Bájense del avión

Al despegar el avión de Iberia desde Santiago de Chile a Madrid hace unos días, la sobrecargo me comunicó que el comandante del vuelo deseaba hablar conmigo. Entre sorprendido y expectante me dirigí con ella a la cabina y, durante unos minutos, hablé con los tres pilotos que comandaban la nave.

Las quejas de los pasajeros no se hacen esperar. Resultan tan insistentes que el comandante sale para comprobar lo que sucede y, ante la desagradable realidad, decide expulsar del avión a los tres jóvenes negros.

La contemplación de las cimas de la cordillera de los Andes, cubiertas de nieve, eran un espectáculo de indescriptible belleza. No parecía real el hecho de estar volando a mil kilómetros por hora a más de diez mil metros de altura.

- Pronto sobrevolaremos el desierto de Atacama, me explicaron.

Impresionaba la tranquilidad con la que hablaban  y actuaban mientras el piloto automático hacía su labor. No viene a cuento el motivo de la llamada, que estaba relacionado con mi tarjeta platino de la compañía. Lo cierto es que conversamos durante unos minutos en aquel cubículo singular, lleno de aparatos, de luces y de signos indescifrables para mí, desde donde aquellos tres hombres controlaban el vuelo y garantizaban la seguridad de los adormilados pasajeros y pasajeras.

Les pregunté si conocían la historia de la azafata y el comandante que fueron premiados por la compañía aérea Swissair en el año 1998 por la inteligente y aleccionadora forma de solucionar un conflicto de vuelo. Me dijeron que no. Se la resumí en unos momentos.

Una pasajera que viajaba al lado de un negro llama a la azafata y le dice que nadie debe estar obligado a realizar un vuelo al lado de una persona desagradable. Le pide con firmeza que le cambie de asiento. La azafata le explica que la clase turista está completa y que ella no puede tomar la decisión de pasarla a primera clase. Tiene que consultarlo con el comandante. Se va y vuelve al cabo de unos minutos. Le dice a la impaciente pasajera que ha hablado con el comandante y que los dos están de acuerdo con ella, así que va a pasar a primera clase. Ella hace ademán de levantarse y, entonces, la azafata le aclara:

- No se mueva, señora. Quien va a pasar a primera clase no es usted sino este señor que está a su lado.

Celebramos la magnífica lección. Hicieron alarde de ingenio, perspicacia y rapidez. El comandante me muestra, a renglón seguido la otra cara de la moneda. Cuenta que en un vuelo de cierta compañía suben a primera clase tres pasajeros jóvenes de raza negra, hijos,  al parecer, de un importante político africano. Los tres despiden un olor insoportable. Las quejas de los pasajeros no se hacen esperar. Resultan tan insistentes que el comandante sale para comprobar lo que sucede y, ante la desagradable realidad, decide expulsar del avión a los tres jóvenes negros.

-       Bájense del avión, por favor.

Días después, ante la reclamación de quienes se vieron obligados a bajar del avión, se le abre un expediente al comandante tildándole de racista. Cuando éste recibe la noticia de que ha sido expedientado por racismo, hace saber  a las autoridades que está casado con una mujer negra. Demuestra así, de manera  incontestable,  que no es racista. La causa de la expulsión no había sido, pues, la raza de los pasajeros sino su olor pestilente.

Regresé a mi asiento pensativo. Y, sentado ya, fui hilvanando estas líneas que ahora tienes delante querida lectora, querido lector. Hay que establecer los nexos lógicos con rigor.  Algunas veces se hacen atribuciones falsas.  Estos malolientes pasajeros pensaron (o hicieron creer que pensaban) que la causa de su expulsión era el color de su piel. No había sido así. El problema era otro. La falta de respeto hacia otras personas que tenían derecho a no soportar durante horas un olor fétido.

Algo parecido le sucedió a Doña Esperanza Aguirre cuando dijo que los policías de tráfico le habían multado por ser mujer. No. La habían multado por ser una infractora de la ley.

La cuestión que estoy planteando tiene que ver con el rigor, no con el racismo o con el sexismo. Hablo de las atribuciones que se hacen acerca de las conductas. Ya sé que la línea divisoria puede ser muy difusa y problemática, pero existe.

Las interpretaciones pueden tendernos una trampa. Porque, en los casos que he citado (uno relacionado con el racismo y otro con el sexismo)  podría suceder que las personas hubieran estado guiadas por actitudes negativas o, quizás, por actitudes positivas. Es decir, que se podría  poner la multa por haber infringido la ley o por ser una mujer la que la había incumplido. Que se podría haber expulsado del avión a los tres pasajeros por el mal olor que despedían o por el hecho de ser negros. La pregunta fundamental es la siguiente: ¿habrían actuado los protagonistas de manera diferente en el caso de ser blancos los tres malolientes pasajeros y de ser un varón el infractor de la norma de tráfico? Probablemente sí.

La mala interpretación puede estar en quien actúa, en el destinatario o destinataria de la acción y en el espectador o conocedor de los hechos. Es decir,  que  puede equivocarse quien actúa pensando que su actitud no es racista, cuando realmente lo es. El destinatario de la acción puede pensar que no es objeto de discriminación cuando realmente lo es. Lo mismo sucede con el espectador o conocedor de los hechos.

Claro que, algunas veces, la intensidad de la duda se hace insignificante o, incluso, desaparece. Si un policía golpea brutalmente a un negro que no ha hecho nada, simplemente por el color de su piel, la duda desaparece. Si un hombre mata a su mujer a golpes, quedan pocas dudas de la actitud que le mueve.

Estas reflexiones  pretenden invitar a la reflexión. A una reflexión exigente en busca de la igualdad y del respeto a todas las personas.  En busca de la verdad.

“El racismo contemporáneo ya no se basa en una  doctrina biológica sino en la voluntad de justificar y de perpetuar la desigualdad de las condiciones sociales. Por tal motivo constituye una violación programática de los derechos humanos y es denunciado como un crimen de lesa humanidad”, dice Jorge Vigil Rubio en su libro “Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales”.

Existe el peligro de que acusemos de racista a quien no lo es, atribuyendo una actitud que quien actúa no tiene. O de que exculpemos a quien tiene esa actitud y la esconde bajo razonamientos engañosos. Cuando se pegan en el patio dos chicos, uno negro y otro blanco, no podremos sin equívoco acusar al blanco de racista, sobre todo si se pelea al cabo de un rato con un blanco.

Me cuenta un profesor catalán que puso a dos chicos delante de toda la clase, uno negro y otro blanco. Les pidió que dijesen qué diferencias encontraban entre los dos.  El chico blanco dijo a bote pronto:

- ¡Las zapatillas!

La convivencia de personas diversas puede favorecer el respeto y la igualdad cuando nos consideramos unos a otros depositarios de la misma dignidad y de los mismos derechos por el simple hecho de ser personas.

Si A, entonces B, quizás

Ya sé que la vida cotidiana en las aulas, sobre todo en Secundaria, tiene problemas que son difícilmente superables para algunos docentes. No es fdoo que esta chica, con su contuácil afrontar la tarea de enseñar cuando se tiene delante un grupo que no quiere aprender y otro que está empeñado en que nadie aprenda.

Nunca me han gustado las bromas, y menos las crueles, que algunos alumnos gastan a sus profesores.

Pienso con frecuencia en los profesores y profesoras que tienen dificultades para captar la atención de sus alumnos, que tienen un grupo ingobernable, que están al frente de una clase en la que no es posible conseguir unos minutos de silencio… Esas clases en las que se emplea más tiempo en establecer el orden que en trabajar.

Situación que se agrava cuando no se cuenta con los padres y madres como aliados. Cuando piensas que el comunicar a los padres la situación será de una gran ayuda y te encuentras con que los padres están en otras cosas o están para defender la conducta de un sinvergüenza.

Se tata de casos en los que nada surte efecto. Ni los elogios, ni las promesas, ni las amenazas, ni los castigos… Nada. Incluso la expulsión es celebrada por algunos alumnos como un triunfo, como un desafío, como un motivo de satisfacción.

Me imagino a esos colegas acudiendo al trabajo como si de un campo de torturas se tratara. En lugar de ir a disfrutar de la hermosa tarea de enseñar, van asustados a librar batallas en las que tienen que soportar los desaires, los insultos e, incluso, las amenazas de los alumnos. Arrastran la misma sensación de impotencia que experimenta un médico ante un enfermo desahuciado. Pobres docentes. Pienso mucho en ellos (y en ellas).

Hay quien piensa que el trabajo del docente es fácil. No lo considero así. Recuerdo aquel artículo de Manuel Rivas, titulado “Amor y odio en las aulas”. Dice el escritor gallego: “Mucha gente todavía considera que los maestros de hoy viven como marqueses y que se quejan de vicio, quizá por la idea de que trabajar para el Estado es una especie de bicoca perfecta. Pero si a mi me dan a escoger entre una excursión “Al filo de lo imposible” y un jardín de infancia, lo tengo claro. Me voy al Everest por el lado más duro. Ser enseñante no solo requiere una formación académica. Un buen profesor o maestro tiene que tener el carisma del Presidente del Gobierno, lo que ciertamente está a su alcance; la autoridad de un conserje, lo que ya resulta más difícil y las habilidades combinadas de un psicólogo, un payaso, un disc jockey, un pinche de cocina, un puericultor, un maestro budista y un comandante de la Kfor. Conozco una profesora que solo desarmó a sus alumnos cuando demostró tener unos conocimientos futbolísticos inusuales, lo que le permitió abordar con éxito la evolución de las especies”.

Ante las dificultades que aparecen en el aula se puede reaccionar de diferente manera. Una de ellas es abandonar la causa, dejar el trabajo, aceptar la derrota y largarse con viento fresco. Resulta muy duro que aquellos por quienes el profesor se desvive, aquellos a quienes pretende enseñar, no solo no quieran  aprender  sino que dediquen su inteligencia y energía a hacerle la vida imposible. Nunca me han gustado las bromas, y menos las crueles, que algunos alumnos gastan a sus profesores.

Luis Landero escribió hace algunos años, una excelente novela titulada “Absolución”. El protagonista es una persona con espíritu  nómada que dura muy poco en los empleos que asume. Uno de ellos es el de profesor. No le va bien. Un buen día, mientras los alumnos dan muestras fehacientes de insensibilidad y desinterés, el profesor recoge sus papeles, los mete en la cartera, se dirige hacia la puerta del aula y, sin mediar palabra, se va para siempre. Cuando camina por el pasillo hacia la salida, vuelve sobre sus pasos, abre la puerta del aula y dice en voz alta y clara:

-       Que os jodan.

No me gusta esta opción. Supone una retirada, la aceptación de un fracaso. Sí, se acaba el problema para ese profesor, pero la huida es una derrota. Y más cuando se hace de esta manera despectiva. Además, abandonar el trabajo, tal como hoy está el empleo, resulta muy difícil. Así que, a sufrir.

Otra manera de afrontar el conflicto es acomodarse a él. Dar por bueno ese clima de falta de respeto, aceptar esas actitudes de abierto desprecio a los demás, de agresividad hacia la autoridad y de violencia institucionalizada. Desde la impotencia o la comodidad, el profesional decide callarse, aguantar y endurecer la capa de su indiferencia. Lo importante es cobrar al final del mes, no que los alumnos aprendan y convivan. Renuncia a pasarlo bien, a vivir felizmente su trabajo a cambio de un pequeño estipendio.

La tercera es la opción por la que apuesto. Se trata de afrontar la situación con valentía, inteligencia y amor. Lo primero que hay que hacer para ello es conocer bien lo que sucede. No se puede negar la evidencia. Hay un problema. Un problema difícil de resolver. Pero es preciso diagnosticar qué es lo que pasa. Se puede observar con atención, entrevistar a los alumnos, hacer un sociograma, preguntar a otros colegas, pedir ayuda a especialistas (orientadores, terapeutas… que tenga la escuela).

Lo segundo es reconocer que, si no hubiese problema alguno, si los alumnos supieran comportarse, si tuviesen interés por el conocimiento, si fuesen respetuosos, solidarios y trabajadores, no haría falta que existiesen ni los profesores ni las escuelas.

Es necesario, en tercer lugar, pensar que hay solución. La educabilidad se rompe en el momento que pensamos que el potro no puede aprender y que nosotros no podemos ayudarle a conseguirlo. Creer que hay solución es un parte de la solución.

Después hay que compartir las preocupaciones con los colegas. Sin miedo, sin vergüenza, sin agresividad. Tenemos tendencia a pensar que solo nosotros padecemos problemas, que solo a nosotros nos resulta difícil. Y no es así. Cuántos docentes han dañado su autoconcepto que solo ellos son incapaces  de afrontarlos y resolverlos…

Y luego hay que intervenir. Hay que tomar decisiones. Tratar de ganarse a los líderes del grupo, pedir colaboración a los padres, crear un “carnet de convivencia” por puntos que se pueden ir perdiendo y ganando, realizar algunas dinámicas de grupo en horas de tutoría… No hay soluciones mágicas. En educación no sucede que si A entonces B; lo que realmente pasa es que si A, entonces B, quizás.

Por eso hay que tener paciencia y saber esperar. No indefinidamente, pero hay que esperar. Y evaluar lo que sucede. Y analizar las causas de los fracasos para aprender de ellos. Hace unos años pronuncié la conferencia de apertura en un Congreso de Médicos celebrado en Marbella, un Congreso peculiar ya que tenía como objetivo estudiar “los errores médicos”. ¿Por qué no analizar nuestros errores y aprender de ellos?

Y hay que leer. Hay cientos de libros sobre estas cuestiones. Rosa Barocio, por ejemplo, ha escrito “Disciplina con amor”, “Disciplina con amor en el aula”, “Disciplina con amor para adolescentes”… También es bueno escribir. Porque el pensamiento caótico y errático que tenemos sobre la práctica educativa, cuando escribimos, acaba por quedar ordenado  y nos permite comprender lo que pasa.

El escudo de Arquíloco

Me contaba un amigo que, arrastrado por ideales pedagógicos, solía reconvenir a su hijo, cuando no se portaba bien, a través de razonamientos convincentes. Un día, después de que el pequeño (solo tenía cinco años) cometiese una fechoría, el padre le llamó con tono severo. El niño se acercó al padre cruzando los brazos delante de la cabeza para protegerse y diciendo mientras tanto:

Arquíloco tiró su escudo, salvando de ese modo la vida. Y se siente muy orgulloso por ello. Incluso bromea diciendo que estando vivo podrá comprar muchos otros.

- Papá, razonar,  no; razonar, no.

Al pequeño de nuestra historia le resultaba insoportable un largo razonamiento que le hacía sentir torpe y mezquino. Un castigo que no le retuviera mucho tiempo separado de sus juguetes hubiera sido, seguramente, más tolerable.

Algunos piensan que todas las normas son igualmente justas y que su cumplimiento es exigible de forma inequívoca en bien del individuo y de la colectividad, que las normas se elaboran siempre de una forma justa y bienintencionada, que toda infracción es fruto de la desaprensión, que la correspondencia de infracciones y castigos se puede establecer mediante tablas de aplicación mecánica, que las consecuencias de los castigos se producen de forma predecible y deseable, que el escarmiento surge en los testigos de forma automática y clara cuando se aplica una sanción justa.

En mi opinión, ninguno de estos enunciados es del todo cierto. Al menos, no lo es sin matices. Lo que sucede es que la disciplina se establece en los centros, algunas veces, de forma rutinaria y autoritaria. Disciplina es un concepto polisémico que es difícil descomponer en significados claros y contrastables. Unos entienden la disciplina como sumisión y acatamiento mientras otros consideran que la disciplina es el ejercicio del respeto y el fruto de la convivencia.

La disciplina es una de esas cuestiones que permite poner sobre el tapete todas nuestras concepciones educativas. Podría decirse a cualquier profesional: dime lo que piensas de la disciplina y te diré qué tipo de profesional e incluso qué tipo de persona eres,

Hay quien entiende la disciplina como sometimiento. La jerarquía elabora la norma, la impone, vela por su cumplimiento y sanciona de forma contundente. Desde esta perspectiva, preñada de autoritarismo, es difícil que se produzca el deseado proceso educativo. Puede haber silencio y orden, pero no emancipación y liberación. Educar es liberar, no es domesticar.

Para educar en la libertad hace falta poner en marcha procesos de análisis, de respeto, de igualdad y de justicia…  Otra cosa muy distinta es implantar un régimen disciplinario encaminado a conseguir el orden. La autoridad no tiene normas que se puedan aplicar con la misma lógica. El superior nunca se equivoca, nunca infringe la norma. La autoridad está para imponerla, no para someterse a ella. Este planteamiento ha envenenado muchos enfoques y actuaciones sobre la disciplina. Lo que ha conseguido es reacciones de sometimiento y de servilismo o de rebeldía y de rabia.

Se ha utilizado el discurso sobre la disciplina  (más bien el discurso sobre la indisciplina) como una amenaza para la autoridad del profesor. Se ha presentado el conflicto como un fenómeno que hace difícil la tarea y la vida del docente. Creo que existen, en efecto, algunas situaciones conflictivas que exigen un temple y una habilidad extraordinarias. Pero no es esa la práctica común. Lo que sucede en los centros y en las aulas es que el poder se ejerce con impunidad. El poder de imponer normas, de mandar, de evaluar, de castigar… La democracia escolar tiene escasa posibilidad de desarrollo al tratarse de una democracia cautiva: la institución escolar es jerárquica, posee un conocimiento hegemónico, tiene la capacidad de evaluar…

Es necesario liberar la voz de los alumnos en condiciones de libertad. Solamente en espacios de participación se puede construir una disciplina presidida por los derechos de todos y encaminada al bien de la comunidad. La responsabilidad solamente se alcanza con la libertad. No a la inversa. No es verdad que mientras no seamos responsables no debemos ser libres. Lo cierto es que no podremos nunca ser responsables si antes no hemos sido libres.

La autoridad puede imponerse de forma irracional, interesada e, incluso, brutal. Puede también anteponerse el orden a la justicia, los intereses de los que mandan sobre el bien común, la venganza sobre el aprendizaje, la rutina sobre la reflexión… La imposición de la disciplina puede convertirse en un proceso instrumental, no moral, en el que se persigan unos fines sin reparar en la naturaleza de los medios. No son muy precisas las fronteras entre coerción y persuasión legítima.

Desde este punto de vista cualquier medio sería bueno con tal de que alcanzase el fin pretendido del orden. Pero la educación (y también la disciplina) son procesos de naturaleza moral y por consiguiente importa sobremanera interrogarse por la naturaleza moral de los medios. La cuestión fundamental no es saber qué castigo corresponde a qué falta sino por qué ha de haber castigos y qué se pretende con ellos. La lógica exigiría preguntarse luego si esas pretensiones se han alcanzado y a qué precio. No es cierto que una fuerte disciplina genere un buen ambiente de aprendizaje. Lo cierto es que un buen ambiente de aprendizaje trae consigo la disciplina. La construcción compartida de la norma, los acuerdos que nos reconocen derechos, el respeto compartido…, instituyen un clima de signo positivo en el que son posibles el aprendizaje y la convivencia.

Los efectos secundarios de los castigos suelen ser demoledores. Suponiendo que alcancen el fin de erradicar una conducta negativa, hay que pensar en la rabia que generan, en la culpabilidad que desarrollan, en la vivencia subjetiva de su justicia… Muchas veces se pone en marcha el mecanismo infracción/castigo sin pensar en el ambiente que genera la infracción, en los motivos del comportamiento, en la finalidad de ese orden pretendido, en la importancia de las acciones disruptivas…

EL poeta griego Arquíloco (siglo VII antes de C.) se atreve a contar en verso yámbico cómo escapó de una batalla arrojando su escudo para huir mejor. Para un griego de aquel tiempo era una deshonra ser tachado de cobarde. Precisamente se le denominaba “el que ha tirado el escudo”. Arquíloco tiró su escudo, salvando de ese modo la vida. Y se siente muy orgulloso por ello. Incluso bromea diciendo que estando vivo podrá comprar muchos otros.

Muchas personas que han infringido las normas han hecho avanzar la historia, han conducido a la liberación de la tiranía y a la emancipación del ser humano. El infractor es molesto porque cuestiona el orden establecido, genera interrogantes y provoca la reflexión. Cuando se responde a las preguntas con la fuerza, con la coerción o con la contundencia del castigo, no se provoca el diálogo sino el silencio. No se suscita el cambio sino el sometimiento. No se consigue la libertad sino que se alimenta la opresión.

¡A por ellos!

El absentismo escolar es una lacra. No poder o no querer acudir a la escuela es abonarse a la desgracia. Voy a presentar en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), un libro titulado “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. La metáfora refleja la idea de que fuera de la escuela no hay salvación. Sin entrar en el Arca que es la escuela, nadie se salva del diluvio de la ignorancia, de la discriminación y  de la injusticia.

. Y ahí tenemos a los veteranos alumnos de 5º y 6º acudir a las casas de los más pequeños, previo acuerdo de las dos familias, para acompañarlos a la escuela.

Ya sé que existe en el mundo el movimiento de la Home School, que no lleva a los niños a la escuela para que sean educados en sus casas. Se trata de un movimiento que priva a los niños y a las niñas del aprendizaje de la convivencia y de los beneficios de la diversidad. La escuela es la gran mezcladora social.

La casa ha de ser la primera escuela y la escuela la segunda casa. El problema de los niños y niñas absentistas no es solo que pierdan los beneficios de estar en la segunda casa sino que no suelen tener en la familia su primera escuela.

Los niños que no van a escuela son víctimas de la pobreza, de la incultura o de la explotación. Esa ausencia les priva del conocimiento, claro está. Pero también de la convivencia con otros niños y niñas de su edad. Les  priva también de  experiencias y de vivencias culturales, deportivas y lúdicas.

Participé en El Ejido (Almería) hace unos días en una interesante jornada a la que asistieron casi cien directores/as de centros educativos y más de cincuenta padres y madres de diversas AMPAS. Creo que es una modalidad de encuentro muy interesante porque el diálogo entre la institución escolar y la familia resulta fructífero para llevar a buen término el proyecto educativo que persigue formar a los nuevos ciudadanos y ciudadanas del país.

Se juega, a veces, una calamitosa partida de tenis antipedagógico entre las familias y las instituciones educativas. Pelota  culpabilizadora de los padres hacia la escuela que es devuelta en forma de pedrada por parte de los profesores hacia los padres. Y viceversa. Estamos hartos de verlo:

-        Tienen la culpa los padres y las madres, que no se preocupan por sus hijos.

-        Tiene la culpa el profesorado que solo está pendiente de las vacaciones.

-        Tienen la culpa las familias, que no apoyan al profesorado.

-        Tienen la culpa los profesores  y las profesoras que no se preocupan lo suficiente por los niños.

Los niños y las niñas pierden siempre estas partidas.  Por el contrario, todas las experiencias de colaboración y de ayuda mutua, de  tenis pedagógico bien jugado, tienen como ganadores a  los niños y a las niñas.

Cuando fui Director de un centro escolar en Madrid puse en marcha una iniciativa  para favorecer el diálogo con las familias. Con los contenidos de ese diálogo publicamos un documento que se titulaba: Colaboración. Aún lo conservo. Escribimos qué es lo que le pedíamos a los padres para el buen funcionamiento de la institución: que le pide la dirección  a las familias, qué le pide la secretaría, qué les pide el Departamento de Matemáticas, el de Ciencias Naturales, el de Inglés… Y luego les dijimos a los padres y a las madres que escribiesen lo que solicitaban de cada uno de esos estamentos. Y lo hicieron. Y lo publicamos.

Se preguntará el lector o lectora por el título que abre este artículo. Le responderé enseguida.  Es más, lo deducirá por sí mismo cuando explique de qué se trata la experiencia que compartieron con los asistentes tres integrantes de la comunidad educativa del Colegio Público La Chanca. Finalizada la inauguración y la conferencia de apertura, hubo un espacio para el intercambio de experiencias realizadas por diferentes instituciones. Quiero, en esta tribuna semanal, hacerme eco de una de ellas, que tiene como objetivo prioritario luchar contra el absentismo escolar.

Presentan la experiencia  Inmaculada Martínez Yélamos Directora del CEIP La Chanca, Aurora Bolívar Civantos, profesora del mismo, alma mater del proyecto,  y Ramón Utrera Oliva, alumno cooperante. La Chanca es un barrio depauperado de Almería en el que existen problemas graves de narcotráfico. Las noches se dedican a los delicados trapicheos, de modo que  no hay buenas condiciones en las casas para llevar a los pequeños al Colegio por la mañana. Las tasas de absentismo son elevadísimas.

Llama la atención que, en la terna informante, esté un niño de unos 10 años. La profesora dice que es el niño quien va a presentar la experiencia porque fueron los niños quieren  tuvieron la iniciativa. En la clase estudian los problemas del entorno. Los niños pensaron que, igual que los hermanos mayores de 5º y 6º llevaban a sus hermanos pequeños al cole, también ellos podrían ir a las casas para traer al Colegio a los niños y niñas de 1º, 2º, 3º y 4º.

Se pusieron manos a la obra. Diseñaron unos petos para ellos, no para perseguirlos sino para acompañarlos al Arca de Noé, para salvarlos del diluvio.

Antes de subir a la tarima, el pequeño/gran Ramón me pregunta, visiblemente inquieto:

-       ¿Tú te pones nervioso cuando hablar en público?

-        Claro, cómo no, siempre te inquieta no hacerlo bien. Pero verás cómo lo haces de maravilla.

Y lo hizo de maravilla. Contó con aplomo cómo había surgido la experiencia, cómo la estaban llevando a cabo y cómo habían viajado a la Universidad de Almería y a la Universidad Autónoma de Madrid para contar lo que hacían.

El niño cerró la intervención  con brillantez. “Todo lo que ha dicho lo ha preparado él solito”, aseguró Aurora.  Y se nota su  ilusión por hacer visible, con palabras y con imágenes,  la empresa innovadora en la que están empeñados. En los petos puede leerse la hermosa palabra Cooperante. Y ahí tenemos a los veteranos alumnos de 5º y 6º  acudir a las casas de los más pequeños, previo acuerdo de las dos familias, para acompañarlos a la escuela.

A por ellos es una expresión que se ha repetido hasta la saciedad en competiciones deportivas. Aquí tiene otro contenido. A por ello, no para derrotarlos, sino para ganarlos para una causa magnífica. A por ellos, no para superarlos, sino para traerlos a la escuela. A por capacidad de iniciativa, de expresión, de claridad de ideas, de compromiso solidario.

La experiencia no beneficia solamente a quienes, de la mano de sus compañeros mayores, acuden cada día a la escuela. Beneficia también a quienes desarrollan la solidaridad y ponen sus ideas, su tiempo y su ilusión al servicio de una causa noble que ellos mismos han descubierto.

Fue emocionante  escuchar aquellos testimonios, ver aquellas fotos y comprobar los buenos resultados conseguidos. Fue emocionante el aplauso que los directores y directoras presentes, que los padres y madres dedicamos al trío que nos ofrecía en tan poco tiempo, tantas ideas  y tantas emociones.

El optimismo está más que justificado. Hay miles de experiencias en las escuelas, miles de iniciativas generosas que promueven la solidaridad con los más desfavorecidos, miles de personas comprometidas con la educación. Como los integrantes de 5º y 6º del CEIP La Chanca.

Sin papel higiénico

Hace unos días estuve en El Prat de Llobregat trabajando durante la mañana de un sábado con un centenar de padres y madres, y algunos profesores y profesoras de los centros de la ciudad. La iniciativa  (es la séptima edición) surge del Ayuntamiento que, como dijo su alcalde Lluis Tejedor Ballesteros,  al abrir la jornada, tiene un compromiso intenso con la educación. Criticaba con razón el munícipe que el gobierno central haya prescrito que los Ayuntamientos deben desentenderse de la educación para alcanzar el deseado objetico del ahorro. Enorme torpeza. Ahorrar en educación es masoquismo económico.

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, en los aseos de los alumnos y de las alumnas de algunos centros educativos no haya papel higiénico, ni toalla, ni jabón.

Durante toda la mañana del sábado se realizaron las actividades programadas: conferencia marco, trabajo de grupos, exposición de algunas iniciativas de las AMPAS como ejemplificación de buenas prácticas… El tema que nos ocupó, extensa e intensamente, fue la participación de los miembros de la comunidad educativa en los centros escolares.

Experiencias como ésta hacen crecer el optimismo y la esperanza. A cualquiera se le ocurren iniciativas más relajantes para llenar la mañana de un día de descanso. Aprendimos, nos animamos y disfrutamos de las ideas, el debate y el entusiasmo colectivo.

Creo que la participación es fundamental porque produce frutos de eficacia educativa, motivación, implicación, responsabilidad, cohesión y ejemplaridad. Si aumentase y se enriqueciese la participación se mejorarían los aprendizajes y la convivencia.  Si en lugar de aumentar la vigilancia, las amenazas y los castigos, intensificásemos y enriqueciésemos la participación se evitarían muchos conflictos.

Pero la participación no es un simple enunciado. La participación exige tomar parte activamente. La participación exige  diálogo auténtico, tomar parte en las decisiones y realizar actuaciones democráticas. A eso voy.

La participación exige acciones, no meros enunciados. Acciones que van de lo más elevado a lo más pequeño. De lo más sublime a lo más sencillo. Concretaré.

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, en los aseos de los alumnos y de las alumnas de algunos centros educativos no haya papel higiénico, ni toalla, ni jabón. En otra zona de la misma institución suele haber otros aseos que sí disponen de las tres cosas. Además, estos  todosodos,ue si si de forma autúltimos suelen tener un cartelito en la puerta que indica quiénes son los usuarios o usuarias de los mismos. “Aseos de profesores”, “Aseos de profesoras”.  (O servicios, o baños o wáteres, me da igual).

Algunas veces, se omite la preposición, convirtiendo el cartel en un manifiesto mal ejemplo de escritura. ¿No podemos cuidar estas cuestiones y escribir como exigimos que escriban los alumnos? “Aseos de (o para) profesores”. Lo mismo digo de otras dependencia. “Sala de profesorado”. “Despacho de  Dirección”. “Sala de música”.  ¿Qué diríamos si, en un examen, un alumno escribiese omitiendo siempre las preposiciones?

A lo que iba. El hecho  de que no haya papel higiénico, ni toalla, ni jabón en los aseos del alumnado tiene unas connotaciones muy negativas. ¿Cuál es el motivo de esa carencia? No suele ser la falta de presupuesto sino por una cuestión de principios. Lo he oído muchas veces cuando he hablado de este problema.

-        Es que los alumnos meten los rollos en el wáter y lo atascan.

Supongamos que es así. Surgen entonces, entre otras, dos preguntas que interpelan a quienes mantienen ese criterio restrictivo:

-        ¿Por qué no atascan los wáteres de sus casas? ¿Por qué les da por hacerlo solo en la escuela? ¿No será que consideran la escuela como algo que no es suyo sino de quienes mandan y enseñan? La casa debería ser la primera escuela y la escuela la segunda casa.

La otra cuestión es más peliaguda: Si no tienen rollos de papel, ¿cómo van a aprender a no meterlos? No es cierto que hasta que no sean responsables no pueden ser libres sino que mientras no sean libres no aprenderán a ser responsables. Para que aprendan a no meter los rollos tienen que tener rollos.

Y sé que no lo van a aprender de forma automática o mágica. El aprendizaje requiere reflexión y esfuerzo. Tendrán que saber que los rollos cuestan dinero, que ese dinero es de todos, que si los malgastan, habrá problemas para todos… Tendrán que aprender a valorar los bienes comunes, a respetarlos, a usarlos adecuadamente.

Si ya estuviesen educados, si ya supiesen hacer las cosas, si pudiesen aprender sin ayuda, los docentes no seríamos necesarios.

En algunos lugares se entrega un trozo de papel a cada alumno que sale de la clase para ir al aseo. Pero, en este caso, también surgen al menos dos preguntas, bien pedestres por cierto:

¿Qué pasa si el alumno está descompuesto?, ¿qué pasa si no es suficiente? ¿Tiene que volver con los pantalones a media hasta para pedir un trozo suplementario?

Y la segunda: ¿cómo se soluciona el problema si el alumno está en el patio, en la entrada, en el salón de actos o en un pasillo?, ¿cómo resuelve entonces una urgencia?

Quien habla de estas cuestiones, habla de muchas otras de la misma naturaleza. No hace mucho, una niña me decía, exultante:

- Hoy he comido filete de profesor en la escuela.

¿Qué había pasado? Se había acabado el menú de segunda y había tenido la suerte de comer un filete de mejor calidad, un filete del menú de profesores/as.

No creo que exista una familia en la que haya dos tipos  de menús. Uno de mejor calidad para los padres y otro de peor calidad para  los hijos. Denunciaríamos a quien  tuviese esos comportamientos abusivos.

Ese mezquino refrán español de que “cuando seas padre comerás huevos” es fruto de unos tiempos en los que los niños y las niñas no tenían reconocida su dignidad y sus derechos. Es un principio de actuación cargado de crueldad y de egoísmo. No en vano está planteado por quienes eran padres (y seguramente no madres).

No puede uno imaginarse fácilmente esa misma situación en una familia. Es decir, una casa en la que hubiera un aseo para los papás (con papel, toalla y jabón) y otro para los hijos que careciera de todo. Y, además cerrado a cal y canto porque la llave está a buen recaudo para que no pueda ser localizada.   Yo creo que tacharíamos a esos padres de crueles.

Es solo un ejemplo. Un ejemplo que contradice muchos enunciados teóricos. Se abre la LOMCE con este solemne enunciado: “El alumnado es el centro y la razón de ser de la educación”. Pero en la práctica lo que se ve es que el alumnado va al aseo con unas condiciones peores que las de otros miembros de la comunidad que, al parecer, no son el centro y la razón de ser .

En las clases de ética los alumnos escucharán que todas las personas tienen igual dignidad, pero a la hora de ir al aseo se  puede comprobar que hay una dignidad mayor y mejor, que es la de quienes disfrutan de papel higiénico, toalla y jabón y una segunda dignidad que corresponde a quienes no disfrutan de esas comodidades.

Reflexionar juntos sobre las exigencias de la participación, minúsculas y elevadas, como hicimos hace días en El Prat, es un medio excelente para comprender lo que estamos haciendo y para mejorar la calidad de la educación en las escuelas.