Turismo de sol y Nebraska

El mundo se divide en dos tipos de personas: los que han ido diez veces a la World Travel Market y los que no saben ni qué es eso. En turismo no hay término medio. O eres de los que año tras año vendes el producto o eres de los que vas tranquilamente andando por el producto y ves a un japonés, a un sueco, a un noruego comiendo gambas y a un francés tostandose al sol. Luego de observarlos, y observar el suelo bajo tus pies, o sea, el suelo del producto, dices admirativamente: qué gran invento es el turismo. Más tarde puedes mirar al cielo. Al cielo de tu producto que otros están vendiendo allá en Londres o Berlín o Madrid y jactarte: qué suerte de que en el cielo de este producto no llueva casi nunca y muy a menudo luzca el sol. Los que habitan en otro producto turístico, por ejemplo el producto turístico Manchester, tienen otras cosas que enseñar y con las que atraer, pero no un sol dulzón en noviembre que hasta te permite mojarte los piececitos en la playa y tomar en la misma orilla un vermú con olivitas. Pero claro, como tú estás tomando el vermú no puedes decirle a nadie que aquí se está fantástico. Podríamos gritarlo, pero no sabemos si nuestras voces llegarían hasta Londres. A Moscú seguro que no. Las voces son muy de perderse por Europa. Das una voz en Praga para que llegue a Viena y, hala, en cuanto te das cuenta se ha perdido en Budapest. Es por eso que necesitamos que alguien vaya a Londres o a donde sea y lo venda. El destino, no el vermú. Sería una tristeza y un menoscabo y quién sabe si un descenso grave en las pernoctaciones que un destino tan completo como el nuestro, que tiene golf, gastronomía, playa, sol, Limasa y hasta el Tívoli, no tuviera vermú. Imaginen que desolación. La peña seca de pipirraque. Sobre todo al mediodía. Usted está seguramente leyendo este artículo a mediodía, con lo cual para su tranquilidad le diremos que a esta hora están bien vendiendo su producto en Covent Garden o en Trafalgar, por Nothing Hill o en el mismísimo Buckhingham Palace. Si está leyendo en una terracita y no ve por su producto a parejas eslovacas, estudiantes escoceses o cruceristas corsos no desespere, que es que a lo mejor hay una gestión en curso que aún no ha culminado. Claro que a lo mejor es usted de los que está en la tal terracita y ya se la han invadido un viaje de estudios de Nantes, unos jubilatas de Helsinki y 300 congresistas de Nebraska, que quieren todos tomarse a la vez un café y cada uno lo quiere de una manera. En eso nos parecemos a los de Nebraska, en que nos gusta el café de muy diversas formas. Cosas de los productos.

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Noviembre en su esplendor

Noviembre no tiene muy buena prensa. No es el mes navideño ni uno de los del alegre estío. No es la glosada primavera ni tiene el aire que va dejando el final de febrero, con ese sol que presagia el renacer. Claro que peor es octubre, un mes ahí como enmedio de la nada. Septiembre es un caso aparte. Es la melancolía y el rollo de la vuelta al cole, los días que se acortan a velocidad gigante. Pero a veces, según el año, septiembre es mes gozoso y de vacaciones, de propina veraniega. Echarse a andar por entre los pliegues de la ciudad un sábado septembrino a veinticinco grados, bien acompañado y la improvisación y la promesa de una cerveza fría como único plan de ataque se parece bastante a la felicidad. Pero estabamos hablando de noviembre, no vayamos a distraernos. Empieza con Halloween, una fiesta sobre la que uno no tiene formada opinión y que ve desde la distancia como un entretenimiento más para la chavalería, que se viste de draculilla o brujina y le meten un quiebro a la rutina. Parece que los bares venden más copas y algunas tiendas se medio forran. Bendito sea. Ya de amanecida es el puente de todos los santos. Tal vez porque en la memoria y en el inconsciente colectivo estén esos inicios de noviembre del pasado, en los que en el único canal en blanco y negro emitía El Tenorio y la tarde de fiesta se alargaba aburrida por lo que noviembre cargue con esa fama. Nos acordamos o se acuerdan nuestros padres y abuelos del sopor y el nada qué hacer. También está lo de los cementerios, que ha basculado de la romería luctuosa y sentida, el homenaje a los muertos, pero como obligado, a un cierto enfoque mediático que acerca más el fenómeno a una costumbre y rito más que a algo que uno deba hacer cuando sienta que lo necesita. Noviembre suele continuar con una escalada de frío. Baja el termómetro, vuelven los abrigos y los caminantes se atavían con ropajes de tonos oscuros. Para alegrar noviembre, pese a que hemos dicho que no es un mes navideño, y no lo es, en algunas ciudades encienden el alumbrado. Londres es una gozada ya mismito. O Nueva York. La crisis ha originado que en Madrid y otras ciudades la iluminación navideña se ‘retrase’ hastas primeros de diciembre. Noviembre deriva de novem (nueve en latín). Noviembre es también el título de una película española dirigida por Achero Mañas. En noviembre es la fiesta de la Almudena, en Madrid, buena ocasión para zascandilear a mediodía por los alrededores de la Plaza Mayor y tomar una ración de champiñones en El Mesón del Champiñón, donde los ponen del revés, los medio rellenan y los echan a la plancha para sacarlos cuando aún no están muy hechos y en el punto justo de temperatura. Noviembre puede tener apellidos. ‘Noviembre sin violetas’ es el título de una novela de Lorenzo Silva. Noviembre negro suena como a revolución fallida. En noviembre es Acción de Gracias, fiesta que ya no tardaremos en importar también. Nuestra idiosincracia es adaptar todo lo de fuera. Sobre todo si es fiesta. Si hay comida y bebida de por medio. En noviembre conviene agradecer los rayos de sol y gozarlos como una victoria. Uno diría bucólico que los bosques en estas fechas adquieren un color especial, pero no somos muy de ir a bosques ni de escribir la palabra acre. Vamos a ir espantando la melancolía y a disfrutar de noviembre. Y domingo. Pero eso tiene otro artículo.

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Susana la de hierro

Varios diputados socialistas en el Congreso negaron ayer que la presidenta de la Junta de Andalucía «amenazase» a  Rubalcaba con retirarle su apoyo si no se posicionaba a favor de la moción de UPyD que declaraba una «falacia» el derecho a decidir. La verdad es que Susana Díaz es dura. Es la dama de hierro de Triana, pero es educada y no nos la imaginamos en plan choni llamando al capo y diciéndole, oye, tú, Rubal, como votes con los nacionalistas y con los lunáticos del PSC me cojo un AVE, me planto en Madrid y te corto los apoyos y los cuelgo del oso y el madroño. No. Estas cosas hay muchas maneras de hacerlas. Que parezca un accidente, por ejemplo. Con emisarios. Con llamadas para convencer y no coaccionar, etc. Lo cierto es que una vez planteada la moción, los socialistas veteranos como Chaves y Guerra pusieron toda la carne en el asador (unos 160 kilos entre los dos) y el grupo socialista votó con Rosa Díez. La política hace extraños compañeros de cama. Hasta los ex se encaman a lo que se ve. Después de toda esta jugada han corrido ríos de whatsapp y litros de tinta sobre los planes futuros de Susana Díaz, sobre su influencia en el PSOE y acerca de la presencia del socialismo como oferta electoral en Cataluña. Díaz se encarama un día a la semana en Madrid, que es aún donde se cuece la gran política. Hay quien incluso aconseja que ‘pujolice’ ligeramente su discurso, que con eso le irá bien entre el electorado andaluz y en el conjunto del PSOE, donde dirige la federación más fuerte.  Entretanto, en lo que está es en los ‘congresillo’ provinciales, o sea, en el proceso previo al congreso que habrá de refrendarla como sustituta de Griñán al frente del PSOE andaluz. El de Málaga se celebró ayer. Había lista única, encabezada por Miguel Ángel Heredia, quien precisamente se adornó con un discurso en el que afirmó que «si alguien piensa que el socialismo andaluz se va a alinear con quien pretenda aguar nuestra postura federal y nacional con abstenciones que dan escaso rédito, conoce bien poco nuestra historia como partido y como autonomía». Los asistentes lo escucharon unos con delectación, otros con un rictus como de decir ‘ya era hora’ y no faltó quien lo escuchara como quien oye una emisión radiofónica en letón. Luego se votó la lista única de delegados para la cita, que será en noviembre en Granada. Allí Díaz no amenazará a nadie, sino que recibirá el cetro del socialismo andaluz, más parabienes y botafumeiro. Para que se cierre el círculo, seguramente vendrá Rubalcaba, que envidiará el control del asunto que tiene Díaz. Se harán fotos y se tomarán un taporro rico en la calle Navas. Tranquilitos, sin amenazas.

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Luces al volante

La DGT espera casi 900.000 desplazamientos por las carreteras andaluzas desde hoy hasta el domingo. Aquí siempre hemos sido muy de movernos. Pero ahora también somos muy de contar cuánta gente se mueve. En un mundo en el que Obama está al tanto de nuestras conversaciones telefónicas, hola Barack, qué pasa tío, no es extraño que la DGT sepa no cuanta gente se ha movido, sino cuanta se va a mover. Todo el mundo se ha preguntado alguna vez en un atasco que dónde a va toda esa gente. Todo el mundo ha utilizado alguna vez la excusa del atasco al llegar tarde a algún sitio. Es paradójico que sepamos también, la DGT es muy lista, a qué hora serán los atascos y que sin embargo nos echemos a la carretera también a esa hora. Nos llega de sopetón el frío y noviembre y un puente y Halloween. Así, sin transición. Estábamos casi ayer en la playa, con el pie aún amoldado a la chancla y de repente, el otoñazo, la americanada, brujas por todos los sitios, la cazadora, los días más cortos y el preludio de la Navidad. Eso sí que es un desplazamiento: del estío a la estación de la caída de las hojas en un nano periodo. El tal viaje, aunque corto y súbito ha sido realizado con precaución. La misma que habrá de emplearse en los desplazamientos por automóvil. Las autoridades estiman que nos faltan luces y por ello van a iniciar una campaña para que sea obligatorio llevar encendidas las de cruce durante el día. Se trata de ver a los demás y de que nos vean. O sea, un poco como en las fiestas. En las bodas, no. En las bodas va uno más a ver al resto y más de dos si pudieran mirarían a través de un agujerito cómodamente en casa cómo va ataviado este o el otro. En los funerales también pasa, si bien el que uno quisiera evitar es el propio.
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Rotondas y cuello alto

Hace tres años que murió Marcelino Camacho, el histórico líder de las Comisiones Obreras, del que todo el mundo tiene la imagen entrañable de su vejez con jersey de cuello alto, gafas y hablar pausado. Fue un radical en el mejor y etimológico sentido de la palabra, o sea, ir a la raiz de las cosas. Alborotó todo lo que pudo, vivió y murió pobretón y sólo le guió defender a los más necesitados. Como un buen cura. Como un buen sindicalista. Como alguien con ideales. Ahora que los sindicatos están denostados (¿cuántas horas trabajaríamos si no fuera por la lucha sindical?, ¿cuántas vacaciones pagadas, como ahora un mes, tendríamos?) ahora que está de moda, decimos, putear a los sindicatos y que hasta los zahieren incluso obreros que a nadie tiene que los defiendan salvo los sindicatos, conviene recordar a figuras como Camacho, con independencia de ideologías. Sólo su coherencia ya es un ejemplo. Claro que también es verdad que, aún siendo una ínfima minoría, hoy en la sindicatura tenemos a los que hablan de gambas y no de emancipación y a los que se gastan las dietas en pecados en lugar de en altavoces. Que no se ponen un mono limpio los domingos para tomar  aceitunas y un chato de vino, sino que se van a una tienda de bricolage para comprar un azadón y clavos para hacer jardinería. Los tiempos cambian que es una barbaridad, pero el ejemplo de hombres y mujeres que lucharon con denuedo contra el franquismo, por la libertad y los derechos y que luego se adentraron en la transición para liderarla sigue siendo gigante. En Sevilla le han puesto una glorieta, y eso que el alcalde, Juan Ignacio Zoido, no es precisamente zurdo. Fue a iniciativa de IU. Importantes cargos se dieron cita en la tal glorieta ayer, incluido Antonio Maillo, coordinador regional de la coalición. Nadie es profeta en su sierra. En una de Soria nació Marcelino Camacho, pero le han puesto una glorieta en Sevilla. Aquí somos más de poner calles. Naces, creces, criticas al gobierno, te reproduces, mueres y a poco que hayas escrito un epitalamio o hayas construido un puente te ponen una calle. De esas nuevas de las urbanizaciones, en las que sólo hay peluquerías para perros, clínicas dentales y alguna franquicia de pamelas. Sin embargo, ya para tener un bulevar o avenida hay que hacer más méritos. Entre ellos, haber nacido en otra parte. Aquí somos más de poner pijadas en las rotondas, guirlandas, delfines, bolas, oropeles, floripondios o motivos marinos. Las hay por toda la antaño 340 y habría para ponerles el nombre de cada uno de nosotros. Pero eso sería mucha lucha. Y ya no se lleva luchar como antaño. Ni el cuello alto.

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