Trampas en la participción

Participar es tomar parte. Nadie duda de la importancia de la participación. Pero, claro, participa en un partido de fútbol quien juega de titular y quien aplaude desde la grada. Quien es víctima de un secuestro, participa en él de una forma diferente a la del secuestrador. No es lo mismo participar de una forma que de la otra.

Pretendo reflexionar en estas líneas sobre las exigencias de la participación auténtica y denunciar aquellas formas de participación que son una trampa y que impiden que se tome parte de una forma positiva.

Pretendo reflexionar en estas líneas sobre las exigencias de la participación auténtica y denunciar aquellas formas de participación que son una trampa y que impiden que se tome parte de una forma positiva. Sería mejor no participar que hacerlo de manera tramposa.

Participación regalada: La participación es un derecho y un deber, no un regalo del poder. Quien ha de decir cuánto, cómo, dónde y en qué participar no es el que manda sino cada persona dentro del marco normativo que democráticamente nos damos. Es el que manda quien tiene que tener recortadas las atribuciones en función de la democracia. A veces, quien manda, dice:

- Les vamos a dejar participar.

Quien así habla considera que tiene en sus manos la potestad de dejar o de no dejar participar. Como si todo dependiese de su voluntad. Y no. El derecho y el deber de participar radica en la ciudadanía. Esta es una falacia muy extendida en la vida política y en la educación. No se da el poder de participar. En todo caso, se devuelve. Porque la potestad de participar es de cada persona. Si se les da es porque se les había quitado previamente.

Participación aplazada: Algunas autoridades piensan que las personas no tienen la responsabilidad necesaria para participar. Y van dilatando el momento en que los súbditos puedan hacerlo. No es verdad que hasta que no seamos responsables no podemos ser libres sino que mientras que no seamos libres no podemos ser responsables.

El problema reside en que la decisión se sitúa, de manera unilateral y caprichosa, en las manos del poder. Es una decisión que no se comparte con los interesados. El poder dictamina:

- Todavía no están preparados para participar.

Recuerdo, con la misma o mayor repulsa que entonces, la filosofía de la dictadura franquista que sostenía la infame tesis de que los españoles no estábamos preparados para ser libres. El argumento no era solo falso sino estúpido. Porque, para estar preparados solo hay un camino: ejercitarse.

Algunos colegas me han dicho: tus alumnos no están preparados para elegir los contenidos del curriculum, ni la metodología, ni la evaluación, ni la forma de llevar la clase… ¿Cuándo lo estarán? ¿Quién lo decide? Y, ¿qué mejor forma de demostrar que pueden que el hecho de que lo hagan?

Participación condicionada: Algunos ponen condiciones a la participación. Se participará si las personas muestran responsabilidad, si se comprometen a hacerlo dentro de unos cánones, si se respetan las exigencias que impone el poder… He oído muchas veces decir que se confunde libertad con libertinaje. He oído pocas veces decir que se confunde autoridad con autoritarismo.

Creo que no hay más condiciones que el respeto a la libertad de los otros, el respeto a la dignidad de las personas y el respeto a las normas democráticamente establecidas.

Participación trucada: Puede haber participación engañosa. En realidad solo hay apariencia de participación. Un alumno de la Facultad me contó que había llegado un profesor a clase con la siguiente propuesta:

- Vais a decidir qué tipo de evaluación queréis, entre si prueba de ensayo o prueba objetiva.

Lo deciden solo cuando el profesor quiere y solamente en los términos que él impone. ¿Por qué no entrevistas, ensayos, investigaciones, lecturas, portafolios…? Luego hizo un descarado elogio de las pruebas objetivas y anunció que, si elegían esta forma de evaluación, tendrían las notas al día siguiente del examen, pero que si elegían las pruebas de ensayo, no sabía cuándo podría entregar las calificaciones…

Se procedió a la votación que ganaron, de forma abrumadora, quienes deseaban hacer una prueba de ensayo. El profesor, un tanto sorprendido, concluyó:

- Bueno, ya veo que ustedes prefieren la prueba de ensayo pero, por esta vez, como ya tengo hecha la prueba objetiva, la vamos a hacer y así no pierdo todo el trabajo que ya he realizado…

Participación recortada: Se permite participar, pero solo en aquellas cuestiones que carecen de importancia. He visto participar a los padres y a las madres en muchas actividades extraescolares pero poco en el establecimiento, desarrollo y evaluación del curriculum. Los padres y las madres participan en la organización de una paella el día de Andalucía, pero no dicen ni media palabra sobre la forma de hacer evaluación en la escuela. Hace unos años coordiné la publicación de un libro titulado “El crisol de la participación”. Estudiamos en cinco centros escolares de Málaga cómo era la participación de las familias.

Cuando negociamos el Informe en un Consejo Escolar y llegamos a la conclusión de que los padres participan poco y lo hacen en actividades marginales, el presidente del AMPA, dijo:

- Es que nosotros no somos profesionales.

Le pregunté en qué trabajaba y me dijo que lo hacía en el Puerto de Málaga. Le dije que si su hijo se fracturaba una pierna y le llevaban al Hospital y, al salir del quirófano, seguía con la pierna rota y con un brazo escayolado, diría algo. Él dijo:

- Claro que sí. ¿Cómo me iba a quedar callado?

Le pregunté, buscando la comparación con el caso de la participación escolar:

- Pero, ¿tú eres cirujano?

Dijo que no lo era. Le sugerí que, sin serlo, tenía mucho que decirle al cirujano: si el hijo era alérgico a algún medicamento, qué había pasado con la fractura de la pierna, qué ejercicios debía realizar en casa para recuperarse, cuándo debía volver al Hospital, qué hacer desde el punto de vista psicológico…

EL padre y la madre, añadí para concluir, saben si su hijo va contento al colegio, si aprende, si le escuchan, si le evalúan de forma razonable…

Participación formalizada: Algunas veces solo se respetan las formas, pero no la esencia de la participación. Se puede mandar una citación para una Asamblea dentro de los plazos y según las normas fijadas, pero si se elige la fecha en un puente en que no van a poder acudir muchos convocados, se quebranta el espíritu democrático de la convocatoria.

Si se va a decidir un asunto importante y se envía información privilegiada a quienes se desea que voten lo que quiere el poder, se está rompiendo la esencia de la participación, aunque se respeten las formas.

Participación feminizada: Hablando de la participación escolar, he visto muchas madres y pocos padres en la relación con las escuelas, con los tutores, con las asociaciones.

Hace años dirigí una tesis doctoral sobre la participación de las familias en un centro de Málaga. Empezó siendo una tesis sobre participación y acabó siendo una tesis sobre género.

En definitiva, que no siempre que se participa se hace de forma auténtica. Hay que abrir los ojos, poner en acción la mente y, en ocasiones, denunciar las trampas y exigir las condiciones necesarias para que haya verdadera participación.

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¡Arriba el Colegio!

Tengo en mis manos un curioso y pequeño libro titulado “Abajo el colejio”. Así, con jota. Un libro que fue escrito en 1953 por Geoffrey Willans y que no sé por qué motivos se ha traducido al castellano en 2013, sesenta años después. El autor dejó el Colegio a los 15 años y es probable que el libro encierre un fondo de decepción y de crítica autobiográficos respecto a la experiencia escolar. No sé si sigue vivo. En caso de hacerlo, tendría ahora la friolera de 94 años, ya que nació en 1920.

Tengo en mis manos un curioso y pequeño libro titulado “Abajo el colejio”. Así, con jota. Un libro que fue escrito en 1953 por Geoffrey Willans y que no sé por qué motivos se ha traducido al castellano en 2013, sesenta años después.

El libro es una sátira que, lejos de hacer brotar en mí una sonrisa, me ha causado un poco de dolor y un mucho de desagrado. No sé si porque lo he leído sin el necesario sentido del humor, sin la perspectiva temporal adecuada o porque esperaba otra cosa muy distinta cuando lo compré.

La falta de ortografía del título no es un error, como habrá supuesto el lector. De hecho, también el título original inglés contiene su falta correspondiente: “Down with skool”. Por cierto, la traducción de Jon Bilbao me ha parecido excelente, dadas las peculiares características del texto.

El libro nos cuenta la dinámica de un curso escolar en el Colegio inglés San Custodio que solo cuenta con 62 alumnos, todos varones, en régimen de internado. Fue construido, según se dice en el texto, “por un lunático en 1836”. Todo el relato pasa por el filtro de la mirada de un peculiar alumno llamado Nigel Molesworth, un pésimo estudiante que se burla de todo y de todos y muestra los rasgos de la incultura más supina y de las actitudes más groseras. “Nigel, se dice en la contraportada, es un estudiante maléfico que suele encontrar poco tiempo para tostones como la biología o la poesía. Prefiere, sin embargo, saltarse las clases o hacer gamberradas con Peason, su mejor amigo, con quien protagoniza frecuentes expediciones interplanetarias, con Fotherington-Tomas, el tonto del grupo, o con Molesworth-2, su hermano pequeño, al que zurra en cuanto tiene ocasión”. Una joya, vamos. El personaje de Molesworth protagonizó la siguiente tetralogía del autor: Abajo el Colejio (1953), How to be Topp (1954), Whizz for Atomms (1956) y Back in the Jug Agane (1959).

Las faltas de ortografía, aunque intencionadas, dañan la vista. Estás deseando acabar el libro para terminar con la tortura. No quiero reproducir ese tipo de errores. Cuesta leer interesante, acercaban, escocés, echar, árbitro… con h; molesta ver escrito favoritos, revistas, privado, viejos… con b; irrita ver escritas en letras de imprenta las palabras desayuno con ll, director con z, ahogado sin h…

Se añade a todo este cúmulo de faltas (hay paginas con más de veinte), la ausencia de comas en las iteraciones, la deficiente construcción gramatical, la ausencia de mayúscula en los nombres propios… No puedo imaginarme a mi hija perdida en este mar de faltas y de errores. ¿Cómo puede un lector o lectora que está estudiando lengua orientarse en esta selva lingüística?

Me ha sorprendido que las ilustraciones sean de Ronald Searle y no del autor, ya que este era (o es) un buen dibujante. Se dice en su biografía que empezó a dibujar cuando tenía cinco años y fueron muy conocidas sus contribuciones gráficas. Publicó su primera tira de la serie que le haría famoso, St Trinian´s School, en la revista Lilliput. Produjo una cantidad extraordinaria de caricaturas en la década de los cincuenta para diversas publicaciones. De ahí mi sorpresa.

Lo más negativo, a mi juicio, es la visión siniestra de la escuela y de sus profesores y alumnos. He aquí algunas perlas que reflejan esta actitud:

- “Los direztores (sic) son unos tipos feroces a los que les encanta repartir azotes. Tienen colecciones de cientos y miles de bastones y baras (sic) y otras cosas con las que te persiguen asta (sic) acorralarte y luego te azotan por muy bien que te hallas (sic) portado”.
- “Pagando la mensualidad correspondiente te hacen capitán de lo que quieras”.
- “Les encanta ordenar a algún chico que le enseñe el culo y darse un gusto azotándolo”.
- “Casi todos los profesores tienen la cara como un tomate pudrido (sic) y pisoteado”

¿Por qué no me ha gustado el libro? En primer lugar porque mantiene una visión de la escuela muy negativa. San Custodio es un lugar odioso, lúgubre, triste… En segundo lugar, porque muestra a los profesores como personas sádicas, estrafalarias, anticuadas y un poco estúpidas. En tercer lugar porque muestra un desprecio por la cultura y el aprendizaje que rayan en la sordidez. En cuarto lugar, porque contiene muchas expresiones despectivas y crueles hacia los demás, sean profesores, sean alumnos e, incluso, padres y madres de los alumnos.

Ya sé que hay que situar el libro en la esfera de la literatura satírica. Ya sé que hay que situar la obra en la época y lugar que fue escrita y no en la que es leído. Ya sé que, quizás, su finalidad sea eminentemente crítica. Pero no me ha gustado.

A las puertas de un curso escolar, he querido darle la vuelta al título de esta obrapara decir con entusiasmo y alegría: ¡Arriba el Colegio!!

La escuela es la gran mezcladora social que enseña a convivir. En ella se encuentran niños y niñas, negros y blancos, payos y gitanos, ricos y pobres, listos y torpes, normales y discapacitados… Allí aprenden a cultivar su mente y a pensar, aprenden a descubrir el mundo, aprenden a buscar y amar el conocimiento…

En la próxima Feria del Libro de Guadalajara (México) se va a presentar un libro mío titulado “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. Así concibo la escuela. Como el Arca que salva de la ignorancia, de la injusticia, de la insolidaridad, de la discriminación y de la incultura.

En la escuela trabajan unos profesionales que han sido formados para esa alta y compleja misión, que aman lo que se enseñan y a los que enseñan… Unos profesionales que, maltratados por las condiciones políticas y sociales, mantienen la ilusión y el optimismo.

La escuela desarrolla un proyecto en el seno de una sociedad a la que pretende enviar unos ciudadanos responsables, libres, solidarios, inteligentes, críticos, comprometidos y optimistas… La tarea de la escuela es salvífica para los individuos y las sociedades. Permítaseme repetir el pensamiento de Herbert Wells, que considero tan cierto: “La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”.

La escuela desarrolla un curriculum que proporciona las herramientas necesarias para descubrir el mundo y para transformarlo, crea un ambiente propicio para la convivencia y desarrolla unos hábitos conducentes al desarrollo del esfuerzo, del respeto y del descubrimiento de la dignidad humana.

Al comenzar este nuevo curso quiero decir a todos los integrantes de la comunidad educativa y a todos los ciudadanos y ciudadanas en general, con plena convicción y vibrante entusiasmo, algo tan sencillo y contundente: ¡Arriba el Colegio!

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Las pepitas de las sandía

LAS PEPITAS DE LA SANDÍA

En una comida familiar del actual verano, a unos metros de la pedregosa playa de Castell, mi cuñado José Manuel, educador de profesión y de espíritu, plantea una cuestión de hondo calado pedagógico a través de una pequeña anécdota familiar. Pone en entredicho la práctica de la abuela que le quita las pepitas de la sandía a los nietos para que la coman con más facilidad y agrado.

Se trata de un minúsculo detalle, pero está cargado de significado. Es casi un símbolo. La actitud puede repetirse de forma casi constante en la vida cotidiana de la familia.

- De esa manera, argumenta mi cuñado, los niños acaban por no saber que la sandía tiene pepitas y que es necesario quitarlas, de una forma u otra, para poder comérsela. De esa forma aprenden que no tienen que esforzarse para comer el postre porque alguien que les quiere se lo hace todo fácil.

Nadie duda de la buena voluntad de la abuela y de su capacidad de sacrificio y de altruismo. De su amor a los nietos, en definitiva. Lo que se pone en cuestión es la conveniencia de ese modo de proceder para el desarrollo infantil. Mi cuñado dice que es necesario aprender que la vida tiene dificultades y que se debe hacer frente con entereza a esas dificultades. Pero eso solo se consigue afrontándolas, superándolas con esfuerzo. Las pequeñas y las grandes.

Se trata de un minúsculo detalle, pero está cargado de significado. Es casi un símbolo. La actitud puede repetirse de forma casi constante en la vida cotidiana de la familia. Atar los cordones de los zapatos, recoger la ropa, colocar las cosas, poner la mesa, fregar los platos, peinarse, mover las sillas, levantarse a por un vaso de agua… ¿Quién lo hace? ¿Quién lo hace para quién? ¿Quién lo hace en lugar de quién?

Hacer las cosas por los niños puede ser un signo de amor, pero puede convertirse en una invitación a la comodidad, a la blandenguería, a la falta de esfuerzo y sacrificio. Hacer las cosas por ellos, en lugar de ellos, para que no se molesten por nada es tenderles una trampa sibilina. Porque la vida no es fácil.

No soy partidario del sufrimiento estéril. Estoy contra el sadismo en la educación. Pero creo que es necesario educar en el esfuerzo. Como en todas las cosas de la educación es cuestión de tacto. No estoy de acuerdo en que la escuela tenga que ser difícil porque la vida es difícil, pero sostengo que nada valioso se alcanza sin esfuerzo.

Cuando veo a los acróbatas, a los magos, a los futbolistas, a los profesionales de cualquier oficio realizando con aparente facilidad actividades complejas, siempre pienso en todas las horas de esfuerzo que hay detrás.

“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”, decía Gahandi. Mucho antes, nuestro Francisco Quevedo había sentenciado: “El que quiera en esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos en su vida”.

Los niños y las niñas tienen que saber que las sandías tienen pepitas, que los peces tienen raspas, que las rosas tienen espinas, que los caminos tienen cuestas, que las casas tienen goteras, que los coches tienen averías… Esa es la vida. Hay que saberlo y hay que saber afrontarlo.

Tenemos que revisar nuestros patrones de comportamiento. Hacer las cosas fáciles puede resultar contraproducente. Porque cuando se evita todo tipo de esfuerzo, el niño puede esperar (y desear) que todas las sandías vengan sin pepitas o que, si las tiene, alguien se las tendrá que quitar por él. Incluso sentirá en el derecho de exigir que así sea.

Quiero decir con estas líneas que es necesario educar en el esfuerzo. Un esfuerzo que tiene sentido y finalidad, que no es un esfuerzo gratuito y masoquista. Se llega a las metas después de caminar con esfuerzo, de superar dificultades, de perseverar en el intento.

Veo hoy en los jóvenes poca resistencia a la frustración, poca capacidad de sacrificio. No se soporta con elegancia el fracaso. No se practica el esfuerzo. No se afronta con entereza el dolor, la enfermedad, el trabajo.

- Se quiere conseguir lo que se pretende sin esfuerzo alguno. Fácilmente. Cómodamente.
- Se pretende llegar a la meta sin la espera necesaria. Rápidamente. Ahora. Ya.
- Se exige él éxito que no se ha conquistado con tiempo, esfuerzo y sacrificio. Egoístamente.

Para madurar, para crecer psicológicamente hay que esforzarse. El niño quiere comerse la tarta y no acepta que haya desparecido. El adolescente quiere que le pangan en una bandeja la tarta. El adulto sabe que para que haya una tarta en la bandeja tiene que trabajar, que no se la van a traer las hadas o los dioses como un regalo. Y sabe que, si se la come, ya no habrá tarta en la bandeja.

No sé dónde leí esta lapidaria sentencia del presidente norteamericano Franklin S. Roosvelt: “Suda y te salvarás”. No durmiendo la siesta, no tumbado en un sofá, no abanicándote plácidamente, no sesteando… Sudando, esforzándose. Y, lo importante de esta idea, no es solo conocerla sino practicarla. Querámoslo o no, la vida es difícil. Dárselo a los niños todo hecho, hacérselo todo fácil, no es la mejor forma de prepararse para tener éxito en la vida.

Los niños tiene que aprender que el dinero no cae del cielo, que cuesta conseguir lo que se pretende, que hay que esforzarse para alcanzar los objetivos, que hay que estudiar con intensidad y perseverancia para poder aprobar. Tienen que saber que no hay martillos que golpeen solos. En el libro de Eduardo Criado “Cien impulsos positivos” se cuenta esta historia que he elegido en honor a mi cuñado José Manuel, infatigable coleccionista de martillos, ya que él me sugirió esta reflexión sobre las pepitas de la sandía.

Hace años pasó por un viejo poblado un ropavejero vendiendo objetos curiosos. Entre otras cosas ofreció a un aprendiz de carpintero un “martillo maravilloso”.

- Si este martillo trabaja solo como usted dice, ¿por qué no me hace una demostración?

El muchacho dudaba. El precio era alto. Todos los ahorros de su vida.

- Bien, muchacho. Veo que no te decides., llevo el martillo a otro pueblo. Tú seguirás condenado a trabajar duro.

El aprendiz se decidió y le entregó el dinero.

- Recuerda que debes mirarlo fijamente durante una hora sin pensar en la palabra “martillo”. Si así lo haces, él obedecerá tus órdenes y empezará a trabajar haciendo todo el esfuerzo que tú tienes que hacer ahora.

Cuando el ropavejero se marchó intentó hacerlo funcionar pero no lo consiguió. Al principio creyó que se trataba de una falta de concentración: ¡no podía dejar de pensar en la palabra “martillo”! Pero después fue su propio amo, el carpintero, quien le hizo ver la verdad, diciéndole:

- El martillo maravilloso pertenece a aquella clase de ideas del tipo “me merezco todo a cambio de nada”. Todo lo que realmente merece la pena tenemos que conseguirlo con nuestro esfuerzo.

Hay quien se dedica a vender martillos maravillosos. Y hay quien se cree que existen. Lo cierto es que no los hay. Y tampoco puede otra persona golpear por nosotros. Hay que enseñarlo y hay que aprenderlo. Si no lo hacemos los padres y educadores, es probable que lo enseñe la vida de forma traumática.

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Estructuras de participación

Creo que nadie duda de la necesidad y de la importancia de la participación para que haya responsabilidad, implicación, sentido de pertenencia, motivación y aprendizaje. Son muy valiosos los frutos que produce el árbol de la participación.

Pero es imprescindible un tercer requisito: hace falta poder hacerlo. Y a eso voy en este artículo. A reflexionar sobre la necesidad de crear estructuras de participación.

Hablo de una participación real, no recortada y superficial. De una participación que no se considera un regalo sino un derecho y un deber. Sin participación es imposible aprender. Tomar parte en las organizaciones y en las experiencias es el único camino de alcanzar aprendizajes significativos y relevantes.

Para que haya participación en la sociedad, en los partidos políticos o en las instituciones tiene que haber voluntad de participar. Está muy claro: es imprescindible querer participar. Porque si no se quiere, no hay nada que hacer. Si no se quiere pasaría lo mismo que en aquel pueblo cuyas campanas no se tocaban por ocho motivos. Primer motivo: no había campanas. Pues no hace falta saber los otros siete. Es necesario también saber cómo hacerlo. Hay que tener cosas que decir y saber decirlas con sentido y claridad. Hace falta saber actuar de forma competente. Pero es imprescindible un tercer requisito: hace falta poder hacerlo. Y a eso voy en este artículo. A reflexionar sobre la necesidad de crear estructuras de participación.

En alguna clase lo he explicado mediante un sencillo ejercicio que muestra de forma palmaria cómo la participación depende de la estructura que se emplee para ejercitarla.

Cuento la siguiente historia. Una señora mayor (en adelante una vieja) se encuentra en un autoservicio. Va a la barra, pide un tazón de caldo, lo paga y, después de depositar el tazón, coger una servilleta una servilleta y depositar una cuchara en la bandeja, se dirige a la mesa en la que se dispone a comer. Cuando se sienta, se da cuenta de que se ha olvidado de comprar pan. A ella le gusta migar pan en el caldo. Toma unas monedas del bolso, vuelve a la barra, pide un bollo de pan, lo paga y cuando vuelve en dirección a su mesa, ¡sorpresa!, un hombre de color (en adelante un negro), está tranquilamente tomándose su caldo.

Entonces les hago esta pregunta: ¿Qué harías tú si fueras la vieja? Les digo que tienen que contestar la respuesta de dos en dos. No es que uno sea el negro y otro la vieja. No. Los dos se tienen que meter en el pellejo de la vieja y decir lo que harían en esa situación. Hablan durante unos minutos. Cuesta volver al silencio.

Luego sigo con la historia. Cuando la vieja ve lo que está pasando se dice: No me dejaré robar. Dicho y hecho, va rápidamente al lado del negro, se sienta a su lado, coge una cuchara, miga el pan en pedazos y come con el negro lo que queda de su caldo. Seguidamente el negro se levanta, le pide que espere unos segundos, y vuelve poco después con un abundante plato de espaguettis y dos tenedores. Le da un tenedor a la vieja y le dice que desea compartir con ella los espaguettis. Comen los dos, alternándose. Y, cuando acaban el negro le dice a la vieja que tiene prisa, que tiene que irse, que está encantado de haber compartido la comida y que no puede quedarse a tomar el postre. Se despide de ella y emprende camino hacia la puerta del autoservicio. Cuando el negro a abrir la puerta para salir, la vieja se da cuenta de que su bolso ha desaparecido.

Entonces vuelvo a formular la misma pregunta: ¿qué harías tú si fueras la vieja? Pero, ahora, añado, no se van a decir a quien tienen al lado sino que, quien desee dar su opinión, debe levantar la mano y decirlo a todos los asistentes en voz alta.

Suele suceder que tardan en aparecer voluntarios, a veces no hay ninguno y, cuando los hay, solamente 3 o 4 personas dan su opinión. Muchos callan porque no se atreven, porque han estado distraídos, porque no les interesa la historia, porque no quieren repetirse, porque tienen miedo al ridículo…

Entonces sigo con la historia. Cuando la vieja se levanta para gritar ¡al ladrón”, se da cuenta de que dos mesas más allá hay un tazón de caldo ya frío y delante de la mesa una silla con su bolso colgado. Se había equivocado de mesa cuando volvió de comprar el pan.

Esta historia que su protagonista contó en un periódico, se suele utilizar para reflexionar sobre la importancia de los estereotipos. La vieja dijo que hasta que le sucedió esta historia creyó que no era racista. Y, como bien se ve, muestra que no es el negro el que como a costa de la persona de raza blanca sino ésta la que come (primer y segundo plato) a costa del negro. Resulta lógico que el hombre pensase que la viaja estaba muy necesitada al ver que migaba el pan en su tazón de caldo. De ahí que, generosamente, la invitase a compartir el segundo plato.

Yo la suelo utilizar para analizar la importancia de las estructuras de participación. Con la misma historia, en la misma sala, el mismo día, con las mismas personas, la participación es diferente dependiendo de la estructura que se utilice.

Primera estructura: uno solo lee la historia. Nadie más interviene. Con una segunda estructura (pedir la opinión en voz alta ante todos los presentes) participan muy poquitos. Con la tercera estructura (hablar de dos en dos) intervienen todos. Una buena estructura propicia la participación y multiplica el tiempo.

La pregunta tiene la misma dificultad en las dos ocasiones en las que se formula: ¿qué harías tú si fueras la vieja? Pero, en el primer caso provoca una catarata inmediata de intervenciones que cuesta trabajo interrumpir. En el segundo, una oleada de silencio.

Hay estructuras que impiden la participación. Si uno solo cuenta la historia, las personas escuchan con mayor o menor atención. Otras la dificultan: no es fácil intervenir ante quinientas o mil personas. Otras la hacen casi inevitable. Porque, si en el ejercicio que acabo de comentar, una persona está distraída y oye del compañero la pregunta: Bueno, ¿qué harías tú si fueras la vieja? Y él no sabe de qué vieja están hablando, lo pregunta y el compañero se encarga de ponerle en la situación del relato.

Es fácil trasladar la cuestión a situaciones reales. Se puede pedir e, incluso, exigir participación. Pero si no hay tiempos y espacios para hacerla viable, por mucho que se desee, no será imposible conseguirla. Si se pide a los ciudadanos que participen en las decisiones, pero no hay canales a través de los cuales puedan hacerlo, la invitación será un mero señuelo. Si se invita a los padres de los colegios a participar pero no disponen de lugares, tiempos e información adecuada, la participación se convertirá en una mera entelequia.

Crear canales para la participación una exigencia sine qua non para que se produzca. Después habrá que querer y saber utilizarlos. Pero si no existen, hablar de participación auténtica será como hablar de nieve frita.

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¿Tenéis algo que decir?

Hay muchas formas de silenciar a quienes se tiene por súbditos. Una de las más eficaces es la de hacerles creer que no tienen nada valioso que decir. Si ellos creen que es así, nadie necesita taparles la boca. Hay una forma aún más condenable de silenciar a quien no tiene poder. Consiste en tenderle la trampa de invitarle a hablar y, cuando lo hace, machacarlo por hacerlo.

Hay una forma aún más condenable de silenciar a quien no tiene poder. Consiste en tenderle la trampa de invitarle a hablar y, cuando lo hace, machacarlo por hacerlo.

Otra es eliminar los canales de diálogo. Si no existe una estructura adecuada de participación (tiempos, espacios, canales…) no habrá forma de expresarse, aunque se tengan cosas importantes que decir.

En tercer lugar, resulta muy efectivo el desprecio de quien tiene poder hacia quienes desean expresarse. Por eso hace caso omiso de todas las opiniones de quienes desean cambiar o conseguir algo.

La más dura es la que castiga los intentos, más o menos conseguidos, de expresión. Si se castiga a quien opina, desaparecerá la libertad de expresión.

Hay una forma aún más condenable de silenciar a quien no tiene poder. Consiste en tenderle la trampa de invitarle a hablar y, cuando lo hace, machacarlo por hacerlo. Lo advertía sin mucho disimulo aquel empresario: A mí me gusta que mis trabajadores me digan la verdad, aunque eso les cueste el puesto.

He leído hace unos días un libro brasileño escrito por Allan Percy, especialista en coatching y en literatura de desarrollo. Aprovechando, probablemente, la celebración de la copa del mundo de fútbol en su país, escribió un libro titulado “Pensar con los pies”, un libro en el que recoge sugerentes pensamientos y anécdotas de personalidades del mundo del deporte balompédico. Cuenta el autor brasileño que John Benjamin Toshack, en su etapa de entrenador del Deportivo de La Coruña, reunió un día a todos los jugadores en el campo y dijo:
- El equipo no va bien. Díganme lo que están pensando. Que alguien hable conmigo. Quiero saber lo que están pensando.

Como conocían su endemoniado temperamento, apenas se miraron y ninguno se atrevía a abrir la boca. Entonces Donato se adelantó y dijo con su inconfundible acento brasileño:

- Mister, voy a hablar. Pienso que estamos un poco perdidos en defensa. No sabemos cuándo retroceder y cuándo avanzar.

Donato expuso su punto de vista para poder mejorar. Los compañeros asintieron y callaron. Entonces, Toshack comentó:

- Muy bien. A eso me refiero. Esa opinión es útil. Ya sé qué es lo que tenemos que trabajar en adelante.

Donato estuvo tres meses sin jugar. No uno, ni dos. Tres meses. Más adelante, pasado el castigo, Toshack preguntó de nuevo si alguien tenía algo que decir y todos contestaron:

- Sí, Donato.

Los jugadores habían escarmentado en cabeza ajena. Silencio. Esa era la lección aprendida. Con un jefe así, estaba claro que había que callarse Si no querían que les cortasen la lengua tenían que mantener la boca cerrada. Todos aprendieron que la invitación a expresarse era una burda trampa.

La voz se dirige con dificultad desde abajo hacia arriba y fluye con mucha frecuencia y facilidad desde arriba hacia abajo. Solo hay un caso en el que resulta fácil hablar con el poder. Es el caso de la adulación, de la lisonja, de la zalamería. Cuando en una institución los aduladores prosperan y los críticos son perseguidos o están condenados al ostracismo, hay corrupción institucional. Esa organización tiene un cáncer extendido de difícil curación.

Un empresario reúne a todos los trabajadores para celebrar una comida de hermandad. Durante los postres, se pone en pie y pronuncia un largo discurso. Al finalizar el mismo cuenta un chiste. Todos los trabajadores se ríen estrepitosamente, a grandes carcajadas. Todos menos uno, que se queda impasible. El empresario, que sabe que ese trabajador no es sordo, se dirige a él y le pregunta:

- ¿A usted no le ha hecho gracia?

Y el trabajador contesta con aplomo:

- A mí me ha hecho exactamente la misma gracia que a todos los demás, pero es que yo me jubilo mañana.

Es preciso liberar la voz de los de abajo. Ellos mismos pueden hacerlo, aunque corran riesgos. Pero quienes tienen autoridad en las instituciones deben crear condiciones para que se pueda hablar en condiciones de libertad.

Lo que digo vale para políticos, para empresarios, para sindicalistas, para obispos, para sacerdotes, para profesores… Una cosa es hablar y otra hablar con libertad.

Un profesor pregunta a sus alumnos y alumnas en el aula:

- ¿Qué pensáis de mí como profesor?
Un alumno, prevenido y escamado, pregunta:
- ¿De verdad?
- Claro, claro, dice el profesor, de verdad. No va a ser de mentira. Entonces, ¿de qué serviría?
El alumno responde:
- Lo que pienso es que si usted no podría dedicarse a otra cosa…
Y el profesor, enfurecido, le dice:
- ¿Qué es lo que has dicho? ¿Es que no sabes lo que es respeto a tus profesores? ¿Qué educación te están dando tus padres? Diles que vengan a verme esta misma tarde.

El niño descubre en esos momentos que le han tendido una trampa, que le han invitado a decir la verdad, pero que esa invitación no era del todo sincera. La invitación tenía condicionantes. Di la verdad con tal de sea algo agradable para quien pregunta.

La situación es muy negativa si se tiene en cuenta que quien hace la invitación es una persona que tiene poder, y, por consiguiente, que tiene la capacidad de tomar represalias. Otra cosa diferente sería que le invitara a decir la verdad un colega en la calle. Y si oye lo que no le gusta se tiene que aguantar.

Esas prácticas inhibidoras son muy nocivas en las organizaciones. Porque dejan en el ambiente la impronta del silencio obligado, la brutalidad de la censura, el miedo de las represalias. Y, en último término, la autocensura que hace propia la prohibición.

Esta situación no solo es perniciosa para los miembros de la organización. Es especialmente dañina para quienes la dirigen. Porque nunca saben a ciencia cierta qué es lo que piensan, qué es lo sienten y qué es lo que quieren los subordinados.

Tengo testimonios sobradísimos al respecto. Yo mismo he vivido no hace mucho una llamativa situación de reproche cuando, como presidente de la Asociación de Padres y Madres del colegio de mi hija, presenté a la Dirección del Colegio, junto a otros miembros de la Junta directiva catorce sugerencias para mejorar el funcionamiento de la institución. Lejos de recibir el agradecimiento por el tiempo y la preocupación, la dirección se mostró decepcionada y dolida por la abundancia de las cuestiones planteadas.

Tuve que decir que todos esos planteamientos, nacían del deseo de ayuda y de mejora y no de la actitud de juicio y condena. Tuve que decir que “una queja es un regalo” cuando se tiene sentido autocrítico y espíritu de mejora.

Afortunadamente, los miembros de la Junta Directiva no nos jugábamos el puesto de trabajo, pero imagino que, con esa actitud de la Dirección, los profesores y profesoras de la institución (y, por supuesto, los alumnos y alumnas) tendrán la boca bien sellada. Y es una pena y una injusticia. Porque el derecho a la palabra es inalienable. Y porque las instituciones educan en la medida que se desarrolla en ellas la libertad.

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