Gobierno de uno mismo
He presentado mi candidatura a la reelección para gobernarme. Ya tengo los avales de las piernas, claro, no las muevo mucho, todo el día sentado delante del teclado o conduciendo o tumbado en el sofá. No les doy mucho trabajo. Lo que ignoran son mis planes para el otoño. Tengo el aval de mis manos, siempre alejadas de duros trabajos, jamás han cogido un pico y una pala. Pero que nadie piense que los tengo subsidiados o comprados, dejándolos holgar y no hacer nada. También tengo el aval del pelo, al que le gusta la anarquía, no recortarse, no pasar por peluquerías, desmoronarse por detrás en rizos, ir libre con el viento. El corazón no. El corazón no me apoya. Pero a ese le prometo yo una delegación en cada puerto y me lo gano en un pis pas. Una vez me exigió primarias contra el cerebro. Pero perdió. Desde entonces no es que lata de otra forma, pero lo noto raro. De hecho, antes me sorprendía con alegres corazonadas, que eran instrumento muy útil para anticiparme a no pocos acontecimientos. Ahora no me da ninguna. Sí, está un poco en plan, ¿no ha ganado el cerebro?, pues hala, que haga él lo que quiera. Con el cerebro no me he sentado todavía a hablar de avales. El cerebro es muy de no avalarte y luego sí votar por ti. Le gusta acojonar. Al contrario de lo que le pasa a las piernas, éste trabaja mucho. A veces para que no lo haga tanto, siempre me conduce a actividades cansadas, me meto en el cine y así se queda absorto, distraido durante un par de horas. O tres, como el otro día viendo la última de Batman. Claro que al salir se puso a elucubrar una disgresión sobre los paralelismos entre la rebelión que alienta en Gotham el malo y el descontento actual de los indignados o la clase media y tuve que abrir un libro para que se metiera mucho en él, a ver si me iba a montar una rebelión en casa. Lo malo es que cogí el primero que vi y resultó ser ‘Guerra y paz’. Qué susto. No están los tiempos para soliviantar a nadie. A los cubiertos por ejemplo, que siempre andan quejosos de sus bajos salarios y de lo muy apretados que están en los cajones. El viernes sin ir más lejos hubo una pelea en la ensalada y los cubiertos en vez de separar a la cebolla y el atún, que pegan pero también se pegan, se pusieron a armar jaleo y bulla. Cuando en la ensalada hay pelea, la lechuga grita ‘aquí hay tomate’.
Lo de volver a gobernarme no es por apego al poder. De hecho, antes he vivido gobernando a otros y en otra etapa mi yo estaba delegado en el estómago. Otro tiempo gobernó la intuición, mientras yo me dedicaba a la empresa privada. Arruiné dos y tuve que pedir el reingreso. Me dieron una plaza de adjunto en la cabeza, todo el día de juerga con las neuronas, mientras nos gobernaba una chica de Oregón que hacía muy bien la paella y a quien le encantaba pasear por la playa los días impares. Me hacía poner la mesa y me prohibió los calcetines de colores, pero yo estaba cómodo no teniendo que gobernar. Ella decidía donde comer o donde ir de vacaciones. Elegía las camisas, el mobiliario y las fundas del sofá. Y eligió que no fumara. Pero ya estaba eligiendo mucho y un día me fui a por tabaco.
El plazo de candidaturas se cierra en breve. No sé si tendre rivales. Hay por ahí algún órgano en excedencia, como el duodeno y están los ojos, con los que siempre hay que contar. Una vez quiso mi cuerpo ir por la vida sin ojos y se dio un golpetazo contra una columna. La columna si me apoya, sería el colmo que me doliera. Uno que escribe en los periódicos no puede tener fallos en la columna. A los periodistas a veces les duele la espalda a cinco columnas. Dentro de poco presentaré mi candidatura y quienes serán mis ministros en caso de victoria. Quiero ser un hombre de consenso aunque me gusta más ser de Málaga. Gobernaré sin sectarismos y alejaré de mi a la camarilla que ha negado derechos históricos de autogobierno al apéndice, al bazo y al píloro, que suena como a cloro. Trataré de que viviamos no como un rey, sino a cuerpo de rey.
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