Hay que votar

Mañana, domingo, se celebran elecciones municipales en Málaga. Es necesario ir a votar.  Se trata de un deber ciudadano que no se puede soslayar bajo la excusa de la corrupción rampante de algunos políticos y de la terrible crisis económica y moral en la que nos hallamos. Ni el escepticismo, ni la desesperanza, ni la rabia, ni la pereza deben ser obstáculos insalvables.  Hay que ir a votar.

Y, después de votar, ha de seguir la participación. Las urnas son la cuna, no el ataúd de la democracia. Hay que tomar nota de lo prometido. Porque es preciso exigir el cumplimiento. No bastan las promesas. Hacen falta hechos y explicaciones.

No todos los políticos son malos. No todos los políticos son iguales. Digo, en primer lugar, que no todos los políticos son malos. No todas las políticas son malas. Creo que es antidemocrática esa condena generalizada, ese desprecio sin matices, esa descalificación categórica: “Todos son unos chorizos, todos son unos sinvergüenzas, todos son unos ladrones… Todos y todas”, dicen algunos. Pues no es verdad. No me gustan las bromas que descalifican sin piedad, que muestran una aversión visceral hacia quienes se dedican a la política. Es un planteamiento injusto, desleal y peligroso. Digo peligroso porque, en buena lógica, ese discurso nos llevaría a la idea de que es mejor un régimen dictatorial en el que uno solo mande, imponga, amenace y haga callar. Entiendo, por  contra, que hay mucha gente honesta en la política, gente sacrificada, altruista inteligente y generosa. Gente que quiere dedicar su vida al servicio del bien común. Decía Emilio Lledó hace unos días refiriéndose a los políticos: “Todo su ser es darse Su lucha es esa mirada generosa en busca de la justicia, de la belleza, de la bondad y de la verdad”.

Y digo también que no todos (ni todas) son iguales. No me gusta esa manía de meter a todo el mundo en un saco y poner fuera una etiqueta negativa.  “Podrido”.  “Da igual a quien votar, dicen algunos, porque todos son iguales”. Siempre que se afirma esto no se piensa en una igualación positiva, sino en una descalificación general. Lo que se quiere decir es que todos son igual de sinvergüenzas. No es verdad. Hay muchos tipos de personas que se dedican, transitoria o permanentemente, a la política. No solamente porque hay personas diferentes, sino porque hay programas muy distintos. Sí, hay dos grandes tipos de políticos: los inclasificables y los de difícil clasificación.

De las dos premisas anteriores se deriva la necesidad de ejercer el derecho al voto. Y de hacerlo de forma responsable. Lo cual significa que hay que votar. Y que hay que conocer qué es lo que propone cada uno de ellos (o de ellas). Es decir, hay que saber qué y a quién se vota. Y por qué. Por esos me gustan más los debates que los mítines. Porque permiten saber quién es quién.

Hay un tercer prejuicio que se deriva del segundo que acabo de comentar. Me refiero al que afirma que no hay derechas e izquierdas, que no hay diferencia de propuestas, que no hay distinción entre las opciones. Creo que no es cierto. Creo que es muy diferente un programa de derechas y otro de izquierdas. (Ya sé que estoy simplificando la cuestión, pero el espacio de que dispongo no me permite más amplitud en las argumentaciones)

Me voy a mojar.

Y voy a decir que prefiero un programa de izquierdas porque responde mejor a mi concepción de la sociedad. Cuando pienso en cuestiones importantes (educación, sanidad, distribución de los bienes, solución de conflictos, seguridad, divorcio, aborto, homosexualidad, religión, medio ambiente, igualdad, libertad, solidaridad…) veo que la izquierda hace propuestas que coinciden más con mis ideales, con mis deseos, con mis concepciones… Por consiguiente, voy a votar a la izquierda.

Diré más. Independientemente de siglas e ideologías, voy a votar a una persona (o unas personas, mientras no haya listas abiertas) que tengan una trayectoria intachable. Es decir, personas honradas, personas de bien, personas que tengan principios y no solo palabras.

Y más, Creo que el modo de gobernar de los varones está ya  muy contrastado. Nosotros tenemos un estilo de gobierno que no ha sido muy exitoso. No digo que porque gobierne una mujer, todo va a hacerlo bien. No digo que vaya a hacerlo mejor que un hombre. Pero sí creo que su estilo, su modo de entender la vida, la realidad y la historia es peculiar. Bien es cierto que una mujer puede copiar los esquemas, los estilos, los hábitos del hombre por ser los que se estilan. Pero creo que si gobernasen según su talente y particular idiosincrasia  nos iría mucho mejor. Por consiguiente, votaré a una mujer.

Voy a utilizar otro criterio, aunque sé que de forma menos decisiva que los anteriores. Me voy a inclinar por una persona relativamente joven, con experiencia política, Porque la política mira al futuro y los jóvenes tienen una visión de la realidad diferente a la de quienes han atravesado ya muchos años en puestos políticos.

Y, después de votar, ha de seguir la participación. Las urnas son la cuna, no el ataúd de la democracia. Hay que tomar nota de lo prometido. Porque es preciso exigir el cumplimiento. No bastan las promesas. Hacen falta hechos y explicaciones.

La vigilancia de la ciudadanía ayudará a que los políticos actúen de forma honesta y transparente. Hay que pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica, como día Paulo Freire. No valen todas las explicaciones, todos los hechos, todas las promesas, todas las alianzas. Hay que exigir que esa cercanía (casi asfixiante) que los políticos y las políticas muestran en campaña electoral se mantenga cuando termina el recuento de votos y empiezan a celebrarse los resultados. No se puede olvidar lo que se dijo sobre la importancia de escuchar a la ciudadanía, de conocer sus necesidades y demandas. Quiero recordar a los políticos y a las políticas el aforismo chino referido a la amistad y que ahora atribuyo a la política: “Recorre frecuentemente el camino que lleva al huerto del ciudadano, de lo contrario crecerá la hierba y no podrás encontrarlo fácilmente”.

En el buen entendido de que el ciudadano no es una persona pasiva, que espera con los brazos cruzados a juzgar lo que hacen los demás, sino que es un individuo activo, comprometido, trabajador y responsable. Y una persona que participa en la construcción de una ciudad justa, hermosa,  ecológica, silenciosa, limpia, culta, solidaria, habitable.  Una ciudad creativa e inteligente en las que se pueda vivir dignamente. Todos y toda. Porque si la ciudad se construye para adultos conductores, apresurados, malhumorados, egoístas e insolidarios, no pueden vivir en ella los niños, las mujeres, los ancianos, los enfermos, los discapacitados… Mi querido y admirado amigo Francesco Tonucci dice que una ciudad construida con el parámetro de un niño, es una ciudad en la pueden vivir todos y todas felizmente.

La cultura fracasa, dice mi también amigo José Antonio Marina en el libro “La cultura fracasada”, cuando en ella no se puede vivir dignamente. Propondré para terminar este lema que me ha servido mucho en la vida: “Que mi ciudad sea mejor porque yo vivo en ella”. Y, para que sea mejor, hay que ir a votar.

Tantos y tan enormes milagros

Este artículo no tendría que firmarlo yo. Su autora es Francisca Muñoz, mi médica de cabecera y de corazón a quien ya mencioné en esta sección a causa de la carta de agradecimiento que escribió a los profesores de su hijo pequeño cuando acabó la escolaridad primaria.

Porque aprendimos que una palabra es correctamente usada cuando comunica, dice, reclama, critica, apoya, consuela, discrepa, argumenta, enamora, o maldice, como reconocimos en tantos textos que nos hizo desmenuzar como un azucarillo en un café, para después beberlos a sorbitos durante el resto de nuestra vida.

Hoy voy a reproducir  íntegramente (el lector comprobará al leerlo lo acertado de mi decisión) el texto que le envió a su profesor de Lengua y Literatura cuando, no hace mucho,  se jubiló de sus tareas docentes).

Pretendo al hacerlo dos cosas complementarias. Mostrar, en primer lugar, la influencia maravillosa que los profesores pueden tener cuando realizan su tarea con acierto y pasión. Se verá en esta carta –tan coherente en su estilo con el contenido del texto- cómo la acción de un profesional marca la vida de una persona. En  segundo lugar, hacer patente la inteligente forma de aprender de aquella alumna adolescente (hoy excelente profesional de la medicina) y su sensibilidad para devolverle al profesor la gratitud por su buen hacer.

Estoy segundo de que aquel profesor tuvo algunos alumnos en cuyas mentes y corazones no caló de la misma manera el mensaje. La semilla ha de ser buena, pero la tierra que la recibe necesita una calidad y unas atenciones para que fructifique.

Reproduzco íntegramente el texto. Es el núcleo de mi artículo de hoy. De modo que Paqui muestra en él su gratitud hacia su profesor y yo muestro mi felicitación por sus hermosos sentimientos y por su  capacidad para el aprendizaje.

“Yo tuve un profesor de Lengua y Literatura.

Contra todo pronóstico, lo que nos enseñó, no solo me ha acompañado toda mi vida, sino que tiene milagrosamente plena vigencia y actualidad.

Y no era de esperar por varias razones: la primera, teníamos alrededor de diecisiete años, esa edad entre la fragilidad y la insolencia en la que la influencia de los adultos no se reconoce ni bajo tortura; la segunda, eran tiempos de rebeldía social, todo tenía que ser de utilidad demostrada, todo estaba en tela de juicio, incluidas, por supuesto, las reglas gramaticales, el diccionario y las obras literarias más reconocidas; y tercero, éramos una clase de ciencias “puras”, a ver qué nos podía aportar a nosotros, futuros matemáticos, médicos, o economistas, el estudio de las palabras, por muy simpático, cercano a los alumnos o “enrollado” que fuera el profesor.

Pero nos equivocamos de todas todas. Y nos fuimos dando cuenta con el paso del tiempo cuando nos descubrimos utilizando su legado silencioso en formas muy diversas y sobre todo, cuando nuestros errores de adultos, mucho más graves, nos bajaron de ese pedestal de falsa seguridad y prepotencia que da la ignorancia.

Porque no fue solo lo que aprendimos sino cómo nos lo enseñó.

Porque su objetivo no  fue el conocimiento del contenido sino el reconocimiento del continente.

Porque su diana no estaba en el estudio de los fonemas, la raíz de los vocablos o la compleja mezcla de palabras en aquellos castillos de análisis sintáctico de frases subordinadas y coordinadas, martirio de cualquier bachiller.

Porque con él aprendimos que lo realmente importante de las palabras eran las personas que las utilizábamos, lo que nos comunicaban, lo que entendíamos o dudábamos, más aún, lo que sentíamos ante ellas y por ellas, lo que pensábamos cuando las dábamos y las recibíamos. “Lo más importante del comentario de texto es la opinión personal”, decía, mientras nosotros le mirábamos de reojo sudando una respuesta personal e intransferible que no estaba escrita en ningún sitio.

Porque nos enseñó que el receptor (nosotros) y el emisor (un prestigioso autor) éramos equiparables,  personas cómplices en un intercambio continuo y que el valor del mensaje no estaba en su estructura sino en el interior del que lo emitía y en el del que lo recibía,  en la emoción que suscitaba o en la idea que hacía surgir en nuestros cerebros casi recién estrenados y así, reconocidos y validados; en nosotros, medio niños, medio pobres, medios.

Porque sorprendentemente eso nos daba mucho valor a nosotros mismos, como protagonistas del lenguaje y por extensión, de la vida, de una vida,  la nuestra, a una edad en la que se precisa una dosis de autoafirmación cada ocho horas y en que la principal certeza es la incertidumbre.

Porque aprendimos que una palabra es correctamente usada cuando comunica, dice, reclama, critica, apoya, consuela, discrepa, argumenta, enamora, o maldice,  como reconocimos en tantos textos que nos hizo desmenuzar como un azucarillo en un café, para después beberlos a sorbitos durante el resto de nuestra vida.

Porque nos hizo descubrir que, fuese cual fuese el oficio que eligiéramos, o que más bien nos eligiera, estaríamos abocados a esa bendita maldición de comunicarnos en todas nuestras acciones.

Porque nos enseñó que el arte es una de las pocas razones por las que uno puede sentirse orgulloso de pertenecer al género humano, y que se escribe con minúsculas, y que también estaba en nosotros, no solo en esa pieza musical, escena de teatro, texto o cuadro, sino en la luz que milagrosamente encendía en esa cueva limpia y oscura que es el alma en construcción de un adolescente.

Ahora todo lo que aprendimos forma parte de su legado, de ese gran tesoro que nos regaló a tantos tanto tiempo y que, instalado en nuestro disco duro nos persigue como una maldición en nuestra vida de adultos: la de querer conocer, la de querer opinar, la de querer pensar, la de querer querer, la de querer ser.

Yo tuve un profesor de Lengua y Literatura.

Gracias, a él y a toda esa generación de profesionales de la enseñanza pública, que con su trabajo discreto y anónimo han sido capaces de tantos y tan enormes milagros cotidianos”.

No hay mucho que añadir. El texto habla por sí mismo. Es elocuente y muestra bien a las claras lo eficaz  del aprendizaje. En ocasiones no somos conscientes de las cosechas que producen las sementeras de la educación. Claro, la de los buenos profesores. Lamentablemente, podemos encontrarnos con otros que aplastan el  deseo de aprender y generan aburrimiento y rabia. Porque hay torpeza en la forma de ejercer la profesión y desamor en la manera de relacionarse.

Permítaseme añadir una breve y sentida referencia a la importancia de la escuela pública. Por ser la escuela de todos y de todas, por ser la escuela para todos y para todas. Hace años escribí un artículo titulado: La escuela publica o la causa de la justicia.

Hasta el título de este artículo es hermoso. Lo he tomado del texto que he querido glosar. Son muchos los milagros que produce la enseñanza. Milagros tan duraderos como la vida de los alumnos.  El recientemente fallecido Rubem Alves escribió hace años un libro titulado “La alegría de enseñar”. De él extraigo esta cita: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna forma seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra… Por eso el profesor nunca muere”. Así es.

Mi última clase

El pasado día 5 de mayo impartí la última clase de mi vida laboral. Una clase de varias horas, que cerraba la asignatura “La evaluación como aprendizaje”, materia que forma parte del curriculum de un master departamental que lleva por título “Políticas y prácticas de innovación educativa”.

En el descanso fui sorprendido por una oleada de emociones. El grupo habría preparado una estupenda merienda y había comprado una tarta en la que dos velas (un 5 y un 4) formaban un número que se les antojaría a ellos y a ellas, tan jóvenes, una cifra desmesurada. En una tarjeta escribieron frases emocionadas de agradecimiento y de felicitación que me hicieron soltar alguna lágrima.

Ha sido casi imposible resistir la emoción que, desde días antes, me invadía. Recordaba la primera clase que di  a un numeroso grupo de alumnos de Primaria en el colegio Auseva de Oviedo, en el día de apertura  del curso escolar del año 1961.  Recuerdo cómo subía las escaleras, con el corazón alborotado. Iba a ver las caras de mis primeros  alumnos.

Han pasado más de cincuenta años. Un suspiro. No sé muy bien cómo ha podido transcurrir todo ese tiempo en un abrir y cerrar de ojos, de la noche a la mañana. No he pedido una sola baja, no he vivido ninguna deserción, no he protagonizado ningún desfallecimiento. Afortunadamente.

Ojalá que los jóvenes que empiezan lo hagan con la mitad  de la ilusión con la que yo termino. Habré causado daños, habré cometido omisiones lamentables, habré incurrido en errores garrafales. Por todo ello pido disculpas a quienes perjudiqué indebidamente y a quienes  no ayudé en la medida que necesitaban.

Tengo que agradecer miles  de cosas a mis alumnos y alumnas de todos los niveles del sistema educativo. A los de Primaria de Oviedo, a los de Secundaria de Tuy, a los del Colegio La Vega de Madrid, a los que tuve en la Universidad Complutense, en el CEU, en la UNED y, finalmente, en la Universidad de Málaga. Miles  de cosas relacionadas con la mente y también con el corazón. El título del primer libro que escribí, “Yo te educo, tú me educas”, sintetiza muy bien mi pensamiento y mi actitud ante ellos y ante ellas. Los alumnos y las alumnas son nuestra razón de ser. Sin alumnos no habría necesidad de profesores.

Esa última clase del día 5  tuvo dos partes. En la primera abordamos algunas cuestiones teóricas sobre metaevaluación y analizamos algunas experiencias a través de la técnica de la entrevista colectiva.

En el descanso fui sorprendido por una oleada de emociones. El grupo habría preparado una estupenda merienda y había comprado una tarta en la que dos velas (un 5  y un 4) formaban un número que se les antojaría a ellos y a ellas, tan jóvenes, una cifra desmesurada. En una tarjeta escribieron frases emocionadas de agradecimiento y de felicitación que me hicieron soltar alguna lágrima.

Reanudamos la sesión para abordar, a través de un pequeño documento, 25 principios que deberían presidir las evaluaciones de diagnóstico. En pequeños grupos primero, luego en plenario.

Pasito a paso nos íbamos acercando al momento final. Todo llega en la vida, aunque nos parezca lejano. De pronto, llegó el final. Planteé una singular técnica de evaluación para hacer la valoración de la asignatura. En el encerado fueron dibujando y escribiendo sus sentimientos, sus ideas, sus valoraciones a través de imágenes y palabras. Ya sé que se trata de una técnica limitada puesto que todos y todas quienes escriben lo hacen en presencia de su profesor que se despide, de su profesor que les va a calificar.  El encerado se fue llenando de ideas y de emociones. Yo también participé expresando lo que había vivido durante la asignatura.

Llegó la hora del adiós. En cada clase les había hecho el pequeño regalo de un texto significativo sobre lo que habíamos trabajado. Para ese momento elegí un breve artículo que escribí hace años y que se publicó  en esta misma columna, titulado “Los adioses”. Decía en él: “Hay que preparar el corazón para los adioses Para recibirlos cuando nos vamos y para darlos cuando alguien se va. Hay que saber encajar los adioses de manera que nos hagan fuertes y sólidos en la vida emocional. Nuestro yo se hace fuerte a fuerza de dar y recibir adioses”.

Leí  como pude aquel texto. Un texto que hablaba de múltiples adioses y que terminó (no podía ser de otro modo) con el adiós de la jubilación. “Hoy me jubilo definitivamente: adiós, queridos alumnos, queridas alumnas. Adiós”.

Luego hubo muchos abrazos y muchas lágrimas. Algunas mías. Era un momento de felicidad y de tristeza. De fin y de comienzo, de encuentro y de separación.

Asistieron a esa clase tres personas singulares. Dos que habían cursado la asignatura sin estar matriculados. Lo cual dice mucho de su afán de aprendizaje y de su escasa obsesión por los aprobados y los títulos. Y un exalumno que quiso compartir conmigo las últimas horas de mi  profesión. Y, al final, para poner el broche de oro, llegaron a la clase dos queridas compañeras del Departamento con una preciosa orquídea como regalo de despedida. No hay otra profesión que ofrezca recompensas tan profundas.

Dice Rubem Alves en su precioso libro “La alegría de enseñar”: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna manera seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra… Por eso el profesor nunca muere”.

Quise rendir homenaje en ese pequeño grupo a todos los alumnos y alumnas de mi vida. Lo hice de una manera simbólica y a la vez pragmática. Anuncié que todos y todas iban a tener la calificación de sobresaliente. Era una manera de redimir mis equivocaciones a la baja, es decir, de reparar de algún modo las injusticias que, sin duda, habré cometido en las calificaciones.

Quisiera que mis lectores y lectoras entendieran este artículo no como una reflexión personalista sobre mi experiencia profesional y sobre el momento de la jubilación sino como una reflexión sobre la importancia de la carrera docente. Empecé a dirigir hace años una tesis sobre este inquietante asunto: ¿cómo envejecen los profesores en la enseñanza? Lamentablemente, el doctorando enfermó de gravedad y tuvo que desandar el camino que había recorrido.

Aunque este es un artículo que se abre con mi despedida quiero aprovechar la ocasión para plantear tres cuestiones de carácter genérico: Primera: ¿Qué es lo que nos hace vivir la experiencia de manera enriquecedora y optimista y qué es lo que erosiona nuestras ilusiones iniciales? ¿Cómo es posible que con parecidas circunstancias unos pidan la jubilación anticipada y oros no quieran retirarse? Segunda: ¿Por qué hay que jubilarse obligatoriamente de una tarea que puedes y quieres hacer? ¿No se podría acusar a quien esto ordena de discriminación por la edad? Tercera: ¿Qué es lo nos hace aprender de la experiencia vivida? Creo que no es tanto lo que nos pasa cuanto la reflexión rica y exigente sobre lo que nos pasa.

La actitud positiva ante la vida que me ha brindado esta bendita  profesión hace que pueda repetir lo que dijo el escritor francés Edmond Rostand el día de su 80 aniversario cuando se miró en el espejo: ¡Desde luego los espejos ya no son lo que eran!

El test de la golosina

Así se han dado en llamar unas largas investigaciones sobre autocontrol desarrolladas en la Universidad de Stanford desde hace ahora medio siglo y así se titula el libro publicado en la Editorial Debate por el iniciador de estos trabajos, Walter Mischel.

Una vez en el “cuarto de las sorpresas”, le dicen al niño o a la niña que puede comer una galleta en ese momento pero que, si espera veinte minutos (había “demoras largas” y “demoras cortas”), podrá comerse dos. El experimentador se ausenta y el niño se queda solo delante de la galleta y con un timbre al alcance por si quiere llamar al experimentador.

Este afamado profesor e investigador universitario de Psicología, inspirador y director de los trabajos en los que han colaborado muchos colegas y numerosos alumnos, ha lanzado recientemente al mercado un pequeño fascículo de 27 páginas, como anticipo, introducción  o aperitivo de un libro de 304 páginas en el que se cuenta pormenorizadamente explicado este fascinante experimento.

Los investigadores trabajaron en los años 60 con más de quinientos escolares de 4-5 años en una  interesante investigación. Los alumnos pertenecían al Colegio de enseñanza preescolar Bing Nursery School, fundado en 1966 y asociado a la Universidad de Stanford como laboratorio para estudiar el comportamiento y el desarrollo infantil. Una vez en el “cuarto de las sorpresas”, le dicen al niño o a la niña que  puede comer una galleta en ese momento pero que, si espera veinte minutos (había “demoras largas” y “demoras cortas”), podrá comerse dos. El experimentador se ausenta y el niño se queda solo  delante de la galleta y con un timbre al alcance por si quiere llamar al experimentador.

A falta de un dulce favorito de aceptación universal, las golosinas podían variar. Los investigadores les ofrecían un amplio surtido y cada niño o niña podía elegir la que más le apeteciese.

“Amy, por ejemplo, cuenta Walter Mischel, permaneció sentada sola en la mesa mirando la golosina a la que podía echar mano inmediatamente si quería y las dos golosinas que podía conseguir si se esperaba. Cerca de aquellas tentaciones había un timbre de campanilla como los de los hoteles que ella podía hacer sonar cuando quisiera para llamar al investigador y pedirle que le diera la golosina. O podía esperar a que aquel volviera y, si no se había levantado de la silla ni empezado a comer la golosina, le diera las dos”.

Resulta emocionante leer las descripciones que hacen los investigadores sobre los comportamientos de los pequeños escolares que eran observados a través de un cristal semitransparente. Cómo dudan, cómo  acercan su mano al timbre, cómo miran, cómo actúan… Uno de ellos cogió una de las galletas, comió la masa central que tenía entre las dos partes, hizo lo mismo con la segunda y depositó luego las dos en su lugar de origen.

Antes de comenzar, los niños jugaban con el experimentador durante un tiempo hasta que se sentían cómodos con él.  Parece lógico pensar que la confianza es un factor importante que  podía favorecer o, al menos, hacer posible la espera de la satisfacción.

Un resultado llamativo del estudio fue que lo que los niños en edad preescolar hacían cuando se esforzaban por esperar y el modo de aguantar o no aguantar la demora de la recompensa servía para hacer importantes predicciones acerca de su vida futura. A lo largo de más de cincuenta años, se va estudiando la evolución de aquellos escolares, teniendo en cuenta sus logros académicos, su éxito en el trabajo y su desarrollo personal. El estudio, de naturaleza transversal, va estudiando la evolución de esos escolares: en la adolescencia,  en la juventud, en la etapa adulta.

En el primer estudio de seguimiento. Los adolescentes que  más esperaron en el test de la golosina eran considerados una década más tarde como personas que mostraban un mayor autocontrol en situaciones frustrantes, que cedían menos a las tentaciones, que se distraían menos cuando trataban de concentrarse, que eran más inteligentes, independientes y seguros de si mismos y que confiaban en sus juicios. Cuando se hallaban estresados no perdían la calma tanto como los que habían esperado menos. Y era menos probable que se mostraran nerviosos, se volvieran desorganizados o  recayeran en comportamientos inmaduros. También eran previsores  y planeaban más las cosas y, cuando estaban motivados, eran más capaces de perseguir sus metas. Asimismo eran más atentos y capaces de usar y obedecer a la razón, y era menos probable que los contratiempos los desviaran de su camino. En suma, eran lo opuesto al extendido estereotipo del adolescente problemático, difícil, al menos a los ojos y en los informes de sus padres y profesores.

De los 25 a los 30 años, los que en su edad preescolar habían podido esperar más, informaron de que eran más capaces de perseguir y alcanzar metas propuestas a largo plazo, hacían menos uso de los medicamentos peligrosos, habían alcanzado niveles educativos elevados y tenían un índice de masa corporal más bajo. También tenían mayor capacidad de resistencia y adaptación en relación con los problemas interpersonales y más aptitud para mantener relaciones estrechas.

En el libro, dice Mischel, “hablo de lo que es y de lo que no es la fuerza de voluntad, de las condiciones que la anulan y de las habilidades cognitivas, las motivaciones que la posibilitan y las consecuencias de poseerla y utilizarla”. La idea básica que impulsa estos estudios es, pues, que la  capacidad de demorar la satisfacción inmediata puede adquirirse. Es decir, que puede educarse la voluntad Esa educación exige la repetición de actos positivos, realizados a veces con esfuerzo, que acaban por convertirse en hábitos saludables.

No he tenido acceso a los estudios y, por consiguiente, no he podido comprobar su grado de validez y fiabilidad. Pero quiero dar por supuesto el rigor, dada la significación de los resultados y la difusión y enorme repercusión que ha tenido. He de suponer que respeta todas las exigencias de un trabajo científico.

A nadie se le oculta la importancia que tiene el autocontrol y la capacidad de resistencia a las numerosas tentaciones que nos tiende a cada instante la sociedad mercantil y la cultura hedonista en la que vivimos. Hay muchos jóvenes incapaces de resistirse a las invitaciones que les hacen los colegas a probar la droga. Hay muchos adolescentes que se entregan al placer inmediato, a la satisfacción súbita, a la comodidad

¿Cuántas veces nos hemos propuesto dejar de fumar, hacer ejercicio, dedicar unas horas al estudio, abandonar un mal hábito, dejar de comer algo que nos hace daño… y no hemos sido capaces de hacerlo o no hemos mantenido la decisión más que unos días? ¿Qué es lo que nos ha pasado? ¿Qué es lo que  ha fallado? Sencillamente, la fuerza de voluntad, el autocontrol.

Esa fuerza reguladora del yo no es innata, no es genética. Se puede adquirir, se puede cultivar, se puede desarrollar. Se debe. Y se consigue a través de la educación. Entendida la educación como un proceso de desarrollo integral de la personalidad y no como una simple acumulación de conocimientos.

Vida en la escuela

Los terribles acontecimientos sucedidos en el instituto Joan Fuster del barrio de La Sagrera de Barcelona, en  los que murió asesinado un profesor de Ciencias Sociales y fueron heridos varios miembros de la comunidad educativa por un joven de 13 años que sufrió un brote psicótico, nos han dejado consternados.

Durante unos días, estos hechos han estado en el epicentro de la noticia, han ocupado la parte más visible del escaparate de la realidad. La muerte en la escuela (¡un profesor asesinado por un alumno!) se convierte en noticia de cabecera de telediarios, periódicos y radios.

Durante unos días, estos hechos han estado en el epicentro de la noticia, han ocupado la parte más visible del  escaparate de la realidad. La muerte en la escuela (¡un  profesor asesinado por un alumno!) se convierte en noticia de cabecera de telediarios, periódicos y radios. De pronto, la realidad educativa cobra un inusitado interés que antes no tenía. Ahora empieza a considerarse preocupante la violencia escolar, la vigilancia en las entradas a los centros, la seguridad de los docentes, el papel de los tutores, la actividad del orientador, el ejemplo de los padres, la salud emocional de los niños y de los jóvenes… Ahora –y solo ahora, cuando el cadáver del profesor todavía no se ha enfriado- se abre un debate apasionado sobre el quehacer de la escuela y de la familia en la educación.

Pero no antes. Pero no después. Todo volverá a la normalidad. Los estudiantes acudirán a las aulas con sus mochilas a la espalda, los profesores afrontarán sus decisivas tareas, los padres llevarán a sus hijos a los centros escolares, sin que casi nadie reflexione o se preocupe por lo que sucede en el interior de las aulas. Hasta el señor Wert, al parecer Ministro de Educación, ha salido a la palestra para decir que este es un caso aislado y que la convivencia en la institución educativa es buena. Pero antes, ojalá que no lo pueda volver a hacer, ha endurecido las condiciones laborales de los profesores (más horas, menos sueldo), ha aumentado el número de alumnos en las aulas y ha reducido el número de los especialistas en las escuelas…

Lo que es noticia es la muerte en la escuela, la violencia en la escuela, la tragedia en la escuela. Pero no es noticia casi nunca la vida en la escuela, la convivencia en la escuela, la educación en la escuela. Es noticia el profesor muerto a mano de un alumno, pero no lo son los profesores que cada día hacen frente a sus responsabilidades con menores sueldos, peores condiciones y escasa formación inicial y permanente.

“El crimen de Barcelona eleva a un nivel insólito la violencia escolar”, titula en primera página El País. “Tengo que matar a más”, titula casi a toda página El Mundo. Nunca veremos en la cabecera del periódico este titular: “Millones de escolares trabajaron hoy en las escuelas aprendiendo a ser más críticos, más lúcidos y más solidarios”. Nunca veremos abrir un telediario con este avance: “Miles y miles de profesores trabajan con ilusión y esfuerzo en las aulas para ayudar a que los alumnos y las alumnas se conviertan en mejores ciudadanos y ciudadanas”.

Hace unos artículos, alguien comentaba en mi blog que debería existir un telediario de buenas noticias. Sólo de buenas noticias. Aunque esto parezca una contradicción en la cultura que vivimos. Porque en ella el concepto de noticia equivale a desgracia, calamidad o desastre. Noticia son los asesinatos, los secuestros, las violaciones, los diferentes e inagotables tipos de corrupción. Pero la bondad, el bien (y la educación concretamente) no  lo son. A fuerza de tantas malas noticias, nos hemos acostumbrado a identificar novedad con calamidad, información con desastre,  actualidad con maldad. Me apena  oír hablar de educación solo cuando hay un conflicto, un escándalo, una tragedia, un secuestro o una violación en la escuela.

Todos los asuntos que han cobrado actualidad a raíz del crimen del instituto de Barcelona eran actualidad viva antes del 18 de abril. Y lo serán después: el aprendizaje de la violencia en una sociedad cargada de pulsiones agresivas, la educación en el seno de las familias, la atención a la diversidad de cada alumno, el desarrollo emocional, la calidad de la educación, las enfermedades mentales de los niños y de los jóvenes, la edad penal de los jóvenes…

A raíz del trágico suceso se ha puesto sobre el tapete de las preocupaciones la seguridad de los profesores y de las profesoras. Pero todos los días acuden a las aulas, sabia, humilde y pacientemente los profesores sin que nadie se pregunte en qué condiciones lo hacen. No preocupa mucho quiénes son, cómo han sido elegidos, cómo son formados y cómo son tratados por la política educativa. Si esa profesión es tan delicada, difícil e importante tiene que seleccionarse para ella a las mejores personas de un país. No a quien no valga para otra cosa.

Téngase en cuenta que en cualquier profesión el mejor profesional es aquel que mejor manipula los materiales, pero en esta el mejor profesional es el que más y mejor los libera. En esta sociedad del conocimiento todo el mundo sabe que quien tiene conocimiento tiene poder. El profesor dedica su vida a compartir con los alumnos el conocimiento que posee.

Hace unos días leí una frase de Arturo Pérez Reverte, autor con quien no comparto muchas ideas sobre educación, que considero extremadamente  lúcida: “Deberíamos triplicar el sueldo a los profesores. Hacer de ellos una profesión bien pagada, rigurosa, de élite. Son nuestra única salvación”.

A raíz de la tragedia se ha empezado a hablar de la escuela y de la educación. Pero la escuela estaba ahí y muchos de quienes ahora hablan y hablan y escriben y escriben, la tenían completamente olvidada.

Creo que la educación es el asunto más importante del país. Pocas veces aparece esta preocupación como prioritaria en las encuestas del CIS. Pocas veces se plantea la educación como una cuestión de vital importancia para la sociedad. Una educación de calidad de todos y de todas y para todos y para todas, Ese es el camino para la transformación profunda de vida en común. Creo con Herbert Wells que “la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”.

La solución a los problemas del país y de la humanidad no está, a mi juicio, en los despachos ministeriales, ni en los cuarteles, ni en las industrias, ni en las multinacionales, ni en los bancos, ni en las iglesias. Está en las escuelas. Está en la educación. No quiero decir que otras instancias no puedan aportar nada. Claro que sí. Todos somos necesarios para construir una sociedad mejor. Pero los cimientos de esa sociedad justa y hermosa se construyen a través de una verdadera educación. Una educación que no es mera instrucción, ni mera socialización ni, por supuesto,  mero adoctrinamiento. Una educación entendida como un proceso que nos ayuda a pensar críticamente para entender el mundo y que nos impulsa a ser solidarios y compasivos son los demás. En definitiva, una tarea  que nos ayuda a pensar y a convivir. Esa es, a mi juicio, la gran noticia.