Violencia sutil contra la infancia (II)

Nuestra cultura ha estado marcada por planteamientos inmolatorios de la infancia. Los niños y las niñas han sido considerados como propiedad de los padres/madres para Dios, la patria, la producción, la sociedad, el cielo… El sacrificio de la prole al dios de turno (especialmente de los primogénitos) para aplacar su ira, evitar catástrofes o conseguir favores, ha sido una constante en la historia humana.

La escuela, que debería ser una institución liberadora, ejerce frecuentemente violencia contra los niños y las niñas.

La filosofía griega presenta frecuentes acontecimientos filicidas. Urano y Cronos mataban a sus hijos al nacer. Tántalo ofrecía a los dioses en banquete la carne de su hijo. Edipo, condenado a morir por sus padres, que lo han abandonado, descendía de una estirpe familiar que se caracterizaba por el asesinato de los hijos. En Roma, la “patria potestas” significaba el poder absoluto, legalmente reconocido, del padre en relación de la vida de los hijos. Hasta el año 318 no se consideraba un crimen la muerte del hijo ocasionada por el padre. Y hasta el año 374 no se consideró homicidio su muerte provocada.

La Historia Sagrada nos ofrece también ejemplos al respecto. Moisés abandonado en las aguas del Nilo, Abraham que entrega s su hijo al sacrificio, el abandono de Ismael en el desierto… La Historia de España llama Guzmán el Bueno a quien entregó la vida de su hijo por la patria…

Pero me ocupan en los cuatro artículos de esta serie las formas sutiles de violencia contra la infancia. En la semana pasada me centré en la familia, hoy lo haré en la escuela. La escuela, que debería ser una institución liberadora, ejerce frecuentemente violencia contra los niños y las niñas.

- La obligatoriedad cotidiana

La escuela es una institución de reclutamiento forzoso. No es igual acudir a una institución o a una actividad de forma voluntaria que de manera forzosa. He sido testigo del desgarro de muchos niños y niñas los primeros días de escolarización. Resulta casi traumático obligarles a despegarse del padre o la madre que los conducen a la escuela.

No digo que no deban ir a la escuela. Para muchos es el único medio de que disponen para poder tener una vida digna. Voy publicar en México dentro de unos meses un libro que se titulará “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. Sólo estoy diciendo que, si la forma de concebir la escuela no lo remedia, la asistencia obligada puede convertirse en un sufrimiento.

- La imposición indiscutida e indiscutible de normas, objetivos, metodología y evaluación

Poco es lo que deciden los alumnos y alumnas en la escuela. Por no decir que nada. Le oí decir en cierta ocasión a Francesco Tonucci que la escuela es una institución ilegal porque quebranta sistemáticamente la ley que exige que los niños y niñas sean consultados sobre aquellas cuestiones que les conciernen. Y la escuela les concierne. Pero no les consulta. Y concluía Tonucci con cierta contundencia: como son ilegales habría que cerrarlas. Yo no voy tan lejos porque creo que la escuela puede ser un camino hacia la libertad a través del conocimiento y de la convivencia.

Casi todo es impuesto en la escuela. Violenta o sutilmente impuesto. El alumno del que se dice que es “protagonista” del proceso educativo no interviene en ninguna de las decisiones esenciales de la institución.

- La comparación como eje del rendimiento

Las calificaciones se suelen establecer a través de unos baremos taxonomizados. El ”más que tú”, “menos que tú” se convertirán en referencias decisivas. Y no se considerará el punto de partida y las condiciones personales, familiares y sociales. Alguna vez he dicho que la gallina no es un águila defectuosa, pero la escuela sigue siendo una institución homogeneizadora y competitiva.

El fracaso escolar se convierte en una lacra del sistema educativo. El porcentaje de abandonos y de sujetos que siguen pagando tributos superiores a los logros es cada día mayor. Y hasta se puede pensar que es precisamente ese nivel de fracaso el éxito institucionalizado del sistema.

- La transmisión de mitos sociales

La escuela ha sido considerada durante mucho tiempo como la transmisora de los bienes culturales. El mito del progreso, el mito de la igualdad de oportunidades, el mito de la libertad, el mito del bien común…

No se trata de aprender por cuenta propia sino de ser enseñado. Los niños y niñas aprenden que lo que se enseña es lo que vale la pena y, paralelamente, que si hay algo que importa debe haber alguna escuela que lo enseñe.

- La imposición de castigos irracionales e injustos

Se han impuesto desde el poder institucional muchos castigos arbitrarios. Porque se ha confundido autoridad con poder. La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer.

El poder controla, silencia, castiga, humilla y aplasta. Quien tiene autoridad educativa, por el contra, ayuda a crecer. Pues bien, se ha ejercido, a veces, un poder indiscriminado que ha impuesto sin diálogo y sin posibilidad réplica, castigos absurdos como ponerse de rodillas, copiar cientos de veces frases ridículas, quedarse sin recreo o sin escuela…

- Un curriculum oculto potente y pernicioso

A través curriculum no explícito, que actúa de forma persistente, omnímoda y subrepticia la escuela enseña muchas cosas mientras enseña: que hay que repetir, que hay que estar sentados, que hay que callarse, que hay que obedecer, que no se puede decir lo que se piensa, que solo se estudia cuando hay examen, que solo se estudia lo que entra en el examen…

Muchos de estos aprendizajes son más importantes que los que adquieren en el curriculum reglado de la escuela. Ya lo decía Kant: lo principal que aprenden los niños en las escuelas es a estar sentados.

- Concepción jerárquica de la verdad

Se podría definir verdad como aquello que la autoridad sostiene, sobre todo si se trata de una autoridad evaluadora. Es verdad aquello que dicen los libros, aquello que hay que aprender para el examen.

- La experiencia de aburrimiento

Hay muchos niños que se aburren en la escuela. Sobre todo cuando las prácticas que desarrolla son el fruto de la rutina y de la torpeza. Tener que estar quieto, callado durante mucho tiempo, a edades tempranas, se puede convertir en una tortura.

Un proceso de aprendizaje asentado en la escucha y en la repetición de lo que se ha explicado produce casi inevitablemente aburrimiento y desgana.

- La homogeneización como falso criterio de justicia

No es cierto que haya que tratar a todos por igual cuando, de hecho, son todos y todas tan diferentes. No es bueno que todos tengan que hacer lo mismo, en los mismos tiempos y de la misma forma.

Defiendo la idea de que la escuela debería ser una institución en la que se pudiera trabajar felizmente y, además, que debería estar encaminada a conseguir que los alumnos y alumnas (junto a sus profesores primero y luego ya de forma autónoma) aprendieran a ser felices. Porque aprender a ser felices y a ser buenas personas es el principal logro de la inteligencia. Lo cual no significa que no tengan que haber esfuerzos, tener constancia y desarrollar el espíritu de superación. Pero con un sentido. Por una causa. La causa del bien y de la felicidad.

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Violencia sutil contra la infancia (I)

El problema de la violencia en el mundo es cada día más inquietante. “Nuestras formas culturales han venido a convertirse en una cultura de la agresión”, dice Mitscherlich. La cita tiene casi medio siglo, pero no hemos mejorado sensiblemente. Es más, han aparecido nuevos campos de violencia a través de las herramienta digitales, como es el caso del bullying duro, del bullying blando y del ciberbulling.

No basta con amar a los hijos, hay que amarlos bien. Hay padres y madres que llegan a rodear a sus hijos e hijas de una amor tan envolvente, tan opresivo que les impide crecer.

Me pregunto una y otra vez por las causas de este mal que nos hace duros, crueles, casi obstinados en el ejercicio de la violencia. Me duele pensar que nuestros niños y niñas, traídos al mundo sin consulta, son luego maltratados de manera persistente.

Las formas de violencia ya no son catalogables. El progreso se ha convertido, a veces, en un modo de multiplicarlas, camuflarlas y hacerlas más sutiles. Recuerdo aquel ingenioso poema en el que se cuenta que unos simios contemplan desde las copas de unos árboles los comportamientos crueles de los humanos y comentan entre sí el desdoro que supondría para su especie el hecho de que aquellos seres bípedos, fueran descendientes de su árbol genealógico.

El placer es inventivo. También el placer de la tortura. Por eso me refiero a la crueldad como ese suplemento de agresión que afina la pulsión destructiva. Parece claro que ha aumentado el “cuantum” del sufrimiento de las personas a manos de otras personas. Y el “modus” que supone la diversificación, la sofisticación y la profundización de las formas de agresión. El niño y la niña no son precisamente los menos agredidos, a pesar de que en las Declaraciones de Derechos, los discursos políticos, las homilías eclesiásticas, los libros de pedagogía y las manifestaciones familiares, sean los mejor tratados.

No voy a tratar en este texto (y en los sucesivos) de las formas brutales de violencia contra los niños y las niñas. Son de sobra conocidas y repugnantes a la vez que frecuentemente toleradas: la mortalidad infantil, las vejaciones, la pedofilia, la prostitución, los secuestros, el hambre, la explotación, el trabajo infantil, el tráfico de órganos, los niños que combaten, la mendicidad infantil, la tortura física, la privación de derechos… Voy a centrarme en formas de violencia que frecuentemente no son tan claramente detectables y que incluso, a veces, son deseadas por sus víctimas. Hay que luchar para hacer desaparecer las primeras y hay que tratar de descubrir las otras para defender a los niños y a las niñas del sufrimiento que producen. Estas son algunas de las muchas formas de violencia contra los niños y las niñas en la familia.

- La utilización del bien del hijo/a como recurso opresor

El bien del hijo/a ha dado lugar a los mayores atropellos, a una violencia que ha permitido a los adultos cometer las agresiones psicológicas más detestables. Pienso en la postura de esta madre china que convierte a sus hijas en víctimas de la tortura psicológica de que sean las primeras en sus clases y en sus actividades. O son primeras o son fracasadas. Lo cuenta en el libro “Battle Hymn of the Tiger Mother” (Chua, 2011), todavía no traducido al castellano. Para mí esa madre es una torturadora.

“Existe un riesgo de que el poder de los padres sea represivo”, dice Snyders en su libro “No es fácil amar a los hijos”. El título del libro de Snyders no puede ser más significativo: El amor está lleno de trampas. Y esas trampas muchas veces son dañinas para quienes no tienen otro camino que la obediencia.

- La imposición de una jerarquía protegida por el afecto

Existe el riesgo de que el niño o la niña vivan la jerarquía familiar como indiscutible porque se sitúa en la esfera del afecto. Pero el amor, como decía, está lleno de falacias.

“El niño se habitúa a rendir tributo a una autoridad que no tiene que justificarse La sobreprotección que impide el dar razones; así se empezó cuando era bebé. Y es fuerte la tentación de continuar sobre el mismo camino”, dice Snyders.

Es más fácil rebelarse contra la tiranía que se impone por la fuerza que contra el afecto que establece lazos difícilmente detectables.

- La sobreprotección que impide el crecimiento del niño y la niña

No basta con amar a los hijos, hay que amarlos bien. Hay padres y madres que llegan a rodear a sus hijos e hijas de una amor tan envolvente, tan opresivo que les impide crecer. La sobreprotección ahogará su autonomía personal, su capacidad de decisión, su independencia. No es que los hijos necesiten “ese” amor de los padres que los aplasta, son los padres quienes necesitan compulsivamente amar “así” a los hijos. A veces, para ocultar la carencia de amor verdadero.

Afirma Holderlin que los padres forman a sus hijos como los océanos forman a los continentes: retirándose. Lo que dice el hijo a los padres es lo siguiente: “Ayúdame a hacerlo solo”. Es decir, ayúdame a ser yo mismo, ayúdame a crecer.

- Los hijos como campo de batalla de los padres

Es violencia convertir a los hijos e hijas en la palestra en la que los padres dirimen sus disputas. El hijo es convertido en un arma arrojadiza con la que se agreden los cónyuges. Y, tirando de él por una y otra aparte, acaban por descoyuntarlo psicológicamente.

Hijos e hijas que se engendran sin amor, solo para garantizar la estabilidad de la pareja, prácticas obsesivas de educación opresora, exhibición del hijo como trofeo, mimos que pretenden ganar tramposamente la partida frente al otro…

- Las trampas psicológicas

Existen formas de violencia difícilmente desenmascarables: chantajes afectivos, proyección en los niños y niñas de las propias tensiones y frustraciones, imposición sutil o descarada de criterios para la elección de carrera, concepción dinástica de los valores, régimen arbitrario de premios y castigos, aceptación indiscriminada de tópicos, prácticas y mitos sociales encarnados en la institución familiar…

Todo ello puede ponerse en práctica de forma inconsciente y recibirse como si se tratase de unos comportamientos “naturales”. Lo cual no hace más que agravar los riesgos. Es más fácil rebelarse contra una bofetada que contra una caricia insidiosa.

“La mayoría de nosotros hace todo lo que puede; muchas veces, por desgracia, eso no significa otra cosa que dar vueltas y vueltas sobre las mismas equivocaciones”, dice Corkille Biggs,

Poner en tela de juicio las prácticas educativas es muy saludable. Dudar. Ya sé que la duda es un estado incómodo, pero la certeza es un estado intelectual ridículo y peligroso.

- La imposición del egoísmo colectivo familiar

La familia actúa como una cadena de transmisión no solo de bienes económicos sino de valores culturales. Mediante ella las estructuras sociales y culturales tienden a perpetuarse.

La familia se articula sobre la propiedad privada no solo de los bienes. También de las personas. Estos son “mis” hijos”, decimos. Los demás niños no son “míos”. El planteamiento favorece un “egoísmo colectivo”, que produce violencia. Una violencia sutil. Por consiguiente, más peligrosa.

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No debo asustarme

Me cuenta una madre que a su hijo le han castigado en el Colegio haciéndole copiar cien veces una frase. Creí que esos castigos se habían terminado porque, a lo largo de los años, han ido dejando una estela de fracaso, de rabia y de dolor. ¿Qué nos hace persistir en ellos cuando se ha comprobado hasta la saciedad su inutilidad y sus perjuicios?

El profesor les mandó copiar cien veces la siguiente frase: “Es costumbre en esta localidad tirar cohetes para anunciar la proximidad de las fiestas. Por tanto no debo asustarme ni armar follón”.

En una localidad y un colegio cuyos nombres silenciaré, los alumnos mostraron un día en la clase su alborozo ante el ruido de los cohetes que anunciaban las fiestas locales. El profesor les mandó copiar cien veces la siguiente frase: “Es costumbre en esta localidad tirar cohetes para anunciar la proximidad de las fiestas. Por tanto no debo asustarme ni armar follón”.

Así, como suena. Incluido el elegante y educativo término de “follón”. Una frase larga para que se necesite más tiempo y se experimente más dolor en escribirla. No una, cien veces. Como si por repetirla se hiciese más verdadera. Como si por repetirla tuviese más eficacia. ¿Cuántos han aprendido algo a través de estas repeticiones, más allá de la rabia y el dolor? Lo que les exige este buen señor es que renuncien a su condición humana: “no debo asustarme”. Oiga, profesor, ¿y si me asusto? Y, por otra parte, ¿qué pasa si me asusto? ¿Es malo? Si me asusto, ¿hago daño al profesor o a los compañeros?

Si tuviera poder y la misma actitud sádica que tienen quienes mandan copiar, les impondría a los profesores que lo hacen este castigo:

- Copie cien veces la siguiente frase: “Los profesores no deben imponer castigos absurdos a los alumnos consistentes en repetir decenas de veces la misma frase”.

Y si al día siguiente no han terminado la tarea, doscientas veces. Y si al siguiente no han terminando, no podrán percibir el sueldo. Digo lo del sueldo porque algunos profesores, cuando los alumnos no terminan esa odiosa y estúpida tarea, le añaden otra dosis de irracionalidad y de injusticia a la situación: Si alguno no termina de repetir la frase todas las veces que se ha mandado, no podrán presentarse al examen. Puro chantaje. Pura injusticia. Pura irracionalidad.

Nunca he sabido lo que realmente pretenden los profesores al imponer esta tarea. No sé si quieren hacer sufrir, hacer perder el tiempo o ejercitar la escritura o la contabilidad de sus alumnos (iba a decir de sus víctimas). Ochenta y una, ochenta y dos, ochenta y tres… A mí me parece un comportamiento sádico. Me imagino al profesor viendo por el túnel del espacio y del tiempo al alumno inclinado sobre el papel, sin poder estudiar, sin poder jugar, sin poder dormir… Ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis…

Las preguntas lógicas ante este tipo de sanciones son, a mi juicio, las siguientes: ¿qué se pretende conseguir?, ¿qué se espera que suceda en el futuro?, ¿qué efectos se desean obtener como fruto de la copia? ¿Cómo comprobar si se ha logrado lo pretendido? ¿Por qué no se ha logrado? ¿Qué efectos secundarios se han producido?… Se me dirá, probablemente, que se pretende evitar que el alumno repita los mismos comportamientos.

En el caso que nos ocupa, nos encontramos con el problema de que los comportamientos que se pretende evitar son lógicos y naturales, en absoluto negativos. Lo que resulta discutible, a mi juicio, es la reacción del docente. ¿Por qué le molesta que los alumnos se sorprendan?, ¿por qué le irrita que los alumnos tengan un momento de bullicio? Son niños y niñas. Son niños y niñas normales. Las mesas del aula se quedan inmóviles y silenciosas cuando suenan los cohetes. ¿Es eso lo que pretende conseguir el profesor? A mi me parece más sensato que durante unos segundos el profesor se una a la alegría de las cercanas fiestas y vuelva al trabajo sin la menor complicación. Pero no. Algunos gastan más tiempo en imponer el orden, en soltar recomendaciones y reprimendas, en repartir castigos… que en motivar y enseñar. Es como si se regodearan haciendo sentir al alumnos el dolor de la espuela del poder. Como si quisieran hacer ver que la escuela no tiene nada que ver con esas alegrías.

Al imponer este tipo de castigos pueden suceder dos cosas. Que se extinga e comportamiento negativo o que no se extinga. Pero, en el primer caso, ¿habría que preguntarse?: cuando no exista el riesgo del castigo, ¿evitará también el comportamiento supuestamente negativo? Porque si lo que aprende es a evitar el comportamiento por temor al castigo, no se ha producido un hecho educativo. Cuando no haya castigo seguirá igual Ahora bien, si no se extingue el comportamiento, que es lo que habitualmente sucede, el castigo ha sido inútil o contraproducente.

Hay que preguntarse también por los efectos secundarios de estas sanciones. Frecuentemente generan rabia, despecho, odio y rechazo del educador y de la institución. Ese hecho irracional dinamita los puentes de contacto, hace perder autoridad. En su fuero interior l alumno se haría esta consideración: ¿por qué te voy a hacer caso si me tratas así?

¿Cuántas veces le pregunta al profesor al alumno castigado qué es lo que piensa sobre la situación? ¿Qué piensa de lo que ha hecho y de las consecuencias que ha tenido?

Téngase en cuenta que el castigo se impone desde una privilegiada situación de poder. El alumno se encuentra desarmado, impotente. No puede replicar, no puede decir lo que piensa, no puede negarse a hacer lo que le mandan, no puede decirle al profesor que haga otro tanto por su forma estúpida de reaccionar…

¿Qué decir de los castigos que privan de la escuela a quienes más la necesitan? Es como si pasásemos por un Hospital y dijésemos al ver a los enfermos más graves:

- Estos que están a punto de morir asfixiados que se vayan a sus casas quince días.

Oiga, habría que decir, no eche del Hospital justamente a quien tiene más necesidad de sus servicios. No les deje sin oxígeno precisamente a esos que no pueden respirar por sí mismos.

La reacción es muy fácil. Expulsión. Que se vayan. Pero, ¿para qué? Se suele decir: para que escarmiente el interesado y para que escarmienten los demás ¿Escarmientan? Nunca se sabe. Algunos pueden envidiar al infractor que se libra quince días del aburrimiento y la tortura. Lo que sucede es que carecen de agallas para hacer lo hizo el infractor.

No digo que no haya que imponer y exigir límites y buenos comportamientos a los alumnos. Es fundamental en educación. Pero primero los tenemos que tener nosotros. Y luego hay que imponer esos límites con racionalidad y amor. El amor consigue mucho más que la indiferencia y el odio.

Creo que si mejorase la participación de los alumnos en la vida del Centro, si aumentase su implicación en las decisiones y en la elaboración y aplicación de las normas, disminuirían los conflictos. No se consigue el orden aumentando la vigilancia, las amenazas y los castigos. Y, si se consiguiese, no sería de una forma verdaderamente educativa. Se trata de que aprendan a responsabilizarse, a respetarse y a convivir, no a evitar los castigos por puro temor.

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La edad de la ira

Acabo de leer una novela que había buscado insistentemente (después de escuchar al autor en una entrevista emitida por TVE internacional) y que una buena amiga, con quien intercambio libros como una forma estupenda de diálogo, me regaló amablemente.

En cuanto a la trama, el autor nos tiende, a mi juicio, una pequeña trampa que nace en la misma portada (título e ilustración) y se consolida durante el desarrollo de la investigación ,

Se trata de “La edad de la ira”, una novela escrita por Fernando J. López, profesor de Literatura de Secundaria, escritor y bloguero (imagino que por este orden). La acción se sitúa en un Instituto de Secundaria localizado en Madrid y describe con perspicacia la micropolítica de la institución (relaciones entre los diferentes miembros de la comunidad educativa, conflictos, quehaceres, amores…) mientras un periodista, exalumno de ese centro, busca explicaciones a un terrible asesinato. Se refleja muy bien en la novela la dinámica institucional, el entorno inmediato en el que se halla enclavado el centro y la vida de los adolescentes de hoy con sus crisis, emociones y sueños… En esa coctelera encontramos violencia, acoso cibernético, trapicheos con drogas y videos en youtube con humillaciones diversas. Y, cómo no, la vida de los docentes, sus afanes y sus limitaciones.

La novela es de 2011 y ha visto su edición de bolsillo en 2014. Habla de los adolescentes de hoy. No sé si la adolescencia puede calificarse como la edad de la ira, en su acepción más precisa. Podría ser también la edad de la responsabilidad, de los retos, de la transformación, de la identidad, de los proyectos, de la cristalización sexual… Dejémoslo así. No es un mal título.

Me han gustado de ella varias cosas y no me han gustado otras. Me ha gustado que se explore en el microcosmos que es un centro de enseñanza Secundaria. Se nota que el autor es un docente y que conoce bien el entramado complejo de relaciones que se produce en una institución de este tipo. Me ha gustado, porque yo también soy un docente, leer lo que sucede en patios y clases, lo que siente y dice la Jefa de estudios, el profesor de Literatura, la Orientadora del Centro, la profesora de Inglés, el Director del Instituto, los alumnos y alumnas que estudian en él, los padres y madres de familia… Me ha gustado la trama que va adentrándose en la exploración de los motivos de un asesinato, me ha gustado que se profundice en el diagnóstico de una etapa tan peculiar como la adolescencia, me ha gustado la estrategia narrativa…. Y, sobre todo, el deseo de hacer visible la homosexualidad en la escuela.

Digo esto último porque creo que la novela plantea, de forma certera e insistente, esta cuestión: ¿qué pasa con los homosexuales y las lesbianas (más con los primeros) en las instituciones educativas? Hasta ahora han sido invisibles. Entre los personajes de la novela aparecen tres homosexuales: un profesor, un camarero del bar y un alumno que es el protagonista de la novela.

En el desarrollo de la trama se habla de una manifestación que se organiza para conquistar la visibilidad de la homosexualidad en las escuelas, pero también se habla de su fracaso, dado el escaso apoyo de la dirección y del profesorado a la misma.

Un profesor heterosexual, con apariencia de persona respetable, resulta ser un monstruo que acosa cibernéticamente a las alumnas y acaba con sus huesos en la cárcel, a raíz del suicidio de una estudiante del centro. Es decir, que no coloca la perversidad del lado de la homosexualidad sino en la esfera casi siempre puesta a salvo de la heterosexualidad.

El padre de Marcos, el adolescente protagonista, un hombre de firmes principios (algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones) reacciona así al enterarse de la opción sexual de su hijo: “Su padre decidió que aquello era una enfermedad que había que erradicar”.

En mi libro “Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa” (Homo Sapiens. Rosario) dedico una de las cartas a un profesor homosexual. Y le digo: “Algunas veces te habrás planteado salir del armario. Lo pensaste mientras se lanzaba aquella campaña que llevaba por lema “Una escuela sin armarios”. Pero pensaste también: ¿Qué voy a ganar con ello? Acaso un poco más de aislamiento y un mucho de rechazo. Todavía siguen vigentes en nuestra cultura muchos resabios de homofobia. Han sido largos los siglos de persecución, de condena, de rechazo y de burla”.

La homosexualidad en la escuela es una cuestión que no digo que esté sin resolver, sino que está sin plantear. Es una cuestión tabú. Está cubierta de silencio y sumida en aguas turbias. Por eso me gustó que, en la valoración gráfica y escrita que hicimos de una experiencia de master en mi Facultad de Educación, un alumno se atreviera a escribir de forma entusiasta: “Profe, soy gay y soy feliz”.

No me ha gustado, por más que pueda tener apoyo en la realidad, la visión negativa que presenta del profesorado. Salvo algunas excepciones, como es el caso de Sonia, la Jefa de Estudios, presenta a los docentes como mercenarios, personas poco comprometidas y con actitudes racistas más que reprobables. Para colmo, esa magnífica profesional que es Sonio tiene que pedir una baja por depresión. Tampoco la dirección queda bien parada. Gerardo, el Director, es una persona turbia, distante, rígida, autoritaria y que carece de las cualidades comunicativas más elementales.

“Esos (dice Raúl, un alumno, refiriéndose a los profesores en tono despectivo) con leernos el libro de texto y repetirnos todos los días lo idiotas y lo incultos que somos ya tienen suficiente. ¿Por qué no te vienes con una grabadora a alguna clase? Alucinarías…”.

Pero no solo muestra una visión negativa del cuerpo de profesores en lo relativo a la docencia. También lo hace en lo relacionado con la educación. Una madre de un alumno inmigrante, dice: “En los cuadernos y en libros de mi hijo Ahmed he visto todo tipo de insultos escritos por algunos de sus compañeros. Insultos ante los que ningún profesor reacciona nunca. Pero lo peor no es que hayan tolerado todo eso fingiendo no verlo, lo peor es que se han cebado con él culpándolo de conflictos en los que era la víctima…”.

Esta madre es aún más dura cuando dice poco después : “Solo estoy diciendo que han convertido a mi hijo en un salvaje. En alguien que no es. Alguien a quien han conducido hasta la violencia más extrema un puñado de racistas que no deberían estar, bajo ningún concepto, trabajando al frente de una clase”.

En cuanto a la trama, el autor nos tiende, a mi juicio, una pequeña trampa que nace en la misma portada (título e ilustración), se consolida durante el desarrollo de la investigación y se cierra en el texto de contraportada cuando dice: “Marcos, un adolescente de clase media, asesina a su padre y deja malherido a uno de sus cuatro (debería decir tres) hermanos”. Espero que el lector pueda encontrarla por si mismo. Digo esto, sin añadir más datos, porque no quiero desvelar el desenlace antes de que el lector abra la primera página. Como hizo aquel acomodador de un cine cuando, para vengarse de la escasa propina que había recibido de un espectador, se acercó a su butaca y le susurró al oído: “el asesino es el sheriff”.

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Y a ti, ¿por qué te ha llamado?

En un reciente viaje a México me cuenta Miguel Ángel Sosa, amigo y profesor de la Escuela Normal de Capulhuac, que siendo presidente de la República Carlos Salinas de Gortari (1988 a 1994), decidió reunir en la Presidencia a los intelectuales más reconocidos del país. Entre los convocados estaba el escritor Germán Dehesa, personalidad unánimemente reconocida y admirada por toda la ciudadanía como un pensador influyente. Germán Dehesa, nacido en 1944 y hoy lamentablemente fallecido, era periodista, escritor, locutor, humorista y promotor cultural… Un hombre de intensa y beneficiosa presencia en todo el país. Estoy leyendo y disfrutando en estos días un libro suyo titulado “¡Qué modos!”, regalo de mi amigo y tocayo mexicano.

El arco iris solo brilla sobre el tejado del vecino.

Desde Presidencia se hace una llamada a la casa del escritor, llamada que atiende él mismo. En ella le explican el Presidente que quiere celebrar una reunión con los intelectuales más relevantes de México y que él, como es lógico, está invitado. Le comunica el día, el lugar y la hora del encuentro y le dice gentilmente que agradecería mucho que aceptase la invitación. El Presidente desea cambiar con ellos, en un ambiente distendido, algunas impresiones sobre la situación del país y del mundo.

Cuando concluye la llamada, la esposa del escritor le pregunta, intrigada:

- ¿Quién llamaba?
- Han llamado el Presidente de la República.
- ¿Por qué y para qué ha llamado, si se puede saber?
- Pues porque el Presidente quiere celebrar una reunión con la inteligenzia del país.
- Y la esposa, sorprendida, le pregunta al desconcertado esposo:
- Y a ti, ¿por qué te ha llamado?

La anécdota no tiene desperdicio. Se la agradecí al profesor Sosa y ya entonces le sugerí la posibilidad de que la compartiría con mis lectores y lectoras, como ahora estoy haciendo. Resulta que un escritor y pensador reconocido por todo el país, con su Presidente a la cabeza, no merece esa misma consideración por parte de quien tiene más cerca, de quien tiene a su lado, de quien comparte la vida cotidianamente. ¿Por qué?

A eso van estas líneas. A tratar de explicar el porqué de esa miopía, de esa cicatería psicológica. La esposa muestra su extrañeza por una invitación que no sorprendería a ninguna persona medianamente informada de México. Y es que la proximidad provoca un paradójico distanciamiento. Esa esposa tiene tan cerca la luz que acaba estando deslumbrada. Y no ve nada ya. No ve los indudables méritos, no ve la indiscutible valía de su esposo. El arco iris solo brilla sobre el tejado del vecino.

Otras facetas más pedestres cobran un especial relieve en la valoración de su esposo. Acaso el hecho de que ronque, de que no coloque la ropa en su sitio o de que deje manchada la tapa del wáter. Esos hechos adquieren una mayor visibilidad, una intensidad mucho mayor. Y restan relevancia a lo verdaderamente importante.

Vargas Llosa dijo, si mal no recuerdo en el discurso de su nombramiento como Premio Novel, que su mujer le alababa sin querer cuando decía:

- Tú solo sirves para escribir.

No valorar los méritos o la valía de quien se tiene al lado es un tipo de miopía psicológica que daña y empobrece las relaciones interpersonales.

Pienso en la dificultad que existe en el reconocimiento de los méritos de los compañeros de trabajo. Por celos, por mezquindad, por torpeza, por despiste, por una ridícula competitividad. Es probable que un pequeño defecto de quien es tenido por una eminencia fuera de ese microcosmos, difumine el resplandor de los méritos. Es probable que alguna rencilla personal de al traste con todos los indiscutibles logos del colega.

Hace unos días le dije al profesor Pérez Gómez, uno de mis colegas de Departamento, que el libro que había escrito y publicado recientemente (“Educarse en la era digital, editorial Morata) era lo mejor que se había escrito sobre educación en los últimos treinta años. Lo vuelvo a decir ahora, haciendo público el elogio que entones formulé en privado. Sé que él lo valoró especialmente, así me lo dijo, por venir de alguien tan cercano.

Este fenómeno ocurre también en otro orden de cosas, no tan personales. Cuando vives al lado de un monumento espectacular o de un lugar especialmente hermoso, tiendes a restarle valor. Se hace tan cotidiano que pierde su excepcionalidad. Mi familia vive al lado de La Cueva del Tesoro, en La Cala del Moral. En efecto, al ladito de la vivienda, hay unas famosas cuevas que dan nombre a la zona. Y solo vamos a visitar la Cueva cuando vienen a la casa amigos que viven lejos de Málaga. Estamos tan acostumbrados a pasar por delante de la puerta que no le damos la menor importancia a su existencia.

La reacción de la esposa de Germán Dehesa me sirve de excusa para hacer una llamada de atención sobre esa falta de reconocimiento de aquellas personas que tenemos cerca. Lo dice el refranero español de manera certera: “Nadie es profeta en su tierra”. Es decir, nadie es admirado y reconocido por quienes están al lado.

Ya sé que es una visión mezquina, pero se justifica contemplando la realidad. Lo he podido comprobar muchas veces. Y lo lamento. Porque son esas personas que tenemos cerca quienes más deberían recibir el afecto, la admiración y el aplauso.

Y, sobre todo, en vida. Porque existe otro fenómeno respecto a la distancia que también opera en el sentido del reconocimiento del valor y del mérito de los seres humanos, Me refiero a la distancia que genera la muerte. Cuando alguien pone tanta tierra de por medio que se va al otro mundo es cuando aparece una avalancha de elogios y de reconocimiento. Lo decía hace unas semanas el líder del Partido Socialista cuando recibía una catarata de elogios por su actividad política en el momento de anunciar su retirada:

- Los españoles somos muy buenos enterradores.

Pero en vida, no. Pero a quienes tenemos cerca, no. Pero de forma explícita, no. Habría que modificar esa actitud cicatera con aquellos que tenemos más a mano. Porque es a quienes más veces vemos, con quienes más tiempo compartimos y a quienes más bien les haría nuestro reconocimiento y nuestras palabras de admiración y de elogio.

Somos más propensos a los reproches que a los elogios. Como si por aquellos recibiésemos dinero y como si estos nos supusiesen un gasto. Lo veo en mis propia experiencia. Me basta ver los comentarios a estos artículos que llegan de medio mundo, pero casi nunca de mis colegas de Departamento. ¿No les ha interesado ni uno solo de los más de mil artículos escritos? Haré una excepción en su honor: mi amigo Laurentino Heras, profesor del mismo Departamento durante muchos años, no ha dejado de leer ni un solo artículo. Es la otra cara de la moneda.

Quiero animar con estas líneas al reconocimiento de los méritos de quienes están a nuestro lado. Deben tener en nosotros al fan más entusiasta. La esposa de Germán Dehesa, en lugar de extrañarse por la convocatoria, debería estar dispuesta a escribir una carta de queja al Presidente si se hubiera olvidado a convocar a su marido a una reunión como aquella.

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