Es que tenemos cachorritos

En mi Facultad de Ciencias de la Educación, durante dos meses, el periódico El País, hace campaña repartiendo ejemplares gratuitos a quien desee recibirlos. Diariamente veo a una simpática jovencita detrás de varios montones de periódicos. Ella va entregando a quien se acerca un ejemplar (o más si se le pide).

Y se queda de piedra al escuchar la respuesta de estas lectoras fallidas: Es que nosotras tenemos cachorritos…

Me sorprendía ver que los montones, después de varias horas, mantenían casi su altura inicial. Me acerqué espoleado por la curiosidad y, después de los saludos de rigor, pregunté a la hermosa joven que reinaba detrás de la montaña de papel impreso:

- ¿Cuántos ejemplares traes cada mañana?
Contó los 30 bloques, dijo que había 25 ejemplares en cada uno e inmediatamente me dio la respuesta:
- Exactamente 750.
- ¿Los repartes todos?
- No, qué va. Mas o menos la mitad.
- ¿Sucede lo mismo en todas las Facultades?
- Sí, incluso en la de periodismo.
- ¿Lo saben los responsables del periódico?
- Pues sí, lo saben, pero no les interesa traer menos, a pesar de que no se repartan, porque reciben subvenciones según el número de ejemplares que se traen.

Le di las gracias por su trabajo y por su información. Me dijo que era Licenciada en Bellas Artes (¡cómo está el país, Señor!). La compadecí. Y me fui preocupado por el nivel de lectura de nuestros estudiantes universitarios. No me fui defraudado por ellos sino por nosotros y nosotras, sus docentes. ¿Qué hacemos (o dejamos de hacer) para que no estén interesados por la lectura? ¿Qué decimos (o dejamos de decir) pasa que no están preocupados por la actualidad? Tendríamos una respuesta clarísima si de los profesores y profesoras que pasan por el hall muchos no se acercasen al punto de reparto. Quiero pensar que no es así.

Me preocupa mucho la desafección respecto a la lectura. Como dice sagazmente Manuel Alcántara: “Cuando alguien nos dice que no lee, bien podría ahorrare la confidencia”.

En el edificio donde se reparte gratuitamente El País hay más de seis mil alumnos y alumnas pertenecientes a dos Facultades: la de Ciencias de la Educación y la de Psicología. Cuando veo los montones de periódicos que sobran cada día no puedo por menos de pensar que el interés por la lectura es muy escaso.

Con las personas pasa como con los cerdos (perdón): según lo que comen así es la calidad del jamón. Es decir, que según lo que se lee, así estará llena de ideas la mente.

No recuerdo en qué película, una belleza femenina tan despampanante como inculta decía alardeando de que leía el periódico de vez en cuando:

- Yo leo el periódico espasmódicamente.

No era de extrañar.

Me devano los sesos preguntándome por las formas eficaces de despertar el amor a la lectura, la pasión por la lectura. No creo que la causa sea el tipo de periódico que se distribuye. Estoy convencido de que pasaría lo mismo si se repartiesen El Mundo, ABC, La Razón, Público o La Vanguardia…

Claro, que aumentaría la difusión si el contenido del periódico fuese objeto de examen. Y eso me preocupa porque significaría que solo se lee aquello que va a ser objeto de examen, pero no aquello que realmente interesa.

Le comento mi preocupación a mi querida compañera y amiga Lola Alcántara. Y ella, con su perspicacia a la vez congénita y aprendida, agranda la herida de mi preocupación. Me cuenta que, al recoger el periódico, vio a dos alumnas que, a su lado, pedían su ejemplar. Ella muestra su satisfacción y les dice:

- Qué bien que haya estudiantes interesadas por leer.

Y se queda de piedra al escuchar la respuesta de estas lectoras fallidas:

- Es que nosotras tenemos un cachorrito…

Es decir que los periódicos que solicitaban no estaban destinados a alimentar sus mentes con noticias y reflexiones sino a contener los excrementos de su cachorro. ¿Por qué no leen ni gratis? No es por falta de tiempo porque por allí deambulaban muchos estudiantes y charlaban sentados en los bancos o en la cafetería. Es, de forma inequívoca, por falta de interés. Y siempre que esto sucede vuelvo la mirada hacia la educación. A los padres y madres. A los educadores y educadoras.

Puede ser que no nos vean suficientemente aficionados a la lectura a los adultos. Si nosotros no leemos, si a nosotros no nos apasiona la lectura, no podemos inculcar esa afición. Porque nadie da lo que no tiene.

Puede ser que no hayamos sabido despertar el interés por la lectura, que no hayamos sido capaces de impulsar estrategias adecuadas para que surja de forma poderosa esa absorbente ilusión. Dice Azorín: “Las lecturas que se hacen para saber no son, en realidad, lecturas. Las buenas, las fecundas, las placenteras son las que se hacen sin pensar que vamos a instruirnos”. Bruno Betlelheim y Karen Zelann, en su excelente libro “Aprender a leer”, dicen: “Nuestra tesis es que el aprendizaje –especialmente el de la lectura- debe dar al niño la impresión de que a través de él se abrirán nuevos mundos a su mente y a su imaginación. Y eso no resultaría difícil si enseñásemos a leer de otra manera”.

Puede ser que la era de lo digital haya mermado el interés por la lectura en soporte de papel. Pero no creo que quienes desprecian los ejemplares del periódico se asomen luego a la edición digital cuando lleguen a sus casas.

Pienso también en la posible causa de que la lectura requiere más esfuerzo de concentración que la simple contemplación de imágenes fijas o en movimiento. Vivimos en la era de la distracción. Estamos dominados por el síndrome del picaflor. El picaflor es un diminuto pajarito que vuela de flor en flor extrayendo su néctar, pero sin posarse jamás en ninguna.

¿Qué hacer?

Pues, en primer lugar, los adultos tenemos que disfrutar con la lectura, hay empezar por apasionarse con la lectura. Porque si nosotros no leemos, si nosotros los padres y profesores no tenemos interés por los libros, es imposible que los niños se aficionen a la lectura.

Dice Fernando Savater en su libro “Mira por dónde”: “Ninguna madre tiene derecho a quejarse de que sus hijos nunca lean o lean a regañadientes si ella no ha sido capaz de leerles de vez en cuando como tú me leías a mí… incluso mucho después de que ya supiese leer perfectamente, solo por darme gusto”.

Mi admirado y querido amigo Paco Abril ha tenido la gentileza de pedirme un prólogo para su estupendo libro “Los dones de los cuentos”. Uno de los dones de los que habla es el don del deseo de leer. Dice: “Leer es acceder al inmenso caudal de sutiles conocimientos acumulados desde la invención de la escritura, es conseguir establecer complicadas conexiones entre las neuronas de nuestros cerebros creando senderos insólitos de percepción y comprensión; es navegar de una lado a otro por océanos de papel impreso que amplían sin cesar nuestros horizontes”.

Emily Dickinson dice que “no hay mejor fragata que un libro para llevarnos a tierras lejanas”. Me preocupa que nuestros estudiantes no quieran embarcarse en esta empresa maravillosa, ni siquiera de forma gratuita. Me preocupa que esas dos alumnas (y tantas otras) solo quieran el papel impreso para hacer la cama a sus cachorritos.

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Ejemplo de mal ejemplo

Supongo que el lector o lectora se habrán enterado. La noticia ha corrido como la pólvora por los medios de comunicación y los mentideros políticos. Repasaré rápidamente los hechos para que se sitúen quienes me leen desde lugares alejados de España. La señora presidenta del Partido Popular de la Comunidad de Madrid, doña Esperanza Aguirre, aparcó su coche hace unos días en el espacio reservado para el carril bus en la Gran Vía de Madrid. La Policía de Movilidad le pidió la documentación (la suya y la del coche) y ella, en lugar de entregárselas, como hubiera hecho cualquier ciudadano medianamente educado, optó por darse a la fuga, derribando con su coche una moto de la policía y desoyendo las reiteradas órdenes de que detuviese su vehículo. Comportamiento triplemente indebido: aparcar en un lugar prohibido, negarse a entregar la documentación y huir a pesar de las órdenes de detención. Perfecto ejemplo de mal ejemplo.

Comportamiento triplemente indebido: aparcar en un lugar prohibido, negarse a entregar la documentación y huir a pesar de las órdenes de detención. Perfecto ejemplo de mal ejemplo.

Pero, con ser este comportamiento inadmisible en una persona que tiene una responsabilidad política tan importante, lo peor, a mi juicio, ha venido después. La señora Aguirre, que tiene una cara de feldespato, se ha paseado por emisoras de radio y televisión falseando la realidad, inculpando a los agentes de la policía, haciendo bromas improcedentes y acusando a los profesionales que la multaron de machistas. ¿Machistas? O sea que el profesor que suspende merecidamente a una alumna es un machista, el conductor de un autobús que no deja subir a una mujer sin billete es un machista, el portero de un teatro que no deja pasar a una mujer sin entrada es un machista… Lo dicho, cara de feldespato.

Para la señora Aguirre hay dos tipos de ciudadanos, ella y los que quisieran ser como ella. Los que quisieran ser como ella, y no lo son, pertenecen a una categoría inferior. Ella puede aparcar donde quiera, negarse a dar la documentación, no hacer caso a las órdenes, reírse de los agentes, falsear la realidad y decir que ella no dimite porque no quiere dimitir.

Y, como digo, lo peor no fue la reacción inmediata, que se puede explicar por la rabia, la mala suerte de haber sido sorprendida en una infracción fugaz, la prisa por llegar a casa… Lo peor es que, ya en frío, ha mantenido y agravado su prepotente e inadmisible reacción inicial.

Afortunadamente, tanto la alcaldesa de Madrid como la vicepresidenta del Gobierno (ambas de partido), lejos de reírle las gracias, han dicho que la ley es igual para todos y que no ponen en tela de juicio la profesionalidad de la policía.

He dicho muchas ves que no hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. ¿Qué autoridad le asiste a la señora presidenta del PP cuando insta a los ciudadanos y ciudadanas a cumplir la ley, a responder a los requerimientos de la policía, a respetar los bienes públicos…?

Desde mi punto de vista, lo sucedido es muy grave. Porque desvela unas actitudes que si se ponen de manifiesto de esta manera tan escandalosa en un incidente menor y público, ¿qué puede uno pensar que sucederá en asuntos de mayor trascendencia que permanecen ocultos a los ojos de la ciudadanía?

En una emisora de radio algunos tertulianos, incluida la presentadora, se mostraban muy sorprendidos por el proceder de la señora Aguirre. A mí no me extrañó nada su comportamiento porque pienso que su talante es autoritario, porque su actitud suele ser altiva. Las manifestaciones posteriores me parecieron de una desfachatez inaudita. De modo que no solo no pide perdón a los agentes, que tuvieron una actuación impecable, sino que dice que aparcaron mal su moto, que quien sufre un ataque de ansiedad por multar a una persona famosa no puede ser policía, que hicieron falta seis hombres para imponerse a una “sexagenaria”…

Es la típica reacción del “¿usted sabe quién soy yo?”, “a usted se le va a caer el pelo”, “tenga cuidado con lo que hace”, “usted no sabe con quién está hablando”… Pues sí lo sabemos, deberían haberle dicho los agentes: ”estamos hablando con una ciudadana que debe cumplir como todos la ley, que tiene que respetar las normas, que tiene que servir al pueblo y no servirse de él, que está ahí porque el pueblo la ha elegido, que por ser autoridad tiene que dar ejemplo…”.

Estas son las típicas autoridades a las que uno puede temer. Por eso me ha parecido valiente el comportamiento del policía que acudió a una comisaría a denunciarla. Sin amilanarse, sin achantarse, haciendo lo que hubiera hecho con cualquier otro ciudadano o ciudadana. Este tipo de personas suelen defender a la policía cuando interviene con cierta contundencia en manifestaciones y conflictos. Pero cuando se trata de ellas mismas, la situación es diferente. Ellas no pueden ser multadas, a ellas no se les puede pedir respetuosamente la documentación, no se les puede exigir que se detengan. Pero, ¿por quién se tienen? No saben lo que es la democracia. Ellas vienen de lo alto para hacer su santa voluntad.

Acabo de leer en este periódico que doña Esperanza se pregunta con sorpresa por qué se dedica tiempo a critica su comportamiento dada la gravedad de los problemas que existen. Pues mire, doña Esperanza, se lo diré en breves palabras: porque el mal ejemplo de los políticos y las políticas, en este y otros terrenos, es un problema muy grave. Esa reacción de prepotencia deja traslucir un talante, una actitud, una forma de ser que nada tienen que ver con la democracia.

También he oído a los turiferarios de turno justificar la postura de esta peculiar lideresa popular o explicarla de manera para mi incomprensible. Han dicho que todo se debe a una conspiración de la izquierda, han dicho que le tienen envidia por ser rubia y aristócrata y que ella tiene esos atributos masculinos que tanto admiran algunos empresarios cuando se refieren a ella.

Nunca se insistirá suficiente en el valor que tiene la autoridad en una democracia. Porque en ella la autoridad está al servicio del pueblo, está para dar ejemplo de honradez y de cumplimento de las leyes. Esto se oye una y otra vez en época de elecciones, pero se olvida fácilmente cuando éstas se celebran. Qué tremendo error la postura de algunos políticos combatiendo a brazo partido la imprescindible asignatura de “Educación para la ciudadanía”. Se nota mucho en algunos y algunas que no la cursaron. Este es el caso.

En el libro de Thomas Catchcart y Daniel Klein “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, que tiene como subtítulo “Las mentiras de los políticos analizadas con humor” se dice: “Pedir disculpas siempre es complicado para los políticos: tienen que parecer humildes pero fuertes, afectados, pero dignos, responsables, pero culpables. No obstante, la combinación de opuestos no ha constituido nunca un problema para los políticos hábiles. Y como lo maestros de la comedia, saben que todo consiste en encontrar un momento preciso”.

Ni eso ha sabido hacer en este caso doña Esperanza. Ella no pide disculpas, da golpes. Ella no reconoce el error, hace bromas. Ella no quiere dimitir y, de hecho, no lo hará. Tampoco la relevarán sus jefes. Pero los ciudadanos y ciudadanas tenemos en las manos la posibilidad de decir en las eleccciones cuál es nuestra opinión al respecto.

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Pedagogía terciaria

Le preguntaron a un profesor, aquejado de problemas de disciplina y aprendizaje en el aula, cuál era su forma de afrontar la compleja situación a la que diariamente se encontraba. Sin mucha espera, sin la menor reflexión, contestó:
- Aplico la pedagogía terciaria.
- ¿En qué consiste la pedagogía terciaria?, inquirió el interlocutor.
- Muy sencillo. Consiste en que cuando tengo problemas hago lo que se tercie.

Quiero decir con estas líneas que hay que acabar en este país con la nefasta idea de que quien no sirve para otra cosa, vale para la enseñanza.

Lo que quería decir este profesor es que, cuando existían dificultades en el aula, actuaba como Dios le daba a entender, como se le ocurría. Es decir, al tuntún, de cualquier manera. Sin mediar investigación alguna, sin el rigor de la lógica, sin la ayuda de lecturas o consultas y, claro está, sin la menor aplicación de competencias profesionales contrastadas.

No es solo este profesor. Hay muchos profesionales de la educación y muchas personas que piensan así. Que no es necesario un conocimiento especializado, que no hace falta más que la intuición o la buena voluntad.

Existe el mito muy arraigado en nuestra sociedad de que para ser profesor no hace falta mucha preparación especializada. De hecho, para ser profesor universitario nada se pide o se exige referido a las competencias específicas de la enseñanza. Basta acreditar que se poseen conocimientos suficientes y que se han hecho investigaciones y publicaciones en la materia que se va a enseñar.

Poco más se hace en la preparación de profesores y profesoras de Secundaria. Hasta no hace mucho bastaba seguir un Curso de Aptitud Pedagógica que se solía realizar de forma apresurada, masificada y escasamente exigente. Ahora es preciso realizar un Master que ha mejorado en algo la situación, pero que considero todavía insuficiente en duración, estructura y exigencia.

En la formación de maestros y maestras se han elevado a rango de Grado los estudios que antes eran solo Diplomaturas. Pero todavía queda mucho camino por recorrer, ya que la masificación es alarmante y la vertiente práctica insuficiente.

Un problema añadido es que llegan a las Facultades de Educación alumnos y alumnas que no han podido acceder a sus estudios preferidos, de modo que se encuentran realizando estudios de Magisterio personas que no solo no deseaban hacerlos sino que rechazan con fuerza su futura condición de docentes.

¿Qué decir de los procesos de selección? Acaba de terminar su tesis doctoral, bajo mi dirección, Marcos Antonio Ruiz Valle, un maestro de cuerpo y alma. Ha hecho un excelente trabajo analizando el proceso de adquisición de la condición de funcionarios de los maestros y maestras de Infantil y Primaria. Que yo recuerde, ni uno solo de los informantes (Inspectores, Directores, Profesores de Academias, Presidentes y miembros de tribunales, candidatos evaluados… considera adecuado y justo el sistema de acceso a la profesión docente.

El profesor Xavier Melgarejo ha escrito un libro titulado “Gracias, Finlandia”. Y, hablando del proceso de selección de profesores de este país dice algo tan obvio como esto: “El proceso de selección del profesorado parte de la base de que para realizar su función el profesor debe tener unas cualidades individuales que permitan el desarrollo de su función docente”. ¿Cuáles son esas cualidades? Fundamentalmente dos: capacidad educativa y sensibilidad social.

La selección se produce antes de entrar en los estudios de Formación de profesorado, no después, como hacemos nosotros. De esa manera se ofrecen las plazas que se necesitan y por eso el desempleo de profesorado es mínimo. Para acceder a los estudios de Magisterio se pide una media superior a 9 en el promedio de Bachillerato y reválida. Es decir, los mejores estudiantes tienen que dedicarse a esta tarea tan importante. Y el candidato debe demostrar su sensibilidad social por lo que se valora mucho el haber participado en actividades sociales. Concluye el profesor Melgarejo: “Los finlandeses consideran que si la persona en cuestión no muestra esos rasgos esenciales, se puede dedicar a cualquier cosa, pero no a la educación de sus hijos”.

Una vez superada esta fase, cada Facultad organiza una segunda selección de los candidatos consistente en una entrevista, el resumen de la lectura de un libro, una explicación de un tema ante una clase reducida y la demostración de habilidades artísticas. Desde la década de los 90 se añadieron dos pruebas más: una de matemáticas y otra de Tecnología de la Información.

La entrevista permite explorar aspectos que no pueden apreciarse a través de ejercicios escritos. Pienso en la capacidad de comunicación, en la actitud social y en la empatía, tan importantes en el ejercicio de la profesión docente. También permite detectar a personas con trastornos psicológicos (el margen de error, según algunos estudios es del 0.025%). El Estado se asegura así (téngase en cuenta que la enseñanza pública supera el 90% en Finlandia) que no entren en la enseñanza personas con problemas emocionales o mentales.

¿Qué decir de la selección de los formadores en las Facultades de Educación y en las Escuelas de Prácticas? “Si la nota de entrada a las Facultades debe ser superior a 9 y solo consiguen acceder estudiantes tremendamente motivados, nos podemos imaginar la calidad de los profesores de estas facultades que deben enseñar a una élite estudiantil”, dice Xavier Melgarejo.

Algo parecido sucede en Cuba. Visité el país durante un mes hace ya muchos años para estudiar su sistema educativo, que tiene luces y sombras. Pero en esta cuestión los criterios son muy razonables. Quienes, por ejemplo, desean estudiar Química y hacerse químicos, ingresan en la Facultad de Química y quienes quieren dar clase de Química van al Instituto Pedagógico de Química. Para ingresar en la Facultad de Química hacen falta, pongamos por caso, 92 puntos sobre 100. Para ingresar en el Instituto Pedagógico de Química hacen falta 98 sobre 100. Es decir, los mejores, a la enseñanza.

Quiero decir con estas líneas que hay que acabar en este país con la nefasta idea de que quien no sirve para otra cosa, vale para la enseñanza. Quiero decir también que si la tarea de la educación es importante hay que destinar a ella a los ciudadanos mejores y más capacitados del país. Y quiero decir que la sociedad tiene que manifestar a los docentes el aprecio y el respeto que merece la trascendental tarea que realizan.

Además de saber, además de tener la competencia, es preciso querer hacerlo bien. Y para eso están los sistemas de dirección y de evaluación que permiten acreditar que el profesor está desempeñado bien la tarea. Y luego hay que poder hacerlo bien. Es decir, que tiene que haber buenas condiciones para realizar el trabajo. En Finlandia, por ejemplo, cuando en una aula hay un alumno con necesidades educativas especiales, no puede haber más de 10 alumnos.

Desde mi punto de vista, la piedra angular de la mejora del sistema educativo, es el docente. Si no está bien seleccionado y bien formado, si no tiene unas buenas condiciones de trabajo y si no goza del prestigio social que se merece, estaremos abocados al desarrollo progresivo de la pedagogía terciaria.

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La cestita de caramelos

Tengo en mi mesa de despacho de la Facultad de Ciencias de la Educación una cestita de caramelos que no se ha vaciado en muchos años. No porque sigan en ella los mismos caramelos que deposité el primer día sino porque los he ido renovando a medida que iban desapareciendo en las manos (luego en la boca) de mis alumnos, compañeros y visitantes.

Tengo en mi mesa de despacho de la Facultad de Ciencias de la Educación una cestita de caramelos que no se ha vaciado en muchos años.

Un pequeño detalle que solo pretende poner un poquito de dulzura en las muchas veces desabrida cotidianidad universitaria. A veces, cuando la espera de los alumnos y alumnas ante algunos despachos de la planta se prolonga, salgo del mío con la cestita y ofrezco un caramelo a los pacientes alumnos.

- ¿Un caramelo?

No todos aceptan. Algunas veces van diciendo que no hasta que uno, más decidido, se anima:

- Voy a coger este de limón.

Y los que habían dicho que no, ahora se deciden y comienza la ronda. Lo que siempre vi, aunque no aceptasen la invitación es qu, ante el gesto de la cestita, se les venía a la cara una sonrisa.

- Muchas gracias.

Traigo aquí este minúsculo detalle porque quiero hacer algunas reflexiones sobre la cultura de los pequeños gestos, de las ingeniosas manifestaciones que hacen la vida más llevadera. Me gustaría elaborar un Manual de hermosos detalles docentes. Porque estoy seguro de que los hay. En todos los niveles del sistema educativo. En todos los centros. En todas las aulas. Unos que tienen que ver con el aprendizaje, otros con los afectos, otros con la creación de un buen clima en la escuela y en el aula.

A continuación voy a compartir con los lectores y lectoras algunas iniciativas que conozco y que, a bote pronto, se asoman a las teclas del ordenador

- Pienso en el profesor que hace un pequeño regalo todos los días a sus alumnos. El regalo de un pensamiento, de un poema, de una canción, de un cuento, de una anécdota… Los alumnos esperan con ilusión cada día el momento del regalo. Y se sienten respetados y queridos. Se sienten dignos de una atención especial.

- Conocí un profesor que les daba dos caramelos a cada uno de los niños de su aula. Siempre con la misma cantinela que ellos se sabían de memoria: “Toma, el de hoy y el de mañana. Y mañana otra vez”. Era una hermosa forma de decirles que nunca les faltaría ese detalle, ese minúsculo gesto de afecto.

- En una artículo de hace años comenté la historia de una profesora que les pidió a los alumnos que escribieran la idea más hermosa respecto a cada uno de los compañeros de la clase. Ella, en el fin de semana, confeccionó la lista de todas las frases hermosas que le habían escrito a cada uno todos los compañeros. Conté en aquel breve texto que uno de los alumnos de aquella clase conservó esa lista hasta la muerte.

- Mi amigo Horacio Muros, director de una escuela en la provincia de Mendoza (Argentina) confeccionó unas tiras con el texto: “Vale por una sonrisa”. Alumnos, padres y profesores de la escuela distribuyeron las pequeñas tiras intercambiándolas por sonrisas. La escuela se convirtió en un hermoso lugar en el que el lenguaje de la sonrisa se hizo presente en la comunicación de todas las personas de la comunidad.

- Este Director, que tuvo la amabilidad de proponerme como Padrino Pedagógico de su escuela, recibe todos los días con un saludo a la entrada a los alumnos y a los profesores y profesoras, dándoles los buenos días y deseándoles una feliz jornada. En otra ocasión, colocó en la sala de profesorado un Probador de Imagen, es decir un espejo que tenía dibujada en la parte alta una sonrisa. Cuando alguno se miraba en el espejo veía reflejada la sonrisa en su rostro.

- Mi querido amigo Manolo Alcalá, ya jubilado, cuando era Director del IES Puerta de la Axarquía, regalaba el primer día de curso a cada uno de los docentes, una ramita de romero o de otra planta (recogida del jardín mitológico-aromático que cuidaba en el Instituto) acompañada de un poema de bienvenida y de buenos deseos.

- El día de su cumpleaños un maestro invita a todos sus alumnos y compañeros a un aperitivo antes de la comida o a una sencilla merienda por la tarde. Una forma de compartir la experiencia de la vida.

- Una profesora celebra el cumpleaños de los alumnos, se sabe la fecha, les hace un regalo, canta en la clase el “Cumpleaños feliz” y comparte la alegría de una celebración que no solo ha de ser familiar. ¿Por qué no en la escuela? ¿Por qué no compartir la alegría de

- Un profesor escribe todos los años una carta de despedida a sus alumnos y alumnas. Repasa en ella lo que ha sido el curso, les desea felices vacaciones y le algunas sugerencias para el futuro.

- Una profesora universitaria, mi querida amiga Lourdes de la Rosa, ha dejado constancia en un escrito de las iniciativas que pone en marcha para crear un clima positivo en el aula. Dice textualmente: “Desde hace varios años, el primer contacto que tenemos el alumnado y yo es la presentación inicial de todos y cada uno de nosotros y nosotras. En esta presentación se propone que cada cual comente algo sobre la asignatura (por ejemplo sus expectativas, lo que el piensa que puede aportar a la misma, etc.) y, por otro lado, se anima a que cada cual exprese algo de sí mismo/a, alguna particularidad que constituya una marca de identidad, algo que lo caracterice. Para evitar la contaminación entre los propios compañeros se pide que esto se realice, en primer lugar, de manera sucinta por escrito y, posteriormente, se comunica en alta voz al resto de la clase. Por la misma razón, mi presentación pasa a ser la última de todos los y las presentes”.

No tengo más espacio. La relación sería casi infinita. La pedagogía de los detalles crea un clima afectivo en el que es fácil aprender y es maravilloso convivir. No se trata de actos heroicos, de gestos sublimes sino de pequeñas acciones que tienen cabida en cualquier momento de la vida de la escuela y del aula.

Hay que poner la creatividad al servicio de la convivencia. Tomar iniciativas que ayuden a mejorar la comunicación. Creo que cada uno debe preguntarse en qué medida su actuación hace mejor la vida en común de las instituciones.

No se trata solo de mejorar la convivencia y de mostrar respeto y afecto sino de generar una disposición abierta al aprendizaje. Esta profesión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y por el amor a quienes se enseña. Hay quien podría pensar que estas cuestiones no tienen que ver con el aprendizaje. No es así. Cuando el constructivismo plantea las exigencias necesarias para que se produzca aprendizaje significativo habla de la estructura lógica interna del conocimiento, de la estructura lógica externa (que case con lo que el aprendiz ya sabe) y habla también de la disposición emocional hacia el aprendizaje. La cultura de los detalles genera esa disposición emocional. No se pierde el tiempo cuando se dedica a crear un clima armonioso, cuando se procura despertar en quienes aprenden y en quienes enseñan un estado emocional equilibrado y satisfactorio.

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Los dos lobos

¿Hacia dónde nos encaminamos como personas, como miembros de las instituciones y como ciudadanos y ciudadanas que integran la sociedad en que vivimos? No va a marcar el signo de nuestra evolución ni la suerte, ni el destino, ni el azar, ni los dioses, sino nuestra decidida voluntad de compromiso con la verdad y con el bien. Es decir que somos nosotros quienes vamos a imprimir el signo positivo o negativo de nuestra convivencia y de nuestra historia.

En ella cuenta el autor que un camarero de un bar romano le va regalando a una anciana vecina que no puede salir de casa, unas tazas de café que ha encargado y que llevan inscripciones de la ciudades más turísticas del mundo.

Puesto que somos libres, podemos ser responsables. Y es en esa responsabilidad personal y colectiva donde sitúo el quicio de nuestros exitosos o ruinosos presente y futuro. No tenemos garantizada la felicidad, ni la bondad, ni la justicia, ni la paz. Y tampoco está garantizado el desastre. Lo que tenemos es aquello que depende de nosotros mismos, de nuestro empeño, de nuestro esfuerzo, de nuestra voluntad de superación.

Expresa con claridad esta idea la historia que cuento a continuación y de la que he podido comprobar que existen múltiples versiones.

Un viejo indio estaba hablando con su nieto al calor y a la luz de la hoguera. El chico preguntó:

- Abuelo, abuelo, ¿qué es lo que sucede dentro de mí? Unas veces deseo ser bueno y otras no.

- Hijo, le dijo el abuelo, dentro de ti luchan dos lobos vigorosos. Uno de ellos siempre está malhumorado. Es malo, violento, vengativo y cruel. El otro siempre está de buen humor y está lleno de bondad, de compasión y de amor.

- Abuelo, ¿cuál de ellos ganará?, preguntó el nieto.

El abuelo se quedó pensativo unos segundos y contestó:
- El que tú alimentes.

Hermosa historia. Aleccionadora historia. Lo que en ella se plantea es válido para los individuos, para las instituciones y para las sociedades. En las personas y en los grupos se produce una permanente lucha entre el bien y el mal. Y ganará esa lucha aquella fuerza que sea cultivada a través de actitudes y de acciones de un determinado tipo. Si ayudamos a los demás, si nos mostramos compasivos y solidarios, si nos comprometemos con la causa de la igualdad, si, en definitiva, hacemos el bien, ganará esa pelea el lobo bondadoso.

Nuestra situación, personal y social, no está sometida a determinismos de diferente condición: biológico, sociológico, ideológico… No estamos condenados a ser buenos o malos. No es la herencia, no es el destino, no es el azar. Es nuestra determinación de hacer el bien y de mejorar la sociedad.

Apuntarse al fatalismo diciendo: “yo soy así”, “estamos condenados a ser así”, “nunca dejaremos de ser así”, “la vida es así”, como si nada dependiese de nosotros, es un fatal error que nos entrega al desaliento y al pesimismo. Creer, por el contrario, que las cosas están en nuestras manos, que somos nosotros quienes gobernamos nuestra vida, nos conduce a la responsabilidad y al compromiso.

Nosotros hacemos nuestra historia. Nosotros construimos el futuro. Esa historia y ese futuro serán lo que nosotros estemos dispuestos a ser. Depende a cuál de los lobos queremos alimentar. ¿Cómo se alimenta al lobo optimista que siempre está de buen humor y que está lleno de bondad, de amor y de compasión? Ese lobo se alimenta con acciones generosas, con palabras sinceras, con expectativas optimistas, con estrategias equitativas, con actitudes bondadosas.

Comportamientos heroicos, a veces, como el que cuenta Mario Vargas Llosa en su última novela “El héroe discreto”. Se trata de un ciudadano de a pie que arriesga la vida con valor y honradez para no ceder ante el chantaje. Comportamientos minúsculos, a veces, en los que mostramos hacia el prójimo el respeto y la bondad. Acabo de leer la novela “El primer café de la mañana”, escrita por Diego Galdino, propietario de un bar en el centro de Roma, como el protagonista de su novela. En ella cuenta el autor que un camarero de un bar romano le va regalando a una anciana vecina que no puede salir de casa, unas tazas de café que ha encargado y que llevan inscripciones de la ciudades más turísticas del mundo: una tacita de París, una tacita de Barcelona… La anciana va viviendo a través de las tazas experiencias y emociones inusitadas. Dice Galdino:

“- Mira dónde voy a llevarte hoy (le dice a la anciana el camarero y dueño del Bar Tiberi).
Y le tendió la tacita de Barcelona, con un cuadro de Miró.
- Gracias, cariño. ¡Son emociones un poco fuertes para mi edad. Esperemos que mi corazón aguante!, dijo sonriendo.
- Pues claro que aguantará: es una ciudad estupenda, con el aire del mar que sube por las Ramblas, el Museo Picasso, las casas de Gaudí…
- Ah, qué maravilla –dijo ella con los ojos entreabiertos- ¡y todo eso sin moverme de casa y sin el riesgo de que me roben! Gracias, Massimo, deja que te de un abrazo! Pero nada de ir a una corrida de toros, ¿eh? ¡Que eso me da repelús!”. (…).
“ – Recuerda que esto es solo el principio. ¡De hoy en adelante, ten siempre la maleta lista!

Cada día un viaje distinto. Massimo sacaba a relucir los dos o tres lugares comunes sobre la ciudad en cuestión y se echaban unas risas… Luego le llegó el turno a París. Debía ser una ciudad como cualquier otra, pero aquella vez la señora María se quedó contemplando la tacita más de lo habitual, con una sonrisa enigmática. Había algo en su mirada que llamó la atención de Massimo. Nunca la había visto tan lejana y pensativa…”.

He citado dos novelas, una con acciones heroicas, la otra con el ejercicio de hermosos detalles. Cada uno de mis lectores y yo mismo podríamos citar, de forma interminable, ejemplos maravillosos de alimentación del lobo bueno, del lobo que vencerá en la lucha contra su poderoso contrincante. Apuesto por el optimismo. Apuesto porque sabremos alimentar mejor al lobo bondadoso, que acabará imponiendo su fuerza.

Ms queridos y admirados amigos José Antonio Marina y María de la Válgoma escribieron hace algunos años un hermoso libro (yo haría obligatoria su lectura en los centros escolares) titulado La lucha por la dignidad. Los autores dicen en la introducción:

“Los seres humanos queremos ser felices. Este proyecto colosal, irremediable y vago dirige todas nuestras creaciones. Es un afán privado, pero que solo puede colmarse mancomunadamente”.

El libro nos muestra la interminable lucha del ser humano por la dignidad. Cómo, a través del tiempo, unas veces de forma individual y otras de forma colectiva, unas veces de forma heroica y otra de forma anodina, el ser humano ha ido dando pasos hacia la conquista de la dignidad. Se nos muestra cómo hemos ido alimentando en nuestro corazón y en el corazón de la sociedad a ese lobo bondadoso que pugna con su perverso contrincante.

Nunca se acabará, probablemente, esa tarea. Es nuestra responsabilidad contribuir a que el lobo de la bondad vaya fortaleciéndose y vaya imponiéndose a su enemigo. La interpelación es individual y es, a la vez, colectiva. Si cada uno responde de sí mismo habremos conseguido mejorar todos, si en cada uno de nosotros el lobo dañino pierde su fuerza porque alimentamos a su adversario, habremos encontrado el camino de la felicidad personal y de la felicidad compartida.

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