Problemas

A mí me gusta mucho el taxi. En realidad, los que me gustan son los taxistas. Son unos sabios. Cuando llevo una semana sin pedir a alguno que me lleve a ningún sitio, los echo de menos. Para mantener mi equilibrio necesito una charla tranquila de vez en cuando con mi camarero del bar de abajo, que me ayuda a la introspección y con el taxista que pase libre y se deja escuchar, que suele ser muy extrovertido.

Mi última carrera la di ayer, sin necesidad. Como soy timorato ante el desconocido, disimulo prisa cuando cojo alguno y le digo que me lleve a casa. Pero soy un hombre tranquilo. La última vez que de verdad tuve prisa debió de ser en un contraataque de algún partido de futbito en el instituto. Mi táctica es hablarle del tiempo y, como el santo y seña, conlleva que se inicie un monólogo de la vida que sólo cabe asumir asintiendo en silencio cómplice. Antonio, que así se llamaba, me dio un repaso de sus preocupaciones que pude, enseguida, hacer mías. Le inquietaba el paro y la economía y culpabilizaba a la clase política. Yo también.

No sé si soy justo. Si lo sé. No lo soy. Pienso que la clase política no es honesta de por sí, y que cuando lo es, no suele ser apta. Lo que no comprendo es qué me lleva a generalizar de esta forma. Que pensara que los albañiles o los carpinteros son de tal o cual manera, me llevaría a mi propia desaprobación, por cuestiones éticas. La necesidad de buscar culpables, nos lleva siempre al responsable ajeno, cuando buena parte de lo que nos sucede, depende sólo de nosotros mismos.

Sin embargo, la dura realidad de esta larga crisis ha llevado a los españoles a desacreditar a la clase política. Según el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), correspondiente a diciembre, la sociedad señala tres problemas fundamentales en su cotidianeidad: el paro (78,6%), la economía (52%) y la clase política (19,3%). Clásicos como la inmigración o el terrorismo han quedado atrás. A ciencia cierta –y estadística-, casi uno de cada cinco españoles considera a la clase política como uno de sus mayores problemas. Y yo me pregunto, ante la inminencia de unas elecciones, ¿cómo pueden afrontar esos mismos políticos un programa electoral o una campaña que pretenda resolver, teóricamente, las preocupaciones de los potenciales votantes cuando ellos mismos están en el punto de mira?

Me he expresado mal, no me pregunto, me preguntaba.

Mis paseos con los taxistas se suelen resolver con un apretón de manos tan íntimo como amistoso. Tras los cuatro o cinco de los dedos de una mano, podría colocar a otros tantos conductores del taxi como lo más parecido a un compañero en el desánimo. Y Antonio, en este caso, me ayudó, de algún modo, a resolver mis dudas de una manera práctica. Sacó de su bolsillo un paquetito que sospeché en primera instancia que se trataba de unas toallitas húmedas. No lo eran. No es que hubiese tomado alguna ración de pescaíto frito con los dedos y educadamente me invitara a limpiarme, no, se trataba de un sobre de champú: “Champú eficaz IU, acaba con la caspa, aclara las ideas”, ponía. “Garantía para Torremolinos. No anunciado en la TV local”. Los de IU en Torremolinos han atacado el problema con humor. Lo que no sé es qué podrán urdir PSOE o PP al respecto. Presumo que nada arriesgado. Pudiera ser que en su caso, no nos hicieran tanta –o ninguna- gracia.

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Comentarios

A mi también me gustan muchos los taxis y es verdad que si te toca un buen taxista..puedes hablar de cualquier tema de conversación…y es que ser taxista es eso..coocerce la ciudad como la palma de tu mano…llevar alguna emisora de radio puesta (siempre la misma) y tenrer el don de la palabra…

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