La ola final
Los principales candidatos por la provincia del Partido Popular y el PSOE coincidieron ayer en darse un garbeo matinal por zonas portuarias, el Muelle Uno o la estación de cruceros. Querían que las últimas fotos fueran al sol, con la mar serena detrás, una mar malagueña muy metafórica. Por fuera con un cautivante azulón turquesa limpio con un cielo velazqueño impoluto y un crucero elegante levitando. Y debajo, la mierda también llamada nata por mor del inconcluso saneamiento integral. Ayer había muchos cruceristas por el centro de Málaga. Van en grupo con pantalones cortos y unas audioguías con funda naranja que les cuelga del cuello a través de las cuales una voz robotizada les explica que este es un pueblo viejo y sabio que molía pescado cuando los romanos, se bañaba en fuentes con los árabes y fue fundado por los fenicios, de quien nos ha quedado la afición por surcar mares pero no la costumbre de hacer dinero. Los cruceristas tienen que ver antes de zarpar a las cinco la catedral inconclusa, los muros de la Alcazaba, las tiendas de souvenirs y elegir entre el Picasso y el Thyssen, si bien a ojímetro calcula uno que no es opción descartable dejar ir el tiempo en este enclave del Sur de Europa en alguno de los abrevaderos de vino de la tierra, que atrae transmutado de silla en vía pública y camarero sonriente. Hubiera sido buena foto un grupazo de turistas, tal vez nórdicos o alemanes, esquivando a un tío en un atril que se cree la solución para Andalucía frente al que aplauden convencidos y fervorosos quienes piensan que en realidad la solución son ellos pero que habrá que darle tiempo al tiempo. La campaña es una burbuja en la que dentro hay gente que va a lo suyo mientras por al lado pasa la realidad, que es un crucerista que puede confundir a un candidato a parlamentario con un estibador y preguntarle entonces donde hay un tablao. Los socialistas se fueron a la estación marítima, que es moderna y minimalista, con mucho acero y proyecta modernidad. Es una versión de Andalucía, que no todo es muermo y un tío matando la tarde en un pueblo de Jaén donde pasó algo destacable hace ya diez o veinte años. Los populares merodearon más cerca del Muelle Uno, que es algo comercial y pinturero, flor de la iniciativa privadad, donde lo mismo te compras un bolso que comes un arroz a veinte euros que te compras unas botas fashión tope o te das a los botellines de cerveza Victoria a precio bajo con papelón de gambas, que es, por nuestra idiosincracia y poder adquisitivo, lo que está triunfando en esa zona. Donde un listo soñó un local de Loewe del que salía una top model y entraba un cincuentón con despacho y BMW han puesto picadero de patatas fritas. Y nos encanta. Y en ese plan. Los políticos se van a prometer en las postrimerías de campaña al borde del mar, que nos da milenariamente boquerones y sardinas, alegría para las venas y fuentes de salud, si bien en las bocanas o pantalanes donde ellos mitinean abundan las lisas, que se alimentan de desperdicios y que luego las multinacionales las trocean y nos las venden congeladas como palitos de merluza. Málaga ha vivido de espaldas al mar, dice el tópico, que generalmente bien ha podido escribirlo alguien desde su terraza del Limonar con vistas al Mediterráneo. Ahora se vuelca en ella, imanta cruceros, regenera playas, construye paseos marítimos, alinea bloques, proyecta auditorios y erige palmerales donde van los políticos a llenarlos de palmeros. El azul del agua y el cielo alienados es el mejor fotocall del mundo, endulza, suaviza y relaja. Unos tienen nervios de victoria, otros de derrota. El agua no les salpica, aunque por encima les pasa la espuma de los días, que nos devora a todos echándonos el tiempo encima. Y de esa ola no nos libramos ninguno.
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