El vuelo de los gansos
En el mundo animal encontramos ejemplos admirables de los que los seres humanos podemos aprender. Recuerdo haber leído hace muchos años un libro emocionante del etólogo y premio Nobel de Medicina Konrad Lorenz. Se titulaba “El anillo del Rey Salomón”. Procedía el título de la leyenda que cuenta que el sabio rey disponía de un mágico anillo que le permitía hablar con los animales y conocer lo que ellos decían. Las deliciosas descripciones de las costumbres de los animales de aquel libro me ayudaron a sentir y pensar.

Los gansos vuelan formando una "V" porque cada pájaro, al batir sus alas, produce un movimiento en el aire que ayuda al ganso que va detrás de él.
La curiosidad que provoca el conocimiento de la vida de los animales y el amor que los protege de la brutalidad y de la crueldad de la naturaleza y de los humanos, es una forma de sensibilidad ética. Maltratar a los animales es una manera de envilecerse.
Hace muchos años que leí esta aleccionadora historia sobre el vuelo de los gansos. Más de una vez he pensado servirme de ella para propiciar algunas reflexiones que nos ayuden a revisar nuestros comportamientos. La etología ha descubierto por qué los gansos vuelan juntos. Lo hacen formando una “V” porque cada pájaro, al batir sus alas, produce un movimiento en el aire que ayuda al ganso que va detrás de él. Volando en V, todo el grupo aumenta por lo menos en un 70% su poder de vuelo, comparado a que cada pájaro lo hiciera solo.
Los gansos comprueban que hay una forma de volar que no solo facilita el vuelo individual sino que ayuda al resto a volar
Cada vez que un ganso se sale de la formación y siente la resistencia del aire, se da cuenta de la dificultad de volar solo y de inmediato se reincorpora al grupo, para beneficiarse del poder del compañero que va adelante.
Cuando un líder de los gansos se cansa, se pasa a uno de los puestos de atrás y otro ganso toma su lugar.
Los gansos que van detrás producen un sonido propio de ellos y lo hacen con frecuencia para estimular a los que van adelante para mantener la velocidad.
Cuando un ganso enferma o cae herido, dos de sus compañeros se salen de la formación y lo siguen para ayudarlo y protegerlo, y se quedan con él hasta que esté nuevamente en condiciones de volar o hasta que muere.
Vivimos en un época en la que el individualismo campa a sus anchas en la sociedad. Un individualismo de dos tipos. El primero se refiere al exclusivo interés por uno mismo. En tiempos de crisis, adquiere un nuevo matiz: sálvese el que pueda. El segundo individualismo tiene que ver con un ego colectivo que puede ser la pareja o la familia. Lo demás y los demás no solo es que no importen, es que pueden ser sacrificados en aras de la causa particular.
Los gansos ha descubierto que es mejor ayudarse unos a otros que competir por ver quién llega primero, Es más razonable ayudarse que destruirse. Es mejor ser compañeros de viaje que hacen más fácil el vuelo que competidores que se obstaculizan y se destruyen.
No nos damos cuenta de que, a la larga, esa forma egoísta de plantear las cosas, acaba siendo perjudicial para todos. Porque la unión hace la fuerza. Cuando un ganso decide volar por su cuenta, olvidándose de los demás, tiene muchas más dificultades en hacerlo.
Nos está pasando que, al ir cada uno a lo suyo, nos estamos perjudicando todos. Nuestra fuerza se multiplicaría si nos ayudásemos unos a otros. Pero no. Cada individuo piensa que los demás son obstáculos, destructores o competidores de su felicidad. Como si se tratase de repartir un pastel y pensásemos que lo que se lleva el otro, nos lo quita a nosotros. Puede entenderse, por el contrario, que o construimos entre todos una casa o no tendremos casa. Son dos formas de ver las cosas. Los gansos nos muestran por qué es más razonable la forma solidaria de proceder.
Los gansos nos dan otra lección con su estrategia colectiva de vuelo. La asunción de responsabilidades se reparte para ejercer el liderazgo de forma que cuando uno se cansa otro le releva. Cuando uno no puede más, es relevado por otro, que tiene que hacer un esfuerzo singular durante un tiempo. El líder vuela al servicio el grupo. No se aprovecha de los demás sino que los sirve. Esa forma de asumir la responsabilidad es positiva para todos, no solo para quien la ejerce. El relevo hace que todos puedan aportar ese servicio al grupo.
Voy a publicar en Argentina y Portugal dentro de una semanas un libro sobre el valor educativo de la dirección escolar. Se titulará “Las feromonas de la manzana”. La metáfora se debe al hecho de que las manzanas tienen unas feromonas tales que si metes una manzana en un bola con frutas verdes, éstas maduran por la influencia de las feromonas De esa manera se muestra que la dirección es una fuerza que ayuda a crecer. En el libro explico que el líder es aquella persona que ayuda a crecer a los demás. Y en él defiendo la tesis de que no me gustan los directores o directoras para toda la vida sino los que ejercen la dirección durante un tiempo y luego se incorporan al grupo como uno más.
Cuando el líder está como uno más en el grupo, sabe lo que es ser un líder y cuando está ejerciendo el liderazgo sabe lo que es estar como uno más en el grupo. No creo que unos hayan nacido para el liderazgo y otros para la obediencia sino que todos hemos nacido para ayudarnos mutuamente en funciones diferentes.
El sonido que emiten los gansos sirve de estímulo y de aliento a los demás. Frente al uso de la palabra para destruir, desanimar, criticar y demoler, existe la posibilidad de utilizarla para alentar, ayudar y estimular a los demás. Los gansos se animan a través de los sonidos que vienen a decir: estamos juntos, ánimo, adelante…
Me gusta, sobre todo, de esta maravillosa lección, la ayuda que el grupo presta a quien flaquea o enferma. Esta es una característica de las sociedades que valoro de forma entusiasta: ¿qué pasa con los débiles, con los enfermos, con quienes no pueden seguir el ritmo de los demás? La actitud de abandonarlos a su suerte es propia de grupos desalmados. La atención a los que tienen problemas es un signo de la categoría moral de las sociedades. Sería más fácil dejar que quien flaquea o enferma, caiga y se pierda. Los demás podrían seguir sin esa rémora. Decidir acompañarlos hasta que se incorporan al grupo o mueren, significa velar por la dignidad de cada individuo.
Ayudar a los débiles, a los enfermos, a los discapacitados es un modo de construir un grupo inteligente y solidario. En una ciudad hecha para los niños, piensa Francesco Tonucci, pueden habitar enfermos, mujeres embarazadas, discapacitados, ancianos… En el vuelo de los gansos están todos, no solo los más fuertes, los más sanos, los que vuelan mejor.
Cuando quiero saber si una institución, una ciudad o un país tienen calidad y equidad de vida, compruebo cómo tratan a los más débiles. Ahí encuentro la clave para decir si ese grupo es una selva o una sociedad.
Atraco a ley armada
Thomas Cathcart y Daniel Klein escribieron en el año 2007 un interesante libro titulado “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”. El subtítulo aclara de forma precisa el contenido de la obra: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. Claro que, muchas de esas mentiras en lugar de risa lo que producen es mucha rabia, mucha indignación y mucho dolor. Los políticos dicen, sobre todo en época de elecciones, que se van a preocupar por los ciudadanos y luego hacen leyes que les oprimen, exprimen y destruyen.

El fin de la ley es el desarrollo de la justicia. ¿Qué hacer cuando son las leyes las que la quebrantan?
Acabo de recibir una notificación del Ayuntamiento de Málaga en la que se me informa de que mi coche ha sido denunciado por circular a 56 kilómetros por hora en una vía (calle Pintor Joaquín Sorolla de la capital) que tiene limitada la velocidad a 50. Esa diferencia de 6 kilómetros tiene una penalización de 100 euros. ¿Quién lo ha decidido? ¿Alguien que mira por la seguridad de la ciudadanía? Creo que no. Pienso que ha sido alguien que mira por las arcas. Alguien que exprime al ciudadano como si fuera un limón. Un limón con muy poquito jugo, por cierto. Ya le han dejado casi seco las bajadas (o la pérdida) de salarlo, las subidas de impuestos y, en definitival, el encarecimiento de la vida.
Hay que pagar. Lo manda la ley. Una ley hecha no a favor del ciudadano sino a favor del recaudador. Porque yo me pregunto qué riesgo se genera por circular a esa velocidad en ese lugar. Me pregunto también qué criterios ha tenido en cuenta el legislador para imponer esa cuantía en la sanción. Porque considero que cien euros, en la situación económica que está la mayoría de las familias, es una cantidad considerable.
El afán recaudatorio de nuestras autoridades es tan indecente que casi produce sonrojo. Bueno, lo que principalmente produce es una rabia tremenda. ¿No saben que hay muchas personas en paro? ¿No saben que quien trabaja cobra un sueldo cada vez menor?
Creo que hay más peligro en circular muy pendiente del cuentakilómetros y de las señales que en hacerlo de forma relajada y responsable, atendiendo al sentido común. Sé que tiene que haber normas. Sé que hay que cumplirlas, que para eso están. Pero sé también que las normas pueden ser arbitrarias, injustas y abusivas. Es un deber del ciudadano analizar la finalidad de las leyes, su racionalidad y su justicia y exigir que sean justas y razonables cuando no lo son.
El fin de la ley es el desarrollo de la justicia. ¿Qué hacer cuando son las leyes las que la quebrantan? ¿Qué hacer cuando el legislador ha mirado más para sus intereses que para los del ciudadano? Estoy harto de ver en las carreteras señalizaciones y radares que no obedecen a la preocupación por la seguridad sino que están puestas como ratoneras en las que caen los conductores más avisados. He visto reducir la velocidad de 100 a 80 en un tramo de la circunvalación de Málaga que no encierra ningún peligro. Y he visto cómo caen en ese cepo los conductores de forma casi constante.
¿Qué decir cuando la grúa se lleva tu coche? Eso sí que es una crisis económica para una familia cuyos miembros adultos están en el paro. Pagar la multa, el taxi para ir a buscar el coche y la sanción correspondiente. ¿Hay derecho a ese proceder? Y qué cantidades. ¿Dónde está la sensibilidad del legislador, la comprensión para las familias? ¿Son sinceras sus palabras cuando hablan de que lamentan los problemas por los que atraviesan los ciudadanos?
Se trata de atracos a ley armada. Es una forma de proceder injusta que ampara la ley. Si entro armado en un banco y encañono al cajero exigiéndole la entrega de cien euros (aunque sea para dar de comer a los hijos) y, por el celo acreditado de quien se encarga de la seguridad, soy detenido, me llevan ante un juez y, probablemente, a la cárcel. Pero, si viene el legislador y me encañona con una ley, exigiéndome el pago de 100 euros para gastos de protocolo del Ayuntamiento, los tengo que pagar. Y si no quiero o me olvido de hacerlo, me embargan la cuenta. Otro atropello.
Y luego se quejan de la desafección política que tenemos los ciudadanos. Quien me roba a mano armada no es un delincuente común, es un señor (o señora) que ha decidido con una caradura tremenda: pues nada, a ese pardillo que supere en 6 kilómetros la velocidad indicada, metámosle una sanción de 100 euros. Hala, que pague, que para eso ha tenido el descuido.
Estoy seguro de que pocos lectores que conduzcan motos o coches se habrán escapado de atropellos similares. Un aparcamiento en un paso de peatones conlleva una sanción de 200 euros. Un exceso de velocidad de 25 kilómetros supone 300 euros, no identificar al conductor tiene una sanción de 300 euros…
Y uno se pregunta, ¿por qué suben las multas y bajan los sueldos? ¿Por qué tienen las mutas esa cuantía desorbitada en un momento de crisis tan brutal como este?
Se me podrá decir: cumpla usted la ley de forma estricta y no será sancionado. Pero yo no estoy discutiendo si hay que pagar o no. Lo que estoy discutiendo es por qué hay que hacerlo y en qué cuantía. Conozco países que tienen otros criterios menos crueles.
Porque ese señor que me encañona con la ley y me obliga a pagar ha sido puesto por nosotros ahí para velar por nuestros intereses. Y que luego, con el dinero recaudado, hace lo que le parece oportuno. Y, por cierto, lo que le parece oportuno, no suele ser transparente ni muy defendible desde si se mira desde la perspectiva del bien común. Con ese dinero, por ejemplo, pagan asesores y asesoras que contratan a dedo para no sé qué trabajos de asesoría.
La educación para la ciudadanía me obliga a conocer la ley y a cumplirla. Pero me obliga también a pensar en el sentido que tienen las leyes, en su finalidad, en su racionalidad, en su justicia. Y, si son injustas, me obliga a denunciarlas. Eso hago.
Estoy indignado por la política de multas. Una política insensible con la situación de las familias, Porque yo me imagino a una familia en paro que tiene un vehículo y que tiene dos despistes (tan comprensibles) en un mes. ¿De dónde saca el dinero para pagar las multas?
No comparto la idea de que las sanciones tienen una intención didáctica. No se aprende a palos. No se aprende a través de las sanciones. Porque, sí, puede ser que esa multa elevada te haga ir con más cuidado. Pero la causa es el miedo, no la convicción de que haya que aprender a convivir, a evitar el peligro. Eso hace que, cuando no hay riesgo de sanción, te importe tres cominos quebrantar las normas de circulación. Porque la finalidad no es la convivencia y el respeto, sino el ahorro de la multa.
Tampoco digo que tengan que desaparecer las sanciones. Pero tienen que estar más justificadas y tener una menor cuantía. Es inadmisible que mientras más crisis exista las sanciones sean más duras porque hay que recaudar. ¿De dónde sale esa recaudación? Del bolsillo de quienes han sido previamente expoliados por la crisis. Maldito círculo vicioso.
La ganzúa de los corazones
He vivido un año en Galway (Irlanda). Llevaba en coche todos los días a mi hija al Colegio. Para llegar desde la casa hasta la puerta de entrada teníamos que incorporarnos desde una pequeña calle adyacente a una arteria principal. A esa crítica hora (ocho y media de la mañana) había diariamente un importante atasco.
Me resultaba chocante que al llegar al cruce en el que teníamos que entrar en la vía principal, la amabilidad de los conductores y conductoras facilitara al máximo la rapidez de la incorporación. Veías con agrado el gesto amable del conductor o conductora que se detenía y parecía decirte de forma inequívoca:
- Pase usted, por favor.
Hace unos días, al salir del complejo de ocio malagueño Plaza Mayor, había un gran atasco. Era la hora de salida. Me costó casi cinco minutos entrar en la riada de coches. Nadie se detenía y te invitaba a pasar. Todos se arrimaban al coche que iba delante para impedirte el paso. Hasta que cambié la espera por otra inevitable estrategia: ir metiendo el morro del coche poquito a poco hasta poder entrar. Con el consiguiente pitido del que venía detrás.
Este hecho, que no es casual, me hizo pensar. Porque creo que se trata de una constante. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué no somos más amables, más corteses, más amigables? No solo en el coche, sino en general, en la vida.
En Irlanda apenas se oye el sonido del claxon. Mi hija, que tenía entonces siete años, me lo hizo notar.
- Papá, aquí nadie toca el claxon.
Aquí, basta que te detengas una décima de segundo en un semáforo que se pone verde, para que te piten cinco coches, te hagan un corte de mangas si te adelantan o te sueltan un exabrupto bajando la ventanilla.
- Imbécil, te gritan mirándote como si hubieras cometido un delito.
Alguien me ha contado que un conductor se había olvidado de quitar el intermitente de la derecha. El que iba detrás, al ver que se trataba de un olvido y no del aviso de un giro inmediato, le dio varias señales con las luces, para avisarlo. Al comprobar que no se daba cuenta, se puso a su altura, bajó la ventanilla y le avisó:
- Oiga, que se le ha olvidado quitar la luz del intermitente derecho.
Al ver que el conductor le hablaba desde el coche vecino, bajó con rabia el cristal de la ventanilla y le espetó:
- ¡No me sale de los cojones!
El conductor que le seguía quiso hacer un favor al supuesto olvidadizo, y el beneficiario se lo agradeció con un bofetón.
Creo que debemos cuidar más las formas de convivencia. Ya sé que estos pequeños detalles, al lado de los casos de corrupción y de los atropellos de los que somos víctimas hoy día, pueden parecernos una cuestión intrascendente e, incluso hipócrita. No lo creo. Pienso que el respeto a la dignidad de las personas exige el cuidado de las formas, de los pequeños detalles. Se insiste poco en ello tanto en las familias como en la escuela.
En la familia, además de con el ejemplo, hay que insistir con la palabra en que es necesario mostrarse amable, ser educado en el sentido más profundo de la palabra. En la escuela es necesario practicar, exigir e insistir en la necesidad de cuidar las formas, de ser exquisitos en los detalles.
Creo que este cuidado de los detalles llevará y propiciará los comportamientos éticos en cuestiones de más envergadura. No comparto la idea de que estando la sociedad viciada por hechos horribles estas pequeñas muestras de respeto carezcan de importancia.
La cultura de los detalles se puede practicar a todas horas, con conocidos y con desconocidos. Hay quien se muestra encantador con los extraños mientras trata a baqueta a los que tiene cerca. A otros les sucede lo contrario: solo les importan los amigos y familiares. Mi postura es que hay que practicar la amabilidad con todo el mundo.
Esa amabilidad reiteradamente manifestada nos hará mejores. Las muestras de afecto nacen de un corazón generoso pero, s su vez, lo ennoblecen y agrandan. Por eso la amabilidad causa efectos positivos en quien la recibe y en quien la practica.
Saludar, ceder el asiento. dar las gracias, sonreír a quien te ayuda, orientar amablemente a quien pide información, no ensuciar las calles, ceder el paso… En definitiva, convertirnos en profesionales de la amabilidad. Dice Joseph Joubert que “la cortesía es la flor de la humanidad. El que no es bastante cortés no es suficientemente humano”.
Me cuentan de un trabajador de la Volvo que llegaba todos los días a la empresa y aparcaba en el lugar más apartado del parking. Al ser preguntado por ese extraño proceder, respondió que quienes llegaban tarde tenían más prisa que él y necesitaban aparcar en los lugares más próximos. Hermoso gsto.
La convivencia es la piedra angular de la democracia. La convivencia se construye sobre grandes actitudes y sobre pequeños detalles. La cultura de los detalles es el alma de la democracia. No tendremos probablemente en la vida la ocasión de hacer algo heroico por el prójimo, pero tenemos la posibilidad a cada hora de hacer la vida un poquito más llevadera, más amable, más hermosa.
La sociedad sería más habitable si todos y todas nos mostrásemos amables con las demás personas. “Palabra cortés significa amable pensamiento”, dice Ramón LLul. Respetar al otro. Tratarlo bien. Hacer fácil la vida de todos y de todas. No me gustan los individuos que son capaces de entrar después de ti por una puerta giratoria y salir antes.
Los antiguos tratados de urbanidad insistían en el cuidado de las formas. José Luis Carandell escribió en el año 2000 un libro de encargo titulado “La familia Cortés. Manual de la vieja urbanidad”. Dice en la introducción que fue coleccionado libros sobre el tema hasta conseguir la friolera de 300 ejemplares. Con tino habla de “ vieja urbanidad”. Y hace bien porque creo que hay que distinguirla de la moderna urbanidad. Creo que la urbanidad de hace años tenía un mucho de cursilería y un poco de falsedad.
Las formas debían respetarse, aunque los hechos importantes fueran atroces. El dueño trataba con exquisitez al criado, aunque le estuviera explotando de forma miserable. Y, si se planificaba un asesinato durante una comida de gala, había que guardar las formas para no importunar a los comensales. Véase este texto de Leonardo da Vinci:
“Después de que el cadáver, y las manchas de sangre, de haberlas, haya sido retirado por los servidores, es costumbre que el asesino también se retire de la mesa, pues su presencia puede, en ocasiones, perturbar la digestión de las personas que se encuentren sentadas a su lado; y, en ese punto, un buen anfitrión tendrá siempre preparado un nuevo invitado, quien habrá esperado fuera, dispuesto a sentarse a la mesa en ese momento”.
Es lo que sucedía con la mujer, que la normas de cortesía le daban prioridad para pasar primero, aunque en la vida estuviesen discrimina hasta extremos inverosímiles.
Yo me refiero a la urbanidad que nace y acaba en la dignidad de las personas. Hablo del cultivo de unas formas nacidas del respeto. Hablo de una vida en común asentada en la amabilidad y la consideración del otro, sea quien sea, como depositario de la máxima dignidad. Dice Alfonso de Ulloa que las palabras corteses son las ganzúas de los corazones Se trata de alejarnos, en la forma y en el fondo de la ley de la selva. Se trata de hacer de este mundo una casa habitable.
Se me ha caído el precio
Hace unos días, en la hermosa ciudad de Santiago de Compostela, compartí mesa y mantel con un grupo de maestras de Infantil y Primaria. Hablábamos de la importancia de la primera etapa educativa. Una etapa donde se producen aprendizajes de gran transcendencia.
Un libro de Robert Fulghum tiene este significativo título: “Todo lo que necesito saber en la vida lo aprendí en el parvulario”. Haciendo memoria recuerdo algunos de esos importantes aprendizajes de los que habla el autor: lavarme las manos antes de comer, dormir la siesta, ordenar las cosas, respetar a los demás, decir lo siento mucho, dibujar, pintar, cantar, bailar…
Una de las maestras que estaban sentadas a la mesa contó que, en los primeros días del curso, una maestra de infantil había colocado en la espalda de los niños y niñas una pequeña etiqueta con el nombre de cada escolar. Así podría llamarles por su nombre cuando estuvieran de espaldas. Uno de los niños se acercó a la maestra con su etiqueta en la mano. Se había desprendido y se había caído al suelo. El la recogió y se la dio a la maestra diciendo:
- Seño, se me ha caído el precio.
Qué gracia. Qué ingenio. Una observación muy de nuestros días en los que todo tiene precio y etiqueta. Cuántas ideas, frases, reacciones y comportamientos cargados de espontaneidad, de chispa y de pensamiento divergente tienen los niños y las niñas.
El niño y la niña no se ven frenados por el miedo a equivocarse, por el temor a hacer el ridículo, por la angustia de la mala imagen… Hay quien piensa que esa creatividad natural va siendo atrofiada progresivamente en la escuela. “Un adulto creativo es un niño que ha sobrevivido”, he leído estos días en una pared de la ciudad de Málaga.
El profesor Ken Robinson sostiene, entre otro, que las escuelas (yo diría las malas escuelas) matan la creatividad. Idea que nos debe hacer pensar. ¿Es así?
Uno teme que con la uniformidad de las acciones en la escuela, con las rutinas, se vaya recortando el pensamiento divergente. Hay que aprender las mismas cosas, de la misma manera, en los mismos tiempos y lugares… Todos lo mismo, todos al mismo tiempo y al mismo ritmo. Todos los días.
El curriculum impuesto deja poco margen para la autonomía, la participación creativa y los intereses particulares. Tanto del alumno como del profesor. Si la presión de los controles es muy fuerte, la creatividad queda sepultada por las prescripciones y por la necesidad imperiosa del éxito.
Una evaluación centrada en repeticiones obstaculiza el pensamiento creativo y divergente. Se acaba creyendo que existe una respuesta única, que esa respuesta la tiene la institución, que hay que aprenderla, que hay que repetirla, que no hay que discutirla…
Hablábamos en aquella comida de cómo se produce una erosión pedagógica a medida que se va avanzando en el sistema educativo, desde Infantil hasta la Universidad. Y repasábamos parcelas diferentes en las que se produce el deterioro:
No se concibe que una maestra de Infantil no sepa el nombre de sus alumnos a los dos o tres días del comienzo, sin embargo puede suceder que un profesor universitario no se sepa el nombre de sus alumnos al finalizar el curso.
Los espacios de la Escuela Infantil están llenos de colores, de adornos creativos, de materiales motivadores, mientras que el espacio universitario es, frecuentemente, impersonal, frío y gris.
Las relaciones personales se cuidan intensamente y se procura que haya juegos, buen ambiente, clima de alegría y expresión de los afectos. Sin embargo, a medida que se avanza en el sistema se va perdiendo la espontaneidad y afectividad.
La metodología es más creativa, más dinámica, más participativa en la Educación Infantil que en las etapas siguientes. En estas, muchas formas de trabajo consisten en la explicación de los docentes. Y por eso se habla de “dar una clase”, de “impartir una clase”.
Incluso el autoconcepto y la autoestima se van empobreciendo. Si preguntas a un niño si sabe dibujar dirá que sí, si le preguntas si sabe bailar dirá que sí, si le preguntas si sabe cantar dirá que sí… Es probable que un universitario responda a todo que no.
Recuerdo aquella anécdota que cuenta Ken Robinson. Una profesora le pregunta a un niño qué es lo que está dibujando y éste contesta:
- Estoy dibujando a Dios.
- Pero, nadie sabe cómo es Dios, precisa la maestra. A lo que el niño contesta.
- Espera un momento y lo verás.
-
No sé por qué no se ponen más en práctica técnicas que desarrollen la creatividad y no tanto la repetición. Existen muchas técnicas que favorecen y ejercitan la creatividad. Los llamados ”proyectos de visión futura”, por ejemplo, pretenden que la mente funcione en un contexto hipotético o fantasioso. Por ejemplo: “Diseñe usted un automóvil que circule en otro planeta, que girará alrededor de otro sol, en el cual la atmósfera sea de metano. El automóvil utilizará oxígeno como carburante y será conducido por seres no humanos a cuya anatomía habrá de adaptarse el vehículo…”.
Alguna vez he hecho un ejercicio consistente en imaginar lo que sucedería en el mundo si, de pronto, desapareciese psicológica y físicamente la necesidad de dormir. La mente tiene desenvolverse en una situación inexistente.
Las “tormentas de ideas” también son aprovechables. A diferencia de los proyectos de visión futura, en los que se exige lógica, admiten todo tipo de ideas, racionales e irracionales, posibles e imposibles, sensatas e insensatas, morales e inmorales, costosas, baratas o gratuitas…
José Antonio Marina y Eva Marina han escrito un interesante libro titulado “El aprendizaje de la creatividad”. Coincido con su tesis de que la creatividad no es un lujo sino una estrategia de supervivencia. Desde niños sentimos el impulso de explorar, inventar, conocer, cambiar, innovar y crear. La creatividad es la facultad que nos permite sobrevivir y progresar en un entorno cambiante y acelerado.
La creatividad se puede cultivar o se puede atrofiar. No hay mejor forma de conseguir su desarrollo que crear una cultura sistemática que favorezca la innovación. Estos son los nueve principios que propone Ken Robinson para alcanzarla: Todo el mundo tiene potencial creativo, la innovación es hija de la imaginación, todos podemos aprender a ser más creativos, la creatividad mejora con la diversidad, a la creatividad le encanta la colaboración, la creatividad requiere tiempo, las culturas creativas son flexibles, las culturas creativas son inquietas, las culturas creativas necesitan espacios creativos.
Manos a la obra. Seremos más felices, aprenderemos muchas cosas, inventaremos otras desarrollaremos nuestras mentes y hasta, con un poco de suerte, encontraremos salidas a la crisis.
Una historia para despertar
Hay historias para dormir e historias para despertar. Siempre nos han contado historias para acostarnos, para dormir. Aunque, si bien se mira, son especialmente valiosas las historias que ayudan no a dormir sino a despertar.
En realidad esta es una historia no de ficción, sino basada en hechos reales. Una historia que nos interpela sobre el contenido y la finalidad de la enseñanza. He repetido muchas veces que no hay conocimiento útil si no nos hace mejores personas. La finalidad de la enseñanza no sería, a mi juicio, meter en la cabeza de los estudiantes una serie de datos, principios o informaciones inertes, sino un conocimiento que movilice la voluntad hacia el bien.
Quiero compartir hoy con los lectores y lectoras una historia para reflexionar sobre nuestra labor como profesores y profesoras. La he leído en un blog llamado La página de Valeria Torres. Se trata de una historia sobre las tan repetidas quejas sobre la falta de interés de las clases y la consiguiente falta de atención por parte de nuestros alumnos hacía aquello que les explicamos. Muestra el camino para atrapar, para atraer, para “enamorar” a nuestros alumnos y alumnas. Una herramienta para luchar contra la desmotivación y la apatía. Y, sobre todo, para ayudar a pensar y a convertir la enseñanza no en una mera acumulación de conocimientos sino como un instrumento para comprender la realidad y para comprometerse con su mejora.
Cuenta la historia una de las alumnas presentes en la clase donde y cuando suceden los hechos, Ella es testigo de lo que sucede y cuenta sus impresiones y la repercusión que tuvo en ella la lección.
La historia transcurre el primer día de clase cuando el nuevo profesor entra en el aula y sin tan siquiera presentarse, ni plantear los objetivos, ni el programa de su asignatura, ni la metodología que se va a seguir, ni el proceso de evaluación que va a llevar a cabo, lo primero que hace es dirigirse a uno de los alumnos que está sentado en la primera fila, preguntándole su nombre
- Me llamo Luis, profesor, contesta el alumno, un tanto sorprendido y desconcertado.
Lo segundo que hace es gritarle a Luis y exigirle que salga de la clase inmediatamente. El alumno le mira con incredulidad y asombro. Quiere preguntar y hasta protestar, pero el profesor no le da oportunidad.
- Salga inmediatamente. Cierre la puerta al salir. ¡No le quiero ver más aquí!, le grita imperativamente.
Temblando de nervios y rabia, toma sus cosas y sale sin decir una palabra y sin olvidarse de dar un portazo para cerrar la puerta.
Hasta aquí los hechos y ahora la vivencia de una de las compañeras de Luis. “Todos nos quedamos asombrados y en completo silencio. Mientras el profesor sacaba un libro de su maletín, yo le miraba y pensaba que era un completo idiota, un déspota indecente y que seguramente nos haría la vida imposible todo el semestre. ¡Qué tipo tan insoportable!
Finalmente tomó asiento y preguntó qué materia nos iba a impartir.
¡Que ridículo! ¡Ni siquiera sabía a qué venía!, pensé. Todos, al mismo tiempo, sacamos nuestro horario de clases y dijimos al unísono: ¡Introducción al Derecho!
- Muy bien. ¿Alguien tiene idea de qué se va a tratar en esta clase? ¿Alguien intuye de qué va la asignatura?
Algunos, que querían impresionar al nuevo profesor, levantaron la mano. Él señaló a uno de ellos, quien de inmediato dijo que trataría del estudio de las leyes.
- Muy bien. ¿Alguien sabe para qué sirven las leyes?
La pregunta provocó varias respuestas. Para tener una sociedad organizada. No es exacto, dijo el profesor. Para que todos estemos obligados a cumplirlas. No. Para saber quiénes son los criminales. No… Y así, uno por uno… hasta que alguien dijo la palabra mágica que el profesor buscaba… Para que haya justicia.
-¡Ajá! Justicia. ¿Qué es la justicia?
La justicia es no permitir que se violen los derechos de los demás. Bien, ¿qué más?… La justicia sirve para regular las conductas de las personas. Bien, ¿qué más?… La justicia es buscar que cada persona obtenga lo que se merece.
- Bien, muchachos. Bien. Ahora díganme… ¿Ustedes creen que hice bien en expulsar a su compañero del aula? ¿Fue un comportamiento justo?
Silencio. Miradas de unos a otros.
- ¿Hice bien? ¿Sí o no?
- ¡Nooo!, gritamos convencidos y a la vez indignados.
- ¿Cometí una injusticia?
- ¡Sííí!, dijimos al unísono
- Y ¿por qué nadie dijo nada? ¿De qué sirven las leyes, las normas y los reglamentos si no tenemos el valor de aplicarlos? Todos estamos obligados a levantar la voz cuando vemos una injusticia. Ustedes y yo. ¡Nunca se queden callados!
Tras una breve pausa añadió:
- Que alguien vaya a buscar a Luis.
Silencio. Todos nos mirábamos con sonrisas idiotas. Alguien salió a buscar a Luis.
Esa mañana me enamoré de mi profesor de Introducción al Derecho”.
Esa es una lección que interpela. Esa es una lección que probablemente no se les olvide nunca. Ni a Luis ni a sus compañeros de clase. Si esa mañana el profesor hubiera repartido su programa de la asignatura y formulado, para su inevitable copia, unas definiciones teóricas tomadas de cualquier manual o de su propia cosecha, es probable que los estudiantes hubieran salido de la clase con las ideas claras sobre la epistemología de la asignatura, pero no se hubiese movido un ápice el compromiso de sus vidas con la mejora de la sociedad.
¿Alguien conoce una forma más contundente de explicar los objetivos de una asignatura?
La historia plantea la sutil diferencia entre mostrar y demostrar, una de las claves de la verdadera educación transformadora.
¿Para qué sirve aprender? Si hiciéramos esta pregunta a muchos alumnos es probable que algunas contestaciones se limitasen a decir: para aprobar. Respuesta que llevaría a una nueva pregunta: y, ¿para qué queremos aprobar? Para obtener un certificado. Y, ¿para qué queremos el certificado?… Encadenadas preguntas y respuestas de esta naturaleza, acabaríamos por concluir que ese estúpido juego no vale para nada. O, al menos, no sirve para tener una vida más digna y hacer una sociedad más justa.
Además del componente ético que encierra la anécdota, quiero hacer hincapié en otra cuestión importante. Me refiero a la capacidad del profesorado de captar la atención de los alumnos y alumnas. Eso que he llamado en alguna ocasión la capacidad de “poner una vaca púrpura en las clases”. Es decir, algo llamativo, algo extraordinario, algo que atraiga y provoque admiración y curiosidad.
Es más fácil entregarse a las rutinas y repetir lo que siempre se ha hecho y lo que muchos y muchas hacen. Como si nada nuevo hubiese sucedido. Como si fuera igual la Edad Media, que la galaxia Gutenberg, que la era audiovisual, que la era digital. Es decir, subirse a la tarima y pedir que los alumnos abran el libro por la página veinticinco. O, empezar a dictar apuntes. Como si no fuera más lógico dárselos fotocopiados o remitirles a una plataforma digital a la que podrían acceder desde sus casas. La capacidad de seducción resulta decisiva en la enseñanza.




























