¿Cómo os defraudaría?

Hace algunos años, el primer día de clase, les pedí a mis alumnos y alumnas de la Universidad que respondiesen por escrito a esta pregunta: ¿Cómo os defraudaría yo como profesor de esta asignatura? Les dije que fueran sinceros y que yo leería con atención sus demandas y las comentaría con ellos.

Reflexionamos sobre el sentido de la enseñanza, sobre la finalidad del aprendizaje, sobre la apasionante tarea de construir, aplicar y reinventar juntos el conocimiento.

– Porque, les dije, puede ser que no esté dispuesto a hacer todo aquello que me pidáis y, en ese caso, os explicaré por qué. Puede ser, por ejemplo, que me digáis que dicte apuntes y os explicaré por qué no estoy dispuesto a dictar lo que ya está escrito en libros y artículos o en mis propios textos, evitando así el aburrimiento que genera, el tiempo que lleva y los errores de la trascripción. Puede ser que me digáis que no haya exigencias para aprobar, en cuyo caso, justificaré por qué es necesario ejercer la responsabilidad social de la acreditación. Puede ser que me digáis que os lo de todo bien mascadito y entonces os contaré la historia de aquel profesor que, ante las quejas de un alumno porque no le facilitaba suficientes explicaciones, le invitó a comer en el campus y se ofreció a pelar el melocotón que el joven había pedido de postre, luego se brindó a partírselo en pequeños trozos y, finalmente, ante el asombro y la repugnancia de su discípulo, le sugirió la idea de masticárselo… Procuraré atender las demandas razonables, las exigencias lógicas y las peticiones más exigentes.

A continuación les anuncié que yo también respondería por escrito a una cuestión simétrica: ¿Cómo me defraudarían mis alumnos y alumnas en esta asignatura? Y les dije que ellos podrían discutir mis ideas. Así que, al día siguiente leeríamos los textos y los comentaríamos en una sesión de trabajo. Siempre bajo dos reglas de oro: que todos y todas se expresasen con libertad y que, del mismo modo escuchásemos con respeto a quien se expresase, aunque no compartiésemos sus ideas.

Se me ocurrió esta iniciativa porque siempre he creído que algunos profesores y profesoras hemos quemado las mejores ilusiones de aprender de algunos alumnos y alumnas. Y, a la inversa, que la actitud de algunos y algunas estudiantes ha destruido los mejores deseos de enseñar de algunos y algunas docentes. Por eso, ese diálogo me parece imprescindible. Por eso la participación del alumnado en el proceso de aprendizaje es fundamental. Por eso la pasión del profesor por compartir el proceso resulta esencial.

Al día siguiente leímos los textos. Yo les decía que me defraudarían si les viese tan obsesionados por las notas que el aprendizaje quedase relegado a un segundo plano, si no se atreviesen a hacer preguntas o a contar experiencias, si no se esforzasen por compartir las ideas, si no se ayudasen unos a otros a aprender, si no disfrutasen aprendiendo…

Ellos decían que yo les defraudaría si no pudiesen participar en la construcción del conocimiento y en su evaluación, si se viesen convertidos en aprendices de taquígrafos, si los contenidos de la asignatura estuviesen alejados de sus intereses, si no hubiese un clima de confianza y de respeto, si no les conociese a todos y a cada uno, si me mostrase distante…

Recuerdo que, cuando abrimos el diálogo, un alumno levantó la mano y dijo: – Nos dices que te defraudaríamos si nos vieses tan interesados y competitivos con las calificaciones, que el aprendizaje y la ayuda mutua fuesen secundarios pero, cuando se convoca una plaza de profesor en tu Departamento, lo que se pide es el expediente y no lo interesante y enriquecedor que ha sido el proceso de aprendizaje.

– Es cierto, les dije. Por eso os voy a proponer algo. Vamos a hacer una comisión de un grupo de vosotros y, conmigo, trataremos de responder a esta pregunta: ¿Cómo nos defrauda el sistema a ambos? Así lo hicimos. Siempre les aconsejo a mis alumnos y alumnas que escriban, que disfruten escribiendo. Que escriban bien, porque estilo es precisión. Por eso, los textos de las tres respuestas se publicaron en una revista universitaria, lamentablemente desaparecida, que se titulaba “5ª Convocatoria”. Allí están los nombres de las autoras que redactaron el texto del alumnado. Digo esto porque, a veces, los profesores universitarios pedimos que los alumnos hagan trabajos que luego nosotros utilizamos para nuestras publicaciones. Ahí veo ahora, tantos años después, los nombres de las alumnas que redactaron el texto resumen de sus demandas. Y ahí están las mías.

Del texto común extraigo este comentario: “Al alumno le mete el sistema en muchas trampas. Por una parte le dice: lo importante es aprender, lo más importante es saber. Pero lo que se encuentra luego es otra cosa: lo importante es la nota, lo decisivo es el título… ¿A qué carta quedarse? Alguien le dice en el sistema: lo importante es ayudarse, colaborar, trabajar en grupo. Lo más valioso es escuchar, ayudar, poner el saber al servicio del bien y de la solidaridad… Pero lo que se encuentra en la realidad es este otro mensaje: lo importante es saber más que los otros, ganar a los demás, conseguir mejores puestos… ¿En qué quedamos?”.

Y este otro referido a las trampas que también se le tienden al profesorado: “A los profesores se les ha evaluado positivamente la docencia, aunque la hayan hecho mal o no la hayan hecho. No sucede lo mismo con la investigación. Para ello se han constituido exigentes comisiones nacionales. ¿Qué más da dedicarse con entusiasmo a la docencia?”.

Reflexionamos sobre el sentido de la enseñanza, sobre la finalidad del aprendizaje, sobre la apasionante tarea de construir, aplicar y reinventar juntos el conocimiento. Sobre el sentido que tiene esa compleja y excitante relación docente/discente en una institución universitaria. Sobre la importancia decisiva de la participación. Sobre la necesidad de poner el conocimiento al servicio de la comunidad. Preguntas y respuestas encadenadas. Preguntas y respuestas y preguntas.

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La carreta vacía

Saber dialogar es un arte, una ciencia y una virtud. El mayor enemigo del diálogo es la cerrazón de mente. Porque el que dialoga creyendo que posee la verdad no está en condiciones de escuchar a nadie. No hay mayor petulancia que la del necio. El necio no es capaz de dialogar porque solo oye su propia voz. No importa lo que el otro dice. Es más, si algo le importa, es para negarlo, despreciarlo o rechazarlo de plano, sin entenderlo siquiera.

Cuanto más vacía está la carreta, mayor ruido hace.

Otro enemigo del diálogo es el griterío. Esa reiterada y actualísima manía de creer que, mientras más se grita, más razón se tiene. Resulta casi increíble observar algunas tertulias televisivas. No solo es que se grita mucho, es que se puede ver (que no escuchar, porque resulta imposible) a dos o tres tertulianos gritando a la vez, sin hacer el menor esfuerzo por saber lo que dice el interlocutor. ¿Qué diálogo es ese?

Lo que realmente podemos ver en algunos programas son monólogos que se superponen sin que se tenga en cuenta lo que el otro dice, pregunta, o plantea. Se repite una y otra vez un argumento que se estrella contra el chorro de gritos que proceden del interlocutor.

Solo existe una cierta alternancia en algunos momentos, ya que cada uno se aferra a su discurso sin tener en cuenta lo que el otro dice. En esa alternancia solo importa la forma, no el contenido. Uno habla y el otro replica. No importa qué. A veces, se llega a situaciones peregrinas, como la siguiente. En una discusión acalorada uno le dice al otro con manifiesta violencia:

- Me parece que estoy hablando con un imbécil.

Y el contrincante verbal contesta sin pensárselo dos veces, con no menor agresividad.

- Tu sí que estás hablando con un imbécil.

Dialogar no es una tarea fácil, por más que lo parezca. Escuchar es una actividad muy difícil, que muy pocas personas llegan a realizar con perfección. Le oí decir a Carl Rogers: “Si un ser humano te escucha, estás salvado como persona”. A dialogar se aprende. El diálogo se ejercita. En algunos debates que he organizado en el aula, he pedido que, antes de rebatir un argumento, la persona que quiere hacerlo resuma lo que ha dicho el que ha intervenido previamente. Y éste debe decir si realmente era eso lo que había dicho. Sé que eso hace lento y complicado el proceso de diálogo, pero permite comprobar que quien ha preparado sin escuchar su argumento se vea obligado a decir:

- Perdón, no he estado escuchando.

Y otras veces, el interviniente, precisa:

- No. Yo no he dicho nada de eso. O no me he explicado bien o no me has atendido bien.

Alguna vez he realizado un ejercicio para el aprendizaje de habilidades de interlocución. A y B hablan mientras C observa. Después del diálogo el observador informa a los dos que han hablado sobre el contenido y el proceso de su comunicación. Después, A pasa a ser B, B pasa a ser C y C pasa a ser A. El ejercicio se hace tres veces, de modo que todos hablan, todos escuchan, todos observan y todos son observados. Resulta apasionante el análisis que todos hacen después sobre las vivencias que han tenido en los distintos papeles. Es sorprendente, por ejemplo, ver cómo quien escucha ocupa algunas veces su cabeza en buscar nuevas. preguntas sin prestar atención a lo que está diciendo el que informa.

Para dialogar es importante tener algo que decir. Es importante también saber decirlo. Y, cómo no, es de agradecer que haya ingenio para que no sea la conversación insoportablemente aburrida.

Una azafata discute con un pasajero en pleno vuelo. La conversación se tensa y él acaba diciendo:

- Mire usted, señorita, vamos a dejarlo aquí porque me parece que usted es una persona antipática y desagradable.

Y ella contesta:

- Pues mire usted, señor, yo creo que usted era una persona simpática y encantadora, pero los dos podemos estar equivocados.

He leído, no sé exactamente donde, esta aleccionadora anécdota que explica muy bien el origen de los gritos y del ruido de los diálogos.

Alejandra caminaba con su padre cuando éste, de repente, se detuvo en una curva del camino. Después de un breve silencio, le preguntó.

- Además del cantar de los pájaros, ¿qué oyes, Alejandra?

La niña prestó atención aguzando sus oídos. Después de unos segundos, respondió:

- Papá, estoy oyendo el sonido de una carreta que se acerca.

- Muy bien, respondió su padre. Tienes razón, se está acercando una carreta vacía.

Alejandra, asombrada, preguntó a su padre:

- ¿Cómo sabes que es una carreta vacía si aún no la has visto?

Entonces el padre respondió:

- Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el ruido que hace. Cuanto más vacía está la carreta, mayor ruido hace.

Alejandra se convirtió en adulta y siempre que veía una persona interrumpiendo una conversación y hablando demasiado de sí misma de forma inoportuna o violenta o presumiendo de lo que poseía, tenía la impresión de oír la voz de su padre diciendo:

- Cuanto más vacía está la carreta, mayor es el ruido que hace.

Quienes menos tienen que decir son los que más gritan. Quienes más ruido hacen son los que menos ideas tienen que ofrecer. Quienes más levantan la voz son los que, en el fondo, solo manejan ideas ramplonas. Y no me refiero solo a los contenidos, también respecto a la forma de hablar, estos personajes adolecen de unas carencias tremendas: frases mal construidas, escasez de vocabulario, falta de precisión en uso de las palabras… Como no son conscientes de su ignorancia, elevan la voz hasta el grito. No dicen nada interesante, lo dicen a voces y lo dicen mal.

Siempre me ha llamado la atención que haya tantas personas que hablan en televisión sin tener nada sustantivo que decir. Creo que por ese motivo gritan tanto. Se pone un micrófono en la boca de quien no tiene una idea en la cabeza. ¿Por qué se persigue por calles y plazas a un personaje grosero e inculto que la televisión ha hecho famosillo y no se va detrás de Emilio Lledó, de Fernando Savater o de José Antonio Marina por las calles, micrófono en mano, para que digan algo que con toda probabilidad será sensato y aleccionador?

Las carretas vacías hacen mucho ruido. Curiosamente, a mucha gente le gusta ese estruendo y le horroriza la serenidad de unas frases bien pensadas.

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La broncemia

Un médico argentino, de nombre Francisco Occhiuzzi, contaba en una conferencia destinada a profesionales de la salud que existe una enfermedad psicológica llamada broncemia, provocada por la excesiva cantidad de bronce en la sangre. Esta enfermedad hace sentirse a las personas que la padecen merecedoras de que su memoria quede inmortalizada a través de estatuas de bronce que presidirán Hospitales, Universidades, calles y plazas. Al parecer, fue otro médico argentino, el doctor Narciso Hernández, quien acuñó el término y difundió la ingeniosa idea. La broncemia es una enfermedad fantástica, que deberíamos prevenir con perseverancia, inteligencia y humildad.

Esta enfermedad hace sentirse a las personas que la padecen merecedoras de que su memoria quede inmortalizada a través de estatuas de bronce

La enfermedad, cuya descripción, síntomas y remedios, explicaré a continuación, no afecta solo a los médicos. En todas las profesiones puede haber broncémicos, aunque algunas sean más propensas a que sus integrantes contraigan y desarrollen la enfermedad. Los médicos broncémicos desayunan con Dios y bajan luego a atender a sus pacientes. Los próceres de la Academia, afectados por la enfermedad, se instalan en las torres de marfil del conocimiento inerte y contemplan desde la altura de su petulancia a los iletrados paseantes.

Antes afectaba casi exclusivamente a los varones pero ahora, con los indiscutibles avances que ha traído el feminismo, hay algunas mujeres afectadas, a quienes se puede considerar prácticamente desahuciadas. Quienes llegan a contraer la broncemia se sienten muy cómodas y muy bien acomodadas a sus síntomas y efectos.

Cuando una cantidad inapropiada de bronce llega a la sangre, el paciente empieza a pensar que su rostro merece ser esculpido y exhibido a la generación presente y a las sucesivas, dada la inconmensurable valía de sus aportaciones científicas, sociales o políticas.

Otros síntomas importantes de la enfermedad son los siguientes. En primer lugar una diarrea mental incontenible. El broncémico habla sin cesar, inevitablemente de su persona y de sus éxitos. El segundo síntoma es la sordera interlocutoria. Su marcada hipoacusia hace que el broncémico no escuche a nadie, por muy interesante que sea lo que dice. El tercer síntoma es el reflejo cefalocaudal que consiste en una extrema rigidez postural. El broncémico es hierático. Como el bronce se empieza a acumular en los pies, no camina, se desplaza majestuosamente.

La enfermedad pasa por dos etapas, claramente diferenciadas, aunque igualmente significativas. La primera es la “importantitis”. El afectado, en uno y otro sentido, se cree tan importante que merecería todos los honores y todas las distinciones habidas y por haber. La segunda es la “inmortalitis”, que consiste en la convicción de que merece que su memoria se perpetúe a través del tiempo. La humanidad se debería sentir dichosa y orgullosa de su paso por la tierra. Es muy lógico que su efigie se exhiba en estatuas de bronce que canten su inmortalidad.

No le gustaría a un broncémico el título del nuevo libro de David Safier: “Yo, mi, me…contigo”. Él preferiría este otro, más acorde con su elevado autoconcepto: “Yo, mi, me…conmigo”.

La broncemia es una enfermedad contagiosa. Estar rodeado de broncémicos encierra un peligro notable. La adulación es una de las formas más destacadas y frecuentes de contraer la enfermedad, así como la falta de autocrítica y, por supuesto, de humildad.

Quien tiene poder, fama, dinero o muchos conocimientos está situación de riesgo. Hay quien se cree más por haber alcanzado el éxito, sin caer en la cuenta de que éxito se va muchas veces como llegó. No se da cuenta el broncémico de que la admiración que pretende arrancar con su distanciamiento y su desprecio a los demás, hace que le vean como un ser despreciable y engreído. No se da cuenta que provoca menosprecio ante su afán de imponerse y risas ante su afectada solemnidad.

Los primeros efectos que produce la acumulación de bronce generan en el paciente una serie de llamativas reacciones: pierde la sonrisa, no acepta los errores, se encierra en su soledad al tiempo que se aleja de los demás, ve a los otros de tamaño diminuto, rechaza el tuteo, desprecia los sentimientos, le da mucha importancia a las formas, viste de traje y corbata, se muestra displicente, mira a los demás por encima del hombro, no aprecia las cualidades ajenas, no es capaz de reconocer las cosas buenas que hacen los demás, nunca felicita a nadie…

Los broncémicos se muestran tan engreídos que si comes con uno de ellos, puedes levantarte de la mesa y ausentarte sin que se percaten de ello, sin que al carecer de interlocutor se interrumpa su egolátrico discurso.

¿Tiene curación la broncemia? Difícil, muy difícil. Por la lógica de autoservicio que convierte cualquier situación o cualquier comentario en un unos gramos más de bronce que se suman a los ya existentes. Ni las mejores curas de humildad, sencillez y cordura son suficientes.

El tratamiento exige unas dosis extraordinarias de sentido común y de sensatez. Es buena medicina relativizar nuestra posición en el tiempo y en el espacio. ¿Quiénes somos, cada uno de nosotros, en el marco del universo mundo y en el devenir de los siglos?

El broncémico no se da cuenta de que su solemnidad resulta ridícula y de que su engolamiento le convierte más en objeto de risa que de admiración. No se da cuenta de que al mirar por encima del hombro a los demás, no los empequeñece sino que los distancia. Uno se pregunta por la obsesión que los broncémicos tienen de perpetuarse a través de estatuas de bronce. Todo el mundo saber que sobre la cabeza de muchos próceres depositan las palomas sus excrementos y sobre los pies que sostienen su cuerpo inanimado orinan tranquilamente los perros.

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Ubuntu

Desde APFRATO, Asociación Pedagógica que se creó en Granada hace ahora tres años en torno a la persona y la obra de mi querido y admirado Francesco Tonucci (alias FRATO), me envían este hermoso relato que quiero compartir con los lectores y lectoras.

UBUNTU, en la cultura Xhosa, significa: "Yo soy porque nosotros somos”.

Un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y le dijo a los niños que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron a disfrutar del premio. Cuando el antropólogo les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar todas las frutas, le respondieron: UBUNTU, ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes? UBUNTU, en la cultura Xhosa, significa: “Yo soy porque nosotros somos”.

Uno de los ejes sobre los que gira la cultura neoliberal es el individualismo, que está inextricablemente unido a la competitividad. Hoy se entiende pronto que cada uno tiene que ir a lo suyo y que hay que ganar a los otros para alcanzar el éxito. Los demás no son compañeros, son rivales. Los otros, no son potenciales colaboradores sino probables enemigos. Hay que competir con los otros para llegar a conseguir la cesta de las frutas. Y, en muchos casos, valen zancadillas y empujones para conseguirlo.

Alguna vez he contado la historia de una madre que pide limosna con su hijo. La madre le dice:

- Hijo qué pena esta vida, tener que pedir limosna, con la insolidaridad que hay, con la vergüenza que da pedir. A veces hace mucho frío, a veces demasiado calor…

El hijo, que ya sabe muy bien por dónde van los tiros, que ha aprendido muy bien la lección del egoísmo que se dicta en “la escuela del mundo al revés”, de la que habla Eduardo Galeano, le dice a su madre con aplomo:

- Mamá, tú no te preocupes por mí. Quédate tranquila. Porque estoy convencido de que el día de mañana yo voy a ser multimillonario y tú ya solo tendrás que pedir para ti solita.

Ganar a los otros y disfrutar en exclusiva de la cesta de frutas se ha convertido en un lema, en una obsesión. La pregunta de cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes, podría sustituirse por esta otra: ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están también felices? Es ganar a los demás lo que hoy nos hace sentir bien. El ver a los otros por detrás en la clasificación. Es la obsesión de los rankings.

Es muy sabia la filosofía de la cultura Xhosa: “Yo soy porque nosotros somos”. Creo que en ella echa sus raíces la felicidad. Su contraria (yo soy porque gano a los otros, yo soy porque venzo a los otros, yo soy porque puedo a los otros) nos llevará a todos a la infelicidad.

Me cuesta ver cómo entre mis estudiantes se produce una tremenda competición por conseguir buenos resultados. No eran así las cosas, o no era tan así, cuando yo estudiaba. Me contaba hace unos días un médico amigo (mejor dicho, un amigo médico) que, cuando estudiaba en la Universidad, un pequeño grupo tomaba apuntes para todos, los elaboraba, los pasaba a limpio y los compartía con todos los compañeros. El grupo prestaba ese ayuda a los demás, generosamente, desinteresadamente. Hoy es casi impensable.

Hace unos años me entregaron un trabajo con una observación anotada en un posit: El capítulo 4 está pero hecho porque ha sido el trabajo presentado por X. Te pedimos que lo tengas en cuenta en la calificación pero que no le digas a X nada sobre esta nota.

No quiero decir con estas reflexiones que hoy estemos peor que antes, que hoy seamos peores que antes. Hay muchas personas solidarias y generosas. Ahí están muchas ONGs para confirmarlo. Estoy llamando la atención sobre un hecho preocupante, sobre el peligro de que en la cultura se instalen como patrones del comportamiento deseable los tres vértices de un triángulo maldito: individualismo, competitividad y eficiencia.

Existe un egoísmo compartido que amplía un poquito el horizonte del yo. Me refiero al egoísmo familiar. Se trata de un yo ampliado que se antepone a cualquier consideración social. El interés se amplía desde el yo a un nosotros restringido. “El interés no tiene templos, pero es adorado por muchos devotos”, decía Voltaire.

Por eso pienso que hay que ampliar el horizonte del nosotros. Nosotros no somos solo los miembros de una pequeña o gran familia, nosotros somos los seres humanos. Cuando en la cultura Xhosa se dice “Yo soy porque nosotros somos” no incluyen en el nosotros a unos pocos familiares sino a todos los miembros de la tribu.

La escuela debe ser hoy, a mi juicio, una institución contrahegemónica, que va contra la corriente. Se me dirá que es difícil, que es más costoso que ir a favor, pero creo que es imprescindible enseñar a las personas la solidaridad y el respeto a la dignidad humana, sin los cuales el mundo no sería habitable.

La solidaridad se educa. Y se educa no solo promulgando teorías sino desarrollándola en la práctica.

Me preocupa que el conocimiento que se adquiere en las escuelas, institutos y Universidades sirva para engañar, explotar y dominar a los demás. Si así fuera, lo que se estaría consiguiendo en las instituciones educativas sería perfeccionar y hacer más sofisticada la ley de la selva. Ahora ya no solo importa la fuerza para sobrevivir, ahora importa el conocimiento. De esa manera, el que sabe más puede engañar más fácilmente a quien sabe menos.

No creo que esta filosofía nos lleve a buen puerto. Creo, más bien, que la forma de pensar y de actuar de los miembros de la tribu africana nos conducirá a unas cotas más altas de justicia y de felicidad. Pienso que las “culturas fracasadas”, como sostiene José Antonio Marina en su libro del mismo título, son aquellas que conducen a un mayor nivel de injusticia, a pesar de todo su progreso técnico.

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Quiero que sea lunes

Hace más de un año escribí un artículo titulado “Mamá, quiero ser viejo”. Me hacía eco en él de la preocupación y de la tristeza de una madre que había recibido esa extraña demanda de su hijo de diez años. La causa del inusitado deseo no podía ser más triste: quería ser viejo para no ir a la escuela.

Tengo que decirte que a día de hoy ya “no quiere ser viejo”, quiere ir al cole y sobre todo ser muy alto de mayor.

Pues bien, pasado ese largo tiempo (o corto, depende de cómo se mire), recibo una carta de la madre que expresa su alegría por el cambio que ha experimentado su hijo. Así lo explica de forma clara y precisa.

“Creo que va a hacer un año y pico que escribiste el artículo sobre el “Niño que quería ser viejo”. Me pongo de nuevo en contacto contigo, porque en estos momentos me considero una madre feliz. Mi hijo lleva un tiempo diciéndome que le gusta ir al colegio. Sin ir más lejos el viernes pasado, sentados ya de noche en el sofá de casa me dice: “mamá que pena que mañana sea sábado, me gustaría ir al colegio”.

Te preguntarás que es lo que ha podido cambiar. Bueno, te haré un breve recorrido. Mira, hace un año y medio me sentía una madre triste, una madre que veía cómo su hijo perdía las ganas de aprender y de superarse, la autoestima iba día a día en declive. Mil veces intenté hablar con su maestra pero un muro nos separaba, yo quería que entre ambas le ayudáramos pero la comunicación no fluía, parece que no era capaz de ver nada positivo que pudiéramos hacer entre ambas. Todas las notas que me enviaba en la agenda, eran negativas y esto nos hundía a todos (no te puedes imaginar las tonterías de las que se quejaba a veces).

El niño solía traer muchísimos deberes a casa. Hoy he descubierto que en clase poco hacía, y en casa intentábamos compensar lo que no hacía en clase para que no se quedara atrás. Llegó a tal punto el malestar que nos producía ir a hablar con su maestra que mi marido y yo nos turnábamos para ir a recoger sus notas. Soy una persona muy positiva, aunque la situación ya me iba minando, mi cabeza no dejaba de dar y dar vueltas para tratar de buscar la solución a este problema, porque yo quería hacer recuperar a mi hijo su autoestima y las ganas de ir al cole. Después de sopesar mucho la situación y asumir el riesgo a equivocarnos decidimos cambiar al niño a otro cole, otro cole con una pedagogía más próxima a nuestra manera de entender la educación. Conocimos a la que sería su tutora y en la primera entrevista hablamos, hablamos de muchas cosas y en este hablar y compartir inicial pudimos hablar desde el corazón. Yo supe en ese momento que habíamos iniciado el camino de la recuperación y de la alegría. Hemos trabajado mucho todos, sus maestras y maestros, él y nosotros con él pero día a día vemos cómo va creciendo y confiando en sus posibilidades. Sus notas son cada día mejores. Tengo que decirte que a día de hoy ya “no quiere ser viejo”, quiere ir al cole y sobre todo ser muy alto de mayor. Los coles de los que hablo son los dos públicos. Un afectuoso saludo”.

Las conclusiones van cayendo por sí solas como las frutas maduras de un árbol. La primera es que, en este caso, como en muchos otros, el niño no era el problema, sino una escuela (quizá solo una tutora, escasamente sensible a la problemática planteaba por el niño y cerrada a las sugerencias que desde la familia se le hacían). Cuántas veces hemos situado la causa de los problemas en un lugar que no está Y, claro, cuando se diagnostica mal, no se puede encontrar la solución. Poner la causa de la desmotivación exclusivamente en los alumnos y las alumnas, hace que nosotros no mejoremos nuestra actividad profesional.

La segunda es la importancia de la familia en el seguimiento del proceso de aprendizaje. Está muy claro que el compromiso de los padres de este niño ha sido determinante en la transformación que ha vivido. La preocupación primero, la decisión del cambio después y la colaboración intensa con la nueva tutora fueron el puente por el que transitó el niño de una situación desalentadora a una vivencia llena de entusiasmo. De una actitud pesimista que le llevaba a desear algo antinatural (ser viejo) a otra más positiva y lógica que es desear ser alto cuando sea mayor. De una actitud que hacía odiosos los viernes porque pronto llenaría el lunes a otra en la que el fin de semana es un compás de espera para comenzar a disfrutar de nuevo.

La tercera es la confirmación de que muchos problemas tienen solución cuando todas las partes se ponen a remar en la misma dirección. La sinergia de todas las fuerzas es fundamental en educación. ¿Qué sucedería en una canoa en la que los doce remeros se mueven de forma desacompasada, cada uno a su aire, cada uno a su gusto?

La cuarta tiene que ver con los plazos y los ritmos. Muchas veces se sufre como si las situación fuere definitivamente desastrosa. Cuántas veces he visto a familias sumidas en la desesperación por la flojera o el extravío de un hijo adolescente y, tiempo después, las he visto felices y satisfechas por el cambio que ha vivido. Nunca hay que desesperar. Hasta una patada en el culo puede ser positiva porque nos hace avanzar con más rapidez.

La quinta conclusión es de otra naturaleza. Me refiero al hecho de que los dos colegios en cuestión sean públicos. Con la misma legislación, la misma administración, los mismos sueldos y parecidas condiciones el niño encuentra en un colegio un lugar desalentador y en el otro un lugar cargado de esperanza. A mi me gusta decirles a los docentes lo que tantas veces me he dicho a mí mismo: Que tu escuela sea mejor porque tú estás trabajando en ella.

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