Gobierno del Cambio

Se cumple un año del quinto mandato de Francisco de la Torre al frente del Ayuntamiento de Málaga. Posiblemente haya sido el más complicado de los dieciséis que lleva gestionando la ciudad, por hacerlo en minoría. Aunque a él no se le tuerce el gesto y tal vez sólo una radiografía íntima pudiera mostrarnos los efectos reales de la temida procesión en sus entrañas. Pero ese es su resquicio de paz y, ni con un renglón amable, me consideraría con derecho a entrometerme en su almohada. En público, sigue dando los mismos saltos para subirse a los escenarios que cuando cumplió los 65 y alguien ya le advirtió, supongo, que debía empezar a excederse en jovialidad durante las entregas de diplomas, palabras y reconocimientos públicos a los que acude incansable para darle impronta a los pequeños ratos memorables de sus conciudadanos. En forma, y brazada a brazada, sigue recorriendo todas las esquinas de las asociaciones vecinales con la misma eficacia hiperactiva de siempre. Quizá esta sea la única parte de su trabajo que continúe ofreciéndole parecido rédito y las mismas alegrías que en anteriores presidencias y, desde luego, sigue siendo la que ocupa la mayor parte de su agenda imposible entre horas extras y extraviadas.

Hasta aquí la parte continuista de su gobierno. Pero tampoco a nadie le pasará desapercibido lo que le está costando en esta, alcanzar el consenso del que hacía gala cuando no lo necesitaba para llevar a cabo su acción de gobierno. Por eso considero que el quinto gobierno de Francisco de la Torre no tiene nada que envidiarle a esos otros que los medios de comunicación reúnen en torno al concepto de “ayuntamientos del cambio”, con Carmena o Colau a la cabeza, ni a esos otros que bajo el mismo epígrafe se arroga para sí Pedro Sánchez, incluyendo a los que, desde el año pasado, gobierna el PSOE en minoría. Pues si gobiernos del cambio son aquellos, no menos cambiado está siendo el nuestro, eso seguro. Nuestra mayor diferenia reside en que Málaga no está fluyendo igual sin el rodillo de la mayoría absoluta. Resulta que el talante democrático demostrado por nuestro alcalde, y que nadie que lo conozca debería cuestionar, sólo le ha servido por ahora para encajar muy bien las críticas pero no para acordar soluciones a los grandes problemas de la ciudad con los demás grupos de la oposición, que, junto al PP, representan a la sociedad malagueña en su conjunto. Como si se nos hubiese atorado una arteria y siempre acudiese el mismo médico bombero empecinado en el mismo diagnóstico y tratamiento, que no consiguiese apartarnos del infarto. El alcalde lleva un año actuando en solitario, no sé si porque no le quedan seguidores incondicionales en su propio equipo o porque ya no confía en ellos y así lo mismo se sienta a negociar en nombre de los socios privados de LIMASA, que atiende personalmente a los potenciales inversores que sondean nuestro mercado, o decide saltarse a la torera lo que haya decidido el Pleno hacer con el Hotel de Moneo y la Mundial, o con un parque de Repsol sin sus torres, y se echa a la espalda su idea descabellada por minoritaria, apechugándola en círculos hacia ninguna parte. Este año perdido en el atasco delatorreriano nos ha quitado la ilusión de que se encuentre un remedio para la manzana del Astoria. No hay esperanza, no. Ni a corto ni a medio plazo. Ni de que pase algo sensible en el río. Tampoco, no. Ni de que haya parque, ni rascacielos, ni mitad parque y mitad rascacielos. ¿Dónde? Ya lo sabemos y lo asumimos con resignación. No habrá metro por el Civil, ni por lo criminal. Hay una encuesta abierta en el diario La Opinión de Málaga que nos pregunta si está agotado el proyecto de Francisco de la Torre. Y ni siquiera nos sorprende.

Señales de Humo

Sufro desasosiego por la calma chicha de la última semana política. Acostumbrado a que se preparase un intento de investidura sin líneas rojas por aquí, un desacuerdo de mínimos entre máximos oponentes por allá, con la guerra democrática retransmitida en directo a través de los twitter personales de los candidatos durante tantos meses y con el ciudadano rey improvisando la minuciosidad del ritual constitucional para citarlos en buena lid cada quince días, lo de Felisuco de anteayer, me ha sabido a poco.

Me imaginaba ya que, con la carrerilla que llevábamos desde el pasado año requetelectoral, la prepostcampaña proseguiría hasta difuminarse en sus segundas o terceras vueltas hacia el éxtasis religioso. Pero no. Los amainó la tormenta. El agua los ha callado, como a los gremlins. Ni siquiera en campaña ha parecido esta semana que hayan hecho campaña. Vino el otro día Rajoy a Málaga, vio y se fue, no ya sin ganarnos, sino que, yo diría, sin ni siquiera levantar los brazos. Pero unas cañitas se tomó durante un baño de masas de los que no amargan ni a un soso. Al césar, lo que es de Mariano. Y puede que, tratándose de él, no debiera extrañarme tanto que pasase de puntillas y sin hacer ruido fujitsu por el Mercado de Atarazanas, pues fresquito y acondicionado, precisamente, es como se le reconoce recogiendo más votos mientras silba. No es a él a quien votamos uno de cada tres adictos a las urnas, sino al miedo que mitiga sujetándose los machos, la lengua y las apariciones públicas cuentagotadas.

Pero es que esta semana, ni sus transversales contrincantes del centro, ni las hordas rojas, le han atacado a los riñones, como venían haciendo desde que con Kevin Roldán, y con las Municipales y Autonómicas, empezara todo. Los habrá cansado, por desistimiento. Si algún mérito hubiese que arrogarle al presidente en funciones sería el de saber funcionar bien poco. Y otro, sublime, la capacidad de soportar estoicamente toda la vergüenza que tenga por necesaria padecer, sin despeinarse, por el bien de los españoles, entre los que se incluye el primero. Con él, no son los medios sino sería el sonrojo lo que justificaría cualquier fin.

Será que a sus rivales, la corrupción les ha dejado sin argumentos. Los habrá sobrepasado. Se ha extendido hasta tal punto, y a diario, que nos ha inmunizado la ira y camino va de ocurrirnos lo mismo con la parte correspondiente del espanto. Se nos repite pero ya sin ardores. Hoy lo de Marjaliza nos entra por un oído y los papeles de Panamá lo transforman en una oreja para que salga sin problemas ni atrofia. El único acto de propagando política que se me ocurre digna de mención durante esta semana habría sido el realizado el otro día en telecinco entre Bertín Osborne y Esperanza Aguirre, sin mucho feeling cocinando pero con unos titulares de transfondo mitinero, que para sí quisiera la selección española de Del Bosque en la eurocopa de Francia.

Pero como dije al principio, no me fío. Esta tranquilidad, a cuarenta días de darnos vuelta y vuelta, me pone nervioso. Estarán cogiendo aire. Estarán pensando estrategias. Estarán desfondados. En las películas del Oeste era cuando aparecían los indios y asaltaban las caravanas. Esta calma chicha, definitivamente, no me gusta nada.

El pacto del botellín

Pues ya está aquí la confluencia. La anunciaron Pablo Iglesias, siempre sobreactuado, y Alberto Garzón, en un vídeo perpetrado con prisas por sus inconfluencias encargadas aún de la comunicación por separado, en el kilómetro cero madrileño. En la Puerta del Sol le daba la sombra al de IU por su lado, lo que no sé si debería considerarse premonitorio, y a Pablo Iglesias, no. La parte de Alberto estaba nublada y la del de Podemos, colorida. Pero no fue esa diferencia la que más me llamó la atención entre los dos vídeos para redes que desenredaban el acuerdo, sino la que nos mostraba el abrazo de Pablo Iglesias de frente y el del malagueño desde atrás. El vídeo de Podemos fue seis veces mejor votado, digo grabado, y parecía realizado con menos tembleque en el cuerpo. Con Iglesias bronceado, saturado de rojos y Garzón, lívido, a punto del desmayo audiovisual, la escena pudo recordarnos al de una boda de conveniencia, con el novio deseando llevarse a la novia a la danza invisible del húmedo tálamo y la joven virginal y timorata, con la sonrisa nerviosa de la buena hija complaciente pero con las piernas como Rambo, sin sentirlas, y bien cruzadas. Dejando a un lado las metáforas, Garzón estaba superado por el manejo de la situación que demostraba su nuevo socio electoral ante las cámaras. Ya lo avanzó Susana Díaz, “Pablo Iglesias es un artista”, y como tal se desenvuelve, como un pececito en el agua enfrentándose al mayor espectáculo del mundo político, envalentonado por el reguero de Historia que cree que sigue a sus pasos como un designio guionizable en algún capítulo por escribir de Juego de Tronos. Por eso, creo yo que Alberto Garzón se mostraba más pequeñito de lo habitual a su lado, para defenderse de la posible vergüenza ajena que pudiera hacerle sentir con cualquier ocurrencia salida de tono, a las que nos hemos habituado y por donde se le escapan los buenos resultados en las encuestas, y por eso Pablo Iglesias, atado en corto, aparecía encogido de cuello y con la cabecita echada hacia adelante, para no salirse de cuadro, como Lady Di hacía con el Príncipe Carlos.

Pero aún así, lo pareció. Parecía que Pablo se saldría de madre de nuevo, al final del vídeo. Cuando acabó el texto preparado que anunciaba la unión entre Podemos e IU, con la apostilla de la referencia al equipo A, de Pablo Iglesias, sospechamos el beso final de la ceremonia. Hubo ademán. Y fdancés. Ahí iba el de Podemos, para hacernos olvidar el amor que demostró en sede parlamentaria por Domenech. Pero se contuvo en el último instante, supongo que porque se dio cuenta a tiempo de que al bueno de Alberto Garzón lo consumía, hasta tragárselo por las hombreras, su chaqueta, que le quedaba ya enorme.

Sin beso, lo que nos queda del acuerdo del otro día son anécdotas menores. El que sale detrás de cada imagen es el nuevo mocito infeliz del antipacto, Llamazares. No se disfraza de árabe como el mocito malagueño, yo creo que por el mal rato que pasó con los americanos por su corte de pelo. Pero aparte de eso, no sé yo cuándo le han dado los medios de comunicación tanta bola. Él, con la pelota bajo el brazo sigue apareciendo en frames subliminales, allá donde se habla del pacto entre extremistas. Además del desacuerdo de Llamazares, de pleno derecho, destaca en la parte más torcida, las opiniones de los tertulianos más conservadores de la prensa nacional, muy preocupados por la desaparición de IU. Pedían que Garzón no cediera, porque los fagocitaría Podemos, como si les importara o incluso, como si les desagradara. El mundo al revés. En cambio, el mundo al derecho, lo representan los líderes del resto de partidos diciendo lo contrario sobre el acuerdo. La unión convierte en comunistas a los de Podemos. Es la fagocitación inversa. Unos por otros y el gobierno sin barrer. Extremistas, comunistas, bolivarianos, iraníes y con más de seis millones de votantes en potencia. Es para tomarse unos botellines y aflojarse las corbatas.

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Derechito al Congreso

Tenía más dudas que los que ni saben ni contestan en el barómetro postelectoral del CIS. Su parálisis ante suponerse de nuevo votando, que si al PP o a Ciudadanos, o sopesando entre Ciudadanos o PSOE, o tal vez con el PSOE o IU en la punta de la lengua, o devanándose sobre si sería mejor a IU que a Podemos, o si a Podemos antes que a Ciudadanos, o empezar de nuevo, y decidirse entre el PSOE o el PP y santas pascuas, y que les ha impedido pronunciarse finalmente por la apoplejía de las prisas que los becarios de las empresas demoscópicas expelen, se abanicaba también en mi conciencia democrática bajo ese mismo bochorno oceánico de suspicacias. ¿Voté, votaré o votaría? ¿ahora, otra vez o me abstengo? ¿A santas pascuas o a quién? Yo, como les ha sucedido a estos que rellenan los márgenes de las encuestas por falta de tiempo y exceso de celo en la respuesta, precisaría de más tiempo del que dispusieran para contestarles por encima y mal, que sería peor que mintiendo, como el margen de error y la cocina.

El 36% de los ciudadanos decidió su voto durante la campaña electoral, dicen ahora los expertos de las curvas estadísticas del CIS. Y con la boca chica, supongo, dejarán de decir los portavoces políticos, por tanto, lo que con la grande han proclamado sobre reducirla o abaratarla. Va a resultar que lo que nos inculcaban los sabios de las tertulias televisivas no conllevaba la parte de verdad absoluta que aparentaba y que los mítines, debates, carteles y mailings, sí van a servir para algo. A ver si me encuentro la precampaña en la basura, que por obediente, ya la había reciclado junto a los restos orgánicos. El 17,6% decidió durante la última semana de campaña a quién votar y el 9,3%, el último día. El 19 de diciembre, con los villancicos junto al arbolito, se decidieron 35 de los diputados que no se han puesto de acuerdo en formar gobierno en la pasada legislatura. ¿Pasada legislatura? Ese 36% de encuestados que reconoce haber decidido su voto durante los quince días de campaña, suponen, trasladados a escaños, los 126 que resultarían vencedores. Pero entonces, ese afán en repetirnos que la gente ya tiene decidido su voto, que la campaña no servirá para nada y que los resultados prácticamente no variarán, ¿a qué viene? ¿Favorecerá a alguien repetir eso tantas veces? Si el hastío se presentara, pero creo que no. ¿A la abstención?

Además de la campaña, que un trabajo científico certifica que puede condicionar el voto de uno de cada tres participantes, hoy se habla de la posible confluencia entre IU y Podemos, que según los expertos de la tele, apenas tendría refrendo en un cambio en la composición del futuro hemiciclo. Es más, esta semana en el programa “la Noche en 24 horas”, se afirmaba que produciría un trasvase en los diputados del PSOE, que los que pudiera ganar la nueva coalición, los perdería este partido. Pues tampoco; sumando los votos reales de IU y Podemos del 20D -aunque dos más dos no sean cuatro y no deje de oírse cada día en la tele-, la coalición habría conseguido 86 diputados y los perjudicados hubiesen sido en primer lugar el PP, que habría reducido en siete sus representantes (Ciudad Real, Granada, Málaga, Murcia, Las Palmas, Teruel y Zaragoza), en segundo lugar, Ciudadanos, que habría perdido cuatro (Albacete, Guadalajara, Sevilla y Tenerife) y en tercero, el PSOE, con sólo tres menos (Álava, Baleares y Jaén), que junto a los dos aportados por IU en Madrid y el que perdería el PNV en Vizcaya, conformarían esos 17 de más, de los que casi nadie habla.

Ahora bien, si decía al principio que tenía dudas sobre mi voto, quedarían todas disipadas si convencieran a Don Francisco para postularse derechito al Congreso. Me imagino el Astoria, el río, el Parque en el Benítez, sin las torres de repsol ni multas por el metro, y no habría color, yo lo votaría (con v).

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En este carrusel no marca nadie

Hoy, para mí martes aún, he bajado a comprarme una baraja de tarot y he estado echándole un vistazo a varias páginas en las redes especializadas en la materia, para averiguar cómo se deben interpretar las tiradas y así orientarme en el oscurantista método de la clarividencia. Esta noche iba a pasear desnudo bajo la luna para que su influjo me invistiera de su don mágico e incluso había previsto chapotear en la orilla de la playa del barrio, para ver si eso pudiera servir para que aflorasen mis potenciales artes adivinatorias.

Todo esto lo decidí para poder valorar en tiempo irreal lo que pasaba en el último minuto de esta liga que arbitra el ciudadano Felipe de Garzón, digo de Borbón, 128 días después de que empezara la tanda de penaltis política más larga que se recuerda. Porque yo ahora escribo y me acuesto. Y mañana, todo lo que he opinado me deja en ridículo. No ha pasado nada en cuatro meses y auguro que habrá elecciones en junio y pasa una CUP, con otro empate a 1.515 votos y un gol fantasma válido, metido con la mano por el utillero, cuando estábamos recogiendo las porterías, y me convierto en el tonto que según Luis Aragonés, sabía hacer relojes, pero sin saber hacerlos.

Para saber lo que va a ocurrir durante la efímera legislatura que concluirá -glup- el lunes -glup-, mejor confiar en lo absurdo de la quiromancia que en la nada -no sé si Rajoy opinará lo mismo- y, mientras espero que comparezca el líder del PSOE para decir que con Ciudadanos hasta que la muerte los separe, me repaso lo del ermitaño, el loco y el colgado, repartiendo las cartas entre mis políticos favoritos. Qué remedio.

Pues no. Pues ya no va a hacer falta. Me estoy quitando la túnica de Raticulín y apagando las velas humeantes que me aturden inciensantemente. Mi primera tirada de tarot, según he escuchado a Pedro Sánchez decir ahora mismo en rueda de prensa, va a ser al cubo de la basura. Me he gastado 12 euros pero me he ahorrado el miedo que me producía meterme en el mar a oscuras pues, pertenezco a la generación de la película tiburón y si me apuran, también a la de la insoportable canción de verano crónica del mismo nombre y que espero no se os haya agarrado a la insistencia del subconsciente por haberla mencionado.

Por mi parte de croqueta, contento, pues me he librado de la arena rebozada en la cintura y de que pudieran confundirme con un exhibicionista lunático por culpa de los efluvios y sus áureas desnudas, pero de lo que no nos libraremos ninguno es de la repetición de las elecciones. Esta afirmación es la que no me atrevía a hacer hasta hace un rato sin oráculo de cartas de por medio porque el bueno de Joan Baldoví, que en otra vida debió de ser un Hermano de La Salle, con todo lo bueno y anticuado que ello conlleva, había decidido lanzar una penúltima propuesta durante la mañana y otra penúltima también, por la tarde, tras el primer mitin de campaña de Pedro Sánchez ante los periodistas del Congreso.

Tres hojas para un gobierno de cuatro años entre seis partidos, ni lo valora Rivera. Su agapornis, sin él, ni en pintura. Rajoy está de navidades, estancado en el 21 de diciembre, con su 30 por ciento de regalo bajo el brazo. Y Pablo Iglesias, no lo veo, es que no lo veo, que diría la verdadera vidente oficial en estos turbios asuntos, Susana Díaz. Dice Patxi López que estamos abocados a disolver las Cortes y convocar elecciones. Casi que sí. Aunque con Baldoví sin apagar el móvil esta noche, por si acaso.

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20 de abril

Hemos cambiado mucho en los últimos años, sí. Desde aquel 20 de abril del 90, a la chata se le habrá puesto más respingona la nariz y si Cifu, el cantante de Celtas Cortos, se decidiera a buscarla en facebook, tendría que preguntarle no ya por los críos sino, por sus nietos y correspondientes achaques. Uno se entera del paso del tiempo cuando se encuentra a un viejo amigo y se aterra viéndose reflejado en esa mirada triste que lleva tras el carrito del supermercado. O eso, o mirando la ñoñería de Cuéntame y conformándose con la cantinela de los créditos y un vasito de leche caliente antes de acostarse y hacer pipí. En 26 años, la democracia ha cambiado tanto como esa melancolía ajena que nos produce la cabaña de Turmo, que te imaginas como quieras, aunque siempre de madera, nocturna, alevosa y con leña preparada para la chimenea.

En 1990, Ignacio González tendría alguna cabañita de estas pues, con 30 años, probablemente apuntara ya alto por los humedales del PP de la sierra madrileña. Puede que tarareara al sol, en sus ratitos de nostalgia haciendo números, aquello de “pues es que estaba aquí solo y me había puesto a recordar”. La otra posibilidad sería que lo cantase durante los próximos 30 años a la sombra, aunque observando lo que le ha ocurrido a Carlos Fabra, el señor más afortunado de España jugando a la lotería, no parece que esto vaya a suceder.

De hecho, la vida da muchas vueltas. Tantas vueltas que ni Soria se acuerda de nada de lo que hizo en los 90. Quién sabe si Turmo tendrá ahora un ático caribeño en Estepona como ese en el que Francisco Nicolás celebraba su cumpleaños. O quién, si tendrá una offshore en una isla virgen, o si es un hortera que pasa frío en una cabaña sufrida votando las consultas sobre pactos de PSOE o Podemos sin ninguna ley de emergencia social que lo libere de su crisis, ni a la derecha ni a la izquierda.

Decía que la política se ha transformado mucho en los últimos años. Que ya no queda casi nadie de los de antes y los que ahora hay, han cambiado. La actualidad se refiere a Aznar, pero Felipe González no necesita ni reunirse con Montoro para emerger sobre cualquiera en este punto de la canción. Pero no hablaba tanto de esa mutación paulatina como la que se ha producido desde que la crisis económica del 2009 nos llevó al 15M en el 2011 y a los resultados electorales del 20 de diciembre de 2015. Cuatro partidos distanciados del resto, dos nuevos y dos que, la verdad, como siempre, siguen currando en lo mismo. A un lado, uno que se dice de izquierdas, el PSOE, y que no lo parece, y otro que parece de izquierdas, Podemos, y que dice que no lo es. Y al otro, uno que se dice Liberal, el PP, y no lo parece, y otro que parece conservador, Ciudadanos, y tampoco lo asume. Así las cosas, la transversalidad ha empujado a esa división tradicional entre derechas e izquierdas y ahora los partidos se dividen entre los que se lo preguntan todo a las bases, o los que ni mijita.

Ahora, los partidos que más le preguntan a sus bases se consideran a sí mismos más democráticos que los que no. Concretando y como ejemplo, PSOE y Podemos, acaban de hacer una misma pregunta a sus simpatizantes y afiliados, demostrando lo que son, están y existen. No me acuerdo exactamente del enunciado de la consulta pero aproximadamente, decía así: ¿quieres que nos unamos al enemigo para que nos arruine o prefieres que hagamos lo que yo decida para que las cosas nos vayan estupendamente?

¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turmo?, ¿las risas que nos hacíamos antes, todos juntos? Hoy no queda casi nadie de los de antes, y los que hay han cambiado, han cambiado, sí.

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De Soria a Islandia

Está de moda decir offshore, desde que algún gracioso o despechado al ser despedido de un despachito de abogados panameño desveló los secretos financieros de la gente respetable del planeta. Me produce verdadero sonrojo descubrirlos así, como en pijama. Porque la economía familiar es una cosa muy íntima, hasta para los pobres. Saber lo que cobra o el patrimonio que maneja tu vecino lo hace vulnerable y lo desviste con hojas de parra. Pero cuando el que deja caer su carpeta con ese tipo de secretos tan íntimos es el señor impecable que dirige el emporio por el que transitas a diario, el mundo se desparrama, junto a sus papeles y sus millones. Blesa ya nunca más será Blesa. Será Blesa en calzoncillos y despeinado. Ese pobre hombre rico difícilmente recuperará el aprecio a su dignidad. Y temo por Rato. Espero que no luzca su nombre como los que, de tres en tres, cada día dejan fluir los socios del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, para humillarlos ante su fortuna. Porque si así fuera, más espantoso que recordarlo con un bañador amarillo en un yate, sería imaginarlo para siempre con el culo al aire y sin barquito. Odio el escarnio.

Luego están los que dicen con ánimo triste y desganado, que tener una sociedad en Panamá no es ilegal. Como intentando desmerecer al sigilo de puntillas previo a ser tragados por la tierra. Silbando como un viento alisio y dejando un rastro de un líquido viscoso extraño tras ellos, en cuanto se alejan con prisas del periodista que insiste en hacerles la vida tan complicada. Cuéntale cómo pasó en su casa o en la mía, lo resumen todo. Y con los ojos saltones espera Almodóvar al borde de un ataque de nervios, tras la ventanilla trasera de un coche beige, que lo traslade a ese sitio que lo borre del mapa y del estreno inoportuno que ni su hermano puede quitarle de encima.

Pero ¿para qué sirve una empresa en Panamá creada por un español sin intención de hacer negocios en Centroamérica? ¿Qué servicios ofrece? ¿Una cartera de clientes? No. Ofrece dos cosas, sólo dos: la primera, no pagar impuestos en Panamá, que no afecta a quien no tenga intención de trabajar allí y la segunda, que es la que interesa a toda la retahíla de millonarios sin escrúpulos que van apareciendo, la confidencialidad. ¿para qué sirve la confidencialidad de las empresas offshores? Sólo para una cosa: para poder abrir una cuenta bancaria sin que conste, realmente, a quién pertenece. ¿Y para qué quieren una cuenta en la que no figuren? Una de dos: o para hacer legalidades, no se sabe cuáles, ni cuántas, ni dónde, ni por qué o, dos, para blanquear dinero. Ese dinerito de las comisiones, de los conciertos, de las películas o de las estafas que no se haya cobrado mediante factura, sino en un coche valenciano, en un sobre popular, en una ayuda a la regulación de empleo andaluza o a través de la lámpara maravillosa de cualquier genio macroeconómico.

Y por último está Soria. A orillas del Duero. Negando al padre y al hermano, en la avenida soriana del Getsemaní. Negando su nombre, su firma y lo que haga falta. Ese Soria será otro Soria, al que no conoce el ministro venerable, dice. El secretario de UK Lines que figura en el registro británico no es él. Ni el de los papeles de Mossack Fonseca. Será otro. Eso sí, reconoce haber tenido negocios con esa misma empresa, UK Lines. La rabia que tendrá ahora de no haber llegado a conocer a ese otro Soria que se llama igual y que tiene una firma idéntica a la suya. Ante eso, la rabia de quedarse en pelotas o en evidencia, no será para tanto.

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A tus zapatos

Estoy muy extrañado. He bajado a comprar el pan esta mañana y no he visto a nadie celebrando que el alcalde nos va a sacar de pobres con otro de esos negocios infinitos que tan pillinamente, de vez en cuando, se saca de la manga, ay, inocente prestidigitador. Un casino con inversión multimillonaria y miles y miles de (su)puestos de trabajo a repartir entre los paupérrimos malagueños, empaquetados con lacito desde una empresa con sede en Singapur, país democrático donde los haya, con paraíso tan de moda como el panameño, y fiscalidad gratuita para dar y regalar. Yo creo que desde que el jeque desembarcó en Málaga para entregarnos tres ligas, dos champions y media rotonda, sin ánimo de lucro, yo no estaba tan contento. Ya tenemos la cabalgata completa. Fulgencio Alcaraz, el Jeque y el de Singapur. Don Francisco es la estrella y los pajes, su cohorte de cortesanos que lo aconsejan por las consabidas razones de humanidad que maneja nuestro alcalde a manos llenas de confianza. El niño, la Virgen y San José no sabría o no me atrevo a convertirlos en metáfora para no herir sensibilidades pero el burro apaleado está claro que lo representaríamos los ciudadanos, con Cassá a la cabeza.

Les resumo lo que se sabe aguantando el ímpetu de mis saltos de alegría: pedazo de casino que nos van a montar en la playita, con parada del metro directa al hotel de 7 estrellas y media que lo sustentará, desde el Hospital Civil. De allí, revolveremos la esquina en metrobús-lanzadera hasta la noria para coger un barquito en el río, arregladito sin embovedar, que nos llevará hasta el nuevo Auditorio, ubicado en un Puerto Deportivo que dejará San Andrés que parezca otro, menos mártir, convertido en un barrio de moda, atosigado por los bulevares de alrededor. También se podrá acceder a cualquier parada del recorrido desde la manzana del Astoria en funicular. Todo esto lo construirá la empanada mental, de primero y el cuento de la lechera, de postre, que cada día se zampa nuestro alcalde, sufragado, esta vez, por la ONG de Singapur que se ha ido de Valencia porque ni Rita -ni la cantaora, ni la otra-, ni los iranís bolivarianos que la sustituyeron en el gobierno municipal, han consentido saltarse la ley a la torera para acceder a inciertas compensaciones. Esperan en el burladero para hacernos tururú cuando -como hicieron en Madrid los del grupo Wanda- se descubra que la huida de Valencia sólo es un farol y no una Farola tan bonita y solariega como la nuestra.

Si bien es cierto que me encantaría que ese grupo de Singapur o cualquier otro de la Conchinchina que solía visitar mi madre, invirtiese en Málaga, cuánto más mejor, no lo es menos que me disgusta seriamente que el alcalde vuelva a hacer las veces de representante de LIMASA en la tierra y se siente a negociar, o abra puertas, o acelere citas o se inmiscuya personalmente en el buen devenir de una negociación razonable, con sus plazos necesarios y sus tiempos ajustados en derecho. Algo va mal, muy mal, de museo de las gemas y media, si el miércoles pasado Singapur ARC anuncia que rompe con Valencia y que sus siguientes objetivos serán Venecia y Málaga, el jueves coinciden representantes de dicha empresa con el alcalde en la cena posterior a una conferencia de Joaquín Leguina en el Club Internacional de Marbella y ya, el mismo viernes, dos directivos de ARC Resort mantienen encuentros con delegaciones de Urbanismo, Turismo e Inversiones del Consistorio, se media para concertar una cita con la Autoridad Portuaria y hasta se les enseña terreno disponible. ¡So, caballo! Una cosa es no poner trabas y otra, que no haya trabas en una transacción empresarial de tal envergadura. Despacito y con buena letra. Permitir que las cosas puedan tratarse con llamadas a la confianza, gestos, favores o apretones de mano, no ayuda. Y a nosotros, la experiencia paternalista sufrida hasta el día de hoy en este sentido nos ha resultado nefasta. ¿Se podrá contener?

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Continente torcido

No son buenos tiempos para la sinécdoque en Europa. Hablar de los europeos durante las últimas semanas supone asumir la parte que nos toca del piquito de la extrema derecha de la etiqueta xenófoba que nos hemos colocado nosotros mismos, disciplinadamente. No sería un mal momento para repasar alguna serie televisiva de penita racista, con barcos de vapor entre algodonales de Louisiana o de Carolina del Norte, que sirvieran para aliviarnos la mala conciencia que pudiera quedarnos por considerar diferentes en derechos y obligaciones a los que menos derechos y obligaciones les quedan. Les estamos poniendo una estrella amarilla en el brazo, a cada uno de forma individual, no a puñados, para cumplir estrictamente con la legislación humanitaria que nos rige los escrúpulos occidentales. Somos Viktor Orban hablando sobre la cristiandad en Hungría. Y somos también Heinz-Christian Strache, el líder del Partido de la Libertad en Austria, cuando asegura que la debilidad de Europa nos está llevando al abismo. Y somos Le Pen y el holandés Geert Wilders, y el belga Tom Van Grieken del Vlaams Belang y el italiano de la Liga Norte, Matteo Salvini. Todos comparten el mismo análisis. La culpa de todo la tienen los refugiados y hay que acabar con ese monstruo que hace peligrar la cultura europea y la esencia de nuestra libertad. Por eso en Suecia, según el periódico Aftonbladet, miembros de extrema derecha distribuyen panfletos sin firma cada noche en Estocolmo en los que se hace un llamamiento “para infligir el castigo que merecen los niños norteafricanos que pululan por las calles”. ¿Sabían que en Dinamarca se ha prohibido por ley ayudar a los refugiados? La policía puede requisarles sus pertenencias. Sólo tienen derecho a poseer 402€. Y esta ley ha sido aprobada en el parlamento danés con el voto del gobierno liberal, el de la ultra derecha (DF) y el de los socialdemócratas. Todos juntitos.

La extrema derecha también ganó las elecciones en Polonia y el partido Ley y Justicia (PiS) ha promovido grandes manifestaciones en contra de los refugiados, como la marcha patriótica bajo el lema “Stop a la islamización de Polonia”. Y Amanecer Dorado en Grecia. Y el Partido Nacional Democrático (NPD) en Alemania… y yo, y todos nosotros compartiendo en las redes sociales bulos insufribles, de páginas xenófobas de mala muerte, malísima muerte, donde se indica que una mujer que acogió a un refugiado sirio fue violada y torturada por el sarraceno infiel, por un suponer, en Leeds. O este otro buen hombre de Normandía que fue decapitado por otro sirio malo que quería robarle todas sus pertenencias. Hasta al entrenador de fútbol al que zancadilleamos con su hijo en brazos, entre todos en Hungría, y que nos trajimos a España por arrastramiento popular solidario, pudimos verlo poco después en un burdo montaje sin piedad, metralleta terrorista en mano, y vuelto a ser vapuleado sin que pudiera echarse las manos a la cabeza ni en público ni en privado para reprocharnos todo el daño que le seguimos haciendo.

Nos dan miedo los que nada tienen, y los que lo han dejado todo huyendo de una guerra civil porque entre tanto sufrimiento, suponemos que se puede esconder el mismísimo demonio. El demonio que no se integra. Que nos odia. Que nos quiere matar. Y acabar con nuestro estilo de vida. Con la pureza de nuestra raza. Maldita Historia si la dejamos que se repita.

Y en Europa, sinécdoque dolorosa, se reúnen sus mandatarios no para frenar el aumento peligrosísimo de la xenofobia, sino para buscar la fórmula que acabe con las colas de seres humanos que huyen de la guerra y el terror sin derechos ni recursos en nuestra frontera, mandándolos de vuelta por donde vinieron. Turquía es un país seguro, de repente y por decreto. Seguro porque así nos conviene ahora, hasta para cuidar de los kurdos que huyan del ISIS.

Uno a uno en fila hacia Turquía. Un país “seguro” que no asume, siquiera, la Convención de Ginebra. Y lo digo, oh, Dios de los cristianos, persignándome.

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Lentejas y metáforas

Tengo una amiga militante de la compra en las tiendas de barrio y en los mercados, de las que desafían barreras arquitectónicas arrastrando el carrito por toda la ciudad y entran al supermercado con las gafas de cerca acaballadas en la nariz para ver si las conservas son de pesca sostenible o el café de comercio justo. Hace unos días me invitó a comer a su casa. Había lentejas y dije que estaban muy buenas. Ella bajó la mirada.

Resulta que las legumbres las compra mi amiga en una tiendecita antigua que todavía vende granos y cereales a granel. El género se expone en sacos de arpillera. Los dos hermanos que llevan el colmado, ya entrados en años, atienden con parsimonia a una clientela cada vez más reducida con la que comentan la lástima de que la gente haya dejado de cocinar platos de cuchara, porque el negocio que heredaron de su padre, en otro tiempo próspero, se les está muriendo.

Tan es así, que para tratar de salir adelante, hace unos años empezaron a llenar las estanterías con productos exóticos, y ahora esa tiendecita antigua, es uno de los sitios de la ciudad mejor surtidos de alimentos orientales, africanos y latinoamericanos, mercancía que, según dicen, está salvando las ventas. Así que mi amiga, que empezó a frecuentar el negocio de niña acompañando a su padre, ahora, además de las lentejas, se surte allí de salsas y especias de lugares remotos.

Mi amiga se toma su tiempo para ir a la tiendecita, por darles su rato de charla y compadecerse de la suerte de los dos hermanos, con la batalla perdida a las grandes superficies. David contra Goliat, lo de siempre. Hasta que el otro día, cuando iba a comprar sus lentejas a granel, entró en la tienda una señora de edad, vestida humildemente aunque no exenta de elegancia. Uno de los hermanos la saludó y se dispuso a atenderla. La mujer explicó que era boliviana y que le habían dicho que allí vendían choclo para guisar. El tendero dijo que él no sabía nada de comida boliviana y que tenía esta clase de maíz y esta otra. La mujer pidió un kilo de la que le pareció mejor y pagó con un billete. Al recibir la vuelta, una moneda se deslizó de sus manos. La clienta pidió que le recuperaran su moneda del saco de lentejas donde creía que había caído. Los tenderos primero se hicieron los sordos. Luego, cuando la señora metió la mano en el saco para buscar la moneda, uno de ellos salió como una exhalación de detrás del mostrador gritándole que no le tocara el género. Tras argumentar que “cada uno es responsable de sus actos” tal vez queriendo insinuar que había culpa en el hecho de que algo se le caiga a alguien de las manos, dijeron a la señora que esperara a que la tienda se vaciara para buscar la moneda. La mujer, cada vez más arrugada, explicaba que si la moneda no fuera de un euro, la dejaría, pero que un euro era un euro. “Por suerte, al final otra señora que había entrado detrás de ella levantó la voz y espetó a los tenderos que lo que estaban haciendo era algo indigno”, concluyó mi amiga. “Yo me había quedado paralizada, incapaz de reaccionar, y ellos, creyendo que les daba la razón, cuando la señora se hubo ido remataron diciendo que por culpa de esa gente el negocio ya no merecía la pena”. Acabamos de comer en silencio, mirando el telediario, que hablaba de la entrada en vigor del acuerdo para expulsar a Turquía a todos los migrantes que lleguen a las islas del Egeo, y mientras veíamos a familias sirias con niños acampar entre charcos, pensé cuánto se parece Europa a esos dos viejos tenderos, y la ciudadanía europea a mi amiga, involuntaria cómplice de una injusticia ante la que no sabe cómo reaccionar.

He aborrecido las lentejas.

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