Humor de mis amores

En la Librería Homo Sapiens de Rosario, haciendo esa tarea que tanto me gusta de leer títulos de libros y nombres de autores, de buscar obras que me interesen y de tomar nota de novedades, descubrí un hermoso título. Parafraseando la clásica expresión “amor de mis amores”, vi sustituida la palabra amor por la de humor. El título del libro era ”Humor de mis amores”. Editado por Planeta y obra del humorista gráfico argentino Caloi.

El humor es una forma de bondad. Es una herramienta para la construcción de un mundo más hermoso y una convivencia más feliz.

Al ojear el libro pude comprobar que el autor es un verdadero humorista. Alguien que nos hace pensar sonriendo. “Quien nos hace reír es un cómico. Quien nos hace pensar y luego reír es un humorista”, dice Georg P. Burns.

El humor es una forma de bondad. Es una herramienta para la construcción de un mundo más hermoso y una convivencia más feliz. El sentido del humor está en captar y entender las bromas que otros hacen y está también en poner una pizca de sal en las conversaciones y en la vida. No me gustan las personas sombrías, las que siempre están malhumoradas, las que solo saben ver los agujeros en el queso. Me gustan las personas como el escritor francés Edmond Rostand quien, el día de su ochenta aniversario, se miró en el espejo y dijo: “Desde luego, los espejos ya no son lo que eran”.

Decía Winston Churchil: “La imaginación consuela a los hombres de lo que pueden ser. El humor de lo que son”. Y es que el sentido del humor nos hace ver con cálida y tierna simpatía todas las formas de la existencia. Incluso a nosotros mismos.

Tengo delante de mí varios libros sobre este decisivo asunto. Uno de ellos, que me gusta y utilizo mucho, es de A. Ziv y J.M. Diem. Se titula “El sentido del humor”. Y va planteando con agudeza interesantes cuestiones sobre las funciones del humor: función agresiva, sexual, social, defensiva e intelectual… , sobre las sus diversas facetas y sobre el papel que desempeña en la configuración de la personalidad. El libro está salpicando de excelentes anécdotas y de frases ingeniosas, como la de Alphons Allais: “Las personas que no se ríen nunca no son gente seria”.

Eduardo Jáuregui Narváez tiene un libro que se titula de idéntica forma: “El sentido del humor. Manual de instrucciones”. Contiene interesantes reflexiones y propuestas. En la introducción nos dice que estamos en un mundo lleno de miseria, dolor y desventura. Pero que todo es diferente cuando se afronta desde el sentido del humor. El libro está lleno de ideas sugerentes. Como ésta de Upton Sinclair: “Con el dinero sucede lo mismo que con el papel higiénico. Cuando se necesita, se necesita urgentemente”.

“No hay nada tan bien repartido como la razón. Todo el mundo está convencido de tener suficiente”, se puede leer en el libro de David García “Los efectos terapéuticos del humor y de la risa”.

He leído en el último libro de Milán Kundera titulado “La fiesta de la insignificancia” la historia de las veinticuatro perdices de Stalin. Dice Kundera que después de sus largas y agotadoras jornadas, a Stalin le gustaba permanecer un rato más con sus colaboradores y relajarse contándoles anécdotas de su vida. Por ejemplo ésta: Un día decide ir de caza. Se pone una vieja parka, se calza unos esquíes, coge un fusil de caza y recorre trece kilómetros. De pronto, ante él, ve unas perdices en las ramas de un árbol . Se detiene y las cuenta. Hay veinticuatro. ¡Vaya mala pata! Solo se ha llevado doce cartuchos. Dispara, mata a doce, luego da media vuelta, recorre otra vez los trece kilómetros hasta su casa y coge otra docena de cartuchos. Recorre una vez más los trece kilómetros hasta las doce perdices, que siguen en las ramas del mismo árbol. Y por fin las mata todas…

Es Jrushchov quien cuenta la historia en su libro de memorias publicado en Francia. Según Jrushchov a todos, a todos sin excepción, les pareció absurdo lo que Stalin les había contado y aborrecieron esa mentira. Aun así callaron todos y solo Jrushchov tuvo el valor de decirle a Stalin lo que pensaba.

Al final de su trabajo se reunían en los baños. Eran unos urinarios de cerámica en forma de concha. Cada miembro del clan de Stalin tenía su propio urinario creado y formado por un artista distinto. Solo Stalin no lo tenía. El utilizaba un reservado solitario.

Como él no estaba, sus colaboradores se sentían libres y se atrevían a decir por fin en voz alta todo aquello que se veían obligados a callar en presencia del jefe. Y sí fue el día en que Stalin les contó la historia de las veinticuatro perdices. Dice Jrushchov en sus memorias: “…al lavarnos las manos en el baño escupimos de desprecio. ¡Él mentía! ¡Mentía! A nadie le cupo la menor duda”.

Stalin les escuchaba en secreto y se reía de su exasperación. Nadie entendió que aquello era una broma. Todos los que estaban alrededor de Stalin habían olvidado lo que era una broma.

La cuarta parte del libro de Kundera tiene un título significativo: Todos andan en busca del buen humor. Y se pregunta luego por la forma de encontrarlo.

Pus sí, hace falta buscarlo y encontrarlo. Y luego, cultivarlo. Porque las desdichas de la vida lo pueden destruir. No depende tanto el buen humor de lo que nos pasa cuanto de cómo afrontamos lo que nos pasa. Todos conocemos a personas que están cargadas de problemas y que no han perdido un ápice del buen humor. Y a otras que tienen una situación personal, familiar y social excelente y que, sin embargo, están dominadas por la tristeza y el pesimismo.

El humor está impregnado de buen talante y también de una buena dosis de ingenio. En su lecho de muerte Oscar Wilde miró las paredes de su habitación y dijo: “Este papel es horrible; uno de los dos está demás aquí”. También, como se sabe, hay humor negro. No sé donde leí que un grupo de excombatientes muy, muy mayores está visitando el cementerio para hacer un homenaje a sus antiguos compañeros. Uno le dice a otro:

- ¿Piensas que, con la edad que tienes, merece la pena que vayas a casa?

El optimismo se educa. Lean el libro “La pedagogía del optimismo”, escrito por las portuguesas Marujo, Neto y Perloiro. Les ayudará como educadores y educadoras. El optimismo es tan consustancial a la educación como mojarse para el que va a nadar. Sin optimismo podemos ser buenos domadores, pero no buenos educadores. Las autoras citan a Michel de Saint Pierre: “Un optimista puede ver una luz donde no existe pero, ¿por qué tendrá el pesimista que ir corriendo a apagarla?”.

Leí con sorpresa y agrado el libro de Belén Varela “La rebelión de las moscas”. En el subtítulo se precisa algo sobre su contenido: “Principios, pautas y estrategias sobre las organizaciones optimistas”. Siempre había pensado en el optimismo como una característica de las personas. La autora nos habla de las organizaciones optimistas. Creo que es un magnífico filón para indagar. Aunque la autora no escribe sobre la escuela, creo que ésta es la organización optimista por excelencia.

Hay que ser inteligentes. Es decir, hay que ser felices. Decía Croft M. Pentz: “Disfruta el día de hoy. Tienes todo el resto de la vida para ser desgraciado”. Y E. MaxWell: “Gánales a los demás. Trata de ser tú el primero en reírse de ti mismo”.

Trampas en la participción

Participar es tomar parte. Nadie duda de la importancia de la participación. Pero, claro, participa en un partido de fútbol quien juega de titular y quien aplaude desde la grada. Quien es víctima de un secuestro, participa en él de una forma diferente a la del secuestrador. No es lo mismo participar de una forma que de la otra.

Pretendo reflexionar en estas líneas sobre las exigencias de la participación auténtica y denunciar aquellas formas de participación que son una trampa y que impiden que se tome parte de una forma positiva.

Pretendo reflexionar en estas líneas sobre las exigencias de la participación auténtica y denunciar aquellas formas de participación que son una trampa y que impiden que se tome parte de una forma positiva. Sería mejor no participar que hacerlo de manera tramposa.

Participación regalada: La participación es un derecho y un deber, no un regalo del poder. Quien ha de decir cuánto, cómo, dónde y en qué participar no es el que manda sino cada persona dentro del marco normativo que democráticamente nos damos. Es el que manda quien tiene que tener recortadas las atribuciones en función de la democracia. A veces, quien manda, dice:

- Les vamos a dejar participar.

Quien así habla considera que tiene en sus manos la potestad de dejar o de no dejar participar. Como si todo dependiese de su voluntad. Y no. El derecho y el deber de participar radica en la ciudadanía. Esta es una falacia muy extendida en la vida política y en la educación. No se da el poder de participar. En todo caso, se devuelve. Porque la potestad de participar es de cada persona. Si se les da es porque se les había quitado previamente.

Participación aplazada: Algunas autoridades piensan que las personas no tienen la responsabilidad necesaria para participar. Y van dilatando el momento en que los súbditos puedan hacerlo. No es verdad que hasta que no seamos responsables no podemos ser libres sino que mientras que no seamos libres no podemos ser responsables.

El problema reside en que la decisión se sitúa, de manera unilateral y caprichosa, en las manos del poder. Es una decisión que no se comparte con los interesados. El poder dictamina:

- Todavía no están preparados para participar.

Recuerdo, con la misma o mayor repulsa que entonces, la filosofía de la dictadura franquista que sostenía la infame tesis de que los españoles no estábamos preparados para ser libres. El argumento no era solo falso sino estúpido. Porque, para estar preparados solo hay un camino: ejercitarse.

Algunos colegas me han dicho: tus alumnos no están preparados para elegir los contenidos del curriculum, ni la metodología, ni la evaluación, ni la forma de llevar la clase… ¿Cuándo lo estarán? ¿Quién lo decide? Y, ¿qué mejor forma de demostrar que pueden que el hecho de que lo hagan?

Participación condicionada: Algunos ponen condiciones a la participación. Se participará si las personas muestran responsabilidad, si se comprometen a hacerlo dentro de unos cánones, si se respetan las exigencias que impone el poder… He oído muchas veces decir que se confunde libertad con libertinaje. He oído pocas veces decir que se confunde autoridad con autoritarismo.

Creo que no hay más condiciones que el respeto a la libertad de los otros, el respeto a la dignidad de las personas y el respeto a las normas democráticamente establecidas.

Participación trucada: Puede haber participación engañosa. En realidad solo hay apariencia de participación. Un alumno de la Facultad me contó que había llegado un profesor a clase con la siguiente propuesta:

- Vais a decidir qué tipo de evaluación queréis, entre si prueba de ensayo o prueba objetiva.

Lo deciden solo cuando el profesor quiere y solamente en los términos que él impone. ¿Por qué no entrevistas, ensayos, investigaciones, lecturas, portafolios…? Luego hizo un descarado elogio de las pruebas objetivas y anunció que, si elegían esta forma de evaluación, tendrían las notas al día siguiente del examen, pero que si elegían las pruebas de ensayo, no sabía cuándo podría entregar las calificaciones…

Se procedió a la votación que ganaron, de forma abrumadora, quienes deseaban hacer una prueba de ensayo. El profesor, un tanto sorprendido, concluyó:

- Bueno, ya veo que ustedes prefieren la prueba de ensayo pero, por esta vez, como ya tengo hecha la prueba objetiva, la vamos a hacer y así no pierdo todo el trabajo que ya he realizado…

Participación recortada: Se permite participar, pero solo en aquellas cuestiones que carecen de importancia. He visto participar a los padres y a las madres en muchas actividades extraescolares pero poco en el establecimiento, desarrollo y evaluación del curriculum. Los padres y las madres participan en la organización de una paella el día de Andalucía, pero no dicen ni media palabra sobre la forma de hacer evaluación en la escuela. Hace unos años coordiné la publicación de un libro titulado “El crisol de la participación”. Estudiamos en cinco centros escolares de Málaga cómo era la participación de las familias.

Cuando negociamos el Informe en un Consejo Escolar y llegamos a la conclusión de que los padres participan poco y lo hacen en actividades marginales, el presidente del AMPA, dijo:

- Es que nosotros no somos profesionales.

Le pregunté en qué trabajaba y me dijo que lo hacía en el Puerto de Málaga. Le dije que si su hijo se fracturaba una pierna y le llevaban al Hospital y, al salir del quirófano, seguía con la pierna rota y con un brazo escayolado, diría algo. Él dijo:

- Claro que sí. ¿Cómo me iba a quedar callado?

Le pregunté, buscando la comparación con el caso de la participación escolar:

- Pero, ¿tú eres cirujano?

Dijo que no lo era. Le sugerí que, sin serlo, tenía mucho que decirle al cirujano: si el hijo era alérgico a algún medicamento, qué había pasado con la fractura de la pierna, qué ejercicios debía realizar en casa para recuperarse, cuándo debía volver al Hospital, qué hacer desde el punto de vista psicológico…

EL padre y la madre, añadí para concluir, saben si su hijo va contento al colegio, si aprende, si le escuchan, si le evalúan de forma razonable…

Participación formalizada: Algunas veces solo se respetan las formas, pero no la esencia de la participación. Se puede mandar una citación para una Asamblea dentro de los plazos y según las normas fijadas, pero si se elige la fecha en un puente en que no van a poder acudir muchos convocados, se quebranta el espíritu democrático de la convocatoria.

Si se va a decidir un asunto importante y se envía información privilegiada a quienes se desea que voten lo que quiere el poder, se está rompiendo la esencia de la participación, aunque se respeten las formas.

Participación feminizada: Hablando de la participación escolar, he visto muchas madres y pocos padres en la relación con las escuelas, con los tutores, con las asociaciones.

Hace años dirigí una tesis doctoral sobre la participación de las familias en un centro de Málaga. Empezó siendo una tesis sobre participación y acabó siendo una tesis sobre género.

En definitiva, que no siempre que se participa se hace de forma auténtica. Hay que abrir los ojos, poner en acción la mente y, en ocasiones, denunciar las trampas y exigir las condiciones necesarias para que haya verdadera participación.

¡Arriba el Colegio!

Tengo en mis manos un curioso y pequeño libro titulado “Abajo el colejio”. Así, con jota. Un libro que fue escrito en 1953 por Geoffrey Willans y que no sé por qué motivos se ha traducido al castellano en 2013, sesenta años después. El autor dejó el Colegio a los 15 años y es probable que el libro encierre un fondo de decepción y de crítica autobiográficos respecto a la experiencia escolar. No sé si sigue vivo. En caso de hacerlo, tendría ahora la friolera de 94 años, ya que nació en 1920.

Tengo en mis manos un curioso y pequeño libro titulado “Abajo el colejio”. Así, con jota. Un libro que fue escrito en 1953 por Geoffrey Willans y que no sé por qué motivos se ha traducido al castellano en 2013, sesenta años después.

El libro es una sátira que, lejos de hacer brotar en mí una sonrisa, me ha causado un poco de dolor y un mucho de desagrado. No sé si porque lo he leído sin el necesario sentido del humor, sin la perspectiva temporal adecuada o porque esperaba otra cosa muy distinta cuando lo compré.

La falta de ortografía del título no es un error, como habrá supuesto el lector. De hecho, también el título original inglés contiene su falta correspondiente: “Down with skool”. Por cierto, la traducción de Jon Bilbao me ha parecido excelente, dadas las peculiares características del texto.

El libro nos cuenta la dinámica de un curso escolar en el Colegio inglés San Custodio que solo cuenta con 62 alumnos, todos varones, en régimen de internado. Fue construido, según se dice en el texto, “por un lunático en 1836”. Todo el relato pasa por el filtro de la mirada de un peculiar alumno llamado Nigel Molesworth, un pésimo estudiante que se burla de todo y de todos y muestra los rasgos de la incultura más supina y de las actitudes más groseras. “Nigel, se dice en la contraportada, es un estudiante maléfico que suele encontrar poco tiempo para tostones como la biología o la poesía. Prefiere, sin embargo, saltarse las clases o hacer gamberradas con Peason, su mejor amigo, con quien protagoniza frecuentes expediciones interplanetarias, con Fotherington-Tomas, el tonto del grupo, o con Molesworth-2, su hermano pequeño, al que zurra en cuanto tiene ocasión”. Una joya, vamos. El personaje de Molesworth protagonizó la siguiente tetralogía del autor: Abajo el Colejio (1953), How to be Topp (1954), Whizz for Atomms (1956) y Back in the Jug Agane (1959).

Las faltas de ortografía, aunque intencionadas, dañan la vista. Estás deseando acabar el libro para terminar con la tortura. No quiero reproducir ese tipo de errores. Cuesta leer interesante, acercaban, escocés, echar, árbitro… con h; molesta ver escrito favoritos, revistas, privado, viejos… con b; irrita ver escritas en letras de imprenta las palabras desayuno con ll, director con z, ahogado sin h…

Se añade a todo este cúmulo de faltas (hay paginas con más de veinte), la ausencia de comas en las iteraciones, la deficiente construcción gramatical, la ausencia de mayúscula en los nombres propios… No puedo imaginarme a mi hija perdida en este mar de faltas y de errores. ¿Cómo puede un lector o lectora que está estudiando lengua orientarse en esta selva lingüística?

Me ha sorprendido que las ilustraciones sean de Ronald Searle y no del autor, ya que este era (o es) un buen dibujante. Se dice en su biografía que empezó a dibujar cuando tenía cinco años y fueron muy conocidas sus contribuciones gráficas. Publicó su primera tira de la serie que le haría famoso, St Trinian´s School, en la revista Lilliput. Produjo una cantidad extraordinaria de caricaturas en la década de los cincuenta para diversas publicaciones. De ahí mi sorpresa.

Lo más negativo, a mi juicio, es la visión siniestra de la escuela y de sus profesores y alumnos. He aquí algunas perlas que reflejan esta actitud:

- “Los direztores (sic) son unos tipos feroces a los que les encanta repartir azotes. Tienen colecciones de cientos y miles de bastones y baras (sic) y otras cosas con las que te persiguen asta (sic) acorralarte y luego te azotan por muy bien que te hallas (sic) portado”.
- “Pagando la mensualidad correspondiente te hacen capitán de lo que quieras”.
- “Les encanta ordenar a algún chico que le enseñe el culo y darse un gusto azotándolo”.
- “Casi todos los profesores tienen la cara como un tomate pudrido (sic) y pisoteado”

¿Por qué no me ha gustado el libro? En primer lugar porque mantiene una visión de la escuela muy negativa. San Custodio es un lugar odioso, lúgubre, triste… En segundo lugar, porque muestra a los profesores como personas sádicas, estrafalarias, anticuadas y un poco estúpidas. En tercer lugar porque muestra un desprecio por la cultura y el aprendizaje que rayan en la sordidez. En cuarto lugar, porque contiene muchas expresiones despectivas y crueles hacia los demás, sean profesores, sean alumnos e, incluso, padres y madres de los alumnos.

Ya sé que hay que situar el libro en la esfera de la literatura satírica. Ya sé que hay que situar la obra en la época y lugar que fue escrita y no en la que es leído. Ya sé que, quizás, su finalidad sea eminentemente crítica. Pero no me ha gustado.

A las puertas de un curso escolar, he querido darle la vuelta al título de esta obrapara decir con entusiasmo y alegría: ¡Arriba el Colegio!!

La escuela es la gran mezcladora social que enseña a convivir. En ella se encuentran niños y niñas, negros y blancos, payos y gitanos, ricos y pobres, listos y torpes, normales y discapacitados… Allí aprenden a cultivar su mente y a pensar, aprenden a descubrir el mundo, aprenden a buscar y amar el conocimiento…

En la próxima Feria del Libro de Guadalajara (México) se va a presentar un libro mío titulado “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. Así concibo la escuela. Como el Arca que salva de la ignorancia, de la injusticia, de la insolidaridad, de la discriminación y de la incultura.

En la escuela trabajan unos profesionales que han sido formados para esa alta y compleja misión, que aman lo que se enseñan y a los que enseñan… Unos profesionales que, maltratados por las condiciones políticas y sociales, mantienen la ilusión y el optimismo.

La escuela desarrolla un proyecto en el seno de una sociedad a la que pretende enviar unos ciudadanos responsables, libres, solidarios, inteligentes, críticos, comprometidos y optimistas… La tarea de la escuela es salvífica para los individuos y las sociedades. Permítaseme repetir el pensamiento de Herbert Wells, que considero tan cierto: “La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”.

La escuela desarrolla un curriculum que proporciona las herramientas necesarias para descubrir el mundo y para transformarlo, crea un ambiente propicio para la convivencia y desarrolla unos hábitos conducentes al desarrollo del esfuerzo, del respeto y del descubrimiento de la dignidad humana.

Al comenzar este nuevo curso quiero decir a todos los integrantes de la comunidad educativa y a todos los ciudadanos y ciudadanas en general, con plena convicción y vibrante entusiasmo, algo tan sencillo y contundente: ¡Arriba el Colegio!

Las pepitas de las sandía

LAS PEPITAS DE LA SANDÍA

En una comida familiar del actual verano, a unos metros de la pedregosa playa de Castell, mi cuñado José Manuel, educador de profesión y de espíritu, plantea una cuestión de hondo calado pedagógico a través de una pequeña anécdota familiar. Pone en entredicho la práctica de la abuela que le quita las pepitas de la sandía a los nietos para que la coman con más facilidad y agrado.

Se trata de un minúsculo detalle, pero está cargado de significado. Es casi un símbolo. La actitud puede repetirse de forma casi constante en la vida cotidiana de la familia.

- De esa manera, argumenta mi cuñado, los niños acaban por no saber que la sandía tiene pepitas y que es necesario quitarlas, de una forma u otra, para poder comérsela. De esa forma aprenden que no tienen que esforzarse para comer el postre porque alguien que les quiere se lo hace todo fácil.

Nadie duda de la buena voluntad de la abuela y de su capacidad de sacrificio y de altruismo. De su amor a los nietos, en definitiva. Lo que se pone en cuestión es la conveniencia de ese modo de proceder para el desarrollo infantil. Mi cuñado dice que es necesario aprender que la vida tiene dificultades y que se debe hacer frente con entereza a esas dificultades. Pero eso solo se consigue afrontándolas, superándolas con esfuerzo. Las pequeñas y las grandes.

Se trata de un minúsculo detalle, pero está cargado de significado. Es casi un símbolo. La actitud puede repetirse de forma casi constante en la vida cotidiana de la familia. Atar los cordones de los zapatos, recoger la ropa, colocar las cosas, poner la mesa, fregar los platos, peinarse, mover las sillas, levantarse a por un vaso de agua… ¿Quién lo hace? ¿Quién lo hace para quién? ¿Quién lo hace en lugar de quién?

Hacer las cosas por los niños puede ser un signo de amor, pero puede convertirse en una invitación a la comodidad, a la blandenguería, a la falta de esfuerzo y sacrificio. Hacer las cosas por ellos, en lugar de ellos, para que no se molesten por nada es tenderles una trampa sibilina. Porque la vida no es fácil.

No soy partidario del sufrimiento estéril. Estoy contra el sadismo en la educación. Pero creo que es necesario educar en el esfuerzo. Como en todas las cosas de la educación es cuestión de tacto. No estoy de acuerdo en que la escuela tenga que ser difícil porque la vida es difícil, pero sostengo que nada valioso se alcanza sin esfuerzo.

Cuando veo a los acróbatas, a los magos, a los futbolistas, a los profesionales de cualquier oficio realizando con aparente facilidad actividades complejas, siempre pienso en todas las horas de esfuerzo que hay detrás.

“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”, decía Gahandi. Mucho antes, nuestro Francisco Quevedo había sentenciado: “El que quiera en esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos en su vida”.

Los niños y las niñas tienen que saber que las sandías tienen pepitas, que los peces tienen raspas, que las rosas tienen espinas, que los caminos tienen cuestas, que las casas tienen goteras, que los coches tienen averías… Esa es la vida. Hay que saberlo y hay que saber afrontarlo.

Tenemos que revisar nuestros patrones de comportamiento. Hacer las cosas fáciles puede resultar contraproducente. Porque cuando se evita todo tipo de esfuerzo, el niño puede esperar (y desear) que todas las sandías vengan sin pepitas o que, si las tiene, alguien se las tendrá que quitar por él. Incluso sentirá en el derecho de exigir que así sea.

Quiero decir con estas líneas que es necesario educar en el esfuerzo. Un esfuerzo que tiene sentido y finalidad, que no es un esfuerzo gratuito y masoquista. Se llega a las metas después de caminar con esfuerzo, de superar dificultades, de perseverar en el intento.

Veo hoy en los jóvenes poca resistencia a la frustración, poca capacidad de sacrificio. No se soporta con elegancia el fracaso. No se practica el esfuerzo. No se afronta con entereza el dolor, la enfermedad, el trabajo.

- Se quiere conseguir lo que se pretende sin esfuerzo alguno. Fácilmente. Cómodamente.
- Se pretende llegar a la meta sin la espera necesaria. Rápidamente. Ahora. Ya.
- Se exige él éxito que no se ha conquistado con tiempo, esfuerzo y sacrificio. Egoístamente.

Para madurar, para crecer psicológicamente hay que esforzarse. El niño quiere comerse la tarta y no acepta que haya desparecido. El adolescente quiere que le pangan en una bandeja la tarta. El adulto sabe que para que haya una tarta en la bandeja tiene que trabajar, que no se la van a traer las hadas o los dioses como un regalo. Y sabe que, si se la come, ya no habrá tarta en la bandeja.

No sé dónde leí esta lapidaria sentencia del presidente norteamericano Franklin S. Roosvelt: “Suda y te salvarás”. No durmiendo la siesta, no tumbado en un sofá, no abanicándote plácidamente, no sesteando… Sudando, esforzándose. Y, lo importante de esta idea, no es solo conocerla sino practicarla. Querámoslo o no, la vida es difícil. Dárselo a los niños todo hecho, hacérselo todo fácil, no es la mejor forma de prepararse para tener éxito en la vida.

Los niños tiene que aprender que el dinero no cae del cielo, que cuesta conseguir lo que se pretende, que hay que esforzarse para alcanzar los objetivos, que hay que estudiar con intensidad y perseverancia para poder aprobar. Tienen que saber que no hay martillos que golpeen solos. En el libro de Eduardo Criado “Cien impulsos positivos” se cuenta esta historia que he elegido en honor a mi cuñado José Manuel, infatigable coleccionista de martillos, ya que él me sugirió esta reflexión sobre las pepitas de la sandía.

Hace años pasó por un viejo poblado un ropavejero vendiendo objetos curiosos. Entre otras cosas ofreció a un aprendiz de carpintero un “martillo maravilloso”.

- Si este martillo trabaja solo como usted dice, ¿por qué no me hace una demostración?

El muchacho dudaba. El precio era alto. Todos los ahorros de su vida.

- Bien, muchacho. Veo que no te decides., llevo el martillo a otro pueblo. Tú seguirás condenado a trabajar duro.

El aprendiz se decidió y le entregó el dinero.

- Recuerda que debes mirarlo fijamente durante una hora sin pensar en la palabra “martillo”. Si así lo haces, él obedecerá tus órdenes y empezará a trabajar haciendo todo el esfuerzo que tú tienes que hacer ahora.

Cuando el ropavejero se marchó intentó hacerlo funcionar pero no lo consiguió. Al principio creyó que se trataba de una falta de concentración: ¡no podía dejar de pensar en la palabra “martillo”! Pero después fue su propio amo, el carpintero, quien le hizo ver la verdad, diciéndole:

- El martillo maravilloso pertenece a aquella clase de ideas del tipo “me merezco todo a cambio de nada”. Todo lo que realmente merece la pena tenemos que conseguirlo con nuestro esfuerzo.

Hay quien se dedica a vender martillos maravillosos. Y hay quien se cree que existen. Lo cierto es que no los hay. Y tampoco puede otra persona golpear por nosotros. Hay que enseñarlo y hay que aprenderlo. Si no lo hacemos los padres y educadores, es probable que lo enseñe la vida de forma traumática.

Estructuras de participación

Creo que nadie duda de la necesidad y de la importancia de la participación para que haya responsabilidad, implicación, sentido de pertenencia, motivación y aprendizaje. Son muy valiosos los frutos que produce el árbol de la participación.

Pero es imprescindible un tercer requisito: hace falta poder hacerlo. Y a eso voy en este artículo. A reflexionar sobre la necesidad de crear estructuras de participación.

Hablo de una participación real, no recortada y superficial. De una participación que no se considera un regalo sino un derecho y un deber. Sin participación es imposible aprender. Tomar parte en las organizaciones y en las experiencias es el único camino de alcanzar aprendizajes significativos y relevantes.

Para que haya participación en la sociedad, en los partidos políticos o en las instituciones tiene que haber voluntad de participar. Está muy claro: es imprescindible querer participar. Porque si no se quiere, no hay nada que hacer. Si no se quiere pasaría lo mismo que en aquel pueblo cuyas campanas no se tocaban por ocho motivos. Primer motivo: no había campanas. Pues no hace falta saber los otros siete. Es necesario también saber cómo hacerlo. Hay que tener cosas que decir y saber decirlas con sentido y claridad. Hace falta saber actuar de forma competente. Pero es imprescindible un tercer requisito: hace falta poder hacerlo. Y a eso voy en este artículo. A reflexionar sobre la necesidad de crear estructuras de participación.

En alguna clase lo he explicado mediante un sencillo ejercicio que muestra de forma palmaria cómo la participación depende de la estructura que se emplee para ejercitarla.

Cuento la siguiente historia. Una señora mayor (en adelante una vieja) se encuentra en un autoservicio. Va a la barra, pide un tazón de caldo, lo paga y, después de depositar el tazón, coger una servilleta una servilleta y depositar una cuchara en la bandeja, se dirige a la mesa en la que se dispone a comer. Cuando se sienta, se da cuenta de que se ha olvidado de comprar pan. A ella le gusta migar pan en el caldo. Toma unas monedas del bolso, vuelve a la barra, pide un bollo de pan, lo paga y cuando vuelve en dirección a su mesa, ¡sorpresa!, un hombre de color (en adelante un negro), está tranquilamente tomándose su caldo.

Entonces les hago esta pregunta: ¿Qué harías tú si fueras la vieja? Les digo que tienen que contestar la respuesta de dos en dos. No es que uno sea el negro y otro la vieja. No. Los dos se tienen que meter en el pellejo de la vieja y decir lo que harían en esa situación. Hablan durante unos minutos. Cuesta volver al silencio.

Luego sigo con la historia. Cuando la vieja ve lo que está pasando se dice: No me dejaré robar. Dicho y hecho, va rápidamente al lado del negro, se sienta a su lado, coge una cuchara, miga el pan en pedazos y come con el negro lo que queda de su caldo. Seguidamente el negro se levanta, le pide que espere unos segundos, y vuelve poco después con un abundante plato de espaguettis y dos tenedores. Le da un tenedor a la vieja y le dice que desea compartir con ella los espaguettis. Comen los dos, alternándose. Y, cuando acaban el negro le dice a la vieja que tiene prisa, que tiene que irse, que está encantado de haber compartido la comida y que no puede quedarse a tomar el postre. Se despide de ella y emprende camino hacia la puerta del autoservicio. Cuando el negro a abrir la puerta para salir, la vieja se da cuenta de que su bolso ha desaparecido.

Entonces vuelvo a formular la misma pregunta: ¿qué harías tú si fueras la vieja? Pero, ahora, añado, no se van a decir a quien tienen al lado sino que, quien desee dar su opinión, debe levantar la mano y decirlo a todos los asistentes en voz alta.

Suele suceder que tardan en aparecer voluntarios, a veces no hay ninguno y, cuando los hay, solamente 3 o 4 personas dan su opinión. Muchos callan porque no se atreven, porque han estado distraídos, porque no les interesa la historia, porque no quieren repetirse, porque tienen miedo al ridículo…

Entonces sigo con la historia. Cuando la vieja se levanta para gritar ¡al ladrón”, se da cuenta de que dos mesas más allá hay un tazón de caldo ya frío y delante de la mesa una silla con su bolso colgado. Se había equivocado de mesa cuando volvió de comprar el pan.

Esta historia que su protagonista contó en un periódico, se suele utilizar para reflexionar sobre la importancia de los estereotipos. La vieja dijo que hasta que le sucedió esta historia creyó que no era racista. Y, como bien se ve, muestra que no es el negro el que como a costa de la persona de raza blanca sino ésta la que come (primer y segundo plato) a costa del negro. Resulta lógico que el hombre pensase que la viaja estaba muy necesitada al ver que migaba el pan en su tazón de caldo. De ahí que, generosamente, la invitase a compartir el segundo plato.

Yo la suelo utilizar para analizar la importancia de las estructuras de participación. Con la misma historia, en la misma sala, el mismo día, con las mismas personas, la participación es diferente dependiendo de la estructura que se utilice.

Primera estructura: uno solo lee la historia. Nadie más interviene. Con una segunda estructura (pedir la opinión en voz alta ante todos los presentes) participan muy poquitos. Con la tercera estructura (hablar de dos en dos) intervienen todos. Una buena estructura propicia la participación y multiplica el tiempo.

La pregunta tiene la misma dificultad en las dos ocasiones en las que se formula: ¿qué harías tú si fueras la vieja? Pero, en el primer caso provoca una catarata inmediata de intervenciones que cuesta trabajo interrumpir. En el segundo, una oleada de silencio.

Hay estructuras que impiden la participación. Si uno solo cuenta la historia, las personas escuchan con mayor o menor atención. Otras la dificultan: no es fácil intervenir ante quinientas o mil personas. Otras la hacen casi inevitable. Porque, si en el ejercicio que acabo de comentar, una persona está distraída y oye del compañero la pregunta: Bueno, ¿qué harías tú si fueras la vieja? Y él no sabe de qué vieja están hablando, lo pregunta y el compañero se encarga de ponerle en la situación del relato.

Es fácil trasladar la cuestión a situaciones reales. Se puede pedir e, incluso, exigir participación. Pero si no hay tiempos y espacios para hacerla viable, por mucho que se desee, no será imposible conseguirla. Si se pide a los ciudadanos que participen en las decisiones, pero no hay canales a través de los cuales puedan hacerlo, la invitación será un mero señuelo. Si se invita a los padres de los colegios a participar pero no disponen de lugares, tiempos e información adecuada, la participación se convertirá en una mera entelequia.

Crear canales para la participación una exigencia sine qua non para que se produzca. Después habrá que querer y saber utilizarlos. Pero si no existen, hablar de participación auténtica será como hablar de nieve frita.