Medio metro

Al metro le faltan setenta millones para dejar de ser un proyecto. Casi da risa. Oímos hablar de tantos miles de millones que setenta no nos parecen un problema. Tanta prima de riesgo, tanta reunión europea, tanto rescate y tanto banco central nos han convertido a todos en matemáticos de grandes cifras. Setenta millones, a estas alturas, son setenta sillones. Calderilla. Tan poca cosa que, enterrándolo, como ha llegado a proponer nuestro alcalde, no se perdería mucho con el metro. Otro resto arqueológico que sortear en futuras cimentaciones, aunque éste, postmoderno. El sufrimiento de unos cuantos miles de malagueños que se han visto sometidos a sus ruidos y polvaredas durante tanto tiempo, quedaría mitigado con ese olvido en el inframundo. Eso seguro. Y a los comerciantes arruinados de la zona, les quedará el consuelo de pensar que si no hubiese sido por el metro, igualmente hubiesen quebrado, debido a la irregular gestión de los fondos públicos que hicieron los paquetes tóxicos bancarios con su pedacito de soberanía. A veces, echarle tierra por encima a una pequeña porción del desastre puede convertirse en un gustazo. Puede ser la solución para la Tabacalera, el Astoria, el Funicular y todas la torres de babel que pusimos en práctica en nuestra ciudad cuando nos creímos grandes o hasta ricos. Podíamos enterrarlas todas. Y olvidarlas poquito a poco. ¿Quién sabe? Quizá de aquí a unos siglos, se invente un concejal de cultura malagueño una fiesta de arraigo que tenga que ver con el enterramiento de nuestra soberbia. O en vez de un boquerón, sea una locomotora lo que despida el carnaval, con su debido luto. No hay mal que por bien no venga. Quisimos ser una gran capital como Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla o Valencia y un ladrillazo nos ha despertado en el peor momento del cuento de la lechera. Nuestro aeropuerto de Castellón sin aviones podría ser este innecesario metro sin vías que seguirá pospuesto sine die hasta que alguien tras la crisis vuelva a considerarlo necesario. Que nos sirva de lección. Un auditorio sin conciertos no sirve para nada. Ni gastarse un millón en el Campamento Benítez cuando cuesta veinte adecentarlo. Ni doscientos mil euros en proyectos tan volátiles como irrealizables de aquí a Gibralfaro.

La Junta no sabe cuándo proseguirán las obras del Metro. No hay plazo para acabarlo ni a ojo. Y mientras tanto, los técnicos y sabios de la ingeniería y sus caminos afirman que mantener la ciudad abierta sería lo aconsejable para reducir el gasto cuando se reanuden las obras. En esos cálculos, los comerciantes son el efecto colateral. Los que no entran en los planes ni en los grandes números. Los que deben predicar con su ejemplo involuntario por un bien común incapaz de identificar a ninguno de los comunes.

Izquierda Unida decidió entrar en el Gobierno de la Junta y en el regateo de poder, les tocó bailar con la más fea. Ahí tienen Fomento. O ponen los setenta millones, no se sabe de dónde, o cosen al enfermo, lo despiertan del coma inducido y lo mandan a su casa hasta encontrarle un remedio a sus males. Otra cosa sería que pagaran justos por pecadores. Los débiles, los desamparados, los olvidados en este turbio asunto del metro más largo del mundo, no son entes abstractos, son personas, familias, ciudadanos y de sus pequeños negocios, depende su sustento.

Tenemos medio metro. Un lujo –o medio-. Ahora entiendo lo del tío en América.

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