Estructuras de participación

Creo que nadie duda de la necesidad y de la importancia de la participación para que haya responsabilidad, implicación, sentido de pertenencia, motivación y aprendizaje. Son muy valiosos los frutos que produce el árbol de la participación.

Pero es imprescindible un tercer requisito: hace falta poder hacerlo. Y a eso voy en este artículo. A reflexionar sobre la necesidad de crear estructuras de participación.

Hablo de una participación real, no recortada y superficial. De una participación que no se considera un regalo sino un derecho y un deber. Sin participación es imposible aprender. Tomar parte en las organizaciones y en las experiencias es el único camino de alcanzar aprendizajes significativos y relevantes.

Para que haya participación en la sociedad, en los partidos políticos o en las instituciones tiene que haber voluntad de participar. Está muy claro: es imprescindible querer participar. Porque si no se quiere, no hay nada que hacer. Si no se quiere pasaría lo mismo que en aquel pueblo cuyas campanas no se tocaban por ocho motivos. Primer motivo: no había campanas. Pues no hace falta saber los otros siete. Es necesario también saber cómo hacerlo. Hay que tener cosas que decir y saber decirlas con sentido y claridad. Hace falta saber actuar de forma competente. Pero es imprescindible un tercer requisito: hace falta poder hacerlo. Y a eso voy en este artículo. A reflexionar sobre la necesidad de crear estructuras de participación.

En alguna clase lo he explicado mediante un sencillo ejercicio que muestra de forma palmaria cómo la participación depende de la estructura que se emplee para ejercitarla.

Cuento la siguiente historia. Una señora mayor (en adelante una vieja) se encuentra en un autoservicio. Va a la barra, pide un tazón de caldo, lo paga y, después de depositar el tazón, coger una servilleta una servilleta y depositar una cuchara en la bandeja, se dirige a la mesa en la que se dispone a comer. Cuando se sienta, se da cuenta de que se ha olvidado de comprar pan. A ella le gusta migar pan en el caldo. Toma unas monedas del bolso, vuelve a la barra, pide un bollo de pan, lo paga y cuando vuelve en dirección a su mesa, ¡sorpresa!, un hombre de color (en adelante un negro), está tranquilamente tomándose su caldo.

Entonces les hago esta pregunta: ¿Qué harías tú si fueras la vieja? Les digo que tienen que contestar la respuesta de dos en dos. No es que uno sea el negro y otro la vieja. No. Los dos se tienen que meter en el pellejo de la vieja y decir lo que harían en esa situación. Hablan durante unos minutos. Cuesta volver al silencio.

Luego sigo con la historia. Cuando la vieja ve lo que está pasando se dice: No me dejaré robar. Dicho y hecho, va rápidamente al lado del negro, se sienta a su lado, coge una cuchara, miga el pan en pedazos y come con el negro lo que queda de su caldo. Seguidamente el negro se levanta, le pide que espere unos segundos, y vuelve poco después con un abundante plato de espaguettis y dos tenedores. Le da un tenedor a la vieja y le dice que desea compartir con ella los espaguettis. Comen los dos, alternándose. Y, cuando acaban el negro le dice a la vieja que tiene prisa, que tiene que irse, que está encantado de haber compartido la comida y que no puede quedarse a tomar el postre. Se despide de ella y emprende camino hacia la puerta del autoservicio. Cuando el negro a abrir la puerta para salir, la vieja se da cuenta de que su bolso ha desaparecido.

Entonces vuelvo a formular la misma pregunta: ¿qué harías tú si fueras la vieja? Pero, ahora, añado, no se van a decir a quien tienen al lado sino que, quien desee dar su opinión, debe levantar la mano y decirlo a todos los asistentes en voz alta.

Suele suceder que tardan en aparecer voluntarios, a veces no hay ninguno y, cuando los hay, solamente 3 o 4 personas dan su opinión. Muchos callan porque no se atreven, porque han estado distraídos, porque no les interesa la historia, porque no quieren repetirse, porque tienen miedo al ridículo…

Entonces sigo con la historia. Cuando la vieja se levanta para gritar ¡al ladrón”, se da cuenta de que dos mesas más allá hay un tazón de caldo ya frío y delante de la mesa una silla con su bolso colgado. Se había equivocado de mesa cuando volvió de comprar el pan.

Esta historia que su protagonista contó en un periódico, se suele utilizar para reflexionar sobre la importancia de los estereotipos. La vieja dijo que hasta que le sucedió esta historia creyó que no era racista. Y, como bien se ve, muestra que no es el negro el que como a costa de la persona de raza blanca sino ésta la que come (primer y segundo plato) a costa del negro. Resulta lógico que el hombre pensase que la viaja estaba muy necesitada al ver que migaba el pan en su tazón de caldo. De ahí que, generosamente, la invitase a compartir el segundo plato.

Yo la suelo utilizar para analizar la importancia de las estructuras de participación. Con la misma historia, en la misma sala, el mismo día, con las mismas personas, la participación es diferente dependiendo de la estructura que se utilice.

Primera estructura: uno solo lee la historia. Nadie más interviene. Con una segunda estructura (pedir la opinión en voz alta ante todos los presentes) participan muy poquitos. Con la tercera estructura (hablar de dos en dos) intervienen todos. Una buena estructura propicia la participación y multiplica el tiempo.

La pregunta tiene la misma dificultad en las dos ocasiones en las que se formula: ¿qué harías tú si fueras la vieja? Pero, en el primer caso provoca una catarata inmediata de intervenciones que cuesta trabajo interrumpir. En el segundo, una oleada de silencio.

Hay estructuras que impiden la participación. Si uno solo cuenta la historia, las personas escuchan con mayor o menor atención. Otras la dificultan: no es fácil intervenir ante quinientas o mil personas. Otras la hacen casi inevitable. Porque, si en el ejercicio que acabo de comentar, una persona está distraída y oye del compañero la pregunta: Bueno, ¿qué harías tú si fueras la vieja? Y él no sabe de qué vieja están hablando, lo pregunta y el compañero se encarga de ponerle en la situación del relato.

Es fácil trasladar la cuestión a situaciones reales. Se puede pedir e, incluso, exigir participación. Pero si no hay tiempos y espacios para hacerla viable, por mucho que se desee, no será imposible conseguirla. Si se pide a los ciudadanos que participen en las decisiones, pero no hay canales a través de los cuales puedan hacerlo, la invitación será un mero señuelo. Si se invita a los padres de los colegios a participar pero no disponen de lugares, tiempos e información adecuada, la participación se convertirá en una mera entelequia.

Crear canales para la participación una exigencia sine qua non para que se produzca. Después habrá que querer y saber utilizarlos. Pero si no existen, hablar de participación auténtica será como hablar de nieve frita.

Comparte este artículo:
  • Twitter
  • Facebook
  • LinkedIn
  • Meneame
  • Google Bookmarks
  • email
  • Print
  • PDF

¿Tenéis algo que decir?

Hay muchas formas de silenciar a quienes se tiene por súbditos. Una de las más eficaces es la de hacerles creer que no tienen nada valioso que decir. Si ellos creen que es así, nadie necesita taparles la boca. Hay una forma aún más condenable de silenciar a quien no tiene poder. Consiste en tenderle la trampa de invitarle a hablar y, cuando lo hace, machacarlo por hacerlo.

Hay una forma aún más condenable de silenciar a quien no tiene poder. Consiste en tenderle la trampa de invitarle a hablar y, cuando lo hace, machacarlo por hacerlo.

Otra es eliminar los canales de diálogo. Si no existe una estructura adecuada de participación (tiempos, espacios, canales…) no habrá forma de expresarse, aunque se tengan cosas importantes que decir.

En tercer lugar, resulta muy efectivo el desprecio de quien tiene poder hacia quienes desean expresarse. Por eso hace caso omiso de todas las opiniones de quienes desean cambiar o conseguir algo.

La más dura es la que castiga los intentos, más o menos conseguidos, de expresión. Si se castiga a quien opina, desaparecerá la libertad de expresión.

Hay una forma aún más condenable de silenciar a quien no tiene poder. Consiste en tenderle la trampa de invitarle a hablar y, cuando lo hace, machacarlo por hacerlo. Lo advertía sin mucho disimulo aquel empresario: A mí me gusta que mis trabajadores me digan la verdad, aunque eso les cueste el puesto.

He leído hace unos días un libro brasileño escrito por Allan Percy, especialista en coatching y en literatura de desarrollo. Aprovechando, probablemente, la celebración de la copa del mundo de fútbol en su país, escribió un libro titulado “Pensar con los pies”, un libro en el que recoge sugerentes pensamientos y anécdotas de personalidades del mundo del deporte balompédico. Cuenta el autor brasileño que John Benjamin Toshack, en su etapa de entrenador del Deportivo de La Coruña, reunió un día a todos los jugadores en el campo y dijo:
- El equipo no va bien. Díganme lo que están pensando. Que alguien hable conmigo. Quiero saber lo que están pensando.

Como conocían su endemoniado temperamento, apenas se miraron y ninguno se atrevía a abrir la boca. Entonces Donato se adelantó y dijo con su inconfundible acento brasileño:

- Mister, voy a hablar. Pienso que estamos un poco perdidos en defensa. No sabemos cuándo retroceder y cuándo avanzar.

Donato expuso su punto de vista para poder mejorar. Los compañeros asintieron y callaron. Entonces, Toshack comentó:

- Muy bien. A eso me refiero. Esa opinión es útil. Ya sé qué es lo que tenemos que trabajar en adelante.

Donato estuvo tres meses sin jugar. No uno, ni dos. Tres meses. Más adelante, pasado el castigo, Toshack preguntó de nuevo si alguien tenía algo que decir y todos contestaron:

- Sí, Donato.

Los jugadores habían escarmentado en cabeza ajena. Silencio. Esa era la lección aprendida. Con un jefe así, estaba claro que había que callarse Si no querían que les cortasen la lengua tenían que mantener la boca cerrada. Todos aprendieron que la invitación a expresarse era una burda trampa.

La voz se dirige con dificultad desde abajo hacia arriba y fluye con mucha frecuencia y facilidad desde arriba hacia abajo. Solo hay un caso en el que resulta fácil hablar con el poder. Es el caso de la adulación, de la lisonja, de la zalamería. Cuando en una institución los aduladores prosperan y los críticos son perseguidos o están condenados al ostracismo, hay corrupción institucional. Esa organización tiene un cáncer extendido de difícil curación.

Un empresario reúne a todos los trabajadores para celebrar una comida de hermandad. Durante los postres, se pone en pie y pronuncia un largo discurso. Al finalizar el mismo cuenta un chiste. Todos los trabajadores se ríen estrepitosamente, a grandes carcajadas. Todos menos uno, que se queda impasible. El empresario, que sabe que ese trabajador no es sordo, se dirige a él y le pregunta:

- ¿A usted no le ha hecho gracia?

Y el trabajador contesta con aplomo:

- A mí me ha hecho exactamente la misma gracia que a todos los demás, pero es que yo me jubilo mañana.

Es preciso liberar la voz de los de abajo. Ellos mismos pueden hacerlo, aunque corran riesgos. Pero quienes tienen autoridad en las instituciones deben crear condiciones para que se pueda hablar en condiciones de libertad.

Lo que digo vale para políticos, para empresarios, para sindicalistas, para obispos, para sacerdotes, para profesores… Una cosa es hablar y otra hablar con libertad.

Un profesor pregunta a sus alumnos y alumnas en el aula:

- ¿Qué pensáis de mí como profesor?
Un alumno, prevenido y escamado, pregunta:
- ¿De verdad?
- Claro, claro, dice el profesor, de verdad. No va a ser de mentira. Entonces, ¿de qué serviría?
El alumno responde:
- Lo que pienso es que si usted no podría dedicarse a otra cosa…
Y el profesor, enfurecido, le dice:
- ¿Qué es lo que has dicho? ¿Es que no sabes lo que es respeto a tus profesores? ¿Qué educación te están dando tus padres? Diles que vengan a verme esta misma tarde.

El niño descubre en esos momentos que le han tendido una trampa, que le han invitado a decir la verdad, pero que esa invitación no era del todo sincera. La invitación tenía condicionantes. Di la verdad con tal de sea algo agradable para quien pregunta.

La situación es muy negativa si se tiene en cuenta que quien hace la invitación es una persona que tiene poder, y, por consiguiente, que tiene la capacidad de tomar represalias. Otra cosa diferente sería que le invitara a decir la verdad un colega en la calle. Y si oye lo que no le gusta se tiene que aguantar.

Esas prácticas inhibidoras son muy nocivas en las organizaciones. Porque dejan en el ambiente la impronta del silencio obligado, la brutalidad de la censura, el miedo de las represalias. Y, en último término, la autocensura que hace propia la prohibición.

Esta situación no solo es perniciosa para los miembros de la organización. Es especialmente dañina para quienes la dirigen. Porque nunca saben a ciencia cierta qué es lo que piensan, qué es lo sienten y qué es lo que quieren los subordinados.

Tengo testimonios sobradísimos al respecto. Yo mismo he vivido no hace mucho una llamativa situación de reproche cuando, como presidente de la Asociación de Padres y Madres del colegio de mi hija, presenté a la Dirección del Colegio, junto a otros miembros de la Junta directiva catorce sugerencias para mejorar el funcionamiento de la institución. Lejos de recibir el agradecimiento por el tiempo y la preocupación, la dirección se mostró decepcionada y dolida por la abundancia de las cuestiones planteadas.

Tuve que decir que todos esos planteamientos, nacían del deseo de ayuda y de mejora y no de la actitud de juicio y condena. Tuve que decir que “una queja es un regalo” cuando se tiene sentido autocrítico y espíritu de mejora.

Afortunadamente, los miembros de la Junta Directiva no nos jugábamos el puesto de trabajo, pero imagino que, con esa actitud de la Dirección, los profesores y profesoras de la institución (y, por supuesto, los alumnos y alumnas) tendrán la boca bien sellada. Y es una pena y una injusticia. Porque el derecho a la palabra es inalienable. Y porque las instituciones educan en la medida que se desarrolla en ellas la libertad.

Comparte este artículo:
  • Twitter
  • Facebook
  • LinkedIn
  • Meneame
  • Google Bookmarks
  • email
  • Print
  • PDF

Violencia sutil contra la infancia (y IV)

Dediqué el primer artículo de esta serie a reflexionar sobre algunas formas de violencia subrepticia contra los niños y las niñas en la familia. El segundo, en la escuela. El tercero, en la sociedad. Hoy me centraré en la violencia sutil contra la infancia procedente de los medios audiovisuales y de internet.

Quizá la mayor violencia que ejercen contra los niños y las niñas es la dependencia que su uso puede generar en ellos y en ellas, haciéndoles ermitaños del siglo XXI, esclavos de las manipulaciones ajenas.

Vivimos en una iconosfera. El asedio de las imágenes es verdaderamente espectacular. Existe un poder centralizado que produce imágenes cargadas de significados. Y la mayoría somos analfabetos en el lenguaje de las imágenes. Por eso nos pueden engañar fácilmente.

Este enorme caudal de mensajes contiene muchas agresiones contra la infancia. Mencionaré algunas.

- Difuminación de fronteras entre la realidad y la ficción

La separación entre la violencia real y la ficticia no es muy clara. No se sabe, al encender la televisión, si el disparo que mata a una persona está en una película o está tomada de la realidad.

Para el niño puede ser más “real” un personaje de la televisión que su abuela que vive en el otro extremo de la ciudad. Esto distorsiona su modo de percibir la realidad de forma fiel y de percibirse a sí mismo de forma sana.

- La distancia como abstracción de la realidad

Hay gente que sufre, que muere de hambre, que es violada, que está secuestrada, que padece enfermedades, sumida en la ignorancia… Pero la distancia genera un filtro de abstracción en los medios.

Un piloto de guerra puede apretar el botón de una bomba que causará la muerte de miles de personas, pero acaso no es capaz de golpear a un niño con sus puños. La distancia hace que la destrucción que provoca no le parezca tan real.

- Hipertrofia de lo sensitivo

La imagen recorre un camino que llega antes a la sensibilidad que a la cabeza. La preponderancia de estímulos visuales provoca en el niño de hoy una excrecencia sensitiva, una hipertrofia de la sensibilidad.

“El ciego aprende mediante el tacto, el hombre sensitivo aprenderá por medio de toda la violencia y la conmoción física y afectiva. Conocerá por medio del efecto que producen en su cuerpo los anuncios luminosos, los escaparates publicitarios, los slóganes verbales y musicales de la radio y la televisión” , dice Mc Luahn.

En el año 1984 escribí un libro titulado “Imagen y educación”. Un libro en el que trataba de llevar a la consideración de mis lectores y lectoras las exigencias educativas de la nueva cultura de la imagen. Hoy seguimos sin resolver muchos de aquellos problemas que yo apuntaba.

- Desarrollo de la pasividad

Antiguamente, para el explorar el mundo, una persona debía abandonar su hogar, emprender un largo y arriesgado camino, arrastrar penalidades y resolver situaciones difíciles… Hoy basta apretar el botón de la televisión y el mundo “implota” por esa pequeña pantalla. Mientras tanto, el espectador se queda adormecido en un cómodo sillón.

Los estímulos recibidos del exterior son tan numerosos que apenas si podemos clasificarlos para dirigir nuestra atención. Somos seres comunicacionalmente pasivos. Desde los medios se dirigen constantemente e nosotros, pero nosotros no decimos nada.

- El alquiler de los ojos

Los medios audiovisuales no son solo algo que vemos sino algo con lo que vemos. Se han convertido en una extensión, en una ampliación de nuestros sentidos. Ahora bien, una vez creado un sentido, tenemos la necesidad de ejercitarlo.

Este sentido ampliado o engrandecido está en manos de otras personas. Y así el niño o la niña ven lo que otros quieren y como otros quieren. La realidad que presentan está filtrada por la óptica de sus intenciones y de sus intereses.

- La filosofía de la vida

A través de los medios se genera una filosofía de la vida muy particular: tener es más importante que ser, consumir es mejor que renunciar, ganar es preferible a perder, hacer es mejor que pensar, aparentar es más importante que ser, lo urgente vale más que lo importante, la cantidad es más importante que la cualidad…

Téngase en cuenta que, incluso técnicamente, es más fácil filmar la guerra que la paz, la superficialidad que la profundidad, la cantidad que la calidad, la apariencia que la realidad…

- Creación de necesidades artificiales

Habrá que precisar que “necesidades artificiales” es una expresión similar a “nieve frita”. Pero la expresión puede ayudarnos a entendernos. La televisión a través de la publicidad crea unos deseos que nos vemos impulsados a satisfacer. La presentación de esas falsas necesidades, a las que se vincula toda o parte de la felicidad, es más violenta para el niño o la niña, ya que se encuentra más indefenso ante las manipulaciones de la televisión. Eso es violencia.

Pero hoy todo se ha complicado (y enriquecido) con la aparición de internet. Cuando hablo de los peligros de la red, no quiero decir que no existan múltiples posibilidades de aprovechamiento y de formación en ella. Por supuesto que existen. Decir que hay que tener cuidado con los cuchillos para no cortarse no quiere decir que no sean útiles.

- Conocimientos adulterados

Antes, los conocimientos que recibía el niño y la niña procedían de la escuela y de la familia. Hoy el conocimiento se presenta en múltiples lugares de la red, casi en avalanchas. Pero, muchas veces es un conocimiento adulterado por intereses comerciales, políticos, religiosos…

Hay muchos engaños que se convierten en violencia para la mente y la forma de entender la vida de los niños y las niñas.

- Imposición de modas

En una etapa en la que no está fraguado el carácter, a los niños y a las niñas se les imponen modas en juegos, en indumentaria, en libros, en deportes…que ellos y ellas no pueden contradecir. La moda los arrastra. Las marcas les seducen.

Hay muchos anuncios tramposos que deberían ser denunciados por los defensores de los derechos de la infancia. Anuncios que persuaden e incitan a la compra o al convencimiento de que la felicidad se encuentra donde dice el anunciante.

- Invitaciones seductoras

A través de la red se producen invitaciones seductoras que llevan al gasto de dinero, al consumo de drogas, a la participación en actividades ilegales…

Muchas de estas invitaciones se convierten en trampas para quien llega sin una precavida actitud crítica. Hay muchas personas que se han visto inducidas a realizar comportamientos dañinos para la salud o para la moral.

- Relaciones falsificadas

Muchas de las relaciones que se producen a través de la red tienen lugar a través de la máscara de personalidades falsificadas… Muchos jóvenes han dialogado con personalidades camufladas y han tendido trampas horribles.

La mente del niño no es capaz de concebir que haya adultos tan depravados, capaces de arruinarles la vida por un intereses económicos, por placeres morbosos o, sencillamente, por el deseo de hacer daño.

Quizá la mayor violencia que ejercen contra los niños y las niñas es la dependencia que su uso puede generar en ellos y en ellas, haciéndoles ermitaños del siglo XXI, esclavos de las manipulaciones ajenas. Hay niños y niñas que dedican la mayor parte del tiempo a navegar en solitario por la red. Encerrados en sus cuartos, nada saben o nada quieren saber de quienes están a su lado. Ni de ellos mismos.

Comparte este artículo:
  • Twitter
  • Facebook
  • LinkedIn
  • Meneame
  • Google Bookmarks
  • email
  • Print
  • PDF

Violencia sutil contra la infancia (III)

Dedicaré estas líneas de hoy a reflexionar someramente sobre algunas formas de violencia subrepticia que existen en la sociedad actual contra los niños y las niñas. Me remito al libro de Eduardo Galeano “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”. En él nos explica el admirado autor uruguayo cómo se ofrece a los niños un curriculum perverso y destructivo a través de las formas de vida y de gobierno de muchas sociedades.

Los escaparates están llenos de objetos atractivos, pero en casi todos el niño y la niña se dan cuenta de que hay un cartel invisible que les advierte: “No son para ti”.

Veamos algunas formas de violencia sutil obre la infancia. Una violencia que no produce heridas físicas pero que va dejando huellas casi indelebles en la mente y en el corazón.

- Los persistentes casos de corrupción

Existen muchos ejemplos de perversión en la realidad. Basta ver la portada de los periódicos y la cabecera de los telediarios. Un papá le dice a la mamá: “Dale la vuelta al periódico que viene el niño”. La noticia es la maldad.

En efecto, las portadas delas revistas, las cabeceras de los informativos, la apertura de los programas de radio ofrecen cada día un catálogo de maldades que casi siempre tienen su origen en el comportamiento malvado de las personas.

- Cultura neoliberal contradictoria con los presupuestos de la verdadera educación

La cultura neoliberal en la que nos encontramos inmersos, contradice casi todos los presupuestos de la educación: individualismo exacerbado, competitividad extrema, obsesión por la eficacia, olvido de los desfavorecidos, relativismo moral, privatización de bienes y servicios, hipertrofia de la imagen, capitalismo salvaje…

La educación arraiga sus postulados en la solidaridad, la compasión, la ética, la equidad y el respeto a la dignidad del ser humano

En una cultura de este tipo hay que avanzar contracorriente y eso supone una violencia para quien no tiene mucha fuerza para hacerlo.

- Contraposición de modelos

Al niño y a la niña se le proponen modelos en la familia y en la escuela por la vía de la argumentación, pero la sociedad le ofrece otros modelos por la vía de la seducción… No es fácil guiarse por criterios exigentes y rigurosos cuando se tienden trampas seductoras sagazmente estudiadas.

La calle es ese espacio ilimitado donde transcurre la vida del niño y de la niña. Me refiero especialmente al niño o a la niña que nacen y crecen en la “jungla de asfalto” de las ciudades. Hay muchas formas de violencia contra el niño y la niña en la calle.

- La urbanización del hábitat

Las ciudades no son un marco adecuado para el desarrollo emocional de los niños y las niñas. Las ciudades no están construidas, como dice Tonucci, bajo el parámetro del niño.

La ciudad fue primero fábrica, luego almacén y luego cárcel (puertas blindadas, agentes de seguridad, encasillamientos rígidos…). La ciudad se ha vuelto un lugar peligroso, ruidoso, caro, violento… Hace poco le oí decir a un niño, cuando le preguntaba, cómo quería que fuese su ciudad: “Quiero jugar gratis”. El niño que necesita el juego como el aire que respira, tiene que disponer de dinero para divertirse.

Cada día el niño recibe incesantes recomendaciones que le hacer vivir con miedo: “no hables con desconocidos”, “no recibas nada de quien te lo ofrezca gratuitamente”, “no te vayas con nadie”, “no te salgas de los itinerarios marcados”, “no pierdas de vista a tus padres”…

A los niños, y más a las niñas, se les dice que no se fíen de nadie, que corren el riesgo de ser secuestrados, de ser atropellados, de ser destruidos por las drogas…

- La proliferación de estímulos inalcanzables

Se le ofrecen a los niños estímulos constantes, llamadas apremiantes. Pro no tiene dinero, no tiene tiempo, no tiene seguridad para atenderlas. El niño y la niña se convierten en protagonistas de la frustración.

Los escaparates están llenos de objetos atractivos, pero en casi todos el niño y la niña se dan cuenta de que hay un cartel invisible que les advierte: “No son para ti”. Sí, hay muchas cosas. Hay muchísimas cosas deslumbrantes pero, al mismo tiempo, inalcanzables. Solo unos pocos privilegiados van a poder acceder a ellas.

- Los acontecimientos y las imágenes violentas

La realidad es violenta. Las imágenes que se nos ofrecen de ella son violentas. Los niños y las niñas están sometidos a un bombardeo constante de hechos agresivos.

Y se sabe que el ejemplo es importante para el aprendizaje. Lo decía Bandura cuando hablaba del aprendizaje vicario. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Y el ejemplo es nefasto. El ruido de lo que somos y hacemos llega a los oídos de los niños y niñas con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos.

- La conciencia de nada

¿Qué significo en este mundo enorme?, ¿qué pinto en este caos? En una ciudad gigantesca, el niño tiene conciencia de estar perdido, de ser insignificante, de no ser nada.

Recuerdo haber visitado una gran muestra de ocio dirigida (teóricamente) a los niños y a los jóvenes. Al entrar te encontrabas con magníficos yates, con coches lujosos… Todo prohibido para los niños y las niñas. Alguien me decía al salir: “No se puede ser bueno en un mundo donde todo está tan caro”.

- La espera insoportable

Muchas de las cosas que le interesan no las puede conseguir “ahora”. Los aplazamientos son constantes. “Cuando tengas un año más”, “cuando crezcas un poco más”, “cuando seas mayor”… El niño vive instalado en el ahora, por eso el mañana suele ser para él una tortura.

“Más adelante” podrás decidir, podrás hablar, podrás comprar, podrás viajar, podrás acostarte más tarde, podrás comer o beber esto y lo otro. Pero yo lo quiero ahora, dice el niño desde su psicología presentista.

- La supeditación al mundo de los adultos

El niño está habituado a escuchar expresiones que le dejan en un segundo plano: “cállate, que están hablando los mayores”, “deja la silla al abuelo”, “esa película es para mayores”, “vete ya a la cama”, “ponte esta ropa y cállate”, “si no te gusta, te aguantas”, “tu padre está viendo el partido”, “vas a ir a este colegio”, “el domingo iremos a ver a los tíos”, “iremos de vacaciones a la playa”, “hoy vienen a cenar unos amigos de papá…

Así, sin consulta previa, sin posibilidad de elegir entre alternativas, sin preguntar si quiera si esa iniciativa le causa alegría o terror. Eso es lo que hay que hacer y punto. Los adultos no pensamos en estas situaciones de los niños. No somos capaces de meternos en su piel, a pesar de que todos hemos pasado por esa etapa. ¿Hemos pensado alguna vez cómo nos sentaría que nos mandasen a la cama cuando no tenemos sueño y estamos terminando de ver una película?

- Las explicaciones interesadas

Los niños y las niñas formulan muchos “porqués”. Pero las respuestas suelen ser arbitrarias, interesadas, apresuradas y tramposas. Ellos nos podrían decir (y nos lo dicen muchas veces): “soy pequeño, pero no soy tonto”.

Algunas de estas formas de violencia adquieren una fuerza especial contra los niños pertenecientes a minorías étnicas (gitanos, por ejemplo), a grupos con deficiencias o enfermedades y, de forma generalizada, contra las niñas.

Comparte este artículo:
  • Twitter
  • Facebook
  • LinkedIn
  • Meneame
  • Google Bookmarks
  • email
  • Print
  • PDF

Violencia sutil contra la infancia (II)

Nuestra cultura ha estado marcada por planteamientos inmolatorios de la infancia. Los niños y las niñas han sido considerados como propiedad de los padres/madres para Dios, la patria, la producción, la sociedad, el cielo… El sacrificio de la prole al dios de turno (especialmente de los primogénitos) para aplacar su ira, evitar catástrofes o conseguir favores, ha sido una constante en la historia humana.

La escuela, que debería ser una institución liberadora, ejerce frecuentemente violencia contra los niños y las niñas.

La filosofía griega presenta frecuentes acontecimientos filicidas. Urano y Cronos mataban a sus hijos al nacer. Tántalo ofrecía a los dioses en banquete la carne de su hijo. Edipo, condenado a morir por sus padres, que lo han abandonado, descendía de una estirpe familiar que se caracterizaba por el asesinato de los hijos. En Roma, la “patria potestas” significaba el poder absoluto, legalmente reconocido, del padre en relación de la vida de los hijos. Hasta el año 318 no se consideraba un crimen la muerte del hijo ocasionada por el padre. Y hasta el año 374 no se consideró homicidio su muerte provocada.

La Historia Sagrada nos ofrece también ejemplos al respecto. Moisés abandonado en las aguas del Nilo, Abraham que entrega s su hijo al sacrificio, el abandono de Ismael en el desierto… La Historia de España llama Guzmán el Bueno a quien entregó la vida de su hijo por la patria…

Pero me ocupan en los cuatro artículos de esta serie las formas sutiles de violencia contra la infancia. En la semana pasada me centré en la familia, hoy lo haré en la escuela. La escuela, que debería ser una institución liberadora, ejerce frecuentemente violencia contra los niños y las niñas.

- La obligatoriedad cotidiana

La escuela es una institución de reclutamiento forzoso. No es igual acudir a una institución o a una actividad de forma voluntaria que de manera forzosa. He sido testigo del desgarro de muchos niños y niñas los primeros días de escolarización. Resulta casi traumático obligarles a despegarse del padre o la madre que los conducen a la escuela.

No digo que no deban ir a la escuela. Para muchos es el único medio de que disponen para poder tener una vida digna. Voy publicar en México dentro de unos meses un libro que se titulará “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. Sólo estoy diciendo que, si la forma de concebir la escuela no lo remedia, la asistencia obligada puede convertirse en un sufrimiento.

- La imposición indiscutida e indiscutible de normas, objetivos, metodología y evaluación

Poco es lo que deciden los alumnos y alumnas en la escuela. Por no decir que nada. Le oí decir en cierta ocasión a Francesco Tonucci que la escuela es una institución ilegal porque quebranta sistemáticamente la ley que exige que los niños y niñas sean consultados sobre aquellas cuestiones que les conciernen. Y la escuela les concierne. Pero no les consulta. Y concluía Tonucci con cierta contundencia: como son ilegales habría que cerrarlas. Yo no voy tan lejos porque creo que la escuela puede ser un camino hacia la libertad a través del conocimiento y de la convivencia.

Casi todo es impuesto en la escuela. Violenta o sutilmente impuesto. El alumno del que se dice que es “protagonista” del proceso educativo no interviene en ninguna de las decisiones esenciales de la institución.

- La comparación como eje del rendimiento

Las calificaciones se suelen establecer a través de unos baremos taxonomizados. El ”más que tú”, “menos que tú” se convertirán en referencias decisivas. Y no se considerará el punto de partida y las condiciones personales, familiares y sociales. Alguna vez he dicho que la gallina no es un águila defectuosa, pero la escuela sigue siendo una institución homogeneizadora y competitiva.

El fracaso escolar se convierte en una lacra del sistema educativo. El porcentaje de abandonos y de sujetos que siguen pagando tributos superiores a los logros es cada día mayor. Y hasta se puede pensar que es precisamente ese nivel de fracaso el éxito institucionalizado del sistema.

- La transmisión de mitos sociales

La escuela ha sido considerada durante mucho tiempo como la transmisora de los bienes culturales. El mito del progreso, el mito de la igualdad de oportunidades, el mito de la libertad, el mito del bien común…

No se trata de aprender por cuenta propia sino de ser enseñado. Los niños y niñas aprenden que lo que se enseña es lo que vale la pena y, paralelamente, que si hay algo que importa debe haber alguna escuela que lo enseñe.

- La imposición de castigos irracionales e injustos

Se han impuesto desde el poder institucional muchos castigos arbitrarios. Porque se ha confundido autoridad con poder. La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer.

El poder controla, silencia, castiga, humilla y aplasta. Quien tiene autoridad educativa, por el contra, ayuda a crecer. Pues bien, se ha ejercido, a veces, un poder indiscriminado que ha impuesto sin diálogo y sin posibilidad réplica, castigos absurdos como ponerse de rodillas, copiar cientos de veces frases ridículas, quedarse sin recreo o sin escuela…

- Un curriculum oculto potente y pernicioso

A través curriculum no explícito, que actúa de forma persistente, omnímoda y subrepticia la escuela enseña muchas cosas mientras enseña: que hay que repetir, que hay que estar sentados, que hay que callarse, que hay que obedecer, que no se puede decir lo que se piensa, que solo se estudia cuando hay examen, que solo se estudia lo que entra en el examen…

Muchos de estos aprendizajes son más importantes que los que adquieren en el curriculum reglado de la escuela. Ya lo decía Kant: lo principal que aprenden los niños en las escuelas es a estar sentados.

- Concepción jerárquica de la verdad

Se podría definir verdad como aquello que la autoridad sostiene, sobre todo si se trata de una autoridad evaluadora. Es verdad aquello que dicen los libros, aquello que hay que aprender para el examen.

- La experiencia de aburrimiento

Hay muchos niños que se aburren en la escuela. Sobre todo cuando las prácticas que desarrolla son el fruto de la rutina y de la torpeza. Tener que estar quieto, callado durante mucho tiempo, a edades tempranas, se puede convertir en una tortura.

Un proceso de aprendizaje asentado en la escucha y en la repetición de lo que se ha explicado produce casi inevitablemente aburrimiento y desgana.

- La homogeneización como falso criterio de justicia

No es cierto que haya que tratar a todos por igual cuando, de hecho, son todos y todas tan diferentes. No es bueno que todos tengan que hacer lo mismo, en los mismos tiempos y de la misma forma.

Defiendo la idea de que la escuela debería ser una institución en la que se pudiera trabajar felizmente y, además, que debería estar encaminada a conseguir que los alumnos y alumnas (junto a sus profesores primero y luego ya de forma autónoma) aprendieran a ser felices. Porque aprender a ser felices y a ser buenas personas es el principal logro de la inteligencia. Lo cual no significa que no tengan que haber esfuerzos, tener constancia y desarrollar el espíritu de superación. Pero con un sentido. Por una causa. La causa del bien y de la felicidad.

Comparte este artículo:
  • Twitter
  • Facebook
  • LinkedIn
  • Meneame
  • Google Bookmarks
  • email
  • Print
  • PDF