Sobreponerse es todo

El título del artículo es un famoso verso del poeta Rainer Maria Rilke. Puede, y debe, convertirse en un lema para la vida. Hay que sobreponerse a las adversidades. Porque la vida está entretejida dificultades ante las cuales hay que saber reaccionar.

escalador

No hay que desesperar. En el mundo hay mucho dolor, pero también mucha fortaleza, mucha esperanza y mucho amor. (Foto de Kriss Szkurlatowski)

Remito al lector a la interesante obra de Luis Rojas Marcos titulada “Superar la adversidad”. Dice el autor que, cuando le comentó a un conocido explorador que iba a escribir el libro, éste le dijo: “para sobrevivir perdidos en las montañas o en la nieve influyen la buena preparación y cargar con un buen equipo. Pero a la hora de la verdad, lo que a menudo separa a los vivos de los muertos no es lo que llevan en la mochila sino en la mente”.

Ante las adversidades, que ponen a prueba nuestro equilibrio físico y psicológico, que cuestionan el sentido de la vida y que llenan de interrogantes el futuro, necesitamos sobreponernos. Necesitamos practicar la resiliencia, esa estrategia que nos hace recuperar la posición inicial después de un golpe. Es preciso fortalecer los motivos que tenemos para vivir. A pesar de todos los pesares, la vida merece la pena. Es preciso cultivar las relaciones afectivas, desarrollar el pensamiento positivo y tener una buena autoestima. Hay que acudir, incluso, al humor para no perder toda la esperanza. Rojas Marcos cuenta, al respecto, esta simpática anécdota:

“A un preso condenado a muerte, cuando se encontraba ya en la silla eléctrica, le dio un ataque muy fuerte de hipo justo antes de que el guardián apretase el interruptor. “¿Algún último deseo?, le preguntó el agente siguiendo el ritual. El reo imploró entre hipos: “Sí…, por favor…, ¿me puede dar un susto?”.

No hay que desesperar. En el mundo hay mucho dolor, pero también mucha fortaleza, mucha esperanza y mucho amor. Dice Helen Séller que “el mundo está lleno de sufrimiento, pero rebosa de personas que lo han vencido y en su lucha descubrieron algo valioso”.

Al hijo de un amigo le acaban de amputar una pierna. Primero por debajo de la rodilla, después por encima. Cuatro operaciones. Un abismo de dolor físico y psíquico. Los padres han tenido que sobreponerse a esa tremenda adversidad. Y han tenido que superar la angustia de que, como consecuencia del accidente, haya corrido incluso peligro extremo la vida del pequeño. Un niño de nueve años

Imagino los días y las noches de esos padres. Cuando el sueño golpea y no deja dormir y cuando al abir los ojos cada mañana descubren que la pesadilla es otra vez real. Todos los días. Todos los días de la vida.

No es difícil imaginar la angustia producida por el golpe que corta bruscamente la placidez cotidiana de una vida en familia. No es difícil imaginar lo que pasa por la mente y el corazón del niño, del hermano, del padre y de la madre. ¿Por qué a nosotros?, pensarán. ¿Por qué a mí?, dirá mil veces el pequeño.

Hay tres formas diferentes de reaccionar ante una desgracia horrible: La primer consiste en dejarse arrastrar por el torbellino del dolor, en instalarse en la tristeza y la rabia, en maldecir la suerte. La segunda exige luchar contra la desgracia, sobreponerse al dolor, abandonar la desesperación. La tercera consiste en convertir esa dificultad en una ocasión para superarse, en transformar la debilidad en fortaleza.

He leído, a propósito de esta tercera postura, una aleccionadora historia en el libro de Jaume Soler y Mercé Conanglia que lleva por título “Aplícate el cuento”.

Marcos era un niño de diez años que decidió aprender judo a pesar de haber perdido su brazo izquierdo en un terrible accidente automovilístico.

El niño comenzó a recibir clases de un anciano maestro japonés. Marcos se esforzaba tanto como podía. Y por ello le era difícil entender por qué, después de tres meses de entrenamiento, el maestro solo le había enseñando un movimiento de esa disciplina.

- Sensei, dijo el niño, ¿no debería estar aprendiendo más movimientos?

- Este es el único movimiento que sabes, pero es el único que necesitas saber, respondió el sensei.

Meses más tarde el sensei llevó a Marcos a su primer campeonato. Para su propia sorpresa ganó fácilmente los dos primeros encuentros. El tercer encuentro resultó ser más difícil pero, pasados unos momentos de incertidumbre, su contrincante se impacientó y atacó. El niño usó hábilmente su único movimiento para ganar el encuentro. Asombrado aun de su éxito, Marcos no podía creer que estaba en las finales.

Esta vez su contrincante era mayor, más fuerte y con más experiencia. Al principio parecía que el niño estaba a punto de perder. Preocupado porque Marcos fuese lesionado, el árbitro pidió un receso. Iba a detener el encuentro cuando el senei intervino:

- No, dijo. Déjelo continuar. Él puede.

Poco después de recomenzar el encuentro, su contrincante cometió un error crítico y bajó su guardia. Instantáneamente, Marcos empleó su movimiento para inmovilizarlo. El niño había ganado el encuentro y el campeonato.

De regreso a casa el niño y el sensei repasaban cada movimiento en cada uno de los encuentros. Entonces el niño se llenó de valor y le preguntó:

- Sensei, ¿cómo es que gané el campeonato con un solo movimiento?

- Ganaste por dos razones, Marcos, dijo el sensei. Primero, casi dominas a la perfección uno de los movimientos más difíciles del judo. Segundo, la única defensa conocida para este movimiento es que tu contrincante te agarre por el brazo izquierdo.

La mayor flaqueza del niño se había convertido en su mayor fortaleza. Querido Rubén, estoy seguro de que con tu pierna artificial y con tu enorme coraje, vas a llegar muy lejos. Estoy convencido de que con la ayuda de tus padres y de tu hermano vas a ser plenamente feliz.

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Evaluar con el corazón

Me he encontrado en este final de curso con dos casos de docentes, uno de ellos de Universidad, que me han hecho pensar y que, a la vez, me han producido dolor.

PROFESOR

Hay que evaluar con la cabeza, pero también con el corazón. Porque, detrás de ese boletín de notas hay una persona, una familia, una historia que pueden saltar por los aires.

Permítaseme decir, antes de continuar, que no se mina la autoridad de los docentes cuestionando su labor sino respaldándola de forma incondicional, aunque sea discutible. No se pierde la autoridad reconociendo los errores sino defendiéndolos a capa y espada.

En los dos casos a los que hago referencia el sufrimiento es el denominador común. El sufrimiento de los evaluados, claro. Se piensa pocas veces en la esfera del sentimiento. Se diría que hay máquinas de enseñar y máquinas de aprender, aparatos para evaluar y aparatos que son evaluados. Y, claro, ni las máquinas ni los aparatos sufren.

Puede existir sufrimiento en la actividad de la evaluación por parte de quien la realiza, claro. Y a ese respecto he de decir que nunca he entendido muy bien a quienes suspenden mucho, pero menos a quienes disfrutan cuando lo hacen. Es como si un cirujano estuviese más contento mientras más cadáveres salen del quirófano. Le consideraría un incompetente y, además, un desalmado.

Y, ¿por qué encierran tanto dolor estos casos? Porque en los dos existe una preocupante actitud de dureza de los respectivos evaluadores. Los docentes se han mostrado inflexibles en sus decisiones de suspender, a pesar de las demandas de los alumnos, de los colegas y, en un caso, de la familia. Y, además, porque las consecuencias de los resultados acarrean unos daños gravísimos para los evaluados y para sus familias.

Los dos casos claman al cielo. Un alumno que no puede obtener el título de Graduado en Educación Secundaria porque le falta el aprobado en una sola materia, a pesar de que ha trabajado con esfuerzo e interés en ella y a pesar de que ha hecho avances evidentes (a juicio de otros docentes). Otro alumno que agota las convocatorias y que tiene que ir a examinarse a otra Universidad o dejar de estudiar porque carece de medios y condiciones para desplazarse. ¿Por qué solo son malos estudiantes con esos profesores?

Es curioso que sean siempre los mismos. Es decir, que esa actitud de pretendida exigencia, de aparente rigor, de estricta defensa de la justicia, parece ser un atributo exclusivo suyo. Los demás profesionales parecen ser blandos, condescendientes y poco rigurosos. Es decir, irresponsables.

No sé lo que sucedería si a algunos docentes se les retirase el poder de evaluar. No sé cuántos alumnos y alumnas tendrían si se pudiera acudir a ellos solo por el interés que suscita su enseñanza y por la cercanía que genera su amor a lo que enseñan y a los que enseñan.

Me pregunto cuáles son los motivos que se esconden detrás de esa rigidez: ¿Se consideran más importantes por ser únicos? ¿Piensan que son mejores docentes porque exigen más y mejor que los demás? ¿Se creen más protagonistas porque tienen detrás una cohorte de suplicantes formada por padres, profesores y alumnos? ¿Consideran que con este proceder su asignatura, y por consiguiente ellos mismos, tienen más categoría? ¿Piensan que de esta forma se afianza su autoridad? No quiero pensar, por el debido respeto a esos profesionales que, detrás de su comportamiento, se esconde un tipo de actitud malintencionada.

No voy a entrar en el análisis de las prácticas profesionales de estos docentes, pero pienso que no les gustaría que les juzgasen con el mismo rigor, con la misma intransigencia, de la misma forma inapelable. En algunas ocasiones, la calidad de la enseñanza de estos que quieren hacerse pasar por “el hueso de la institución” deja mucho que desear. Cuántas veces producen el efecto secundario en sus alumnos y alumnas de acabar odiando la asignatura y el aprendizaje de por vida.

Justicia no es dar a todos por igual sino dar a cada uno lo que se merece. Al decir esto no estoy abogando por una avaluación sin exigencia, sin cumplimiento de mínimos, sin rigor alguno.

Hay que pensar en el contexto del alumno, en sus circunstancias, en sus capacidades, en su historia, en su proceso de aprendizaje.

Hay posibilidades de hacer tareas complementarias, de proponer nuevos trabajos, de realizar nuevas pruebas por el mismo o por otros evaluadores. Hay investigaciones que muestran que para que haya un mínimo de objetividad en la corrección de ejercicios de ciencias harían falta al menos doce correctores.

Hay que pensar en las consecuencias de una calificación que corta el camino, que rompe los sueños, que cierra el horizonte.

Hay que pensar en los daños que produce una evaluación que se convierte en un juicio inapelable, en una sentencia brutal.

En definitiva,

Se me dirá que el alumno ha tenido tiempo de pensar en todo esto. Claro que sí. No hablo de regalar nada, de bajar el nivel, de aprobar porque sí. Pero, en los casos que comento diré que lo han tenido en cuenta. Que han trabajado, que se han esforzado. Que han hecho todo lo posible.

Leí, en el hermoso libro de Ken Bain, “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”, un pensamiento revelador: “Nunca atribuyen a sus alumnos las dificultades que encuentran en el aprendizaje”. Solo así pueden ser mejores docentes. Pero si solo se explican el fracaso aludiendo a la torpeza, a la vagancia, al desinterés o a la desvergüenza del aprendiz, nunca podrán mejorar.

Me pregunto en el caso de estos severísimos jueces si nunca se preguntan si eso que les ha faltado a sus alumnos no se debe a su incompetencia, a su falta de compromiso o a su falta de entusiasmo. Digo esto desde el respeto más profundo y desde la más sincera admiración a la tarea que realiza el profesorado.

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No hay educación a distancia

El binomio educación/distancia está muy arraigado en la esfera pedagógica. La creación de la Universidad a Distancia consagró la idea de que se puede estudiar de forma no presencial. Los nuevos procesos de enseñanza aprendizaje on line han potenciado la posibilidad de aprender sin el contacto directo del alumno con quien enseña.

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Puede haber instrucción a distancia, pero no educación a distancia. Porque la educación exige comunicación, afecto y manifestación física del amor.

Los padres y las madres tienen la inexcusable tarea de educar a los hijos y a las hijas. Ese proceso educativo no puede desarrollarse a distancia. Para educar hay que estar, hay que relacionarse. Para educar hay que amar. Le oí decir hace poco a Carlos Díaz en México que habría que sustituir el cartesiano “pienso, luego existo” por el más certero “soy querido, luego existo”. Para educar hay que relacionarse de forma persistente y amorosa.

La coyuntura actual plantea a las familias algunas trampas que pueden resultar difíciles de superar. Una de ellas es la escasa presencia de los adultos en la vida de los niños y de las niñas, bajo la presión de las exigencias laborales. La necesaria incorporación de la mujer al mundo del trabajo, dificulta la presencia de la madre en el hogar. Dadas las dificultades que tiene la economía, los horarios de trabajo suelen ser desbordantes.

Otros factores incrementan el riesgo de la ausencia. Por una parte, la elevada cantidad de tiempo que pasan los niños y las niñas en las escuelas. La escolarización obligatoria exige que los alumnos y alumnas pasen muchas horas diarias en el colegio. Cuando termina el horario escolar, se suele dedicar un tiempo añadido a realizar tareas extraescolares. Las familias han declinado en la escuela el deber de la educación de los hijos e hijas. Cuando la familia paga en la enseñanza privada, todavía se hace más explícita la delegación de funciones pedagógicas.

Existen otras circunstancias que complican la relación extensa e intensa con los hijos e hijas. La proliferación de televisores, ordenadores, ipads, ibooks…, aislan a niños y jóvenes y los convierten en modernos ermitaños. La canalización de las relaciones a través de las redes sociales favorece un contacto virtual con personalidades que no se sabe a ciencia cierta si son reales lo fingidas.

Son frecuentes las comidas en las que todos miran al televisor, absorbidos por las noticias, las series, los partidos de fútbol o los programas del corazón. Los medios de incomunicación (más que de comunicación) imponen un régimen de relación en el que se superponen las individualidades. Yo veo, tú ves, él ve. Pedro no vemos.

Los viajes son otro obstáculo. La movilidad que cada día es más intensa crea barreras espaciales y temporales cada vez más largas y poderosas. A veces, los padres y madres desean rememorar etapas de soltería sin el condicionante de los hijos/as. Para eso están los abuelos.

- Os vamos a dejar a los niños porque queremos hacer un viaje solos.

Hay hoteles que no admiten niños. ¿Cómo entienden sus dueños la relación familiar? Los niños estorban, incomodan, molestan. Los niños tienen que estar en otra parte, aislados. No solo molestan los hijos ajenos, también molestan los propios.

¿Qué comparten padres e hijos salvo el mismo techo de la vivienda? ¿De qué espacios y tiempos disponen para dialogar? ¿Qué actividades comparten? Para poder relacionarse hace falta voluntad, claro esta. Pero también hacen falta estructuras que permitan hacerlo. Querer relacionarse es una cosa. Poder hacerlo es otra.

He leído recientemente una interesante novela titulada “Los ojos amarillos de los cocodrilos”. Su autora es Katherine Pancol, escritora nacida en Casablanca y afincada en París. Uno de los personajes centrales de la novela, la entrañable Joséphine, le dice a su cuñado, un importante hombre de negocios: “La gente se cree que lo importante es la calidad del tiempo que pasan con sus hijos, pero también es importante la cantidad, porque un niño no habla bajo pedido. A veces podemos pasar todo el día con él y es por la noche, en el coche, cuando vuelves a casa que, de golpe, se decide a revelar su secreto, una confidencia, una angustia”.

Muchos niños les podrían decir a sus padres, permanentemente ocupados:

- ¡Nunca es un buen momento para hablarte!

Resulta paradójico que los padres dediquen topdo ese tiempo al trabajo, a las ocupaciones, a las demandas externas por el bien de sus hijos e hijas. Cuántas veces he visto que los denodados esfuerzos por ofrecerles una residencia de verano acaban en una hermosa vivienda a la que los hijos no quieren ir porque la familia les importa ya muy poco. Es una trampa terrible. Les quitamos el tiempo para darles otras cosas. Pero lo que necesitan es la presencia.

No siempre la causa de la soledad de los niños es una equivocación sacrificada de los padres. A veces es el fruto de una comodidad inaceptable. Resulta más agradable dedicarse a leer algo que “aguantar” la presión incesante del niño que quiere que le escuches, que le mires, que juegues con él, que le prestes atención. Un niño puede ser extenuante. Qué decir de varios.

Presencia es cercanía, no sobreprotección. Presencia es disponibilidad no coacción. Presencia es amor, no dominio. Los niños tienen que construir su autonomía, pero la tienen que ir desarrollando desde la confianza en aquellos a quienes tienen al lado.

Puede haber instrucción a distancia, pero no educación a distancia. Porque la educación exige comunicación, afecto y manifestación física del amor. Hay que estar con los niños y las niñas. Hay que compartir con ellos el tiempo, las actividades y las preocupaciones. Los interminables silencios acaban convirtiéndose en una barrera infranqueable para recuperar luego la palabra.

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El ingenio del Foxterrier

En situaciones críticas es necesario poner en funcionamiento el ingenio. Dice Ralph W. Emerson que “cuando la naturaleza agrava las dificultades, aviva el ingenio”. Bloquearse, amedrentarse, lamentarse son actitudes que no llevan a ningún sitio. Bueno, llevan a la parálisis. Conducen de manera rápida y eficaz al fracaso.

Un cazador viaja a África y se lleva su perrito Foxterrier para no sentirse solo. Un día el perrito, persiguiendo mariposas, se aleja y se extravía, comenzando a vagar por la selva.

image: fox terrier dog

Decía Albert Einstein que en los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que la inteligencia.

De repente, el perrito ve venir corriendo una pantera enorme. Seguro de que la pantera lo quiere devorar, piensa rápidamente qué puede hacer. Ve un montón de huesos de un animal muerto y se pone a mordisquearlos. Cuando la pantera está a punto de atacarlo, el perrito dice:

- ¡Uauuh…! ¡Qué rica estaba esta pantera que me acabo de comer!

La pantera oye lo que dice, frena en seco, gira y huye despavorida pensando: “Este raro animal es capaz de comerme a mí también”.

Un mono, que estaba trepando en un árbol cercano y que había visto y oído toda la escena, sale corriendo tras la pantera para contarle cómo había sido engañada por el perrito. Pero el perrito que tiene una fina audición, oye al mono chivato contarle todo a la pantera y la respuesta que ésta, muy enojada, le da al mono:

- ¡Súbete a mi espalda y busquemos a ese perro maldito, a ver quién se come a quién!

- Ambos salen a la búsqueda del Foxterrier. El perrito ve regresar a la pantera con el mono chivato encima. “Y ahora, ¿qué hago?”, se pregunta. En vez de salir corriendo, acto que probablemente habría sido su perdición, se queda sentado dándoles la espalda como si no los hubiera visto. Cuando la pantera está a punto de atacarle, el perrito dice:
- Pero, ¡qué mono más sinvergüenza! ¡Hace media hora que lo mandé a traerme otra pantera y todavía no ha aparecido!

No hay peor actitud que darse por vencido, que sentirse definitivamente derrotado. Decía Albert Einstein que en los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que la inteligencia. El Foxterrier de nuestra historia se salva a base de echarle ingenio y valor. A base de asumir un riesgo.

Los seis ingredientes que maneja hábilmente el perrito de la historia son imprescindibles para hacer frene a determinadas situaciones de la vida. Situaciones en las que corremos riesgo y estamos abocados a la derrota o la destrucción

El primero es mantener la calma. El nerviosismo, la huida precipitada, el bloqueo de la capacidad de pensar, hubieran asegurado la muerte del Foxterrier.

El segundo es asumir el riesgo. Si el perro pierde los nervios y se lanza a correr, irremisiblemente será alcanzado por al pantera. Quedarse quieto y aparentemente tranquilo supone asumir el riesgo de que la pantera no se lo crea.

El tercero es usar la imaginación. Aguzar el ingenio resulta imprescindible para salir airosos de situaciones de peligro o de riesgo. En situaciones complicadas es preciso agudizar el ingenio. Carlo Dosis dice que “el ingenio está construido por un tercio de instinto, un tercio de memoria y un tercio de voluntad”.

El cuarto es la fe en las propias capacidades. Uno tiene que estar convencido de que es capaz de salir a flote, de superar la adversidad, de superar la prueba. Cuando el interesado piensa que no es capaz, se está abonando al fracaso.

El quinto se basa en la convicción de alcanzar el éxito. Solo cuando se piensa que se va a alcanzar el éxito se pone uno en condiciones de lograrlo. Pensar que se no se va a sobrevenir al fracaso aboca a que el fracaso se produzca.

El sexto es la rapidez. No tiene tiempo el Foxterrier de pensar mucho las cosas. Tiene que decidir de manera casi fulminante. No tiene tiempo de hacer consultas, de montar comisiones, de hacer interminables análisis. O actúa rápidamente o muere.

La historia del Foxterrier es aleccionadora porque el perrito está luchando contra alguien que es muy superior a él, que tiene fuerza, rapidez y habilidad superiores a las suyas. Hacer frente a la situación sin astucia, sin ingenio, sin inteligencia, es sinónimo de fracaso. ¿Qué podría conseguir el perro si planta cara a la poderosa pantera? Es el ingenio lo que le salva. Frente a la fuerza opone la astucia. Frente a la superioridad del tamaño el perrito echa mano de una estrategia basada en la inteligencia.

He sabido de un monasterio trapense en el que los monjes tenían como norma que nadie podía solicitar para sí mismo nada en el refectorio. En caso de que a un monje le faltase un cuchillo, por ejemplo, era el compañero quien tenía que reparar en su problema y solicitar de quien servía la mesa la solución:
- Por favor, a este Hermano le hace falta un cuchillo.

La finalidad era clara. Habituarles a que les importasen las cosas de los demás, a que estuviesen pendientes de sus necesidades. Un buen día, al terminar las oraciones de maitines, los monjes van al refectorio. Tienen servido el café con leche. Y uno de los monjes ve con asombro y asco que tiene ahogado un ratón en su taza. Como no puede pedir nada para él y los de al lado no puede ver dentro de su taza, se ve condenado a no poder desayunar. Pero, como el hambre aguza el ingenio, se le ocurre cómo desayunar sin faltar a la regla monacal. Llama al que sirve en el comedor y le dice:

- Por favor, a estos dos hermanos de al lado no les han servido ratón esta mañana.

Quien sirve la mesa cae en la cuenta de su problema y le sirve un nuevo tazón calentito de café con leche, como es lógico, sin el repugnante roedor. Quedarse callado cumpliendo estrictamente la norma le hubiese llevado al pobre monje a un ayuno forzoso.

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¡Tenía que pasar!

image: dog and rabbit

Es triste e injusto recibir los juicios descalificadores ajenos cuando a uno le han colgado del cuello una etiqueta maldita.

Son innumerables las ocasiones en las que hacemos juicios infundados sobre el prójimo. Guiados por las apariencias, por los prejuicios, por los estereotipos o por los intereses, hacemos valoraciones o descalificaciones completamente gratuitas, especialmente sobre aquellas personas a quienes no apreciamos.

A un alumno que es etiquetado como agresivo se le atribuye la autoría de una pelea, incluso en un día que, por enfermedad, no acude al Colegio. A un gitano se le cataloga de vago, sin conocerlo, aunque sea un trabajador infatigable. Algunos inmigrantes estarán bajo sospecha de ser delincuentes a través de una conexión causal arbitraria realizada insistentemente por algunos políticos torpes o malintencionados.

Este proceder no sólo atenta a la lógica sino a la ética. No existe rigor alguno en estas conclusiones, no se utiliza una argumentación consistente y racional para llegar a ellas. Sólo una gratuita precipitación presidida por la antipatía y el rechazo. Tampoco existe respeto a quien se hace objeto de una valoración negativa. El respeto al que toda persona es acreedora por su congénita dignidad.

Explicaré esta idea con una historia elocuente. Muchas personas podríamos reconocernos en ella.

Dos familias viven en una urbanización con jardín compartido. Los hijos de las respectivos matrimonios piden a sus padres que les compren como mascota un animal. A uno de los niños le gustaría tener un conejo. Al otro, un Doberman. Cuando el padre del niño que quiere tener el conejo conoce la petición del amigo de su hijo dice que no es posible hacer el regalo a su hijo porque el Doberman acabará con el conejo en un segundo.

- No, dice la madre, si los vecinos compran un cachorro de Doberman. El perro aprenderá a jugar con el conejo y podrán crecer felices en el jardín cuidados por los niños.

Compran los animales: un conejo y un cachorrito de Doberman. Conviven los animales en el jardín, juegan juntos, corretean sobre el césped. Los niños disfrutan cuidandolos y jugando con ellos. Pasa el tiempo. El Doberman se convierte en un ejemplar magnífico.

Un buen día el Doberman aparece en la casa con el conejo muerto entre las fauces. El cadáver del animalito está lleno de barro y de sangre. Se quedan petrificados. Alguien dice:

- ¡Tenía que pasar!

Están asustados. Piensan en el disgusto del niño vecino. Será terrible para él saber cómo ha muerto su conejo. Deciden lavarlo y colocarlo en la jaula como si estuviera dormido. Al menos evitarán una primera impresión desgarradora. Todos conocen el amor del niño por el animalito.

Los vecinos se han ido a pasar el fin de semana con otros miembros de la familia. Cuando regresan del viaje el domingo por la noche, llaman a la casa de sus vecinos. Después de los saludos protocolarios, el padre dice:

- Qué pena lo que le ha sucedido al conejo.
- ¿Qué le ha sucedido? Hace un momento estaba muy tranquilo en su jaula.
- ¡No puede ser! El conejo murió el viernes y lo enterramos detrás de la casa.

La sorpresa de la familia es tremenda. En ese momento caen en la cuenta de lo sucedido. El Doberman echó de menos a su “amigo”, lo buscó por todo el jardín, lo descubrió a través de su olfato privilegiado, escarbó en la tierra y acudió a la casa para mostrar lo sucedido a su “amigo”, para “preguntar” por las causas y para que alguien le “devolviera la vida” que le habían incomprensiblemente arrebatado.

Al Doberman le atribuyen la muerte del conejo. No le han visto matarlo pero suponen lo que ha sucedido, se lo inventan, establecen un nexo causal falso, proveniente de un estereotipo, de una suposición, de un prejuicio.

La facilidad con la que establecemos esos juicios gratuitos es asombrosa. Incluimos en ellos no sólo hechos sino intenciones. Si ya es difícil juzgar hechos sin haber visto lo sucedido, ¿qué decir de las intenciones? ¿Cómo atribuir a alguien el motivo que le ha llevado a realizar una acción? ¿Cómo hacerlo con tanta facilidad, con tanta alegría, con tanta seguridad?

Los estereotipos influyen mucho en el establecimiento de conclusiones sin fundamento. El estereotipo es una etiqueta que se coloca sobre un grupo y que lleva a generalizaciones tan gratuitas como injustas. También se confeccionan etiquetas individuales: “Esta persona siempre ha sido…”, “este niño es…”. Los comportamientos de ese niño se enjuiciarán desde esa configuración básica.

No es fácil liberarse del mecanismo de fabricación de etiquetas. Es triste e injusto recibir los juicios descalificadores ajenos cuando a uno le han colgado del cuello una etiqueta maldita. Conozco a una familia con varios hijos. Uno de ellos se ganó a pulso el calificativo de vago, pero no se sentía cómodo con él. Decidió demostrar que era capaz de hacer esfuerzos y de tener éxito. Estudió concienzudamente. Cuando acudió con el informe de evaluación y los padres vieron las extraordinarias calificaciones que había obtenido, exclamaron escépticos:

- Te habrás hinchado a copiar.

La reacción supone una condena para el niño. ¿Cómo puede demostrar que sus padres están equivocados? El juicio descalificador se produce no a través del análisis de lo sucedido sino bajo el influjo de una etiqueta, de un estereotipo que pretende explicarlo todo.

- ¡Tenía que pasar!, dicen los dueños del Doberman. Como si de una ley inexorable se tratase. Si esa ley se aplica a toda la especie humana, es fácil que, ante cualquier situación, se busque la peor interpretación de las posibles. La más negativa. De ese mecanismo perverso han surgido muchos refranes castellanos. Uno de los más condensados en estupidez y maldad es el que dice: “Piensa mal y acertarás”.

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