Yo el Supremo

Vamos sabiendo más de las jornadas y noches -no precisamente toledanas- del juez y presidente del Supremo, Carlos Dívar, que cargaba al erario público sus mediodías de bufé en el Marbella Club, las suites en el Meliá de Banús, los almuercitos al itálico modo en pizzerías horteras pero caras, y en ese plan. Veinte días libres siendo laborables en un corto periodo, viajes de jueves a domingo para un acto de hora y pico, entrevistas oficiales con concejaletes y alcaldes que sólo figuraban en su imaginación. Las entrevistas, no los alcaldes. Los medios de comunicación van haciendo el trabajo que a la Fiscalía (¿hay delito de desidia?) no le da la gana hacer. Mientras existan periódicos (no hablamos de soportes, pero también…) estas cosas saldrán a la luz. Y hasta que no despidan al último redactor de la última gaceta, camino vamos de ello, habrá un sabueso que huela por donde un poderoso va dejando el reguero de la mamandurría, la poca vergüenza, el usted no sabe con quién está hablando y el póngame otra y cóbrese de esta tarjeta. Hip. ‘Yo, el Supremo’, bien podría pensar Dívar de sí mismo parafraseando el título de la obra de  Roa Bastos. Un juez que sin embargo quería vivir como un rey. Que hacía discursos poniendo el acento en la necesidad del comportamiento ejemplar. El PP y CiU han impedido que comparezca en el Parlamento. Su argumentación es que un poder, el legislativo, no puede fiscalizar ni entorpecer a otro, el judicial. Lástima que todos sepamos que eso no es un argumento, sino una coartada infame, tendente a tomar al personal por estúpido. Son algo así como escrúpulos sobrevenidos. Como si no se hubieran pedido, y conseguido, cientos de comparecencias de poderes ajenos al Parlamento. De responsables del CNI sin ir más lejos. Nada más y nada menos. En el Marbella Club se dice por la mañana ‘buenos Dívar’ y aquí la peña está morbosa por saber quién es el comensal con el que Dívar comparte vino tinto, tortilla francesa y tomate raf. En los partes de gastos pone dos personas (salvo la noche de Reyes, tal vez porque ha sido un niño malito) pero Dívar no habla de quién le acompaña. Ahí hay terreno para la maledicencia dañina, pero también lo es la falta de información y transparencia. Puede que Dívar esté amortizado, pero siempre es mejor que te amorticen cuanto estás ya harto de jamón. En estos tiempos tristes se amortiza a la gente con diez mil euros después de una pila de años en la empresa y con el estómago lleno, pero de mortadela. Bonita (in)justicia poética.

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