Yo soy bruto del verbo brutar

Mi amigo Marcos, hoy flamante doctor después de un largo y apasionante trabajo de investigación, me cuenta que en una escuela en la que fue maestro, había un alumno que se despachaba, entre otras, con esta lindeza psicológica y lingüística:

- Yo soy bruto del verbo brutar.

Daniel Pennac, en su hermoso libro “Mal de escuela”, nos habla de este proceso de etiquetado del que él mismo fue protagonista.

Compartió esta anécdota con los comensales de la cena posterior a la defensa (¿por qué se hablará de defensa si nadie quiere atacar y de tribunal si nadie es juzgado?) de la tesis y me quedé pensando en todo lo que la frase esconde. El lenguaje manifiesta unos significados y esconde otros. Muestra una parte de la realidad y oculta otra, no menos interesante.

Este alumno entiende que es un bruto, que es un ignorante, que es incapaz de aprender con rapidez y facilidad. ¿Cómo ha llegado a esa conclusión? ¿Por qué se expresa así? ¿Quién o quiénes le han persuadido de que es un bruto?

Esta anécdota me plantea algunas preguntas sobre cómo la escuela contribuye a que los alumnos y alumnas fragüen su autoconcepto y su autoestima. Un niño que aprende con dificultad, que se compara con otros niños que aprenden con menor esfuerzo, que recibe bajas calificaciones y numerosos reproches por su falta de atención o de aprovechamiento, tiende a pensar que es un bruto del verbo brutar. Aunque no lo sea.

La escuela ha sido una fábrica de zoquetes. Es decir de personas que se consideran incapaces de aprender o, al menos, de aprender al ritmo y con la facilidad que lo hacen otros. Y, por supuesto, que se perciben a sí mismos como incompetentes para asimilar el curriculum que les propone la escuela.

Daniel Pennac, en su hermoso libro “Mal de escuela”, nos habla de este proceso de etiquetado del que él mismo fue protagonista. Él dice que su libro no es un libro sobre la escuela sino sobre el zoquete en la escuela. Él era un zoquete, según confiesa. La escuela le había colgado del cuello este cartel condenatorio: Tú no sirves.

“De modo que yo era un mal alumno, dice. Cada anochecer de mi infancia, regresaba a casa perseguido por la escuela. Mis boletines hablaban de la reprobación de mis maestros. Cuando no era el último de la clase, era el penúltimo. Negado para al aritmética primero, para las matemáticas luego, profundamente disortográfico, reticente a la memorización de las fechas y a la localización de los puntos geográficos, incapaz de aprender lenguas extranjeras, con fama de perezoso (lecciones no sabidas, deberes no hechos) llevaba a casa unos resultados tan lamentables que no eran compensados por la música, por el deporte ni, en definitiva, por actividad extraescolar alguna”, dice Pennac.

Frecuentemente no nos damos cuenta del peso que tiene la escuela en la vida de los niños. Se pasan en ella cinco de cada siete días de la semana y diez de cada doce meses del año. La escuela marca la infancia con un sello indeleble.

¿Cómo construyen este estereotipo algunos alumnos y alumnas? Con la dificultad de entender, con los problemas de adaptación, con la incapacidad de atender, con el fracaso en los exámenes, con las comparaciones frustrantes, con las reprimendas de los maestros, con los castigos irracionales, con las bajas calificaciones…

No es solo la escuela, ya lo sé. Puede intervenir la familia en ese nefasto proceso de etiquetado. Una familia que, por ejemplo, tiene dos hijos, uno de los cuales es brillante, tiene éxito y reconocimiento escolar. El otro no. Y la expresión “mira a tu hermano” se convierte en un estribillo insoportable. Quieren más al hijo sobresaliente como si el afecto se comprase con las calificaciones altas. Pero el amor es gratuito. O, como le decía aquel hijo a su padre:

- Papá, quiéreme más cuando menos me lo merezco porque es cuando más lo necesito.

Influyen también los pares. En efecto, los amigos tienen mucha influencia, sobre todo en ciertas etapas de la vida, como la adolescencia. Lo que diga el líder de la pandilla va a misa. Más que lo que digan o piensen los padres, los maestros o los libros sobre buen comportamiento.

Determinados fracasos en la vida pueden deteriorar nuestro autoconcepto si no sabemos afrontarlos y analizarlos debidamente. Tropezar de forma frecuente nos puede llevar a la conclusión de que no valemos para caminar.

Acaso uno de esos zoquetes es capaz de hacer cosas que sus mismos profesores y profesoras son incapaces de hacer. Quienes se muestran torpes para asimilar un contenido curricular pueden ser absolutamente geniales, jugando fútbol, bailando o tocando el piano.

Esa etiqueta acarrea nefastas consecuencias para quien la lleva grabada a fuego dentro de su mente. Por de pronto, se considera incapaz de hacer las cosas que otros hacen. O de hacerlas con la misma soltura y presteza. Y los demás dejan de esperar de él los rendimientos que podría conseguir. De modo que se establece un círculo vicioso que difícilmente se deshace: no puedo hacer nada bien y por eso no esperan nada de mí y no esperan nada de mí porque no puedo hacer nada bien.

Es malo que te consideren tonto. Es peor que acabes creyéndote que lo eres. Ahí está el problema. Porque si otros lo piensan así, hay una parte fundamental a salvo: uno se considera capaz. Y si se considera capaz, llegará, tarde o temprano, a tener éxito.

Prueba de que esa etiqueta se convierte en un estigma es lo que Pennac cuenta de su propia historia. Después de treinta años como profesor en un Instituto de Secundaria cercano a la ciudad de París, después de haberse convertido en un famoso novelista traducido a varios idiomas, después de escribir libros con un éxito clamoroso, escucha esta pregunta de su madre:

- Y tú, hijo, ¿crees que algún día llegarás a ser alguien?

Un hermano suyo, más brillante en la escuela pero que no ha alcanzado cotas tan altas de éxito social, no tiene ante su madre esa etiqueta peyorativa. Al parecer ha llagado lo suficientemente lejos para las expectativas maternas.

Por eso hay que propiciar éxitos en los que el alumno pueda seguir apoyándose. No hablo de éxitos ridículos sino reales. Recuerdo que, cuando vivíamos en la ciudad irlandesa de Galway, una formadora de profesores de inglés ironizaba sobre la actuación de algunos docentes noveles a quienes supervisaba. Contaba que, después de preguntar por el nombre y por el país de procedencia a algunos alumnos y, después de escuchar sus contestaciones, exclamaba con entusiasmo:

- Excellent, excellent.

Y ella decía:

- Hombre, no es para tanto. El hecho de que pronuncien su nombre y el de su patria no merece una felicitación tan efusiva.

Tenía razón. No se trata de felicitar por felicitar. De felicitar por cualquier cosa, de felicitar por respirar. Digo que hay que poner al alumno ante retos asumibles. Si le situamos ante objetivos inalcanzables, le estamos abocando al fracaso. Hay quien dice que lo bien hecho, bien hecho está. Y que solo hay que corregir los errores. No estoy de acuerdo. Pienso que hay que saber valorar lo uno y lo otro. Corregir el error y felicitar por el acierto.

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Comentarios

Querido amigo y maestro:

Muy interesante este artículo sobre las expectativas de los educandos. Me recuerda otras enseñanzas tuyas basadas en las “profecías de autocumplimiento”. Si me lo permites, expongo un enlace de otro artículo tuyo que lo trata. Sé que hay otros, si bien pienso que estos dos se complementan perfectamente:

http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2013/02/09/pulgas-amaestradas-2/

Contextualizado ya el concepto, puedo ahora sugerir un planteamiento desde mi humilde experiencia:

Tengo muy claro que la influencia que puede ejercer sobre los discentes la corrección en términos positivos es extraordinaria (a veces tan poderosa que podemos desconocer incluso su alcance).

Este tipo de corrección procuro basarla en expresiones del tipo:

- “Está muy bien. ¿Qué te parece si pruebas a hacerlo de tal forma?”

- “¡Fantástico! ¿Y si ahora intentas modificar ésto, a ver qué te parece?”

- “¡Buen trabajo! ¿Qué tal si intentas buscar ahora otra forma de resolverlo?”

- Etc.

Evidentemente, estas expresiones deben estar debidamente contextualizadas. Porque también estaría yo a favor de elogiar al alumno/a por respirar, si lo hace correctamente en determinados contextos (al impulsar el aire con un instrumento de viento, en una sesión de Educación Física o en unos ejercicios de relajación, a título de ejemplos).

Defiendo -”y nadie me ataca”- que los docentes tenemos la obligación moral (perdón por usar este término con sus peculiares connotaciones) de buscar qué está haciendo bien el alumno/a, por minúsculo que parezca el logro (aunque únicamente sea respirar), y procurarle un refuerzo positivo. Estoy convencido de que reforzará su autoconcepto y autoestima.

El poder de la palabra puede aplicarse no solo en las primeras edades. Tiene eficacia con los adultos, instituciones, empresas… Mejorar las expectativas en cualquier ámbito, nos conduce a modificar positivamente nuestra sociedad, a crecer como seres humanos.

Muchas gracias por este nuevo artículo y un abrazo.

Saludos.

[...] Mi amigo Marcos, hoy flamante doctor después de un largo y apasionante trabajo de investigación, me cuenta que en una escuela en la que fue maestro, había un alumno que se despachaba, entre otras, con esta lindeza psicológica y lingüística:- Yo soy bruto del verbo brutar.  [...]

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Querido Maestro!
Me gusta su artículo!
Es una gran verdad que en las escuela se fragua muchos de los complejos adquiridos que los seres humanos llevamos en la mochila de la vida y que por desgracia se extienden a otros ámbitos,sociedad, familia,amigos, con igual rapidez que los relámpagos y que por desgracia nos marca de por vida.
Le voy a contar una anécdota, un familiar cercano siempre me llamaba “tonta”.Con tal frecuencia lo hacia que llegaba el momento que casi me lo creía;y es que de buena a tonta solo hay un paso y yo me considero más del primer concepto.Algo ha pasado en nuestro hacer diario que me ha demostrado que ella no era lista sino mala,cosa que yo no voy a alcanzar ser en el resto de mis días.Soy felíz de ser como soy.
Siempre aprendo algo querido profesor.
Sin dudas es todo un placer leerle.
Si más me despido con un cordial y afectuoso saludo.

Gracias!…Siempre Gracias Miguel Ángel. Me ha recordado a mi alumno de 7° grado, un alumno con muchas dificultades para aprender, al menos él se veía así, y lo mostraba en todo su andar.Hoy en día, es médico. Situación que me marca, me dejó pensando mucho. Y lo mejor es que 25 años después…sigue diciéndome “Seño”, con la alegría, el orgullo y el agradecimiento con el que ambos nos conocimos y compartimos esa parte del camino de la vida.

Maestro y todos aquellos lectores y participantes de éste blog les saludo nuevamente!
El tema que hoy nos comparte ha sido uno de los puntos débiles de la escuela, desafortunadamente, las etiquetas han prevalecido como una mala costumbre, como una mala manera de calificar a las personas a partir de su desempeño y habilidades; y si aún está presentes es porque poco se ha hecho para erradicarlo o al menos disminuirlo.

Son muchos factores los que intervienen en esta situación, usted ya nos hacía mención de algunos como las condiciones y expectativas familiares, el currículum, las diferencias en cuanto a habilidades y aprovechamiento de los alumnos de una misma clase, y el mismo maestro,, quien con sus actitudes y comentarios llega a favorecer la aparición de éstas etiquetas y pero aún, que los niños las hagan propias y se autocalifiquen.

Me parece que dentro del aula, nosotros, quienes estamos frente a grupo, podemos iniciar con un cambio que quizá genere efectos en las otras esferas de la vida de los alumnos. Me refiero a las características del ambiente de aula y al clima emocional que establezcamos con los alumnos, entre ellas puedo citar:
*Brindar confianza para evitar el miedo a participar.
*Ver el error no como algo negativo sino como una oportunidad de mejora rescatando de aquello algo que sea positivo.
*Utilizar un lenguaje adecuado y asertivo.
*Controlar emociones e impulsos (alumnos y maestros)
*Reconocer que cada alumno es diferente, con un estilo y ritmo de aprendizaje propio.
*Buscar algún área en la que los alumnos destaquen y tomarla como trampolín para salir adelante.

Es probable que me quede corta y haya otras más que nos puedan apoyar para evitar este tipo de actitudes de los alumnos y de apropiación de etiquetas que limitan aún más su desempeño y disminuyen expectativas, lo más conveniente es que hagamos todo lo posible para que dejen de existir “brutos del verbo brutar” y le den sentido a ese verbo al compararlo con una diamante, que después de pulirlo a través del proceso educativo muestre su hermosura y su verdadero valor”.

Etiquetas y prejuicios suelen ir unidos. Realizamos juicios previos sin conocer a fondo a los demás. Nos dejamos llevar por una primera imprensión que no siempre se ajusta a la realidad. Pero esta idea previa se queda tan enraizada en nuestra conciencia que, posteriormente, es muy difícil modificarla aunque tengamos múltiples evidencias opuestas.

¡Cuánto currículum oculto se muestra, una vez más, en la realidad escolar! Quizás las reformas educativas no deban centrarse tanto en cambiar los elementos curriculares y dirigirse en analizar e identificar los diversos elementos ocultos del currículum que intervienen negativamente en los proceso de enseñanza y aprendizaje para después actuar adecuadamente en la selección y formación del profesorado…

¡FELIZ VERANO A TODOS/AS!

Buenos días,
he tenido la enorme suerte de asistir al Congreso sobre Educación y Emoción este fin de semana en Madrid y escucharte. Ahora me dispongo a investigar y profundizar más en todo lo que vi y escuché, y me encuentro con este blog ( que mi amigo Darío ya me recomendó )y con este artículo, y no puedo evitar compartir la historia breve historia de mi hijo.
Verás, mi hijo de 6 años ha cursado 1º de Primaria este año. Era feliz en septiembre, durante la etapa de Ed. Infantil disfrutó mucho del colegio, quería aprender a leer y a escribir como lo hace su hermana mayor, se acostaba todas las noches con un libro, a pesar de que aún no podía descifrarlos pues su ritmo de aprendizaje de lectoescritura es ese, su ritmo…En fin, que ahora me desespero porque después de tan solo un curso escolar toda esa ilusión, todas esas expectativas, todas las ganas…han desparecido, peor, se han invertido. Ahora no quiere ir al colegio, no quiere leer y se frusta enormemente cada vez que no puede con los deberes ( a mi juicio muchos y sin un objetivo claro).
Ha suspendido dos asignaturas y su profesora valora la opción de que el orientador del centro le “eche un vistazo” por si es hiperactivo…y yo me pregunto: ¿qué están haciendo con mi hijo?¿por qué este cambio? Veo sus cuadernos y no encuentro un solo refuerzo positivo ( y eso que ha conseguido pasar de la mayúscula a una letra minúscula que encaja con gran esfuerzo en unos minúsculos renglones); lo que sí veo, y él también, son correcciones en rojo que le dicen: NO, PON MAS ATENCIÓN, ESPERAMOS QUE EL AÑO QUE VIENE NOS ENSEÑES EL POTENCIAL QUE TIENES… y claro, así es complicado, así Pablo, mi hijo, entiende que él no sabe y que el cole es un horror y llora por las mañanas porque no quiere ir a ese lugar. Qué triste, ahogar de esta manera a un niño que inicia su andadura en la escuela con ilusión y que sea en la escuela donde se la hunden más y más.
Pero afortunadamente Pablo saca su dedo corazón, a su manera, y dice: ” Mami, yo no soy tonto”.

Querida Lorena:
Muchas gracias por tus palabras y por compartir la experiencia que estás viviendo.
Yo creo que no hay tantos niños hiperactivos como se dice sino que la escuela que tenemos es hipoactiva.
Te voy a recomendar la lectura de dos textos del blog. Uno se titulo: “Mamá, quiero ser viejo”. Es una historia parecida a la de tu niño. En otro artículo titulado “Quiero que sea lunes” cuento cómo cambió ese niño…
Afortunadamente tiene una madre como tú. Ahí va a encontrar la solución. Es probable que se encuentre con otro maestro/a que le entienda, que le quiera, que le estimule. Me ha encantado lo que él dice: Mamá, yo no soy tonto. Magnífico niño. Dale un beso de mi parte. Otro para ti.
Miguel A. Santos

Mil gracias por este nuevo artículo Miguel Ángel. Te sigo desde hace cuatro años cuando clausuraste el “Experto en didáctica de la matemática en educación infantil” en el que participé y hoy feliz de haber tenido la ocasión de volverte a escuchar, en caixaforum, en el congreso UCJC Educa. Siempre tus charlas, cargadas de humor, llevan a una profunda reflexión. Un saludo y felices vacaciones.

Querida Mayte:
Gracias por ese fiel seguimiento que te honra más a ti que a mí.
Gracias también por estar ayer en la conferencia de clausura del Congreso, a una hora tan especial y en un sábado espléndido de junio en Madrid.
Muchos besos.
Miguel A. Santos

De nueva cuenta leyéndole Sr. Santos Guerra, reflexionando sobre un tema tan controversial como “formador”, dado en los contextos en los que los individuos nos desarrollados, he visto muchos casos de madres y padres que bajo las expectativas de sus hijos les educan y que decir del “efecto pigmalión” que se da en las aulas todos los días, una relación implícita entre el docente y los 27.5 alumnos promedio que hay en las aulas (INEGI 911, Esc Prim. Héroes…), ya que cada uno de los alumnos de un grupo tiene un efecto frente a cada docente. Cuántos de nosotros somos integralmente individuos formados bajo los “dominios” de los agentes que integran nuestro contexto. Que hacer? para lograr que los niños crezcan y se desarrollen libremente, sin ser tocados por las frustraciones, criterios, circunstancias, percepciones y designios de los “otros” (padres, hermanos, profesores, compañeros…). es verdad que no somos perfectos y que en la posibilidad de ser perfectibles, podemos descubrir y potenciar fortalezas tanto en el alumno, los hijos como en sí mismos; ser conscientes de la diversidad de estilos de aprendizajes y las inteligencias múltiples y la necesidad de respetarlas en la aplicación de las sesiones de clase, en ayudar al padre a mirar a sus hijos bajo otras perspectivas y “tolerar” la diversidad, podamos ir avanzando, aún cuando las circunstancias de vida sigan siendo determinantes, la intención sería mostrar al individuo las fortalezas de su “ser”.

Sr. Santos Guerra, es un deleite leer nuevamente un artículo suyo, reflexionar sobre nuestra labor docente y a la vez, el ser de nuestros alumnos. “Las etiquetas”, formarnos un juicio sobre y a pesar de alguien, no solo alumnos, sin darnos la oportunidad de conocerlo muchas veces, en muchas ocasiones se puede decir que esto es la base de nuestra practica tristemente, pues creemos conocer a nuestros alumnos, a nuestros padres de familia etc, y los sometemos a dichos prejuicios, considero que en este tema la comunicación y a la vez la motivación juegan un papel crucial para con nuestros alumnos, tener el temple de conocerlos, creando una buena relación docente-alumno, esta se producirá de manera favorable en la medida en que entre estos dos agentes fluya una comunicación efectiva recíproca.
La comunicación permite la interacción entre el profesor y el alumno, si esta se logra de manera eficaz, se genera una acción en común, estableciendo una relación de intereses tanto cognoscitivos como emocionales, lo que facilita la comprensión del mensaje que se intenta transmitir, llevando a los alumnos a la convicción de que hacer esto es de provecho para la formación.
Tomar en cuenta las características de nuestros alumnos, sus fortalezas, debilidades y estas segundas tomarlas como punto de partida para impulsarlos a mejorarlas, pero en lugar de etiquetar, que esto sea un mecanismo para que ellos salgan adelante.
Formar seres humanos, no máquinas del conocimiento…

[...] Mi amigo Marcos, hoy flamante doctor después de un largo y apasionante trabajo de investigación, me cuenta que en una escuela en la que fue maestro, había un alumno que se despachaba, entre otras, con esta lindeza psicológica y lingüística:- Yo soy bruto del verbo brutar.  [...]

Muy buena tarde acá en México Sr. Miguel Ángel, en efecto el tema de las etiquetas es algo común en todos los ámbitos, creo que el que nos atañe es el del ámbito escolar, nuestro deber es observar a nuestros alumnos y facilitarles el camino. El problema es que en ocasiones no todo el colectivo docente pensamos igual, es bastante fácil decir “no puedes”, “no lo vas a lograr”, “esto no es para tí”, creo que el tema de las etiquetas viene de la mano con el de la evaluación, si no logramos que sea una evaluación formativa en donde tanto docente como alumno observemos el área de oportunidad que se tiene, difícilmente lograremos acabar con dichas etiquetas. Desde mi punto de vista no importa lo que crea el docente del alumno, aunque puede marcar de por vida a un alumno, cuando el asunto se torna complicado es cuando el propio alumno se pone la etiqueta asignada por el profesor, compañeros, padres, familiares, etc., es en ese momento cuando la batalla casi está perdida; sin embargo, es bastante gratificante el lograr que un alumno se dé cuenta de sus alcances, que descubra sus facultades, habilidades y destrezas, y que cambie esa etiqueta por la de una persona que alcanza el éxito, el cual debe irse construyendo a lo largo de la vida.

El ver la cara de un alumno etiquetado alcanzar un éxito es uno de lo logros más hermosos que podemos alcanzar, no siempre se puede, pero es obligación de nosotros buscar la manera de que esto ocurra. Lo leo la próxima semana.

Las etiquetas de la escuela duran toda la vida porque se colocan en unas etapas muy plásticas.
Deberíamos ser muy cuidadosos para no condicionar la vida de los alumnos, haciéndoles pensar que no sirven para aprender.

Me parece desde el punto de vista docente, que este articulo se inmiscuye en las mas profundas entrañas de las interacciones de la relación maestro-alumno, empero de las reformas que se inclinan por el enfoque humanista de la educación, muchas ocasiones me ha tocado ver aquellos compañeros profesores que tienen a sus “consentidos” me refiero a aquellos que tienen las mas altas calificaciones, a los que el profesor les deja parar lista, quienes son los monitores designados por ser “los inteligentes del salón” ¿que mensaje se les manda con esto al resto del grupo? ¿donde esta la afamada frase de atención a la diversidad? ¿la función social de la escuela? corresponde al maestro la motivación al alumno para elevar la eficacia del núcleo educativo; al quedar de manifiesto el hecho de que la deserción y abandono escolar tiene muchas aristas este articulo me hace preguntarme si decirle al alumno que es un bruto no sera una causa importante, ya basta de etiquetar al alumno sea cual sea su condición. Decimos con frecuencia que “el otro” comete tal o cual falta en educación, sinembargo deberíamos aplicar un dicho que se usa aquí en México: “Vemos la paja del ojo ajeno, pero no la viga del propio” pareciera que esta ceguera es una epidemia, ya que todos los que tenemos la desmesurada pretensión de educar deberíamos revisar con lupa lo que se esta fomentando a los alumnos dentro de las escuelas.

No me gusta que la tarea de la escuela mine el autoconcepto de los alumnos. Me gustarías que el trabajo de los docentes despertase la confianza, la ilusión y el optimismo.

La escuela es una fábrica de brutos. Como bien dice su artículo en la escuela es donde a través de las interacciones que se viven en el aula se forja la autoestima de los alumnos y la autoestima profesional del docente.

Con la cultura de rendición de cuentas de las actividades hechas en las aulas se forja también la autoestima del docente, cuando lo planeado da resultados positivos o se superan las expectativas, el docente siente que su labor es de calidad, se la cree, se considera a sí mismo como un gran maestro y esto a su vez puede brindarle la confianza para emprender actividades que le lleven al cumplimiento de objetivos más ambiciosos.

A una edad tan corta como la que tienen los alumnos de primer grado de escuela primaria, su autoestima puede ser muy frágil, una palabra puede ponerlos en las nubes o en el quinto infierno. Es por eso que los docentes deben asegurarse de tener bien “conectado” el cerebro a la lengua antes de comenzar a hablar. En muchas ocasiones las presiones de la escuela surten efecto en los docentes provocándoles que sus reacciones ante su grupo sean un poco bruscas y en algunos casos mal intencionadas provocando cierto maltrato psicológico, lo más común es el etiquetar a los alumnos.

Recuerdo que en una ocasión me encontraba en el aula donde laboro, la de primer grado. La actividad consistía en seguir las indicaciones de un instructivo, los alumnos deberían construir una figura de papel (un corazón). Mientras los niños trabajaban en su figura yo caminaba de un lado a otro para observar su trabajo y de vez en cuando tomar fotos de los niños concentrados en su labor, después de recorrer el salón me dí cuenta que Octavio no había terminado su figura y que de hecho no estaba haciendo nada. Me acerque y le pregunté ¿Por qué no haces tu trabajo? El niño titubeó, tenía sobre su mesa un desastre, un charco de resistol, las hojas de papel muy arrugadas y el adorno todo hecho una bola, finalmente su respuesta fue que no podía hacer el trabajo.

De momento sentí que Octavio me había tomado de tonto y que no había hecho nada de trabajo, ni siquiera lo intentaba, sólo porque no tenía ganas de hacerlo; estuve a punto de reprenderlo a gritos, pero me contuve y en ese momento de “calma que precede a la tormenta” me acorde que siempre que el grupo hace una “manualidad” yo tengo un trabajo inconcluso que utilizo como muestra para explicarlo.

Entonces surgió la idea de ayudar a Octavio, primero le comente que ningún niño del aula sabía cómo hacer el corazón de papel y que sus compañeros que lo construyeron fue porque siguieron las órdenes del instructivo, otros más los apoye porque me hicieron saber sus dudas, pero que, al no intentar construir la figura y no pedir ayuda a mí o a sus compañeros, pensé que simplemente no quería hacer nada. Le entregué el material que utilice para explicar la actividad y la cara de Octavio fue un “Mil gracias” en toda la extensión de las palabras. Al final del día, el trabajo de Octavio no fue el mejor construido, pero la expresión de su cara fue de 10.

¿Qué hubiera pasado con Octavio si le hubiera gritado? Su autoestima se hubiera ido al suelo, jamás hubiera terminado su actividad y nunca hubiera comprobado que puede hacer las cosas si lo intenta, seguro se dio cuenta que el apoyo dentro del aula es importante para que todos puedan “trabajar” y que éste no sólo puede surgir del docente, sino también de sus compañeros (No somos el grupo de primer grado, somos el equipo de primer grado).

Fue una pequeña historia con un final feliz, la cual me deja claro que tengo que estar muy atento a las lecciones que constantemente me brindan los niños, necesito cerebro para que mis acciones, y sobre todo mis palabras, no sean un obstáculo más que los alumnos deban vencer en su proceso de formación.

Por esa vez la escuela fue una “fabrica de corazones” y no de brutos.

Maestro Santos Guerra:
nuevamente leyendo su publicación y quiero expresarle el interés por cada una de sus letras, quisiera comentarle que las políticas de hoy en día han restado mucha autoridad al docente, con esto no quiero decir que el docente sea el único ser poderoso y el único que tenga razón sobre la faz de la tierra, sin embargo muchos de los privilegios y que eran razones por las cuales el docente era respetado han desaparecido, las etiquetas hacia los alumnos en efecto resultan contraproducentes pero en carne propia he vivido la realidad y gran decepción por parte de algunos alumnos que han querido abusar de esa atención e interés para con ellos, quiero comentarle que en algunos casos el resultado ha sido positivo y me he llevado experiencias y dolencias propias de mis alumnos las cuales me han llenado de satisfacción por hacer un día triste y nublado en uno soleado y lleno de vida para ellos, hay su desventaja por parte de los cuales se burlan y se aprovechan de las atenciones que como docente me corresponde brindarle a mis alumnos aun que la decepción sea mas grande que el sacrificio y el tiempo que damos por los niños, aun así cada uno de los docentes estoy segura que hacemos lo propio y así como yo muchas veces hemos dado tiempo y esfuerzo de mas.

Maestro Miguel Ángel Santos Guerra, nuevamente me da gusto leer un artículo tan interesante como el que publica, creo que todos en algún momento hemos pasado por algo similar, en efecto no falta cuando el papá o mamá dicen deberías ser como tu hermano, en ese momento sientes que el mundo se cae a tus pies, sin embargo debes tener la fortaleza o incluso el coraje para asimilar esto que pasa muy a menudo, de igual forma diariamente te topas con este tipo de alumnos en tu aula de clase, los cuales se sienten que no dan una en ninguna materia, por lo regular son alumnos retraídos que casi no hablan, o todo lo contrario son alumnos con una conducta que deja mucho que desear, nosotros docentes tenemos que ser muy suspicaces y ubicar perfecta mente a estos alumnos que piensan que no son capaces de asimilar ningún conocimiento nuevo, y poder platicar e incluso canalizarlos con algún profesional para que reciban la ayuda correspondiente.
Todos somos muy hábiles y muy inteligentes para ciertas cosas, lo importante es demostrarnos a nosotros mismos de que somos capaces y así poder ir construyendo nuestra propia confianza, para que el día que no pueda hacer algo, es porque no puedo pero estar seguro de esto.

Hola nuevamente, como siempre es muy interesante el artículo que escribe.
Las “etiquetas” en los alumnos siempre han estado y estoy seguro que muchos docentes fuimos objeto de ellas en nuestra infancia, aunque también estoy seguro que en muchos de los casos fueron inofensivas.
Donde sí considero que hay una falta grave es cuando los maestros son quienes colocan esas etiquetas, porque con el estatus que tienen dentro de la escuela el alumno se ve imposibilitado a responder de la misma manera. Todos sabemos que hay alumnos que no aprenden al mismo ritmo que el promedio del grupo, en este punto es donde entra la ética profesional a la que cada docente está sometido, están comprometidos a implementar actividades didácticas diferenciadas para atender las necesidades de esos alumnos.
La escuela y los padres de familia deben promover y practicar una buena cantidad de valores, se debe entender y reconocer que como seres humanos somos diferentes, únicos e irrepetibles, y partiendo de esa idea, los maestros, los padres de familia y los alumnos estarán conscientes de que también se aprende por diferentes medios y con diferentes ritmos. La tolerancia y el respeto ante todo debe prevalecer entre los miembros de la comunidad escolar, y los docentes deben ser los primeros en poner el ejemplo.

Es difícil comprender que a pesar de tantos reportajes, libros, notificaciones que nos dicen que como docentes no debemos etiquetar a los alumnos, hayamos quienes lo seguimos haciendo.
En esta ocasión me viene a la mente Mario, un alumno de 1er grado de secundaria, de quien su mamá comentó a la trabajadora social que Mario ya no quería continuar sus estudios pues en la primaria diario daban quejas del comportamiento de Mario, de que no trabajó, etc.
Pero conversando entre compañeros docentes (de la secundaria) coincidimos en que Mario no es lo que en un principio nos notificaron; por supuesto que es inquieto pero digo “nada que ver” con la descripción inicial. Considero que fue bueno el cambio de nivel educativo, aunque también tiene que luchar Mario con la “brillantes” de su hermana Gaby, ya que es su ejemplo a seguir en su hogar. Solo espero que estemos guiando correctamente las actitudes y aptitudes de Mario para que sobresalga por lo que él es.

El proceso evolutivo del ser humano desde su nacimiento hasta su vejez, implica que en ciertas etapas de la vida, la niñez y la adolescencia, en este caso, es la etapa en que se forma el carácter y la personalidad de una persona y afortunadamente o desafortundamente esta etapa de la vida se pasa mucho tiempo en las aulas de las escuelas.

Por lo anterior si bien es cierto que gran parte de esta personalidad y carácter se establece en casa; la escuela, los profesores y los compañeros de clase inciden de manera directa en estos procesos.

Es importante identificar las cualidades, actitudes, aptitudes, problemas de comportamiento, estados de animo y autoestimas de las personas, con la finalidad de orientar la formación adecuada de los individuos

La escuela puede contribuir tanto de manera positiva como negativa a la percepción que el niño tiene de si mismo, a partir de los comentarios que hace. “etiquetar” afecta a los alumnos de tal manera que puede marcar su futuro, determinar su interés. Y es que como lo dice el Maestro Santos Guerra, hay que corregir el error y felicitar el acuerdo pero con medida. Hacer ver al alumno que ha cometido algunos errores pero que es capaz de solucionarlo y arreglarlo le da la oportunidad de mejorar, de sentirse apto para desarrollar las distintas actividades. Por eso creo que no solo se trata de ser buen maestro porque se sabe, porque se conocen los contenidos; es también fundamental saberse dirigir con cada uno de los niños en su proceso de aprendizaje de tal modo que se motive a mejorar no crear alumnos que se sienten incapaces de hacer sus tareas.

LO malo de las etiquetas negativas no es solo que quienes tienen autoridad las coloquen en la frente de quienes no tienen esa autoridad. Lo malo es que las acepten como indiscutibles quienes las reciben.
Habrá que hacer dos cosas:
1. Enseñar a no ponerlas.
2. Enseñar a quienes las reciben a rechazarlas.
Saludos.

Muy buen día. Al ir leyendo el artículo me vinieron recuerdos de mi infancia, precisamente en ese recorrer de mi camino. Recuerdo que el la primaria tenia una maestra que no se me olvida jamás por las quejas que daba a mi madre, decia que si pasaba una mosca era con la misma que me distraía, realmente estaba muy baja de calificaciones, recuerdo que había muchos preferentismos entre compañeros, era un ambiente que no me gustaba, me consideraba burra, por que así me consideraba la maestra, mi mamá siempre tendía a compararme con mis primos, y efectivamente me sentía tan mal y de verdad que pedía a gritos esta frase que se menciono en el texto “quiereme más cuando menos me lo merezco”. Al siguiente año mi madre me cambio de escuela y creanme crecí tanto, cambie totalmente, me reconocieron mis habilidades, concurse en poesías, era muy buena en oratoria y representaciones dramatizadas, adquiria reconocimientos, desde ahí cambio mi vida, por que la maestro voltió a ver mis talentos y reconocío mis habilidades y ya no era aquella niña distraída y con bajas calificaciones.
Realmente es sumamente importante el papel del maestro para que sobresalgan sus alumnos, esas etiquetas que podrían jamás quitarse, influimos en la formación de un ser integro, claro que es necesario hacer ver a los alumnos sus errores pero sin juicios de valor, es importante reconocerles todos sus logros para que se crean capaces de lograr todo lo que se proponen.
A la fecha soy una profesional, por que mi madre siempre a pesar de todo me creío capaz, lo que soy ahora se lo debo a mi madre, por que inculco esa inspiración de salir adelante.
Cuanto podemos lograr en nuestros alumnos e hijos si sembraramos en ellos la confianza en si mismos.
Tengo una hija con discapasidad, recuerdo el primer diagnóstico que me dieron, me dijeron que mi hija nunca podría caminar, que iva estar en una cama, a la fecha he creído a mi hija capaz de todo, ahora ya casi convertida en una señorita, caminando y con muchas habilidades y capacidades por que la quiero como es, por que siempre la he alentado a salir adelante y porque ella no se cree diferente a los demás por que nunca se lo hemos comparado, ella es como es, con todas sus habilidades y virtudes.

La lectura reboza de verdad y de inmediato nos transporta ya sea a la vida de estudiante o a la de docente que es la que hoy me ocupa a mi en particular.
Las etiquetas son esas marcas que clasifican y descalifican, al leer el articulo recordaba los días de clase con mis alumnos, había uno en particular, vivía en un ambiente familiar hostil, golpes hacia la mamá, pornografía en el teléfono de los primos adolescentes con quien lo dejaban juntar, en fin una serie de situaciones que se veían agradabas con el trato en la escuela, digo agravadas por que yo como su maestra quería que el se comportara de cierta manera, que no dijera groserías, total que al no hacerlo y yo desesperarme, le decía que sus actitudes eran groseras, entonces el era grosero, al no estar quieto, era desordenado, era flojo, era..era..era.. total que un día empece a cambiar la estrategia, le empece a decir todo lo contrario, esto ocurrió casi al final del ciclo escolar por desgracia, por que al hacerlo el cambio tambien su actitud teniendo comportamientos que le permitieron convivir con sus compañeros y terminar alguna actividad que se propusiera.
Lo que pude concluir fue que el niño al no recibir etiquetas favorables y solo desfavorables pues fue con esas con las que se quedo y fue de ellas de las que echaba mano para llamar la atención y tener protagonismo en el grupo, lamentablemente un poco tarde se modifico la estrategia pero fue una gran lección, que no se me olvidará y que tendré presente cada vez que este frente a una clase, que al final de cuentas ningún niño es igual,pero las etiquetas no mejoran en nada su educación y mucho menos se justifica que docentes las pongan, que como decía mi supervisor los niños generalmente tienen 1 o 2 problemas, sus papas, sus maestros o los dos juntos, los alumnos tienen todo para no ser brutos, y los docentes tenemos muchas oportunidades diarias para reflexionar sobre nuestra labor, cada niño es una oportunidad.

A veces actuamos sin conocimiento previo de lo que pudiera pasar, al utilizar frases o palabras fuera de lugar, nosotros mismo propiciamos que los alumnos se formen un mal concepto de ellos mismo y hacemos sin desearlo que su autoestima quede por los suelos. No nos damos cuenta que el mínimo comparativo estamos fomentando discriminación y una problemática poco deseable. Debemos identificar que cada niño nace con un temperamento, al que define como la manera característica de cómo se porta y reacciona.
Es considerable que a veces se actúa sin tener conciencia de que el éxito de los alumnos radica en los profesores al poder ayudar al niño a obtener una buena autoestima y que cada estilo de temperamento y de inteligencia, bien canalizados, pueden llevar al individuo a desarrollarse plenamente en concordancia con el mismo.
Hay que ubicar al niño en la realidad y hacerles ver sus logros y errores, resaltar sus habilidades y capacidades de cada alumno, si se tiene que corregir o llamar la atención que sea concreto y califiquemos el hecho y no la persona de una manera diferente y dejar atrás las tradicionales formas de enseñanza.

Un gusto leer nuevamente los textos que nos narra maestro Miguel Ángel. Mi comentario será breve al leer el texto creí que mis alumnos debían saber de él, así que decidí leerlo al grupo (5° de primaria), todos se mantuvieron atentos a la lectura que yo realizaba. Algunos repitieron unas frases como “sé que tarde o temprano lo lograre” al mismo tiempo que yo lo leía. Al finalizar sin que diera la consigna algunos de mis alumnos ya tenían la mano levantada para participar y dar su opinión. La primera alumna en participar cometo que la lectura era parecida a su compañero que quien por lo regular dice: no puedo, está muy difícil, no lo lograre. Después de ella prosiguieron participando tres alumnos más cada uno de ellos inclino su comentario a lo que ocurre en su ida personal, a cuando los comparan como sus hermanos, al recibir felicitaciones por alguno que alguna vez le costó tanto trabajo, en realidad fueron pocos los que externaron su opinión.
El siguiente ejercicio fue darles una tarjetita bibliográfica y les pedí que cada uno de ellos se etiquetara con una cualidad que tuviese, y efectivamente el niño que fue ejemplo de la primer alumna que participó y junto con otro alumno que por lo regular su característica es estar callados, fueron los últimos en encontrar una cualidad con la que pudieran etiquetarse, en mi opinión falta mucho desarrollar en los alumnos ese sentido de identidad propia, así como la autoestima.

El artículo me hace pensar en un libro que leí hace un tiempo llamado “Escuelas que matan”, que queda muy a juego con lo que nos relata en esta ocasión. La escuela un lugar de luchas entre los implicados, un lugar donde se mira de todo, un lugar que puede hacer crecer pero que también logra perjudicar a muchos. Pero que en la mayoría de los casos quienes hacen esto son los maestros o padres de familia.
Es una pena que nosotros como docentes contribuyamos a que los alumnos sean etiquetados o marcados, debiendo apoyar para que su formación de sí mismos sea exitosa, pensando en que gran parte de su vida son parte de nosotros, de la escuela. El desconocimiento del docente, la ignorancia pero del profesor por no conocer a sus alumnos hace que los señalen, gran parte de nuestro éxito como docentes es ayudar precisamente a los niños a formar su autoestima, saber llevar por buen camino cada estilo, cada temperamento, cada habilidad, dará frutos en el chico.
Lo que yo haga como parte de mi vocación serán experiencias que marcaran la vida de cualquier alumno, entonces tenemos un trabajo, meditar sobre qué tipo de experiencia quiero rodear al niño. No hay nada mejor que un ambiente rico en amor, en comprensión, en paciencia y en apoyo para que el alumno se sienta aceptado.
Si bien es importante reconocer las capacidades de nuestros alumnos, así como diferenciarlos, reconocer que hay diversidad de chicos y sobre todo dar lo positivo de nosotros como docentes. Es un tema muy interesante para pensar en lo que estamos haciendo dentro de nuestras aulas y dentro de la familia, como formadores ante la vida.

Estimado maestro Miguel Angel Santos Guerra, he tenido la oportunidad de participar interactivamente en su blog a lo largo de dos años aproximadamente, primero como estudiante comentando semana a semana, después tuve el gusto de hacerlo de forma compartida con un grupo de estudiantes de licenciatura (Pedagogía) y recientemente como observadora de los comentarios que han hecho otro estudiantes. En esta ocasión me identifico bastante con sus ideas, coincido plenamente con ellas desde mi experiencia personal y profesional. Muchas veces catalogamos y etiquetamos, ojalá las diferentes personas que trabajamos en educación reflexionemos más sobre la importancia de la creación de las altas expectativas de nuestros educandos, pues de ello deriva en ciertas ocasiones el fracaso o el éxito de nuestra intervención. Quisiera compartir lo significativo que ha sido leer en esta ocasión sobre Daniel Pennac, uno de mis autores inspiradores a través de su obra “Como una novela”, con la cual me también me identifique y termino convirtiéndose en el eje vertebral a través de los “Derechos del lector” ahí propuestos de mi proceso final de la carrera en 2008, en un proyecto de intervención con alumnos de secundaria. Jamás hubiese imaginado que dicho autor de la frase “el verbo leer no tolera el imperativo” albergará interesante historia detrás. Ahora comprendo mejor sus ideas.Gracias por compartir. Saludos

Mtro. Santos Guerra, un gusto volver a leer su artículo, pues me permite reflexionar en situaciones que se dan cotidianamente, muchas de ellas de manera inconsciente, ya sea como padres, madres y docentes, hemos sido en algunas ocasiones víctimas y en muchas otras verdugos, sin imaginar la trascendencia de ese acto, deberíamos como docentes ser más empáticos y aunque piensen que eso es lo que se dice siempre, pues que no hagamos lo que no nos gustaría que nos hicieran, de hecho desde el nivel Preescolar llegan niños con ideas de cómo son ya muy arraigadas, pues a su corta edad, tres o cuatro años, ya se creyeron lo que en su casa su familia les han hecho creer, y no siempre son positivos, y es ahí donde el docente tendría la oportunidad de reivindicar…

Querida Reynalda:
Gracias por leerme durante estos dos años. Es un mérito tuyo.
A mí también me gustó mucho “Como una novela”. Y me encantó “Mal de escuela”.
Enhorabuena por tus trabajos con alumnos de secundaria.
MAS

La escuela está ahí para ayudar a crecer, no para aplastar.
Los profesores están ahí para animar, no para desalentar.
El sistema educativo está ahí para ayudar a caminar a las personas, no para ponerles zancadillas.
Un saludo.

Creo que no hay cosa más lamentable que desanimar a los alumnos. Si les enseñamos que no valen acabarán no valiendo.
He visto muchas de esas profecías que se autoconcepto. También he visto a alumnos que se han rebelado y no las han aceptado.
Parece mentira que se pague dinero a unos profesionales para desalentar a quienes tienen el deber de animar.

Me ha hecho pensar.
¿Cómo se fragua la visión que tenemos de nosotros mismos?
Una buena parte de esa imagen depende de lo que esperan de nosotros los padres y los educadores.
Yo creo que la conclusión está muy clara.

Hay, en los comentarios de este artículo, aportaciones magníficas que quiero agradecer a sus autores.
Solamente por suscitar estos textos merece la pena ponerse a escribir cada sábado.
Enhorabuena y gracias.
MAS

La historia de Pennac es muy significativa.
A mi me gustó mucho su libro Mal de escuela. Además está muy traducido al castellano. Es un placer leerlo. Por el contenido y por la forma. Se nota que es un buen escritor.
La pregunta de su madre se las trae, después de haber llegado a las cumbres más altas…

Lo del verbo brutar es fantástico.
El niño no era tan tonto.
Yo bruto, tú brutas, él bruta….
Tiene gracia.
Pero las gracias de los alumnos son de distinta naturaleza a las gracias de los profesores…

Maestro Santos Guerra, no hay nada que agradecer, leer sus publicaciones es una curiosidad constante; en efecto vivenciar los encuentros de los adolescentes de secundaria y la lectura ha sido algo fortuito; tanto como lo ha sido la oportunidad de compartir sus artículos en fechas recientes con los estudiantes de la Universidad Pedagógica Nacional, del municipio de Jilotepec. En esta ocasión agradezco especialmente al grupo de MEB conformado por maestros en servicio, su participación a través de las reflexiones aportadas. Hemos llegado a encontrar coincidencias entre ciertas experiencias planteadas en el blog y algunas realidades de nuestro contexto educativo y social inmediato. Lo seguiremos leyendo en conjunto unas semanas más… P.D POR CIERTO ME GUSTO MUCHO LEER “PEDAGOGÍA TERCIARIA” LO SIGO RECOMENDANDO AMPLIA-MENTE. Saludos desde México

Maestro Santos Guerra, leerlo se ha convertido en una curiosidad constante y una experiencia que se tornó más agradable cuando tuve la oportunidad de compartir este espacio con estudiantes de la Universidad Pedagógica Nacional, Subsede Jilotepec. Agradezco a los alumnos que han participado activamente. Y en esta ocasión especialmente al grupo de MEB, conformado por 20 profesores en servicio. Leer su blog es una actividad que pretende reflexionar colegiadamente al ir conociendo experiencias vinculadas a temas educativos en otros contextos. En ocasiones nos llega a sorprender el grado de coincidencia entre lo que se describe, con lo que llega a ocurrir en nuestra realidad inmediata.Será interesante seguir interactuando…P.D El artículo “Pedagogía Terciaria” resultó ser de mucho agrado e interés, sin duda alguna lo sigo recomendando.

Sr. Santos Guerra, eh de aceptar que sus artículos me atrapan, pues el estilo de redactarlos es único.En cuanto al actual, puedo mencionar que es muy cierto, pues pocas somos las personas en que tenemos la madurez para aceptar los aciertos de los demás, si muchas veces nos cuesta reconocer los propios, es increíble como en este mundo tan cambiante y exigente a la vez, el maestro se ha venido decayendo ante estas situaciones, ya no se es respetado, pero sobre todo valorado, muchas veces entre nosotros mismos, ya que solo nos dedicamos a ver la “pajita en el ojo del vecino”, hay mucho de que hablar, pero considero que si cada uno de nosotros comenzáramos a valorarnos en lo individual, lo podremos resaltar a distancia, tener esa actitud de reconocer lo bueno y tal vez hasta poder retomar algo de ellos, apoyándonos en lugar de tirarnos los unos a los otros, pues el ejemplo también se verá proyectado en nuestros alumnos…

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