El verbo ser es un pescado

Una profesora de un Instituto de Málaga me abordó un buen día cuando salía de su centro y me dijo que ella no había suspendido nunca a un alumno. Me quedé sorprendido ante semejante afirmación. No sabía por dónde iban los tiros. Hasta que caí en la cuenta. Quería decir que los alumnos se suspenden a sí mismos cuando son vagos, o cuando son torpes, o cuando…, pero que ella no suspendía a nadie. Qué error.

Le formulan a un alumno la siguiente pregunta: ¿Qué es el verbo ser? Y él contesta: El verbo ser es un pescado.

Discrepé de su planteamiento. Le dije que no pensaba que la realidad fuera esa, que no existía una actuación plenamente objetiva cuando se trataba de acciones de sujetos humanos, por consiguiente subjetivas. Le dije que los profesores evaluábamos algunas veces no solo con subjetividad sino con evidente arbitrariedad. Y, a veces, con crueldad.

Pienso que existe un indiscutible componente subjetivo en la evaluación. Bastaría, para comprobarlo, dar el mismo ejercicio a un grupo de profesores para ver las importantes diferencias en la aplicación de criterios. Y no existe la subjetividad solo en la corrección, también está presente en el diseño y el desarrollo de la evaluación. Hay profesores que generan un clima de tensión y de miedo insoportables. Hay profesores que seleccionan las pruebas de manera… muy subjetiva. ¿Quién no ha oído decir cosas de este estilo?:

- Voy a ponerles un examen que se van a enterar. Porque han tenido un comportamiento inaceptable…

Nada hay más subjetivo que una prueba objetiva. Se puede confeccionar una prueba objetiva para que aprueben todos, para que suspendan todos o para que apruebe el cinco por ciento… Según la subjetividad más pura del evaluador. Y, después de corregida mediante la fórmula matemática de aciertos menos errores partido por ene menos uno, se puede decidir que para aprobar hace falta haber obtenido la puntuación que se desee.

Hay, además de las diferencias de criterio, dificultades objetivas de interpretación. A un alumno de pocos años le preguntó el profesor de religión:

- ¿Cuáles son los fines de la misa?

Armado de lógica, el alumno respondió con aplomo y rapidez.

- Podéis ir en paz, demos gracias a Dios.

¿Respondió mal? No lo sé. Respondió probablemente a otra cosa. Siempre he tenido la sensación de que para acertar con las respuestas es necesario saber qué es lo que quieren saber los evaluadores.

Me cuenta un profesor asistente al curso sobre evaluación que he impartido recientemente en la Facultad de Políticas y Sociología de la Universidad de Granada la siguiente anécdota.

Le formulan a un alumno la siguiente pregunta: ¿Qué es el verbo ser? Y él contesta: El verbo ser es un pescado.

La respuesta resulta desconcertante. Pero tiene una explicación cargada de lógica. El libro de texto decía textualmente: “El verbo ser es un mero soporte gramatical al servicio de un verbo”. Cuando el niño, para preparar el examen, lee en casa este enunciado le pregunta a su padre:

- Papá, ¿qué significa mero?

- El padre, que desconoce el contexto de la pregunta, responde:

- Hijo, el mero es un pescado.

De ahí la respuesta del niño: El verbo ser es un pescado. ¿Está totalmente equivocado? ¿No ha respondido con lógica?

La lectura de algunos párrafos de una de las novelas de Federico Moccia, “A tres metros del cielo”, primera de las obras concatenadas del exitoso autor italiano, conduce de la mano al escabroso tema de la subjetividad en la evaluación.

Dice así: “Giacci (una profesora que se ha sentido humillada por una alumna que ha hecho público un grave error suyo) pone un cuatro en el ejercicio que está corrigiendo. La pobre inocente se merecía algo más. La maestra sigue hablando sola. Pepito (el perro) se duerme. Otros ejercicios son sacrificados. En días más serenos, podría haber llegado tranquilamente al suficiente”.

Todo el mundo sabe que, dependiendo de quien sea el profesor y el evaluador, el resultado será distinto y, a veces, muy distinto. Basta comparar las estadísticas de aprobados y suspensos de los alumnos de la misma disciplina y el mismo curso impartidas por profesores diferentes. Conozco colegas con un criterio sumamente exigente y otros con una postura abiertamente permisiva. Los primeros cosechan tasas de fracaso elevadísimas mientras los segundos no suspenden a nadie o a muy pocos. Con algunos todo es fácil, con otros todo es difícil.

Veamos. En un Colegio (hablemos si se prefiere de la Universidad, para el caso es lo mismo) hay dos cursos en los que se imparte la misma asignatura. Se trata de 1º A y de 1º B. Supongamos que los alumnos del profesor de 1º A tiene unos resultados desastrosos, más del setenta por ciento de fracaso y los del profesor de primero B obtienen excelentes resultados. ¿Por qué esa diferencia? Si le preguntamos al profesor de primero nos dirá, quizás, que el grupo de alumnos y alumnas que le ha tocado es peor que el otro.

Si le preguntas si se han dividido los grupos según la capacidad y aplicación de los alumnos y alumnas, es probable que te diga que no, con lo que viene a decir que hay una ley demográfica sorprendente según la cual los niños nacidos en tal año se agrupan en buenos y malos estudiantes según la letra de su primer apellido. De la A la L están los aplicados y de la L a la Z los malos estudiantes.

Al año siguiente le damos al profesor de 1º A los alumnos que van desde la L a la Z. Previsiblemente los resultados tendrían que estar invertidos. Pero no. Se repiten parecidos porcentajes de éxito y fracaso. Y el profesor dirá que le han vuelto a tocar los más torpes. La ley demográfica es más compleja de lo que habíamos supuesto: los alumnos nacen torpes o listos según las agrupaciones escolares. Un año los torpes están de la A a la L y al año siguiente de la L a la Z.

Si al tercer año, una vez alfabetizados los alumnos, le damos los pares, no podrá decir el profesor de 1º A que le han tocado los alumnos más torpes. Pues lo dice. Y generaliza la causa: es que yo tengo mala suerte. Me tocan siempre a mí. No piensa que quienes realmente tienen mala suerte son sus alumnos y alumnas.

No quiero decir con estas líneas que todo en la evaluación sea arbitrario. Sí que es subjetivo. Lo cual no constituye una crítica al profesorado sino una llamada de atención para que actuemos con racionalidad y con justicia. Mejor será decir con equidad. La justicia da a todos por igual. La equidad da a cada uno lo que se merece.

He de añadir que hay algunas de esas dimensiones arraigadas en la subjetividad que pueden ser justificadas racionalmente. Pero otras son del todo arbitrarias: perdió el equipo favorito de fútbol, el ejercicio anterior era extraordinario, el dolor de estómago resultaba insoportable, el alumno ha hecho la vida imposible al profesor… En conclusión, si no se reconoce la existencia de este componente subjetivo, no se podrá mejorar la evaluación.

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Comentarios

Querido amigo y maestro:

Felicidades por el artículo. Muy inteligente, como siempre, tu método para educar.

Comentaba la semana pasada unas palabras de Michel Barlow:

“Somos lo que somos por los encuentros que hemos tenido”.

Este artículo tuyo, me ha recordado también un capítulo del mismo libro de Michel Barlow (Diario de un profesor novato), que trataba sobre la “Sustracción”. Lo he buscado y el título exacto es “Apoteosis de la sustracción” (el año de publicación en España es 1988, en Salamanca; Ediciones Sígueme, que traduce el original francés…).

Pues bien, el autor considera que la calificación puede contener un componente peyorativo en tanto que interpreta que un 8, en realidad, es 10-2…

En su momento me hizo reflexionar bastante sobre las calificaciones, por cuanto establecen comparaciones entre el alumnado y, por ende, clasificaciones que entre ellos mismos influyen en su autoconcepto y autoestima… Y sigo recapacitando al día de hoy, en especial, porque tus planteamientos me sirven para reestructurar continuamente mis fundamentos psicopedagógicos, lo cual te agradeceré siempre.

Por otro lado, me parece muy interesante el acento que pones en el concepto de equidad. “Casualmente”, a inicios del curso, comentaba a las familias de mi alumnado que procuro no implementar en clase el concepto de justicia, dado que, en virtud de éste, debería dar 5 minutos de lectura a cada discente. Y que procuro que prevalezca la equidad. Quizás un niño tiene suficiente con 3 minutos, mientras que otro puede requerir 7. En fin, según tu exposición, la equidad consistiría en dar más al que más necesita.

Un abrazo, MÁS.

Feliz semana a todos/as.

Muy interesante el artículo, y pone el acento sobre algo muy importante. Puede que un alumno no haya hecho todo lo posible por aprobar en casos concretos, puede ser. Pero los profesores tenemos que darnos cuenta de que no somos máquinas y que nuestra subjetividad también se pone en juego al evaluar. Como dice usted, es el primer paso para mejorar la evaluación: darse cuenta de los problemas.

[...] Una profesora de un Instituto de Málaga me abordó un buen día cuando salía de su centro y me dijo que ella no había suspendido nunca a un alumno. Me quedé  [...]

El artículo está lleno del realismo que da la experiencia. Cierto que hay profesores ” hueso” y profesores “coladera” y de todos los matices. Yo he conocido quien por una décima o dos ha dejado colgada una asignatura por un año en un examen de desarrollo de un tema. ¿Quién puede afinar tanto para evaluar a un ser tan complejo como es el ser humano?
Evaluar a un alumno solo por sus conocimientos, como parece ser que van a ser las reválidas Wert, es manco e injusto. Hoy los conocimientos los podemos llevar en el bolsillo, otra cosa es la voluntad, el esfuerzo, la honestidad, la constancia, el civismo. Si no se tiene todo esto presente en las evaluaciones se me asemeja como sí valoráramos sólo a una persona por sus orejas. Creo que las evaluaciones deben mirar, como nos indica Miguel Ángel, a la persona en su totalidad y eso solo lo puede hacer el que tiene un amplio conocimiento de ella y no un examinador externo.
Saludos.

Creo que la subjetividad u objetivad en la evaluación no es el tema del artículo, sino la “mala leche” de algunos docentes. Y malas pulgas hay en todos los colectivos, no es un atributo exclusivo nuestro.

Puesto que evaluar es un acto humano, siempre habrá objetividad subjetiva y viceversa, subjetividad objetiva, porque se pueden dar ambas circunstancias.

Entiendo que cuando planificamos la evaluación tenemos en cuenta los criterios de evaluación. ¡Algún referente se habrá de tener o del cual partir…!

También soy consciente que en primaria tendemos más a la equidad a la hora de evaluar al alumnado y solemos tener en cuenta otros aspectos que no sean únicamente la adquisición de conocimientos. En otras etapas educativas, es posible que en la evalauvión, prime más la justicia. Mi experincia como alumno me dice que los profesores “hueso” los conocí en las enseñanzas medias y universitarias.

Pero es posible que ni siquiera a un profesor “hueso” haya que desacreditarlo por su forma de evaluar si está basada en unos criterios “razonables” como indica el profesor Santos. Como iniciaba este comentario el arbitraje con “mala leche” es cuestión de malos profesionales y de malas personas no tanto de criterios de evaluación más o menos objetivos.

Repartir justicia es muy complicado, ya vemos en los telediarios cómo la imparten los jueces. Buscar la equidad tampoco es fácil, para ello hay que conocer la situación de partida de nuestros alumnos y alumnas. Quizás ese sea el problema, el uso de una misma rasera para todos y todas…

Buen fin de semana…

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Entiendo como docente que “enseñar” es mucho más que transmitir conocimientos.No todos los alumnos reciben la información de la misma manera ni todos tienen las mismas capacidades para hacerlo. Hay alumnos con un potencial increíble que no demuestran ningún interés por lo que les cuentas y dejan pasar las horas y los días sin hacer apenas nada.Hay otros alumnos en cambio que aún dedicando horas y horas al trabajo y al estudio no pueden llegar a la nota que merecería su esfuerzo. Siempre inculco a mis alumnos que deben dar lo mejor de si mismos para algunos será un 10, para otros un 5 o a veces incluso un suspenso. A los que no llegan y quieren hacerlo les brindo especialmente mi ayuda para mejorar y conseguir los objetivos aunque sean mínimos a nivel curricular. Hay alumnos que aun dedicándole 20 años más a la asignatura no llegarían nunca. Tengo claro que no voy a frustrar un futuro o una carrera profesional por “mi” asignatura, porque he tenido alumnos con notas brillantes que eran pésimos trabajadores y al contrario, estudiantes “del montón” que destacaban en su trabajo. Siempre tengo muy presente que yo también fui estudiante.

Juan Carlos Muñoz, me parece muy oportuno su comentario. Me alegra que manifieste estos planteamientos.

En especial, subrayaría los conceptos de objetividad y subjetividad que propone, los cuales me resultan muy interesantes como aspectos para pensar lo relativos que pueden llegar a ser a veces nuestros puntos de referencia en la evaluación.

En esta línea, coincido con usted en la necesidad de planificar la evaluación con unos criterios. Si me permite repetir sus palabras, pienso que es cierto que “¡Algún referente se habrá de tener o del cual partir…!”. Creo que nuestra tarea no es fácil, en absoluto. Los criterios deben ser cuidadosamente seleccionados -labor muy compleja- y dados a conocer a la comunidad educativa, lo cual debería implicar -desde mi humilde opinión- actuar en coherencia una vez establecidos los mismos.

Y en cuanto a la dificultad de lograr una equidad en la enseñanza, también subrayaría su afirmación sobre la importancia de conocer la situación de partida de nuestros alumnos y alumnas. Me recuerda el título de otra obra de Miguel Ángel Santos, titulada “La evaluación: un proceso de diálogo, comprensión y mejora”.

El diálogo, como medio para conocer a nuestros alumnos y alumnas. Al conocer, estaríamos en una situación más favorable para comprenderlos. Y, de este modo, poder facilitar la mejora, tanto la de nuestros discentes como la nuestra propia como educadores. Pienso que difícilmente podría mejorar mi práctica como docente sin conocer los intereses, inquietudes, problemas, etc. de mis alumnos/as, lo cual, afecta también, sin duda, al proceso de evaluación en sus vertientes fundamentales (inicial, formativa o sumativa y final).

Muchas gracias por aportar sus conocimientos.

Juan Miguel.

Gracias a ti por leer mi comentario. Saludos.

[...] Una profesora de un Instituto de Málaga me abordó un buen día cuando salía de su centro y me dijo que ella no había suspendido nunca a un alumno. Me quedé  [...]

La evaluación es una parte del proceso de aprendizaje que lo condiciona todo.
Si los profesores nunca dudan de cómo lo hacen nunca podrán mejorarlo.
Es ridículo decir que el alumno se aprueba o se suspende como si nosotros no tuviéramos parte en la enseñanza y en la evaluación. Prueba de ello es que con unos profesores todo va bien y con otros todo es problemático o terrible.

La evaluación es una parte del proceso de aprendizaje que lo condiciona todo.
Si los profesores nunca dudan de cómo lo hacen nunca podrán mejorarlo.
Es ridículo decir que el alumno se aprueba o se suspende como si nosotros no tuviéramos parte en la enseñanza y en la evaluación. Prueba de ello es que con unos profesores todo va bien y con otros todo es problemático o terrible.

Ahora, parece ser, que habrá más evaluaciones y más indefensión de los alumnos, al desaparecer los ciclos, que permitían flexibilidad y daba oportunidad al alumnado para ir recuperándose con la evaluación continua. Casos a porrillo.
Un alumno que tenía muchos problemas con las primeras consonantes cuando llegó a 1º de Primaria, en 2º era el que mejores cuentos escribía. Una alumna retrasada en lectura durante mucho tiempo, en 2º era la primera en velocidad lectora…
En mis años mozos, en un examen de Historia Medieval que nos pusieron a los libres, el profesor, apoyado de espaldas a la mesa de profesores,les enseñó el examen a los “mariachis” y se reían. Yo que estaba en primera fila, me volví a los compañeros y les dije: “¡Qué pocas ganas trae éste de corregir”.
Si no estamos atentos de verdad a todas las maniobras “tradicionalistas”, vamos a acabar peor que los políticos que se equivocan y de los que dudamos cómo han podido acabar una carrera o superar unas oposiciones.
Tela marinera, con lo que nos espera.

[...] Y como complemento de la cuarta creencia (Los exámenes miden el aprendizaje), también recomiendo la lectura del Blog de Miguel Ángel Santos Guerra El Adarve, en su artículo “El verbo ser es un pescado”. [...]

[...] Una profesora de un Instituto de Málaga me abordó un buen día cuando salía de su centro y me dijo que ella no había suspendido nunca a un alumno. Me quedé  [...]

[...] Continuar leyendo: El verbo ser es un pescado | El Adarve [...]

[...] "Una profesora de un Instituto de Málaga me abordó un buen día cuando salía de su centro y me dijo que ella no había suspendido nunca a un alumno. (…) No quiero decir con estas líneas que todo en la evaluación sea arbitrario. Sí que es subjetivo. Lo cual no constituye una crítica al profesorado sino una llamada de atención para que actuemos con racionalidad y con justicia. Mejor será decir con equidad. La justicia da a todos por igual. La equidad da a cada uno lo que se merece."  [...]

[...] Una profesora de un Instituto de Málaga me abordó un buen día cuando salía de su centro y me dijo que ella no había suspendido nunca a un alumno. Me quedé sorprendido ante semejante afirmación. No sabía por dónde iban los tiros. Hasta que caí en la cuenta. Quería decir que los alumnos se suspenden a sí mismos cuando son vagos, o cuando son torpes, o cuando…, pero que ella no suspendía a nadie. Qué error.  [...]

[...] Una profesora de un Instituto de Málaga me abordó un buen día cuando salía de su centro y me dijo que ella no había suspendido nunca a un alumno. Me quedé  [...]

Querida Julia:
Magnífico comentario, lleno de sensibilidad y cordura.
Ma parece estupenda la idea de pedir a cada uno lo que puede dar. Es peligrosa la tendencia homogeneizadora del sistema y, más aún, la dinámica que pone a los alumnos y alumnas a competir y ganar a los demás.
Tu última idea me parece muy útil para reflexionar críticamente sobre nuestro trabajo, especialmente sobre la evaluación.
Muchas gracias por compartir tus ideas y sentimientos.
Miguel A. Santos

La evaluación es un fenómeno lleno de poder. No sé lo que pasaría con algunos profesores si les quitasen el arma de la evaluación. Eso que dice la profesora de ese instituto es, además de inexacto, cínico. Ella suspende y, además, dice que se suspenden los alumnos. No hay pruba más grande de la arbitrariedad.
Al menos deberíamos reconocer los peligros que encierra nuestra forma de hacer las evaluaciones.

Estoy de acuerdo con Josefa en que la evaluación encuierra poder. Decir qué está bien y cuándo está bien condiciona la vida de muchos escolares. Alguna vez, de forma muy decisiva. Y muy negativa.
Hay alumnos a los que una evaluación injusta les ha cortado el camino y no han podido seguir avanzando.

Me parece importante que los docentes revisemos nuestras actitudes, nuestas prácticas y nuestras concepciones sobre la evalución.
Pensar que son los alumnos los únicos responsables de su fracaso es una tremenda equivocación.

Miguel te felicito por el articulo, definitivamente tocaste un aspecto en el proceso educativo que causa gran controversia.
Sin duda alguna la evaluación en muchas ocasiones no cumple su función formativa, por el contrario se reconoce como medio de castigo y de imposición de autoridad.
Generalmente se evalúa de manera estandarizada, a este respecto recuerdo una frase que señalaron Chadwick & Rivera(1991) “la idea de medir a todos con la misma vara es teóricamente muy buena, pero distorsiona la realidad” A este respecto, aunque se supone que la mejor característica de la evaluación es su objetividad, se reconoce que el docente influye en el estudiante solo con su presencia.
Valdría la pena sensibilizar tanto a estudiantes como a docentes en cuanto la evaluación es un proceso del cual pueden hacer parte todos los miembros de la comunidad educativa, por esta razón, el estudiante puede ser participe de su seguimiento académico,estableciendo reglas y pautas que lo comprometen y hacen de la evaluación una etapa más de su formación.

Agradezco sus aportes.

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