Conducir, ese gran reto

­Cuidar las plantas es un deporte de riego. Para gente más tranquila están los deportes de aventura pero cotidianos. O sea, conducir, por ejemplo. Dicen que cada cual conduce como es, una máxima que el que suscribe se niega a aceptar. No puede haber tanta gente torpe. La forma de conducir también es una extensión de la personalidad. El que pita mucho grita mucho por lo general, lo cual no quiere decir que el que meta mucho la marcha atrás no sea partidario de los anticonceptivos. Los coches son también símbolo de progreso, de estatus. O una declaración de principios. Tener un cuatro por cuatro en la puerta del chalé es en Estados Unidos haber triunfado. También en La Moraleja. En Dos Hermanas o en Comares puede significar que eres agricultor o que tienes familia numerosa. Allí como en otros muchos sitios si haces dinero no te compras un cuatro por cuatro, sino un deportivo. Otra cosa es el segundo coche. Siempre un utilitario. No entiendo por qué se les llama así, cuando son más útiles los grandes. Los chicos son más fáciles de aparcar. Nada más. La gente con dinero se compra un coche grande y luego una plaza de parking. Aparca el coche grande y entonces se compra uno pequeño que no puede aparcar y siempre usa. La mayoría de los atascos los forman legiones de coches pequeños a bordo de los cuales van adinerados buscando aparcamiento para el coche fácil de aparcar. Les preguntas para qué quieren el grande y te dicen que para la carretera. Como si lo de la ciudad fuese chicle.

Pichote está a punto de ser un visionario. Aquello de vender el coche para poder comprar gasolina ya no es broma. La gasolina vale lo mismo pero cuesta cada día más. Aún no variando de política, o sea, echándole siempre veinte euros, la cosa se complica porque cada vez llegas menos lejos. Un coche le dará independencia, decían antes los lemas publicitarios. Ahora te dan esclavitud. Que no se te estropee el coche es un síntoma de ser afortunado vitalmente. Hay gente que preferiría que le durara más el delco que el corazón. El peatón es un conductor renegado. Ver el mundo era un privilegio antaño de unos pocos. Ahora también. O eres piloto o tienes para gasolina. Ambas tribus son pequeñas. El que no haya aprovechado la época esa en la que los mismos de siempre vivían muy bien y que ahora nos dicen que éramos nosotros los que vivíamos por encima de nuestras posibilidades, lo lleva crudo. Nos quedan los Trivagos y viajar a oferta. O sea, no donde uno quiere, sino donde las ofertas dictan. Te apetece ir a Islandia a fusionarte con la naturaleza, ver la laguna azul y pasar un poco de frío en septiembre pero acabas en Gabón porque hay una oferta dos por uno con granizada gratis. También puedes quedarte en tu terraza: ahí hay un toldo incluido.

Este artículo iba sobre la conducción. Se nos han metido por medio los viajes y parece entonces que el destino son los cerros de Úbeda. A veces también vamos donde nos indica el copiloto. Siempre que no sea de esos que te dicen: «Para allá». O «para acá». Con lo  fácil, útil, justo y necesario que es decir a la izquierda o a la derecha…  Conducir es como el sentido del humor, que todo el mundo cree tenerlo y además en mayor proporción que los demás. Todo el mundo cree que conduce bien y que son los demás los que lo hacen mal. La opinión imparcial puede ser la de la Guardia Civil de Tráfico. Una multa es un rejón en tu trayecto. Una mancha en tu expediente de explorador de carretera. La prudencia ha de ser la norma y no hay que considerar que la experiencia es un grano. Sacarte el carné de conducir es un rito iniciático. Junto al primer beso, aprobar la selectividad, elegir marca de colonia  y lograr abrir un zumo de esos donde pone abrefácil, constituyen las pruebas incuestionables de que eres ya adulto. O de que has ingresado en el sistema. De donde saldrás por la autopista hacia el cielo y con los pies por delante. Miren por los retrovisores. Son los únicos espejos que no nos devuelven nuestra imagen. Se siente uno un poco vampiro.

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