La casita de los sueños

En una reciente visita a La ciudad de Florencia (Departamento de Caquetá, Colombia) para participar en el Congreso “Educación, Pedagogía y Cultura Ambiental”, tuve la fortuna de conocer una experiencia educativa de hermoso y certero nombre: “La casita de los sueños”.

Lo que más me llama la atención es que “La casita de los sueños” no sea una iniciativa comercial sino profundamente educativa. Es, como dicen sus creadores, un “programa integral”.

En la parte trasera de una camioneta Chevrolet modelo 1986 pude ver una rústica construcción de madera en forma de casa, en ese momento abierta por un lateral, que mostraba en su interior materiales de colores llamativos: juegos de madera, artesanías, libros, relojes… Un vehículo singular que, en lugar de transportar leche, frutas, verduras o caballos…, estaba lleno del material ilusionante de los sueños. Un vehículo singular que no funciona con gasolina sino con los latidos emocionados del corazón de los niños y las niñas. Un vehículo singular que, en lugar de contaminar el ambiente, tiene como finalidad embellecerlo y purificarlo.

Conocí la experiencia de manos de sus creadores, Humberto Aníbal Patiño Giraldo y Luz Stella Salazar Morales, que me hablaron de ella con un entusiasmo contagioso, con una pasión vibrante y con un amor entusiasta. Nació la experiencia de la nada en San Vicente del Caguán. De la nada, no. De la mente inquieta y el corazón apasionado de Humberto y Luz Stella y de su convicción de que hay que buscar la paz a través del conocimiento, del juego, de la lectura y del amor a la naturaleza. La Fundación nació hace tres años y tiene vocación de futuro. Se ha propuesto, para 2021, “ser reconocida a nivel departamental nacional e internacional demostrando las capacidades que tiene de ser competente ante la sociedad”.

En las puertas del vehículo aparece una inscripción con la sigla CIRCREADI y su correspondiente explicación: Círculo de Creaciones Didácticas. En el nombre se condensa la finalidad: creatividad para el aprendizaje. En el tiempo de escuela y en el tiempo de ocio. El caso es que los niños y las niñas sean más sabios y más felices.

Dice su carta de presentación “CIRCREADI está integrado por un grupo de personas con gran sentido de pertenencia hacia la conservación del medio ambiente ya que elabora juegos didáctico, de entretenimiento y artesanías con residuos de madera, de buena calidad, brindándole a los clientes buenos productos para así poder ser competentes ante la sociedad, generando empleo a madres cabezas de hogar, personas con capacidad diferente y población vulnerable con las cuales se hace tejido social…”

San Vicente del Caguán es una población conocida por los colombianos porque en ella se celebraron hace algunos años unas fracasadas conversaciones de paz que se han convertido en un estigma. Por eso es significativo que esa población haya sido cuna de esta hermosa iniciativa que busca la paz a través de la educación. Cuando y donde tantas ideas y acciones se ponen al servicio de la violencia, es de agradecer que haya ideas y acciones como ésta, que tienen como finalidad exclusiva la conquista de la paz y de la solidaridad.

Lo que más me llama la atención es que “La casita de los sueños” no sea una iniciativa comercial sino profundamente educativa. Es, como dicen sus creadores, un “programa integral”. Un programa que califican de educativo porque llega a cada institución visitada con donación de juegos y libros didácticos y de entretenimiento. Además, organizan talleres lúdicos y de lectura y cursos de formación para las familias. Un programa que es también social porque esos juegos de madera los diseñan y elaboran madres de familia y personas con capacidad diferente. Un programa, en tercer lugar, que tiene un carácter ambiental ya que dichos juegos son elaborados con residuos de madera (“no derribamos un solo árbol”, dicen) y en todas las visitas se hace entrega de semillas y pequeños árboles para la reforestación. Es también un programa cultural ya que en las ferias que participa muestra una imagen del municipio y de la provincia llena de preocupaciones y de iniciativas de transformación

Se trata de un proyecto noblemente ambicioso. Dicen en sus textos: “El objeto social de la Fundación es propiciar el desarrollo en Colombia, dando apoyo a actividades, programas y proyectos de carácter ambiental, educativo, cultural, deportivo, empresarial y productivo que corresponde a la necesidad de mejorar la calidad de la vida de los niños, jóvenes, madres cabeza de hogar, personas con algún tipo de discapacidad y comunidad en general”.

Vi en La casita de los sueños la proyección de un video que mostraba, a través de hermosas imágenes y del relato de la maestra, una de las visitas. La que hizo La casita de los sueños a la comunidad de La Camuya. El vehículo avanzaba por caminos impracticables, casi inexistentes, llenos de barro y de baches, hacia una escuela perdida en lo más remoto del campo. Un lugar al que casi nadie llega. Y luego se veía el alborozo de los niños y de las niñas cuando llegaba La casita cargada con un bagaje casi infinito de sueños. Ter llenaba de emoción ver a los niños jugando con los materiales y leyendo los libros. Y plantando los árboles en pleno campo.

“La casita de los sueños” se desplaza casi siempre a poblaciones vulnerables. Es de admirar la preocupación de sus creadores por los más desfavorecidos, por aquellos a quienes Paulo Freire llamaba “los desheredados de la tierra”.

Este matrimonio habla con tanto entusiasmo de “La casita de los sueños” que consigue involucrarte en esos ideales que a ellos les mueven a trabajar cada día. Tienen dos hijos y consideran que La casita es un tercero que ha nacido de su amor a la educación. Me ha gustado encontrar explicitado el espíritu que guía todos sus afanes. Me refiero a los valores corporativos que tratan de buscar y desarrollar: “amabilidad, respeto, solidaridad, trabajo en equipo, responsabilidad, eficiencia, competitividad, cumplimiento”.

Tienen Humberto y Luz un magnífico dossier de materiales recogidos en sus visitas. Cartas emocionantes de los niños, testimonios de los maestros y de las maestras, algunas cartas manuscritas de padres y de otras personas que expresan sus sentimientos y sus valoraciones sobre esta experiencia.

¿Cómo no aplaudir y alentar esta idea que ha surgido para el desarrollo de la educación en la provincia primero y, quizás, en el país y en el mundo después? ¿Cómo no emocionarse al ver que la creatividad, la ilusión y el esfuerzo de personas consiguen que los niños aprendan y se diviertan en aras de la construcción de un mundo mejor? ¿Cómo no felicitar a sus promotores porque han creído en una idea, han superado dificultades y han arriesgado su dinero y su trabajo con generosidad y entusiasmo?

No les domina el afán de enriquecimiento sino la búsqueda de la felicidad. Me volvieron a emocionar cuando me entregaron, dedicado a mi hija Carla, un pequeño rompecabezas de madera que ella está ahora tratando de resolver mientras escribo estas líneas. “La casita de los sueños” ha cruzado el Atlántico y ha traído un poquito de felicidad a una niña española. Gracias.

Ese es el jefe

En la ciudad colombiana de Ibagué compartí con otros colegas un panel acerca de la dirección de las instituciones educativas. La dirección de las instituciones es uno de los elementos que determinan la calidad de su funcionamiento. El problema es que, a veces, quien debiera ser el acelerador del entusiasmo, de la innovación y del compromiso, se convierte en el freno que impide la mejora. Quien debiera servir a la comunidad, se sirve de ella.

- Ese no sabe hacer nada, pero es el jefe.

No es razonable, pues, que la formación de directivos sea poco exigente, el ejercicio profesional poco riguroso y las condiciones del trabajo más que deficientes. Resulta imprescindible contar con directores y directoras competentes y con unas condiciones favorables.

Un señor quería comprar un loro. Fue a una pajarería y le explicó al dueño que deseaba comprar un loro ya que, como vivía solo, pensaba que le iba a servir de compañía.

- Ahí los tiene usted. Escoja el que más le guste.

El cliente observa el comportamiento de los loros en sus respectivas jaulas y señala aquel que más le gusta por el color del plumaje y los elegantes vuelos que hace entre los barrotes.

- ¿Cuánto vale este?
- Ha elegido uno de los más caros. Ese loro vale quinientos euros.
- ¡Qué barbaridad! ¿Cómo es posible?
- Porque ese loro puede transmitir mensajes largos, no solo en español. También es capaz de reproducir mensajes en francés.
- No, señor, no puedo permitirme ese gasto.
El comprador observa de nuevo la jaula y, después de una detenida observación, señala otro al dueño de la pajarería. Y éste le dice:
- Tiene usted buen ojo. Ha elegido un loro más caro que el anterior. Este vale mil euros.
- No me lo puedo creer, dice el comprador aturdido por la cifra. Pero, ¿este qué sabe hacer?
- Este es capaz de reproducir mensajes en dos idiomas además del español. Sabe reproducir frases en francés y en inglés.
- Es una cifra prohibitiva para mí.
Sigue su proceso de selección hasta que repara en un loro que le llama la atención por su quietud y majestad.
- Dígame, señor, ¿cuánto vale ese que está quietecito en la parte superior de la jaula?
- Vaya, ha ido a dar usted con el más caro de todos. Ese vale tres mil euros.
- Pero, ¿ese que sabe hacer?
- Ese no sabe hacer nada, pero es el jefe.

Espero que nadie se moleste por la anécdota. Sería injusto y casi ridículo generalizar su aplicación. En general se puede hablar de un esforzado y generoso grupo de equipos directivos de las instituciones educativas. Pero es necesario pensar en el papel que se les encomienda desde la administración, en el que asumen realmente y en las expectativas que tiene la comunidad sobre ellos y ellas. Y , cómo no, en sus competencias profesionales.

Es probable que la administración quiera que los directores y directoras sean el brazo armado de la ley en los centros. Estoy seguro de que la comunidad lo que quiere es tener al frente un “primus inter pares” que va delante, que da ejemplo, que escucha, que sabe hacer, que anima, que comprende, que trabaja más que nadie. Y que se enfrenta valientemente al poder cuando éste actúa de forma irracional o injusta.

Me duele oír quejas sobre directores y directoras que utilizan el cargo para zaherir a los demás, para decirles lo que tienen que hacer, para refugiarse en el despacho sin dar el callo. El buen director o directora de una escuela sabe, sabe hacer, hace y, sobre todo, sabe ser. Sabe lo que es una escuela, institución peculiar donde las haya. Y sabe dónde está enclavada su escuela. Porque todas las escuelas se parecen pero ninguna es igual a otra. Sabe quiénes y cómo son los profesores, las familias y los alumnos.

No solo sabe. Sabe hacer. Y hace. No me gusta el director (o directora, que no es igual) metido en su despacho, entregado al teléfono y a la burocracia. Me gusta el director que está en los recreos, en los pasillos, en las clases. Y que da clases. Ya sé que las instituciones educativas son cada vez más complejas y que se necesita un tiempo abundante para desarrollar las tareas de la dirección. Pero cuando se da clase se gana autoridad y se puede dar ejemplo de lo que hay que hacer.

Creo que el director no ha de ser como el loro del cuento, que no sabe hacer nada o que no sabe hacer nada mejor que los demás. Solamente ostenta el cargo, se beneficia de él.

En el panel al que hice referencia más arriba pedí que seis asistentes se colocaran a la distancia de un metro sujetando una cuerda larga. A uno que quedó en un extremo le pedí que asumiera la tarea de dirigir al grupo. Tenía que ir dando órdenes para que supieran qué hacer.

- Caminen de frente, ahora más de prisa, ahora giren hacia la izquierda, deténganse, avancen más despacio, agáchense…

El grupo iba siguiendo las órdenes. Unas veces eran seguidas con más diligencia y perfección que otras. Era un modo de hacer visible un estilo de dirección. Luego me puse en un extremo de la cuerda encabezando la hilera y les dije a los que la sujetaban detrás de mí:

- Síganme (mis lectores argentinos saben por qué en su país no utilizaría esta expresión).

Comencé a caminar al ritmo que consideré adecuado, giré cuando era necesario, me detuve cuando había que hacer una parada. No necesitaba dar órdenes. Yo iba delante haciendo lo que había que hacer. Era otra forma de dirección. Como metáfora, sirve para explicar algunas cosas, pero deja otras en la oscuridad que luego tuve oportunidad de comentar. Me referí a la dirección compartida, al hecho de acordar entre todos por dónde hay que avanzar.

Dice Belén Varela en su hermoso libro “La rebelión de las moscas” que los líderes de las organizaciones optimistas ( y la escuela debería ser la organización optimista por excelencia) son capaces de sacar lo mejor de cada uno de los miembros de su grupo. Su tarea fundamental no es la de controlar, silenciar, castigar e imponer. Es la de liderar. “El perro controla el rebaño, pero el rebaño no le sigue”. El perro no es un líder.

En mi libro “Las feromonas de la manzana. El valor educativo de la dirección escolar” contrapongo dos series de trece verbos, una vinculada a la dirección empobrecida y otra a la dirección educativa. La primera serie contiene los siguientes verbos: mandar, explicar, guiar, decidir, controlar, exigir, castigar, vigilar, imponer, ordenar, someter, silenciar y advertir. La segunda está integrada por los siguientes verbos: coordinar, dialogar, escuchar, aprender, amar, participar, estimular, aceptar, innovar, sugerir, comprender, proponer y reflexionar. Lo mismo se puede decir de las tareas que se realizan. Unas de naturaleza pedagógicamente pobre (hacer burocracia, hacer bricolaje, controlar, reprender…) y otras pedagógicamente ricas (formar, ayudar, coordinar…).

Volvamos al caso del loro. Algunas veces nos encontramos en la realidad con escuelas que son como aquella pajarería. El que no sabe hacer, o no hace nada o lo que hace no tiene ningún valor es el jefe. Hay que tener buenos directores o directoras. Personas que sepan lo que quieren y que se pongan delante de la comunidad para convertirse en un ejemplo vivo de lo que hay que hacer. Para que las ayuden a ser mejores.

No te preocupes por llegar tarde

Llevo todos los días a mi hija Carla al Colegio. No hace mucho, siguiendo una escrupulosa costumbre, a las ocho y media de la mañana, me puse al volante y ella ocupó su silla en el asiento trasero. Nos colocamos los respectivos cinturones y nos pusimos en marcha. A mí me gusta escuchar la radio, ella prefiere canciones. Así que negociamos convenientemente los trayectos. Cuando ese día enfilamos la carretera de circunvalación nos topamos con un atasco tremendo.

Papá, no te preocupes por llegar tarde, ya que vamos al Cole. Lo malo es que fuéramos a un cumple y entonces me perdería el mago, la tarta y la piñata.

- Carla, le dije con preocupación, te has levantado pronto, te has vestido con rapidez y has desayunado a buen ritmo, pero vamos a llegar tarde. Mira qué atasco hay tan enorme. Es probable que haya ocurrido un accidente.

Estábamos casi parados. Volví a insistir en el indeseable retraso. Ella sabe que me gusta llegar con puntualidad cada mañana. Al ver mi insistencia y mi inquietud, me dijo con resolución:

- Papá, no te preocupes por llegar tarde, ya que vamos al Cole. Lo malo es que fuéramos a un cumple y entonces me perdería el mago, la tarta y la piñata.

Es decir que, a su juicio, se pierden cosas importantes e interesantes si se llega tarde a una fiesta de cumpleaños. Pero no si se llega tarde a la escuela. Y eso que es una magnífica estudiante, inteligente y aplicada. Me quedé pensativo. ¿Qué es lo que se pierden los escolares si llegan tarde o no van al Colegio? ¿Es de lamentar? ¿Es para alegrarse? ¿O da exactamente lo mismo?

Eso fue hace un par de años. Al iniciar este curso, planificábamos las actividades extraescolares por si el trabajo le resultaba excesivo. El diálogo siguió por estos derroteros:

-¿Quieres dejar el Conservatorio de música y las clases de piano?
- No, de ninguna manera. El piano me encanta.

- ¿Quieres dejar las clases de ballet?
- No, las clases de ballet, no. Me gustan mucho.
- ¿Quieres dejar la equitación?
- Eso sí que no, dijo con aplomo. No puedo dejar a mi yegua Curra.
Entonces vio una solución que acababa con todos los problemas a la vez, los de tiempo y los de priorización. Y dijo como si hubiera dado con la piedra filosofal:
- ¿Y si dejamos el Colegio?

Pues nada, otra vez a pensar. ¿Qué pasaría si dejásemos el Colegio? ¿Qué se perdería? ¿Qué es lo que aprenden nuestros alumnos y alumnas en las instituciones escolares? ¿De qué naturaleza son los aprendizajes? ¿Aprenden solo conocimientos? ¿Aprenden destrezas? ¿Aprenden actitudes? ¿Aprenden valores? ¿Para qué les sirve lo que aprenden? Una cosa es saber, otra saber hacer y otra saber ser. En los tres ámbitos de competencias es necesario hacer adquisiciones. Pero, ¿cuáles?, ¿cuándo?, ¿cómo?

Creo que la pregunta tiene tres dimensiones concatenadas. La primera se refiere al diseño del curriculum, es decir a las decisiones referidas a la selección de los contenidos y experiencias de los aprendizajes. Cuáles han de ser y cómo se han de estructurar. La segunda se refiere al desarrollo del curriculum en las instituciones, es decir a las cuestiones relativas a las estrategias adecuadas para realizar esos aprendizajes. La tercera, que cierra, el proceso de interrogaciones tiene que ver con la comprobación de que esos aprendizajes realmente se han aprendido y si no se ha alcanzado la meta, por qué motivos ha sido. Las tres cuestiones tienen un denominador común que se refiere a los agentes de los tres ámbitos, es decir, a los responsables de esos procesos y a su cualificación. Y, por otra parte, a quienes tienen que realizar esos aprendizajes.

Se insiste hoy en la necesidad de adquirir competencias. Me parece bien, con tal de que no se desvirtúe el término y nos demos de bruces, como está sucediendo en algunos lugares, con los objetivos operativos de Mayer o con la triple taxonomía de Benjamin Bloom.

Téngase en cuenta, además, que hoy el conocimiento se nos viene encima en avalanchas incontenibles. Hace falta tener criterios para saber cuándo los conocimientos que encontramos tienen rigor y cuándo están adulterados por intereses económicos, comerciales, políticos o religiosos.

Me preocupa mucho que los aprendizajes de la escuela estén alejados de la vida y de los intereses de los escolares. Un viejo cuento hindú que he leído en el libro “Cuentos clásicos de la India”, de Ramiro Calle, nos puede servir para reflexionar sobre la pertinencia de los aprendizajes que se realizan en la escuela:

“Un joven erudito, arrogante y engreído quiso atravesar un río caudaloso. Para cruzarlo de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:
– Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
– No, señor, repuso el barquero.
– Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.
Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:
– Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?
– No, señor, no sé nada de plantas.
– Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida, comentó el petulante joven.
El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:
– Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes algo de sus componentes químicos?
–No, señor, nada sé al respecto. No sé nada de estas aguas ni de otras.
–¡Oh, amigo!, exclamó el joven. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero le preguntó al joven:
– Señor, ¿sabe nadar?
– No, repuso el joven.
– Pues me temo, señor, que ha perdido toda tu vida.

El Maestro dice: No es a través del intelecto como se alcanza el Ser: el pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito no tiene nada que ver con la Sabiduría”.

Hace años vi una deliciosa película argentina de Adolfo Aristiarain titulada “Un lugar en el mundo”. En esa película hay una escuela. Y en esa escuela, un buen maestro. Al terminar la escolaridad de una promoción, el maestro congrega a sus discípulos y les dice:

- Más preocupado que por la cantidad de datos que habéis almacenado en vuestra cabeza, estoy preocupado por el hecho de que aquí hayáis aprendido a pensar y a convivir.

Tenía razón aquel maestro. Porque saber pensar ayuda a descubrir y entender el mundo, a ver los hilos ocultos de la realidad, a explorar con curiosidad y a perseguir la verdad. Aprender a pensar significa que se ha hecho uno un buscador del conocimiento necesario para la vida. Haber aprendido a convivir significa que se ha conseguido reconocer la dignidad de los seres humanos, que se ha descubierto de formas práctica la solidaridad y compasión. Es decir, la forma de construir un mundo más justo y más hermoso.

A palo limpio

No sé si todos los que me leen fuera de España saben que aquí tenemos desde hace años lo que se ha dado en llamar “un carnet de conducir por puntos”. A partir del 1 de julio de 2006, quienes habían aprobado el examen de conducir, dispusieron de un carnet con 12 puntos Por las infracciones que se cometen (exceso de velocidad, hablar por el teléfono móvil, saltarse un semáforo en rojo, no respetar el stop…), además de la multa correspondiente, se quitan puntos. Un conductor puede llegar a perderlos todos y a quedarse sin carnet. Para recuperarlo, hay que hacer curso que, como supondrá el lector, tiene un costo elevado.

Una de las infracciones por las que el conductor puede ser castigado con pérdida de puntos es el lanzamiento de colillas. Lo he visto escrito muchas veces por la carretera mientras conducía: “Por tirar colillas, cuatro puntos”

Una de las infracciones por las que el conductor puede ser castigado con pérdida de puntos es el lanzamiento de colillas. Lo he visto escrito muchas veces por la carretera mientras conducía: “Por tirar colillas, cuatro puntos”. El lector lo entiende de forma automática. Si te pillan (esa es la palabra exacta) tirando una colilla, te quitan cuatro puntos. Y no añaden “y te ponen una multa de 200 euros” porque no daría tiempo a leerlo.

Es la forma deseducativa de enseñar y aprender lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. A palo limpio. Para que una persona aprenda algo, piensa el que enseña así, es preciso amenazarla con el castigo que recibiría si hace lo que se pretende evitar o si no hace lo que se quiere que haga. Para que alguien se porte bien tiene que temer que se cumpla la amenaza. Y para que se cumpla la amenaza, primero tienen que pillarle. Para que un conductor no tire una colilla por la ventanilla del coche, tiene que mirar si alguien le puede ver, porque si le ve la policía, la sanción es inevitable. Ahora bien, si no le ve, no pasa nada. El bosque se quema, pero el pirómano queda impune.

El castigo, el dolor, la multa… son los verdaderos alicientes. Si no hubiese sanción, no importaría nada incurrir en esos comportamientos. No importa el daño que se hace, el fuego que se provoca, el dolor que se causa… No importa el deber. No importa el bien. No importa el prójimo. Importa la sanción. El palo.

De ahí que haya tantos infractores cuando no existe vigilancia. Si hay un radar, se disminuye la velocidad. Si hay un policía apostado en la carretera, el conductor se coloca el cinturón. Si hay una cámara instalada en una zona prohibida de aparcamiento, allí no se deja el coche. Si aparece en lontananza un policía de tráfico en su moto, se deja inmediatamente el teléfono. Pero todo cambia si la sanción no es posible porque nadie puede ver al infractor. Entonces se puede exceder la velocidad, prescindir del cinturón, hablar por el teléfono o saltarse el stop. ¿Cuál es la finalidad de la buena conducción? Evitar la sanción, no el bien común. Salvar el carnet y proteger la cartera, no la seguridad de prójimo.

Endefinitiva, lo que se quiere proteger es la cartera, no la carretera. Lo que importa no es el civismo sino el interés particular. Un policía de tráfico detiene a un conductor por saltarse un semáforo en rojo. Y le dice:

- ¿Es que no ha visto usted que el semáforo estaba n rojo?

Con toda sinceridad, el conductor le dice:

- Sí, claro que vi que el semáforo estaba en rojo. A quien no vi fue a usted.

No importa quebrantar los derechos del prójimo, no importa su dignidad. No importa el bien público, no importa el medio ambiente. Lo que importa es que te descubra haciéndole daño quien tiene la facultad de sancionarte.

¿No seria mejor hacer otro tipo de anuncio? Sería preferible decir: Arrojar colillas puede causar graves daños. O bien: Proteja el campo, no arroje colillas. O quizás: Sea responsable, no destruya el bosque arrojando colillas.

Las amenazas llevan más a la ocultación que a la evitación. Lo que importa es que no te sorprendan, que no te descubran, que no te multen. Si se causa un incendio, pero no te ven, no pasa nada. En nuestra cultura tenemos una larga tradición de amenazas, algunas verdaderamente inhibitorias para quien se las cree:

- Como te portes mal, irás al infierno y allí estarás ardiendo toda la eternidad.

Como amenaza no está nada mal. Sobre todo si se tiene en cuenta que alguien omnipresente (incluso en tus pensamientos) ve todo lo que haces, todo lo que sientes y todo lo que piensas.

La escuela es una institución educativa, no coercitiva. En la escuela se trata de que las personas aprendan a convivir. No por el temor al castigo sino por la convicción de que todas las personas, por el hecho de serlo, tienen una indiscutible dignidad.

Si se evitasen las agresiones a través de vigilancia estrecha, amenazas severas y castigos contundentes nos instalaríamos en la duda de si se ha conseguido la finalidad educativa de la escuela. ¿Han aprendido a convivir o solo han aprendido a evitar el castigo?

Por eso hay que poner en solfa un sistema arraigado en la imposición de castigos. Cuando el castigo no exista, ¿qué pasará? Esa es la pregunta: Cuando no exista el temor, ¿cómo actuarán?

Hay que pensar en la naturaleza y en la finalidad de las sanciones. ¿Para qué se sanciona? En esencia para evitar que el infractor reincida y para que otros escarmienten en cabeza ajena. ¿Se consigue? Lo dudo. “El castigo es la venganza vestida con traje civilizado”, decía Constancio Vigil.

Desde el punto de vista educativo existe otro problema no menor. Son los efectos secundarios del castigo, sobre todo si es exagerado o injusto. El castigado acaba odiando al que castiga, despreciando su postura y rechazando sus opiniones. Es decir, cortando el vínculo educativo.

María Luisa Ferrerós publicó en 2011 un librito titulado “¡Castigado! ¿Es necesario?” en el que dice que “los castigos pueden ocasionar más daño que beneficio”. Tiene razón.

Hay muchos componentes irracionales en la aplicación de castigos, aparte de la posible dosis de injusticia. La lógica y la justicia se pueden saltar en diversas partes del proceso: la primera, en lo relativo a la comisión de la falta. ¿Hay siempre seguridad sobre la autoría y sobre la gravedad? La segunda puede estar radicada en la finalidad, es decir en lo que se pretende conseguir. La tercera es la magnitud de la sanción en relación con la importancia de la infracción. Y, sobre todo, puede haber ausencia de lógica y de justicia en la evaluación de lo alcanzado. Si se dice que la pretensión es conseguir una modificación del comportamiento, ¿no sería lógico que nos preguntáramos si se ha conseguido? Si se pretendía que los demás escarmentases en cabeza ajena, ¿no sería lógico que comprobásemos si se conseguido el objetivo?

No estoy de acuerdo con la idea de que la mejor forma de aprender sea a palo limpio. No es el palo, es la razón, el sentimiento y la ética. No estoy de acuerdo con quien piensa que si no es con el dolor del castigo no se aprende, con quien sostiene que si no hubiera multas la circulación sería un caos. No creo en el palo, creo en la lógica. No creo en el palo, creo en el sentimiento. No creo en palo, creo en la responsabilidad. No creo en el palo, creo en el respeto al prójimo.

Humor de mis amores

En la Librería Homo Sapiens de Rosario, haciendo esa tarea que tanto me gusta de leer títulos de libros y nombres de autores, de buscar obras que me interesen y de tomar nota de novedades, descubrí un hermoso título. Parafraseando la clásica expresión “amor de mis amores”, vi sustituida la palabra amor por la de humor. El título del libro era ”Humor de mis amores”. Editado por Planeta y obra del humorista gráfico argentino Caloi.

El humor es una forma de bondad. Es una herramienta para la construcción de un mundo más hermoso y una convivencia más feliz.

Al ojear el libro pude comprobar que el autor es un verdadero humorista. Alguien que nos hace pensar sonriendo. “Quien nos hace reír es un cómico. Quien nos hace pensar y luego reír es un humorista”, dice Georg P. Burns.

El humor es una forma de bondad. Es una herramienta para la construcción de un mundo más hermoso y una convivencia más feliz. El sentido del humor está en captar y entender las bromas que otros hacen y está también en poner una pizca de sal en las conversaciones y en la vida. No me gustan las personas sombrías, las que siempre están malhumoradas, las que solo saben ver los agujeros en el queso. Me gustan las personas como el escritor francés Edmond Rostand quien, el día de su ochenta aniversario, se miró en el espejo y dijo: “Desde luego, los espejos ya no son lo que eran”.

Decía Winston Churchil: “La imaginación consuela a los hombres de lo que pueden ser. El humor de lo que son”. Y es que el sentido del humor nos hace ver con cálida y tierna simpatía todas las formas de la existencia. Incluso a nosotros mismos.

Tengo delante de mí varios libros sobre este decisivo asunto. Uno de ellos, que me gusta y utilizo mucho, es de A. Ziv y J.M. Diem. Se titula “El sentido del humor”. Y va planteando con agudeza interesantes cuestiones sobre las funciones del humor: función agresiva, sexual, social, defensiva e intelectual… , sobre las sus diversas facetas y sobre el papel que desempeña en la configuración de la personalidad. El libro está salpicando de excelentes anécdotas y de frases ingeniosas, como la de Alphons Allais: “Las personas que no se ríen nunca no son gente seria”.

Eduardo Jáuregui Narváez tiene un libro que se titula de idéntica forma: “El sentido del humor. Manual de instrucciones”. Contiene interesantes reflexiones y propuestas. En la introducción nos dice que estamos en un mundo lleno de miseria, dolor y desventura. Pero que todo es diferente cuando se afronta desde el sentido del humor. El libro está lleno de ideas sugerentes. Como ésta de Upton Sinclair: “Con el dinero sucede lo mismo que con el papel higiénico. Cuando se necesita, se necesita urgentemente”.

“No hay nada tan bien repartido como la razón. Todo el mundo está convencido de tener suficiente”, se puede leer en el libro de David García “Los efectos terapéuticos del humor y de la risa”.

He leído en el último libro de Milán Kundera titulado “La fiesta de la insignificancia” la historia de las veinticuatro perdices de Stalin. Dice Kundera que después de sus largas y agotadoras jornadas, a Stalin le gustaba permanecer un rato más con sus colaboradores y relajarse contándoles anécdotas de su vida. Por ejemplo ésta: Un día decide ir de caza. Se pone una vieja parka, se calza unos esquíes, coge un fusil de caza y recorre trece kilómetros. De pronto, ante él, ve unas perdices en las ramas de un árbol . Se detiene y las cuenta. Hay veinticuatro. ¡Vaya mala pata! Solo se ha llevado doce cartuchos. Dispara, mata a doce, luego da media vuelta, recorre otra vez los trece kilómetros hasta su casa y coge otra docena de cartuchos. Recorre una vez más los trece kilómetros hasta las doce perdices, que siguen en las ramas del mismo árbol. Y por fin las mata todas…

Es Jrushchov quien cuenta la historia en su libro de memorias publicado en Francia. Según Jrushchov a todos, a todos sin excepción, les pareció absurdo lo que Stalin les había contado y aborrecieron esa mentira. Aun así callaron todos y solo Jrushchov tuvo el valor de decirle a Stalin lo que pensaba.

Al final de su trabajo se reunían en los baños. Eran unos urinarios de cerámica en forma de concha. Cada miembro del clan de Stalin tenía su propio urinario creado y formado por un artista distinto. Solo Stalin no lo tenía. El utilizaba un reservado solitario.

Como él no estaba, sus colaboradores se sentían libres y se atrevían a decir por fin en voz alta todo aquello que se veían obligados a callar en presencia del jefe. Y sí fue el día en que Stalin les contó la historia de las veinticuatro perdices. Dice Jrushchov en sus memorias: “…al lavarnos las manos en el baño escupimos de desprecio. ¡Él mentía! ¡Mentía! A nadie le cupo la menor duda”.

Stalin les escuchaba en secreto y se reía de su exasperación. Nadie entendió que aquello era una broma. Todos los que estaban alrededor de Stalin habían olvidado lo que era una broma.

La cuarta parte del libro de Kundera tiene un título significativo: Todos andan en busca del buen humor. Y se pregunta luego por la forma de encontrarlo.

Pus sí, hace falta buscarlo y encontrarlo. Y luego, cultivarlo. Porque las desdichas de la vida lo pueden destruir. No depende tanto el buen humor de lo que nos pasa cuanto de cómo afrontamos lo que nos pasa. Todos conocemos a personas que están cargadas de problemas y que no han perdido un ápice del buen humor. Y a otras que tienen una situación personal, familiar y social excelente y que, sin embargo, están dominadas por la tristeza y el pesimismo.

El humor está impregnado de buen talante y también de una buena dosis de ingenio. En su lecho de muerte Oscar Wilde miró las paredes de su habitación y dijo: “Este papel es horrible; uno de los dos está demás aquí”. También, como se sabe, hay humor negro. No sé donde leí que un grupo de excombatientes muy, muy mayores está visitando el cementerio para hacer un homenaje a sus antiguos compañeros. Uno le dice a otro:

- ¿Piensas que, con la edad que tienes, merece la pena que vayas a casa?

El optimismo se educa. Lean el libro “La pedagogía del optimismo”, escrito por las portuguesas Marujo, Neto y Perloiro. Les ayudará como educadores y educadoras. El optimismo es tan consustancial a la educación como mojarse para el que va a nadar. Sin optimismo podemos ser buenos domadores, pero no buenos educadores. Las autoras citan a Michel de Saint Pierre: “Un optimista puede ver una luz donde no existe pero, ¿por qué tendrá el pesimista que ir corriendo a apagarla?”.

Leí con sorpresa y agrado el libro de Belén Varela “La rebelión de las moscas”. En el subtítulo se precisa algo sobre su contenido: “Principios, pautas y estrategias sobre las organizaciones optimistas”. Siempre había pensado en el optimismo como una característica de las personas. La autora nos habla de las organizaciones optimistas. Creo que es un magnífico filón para indagar. Aunque la autora no escribe sobre la escuela, creo que ésta es la organización optimista por excelencia.

Hay que ser inteligentes. Es decir, hay que ser felices. Decía Croft M. Pentz: “Disfruta el día de hoy. Tienes todo el resto de la vida para ser desgraciado”. Y E. MaxWell: “Gánales a los demás. Trata de ser tú el primero en reírse de ti mismo”.