Nadie le dijo que era imposible

Hay muchas cosas que no intentamos hacer en la vida porque nos han dicho que no seremos capaces de hacerlas o, sencillamente, que no se pueden hacer. Nos lo hemos creído. Y no las hemos hecho. Es más, ni hemos el menor intento de hacerlas.

No había nadie a su alrededor para decirle que era imposible.

Cuando se piensa que un objetivo es inalcanzable, se acaba por no hacer nada por conseguirlo. ¿Dónde se sitúa la barrera entre lo posible y lo imposible? Y, sobre todo, ¿quién la coloca en ese punto exacto donde la tenemos? La coloca cada persona, en último término. Pero instada por agentes externos. Agentes que tienen, en ocasiones, la fuerza del mandato. La advertencia “tú nunca serás capaz” se convierte, a veces, en una orden.

¿Con qué criterios se elaboran estos mandatos? Con criterios subjetivos, por no decir arbitrarios. Hay padres que determinan el futuro de los hijos haciendo pronósticos que luego, fatalmente, se suelen cumplir. Si tienen varios hijos, generan expectativas diferentes sobre cada uno de ellos. El género ha sido determinante durante siglos. Este va a llegar hasta aquí, el otro va a llegar mucho más lejos. Ella no va a llegar a ningún sitio. Y esas expectativas suelen cumplirse, salvo rechazo o rebelión de la persona que recibe la profecía.

He leído no hace mucho esta pequeña historia que podría encontrarse, con las variantes lógicas de cada individuo, y contexto, en la cotidianidad de muchas personas.
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Madre tigresa

Un libro recientemente publicado en EE.UU ha levantado una enorme polémica. El libro se titula “Battle Hymn of the Tiger Mother” (Himno de batalla de la Madre tigresa). El libro tiene 256 páginas y ha sido escrito por Amy Chua, una mujer nacida en Chicago en el año 1962 de padres chinos que emigraron a EE.UU en los años 60. Está Licenciada en Derecho y en Economía e imparte clases en la Universidad de Yale. Ha publicado, antes de éste best seller, dos libros en el ámbito de su especialidad “World on Fire” y “Day of Empire”. Amy Chua está casada con Jed, un judío americano y han tenido dos hijas: Sophie, de 18 años y Louisa, a quien llaman Lulu, de 15.

El libro se titula “Battle Hymn of the Tiger Mother” (Himno de batalla de la Madre tigresa).

La polémica que ha suscitado este controvertido libro se basa en la pedagogía que utiliza y defiende Amy Chua, no sé hasta qué punto compartida por su marido. Y este ya es un punto relevante sobre el que he visto pocos comentarios. ¿Qué papel desempeña el padre en esta historia? Sólo se habla de la “Madre Tigre”. ¿Y el padre? ¿Pinta algo o no pinta nada? ¿Y qué pinta? ¿Es el amortiguador de la dureza de su esposa? ¿Es otro tigre agazapado? ¿Ejerce realmente de tigre?

La tesis que plantea la autora es que hay que obligar por la fuerza a los hijos a buscar la excelencia. Nada importa su felicidad. Al comienzo del libro expone las reglas que ha impuesto a sus hijas: No dormir fuera de casa, no asistir a fiestas con otros niños (playdates), no participar en obras de teatro del colegio, no ver la televisión o jugar en el ordenador, no elegir las actividades extraescolares, ser el número uno en todas las asignaturas (excepto gimnasia y teatro), no sacar una nota que esté por debajo del sobresaliente (A), tocar el piano o el violín, no dejar de tocar el piano o el violín…
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Por qué ganó la derecha

Una semana antes de las elecciones generales españolas publiqué un artículo en este periódico titulado “Por qué votaré a la izquierda”. El artículo suscitó una animada polémica en mi blog “El Adarve”. Como era previsible, los resultados de las elecciones me fueron adversos.

Es cierto que ganó la derecha, pero también lo es que un sector significativo entregó su voto a una izquierda más radical

Me escribe un amable lector pidiéndome que analice las causas que, a mi juicio, han provocado la aplastante victoria de la derecha. Y lo hace en los siguientes términos, muy sugerentes, por cierto: “Según su artículo, la izquierda tiene mayor sensibilidad y hace mucho más por los trabajadores, por la escuela pública, por la sanidad pública, por la igualdad entre hombre y mujer, por una revisión de la historia más ecuánime y un resarcimiento a los políticamente oprimidos durante cuarenta años, por unas relaciones más correctas iglesia-estado, por la acogida social de los homosexuales, por el rechazo de la guerra, etc., etc., etc. Considero que estos valores son de capital importancia en cualquier sociedad. Por eso, a la vista de los resultados de las elecciones, me pregunto: ¿por qué el pueblo español no se ha lanzado masivamente hacia la izquierda?, ¿los líderes de ésta no han sido capaces de mostrar la riqueza de su oferta?, ¿será posible que a la gran mayoría del pueblo español no le interesen estos valores en ese momento?, ¿las masas han sido embaucadas por los líderes de la derecha y los regionalistas –frecuentemente también de derechas-?, ¿o quizá la izquierda no encarne tan bien como usted dice en su artículo estos valores?”.
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Recortes en educación

Comenzaré diciendo que no soy experto en economía. Ni siquiera aficionado. Pero me cuesta creer que, a base de recortes, se pueda reactivar la economía, mejorar la situación de las familias y generar empleo estable. Sin embargo todas las consignas (¿las órdenes?) que reciben los gobiernos exigen que se sigan haciendo recortes, a sabiendas de que los precedentes no nos han alejado del precipicio. Parece que hacer recortes es la idea salvadora, la única solución razonable, el exclusivo camino de la mejora.

Cuando se reducen los presupuestos en educación se hace masoquismo económico

Todavía me parecen más absurdos los recortes en educación. Por dos motivos: en primer lugar porque afectan a una actividad de importancia decisiva y, en segundo lugar, porque perjudican especialmente a los más desfavorecidos.

La inefable Presidenta de la Comunidad de Madrid ya ha puesto en tela de juicio la gratuidad de la enseñanza. Y cuando se reduce o se elimina la gratuidad y, por añadidura, se privatiza la enseñanza, se consigue que solo quien tenga dinero pueda acceder a ella.

No sucede esto solo en España, porque la crisis tiene unas dimensiones planetarias. Quienes atribuían todos los males del país (yo diría que del mundo) al presidente Zapatero podrán ir comprobando que no era él la causa única y tendrán que pensar en nuevos orígenes de las desgracias.


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Vivir al diez por ciento

Hace un tiempo que vengo pensando que muchas personas viven al ralentí ralentí, y, además, con el freno echado casi hasta el fondo. Lo he ido descubriendo en muy diferentes aspectos de la vida, unos más importantes que otros.

Una de ellas le saca el cien por cien del líquido al limón y otra solo unas gotitas de nada.

Expresaré primero la idea matriz que inspira el artículo y luego pondré ejemplos que me han llevado a ella. La idea básica es que, unas veces por pereza, otras por prisa, otras por desinformación, otras por despiste, otras por pesimismo, otras por tener un bajo autoconcepto, nos privamos de muchas cosas de las que otros disfrutan. No hablo aquí de las consabidas diferencias culturales, económicas o intelectuales, que no es fácil o posible eliminar. Hablo de la capacidad de sacar el mayor partido a la vida en el nivel y lugar donde se esté.Pienso en dos personas del mismo o aproximado nivel social. Una de ellas le saca el cien por cien del líquido al limón y otra solo unas gotitas de nada.

Me explicaré con ejemplos. Conozco una persona que ha disfrutado y disfruta de todas las becas habidas y por haber. Busca, pregunta, solicita, se informa, pide, reclama… Otros compañeros y compañeras ni siquiera saben que existen. Y si lo saben, desconocen el modo de solicitarlas. Y si lo saben no se toman la molestia de hacer el trámite. Y si se las deniegan se callan y se resignan.

Conozco a quien sabe conseguir el billete más barato de una aerolínea, a quien le busca las cosquillas a la compañía de seguros, a quien percibe las indemnizaciones por mal servicio de quien hace prestaciones, a quien sabe encontrar el descuento más elevado de una operación, a quien conoce (y consigue) las ayudas que existen para la investigación… Y también conozco a quien no sabe hacer nada de eso. Es decir, a quien se ha resignado a vivir al diez por ciento.


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