No debo asustarme

Me cuenta una madre que a su hijo le han castigado en el Colegio haciéndole copiar cien veces una frase. Creí que esos castigos se habían terminado porque, a lo largo de los años, han ido dejando una estela de fracaso, de rabia y de dolor. ¿Qué nos hace persistir en ellos cuando se ha comprobado hasta la saciedad su inutilidad y sus perjuicios?

El profesor les mandó copiar cien veces la siguiente frase: “Es costumbre en esta localidad tirar cohetes para anunciar la proximidad de las fiestas. Por tanto no debo asustarme ni armar follón”.

En una localidad y un colegio cuyos nombres silenciaré, los alumnos mostraron un día en la clase su alborozo ante el ruido de los cohetes que anunciaban las fiestas locales. El profesor les mandó copiar cien veces la siguiente frase: “Es costumbre en esta localidad tirar cohetes para anunciar la proximidad de las fiestas. Por tanto no debo asustarme ni armar follón”.

Así, como suena. Incluido el elegante y educativo término de “follón”. Una frase larga para que se necesite más tiempo y se experimente más dolor en escribirla. No una, cien veces. Como si por repetirla se hiciese más verdadera. Como si por repetirla tuviese más eficacia. ¿Cuántos han aprendido algo a través de estas repeticiones, más allá de la rabia y el dolor? Lo que les exige este buen señor es que renuncien a su condición humana: “no debo asustarme”. Oiga, profesor, ¿y si me asusto? Y, por otra parte, ¿qué pasa si me asusto? ¿Es malo? Si me asusto, ¿hago daño al profesor o a los compañeros?

Si tuviera poder y la misma actitud sádica que tienen quienes mandan copiar, les impondría a los profesores que lo hacen este castigo:

- Copie cien veces la siguiente frase: “Los profesores no deben imponer castigos absurdos a los alumnos consistentes en repetir decenas de veces la misma frase”.

Y si al día siguiente no han terminado la tarea, doscientas veces. Y si al siguiente no han terminando, no podrán percibir el sueldo. Digo lo del sueldo porque algunos profesores, cuando los alumnos no terminan esa odiosa y estúpida tarea, le añaden otra dosis de irracionalidad y de injusticia a la situación: Si alguno no termina de repetir la frase todas las veces que se ha mandado, no podrán presentarse al examen. Puro chantaje. Pura injusticia. Pura irracionalidad.

Nunca he sabido lo que realmente pretenden los profesores al imponer esta tarea. No sé si quieren hacer sufrir, hacer perder el tiempo o ejercitar la escritura o la contabilidad de sus alumnos (iba a decir de sus víctimas). Ochenta y una, ochenta y dos, ochenta y tres… A mí me parece un comportamiento sádico. Me imagino al profesor viendo por el túnel del espacio y del tiempo al alumno inclinado sobre el papel, sin poder estudiar, sin poder jugar, sin poder dormir… Ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis…

Las preguntas lógicas ante este tipo de sanciones son, a mi juicio, las siguientes: ¿qué se pretende conseguir?, ¿qué se espera que suceda en el futuro?, ¿qué efectos se desean obtener como fruto de la copia? ¿Cómo comprobar si se ha logrado lo pretendido? ¿Por qué no se ha logrado? ¿Qué efectos secundarios se han producido?… Se me dirá, probablemente, que se pretende evitar que el alumno repita los mismos comportamientos.

En el caso que nos ocupa, nos encontramos con el problema de que los comportamientos que se pretende evitar son lógicos y naturales, en absoluto negativos. Lo que resulta discutible, a mi juicio, es la reacción del docente. ¿Por qué le molesta que los alumnos se sorprendan?, ¿por qué le irrita que los alumnos tengan un momento de bullicio? Son niños y niñas. Son niños y niñas normales. Las mesas del aula se quedan inmóviles y silenciosas cuando suenan los cohetes. ¿Es eso lo que pretende conseguir el profesor? A mi me parece más sensato que durante unos segundos el profesor se una a la alegría de las cercanas fiestas y vuelva al trabajo sin la menor complicación. Pero no. Algunos gastan más tiempo en imponer el orden, en soltar recomendaciones y reprimendas, en repartir castigos… que en motivar y enseñar. Es como si se regodearan haciendo sentir al alumnos el dolor de la espuela del poder. Como si quisieran hacer ver que la escuela no tiene nada que ver con esas alegrías.

Al imponer este tipo de castigos pueden suceder dos cosas. Que se extinga e comportamiento negativo o que no se extinga. Pero, en el primer caso, ¿habría que preguntarse?: cuando no exista el riesgo del castigo, ¿evitará también el comportamiento supuestamente negativo? Porque si lo que aprende es a evitar el comportamiento por temor al castigo, no se ha producido un hecho educativo. Cuando no haya castigo seguirá igual Ahora bien, si no se extingue el comportamiento, que es lo que habitualmente sucede, el castigo ha sido inútil o contraproducente.

Hay que preguntarse también por los efectos secundarios de estas sanciones. Frecuentemente generan rabia, despecho, odio y rechazo del educador y de la institución. Ese hecho irracional dinamita los puentes de contacto, hace perder autoridad. En su fuero interior l alumno se haría esta consideración: ¿por qué te voy a hacer caso si me tratas así?

¿Cuántas veces le pregunta al profesor al alumno castigado qué es lo que piensa sobre la situación? ¿Qué piensa de lo que ha hecho y de las consecuencias que ha tenido?

Téngase en cuenta que el castigo se impone desde una privilegiada situación de poder. El alumno se encuentra desarmado, impotente. No puede replicar, no puede decir lo que piensa, no puede negarse a hacer lo que le mandan, no puede decirle al profesor que haga otro tanto por su forma estúpida de reaccionar…

¿Qué decir de los castigos que privan de la escuela a quienes más la necesitan? Es como si pasásemos por un Hospital y dijésemos al ver a los enfermos más graves:

- Estos que están a punto de morir asfixiados que se vayan a sus casas quince días.

Oiga, habría que decir, no eche del Hospital justamente a quien tiene más necesidad de sus servicios. No les deje sin oxígeno precisamente a esos que no pueden respirar por sí mismos.

La reacción es muy fácil. Expulsión. Que se vayan. Pero, ¿para qué? Se suele decir: para que escarmiente el interesado y para que escarmienten los demás ¿Escarmientan? Nunca se sabe. Algunos pueden envidiar al infractor que se libra quince días del aburrimiento y la tortura. Lo que sucede es que carecen de agallas para hacer lo hizo el infractor.

No digo que no haya que imponer y exigir límites y buenos comportamientos a los alumnos. Es fundamental en educación. Pero primero los tenemos que tener nosotros. Y luego hay que imponer esos límites con racionalidad y amor. El amor consigue mucho más que la indiferencia y el odio.

Creo que si mejorase la participación de los alumnos en la vida del Centro, si aumentase su implicación en las decisiones y en la elaboración y aplicación de las normas, disminuirían los conflictos. No se consigue el orden aumentando la vigilancia, las amenazas y los castigos. Y, si se consiguiese, no sería de una forma verdaderamente educativa. Se trata de que aprendan a responsabilizarse, a respetarse y a convivir, no a evitar los castigos por puro temor.

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La edad de la ira

Acabo de leer una novela que había buscado insistentemente (después de escuchar al autor en una entrevista emitida por TVE internacional) y que una buena amiga, con quien intercambio libros como una forma estupenda de diálogo, me regaló amablemente.

En cuanto a la trama, el autor nos tiende, a mi juicio, una pequeña trampa que nace en la misma portada (título e ilustración) y se consolida durante el desarrollo de la investigación ,

Se trata de “La edad de la ira”, una novela escrita por Fernando J. López, profesor de Literatura de Secundaria, escritor y bloguero (imagino que por este orden). La acción se sitúa en un Instituto de Secundaria localizado en Madrid y describe con perspicacia la micropolítica de la institución (relaciones entre los diferentes miembros de la comunidad educativa, conflictos, quehaceres, amores…) mientras un periodista, exalumno de ese centro, busca explicaciones a un terrible asesinato. Se refleja muy bien en la novela la dinámica institucional, el entorno inmediato en el que se halla enclavado el centro y la vida de los adolescentes de hoy con sus crisis, emociones y sueños… En esa coctelera encontramos violencia, acoso cibernético, trapicheos con drogas y videos en youtube con humillaciones diversas. Y, cómo no, la vida de los docentes, sus afanes y sus limitaciones.

La novela es de 2011 y ha visto su edición de bolsillo en 2014. Habla de los adolescentes de hoy. No sé si la adolescencia puede calificarse como la edad de la ira, en su acepción más precisa. Podría ser también la edad de la responsabilidad, de los retos, de la transformación, de la identidad, de los proyectos, de la cristalización sexual… Dejémoslo así. No es un mal título.

Me han gustado de ella varias cosas y no me han gustado otras. Me ha gustado que se explore en el microcosmos que es un centro de enseñanza Secundaria. Se nota que el autor es un docente y que conoce bien el entramado complejo de relaciones que se produce en una institución de este tipo. Me ha gustado, porque yo también soy un docente, leer lo que sucede en patios y clases, lo que siente y dice la Jefa de estudios, el profesor de Literatura, la Orientadora del Centro, la profesora de Inglés, el Director del Instituto, los alumnos y alumnas que estudian en él, los padres y madres de familia… Me ha gustado la trama que va adentrándose en la exploración de los motivos de un asesinato, me ha gustado que se profundice en el diagnóstico de una etapa tan peculiar como la adolescencia, me ha gustado la estrategia narrativa…. Y, sobre todo, el deseo de hacer visible la homosexualidad en la escuela.

Digo esto último porque creo que la novela plantea, de forma certera e insistente, esta cuestión: ¿qué pasa con los homosexuales y las lesbianas (más con los primeros) en las instituciones educativas? Hasta ahora han sido invisibles. Entre los personajes de la novela aparecen tres homosexuales: un profesor, un camarero del bar y un alumno que es el protagonista de la novela.

En el desarrollo de la trama se habla de una manifestación que se organiza para conquistar la visibilidad de la homosexualidad en las escuelas, pero también se habla de su fracaso, dado el escaso apoyo de la dirección y del profesorado a la misma.

Un profesor heterosexual, con apariencia de persona respetable, resulta ser un monstruo que acosa cibernéticamente a las alumnas y acaba con sus huesos en la cárcel, a raíz del suicidio de una estudiante del centro. Es decir, que no coloca la perversidad del lado de la homosexualidad sino en la esfera casi siempre puesta a salvo de la heterosexualidad.

El padre de Marcos, el adolescente protagonista, un hombre de firmes principios (algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones) reacciona así al enterarse de la opción sexual de su hijo: “Su padre decidió que aquello era una enfermedad que había que erradicar”.

En mi libro “Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa” (Homo Sapiens. Rosario) dedico una de las cartas a un profesor homosexual. Y le digo: “Algunas veces te habrás planteado salir del armario. Lo pensaste mientras se lanzaba aquella campaña que llevaba por lema “Una escuela sin armarios”. Pero pensaste también: ¿Qué voy a ganar con ello? Acaso un poco más de aislamiento y un mucho de rechazo. Todavía siguen vigentes en nuestra cultura muchos resabios de homofobia. Han sido largos los siglos de persecución, de condena, de rechazo y de burla”.

La homosexualidad en la escuela es una cuestión que no digo que esté sin resolver, sino que está sin plantear. Es una cuestión tabú. Está cubierta de silencio y sumida en aguas turbias. Por eso me gustó que, en la valoración gráfica y escrita que hicimos de una experiencia de master en mi Facultad de Educación, un alumno se atreviera a escribir de forma entusiasta: “Profe, soy gay y soy feliz”.

No me ha gustado, por más que pueda tener apoyo en la realidad, la visión negativa que presenta del profesorado. Salvo algunas excepciones, como es el caso de Sonia, la Jefa de Estudios, presenta a los docentes como mercenarios, personas poco comprometidas y con actitudes racistas más que reprobables. Para colmo, esa magnífica profesional que es Sonio tiene que pedir una baja por depresión. Tampoco la dirección queda bien parada. Gerardo, el Director, es una persona turbia, distante, rígida, autoritaria y que carece de las cualidades comunicativas más elementales.

“Esos (dice Raúl, un alumno, refiriéndose a los profesores en tono despectivo) con leernos el libro de texto y repetirnos todos los días lo idiotas y lo incultos que somos ya tienen suficiente. ¿Por qué no te vienes con una grabadora a alguna clase? Alucinarías…”.

Pero no solo muestra una visión negativa del cuerpo de profesores en lo relativo a la docencia. También lo hace en lo relacionado con la educación. Una madre de un alumno inmigrante, dice: “En los cuadernos y en libros de mi hijo Ahmed he visto todo tipo de insultos escritos por algunos de sus compañeros. Insultos ante los que ningún profesor reacciona nunca. Pero lo peor no es que hayan tolerado todo eso fingiendo no verlo, lo peor es que se han cebado con él culpándolo de conflictos en los que era la víctima…”.

Esta madre es aún más dura cuando dice poco después : “Solo estoy diciendo que han convertido a mi hijo en un salvaje. En alguien que no es. Alguien a quien han conducido hasta la violencia más extrema un puñado de racistas que no deberían estar, bajo ningún concepto, trabajando al frente de una clase”.

En cuanto a la trama, el autor nos tiende, a mi juicio, una pequeña trampa que nace en la misma portada (título e ilustración), se consolida durante el desarrollo de la investigación y se cierra en el texto de contraportada cuando dice: “Marcos, un adolescente de clase media, asesina a su padre y deja malherido a uno de sus cuatro (debería decir tres) hermanos”. Espero que el lector pueda encontrarla por si mismo. Digo esto, sin añadir más datos, porque no quiero desvelar el desenlace antes de que el lector abra la primera página. Como hizo aquel acomodador de un cine cuando, para vengarse de la escasa propina que había recibido de un espectador, se acercó a su butaca y le susurró al oído: “el asesino es el sheriff”.

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Y a ti, ¿por qué te ha llamado?

En un reciente viaje a México me cuenta Miguel Ángel Sosa, amigo y profesor de la Escuela Normal de Capulhuac, que siendo presidente de la República Carlos Salinas de Gortari (1988 a 1994), decidió reunir en la Presidencia a los intelectuales más reconocidos del país. Entre los convocados estaba el escritor Germán Dehesa, personalidad unánimemente reconocida y admirada por toda la ciudadanía como un pensador influyente. Germán Dehesa, nacido en 1944 y hoy lamentablemente fallecido, era periodista, escritor, locutor, humorista y promotor cultural… Un hombre de intensa y beneficiosa presencia en todo el país. Estoy leyendo y disfrutando en estos días un libro suyo titulado “¡Qué modos!”, regalo de mi amigo y tocayo mexicano.

El arco iris solo brilla sobre el tejado del vecino.

Desde Presidencia se hace una llamada a la casa del escritor, llamada que atiende él mismo. En ella le explican el Presidente que quiere celebrar una reunión con los intelectuales más relevantes de México y que él, como es lógico, está invitado. Le comunica el día, el lugar y la hora del encuentro y le dice gentilmente que agradecería mucho que aceptase la invitación. El Presidente desea cambiar con ellos, en un ambiente distendido, algunas impresiones sobre la situación del país y del mundo.

Cuando concluye la llamada, la esposa del escritor le pregunta, intrigada:

- ¿Quién llamaba?
- Han llamado el Presidente de la República.
- ¿Por qué y para qué ha llamado, si se puede saber?
- Pues porque el Presidente quiere celebrar una reunión con la inteligenzia del país.
- Y la esposa, sorprendida, le pregunta al desconcertado esposo:
- Y a ti, ¿por qué te ha llamado?

La anécdota no tiene desperdicio. Se la agradecí al profesor Sosa y ya entonces le sugerí la posibilidad de que la compartiría con mis lectores y lectoras, como ahora estoy haciendo. Resulta que un escritor y pensador reconocido por todo el país, con su Presidente a la cabeza, no merece esa misma consideración por parte de quien tiene más cerca, de quien tiene a su lado, de quien comparte la vida cotidianamente. ¿Por qué?

A eso van estas líneas. A tratar de explicar el porqué de esa miopía, de esa cicatería psicológica. La esposa muestra su extrañeza por una invitación que no sorprendería a ninguna persona medianamente informada de México. Y es que la proximidad provoca un paradójico distanciamiento. Esa esposa tiene tan cerca la luz que acaba estando deslumbrada. Y no ve nada ya. No ve los indudables méritos, no ve la indiscutible valía de su esposo. El arco iris solo brilla sobre el tejado del vecino.

Otras facetas más pedestres cobran un especial relieve en la valoración de su esposo. Acaso el hecho de que ronque, de que no coloque la ropa en su sitio o de que deje manchada la tapa del wáter. Esos hechos adquieren una mayor visibilidad, una intensidad mucho mayor. Y restan relevancia a lo verdaderamente importante.

Vargas Llosa dijo, si mal no recuerdo en el discurso de su nombramiento como Premio Novel, que su mujer le alababa sin querer cuando decía:

- Tú solo sirves para escribir.

No valorar los méritos o la valía de quien se tiene al lado es un tipo de miopía psicológica que daña y empobrece las relaciones interpersonales.

Pienso en la dificultad que existe en el reconocimiento de los méritos de los compañeros de trabajo. Por celos, por mezquindad, por torpeza, por despiste, por una ridícula competitividad. Es probable que un pequeño defecto de quien es tenido por una eminencia fuera de ese microcosmos, difumine el resplandor de los méritos. Es probable que alguna rencilla personal de al traste con todos los indiscutibles logos del colega.

Hace unos días le dije al profesor Pérez Gómez, uno de mis colegas de Departamento, que el libro que había escrito y publicado recientemente (“Educarse en la era digital, editorial Morata) era lo mejor que se había escrito sobre educación en los últimos treinta años. Lo vuelvo a decir ahora, haciendo público el elogio que entones formulé en privado. Sé que él lo valoró especialmente, así me lo dijo, por venir de alguien tan cercano.

Este fenómeno ocurre también en otro orden de cosas, no tan personales. Cuando vives al lado de un monumento espectacular o de un lugar especialmente hermoso, tiendes a restarle valor. Se hace tan cotidiano que pierde su excepcionalidad. Mi familia vive al lado de La Cueva del Tesoro, en La Cala del Moral. En efecto, al ladito de la vivienda, hay unas famosas cuevas que dan nombre a la zona. Y solo vamos a visitar la Cueva cuando vienen a la casa amigos que viven lejos de Málaga. Estamos tan acostumbrados a pasar por delante de la puerta que no le damos la menor importancia a su existencia.

La reacción de la esposa de Germán Dehesa me sirve de excusa para hacer una llamada de atención sobre esa falta de reconocimiento de aquellas personas que tenemos cerca. Lo dice el refranero español de manera certera: “Nadie es profeta en su tierra”. Es decir, nadie es admirado y reconocido por quienes están al lado.

Ya sé que es una visión mezquina, pero se justifica contemplando la realidad. Lo he podido comprobar muchas veces. Y lo lamento. Porque son esas personas que tenemos cerca quienes más deberían recibir el afecto, la admiración y el aplauso.

Y, sobre todo, en vida. Porque existe otro fenómeno respecto a la distancia que también opera en el sentido del reconocimiento del valor y del mérito de los seres humanos, Me refiero a la distancia que genera la muerte. Cuando alguien pone tanta tierra de por medio que se va al otro mundo es cuando aparece una avalancha de elogios y de reconocimiento. Lo decía hace unas semanas el líder del Partido Socialista cuando recibía una catarata de elogios por su actividad política en el momento de anunciar su retirada:

- Los españoles somos muy buenos enterradores.

Pero en vida, no. Pero a quienes tenemos cerca, no. Pero de forma explícita, no. Habría que modificar esa actitud cicatera con aquellos que tenemos más a mano. Porque es a quienes más veces vemos, con quienes más tiempo compartimos y a quienes más bien les haría nuestro reconocimiento y nuestras palabras de admiración y de elogio.

Somos más propensos a los reproches que a los elogios. Como si por aquellos recibiésemos dinero y como si estos nos supusiesen un gasto. Lo veo en mis propia experiencia. Me basta ver los comentarios a estos artículos que llegan de medio mundo, pero casi nunca de mis colegas de Departamento. ¿No les ha interesado ni uno solo de los más de mil artículos escritos? Haré una excepción en su honor: mi amigo Laurentino Heras, profesor del mismo Departamento durante muchos años, no ha dejado de leer ni un solo artículo. Es la otra cara de la moneda.

Quiero animar con estas líneas al reconocimiento de los méritos de quienes están a nuestro lado. Deben tener en nosotros al fan más entusiasta. La esposa de Germán Dehesa, en lugar de extrañarse por la convocatoria, debería estar dispuesta a escribir una carta de queja al Presidente si se hubiera olvidado a convocar a su marido a una reunión como aquella.

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Yo soy bruto del verbo brutar

Mi amigo Marcos, hoy flamante doctor después de un largo y apasionante trabajo de investigación, me cuenta que en una escuela en la que fue maestro, había un alumno que se despachaba, entre otras, con esta lindeza psicológica y lingüística:

- Yo soy bruto del verbo brutar.

Daniel Pennac, en su hermoso libro “Mal de escuela”, nos habla de este proceso de etiquetado del que él mismo fue protagonista.

Compartió esta anécdota con los comensales de la cena posterior a la defensa (¿por qué se hablará de defensa si nadie quiere atacar y de tribunal si nadie es juzgado?) de la tesis y me quedé pensando en todo lo que la frase esconde. El lenguaje manifiesta unos significados y esconde otros. Muestra una parte de la realidad y oculta otra, no menos interesante.

Este alumno entiende que es un bruto, que es un ignorante, que es incapaz de aprender con rapidez y facilidad. ¿Cómo ha llegado a esa conclusión? ¿Por qué se expresa así? ¿Quién o quiénes le han persuadido de que es un bruto?

Esta anécdota me plantea algunas preguntas sobre cómo la escuela contribuye a que los alumnos y alumnas fragüen su autoconcepto y su autoestima. Un niño que aprende con dificultad, que se compara con otros niños que aprenden con menor esfuerzo, que recibe bajas calificaciones y numerosos reproches por su falta de atención o de aprovechamiento, tiende a pensar que es un bruto del verbo brutar. Aunque no lo sea.

La escuela ha sido una fábrica de zoquetes. Es decir de personas que se consideran incapaces de aprender o, al menos, de aprender al ritmo y con la facilidad que lo hacen otros. Y, por supuesto, que se perciben a sí mismos como incompetentes para asimilar el curriculum que les propone la escuela.

Daniel Pennac, en su hermoso libro “Mal de escuela”, nos habla de este proceso de etiquetado del que él mismo fue protagonista. Él dice que su libro no es un libro sobre la escuela sino sobre el zoquete en la escuela. Él era un zoquete, según confiesa. La escuela le había colgado del cuello este cartel condenatorio: Tú no sirves.

“De modo que yo era un mal alumno, dice. Cada anochecer de mi infancia, regresaba a casa perseguido por la escuela. Mis boletines hablaban de la reprobación de mis maestros. Cuando no era el último de la clase, era el penúltimo. Negado para al aritmética primero, para las matemáticas luego, profundamente disortográfico, reticente a la memorización de las fechas y a la localización de los puntos geográficos, incapaz de aprender lenguas extranjeras, con fama de perezoso (lecciones no sabidas, deberes no hechos) llevaba a casa unos resultados tan lamentables que no eran compensados por la música, por el deporte ni, en definitiva, por actividad extraescolar alguna”, dice Pennac.

Frecuentemente no nos damos cuenta del peso que tiene la escuela en la vida de los niños. Se pasan en ella cinco de cada siete días de la semana y diez de cada doce meses del año. La escuela marca la infancia con un sello indeleble.

¿Cómo construyen este estereotipo algunos alumnos y alumnas? Con la dificultad de entender, con los problemas de adaptación, con la incapacidad de atender, con el fracaso en los exámenes, con las comparaciones frustrantes, con las reprimendas de los maestros, con los castigos irracionales, con las bajas calificaciones…

No es solo la escuela, ya lo sé. Puede intervenir la familia en ese nefasto proceso de etiquetado. Una familia que, por ejemplo, tiene dos hijos, uno de los cuales es brillante, tiene éxito y reconocimiento escolar. El otro no. Y la expresión “mira a tu hermano” se convierte en un estribillo insoportable. Quieren más al hijo sobresaliente como si el afecto se comprase con las calificaciones altas. Pero el amor es gratuito. O, como le decía aquel hijo a su padre:

- Papá, quiéreme más cuando menos me lo merezco porque es cuando más lo necesito.

Influyen también los pares. En efecto, los amigos tienen mucha influencia, sobre todo en ciertas etapas de la vida, como la adolescencia. Lo que diga el líder de la pandilla va a misa. Más que lo que digan o piensen los padres, los maestros o los libros sobre buen comportamiento.

Determinados fracasos en la vida pueden deteriorar nuestro autoconcepto si no sabemos afrontarlos y analizarlos debidamente. Tropezar de forma frecuente nos puede llevar a la conclusión de que no valemos para caminar.

Acaso uno de esos zoquetes es capaz de hacer cosas que sus mismos profesores y profesoras son incapaces de hacer. Quienes se muestran torpes para asimilar un contenido curricular pueden ser absolutamente geniales, jugando fútbol, bailando o tocando el piano.

Esa etiqueta acarrea nefastas consecuencias para quien la lleva grabada a fuego dentro de su mente. Por de pronto, se considera incapaz de hacer las cosas que otros hacen. O de hacerlas con la misma soltura y presteza. Y los demás dejan de esperar de él los rendimientos que podría conseguir. De modo que se establece un círculo vicioso que difícilmente se deshace: no puedo hacer nada bien y por eso no esperan nada de mí y no esperan nada de mí porque no puedo hacer nada bien.

Es malo que te consideren tonto. Es peor que acabes creyéndote que lo eres. Ahí está el problema. Porque si otros lo piensan así, hay una parte fundamental a salvo: uno se considera capaz. Y si se considera capaz, llegará, tarde o temprano, a tener éxito.

Prueba de que esa etiqueta se convierte en un estigma es lo que Pennac cuenta de su propia historia. Después de treinta años como profesor en un Instituto de Secundaria cercano a la ciudad de París, después de haberse convertido en un famoso novelista traducido a varios idiomas, después de escribir libros con un éxito clamoroso, escucha esta pregunta de su madre:

- Y tú, hijo, ¿crees que algún día llegarás a ser alguien?

Un hermano suyo, más brillante en la escuela pero que no ha alcanzado cotas tan altas de éxito social, no tiene ante su madre esa etiqueta peyorativa. Al parecer ha llagado lo suficientemente lejos para las expectativas maternas.

Por eso hay que propiciar éxitos en los que el alumno pueda seguir apoyándose. No hablo de éxitos ridículos sino reales. Recuerdo que, cuando vivíamos en la ciudad irlandesa de Galway, una formadora de profesores de inglés ironizaba sobre la actuación de algunos docentes noveles a quienes supervisaba. Contaba que, después de preguntar por el nombre y por el país de procedencia a algunos alumnos y, después de escuchar sus contestaciones, exclamaba con entusiasmo:

- Excellent, excellent.

Y ella decía:

- Hombre, no es para tanto. El hecho de que pronuncien su nombre y el de su patria no merece una felicitación tan efusiva.

Tenía razón. No se trata de felicitar por felicitar. De felicitar por cualquier cosa, de felicitar por respirar. Digo que hay que poner al alumno ante retos asumibles. Si le situamos ante objetivos inalcanzables, le estamos abocando al fracaso. Hay quien dice que lo bien hecho, bien hecho está. Y que solo hay que corregir los errores. No estoy de acuerdo. Pienso que hay que saber valorar lo uno y lo otro. Corregir el error y felicitar por el acierto.

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¿No os da vergüenza?

Estoy convencido de que los profesores y las profesoras debemos ser exigentes. Y de que los alumnos y las alumnas tienen que esforzarse para aprender. La crítica a algunos comportamientos duros de los docentes se suele interpretar como una invitación a obedecer la ley del mínimo esfuerzo No es así. Al menos en mi caso. Hay que exigir, pero hay que saber cómo hacerlo de manera estimulante, respetuosa y eficaz.

O en caso contrario no os empeñéis en algo que os queda grande, si es que es esa la conclusión

Un alumno del master en el que hemos reflexionado sobre el complejo fenómeno de la evaluación, me envía la nota que una profesora de Física de una Universidad española les hace llegar a los alumnos con las calificaciones que han conseguido (o que les ha asignado) después de hacer los exámenes ordinarios. La transcribo íntegramente a continuación, respetando las mayúsculas e, incluso, las incorrecciones gramaticales.

“Como veis acabo de colgar las notas finales del ordinario de Física II.

No puedo por menos que haceros llegar mi más profundo descontento con lo que he tenido que leer en los últimos días. Ya no se trata de no hacer o de no saber, sino de las auténticas BURRADAS que muchos de vosotros habéis dejado por escrito, amén de faltas de ortografía que me hacían sangrar los ojos, así como auténticas cochinadas de examen llenos de tipex, tachones, frases sin acabar, bailes de ecuaciones sin sentido ni explicación, ausencia de hilo conductor de las exposiciones, pésimas redacciones y laberintos de letras ilegibles.

Se supone que sois universitarios, que dentro de algunos años llevaréis las riendas de la sociedad y tendréis que trabajar por ella. ¿Sabéis qué imagen dais algunos con vuestros exámenes?

Me da vergüenza colgar esta lista, os aseguro de corazón que me da vergüenza y que todos los exámenes que no pasan de 4 están corregidos dos veces con lupa intentando buscar algún detalle que se me hubiera pasado para subir la nota. La gran pregunta es ¿no os da vergüenza a vosotros?

He encontrado hielo fundente a 100°C, a 6,66°C a -20°C, … ¿A QUÉ TEMPERATURA ESTÁ EL HIELO FUNDENTE, POR DIOS? ¿O es la palabra fundente lo que no entendéis? (cosa que ya me preocuparía en exceso). Primeros principios de la termodinámica que relacionan el trabajo con la carga, CON LA CARGA!!!!!!!! ¿QUÉ CARGA? Haces de luz con trayectorias en espiral ¿LO HABÉIS VISTO ALGUNA VEZ? Luz no luminosa. ¿QUÉ ES ESO? Y no sigo porque la lista de despropósitos es infinita. Y ninguna de estas “originalidades” las he encontrado una única vez sino varias, algunas hasta unas cuantas docenas de veces. ¿NO OS DA VERGÜENZA?

Espero y confío que esto os sirva de aprendizaje para el extraordinario, que hagáis los exámenes limpios, ordenados, bien redactados, sin faltas de ortografía ni burradas infantiles y sobre todo espero que estudiéis como lo que sois, estudiantes universitarios, ADULTOS. Como tales ocupáis un lugar privilegiado en estos tiempos tan difíciles que corren, y ello os obliga a estudiar 8 horas diarias, a trabajar como cualquier trabajador once meses al año, cosa que por más que me juréis que hacéis no puedo creer a la vista de la inmensa mayoría de lo que he leído.

No sería justo por mi parte hablar sólo de los desastres que he encontrado, aunque hayan sido la más aplastante mayoría, como veis en la lista. Ha habido exámenes que han sido una auténtica delicia de corregir (sic), de algunos de vosotros que traslucís con rotunda evidencia lo mucho que habéis estudiado y lo que os habéis esforzado durante toda la evaluación continua. Mi enhorabuena más sincera a todos vosotros. Y mi agradecimiento por vuestro esfuerzo.

Y si unos cuantos pueden ¿por qué los demás no? Pensadlo. Por favor. Haced autoanálisis, una autocrítica, tened el valor de ser sinceros con vosotros mismos y poned el remedio a tiempo. O en caso contrario no os empeñéis en algo que os queda grande, si es que es esa la conclusión.

Repito que sois unos privilegiados en estos tiempos tan duros que corren y que es inmoral la forma en la que muchos de vosotros despilfarráis recursos y vuestro potencial. Como consejo de abuela os digo algo que seguro que ya os han dicho antes: jamás volveréis a tener ni la edad, ni la fuerza, ni el potencial, ni las oportunidades que tenéis hoy, aprovechadlas antes de que os tengáis que arrepentir de no haberlas aprovechado.

Estoy muy muy disgustada, y en honor a la verdad, cabreada. Es por ello, y por otras ocupaciones que tengo, que prefiero enfriar y dejar la revisión de exámenes para el lunes 16. Si venís a ver vuestros exámenes haceros conscientes de lo que habéis escrito, leed el Tipler, y analizar (sic) vuestras respuestas. No estoy dispuesta a repetir cien veces lo mismo. A muchos os voy a poner a leer en voz alta lo que habéis escrito. Espero que en el extraordinario me deis más alegrías. Recibid todos un saludo”.

Hasta aquí la nota de la profesora.

Se interesa este alumno por mi parecer sobre ella.. Y le envío este correo de respuesta: “Es un texto muy significativo. Refleja muy bien algunas actitudes equivocadas de los profesores. Yo diría que inadmisibles. La pregunta que se le puede hacer a esta docente es: Pero, ¿qué y cómo les has enseñado que han aprendido tan poco? En el libro de Ken Bain titulado “Lo que hacen los mejores profesores universitarios” se dice de ellos: Nunca atribuyen a sus alumnos las dificultades que encuentran con el aprendizaje. Yo no sé lo que aprenderán los alumnos de esta profesora al leer su nota recriminatoria. Lo que tengo claro es que ella, con esta actitud, no aprenderá nada. El texto me ha parecido ofensivo, agresivo, torpe y engreído. Desalentador. Como si nosotros, los profesores, no cometiéramos errores”.

No creo que muchos alumnos o alumnas se decidan a dialogar sobre su calificación y sobre su examen. Se arriesgan a recibir una reprimenda. Se exponen a vivir un cara a cara dominado por el reproche más que por el aliento. No se puede olvidar que la evaluación encierra poder. ¿Qué le dirían estos alumnos y alumnas a la profesora si pudieran expresarse con absoluta libertad? Nos olvidamos de ello muchas veces.

He publicado esta carta porque creo que su contenido y su estilo reflejan algunas actitudes equivocadas de quienes somos docentes. ¿Cuál sería, a mi juicio, la actitud positiva? Hacer explícitos los errores y las omisiones, por supuesto. Aprender del error. Tratar de diagnosticar y comprender de dónde proviene. Invitar a un diálogo sincero. Manifestar la decisión favorable a la mejora, tanto por lo que respecta a los alumnos como a los profesores o a la institución. Animar a la superación, no hundir. Ofrecer los medios para la superación de las dificultades a través de horas de tutoría. No es de recibo despreciar desde la posición privilegiada del que tiene el poder de la evaluación. Porque humillar no es educar.

Se habla mucho de la evaluación, pero menos de cómo trabajar los resultados, de cómo analizarlos, comprenderlos y sacarles partido. No es de recibo decir, ante los malos resultados, que si les queda grande la carrera que la dejen. A mí lo que me da vergüenza es la forma en que esta profesora se dirige a los alumnos.

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