Juegos vacacionales

­Estoy pensando en organizar una ceremonia para el comienzo de los Juegos Vacacionales. Hay que celebrar el pronto comienzo del asueto. Tal vez lo mejor sea una gala por la que vayan desfilando los grandes personajes de mi historia reciente. También habrá grupos musicales, baile y retransmisión por televisión. Actuará en primer lugar la neurona encargada de las paridas, calambures, juegos de palabras, sinécdoques y anadiplosis, que este año ha estado muy recargada de trabajo. Ahora le dices que improvise un chiste y sólo le sale el del oso que entra a un bar, todo el mundo queda extrañado y temeroso, va el oso y pide una cerveza, se la bebe, pregunta cuanto es y el camarero le dice que tres euros. El oso paga, sale y uno dice, madre de Dios, qué susto, jamás había visto un oso en un bar. El oso lo oye, se vuelve y responde: y con estos precios no vais a ver muchos más. En los Juegos Vacacionales habrá medallas de oro, plata y bronce para el levantamiento más tardío. Una dura competición para la que hay rivales muy duros. Una vez me levanté a las dos y desde entonces la marca está ahí, imbatible, rozada apenas por un sábado que puse pie en el suelo a las 13.42. También está el medallero reñido en las dos horas obstáculo en modalidad chiringuito. El record está en un día de 2007 en el que la paella tardó sólo veinte minutos, nadie tiró nada, hacía menos de cuarenta grados, tenían postres caseros y el camarero no insistió en que nos iba a poner un plato de jamón. También habrá que poner a competir a los viajes, aunque ahí claramente tienen ventaja desde hace años los baratos. Antes elegías destino, ahora eliges precio. De Eslovenia y su nunca bien ponderado pasado, cruce de culturas que diría una guía ochentera, pasa uno a sopesar Cuba, pero pesa demasiado y se asoma por la siguiente página del periódico una oferta para Dublín. Para cuando se lo has comentado a tu pareja ella ya ha visto otro posibilidad más barata, tipo Palencia. El viajero moderno es un hombre que en una cama de Palencia aguarda volver a su tierra leyendo una guía de Eslovenia vendida por un señor que pensaba que sólo existía Eslovaquia.

Leer es también una gran competición veraniega. Contra uno mismo, contra la televisión, contra el twitter y contra el niño de abajo que no veas como grita cuando lo bañan. Hay gente que pone como excusa para no leer que no tiene tiempo. Luego llega el verano y se aburren. Si se aburren es porque no leen. Y si se aburren es que sí tienen tiempo. Incluso una historia del aburrimiento, que tal vez esté por redactarse, podría ser buena lectura. Leer es alegre y divertido, si uno tiene el buen gusto de no embarcarse en una gozosa mañana de primavera en las coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique, al que todavía hay gente enviándole su más sentido pésame. Leer alarga la vida porque añade experiencias y te da a conocer el mundo y sus gentes. De ahora y de siempre. Es también una competición de la imaginación. Hay quien dice que en vacaciones no lee nada para así desconectar. Es la misma gente que no lee nunca. Diga lo que diga. El que tiene el hábito de leer es como el que tiene la costumbre, no sé, de respirar. Por ejemplo. Hay competiciones de ver quién aguanta más respirando. En ellas participa gente que no lee.

El deporte de no coger el teléfono, muy practicado también en invierno y horas de trabajo por no pocos, alcanza su máxima cota de virtuosismo en el periodo vacacional. Lo ves, ahí desgañitándose el muy bribón, dando tonos distintos pero te haces el longui y la satisfaccion máxima se alcanza con las diez llamadas perdidas. No sé dónde irán las llamadas perdidas. Tal vez a un mundo paralelo donde las consersaciones que nunca se tuvieron se entremezclan en un bucle continuo que se va expandiendo. Voces y voces encerradas en un contestador o en el cerebro del tímido que no habla con máquinas. Todo como en un juego. El bendito juego del descanso y las vacaciones, muy practicado ahora, con miles y miles de pueblos y ciudades en feria. Compitiendo contra el presente. Olvidandonos de la realidad. Luchando por huir de ella.

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