La respuesta está en el aire

No la conozco aún personalmente pero si tengo oportunidad, la abrazaré en cuanto seamos presentados. Esperanza Oña ha conseguido conquistarme definitivamente con su banda, digo bando. Alguien, por fin, en algún lugar, me ha hecho feliz el intelecto cultureta y ha prohibido el reggaetón. Yo me apunto donde sea y la aplaudo y la reverencio e incluso medito trasladarme a su costa… Con lo mal que lo pasé cuando mi sobrino empezó a interesarse por las radiofórmulas. Aquello que sentía era pavor. A verlo con una gorra, con una cadena de oro y con un chándal… Perreando con la pelvis, con unos tenis de marca y la carita de mala leche, qué horror. Tan democrático que es uno, por culpa de la edad y sus transiciones, que ni me había planteado prohibirle ciertas cosas… menos mal que sí que hay políticas cercanas, con otros valores más modernos que los míos, y que se atreven a prohibir de todo, por obra suya y la gracia de la Virgen, la tradición conservadora y el voto por un tubo, a partes iguales. A mí con lo del reggaetón me ha ganado Doña Esperanza. Que se prohíba el reggaetón es un sueño hecho realidad. Que alguien lo haga y que nadie me eche la culpa a mí, por intransigente, maniático, palurdo ni autoritario, se agradece. A eso deberían dedicarse los políticos, a hacer estupideces que nos hicieran las manías más llevaderas a todos y, por tanto, la vida más fácil. Si para las tres grandes preocupaciones hispánicas no tienen remedio -para lo del empleo, por falta de competencias; para la economía, por falta de soluciones; y para lo de la clase política y la corrupción, por ser fruto de la imaginación ciudadana, que estamos todos chalaos-, que nos arreglen las pequeñas cositas: que quiten de las librerías las obras conspiranoicas de marcianos construyendo las pirámides, ¡o las incendien en la plaza pública!, en plan qué represión más divertida, o que prohíban en las carteleras las pelis de acción y explosiones americanas que tanto le gustan a Montoro, o de nuestras calles, los coches-discoteca con los graves impulsados a distancia. ¿Para qué tanta vieja democracia, tan comedida, si existe esta otra más impulsiva y nueva, que propagan los de las mayorías más absolutas del PP, y que arramblan con todo?  Yo, porque tuve suerte con mi niño y finalmente me salió Heavy Metal, que si no, no lo dudo, de los pelos lo hubiese arrastrado a la caseta más grande de Fuengirola, a enterarse de los que vale un peine, a escuchar a la niña de los idem, el flamenquito lacoste-apaleao y las sevillanas con gomina del PP. Y si hubiera que vomitar de tanto mal gusto, a pesar de los tapones auditivos recién estrenados para la ocasión, a hacerlo juntos, que eso seguro que crea vínculos tío-sobrino de cante jondo de por vida.

Yo no sé por qué critican a Esperanza. Ojalá otros –mirando a Caneda- fueran tan valientes como ella y prohibieran en Málaga ser merdellón, por ejemplo, en feria. Y se acabó el problema. Multa al joven feo, mal o poco vestido, bebedor, o molesto. Y ya está. No hay que especificar mucho. Como hace Esperanza con lo de los “ritmos latinos en general”, que se deja a criterio policial. Porque ella lo vale y se siente legitimada por las urnas para dictaminar sobre lo divino y lo humano. Y a quien no le guste, que no mire. Que no vaya. Y que no gaste. Que falta a la feria no le hace la presencia de quejicas indies, ni tecnos, ni heavys, ni góticos por ser la tercera más importante de Andalucía según su arreglista rubia y tradicional, selecta defensora del cancionero popular y arraigado, a la vez que alcaldesa del municipio.

Pero si alguien tuviese que cantar o pudiese, y no estuviera de acuerdo con la banda, ¡otra vez, el bando!, con hacerlo en español bien clarito… La canción protesta es el género ideal. Is blogüin in de güind. Y está permitido hasta en la feria de Fuengirola.

El crucerista un millón

Anteayer se presentó la iniciativa municipal “Málaga Cruise Shops” con gran júbilo de sus precursores. Esta propuesta de las áreas de Turismo y Promoción Empresarial del Ayuntamiento buscaba incitar a los comerciantes del Centro a que abrieran sus tiendas los domingos y festivos en los que llegase un crucero a la ciudad. La “campaña” de captación de socios ha durado dos meses desde que a finales de julio se presentase ante los medios, anunciando que, de entrada contaban ya con la adhesión de 25 comerciantes.

Pues bien, tras sesenta laboriosos y no menos calurosos días de verano, los técnicos municipales han conseguido convencer a otros 14 comercios, nada menos, de apuntarse a esto donde hubiera que hacerlo. Cuarenta negocios se han creído, por tanto, que vale la pena abrir a los cruceristas para que se gasten a gusto todo lo que prometen los del Área de Turismo del Ayuntamiento que se van a gastar. Que yo no sabría cuantificar en posibles pero sí otros: 17 euritos según la SOPDE. Parecen pocas moneditas. Por eso la tendencia natural es la de no abrir en tu único día de descanso. Porque poder, se podía abrir antes de que llegaran con esto del barco de Tom Cruise, como dicen en la peluquería de mi hermana. Pero ni el centro comercial abierto, ni lo de la zona de gran afluencia turística, ni como ya conté hace dos meses, Caneda comparando a los cruceristas con zombis por no poder satisfacer su instinto consumista, han sido suficientes para convencer a 41 comerciantes del Centro de que Jauja lo trae el pasaje de un barco.

A mí lo que más me gusta de estas medidas y campañas de buena voluntad institucional es que si salen bien al primero que le va a repercutir de forma positiva es al tendero acuciado por la crisis. Pero lo que menos, y que más me sorprende, es esa idolatría hacia el crucerista salvador que sobrellevan los responsables del turismo malagueño desde que los inventaron. Se parece al complejo de inferioridad pero no es tal. Ojalá. La alta burguesía malagueña no entiende de complejos. Es otra cosa. Es peloteo. Es lo que hacía Ánsar con su amigo Bush, genuflexiones torticolares de respeto exacerbado. Es que llega el Sr. Marshall y hay que agasajarlo. Es que hay que adular al guiri con toda la panda, para que esté a gusto y deje una buena propina. Es un pensamiento retrógrado que se basa en el folletín, la banda de música y en poner una alfombra roja, unas macetas, un poco de cartón piedra escondiendo nuestras miserias y una hoja de parra, para hacer lo propio con nuestras vergüenzas.

A mí me gusta que vengan los cruceristas a Málaga. Cuantos más mejor. Y cuánto mejor se lo pasen, más probabilidades de que vuelvan y de que más se gasten. Pero decorar el entorno por el que pasen para que se crean que no tenemos solares abandonados, abrirles las tiendas para que se piensen que esta es una ciudad comercial en plena ebullición o uniformar a los cocheros para que parezcamos educados en la tradición vienesa, más que de Berlanga, me parece un guión de los Ozores especialmente pensado para la soberbia sobreactuación de Alfredo Landa.

Vergüenza ajena casi. De llegar a puerto, que te den un folleto, una aplicación de móvil, una alfombra roja… si tengo dos horas y 17 euros. Si no sé si estoy en Málaga, Granada o Almería. Si tengo incluida la cena en el barco. Si es domingo de resaca. Si mis vacaciones en un crucero hortera se deben a que ha sido lo más barato que me han ofrecido para una semana en la agencia de viajes. ¿Dónde voy a gastar qué? ¿Málaga Cruise Shops? ¿Qué Cruise? ¿Qué shops? ¿Qué tendrán de malo los turistas de Congresos?

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Santificarás las fiestas

Ya está aquí el Mater Dei para poner a prueba nuestra fe. Y yo no voy a hablar mal, no. Quiero Mater Dei. Y que se cree en el Municipio una concejalía de asuntos religiosos cuanto antes. A mí, Caneda me pega para el papel y así no enchufamos a otro director de área sino que lo asimilamos al suyo/a. Además, el tema religioso procesional, que es el que más incumbe a los malagueños, tiene un tanto de cultura, otro poco más grande de turismo y una mijitilla de deporte. Justito. Pero no me pierdo en otros vericuetos y voy a seguir contando por qué me gusta el Mater Dei este.

Unos amigos muy queridos que regentan un restaurante en Coín tienen la teoría de que la Iglesia les mantiene a flote, por eso rezan por ella, para que propague su mensaje y se extienda por ese mundo en desarrollo con miles de millones de turistas en potencia, aún en “vías de civilizarse”. La primera vez que oí a uno de los dos hermanos y socios del negocio referirse a esto, identifiqué cierta sorna en el comentario. La segunda, escuché la explicación: -no hay acto de la iglesia que no acabe en celebración consumista: la Navidad, ¿qué es? -me espetaron. -Un dispendio, Gaby, un dispendio donde se gasta lo que no se tiene y sin dolor, ¿o no? Y los que nos dedicamos a la hostelería tenemos que amar a la Santa Madre por las bodas, los bautizos y las comuniones, ¿sí o qué? La religión la inventó un tabernero de las cavernas y aún hoy nos mantiene a flote, a pique de una muerte anunciada, pero a flote.

Casi convencido por tanta lucidez empírica, me afirmó en la misma dirección el recuerdo de lo que viene sucediendo durante la feria de Málaga –fiesta pagana- en el Centro. Las taperías y gastrobares -sin pretensión de ofender con la nomenclatura- con firmas de autor en el picoteo y situadas en el Centro Histórico, cierran. Como si se pusieran de acuerdo, año tras año se suma alguna más a la hora de elegir esa semanita como la de sus vacaciones. ¿Será para disfrutarla mejor? O eso o para huir del espanto. Continuando con los amigos, Álvaro, con una mano mágica en la cocina y una pesada carga de premios gastronómicos sobre el lomo, me confesó que abrió en feria un año, al poco de inaugurar su negocio, con la ilusión de hacerse el agosto y le salió peor que un febrero. Explica gestualmente, exagerando espero, como asistió a la transformación de lo que era su coqueto local en un inmenso cuarto de baño cuartelero, que lo invadía todo desde la entrada hasta casi la cocina, vuelta y vuelta e inundado una cuarta. –Algunos iban al baño con el bocadillo de casa en la mano, Gaby. Otros con el cubalitro de plástico chino. Otros con la nevera de playa. Y yo sonreía esperando que alguno, al salir, me pidiera un botellín de agua mineral sin gas fresquito… Pero nada…

Pues va a ser verdad que es la Iglesia la que nos lleva a consumir en los bares, oye. Ya decía yo que aunque no me considerase creyente, por supuesto que sí cristiano. Y he aquí la explicación más probable: los bares. Pues por más que le doy vueltas, llevan en el fondo y la forma toda la razón los hermanos de Coín. –Gaby, la cosa esa de la noche en blanco, ¿da un euro? ¿A que no? ¡Es el todo gratis por excelencia! Si vas a un museo obsesionado con que vas a entrar por la patilla, vas a ver actuaciones gratuitas y no te van a cobrar nada por las visitas guiadas, ¿cómo vas a entrar a un bar a gastarte dos euros en un refresco? Si el quid de la noche es llegar a casa y presumir de que has estado en cuatro actuaciones, seis museos, tres exposiciones y el cuarto de baño de la tapería de Álvaro y no te has gastado ni un céntimo, ¡viva la cultura! ¿Y por qué? Porque no lo santifica la Iglesia. ¿Has visto, Gaby, una Semana Santa en la que cierre un bar del centro? ¿Sí o qué?

Pues va a ser que no. La Virgen, viva la virgen.

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Málaga y sus brotes

Yo no sé quién se inventó lo de los brotes verdes. En Wikipedia achacan la paternidad de la metáfora macroeconómica al que fue Ministro de Hacienda británico, Norman Lamont, que a principios de los 90 vaticinaba el final de aquella recesión con la que le tocó bailar, no tan fea como la nuestra. Desde entonces, no creo que haya político contable de los países de nuestro entorno –otra frase hecha de la que se podría hablar largo y tendido- que haya usado esa misma y lúcida expresión sin ser criticado. Y sin embargo se sigue repitiendo a diario.

Los brotes verdes son los que no se ven, sólo se sospechan. El juego del despiste tiene que ver con que lo que ahora es negro negrísimo, se puede colorear a futuro en el presente. Como mirar a un bebé y asegurar que mide 1,87. No que medirá sino que mide. Y no es porque científicamente a través de un microscopio de curvas estadísticas, un señor con aspecto distraído y muy despeinado, vestido con zuecos y un batín blanco haya descifrado en un laboratorio universitario un código genético de alguna posible hierbecilla con capacidad de propagarse como la primavera por tierra baldía, no, es que otro, con una túnica fucsia se ha sentado ante su bola de cristal y nos ha contado lo que su intuición gaminidiana le ha revelado. Lo que quiero decir es que cada vez que un político o periodista del mundo cercano hable de brotes verdes no deben creerlo a pies juntillas. Más bien, deberían tomárselo como un mensaje de buena voluntad; un “todo va a ir bien” como apuesta de confianza.

Y he aquí los brotes verdes malagueños de la actualidad y del nuevo curso. Un cúmulo, que yo me atrevería a señalar no como un bosque ya casi, sino como una selva, si no fuera porque soy un cobardica. Al menos no tan valiente como el señor Caneda que en virtud de una encuesta pseudocientífica de la SOPDE se atreve a vaticinar que el 99% de los casi 337.000 visitantes que tuvo la feria de agosto van a aconsejar a conocidos que vengan a conocerla, aunque sólo repetirían experiencia el 60%. O sea, que el 39% que no vendrá más, va a aconsejar a sus enemigos que se den una vuelta por nuestra fiesta grande, o si no, no se entiende. No obstante, caigan mejor o peor los recomendados, menudo brote verde pistacho, con lo que menospreciamos nosotros mismos a nuestra fiesta. Otro brote verde será el que nos ha explicado la señora Yolanda Aguilar respecto a nuestro sobreexplotadísimo Palacio de Ferias. La verdad es que ya no me entretengo en leer sus declaraciones porque suelen parecerse mucho. Pero seguro que las pérdidas del Palacio han supuesto enormísimos ingresos para la ciudad y sigo sin explicarme por qué no le hacemos dos o tres Centros de Congresos más, que nos saquen de la ruina. Su brote verde tiene que ver con los 140.000 visitantes que va a tener el Palacio de Ferias y Congresos de Málaga en el último trimestre del año, según imagina su directora. ¿Más brotes? Los 45.000 turistas que atraerá el Mater Dei, que no sé lo que es pero con una fe que prevé mover a montañas de cofrades, o que el Ayuntamiento haya reducido su deuda en el segundo trimestre y ya sólo debamos 719 millones de saltos de alegría. Pero si he de elegir entre alguno de los brotes verdes malagueños más estupendos, yo me quedo con lo de que Málaga supera ya a Sevilla en actividad económica tras seis años de crisis, según los datos del «Anuario Económico de España» de la Caixa. Mal de muchos, consuelo de malagueños. La sexta de ciudad de España menos pobre en algo, y nosotros sin enterarnos. Menudos brotes estamos hechos. ¿Quién nos lo iba a decir?

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En Peores Aires

Tenemos un relajado white coffee durante un par de días, hasta que el muñeco del pim pam pum sea otro en la comedia berlanguiana que contribuimos a sostener. Será Rajoy probablemente, por más que se empeñe Lady Bottle en erigirse en la nueva vergüenza ajena nacional o, sin pretenderlo, siga con ese peinado eléctrico que no parecía consecuencia de tan buenos aires, sino de algunos peores. Y no me hace gracia lanzarle otro merengazo, de verdad. Espero que Ánsar, my friend, la apoye en estos difíciles momentos y que consiga sacarla pronto de la porción de tierra que se la tragó tras sus redobladas súplicas al respecto. Mal trance. Confío en que ejerza del little husband que todos deseamos y le imparta clases de su inglés de los montes de Washington en cuanto su esposa se recupere, se quite las manos de los ojos, se destape las orejas y le vuelva el color natural al semblante, hoy por hoy de bandera malagueña, de lo verde que la han puesto, tirando a morao. Ella es la cabeza de turca que la era tecnológica ha designado para hacerse el harakiri mientras escondemos nuestras peores miserias bajo una alfombra que en el COI no creen que vuele sin la magia de Estambul ni la tecnología o el dispendio de Tokio.

Ahora nos reímos. Por más feo que consideremos señalarlo, ya me sé el camino del derroterismo patrio. El proceso se inicia con la fase crédula, en la que dejamos que nos doren la pildorita de lo buenos que somos y del éxito asegurado que se arroja de nuestras expectativas. Se inicia en la prensa y se propaga en los bares, las peluquerías y en los patios de colegio. Esta fase de la inocencia concluye cuando ya estás convencido de la superioridad manifiesta sobre tus rivales y aportas tu granito de arena mesiánico ante los que no terminan de convertirse a la fe. El último achuchoncito. Todos a una nos apuntamos a caballo ganador, el nuestro, y nos tomamos la relajante cup of coffee esperando que empiece el partido. Lo malo es que pierdas. Si pierdes un poquito pero aún no del todo, la culpa es del que ha jugado las bazas, empezando por Del Bosque. Si se pierde del todo, la culpa es del árbitro, primero y del tonto que ha metido la pata personalísima, después, en cuanto compruebas que las quejas y pataletas sobre la injusticia sufrida se las lleva el viento y no tienen su pequeño párrafo designado en ningún huequecito de la historia. Esto va desde el vestido de Betty Missiego o la pata chula de Cardeñosa, hasta la cara de Aznar que se le está poniendo a Ana Botella, que sólo le falta el bigotito trending topic. Y toca reírse de alguien, excluyéndolo de tu equipo y de tu forma de ser, ganadora. A nosotros, no nos hubiera pasado eso. Ya no tenemos nada que ver con los responsables de la Candidatura de Madrid 2020, ni con la falta de remeros de la barca de Remedios Amaya, ni con los borbones espantados del Museo de las Gemas. Y de la risa, al olvido, para evitar el llanto. ¿Alguien se acuerda ya en Málaga de lo de 2016? Creo que está en el lado oscuro de nuestros recuerdos. Hay que esforzarse y sacárselo de la punta del cerebelo para concluir que aquellas uvas podridas se concedieron finalmente a San Sebastián, según mi astucia deductiva animal, que tiende a cambiar de tema más pronto que tarde. Pero primero, ganábamos seguro, después culpamos a los árbitros cuando nos excluyeron a las primeras de cambio y, por fin, acabamos riéndonos del horripilante vídeo de las heridas abiertas, aún intocables y sin tiritas. Somos así. Qué tufo en el abandono de los solares. Pero con peores aires habremos toreado, digo yo. Y la de peste que nos queda por pasar…

No more questions, ¿pa qué?

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Marchador de fondo

Los datos del paro son un abanico para Rajoy. Esos brotes verdes que nadie se cree ni desmiente le permitirán echarse una carrerita disimulada, como la de aquellos atletas mexicanos de marcha que en Montreal 76 daban palmas ante los jueces para desviar la atención sobre su compatriota, Daniel Bautista, que llegó a la meta el primero y sin recibir ninguna amonestación. Pues Rajoy llegó el primero también, y mira que le costó. Llegó el primero y con tanta ventaja que está dando pie a que el mundo de la deportividad y el juego limpio contemplen las repeticiones de su portentosa marca antes de colgarle su merecida medalla. Porque Rajoy se la merece. Y si alguien sabe que se la merece por encima de los demás es él mismo. Que menudo esfuerzo. Cuántas veces habrá tenido que soportar que critiquen su elección los mismos que lo acompañaban en el delfinario. Cuántos congresos, cuántos contrincantes dentro de su equipo…  Ay, pérfidos, hay delatores, ahí desleales… Y ahora, que desde la torre más alta de su escondite presidencial, el paro rebaja la desdicha de 31 españoles, se pregunta si realmente puede ser el mejor marchador de fondo de la política española del nuevo siglo; el lanzador de penaltis que nos faltó contra Francia cuando aún perdíamos en los cuartos; el nuevo Atila del efecto 2000… pues, desde aquel mismo año que nos precipitábamos al abismo informático de la nueva Edad Media, no se reducía la tasa de desempleo en agosto tanto como ahora, que Bárcenas le hace la peineta.

Rajoy ha llegado a la meta y no quiere mirar los videomarcadores, no vaya a ser que salga por algún lado la copia de seguridad de algún disco duro con sus peores pesadillas. Las palmas por soleares de Margallo no dan para que el estadio se distraiga –ni los ingleses se lo toman en serio- y, ahora que se le necesita, a Wert no se le ocurre ninguna chorrada en contra de la cultura o a favor de la desigualdad educativa ni a Gallardón una prueba de su amor por las mujeres y su obligación de ser buenas y abnegadas madrecitas. Rajoy ha llegado a la meta con ventaja, sí, y está más solo que la una, con un tinte nuevo y pensando a quién mandarle un sms autocomplaciente que resuma su forma de afrontar los problemas cotidianos: “nada es fácil, pero hacemos lo que podemos”. Porque lo peor de la traición de Bárcenas es que el presidente ya no tiene quien le escriba…

Y aparentando no derrumbarse de éxito, ante tanto desagradecido que le sugiere que cada palo aguante su vela, le pasan un abanico con los datos estadísticos del paro. Eso es la música de Carros de Fuego para sus oídos… Para meter la barriga y dar una vuelta de honor, si no fuera porque sus asesores de marketing le recomiendan que se contenga de manifestaciones efusivas de entusiasmo, tan contraproducentes con su perfil bajo, que ha puesto tan de moda.

Al final, va a tener razón. La democracia no se equivoca. Dice que lo importante es sacar al país de la situación de crisis en la que se encuentra. Que lo de las financiaciones, ilegalidades y sobresueldos además de falsedades –salvo en alguna cosa-, no son importantes si nos devuelve al bollo, le da fuerzas al canut y se regenera pronto la nueva burbuja inmobiliaria que nos replique a la situación de bonanza liberal en la que consigamos volver a quejarnos por vicio entre diez y doce años. Esto es el reino de España, como gustan de llamarnos. ¿Dónde hay que firmar?

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Dentro de un orden

Tras la semana de feria, la semana de críticas. La hostelería está descontenta porque no hubo fechas en rojo en el calendario. Los taxistas se quejan de que a la gente le ha dado por andar. Las peñas dicen que los autobuses son muy caros y la fiesta no es todo lo malagueña que debería. IU se enfurruña porque no se reparte nada gratis en ningún sitio. Los socialistas señalan que el Cortijo de Torres fue una enorme discoteca donde se escuchó poco a Debussy y, además, en ese recinto no existen bibliotecas donde los jóvenes lean a Kant entre mojito y rumba. Nunca llueve a gusto de todos. Nunca hay por las calles suficientes faralaes y catavinos al modo sevillano. Las mujeres ya no pueden llevar navaja en la liga porque está prohibido, ni los hombres trabucos sobre caballos, también prohibidos.
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El otro Cantar

El alcalde se lo está pensando. Allá donde va, saluda y se vuelve, se lo imagina uno con gesto reflexivo durante esta feria. El motivo, que tiene que decidir si hace del Cid o de Poncio Pilatos de aquí a seis o siete meses, cuando anuncie si se presenta y gana las próximas elecciones o en vez de seguir mandando, nos manda al sitio donde nos recogió o aún más lejos, para dedicarse al latín y a sus nietos. En esta tesitura le ha puesto el partido y las prisas políticas. La semana pasada lo invitaron oficialmente a ser candidato a lo mismo, temiendo que los setenta años le hicieran sospecharse menos joven, guapo y deportista de lo que inmediatamente se siente. Porque seis años a corto plazo son difíciles a cierta edad, cuando no imposibles. Seis años, con veinte, son una carrera de letras y un año en prácticas. Con setenta, una maratón que puede llevarse además del aliento, el medio, el largo o toda la vida de plazo.

Si fuera otro apostaría por verlo lavándose las manos, en loor de multitudes y saludando desde el balcón del reconocimiento público y notorio. Es evidente que no habría otra manera de despedirlo que no pasase por un abrazo de admiración, por su manera de ser y, sobre todo, de entender la democracia. Para que sirva de ejemplo, recuerdo una ocasión, en una entrega de premios en el Castillo de Gibralfaro. Tenía yo a mi amigo Martín Moniche a un lado y a Mario Cortés, el actual portavoz municipal, al otro, dispuestos a pedirnos un refresco –el mío aliñado- en la barra de alcance dispuesta para la ocasión, cuando se acercó el alcalde a saludarnos. El momento lo aprovechó una muchacha para aproximarse a increparlo: “fascista”, le decía voz en grito y exacerbada en sus ademanes. Martín, que fue más ágil, la sujetó con cuidado de que lo anécdota no pasara a convertirse en un peor recuerdo y Mario Cortés intentó llevarse al alcalde a un lugar apartado sin llamar la atención. Pero éste se negó y sin alarmarse lo más mínimo ni elevar su habitual tono didáctico le expuso a la chica que estaba dispuesto a reunirse con ella a charlar y debatir y si podía, demostrarle que estaba equivocada en cuanto al pensamiento ideológico que le achacaba. Asistí a esa conversación mudo, boquiabierto y paralizado hasta que Mario nos dijo que los dejásemos solos, para que hablasen y eso hicimos. La joven se calmó y no sé cómo continuó la historia pero todo hacía presagiar que acabaría votándole en las siguientes elecciones…

En definitiva, el respeto se lo ha ganado a pulso. Cuando el alcalde se vaya a casa se le echará de menos y se repasarán sus méritos, sin gemas ni expropiaciones astóricas… Eso sí, si no le da tiempo a estropearlo todo -¿un poquito más?- antes. ¿Qué puede llevar a un señor septuagenario con patrimonio suficiente, agradable y numerosa familia, más querido que odiado por sus conciudadanos, a no disfrutar del tiempo que le queda con los suyos apartado de lo público? Yo creo que sólo dos cosas. La primera, la insistencia entre la gente de su partido de que se suba al caballo para aún muerto, derrotar a los infieles. Una vez ganada la batalla, se designaría un delfín que lo sustituyese antes de que acabase la legislatura, con tiempo suficiente para que la ciudadanía se acostumbrase al cambio. Opción que a priori, yo descartaría. No creo que Francisco de la Torre se sienta en deuda con su partido. Es más, suele ir por libre y si acaso oiría a los técnicos y consejeros de su Corte, antes que a cargos de la empresa, perdón, quería decir del partido político. Y la segunda, que mantuviera la ilusión de seguir. ¿Con 72 años hasta los 76? Creo que en el PP ya han comprado a Babieca. Están con la Tizona. Habrá que ver si lo convencen de que se ajuste requetebién la armadura…

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Cosmópolis

Me toca hablar de la feria porque si no sólo me queda en agosto hacerlo de Gibraltar para tapar otras vergüenzas igual de patrioteras. Qué remedio. Y yo que no quería tirar piedras sobre mi propio tejado. Así que he intentando encontrarle el lado positivo a nuestra celebración y lo mejor de este esfuerzo es que no me ha costado tanto. Me gusta la feria, sí, si me empeño. Por algún buen recuerdo. Supongo que el lado tradicional hay que encontrárselo en lo personal. Porque la tradición sólo precisa de un requisito. Y algo que se quita y se pone, se le da relevancia o se elimina, no puede arraigar porque sí, ni tampoco en virtud de la ocurrencia del responsable político de turno. Puedo hablar de lo que arraigó en mí de esta feria que quiero, desde que el proceso migratorio concluyó en mi familia hace 27 años y nos devolvió definitivamente a esta tierra. Lo único tradicional que me sobrevive a los años de feria son las ganas de pegarme una juerga poco flamenca en buena compañía. Ni malagueñas, ni verdiales –qué pena-, ni caballos ni carruajes, ni toros ni encierros, ni moros ni cristianos. Tres mil años de historia nos han valido para brindar con los amigos. Tan pobre como entretenido.

No tener raíces tan profundas como para que declaren nuestras fiestas de interés turístico nacional algo tendrá que ver con el carácter cosmopolita de nuestra ciudad. Si no han prendido las hogueras que rejuvenecen las festividades valencianas, si no hay tal apego a la fiesta de los toros como tantos asesores taurinos de la política mejor pagada demandarían, si no hay tablao que resista el ninguneo de los nativos, si no somos racistas expulsando infieles y ni siquiera queda rastro de las oleadas vikingas, ni de los saqueos piratas, será porque acogemos lo nuevo como propio de nuestra idiosincrasia, supongo; nos faltará memoria pero nos sobrará modernidad, siempre a la última, amada vanguardia.

Ojalá. El cosmopolitismo malagueño no nace en Nueva York y se extiende, como los perfumes por Roma, Londres, París ni sus museos. Adopta poquito de estas tendencias. El cosmopolitismo malagueño es, más bien el del Carmen Thyssen, pero en vez de vestirse a la moda de flamencas y bandoleros del XIX, lo arrabalero peor entendido y más merdellón se acoge de una brocheta de videoclips del youtube que en el estribillo haga mención a una perrea -¿qué será eso?-. Y así se crían: descamisados en bermudas, con cadenones de oro y sombreros fedora. Y de tal palo tal astilla. Y así que pasen tres generaciones para mirarse al ombligo y no reconocerse.

Málaga la novísima cambió el garum por el kétchup, los trajes regionales por los short, el sombrero de paja por el mejicano, y los generosos por el rebujito. Así somos y así nos encaminamos. Nos gusta lo mediocre moderno y lo popular moderno. Lo que no pasará a la historia ni dejará huella. Y se agradece el intento del señor Caneda por dispersarnos, y por empeñarse en que nos guste el flamenco y los museos, y que anuncie doscientas actividades culturales, nada menos, y que pretenda que los cachorrillos más molestos se aparten del resto y se achicharren bajo el sol de las cinco de la tarde donde menos se les vea, incluso bebiendo, que no es malo –o eso dice-. Lo malo son las gamberradas. Y algunas decisiones políticas, si no lo son, a veces lo parecen.

Málaga no cuida lo suyo. El tinto es sinónimo de rioja y el blanco de rueda. El queso de feria es el manchego. Y lo más típico, el jamón. No hay nada especial en feria que no pase por el libre albedrío de sacar el güisqui, cheli, que se chube a la cabecha para hacer bien el amor -ya sabéis donde hay que ir-.

¿Y qué más queremos?

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Rentabilidad verde

Ayer leí la entrevista a Raúl Jiménez, el nuevo concejal de Medio Ambiente y Sostenibilidad, que publicó La Opinión de Málaga sobre el Jardín Botánico de La Concepción, y deduzco dos cosas. Una, que ha interiorizado la idea de que en tiempos de crisis todo lo público ha de ser rentable para ser sostenible, y dos, que ha organizado una tormenta de ideas en su departamento, y las ideas han caído, con violencia y profusión de aparato eléctrico, que es lo propio de las tormentas de verano.

Al concejal le preocupa que los malagueños no pasen en tropel por la taquilla como hacen para ir al fútbol o a los conciertos de Pablo Alborán. “Lo que queremos es que vaya mucha gente al jardín botánico”, dice. El problema es que en La Concepción sólo hay plantas. Y la solución, complementar la oferta con “algunos atractivos añadidos”. Ahí es donde la tormenta de ideas arrecia con violencia, y pasamos de lanzar abonos o negociar con los touroperadores (¿aún no lo habían pensado?) que los cruceristas pasen la línea de La Plaza de la Merced para llegar hasta allí, a poner mesas en el recinto para que los malagueños vayamos de picnic y crear un jardín zen o un laberinto de setos.

Los jardines zen son de arena y piedras y apenas tienen plantas. Eso le ahorraría al Ayuntamiento costes de personal, una vez que se consigan los fondos para hacerlo (este año el presupuesto de inversión del jardín es de cero euros). Lo del laberinto de setos es harina de otro costal, a menos que se plantee que lo cuide una asociación como con el ya iniciado proyecto del huerto didáctico. Esperemos que haya asociaciones de aficionados a la poda en Málaga. Sugiero que también organicen clases de Tai-Chi, pero lo que verdaderamente atraería un público masivo sería trasladar el Real de la Feria al jardín botánico.

La rentabilidad es una cosa, y otra la sostenibilidad económica y social del patrimonio. Dudo que el coste anual de mantenimiento de uno de los jardines botánicos más importantes de Europa supere la inversión que se ha hecho en toda suerte de museos bastante menos simbólicos en años de bonanza. Posiblemente, La Concepción sea el patrimonio más importante y único de la ciudad, y entiendo que al menos una parte de los malagueños es consciente de ello, puesto que la Asociación de Amigos de la Concepción, es, con 1.700 socios, la más numerosa de todas las asociaciones de amigos de jardines botánicos en España. Las declaraciones de Raúl Jiménez me traen a la memoria una película de los Monty Python, donde los trabajadores de un zoo se empeñaban en demostrar que las ardillas eran criaturas feroces para evitar que la empresa propietaria las sustituyera por tigres y varanos, más epatantes para el público. No todo ha  de ser multitudinario para ser sostenible, y al menos yo, pago gustoso mi parte de impuestos para que La Concepción lo siga siendo, pero si se admiten sugerencias, ya que quitaron el autobús de línea que llegaba a la puerta por falta de rentabilidad, arreglen el camino que une el final de la Línea 2 con el recinto para que los escasos pero valiosos visitantes no se arriesguen al atropello.

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