El sentido del humor
El sentido del humor es necesario para vivir de forma saludable. Pero los tiempos que corremos no invitan a la sonrisa. Andamos entristecidos y malhumorados por la crisis, por la corrupción, por los problemas, por las prisas, por el temor al futuro. Creo que, mientras más grande sea la adversidad, necesitamos más y mejor sentido del humor. ”El animal más sufriente de la tierra se vio obligado a inventar la risa”, dice Nietzsche. Una persona sin sentido del humor es como un auto sin amortiguadores: salta de dolor con cada bache del camino.
El sentido del humor es el término medio entre la frivolidad, para la que casi nada tiene sentido, y la seriedad, para la que todo tiene sentido. El frívolo se ríe de todo, es insípido y molesto, y con frecuencia no se preocupa por evitar herir a otros con su humor. El serio cree que nada ni nadie deben ser objetos de burla, nunca tiene algo gracioso que decir y se incomoda si se burlan de él.
Existen, a mi juicio, diversas vertientes del humor. Haré a continuación referencia a cinco. La primera es saber reírse de uno mismo. Incluye verse con buenos ojos. Exige no maltratarse. Le oí decir hace unos días a Javier Iriondo en el IV Congreso Nacional de Apfrato celebrado en Granada, que algunos deberían acudir a la comisaría de policía a denunciarse a sí mismos por maltrato. Se agreden con crueldad. Se castigan. Se exigen más allá de los límites. No se perdonan nunca.
Carecer de humor es carecer de humildad, es estar demasiado poseído de uno mismo. Aunque no debemos exagerar la importancia del humor: una mala persona puede hacer gala de un humor exquisito, y es posible ser buena gente y carecer por completo de sentido del humor. No obstante, quien tiene humor suele ser más estimable que quien no lo posee.
Nos hemos olvidado de reír. Se diría que no hay motivo alguno para la risa. Reír y hacer reír, dos caras de la misma moneda. Es bueno reírse de uno mismo y reírse con los demás. Tomarse las cosas con filosofía querría decir tomarse las cosas con alegría.
Conocí hace muchos años a un profesor que se tomaba con filosofía las adversidades de la vida. Se llamaba Basilio. Cuando alguien le fallaba, cuando le salía mal un proyecto, cuando le sobrevenía inesperadamente un contratiempo, se decía a sí mismo:
- Chúpate esa, Basilio.
Era una forma de relativizar el problema, de aminorar el impacto del golpe, de desdramatizar las cosas. Era una forma de responder con una sonrisa a una desgracia.
La segunda vertiente del humor es saber aceptar las bromas. Quien no tiene sentido del humor no es capaz de encajarlas con buen ánimo. Ya sé que hay bromas pesadas, pero algunos no admiten ninguna, ni siquiera las que son, a todas luces, simpáticas y cariñosas. Algunos tienen tan poco sentido del humor que ni siquiera las entienden.
Un amigo argentino me ha contado una anécdota que yo no conocía sobre Benito Pérez Galdós. Al parecer le pidieron al famoso escritor de forma imprevista una conferencia para un grupo de religiosas. La fecha que le proponían dejaba poco tiempo para la preparación. Con toda la sorna que cabe en la frase, Galdós contestó:
- No me gusta hablar a tontas y a locas.
Ingenio. Eso es ingenio. La magia de la mente manejando las palabras y las ideas. Pienso que si las monjitas se sintieran agraviadas carecerían de sentido del humor.
El humor es un instrumento apropiado para promover la tolerancia y las relaciones sanas. Es un test de personalidad. Lichtemberg escribió: “Nada determina más el carácter de una persona como la broma que la ofende”.
La tercera vertiente es reírse de la vida, de lo que sucede, incluso de las cosas más graves. Se puede uno reír de la desgracia, de la muerte, de la ruina… La risa puede tener efecto terapéutico. Es lo que llamamos humor negro. Vi una furgoneta en Rosario (Argentina) de una empresa que se dedicaba a hacer derribos. El nombre de la empresa era “Bin Laden Demoliciones”. En un cementerio de Georgia hay una lápida en una tumba con esta inscripción: “Te dije que restaba enfermo”.
Reír es como cambiar los pañales del bebé: no resuelve definitivamente el problema, pero hace las cosas más agradables por un momento, asegura el refranero popular.
El humor permite ver lo que los demás no perciben, ser consciente de la relatividad de todas las cosas y revelar con una lógica sutil lo serio de lo tonto y lo tonto de lo serio. A veces el mejor consejo es el que proviene de un chiste y no de una formulación teórica.
En el estupendo libro “El sentido del humor”, de A. Ziv, leí que unos veteranos de guerra habían acudido al cementerio para honrar a sus compañeros fallecidos. Eran tan viejos que uno le dijo a oro:
- Y a ti, con la edad que tienes, ¿te merece volver a casa?
La cuarta vertiente es reírse con los demás. El humor es una virtud social: podemos estar tristes en soledad, pero para reírnos necesitamos la presencia de otras personas. No sé dónde he leído que el humor es una forma de bondad.
La risa aparece como la distancia más corta entre dos personas. No es un mal comienzo para la amistad ni para el amor. “Me enamoré de él porque me hacía reír”, le oí decir a una amiga. No es tampoco un mal recurso para aceptar, o retrasar, la propia muerte y la de los demás..
El humor es una demostración de grandeza que pareciera decir que, en última instancia, todo es absurdo y que lo mejor es reír, como hizo aquel condenado a muerte que iba hacia la horca un lunes y exclamó: “Mal empiezo la semana!”. El humor es una afirmación de dignidad, una declaración de superioridad del ser humano sobre lo que acontece.
La quinta vertiente es hacer reír, provocar la risa. No es tarea fácil. Algunos se consideran graciosos y no son más que auténticos pelmas. Creo que los articulistas son demasiado serios. Y los profesores. Y los políticos. No hay humor en la prensa, ni en las aulas, ni en el hemiciclo.
Escribe Comte-Sponville: “Se puede bromear acerca de todo: el fracaso, la muerte, la guerra, el amor, la enfermedad, la tortura. Lo importante es que la risa agregue algo de alegría, algo de dulzura o de ligereza a la miseria del mundo, y no más odio, sufrimiento o desprecio”.
Me gustan las personas que, a medida que pasan los años, mantienen y aumentan el optimismo, la visión risueña de la vida. Me gustan las personas como el escritor francés Edmond Rostand que, el día de su ochenta aniversario, se miró al espejo y dijo:
- Desde luego, los espejos ya no son lo que eran.
¿Tiene límites el humor? Hay una delgada línea divisoria entre la posibilidad de “reírse de” y la de “reírse con”. Chaplin ponía como condición de posibilidad del humor la necesidad de que el chiste estuviera a favor del débil y no del fuerte.
Las virtudes de reír y hacer reír no siempre van juntas. El Corán dice que quien hace reír al prójimo merece el paraíso, pero nada dice sobre el que saben reír. Conozco gente poco hábil para hacer reír, cuya risa es deliciosamente oportuna y contagiosa. También, a mi juicio, ellos merecen el paraíso.
El saco de paja
Hace algunos años, bastantes por cierto, fui profesor de filosofía en el Instituto San Pelayo de Tui (Pontevedra) Tui era (y sigue siendo) una hermosa ciudad gallega, recostada en la ribera del río Miño y situada en la frontera con Portugal. Pasé muchas veces al país vecino a través de la aduana que estaba situada en el puente de hierro que te ponía en el camino de Valença do Miño.

Al parecer, después de mucho tiempo, alguien descubrió que aquel individuo hacía contrabando de bicicletas.
El contrabando de café era un negocio próspero a ambos lados de la frontera. Aún recuerdo la expresión de uno de mis alumnos, mientras paseábamos por un camino sinuoso, bordeado, como es habitual en Galicia, de árboles frondosos y plantas multiformes:
- Qué lugar tan ideal para el contrabando.
Me llamó la atención aquel comentario porque creía más natural oír otras exclamaciones de aquellos bulliciosos jóvenes Exclamaciones del tipo:
- Qué lugar tan bonito.
- Qué vegetación más frondosa.
- Qué variedad de plantas y hojas tan grande
- Qué paseo tan agradable por estos caminos inciertos
- Qué lugar más apropiado para jugar al escondite…
Recuerdo que pensé en aquel momento cómo condiciona el contexto nuestro lenguaje. Él habló del contrabando porque era eso lo que allí sucedía, era eso de lo que allí se hablaba… Pues bien, oí entonces, y no tengo datos que acrediten la veracidad de la historia, que un individuo cruzaba todos los días la frontera en un bicicleta, en cuyo transportín colocaba un saco de paja. Los aduaneros le hacía bajar indefectiblemente el saco, lo vaciaban cuidadosamente y analizaban con detenimiento la paja que contenía. No hallaban nunca nada anormal, nada que fuera objeto de ninguna intervención punitiva. Los interrogatorios eran exhaustivos:
- ¿Para qué quiere usted la paja?, ¿de dónde la trae?, ¿a dónde la lleva?…
Las contestaciones estaban cargadas de aplomo, de aparente veracidad y de rigurosa lógica. Por eso, después de los interrogatorios y de las pesquisas minuciosas, acababan dejando pasar al viajero.
Al parecer, después de mucho tiempo, alguien descubrió que aquel individuo hacía contrabando de bicicletas. El saco de paja era una forma hábil de desviar la atención de los vigilantes. Nunca pusieron sus ojos inquisitivos en la bicicleta.
No sé si la historia es fidedigna, pero me sirve para ilustrar esa curiosa y reiterada estrategia que utiliza muchas veces el poder para distraer la atención de los ciudadanos. Mientras la gente se ocupe, hable y se distraiga con un asunto intrascendente, los verdaderos problemas pasan inadvertidos. Es una forma fácil de que nos la den con queso. Poner en circulación un chisme hace que nos olvidemos de los verdaderos problemas. Sacar a la luz un hecho llamativo hará que desviemos la atención de la verdadera tragedia que tenemos encima.
Los gobernantes son como trileros que manejan los vasos de la realidad de forma que nunca sepas dónde se encuentra la bolita. Te parece que está allí, ¿cómo puede ser que cuando levante los tres recipientes esté en otro sitio. Esa es la habilidad del que distrae tu atención de manera interesada. “Por aquí, por allí, por allá…¿dónde está? Y con unos juegos habilísimos te ha hecho creer que está en un sitio determinado. Te apostarías el triple de lo que has apostado. Lo has visto clarísimamente. Está ahí, si es que lo he visto de forma indudable. Pero no. Te ha dado gato por liebre. Te ha hecho poner la atención en un lugar equivocado.
Eso es lo que nos sucede muchas veces con el poder. Ahí están, haciendo jugos malabares con la realidad, con las noticias, con los datos, con los informes, con los problemas… La cuestión más grave, a mi juicio, es que nos engañen una y otra y otra y otra vez… Porque bastaría con una para no fiarnos. Pero no, cada vez el truco es más endemoniado.
El saco de paja es cada vez mayor. Y tú piensas: ahí tiene que estar. Ahí está escondida la trampa. Vacías el saco de la información que te brinda el poder, analizas, rebuscas, exploras… Y resulta que te la estaban dando por el otro lado. La bicicleta no te había resultado sospechosa.
Creo que es muy importante afinar el olfato, estar al quite, abrir los ojos bien abiertos y cerrar con no menos fuerza la boca para no convertirnos en papanatas. No sé si el lector recordará aquella expresión supersticiosa de nuestras abuelas cuando se olfateaban algo que podía contener un peligro. Yo me acuerdo muy bien. Cuando sospechaban de la presencia de una culebra o de un zorro, decían para ahuyentar el peligro:
- ¡Lagarto, lagarto…!
Creo que hoy hay que decirlo con mucha frecuencia. Y estar con ojo avizor. Salir de esa ingenuidad que nos hace creérnoslo todo y de pensar que todo es inofensivo.
Ahora nos dicen que con la LOMCE se va a solucionar el problema del fracaso escolar. Y yo no puedo por menos de exclamar:
- ¡Largo, lagarto…!
Nos dicen también que la reforma laboral va a empezar pronto a dar frutos. Todavía no, pero en el futuro inmediato seguro que sí. Y no puedo por menos de exclamar:
- ¡Lagarto, lagarto!
Nos dicen que pronto, al final del presente año, se empezará a crear empleo. No me queda otro remedio que exclamar:
- ¡Lagarto, lagarto…!
Podría seguir poniendo ejemplos de nuestras autoridades políticas, económicas y religiosas. Creo que nos chupamos demasiado el dedo, que incurrimos en una ingenuidad patológica.
¿Cómo se combate esa credulidad a prueba de bomba? Con información fidedigna. Algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones. Y se mantienen en sus trece sin pensar que están siendo objeto de un engaño, de una manipulación descarada. La pereza intelectual nos lleva a creérnoslo todo.
Leyendo a quienes discrepan, tratar de ver qué argumentos utilizan, que datos aportan, qué mentiras denuncian. Es como si alguien estuviese gritando a la puerta de la aduana:
- El problema no está en la paja, está en la bicicleta.
Si los aduaneros pensasen: este hombre está loco, ¿cómo va a estar el problema en la bicicleta, habrán desaprovechado un sabio consejo, una pista valiosa para descubrir la verdad.
Hay que hacerse preguntar, dudar, poner en tela de juicio. Una profesora americana llamada Patricia Henderson dice muchas veces en sus conversaciones habituales: “porque en mi opinión”, “desde mi opinión”, “en mi opinión”… Alguien le preguntó:
- Patricia, ¿por qué dices tantas veces “en mi opinión”…?
Ella contestó sin vacilar:
- Porque me gusta mucho dudar. Creo que es muy importante. Tan importante me parece que le he encargado a mi familia que, cuando yo me muera, el epitafio que se ponga sobre mi tumba, diga lo siguiente: “En mi opinión, aquí yace Patricia Henderson”.
Hay que pensar dónde están los sacos de paja con el que se entretiene nuestra atención, tenga forma de promesa, de atracción, de fiesta o de deporte… Vayamos a la esencia de las cosas. Alguna vez he contado la historia de un león que murió y se fue al cielo de los leones. Allí encontró diverso grupos: los revolucionarios, los deportistas, los literatos, los religiosos… Con todos ellos hablaba. Se encontró entonces con un viejo león que descansaba, ajeno a todo el trajín. Y éste le dijo:
- No les hagas caso. Lo único que pretenden es alejarte del problema verdaderamente importante: descubrir la naturaleza de la cerca.
El deber de exigir
Los ciudadanos tenemos el derecho y el deber de exigir. No debemos ser profesionales de la resignación, del sacrificio y de la paciencia. No tenemos por qué aguantarlo todo. Tampoco tenemos por qué creerlo todo. No es obligatorio pensar que las cosas son como son y que no pueden ser de otra forma. Es probable que quienes están en el poder nos digan que no hay otra manera de actuar. No es así. Las cosas siempre pueden ser de otra manera.
Nos piden más sacrificios, más paciencia, más aguante, más resignación. Nos aseguran que vamos por el buen camino aunque cada vez hay más personas en las cunetas. Quieren que nos quedemos calladitos y quietecitos. ¿Cómo que paciencia? ¿Hasta qué límite? Al poder le molestan las iniciativas ciudadanas que levantan la voz, que llaman la atención. Especialmente las que llegan hasta sus casas. Invocan los derechos de sus hijos. Pero se les olvidan los derechos que tienen otros niños y que, por serlo, no deberían ser menores que los de los suyos. ¡Ah, eso es otra cosa! La señora De Cospedal, vicepresidenta del PP, dice que esas son actitudes nazis. Que esa gente que protesta se presente a las elecciones. Y que protestando no se consigue nada. Y lo dice ella, que debería ser sensible a ese clamor, a ese malestar, a esa indignación.
En primer lugar, los ciudadanos tenemos que pensar, analizar, comprender la realidad. Tenemos que descubrir los hilos ocultos, los intereses que mueven esos hilos, las personas que los manejan de manera oculta o patente.
Tenemos que descubrir las trampas de quienes dicen que las cosas son como son por voluntad de los dioses, por la fuerza del destino, por la casualidad del azar, por mandato de los mercados o por la herencia recibida. Las cosas son como son porque hay alguien que quiere que las cosas sean así. Muchas veces por codicia e interés. Otras veces por pereza. Algunas por una torpeza irresponsable.
Exigir es un verbo que la ciudadanía tiene que conjugar por activa y por pasiva. Para exigir con éxito (o sin él) hacen falta seis cosas:
Razonamiento: es preciso sabe, como decía, qué es lo que sucede, qué está pasando y por qué. Tener capacidad de análisis es fundamental. Ya sé que criticar no es demoler sino discernir. Y para discernir hay que tener información rigurosa, manejar explicaciones solventes y estar atentos a lo que pasa. A lo que le pasa a todo el mundo, no solo a nosotros. Porque algunos protestan solo cuando les va mal a ellos.
Unidad: es difícil que uno solo pueda conseguir nada. La unidad es imprescindible en dos sentidos. Uno, el de la eficacia. El segundo es de naturaleza psicológica. Uno solo, al ver las escasas posibilidades de éxito, se desalienta más fácilmente. Es verdad que la unión hace la fuerza. No me gustan las personas que solo quieren estar a las maduras. Cuando llega la hora de exigir, se callan. Cuando llega el momento de ir a una manifestación, se esconden. Pero luego, si se consigue lo que se pretendía, se apuntan los primeros a recibir el beneficio.
Perseverancia: hay quien se cansa demasiado pronto. “Eso ya lo pedimos el año pasado y nos dijeron que no”. Bueno, pero habrá que pedirlo de nuevo y de nuevo y de nuevo… No es igual decir no después de una petición que después de veinte. La fuerza del no se debilita. Hay que insistir sin desfallecer, sin desanimarse.
Valentía: hace falta valentía para enfrentarse al poder. Hay quien tiene más miedo del razonable. En ocasiones el miedo está más que fundado. Muchas veces tendremos que practicar la valentía cívica, que es una virtud democrática que nos hace ir a causas que de antemano sabemos que están perdidas.
Creatividad: hay que poner una vaca púrpura en la protesta. Es decir, poner algo original, algo llamativo, algo que capte la atención. Hay formas un tanto desgastadas de protesta. Recuerdo aquella curiosa anécdota del alcalde de un pueblo que le pide al Ministro de Educación que no se olvide de enviarles una maestra prostitula.
- Señor alcalde, querrá decir sustituta…
- Quiero decir lo que he dicho, señor Ministro…
El alcalde, a quien reprochaban después su metedura de pata, explicó por qué había dicho lo que le dijo al Ministro.
- Si le pido que nos envíe una maestra sustituta, se olvida de la petición antes de abandonar el pueblo. De esa manera, verás cómo no se olvida…
Y, de hecho, así fue. A los pocos días llegó al pueblo una nueva maestra.
Esperanza: no se puede cargar siempre con el fardo del derrotismo, de la desesperanza, del fatalismo. Puede haber argumentos más que suficientes para perder la ilusión, pero una protesta tiene que estar asentada en la esperanza de que va a servir para algo. Muchas siembras tienen sementeras tardías. Los familiares de los obreros que se tiraron al suelo en la primera huelga de transportes y murieron aplastados por los camiones que pasaron por encima, pensarían que aquel sacrificio había sido estéril. Pero muchos nos hemos beneficiado de aquella sangre derramada. Mucho tiempo después. Si nadie hubiera protestado por las condiciones laborales seguiría existiendo la esclavitud.
No debemos pensar que la acción política se reduce a depositar el voto cada equis tiempo en una urna. Entre una votación y otra hay deberes ciudadanos que cumplir. No se trata de un período de inactividad, sino de una actividad diferente.
En los momentos que estamos viviendo se hace más necesaria que nunca la práctica de la exigencia. Callarse, resignarse, desalentarse y darlo todo por perdido es suicidarse colectivamente.
Todos somos políticos, aunque no de forma profesional. No me huele bien la gente que dice: yo no entiendo de política, la política para los políticos, a mí no me gusta la política… Lo que en realidad están haciendo es adoptar una postura política diferente: la del conformismo.
Los políticos profesionales deben saber que los ciudadanos y ciudadanas tenemos el derecho y el deber de juzgar su trabajo. Les hemos puesto ahí para que nos escuchen, no para que nos hagan callar. Les hemos puesto ahí para garantizar la libertad de expresión, no para cercenarla. ¿Cómo pueden decir que si los manifestantes quieren hacer política deben presentarse a las elecciones? No, yo no quiero presentarme a las elecciones, quiero participar de forma activa sin recortes sin restricciones, sin amenazas ni recomendaciones. Que soy mayorcito.
Saber encajar la crítica y hacer una rigurosa autocrítica son dos medios sine qua non para mejorar lo que se hace. Solo gusta la crítica cuando es halagüeña, pero no cuando es adversa. El poder suele distinguir entre crítica constructiva y destructiva. Y califica de destructiva a la que le es incómoda. No, la crítica destructiva es la que es poco rigurosa, la que es complaciente y aduladora.
No podemos permanecer en silencio si comprobamos cada día que quienes nos deberían salvar nos están empujando al precipicio.
La LOMCE, una ley cruel
Le he oído decir a la Secretaria General del Partido Popular, señora De Cospedal, con el aplomo que la caracteriza, que le parecía increíble que alguien se opusiese a realizar cambios en el sistema educativo, dado el innegable y elevado fracaso existente. Con una inusitada carga de asombro viene a decir que no puede entender a quienes nos oponemos a la LOMCE.
Tendría que sorprenderle a ella que quien hace una ley para mejorar la calidad se dedique de manera concienzuda a eliminar los requisitos más elementales para conseguirla: aumentan el número de alumnos por aula, endurecen las condiciones laborales de los docentes, reducen la formación permanente… Eso sí que debería producirle extrañeza y sonrojo si tuviera un poco menos de soberbia y un poco más de respeto a quienes no pensamos como ella.
No entiende la señora De Cospedal, con lo lista que se cree, que se puede cambiar una situación para empeorarla. Cuando hay un problema no basta hacer cualquier cosa para solucionarlo. Alguna de ellas, podrían agravar la situación. A nadie se le ocurrirá decir que si alguien está enfermo es necesario hacer algo, lo que sea. Algo, sí, pero acertado. Porque si lo que tiene el paciente es dolor de cabeza, de nada serviría ponerle una inyección contra el tétanos. Y me temo que eso es lo que sucederá con la LOMCE. De modo que todos podremos ver cómo el fracaso sigue e, incluso, cómo se incrementa.
Un amigo le dice a otro:
- ¡Qué pena esta vida, nadie cambia!
El amigo, objeta:
- Hombre, no digas eso, que yo he cambiado mucho desde el año pasado.
Y el primero replica:
- Me refería para bien.
Es decir, que una cosa son cambios y otra, muy diferente, mejoras. Lo que hace la señora De Cospedal, tratándonos a los demás de tontos, es confundir una cosa con otra. Es hacernos pensar que esta ley va a remediar los males que aquejan a nuestro sistema educativo. Pero, estos legisladores no tendrán que dar cuentas si eso sucede. Será muy fácil otra vez echarle la culpa a alguien: a los alumnos (que no es fuerzan), a las familias, al profesorado o a la herencia recibida.
Plantearé algunas cuestiones que fundamentan mi posición crítica ante la nueva ley:
La primera es que se piense que para evitar el fracaso o conseguir la no hay nada mejor que otra ley. ¿No sería más lógico perfeccionar la selección y formación inicial, tener menos alumnos en el aula, mejorar las condiciones de trabajo de los profesores, darle más medios a la escuela, atender con más cuidado la diversidad…?
La segunda se refiere a la cultivada mentira de que esta ley ha tenido el mayor consenso de todas las leyes educativas. Es sabido por todos y todas que esta ley ha concitado el rechazo más sonoro y amplio que nunca se haya dado en las leyes anteriores: escritos, manifiestos, conferencias, mesas redondas, jornadas, huelgas, manifestaciones en la calle…
La tercera es acusar a los detractores de utilizar la ideología para atacar el contenido de la ley. Como si al concebirla y redactarla no hubiera habido ideología. No hay ideología al desmontar la asignatura de Educación para la Ciudadanía, ni al incluir como evaluable y promediable la asignatura de religión, ni al aumentar de 4 a 6 años la duración de los conciertos, ni al admitir la segregación en los Colegios concertados, ni al potenciar el papel del director como órgano unipersonal, ni al quitarle atribuciones al Consejo Escolar, ni al minar la fuerza de la escuela pública… ¿O nacen todas esas decisiones de la investigación científica? Lo que sucede es que la ideología suya es la buena.
Quien se estará frotando las manos será el señor Rouco, arzobispo de Madrid. Él tampoco tiene ideología. Ya no sé cómo decir que no quiero dar un euro para que unos profesores elegidos a dedo por los respectivos monseñores les expliquen a los niños y a las niñas las cosas que les explican. No estoy dispuesto a que, con mi dinero, se les diga que la homosexualidad es pecado, que no se pueden usar métodos anticonceptivos, que el aborto es un asesinato… Por citar algunos ejemplos.
Se me dirá que sin entender la doctrina católica no se puede entender nuestra cultura. Y yo añado: ni nuestra pintura, ni nuestra literatura, ni nuestra historia… Pero los profesores de las asignaturas no tienen por qué ser elegidos por el Obispo. Ni tiene que decir el Obispo quién sigue como profesor o no. A mí me parece estupendo que haya creyentes, de cualquier credo y moral, lo que no es de recibo es que esa catequesis se haga en las escuelas y que se sufrague con dinero público.
Lo de la libertad que tanto llena la boca de algunas personas no es más que una excusa para defender intereses: de elegir centro, de tener enseñanza segregada, de tener clases de religión… Pero si, acogiéndose a ese principio, ETA quisiese crear un colegio concertado, veríamos cómo entonces la libertad no se proclamaba como principio absoluto.
Endurecer la evaluación no es la mejor forma de conseguir la calidad. Para que haya buenos resultados es preciso atender otras dimensiones de la enseñanza de las que no se preocupa la ley: quiénes con los docentes, que formación teórico-práctica les asiste, qué motivación tienen para desempeñar su oficio, cómo se elabora un curriculum básico coherente, qué metodologías se utilizan en las aulas, qué sentido educativo tiene la evaluación, cómo participa la familia en la tarea, cómo se organizan las escuelas, cómo se evalúa a los profesores, cómo se potencia la dimensión pedagógica de la dirección…
Establecer evaluaciones externas como eje del sistema educativo es darle importancia al momento de pesar el pollo sin haberse dedicado a alimentarlo previamente. Téngase en cuenta que la evaluación externa y estandarizada solo atiende a resultados, no a procesos. Está descontextualizada y se encamina a la clasificación y a la selección más que a la mejora.
El título del artículo obedece a lo que yo considero la principal lacra de la ley. Al establecer la enseñanza como una carrera selectiva, con reiteradas pruebas externas (han tenido a bien eliminar el término reválidas para llamarlas evaluaciones individualizadas), los que más fácilmente van a ser eliminados son aquellos que parten de condiciones más desfavorables.
A quienes no dan la talla, los elimina. Como si todo dependiese de su esfuerzo y de su talento. Y, claro que en parte depende de eso el resultado. Pero también de muchas otras cosas. Y en esas otras cosas está el contexto económico y social, la cultura familiar, los medios de que disponen los padres, las expectativas, los motivos, las experiencias…
Potenciar la privatización de la enseñanza y mermar la importancia de la escuela pública, favorece a los ya favorecidos por la cultura y la historia. ¿Qué será de los más pobres, de los más débiles, de los más torpes, de quienes tienen dificultades…? ¿Qué será de los discapacitados y discapacitadas? Que se lo pregunten al señor Wertz.
El vuelo de los gansos
En el mundo animal encontramos ejemplos admirables de los que los seres humanos podemos aprender. Recuerdo haber leído hace muchos años un libro emocionante del etólogo y premio Nobel de Medicina Konrad Lorenz. Se titulaba “El anillo del Rey Salomón”. Procedía el título de la leyenda que cuenta que el sabio rey disponía de un mágico anillo que le permitía hablar con los animales y conocer lo que ellos decían. Las deliciosas descripciones de las costumbres de los animales de aquel libro me ayudaron a sentir y pensar.

Los gansos vuelan formando una "V" porque cada pájaro, al batir sus alas, produce un movimiento en el aire que ayuda al ganso que va detrás de él.
La curiosidad que provoca el conocimiento de la vida de los animales y el amor que los protege de la brutalidad y de la crueldad de la naturaleza y de los humanos, es una forma de sensibilidad ética. Maltratar a los animales es una manera de envilecerse.
Hace muchos años que leí esta aleccionadora historia sobre el vuelo de los gansos. Más de una vez he pensado servirme de ella para propiciar algunas reflexiones que nos ayuden a revisar nuestros comportamientos. La etología ha descubierto por qué los gansos vuelan juntos. Lo hacen formando una “V” porque cada pájaro, al batir sus alas, produce un movimiento en el aire que ayuda al ganso que va detrás de él. Volando en V, todo el grupo aumenta por lo menos en un 70% su poder de vuelo, comparado a que cada pájaro lo hiciera solo.
Los gansos comprueban que hay una forma de volar que no solo facilita el vuelo individual sino que ayuda al resto a volar
Cada vez que un ganso se sale de la formación y siente la resistencia del aire, se da cuenta de la dificultad de volar solo y de inmediato se reincorpora al grupo, para beneficiarse del poder del compañero que va adelante.
Cuando un líder de los gansos se cansa, se pasa a uno de los puestos de atrás y otro ganso toma su lugar.
Los gansos que van detrás producen un sonido propio de ellos y lo hacen con frecuencia para estimular a los que van adelante para mantener la velocidad.
Cuando un ganso enferma o cae herido, dos de sus compañeros se salen de la formación y lo siguen para ayudarlo y protegerlo, y se quedan con él hasta que esté nuevamente en condiciones de volar o hasta que muere.
Vivimos en un época en la que el individualismo campa a sus anchas en la sociedad. Un individualismo de dos tipos. El primero se refiere al exclusivo interés por uno mismo. En tiempos de crisis, adquiere un nuevo matiz: sálvese el que pueda. El segundo individualismo tiene que ver con un ego colectivo que puede ser la pareja o la familia. Lo demás y los demás no solo es que no importen, es que pueden ser sacrificados en aras de la causa particular.
Los gansos ha descubierto que es mejor ayudarse unos a otros que competir por ver quién llega primero, Es más razonable ayudarse que destruirse. Es mejor ser compañeros de viaje que hacen más fácil el vuelo que competidores que se obstaculizan y se destruyen.
No nos damos cuenta de que, a la larga, esa forma egoísta de plantear las cosas, acaba siendo perjudicial para todos. Porque la unión hace la fuerza. Cuando un ganso decide volar por su cuenta, olvidándose de los demás, tiene muchas más dificultades en hacerlo.
Nos está pasando que, al ir cada uno a lo suyo, nos estamos perjudicando todos. Nuestra fuerza se multiplicaría si nos ayudásemos unos a otros. Pero no. Cada individuo piensa que los demás son obstáculos, destructores o competidores de su felicidad. Como si se tratase de repartir un pastel y pensásemos que lo que se lleva el otro, nos lo quita a nosotros. Puede entenderse, por el contrario, que o construimos entre todos una casa o no tendremos casa. Son dos formas de ver las cosas. Los gansos nos muestran por qué es más razonable la forma solidaria de proceder.
Los gansos nos dan otra lección con su estrategia colectiva de vuelo. La asunción de responsabilidades se reparte para ejercer el liderazgo de forma que cuando uno se cansa otro le releva. Cuando uno no puede más, es relevado por otro, que tiene que hacer un esfuerzo singular durante un tiempo. El líder vuela al servicio el grupo. No se aprovecha de los demás sino que los sirve. Esa forma de asumir la responsabilidad es positiva para todos, no solo para quien la ejerce. El relevo hace que todos puedan aportar ese servicio al grupo.
Voy a publicar en Argentina y Portugal dentro de una semanas un libro sobre el valor educativo de la dirección escolar. Se titulará “Las feromonas de la manzana”. La metáfora se debe al hecho de que las manzanas tienen unas feromonas tales que si metes una manzana en un bola con frutas verdes, éstas maduran por la influencia de las feromonas De esa manera se muestra que la dirección es una fuerza que ayuda a crecer. En el libro explico que el líder es aquella persona que ayuda a crecer a los demás. Y en él defiendo la tesis de que no me gustan los directores o directoras para toda la vida sino los que ejercen la dirección durante un tiempo y luego se incorporan al grupo como uno más.
Cuando el líder está como uno más en el grupo, sabe lo que es ser un líder y cuando está ejerciendo el liderazgo sabe lo que es estar como uno más en el grupo. No creo que unos hayan nacido para el liderazgo y otros para la obediencia sino que todos hemos nacido para ayudarnos mutuamente en funciones diferentes.
El sonido que emiten los gansos sirve de estímulo y de aliento a los demás. Frente al uso de la palabra para destruir, desanimar, criticar y demoler, existe la posibilidad de utilizarla para alentar, ayudar y estimular a los demás. Los gansos se animan a través de los sonidos que vienen a decir: estamos juntos, ánimo, adelante…
Me gusta, sobre todo, de esta maravillosa lección, la ayuda que el grupo presta a quien flaquea o enferma. Esta es una característica de las sociedades que valoro de forma entusiasta: ¿qué pasa con los débiles, con los enfermos, con quienes no pueden seguir el ritmo de los demás? La actitud de abandonarlos a su suerte es propia de grupos desalmados. La atención a los que tienen problemas es un signo de la categoría moral de las sociedades. Sería más fácil dejar que quien flaquea o enferma, caiga y se pierda. Los demás podrían seguir sin esa rémora. Decidir acompañarlos hasta que se incorporan al grupo o mueren, significa velar por la dignidad de cada individuo.
Ayudar a los débiles, a los enfermos, a los discapacitados es un modo de construir un grupo inteligente y solidario. En una ciudad hecha para los niños, piensa Francesco Tonucci, pueden habitar enfermos, mujeres embarazadas, discapacitados, ancianos… En el vuelo de los gansos están todos, no solo los más fuertes, los más sanos, los que vuelan mejor.
Cuando quiero saber si una institución, una ciudad o un país tienen calidad y equidad de vida, compruebo cómo tratan a los más débiles. Ahí encuentro la clave para decir si ese grupo es una selva o una sociedad.




























