El código del escorpión

He leído la última novela de Arturo Pérez Reverte titulada “Falcó”. Me ha gustado. Está bien escrita, engancha al lector desde el comienzo y mantiene su atención sin altibajos. La radiografía del protagonista, Lorenzo Falcó, es excelente y sitúa con rigor la acción en el contexto histórico de la guerra civil española.

Dicho sea todo esto de paso porque mi propósito no es analizar la novela sino una vieja máxima que un tal Niko, instructor rumano de Falcó, repetía en el campo secreto  de la Guardia de Hierro, situado en Tirgo Mures, cuyo adiestramiento incluía sabotaje y asesinato. El tal Niko  resumía en tres frases fetiche el código del escorpión: mira despacio, pica rápido y  vete más rápido todavía.

El tal Niko resumía en tres frases fetiche el código del escorpión: mira despacio, pica rápido y vete más rápido todavía.

Sin conocerlo probablemente, hay quien utiliza este código con eficacia inusitada. Me refiero a los maledicentes. No se utiliza desde esta perspectiva en la novela  la metáfora del código del escorpión, pero me voy a permitir la apropiación para llevar el agua de la anécdota al molino de mis reflexiones.

El escorpión mira despacio: el maledicente (en ocasiones el difamador o el calumniador) elige con cuidado el lugar y la circunstancia donde dejar su veneno. Estudia bien la situación, no se precipita para sembrar la insidia. Sabe a quién quiere herir,  sabe cómo y donde puede hacerlo. Analiza con calma dónde y a quién puede picar. No lo hace por hacer, no lo hace precipitadamente, no se ceba con cualquiera.

El escorpión no se precipita. Observa, prepara, espera. No actúa alocadamente sino que estudia bien el lugar y el momento.

El escorpión pica rápido: de forma cautelosa y sibilina,  llega al lugar elegido y con rapidez suelta el veneno de su difamación. Puede ser una sospecha, una insinuación, una frase mordaz, una broma cruel, una insidia corrosiva, un juicio feroz, una calumnia… Deja su veneno con rapidez y eficacia. No hace falta mucho tiempo. No es necesaria mucha elaboración. Pica en un instante y el veneno comienza a hacer su efecto de inmediato. La víctima, que no está presente, empieza a sufrir de inmediato los efectos destructivos. No hay forma de detener el envenenamiento. No hay antídoto que surta efecto. La difamación empieza a circular de forma instantánea.  El veneno empieza a correr por las arterias del cuerpo social

-       Ese siempre ha tenido fama de  mujeriego

-       No me extraña que haya sido ella

-       He odio que está metido hasta las cejas en la droga.

-       Parece que está liado con la mujer de su amigo.

-       Nunca ha tenido escrúpulos.

-       Es un corrupto desde hace tiempo, pero disimula muy bien.

La infamia vuela más que corre. Decía Cicerón: “Nada se expande tan deprisa como una calumnia, nada se lanza con más facilidad, nada se acoge con más presteza ni se difunde más ampliamente”.  Una vez sembrado el veneno, su expansión es rápida e incesante.

El escorpión se va más rápido todavía: desaparece como por arte de magia, nadie sabe por dónde llegó y cómo se fue.  Quienes se quedan allí parece que lo han soñado, pero el veneno circula ya por las arterias de la comunicación. El escorpión ha hecho su labor. Ha picado a la víctima en el cuerpo social al que pertenece. Cuando se quieren dar cuenta los presentes, el escorpión ya no está. No ha dejado más rastro que sus infundios.

El código del escorpión está en los genes sociales del maledicente. Es su naturaleza. Ha convertido su actividad en hábito  a fuerza de repetirla. No necesita esforzarse mucho para poner en práctica su picadura venenosa.

Si alguien le preguntase por qué dice eso, de dónde procede esa información, qué rigor tiene esa noticia,  veríamos que no tiene fundamento sólido y válido. Podríamos comprobar cómo no hay más respuesta que la inquina, la envidia o la maldad. O la simple rutina.

La difamación pretende destruir el nombre, el prestigio o el honor de una persona. Se expande como la pólvora. “La palabra que acusa, dice Concepción Arenal,  es la chispa arrojada en un polvorín; la reparación, una antorcha que cae en el agua”.

Hay quien confunde libertad de expresión con libertad de agresión. No. No se puede decir todo lo que se quiere en aras de la libertad de expresión. No se puede difamar, calumniar, destruir al otro. Lo estamos viendo todos los días en los medios de comunicación. ¡Lo que se dice impunemente del prójimo en aras de la libertad de expresión!

Los escorpiones son conocidos en las organizaciones y también son temidos. Nadie se atreve a hacerles frente. Son escurridizos, se camuflan entre los miembros de la comunidad. Nadie quiere su enemistad. Todo el mundo los teme, todo el mundo los huye.

Si he dedicado este artículo a realizar algunas reflexiones sobre el código del escorpión es con el ánimo de  reconocer ese mecanismo dañino que envenena las organizaciones y de evitar que se deteriore la convivencia. Hablo sobre todo de las organizaciones escolares porque creo que deberían ser lugares en los que estuvieran instaurados modelos de comunicación sana y positiva. Se educa con el ejemplo. Se educa como se es.

Una comunidad presidida por la maledicencia no es un contexto educativo. Las relaciones basadas en el respeto a la dignidad humana constituyen un buen caldo de cultivo para que se formen ciudadanos y ciudadanas competentes.

El primer modo de evitar este tipo comportamientos es que cada uno analice su manera de comunicarse con los demás. Es  decir que reflexione sobre  las características de sus intervenciones en la conversación con los demás. Si cada uno se exigiera una actuación limpia, honesta, positiva y respetuosa, el problema de la maledicencia habría terminado.

El segundo modo de erradicar estos comportamientos que enturbian la convivencia es denunciar de forma valiente el comportamiento del escorpión. Si se recrimina su ligereza y su descaro,  si se avergüenza su proceder, si se le paran los pies, será difícil que siga repitiendo su dañina actuación.

-       Y eso, ¿cómo lo sabes?

-       ¿Quién lo ha dicho?

-       Eso no es cierto

-       A mí no me vuelvas a hacer un comentario de ese tipo

-       No tienes derecho a decir eso.

-       Que sea la última vez que hablas mal de una persona delante de mí.

El tercer camino que propongo es desenmascarar a los escorpiones llevando a una sesión de análisis el caso concreto de picadura venenosa.

Respecto a quienes son intoxicados por la maledicencia y no quieren afrontar una denuncia expresa, cabe aconsejarles algunas reacciones saludables. Pienso a bote pronto en tres: la primera es una contundente indiferencia que acabe en menosprecio del escorpión. La segunda es la utilizaci) o un abierto cinismo como el de Oscar Wildea tiña, cuie ón beneficiosa de la picadura que convierta el agravio en un elogio (“Solo se tiran pide4as al árbol que tiene frutos”, “ladran, luego cabalgamos”, “si la envidia fuera tiña, cuántos tiñosos había”…). La tercera es el uso de un sano e inteligente sentido del humor como hacia Oscar Wilde cuando, atacado por la carcundia de la época decía: “poco me importa lo que dicen sobre mí, porque es absolutamente cierto”.

Año Nuevo, mierda nueva

Lo recuerdo como si fuera ahora aunque ha pasado la friolera de cincuenta años. Estaba yo entonces viviendo en la ciudad de Oviedo. Era mi primer  curso como profesor de Primaria. Había pasado la Nochevieja y los basureros,  en la mañana de Año Nuevo, estaban retirando la basura. Como es sabido, esa noche deja sembradas muchas calles de suciedad. Uno de ellos, con mucha sorna y no menor énfasis, dijo a voz en grito:

Aprender de ese ciclo para liberarse del mecanismo de producción que hace el mundo poco habitable es una exigencia ineludible. No se puede respirar con esas dosis de contaminación. Cada año tiene que haber menos mierda nueva.

-  ¡Año Nuevo, mierda nueva!

Remedaba su frase la tradicional sentencia de esa fecha: Año Nuevo, Vida Nueva. Desde luego que él describía con precisión la tarea que estaba realizando. Era el día de Año Nuevo pero los montones de nueva basura le hacían dedicarse a la faena con especial intensidad.

No sé si lo oyó alguien más. No sé si a alguien más le llamó la atención. Yo lo recuerdo cada año cuando se suceden las listas de propósitos optimistas, cuando oigo  decir con esperanza renovada: Año Nuevo, Vida Nueva. ¿Vida nueva? Se refería el basurero a su rutina de la recogida de  basura. Yo voy a trasladar la reflexión a la  proliferación de basura moral en la sociedad.

Me pregunto cómo es posible que año tras año, sigamos generando tantas toneladas de suciedad: terrorismo criminal, sexismo sutil y violento, hambre creciente, discriminación de todo tipo, diferencias abismales,  corrupción política, abuso de poder, injusticia estructural,  xenofobia, racismo, asesinatos, secuestros, violaciones, acoso… ¿Cómo es posible que no acabemos con tanta perversión, con tanta maldad?

En los primeros días del año he visto  aparecer basura por doquier. Recordaré solo cinco casos que ahora me golpean la mente y el corazón.

El primer día del año se abre con la noticia de un terrible atentado en la maravillosa ciudad de Estambul. Un hombre, disfrazado de Papá Noel, acribilla  a tiros a quienes celebran la Fiesta de Año Nuevo en una discoteca. 39 muertos. 68 heridos. Una masacre.

¿En nombre de qué dioses y de qué causas se puede matar a personas inocentes? ¿Quién la ha dado a ese terrorista el poder de decidir sobre la vida y la muerte del prójimo?  ¿Quién  le ha conferido el poder de sembrar el dolor en tantas familias? Mierda Nueva.

También del primer día del año. Un diseñador turco ha sido apaleado por criticar desde Chipre al gobierno de Erdogán. Al llegar a Turquía, deportado  y descender del avión, una multitud  se abalanzó sobre él  propinándole golpes a mansalva. Había criticado también a los islamitas por prohibir celebrar la fiesta de Año Nuevo. El diseñador es un conocido defensor de la homosexualidad. Intransigencia.  Violencia. Agresión a quien defiende la libertad. Mierda nueva.

En el mismo primer día del año una mujer de 40 años, profesora universitaria, es asesinada por su pareja de 20 años en Rivas Vaciamadrid. Un nuevo caso de violencia machista. Una mujer más añadida a la lista de víctimas de esta lacra que nunca termina. Mierda nueva.

También en el primer día del Nuevo Año una madre en la ciudad de Valencia ha pretendido vender a un hijo de dos años por 800 euros.  La noticia cuenta que, en un parque de la ciudad valenciana, una mujer se acerca a una pareja y le ofrece su “mercancía”. Ante la negativa, la madre baja el precio. ¿Cómo es posible  tanta abyección? ¿Cómo se puede convertir a un hijo en un producto que se pone a la venta? ¿Cómo se puede hacer  tanto daño a un ser inocente que has traído sin su permiso al mundo? Mierda nueva.

Y, para mí, el más estremecedor En las primeras horas del Año Nuevo veo unas conmovedoras y a la vez terribles escenas en la televisión. Un padre, en cuclillas, habla con sus dos hijas de 9 y 7 años mientras comprueba que tienen bien colocado el chaleco bomba. Van a cometer un atentado por la yihad. El padre pregunta a las niñas si saben lo que van a hacer.

-       Un suicidio bomba, dice la mayor.

Llevan unos chalecos que van a hacer explotar entregando sus vidas a una causa que, dadas sus edades,  no pueden ni comprender. Van a causar la muerte a personas inocentes en un acto heroico.

Les pregunta el padre si saben cuál es la recompensa que van a obtener por su acción:

- Ir al cielo, dicen las niñas.

No hay edad temprana para la yihad, comenta el padre haciendo gala de un burdo fanatismo, de una inusitada crueldad.  No se entrega él a la causa, entrega la vida de sus hijas.

¿Qué manipulación es esta sobre la mente de unas niñas inocentes? ¿Es que no tiene límites la perversión humana? ¿En nombre de qué dioses y de qué ideales se puede entregar a dos hijas a la muerte?  Mierda nueva.

Por muchos y buenos deseos que nos hayamos intercambiado en los últimos días del año que se fue y de este que comienza, la mierda nueva se va acumulando en las aceras de la vida.

Tenemos un capacidad inusitada para llenar  bolsas con basura nueva. Se parece mucho a la antigua, pero es basura nueva. ¿Nunca se termina? ¿Nunca se agota? Parece que no, pero habrá que luchar para conseguirlo. Lo que hay que hacer, mientras tanto, es mejorar los métodos para retirarla y que no produzca nuevos males: pestes, hediondez, contaminación, infecciones, envenenamientos…

El debate se podría situar en discernir si estamos realmente progresando o estamos retrocediendo.  Pues bien, yo creo que en ese largo camino del ser humano hacia la dignidad, la historia tiene un signo positivo. El ser humano ha superado la esclavitud y el apartheid, ha dado pasos de gigante en la defensa de los derechos humanos, en la lucha por la libertad y la igualdad,  en la superación del sexismo, en la eliminación de la ignorancia, en la lucha contra la mortalidad infantil… Leed el libro “La lucha por la dignidad”, de José Antonio Marina y María de la Válgoma. Es un canto a la esperanza , una invitación al compromiso.

Los basureros del mundo no dan abasto para eliminar las nuevas cantidades de porquería que generamos en la sociedad. Por eso me ha parecido tan impactante aquella frase que escuché hace tantos años en el fondo de la Nochevieja. Todos los años me viene a la memoria. Todos los años me hace pensar en la capacidad que tenemos los seres humanos de generar basura moral.  O en incapacidad para eliminarla de nuestras sociedades. Pero también en la necesidad de la lucha por eliminarla.

Descubrir la basura es el primer paso para poder afrontar las exigencias de la limpieza.

Airearla, hacerla visible, no esconderla, nos pone a todos frente a la  necesidad de reflexionar y de actuar.

Destruirla, eliminarla es una obligación ciudadana para que no acabemos todos contaminados.

Analizar las causas de su génesis es el mejor modo de conseguir que no se produzcan nuevas cantidades de basura. Ir a la raíz, eliminar la injusticia estructural, eliminar las diferencias… Y, sobre todo, educar a las personas en la esfera de los valores.

Aprender de ese ciclo para liberarse del mecanismo de producción que hace el mundo poco habitable es una exigencia ineludible. No se puede respirar con esas dosis de contaminación. Cada año tiene que haber menos mierda nueva.

La última vez que…

Lo he pensado muchas veces. Y ahora lo veo plasmado en el libro “La carne”, de la periodista española Rosa Montero. “La carne” es una estupenda novela sobre el paso del tiempo, sobre sus devastadores efectos en la carne y en el espíritu.  Imagino que le habrá pasado alguna vez a mis lectores y lectoras. Algo que han pensado lo encuentran perfectamente plasmado en un escrito. Me lo han dicho a mí algunas veces: usted pone por escrito algunas ideas que yo tengo, algunos sentimientos que vivo.

No sería una mala idea vivir las experiencias de la vida con la sensación de que las estamos viviendo por última vez. Es probable que viviéramos de forma más sincera, más profunda y más feliz.

Pues bien, he pensado que hacemos algunas cosas, sin pensarlo y sin saberlo a veces, por última vez. La última vez que jugué un partido de fútbol, que estuve esquiando, que salí al extranjero, que volé en avión, que di una conferencia, que salí por la puerta de la casa paterna, que vi a un amigo, que fui al supermercado… La última vez.

Rosa Montero lo dice así: “La gente casi nunca sabía cuándo era la última vez que hacía algo que le importaba. La última vez que subes a un monte. La última vez que esquías. La última vez que tienes un encuentro sexual. Porque a ese cuerpo mutante que de pronto se plisaba, se ablandaba, se cuarteaba, se desplomaba y se deformaba, a ese cuerpo traidor, en fin,  no le bastaba con humillarte: además, cometía la grosería suprema de matarte. Y así, cuando llegabas ya a esa edad, la edad de los perros, las posibilidades de malignidad de la carne se multiplicaban. Y un día te descubrías una llaga en la boca, un hematoma de nada en una pierna y no te dabas cuenta de que esas nimiedades eran la tarjeta de visita del asesino, del silencioso criminal que te iba a ejecutar”.

La novela de Rosa Montero nos sitúa ante el desafío del paso del tiempo, que afecta de forma especial a las mujeres. Se puede comprobar a través de la lectura de la novela. Y afecta especialmente a quienes ya nos hemos metido en edades de alto riesgo.

Cuando a alguien le sorprende la muerte, si diéramos marcha atrás en el tiempo a su vida, veríamos que desde un determinado momento, estaba haciendo todas las cosas por última vez: la última vez que fue al cine, que salió de casa, que leyó un libro, que vio la televisión, que fue al baño… Aquellas de las que somos conscientes tienen una dimensión diferente. Pero hay otras de las que no sabemos a ciencia cierta que tienen la condición de últimas. Pondré un ejemplo de cada una.

En esta misma sección escribí hace un tiempo un artículo titulado “Mi última clase”. En realidad, debía haber dicho: La última clase de mi vida profesional. Era consciente de lo que estaba pasando. Se trataba de la última vez que impartía una clase con el contrato en vigor, ya que acababa mi tercer año (y último) como profesor emérito. (También es cierto que puedes equivocarte. La Ministra de Empleo española acaba de anunciar que van a estudiar la posibilidad de que los jubilados suscriban contratos de trabajo compatibles con  la percepción íntegra de la pensión. Si fuera así, se dejaría la puerta abierta a nuevos períodos de docencia…).

Hace unos años sufrí en una rodilla una operación de menisco. En aquella fecha puse fin a mi tardía afición al esquí.  No volví a esquiar. He dado marcha atrás a la película de la vida y me ha costado encontrar cuándo tuvo lugar mi último día de esquí. Estoy seguro de que aquel día, cuando me desprendí del atuendo, no fui consciente de que ya no me lo volvería a poner.

Hay cosas que hacemos por última vez porque una  circunstancia física lo impide. Si alguien se queda ciego, no volverá a ver.  Hay otras que no haremos más por voluntad expresa, al amparo de los motivos. No volveré a trabajar en esa empresa o no volveré a ese país.

Todo esto tiene que ver con el paso del tiempo, que no es igual para unos que para otros. No es igual, por ejemplo, para niños que para adultos. En el año 2006, la editorial  Alianza publicó un libro del psicoanalista holandés Douwe Draaisma titulado ¿”Por qué vuela el tiempo cuando nos hacemos viejos?”. Decirle a un niño que recibirá un regalo la próxima semana es como si a un adulto le dijeran que se lo iban a entregarla próxima década. Unas vacaciones de verano para un adolescente son una eternidad. A los mayores se nos van en un suspiro. Ilustra muy bien esta idea el reloj de arena. Entre más años pasan, los granitos se van desgastando y bajan más rápidamente por el orificio, de tal modo que un minuto puede contarse en 37 segundos. Cuando más viejo sea un reloj más rápido pasará la arena. Así lo percibió Ernst Jünger en “El libro del reloj de arena”.

Todo esto tiene que ver con las operaciones de la memoria, especialmente con la memoria autobiográfica. La memoria ordena nuestras experiencias en el tiempo como un pintor ordena los espacios con perspectiva. Bergson hablaba de la vivencia subjetiva del tiempo. Decía que no se derrite a la misma velocidad un azucarillo en un vaso de agua para un sediento que para otro que esta saciado. El tiempo pasa más lentamente cuando estamos aburridos y pasa más velozmente cuando estamos entretenidos.

Dice Draaisma que “mientras vamos dejando de ser jóvenes el tiempo se condensa, se acelera, nos elude. Recordamos mejor las cosas lejanas y más remotas, las de la infancia más temprana por ejemplo, que las que sucedieron ayer,  en una suerte de presbicia de la memoria”.

Hoy (esta noche) es Nochevieja. Nochevieja es una fiesta sobre el paso del tiempo. Es tan nueva y tan vieja como todas las noches del año, pero decimos que es vieja para dar a entender que han transcurrido 364 noches, que se ha terminado ese período de tiempo al que llamamos un año.  No es que sea vieja, es tan joven como las demás mientras transcurre. Es un recurso temporal.

Probablemente conozcas el experimento que se ha hecho en Madrid el pasado mes de noviembre con 27 jóvenes sobre los regalos que pensaban hacer en estas fechas a las dos personas que más quieren.  La experiencia tiene tres preguntas. La primera dice: ¿qué les regalarías esta Navidad a las dos personas que más quieres? Los destinatarios son padres, madres, novios, abuelos, hermanos… Se van sucediendo las respuestas, todas ellas de carácter material:  libros, drones, nintendos, bastones, discos, bombones… La segunda dice: ¿qué te gustaría regalar a estas personas  si te tocase la lotería? Los destinatarios se mantienen, pero los regalos aumentan de categoría, siempre de carácter material: un pura sangre, una casa en la playa, un viaje a Egipto, un chalet, una empresa… Los informantes hacen esfuerzos para elegir objetos que resulten agradables sorpresas para sus destinatarios.

La última pregunta deja descolocados a los sujetos: ¿qué le regalarías a esas personas si fuese la última Navidad de su vida? Los entrevistados y entrevistadas se desconciertan. Y, cuando, al final se deciden, eligen regalos de otra naturaleza. Todos tienen que ver con la esfera afectiva: le traería a casa  porque está en una residencia, reuniría a la familia entera,  sería más sincera, le reglaría mi tiempo,  buscaría un mejor trabajo para no defraudar a mi madre…

No sería una mala idea vivir las experiencias de la vida con la sensación de que las estamos viviendo por última vez. Es probable que viviéramos de forma más sincera, más profunda y más feliz.

Clientes para el mercado

Este artículo tiene dos partes diferenciadas y, a la vez, complementarias. En la primera presento a la persona como “un ser que compra”, encaminada al lucro para poder hacerlo en las mejores condiciones, que va a la suyo siendo lo suyo disponer de bienes suficientes para moverse con libertad y holgura en el mercado. Homo mercans.  Market man.

El cliente orbita en la esfera del dinero. El eje de la vida es el comercio. Vivimos en una sociedad mercantil. Todo nos arrastra hacia las compras. Y la educación ha de encaminarse al lucro, a formar clientes con éxito.

Desde esta perspectiva, habría que cambiar la consabida expresión de “a vivir, que son dos días” por ésta más certera y precisa: “a comprar, que son dos días”. Porque vivir es comprar y comprar es vivir. ¿Cómo disponer de medios para prosperar en el mercado en el que hemos convertido el mundo? A través de una educación que resulte, a la postre, rentable para el que la recibe.

Cada día somos más clientes. Las fechas navideñas se han convertido en maratones de consumo.  Con dos meses de anticipación, la publicidad nos empuja con fuerza hacia las compras. Los lemas que podrían presidir la vida son: “tanto compras, tanto vales”, “tanto tienes, tanto eres”.

El cliente orbita en la esfera  del dinero. El eje de la vida es el comercio. Vivimos en una sociedad mercantil. Todo nos arrastra hacia las compras.  Y la educación ha de encaminarse al lucro, a formar clientes con éxito.

Para comprar mucho y comprar bien tienen que darse cuatro condiciones. La primera es que hay que tener (o sentir que se tienen) necesidades. Y cuando no existen, se pueden crear, se pueden inventar. Decir “necesidad inventada” es como decir “nieve frita”. Por eso hay especialistas en crear necesidades.

Lo veo de una forma palmaria en los niños y las niñas. La publicidad les lleva a la compra. En el patio del colegio muestran los objetos que han adquirido, dejando claro que quien no esté al día en las últimas novedades, es un fracasado. Resulta increíble comprobar cómo se suceden las modas, cómo se imponen los objetos codiciados, las colecciones que necesitan una atención y una inversión constante.

La segunda condición, imprescindible también,  es que para comprar hace falta dinero. Todo cuesta dinero. Los escaparates se convierten (sobre todo para los niños y las niñas pobres) en una cruel invitación. “Mira todo lo que hay aquí, pero no es para ti”, se burlan los escaparates de los niños pobres. ¿Qué pasa con el que no tiene dinero? Se convierte en testigo frustrado del gasto de los demás. Pobres pobres.

La tercera condición es que para comprar hace falta información. Cada vez hay que comprar con más tiento. Hace unos días me acerqué al supermercado. Tengo delante un envase de leche y recojo a continuación algunas indicaciones que aparecen en el exterior:

Alto contenido en fibra, baja en grasa, vitamina A-D-E, ácido fólico, sin gluten, valor energético, proteínas, sal, hidratos de carbono, fecha de caducidad, el envase protege las propiedades nutricionales… Podría seguir. Más de cuarenta indicadores.  ¿Qué sucedía antes? Cuando pasaba el lechero le encargabas un litro de leche. Y punto. Como fui consejero de la OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) recibo todavía la revista Compra Maestra.  Resulta increíble lo que hay que saber para moverse con éxito en las calles del mercado.

En cuarto lugar, para comprar hace falta  tiempo. Como no se dispone siempre de él, el mercado da muchas facilidades para comprar de forma rápida y eficaz.  Puedes comprar sin moverte de casa, puedes tener lo que deseas casi  al instante.

Por si fuera poca la presión cotidiana, el comercio maneja fechas especiales para la compra: Navidad, Día de la madre, Día del padre, Día del amigo, Día de San Valentín, Onomástica, Cumpleaños… Pero aún se puede rizar el rizo  e incorporar ocasiones superespeciales de compra: Black Friday, Halloween, rebajas, ofertas, saldos, amigos invisibles… Compra o muere. Compra o púdrete. Son los lemas del mercado.

Todos somos compradores compulsivos en  este gran mercado en el que hemos convertido la vida para una parte de los mortales. Digo esto porque hay otros que contemplan esta feria desde la pobreza, desde la carestía más  brutal, desde la miseria absoluta. Son los desheredados de la tierra, los excluidos. Pobres pobres.

Decía al comenzar que este artículo iba a tener dos partes. Hay otra faceta de la condición de clientes que me preocupa más, si cabe. Porque tiene delante y detrás una concepción de la sociedad, del desarrollo, del Estado, de la vida y de la educación que nace de la filosofía neoliberal y que nos propone un mundo privatizado en el que seríamos meros clientes, no auténticos ciudadanos.

Este es un sentido más duro, más peligroso, más  injusto. Porque nos mete a todos dentro de un modelo de sociedad cruel. La única finalidad del desarrollo económico sería aumentar el PIB sin la menor preocupación por el reparto equitativo. La educación estaría encaminada a formar trabajadores (científicos, matemáticos, técnicos…) capaces de hacer rentables las empresas, capaces de generar dinero.

El pasado día 16 presidí un tribunal de tesis en Salamanca. El título del trabajo, presentado por el argentino Marcelo David Sosa, nos situaba ante una perspectiva de esa naturaleza: “Neogerencialismo y educación en América Latina. Experiencias y controversias”.

“De acuerdo con la Nueva Gerencia Pública, se dice en el trabajo,  el nuevo sujeto al que se destinan los servicios públicos del anterior Estado Benefactor ya no es el ciudadano, que exige ciertos estándares de cantidad y calidad en las prestaciones públicas, sino el cliente”. El empoderamiento del cliente es el gran objetivo de una  sociedad mercantil. La soberanía del cliente es la ley básica del mercado.  Para echarse a temblar.

Una cosa es ser clientes y otra ser ciudadanos y ciudadanas. El ciudadano orbita sobre la esfera de la dignidad. La escuela tiene, a mi juicio, la tarea de ayudarnos a ser ciudadanos y ciudadanas: personas con pensamiento propio, informadas, capaces de agruparse, de exigir y de levantar la voz, solidarias, comprometidas, protagonistas de su historia…

La concepción neoliberal se sustenta en el individualismo, la competitividad, la obsesión por los resultados, el afán de lucro, el relativismo moral, la privatización de bienes y servicios y el imperio de las leyes del mercado.

El pasado 10 de diciembre Marta Nussbaum recibió el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Antioquia (Colombia). En la ceremonia de investidura pronunció un duro e interesante discurso (recomiendo encarecidamente su lectura íntegra) en el que dijo:

“Si esta tendencia (se refiere al modelo que busca el desarrollo económico despreciando las artes y las humanidades) domina las naciones de todo el mundo,  pronto estarán produciendo generaciones de máquinas útiles, en lugar de ciudadanos completos que puedan pensar por sí mismos, criticar la tradición y entender el significado de los sufrimientos y logros de otras personas”.

Y añade: “Según este modelo, la meta de una nación debe ser el crecimiento económico sin preocuparse por la distribución y la igualdad social, ni por las precondiciones de la democracia estable,  ni por la calidad de las relaciones de raza y género, ni por la mejora de otros aspectos de la calidad de vida de un ser humano, como la salud o la educación”.

Hay que optar entre una educación encaminada al lucro y otra dirigida a la construcción de una ciudadanía incluyente. La escuela no  tiene que formar clientes sino que tiene que formar ciudadanos y ciudadanas. Este es su reto.  Este es su compromiso. Esta es su obligación.

Gases del oficio

Fui a recoger a mi hija Carla al Colegio. Carla tiene ahora 11 preciosos años. Le llevé su merienda, como de costumbre. En el coche, mientras la llevaba a las clases del conservatorio, daba buena cuenta de un bocadillo de jamón. Abrió el zumo de piña, melocotón y uvas, su preferido en esos días. Después de dar unos sorbos, se le escapó un eructo.

Aprender de los hijos y de las hijas. Aprender de los alumnos y las alumnas. Deberíamos aprovechar ese enorme caudal de enseñanzas. Informales, poco estructuradas, no intencionales. Pero sumamente eficaces si tenemos inteligencia y sensibilidad.

-        ¡Carla, por favor!, le recriminé.

Ella, sin esperar un segundo, justificó lo sucedido:

-        Perdón,  papá, son gases del oficio.

Le pregunté si conocía la expresión “gajes del oficio”. Me dijo que sí, que la había escuchado, aunque no sabía explicármela con precisión. Lo cierto es que ella hizo su peculiar versión de la frase. El eructo era la consecuencia casi inevitable de beber, una secuela negativa de la necesidad de saciar la sed. El diccionario de la RAE define gajes del oficio como “las molestias o perjuicios que se experimentan con motivo de un empleo o una dedicación”. Una precisa e ingeniosa transferencia la suya.

Los golpes de ingenio en el uso y la recreación del lenguaje que tienen los niños y las niñas son admirables. Resulta apasionante esa dinámica de asimilación de lo que  leen y de lo que oyen. Tanto en la vida cotidiana como en la escuela. Podemos aprender  mucho de los niños y las niñas.

Nosotros, los adultos, somos testigos superficiales de esos pequeños milagros lingüísticos. Los celebramos cuando se producen, pero no los registramos, no los contamos, no los analizamos. (Otras aportaciones de Carla al lenguaje: papá, me estás “mentirando” (mentira, debería proceder del verbo “mentirar, claro); eres el mejor “mecerista” del mundo (estaba yo impulsando su mecedora); no le eches más azúcar, que el cola cao se pone “azucaroso”; quiero ver un “uvero”, un “perero” y un “manzanero”…).

Parece que solo pueden aprender los alumnos porque ellos son los únicos protagonistas del aprendizaje. Y que nosotros los profesores solo podemos enseñar, porque somos los profesionales de la enseñanza. Pero lo cierto es que los alumnos también pueden enseñar a los docentes y éstos también pueden aprender de los alumnos.

Hace algunos años publiqué en la editorial Homo Sapiens (Rosario) un libro titulado Enseñar o el oficio de aprender. Quería decir, entre muchas otras cosas, que los profesores tenemos la obligación de aprender, precisamente porque realizamos la tarea de enseñar. Solo si estamos en una actitud de aprendizaje podemos ejercer la enseñanza.

Se puede beber agua en muchas fuentes. Pero uno de los más ricos y abundantes manantiales son los alumnos y las alumnas. Sus preguntas, sus construcciones gramaticales, sus ideas, sus reacciones… son fuentes de aguas prístinas.

No se ha sistematizado ni reflexionado mucho sobre esta inversión de papeles, pero creo que sería muy interesante y muy provechoso hacerlo. Los alumnos y las alumnas como enseñantes. Y los profesores y profesoras como aprendices. Las personas inteligentes aprenden siempre, las otras, tratan de enseñar a odas horas.

Con sus preguntas nos enseñan dónde están sus intereses, cuáles son sus dificultades, qué tipo de concepciones tienen sobre la realidad, sobre las cosas, sobre las personas… Hay que educar los oídos para saber  escuchar, hay que educar los ojos para saber ver.

No tienen la pretensión de enseñar, no tienen la petulancia de sentirse superiores a los demás por lo que saben. Tienen la sencillez del sabio que no quiere deslumbrar a nadie. Y dicen cosas maravillosas.

Muchas veces pasan inadvertidas porque ni prestamos atención.  Cuando la prestamos suele ser de manera efímera. Y esa joya lingüística, intelectual, emocional, se pierde entre los pliegues de nuestras ocupaciones y  preocupaciones de adultos.

Podemos aprender de ellos y sobre ellos. Sobre ellos y sobre nosotros. Podemos aprender de nuestras relaciones con ellos. Y lo tenemos que hacer porque es preciso conocerlos bien para poder enseñarles con eficacia. Tenemos que aprender para conocernos a nosotros mismos. Y cuál es la naturaleza de ese vínculo enriquecedor que es la enseñanza y el aprendizaje.

Conté en otro artículo de este blog que una profesora de Santiago de Compostela había colocado el primer día de clase una pegatina en la espalda de cada niño con su nombre por si lo veía de espaldas poder nombrarlos.  A uno de los niños se le cayó la pegatina al suelo, la recogi decir respectxo al sentimiento religioso?

iones y cupacionesoracislumbtar a nadie Y deicen cosas maravillosas.res. Con su intuó y  se dirigió a la maestra diciendo:

- Seño, se me ha caído el precio.

¿Qué ha dicho el niño?, ¿qué nos ha enseñado?, ¿qué nos ha explicado con su frase sobre la sociedad en que vivimos, sobre la cultura neoliberal que habitamos, sobre la comercialización de la vida?

Pondré más ejemplos. Éste relacionado con un tema tan peliagudo como la muerte. Fijémonos en todo lo que esconde el pensamiento de este niño de 10 años:

-        Desde luego, si me muero, yo no aguanto.

Pablo Motos ha publicado tres libros singulares con el mismo titulo “Frases célebres de niños”. Me gustan los libros. No me gusta el título. Porque no se trata de frases célebres sino de frases ingeniosas. ¿Por qué célebres? Son tres libros con verdaderas lecciones impartidas por esos pequeños profesores. Con su intuición, con su ingenio, con su creatividad.

El sentimiento religioso es una fuente inagotable de enseñanzas. Pondré algunos ejemplos

- Señor, te doy gracias por mi hermanito, pero yo te había pedido un perro, reza un pequeño.

Me has hecho caso, Señor, pero no de forma muy precisa. Me has concedido un favor que agradezco, pero no has atendido adecuadamente mi petición, está diciendo el niño.

Al salir de misa, un niño, se dirige a su padre  para manifestar su preocupación por las insuficientes explicaciones recibidas:

-        Eso de que Jesús está en la galleta me lo vas a tener que explicar más despacio.

Al ver acercarse un trono en Semana Santa con una imagen de la Virgen llena de velas, un niño le dice a su mamá, entre sorprendido  y curioso.

- Mamá, ¿dónde trae la tarta?

¿Cómo  puede pasar inadvertida la respuesta de un niño ante la pregunta de qué fiesta se celebra el día 22 de abril?

-           San Cervantes.

Él canoniza a una persona que reúne rodas las cualidades deseables, las más admirables, las más honrosas. ¡San Cervantes!

Los niños nos dicen (nos enseñan) contenidos de gran riqueza. Como aquel que llevaba con gran esfuerzo sobre sus espaldas a un compañero que se había lastimado una pierna. Alguien le pregunta:

-        Pesa mucho, ¿eh?

-        Qué va, si es mi amigo, contesta muy ufano.

El ingenio no tiene límites. Una niña que, al nacer,  había permanecido unos meses en una incubadora, decía que a ella, de pequeñita, ñe habían llevado durante un tiempo a una residencia.

-

Ahí tenemos, exprimida por Quino, la maravillosa sabiduría de su personaje Mafalda. Cuántas lecciones. Ya sé que es el libro de un adulto. Pero es un libro sobre el pensamiento de una niña. Cuántas enseñanzas.

Podemos aprender de sus palabras, de sus actitudes, de su forma de relacionarse, de su comunicación con las cosas, con las plantas, con los animales… Aprender de los hijos y de las hijas. Aprender de los alumnos y las alumnas. Deberíamos aprovechar ese enorme caudal de enseñanzas. Informales, poco estructuradas, no intencionales. Pero sumamente eficaces si tenemos inteligencia y sensibilidad.