Un ratito en la piscina

M­i amigo Arturito Torremocha me acompañó el otro día a mi piscina. Bueno, a la piscina de mi comunidad. A la piscina que tenemos todos a medias con el banco, vamos. Frente ancha, nariz aguileña, rectitud y bondad en el espíritu y ciento vente kilos en canal, ustedes ya lo conocen de otros años. Camiseta blanca sin mangas con la inscripción ‘Ceda el vaso’, Arturito quería comprobar de primera mano la piscina en la que de cuando en cuando se remoja su amigo el plumilla. Claro que más que de primera mano, lo fundamental en una piscina es comprobarlo de primer pie. Si te cubre o no, o sea.Y allí nos plantamos. No faltaba de nada. Ni las criaturas. Las criaturas que no falten. No los niños, que suelen ser adorables o para comérselos. O nuestros. No. Los seres preadolescentes (pero muy pre) cuyas cinturas adornas hermosos pliegues que son fruto sin duda de lo mucho que sus nunca bien ponderados progenitores han invertido en Bollycaos, gominolas y sanas meriendas a base de pan con su correspondiente untazos de nocilla, mortadela italiana o mantequilla con chorizo. Zurrapa no. La zurrapa ya se la comen ellos. Esas criaturas, esas, que se lanzan con furor al agua no de manera esbelta y grácil, de cabeza o haciendo el salto del ángel. No. En bomba. Una bomba que genera salpicones, que si al menos fueran de marisco serían tolerables. Salpicones y un estruendo perturbador acompañado de gritos, tal vez émulos de cuando a uno lo queman en una hoguera. Pero no pasa nada, porque la madre del ‘bombo’…

-Oiga, ¿eso qué es?

-Bombo: el que se tira en bomba (nótese la apuesta de este artículo por crear neologismos) .

Decimos: la madre del bombo en cuestión siempre está solícita para arreglar tal cuestión y las molestias y contribuir así a arreglar una situación que de resultas ha despertado de la siesta a don Ángel, el administrador. Entre otros. ‘Niño, hijo, no molestes, tírate otra vez y ya la última, ¿vale, Luis David’? le dice la autora de sus días.…

Pero señora, vamos a ver, ¿cómo que la última?, pero no ha visto usted que Luis David hace más ruido que siete motos, salpica más que un aspersor manejado por Hitler y que se ha tirado ya treinta y ocho veces? A todo esto, la señora lo de regañar a su Luis David lo ha dicho distraidamente, como la que no quiere la cosa. Claro, no quería perder comba de la conversación de al lado. Cinco hombres y mujeres de unos sesenta años. Que estaban hablando de enfermedades, claro. Y resulta que, en el momento del bombazo del bombo, la santa madre del educado nadador no pudo escuchar el sin duda apasionante final digno de un escritor realista comprometido con su tiempo de un relato que comenzaba, “hija de mi vida, es que cuando yo vi a aquel médico tan guapo con esa dulzura hablando y me dijo, doña Eulogia hay que abrir desde la ingle hasta el cuello y sacarle no sé qué que lo tiene usted una mijita averiado…

Ayuna y huérfana de tan atinado y bien hilado relato, digno de un Proust o del mismísimo Boris Izaguirre, la madre del bombo opta por no volver a hablar, con lo cual el encantador pre adolescente (pero muy pre) consigue su chapuzón por el método bomba número enésimo, que es el que termina por desquiciar a don Cástulo, el del Tercero B, sobre todo porque genera un efecto imitación. No es que la gente quiera ser como don Cástulo, no. Queremos decir que otros tiernos infantes lanzas sus vientres contra el agua generando un efecto multiplicador en el ruido y el salpicado que muy atinadamente acertó a resumir Elías Lamadrid, corredor de seguros abulense, realquilado en la urbanización por quince días: “Aquí no tiene paz ni Dios, hostia”.…

Pero en en medio de toda esta algarabía no me percaté de que Arturito se me había despistado. Lo vi venir de nuevo hacia mí. Estaba leyendo un rato, plumilla, me dijo. ¿El periódico?, le respondí. No. Estoy hasta mareado. Estaba leyendo el letrero de la entrada a la piscina: prohibido introducir comida”, pero no dice donde. Prohibido jugar a la pelota, prohibido bañarse después de las 21 horas, prohibido circular por el recinto adyacente sin camiseta, prohibido entrar con perros y gatos; prohibido jugar con raquetas; Prohibido realizar conductas ajenas al decoro, prohibido hablar con el socorrista, prohibido… Lo paré en seco. En piscina, mejor dicho. Lo invité a quitarse la camiseta y darse un chapuzón. El corillo de al lado hablaba de una operación de cataratas realizada en Alpedrete. Un bombo correteaba con una pantera rosa (el pastel) entre las manos. Arturito me miró y me dijo, compadre, no hay más remedio. O sea, pensó, donde fuere haz lo que vieres: se tiró en bomba. La de Dios es Cristo.

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Comentarios

Gran estreno de los Cuadernos de Verano.

Arturito dará mucho juego y juego esta verano.

Un abrazo, José María

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