Incongruencia institucional

Existe una práctica en la Universidad española (no sé hasta qué punto puedo generalizar) que me parece la institucionalización de la incongruencia. Me refiero al hecho de que se interrumpan las clases con el fin de que los estudiantes dediquen el tiempo a preparar los exámenes.

Dicen que dos viajeros hacen un vuelo en globo aerostático. Después de varias horas de viaje se dan cuenta de que se han perdido.

Algunas veces son los alumnos quienes deciden cuándo se interrumpen las clases. He visto votaciones que respondían a esta única pregunta y que, casi siempre, tenían como respuesta “ahora mismo”:

- ¿Cuándo cortamos las clases?

Lo habitual es que la propia institución ponga fin a las clases para la preparación de los exámenes. El calendario tiene esa mecánica estúpida que pone en entredicho todas las teorías sobre el aprendizaje y la evaluación del mismo.

Lo que la institución dice a los alumnos y alumnas, sin decirlo explícitamente, es lo siguiente:

- Bueno, van a dejar de aprender para que dedicarse a justificar que han aprendido. Y para ello les pondremos unos exámenes en fechas consecutivas para que aprendan o repasen lo que han aprendido. Si fallan en esos exámenes, da igual todo lo que ha sucedido antes.

Por eso, lo importante del conocimiento es el examen, no las clases. Cuando sabes a ciencia cierta cuántos estudiantes hay matriculados en la asignatura no es en las clases, sino en los exámenes. El día del examen los muertos resucitan los enfermos sanan, los que trabajan tienen días libres, los que tenían que acompañar a sus padres al médico les dejan ir solos…

Hay tiempos para el aprendizaje y tiempos para la evaluación. La hora de la verdad es la del examen, no la del aprendizaje. El momento supremo es el de aprobar, no el de aprender.

El conocimiento académico tiene valor de uso y valor de cambio. El valor de uso se le supone, no siempre está confirmado. Algunas veces está muy claro que no existe. Pero tiene valor un de cambio indiscutible. Si demuestras que has adquirido el conocimiento te lo canjean por una buena calificación. Y para eso hay unos tiempos, unas estrategias y unos rituales precisos que se deben conocer y superar. Me gustaría saber cuántas clases estarían llenas solo por el valor de uso de sus contenidos. Me gustaría saber cuántas cuántos alumnos habría en clase si no hubiera luego exámenes.

La cuestión de la utilidad del curriculum es determinante. ¿Para qué vale el conocimiento? ¿Vale solo como capital cultural que luego sirve para negociar en el mercado laboral? ¿Vale para entender el mundo, entenderse uno a sí mismo y convivir solidariamente con los demás?

Alguna vez he contado esta anécdota que está cargada de una crítica ácida que nos debe hacer pensar sobre la utilidad de los contenidos del aprendizaje.

Dicen que dos viajeros hacen un vuelo en globo aerostático. Después de varias horas de viaje se dan cuenta de que se han perdido. Deciden hacer una maniobra de descenso para pedir información y continuar el vuelo una vez orientados. Descienden y llegan a un campo en el que varios jugadores practican el deporte del golf. Y le dicen a uno de los jugadores:

- Señor, nos hemos perdido. ¿Nos puede decir dónde estamos?

El jugador mira en varias direcciones y, después de unos momentos de reflexión, les dice:
-
- Miren ustedes, su globo está situado sobre el hoyo número 17 del campo. Una línea óptica que se lanzase desde el globo hacia el hoyo número tres y otra que se dirigiese al hoyo número 15, formarían un ángulo de 35 grados. En relación al meridiano de Grenwich, su globo formaría un ángulo d3 65 grados.

Al escuchar esas palabras uno de los viajeros le da un discreto codazo a su compañero y le dice:
- Mira, un catedrático de Universidad.
- ¿Lo conoces?
- No.
- Entonces, ¿por qué sabes que es un catedrático? Ni por su indumentaria, ni por lo que nos ha dicho, ni por el deporte que practica se puede deducir qué profesión tienen.

- Tú no lo has podido deducir, pero yo sí. Nos ha dado una explicación abundante, muy técnica, muy precisa, pero completamente inútil.

La incongruencia institucional a la que me estoy refiriendo tiene lugar mientras en algunas de las Facultades se explica en las clases que la evaluación debe ser continua, es decir que no debe dejarse para el momento final, como si se tratase de la coronación del aprendizaje. Si se hace solo al final, ¿cómo puede influir en la mejora de la enseñanza y del aprendizaje? En el mejor de los casos, podrá tenerse en cuenta en el curso siguiente.

Esta forma de proceder alimenta una concepción de la enseñanza y de la evaluación que no comparto.

La evaluación es un momento final en el que el estudiante rinde de cuentas de lo que ha aprendido. Durante un tiempo el profesor explica, durante otro tiempo el alumno estudia y en un tercer momento, el definitivo, el estudiante repite.

Durante ese período los estudiantes se dan atracones de estudiar, trasnochan, toman estimulantes… Según su terminología, “empollan”. Luego, en el examen regurgitan aquello que han tragado.

A los pocos días, todo se ha olvidado. Algunos estudiantes no han hecho más que atravesar un tiempo ingrato, amenazador y odioso. ¿Cómo conseguir, de este modo, amar el conocimiento? ¿Cómo alentar el deseo de saber?

Lo peor de esta dinámica es que esté impulsada, organizada e institucionalizada por la misma organización que es responsable del proceso de enseñanza y aprendizaje. No es que el estudiante lo deje todo para el final, que olvide el aprendizaje diario y sistemático, sino que la Universidad le impulsa a hacerlo desde su misma estructura y funcionamiento.

Yo he tenido siempre problemas con este planteamiento porque, desde hace muchísimos años, no hago exámenes. Y mis estudiantes se encuentran con el tiempo de preparación de exámenes en una asignatura que no los hace. ¿Por qué no pueden seguir las clases?, ¿por qué no pueden seguir aprendiendo?, ¿por qué no se hace evaluación del y durante el proceso?…

¿Qué hago yo para evaluar? Una evaluación de otro tipo: los alumnos y alumnas llevan su portafolios, hacen entrevistas, escriben ensayos, realizan pequeñas investigaciones, leen libros y artículos sobre los que hacen informes, participan en debates,… Y, desde luego, hacen autoevaluación de su aprendizaje. No es una autoevaluación que decide la calificación, pero que sí influye en ella..

Todo esto se hace durante el curso, no al final. Se hace mientras aprenden, no cuando todo el aprendizaje ha terminado. Dedicar ese tiempo específico para examinar perpetúa y da fuerza a un modelo equivocado. E invita también a realizar un tipo de pruebas de corte clásico: exámenes, pruebas objetivas, cuestionarios de opción múltiple… Creo que se puede afirmar sin ambages que un tipo de evaluación pobre da lugar a un aprendizaje también pobre.

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Comentarios

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Completamente de acuerdo. Siento añadir que en la Enseñanza Primaria también impera algunas veces este “estilo” de evaluación.
Es una incongruencia más del mundo académico como esta otra que recuerdo de mis clases de Pedagogía en la Escuela Universitaria de Profesorado en Burgos:
“Y con esto hemos terminado de explicar la Escuela Activa. Lo habéis copiado todos?”

Totalmente de acuerdo. Lo peor que sean instituciones de educación, las que forman a los que van a formar, lo pasan por alto haciendo que sólo dependa (como casi en todo) de de los buenos profesionales, en este caso de los buenos profesores, aquellos que aprender, investigan y se adaptan siendo críticos con la profesión

Querido amigo y maestro:

Siempre he preferido la evaluación formativa a la evaluación final. Y cuando he configurado pruebas de evaluación final, he procurado que, además, sean en sí mismas formativas. Se puede hacer, no es demasiado complicado, salvo por los condicionantes de las leyes de turno…

Comparto contigo que es más útil emplear todas las sesiones en formar. En mi experiencia, la mayoría de las veces he constadado que es más provechoso para los educandos la acción, la práctica, la evaluación continua (carentes de connotaciones peyorativas como las tensiones, el miedo, las preocupaciones…), que la evaluación final.

Cada jornada con los educandos es única, irrepetible. Pienso que es vital evitar errores en su formación. Y no es fácil, porque, a pesar de tener una visión psicopedagógica determinada, los docentes tenemos los límites y las exigencias de las continuas legislaciones educativas…

Trabajamos con vidas (además, en estos tiempos, de hacerlo con papeles…). Y el centro ha de seguir siendo el alumnado, porque son educables, porque son frágiles, porque dependen de nosotros, porque merecen la mejor atención, porque de su educación también dependerán las próximas generaciones.

Hay que pensar muy bien cómo organizar cada sesión, cómo programar las evaluaciones, cómo dar lo mejor de nosotros cada día.

“La vida es una obra de teatro que no permite ensayos” (Charles Chaplin).

Un fuerte abrazo, MÁS.

Feliz semana a todos/as.

Totalmente de acuerdo con usted querido Maestro, mi pregunta es la siguiente ¿porqué la administración no tiene en cuenta opiniones de personas tan preparadas como usted, que conoce la realidad educativa en sus diferentes escalones, primaria, secundaria y universidad? Si contaran con la opinión de gente que conoce esa realidad lo mismo mejoraríamos ¿no?
A bote pronto, me salen algunos nombres de personas que llevan bastante tiempo en la vanguardia educativa: José María toro, José Antonio Marina, Mar Romera, Miguel Ángel Santos Guerra, Javier Urra, Eduard punset…. ¿Porqué no se consulta con ellos? Un abrazo a todos.

Es cierto. Todo gira en función de los exámenes. Todo está encaminado al éxito en la evaluación. Es decir que lo que importa, en realidad, es aprobar, no aprender..
Dedicar el tiempo a hacer exámenes es dar a entender que hay un tiempo para aprender y otro para examinarse.
Me parece absolutamente necesaria esta denuncia.

Dado que yo procedo del campo de la Arquitectura, cuando me incorporé a la enseñanza universitaria lo tenía bastante claro: el aprendizaje tiene que ser un articulación de los conocimientos teóricos con los trabajos prácticos que habría que realizar y todo ello de manera procesual, sin necesidad de acudir a los exámenes, excepto para el alumnado que había tenido una ausencia notable a las clases. (Más tarde al hacer el doctorado en Málaga, en un excelente equipo en el que se encontraba Miguel Ángel, me vino a confirmar y a consolidar lo que yo tenía como principios básicos.)

Puesto que por aquellos años las asignaturas eran anuales (junio y septiembre), no había problemas en este planteamiento pedagógico; el problema surge con nuevos planes de estudios que configuran asignaturas cuatrimestrales y se planteaban exámenes a “diestro y siniestro”: febrero, junio, septiembre, diciembre y enero. Vamos que el fin último es estar todo el día examinando.

¿Y qué sucede con los que llevamos un modelo procesual, formativo y sin que el examen sea “la culminación” de los aprendizajes? Pues a aguantarse y a sentirse que somos “marginales” dentro de la maquinaria burocrática-académica universitaria. Todo ello y a pesar de que nuestros alumnos y alumnas nos confirman que es el modelo que quieren, en el que se sienten a gusto y motivados y en el que verdaderamente aprenden.

Por cierto, ¿qué fue del denominado Plan Bolonia que consagraba los trabajos en equipo, las tutorías, las correcciones de esos trabajos, el aprendizaje procesual sobre los exámenes…? Bueno, pues todo ello se lo llevó el viento, como en la actualidad el huracán Wert arrasa en la enseñanza no universitaria cualquier vestigio de racionalidad, sentido común y cultura humanística a favor de la irracionalidad, el clasismo, la segregación, los aprendizajes memorísticos y, para cuidar las almas de nuestros tiernos niños, religión por un tubo. Amén.
.

casualmente hoy subí a mi bitácora la siguiente reflexión. Claro, no soy docente universitaria, sólo he trabajado en primaria. Digo textualmente:
Habiendo transitado cinco décadas en las escuelas y treinta y cinco años como docente entre aula y aula, riendo, disfrutando, sufriendo, llorando, enseñando, pero sobre todo APRENDIENDO, y ya próxima a retirarme de ese ámbito, fuera del cual no recuerdo ya cómo se vive, he andado pregonando con acciones silenciosas que los maestros debemos ejercitar la escucha, oír a los niños. Aprendemos más nosotros de ellos que ellos de nosotros, porque están menos contaminados, menos condicionados por modelos creados por adultos de manera forzada por intereses mezquinos.
Los niños tienen el don de las cabezas y los corazones menos ajados, menos “tuneados”, más originales. Si no les enseñamos a ser mezquinos, egoístas, falaces, no lo aprenderán.
Imaginen un mundo sólo de niños. Ya sé que los niños crecen, que inexorablemente un día serán sólo adultos. Pero…¿No habrá una manera de conservar, paralelamente al paso del tiempo a ese niño interior hasta que nos llegue el último día? Yo sé que sí, que cada adulto debe ser niño otra vez y recuperar la transparencia, las ganas de sentarse en ronda en el piso, sacarse las zapatillas, reírse de las bromas sanas y saludables, escuchar, equivocarse, pedir disculpas, tomar la palabra, respetar la de los otros.
Escuchar qué le contó su abuelo, qué le dijo su tío, como se ponen las manos para silbar, qué pasó en su casa cuando el trueno quemó el televisor… Son sanos, simples, sin prejuicios. A ellos no les molesta que su perro tenga pulgas, igual sigue siendo su perro y lo aman. Tampoco entienden como problema que sus zapatos tengan barro, o sus caras sudor, o sus uñas luzcan mordisqueadas o sucias. No les importa que su maestra tenga el rostro arrugado o esté excedida en peso, porque ellos, como el entrañable Principito saben ver con el corazón.
Tenemos que aprender a observar a los niños y escuchar a los viejos. Los primeros tienen la sabiduría de la humanidad incontaminada, los segundos, la sabiduría del que se equivocó muchas veces y entendió qué es de verdad importante para la vida, porque como dice el refrán “están de vuelta” y enhorabuena, ellos despertaron, se volvieron hacia adentro y buscaron hasta encontrar el niño interior.
La educación no es información, ésta se encuentra por doquier, cada día más profusa y frondosa. La educación es acompañar a los niños mientras construyen sus aprendizajes de manera comunitaria, compartiendo lo que saben, intercambiando experiencias, enriqueciendo los espíritus día tras día en el aula, en el patio, los pasillos, los paseos, los juegos… entre todos, cada cual a su ritmo y con sus capacidades.
No necesitan archivar en sus cabezas contenidos vacíos de sentimientos. Lo que se hace con alegría y amor es lo que no se olvida, lo que queda para siempre, lo que marca.
Aprendamos de los niños mientras podamos.
Los docentes en eso somos privilegiados: además de los padres ¿quién comparte más tiempo con niños? Por otro lado aventajamos ampliamente a los progenitores: mientras ellos comparten sus días con uno, dos, tres niños, sus hijos, nosotros lo hacemos con ¡Treinta a la vez!
¡Vaya si somos afortunados!

Pues sí, esa forma de organizar la evaluación contradice todos los presupuestos teóricos que la definen. De modo que, en una Facultad en que haya una asignatura sobre evaluación, los alumnos tendrán que decir en los exámenes que se pueden hacer las cosas como se están haciendo.
¿Por qué no se solucionan estas incongruencias? La primera causa es que quienes deciden estas cosas leen muy poco. Estos artículos los leen quienes padecen las políticas educativas, no quienes las impulsan,

¿Para qué sirve esa forma de evaluar? Para memorizar, empollar, sufrir y después olvidarlo todo.
Habría que mejorar también, además de la organización, la formación del profesorado. Me refiero a su vertiente didáctica, no solo a la disciplinar.
Esta forma de evaluar propicia un modo de aprendizaje similar a la forma de alimentación del pavo.

Querida Nancy Mansur:
Comparto contigo la idea de que la escucha es una actividad y una actitud importante en la vida de un educador. “Para enseñar latín a John, más importante que conocer latín es conocer a John”. Pero, para conocer a alguien, hay que escucharle.
Es difícil saber hacerlo. Parece que, para escuchar, basta no tener tapados los oídos. Creo, por contra, que escuchar es una tarea de extraordinaria importancia y de extraordinaria dificultad. Para escuchar hay vaciarse de prejuicios y de ruidos. Hay que escuchar con todo el ser.
Conocí a Carl Rogers y me impresionó cu capacidad de escucha. Decía: Cuando un ser humano te escucha estás salvado como persona.
Un cordial saludo.
Miguel A. Santos

Querido Aureliano:
En efecto, el Plan Bolonia se ha quedado en agua de borrajas. Entre otras razones porque aumentar la participación, fraccionar los grupos incrementar la práctica, mejorar la evaluación, formar a los profesores/as…cuesta dinero. Y no solo han aumentado los presupuestos sino que han hecho unos recortes brutales.
Solo queda avanzar contra la corriente. Es más difícil, pero es más estimulante.
Solo a los peces muertos los arrastra la corriente.
Miguel A. Santos

¡Gracias, querido Miguel Ángel, por tomarse la molestia de leer, por escuchar, por responder! ¡Gracias por tanto!
Un abrazo.

Las instituciones tienen que evaluarse. Estamos en un sistema educativo que solo evalúa a los alumnos. No en vano los alumnos son la pieza más débil del sistema.
Una institución tiene que revisar sus patrones de comportamiento y revisar su eficacia.
No se puede repetir de un año para otro lo que se hace sin hacerse ninguna pregunta., sin cuestionarse nada
Hace unos años leí un libro del profesor Santos Guerra que se titulaba La escuela que aprende. Bien podría haberse titulado La Universidad que aprende.

Las instituciones no deberían instalarse en las rutinas. De un año para otro se repiten las mismas acciones sin poner en entredicho cuál es lo conseguido a través de ellas.
La rutina es el primer mandamiento que, lamentablemente, rige la vida de las organizaciones.
Comparto la crítica de esa distribución del tiempo que hace que los estudiantes sean estudiantes SOLO en esas fechas.

No sé qué objetivo se persigue al organizar así los tiempos. Yo creo que ese hecho responde a una concepción empobrecida de la evaluación que tiene estar características:
- se hace al final
- con exámenes
- iguales para todos
- de tipo teórico
- de repetición
- diseñados por el profesor
- corregidos por el profesor
- descontextualizados

En definitiva, todo lo contrario a lo que dice la teoría.

Es necesario también que nosotros los alumnos y alumnas digamos algo sobre esta incongruencia institucional. Nos callamos como borregos y aceptamos todo como si no tuviera que ver con nosotros. O como se las cosas fueran de una manera y ni pudieran ser de otra.
Me lo pregunto muchas veces: ¿Por qué tanto conformismo?

Es curioso que este tipo de artículos nunca llegue a destinatarios con capacidad de decisión. O DE DISCUSIÖN… No voy a decir que lo que yo piense tenga que tener incidencia sobre la realidad. Pero sí me gustaría conocer la replica a mis argumentos para que las cosas sigan un año tras otro como están.
Esto quiere decir dos cosas:
O que quienes tienen responsabilidades no leen este tipo de artículos.
O si los leen, no entran en debate.
Si no entran en debato y no se cuestionan lo que hacen también puede deberse a dos causas:
Una, que no les importa lo más mínimo el asunto.
O que crean que no merece la pena perder el tiempo en esas cuestiones.
Todo ello quiere decir que casi siempre las víctimas son las que leen mientras los verdugos hacen lo que se les antoja.
Y eso me lleva a pensar que no tenemos que limitarnos a hablar o a escribir sino que tenemos que axtuar para que se nos oiga y cambien las cosas.

Plenamente de acuerdo con la crítica a esta forma de hacer la evaluación.
Para qué hablar de toda la tensión y la angustia que se ceba en los estudiantes que se juegan los cursos en estos días, sin tener en cuenta el trabajo de cada jornada..
Un disparate institucionalizado.

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