La caña de España
Se oye hablar de política en los bares. Los sombras y mitad, los cortados y los crepes, las tostadas y el aceite se mezclan con la prima de riesgo y ya son doctos en economía los camareros, que no aciertan con la temperatura del café quizá pero sí con las soluciones para Bankia. “La bankia gania”, dice un ingenioso en la barra, que seguramente no sabe lo que es el twitter, que aún fuma Ducados y que triunfaría en esa red social. Es un aforista, un Séneca, lleva gorro a lo taurino, camisa de cuadros (si pongo a cuadros, me regañan) de manga corta y hace filosofía a las doce de la mañana, lo cual al cronista, como sagaz policía que ve colillas y dice ‘aquí han fumado’ lo lleva a pensar que es del club de los cinco millones de golpeados. En espera de destino, se decía antes cuando uno quedaba transitoriamente sin empleo. Ahora no hay destino, o como lo intuimos negro, lo que hay es presente. El tal Séneca de cuadros tomaba antes el café punzante bautizado en anís en Anglada, en calle Nueva, donde ahora sólo toman polvo los fantasmas de generaciones que se hicieron gordos de mirar sus vitrinas llenas de ‘locas’, ‘carlitos’, ‘milhojas’ o tortas de almedra. Anglada cerró pero las barras y los bancos en apuros son infinitos, para un café siempre hay y el Ducados es el robo menor de todos los que nos perpetran. La hora coincide con la visita de los príncipes, justo en el día en el que la radio habla mucho de la pitada que le van a meter a Felipe el día de la final de Copa. Le van a meter una bronca más grande que vestido de árbitro. Se habla más de Merkell que de Messi. Es la primera vez que hay más gente que sabe quién manda en Francia que quién entrena al Atlético de Madrid. Las palomas parduzcas de la plaza de Félix Sáenz parecen hambrientas y envidian a sus primas de la plaza de la Merced, blancas y saltarinas, a la que las gentes alimenta por que ven en ellas el mito de Picasso. Incluso entre las palomas sigue habiendo desigualdad, según el sitio en el que nazcas y el color de piel que tengas. El aforista explica echando humo en la puerta por qué se dice eso de palomo cojo y alguien le dice que maricón es una palabra horrible que, además, suena a bóveda. Él mira la hora y medita la respuesta que dar a un parroquiano que le ha preguntado qué es el corralito. “Es como si le doy por adelantado veinte euros para café al rubio y luego vengo y me dice que no me da café y que no puede devolverme los veinte euros”. El rubio es un cincuentón calvo de los calvos de ni un solo pelo, pero así es el ingenio o mala baba y ahí está él, diez años sin usar un peine. “Rubio, ponme una caña”.
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