Sonría hombre, que va una foto

Se acercan las elecciones municipales y los alcaldes estrujan a sus asesores para que culminen proyectos o los inventen. El que más y el que menos anda ya con el calendario en la mano por ver cómo va colocando inauguraciones entre final y principios de año, justo hasta que la ley electoral lo permita. Floreceran así por todo el territorio nacional rotondas y lucirán bordillos relucientes, se abrirán calles y museos, centros cívicos y pabellones deportivos. Centros de interpretación del Vino o el Ajoporro, arcos triunfales, parterres, auditorios, pistas de pádel, hogares del jubilado, guarderías municipales, aparcamientos subterráneos, bulevares y toda una suerte de pequeñas o grandes infraestructuras o equipamientos para los que ahora sí hay dinero o que han sido hábilmente programados para irse construyendo en el último año de mandato. La España toda recibe un impulso inusitado ya desde Cánovas y Sagasta cada vez que se acercan comicios. Las empresas no se frotan las manos, se frotan los balances. Lo bueno es que se hacen algunos contratos e incluso las nunca bien ponderadas empresas de sondeos electorales, asesoramiento político y de márketing electoral experimentan un auge y sus directivos se ven obligados a comprar lustrosas corbatas de marca para ofrecer una mejor imagen delante del concejalete de turno que tiene potestad para contratar sus servicios. O sea, de rebote la industria textil (además, hay que comprar trajes para las inauguraciones) también se ve beneficiada. No es de extrañar que las patronales de muy diversos sectores se abonen a la tesis de que se deberían celebrarse municipales cada año. No olvidemos tampoco que los alcaldes tienen en esta ocasión un acicate extra para emplearse a fondo en inaugurar e inaugurar: el miedo a Podemos. Las corporaciones de toda España se irán de veraneo más o menos tiempo pero conscientes de que el curso político va a ser corto y que en mayo se despacha ya la campaña y son las elecciones. Si el primer año es para aterrizar, el segundo para las decisiones impopulares, el tercero para colocar a los amigos o plantear una reforma electoral a tu conveniencia, está claro que el cuarto es para acabar proyectos e inaugurarlos. Los fabricantes de cinta para cortar con tijera fabrican a toda mecha. Las oposiciones se afilan criticando a los regidores y tratan de poner pegas a los proyectos que van cuajando en el mandato. Tenga cuidado no le vaya a salir un Parque o un Pompidou o un Hermitage, Louvre o MOMA en el asiento de atrás del coche o en el cuarto de baño o en el parque infantil de enfrente. Si se da el caso, sonría, hombre, y salga guapetón en la foto.

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Marbella, capital gastronómica

Antes los niños querían ser policías, detectives, futbolistas, tal vez médicos. Ahora usted le pregunta a un niño qué quiere ser y responde: yo, cocinero. Claro, lo malo es que lo mandas a freir unas croquetas y arma un cirio. Cocineros. Es que enciendes la tele y hay un cocinero preparando un salmorejo, cambias de canal y hay otro condimentando una lubina. Bueno, es mejor que antes, que sólo emitían culebrones. O mucho mejor que mucho antes, que todo eran concursos. Los cocineros son dioses, gurús, socorridos para entrevistar, destilan esa atractiva mixtura entre artesanos y artistas, ejercen un oficio sofisticado que al mismo tiempo es de toda la vida. Tienen magnetismo, hablan bien e incluso la mayoría de ellos prepara platos si no para chuparse los dedos sí para gozar del comer, sin duda el segundo gran placer de la vida. También son  un poco psiquiatras: estás deprimido y nada levanta más el ánimo que te prepare, quien sabe, un gazpacho casero, unas sardinas espetadas y un buen pescaíto frito emparentado con un buen vino. Si no estamos muy mijitas también nos sirve un chuletón de buey con habas y helado de turrón de postre. La cocina es una industria. Y España es puntera en ella. Antes decían cocina y pensábamos en Francia. Ahora podemos pensar en el bar de la esquina. Se sigue despachando mucha porquería y también hay no poco timo, pero ya hemos logrado que la guía Michelin se presente en Marbella, que no es poca cosa. El 19 de noviembre en Los Monteros. El impacto que va a generar en la ciudad es de aúpa, millones de euros dicen. Cocineros de todas las latitudes, pero sobre todo de las latitudes donde se cocina y come bien, Andalucía, Euskadi, Cataluña, Galicia, la propia Francia, etc., etc. van a venir al evento. No se espera que pasen hambre. Sí que la gastronomía local se promocione. Y la ciudad. En Marbella siempre se ha comido bien y ha existido buenos restaurantes. De hecho, la gastronomía es un gran incentivo y, como dicen los cursis, todo un segmento turístico. La guía Michelin tiene 104 años de historia y normalmente presentaba sus ediciones y estrellas en grandes ciudades. Nunca Andalucía había acogido acto semejante. Los responsables del restaurante El Lago y la agencia Oak Power con la ayuda de Dani García han sido los conseguidores de este evento. No sabemos cómo habrán digerido otras ciudades no ser la sede de la presentación. No es plato de gusto perder. Tampoco ser segundo plato es agradable. Con estas cosas fomentamos aún más las vocaciones para ese gran oficio: hacer arte con la simple necesidad de comer.

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Agrupémonos todos

A ver, los de Filosofía, agrúpense. Ya está bien de no hablarse con los existencialistas. La Universidad de Málaga va a simplificar su estructura siguiendo las instrucciones de la Cámara de Cuentas de Andalucía, que seguirá gastando en dietas y coches oficiales mientras recomienda adelgazar organismo públicos. Esenciales, incluso. A esta hora hay un profesor de física que no tiene muy buena química con un biólogo y con el que va a tener que compartir despacho. Si el clima entre ambos se hace irrespirable siempre pueden invitar a un meteorólogo a estudiarlo. Se van a suprimer quince departamentos y tres unidades administrativas. La UMA cuenta con algo más de ochenta departamentos. Que pechá de saberes. Por ley, cada uno de ellos tiene que estar compuesto por un mínimo de doce profesores; sin embargo, como la tasa de reposición es del diez por ciento se han provocado «desajustes» por utilizar el término empleado por la rectora. O sea, uno imagina a un viejo profesor de literatura medieval francesa al que se le han ido muriendo los colegas y está ahí, sólo y con boina, fumando en pipa y diciendo mon dieu deseoso de que se contrate a jóvenes profesoras y profesores con los que poder compartir erudición y un sombra con pitufo. Pero lo van a fusionar y tal vez acabe en un departamento en el que no se entere de nada. Sobre todo si es de filología eslava, que ya se sabe que esa gente del Este habla unas jergas endiabladas de aprender para el acostumbrado a los suaves, que no por ello y sin embargo, menos intrincados, idiomas o lenguas latinas. La rectora ha dicho que los departamentos están «hablando entre ellos» para ir acometiendo esos trabajos de fusión. Tenemos a la UMA como a unos grandes almacenes, donde al dependiente de lencería se le envía a despachar curasanes. La demanda es la demanda. No es que al de Comercio se le ponga a impartir fatiga de materiales o al de Derecho Civil se le obligue a dar Álgebra, pero sí que podría perderse eficiencia.  Ya estamos tardando en decir lo obvio: no debería recortarse en profesores y enseñanza, en conocimiento e innovación, dicho sea desde fuera y viendo la cantidad de gasto estúpido que hay en otros muchos sitios. Seguramente contratar un buen puñado de profesores no sería tan gravoso ni tan poco rentable como otros desembolsos que uno observa atónito, que es una manera de observar la realidad, por cierto, algo cansada y poco profesoral. La famosa endogamia universitaria va camino de poligamia, con gente pasando por diversos departamentos, tal vez acabando en el de oportunidades o ferralla.

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Momentos fulgurantes

No hay que dejarse llevar por los momentos fulgurantes de algunas palabras». Lo ha dicho el académico y director de la nueva edición del Diccionario de la RAE, Pedro Álvarez de Miranda, que se publicará en otoño. Eso de los momentos fulgurantes le hace pensar a uno en que las palabras son como los personas. También alcanzan momentos fulgurantes. Y nacen y mueren. Hay palabras, explicaba el otro día en un curso de la Menéndez Pelayo Miranda, que siguen en el diccionario aunque ya nadie nunca las use. La pregunta es entonces, ¿para qué? Para quien lea a los clásicos, por ejemplo, contesta el académico. Uno imagina términos como jubón, saya, remoquete o aljuba ahí medio muertos que de pronto alguien resucita al abrir el ‘Libro del buen amor’ o una comedia de Lope o un entremés cervantino. Fulgurante es también el brillo que pudo alcanzar ‘perita’ como sinónimo de estupendo. O el ochentero ‘dabutén’. Pero son palabras que nacen fuerte y gastan toda su energía en la juventud. Como esos rockeros que mueren a los 27 o 32 luego de una vida intensa. Dabuten decía uno muy joven. No lo dirán jamás nuestros hijos. Tal vez un novelista que reflejara la movida madrileña haga decir a uno de sus personajes esa u otra palabra de ese tiempo. Entonces el lector hará un hallazgo, no lo entenderá, irá al diccionario, no encontrará la palabra. Preguntará al abuelo, si lo encuentra, y finalmente quedará ennortado o adivinará el significado por el contexto. Claro que si la novela es tan coyuntural como la palabra pero además no resulta ser una crónica de calidad de su tiempo nadie la leerá más allá de unos pocos años de su publicación. En este momento hay palabras fuertes que, como un veinteañero, se creen inmortales. Morirán. Tal vez a manos del idioma inglés o de la enfermedad del desuso o porque designe a un objeto o animal que se extinguirá. Hay en estos momentos también palabras a punto de nacer o que son embriones. Palabras que designarán nuevos inventos o usos o modas sociales. Nuevas prendas de vestir, tal vez. Ya nadie dice gola porque nadie la usa. Nos queda una hija suya: ‘engolado’.  Hay palabras a las que sacamos a pasear los domingos, como vermú. O los días de fiesta, como confeti. O en las bodas, como smoking. Palabras de invierno como chimenea o de verano como terral. El nuevo diccionario tendrá 93.000 palabras, unas 5.000 más que en la anterior edición, que fue de 2001. En trece años hemos parido 5.000 palabras. Casi 385 por año. O sea, más de una al día. Es decir, hoy ha nacido una palabra al menos. ¿Cuándo la pronunciaremos por primera vez?, ¿cuándo morirá?, ¿moriremos antes nosotros? y cuando lo hagamos, ¿hasta cuando alguien pronunciará alguna vez nuestro nombre?

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¿Enamorarse en el metro?

Viajar es un placer sensual. No sabemos cómo será hacerlo en el metro de Málaga. Pero sí que en unos días los malagueños podremos ya sentir el dulzón traqueteo de los vagones, cruzar miradas y trabar conocimientos ¿Cuánta gente se conocerá y enamorará en el metro de Málaga durante su primer año de funcionamiento?, ¿atracarán a alguien?, ¿quién será el primero en leerse un libro completo sólo en trayectos de metro? Por primera vez, como en las grandes urbes, el automovilista podrá pensar que justo debajo circula un metro cargado de gente (bueno, lo de cargado está por ver). Y sentir que en su coche, con la radio y el aire acondicionado y sentadito va mejor. O bien estimar que ha cometido un garrafal error al optar por el vehículo privado y así se ve, parado en un atasco un tiempo suficiente como para leer ‘Madame Bovary’. Con lo bien que iría escuchando a Bob Marley en el iPod en el subsuelo.
«Voy a coger el metro», se oirá decir por primera vez en no pocas conversaciones. Las paradas además de nuevos hitos urbanos serán, las bocas, lugares nuevos para quedar. Te espero en La Luz-La Paz. Habrá viajes al Clínico cargados de angustia. Trayectos a la Universidad con los nervios agarrotados ante un examen de Comercio, idas y venidas solitarias de jubilado temeroso de que se acabe el trayecto y la salida al exterior suponga plantarse ante el abismo del día ocioso. Se producirán rupturas sentimentales, encuentros no deseados; tal vez el metro se incorpore a la rutina de un ama de casa que ensanche los lindes de su cotidianeidad. El hombre discreto que nunca ha entendido el sistema de autobuses hallará tal vez consuelo secreto en un metro simple, casi unilineal, que lo lleva y trae en línea recta sin posibilidad de equivocación. La voz que anunciará las paradas, ¿de quién es?, ¿qué estará haciendo ahora el que raje el primer asiento?, ¿cómo se llamará el primer bebé que nazca en una estación?, ¿será alguna vez el metro de Málaga refugio para bombardeos? Las escaleras mecánicas descansan a esta hora en un balneario para tomar energía ante los años y años que les esperan cargando gente que no siempre tiene la consideración de pesar poco y llevar zapatos planos. Un conductor de metro templa a esta hora sus nervios mirando la mar en Huelin tras un día más de pruebas. Alguna vez se unirán todos los metros del mundo y encontraremos en Barbarela a un viajero de Moscú que quedó dormido. O a un parisino de bigotito y boina que ha venido a María Zambrano atraido por el cautivante nombre de la filósofa. No faltaría una berlinesa varada en Guadalmedina a la que habría que explicarle que hasta Pedregalejo ha de ir andando o en taxi o bus. El metro de Málaga será eso que los arquitectos llaman un no lugar, sólo que un no lugar muy nuestro. Málaga crece hacia abajo. Cuidado con el escalón y dejen salir antes de entrar. Feliz viaje.

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