Trabajos forzados

Sé que el tema de los deberes escolares es peliagudo ya que tiene muchas dimensiones, muchos protagonistas y muchos espectadores.  Si  preguntásemos a los niños y a las niñas dirían, probablemente, que están hartos de tantas tareas. Si les preguntásemos a los padres y madres unos dirían que son pocas y otros que son excesivas. Si preguntásemos a los docentes unos dirían que son innecesarios y otros, quizás, que son imprescindibles para atender las exigencias curriculares.

Hay razones más que sobradas para eliminar de un plumazo esos atosigantes deberes domésticos que bien podríamos calificar de trabajos forzados.

La cuestión se entremezcla con el nada despreciable asunto de las actividades extraescolares, que suelen ser diversas y numerosas: idiomas, piano, ballet, violín, deportes, judo, karate, baile, tenis, padel…  Actividades que cuestan dinero y que no todas las familias se pueden permitir. El caso es que muchos niños y muchas niñas tienen las tardes saturadas de ocupaciones y no pueden superar la principal asignatura de esa etapa de la vida que es el juego. Se lo digo muchas veces a mi hija Carla, que ahora tiene diez años:

- Tu asignatura fundamental es jugar.

Ella me dice que si pienso así debería escribir un libro y regalárselo a la directora de su colegio. Porque el hecho de que yo lo piense no le ayuda mucho a satisfacer sus deseos.

No me gusta ver a mi hija llorar porque no ha podido jugar nada en toda la tarde. No me gusta privarla de su principal alimento, del aire psicológico que le da vida y le ayuda a crecer: el juego. Tampoco me gusta que les pase a todos los niños y niñas del país.

No creo que sea razonable cargar a los niños  con más horas de trabajo de las que tenemos los adultos. Su  jornada laboral es excesiva: horas de colegio, mas horas de actividades extraescolares, mas horas de deberes en la casa… Y luego la ducha, la cena y el descanso al que sigue un nuevo madrugón. ¿Qué vida es esa? ¿No es suficiente el tiempo de colegio?  ¿Por qué más?  ¿Se llevan a casa los adultos, por regla general, unas horitas complementarias  de trabajo por imperativo de sus jefes? ¿Se llevan a casa los trabajadores lentos lo que no han hecho en el tiempo reglamentario?

Los deberes escolares se suelen hacer en solitario, sin que medie la riqueza del trabajo cooperativo. Generan ansiedad, provocan estrés, impiden la práctica del juego y acortan el necesario  descanso.

Hay otra razón importante para oponerse a ellos. Un régimen intenso de tareas agrava las diferencias entre los niños. En primer lugar porque hay familias que no pueden ayudar a sus hijos dado su nivel de conocimientos y la escasez de tiempo. En segundo lugar porque hay familias que no tienen medios económico. Carecen de ordenador, de impresora, de internet… Y, si los tienen, no saben cómo deben utilizarlos didácticamente.

Dice Bernstein que el ritmo de los aprendizajes que hace falta seguir hoy en las escuelas es tan acelerado que hace falta una segunda escuela en la casa para seguirlo. ¿Y el que lo la tiene? Pues ya era desgraciado antes de ir a la escuela y, ahora, es doblemente desgraciado porque tiene todas las papeletas para fracasar en ella.

Los padres/madres que no pueden ayudar a sus hijos e hijas en los contenidos de las asignaturas se preguntan: ¿Por qué no se lo explican los profesores?, ¿para q¿para q﷽﷽﷽ué les pagan?, ¿qué hacen?… Esas familias que no pueden ayudar a sus hijos se ven constreñidas a contratar profesores particulares. Y precisamente son esas familias las que no pueden tenerlos.

Las familias pobres no disponen de lugares propicios para el estudio, para el trabajo aislado de cada hijo o hija. Es decir que las tareas les condenan a seguir retrasados respecto al resto.

Complica el problema el hecho de que en algunos centros los profesores no se coordinan. Y así cada uno exige tareas como si solo existiese su asignatura. Existe una convicción flotante de que el profesor es mejor según la presión que ejerce con las tareas. Y eso mismo ha de aplicarse a los Colegios. Algunos padres y madres piensan que  el Colegio es bueno en la medida que carga con abundantes tareas a sus escolares. Y eso provoca una soterrada competición.

¿Por qué sucede esto? Creo que hay varios motivos. En primer lugar existen rutinas inveteradas. Se repiten los modos de actuar sin someterlos a un análisis riguroso. Se hacen las cosas porque siempre se han hecho así, porque el  año anterior se hicieron así.  En segundo lugar existe, como decíamos, la presión social. Si todos lo hacen, también nosotros tenemos que hacerlo. En tercer lugar, hay una obsesión por la obtención prematura de resultados. Hay que conseguir logros cuanto antes. Sin tener en cuenta que no por mucho madrugar amanece más temprano. En cuarto lugar, hay  una competitividad instalada en el sistema que hace que miremos de reojo a los demás para ver lo que hacen. En sexto lugar, no se olvide que detrás de todas estas cuestiones hay dinero: se venden materiales para  hacer las tareas, se contratan profesores particulares…

Si el curriculum oficial es demasiado extenso debería acortarse y, si es el adecuado, debería aumentarse el tiempo escolar. Y, cuando termine la jornada, se terminó el trabajo. ¿Es razonable que los padres, madres o profesores particulares tengan que suplir o completar las explicaciones de quienes reciben un sueldo por enseñar a los niños y a las niñas?

Estoy hablando de las etapas de Infantil y Primaria. Otra cosa son las etapas siguientes en las que el trabajo autónomo va cobrando un papel progresivamente elevado. Para esas etapas posteriores hay que racionalizar el trabajo y hay que potenciar la autonomía. Es un error hacer los deberes por ellos, incluso hacerlos con ellos. Más lógico es y acudir en su ayuda cuando la necesiten. Ellos deben ponerse manos a la obra, organizar el tiempo, responsabilizarse de sus tareas… Y, eso, facilitarles ayuda cuando estén perdidos. Solo entonces. Es conocida la propuesta de las clases invertidas (Flipped Classroom), es decir que el alumno explore en la casa y que luego el profesor le ayude a hacer ejercicios en el aula. El Flipped Classroom (FC) es un modelo pedagógico que transfiere el trabajo de determinados procesos de aprendizaje fuera del aula y utiliza el tiempo de clase, a través de la experiencia del docente y de la interacción con los compañeros, para facilitar y potenciar otros procesos de adquisición, práctica  y aplicación de conocimiento dentro del aula.

Ya sé que hay niños y niños. Niñas y niñas. Es decir, que a algunos les cuesta poco tiempo y esfuerzo hacer las tareas y otros se eternizan, Niños que se disponen solos a hacer el trabajo y otros a los que hay que perseguir y casi forzar a sentarse para abrir el libro. Para colmo, muchas veces las tareas se enfocan a la preparación de exámenes. Exámenes que consisten en repetir de memoria los contenidos de los textos. Utilizando la cabeza, sin los textos, sería difícil aprobar.

La excesiva presión por los resultados, la competitividad extrema, el aprendizaje de carácter mecánico y la realización de exámenes memorísticos, hacen que la infancia viva atenazada Hay razones más que sobradas para eliminar de un plumazo esos atosigantes deberes domésticos que bien podríamos calificar de trabajos forzados.

La Libreta de los sentimientos

Hace ya muchos años (en 1978, para ser exactos), Alexander Neill,  fundador de la escuela inglesa de Summerhill, que tuve la suerte de visitar en dos ocasiones, escribió un libro titulado “Corazones, no solo cabezas en la escuela”. Neill sostenía, en la teoría y en la práctica, que la finalidad de la escuela era alcanzar la felicidad. Sus tesis tienen hoy, a mi juicio,  una renovada vigencia.

Tuve en mis manos esa Libreta que es como una caja de sentimientos en la que los niños meten sus preocupaciones, demandas, angustias, conflictos y temores. Quien ha escrito algo en la Libreta sale al frente de la clase y explica qué es lo que siente, lo que necesita o lo que ofrece.

La escuela ha sido siempre el reino de lo cognitivo, pero creo que debe ser también el reino de lo afectivo. No solo porque la esfera de los sentimientos nos acerca o aleja de la felicidad sino porque para aprender es necesaria una disposición emocional favorable al aprendizaje.

He visitado hace unos días el Colegio público Pare Català de Valencia.  Me habían invitado a impartir una conferencia con el título “Arqueología de los sentimientos en la escuela”. Es el título de un pequeño libro mío publicado en Buenos Aires y traducido posteriormente al portugués. La orientadora del centro, María José Bataller,  tuvo la amabilidad de brindarme una hermosa experiencia en una aula de 6º de Primaria (11-12 años para quien me lee fuera de España).  Asistí a una asamblea en la que los niños/niñas (19 esa mañana), con las mesas puestas en círculo y bajo la guía de la tutora del grupo y de la orientadora, iban a trabajar sobre la ”Libreta de los sentimientos” que abrieron al comenzar el curso.

Tuve en mis manos esa Libreta que es como una caja de sentimientos en la que los niños meten sus preocupaciones, demandas, angustias,  conflictos y temores.  Quien ha escrito algo en la Libreta sale al frente de la clase y explica qué es lo que siente, lo que necesita o lo que ofrece.

En esa mañana un niño contó que, después de su demanda de ayuda porque se sentía solo, había recibido el apoyo de varios compañeros y compañeras de la clase. Alguien le había llamado para salir, alguien le había acompañado a casa,  alguien había jugado con él en el patio… Manifestó que se encontraba bien y que daba las gracias a quienes le habían ayudado.

Una niña  manifestó su sentimiento de dolor porque cuando iba hacia la casa con dos compañeros, tenía que separarse de ellos ya que uno no quería que ella escuchase lo que le iba a decir al otro. Se sentía excluida. La orientadora preguntó si se imaginaban cómo se sentía su compañera. Varios opinaron al respecto.  Y luego preguntó por la soluciones. Se sucedieron las propuestas:

-            Que le cuente esos secretos a su amigo en otro momento para que ella no se sienta mal…

-            Que comparta los secretos con ella pidiéndole que no los cuente a otras personas…

-            Que hablen de cosas que les interesen a los tres…

El niño dijo que lo hacía porque no sabía que a ella le molestaba y que, sabiendo lo que le sucedía a su compañera, dejaría de hacerlo.

En ese pequeño laboratorio se iban trabajando los sentimientos en las probetas de los corazones  y allí se modificaban al calor de comunicación y de la bondad.

Las manos se levantaban mientras iba llegando el turno de cada uno. Hablaban con una espontaneidad admirable. Respetaban con rigor el turno de palabra. Manifestaban lo que les preocupaba y lo que les hacía sentir infelices. Y entre todos buscaban las soluciones a los problemas sentimentales.

Después de trabajar sobre los contenidos de la Libreta, me enseñaron la Caja de las felicitaciones. Por la pequeña ranura de la parte superior habían ido introduciendo aquellas felicitaciones que deseaban formular: a toda la clase, a algún compañero o compañera, a la tutora…

Les hablé al final de la importancia de aquello que hacían en las asambleas y de aquello que escribían en la Libreta de los sentimientos. Les dije que era muy importante saber vivir felizmente y que eso dependía mucho de su vida sentimental. Les recordé que si uno se sentía mal era difícil que todos pudieran estar felices. Les agradecí que me hubieran permitido compartir todas aquellas emociones siendo yo un desconocido y les felicité por su sinceridad y por su valentía. Les insté, posteriormente, a que aprendiesen a conjugar emocionalmente estos cinco verbos:

Pedir:  ser capaces de solicitar la ayuda, el amor, la compañía, la compasión, el apoyo que necesitasen.  Hay quien no sabe pedir. Porque tiene miedo a que no le den, porque cree que no merece nada…

Dar: hay quien no es capaz de tener en cuenta a los otros, de responder a sus necesidades y demandas. No da porque tiene miedo a que le pidan a él y tenga que ser generoso.

Recibir:  es un apena que haya personas que no se atreven a recibir afecto, que se protegen de cualquier entrega, que consideran que ellas no se merece nada.

Rechazar: es preciso aprender a rechazar una petición cuando se quiere hacer así. Hay personas que no saben decir que no porque temen perder el  afecto de los demás.

Encajar:  cuando alguien nos dice que no, debemos ser capaces de encajar la negativa sin destruirnos. No es cierto que nos hayan dicho que no porque nos lo merezcamos sino porque no son  generosos.

Me despedí de ellos con un cuento que invita a ver las cosas, la vida, la gente y a sí mismos con optimismo. Se titula “Todo es para bien”. Ellos y ellas escuchaban absortos, como escuchan los niños y las niñas los cuentos.

La orientadora me informó sobre el origen de la experiencia. Un vídeo que se encuentra en You tube y al que remito a mis lectores y lectoras. Se titula “Pensando en los demás. Pedagogía para la vida”. Se trata de una experiencia realizada en un curso de 4º de Primaria, en la escuela pública Minami Kodatsuno. El documento ha sido, al parecer, repetidamente premiado. La verdad es que es muy hermoso.

El maestro Toshiro Kanamori, al que ya conocen los niños y las niñas del curso anterior,  pregunta al empezar el curso en el mes abril de 2002.

-                    ¿Qué será lo más importante de este curso?

Y los niños contestan a coro:

-                    ¡Ser felices!

-                    ¿Para qué estamos aquí?, insiste el maestro

-                    ¡Para ser felices!, dicen los niños como si se tratase de una lección bien aprendida.

El maestro, a quien ya conocen los alumnos del curso anterior,  les dice: puesto que solo tenemos una vida, debemos que vivirla con alegría. Cada día tres alumnos leen sus cartas en las que expresan los sentimientos que les invaden. Comienza un chico contando el dolor que le ha producido la muerte de su abuela. Otros se unen compartiendo sus sentimientos ante situaciones semejantes que han vivido.

Alguien podrá pensar que estas actividades constituyen una pérdida de tiempo. No  lo considero así.   Porque  se gana el tiempo cuando se aprende que solo podemos ser felices juntos, que nadie puede ser feliz cuando otros están tristes. Se gana el tiempo cuando se busca el camino de la felicidad.

Alguien pensará que esta búsqueda de la felicidad es contraria a la dureza de la vida, al sacrificio que exige el aprendizaje. Pues no. Porque, siendo necesario el sacrificio y el esfuerzo, es más lógico y más fácil hacerlo cuando tiene un sentido.  ¿Hay algo más importante que aprender a ser felices?

Serenidad

La vida que llevamos hoy suele estar llena de ajetreo, turbulencias y prisas. Nos domina el trajín, nos agobian las tareas, nos desvelan los problemas, nos asedian las dificultades, nos espolea la competición… ¿Cómo mantener la serenidad? ¿Cómo saber qué es lo importante y qué es lo  accesorio? ¿Cómo librarse de las trampas que la urgencia nos tiende en forma de opciones que parecen inevitables?

El muchacho se acercó y pudo observar que en medio de aquella terrible tempestad, entre los relámpagos y el cielo ennegrecido, había una roca que sobresalía del mar y encima de ella un pequeño nido de pájaros.

Decía Ldwing van Beethoven: “Ten serenidad. Solo considerando con tranquilidad nuestra existencia, llegaremos a conseguir nuestro propósito”. Para ello hay que tener un propósito. Y creo que el principal es tratar de ser felices. ¿Cuántas veces, ante la muerte de un ser querido, nos hemos dicho que es necesario ordenar nuestra vida  en orden a lo verdaderamente importante? “¿Cuántas veces nos hemos sorprendido corriendo sin saber a dónde íbamos? “ ¿Por qué tanta prisa si acaso vamos en la dirección equivocada? Todo pasa, solo la serenidad permanece”, apuntaba Lao Tsé.

Acabo de recibir, como obsequio de la autora, el libro de Cristina Gutiérrez Lestón titulado “Entrénalo para la vida”. El subtítulo no puede se más esclarecedor: “Hay padres que preparan el camino para sus hijos y padres que preparan a sus hijos para el camino”.

Cristina es una  educadora nacida en Alemania que está trabajando desde 1986 con niños y adolescentes en contacto con la naturaleza. Es codirectora de la Granja Escuela de Santa María de Palautordera (una localidad del Montseny, a cuarenta kilómetros de Barcelona). Por la Granja pasan cada año más de diez mil niños y niñas en una estancia de tres días. Allí pretenden que los niños sientan la naturaleza, que convivan en armonía y que exploren su mundo emocional.

He leído el libro de un tirón y, entre las cosas que me han llamado la atención, está la pregunta que un día le hace a Cristina su hijo pequeño: “Mamá, ¿qué es la serenidad?”. Ella comenta: “Intenté utilizar diferentes sinónimos para definirla, hasta que me di cuenta de que no sabía definirla bien, cómo explicarlo para que un niño relativamente pequeño lo entendiera”.  Poco tiempo después, en una conferencia del doctor Mario Alonso Puig escucha un cuento que se lo aclara. Lo comparto con mis lectores y lectoras.

Hace mucho, mucho tiempo, en un país lejano, vivía un rey viudo que se preocupaba mucho por la educación de su único hijo y heredero, que entonces tenía doce años. Un buen día el rey quiso explicarle a su hijo el significado de la palabra serenidad. Los maestros del niño, los sabios del palacio y hasta el mismísimo rey lo intentaron, pero el muchacho no conseguía entenderlo. El rey estaba preocupado, ya que para él se trataba de un concepto básico y necesario para un futuro monarca.

Su Majestad, con una cultura y una sensibilidad muy avanzadas para su época, tuvo una idea: si las palabras no daban fruto en la mente de su hijo, tal vez lo harían las imágenes. Y así fue como el rey ideó una gran exposición de pintura en la que el tema central sería la serenidad. Dicho y hecho, su secretario personal se puso en marcha para obedecer las órdenes de su Majestad e hizo llegar la noticia a todos los rincones del reino, puesto que el rey impuso como norma que todos los súbditos pudieran participar, fueran o no artistas y que ninguna obra, por mala que fuese, quedase descartada de la gran exposición que se haría en la gran sala del trono. Una bolsa de oro sería el premio.

Las obras empezaron a llegar y a llenar la gran sala del trono. Había tantas que el secretario quiso poner un poco de orden clasificándolas personalmente, según la calidad, la belleza de paisaje y la gama de colores… Las obras de poca calidad quedaban relegadas a la última pared, la más oscura y escondida.

Un día, antes de la gran exposición, un viejo que vivía en lo alto de una montaña y que de joven había sido pintor trajo su cuadro. Cuando lo vio el secretario quedó horrorizado. Pero, ¿qué era aquello? Los colores oscuros, negros, grises, dominaban la tela, que representaba una terrible tempestad en el mar y unas olas que rompían con fuerza en el acantilado. El hombre no podía evitar cierto miedo al mirarlo. Aunque la calidad era bastante aceptable y, probablemente, el artista tenía talento, no lograba entender cómo eso podría levar el título Serenidad. El secretario y sus ayudantes pensaron hasta en esconder el cuadro para que el rey no se enfadara al verlo en medio de aquella sala fastuosa llena de bellas obras de arte.

El día de la inauguración, la plaza real se llenó hasta los topes. Artistas, súbditos y la nobleza en pleno querían ser los primeros en ver la exposición más grande que jamás se había celebrado en el reino. Delante de la comitiva iban el rey y su hijo, emocionados porque por fin el heredero podría entender el significado de la palabra serenidad.

El rey miraba todos y cada uno de los cuadros con intensidad: puestas de sol, el mar en calma, los prados llenos de flores, las montañas nevadas…. Después de un buen rato llegó a la última pared, la más oscura.. Cuando el rey vio aquel cuadro terrible, la cara de sorpresa del monarca hizo temblar a su secretario, temeroso por un momento de perder su cargo. El monarca se acercó al cuadro, lo miró con interés, se alejó y volvió a acercarse hasta casi tocar la tela con la nariz. Entonces se volvió, miró a su secretario y dijo:

-        Este es el cuadro ganador. Hijo, acércate para ver qué es la serenidad.

El secretario se quedó boquiabierto. ¡No entendía nada!

El muchacho se acercó y pudo observar que en medio de aquella terrible tempestad, entre los relámpagos y el cielo ennegrecido, había una roca que sobresalía del mar y encima de ella un pequeño nido de pájaros. Se acercó un poco más y pudo ver que dentro del nido había una madre pájaro dando de comer a sus cuatro crías.

El rey, entonces, le dijo:

-        Hijo, eso es la serenidad: saber, en medio de la tormenta, cuál es tu prioridad.

Hay tormentas de todo tipo. Tormentas emocionales, laborales, familiares, económicas, políticas, sociales… ¿Qué hacer?, ¿cómo actuar?, ¿cómo mantener la calma…? La respuesta nos la da el anciano pintor del relato. Sabiendo elegir la prioridad a pesar de cualquier contratiempo, de cualquier vicisitud, en medio de cualquier tormenta. Mantener la calma para saber qué hacer y tener el valor de hacerlo..

“La serenidad es la virtud por excelencia, la belleza suprema, la suprema expresión”, decía Amado Nervo. Todos conocemos a personas que poseen esta rara virtud. Personas que mantienen la calma, que permanecen tranquilas, que saben guarecerse de la tormenta exterior. Y, por el contrario, a personas que se agitan  en la ansiedad de sus propios pensamientos y de sus circusntancias.  Conocemos también personas que contagian la intranquilidad, la desazón, el nerviosismo y otras a cuyo lado se instala la serenidad y la tranquilidad  en que se puede pensar, dialogar y actuar con calma y sosiego. Oigamos al poeta Horacio que tan reflexiva y bellamente escribió: “Cuando el día se nuble y el trueno ruja, consérvate sereno”.

La escuela rural de Olba

La escuela rural es invisible. Basta comprobar lo poquito que se habla de ella, lo poquito que se la tiene en cuenta, el poquito ruido que hace. Como es invisible parece que no existe. Como es pública, parece que no vale. Y, como es invisible y pública , no hay nada que hacer por ella. Cuando se promulgan las leyes sobre educación apenas si se piensa en la escuela rural. Cuando se estudia la organización escolar, ocupa un lugar insignificante. Cuando se forma a los futuros maestros y maestras, aunque muchos van a pasar por esa modalidad de escuela, apenas si se dedica tiempo a sus peculiaridades y exigencias. Sin embargo, es importante que la tengamos en cuenta, que la conozcamos, que la queramos y que la apoyemos.

La escuela rural de Olba tiene un Huerto Ecológico que ha recibido hace poco un premio nacional.

Hace ya algunos años escribí un artículo titulado “Mi querida escuela rural”. Lo escribí porque que en dos comunidades autónomas españolas existía, una especie de plan de exterminio de las escuelas rurales. Afortunadamente se paralizó gracias a la oposición de AMPAS, sindicatos y profesores…  Aunque las Consejerías manejaban argumentos sobre las carencias y limitaciones de las escuelas rurales,  todos sabíamos que detrás solo había criterios económicos Digo querida en el título porque ese fue el tipo de escuela en el que hice mis primeros aprendizajes. Fui a la escuela para niños (las niñas iban a otra escuela) y en ella di mis primeros pasos en el camino del aprendizaje. Cuando ahora paso por delante de los edificios, me asalta una enorme emoción. Querida también porque creo que es la institución que le abre el horizonte en mi país a los niños y a las niñas de las pequeñas localidades.

Cuando se elimina la escuela de un pueblo se extiende el certificado de defunción del mismo. Un pueblo sin escuela está condenado a muerte.  Si desaparecen los niños y las niñas de un pueblo, con ellos se va el futuro.

He visitado hace unos días la escuela de Olba, un pequeño pueblo  situado en la comarca Gúdar-Javalambre, en la provincia de Teruel. Una escuela con 26 niños y niñas  y con  dos aulas multigrado, guiadas amorosa y sabiamente por las maestras Delfi Ruiz y Rosa Pérez. Pasé una mañana con los niños y las niñas, espontáneos y afectuosos. Cuentos, canciones, trucos de magia (todo es magia para los peques) y preguntas. Esas preguntas que hacen los niños, cargadas de curiosidad y de ingenio. Luego comimos una estupenda paella (¡qué mano, Manuel!) con los maestros y maestras del CRA (Colegio Rural Agrupado, que integra las escuelas de 7 pequeños pueblos)e la comarca, al solecito del mediodía en el patio de la escuela  (¡Teruel en enero, qué suerte de tiempo!).

La escuela de Olba tiene un Huerto Ecológico que ha recibido hace poco un premio nacional. Las familias que cultivan el huerto con ayuda de los niños y niñas, están tratando de ampliar los terrenos del huerto y se encuentran en procesos de negociación con vecinos del pueblo y haciendo gestiones con el Obispado y la parroquia para la cesión de terrenos colindantes. ¿Cómo no facilitar el crecimiento de la escuela, que es el corazón del pueblo?

Los niños y niñas venden en el mercadillo los productos que  se cosechan. Productos que llevan el logo de la escuela. Saben qué, cómo y cuándo se siembra, saben cómo se cosecha y aprender a comercializar los productos.

Tengo delante de mí un detallado informe sobre el Huerto Ecológico.  El Informe se cierra con estas hermosas palabras: “Con el Huerto Escolar Ecológico de Olba pretendemos que los niños aprendan de forma práctica, que cuiden su entorno y su alimentación, que crezcan sanos y libres y que tengan unas herramientas para crear su futuro, un futuro Al final del mismo aparecen testimonios de los niños  basado en unas empresas respetosas, ecológicas, sostenibles y locales. Que sus aulas no tengan paredes y puedan recibir también conocimientos de las personas que tienen alrededor, que la escuela sea una comunidad de aprendizaje real para nuestros niñ@s”.

Me llamó poderosa y positivamente la atención el hecho de que las familias tengan una gran importancia en el proyecto educativo de la escuela y del Huerto Ecológico. La participación de los padres y de las madres en la escuela es verdaderamente esencial. Lo he dicho muchas veces:   Sin la familia, imposible.

Mi presencia fue el fruto de una vertiginosa iniciativa de María Niubó, madre que lleva a sus hijas Marina e Iria a esa escuela (y que está viviendo en el pueblo por la calidad que descubrió en su proyecto educativo y en el ideario pedagógico de las maestras). María, en un tiempo record, organizó dos conferencias que se celebraron en la Universidad de Teruel. Con tiempo frío, en dos días laborables consiguieron llenar el salón de actos de la Facultad de Educación. Como para que no haya optimismo en la educación de nuestro país. Ese empeño denodado, ese esfuerzo generoso, ese interés por mejorar la escuela, son el mejor testimonio de que vamos por el buen camino.

Me alojé en la casa de María y Clemente, vecinos de Olba. Me contaron que han viajado por toda España en busca de una escuela en la que sus hijas aprendan y sean felices. Es admirable que una familia haga un costoso peregrinaje en busca de proyectos educativos de calidad. Conocían de cerca todas las experiencias por las que le preguntaba: O Pelouro de Galicia, El Roure de Barcelona, pedagogía Waldorf, Comunidades de Aprendizaje, método Freinet, modelo Montesory… Hacen la elección de localidad en función de la escuela que quieren para sus dos hijas…  Y ellos se integran en el proyecto para mejorar no solo la educación de sus hijas sino la de todos los que  acuden a esa escuela. Eso es: la educación en el epicentro de la vida.

¿Por qué  me parece importante la escuela rural? Porque no arranca a los niños y niñas de su medio sino que los mantiene arraigados en su hábitat, porque no los aleja de su familia en viajes llenos de peligros y de sueño, porque los padres pueden acercarse fácilmente a la escuela, porque los maestros conocen bien el contexto… Desde la casa de María casi se toca la escuela con la mano. El segundo día de mi estancia bajé de la mano a Iria a la escuela, en un trayecto de manos de un minuto. Cuánto tiempo ganado a la vida.

El problema de la escuela rural es la continuidad en los estudios. El problema es el paso al Instituto, que ya tiene su problemática en cualquier entorno, como ha estudiado mi amigo y colega José Gimeno en el libro “El paso a Secundaria”.

Estas líneas son un canto a la escuela rural, a su condición de escuela pública, a sus valores, a los maestros y maestras que eligen esa modalidad de escuela, al servicio que prestan a las familias que trabajan y viven en ese medio. ¡Ay, mi querida escuela rural!

NOTA: Mientras escribía este artículo, ha fallecido Marina, la hija mayor de María y Clemente. No me lo puedo creer. Estoy profundamente conmovido. La muerte es algo tan natural como excesivo. Decía Saint Just que a la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. ¿Cómo puede albergar tanto dolor el corazón humano?   Adiós, querida niña. Un gran abrazo para la familia de Marina, para su escuela rural que tanto la quería y para todo el pueblo de Olba.

Sin mujeres

El nuevo gobierno griego está integrado exclusivamente por varones. Diez ministerios, diez ministros. Y a correr. Cien por cien de hombres. Como en una nueva Iglesia laica, el jefe Alexis Tsipras, ha decidido excluir a las mujeres en su rápida operación selectiva, una vez ganadas las elecciones. Habrá entendido que no hay en el partido Syriza ni en toda Grecia una mujer preparada para desempeñar las tareas que, al parecer, pueden realizar a la perfección sus colegas varones. Estoy seguro de que se habrá apoyado en muchas y valiosas mujeres para ganar las elecciones.

El nuevo gobierno griego está integrado exclusivamente por varones. Diez ministerios, diez ministros. Y a correr. Cien por cien de hombres.

(No sé si me ha producido más sorpresa que indignación o más indignación que sorpresa oírle al Papa  decir en Filipinas hace unos días que todavía queda mucho machismo en la sociedad. No daba crédito a lo que oía. Porque dice eso el jefe supremo de una Iglesia que excluye a las mujeres del sacerdocio y del poder. Ver para creer).

No se puede pensar que el ganador de las elecciones griegas tenga un olfato muy afinado para los nombramientos. Eso pienso y eso digo. Cuando se han escolarizado en similares condiciones  los niños y las niñas se ha podido comprobar en todo el mundo que las niñas, en general, han trabajado mejor y han obtenido mejores resultados. Es fácil suponer que entre las mujeres habrá, pues, más personas de valor que entre los hombres.

Lo que pasa es que, como en este caso, a las mujeres  se las traga la falla del sexismo. Han demostrado que son mejores, pero luego desaparecen como por arte de magia de la vida pública, del poder, de la banca, de los negocios, del ejército, de la política, de la academia y de la Iglesia. El sexismo es un zanja que, a pesar de haber arrojado a ella muchos cadáveres de mujeres, muchas injusticias, muchas discriminaciones y muchas lágrimas, todavía sigue siendo muy profunda.

Cuando se habla del sistema de cuotas hay quien dice que si una mujer está en el gobierno debe ser porque vale y  no por ser mujer. Yo también lo digo. Pero creo que tiene más lógica –vistos los resultados del trabajo de las  mujeres en las escuelas y universidades- que hagamos esa afirmación referida a los hombres: si hay un hombre en el gobierno, debe ser porque vale y no porque es hombre.  Me temo que en este caso no ha sido así. Me temo que, en el caso del gobierno griego, los hombres han jugado con ventaja por el hecho de ser hombres. Defiendo el sistema de cuotas porque, cuando no existe, ya se ve lo que pasa. Y lo defiendo porque tengo la convicción de que si se exige que se repartan los cargos al cincuenta por ciento, será más fácil encontrar personas valiosas y capaces entre las mujeres.

Lo sucedido en la formación del gobierno griego no es un hecho que perjudique tanto a las mujeres como a los miembros del gabinete y, por supuesto, al pueblo griego. Porque se deja fuera  (en una situación tan crítica) a personas que no solo podrían aportar inteligencia y buen hacer, sino porque incorporarían una sensibilidad especial en el modo de entender lo que es el poder, lo que es la realidad y lo que es la vida. Y porque tendrían una capacidad de diálogo mucho mayor y, por consiguiente, mucho más eficaz para resolver los problemas

Por otra parte, cuando entran mujeres a formar parte del gobierno, suele designarse a hombres para ministerios considerados fuertes (Economía, Hacienda, Defensa…) y a mujeres para carteras  blandas  o menores (Asuntos sociales, Cultura, Educación, Igualdad…). Al feminizarse los cargos, se devalúan. Y, al estar devaluados, se pone al frente de ellos a mujeres. Porque sigue habiendo mucho sexismo en la sociedad, claro que sí.

El fenómeno afecta a las mujeres de manera doblemente negativa. En primer lugar porque  la deja fuera de las esferas de influencia. En segundo lugar porque desaparece su visibilidad. Teniendo en cuenta que existe la trampa del “mito de la excepción”, que podríamos formular de la siguiente manera: si una mujer llega, todas pueden llegar. No. No es verdad que así sea. Al menos no es verdad que puedan llegar con la misma facilidad que los hombres.

No se trata, pues, de un hecho sin trascendencia. Todos los fenómenos políticos tienen una enorme carga semántica. Lo sucedido tiene muchas lectoras. Ninguna de ellas favorece la causa de la igualdad.

Algunas mujeres gobiernan con el estilo de mando de los hombres. Para hacerse valer copian las concepciones, las actitudes y las prácticas de los gobernantes varones. Baste poner como ejemplo a la señora Margaret Tacher, convenientemente llamada “dama de hierro”. De ella se decía que llevaba faldas largas para que no se le vieran los atributos masculinos.

Todo está impregnado de sexismo. Porque cuando se incorpora a mujeres al gobierno y alguna de ella fracasa en su cometido, hay quien atribuye el fracaso a su condición de mujer. Cuando un hombre fracasa en ese mismo cometido se atribuye el fracaso a su torpeza o a su inexperiencia.

¿Cuál es la explicación de esta singular composición del gabinete? No es una simple casualidad. Se trata del reflejo de una actitud machista que todavía está muy arraigada en la sociedad.

Ya sé que este tipo de situaciones no se dan solo en la política. Tienen lugar en todas las esferas, incluida la educación. Hace algunos años coordiné en la editorial Graó un libro con el título “El harén pedagógico”. La expresión  es de Stephen Ball. Y viene  a reflejar una situación de todos conocida: en muchas instituciones educativas hay un varón que dirige y muchas mujeres que obedecen. Las causas son múltiples, como indico en el capítulo del libro que titulé “Yo tengo que hacer la cena”, tratando de explicar que las propias mujeres, algunas veces, adoptan actitudes y tienen comportamientos abiertamente machistas.

Dice la profesora Santos Sanz que “la razón real de la ausencia de la mujer en tareas de dirección es debida a su falta de identificación con el modelo de liderazgo imperante, y a las diferencias de modos, maneras y estilos en relación a sus compañeros directivos, evidentemente al margen de la eficacia de un estilo u otro en la gestión”.

Creo que fue Nelson Mandela quien dijo que hasta que en el mundo no haya  un porcentaje del 75% de mujeres en el gobierno, no habremos avanzado lo suficiente. Escuché el dato en una intervención de Federico Mayor Zaragoza en el Ateneo de Málaga. Espero no haber memorizado mal el dato.

No voy a entrar en otras cuestiones de naturaleza política que me perecen importantes, como el hecho de que la izquierda radical pacte para formar gobierno con Panos Kammenos, líder de Griegos Independientes, el partido nacionalista de derechas que, como es obvio, sostenía un programa electoral diametralmente opuesto al de sus actuales socios.

Tampoco entraré en cuestiones relacionadas con lo que se puede esperar de este gobierno ni estableceré paralelismos con la situación española que va a tener en 2015 varias citas electorales. Creo que es más que suficiente, para esta reflexión sabatina, que nos preguntemos por las causas de la exclusión de mujeres en el gobierno griego.