El calvario de Isabel

Isa (así la llamaban siempre quienes la querían) murió en noviembre de 2013 a los 48 años, después de recorrer un largo camino lleno del amor de los suyos y del dolor provocado por la insensibilidad y la incompetencia médica. Isa tenía síndrome de Down. El interminable sufrimiento estuvo generado no por el síndrome sino por concepciones desfasadas y crueles sobre el mismo, por incomprensibles errores médicos y por la falta de sensibilidad de algunos profesionales de la salud. Hablo de algunos y algunas, claro está. Porque la generalización es un brutal ejercicio de injusticia.

El interminable sufrimiento estuvo generado no por el síndrome sino por concepciones desfasadas y crueles sobre el mismo, por incomprensibles errores médicos y por la falta de sensibilidad de algunos profesionales de la salud.

Durante toda una tarde escuché el relato angustiado y a la vez vibrante de su hermana Ana. La herida sangra todavía, a pesar de haber pasado más de un año de la muerte de su hermana y de haber secado a fuerza de llanto el pozo de las lágrimas. Se quejaba con palabras certeras y a la vez exigentes. Con palabras duras y a la vez conmovedoras.

-    En ocasiones pienso que a mi hermana la asesinaron en los Hospitales.

Tremenda acusación que la ha llevado a poner el asunto en manos de los tribunales. No será fácil probarlo, le digo, pero ella quiere que su causa se convierta en un grito de atención para que quienes tienen el síndrome de Dltica profesionalequiere que se own no sean tratados por algunas personas con descuido y con dureza. Para que los pacientes sean considerados y atendidos como personas necesitadas de soluciones clínicas y, a la vez, de afecto.

Los estereotipos y las concepciones retrógradas  condicionan la práctica profesional. Me habla de un médico intensivista que le dice que él tiene una hija con discapacidad mental y que la tiene en casa, que no va a ningún centro de formación, ni de empleo, ni de ocio y que no haría jamás lo que Ana y su familia están haciendo con Isabel. Como si una persona con síndrome de Down tuviera menos derecho a vivir felizmente y a participar en la comunidad, como si su capacidad de sentir fuese menor, como si no mereciese  los mismos esfuerzos que cualquier otra carente del síndrome.

Se han grabado a fuego en el alma de Ana (me imagino que también en las de sus familiares) algunas reacciones de profesionales de la medicina y de la enfermería  que trataron a su querida Isa como si no hubiera subido todos los peldaños que llevan a un ser vivo a la condición humana.

Ha visto muchas actuaciones que delatan incompetencia y muchas actitudes rayanas en la insensibilidad. Y quiere que nadie más pase por esa situación. De ahí su denuncia y de ahí nuestra larga y conmovedora conversación.

Mencionaré someramente algunos hechos que me transmite Ana con una visible angustia y una rabia contenida. Después de diez años de un mal diagnóstico  ante un aparente problema de cojera o hemiplejía (es muy cómodo recurrir al supuesto deterioro neurológico que padecen las personas con síndrome de Down), otro profesional le dice a la familia que no se explica cómo no han podido verlo, que se trataba de un diagnóstico sencillo, casi evidente, de “desplazamiento de la primera vértebra cervical, una luxación del atlas”. ¿Quién le devuelve ahora el sufrimiento de esos  años?

Posteriormente, después de varias operaciones, y como consecuencia de llevar un collarín cervical, se rompió el cóndilo de la mandíbula. Cirujanos maxilofaciales le plantearon la necesidad de hacer una ortodoncia para poder intervenir. La ortodoncia duró dos largos años, pasados los cuales resultó que ya era tarde para poder solucionar el problema.

Y una tercera: el 27 de septiembre de 2013, Isa entra en quirófano para que le sea instalada una válvula craneal a consecuencia de una meningitis (causada, al parecer, por otras negligencias que ahora no puedo explicitar por razones de espacio). A las dos horas de estar en quirófano “nos dicen, explica Ana, que no pueden intervenir a causa de una infección respiratoria en la que no habían reparado, a pesar de nuestras advertencias”.

Me habla de operaciones fallidas, engaños estúpidos, actitudes pesimistas e insensibilidad crónica. No voy a entrar en detalles. Solo quiero con estas líneas hacerme eco del dolor de esta familia y rendir tributo a ese maravilloso ser que fue Isabel Gallego. Poner un poco de bálsamo en tantas heridas causadas por un ejercicio profesional deficiente.

No se trata de carencia de personal o de medios. Se trata de actitudes de poca sensibilidad. Se trata de una comunicación insuficiente y mala, se trata de un modo de proceder desprovisto de cuidado y de ternura. Se trata de una visión desafortunada y torpe sobre la psicología de una persona con síndrome de Down.

Cada paciente es un mundo. El ser humano no es una máquina que se ha averiado. Una persona con síndrome de Down no es un ser humano defectuoso. Los profesionales de la salud se habitúan a tratar con el dolor y con la muerte. Y no caen en la cuenta, por la deshumanización que produce la rutina, de que un gesto suyo, una mirada, una palabra (o su omisión) tienen un potencial destructivo o salvador. Es necesaria esta llamada de atención que les inste a considerar a cada enfermo como un ser único, incomparable e irrepetible. No hay enfermedades sino enfermos.

He trabajado mucho con tutores de MIR (Médicos Internos Residentes).  He insistido siempre en esa parte de la medicina que frecuentemente se olvida.  No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad. El paciente necesita, cómo no, un profesional competente que diagnostique con rigor, informe con precisión y cure con eficacia. Pero el paciente necesita también a un profesional que le mire con afecto, que le explique con cuidado, que le atienda con respeto y sensibilidad, que le escuche con calma, y que le infunda esperanza. Y más (y no menos) si se trata de un paciente con síndrome de Down.

No se puede dejar a una paciente incomunicada, sin posibilidad de expresar si siente dolor o miedo, tristeza o angustia. Hay muchas formas de comunicarse. Los profesionales de la salud deberían conocerlas. O, al menos, dejarse aconsejar por la familia o por especialistas externos. Y ponerlas en práctica. Ana me muestra algunos intentos que hizo para explicar a los profesionales cómo se podía establecer la comunicación con su hermana, sometida durante muchos días a la inmovilidad de la cama hospitalaria y al silencio producido por la traqueotomía.

La familia ha tenido la sensación de que los médicos se creen dioses que tratan con mortales, cuya vida y muerte tienen en las manos. No les explican con claridad, no se acercan a ellos con humildad, no reconocen sus errores, no están atentos a sus reacciones, necesidades y demandas.

Le dolió especialmente a la familia que tirasen la toalla antes de tiempo, que aceptasen el final sin agotar todas las posibilidades. Y que, cuando a un miembro del equipo se le escapa que practicar una traqueotomía puede ser una solución y la familia se agarra a ella con toda sus fuerzas, es acusada de prolongar inútilmente el sufrimiento del ser querido.

Hace falta más ciencia y más conciencia. Hace falta más rigor y más cuidado. Hace falta más  dedicación y más piedad. Si hubiera sido así, Isa y su familia lo hubieran agradecido con todas sus fuerzas.

Los deshollinadores judíos

Contra el terror, educación. Contra las armas, la palabra. Contra la brutalidad, el pensamiento. Contra el fanatismo, los libros. Contra el miedo, la valentía. Contra el odio, el amor. Contra el fundamentalismo, la duda.

- Dos deshollinadores judíos se caen por una chimenea. Uno sale limpio y el otro sucio. ¿Quién de los dos irá a lavarse?

El fundamentalista piensa que está en posesión de la verdad, de la verdad absoluta. Una verdad por la que se puede morir y matar. No se cuestiona que pueda estar equivocado. No se hace preguntas. No duda. Está convencido de que todos aquellos que piensan de forma diferente están equivocados. Son estúpidos porque son infieles y son infieles porque son estúpidos. Los terribles asesinatos de París nos muestran de forma palmaria esa forma de pensar y de proceder. Dice el escritor Amin Maalouf, de origen libanés, que “ninguna causa es justa cuando se alía con la muerte”

El dogmático no admite la duda porque la considera una amenaza para su dogma. No puede haber resquicios por los que se filtre la interrogación. La verdad es apodíctica, es decir incondicionalmente cierta, necesariamente válida. Es monolítica, no admite puntos de vista.

En  el libro “Cuentos que mi jefe nunca me contó”, de Juan Mateo, he leído al respecto una simpática y significativa historia que quiero compartir con mis lectores.

Un joven acude a un rabino para decirle que desea que le enseñe el Talmud porque todos los judíos que conoce son ricos y él quiere serlo. El rabino le dice que se encuentra en un error porque ser judío es una ideología, una religión y no un modo de hacerse rico. Cuando el joven se despide diciendo que buscará otro maestro judío que le entienda, el rabino le dice que le va a proponer cuatro cuestiones y que, si acierta una de ellas, accederá a enseñarte el Talmud.

El joven asiente entre curioso y esperanzado. Dice el rabino:

-        Dos deshollinadores judíos se caen por una chimenea. Uno sale limpio y el otro sucio. ¿Quién de los dos irá a lavarse?

El joven contesta:

-        Es evidente que el que está sucio.

-        No, responde el rabino. Desde el punto de vista de la realidad irá a lavarse el que está limpio. Porque cuando el sucio mire al que está limpio, pensará: yo también lo estoy. Y cuando el que está limpio mire al que está sucio pensará que él también lo está. Por eso irá a lavarse.

El rabino procede a plantear la segunda cuestión:

- Dos deshollinadores judíos se caen por una chimenea. Uno sale limpio y otro sucio. ¿Quién irá a lavarse?

-           El que está limpio, contesta el joven con aplomo.

-           Pues no, dice el rabino, porque desde el punto de vista de la verdad, el que está limpio ve que está limpio y el que está sucio comprueba que está sucio. Así que irá a lavarse el que está sucio.

-           Atento, dice el rabino, porque solo te quedan dos posibilidades de acertar.

Le plantea la misma cuestión por tercera vez y el chico contesta sin vacilar pensando que esta vez su respuesta será la deseada.

-        Una vez el limpio y otra vez el sucio.

-        No señor, dijo el rabino, desde el punto de vista metafísico es imposible que dos personas que han caído por la misma chimenea, una salga limpia y otra sucia. Queda solo una posibilidad de acierto, dijo el rabino. Fíjate bien.

El rabino le plantea la cuarta y última cuestión.  Y utiliza los mismos términos para hacer la pregunta. El alumno contesta de manera que considera inobjetable:

- Desde el punto de vista de la realidad el limpio, desde el punto de vista de la verdad el sucio y desde el punto de vista metafísico el problema no tiene sentido ya que no pueden salir de la misma chimenea uno limpio y otro sucio.

El rabino contestó:

- Pues no. No tienes razón ya que, desde tu punto de vista, no puede haber dos deshollinadores judíos, ya que todos los judíos son ricos.

Hay muchos puntos de vista sobre la realidad, como nos muestra esta historia. Algunas personas se consideran en posesión de la verdad. Nunca piensan que puede haber en sus posiciones un resquicio de duda. Qué error.

Recuerdo una sentencia del Talmud que cuenta que en un debate controvertido un alumno del maestro emite una opinión bien argumentada sobre la cuestión. El maestro, después de escucharlo atentamente, dijo:

-        Tienes razón.

Inmediatamente pide la palabra otro alumno que, de forma ordenada y clara, expone su opinión sobre el tema expresando la idea opuesta a la de su compañero.

El maestro apostilla:

-        Tú también tienes razón.

Un tercero levanta inmediatamente la mano para decir lo siguiente:

-        ¿Cómo puede ser que quien da una opinión tenga razón y el que da la opinión contraria también la tenga? Eso es imposible.

El maestro se dirige a este último interviniente y, con gran calma, le dice:

-        Tú  también tienes razón.

Pensar que uno tiene toda la razón es echar raíces en el terreno del error. No admitir la duda es un signo inequívoco de fundamentalismo.

En el libro “La librería de los finales felices” se dice (cito de memoria): No discutas con un idiota, porque te llevará a su terreno y te ganará  por experiencia”. El idiota piensa que la razón es propiedad suya. Cree que solo él tiene la verdad. Y por eso no es capaz de abrirse a cualquier otra. Al idiota le parece un sinsentido el título del interesante libro de Sascha Arango “La verdad y otras mentiras”. El idiota confunde pereza de pensamiento con firmes convicciones.

Querer imponer la razón en un serio obstáculo para comprender la realidad. Por el contrario, tener en cuenta otros puntos de vistas, otras perspectivas de la realidad nos enriquece y nos permite comprender.

La verdad es poliédrica. Tiene muchas  aristas, muchas perspectivas, muchos matices.  A la verdad le vienen bien  las expresiones “depende”, “según y cómo”, “desde ese punto de vista”, “en mi opinión”, “según creo”, “me parece”, “quizás”, “podría ser”…

Quienes se aferran a dogmas, no suelen soportar que otros los tengan. Lo decía claramente aquel fanático entusiasta:

-           Me molestan mucho las personas dogmáticas, porque aquí no hay más dogmas que los míos…

Nicolás de Cusa hablaba de la docta ignorancia.  Antes lo habían hecho San Agustín y San Buenaventura. La docta ignorancia es el conocimiento de los límites de nuestro saber, es la conciencia de nuestra ignorancia, es la actitud  prudente del sabio ante las limitaciones de nuestras facultades. El que sabe mucho, sabe también cuán grande es su ignorancia. Por eso los sabios suelen ser humildes y los necios, petulantes. Lo explico con este sencillo símil. Imaginémonos que lo que sabe una persona se encierra en un círculo diminuto. Pues bien, los límites con la ignorancia, que es el espacio que rodea ese círculo, son muy pequeños. Si lo que uno sabe se encierra en un circulo mayor, el contacto con lo que no sabe es también más grande. Y si el círculo del conocimiento es enorme, será también enorme la sensación de estar en contacto con muchas cosas que se desconocen.

Por eso, creo que la lucha contra el dogmatismo no está en las armas sino en los libros, no está en la guerra sino en la educación.

Gracias por enseñar a nuestros hijos

Cuando viví con mi familia un año en Galway (Irlanda), matriculamos a nuestra hija en una pequeña escuela pública de la localidad, en la hermosa zona de Salthill. Recuerdo que, entre las normas del Colegio, había una que me llamó la atención. Los niños debían, al terminar las clases, dar las gracias a los docentes por lo que les habían enseñado. Carla ha hecho suya esa costumbre y agradece siempre el trabajo de los profesores.

Todas las piedras que tiren los padres y las madres sobre el tejado de la escuela caerán sobre las cabezas de sus hijos.

-        Gracias por lo que me ha enseñado, suele decir.

Me parece una hermosa costumbre. Téngase en cuenta que, en un mundo en el que quien tiene conocimiento tiene poder, el profesor dedica su vida a compartir con sus alumnos el conocimiento que posee.

Mi médica de familia, una excelente profesional de la salud y aún mejor persona, si esto es posible, me manda la carta que ella y su marido le escribieron a los profesores de su hijo pequeño cuando éste acabó la enseñanza primaria. Reproduzco a continuación el texto:

“El menor de nuestros hijos ha completado su etapa escolar y, por ello, queremos haceros llegar esta carta que quiere ser a la vez de despedida y agradecimiento.

Durante todos estos años han recibido el mejor regalo que jamás obtendrán en la vida, aunque ellos aun no lo saben. Lo que han aprendido durante este tiempo de vosotros es la base del resto de todo su conocimiento, y no nos referimos solo al académico porque “saber” es necesario para ¡tantas cosas!…

En adelante, cada vez que lean el periódico, obtengan el carnet de conducir, mantengan una conversación, comprendan una película o hablen en público, estarán aplicando sin saberlo, todo lo que les habéis enseñado.: ese tesoro compuesto de cosas necesarias como leer, resolver problemas, escribir, conocer el curso de los ríos, pensar, preguntar, saber los estados de la materia, hablar correctamente, conocer los números naturales, responder, dominar las reglas gramaticales, estarse quieto, mejorar, ser diferentes, saber qué es un pentagrama, perder, criticar entender en inglés, tolerar, expresar ideas y, sobre todo, tenerlas…

Gracias a todos y a todas y  especialmente a… (aquí aparece el nombre de ocho profesores y seis profesoras).

Intentaremos que ellos mantengan las ilusión de aprender como vosotros mantenéis la ilusión de enseñar. Un abrazo”.

Ojalá hubiese muchos padres y madres así. Personas conscientes de la importancia de la educación y sensibles respecto a la importancia de la tarea de quienes dedican su vida a la enseñanza. La tarea de la familia es decisiva.

En la familia se establecen vínculos de una gran fortaleza emocional. De ahí que su influencia en la configuración psicológica de los niños y de las niñas sea decisiva para su desarrollo. Por otra parte, la plasticidad evolutiva de la etapa es enorme. Hay fases posteriores de la vida en las que ya están cristalizadas muchas concepciones y actitudes. En tercer lugar, hay que tener en cuenta que el tiempo que se vive en el marco familiar es muy extenso. Los niños y las niñas pasan muchas horas en el ámbito familiar y viven situaciones de mucha y compleja diversidad.  Téngase en cuenta también que, en general, la naturaleza de los vínculos es muy intensa. Las relaciones familiares suelen ser de carácter profundo y no meramente superficial.

La influencia de la familia en el proceso educativo de los niños y de las niñas es indiscutible. Se produce, en primer lugar a través de la ósmosis del ejemplo. El ruido de lo que somos los padres y las madres llega a los oídos de los hijos con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Pero, además, la preocupación compartida (no solo de uno de los dos) por exigir unos comportamientos ejemplares, tanto en el aprendizaje como en la acción, por establecer unos límites en la conducta y exigir amorosamente el cumplimiento del deber, hace que los niños vayan aprendiendo qué es lo importante en la vida. En tercer lugar la presencia y la cercanía permanente hará que los niños y las niñas sientan que de verdad son importantes.

Ya sé que algunas familias están tan depauperadas culturalmente que es muy difícil hacer frente a las exigencias educativas. El ritmo de los aprendizajes que se exige hoy en la escuela a los estudiantes es tan acelerado que hace falta una segunda escuela en la casa para seguirlo. El problema está en que, a veces, esa segunda escuela no existe.

La escuela debe ser el reino de lo afectivo, no solo de lo cognitivo. La profesión de educar gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a quienes se enseña. Los niños aprenden de aquellos docentes a los que aman. La escuela debe ser esa mezcladora social en la que los niños y las niñas aprenden a pensar y a convivir. No solo a callarse y a repetir. No solo a obedecer. Tienen que descubrir lo importante que es el conocimiento para comprenderla realidad y lo necesaria que es la solidaridad para construir un mundo mejor.

Y luego viene la colaboración entre la escuela y la familia. Las dos instancias tienen la misma finalidad: conseguir la mejor educación para los niños y las niñas. Los verbos que deben conjugar a diario los miembros de la escuela y de la familia son: dialogar, compartir, colaborar, ayudar y animar. Todas las piedras que tiren los padres y las madres sobre el tejado de la escuela caerán sobre las cabezas de sus hijos.

Hace falta crear estructuras de participación para que la familia y la escuela puedan actuar con entusiasmo y eficacia en la planificación, desarrollo, innovación y evaluación del curriculum. Sin dar nunca la espalda a la esperanza, a pesar de las adversidades, porque la tarea de educar es consustancialmente optimista. Sin optimismo podemos ser buenos domadores, pero no buenos educadores.

Me contaba hace pocos días un profesor en Talca (México) que un niño había acudido a sus padres quejándose de que un profesor le hubiese dado un coscorrón con la mano en la nuca (estoy en contra de cualquier violencia física, aunque sea insignificante). El padre le dice:

-        Voy a ir al Colegio a ver a ese profesor.

-        ¿De verdad que vas a ir, papá? Sí, por favor, por favor, vete.

-        Claro que voy a ir, hijo. A besar la mano que me está ayudando a educarte.

Lamentablemente nos encontramos hoy con algunas familias que, lejos de mostrar apoyo, colaboración y gratitud hacia los profesores y profesoras de sus hijos, se dedican a desacreditar su tarea, a criticar sus decisiones y a  desautorizar sus opiniones. Pues bien, sin la familia, la educación en la escuela es prácticamente imposible.

Por eso me ha parecido magnífica la iniciativa de la familia de mi doctora, que muestra de manera clara, hermosa y emocionada la gratitud hacia el profesorado que ha dedicado sus mejores esfuerzos a que sus hijos aprendan. Decía el poeta romano Virgilio: “Mientras el río corra, los montes den sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio recibido”.

Leer o no leer, esa es la cuestión

Me gustan los libros. El libro es  para mí un hermoso regalo para dar y para recibir. El libro, como objeto, con su tacto, su peso, su volumen, su olor, su encuadernación, su canto, sus páginas (pocas o muchas), su título y subtítulo, su tipo de letra, su dedicatoria, su índice, sus erratas…

. Habría que enseñar a comprarlos, a quererlos, a cuidarlos, a clasificarlos, a leerlos. Habría que enseñar a respetarlos con veneración y a tratarlos con amor.

Tengo un ibook, pero apenas lo uso. Sé que es muy cómodo llevar en el avión quinientos libros almacenados en un espacio insignificante, pero a mi me gusta pasar las páginas, hacer anotaciones en una hoja y sentir el olor del papel y de la tinta impresa. Anoto en esa hoja el comienzo de la frase que me ha llamado la atención y luego elijo una de tres flechas que indican si está en la parte superior, en el medio o en la parte inferior…

La era digital no va a terminar con los libros. Puede potenciar su valor al hacerlos más accesibles. Leer o no leer esa es la cuestión. También se puede leer (y muchos lo hacen ya así)

Me gusta la enorme variedad y creatividad que existe de marcapáginas: materiales diversos, motivos diversos, formas diversas… Hermosos y variadísimos  indicadores de “por aquí voy” o “hasta aquí he llegado”.

Hace unos años alguien me regaló un precioso ex libris. No sé si alguno de mis lectores o lectoras ignora lo que es un ex libris. Se trata de una expresión latina que significa “de entre los libros de”. También se puede escribir exlibris o ex-libris. Es un sello con una ilustración y el nombre de una persona. Esa marca, impresa en la primera página de los libros, indica quién es el propietario del mismo.

Me gustan los libros. Nunca he tirado ninguno.  Los colecciono en las estanterías de mi casa como si fueran  pequeños tesoros. No como si fueran sino como que son auténticos tesoros.

Me gustan las librerías, perderme en ellas, explorar las novedades, leer títulos, ojear índices, repasar dedicatorias, comprobar ediciones. Mi amigo José Pérez tiene en Rosario una hermosa librería (Homo Sapiens) con un café incorporado. Se puede tomar algo entre libros. Se puede leer. Hace dos años celebró el 25 aniversario de su creación. Para celebrarlo editó un calendario con 12 bibliotecas de sus autores, entre los cuales tuve la suerte de contarme. Cada uno de nosotros, en su mes, decía algo sobre la lectura, sobre los libros, sobre los lugares que los exhiben.

Me gustan las experiencias que se realizan con  libros. Hace unos meses, en la ciudad de Oporto, vi una hermosa experiencia titulada “la biblioteca humana”. Algunas personas cuya vida encerraba experiencias singulares y enriquecedoras, se convertían en libros vivos. En una camiseta que vestían los libros andantes figuraba el título del libro. Grupos de libros vivientes acudían a los centros escolares para contarse.

He visitado el pasado diciembre la FIL (Feria Internacional del Libro) de Guadalajara, que está patrocinada por la Universidad de la hermosa ciudad mexicana. Un espectáculo deslumbrante. Miles y miles de libros agrupados en formas originales y diversas. Cientos de editoriales de habla española, innumerables actos, incontables intercambios ente libreros, editores, distribuidores, autores y lectores. Un bullicioso enjambre lleno de actividad

Acabo de leer un hermoso libro. Se trata de la novela “La librería de los finales felices”, de Katerina Bivald, nacida en Suecia en 1983. Trabajó como librera y eso se nota en cada página de su libro. Comparte con su hermana un piso en las afueras de Estocolmo. Un piso repleto de estanterías cargadas de libros.

“La librería de los finales felices” es un libro de cuatrocientas noventa y cinco páginas cuyos protagonistas son los libros. La autora dice que todavía no ha decidido  si le gustan más los libros o las personas. Esta es su primera novela que ha sido traducida por catorce editoriales extranjeras. Bivald está escribiendo su segunda novela, que también se enmarca en el género feel-good.

Sara Lindqvist, la protagonista, es una joven librera sueca que, al quedarse sin trabajo, hace un viaje para pasar unos meses en Broken Wheel (Estados Unidos) invitada por su  amiga  Amy Harris, con quien ha mantenido una intensa correspondencia  y con quien ha intercambiado sentimientos, ideas y… libros.

Al llegar se encuentra con una situación que desbarata sus planes. Y decide abrir una librería que va a transformar la vida del pequeño pueblo y de casi todos sus habitantes. No contaré nada de la historia. No haré lo de aquel acomodador de cine que, al comprobar que un espectador que ha llegado tarde, le ha dado una mezquina propina, se acerca a él en plena oscuridad y le dice al oído.

- El asesino es el sheriff.

La esencia de la obra está sintetizada en el pensamiento siguiente, que encabeza uno de los capítulos: “Leer o no leer, esa es la cuestión”. Y, en torno a los libros (hay un libro para cada persona y una persona para cada libro, dice Sara) se mueven los diferentes habitantes de Broken Wheel.

Sara es capaz de concentrarse en la lectura durante horas, sin levantar la cabeza. Un buen día, medio pueblo se va apiñando en el escaparate de la librería viendo leer a Sara. Pasa el tiempo sin que ella levante la cabeza. Era un espectáculo verla leer.

Leyó la última página, sonrió como si estuviera hablando con un viejo amigo y cerró el libro de golpe. Estiró las piernas y después todo el cuerpo. Cuando al fin se percató de la gente  que había fuera, se levantó de un brinco y fue a su encuentro desconcertada.

- ¡Amigos!, dijo Steven cuando Sara salió por la puerta. El tiempo final son exactamente cinco horas y treinta siete minutos.

Apasionan los libros, como cajas llenas de sorpresas que van ocupando las estanterías de la nueva librería. Todo es interesante en ellos. No solo lo que cuentan sino tu tacto y su olor.  Cito lo que la protagonista le dice a una adolescente que se acerca a la librería.

“Sara sonrió. Los libros de tapa dura y los de bolsillo olían de un modo totalmente distinto, pero también había diferencias de una edición de bolsillo a otra y entre los de bolsillos suecos y los ingleses. Los clásicos, por ejemplo, se distinguían fácilmente de los demás. La literatura académica tenía su olor particular y, a su vez, la de la universidad era distinta a la del instituto. Como detalle interesante, los libros de la escuela para adultos olían igual que los de primaria y secundaria: el viejo aroma a aula e impaciencia y encerramiento. Pero la cantidad de estudiantes de básica que podía experimentar el olor de los libros de texto nuevos había disminuido con los años”.

Me preocupa la desafección que algunos estudiantes (¿solo algunos?) tienen por los libros. Algo hacemos mal en las escuelas. O, quizás, algo podríamos hacer mejor. Habría que enseñar a comprarlos, a quererlos, a cuidarlos, a clasificarlos, a leerlos. Habría que enseñar a respetarlos con veneración y a tratarlos con amor. Decía Vicente Espinel que los libros hacen bueno al que los quiere

La masacre de Peshawar

Mañana celebra la Iglesia católica el día de los Santos Inocentes. Aquellos niños, asesinados por Herodes, no fueron ni los primeros ni los últimos mártires. Los niños, víctimas inocentes, han sufrido a la largo de la historia la violencia más cruel. Quiero recordar hoy, todavía sobrecogido, la reciente matanza de los niños asesinados el pasado día 16 de diciembre en la escuela de Peshawar. Se trata de un hecho de tal crueldad e ignominia que no se le puede a uno ir de la mente ni alejarse del corazón.

Quiero recordar hoy, todavía sobrecogido, la reciente matanza de los niños asesinados el pasado día 16 de diciembre en la escuela de Peshawar.

El dolor de los niños y de las niñas resulta siempre estremecedor. Más aún su muerte. Y qué decir  de la muerte que se produce como consecuencia de una matanza planificada y ejecutada a sangre fría.  Todavía es más cruel el dolor si se piensa que ese atentado se produce en una escuela, la capital de la vida, el epicentro del futuro. Y llega al colmo si el número de niños y adolescentes muertos supera los 140. No uno, que ya sería insoportable. Más de cien. Cada uno con su peculiar historia, con su irrepetible esperånza. Qué horror. Qué inconcebible horror.

¿Quién le iba a decir a esos niños que se levantaron por la mañana, desayunaron en sus casas y recorrieron el camino de su escuela para aprender, que se iban a encontrar con luna muerte tan inesperada como cruel? La escuela debería ser el lugar más seguro de la tierra. Debería ser el lugar donde se aprende a vivir, donde se ejecuta a quienes allí trabajan para ser mejores.

La matanza fue perpetrada por seis hombres armados pertenecientes al Tehrik e Taliban Pakistan. Umar Mansoor fue identificado como el talibán que ideó y planificó la masacre. Es padre de tres hijos. ¿Cómo los saludó aquella noche cuando llegó a sus casa? ¿Cómo les pudo mirar a los ojos? ¿Cómo pudo besarlos y abrazarlos sin que se lo impidiera el recuerdo de los cadáveres desparramados por la escuela? ¿Qué tipo de monstruo puede  hacer vida normal después de haber provocado esos hechos tan inhumanos (tan humanos)?

Se trata probablemente del acto terrorista más abyecto ocurrido en la ensangrentada historia del país musulmán. El asalto a sangre fría contra la escuela, ha sido justificado por los asesinos como represalia por los renovados ataques del Ejército paquistaní contra los feudos talibanes en la extensa tierra de nadie que constituye la frontera entre Pakistán y Afganistán. ¿Qué culpa tenían esos niños, esas niñas, que estaban aprendiendo a pensar y a convivir en el marco de su escuela? ¿Quién puede atribuirse el derecho de segar sus vidas en un instante fatídico, como si fueran de su propiedad? ¿Quién se puede atribuir el derecho a romper el horizonte de esas criaturas inocentes, de esos mártires laicos?

¿Qué filosofía es esa que justifica la muerte por la muerte de otras personas, que admite la represalia a través de la destrucción de más de un centenar de niños? ¿Qué justicia es esta que toma cada uno cuando y como se le antoje? ¿Qué mundo pretenden construir estos desalmados?

El atroz asesinato masivo de Peshawar señala claramente la magnitud de un desafío capaz de llevar definitivamente al abismo a un gigante desvertebrado y con pies de barro como Pakistán. Peshawar debería representar un antes y un después en la vacilante y equívoca posición del Estado frente a la formidable amenaza desestabilizadora del fanatismo sanguinario. Pakistán es hoy el único país con armas atómicas que corre abiertamente el peligro de convertirse en rehén del terrorismo islamista.

Las víctimas son los muertos, obviamente. Y sus familias que tendrán para siempre señalado en negro cada 16 de diciembre. Pero no se puede olvidar a los heridos. Ni a todos los sobrevivientes que quedarán marcados por el miedo para toda la vida. Pocas veces se tienen en cuenta esos daños. Y los daños de todos los testigos del mundo, estigmatizados por la ferocidad de la violencia y el odio a los semejantes.

¿Cómo puede el ser humano llegar a esos niveles de abyección? ¿Qué camino han recorrido los asesinos para llegar hasta ese punto de brutalidad, de insensibilidad, de perversión? Uno se imagina a esas personas cuando eran, a su vez, niños inocentes, ingenuos, bondadosos y se pregunta cómo y por qué fueron evolucionando hacia esa posición moral tan repugnante.

¿Para qué les sirvió la escuela a los asesinos? ¿Qué hicieron allí? ¿Qué les enseñaron? ¿Qué aprendieron? De poco les sirvió reflexionar sobre la dignidad humana, sobre los derechos inviolables de las personas, sobre la solidaridad y la compasión que son el eje de la convivencia.

Fueron caminando centímetro a centímetro hacia el fundamentalismo, hacia esa filosofía estúpida que  pone  las ideas por encima de las personas. Fueron endureciendo sus corazones e inmunizándolos al dolor ajeno. ¿Cómo pueden tomar una decisión como que siega la vida de niños inocentes? ¿Cómo la pueden llevar a cabo sin que se les hiele la sangre? ¿Cómo pueden soportar sus efectos nocivos que han provocado?

Lo que más me preocupa es la prevención de estos hechos horribles. Y creo que el remedio está en la educación. La educación entendida como un proceso ético, no como mera instrucción. No se puede confundir educación con adiestramiento, y menos con adoctrinamiento. Porque el adoctrinamiento pretende meter los valores por la fuerza en la cabeza de los educandos. No admite la libertad. Y todo valor que se impone `por la fuerza deja de ser un valor. Las religiones han seguido sus credos, su moral particular. Y se han olvidado de la ética. Por eso llevaron a los herejes a la hoguera, por eso hubo Cruzadas. Por eso los talibanes se inmolan a sí mismos erigiéndose en dueños de la vida de los demás.

El fundamentalismo es la defensa cerril de una doctrina. Una defensa que conlleva, explica y justifica cualquier tipo de acciones, como esta que ha dejado al mundo horrorizado. Se trata de un fanatismo teórico y práctico que defiende la persecución de los disidentes, de los tibios u de los infractores de su fe.

Malala, la adolescente pakistaní que sobrevivió a un ataque terrorista por defender el derecho de las niñas a la educación y que obtuvo por ello el Premio Nobel de la Paz, ha dicho “que tiene el corazón destrozado por este ataque sin sentido”.

Los colegios suelen ser objetivo de los talibanes en Pakistán, en especial las escuelas para niñas. Resulta insoportable que, a estas alturas de la historia, haya lugares de la tierra en los que varones desalmados quieran impedir por la fuerza el derecho de las mujeres a formarse.

La noticia arrasa en los titulares de los medios de comunicación del mundo durante unos minutos, durante unas horas, y se desvanece luego ante otras noticias igualmente luctuosas. Pero esos escolares no volverán a sonreír, los demás permanecerán acorralados por el miedo y sus familias habrán quedado marcadas para siempre. ¿Cómo podemos encogernos de hombros y mirar para otra parte?