Moreno Bonilla, suda y sigue

Bendodo, Moreno Bonilla y Margarita del Cid.

Bendodo, Moreno Bonilla y Margarita del Cid.

Uno se imagina a Moreno Bonilla estos días sudando, con las mangas remangadas, escuadra, cartabón, paciencia y un lápiz en la oreja pidiendo nombres. Dadme nombres, dadme nombres. El PP andaluz es más grande que la voluntad del Señor. Tiene más militantes que el Betis y el Sevilla juntos. Un bosque frondoso con árboles que hacen bulto, arbustos con ambición, ramas traidoras, hierba apacible, flores idealistas y disciplinadas y hasta fieras. Y encima, los de Madrid, dando el coñazo. Dando el dedazo, mejor dicho. Bonilla ya tiene su número dos en el organigrama: la alcaldesa de Valverde del Camino (Huelva), Dolores López Gabarro. Será secretaria general. Gabarro tiene tres virtudes: no es de Mälaga ni de Sevilla, es mujer y la tercera no la sabemos. Habrá que darle un margen. Bonilla sopesa crear, o sea, recrear, porque ya existía, el cargo de vicesecretario, que podría ser para un sevillano. Carlos Rojas, granadino, continuará como portavoz parlamentario. El presidente en ciernes del PP andaluz al optar por Gabarro no premia a ninguna facción ni se decanta por ningún figurón. Ese nombre no estaba en las quinielas. Bonilla pide nombres, los descarta o acepta, los baraja y dosifica sus elecciones para que haya un goteo por días de noticias sobre el cónclave.
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Aquella entrevista con un mito sencillo

Hace ya demasiados años, cuando yo era un aspirante a periodista tímido y virginal, timorato, sin la Sociología de primero aún aprobada, y habiendo pisado sólo y de soslayo las redacciones a las que mi padre me llevaba, alguien con una insensatez admirable, dinero a espuertas y carácter jovial me encargó una entrevista con Paco de Lucía. Iba a Marbella. A actuar en la plaza de toros de Puerto Banús. Me dieron un teléfono y Paco lo cogió. Pedí una cita y me la dio en su camerino para tres días después, unas horas antes del concierto. Dormí poco esos días. Mejor dicho, esas noches. Un mito. Un monstruo. Conmigo. Yo haciendo una entrevista. ¿Funcionaría la grabadora?, ¿Sería seco, diplomático, cordial? ¿Estaría nervioso?, ¿estaría nervioso yo? Llegué y Paco de Lucía departía con su gente en un camerino sobrio y funcional, pero algo barroco. Tenía un vaso de agua y quedaba poco para enfrentarse a un público que mezclaba jet set, millonarios de verdad, marbelleros de toda la vida, gentes llegada de toda Andalucía, flamenquitos y amantes de la música clásica. Pregunté mucho como un alumno de botánica delante de un experto en helechos. Creatividad cero. Las entrevistas tienen dos autores. En este caso, el entrevistado lo puso todo con una sencillez admirable. “No, no te creas que me gusta tanto la guitarra. A veces la detesto, pero se me pasa pronto”, me dijo. Había trabajado con el guitarrista John McLaughlin, o iba a trabajar, o eso decía la prensa. Yo le pregunté mucho por ese mítico músico, él comprendió mi admiración por el británico y lo elogió con modestia, casi empequeñeciéndose él. Paco de Lucía popularizó el flamenco, lo paseó por el mundo. Pero no sólo el flamenco. Sus composiciones forman parte de la banda sonora de muchísima gente. Ha muerto feliz en la playa con su familia, alejando también el tópico que persigue a muchos artistas de su estilo, estirpe o escuela respecto al tipo de vida que llevan. Ha muerto demasiado pronto. Aunque bien mirado, salvo los tiranos, nadie se muere tarde. El feliz inconsciente que me encargó la entrevista, un empresario de éxito en la Marbella de aquella época, o sea, un constructor, no llegó nunca a publicar la entrevista, que debería haberse insertado en el primer número, que jamás mandó a imprenta ni editó. Me la pagó bien, eso sí. Hay muchas maneras de comenzar a admirar a alguien. La mía fue fortuita. Y en este caso, persistente en el tiempo. Guardé mucho tiempo aquella grabadora y sin querer usarla para otra cosa. El tiempo se lo lleva todo menos los buenos recuerdos. Los folios amarillentos, las viejas grabadoras y hasta las camisas elegidas para tener suerte se van siempre por las tuberías de la memoria o las mudanzas. Descanse el paz el gran genio. El pedazo de monstruo.

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Una mañana de premio

Ayer estuvo uno en la Diputación de Málaga, que tiene una sede más grande que la cancillería de Alemania. Entras allí y te crees que te va a salir Merkel. Y entonces no entras. Te fumas y un cigarro y miras al mar. Recuerdas que un día quisiste ser grumete y caes en la cuenta de que nunca tuviste un gorro lanudo y una camiseta de rayas horizontales azules. Te lo piensas mejor, entras y te encuentras a Kika Caracuel, que es más agradable que Merkel, es paisana marbellera y sabe un taco de cuentas y números. En La Diputación daban ayer sus premios anuales. Premios M de Málaga con motivo también del 28-F. Te subes en el ascensor de una Diputación y no te atreves a decir nada. El señor que sube contigo puede ser alcalde de un pueblo, experto en agronomía o  funambulista. Tal vez agorafóbico, cargo de confianza o gutural o nacido en Ottawa. En otros ascensores sólo puedes encontrarte compañeros de trabajo o vecinos o gente que también va al dentista. De modo que ir a la Diputación tiene ya algo de aventura. Llegué al salón de plenos y de un vistazo guispé un paisaje hiperpoblado, una suerte de selva o sabana abigarrada: tres con idénticas camisetas verdes que resultaron ser diputados de IU, concejales que uno creía que sólo existían en fotos. La de fotos tuyas que he editado, pensé mientras hablaba con uno. Había damas empingorotadas, calambures, cámaras, sinécdoques, autoridades, mandos militares de uniforme, presentadores de televisión, tiralevitas, muchos amigos, un exboxeador, aparejadores, dueños de motos, abogados, empresarios, aficionados al rock, exbohemios, menestrales, sillas, corbatas con señores al cuello y secretarios generales de partidos. No vi a ningún cura.
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Los ex de la presidenta

Una foto para la historia. O histórica. La que tienen junto a estas líneas. Del pasado domingo. Acto socialista en Sevilla para calentar el 28 de febrero. 8.000 personas. Al fondo está Escuredo, como difuminado, en una metáfora de que el tiempo pasa. Ya sólo se acuerdan de él los mítines y los libros de (pequeña) historia. Fue sin embargo el impulsor. El primero. Luego está Borbolla, victima del guerrismo, abogado próspero en ejercicio, Pepote para los medios y los amigos. El ojo se desliza a continuación hacia Chaves, que va teniendo cada vez más cara de jubilado, lleva una pulsera de las que regalan los periódicos o de esas de una causa solidaria. Tiene gesto de aburrirse. Habrá asistido a centenares de mítines como este. Tal vez esté pensando en la fugacidad del tiempo. Otros pensarán en lo largo que se les hizo su mandato. Ha sido el único no defenestrado. El único que luego alcanzó más alta magistratura, vicepresidente con Zapatero, que lo sacó de la Junta para evitar la decadencia. No sabemos muy bien qué evitó pero el PSOE sigue en el poder. Hay algo de cansado en su mirada, también borrosa, tantas batallas en el coleto, tanto pensar en equilibrios, nombramientos, congresos, cuotas. El cuarto hombre maduro, abogado y sevillano (aunque naciera en Madrid, aunque Chaves naciera en Ceuta) es Griñán. La historia aún no ha tenido tiempo de juzgarlo. Sin embargo, tiene rostro de escuchar un veredicto. Se fue por el mayor escándalo de corrupción de Andalucía. Más bien para que no salpicara más a su partido. Heredero de Chaves. Acuñó un nuevo estilo que no llegó a cuajar. En su tiempo se veían más películas y se leían más libros en San Telmo que nunca. Pepe el ilustrado tardó poco en pelearse con Chaves, al que le exigió la entrega del partido. Se hablan lo justo. Se hablan en los disgustos. Micaela Navarro está ahí en medio. Como trasplantada. Dando a entender lo que pudo haber sido y no fue. Fue la favorita, pero no la elegida. Preside el partido. En el PSOE, eso de presidir, presidir el Parlamento o el partido, siempre se le endilga a alguien para que no estorbe mucho pero para que todos hagan la lectura de que es muy necesario. Susana Díaz completa la foto. Está a punto de subir al estrado y su cara puede decir cualquier cosa menos que vaya a sufrir un ataque de pánico. Miles de personas. Está concentrada pero no ensimismada. Seria pero con gesto de estar a unos segundos de una ligera sonrisa. Le cabe en su presente todo el pasado que acumula a su derecha. Todos los días son fiesta para Susana. Alguien les dijo luego que se hicieran una foto de pie. Sonrieron.

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Seductora evasión

Evadir siempre ha sido un verbo muy conjugado en España. Sobre todo en tercera persona. Hay quien se evade de una responsabilidad, de la cárcel, de poner la mesa, de visitar a un pariente beodo, de desanudar una pajarita de papel. Pero lo que nos ha dado fama internacional es evadir capitales, que significa llevarse el dinero fuera para no pagar impuestos. Evadir se evade sobre todo a Suiza, que es un país que da sabrosos relojes y precisos quesos. Suiza es un ejemplo de convivencia y armonía: en un cantón hablan francés, en otro alemán, hay zonas de italiano e incluso también se parla una lengua romance poco conocida. Sin embargo, todos entienden el idioma del dinero. En Suiza son hospitalarios con la pasta y hay quien asegura que hay hoteles para los billetes. Los planchan, les dan brillo, les ponen vistosos fajines, los acuestan en camitas confortables y les procuran una temperatura agradable que evite su deterioro o envejecimiento. No es como aquí, que en cuanto uno hace dinero lo mete en un calcetín. Y así llegan los pobres billetes, claro, sudados, arrugados, malolientes, sin ganas de nada y ásperos al tacto. Tal vez por eso pidan a gritos que los lleven a Suiza. Nos está saliendo un artículo que pareciera contra esa gran nación así que aclaremos que el artículo va sobre la evasión y que aún recordamos enternecidamente esos atardeceres de Ginebra (sin doble sentido), los encantos de sus montañas y su noble gente y esa bella Berna y su río en el que una vez nos dejamos llevar corriente abajo soltando adrenalina. El que tiene un millón de euros y no puede acreditar su procedencia y encima lo evade es un criminal. Hemos tendido sin embargo a verlo con simpatía e incluso hasta ahora en no pocos lugares, cuando de alguien se sabe que tiene cuenta en Suiza u otro paraiso fiscal, se dice, ahí va el tío, míralo, con dos bemoles, tiene una cuenta en Suiza. Pero oyes, con un tono admirativo que no se le dispensa ni de lejos al que ha sacado una oposición de notarias, al que ha compuesto un epigrama, al que domeña leones o al que lleva veinte años levantándose a las seis para dar el callo diez horas al día. Evadir es «sacar ilegalmente de un país dinero o cualquier tipo de bienes». Pero en su tercera acepción. La primera es «evitar un daño o peligro».  O sea, evitar una pedrá en la cara o evitar un engorroso trabajo o evitar un terraplén que nos surgiera de repente cuando juiciosos conducimos nuestro automóvil. Hay evasiones más atractivas, como la de ‘Evasión o victoria’. También se evade uno viendo películas de Fellini o leyendo libros de Sade por ver de provocar un desprendimiento de rutina. Las drogas evaden pero a cambio envilecen. El que dice evadir eludiendo el verbo huir le está poniendo un matiz mejorativo. Cada época en España ha tenido un célebre evasor. Evade quien puede y no quien quiere. La evasión ha provocado una dimisión. Y una sospecha. No, no son todos iguales. Pero porque no tienen tanto dinero. Evadir siempre ha sido un verbo muy conjutado en España. Para ir a la cárcel, sobre todo.

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