El alcalde en la salita

No puede uno dejar de ver algo chistoso, como de quiero (ser) y no puedo, en esos mensajes navideños televisados que ahora lanzan, a imitación del que nos regala cada año el monarca, los alcaldes. O presidentes de Comunidad. Demasiados mensajes. Aunque, bien visto, te da posibilidad de elección, lo cual es un consuelo. Si, porque si no eres monárquico y no te da la gana ver al Borbón animando a tirar del carro, puede que seas autonomista y entonces tienes la alocución de tu presidente de Comunidad animando a fusionar cajas, pongamos por caso. Pero si tampoco crees en la descentralización del Estado de las autonomías creerás en las bondades de tu pueblo. En sus posibilidades futuras, al menos. Entonces tendrás un primer edil que se asome, qué entrañable, a tu salita en Navidad. Un árbol de ídem, un traje anodino, una silla marrón, un cambiar de mirada a las cámaras de forma tan supuestamente natural que se ve ensayada ad infinitum… Los mensajes navideños de los próceres tienen mucho de paternalista, algo de pedagógicos y no poco de calmante de la vanidad del que los lanza. Salvo en el caso del monarca, que debe estar muy a salvo de esas necesidades que el ego sí nos reclama quienes no tenemos sangre azul. Francisco de la Torre ha felicitado a los malagueños las fiestas a través de un mensaje que le permite salir en las televisiones y en los enflaquecidos periódicos del día siguiente dándonos ánimos para afrontar la crisis, lanzando veladitas mini soflamas contra otras administraciones y repasando proyectos, incapacitado como está para desearnos feliz Navidad o feliz Semana Santa o feliz verano sin soltarnos las muchas obras, proyectos y acontecimientos que a Málaga le deparan en el futuro. Hablar del soterramiento de las vías del tren en un mensaje navideño es hablar mucho. Es incluir un proyecto (ilusionante sí, transformador, sí, conseguido –en parte- por la fe y la tenacidad del alcalde, sí)…con calzador. Es algo, y eso que lo insertó con arte, que como diría un castizo no pega ni con cola. Desde que Roosvelt inaugurara ese género del discurso radiofónico semanal a sus conciudadanos, una ola de imitación se ha ido extendiendo lentamente acompasada por el crecer de las posibilidades tecnológicas. Ya mismo dan mensajes los presidentes de Mancomunidad y, por qué no y a lo mejor con más razón, los presidentes de diputaciones, que a fin de cuentas son ‘presidentes’ de una provincia. Lo de los mensajes va camino de ser como las ferias turísticas. Todos reconocen que vale de poco ir, pero si no vas te critican, no sales, parece que no existes. Los mensajes institucionales televisados, si no eres rey, presidente del Gobierno (¿por qué no hace si tendría más motivo?) o un empecinado que se cree jefe de una tribu en la que no se admiten gentes con apellidos de menos de cuatro sílabas, nos persiguen y nos encuentran. Pónganse a salvo. O no. Sobre gustos institucionales no hay nada escrito.

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