Cuento (político) de Navidad

El dogmático se levantó con un fuerte dolor de cabeza. Me duelen las ideas, le dijo a su mujer, que a esa hora elegía perfume desnuda en el cuarto de baño. Querrás decir la idea, cariño, porque tu sólo tienes una, le respondió ella. Eso, la idea, me duele mucho, añadió. Tómate otro ‘liberalín complex’. El dogmático rehusó la sugerencia, se revolvió en la cama y pensó en que le iría mejor un ‘socialdemocratín’ en cápsulas. Pero todo era inútil. Sabía que cada vez que la idea le dolía lo único que le aliviaba era la lectura. Pero no podía leer con dolor de cabeza. Era una paradoja en la que estaba atrapado desde hacía años. De hecho, hacía años que no leía libros. Su mujer le trajo un vaso de café negro y un bollito. Él se lo agradeció y pensó que si la idea le dejara en paz, si la idea se esfumara, podría abrir espacio en su cabeza para la idea de abrazar a su mujer y perderse en su cuerpo, en el que reconoció un perfume como de metal frío y vainilla. La observó elegir un traje de chaqueta negro con blusa malva, tacón medio y un collarcito de plata. Le dolía la idea en el peor día. Tenía comité ejecutivo de dirección regional. Precisamente hoy. Tenía que ir a exhibir su idea, a defenderla, a usarla como convencimiento-coartada que activa y justifica cualquier acción. Puso la radio que le regaló un compañero, en la que sólo se sintonizaba una emisora. La emisora. Accedió a Internet y consultó los titulares del único diario que consultaba. El diario. Leyó un titular pero recordó que no debía leer ni le apetecía y pidió a su mujer que le leyera. Sólo los de política. Su mujer se sintió atraida por una noticia deportiva, por un reportaje sobre los apuros económicos de los habitantes de un barrio de la ciudad y también por la meteorología y el estreno de una película francesa de acción. Él le recriminó que perdiera el tiempo con semejantes cosas y que se las leyera a él. Necesito estar fresco, le dijo. Necesito tener sólo la idea en la cabeza para que se me vea bien, me sigan teniendo en cuenta, no puedo llenar mi cabeza con cosas que me distraigan de ella, así que no seas irresponsable, le recriminó. Se incorporó, se miró al espejo y se metió en la ducha. No se lavó el pelo. No quería frotar la cabeza por miedo a mover la idea y que el dolor se le extendiera. Elígeme un traje, gritó desde la ducha. Salió de ella y econtró el traje azul, la camisa blanca y la corbata color grana extendidos sobre la cama. De hecho, todos sus trajes eran azules. Se vistió y luego volvió al baño a ordenar en fila y por tamaños, de mayor a menor, los botes de champú, gel, acondicionador, etc. de la estantería. Como hacía cada mañana desde hacía veinte años. Le dio un beso a su mujer, bajó a la calle y cayó en la cuenta de que el carmín de los labios de ella era de un color distinto esta mañana. Paró un taxi,luego de recorrer doscientos metros desde su portal con punzadas en las sienes. Lléveme a la sede de mi partido, ¿sabe dónde está? No tengo ni idea, respondió el taxista.

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Comentarios

FELIZ AÑO 2009. Que sigas escribiendo muchos cuentos de Navidad, sean o no políticos, y cuadernos de verano. Muchos besos

Gran historia, enhorabuena. Como en los buenos cuentos, diciendo tanto con lo que no se dice o insinúa como con lo que se dice

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