Sin valores, no hay escuela

He pasado unos días en España para impartir un curso en un master universitario. Tuve la oportunidad de ver, el sábado por la noche, un debate televisivo que trataba de responder a esta cuestión: ¿Aprueba o suspende nuestro sistema educativo? Me sorprende que en esos debates haya periodistas, políticos, escritores, sacerdotes, abogados, sociólogos… y casi nunca especialistas en educación. Algunos contertulios parecían carniceros en un Congreso de Vegetarianos. A mi me gusta que los medios de comunicación se ocupen del sistema educativo no solo cuando hay conflictos, escándalos o problemas sino para analizar lo que sucede, para reflexionar sobre su importancia y para hacer propuestas de mejora.

A mi juicio, la escuela tiene que enseñar a pensar y tiene que enseñar a convivir.

Vuelvo a repetir lo que dije hace unas semanas en este mismo foro: no puede ponerse la educación al servicio de la política sino la política al servicio de la educación. Y eso lo digo no solo para el PP sino para todos los partidos del arco parlamentario. De izquierdas y de derechas.

Me va a permitir el lector que me centre en un aspecto del debate: la asignatura Educación para la ciudadanía. Una de las primeras medidas que ha tomado el Ministerio de Educción de España ha sido la de anunciar que desaparecerá o se modificará la asignatura Educación para la ciudadanía. Ha sido toda una declaración de principios. Sin duda, una concesión al ala más conservadora del partido. Esta asignatura fue objeto de una inusitada campaña emprendida por la derecha española, que quiso ver en ella un intento del gobierno socialista de indoctrinar al alumnado en una determinada ideología.
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Reencuentro con el primer amor

El viernes de la pasada semana viví una hermosa experiencia en Linares (Jaén). Me habían invitado a impartir una conferencia en las V Jornadas de Formación de Directores y Directoras de Andalucía. Acepté la invitación, persuadido de que la tarea de la dirección es importante en los Centros y de que existen hoy riesgos peculiares en su concepción y desarrollo. (Uno de los riesgos es que se pretenda formar a los directores y directoras, pero que no exista el mismo interés en formar y organizar claustros estables de buenos profesionales de la enseñanza).

porque las manzanas tienen unas feromonas tales que, si metes en una bolsa una manzana madura y frutas verdes, éstas maduran por la influencia de las feromonas de la manzana.

Les decía a los asistentes que es decisivo determinar cuál es el sentido de la función directiva. No es igual ser un General de División que un Gerente de empresa, no tiene mucho que ver la actividad de un Capataz de obras con la de un Director de Orquesta… Hice referencia a la semántica de la palabra autoridad, procedente del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer. Quien tiene autoridad ayuda a crecer. Quien aplasta, machaca, castiga, controla, humilla o silencia, tiene poder, pero no autoridad. Les conté que estoy escribiendo un libro sobre dirección escolar que se titulará “Las feromonas de la manzana”, porque las manzanas tienen unas feromonas tales que, si metes en una bolsa una manzana madura y frutas verdes, éstas maduran por la influencia de las feromonas de la manzana.
Les hablé de la importancia de los motivos por lo que habían accedido a la dirección, aunque los motivos iniciales podían enriquecerse o deteriorarse. No es igual acceder a la dirección para impulsar un proyecto ilusionante de una escuela que para descansar de los afanes docentes No es igual estar apasionado por la mejora una institución que ceder a las presiones de un grupo que pretende evitar que otros dirijan el centro.
Les hablé de la necesidad de dedicar más tiempo a tareas pedagógicamente ricas: coordinar, impulsar, formar, alentar, convertirse en un ejemplo…(No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo). Y menos a las pedagógicamente pobres: burocracia, bricolaje, control… Y les hice una propuesta para mejorar de forma eficaz su desempeño profesional.
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Una queja es un regalo

Cuenta Oreste Saint-Drome, en un libro titulado “Cómo elegir a su filósofo” la historia de un niño que a los doce años no había pronunciado una sola palabra. Su familia estaba desesperada pero, un buen día, mientras estaban comiendo, el chiquillo articuló de forma impecable:

Una queja es un regalo

- ¿Alguien tendría la amabilidad de pasarme la sal?
- ¡Dios mío, si sabes hablar! ¿Y por qué no decías nada?
- Porque hasta el momento el servicio era correcto.

Algunos sólo hablan para quejarse, cierto. Pueden estar quejándose mucho, mucho tiempo. Pero otros no saben expresar una queja. Permanecen sin hablar casi toda la vida. Y es importante saber protestar a tiempo. Porque “una queja es un regalo”, como reza el título de un libro de Janelle Barlow y Claus Moller.

Esta cuestión tiene dos caras complementarias: saber expresar las quejas y saber aceptarlas. Hay profesionales que no aceptan una queja sin sentirse ofendidos. El menor comentario desfavorable, la crítica más insignificante son considerados como agresiones inaceptables. Habría que decir que ellos se lo pierden. Porque una queja es una forma de conocer qué se está haciendo mal y que se puede mejorar. No es que haya que aceptarlas por sistema, indiscriminadamente. Hay que estudiarlas. Pero han de ser bienvenidas. De lo contrario, nadie las formulará. Y entonces se habrá perdido una buena ocasión de conocer cuál es la opinión de los beneficiarios de un servicio.
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Política de tierra quemada

Todo el mundo sabe que la estrategia de arrasar las tierras (al entrar en ellas o al abandonarlas) era una táctica militar que se practicaba en las guerras tradicionales con el fin de hacer imposible la vida al enemigo. No solo se quemaban los cereales, se destruía todo lo que podía ser útil: refugio, suministros, transporte… Era una táctica magnífica para quien la realizaba, pero desastrosa para los demás. Pues bien, el actual partido en el Gobierno, está practicando en educación una inadmisible política de tierra quemada. Por donde pisa el señor José Ignacio Wert desaparece la menor brizna de hierba que sembró el ministro Angel Gabilondo.

No es difícil entender, dada la angustia de los opositores y opositoras, que esta medida se haya convertido en un jarro de agua fría sobre sus febriles sueños.

A mi juicio, esta estrategia no es buena en ningún caso pero, en educación, es especialmente dañina. Porque la educación es de todos y de todas y para todos y para todas. En su momento reclamé un esfuerzo de la clase política para que hubiese un pacto por la educación. Alcanzar unos acuerdos básicos que eviten los bandazos, los caprichos partidistas, las revanchas políticas y los pagos en especie a quienes reiteradamente preguntan: ¿qué hay de lo mío?

Lo que está sucediendo con la política educativa del PP era esperable, pero no con tanta urgencia y tanta desmesura. Me voy a referir a una de las últimas decisiones.  Concretamente, al  injustificado cambio del temario de oposiciones para Primaria, Secundaria, Formación Profesional y Escuelas Oficiales de Idiomas. Se trata, a mi juicio, de un despropósito inexplicable, de un atropello difícil de asimilar.
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El absurdo arte de la copia

Hace unos años, la Editorial Graó nos pidió a un grupo de docentes (éramos once, si mal no recuerdo) que escribiéramos algo sobre los trucos que utilizábamos en la enseñanza. Había en ese grupo profesores y profesoras de todos los niveles del sistema educativo: desde Infantil hasta Universidad. El conjunto de los textos se convirtió en el libro “Los trucos del formador”, que tiene su correspondiente edición catalana.

Siempre me ha llamado la atención la profusión de copia que existe en la enseñanza universitaria.

No sé si fue muy certero el título. Porque la palabra truco conlleva un toquecito de engaño. Quizá debiéremos haber hablado de las estrategias en lugar de los trucos. Pero bueno, ahí están los testimonios. Uno de los autores dijo que contaría algunos de sus trucos, pero no todos. No sé cuáles consideró irrevelables, pero evidenció la idea de que un buen mago no los descubre todos.

Voy a compartir con el lector lo que conté en aquel texto que titulé “Epistemología genética y numismática de las organizaciones escolares o el absurdo arte de la copia”. Siempre me ha llamado la atención la profusión de copia que existe en la enseñanza universitaria. Si se entregasen los apuntes (o se colgasen los textos en la red) se ahorraría el tiempo y gasto del desplazamiento, no se necesitarían aulas para ese menester, se eliminarían los errores de la transcripción y, sobre todo, se evitaría el aburrimiento.

Al grano. Primer día de curso. La clase comienzaba a las 12. Permanezco en el despacho hasta las 12.10. No más, porque los alumnos, si el profesor no llega puntualmente, se van presurosos para “librarse” de la amenaza tantas veces confirmada de aburrimiento. Curiosa práctica la de los alumnos instándose mutuamente a marchar. Siempre que esto sucede me interpelo sobre el interés de nuestras clases, no sobre la inteligencia de nuestros alumnos.
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