Jamón York y mancomunidades
Decía De Gaulle respecto a Francia que "resulta imposible gobernar
un país con más de quinientos tipos de quesos". No sabe uno si es gobernable
un país, España, con más de mil mancomunidades. En algunos sitios son útiles
consorcios de agua y basura, en otros son auténticas diputacioncitas. Las
hay como los grillos, se hacen notar pero nadie sabe dónde están.
Otras parecen un jarrón, ahí permanecen sin que se sepa muy bien para qué.
Las hay de costa y de sierra, de montaña y catalanas, andaluzas, gallegas, rurales o urbanas,
con áreas salud, incluso. O de bienestar social. Las habrá con bedeles, paneles
solares y jefe de protocolo. El Gobierno las quiere eliminar por redudantes.
Son el pleonasmo de las instituciones. Dedicar un artículo a las mancomunidades
y que no se te vaya el lector a las primeras de cambio tiene mérito. El del lector,
queremos decir. Escribir sobre una mancomunidad, vaya palabro, es tal vez
como hacer versos a un polígono, dedicar un soneto a la metalurgia, escribir un
haiku sobre el jamón york o componerle un himno al hilo negro. No es muy usual.
Tampoco lo es que alguien se ocupe de ellas. El Gobierno de Rajoy quiere hacerlo. Para liquidarlas. Las que nos quedan más cerca han servido pare enchufar mucha gente, aparcar a algún político, gastar mucho en publicidad y ser arma arrojadiza entre el PSOE y el Partido Popular. Lo ideal sería preservar el factor humano. Es decir, no echar a la gente a la calle, salvo enchufadísimos contracorriente, sino reubicarla y, eso sí, no ir reemplazando al que se jubila, casca, exilia o renuncia. Demasiadas instituciones en un país de ayuntamientos, autonomías, diputaciones y un corto etcétera que sin embargo se nos hace largo de mantener. El otro día Felipe González apostó en Los Desayunos de Televisión Española por reducir el peso del personal de las administraciones en un veinte por ciento. E ir haciéndolo de manera gradual. Evitando traumas. Bueno, es una fórmula. A lo mejor lo suyo sería crear una comisión a tal efecto. Pero en este país una comisión se eterniza y en cuanto te das la vuelta, los trece u ochenta tíos que la componen se organizan y te montan una mancomunidad. Con sus edificios lujosos, como el que vio uno hace unos meses en una provincia castellana. Con sus coches oficiales, plenos estúpidos con más frecuencia de la normal para que los alcaldes y concejales que la forman se lleven dietas impresentables en sesiones llenas de la más absoluta nada de nada porque son asuntos técnicos que resuelven bien los técnicos. Y en ese plan.
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