Málaga y sus brotes

Yo no sé quién se inventó lo de los brotes verdes. En Wikipedia achacan la paternidad de la metáfora macroeconómica al que fue Ministro de Hacienda británico, Norman Lamont, que a principios de los 90 vaticinaba el final de aquella recesión con la que le tocó bailar, no tan fea como la nuestra. Desde entonces, no creo que haya político contable de los países de nuestro entorno –otra frase hecha de la que se podría hablar largo y tendido- que haya usado esa misma y lúcida expresión sin ser criticado. Y sin embargo se sigue repitiendo a diario.

Los brotes verdes son los que no se ven, sólo se sospechan. El juego del despiste tiene que ver con que lo que ahora es negro negrísimo, se puede colorear a futuro en el presente. Como mirar a un bebé y asegurar que mide 1,87. No que medirá sino que mide. Y no es porque científicamente a través de un microscopio de curvas estadísticas, un señor con aspecto distraído y muy despeinado, vestido con zuecos y un batín blanco haya descifrado en un laboratorio universitario un código genético de alguna posible hierbecilla con capacidad de propagarse como la primavera por tierra baldía, no, es que otro, con una túnica fucsia se ha sentado ante su bola de cristal y nos ha contado lo que su intuición gaminidiana le ha revelado. Lo que quiero decir es que cada vez que un político o periodista del mundo cercano hable de brotes verdes no deben creerlo a pies juntillas. Más bien, deberían tomárselo como un mensaje de buena voluntad; un “todo va a ir bien” como apuesta de confianza.

Y he aquí los brotes verdes malagueños de la actualidad y del nuevo curso. Un cúmulo, que yo me atrevería a señalar no como un bosque ya casi, sino como una selva, si no fuera porque soy un cobardica. Al menos no tan valiente como el señor Caneda que en virtud de una encuesta pseudocientífica de la SOPDE se atreve a vaticinar que el 99% de los casi 337.000 visitantes que tuvo la feria de agosto van a aconsejar a conocidos que vengan a conocerla, aunque sólo repetirían experiencia el 60%. O sea, que el 39% que no vendrá más, va a aconsejar a sus enemigos que se den una vuelta por nuestra fiesta grande, o si no, no se entiende. No obstante, caigan mejor o peor los recomendados, menudo brote verde pistacho, con lo que menospreciamos nosotros mismos a nuestra fiesta. Otro brote verde será el que nos ha explicado la señora Yolanda Aguilar respecto a nuestro sobreexplotadísimo Palacio de Ferias. La verdad es que ya no me entretengo en leer sus declaraciones porque suelen parecerse mucho. Pero seguro que las pérdidas del Palacio han supuesto enormísimos ingresos para la ciudad y sigo sin explicarme por qué no le hacemos dos o tres Centros de Congresos más, que nos saquen de la ruina. Su brote verde tiene que ver con los 140.000 visitantes que va a tener el Palacio de Ferias y Congresos de Málaga en el último trimestre del año, según imagina su directora. ¿Más brotes? Los 45.000 turistas que atraerá el Mater Dei, que no sé lo que es pero con una fe que prevé mover a montañas de cofrades, o que el Ayuntamiento haya reducido su deuda en el segundo trimestre y ya sólo debamos 719 millones de saltos de alegría. Pero si he de elegir entre alguno de los brotes verdes malagueños más estupendos, yo me quedo con lo de que Málaga supera ya a Sevilla en actividad económica tras seis años de crisis, según los datos del «Anuario Económico de España» de la Caixa. Mal de muchos, consuelo de malagueños. La sexta de ciudad de España menos pobre en algo, y nosotros sin enterarnos. Menudos brotes estamos hechos. ¿Quién nos lo iba a decir?

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En Peores Aires

Tenemos un relajado white coffee durante un par de días, hasta que el muñeco del pim pam pum sea otro en la comedia berlanguiana que contribuimos a sostener. Será Rajoy probablemente, por más que se empeñe Lady Bottle en erigirse en la nueva vergüenza ajena nacional o, sin pretenderlo, siga con ese peinado eléctrico que no parecía consecuencia de tan buenos aires, sino de algunos peores. Y no me hace gracia lanzarle otro merengazo, de verdad. Espero que Ánsar, my friend, la apoye en estos difíciles momentos y que consiga sacarla pronto de la porción de tierra que se la tragó tras sus redobladas súplicas al respecto. Mal trance. Confío en que ejerza del little husband que todos deseamos y le imparta clases de su inglés de los montes de Washington en cuanto su esposa se recupere, se quite las manos de los ojos, se destape las orejas y le vuelva el color natural al semblante, hoy por hoy de bandera malagueña, de lo verde que la han puesto, tirando a morao. Ella es la cabeza de turca que la era tecnológica ha designado para hacerse el harakiri mientras escondemos nuestras peores miserias bajo una alfombra que en el COI no creen que vuele sin la magia de Estambul ni la tecnología o el dispendio de Tokio.

Ahora nos reímos. Por más feo que consideremos señalarlo, ya me sé el camino del derroterismo patrio. El proceso se inicia con la fase crédula, en la que dejamos que nos doren la pildorita de lo buenos que somos y del éxito asegurado que se arroja de nuestras expectativas. Se inicia en la prensa y se propaga en los bares, las peluquerías y en los patios de colegio. Esta fase de la inocencia concluye cuando ya estás convencido de la superioridad manifiesta sobre tus rivales y aportas tu granito de arena mesiánico ante los que no terminan de convertirse a la fe. El último achuchoncito. Todos a una nos apuntamos a caballo ganador, el nuestro, y nos tomamos la relajante cup of coffee esperando que empiece el partido. Lo malo es que pierdas. Si pierdes un poquito pero aún no del todo, la culpa es del que ha jugado las bazas, empezando por Del Bosque. Si se pierde del todo, la culpa es del árbitro, primero y del tonto que ha metido la pata personalísima, después, en cuanto compruebas que las quejas y pataletas sobre la injusticia sufrida se las lleva el viento y no tienen su pequeño párrafo designado en ningún huequecito de la historia. Esto va desde el vestido de Betty Missiego o la pata chula de Cardeñosa, hasta la cara de Aznar que se le está poniendo a Ana Botella, que sólo le falta el bigotito trending topic. Y toca reírse de alguien, excluyéndolo de tu equipo y de tu forma de ser, ganadora. A nosotros, no nos hubiera pasado eso. Ya no tenemos nada que ver con los responsables de la Candidatura de Madrid 2020, ni con la falta de remeros de la barca de Remedios Amaya, ni con los borbones espantados del Museo de las Gemas. Y de la risa, al olvido, para evitar el llanto. ¿Alguien se acuerda ya en Málaga de lo de 2016? Creo que está en el lado oscuro de nuestros recuerdos. Hay que esforzarse y sacárselo de la punta del cerebelo para concluir que aquellas uvas podridas se concedieron finalmente a San Sebastián, según mi astucia deductiva animal, que tiende a cambiar de tema más pronto que tarde. Pero primero, ganábamos seguro, después culpamos a los árbitros cuando nos excluyeron a las primeras de cambio y, por fin, acabamos riéndonos del horripilante vídeo de las heridas abiertas, aún intocables y sin tiritas. Somos así. Qué tufo en el abandono de los solares. Pero con peores aires habremos toreado, digo yo. Y la de peste que nos queda por pasar…

No more questions, ¿pa qué?

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Marchador de fondo

Los datos del paro son un abanico para Rajoy. Esos brotes verdes que nadie se cree ni desmiente le permitirán echarse una carrerita disimulada, como la de aquellos atletas mexicanos de marcha que en Montreal 76 daban palmas ante los jueces para desviar la atención sobre su compatriota, Daniel Bautista, que llegó a la meta el primero y sin recibir ninguna amonestación. Pues Rajoy llegó el primero también, y mira que le costó. Llegó el primero y con tanta ventaja que está dando pie a que el mundo de la deportividad y el juego limpio contemplen las repeticiones de su portentosa marca antes de colgarle su merecida medalla. Porque Rajoy se la merece. Y si alguien sabe que se la merece por encima de los demás es él mismo. Que menudo esfuerzo. Cuántas veces habrá tenido que soportar que critiquen su elección los mismos que lo acompañaban en el delfinario. Cuántos congresos, cuántos contrincantes dentro de su equipo…  Ay, pérfidos, hay delatores, ahí desleales… Y ahora, que desde la torre más alta de su escondite presidencial, el paro rebaja la desdicha de 31 españoles, se pregunta si realmente puede ser el mejor marchador de fondo de la política española del nuevo siglo; el lanzador de penaltis que nos faltó contra Francia cuando aún perdíamos en los cuartos; el nuevo Atila del efecto 2000… pues, desde aquel mismo año que nos precipitábamos al abismo informático de la nueva Edad Media, no se reducía la tasa de desempleo en agosto tanto como ahora, que Bárcenas le hace la peineta.

Rajoy ha llegado a la meta y no quiere mirar los videomarcadores, no vaya a ser que salga por algún lado la copia de seguridad de algún disco duro con sus peores pesadillas. Las palmas por soleares de Margallo no dan para que el estadio se distraiga –ni los ingleses se lo toman en serio- y, ahora que se le necesita, a Wert no se le ocurre ninguna chorrada en contra de la cultura o a favor de la desigualdad educativa ni a Gallardón una prueba de su amor por las mujeres y su obligación de ser buenas y abnegadas madrecitas. Rajoy ha llegado a la meta con ventaja, sí, y está más solo que la una, con un tinte nuevo y pensando a quién mandarle un sms autocomplaciente que resuma su forma de afrontar los problemas cotidianos: “nada es fácil, pero hacemos lo que podemos”. Porque lo peor de la traición de Bárcenas es que el presidente ya no tiene quien le escriba…

Y aparentando no derrumbarse de éxito, ante tanto desagradecido que le sugiere que cada palo aguante su vela, le pasan un abanico con los datos estadísticos del paro. Eso es la música de Carros de Fuego para sus oídos… Para meter la barriga y dar una vuelta de honor, si no fuera porque sus asesores de marketing le recomiendan que se contenga de manifestaciones efusivas de entusiasmo, tan contraproducentes con su perfil bajo, que ha puesto tan de moda.

Al final, va a tener razón. La democracia no se equivoca. Dice que lo importante es sacar al país de la situación de crisis en la que se encuentra. Que lo de las financiaciones, ilegalidades y sobresueldos además de falsedades –salvo en alguna cosa-, no son importantes si nos devuelve al bollo, le da fuerzas al canut y se regenera pronto la nueva burbuja inmobiliaria que nos replique a la situación de bonanza liberal en la que consigamos volver a quejarnos por vicio entre diez y doce años. Esto es el reino de España, como gustan de llamarnos. ¿Dónde hay que firmar?

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Dentro de un orden

Tras la semana de feria, la semana de críticas. La hostelería está descontenta porque no hubo fechas en rojo en el calendario. Los taxistas se quejan de que a la gente le ha dado por andar. Las peñas dicen que los autobuses son muy caros y la fiesta no es todo lo malagueña que debería. IU se enfurruña porque no se reparte nada gratis en ningún sitio. Los socialistas señalan que el Cortijo de Torres fue una enorme discoteca donde se escuchó poco a Debussy y, además, en ese recinto no existen bibliotecas donde los jóvenes lean a Kant entre mojito y rumba. Nunca llueve a gusto de todos. Nunca hay por las calles suficientes faralaes y catavinos al modo sevillano. Las mujeres ya no pueden llevar navaja en la liga porque está prohibido, ni los hombres trabucos sobre caballos, también prohibidos.
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El otro Cantar

El alcalde se lo está pensando. Allá donde va, saluda y se vuelve, se lo imagina uno con gesto reflexivo durante esta feria. El motivo, que tiene que decidir si hace del Cid o de Poncio Pilatos de aquí a seis o siete meses, cuando anuncie si se presenta y gana las próximas elecciones o en vez de seguir mandando, nos manda al sitio donde nos recogió o aún más lejos, para dedicarse al latín y a sus nietos. En esta tesitura le ha puesto el partido y las prisas políticas. La semana pasada lo invitaron oficialmente a ser candidato a lo mismo, temiendo que los setenta años le hicieran sospecharse menos joven, guapo y deportista de lo que inmediatamente se siente. Porque seis años a corto plazo son difíciles a cierta edad, cuando no imposibles. Seis años, con veinte, son una carrera de letras y un año en prácticas. Con setenta, una maratón que puede llevarse además del aliento, el medio, el largo o toda la vida de plazo.

Si fuera otro apostaría por verlo lavándose las manos, en loor de multitudes y saludando desde el balcón del reconocimiento público y notorio. Es evidente que no habría otra manera de despedirlo que no pasase por un abrazo de admiración, por su manera de ser y, sobre todo, de entender la democracia. Para que sirva de ejemplo, recuerdo una ocasión, en una entrega de premios en el Castillo de Gibralfaro. Tenía yo a mi amigo Martín Moniche a un lado y a Mario Cortés, el actual portavoz municipal, al otro, dispuestos a pedirnos un refresco –el mío aliñado- en la barra de alcance dispuesta para la ocasión, cuando se acercó el alcalde a saludarnos. El momento lo aprovechó una muchacha para aproximarse a increparlo: “fascista”, le decía voz en grito y exacerbada en sus ademanes. Martín, que fue más ágil, la sujetó con cuidado de que lo anécdota no pasara a convertirse en un peor recuerdo y Mario Cortés intentó llevarse al alcalde a un lugar apartado sin llamar la atención. Pero éste se negó y sin alarmarse lo más mínimo ni elevar su habitual tono didáctico le expuso a la chica que estaba dispuesto a reunirse con ella a charlar y debatir y si podía, demostrarle que estaba equivocada en cuanto al pensamiento ideológico que le achacaba. Asistí a esa conversación mudo, boquiabierto y paralizado hasta que Mario nos dijo que los dejásemos solos, para que hablasen y eso hicimos. La joven se calmó y no sé cómo continuó la historia pero todo hacía presagiar que acabaría votándole en las siguientes elecciones…

En definitiva, el respeto se lo ha ganado a pulso. Cuando el alcalde se vaya a casa se le echará de menos y se repasarán sus méritos, sin gemas ni expropiaciones astóricas… Eso sí, si no le da tiempo a estropearlo todo -¿un poquito más?- antes. ¿Qué puede llevar a un señor septuagenario con patrimonio suficiente, agradable y numerosa familia, más querido que odiado por sus conciudadanos, a no disfrutar del tiempo que le queda con los suyos apartado de lo público? Yo creo que sólo dos cosas. La primera, la insistencia entre la gente de su partido de que se suba al caballo para aún muerto, derrotar a los infieles. Una vez ganada la batalla, se designaría un delfín que lo sustituyese antes de que acabase la legislatura, con tiempo suficiente para que la ciudadanía se acostumbrase al cambio. Opción que a priori, yo descartaría. No creo que Francisco de la Torre se sienta en deuda con su partido. Es más, suele ir por libre y si acaso oiría a los técnicos y consejeros de su Corte, antes que a cargos de la empresa, perdón, quería decir del partido político. Y la segunda, que mantuviera la ilusión de seguir. ¿Con 72 años hasta los 76? Creo que en el PP ya han comprado a Babieca. Están con la Tizona. Habrá que ver si lo convencen de que se ajuste requetebién la armadura…

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Cosmópolis

Me toca hablar de la feria porque si no sólo me queda en agosto hacerlo de Gibraltar para tapar otras vergüenzas igual de patrioteras. Qué remedio. Y yo que no quería tirar piedras sobre mi propio tejado. Así que he intentando encontrarle el lado positivo a nuestra celebración y lo mejor de este esfuerzo es que no me ha costado tanto. Me gusta la feria, sí, si me empeño. Por algún buen recuerdo. Supongo que el lado tradicional hay que encontrárselo en lo personal. Porque la tradición sólo precisa de un requisito. Y algo que se quita y se pone, se le da relevancia o se elimina, no puede arraigar porque sí, ni tampoco en virtud de la ocurrencia del responsable político de turno. Puedo hablar de lo que arraigó en mí de esta feria que quiero, desde que el proceso migratorio concluyó en mi familia hace 27 años y nos devolvió definitivamente a esta tierra. Lo único tradicional que me sobrevive a los años de feria son las ganas de pegarme una juerga poco flamenca en buena compañía. Ni malagueñas, ni verdiales –qué pena-, ni caballos ni carruajes, ni toros ni encierros, ni moros ni cristianos. Tres mil años de historia nos han valido para brindar con los amigos. Tan pobre como entretenido.

No tener raíces tan profundas como para que declaren nuestras fiestas de interés turístico nacional algo tendrá que ver con el carácter cosmopolita de nuestra ciudad. Si no han prendido las hogueras que rejuvenecen las festividades valencianas, si no hay tal apego a la fiesta de los toros como tantos asesores taurinos de la política mejor pagada demandarían, si no hay tablao que resista el ninguneo de los nativos, si no somos racistas expulsando infieles y ni siquiera queda rastro de las oleadas vikingas, ni de los saqueos piratas, será porque acogemos lo nuevo como propio de nuestra idiosincrasia, supongo; nos faltará memoria pero nos sobrará modernidad, siempre a la última, amada vanguardia.

Ojalá. El cosmopolitismo malagueño no nace en Nueva York y se extiende, como los perfumes por Roma, Londres, París ni sus museos. Adopta poquito de estas tendencias. El cosmopolitismo malagueño es, más bien el del Carmen Thyssen, pero en vez de vestirse a la moda de flamencas y bandoleros del XIX, lo arrabalero peor entendido y más merdellón se acoge de una brocheta de videoclips del youtube que en el estribillo haga mención a una perrea -¿qué será eso?-. Y así se crían: descamisados en bermudas, con cadenones de oro y sombreros fedora. Y de tal palo tal astilla. Y así que pasen tres generaciones para mirarse al ombligo y no reconocerse.

Málaga la novísima cambió el garum por el kétchup, los trajes regionales por los short, el sombrero de paja por el mejicano, y los generosos por el rebujito. Así somos y así nos encaminamos. Nos gusta lo mediocre moderno y lo popular moderno. Lo que no pasará a la historia ni dejará huella. Y se agradece el intento del señor Caneda por dispersarnos, y por empeñarse en que nos guste el flamenco y los museos, y que anuncie doscientas actividades culturales, nada menos, y que pretenda que los cachorrillos más molestos se aparten del resto y se achicharren bajo el sol de las cinco de la tarde donde menos se les vea, incluso bebiendo, que no es malo –o eso dice-. Lo malo son las gamberradas. Y algunas decisiones políticas, si no lo son, a veces lo parecen.

Málaga no cuida lo suyo. El tinto es sinónimo de rioja y el blanco de rueda. El queso de feria es el manchego. Y lo más típico, el jamón. No hay nada especial en feria que no pase por el libre albedrío de sacar el güisqui, cheli, que se chube a la cabecha para hacer bien el amor -ya sabéis donde hay que ir-.

¿Y qué más queremos?

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Rentabilidad verde

Ayer leí la entrevista a Raúl Jiménez, el nuevo concejal de Medio Ambiente y Sostenibilidad, que publicó La Opinión de Málaga sobre el Jardín Botánico de La Concepción, y deduzco dos cosas. Una, que ha interiorizado la idea de que en tiempos de crisis todo lo público ha de ser rentable para ser sostenible, y dos, que ha organizado una tormenta de ideas en su departamento, y las ideas han caído, con violencia y profusión de aparato eléctrico, que es lo propio de las tormentas de verano.

Al concejal le preocupa que los malagueños no pasen en tropel por la taquilla como hacen para ir al fútbol o a los conciertos de Pablo Alborán. “Lo que queremos es que vaya mucha gente al jardín botánico”, dice. El problema es que en La Concepción sólo hay plantas. Y la solución, complementar la oferta con “algunos atractivos añadidos”. Ahí es donde la tormenta de ideas arrecia con violencia, y pasamos de lanzar abonos o negociar con los touroperadores (¿aún no lo habían pensado?) que los cruceristas pasen la línea de La Plaza de la Merced para llegar hasta allí, a poner mesas en el recinto para que los malagueños vayamos de picnic y crear un jardín zen o un laberinto de setos.

Los jardines zen son de arena y piedras y apenas tienen plantas. Eso le ahorraría al Ayuntamiento costes de personal, una vez que se consigan los fondos para hacerlo (este año el presupuesto de inversión del jardín es de cero euros). Lo del laberinto de setos es harina de otro costal, a menos que se plantee que lo cuide una asociación como con el ya iniciado proyecto del huerto didáctico. Esperemos que haya asociaciones de aficionados a la poda en Málaga. Sugiero que también organicen clases de Tai-Chi, pero lo que verdaderamente atraería un público masivo sería trasladar el Real de la Feria al jardín botánico.

La rentabilidad es una cosa, y otra la sostenibilidad económica y social del patrimonio. Dudo que el coste anual de mantenimiento de uno de los jardines botánicos más importantes de Europa supere la inversión que se ha hecho en toda suerte de museos bastante menos simbólicos en años de bonanza. Posiblemente, La Concepción sea el patrimonio más importante y único de la ciudad, y entiendo que al menos una parte de los malagueños es consciente de ello, puesto que la Asociación de Amigos de la Concepción, es, con 1.700 socios, la más numerosa de todas las asociaciones de amigos de jardines botánicos en España. Las declaraciones de Raúl Jiménez me traen a la memoria una película de los Monty Python, donde los trabajadores de un zoo se empeñaban en demostrar que las ardillas eran criaturas feroces para evitar que la empresa propietaria las sustituyera por tigres y varanos, más epatantes para el público. No todo ha  de ser multitudinario para ser sostenible, y al menos yo, pago gustoso mi parte de impuestos para que La Concepción lo siga siendo, pero si se admiten sugerencias, ya que quitaron el autobús de línea que llegaba a la puerta por falta de rentabilidad, arreglen el camino que une el final de la Línea 2 con el recinto para que los escasos pero valiosos visitantes no se arriesguen al atropello.

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Qué pesados

El Ayuntamiento se ha empeñado en que abramos las tiendas los domingos. Qué pesados. Son tan obstinados como los de IU con el tranvía. A ver quién les gana a cabezones porque cada cual defiende el apoyo popular (masivo, que diría el defenestrado Zapatero) cuando les conviene. No creo que las Hermandades ni la Fundación del Carnaval apoyen al Consistorio en esta ocasión, aunque puede que sí y que valoren tan positivamente que el comerciante de abajo no tenga día del Señor, como que les pase el tren por debajo… Ya no me asusto de nada. A fin de cuentas -que es lo que nos interesa a los que nacimos pobres-, al comerciante es al que no le compensa abrir la tienda, atendiendo a los datos estadísticos que a pesar de tan fríos, son los que realmente crean tendencia.

La moda es no abrir. Sólo el 12% de las tiendas abre los domingos. Porque poder, se puede abrir si el negocio está bien situado, mide menos de 300 metros y aún no lo tienes en traspaso. Ni el centro comercial abierto, ni lo de la zona de gran afluencia turística, ni Caneda comparando a los cruceristas con zombis por no poder satisfacer su instinto consumista han sido suficientes para convencer a los autónomos de las pequeñas ventas y enormes declaraciones trimestrales del IVA de que podrían hacer su agosto con el pasaje de un barco. Ni de 60 barcos. Ni con los 91.000 cruceristas que se esperan en domingo, con cinco horas por delante y 62 eurillos en el bolsillo, con las avenidas desiertas y recorridas por una bola de heno biznaguero del Oeste en calle Larios y el sonido de una radio a media voz susurrando al viento otra cansina goleada del Málaga, líder de la liga otra vez, y gracias al jeque, hasta en los momentos más imaginarios de un domingo de crucero cualquiera.

Que no, pesados representantes míos. Que no quieren abrir. Que los tenderos quieren descansar los domingos. Y ese postizo nuevo, que ahora se llama “Málaga Cruise Shops” al que sólo se han adherido 25 tiendas del centro, a pesar de tan buena y santa intención municipal, caerá por su propio peso. Aquí un lumbrera para explicar las cosas: abrir los domingos para 91.000 personas con 62 euros en el bolsillo, de los que dedican 17,36€ a las compras, no es mejor plan que abrir para 568.000 pobrecitos malagueños con 20 euritos que gastar –sin pasarse- de lunes a sábado, si te queda el domingo libre. Clarito. Y eso que odio las matemáticas.

Yo creo que lo que le pasa al Ayuntamiento es que no se gusta mucho. Si los jóvenes no están tan bien educados como les gustaría, se les manda a una isla en feria –pero no se les prende fuego-. Si el malagueño no está bien acostumbrado al rollo cultureta, pues se hace un día para silbar disimulando, como que sí, y ¡viva la Noche en Blanco! Si no es esta una ciudad comercial por antonomasia, la reinventan con un folleto que no sé qué pone pero si no está ya, apuesto a que nos describirá pronto como mercaderes, fenicios todavía, por ese afán de actuar y pretender que parezcamos lo que no somos. “Málaga Cruise Shops”, ¡toma ya! ¿Qué es eso?

Somos una ciudad turística de sol y playa, con un toquecito merdellón incluso aprovechable. No somos los de 2016. Ni los de los bazares. Que no. Que abrir los domingos a ver qué pasa es un artificio. Se abrirá los domingos si existe demanda. Se irá a un museo un día como una excentricidad, mientras prefiramos ver la tele antes que leer un libro. ¿Lo cambiamos? Vale, pero poquito a poco, con un plan, a largo plazo. Y si hay prisa, empezando cuanto antes.

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El copo

El sábado pasado, mi sobrino Manu me despertó con una foto enviada por Whatsapp en la que se le veía, orgulloso, tirando de la traya de un copo. Normalmente no le gusta madrugar, pero aquella era una ocasión especial. La Asociación de Pescadores de El Palo organiza, una vez al año, con todos los permisos y bendiciones de la Consejería de Pesca de la Junta de Andalucía, un copo simbólico, para que las nuevas generaciones, como Manu, de 14 años, puedan contemplar un arte de pesca tradicional ya extinguido.

Su entusiasmo me transportó a mis veranos de infancia. Mi padre tenía aficiones incomprendidas en una familia poco dada a las caminatas y al contacto con la naturaleza. Le gustaba dar largos paseos por el campo, contemplar las flores, y nosotros, mis hermanas, mi madre y yo, permanecíamos en el coche escuchando música, sin el más mínimo interés por lo bucólico. Sin embargo, algunas veces me despertaba para ir a la playa a ver sacar el copo, y entonces sí saltaba de entre las sábanas para salir de la casa a hurtadillas aún de noche y asistir a la faena. Mi mayor interés no era ver emerger de las aguas aquellas redes preñadas y temblorosas de pececillos, sino esperar a que los pescadores retiraran el género válido para la venta y recoger un botín de estrellas de mar y cangrejos grises, que daban miedo pero precisamente por eso eran atractivos.

Le pregunté a Manu por las estrellas y los cangrejos de mar, y me miró extrañado. No había. En el copo simbólico, el volumen y la variedad de las capturas también se ajusta a lo mínimo. Apenas salieron boquerones, la especie que nos da sobrenombre a los malagueños, pero que parece seguir el camino del dinosaurio. Los que quedan, dicen los marengos que no saben como los de antes. Somos lo que comemos, también aquello que comemos es lo que le toca comer en la cadena trófica, pobrecitos los boquerones, el plancton de ahora no es el de antes.

Buena parte de la provincia de Málaga vive de la costa. De la pesca, cada vez menos gente, pero de las playas, cada vez más. Hasta los vendedores de almendras y papas fritas han vuelto, azuzados por la crisis. Y sin embargo, hemos asistido impasibles a la alteración de las dinámicas del litoral con encauzamientos de arroyos, presas y diques; a la contaminación (el retraso de la depuración de las aguas se cuenta ya en décadas) y a la sobrepesca. Esta dinámica sí que no parece que vaya a cambiar, a tenor del contenido de la nueva Ley de Costas aprobada en mayo, que ha despertado las iras de los ecologistas, esas Casandras del siglo XXI, con normas como la reducción de la servidumbre del dominio marítimo-terrestre de 100 a 20 metros de la orilla, que hacen la boca agua a los especuladores.

Me pregunto si la desaparición de los boquerones, ese emblema de nuestra gastronomía, provocará al menos un mínimo de inquietud entre quienes viven de la restauración. Siempre cabe, claro está, la posibilidad de que los asiáticos inventen algo que se parezca, como los chanquetes chinos o el exitoso surimi de angula, y siempre habrá algún avezado restaurador que ofrezca de tapadillo, cobrándolo a millón, un plato del pescado casi extinto a un grupo de privilegiados comensales. Y gente como los esforzados y nostálgicos pescadores de una asociación seguirá organizando copos simbólicos, pero no sé si los hijos o sobrinos de mi sobrino Manu verán volver las redes con algo más que latas y plásticos. Al tiempo.

La peineta de la marmota

Lo de Bárcenas sí está escrito y lo que es aún peor, sí tiene nombre. Parece ser que todo el mundo está de acuerdo en que es un presunto pedazo de delincuente, con lo difícil que se me hace aceptar las generalizaciones. Creo que sólo un compañero de fatigas al que regaló unos pantalones cortos en la cárcel y su amigo del jersey amarillo, lo defienden aún sin tiranteces. Al menos, eso proclamaron ambos el día que recuperaron su libertad en declaraciones difundidas en directo por mi telediario. Aunque, bien pensado, sin tiranteces, tampoco. Más bien, al contrario, vaticinaban que ya tiraría, ya… que ya tiraría de la manta… Y eso es lo que parecía gustarles del hombre que nos hace a todos la misma puñetera peineta cada mañana.

Pues dicho y hecho. Los dos íntimos de celdilla llevaban razón. O van a montar un programa de videncia en una tele digital con licencia de municipio bananero o Bárcenas se confesó en el talego. Supongo que la “b” es la opción correcta. Yo también lo habría hecho, a tenor de la agradable compañía. Y también hubiera regalado todos mis pantalones, a poco que le hubiesen gustado a alguno de mis nuevos compis. Hasta con marca, si tuviera alguno. Y largar… de Rajoy es poco, de la lista entera de reyes godos si mi relato conmoviese a tanta pobre alma perdida, en vías de extinción o de desarrollo. Estar en la trena con 40 millones de euros a la vista en cuentas suizas debe de hacer –posiblemente- que te abras, cuanto menos de corazón, en la penuria del calabozo y su letrina.

Ya ha reconocido Bárcenas que la letrina era la suya. Tanto perito calígrafo y él redondeando las oes para parecer otro ante el juez hasta anteayer y han sido suficientes unas cuantas pesadillas a la sombra para que, de repente, reconozca que los papeles de Bárcenas no se llaman así por casualidad sino por asuntos que tienen que ver con su puño y letra y una calculadora muy ambiciosa.

Y ahora, ¿qué?

Toca rezar. A todos los que confiamos en esta democracia -no sé si en presente o en pasado-, nos toca rezar para que las teorías conspiranoicas que nos hacen dudar sobre el sistema de partidos, la ley D´hondt, las listas cerradas y las viejas instituciones continuadoras del Antiguo Régimen no derrumben lo que con tanto esfuerzo levantaron nuestros padres. Nos toca rezar para que no se demuestre fehacientemente que el segundo problema que señalan los españoles en las encuestas del CIS es razonable. En definitiva, nos toca rezar para que aquello que nos decían los políticos en la cumbre, que no todos eran iguales y que son los menos los que ceden ante la corrupción, sea cierto o deje de producirnos carcajadas nerviosas.

Necesitamos fe para rezar. Que Bárcenas sea el único malvado y, por la cuenta que nos trae, además un gran mentiroso. Porque lo que presume de llevar bajo su manta no es un caso aislado, otro más, sino el caso único, el que confirmaría el poder de un partido por encima de todas las cosas y convertiría a los que nos representan en simples monigotes, juguetes a sueldo y en manos de unas siglas impersonales entre cuyas virtudes no destacarían la supremacía de los valores democráticos. Si un partido es una empresa, se financia y se gestiona como una empresa, su consejo de administración se debe a sus accionistas. Nada más.

No creo a Bárcenas. Bárcenas no existe. Maldita su peineta.

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