Enfermería de campaña

Cuando yo era pequeño las niñas querían ser enfermeras y los niños bomberos, futbolistas o soldados. Por mi síndrome del miedo a las batas blancas, yo sólo podía ser futbolista, pero ni me acompañaban las ganas ni la intención de acomplejar a los compañeros del colegio con mi asombrosa técnica y agilidad indómita. Años más tarde, las niñas querían ser soldados y bomberas; los niños, enfermeros. Una sociedad equilibrada en sus deseos a la que la realidad desequilibra con sus presupuestos. Lo que no imaginaron las niñas y los niños enfermeros es que iban a terminar siendo soldados y bomberos en hospitales de campaña del SAS, esto es, en los centros públicos andaluces de salud a causa de una política errónea de gastos, o de ingresos hospitalarios, según se deduce de las quejas y manifestaciones del personal de enfermería.

Durante las últimas semanas hemos leído que una enfermera sufrió un ataque de ansiedad cuando descubrió que la habían contratado para que estuviera a cargo de 36 pacientes durante una noche. Como si ella fuese la culpable de tal situación, o como si se hubiese auto-inducido el ataque de nervios por puro ánimo de fastidiar, el SAS ha tomado medidas, pero sólo contra ella. La ha sancionado con 60 días durante los que no podrá ser contratada. Aquí vemos un claro ejemplo de lo que es coger al toro por los cuernos. Que me perdonen los antitaurinos. La resolución de tal conflicto es como si hubiesen castigado a la limpiadora del camarote de los hermanos Marx por desorden en la habitación. Hay razones que el sentido común no entiende. También es cierto que es el menos común de los sentidos.

Tras esta primera polémica, un sindicato de enfermería ha denunciado que otra enfermera, esta vez en Carlos Haya, ha vuelto a ser la encargada de atender una planta completa de ingresados. Incluso los hoteles mediocres destinan más personas para atender las necesidades de su clientela, con la diferencia de que si llamo al servicio de habitaciones es porque quiero otra almohada, o un bocadillo de última hora que bien pueden demorar su entrega porque diez habitaciones han tenido la misma idea, sin que tenga mayores consecuencias que mi enfado. La atención a diez pacientes no puede sufrir retrasos porque no están allí como cura de reposo sino por la obligación de recuperarse de graves dolencias. Nadie permanece en los hospitales por gusto. Tampoco en los cementerios, sin querer exagerar.

Este desajuste de la plantilla, que el SAS se empeña en vender como reordenaciones, ha provocado incluso la dimisión del jefe de urgencias de Carlos Haya que, como capitán de una tropa situada en la primera trinchera de fuego, sabe que sin personal suficiente es cuestión de tiempo que tal sección hospitalaria aparezca en la portada de los medios a causa de algún hecho luctuoso como un error médico, o una agresión hacia los trabajadores por parte de familiares de pacientes que no siempre tienen la templanza necesaria en esas situaciones. Héroes, el SAS busca héroes, así como de cartelería soviética de guerra. Médicos que operen igual que esos ajedrecistas que juegan 20 partidas de mesa en mesa, o personal de enfermería con el don divino de comprimir el espacio y el tiempo. La magia de la enfermera o el enfermero guapo, por no discriminar, que con solo tomar la mano del paciente entre las suyas ya le suministra la medicación necesaria por vía del espíritu.

Según el consejero de Salud, las unidades hospitalarias se cierran en verano porque no se ocupan. Se produce una reorganización de efectivos para que abunden allí donde más población haya durante estos meses. Ojalá fuese verdad. Málaga es la Costa del Sol. Cada año el verano pilla al SAS como esa visita que aparece cuando está el frigorífico vacío.

La vida sigue igual

Hace 31 años que regresé a Málaga desde Valladolid. Y me he acordado hoy por los sanfermines. Un 13 de julio del 85, yo también cantaba el pobre de mí, aunque más triste que cualquier corredor de encierro con chapela, porque el mío lo había premeditado con alevosa intransigencia juvenil. Iba a encarcelarme con la cara larga del adolescente incomprendido y llorar mi propio encierro autoinfligido. No pensaba salir a la calle de Málaga, para mostrarme mártir y si podía, tampoco respirar o aparentar no hacerlo, insuflando el dolor necesario a mi reivindicación del disgusto más importante del mundo. ¿Cómo se podía vivir en una ciudad de vacaciones? ¿Estábamos locos o qué?

Siempre he sido quejica y protestón, pero a los 16, además, me sobraba alguna hormona, que ya, deduzco, se quedó a vivir conmigo desde entonces. A la huelga de hambre no me adherí porque era demasiado silenciosa para captar la atención de mis mayores y porque ya era glotón. Supongo que lo sería de nacimiento. Al pequeño de la casa, un joven, guapo y deportista, y un hombretón en apariencia, con menos mano izquierda que un zurdo en la época de Franco, no le había gustado el traslado y la procesión iba por dentro (y por fuera).

Con la otra cara de la moneda, no me solidarizaba ni mijita. Mi padre había decidido unos días antes pegarle una patada en el trasero a la empresa constructora a la que le había dedicado un tercio de su vida porque lo enviaban a Venezuela, a hacer una carretera y un puente. Menos mal que no nos fuimos. Ahora sería un bolivariano iraní antidemocrático sin papel higiénico ni compresas en los supermercados. Qué horror. Como cualquiera de Podemos hasta el 25 de junio. Y así ocurrió que mis padres volvieron a su tierra y yo a la de mis vacaciones del mes de agosto, sin saber a ciencia cierta si las chanclas y los pantalones cortos se usaban todo el año de safari o si se celebraba o no la navidad a pesar de la ausencia de la calefacción central con sus copitos de nieve.

A mí me desorientó, sobre todo, la edad que me azuzababa la rebeldía, las motos por doquier y la caca de perro a su zaga, acechante en cada acera. Como una marca de cantero. Tenía que haber muchos perros. Y los papeles, y las cáscaras, y los restos de bocadillos de chorizo en la vía impúdica. Tenía que haber muchos cerdos. Cargado de bártulos en la calle Maestro Chapí, en medio de un terral impresionante que sospechaba fiebre intensa, oí en la radio del coche en el que habíamos viajado cinco y la madre, el pobre de mí. Fue un 13 de julio, sí. Ahora maravilloso, adornándolo con tirabuzones. Pero entonces, no tanto.

Se me pegó la zeta enseguida y los amigos de un día para siempre en pocas semanas. Eso no ha cambiado. Pero lo demás un montón. Yo ya no llevo cresta afer punk. Y quepo en la misma altura con 50 kilitos más que aumentan con la nostalgia y el sofá de mediodía. Y la ciudad es otra. Está de moda. Brillante. Reluciente. Bueno, eso no. De limpia se parece a la que era. Pero se ha convertido en un centro cultural eficiente y sostenible. Bueno, eso, repasando las franquicias, tampoco me atrevería a aseverarlo así, sin matices. Pero… Bueno, está muy bien y ha mejorado mucho. Esos solares abandonados que había entonces ya no están. O hay menos. O lo parece. Quizá siga igual en ese sentido también pero, no sé, ahora hay Metro y antes no. O ahora hay medio Metro. Y pronto se hará el resto. O no se hará. Quizá el Metro tampoco sea el elemento diferencial. Pero el cauce del río estaba abandonado y ya no. Vale, puede que siga abandonado pero ahora tenemos un barrio de las artes espléndido al lado. El Soho. El ensanche. Lo que sea. Sin juzgados y poco más. Pero antes íbamos al cine. Menos mal que nos queda el Astoria. Esa será la diferencia, el Astoria. Digo yo, ahora que se acaba San Fermín, lo importante que es el Astoria.

A oscuras

Me dicen que un viejo amigo, al que no veo desde la guerra, presentó un libro de poemas recientemente en un bar alternativo. Con lo de alternativo me refiero a que en el que estaba previsto no pudo ser por culpa del fútbol impertinente. Yo preferí el deporte al rey porque me excita profundamente el riesgo, volar, saltar, remar, hacer tirabuzones al caer en mortales hacia atrás, y me quedé frente a la tele del remordimiento en su lugar, adelgazando unos kilitos de menos. A mí no me gusta la poesía, yo soy punky, le confesé un día sin que me creyera. Si no tienes cresta. ¿Y si ya me creyera? La edad susurra trampas, y uno ya se anticipa y corre de escenario en escenario impermeable al río que lo mojó dos veces. Encima perdimos, le dije a José Luis hace unos años. Él me consolaba las derrotas con frases de Kerouac que yo no sabía de quién eran, ni lo sabré nunca, mientras me arrastraba hacia la oscuridad para salvarme de cualquier miedo insuperable. ¿A dónde vamos, tío? No lo sé, pero tenemos que ir. Y, así, yo lo seguía, recobrando el ánimo y la esperanza. Nubes de Bora Bora en escabeche.

La memoria de José Luis González Vera recorre su casa a oscuras, esperando la lluvia en el cristal para retarla a desprenderse de su falacia de nostalgia. Cada gota que se pierde ajena a su propia existencia nada tiene que ver con la pérdida que le contrae el alma. No está. Ya no estárá nunca más para siempre. Y no estaremos. Las campanas suenan bajito en las esquinas. Palpitan los cajones, los armarios pesan vacíos y las estanterías de los libros cerrados huelen a su dueño, que se ha ido. Pero son falsos fantasmas. Son la cortina que te separa de esa llovizna traicionera. Ni la benevolencia del destino se invoca en el pasado. Se esfuma primero la voz, después el rostro y, por último, no quedará nada que encontrar en los bolsillos de ninguna vieja chaqueta. El azar queda lejos y ya no nos incumbe.

No me ha dado tiempo a leer el libro -casi- así que me limitaré a adular al autor por si, por casualidad, algún otro día me lo encontrara en algún bar, anticipándose y bebiendo las horas sin mí. Es grande, guapo y reversible. Ese dandi a quien nunca pillarás en descuido. Atento llorón, fuerte como uno de los lobos de su piel que no persiguen corderos sino caperucitas.

Y luego está el libro. La excusa para mencionarle con cariño, de descarga gratuita en la web que lleva su nombre: José Luis González Vera. A oscuras. Les pediría que no se lo perdieran. Si no fuera por las prisas. Porque no se fíen. Pudiera ser que no les gustara lo que escribe. O peor, tampoco cómo lo hace. O peor aún, que le confesaran a alguien que amaran, que no les gusta la poesía. Así, en general. Tampoco el color verde o el sonido de las olas los lunes. O el aire que respiran los martes. Hoy es miércoles. Alguna vez leí en algún sitio -y si no, sería una mentira piadosa inconsciente- que los miércoles son los mejores días de la semana para leerse poemas tumbado. Aunque no para todos. Si van a la Noche en Blanco y hacen cola en sus atracciones gratuitas, ni lo intenten, para evitarse suspirar un segundo y reencontrarse con la imagen del espejo de la que habla José Luis, con tanto desgarro. ¿Qué harían ahí detrás? Esta casa ya sabe demasiado y se puede vengar si se siente ofendida.

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Con los votos puestos

Sólo han pasado tres días. Tampoco hay que ponerse nerviosos. Como mal mayor y siguiendo la tendencia de sumarse unos cuantos diputados cada vez, en las sextas elecciones consecutivas, el PP conseguiría mayoría absoluta. En año y medio más de campaña, listo. Como mucho. Y no sería para tanto. A todo se acostumbra el cuerpo. Y hasta el alma. Otras elecciones para el Puente de la Inmaculada Constitución, las siguientes en San Fermín, con una bota, con una bota, y las definitivas para el día de reyes, con una bota y un calcetín, allá por el 2018. Por mucho menos de lo que perdió Adif en el camino, tendríamos gobierno tras otras tres intentonas, y saldría más baratito que tendiendo sus mismos lazos y vías. Lo que no sé muy bien es cuántos iríamos a botarlos. A votarlos unos cuantos menos, eso seguro. Pero en un barco los enviábamos a Islandia a que aprendieran a jugar al fútbol, y tras la ceremonia en el astillero, brindábamos con el champán sobrante o el cava, si los catalanes tuviesen el detalle y no estuviesen muy liados estudiándose lo del Brexit.

Porque, que se pongan de acuerdo ahora, como dijo Susana Díaz ante el posible pacto imposible con Podemos, no lo veo, es que no lo veo. A la segunda, nada parece indicar que vaya a ser la vencida. Me refería a las elecciones pero sirva también el comentario para esa armada invencible naufragada en Andalucía. Estas elecciones han dado para que Rajoy bote en el balcón de la noche electoral y Moragas se arranque a su lado con un baile latino. Porque a nadie le amarga un dulce ni tampoco la sorpresa de una quiniela de 14 inesperada. Pero para asentarse, no da. Mejor dicho, tampoco da. Un gobierno entre 137 no se sostiene, por más pertinaces que lo intenten, calculadora en mano, en las tertulias televisivas, acallando su canto de yo soy español, español, español, por culpa de Italia. Ni se vislumbra en la lontanaza entre los barcos vikingos que se llevaban a Rivera, Iglesias y Pedro Sánchez, por ese orden, unas cuantas líneas más arriba. Porque Rivera no está para exigirle nada a un candidato que le cuadruplica las mejillas. Iglesias se ha escondido, ensayando copiarle la táctica a Rajoy y ya no me extrañaría ni que, en las terceras, si las hubiere, fuera de liberal transversal y nos prometiera a través del plasma una bajada de impuestos regresiva. Que paguen más los más tontos. Y Pedro Sánchez… Pedro Sánchez tiene un coro de amigos que para sí quisieran los niños cantores de Viena. Con la rubia de bote salvavidas a la cabeza. Y una retahíla de barones voluntariosos intentando asestarle el famoso zarpazo en cuanto se descuide, detrás.

Pero como dije, sólo han pasado tres días. Que no cunda el desánimo. Ya dijo Rivera que no habría terceras elecciones. Y Pedro Sánchez. E Iglesias. Y Rajoy se ha encerrado en el castillo, a observar lo que pasa tras la mirilla. Yo creo que pone la canción de Raphael que lo convirtió en famoso bailarín cuando observa a los otros tres candidatos dándose mamporros postelectorales. Y le dan ganas de mostrarse al mundo y botar feliz caminando rápido. Pero se acuerda de lo que le mandó su médico de cabecera, Arriola, y se contiene, como cada cual, cumpliendo esmeradamente con su papel secundario. Haya o no terceras o cuartas elecciones, nos vemos en Reikiavik, con un pañuelo al viento y empate a cero en el desinterés creciente por dilucidar seis de las siete diferencias insignificantes entre la nueva y la vieja política. La séptima es la importante. Se pondrán las botas o morirán con las botas puestas. ¿Quién sabe?

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Todos consensos

Parece que en el último suspiro de campaña, el talante democrático que se les suponía a los miembros del aparataje de los partidos políticos ha salido a relucir. Me alegra inesperadamente. Aunque he de reconocer que me había costado mucho esfuerzo y horas de internet enterarme de cómo se daba uno de alta en las famosas casas de apuestas británicas y ya no creo que me vaya a servir de nada. Pero será una enfermedad menos en la que inscribirme y de la que curarme y, en fin, no debería quejarme. Como les decía, me propuse ayer apostar toda mi fortuna, o sea, los 119 euros con ochenta y seis céntimos que he conseguido ahorrar en mi último año laboral, gracias a mis tres trabajos temporales y medio, y a los once contratos que, sin menosprecio a mi cuidadosa desmemoria, creo haber firmado durante los últimos doce meses, pero finalmente he desisitido. En vez de apostarlos a que habría unas terceras elecciones, he decidido invertirlos en papel higiénico y compresas, pues he leído que son bienes muy escasos en Venezuela y lo he considerado una forma de aportar mi granito de arena a la campaña del miedo, como buen demócrata constitucionalista antiradical que me siento, entre otras cosas menos atrevidas.

A mí la noticia me pilló en un taxi. Me refiero a las declaraciones de los cuatro candidatos de los principales partidos sobre que se van a sentar todos juntos para acordar un gobierno estable a partir del 27 de junio y que, si no lo consiguen en una semana, dimitirán para que lo intenten sus sucesores. Y así hasta que lo borden y el Ángel Exterminador les dé permiso y les abra la puerta. Fantástico. La noticia me la dio mi taxista en diferido. Como el despido del Señor Bárcenas, sé fuerte. Me lo contó con mucho arte y ole ahí, que dirían en un horroroso anuncio de una marca de cervezas sobre el caciquismo andaluz y lo poquito que necesitamos si nos dan un subsidio y una pandereta. Muy gracioso el chófer, entre chistes, carreras y chascarrillos. Me dio la buena nueva, oye, y qué gracia tenía, mira tú.

Así que Rajoy ha confirmado que se marchará si es el obstáculo. Ha reconocido que el voto de un indeseable independentista vale lo mismo que el de las personas como dios manda salvo alguna cosa, aunque nos gusten mucho menos. Está dispuesto a pulir la ley mordaza para que no pasemos más vergüenza ante los organismos internacionales y hasta a darle una vuelta de consenso a su reforma laboral, en la que yo mismo he colaborado tanto con tan excelsa desgana. De hecho, del millón y piquísimos empleos que han levantado a España por la desgracia de la segunda reforma laboral, diez o doce son míos.

Con conocimiento de causa también Pablo Iglesias dará su brazo a torcer. Primero ha sido el puño y ahora, según me cuentan, también el brazo. Y hasta oirá lo que tengan que decirle los de Ciudadanos si siguen ennoviados con Pedro Sánchez. Y concederá el derecho de autodeterminación también al PP y al español de cada tres que les vota. Dice Don José, que así se llama el taxista, y que asegura que es el padre de la niña de Rajoy, que Iglesias ha aceptado comerse la línea roja de llevar toda la razón siempre y nos ha concedido escuchar a los que no tienen ni idea para que le ayuden a entender los sinsentidos necesarios para un buen gobierno pruriintelectual en minoría.

Por último, Don José, asegura que Rivera y Sánchez se han declarado dispuestos a hacer un paréntesis en su luna de miel para conocer a otras parejas de baile. Ni el 2 ni el 4 de marzo volverán a ser mencionados por el socialista de centro en ninguna negociación, esto es lo que más me cuesta creer, ni Rivera retomará su cruzada por los países donde exista una dictadura hasta que Buñuel se la vise y San Pedro se la bendiga.

Con la ayuda del taxista he conseguido subir todo el papel del váter a casa. Me queda santiguarme.

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No hay dos sin tres

El lunes pasado vi el debate enterito. Porque estaba contento. Estaba contento porque Piqué marcó en los últimos minutos del partido contra los checos. Faltaban cinco minutos para que acabase el encuentro y estaba indignado. Como me había pasado con el fútbol unas horas antes. Mi malhumor tenía que ver con que no veía capacidad de improvisación sobre el campo. Porque ni creaban, ni proponían nada nuevo, empecinados todos en intentarlo con el consabido tiki taka de los últimos tiempos. Sánchez se la pasaba a Rivera para que rematase a Rajoy. Y Rivera a Sánchez para que hiciese lo propio por su banda desafinada, contra Iglesias. ¿A cuántos partidos eran los play off de la NBA? Lo malo no son las ganas de persignarme que me han entrado al barruntar otro empate en el Congreso sino imaginarse las veces que se habrá santiguado ya Felipe VI, pensando en lo mismo. Si Maradona levantase la cabeza, criticaría a Messi hablando con Pelé y además, le diría que los del PSOE y Ciudadanos marcando goles a lo ancho y sin porterías, serían campeones del mundo. Una táctica que está muy bien cuando se va a ganar, claro, pero que te deja en evidencia cuando no o, aún peor, en la cola de un cursillo para aprender a hacer relojes cuando te metes los goles en tu propia puerta. El que coge los ñoscos más grandes para que Sánchez se los tire a su tejado yo creo que se hace iconografía en la persona de Jordi Sevilla. Aporta aires de barón al centro, que son una barbaridad ¡Como Busquets!. Yo creo que Fernando de Páramo y Antonio Hernando pensaron durante muchos minutos del debate lo mismo que Raúl o Cayo Lara cuando se dejaban la piel para nada: jugamos como nunca. Esa frase que acababa en cuartos de final junto al pesimismo conformista de perder como siempre, se veía venir cargado de una losa de encuestas, por la lontananza.

Y pasaban los minutos. Con Albert Rivera de espontáneo, saltando al ruedo de los bloques, dispuesto a ser árbitro y delantero, según mediara. Alba y Juanfran de radicales bolivarianos, digo de extremos, como pollos con cabeza. Rajoy arreglando el desaguisado a su manera, decía que España iría bien siempre que Silva y Nolito acertaran con sus recortes, salvo alguna cosa, al borde del área. Por momentos, Pedro Sánchez me recordó a Cristiano Ronaldo. No tanto por lo bueno sino por no olvidarse de aquel pase de gol que no le dieron en marzo. Ni el dos ni el cuatro de marzo. Prometía taparse la nariz hasta que marcara Morata o le hiciésemos caso. Ni el dos. Ni elcuatro. De marzo. Por su parte, Pablo Iglesias, chulesco como Higuita en la portería, se quiso parecer tanto a Casillas que casi consigue sacarles a todos de las suyas. En qué buen socialdemócrata de guante blanco se ha convertido. Qué elegancia en las palomitas. Qué peliculón acompañándolas. De Gea paró lo que hizo falta pero Iglesias hasta su parte de sobrado.

Pero así, ¿cómo íbamos a ganar a Chequia? Rajoy tiene la pelota. Quiere pacto con PSOE y Ciudadanos. Aquí empata con Rivera. Y Pedro Sánchez quiere en su equipo a Ciudadanos y como no suma, que los del dos y el cuatro de marzo se abstengan y se aparten del campo cuando el vaya a coger la pelota y lo dejen marcar sin molestarle. Podemos de piel de cordero quiere al PSOE sin su novia. Esto es el tiki taka. Esto acaba empate a cero. Verás los turcos. Verás los croatas. Verás los votantes. Va a botar la pelota una tercera vez quien yo me sé.

Aunque el minuto de oro lo arregló todo. Con el centro de Iniesta de mi vida y el cabezazo de Piqué que, definitivamente, nos llevó a la victoria. Esperen un segundo que salte con Sergio Ramos, y en seguida vuelvo. Ya estoy. Ese minuto de gloria me devolvió la esperanza de que ganemos por tercera vez consecutiva. Si no, alguien, cualquiera, las elecciones, al menos sí, nosotros, la eurocopa. No hay dos sin tres. Me persigno otra vez con disimulo. Dos a Turquía y tres a Croacia. Que sea eso y que yo lo vea.

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Ni derehas ni izquierdas: cero grados

Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Si Julio Verne levantara la cabeza… Lo digo porque para los que conocimos la moneda de dos reales, la verbena de la paloma se nos queda muy lejos, como si hubiésemos vivido varios siglos desde la época de Pedro Osinaga en el Estudio 1. Pero no. Leí el otro día en la prensa que la señora más mayor de España tenía solamente 114 años y tres cuartos cumplidos, con lo que rejuvenecí de inmediato, concluyendo que, a lo sumo, yo debía tener 113 o así. O hasta menos. Me puse a contar con los dedos y, realmente, no hace tantos siglos de cuando se fumaba en los autobuses, ni de esas fotos descoloridas de la infancia sobre el burrito del Parque. Todo aquello me hacía sospecharme, casi, del Siglo de Oro, puede que por mis ricitos rubios de entonces o por Suárez, pero no. Soy, simplemente, un McFly del Siglo pasado. Como todos los votantes llamados a las urnas el próximo 26 de junio, sin excepciones potenciales. Hace 100 años, todos éramos iguales, jóvenes, guapos y deportistas, sin móvil. ¿Qué digo sin móvil?, ¡sin internet! Con EGB, BUP y COU y aprendiendo inglés con la LOGSE, o la LOE, o la LOCE, o la LODE… Bueno, no me acuerdo…

¿Quién me iba a decir a mí, tan sobreexperto, cuando Rajoy arrasó en 2.011 que, superado el terrible efecto del Naranjito, el de Curro en la Expo Universal o el informático del 2000 que nos sumiría en el mismísimo caos para siempre, lo que más me iba a preocupar de la crisis sería la prima de riesgo? Qué angustia. Qué angustia más tonta. ¿Tampoco hace un siglo de aquello? Era un 600 por lo menos. Como el cochecito de mi padre de hace 200 años. O más. ¿A cuánto estará ahora la prima de riesgo? Lo ponían tras el tiempo en las noticias. Después de los tormentos.

Y todo este preámbulo reflexivo de barba blanca venía a que mañana comienza la campaña. No se rían. Estábamos descansando. De período entre campañas. Ahora empieza de verdad y de nuevo. Mañana. E iba a decir que con la tradicional pegada de carteles. Pero no. Ya no es tradicional. O mejor dicho, ya no hay pegada de carteles, más allá de la tradición de este primer día. Noche. La política ha cambiado tanto como la ciencia o los tiempos que corren, una barbaridad. Y no lo digo por el merengue, ni los 70 kilos de comida para gatos de la Gúrtel. Lo digo porque nos han cambiado los anticuados coceptos de derechas e izquierdas por los de la transversalidad, evitándonos pasar en cuclillas por el túnel del tiempo, como nos hubiese gustado para enterarnos.

Se acabó eso de que los pobres finos, cultos y estudiados conformen la izquierda y que la derecha se sustente sobre los cuatro ricos y sus pobres cercanos con síndrome de Estocolmo. Ahora a la izquierda hay radicales, y a la derecha, liberales. Los demás, los cien calvos, los del 600, los que fumábamos en los autobuses, los que recibíamos de las abuelas monedas sin valor de dos reales para ir al cine y los que tenemos fotos en el burrito somos de Centro por la gracia democrática, por la constitución, por la solidaridad antinacionalista, para abogar por la salida de todos los presos políticos de Venezuela y sobre todo, por el miedo espantoso. Porque si no, esto puede ser peor que lo de las vacas locas y la gripe aviar juntas. Y sin Cañete. ¿Habrá vacunas para todos? Por favor, que nadie haga más ruido egoísta de la cuenta. ¿Es que no ven la tele? ¿Es que no leen los editoriales? Ya está bien de reabrir heridas del pasado. Ya está bien. Elijan entre el Centro Izquierda, el Centro Derecha o el Centro Portero Delantero de Rivera. Es hora de una nueva transición que pase página de los que siempre protestan y todo lo reivindican. ¡Viva el Centro! Y que se nos pase pronto este susto insuperable.

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Mal de muchos, impuesto de todos

La grave situación financiera que atraviesa el Fondo de Reserva de la Seguridad Social de la que dependen nuestras pensiones públicas ha regresado esta semana al debate político. Dicho Fondo, creado en época de Aznar y que se surtía de los excedentes del sistema -que considerábamos infinito durante la burbuja inmobiliaria-, alcanzó una cifra superior a los 80.000 millones de euros, no hace tantos años. Durante 2012, 2013 y 2014 se sacaron 43.000 millones de euros y se encendieron las alarmas. El año 2015 no mejoró la situación y el gobierno se vio obligado a gastarse otros 13.250 millones para hacer frente al pago de las prestaciones sociales. Así las cosas, empezamos el año 2016 con 32.000 millones en la hucha y una tendencia negativa que, de mantenerse a este ritmo, acabaría definitivamente y por completo con el dinero en menos de tres años. Por eso y, sobre todo, de cara a las elecciones, PP, PSOE, Ciudadanos y Unidos Podemos se han puesto manos a la obra y tras árdua investigación de sus respectivos próceres macroeconómicos han coincidido en señalar que se hace imprescindible aumentar la recaudación tributaria como sea para atajar, entre otras, esa temible hemorragia.

El PP propone para ello bajarnos los impuestos a todos. Rompo el silencio que acabo de crear confesando que la misma cara se me ha quedado a mí. Pero debe ser por la teoría de las cuerdas, la relatividad o algún rollito cuántico. Algo de eso. Entre Montoro y De Guindos la lían en la pizarra de su empanada mental y el pobrecito de Pablo Casado nos lo tiene que explicar, como pueda. Dice que con una rebaja en todos los tramos del IRPF recaudaremos más. Y como es tan raro, nos callamos, pues no tenemos nada más que añadir que nuestra sorpresa y reconocernos idiotas por la incapacidad de entender esos números tan extraños. A lo mejor nos bajan los impuestos y nos suben las medidas, como le prometió Rajoy por carta a Junker. Eso será.

Pero como me supera, continúo con lo más básico y a donde alcanzo, lo que promete la Izquierda Transversal y el Centro Socialista, más típico. O sea, que le subirán los impuestos a los más ricos. Como estamos en campaña, además, puede que añadan que para repartírnoslo entre los más pobres. O entre los más tontos, si cuela. El primer problema es considerar con qué sueldo una persona ya es rica. Para Pedro Sánchez, con 80.000 euros anuales no se es rico. Otra vez se me ha quedado la cara de imbécil. En su país, sólo el 1,1% de la población declara cobrar más de 72.000 euros anuales, pero para el PSOE, perdón, para el que se presenta como candidato a la presidencia del gobierno por parte del PSOE, cobran un sueldo normalito. ¿A qué ricos habrá que subirle los impuestos para cuadrar la cuenta de nuestras pensiones entonces? ¿A los que cobren más de cuánto?

Lo peor de llenarse la boca con esos impuestos a los ricos que nos solucionarán los problemas de la Hacienda Pública es que es la misma y peor solución de mentirijilla a la que siempre echan mano parecidos demagogos. Ni se puede acabar con el paro fregando escaleras, porque no hay tantos escalones que limpiar, ni una subida de impuestos que no alcance a la mayoría social (la clase media), podría equilibrar nuestros números rojos. Con datos: confiscando el 100% de todo el dinero que cobren los que superan los 600.000 euros en España (menos de 5.000 personas), los dejaríamos en la indigencia y recaudaríamos en total 6.000 millones más. Menos de la mitad de lo que Rajoy se vio obligado a sacar el año pasado del Fondo de Garantía. En cambio, ocho millones de contribuyentes declararon el año pasado ingresar menos de 12.001 euros al año. Son los pobres solemnes con suerte de obtener algún dinerito de vez en cuando. Con nosotross, de nosotros, se recaudaron 42.000 millones. No porque se nos apriete más sino porque somos más. Muchos más. 17 millones de personas cobramos en España menos de 36.000 euros anuales y sólo 600.000 personas, más de 60.000 euros. ¿Se puede sostener el país unicamente con los impuestos de 600.000 personas?

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Gobierno del Cambio

Se cumple un año del quinto mandato de Francisco de la Torre al frente del Ayuntamiento de Málaga. Posiblemente haya sido el más complicado de los dieciséis que lleva gestionando la ciudad, por hacerlo en minoría. Aunque a él no se le tuerce el gesto y tal vez sólo una radiografía íntima pudiera mostrarnos los efectos reales de la temida procesión en sus entrañas. Pero ese es su resquicio de paz y, ni con un renglón amable, me consideraría con derecho a entrometerme en su almohada. En público, sigue dando los mismos saltos para subirse a los escenarios que cuando cumplió los 65 y alguien ya le advirtió, supongo, que debía empezar a excederse en jovialidad durante las entregas de diplomas, palabras y reconocimientos públicos a los que acude incansable para darle impronta a los pequeños ratos memorables de sus conciudadanos. En forma, y brazada a brazada, sigue recorriendo todas las esquinas de las asociaciones vecinales con la misma eficacia hiperactiva de siempre. Quizá esta sea la única parte de su trabajo que continúe ofreciéndole parecido rédito y las mismas alegrías que en anteriores presidencias y, desde luego, sigue siendo la que ocupa la mayor parte de su agenda imposible entre horas extras y extraviadas.

Hasta aquí la parte continuista de su gobierno. Pero tampoco a nadie le pasará desapercibido lo que le está costando en esta, alcanzar el consenso del que hacía gala cuando no lo necesitaba para llevar a cabo su acción de gobierno. Por eso considero que el quinto gobierno de Francisco de la Torre no tiene nada que envidiarle a esos otros que los medios de comunicación reúnen en torno al concepto de “ayuntamientos del cambio”, con Carmena o Colau a la cabeza, ni a esos otros que bajo el mismo epígrafe se arroga para sí Pedro Sánchez, incluyendo a los que, desde el año pasado, gobierna el PSOE en minoría. Pues si gobiernos del cambio son aquellos, no menos cambiado está siendo el nuestro, eso seguro. Nuestra mayor diferenia reside en que Málaga no está fluyendo igual sin el rodillo de la mayoría absoluta. Resulta que el talante democrático demostrado por nuestro alcalde, y que nadie que lo conozca debería cuestionar, sólo le ha servido por ahora para encajar muy bien las críticas pero no para acordar soluciones a los grandes problemas de la ciudad con los demás grupos de la oposición, que, junto al PP, representan a la sociedad malagueña en su conjunto. Como si se nos hubiese atorado una arteria y siempre acudiese el mismo médico bombero empecinado en el mismo diagnóstico y tratamiento, que no consiguiese apartarnos del infarto. El alcalde lleva un año actuando en solitario, no sé si porque no le quedan seguidores incondicionales en su propio equipo o porque ya no confía en ellos y así lo mismo se sienta a negociar en nombre de los socios privados de LIMASA, que atiende personalmente a los potenciales inversores que sondean nuestro mercado, o decide saltarse a la torera lo que haya decidido el Pleno hacer con el Hotel de Moneo y la Mundial, o con un parque de Repsol sin sus torres, y se echa a la espalda su idea descabellada por minoritaria, apechugándola en círculos hacia ninguna parte. Este año perdido en el atasco delatorreriano nos ha quitado la ilusión de que se encuentre un remedio para la manzana del Astoria. No hay esperanza, no. Ni a corto ni a medio plazo. Ni de que pase algo sensible en el río. Tampoco, no. Ni de que haya parque, ni rascacielos, ni mitad parque y mitad rascacielos. ¿Dónde? Ya lo sabemos y lo asumimos con resignación. No habrá metro por el Civil, ni por lo criminal. Hay una encuesta abierta en el diario La Opinión de Málaga que nos pregunta si está agotado el proyecto de Francisco de la Torre. Y ni siquiera nos sorprende.

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Señales de Humo

Sufro desasosiego por la calma chicha de la última semana política. Acostumbrado a que se preparase un intento de investidura sin líneas rojas por aquí, un desacuerdo de mínimos entre máximos oponentes por allá, con la guerra democrática retransmitida en directo a través de los twitter personales de los candidatos durante tantos meses y con el ciudadano rey improvisando la minuciosidad del ritual constitucional para citarlos en buena lid cada quince días, lo de Felisuco de anteayer, me ha sabido a poco.

Me imaginaba ya que, con la carrerilla que llevábamos desde el pasado año requetelectoral, la prepostcampaña proseguiría hasta difuminarse en sus segundas o terceras vueltas hacia el éxtasis religioso. Pero no. Los amainó la tormenta. El agua los ha callado, como a los gremlins. Ni siquiera en campaña ha parecido esta semana que hayan hecho campaña. Vino el otro día Rajoy a Málaga, vio y se fue, no ya sin ganarnos, sino que, yo diría, sin ni siquiera levantar los brazos. Pero unas cañitas se tomó durante un baño de masas de los que no amargan ni a un soso. Al césar, lo que es de Mariano. Y puede que, tratándose de él, no debiera extrañarme tanto que pasase de puntillas y sin hacer ruido fujitsu por el Mercado de Atarazanas, pues fresquito y acondicionado, precisamente, es como se le reconoce recogiendo más votos mientras silba. No es a él a quien votamos uno de cada tres adictos a las urnas, sino al miedo que mitiga sujetándose los machos, la lengua y las apariciones públicas cuentagotadas.

Pero es que esta semana, ni sus transversales contrincantes del centro, ni las hordas rojas, le han atacado a los riñones, como venían haciendo desde que con Kevin Roldán, y con las Municipales y Autonómicas, empezara todo. Los habrá cansado, por desistimiento. Si algún mérito hubiese que arrogarle al presidente en funciones sería el de saber funcionar bien poco. Y otro, sublime, la capacidad de soportar estoicamente toda la vergüenza que tenga por necesaria padecer, sin despeinarse, por el bien de los españoles, entre los que se incluye el primero. Con él, no son los medios sino sería el sonrojo lo que justificaría cualquier fin.

Será que a sus rivales, la corrupción les ha dejado sin argumentos. Los habrá sobrepasado. Se ha extendido hasta tal punto, y a diario, que nos ha inmunizado la ira y camino va de ocurrirnos lo mismo con la parte correspondiente del espanto. Se nos repite pero ya sin ardores. Hoy lo de Marjaliza nos entra por un oído y los papeles de Panamá lo transforman en una oreja para que salga sin problemas ni atrofia. El único acto de propagando política que se me ocurre digna de mención durante esta semana habría sido el realizado el otro día en telecinco entre Bertín Osborne y Esperanza Aguirre, sin mucho feeling cocinando pero con unos titulares de transfondo mitinero, que para sí quisiera la selección española de Del Bosque en la eurocopa de Francia.

Pero como dije al principio, no me fío. Esta tranquilidad, a cuarenta días de darnos vuelta y vuelta, me pone nervioso. Estarán cogiendo aire. Estarán pensando estrategias. Estarán desfondados. En las películas del Oeste era cuando aparecían los indios y asaltaban las caravanas. Esta calma chicha, definitivamente, no me gusta nada.

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