De aquí a Mónaco

¿Ya se han ido? Los vecinos del Centro no podrán creérselo, pero los feriantes han guardado ya en el altillo de las bolas de navidad de sus casas, los sombreros desbocados de esta feria, que yo creo que puede ser lo único en común que los distinga, por su indumentaria, de los hosteleros que los servían o de los bien alejados del bullicio que, por escasa afinidad, los huyeron. Parece ser que este año, el modelo que más se ha llevado en la cabeza es el que te vendía el chino, tipo noria. Va imperando. Te coges un cartón de sombrero vietnamita de muy señor mío, a poco que te descuides. Al día siguiente te vas a la orillita, a disfrutar de la marea y el cante jondo y a recuperarse. En segundo lugar, estaban muy contentos los responsables de las grandes superficies. Allí, me comentan, que se ha disparado la venta de alcohol a los que llevaban volantes y ala ancha. O sea, drones. No me pregunten, que tampoco yo lo entiendo. Para terminar con el engorroso listado, los señalados como culpables del desparrame, normalmente sin razón, han sido, como siempre, los más elegantes en medio de todo este despropósito: los bares que pagan sus impuestos y aguantan la truculencia de la feria del Centro con estoicismo y el cartelito de averiado, servicialmente colocado. Entreabiertos con espanto pero dispuestos a ponerte una copa bien puesta en la cabeza y el chaqué si hiciera falta, aunque mejor si no llegas de despedida, de soltero, disfrazado de vietnamita ni con un dron revoloteante y cojonero. Estos ganan el viernes de los fuegos lo que empatan el resto de la semana. Así que para el martes o miércoles santo, no, no, perdón, para el martes o miércoles pecaminoso, en cuanto se ha ido el fontanero de urgencia y han conseguido despegar con un palustre los últimos restos orgánicos de la última vomitera inorgánica sufrida en sus dependencias, cierran y se tapan los ojos y la nariz y las orejas y el grifo de la cornucopia escacharrado.

Dicen los que no viven en la zona afectada por el temblor, que este año la barbarie ha disminuido. Yo opino eso también por el bien común del amor patriotero. Por lo menos hay conciertos en las plazas. La barbarie sin conciertos es más barbarie, se mire como se mire. Ahora bien, el día que la feria del Centro se parezca a Mónaco en fiestas, la gente ufana se sentará en las terrazas de los bares. Y podrá almorzar a gusto. Y cenar bien servido. Y escuchar música en las plazas. Y bailar donde les plazca. Sin riachuelos de desconfianza. Con olor a jazmín. Bueno, esto no haría falta.

Dice el alcalde que con la noria se hará lo que quieran los vecinos. Como con el Metro. Pero lo que quieren los vecinos no se sabe hasta que no se les pregunta formalmente. En democracia, votando. No sirven las encuestas. Se conoce, eso sí, lo que opinan las asociaiones de vecinos, aunque no sea exactamente lo mismo. El perfil del vecino que se asocia no es el mismo del otro 99% que jamás lo haría. Ni loco. ¿Se debe tener en cuenta la opinión de las asociaciones de vecinos entonces? Claro. ¿Se debe tomar las opiniones de estas como las de todos los vecinos que viven en la ciudad, el distrito o el barrio en cuestión? Don Francisco sí lo hace. Los usa para justificarse. Cuando actúa de Paco Poncio de la Torre, que no son pocas veces, se lava las manos -supuestamente- y actúa bajo mandato de los vecinos. Se convierte en el adalid de la voluntad popular vecinal, por la gracia de su cargo democrático. Se muestra como un servidor obediente plegado a los deseos de la mayoría. ¿Qué mayoría? La de la Asociación de Vecinos Centro Antiguo de Málaga, no. Esta vez no. Que decidan los vecinos qué hacer con la Noria, vale, si opinan como él. Que se apunten a su trolabús, vale, en cuanto pueda sentarse a explicarles el proyecto con detenimiento y convencerles de lo buenísima que es su idea. Ahora bien, que quieran acabar con la barbarie de la feria del Centro, Don Francisco lo puede comprender pero, como gota de agua en el desierto que son, sólo puede ofrecerles ánimo y bendecirle las navidades desde onda azul. Cincuenta millones son cincuenta millones. Yo creo que, como Fraga en Palomares, o como él mismo con la ducha rápida de la factura de la EMT, lo que tendría que hacer el próximo año es trasladarse a vivir una semanita de feria a la Plaza Uncibay. Mesiánicamente. Y a seguir mejorando…

Y olé

La vida de columnista local tiene sus ritos. El primero de todos es levantarse con palpitaciones el día que toca escribir y espulgar toda la prensa en busca de noticias dignas de comentario. Hay veces, demasiadas, que cuesta elegir, y hay unas cuantas ocasiones al año en que nos permitimos relajarnos, porque el tema está en el aire. Entran en esta bendita categoría elecciones y catástrofes, duelos, efemérides y, por supuesto, fiestas populares y eventos, en los que somos tan pródigos.

Hay que reconocer que de un año para otro nos repetimos, y salvo detalles a menudo irrelevantes y alguna frase que pueda aportar nuestra lenguaraz Teresa Porras, que ya la quisieran para ellos los articulistas de otras provincias, se podría publicar cada año la misma tribuna. El mismísimo Julio Camba recurrió al reciclaje en más de una ocasión, según he descubierto recientemente, aunque eso sí, esgrimiendo excusas llenas de ingenio al ser cazado.

Así que, animado por la posibilidad de poder parecerme en algo al maestro del artículo, y desanimado por el hecho de que entre los juegos olímpicos y el rompecabezas imposible de la investidura, las noticias escasean, he estado mirando mis artículos de otros años sobre la Feria para ver si podía reciclar algo, pero resulta que es misión imposible, porque el Ayuntamiento se ha propuesto en serio que tengamos la mayor feria del sur de Europa.

Si en años anteriores hemos criticado la falta de contenidos de la semana de festejos, en 2016 el programa de actividades culturales deja en pañales la suma de todas las ediciones de La Noche en Blanco. Se ha echado el resto para tratar de contrarrestar el desmelene en el centro y hay actuaciones en todas las plazas, desde flamenco o verdiales hasta jazz y teatro infantil. En varios escenarios: Centro. Real. Alcazabilla. Plaza de Toros. Hasta los museos municipales se han sumado con exposiciones, o las exposiciones se han sumado al programa. Programa que, por cierto, se ha publicado también en versión accesible para personas sordas, algo en lo que hay que reconocer que sí somos pioneros.

Si el año pasado nuestra Teresa Porras desató ríos de tinta con un comentario políticamente incorrecto sobre el despiporre, este año, visto lo ocurrido en Sanfermines, se ha lanzado una campaña de concienciación para prevenir agresiones sexuales en un tono acertado y en varios idiomas. Si aparece la posibilidad de un escándalo de discriminación racial, el alcalde se apresta a encabezar la indignación y anuncia una querella contra los responsables de la caseta donde ocurrió el incidente. Si los festejantes hacen caso omiso de las papeleras y cajas de reciclaje distribuidas por las calles, el ayuntamiento, firmada la paz con los otrora denostados y hoy esperados trabajadores de Limasa, se gasta un perraje en detergente con olor a jazmín para eliminar el hedor de los desechos orgánicos que proliferan a partir del mediodía.

Hasta parece que se ven menos torsos desnudos y sudorosos, y la nueva plaga, la de las despedidas de soltero/a, tampoco estorba, porque está recogida en el bar de enfrente de mi casa, que acaba de abrir y ha creído ver el cielo abierto trabajándose esta clientela, aunque tres días de jarana confirman que las hordas carnavalescas aguantan poco los chupitos y a las cuatro de la tarde ya solo quedan sus vomitonas.

Vamos, que está la cosa tan tranquila y tan bien encaminada, que este año en vez de escribir de la feria he decidido unirme a ella. Lo que no sé es si vestirme de corto o de pene gigante.

Para tirar cohetes

Faltan dos días para los fuegos y no sé qué nos pasa, que parecemos más europeos que nunca. Estamos todos quietecitos, incluyendo a los trabajadores de Limasa y los torrecontroladores, a los que puedo imaginarme incluso con un clavel en la solapa, eligiendo un tanto indecisos sobre los colores que llevarán en sus tardes libres de faralaes. Pero este trance silencioso que envuelve el polvillo que levantan los silbidos de arena de la brisa malagueña, esperen que respire y que pase esta planta rodante del desierto, no les es exclusivo. Esta calma chicha tiene pinta de haberse mecido entre las corrientes manos de algún abanico experto y se nos ha colado por una rendija misteriosa que creíamos de aire acondicionado. La adecuada. Donde se guardaba el bromuro que nos sobró de la mili, por lo menos. Y ha sido capaz de aletargarnos benditamente célibes, inocentes y dispuestos a creernos que tal vez no seamos tan horrorosos como pensábamos haciendo ferias. Doy un viva a este gas tóxico, si existe, y que seguramente huela a vino dulce y a cuchu asturiano de caballo mezclado, que sospecho que ha debido producir algún movimiento tectónico desparramado por un terremoto en el Mar de Alborán y que nos ha puesto de acuerdo, al menos, en curarnos el desánimo preventivo.

Está ocurriendo en todos los ámbitos -o me he dado otro golpe en la cabeza-, pues considero que la prensa no se ha asomado aún con titulares ebrios de espanto ni los responsables de seguridad han pretendido calmarnos el nerviosismo todavía con cifras de superdotaciones policiales ad hoc ni registros de encautados, que esperan mejorar con un asombroso plan de choque anti navajeros. En cuanto a los organizantes, no ya solamente la fiestejista delegada municipal permanece con las bragas en su sitio y la boquita cerrada, sino que hasta el alcalde parece haberse sumado a esta relajación etérea en un punto bizco del horizonte, que, desde mi uso de razón, no nos acompañaba durante las previas al desmadre feriado, este mismo que ya porto aquí, encima más que en brazos, y que observo de reojo sin soltarlo despavorido por si no fuese tan feo.

Don Francisco está contenido. Un poquito liado ante las cámaras de su tele y sin poder aguantarse del todo sobre educarnos el gusto al buen transporte público en metrobús, pero aparte, nadie se ha echado las manos a la cabeza porque resople la feria. No hay prepipí en las calles ni en sus ríos adyacentes. ¿Qué nos estará pasando? ¿Dónde estará el ruido por llegar que no lo escucho? ¿Se estarán preparando las reuniones entre los partidos políticos para solucionar los problemas de la feria que suelen sucederse cada día después de la feria y que de paso nos sirven para embovedar el Guadalmedina? No hay un gueto nuevo donde esconder las hormonas desatadas con sus preadolesentes portadores, ni una retahíla de asociaciones en cola dispuestas a firmar el no al tranvía ni sus coches de choque donde le han puesto la cruz los concejales generosos. Así que, por fin. Por fin puedo decir que no disfruto de la feria. Que no me gusta ponerme verde y morao. Ni las aglomeraciones. Ni las tradiciones de los señoritos andaluces del otro lado del río. Ni el rebujito. Ni las sevillanas. Ni la canción del verano. Ni el sombrero cordobés. ¡Ni el mejicano! Y qué alegría me da, que la excusa de que me pase esto, por una vez, no sea lo mal que lo hacemos, lo salvajes que somos, lo mal educados que estamos, lo mucho que ensuciamos, ni lo poco que nos fustigamos. Lo que me pasa es que soy un soso. Muy soso. Un soso feliz de que exista la feria y de que no me guste. Y de que falten dos días para los fuegos y no haya bomberos en la costa. ¡Qué alegría! Que viva mi feria y que yo esté muy lejos.

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Gastromundos

Vivimos en un mundo gourmet. En otros mundos la gente se preocupa de comer lo que le caiga, tanto si es demasiado escaso para mantenerse con vida, como si es demasiado inadecuado para preservar la salud, porque junto a la pobreza que se muere de hambre hay una nueva pobreza de niñas y niños obesos y propensos a sufrir enfermedades de mayores.

Pero eso son galaxias lejanas. Nosotros vivimos en el mundo gourmet, y aunque yo sea un habitante de a pie, de los del quinto B de un barrio de clase media-media, tengo acceso a mini hamburguesas gourmet compradas en espacios gourmet de grandes superficies, ferias gastronómicas y, (¡ah!) también mercados, porque los mercados de abastos, tan de otro tiempo, se han subido al carro y ahora venden menos verdura y más tapas y cócteles.

Mi infancia no fue nada gourmet, incluso aunque mi madre, una mujer viajada por su condición de emigrante consorte, alternara los potajes de su Almería natal con guisos afrancesados. Pero aun así, en los años setenta del siglo pasado los exotismos se reducían a algunos quesos, básicamente el de bola y aquel azul que los niños de mi cole decían que tenía gusanos y las latas de mantequilla holandesa de las estraperlistas.

Tampoco lo fue mi adolescencia. En los añorados ochenta, los chicos de las crestas no pensábamos en comida hasta que las tripas rugían, y de lo que había sobrado de la inversión en litronas en aquel ‘Pedrega’ que hoy suena tan hortera, comprábamos en una tiendecilla de comestibles margarina y pan de molde y tan contentos. Lo de la cresta lo cuento; lo del pan de molde con tulipán me lo callo por no ser menospreciado en los círculos en que ahora me muevo, igual que la querencia por los shawarmas, más reciente y menos fácil de ocultar, sobre todo porque los que despachan me saludan cuando paso por delante de los puestos, aunque cuando vuelvo a ellos, esporádica y furtivamente porque ya no lo resiste el estómago ni lo permiten mis médicos de cabecera, les repito que el que va por allí nunca es el mismo que otros días pasa de largo, sobrio y acompañado, camino del gastrobar.

Gourmet, gastrobar, crujiente, espuma, textura, sifón, tataki. Hay que ver la de neologismos que hemos tenido que asimilar en tan poco tiempo. Vino de autor, cerveza artesana, food truck, gastrofusión… Si me llego a quedar dormido en los ochenta con el estómago lleno de cerveza y margarina y me despierto en el mismo escalón, me encuentro que donde estaba aquel ultramarinos Toñi ahora venden tapas creativas, aunque la creatividad a veces consista en mezclar el mismo pan de molde y la misma grasa hidrogenada con alguna salsa japonesa y algún ingrediente que chirríe. Yo no sé cocinar, y a veces tengo la impresión de que la cocina de vanguardia provoca en los legos el mismo temor a pasar por ignorantes que el arte abstracto, y si la mezcla nos sorprende, aunque diste mucho de ser memorable, pagamos su sobreprecio y nos la tragamos sin chistar.

Lo preocupante es que en un espacio como el centro de Málaga, ahora que estamos tan de moda y nos visitan cruceros y nos sacan reportajes en las revistas de los aviones, las calles más cotizadas para negocios de restauración se muevan entre el gastrobar de fusión y el retorno, en versión 2.0, del restaurante para turistas, con cartelones en tecnicolor de platos con muy mala pinta. Mi padre decía: “Huye de los restaurantes que exhiben fotos de los platos”. Ahora resulta más difícil huir porque te intercepta el camarero, carta o folleto de descuento en mano, incluso aunque vea que no eres rubio y que pasas por allí todos los días. Fusión, confusión, sifón. Espuma. Aire… Humo. A veces cambiaría ser gourmet por ser chico y volver a comer comida, sin más.

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Candilejas

Leí el otro día que iban a cerrar Discos Candilejas y me llevé una sorpresa. Porque creía que ya habían cerrado. Hace más de dos años que los perseguía el efecto desconchado de la renta antigua, como un cobrador del frac sin banda sonora que llevarse al precipicio, y preferí taparme los oídos, por si alguien me señalaba. Ese efecto 2015 que iba a arruinar a los artesanos del comercio hiperconceptual malagueño por culpa de la renovación de su alquiler postantiguo, y al que muchos suponíamos capaz de conllevar parecida devastación a la que sufrimos a causa del pavor informático del año 2.000 (preodisea en el espacio), o sea, poca cosa, ha resultado peor de lo esperado. Los comerciantes se han ido sin que nos enterásemos -se los ha tragado la renta- dejando a su paso un reguero de cajeros y reponedores con afán de no seguir siéndolo durante otro siglo y medio, como lo intentaron durante ese mismo suspirito burgués sus predecesores, antes del sueño americano y después de muchos cracs del 29 malagueños. Hoy hay un agujero en el agujero que dejó en su antigua esquina la mercería de la esquina. Un año después de la norma restauradora del precio justo de los nuevos viejos alquileres, ya no quedan ultramarinos de pobres. ¿Qué querrían decir con lo de ultramarinos? Más allá del mar, ¿qué habría?

Mi tienda de ultramarinos estaba en Dos Aceras. Me traían discos de más allá del mar. Por eso yo sí sé lo que querían decir con ese sinsentido incomestible. Mi música venía de Cuba y de Filipinas, de Valle-Inclán y del Capitán Trueno, o lo que dejó de ese desamor tanta pérdida insuperable mucho antes de que hubiésemos nacido, con Morrissey cantando como los ángeles. Cuántas hormonas de acné juvenil habré olvidado repasando las últimas novedades sobre las viejas portadas de la antigua Candilejas. ¿Puedes ponerme este? Nunca supe cómo se llamaba el señor paciente que sustentó la tienda durante tantos años, y que ahora leo que José o Pepe, según te mire. Tampoco su socio de entonces. Qué importa. Crecí con discos y me estanqué sin ellos.

A Santa Lucía fui poco y mal hasta convertir a Álex y Fran en sólo dos conocidos primero y dos personas amables después. Y el resto son excusas. Cada vez voy menos al cine, leo menos y oigo menos música y como yo no quiero esa culpa, se la echo a la renta antigua. Soy un inculto empedernido y cuesta abajo en una ciudad de pompa cultural. Sin ópera y de opereta. Con tantos museos. Tantos cuadros que ver. Uno al día, y no llego a mi funeral con la misión cumplida. Más inculto que ayer pero menos que mañana, una joyita. Y la tienda de discos, cierra. Candilejas cierra. Lleva cerrando un tiempo. Como con justos reproches bien educados. Poco a poco. De aquí a noviembre, tal vez. Como máximo, hasta Navidades. Y no creo que sea por lo renta antigua. Ni por culpa de la mala gestión municipal en el tema del Astoria. Ni por la Noche en Blanco. Ni por lo que se gastan en las franquicias museo. Ni siquiera yo, traidor, creo tener la culpa. Lo que sí tengo, además de muchos recuerdos, son remordimientos.

Leí el otro día que iban a cerrar Discos Candilejas y me llevé una sorpresa. Porque creía que ya habían cerrado.

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Enfermería de campaña

Cuando yo era pequeño las niñas querían ser enfermeras y los niños bomberos, futbolistas o soldados. Por mi síndrome del miedo a las batas blancas, yo sólo podía ser futbolista, pero ni me acompañaban las ganas ni la intención de acomplejar a los compañeros del colegio con mi asombrosa técnica y agilidad indómita. Años más tarde, las niñas querían ser soldados y bomberas; los niños, enfermeros. Una sociedad equilibrada en sus deseos a la que la realidad desequilibra con sus presupuestos. Lo que no imaginaron las niñas y los niños enfermeros es que iban a terminar siendo soldados y bomberos en hospitales de campaña del SAS, esto es, en los centros públicos andaluces de salud a causa de una política errónea de gastos, o de ingresos hospitalarios, según se deduce de las quejas y manifestaciones del personal de enfermería.

Durante las últimas semanas hemos leído que una enfermera sufrió un ataque de ansiedad cuando descubrió que la habían contratado para que estuviera a cargo de 36 pacientes durante una noche. Como si ella fuese la culpable de tal situación, o como si se hubiese auto-inducido el ataque de nervios por puro ánimo de fastidiar, el SAS ha tomado medidas, pero sólo contra ella. La ha sancionado con 60 días durante los que no podrá ser contratada. Aquí vemos un claro ejemplo de lo que es coger al toro por los cuernos. Que me perdonen los antitaurinos. La resolución de tal conflicto es como si hubiesen castigado a la limpiadora del camarote de los hermanos Marx por desorden en la habitación. Hay razones que el sentido común no entiende. También es cierto que es el menos común de los sentidos.

Tras esta primera polémica, un sindicato de enfermería ha denunciado que otra enfermera, esta vez en Carlos Haya, ha vuelto a ser la encargada de atender una planta completa de ingresados. Incluso los hoteles mediocres destinan más personas para atender las necesidades de su clientela, con la diferencia de que si llamo al servicio de habitaciones es porque quiero otra almohada, o un bocadillo de última hora que bien pueden demorar su entrega porque diez habitaciones han tenido la misma idea, sin que tenga mayores consecuencias que mi enfado. La atención a diez pacientes no puede sufrir retrasos porque no están allí como cura de reposo sino por la obligación de recuperarse de graves dolencias. Nadie permanece en los hospitales por gusto. Tampoco en los cementerios, sin querer exagerar.

Este desajuste de la plantilla, que el SAS se empeña en vender como reordenaciones, ha provocado incluso la dimisión del jefe de urgencias de Carlos Haya que, como capitán de una tropa situada en la primera trinchera de fuego, sabe que sin personal suficiente es cuestión de tiempo que tal sección hospitalaria aparezca en la portada de los medios a causa de algún hecho luctuoso como un error médico, o una agresión hacia los trabajadores por parte de familiares de pacientes que no siempre tienen la templanza necesaria en esas situaciones. Héroes, el SAS busca héroes, así como de cartelería soviética de guerra. Médicos que operen igual que esos ajedrecistas que juegan 20 partidas de mesa en mesa, o personal de enfermería con el don divino de comprimir el espacio y el tiempo. La magia de la enfermera o el enfermero guapo, por no discriminar, que con solo tomar la mano del paciente entre las suyas ya le suministra la medicación necesaria por vía del espíritu.

Según el consejero de Salud, las unidades hospitalarias se cierran en verano porque no se ocupan. Se produce una reorganización de efectivos para que abunden allí donde más población haya durante estos meses. Ojalá fuese verdad. Málaga es la Costa del Sol. Cada año el verano pilla al SAS como esa visita que aparece cuando está el frigorífico vacío.

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La vida sigue igual

Hace 31 años que regresé a Málaga desde Valladolid. Y me he acordado hoy por los sanfermines. Un 13 de julio del 85, yo también cantaba el pobre de mí, aunque más triste que cualquier corredor de encierro con chapela, porque el mío lo había premeditado con alevosa intransigencia juvenil. Iba a encarcelarme con la cara larga del adolescente incomprendido y llorar mi propio encierro autoinfligido. No pensaba salir a la calle de Málaga, para mostrarme mártir y si podía, tampoco respirar o aparentar no hacerlo, insuflando el dolor necesario a mi reivindicación del disgusto más importante del mundo. ¿Cómo se podía vivir en una ciudad de vacaciones? ¿Estábamos locos o qué?

Siempre he sido quejica y protestón, pero a los 16, además, me sobraba alguna hormona, que ya, deduzco, se quedó a vivir conmigo desde entonces. A la huelga de hambre no me adherí porque era demasiado silenciosa para captar la atención de mis mayores y porque ya era glotón. Supongo que lo sería de nacimiento. Al pequeño de la casa, un joven, guapo y deportista, y un hombretón en apariencia, con menos mano izquierda que un zurdo en la época de Franco, no le había gustado el traslado y la procesión iba por dentro (y por fuera).

Con la otra cara de la moneda, no me solidarizaba ni mijita. Mi padre había decidido unos días antes pegarle una patada en el trasero a la empresa constructora a la que le había dedicado un tercio de su vida porque lo enviaban a Venezuela, a hacer una carretera y un puente. Menos mal que no nos fuimos. Ahora sería un bolivariano iraní antidemocrático sin papel higiénico ni compresas en los supermercados. Qué horror. Como cualquiera de Podemos hasta el 25 de junio. Y así ocurrió que mis padres volvieron a su tierra y yo a la de mis vacaciones del mes de agosto, sin saber a ciencia cierta si las chanclas y los pantalones cortos se usaban todo el año de safari o si se celebraba o no la navidad a pesar de la ausencia de la calefacción central con sus copitos de nieve.

A mí me desorientó, sobre todo, la edad que me azuzababa la rebeldía, las motos por doquier y la caca de perro a su zaga, acechante en cada acera. Como una marca de cantero. Tenía que haber muchos perros. Y los papeles, y las cáscaras, y los restos de bocadillos de chorizo en la vía impúdica. Tenía que haber muchos cerdos. Cargado de bártulos en la calle Maestro Chapí, en medio de un terral impresionante que sospechaba fiebre intensa, oí en la radio del coche en el que habíamos viajado cinco y la madre, el pobre de mí. Fue un 13 de julio, sí. Ahora maravilloso, adornándolo con tirabuzones. Pero entonces, no tanto.

Se me pegó la zeta enseguida y los amigos de un día para siempre en pocas semanas. Eso no ha cambiado. Pero lo demás un montón. Yo ya no llevo cresta afer punk. Y quepo en la misma altura con 50 kilitos más que aumentan con la nostalgia y el sofá de mediodía. Y la ciudad es otra. Está de moda. Brillante. Reluciente. Bueno, eso no. De limpia se parece a la que era. Pero se ha convertido en un centro cultural eficiente y sostenible. Bueno, eso, repasando las franquicias, tampoco me atrevería a aseverarlo así, sin matices. Pero… Bueno, está muy bien y ha mejorado mucho. Esos solares abandonados que había entonces ya no están. O hay menos. O lo parece. Quizá siga igual en ese sentido también pero, no sé, ahora hay Metro y antes no. O ahora hay medio Metro. Y pronto se hará el resto. O no se hará. Quizá el Metro tampoco sea el elemento diferencial. Pero el cauce del río estaba abandonado y ya no. Vale, puede que siga abandonado pero ahora tenemos un barrio de las artes espléndido al lado. El Soho. El ensanche. Lo que sea. Sin juzgados y poco más. Pero antes íbamos al cine. Menos mal que nos queda el Astoria. Esa será la diferencia, el Astoria. Digo yo, ahora que se acaba San Fermín, lo importante que es el Astoria.

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A oscuras

Me dicen que un viejo amigo, al que no veo desde la guerra, presentó un libro de poemas recientemente en un bar alternativo. Con lo de alternativo me refiero a que en el que estaba previsto no pudo ser por culpa del fútbol impertinente. Yo preferí el deporte al rey porque me excita profundamente el riesgo, volar, saltar, remar, hacer tirabuzones al caer en mortales hacia atrás, y me quedé frente a la tele del remordimiento en su lugar, adelgazando unos kilitos de menos. A mí no me gusta la poesía, yo soy punky, le confesé un día sin que me creyera. Si no tienes cresta. ¿Y si ya me creyera? La edad susurra trampas, y uno ya se anticipa y corre de escenario en escenario impermeable al río que lo mojó dos veces. Encima perdimos, le dije a José Luis hace unos años. Él me consolaba las derrotas con frases de Kerouac que yo no sabía de quién eran, ni lo sabré nunca, mientras me arrastraba hacia la oscuridad para salvarme de cualquier miedo insuperable. ¿A dónde vamos, tío? No lo sé, pero tenemos que ir. Y, así, yo lo seguía, recobrando el ánimo y la esperanza. Nubes de Bora Bora en escabeche.

La memoria de José Luis González Vera recorre su casa a oscuras, esperando la lluvia en el cristal para retarla a desprenderse de su falacia de nostalgia. Cada gota que se pierde ajena a su propia existencia nada tiene que ver con la pérdida que le contrae el alma. No está. Ya no estárá nunca más para siempre. Y no estaremos. Las campanas suenan bajito en las esquinas. Palpitan los cajones, los armarios pesan vacíos y las estanterías de los libros cerrados huelen a su dueño, que se ha ido. Pero son falsos fantasmas. Son la cortina que te separa de esa llovizna traicionera. Ni la benevolencia del destino se invoca en el pasado. Se esfuma primero la voz, después el rostro y, por último, no quedará nada que encontrar en los bolsillos de ninguna vieja chaqueta. El azar queda lejos y ya no nos incumbe.

No me ha dado tiempo a leer el libro -casi- así que me limitaré a adular al autor por si, por casualidad, algún otro día me lo encontrara en algún bar, anticipándose y bebiendo las horas sin mí. Es grande, guapo y reversible. Ese dandi a quien nunca pillarás en descuido. Atento llorón, fuerte como uno de los lobos de su piel que no persiguen corderos sino caperucitas.

Y luego está el libro. La excusa para mencionarle con cariño, de descarga gratuita en la web que lleva su nombre: José Luis González Vera. A oscuras. Les pediría que no se lo perdieran. Si no fuera por las prisas. Porque no se fíen. Pudiera ser que no les gustara lo que escribe. O peor, tampoco cómo lo hace. O peor aún, que le confesaran a alguien que amaran, que no les gusta la poesía. Así, en general. Tampoco el color verde o el sonido de las olas los lunes. O el aire que respiran los martes. Hoy es miércoles. Alguna vez leí en algún sitio -y si no, sería una mentira piadosa inconsciente- que los miércoles son los mejores días de la semana para leerse poemas tumbado. Aunque no para todos. Si van a la Noche en Blanco y hacen cola en sus atracciones gratuitas, ni lo intenten, para evitarse suspirar un segundo y reencontrarse con la imagen del espejo de la que habla José Luis, con tanto desgarro. ¿Qué harían ahí detrás? Esta casa ya sabe demasiado y se puede vengar si se siente ofendida.

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Con los votos puestos

Sólo han pasado tres días. Tampoco hay que ponerse nerviosos. Como mal mayor y siguiendo la tendencia de sumarse unos cuantos diputados cada vez, en las sextas elecciones consecutivas, el PP conseguiría mayoría absoluta. En año y medio más de campaña, listo. Como mucho. Y no sería para tanto. A todo se acostumbra el cuerpo. Y hasta el alma. Otras elecciones para el Puente de la Inmaculada Constitución, las siguientes en San Fermín, con una bota, con una bota, y las definitivas para el día de reyes, con una bota y un calcetín, allá por el 2018. Por mucho menos de lo que perdió Adif en el camino, tendríamos gobierno tras otras tres intentonas, y saldría más baratito que tendiendo sus mismos lazos y vías. Lo que no sé muy bien es cuántos iríamos a botarlos. A votarlos unos cuantos menos, eso seguro. Pero en un barco los enviábamos a Islandia a que aprendieran a jugar al fútbol, y tras la ceremonia en el astillero, brindábamos con el champán sobrante o el cava, si los catalanes tuviesen el detalle y no estuviesen muy liados estudiándose lo del Brexit.

Porque, que se pongan de acuerdo ahora, como dijo Susana Díaz ante el posible pacto imposible con Podemos, no lo veo, es que no lo veo. A la segunda, nada parece indicar que vaya a ser la vencida. Me refería a las elecciones pero sirva también el comentario para esa armada invencible naufragada en Andalucía. Estas elecciones han dado para que Rajoy bote en el balcón de la noche electoral y Moragas se arranque a su lado con un baile latino. Porque a nadie le amarga un dulce ni tampoco la sorpresa de una quiniela de 14 inesperada. Pero para asentarse, no da. Mejor dicho, tampoco da. Un gobierno entre 137 no se sostiene, por más pertinaces que lo intenten, calculadora en mano, en las tertulias televisivas, acallando su canto de yo soy español, español, español, por culpa de Italia. Ni se vislumbra en la lontanaza entre los barcos vikingos que se llevaban a Rivera, Iglesias y Pedro Sánchez, por ese orden, unas cuantas líneas más arriba. Porque Rivera no está para exigirle nada a un candidato que le cuadruplica las mejillas. Iglesias se ha escondido, ensayando copiarle la táctica a Rajoy y ya no me extrañaría ni que, en las terceras, si las hubiere, fuera de liberal transversal y nos prometiera a través del plasma una bajada de impuestos regresiva. Que paguen más los más tontos. Y Pedro Sánchez… Pedro Sánchez tiene un coro de amigos que para sí quisieran los niños cantores de Viena. Con la rubia de bote salvavidas a la cabeza. Y una retahíla de barones voluntariosos intentando asestarle el famoso zarpazo en cuanto se descuide, detrás.

Pero como dije, sólo han pasado tres días. Que no cunda el desánimo. Ya dijo Rivera que no habría terceras elecciones. Y Pedro Sánchez. E Iglesias. Y Rajoy se ha encerrado en el castillo, a observar lo que pasa tras la mirilla. Yo creo que pone la canción de Raphael que lo convirtió en famoso bailarín cuando observa a los otros tres candidatos dándose mamporros postelectorales. Y le dan ganas de mostrarse al mundo y botar feliz caminando rápido. Pero se acuerda de lo que le mandó su médico de cabecera, Arriola, y se contiene, como cada cual, cumpliendo esmeradamente con su papel secundario. Haya o no terceras o cuartas elecciones, nos vemos en Reikiavik, con un pañuelo al viento y empate a cero en el desinterés creciente por dilucidar seis de las siete diferencias insignificantes entre la nueva y la vieja política. La séptima es la importante. Se pondrán las botas o morirán con las botas puestas. ¿Quién sabe?

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Todos consensos

Parece que en el último suspiro de campaña, el talante democrático que se les suponía a los miembros del aparataje de los partidos políticos ha salido a relucir. Me alegra inesperadamente. Aunque he de reconocer que me había costado mucho esfuerzo y horas de internet enterarme de cómo se daba uno de alta en las famosas casas de apuestas británicas y ya no creo que me vaya a servir de nada. Pero será una enfermedad menos en la que inscribirme y de la que curarme y, en fin, no debería quejarme. Como les decía, me propuse ayer apostar toda mi fortuna, o sea, los 119 euros con ochenta y seis céntimos que he conseguido ahorrar en mi último año laboral, gracias a mis tres trabajos temporales y medio, y a los once contratos que, sin menosprecio a mi cuidadosa desmemoria, creo haber firmado durante los últimos doce meses, pero finalmente he desisitido. En vez de apostarlos a que habría unas terceras elecciones, he decidido invertirlos en papel higiénico y compresas, pues he leído que son bienes muy escasos en Venezuela y lo he considerado una forma de aportar mi granito de arena a la campaña del miedo, como buen demócrata constitucionalista antiradical que me siento, entre otras cosas menos atrevidas.

A mí la noticia me pilló en un taxi. Me refiero a las declaraciones de los cuatro candidatos de los principales partidos sobre que se van a sentar todos juntos para acordar un gobierno estable a partir del 27 de junio y que, si no lo consiguen en una semana, dimitirán para que lo intenten sus sucesores. Y así hasta que lo borden y el Ángel Exterminador les dé permiso y les abra la puerta. Fantástico. La noticia me la dio mi taxista en diferido. Como el despido del Señor Bárcenas, sé fuerte. Me lo contó con mucho arte y ole ahí, que dirían en un horroroso anuncio de una marca de cervezas sobre el caciquismo andaluz y lo poquito que necesitamos si nos dan un subsidio y una pandereta. Muy gracioso el chófer, entre chistes, carreras y chascarrillos. Me dio la buena nueva, oye, y qué gracia tenía, mira tú.

Así que Rajoy ha confirmado que se marchará si es el obstáculo. Ha reconocido que el voto de un indeseable independentista vale lo mismo que el de las personas como dios manda salvo alguna cosa, aunque nos gusten mucho menos. Está dispuesto a pulir la ley mordaza para que no pasemos más vergüenza ante los organismos internacionales y hasta a darle una vuelta de consenso a su reforma laboral, en la que yo mismo he colaborado tanto con tan excelsa desgana. De hecho, del millón y piquísimos empleos que han levantado a España por la desgracia de la segunda reforma laboral, diez o doce son míos.

Con conocimiento de causa también Pablo Iglesias dará su brazo a torcer. Primero ha sido el puño y ahora, según me cuentan, también el brazo. Y hasta oirá lo que tengan que decirle los de Ciudadanos si siguen ennoviados con Pedro Sánchez. Y concederá el derecho de autodeterminación también al PP y al español de cada tres que les vota. Dice Don José, que así se llama el taxista, y que asegura que es el padre de la niña de Rajoy, que Iglesias ha aceptado comerse la línea roja de llevar toda la razón siempre y nos ha concedido escuchar a los que no tienen ni idea para que le ayuden a entender los sinsentidos necesarios para un buen gobierno pruriintelectual en minoría.

Por último, Don José, asegura que Rivera y Sánchez se han declarado dispuestos a hacer un paréntesis en su luna de miel para conocer a otras parejas de baile. Ni el 2 ni el 4 de marzo volverán a ser mencionados por el socialista de centro en ninguna negociación, esto es lo que más me cuesta creer, ni Rivera retomará su cruzada por los países donde exista una dictadura hasta que Buñuel se la vise y San Pedro se la bendiga.

Con la ayuda del taxista he conseguido subir todo el papel del váter a casa. Me queda santiguarme.

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