Cuestión de maletas
Tal vez lo mejor del viaje sea planificarlo. Dicen los cursis que los viajes son en realidad una manera de buscarse uno a sí mismo. Yo por mi parte he tenido la mala suerte de tenerme que dedicar mejor a buscar las maletas que me han perdido las compañías aéreas. Que no sabe uno por qué se llaman compañías si siempre te dejan solo en trances similares. Deberíamos hacer dos maletas indicando en la que va vacía que esa es la apta para ser perdida. Hay un limbo de maletas perdidas o un cementerio de maletas olvidadas, igual que el cementerio de libros olvidados de Ruiz Zafón en ‘La sombra del viento’. Las maletas se prestan a los juegos de palabras. Hay (m)aletas de buzo y jugadores que son unos maletas, la maleta es un arma cargada de futuro y ‘maleta mucho de verte’, que diría uno borrachillo al encontrarse con un amiguete. Y en ese plan.
Las maletas son también fuentes de conflictos. Ellas las prefieren grandes…, ejem. Y ellos pequeñas. Por lo general y sin generalizar. A él puede bastarle con siete camisetas y dos bañadores para una semana en Cancún –también es que es más guarro- y a ella no se le olvidan los siete trajes fashion por si acaso el embajador de Francia está allí también de vacaciones, se cruza con Gunilla Von Bisckmar, que ha ido al súper, y deciden entonces invitarlos a un cóctel informal a la caída de la tarde. De lo que se caen es del guindo cuando comprueban que salvo las chanclas poco más les ha hecho falta. Sobre todo si están recién casados o hace poco que se han conocido. Hay gente a la que le cabe toda una vida en la maleta y gente que su vida son las maletas. Bien porque tengan una tienda en que las vendan o bien por ser gente inquieta, viajera, vulgo culo de mal asiento o viajantes de comercio. Una maleta que no cierra no lleva la dieta adecuada. Las maletas que revientan no digieren bien las camisas. El verdadero gran invento que ha hecho progresar al hombre no es la rueda, sino las maletas con rueda. Cuesta recordar pero no hace tanto, no, las maletas no tenían ruedas todas. Da agujeta, grima y pereza sólo de pensarlo. Ahí es nada esos pasillos largos y largos y uno o su criado arrastrando las maletas o cargándolas al hombro o llevándolas en peso. Y si sólo es ropa, anda. Lo malo es la gente que se empeña en viajar a todos sitios con su piano o su acordeón. La cosa suena mal, sí. Las maletas de piel se quejan más. Tal vez tienen aún el alma del animal al que pertenecía la piel. Las de piel de cocodrilo tienen cremalleras que parecen dientes pero las de piel de conejo no son más veloces. Dos maletas iguales es un error de la naturaleza. Y una broma del azar si coincides en el mismo aeropuerto. La maleta tiene muchas virtudes. Tal vez por eso no tiene masculino. Unas maletas siempre son dos o tres, no como las gafas, que también es en plural pero es sólo una. Ponerle a alguien las maletas en la puerta es querer que salga de tu vida. Ponerle las gafas es dejarlo en ella pero tener muy mala leche.Se iría tropezando con los jarrones y las mesas, las columnas y los muebles hasta llegar a la puerta. En una buena maleta cabe todo, incluso este artículo.
En Cuba, maleta es también joroba y en Perú, espalda. En coloquial, maleta es un torero o futbolista malo y en poesía es una palabra difícil de colocar. No pega ‘maleta’ en un soneto ni una oda, tal vez en un pareado de andar por casa o un epitalamio. Claro que después de que Machado dijera lo de ‘ligero de equipaje’ poco más en lírica se puede añadir sobre maletas y similares. La maleta es también el espejo del alma y no sólo se hacen para llegar a algún sitio soñado. También se preparan para huir de donde estás. Deshacer la maleta es un acto de melancolía o un saludo a lo nuevo y excitante. Casi siempre, según si el mar se ve o no por la ventana.
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