar que las ardillas eran criaturas feroces para evitar que la empresa propietaria las sustituyera por tigres y varanos, más epatantes para el público. No todo ha  de ser multitudinario para ser sostenible, y al menos yo, pago gustoso mi parte de impuestos para que La Concepción lo siga siendo, pero si se admiten sugerencias, ya que quitaron el autobús de línea que llegaba a la puerta por falta de rentabilidad, arreglen el camino que une el final de la Línea 2 con el recinto para que los escasos pero valiosos visitantes no se arriesguen al atropello.

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Qué pesados

El Ayuntamiento se ha empeñado en que abramos las tiendas los domingos. Qué pesados. Son tan obstinados como los de IU con el tranvía. A ver quién les gana a cabezones porque cada cual defiende el apoyo popular (masivo, que diría el defenestrado Zapatero) cuando les conviene. No creo que las Hermandades ni la Fundación del Carnaval apoyen al Consistorio en esta ocasión, aunque puede que sí y que valoren tan positivamente que el comerciante de abajo no tenga día del Señor, como que les pase el tren por debajo… Ya no me asusto de nada. A fin de cuentas -que es lo que nos interesa a los que nacimos pobres-, al comerciante es al que no le compensa abrir la tienda, atendiendo a los datos estadísticos que a pesar de tan fríos, son los que realmente crean tendencia.

La moda es no abrir. Sólo el 12% de las tiendas abre los domingos. Porque poder, se puede abrir si el negocio está bien situado, mide menos de 300 metros y aún no lo tienes en traspaso. Ni el centro comercial abierto, ni lo de la zona de gran afluencia turística, ni Caneda comparando a los cruceristas con zombis por no poder satisfacer su instinto consumista han sido suficientes para convencer a los autónomos de las pequeñas ventas y enormes declaraciones trimestrales del IVA de que podrían hacer su agosto con el pasaje de un barco. Ni de 60 barcos. Ni con los 91.000 cruceristas que se esperan en domingo, con cinco horas por delante y 62 eurillos en el bolsillo, con las avenidas desiertas y recorridas por una bola de heno biznaguero del Oeste en calle Larios y el sonido de una radio a media voz susurrando al viento otra cansina goleada del Málaga, líder de la liga otra vez, y gracias al jeque, hasta en los momentos más imaginarios de un domingo de crucero cualquiera.

Que no, pesados representantes míos. Que no quieren abrir. Que los tenderos quieren descansar los domingos. Y ese postizo nuevo, que ahora se llama “Málaga Cruise Shops” al que sólo se han adherido 25 tiendas del centro, a pesar de tan buena y santa intención municipal, caerá por su propio peso. Aquí un lumbrera para explicar las cosas: abrir los domingos para 91.000 personas con 62 euros en el bolsillo, de los que dedican 17,36€ a las compras, no es mejor plan que abrir para 568.000 pobrecitos malagueños con 20 euritos que gastar –sin pasarse- de lunes a sábado, si te queda el domingo libre. Clarito. Y eso que odio las matemáticas.

Yo creo que lo que le pasa al Ayuntamiento es que no se gusta mucho. Si los jóvenes no están tan bien educados como les gustaría, se les manda a una isla en feria –pero no se les prende fuego-. Si el malagueño no está bien acostumbrado al rollo cultureta, pues se hace un día para silbar disimulando, como que sí, y ¡viva la Noche en Blanco! Si no es esta una ciudad comercial por antonomasia, la reinventan con un folleto que no sé qué pone pero si no está ya, apuesto a que nos describirá pronto como mercaderes, fenicios todavía, por ese afán de actuar y pretender que parezcamos lo que no somos. “Málaga Cruise Shops”, ¡toma ya! ¿Qué es eso?

Somos una ciudad turística de sol y playa, con un toquecito merdellón incluso aprovechable. No somos los de 2016. Ni los de los bazares. Que no. Que abrir los domingos a ver qué pasa es un artificio. Se abrirá los domingos si existe demanda. Se irá a un museo un día como una excentricidad, mientras prefiramos ver la tele antes que leer un libro. ¿Lo cambiamos? Vale, pero poquito a poco, con un plan, a largo plazo. Y si hay prisa, empezando cuanto antes.

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El copo

El sábado pasado, mi sobrino Manu me despertó con una foto enviada por Whatsapp en la que se le veía, orgulloso, tirando de la traya de un copo. Normalmente no le gusta madrugar, pero aquella era una ocasión especial. La Asociación de Pescadores de El Palo organiza, una vez al año, con todos los permisos y bendiciones de la Consejería de Pesca de la Junta de Andalucía, un copo simbólico, para que las nuevas generaciones, como Manu, de 14 años, puedan contemplar un arte de pesca tradicional ya extinguido.

Su entusiasmo me transportó a mis veranos de infancia. Mi padre tenía aficiones incomprendidas en una familia poco dada a las caminatas y al contacto con la naturaleza. Le gustaba dar largos paseos por el campo, contemplar las flores, y nosotros, mis hermanas, mi madre y yo, permanecíamos en el coche escuchando música, sin el más mínimo interés por lo bucólico. Sin embargo, algunas veces me despertaba para ir a la playa a ver sacar el copo, y entonces sí saltaba de entre las sábanas para salir de la casa a hurtadillas aún de noche y asistir a la faena. Mi mayor interés no era ver emerger de las aguas aquellas redes preñadas y temblorosas de pececillos, sino esperar a que los pescadores retiraran el género válido para la venta y recoger un botín de estrellas de mar y cangrejos grises, que daban miedo pero precisamente por eso eran atractivos.

Le pregunté a Manu por las estrellas y los cangrejos de mar, y me miró extrañado. No había. En el copo simbólico, el volumen y la variedad de las capturas también se ajusta a lo mínimo. Apenas salieron boquerones, la especie que nos da sobrenombre a los malagueños, pero que parece seguir el camino del dinosaurio. Los que quedan, dicen los marengos que no saben como los de antes. Somos lo que comemos, también aquello que comemos es lo que le toca comer en la cadena trófica, pobrecitos los boquerones, el plancton de ahora no es el de antes.

Buena parte de la provincia de Málaga vive de la costa. De la pesca, cada vez menos gente, pero de las playas, cada vez más. Hasta los vendedores de almendras y papas fritas han vuelto, azuzados por la crisis. Y sin embargo, hemos asistido impasibles a la alteración de las dinámicas del litoral con encauzamientos de arroyos, presas y diques; a la contaminación (el retraso de la depuración de las aguas se cuenta ya en décadas) y a la sobrepesca. Esta dinámica sí que no parece que vaya a cambiar, a tenor del contenido de la nueva Ley de Costas aprobada en mayo, que ha despertado las iras de los ecologistas, esas Casandras del siglo XXI, con normas como la reducción de la servidumbre del dominio marítimo-terrestre de 100 a 20 metros de la orilla, que hacen la boca agua a los especuladores.

Me pregunto si la desaparición de los boquerones, ese emblema de nuestra gastronomía, provocará al menos un mínimo de inquietud entre quienes viven de la restauración. Siempre cabe, claro está, la posibilidad de que los asiáticos inventen algo que se parezca, como los chanquetes chinos o el exitoso surimi de angula, y siempre habrá algún avezado restaurador que ofrezca de tapadillo, cobrándolo a millón, un plato del pescado casi extinto a un grupo de privilegiados comensales. Y gente como los esforzados y nostálgicos pescadores de una asociación seguirá organizando copos simbólicos, pero no sé si los hijos o sobrinos de mi sobrino Manu verán volver las redes con algo más que latas y plásticos. Al tiempo.

La peineta de la marmota

Lo de Bárcenas sí está escrito y lo que es aún peor, sí tiene nombre. Parece ser que todo el mundo está de acuerdo en que es un presunto pedazo de delincuente, con lo difícil que se me hace aceptar las generalizaciones. Creo que sólo un compañero de fatigas al que regaló unos pantalones cortos en la cárcel y su amigo del jersey amarillo, lo defienden aún sin tiranteces. Al menos, eso proclamaron ambos el día que recuperaron su libertad en declaraciones difundidas en directo por mi telediario. Aunque, bien pensado, sin tiranteces, tampoco. Más bien, al contrario, vaticinaban que ya tiraría, ya… que ya tiraría de la manta… Y eso es lo que parecía gustarles del hombre que nos hace a todos la misma puñetera peineta cada mañana.

Pues dicho y hecho. Los dos íntimos de celdilla llevaban razón. O van a montar un programa de videncia en una tele digital con licencia de municipio bananero o Bárcenas se confesó en el talego. Supongo que la “b” es la opción correcta. Yo también lo habría hecho, a tenor de la agradable compañía. Y también hubiera regalado todos mis pantalones, a poco que le hubiesen gustado a alguno de mis nuevos compis. Hasta con marca, si tuviera alguno. Y largar… de Rajoy es poco, de la lista entera de reyes godos si mi relato conmoviese a tanta pobre alma perdida, en vías de extinción o de desarrollo. Estar en la trena con 40 millones de euros a la vista en cuentas suizas debe de hacer –posiblemente- que te abras, cuanto menos de corazón, en la penuria del calabozo y su letrina.

Ya ha reconocido Bárcenas que la letrina era la suya. Tanto perito calígrafo y él redondeando las oes para parecer otro ante el juez hasta anteayer y han sido suficientes unas cuantas pesadillas a la sombra para que, de repente, reconozca que los papeles de Bárcenas no se llaman así por casualidad sino por asuntos que tienen que ver con su puño y letra y una calculadora muy ambiciosa.

Y ahora, ¿qué?

Toca rezar. A todos los que confiamos en esta democracia -no sé si en presente o en pasado-, nos toca rezar para que las teorías conspiranoicas que nos hacen dudar sobre el sistema de partidos, la ley D´hondt, las listas cerradas y las viejas instituciones continuadoras del Antiguo Régimen no derrumben lo que con tanto esfuerzo levantaron nuestros padres. Nos toca rezar para que no se demuestre fehacientemente que el segundo problema que señalan los españoles en las encuestas del CIS es razonable. En definitiva, nos toca rezar para que aquello que nos decían los políticos en la cumbre, que no todos eran iguales y que son los menos los que ceden ante la corrupción, sea cierto o deje de producirnos carcajadas nerviosas.

Necesitamos fe para rezar. Que Bárcenas sea el único malvado y, por la cuenta que nos trae, además un gran mentiroso. Porque lo que presume de llevar bajo su manta no es un caso aislado, otro más, sino el caso único, el que confirmaría el poder de un partido por encima de todas las cosas y convertiría a los que nos representan en simples monigotes, juguetes a sueldo y en manos de unas siglas impersonales entre cuyas virtudes no destacarían la supremacía de los valores democráticos. Si un partido es una empresa, se financia y se gestiona como una empresa, su consejo de administración se debe a sus accionistas. Nada más.

No creo a Bárcenas. Bárcenas no existe. Maldita su peineta.

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A la autarquía

He leído una noticia en el diario La Opinión de Málaga de ayer que, de nuevo, ha hecho que me cuestione algún problemilla  existencial. Por eso acabo de llegar a casa con un animalito que me mira en brazos. Vengo del campo. De la vega de Antequera, precisamente. Pero provengo de ciudad. Urbanita hasta la médula. De hecho, unas gafas de culo de botella y unos tacones podrían definir mi fina estampa de caminata por “el campo, ese horrible lugar donde los pollos se pasean crudos” ante Gabriel García Márquez. Toda la culpa de que dejara mi ciudad rectilínea durante unas horas, puedo achacarla a la lectura, a media mañana de ayer, de las primeras conclusiones del seminario “Los retos del siglo XXI para una hortofruticultura sostenible’, que forma parte de los cursos de verano que la UMA desarrolla durante estos días en Vélez-Málaga. Hombre prevenido vale por otro y como no consigo enderezar el rumbo económico de mi crisis personal, me quedé con aquella de que “la cosa” apenas ha afectado a la agricultura española: “durante todo este tiempo de crisis la producción se ha mantenido”, según Eduardo Rodríguez, catedrático de Genética de la UMA y director del citado seminario. Además, cuestionado sobre si se está produciendo “la vuelta al campo” que algunos analistas preveían al inicio de la crisis, asegura que, al menos en la Axarquía, el relevo generacional sí se palpa: “las crisis tienen sus partes positivas y negativas. Y este año, después de cuatro o cinco, está aumentando de nuevo la superficie dedicada a invernaderos”.

Aquello y que mi chino de abajo colgara ayer el cartel de “se traspasa”, me hizo reflexionar sobre los nuevos brotes verdes de la macroeconomía política que anuncian nuestros representantes con las mejores vistas y me subiera al coche, con la intención de echarme al monte. Más concretamente, fui a oír a mi amigo Antonio a Humilladero, para que me diera norte y ánimo, como cura y dios me libre, de los peores augurios. Llegué minifundido. Lo escuché y como siempre, llevaba razón. -Gaby, vamos hacia la autarquía -me dijo-. La prueba palpable está en los jóvenes jipis que se trasladaron al campo en la época de la bonanza económica. Sus viejas plantaciones de marihuana las han ido cambiando por los nuevos cultivos de coles…

Es grave. Muy grave. Pero si la cosa se pone aún peor, en el campo hay tomates.

No obstante, según Eduardo Rodríguez el margen de beneficios se ha reducido mucho en nuestra provincia porque hay países con clima parecido en los que la mano de obra supone una décima parte de la inversión de aquí. Por otro lado, tendría que dedicarse una parte de los beneficios empresariales a la investigación y no se hace. Tampoco ayudan los recortes de las administraciones públicas en desarrollo científico: tanto del Gobierno central como de la Junta de Andalucía.

O sea que el campo no es negocio, pero se come. Ya lo dice Antonio, vamos hacia la autarquía: autosuficiencia y economía de subsistencia para el dolor de oídos del pareado. Y para los que no les gusten los bichos como a mí, a hacer el huerto en la terraza y a cuidar el ganado en el piso. Gallinas en el salón. Criar un cerdito. Y llego al problema existencial que me embargaba al principio: ¿te puedes comer a tu mascota? Un tío de ciudad, ¿podrá mirar a los ojos a una bestia comestible a la que ha criado con ademán de perrito y zampársela?

O la economía mejora pronto o además de pobres, todos vegetarianos. Al tiempo.

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Lo que nunca fue

El restaurante de la Escuela de Hostelería de la Cónsula ha cerrado porque sus frigoríficos están vacíos. Se deben facturas a algunos proveedores desde hace más de un año y los 25 empleados que le aportan, además del prestigio, la mejor enseñanza a sus alumnos, no cobran desde hace cuatro meses. En total, se calcula que su deuda supera los 700.000 euros y todos los dedos señalan, con muy mala educación y excepcional puntería, a la Junta de Andalucía, por no cumplir con las obligaciones contraídas. Lo raro del caso es que el gobierno andaluz ha dejado en ridículo no sólo a su Delegada en Málaga, quien aseguró en abril que el susto era cosa de exagerados, sino también a su propio Presidente, Griñán, o quien hace las veces de él de 08:00 a 15:00h en el twitter y que se atrevió a responder a una pregunta de nuestro chef más prestigioso, el malagueño Dani García -“dígame la verdad, desde el respeto que le tengo, vamos a salvar La Cónsula, ¿verdad?”- así: “Seguirá siendo lo que siempre fue y esas son mis instrucciones a la Consejería”. Pues o no se entera de nada, o lo ningunean en la Consejería, o mintió. Porque el hecho constatable es que el restaurante de la Cónsula, tres meses después, está cerrado y sus empleados avergonzados por una morosidad que le viene impuesta por el despropósito en la gestión por parte del gobierno –iba a poner sevillano- andaluz.

La Junta no ha pagado ni un solo euro de lo que le correspondía durante el curso recién acabado y aún debe el 25% del anterior, 2011-2012, según fuentes cercanas a la escuela, en declaraciones a La Opinión de Málaga. ¿En qué está pensando la Junta de Andalucía? ¿A qué espera? Lo que le cuestan diez altos cargos de buena genealogía política en un año solventarían el asunto, si se tratase de un problema de liquidez. Pero no tiene esa pinta. Es para mirárselo bien. El problema se encuentra en la frontera entre la torpeza infinita y la ineptitud si de verdad el retraso se debe a que se ha pasado a depender de la Consejería de Empleo a la de Educación y las cosas de palacio las llevan batracios.

Luego está la excusa demagógica, que si no tienen remedio nos van a soltar desde alguna alta alcurnia política. Aquello de que la Escuela de la Cónsula es elitista y el dinero que se le destinaba desde la Junta van a dedicarlo a promover nuevas políticas de empleo. Nos lo sabemos de memoria. Mal que nos pese, Andalucía, en general, y Málaga en particular, copan buena parte de su PIB en las industrias turísticas. La hostelería malagueña y su gastronomía han dado un salto de calidad muy significativo en los últimos años, que hay que atribuir en buena medida al trabajo que se ha venido realizando desde La Cónsula. Este sí que es un buen plan de empleo y que se demuestra empíricamente observando sus frutos. No sólo Dani García y José Carlos García, con sus estrellas Michelin, han sido alumnos de La Cónsula, también han pasado por allí Javier Hernández, chef del restaurante del Candado Golf, Sergio del Río de Óleo, Willie Orellana de la Taberna Uvedoble -y no sigo para que nadie se sienta olvidado-, cocineros todos ellos que aportan ese toque de alta cocina a la tradición malagueña desde sus pequeños grandes establecimientos en Málaga (sin mencionar a ninguno de los magníficos profesionales de sala). A imagen de La Cónsula, hoy día podríamos hablar de las otras escuelas (CIO Mijas, Benahavís, Archidona…) que han convertido el antaño desolador panorama gastronómico malagueño en lo que va camino de convertirse, a poco que lo cuidemos, en un espacio con identidad propia en el panorama internacional. Depende de nosotros. De los malagueños. De que aprovechemos las bondades climatológicas para presumir de nuestra cultura. Y de que la Junta cumpla de una vez sus compromisos con Málaga y apueste por su futuro.

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Avenida del Metro Bajo Tierra

Cuenta D. Francisco de la Torre entre sus méritos con la capacidad de unir a todos los malagueños en torno a él, sin dar lugar, en ningún caso, a la posibilidad de discrepancia. El último ejemplo de este mesianismo sin parangón se puso de manifiesto a lo largo de los últimos meses en cuanto al Metro. Todos los malagueños, según él, queríamos –o queremos- un Metro de Málaga bajo tierra. Lo demostró con una acción de recogida de firmas que, si no recuerdo mal, contó con el apoyo de 35.000 incondicionales en tan sólo quince días de campaña. La adhesión de la Agrupación de Cofradías, con todos sus tronos y de la Fundación del Carnaval, con todo su pitorreo avaló la cuestión hasta la categoría de unánime o lo que es peor, de indiscutible.

Yo creo que D. Francisco es un hombre de consenso mientras no se demuestre lo contrario. Y en pocas ocasiones he podido corroborar lo contrario, siendo sincero. Recuerdo una ocasión cercana en el tiempo, en cuanto al concurso de ideas para el Guadalmedina. Se pagó lo que sí está escrito en encontrar a un arquitecto que comulgara con la idea preferida por nuestro alcalde acerca de embovedar el río salvaje. Pero la mayoría le quitó la razón. A los arquitectos no les gusta esa vieja propuesta decimonónica que con tanta vehemencia sigue defendiendo. Claro que al ser un concurso de ideas, la propuesta ganadora no era vinculante. El día que haya dinero, me temo que vuelva a intentarlo, hasta alcanzar la unanimidad a la que nos viene acostumbrando y terminemos embobados (sic) en busca del cauce del río.

La nueva unanimidad del alcalde se refiere a la Avenida de Carlos de Haya. Afirma, con la taxatividad que le está proporcionando el paso de los años, que cambiar el nombre de la Avenida por tratarse del de un aviador franquista, no responde a la petición de los ciudadanos. Es más, asegura que “no hay ningún malagueño que me lo pida; hay bastantes malagueños que me piden lo contrario”. Debe de ser que ha excluido a nuestros representantes legítimos de IU en el Ayuntamiento porque no los considerará de Málaga sino de Stalingrado por marxistas o por masones. Si yo le sirvo, Don Francisco, un malagueño orgulloso de serlo, se ofrece voluntario para ser señalado como el primero que le solicita que le cambie el nombre a esa avenida. No porque el aviador guipuzcoano fuera una mala persona, que ni lo sé ni me importa, sino por su condición de oficial del Ejército sublevado durante la Guerra Civil fallecido en combate, además de piloto personal del dictador de tan infausto recuerdo. ¿Por qué somos más papistas que el papa? ¿Por qué en Bilbao no queda ni huella de este magnífico inventor y sí en la ciudad cuya única relación la consumó a través del matrimonio con una malagueña de muy buena familia? Al aeropuerto de Bilbao le quitaron su nombre y hasta el busto del capitán Carlos de Haya lo enviaron empaquetado desde allí hasta Málaga, donde aún se exhibe, supongo que por ser más provinciana.

Yo no quiero que la Avenida Carlos de Haya se llame más así. No por ser nieto de un malagueño represaliado sino por ser un demócrata amparado por la ley. Una ley que no debería ponerse en tela de juicio en virtud de votos en potencia ni otros estímulos populacheros. Si lo que le preocupa a nuestro alcalde de la salvaguarda de mis derechos es su temible apología de las mayorías, le propondría un nombre de consenso que me apresuro a suponerle perfecto: Avenida del Metro Bajo Tierra. Sumamos a los cofrades, los de la Fundación del Carnaval y los 35.000 malagueños que le firman donde quiera y todos –hasta los rojos más pesados- unánimemente contentos y en consenso.

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Esa tentación

Ya no creo en la lámpara maravillosa, pero genios haylos. He leído en La Opinión de Málaga que un estudiante de nuestra universidad se coló en el sistema informático del departamento de Matemáticas Aplicadas de la Escuela Politécnica Superior para cambiar su nota y la de unos amigos –presuntamente-. Se parece mucho al argumento de una película americana de sobremesa. Y, como en ellas, el final lo pone la moralina: lo han pillado. A mí, más que pena, me produce satisfacción que no se haya salido finalmente con la suya, puede que por ese mal corrosivo que nos inunda cuando el beneficio ajeno no es repercutido en el ombligo propio y, que solemos llamar envidia. O a lo mejor, es que estoy madurando y me gusta que la ley se cumpla siempre, hasta en los espacios sin humo.

Al chico presunto -de jamón portugués-, lo ha debido de tentar otro de esos pecados transparentes que según como te pillen, consiguen que te sientas como un buen samaritano o como una regularcita (roja) persona: la avaricia. La avaricia es eso que te hace dudar un instante cuando te beneficia el cambio mal dado. El orgullo que suele proporcionarte aclarar el error con el de la tienda de abajo suele superar el mal rollo de aumentar tu fortuna en unos céntimos, por más pobreza que te acompañe por culpa de los paquetes tóxicos bancarios. El problema de la avaricia es que siempre te pone a prueba, a través de un precio. ¿Cuál?, depende. Los hay como en el chiste, que no se venden por nada, y que además de libidinosos salen baratos, pero son los menos. Yo recuerdo la primera vez que me dejé embaucar por esa oscura tentación, en los apartamentos de verano. Fue con un reloj de pulsera Orient, que protagonizaba el dibujo de un karateca en el anuncio de una tele sin antena colectiva y UHF. Para usarlo tenía que levantar el brazo y me caía al hombro. Lo devolví porque no me servía para nada y aprendí que no hay cosa más difícil de esconder que lo que no tiene su sitio.

Al leer la noticia de este estudiante de la UMA capaz de desentramar códigos y contraseñas para subirse la nota, he recordado también el día que en la Plaza Murillo Carreras, en mi barrio, un cajero expendía billetes de cinco mil pesetas cuando se le solicitaban dos mil. Había cola. Yo no tenía tarjeta ni asomo, por edad y pobre buena familia y casi lloré de impotencia ante tal desproporción de pérdidas por mi mala fortuna. Pero el pillo, si es inocente, nunca gana, y me tuve que reír cuando me enteré de que tuvieron que devolver en dos santiamenes hasta el último de sus suspiros; violinistas en el tejado.

Al alumno de la UMA y a dos de sus amigos, la avaricia les puede salir muy cara, ya que se enfrentan a penas que oscilan entre dos y cuatro años de cárcel por ser los supuestos autores de un delito de descubrimiento y revelación de secretos por acceder sin autorización a datos informáticos de la Universidad de Málaga con el fin de falsificar sus notas. Espero que si se demuestran los hechos aprendan la lección –nunca mejor dicho- pero que el castigo que se les imponga no sea contraproducente por excesivo. Yo conozco algún político malagueño que se pone a sí mismo la nota de su gestión y la anuncia a bombo y platillo sin que se le acuse de ningún delito por sobrevalorarse tres distritos. Porque puede. Ahora que lo pienso, tal vez sí, de pecado de soberbia. ¿Se imaginan el titular?: “piden cárcel a tres concejales por falsificarse las notas”. Tal vez en Suiza. Puede que en Islandia.

Si me encuentro un maletín lleno de billetes de 500 euros, los devuelvo.

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LUGARES

Los malagueños siempre hemos ido al centro como quien va de excursión. El de barrio anuncia su jornada de gestiones, compras o paseo ocioso diciendo: ‘voy a Málaga’, y aunque el centro es de todos, tiende cada vez más a ser un parque temático que reúne tiendas, algo de patrimonio, museos, bares y restaurantes inalcanzables. Un espacio turístico, más allá de que el turista haya viajado desde Australia en avión o desde Huelin en autobús de línea. Una vez fui al Centro y me quedé a vivir. Los vecinos del centro son seres invisibles sometidos al imperativo de festejos, festivales o eventos deportivos. A cambio tienen las ventajas de recibir la parte del león de los fondos públicos destinados al escaparatismo: arreglo de calles y fachadas, decoración navideña o de feria y plantas ornamentales, especialmente en los itinerarios que llegan a transitar los cruceristas en sus cinco horas de estancia media.

El antropólogo Marc Augé analiza la evolución de las ciudades en la era moderna alertando sobre la transformación de los lugares en ‘no lugares’. Un lugar es un espacio con alma; dotado de significado por quienes lo habitan. Las Cuatro Esquinas de El Palo se constituyeron como lugar por la confluencia de gente que se relacionaba allí, comerciando, esperando un autobús o tomando un chato en una taberna. En el otro extremo están los aeropuertos, las estaciones de metro, los modernos centros comerciales. Cumplen una función, pero no son de nadie.

En Málaga quedan lugares, incluso en el centro. Calles casi secretas donde los vecinos sacan la silla a la puerta en las noches de verano o donde se improvisan fiestecillas familiares. Y quedan, como vestigios de otra ciudad a la que se superpone ésta, unas cuantas decenas de corralones. Se concentran en El Perchel y La Trinidad, barrios heridos de muerte por el desarrollismo, históricamente separados del meollo urbano por una frontera mucho más honda que el casi siempre seco Guadalmedina: el olvido.

Una iniciativa municipal liderada por la Junta del Distrito Centro y el Área de Derechos Sociales aspira a situar los corralones en el mapa turístico malagueño. Con mucho menos bombo y presupuesto que otros eventos públicos, cada primavera se celebra desde hace nueve años la Semana Popular de los Corralones, y los humildes patios de vecinos emergen de detrás de fachadas a menudo anodinas con un insuperable esplendor de verdad. Plantas mimadas por los vecinos, fachadas enlucidas con cal y pinturas, ingenuos adornos artesanales confeccionados en talleres de manualidades y algo difícil de encontrar en otros lugares abiertos a la visita: calor humano. Tanto, que fui sin muchas ganas y salí con la impresión de haber hecho un descubrimiento: existe un costumbrismo espontáneo y moderno que supera cualquier intento de seducirme de los cuadros del Carmen Thyssen. Gema del Corral, que lideraba la excursión, explicó que el Ayuntamiento quiere organizar visitas a los corralones todo el año, y dar oportunidad a los vecinos de rentabilizar su patrimonio. Si al crucerista no le da tiempo a alargar su paseo hasta allí, merecería la pena que los locales nos lo propusiéramos. Y recordar que hubo lugares.

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