Detrás de la tapia

tapia.jpeg Hace unos días, en esta misma sección, apareció un artículo, firmado por Juan Antonio Paredes, en defensa de las clases de religión en la escuela. Se sorprende el autor de la confusión que algunas personas ilustradas tienen con los conceptos de catequesis y clases de religión. Quienes creo que confunden los términos son aquellos que hacen de la asignatura de religión una auténtica catequesis. Cosa que no es infrecuente. ¿Rezar antes y después de las clases, preparar primeras comuniones, celebrar el mes de mayo, asistir a misa, invitar a recibir los sacramentos, es hacer catequesis o impartir una asignatura?

Cuando pide el autor que los profesores de religión tienen que ser creyentes vuelve a confundir los términos de la catequesis y de la asignatura. ¿Es que hace falta que quien imparte clase de historia de España sea un convencido patriota? Un fervoroso creyente puede ser un pésimo profesor de religión, aunque fuese un excelente catequista.
Sostiene su tesis el autor en cuatro principios.(él los llama motivos) que voy a intentar rebatir:
–Dice que mediante las clases de religión se recupera la memoria del pasado. Se recupera la memoria del pasado en las clases de Historia. En ellas aparecerá la inevitable referencia al hecho religioso que nos ha marcado durante siglos. Es cierto que no se puede entender nuestra cultura sin la dimensión religiosa. Pero esa dimensión está presente en la Literatura, en el Arte, en la Sociología, en la Filosofía… Nadie sostiene que se elimine de la cultura la referencia al hecho religioso.
–El segundo argumento es tan peregrino que casi no merecería la pena contestarlo. Dice que lo pide un ochenta por ciento de los padres. Por ese mismo motivo no hay que hacer caso a quienes sostienen la opinión contraria, que son pocos, al parecer. Viene a decir que por ser muchos tienen razón. Es decir que si mil personas le piden al autor del artículo que les pague a cada uno quinientos euros, éste debería hacerlo porque muchos no pueden equivocarse, frente a uno. Al parecer, hasta el señor Zapatero ha comprendido este argumento. No tiene mucha base, desde luego, como no sea la de carácter electoral.
–Estoy de acuerdo en el papel que el autor atribuye a la escuela y a la Universidad, más allá de la de preparar trabajadores que se incorporen a la vida laboral con un nivel adecuado. El papel de enseñar a pensar, de ayudar a criticar. ¿Y si uno, pensando, pensando, criticando, criticando, llega a la conclusión de que los homosexuales pueden casarse, y de que la infalibilidad pontificia es discutible y de que el dogma de la Inmaculada Concepción es poco creíble, y de que debe haber mujeres sacerdotes, y de que es necesario utilizar el preservativo para combatir el SIDA y los embarazos no deseados…? No creo que una institución que se basa en dogmas ayude precisamente a pensar y a criticar. Una religión en la que la duda ha estado colocada en el catálogo de pecados difícilmente puede ayudar a conseguir el fin crítico que debería perseguir la escuela.
Mi discrepancia con el autor es total cuando dice que “cercenar el estudio de la religión… sólo se explica por el miedo a que el otro se aparte de la doctrina oficial del laicismo y desde las actitudes autoritarias que recortan la libertad de la persona”. Pues no. No. A mí me parece estupendo que la gente crea en Dios, que vaya a la Iglesia, que asista a las catequesis. A ver si nos entendemos. Y, por favor, aclárese, que si la mayoría pide clases de religión no resulta coherente decir que el pequeño grupo restante constituye la ‘doctrina laicista oficial’.
–Tampoco veo consistencia alguna en el cuarto principio que dice que han existido personas magníficas en la Iglesia católica. Claro que han existido y existen. Y fuera de ella también, señor Paredes. Fuera de ella también. No sé en qué libro de los muchos que escribió el fallecido sacerdote José María Cabodevilla leí una historia verdaderamente significativa. La reproduzco de memoria, por eso es fácil que contenga alguna imprecisión. La historia dice que muere un católico y acude a las puertas del cielo. En lugar de presentarse de inmediato, decide esconderse para ver lo que sucede. Llega un a persona y le dice a Dios:
–Señor, yo era judío. Nací en el seno de una familia judía y he sido un fiel cumplidor de los preceptos de mi religión…
–Pasa, pasa, bienvenido al cielo.
Llega otro individuo diciendo:
–Señor, yo era mahometano. Siempre me esforcé por ser fiel a mis obligaciones.
–Pasa, enhorabuena por haber alcanzado la salvación.
Otro se presenta ante Dios y, con cierta preocupación, dice:
–Señor, yo era agnóstico, pero siempre respeté y ayudé a mis semejantes
–Adelante, entra en el cielo.
Así fue sucediendo con un protestante, un ateo, un mormón, un budista… Todos pasaban la prueba sin dificultad. Muy preocupado, sale de su escondite el católico y le pregunta a Dios:
–Señor, he permanecido escondido durante horas. He visto que todos se salvan. Pero no he visto entrar en el cielo a ningún católico. ¿Es que no se salva ninguno?
–Sí, hijo, los católicos también se salvan. Pero mira, todos entran detrás de aquella tapia porque para ser completamente felices necesitan creer que se salvan ellos solos.
Uno de los problemas que existen en el tratamiento de los asuntos religiosos es identificar la esfera ética con la religiosa. Se diría que quien no es creyente está claramente instalado en la esfera del mal. El obispo de Tarragona decía hace unos días que los problemas de violencia que existen en la juventud tienen como origen la falta de creencia religiosa.

Se invoca una y otra vez el artículo 27 de la Constitución que defiende para las familias el derecho a elegir para sus hijos el tipo de educación que deseen. ¿Quién se lo impide? Pueden ir a la parroquia a la que pertenecen. Lo que no pueden hacer es obligar a que los demás les paguemos ese derecho. Que alguien me conteste, por favor: ¿Por qué un Estado laico tiene que mantener un Concordato con un Estado religioso? ¿Por qué un Estado laico tiene que tener en el currículum oficial clases de religión? ¿Por qué tienen que pagar, quienes no quieren hacerlo, a profesores de Religión que inculcan ‘su’ moral y ‘su’ credo a los alumnos?.¿Por qué nombra (y despide) profesores una instancia que no es la que los paga? ¿Por qué el sistema de acceso no es el mismo que el de los profesores de otras materias?
Me sorprende positivamente la enorme preocupación que los obispos (y seguidores) sienten por el proceso de socialización de los niños y la transmisión de la cultura. Aunque me preocupa un pequeño detalle. Solamente lo hacen cuando se trata de defender la asignatura de religión. No les he oído decir una palabra sobre la disminución de las horas de filosofía.

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