Sin papel higiénico

Hace unos días estuve en El Prat de Llobregat trabajando durante la mañana de un sábado con un centenar de padres y madres, y algunos profesores y profesoras de los centros de la ciudad. La iniciativa  (es la séptima edición) surge del Ayuntamiento que, como dijo su alcalde Lluis Tejedor Ballesteros,  al abrir la jornada, tiene un compromiso intenso con la educación. Criticaba con razón el munícipe que el gobierno central haya prescrito que los Ayuntamientos deben desentenderse de la educación para alcanzar el deseado objetico del ahorro. Enorme torpeza. Ahorrar en educación es masoquismo económico.

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, en los aseos de los alumnos y de las alumnas de algunos centros educativos no haya papel higiénico, ni toalla, ni jabón.

Durante toda la mañana del sábado se realizaron las actividades programadas: conferencia marco, trabajo de grupos, exposición de algunas iniciativas de las AMPAS como ejemplificación de buenas prácticas… El tema que nos ocupó, extensa e intensamente, fue la participación de los miembros de la comunidad educativa en los centros escolares.

Experiencias como ésta hacen crecer el optimismo y la esperanza. A cualquiera se le ocurren iniciativas más relajantes para llenar la mañana de un día de descanso. Aprendimos, nos animamos y disfrutamos de las ideas, el debate y el entusiasmo colectivo.

Creo que la participación es fundamental porque produce frutos de eficacia educativa, motivación, implicación, responsabilidad, cohesión y ejemplaridad. Si aumentase y se enriqueciese la participación se mejorarían los aprendizajes y la convivencia.  Si en lugar de aumentar la vigilancia, las amenazas y los castigos, intensificásemos y enriqueciésemos la participación se evitarían muchos conflictos.

Pero la participación no es un simple enunciado. La participación exige tomar parte activamente. La participación exige  diálogo auténtico, tomar parte en las decisiones y realizar actuaciones democráticas. A eso voy.

La participación exige acciones, no meros enunciados. Acciones que van de lo más elevado a lo más pequeño. De lo más sublime a lo más sencillo. Concretaré.

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, en los aseos de los alumnos y de las alumnas de algunos centros educativos no haya papel higiénico, ni toalla, ni jabón. En otra zona de la misma institución suele haber otros aseos que sí disponen de las tres cosas. Además, estos  todosodos,ue si si de forma autúltimos suelen tener un cartelito en la puerta que indica quiénes son los usuarios o usuarias de los mismos. “Aseos de profesores”, “Aseos de profesoras”.  (O servicios, o baños o wáteres, me da igual).

Algunas veces, se omite la preposición, convirtiendo el cartel en un manifiesto mal ejemplo de escritura. ¿No podemos cuidar estas cuestiones y escribir como exigimos que escriban los alumnos? “Aseos de (o para) profesores”. Lo mismo digo de otras dependencia. “Sala de profesorado”. “Despacho de  Dirección”. “Sala de música”.  ¿Qué diríamos si, en un examen, un alumno escribiese omitiendo siempre las preposiciones?

A lo que iba. El hecho  de que no haya papel higiénico, ni toalla, ni jabón en los aseos del alumnado tiene unas connotaciones muy negativas. ¿Cuál es el motivo de esa carencia? No suele ser la falta de presupuesto sino por una cuestión de principios. Lo he oído muchas veces cuando he hablado de este problema.

-        Es que los alumnos meten los rollos en el wáter y lo atascan.

Supongamos que es así. Surgen entonces, entre otras, dos preguntas que interpelan a quienes mantienen ese criterio restrictivo:

-        ¿Por qué no atascan los wáteres de sus casas? ¿Por qué les da por hacerlo solo en la escuela? ¿No será que consideran la escuela como algo que no es suyo sino de quienes mandan y enseñan? La casa debería ser la primera escuela y la escuela la segunda casa.

La otra cuestión es más peliaguda: Si no tienen rollos de papel, ¿cómo van a aprender a no meterlos? No es cierto que hasta que no sean responsables no pueden ser libres sino que mientras no sean libres no aprenderán a ser responsables. Para que aprendan a no meter los rollos tienen que tener rollos.

Y sé que no lo van a aprender de forma automática o mágica. El aprendizaje requiere reflexión y esfuerzo. Tendrán que saber que los rollos cuestan dinero, que ese dinero es de todos, que si los malgastan, habrá problemas para todos… Tendrán que aprender a valorar los bienes comunes, a respetarlos, a usarlos adecuadamente.

Si ya estuviesen educados, si ya supiesen hacer las cosas, si pudiesen aprender sin ayuda, los docentes no seríamos necesarios.

En algunos lugares se entrega un trozo de papel a cada alumno que sale de la clase para ir al aseo. Pero, en este caso, también surgen al menos dos preguntas, bien pedestres por cierto:

¿Qué pasa si el alumno está descompuesto?, ¿qué pasa si no es suficiente? ¿Tiene que volver con los pantalones a media hasta para pedir un trozo suplementario?

Y la segunda: ¿cómo se soluciona el problema si el alumno está en el patio, en la entrada, en el salón de actos o en un pasillo?, ¿cómo resuelve entonces una urgencia?

Quien habla de estas cuestiones, habla de muchas otras de la misma naturaleza. No hace mucho, una niña me decía, exultante:

- Hoy he comido filete de profesor en la escuela.

¿Qué había pasado? Se había acabado el menú de segunda y había tenido la suerte de comer un filete de mejor calidad, un filete del menú de profesores/as.

No creo que exista una familia en la que haya dos tipos  de menús. Uno de mejor calidad para los padres y otro de peor calidad para  los hijos. Denunciaríamos a quien  tuviese esos comportamientos abusivos.

Ese mezquino refrán español de que “cuando seas padre comerás huevos” es fruto de unos tiempos en los que los niños y las niñas no tenían reconocida su dignidad y sus derechos. Es un principio de actuación cargado de crueldad y de egoísmo. No en vano está planteado por quienes eran padres (y seguramente no madres).

No puede uno imaginarse fácilmente esa misma situación en una familia. Es decir, una casa en la que hubiera un aseo para los papás (con papel, toalla y jabón) y otro para los hijos que careciera de todo. Y, además cerrado a cal y canto porque la llave está a buen recaudo para que no pueda ser localizada.   Yo creo que tacharíamos a esos padres de crueles.

Es solo un ejemplo. Un ejemplo que contradice muchos enunciados teóricos. Se abre la LOMCE con este solemne enunciado: “El alumnado es el centro y la razón de ser de la educación”. Pero en la práctica lo que se ve es que el alumnado va al aseo con unas condiciones peores que las de otros miembros de la comunidad que, al parecer, no son el centro y la razón de ser .

En las clases de ética los alumnos escucharán que todas las personas tienen igual dignidad, pero a la hora de ir al aseo se  puede comprobar que hay una dignidad mayor y mejor, que es la de quienes disfrutan de papel higiénico, toalla y jabón y una segunda dignidad que corresponde a quienes no disfrutan de esas comodidades.

Reflexionar juntos sobre las exigencias de la participación, minúsculas y elevadas, como hicimos hace días en El Prat, es un medio excelente para comprender lo que estamos haciendo y para mejorar la calidad de la educación en las escuelas.

Palabras para Cintia

Pienso con frecuencia en esas cosechas casi inexorables que lleva consigo la sementera de la educación. Muchas de esas cosechas se producen de forma inmediata, cada hora, cada día. O al final el curso escolar. Otras se demoran en el tiempo. Pero siempre llegan, aunque ni siquiera las esperes. Algunas ni siquiera  serán conocidas.

Pienso con frecuencia en esas cosechas casi inexorables que lleva consigo la sementera de la educación.

Creo que sería estupendo que los profesores y profesoras compartiésemos esos logros maravillosos, esas palabras de gratitud que  pronuncian los padres y los alumnos durante el curso o al finalizarlo, esos testimonios fehacientes de la influencia beneficiosa que condiciona, a veces, la vida entera de una persona.

Me lo decía hace unos días con emoción contenida el profesor  y amigo José Luis del Río, que actualmente trabaja (con enorme ilusión y pésimas condiciones, por cierto) en mi Departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga:

- Gracias a una conferencia tuya que escuché en Ronda cuando tenía 17 años, decidí hacerme profesor. Y ahora lo soy con todo el entusiasmo del mundo.

Me consta que sus alumnos y alumnas son felices con su esforzado magisterio. Daniel Pennac dice en el hermoso libro “Mal de escuela” (hermoso por su contenido y por su estilo literario, no en vano es un prestigioso escritor, además de un consagrado profesor de Literatura en un instituto cercano a París): “A mi me salvaron la vida tres profesores que tenían una característica común: nunca soltaban a su presa”. Obsérvese que no dice la asignatura, o el curso, o la carrera, sino la vida. ¿Qué más se puede hacer por alguien? Repetiré aquí, una vez más, las hermosas y certeras palabras de Emilio Lledó: Enseñar no es solo una forma de ganarse la vida. Es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros.

¿Tendrá una recompensa de ese tipo un banquero, un general, un veterinario, un arquitecto, un ingeniero…? No, esas recompensan solo las puede obtener un profesor.

Mi amigo Horacio Muros, director de una humilde escuela argentina en la provincia de Mendoza, me escribe hace unos días un correo que dice lo siguiente: “Quiero compartir algo que seguro vos le darás el mismo valor que yo. Nuestra escuela va cumpliendo su función social… Ella va empapando de nuevos saberes a un contexto marginal, casi por capilaridad, un riego a manto que penetra y humedece la tierra reseca de injusticias, de faltas de oportunidades, de trabajo digno y estable, de confianza en sí mismos, de sentirse marginados y excluidos, pero la escuela poco a poco va creando otro microclima y ya se empiezan a ver reverdecer los pequeños, pero grandes logros, de nuestros egresados. Me impactó el orgullo con el que Cintia ha tomado la docencia. Te envio el testimonio de casi un “milagro”

Me cuenta Horacio que esta chica, nacida en el seno de una familia pobre, sin recursos, en una zona depauperada, con su continuado esfuerzo, con su ilusión renovada cada día, ha conseguido hacerse docente.

Me pide Horacio que le mande a Cintia unas palabras de felicitación. Y lo hago encantado, a pesar de no conocerla personalmente. Creo que se merece una sincera felicitación, un emotivo aplauso. Y se lo merecen también, como le digo, todos aquellos docentes que han hecho posible lo que Horacio llama un milagro. Estas son las sinceras palabras que, sin dilación, le envié para ella.

“Querida Cintia: Me cuenta Horacio Muros, tu director, que te has convertido en una estupenda docente. Quiero felicitarte por ese logro magnífico, por todo el esfuerzo que supone, por toda la ilusión que  encierra, por todas las alegrías que conlleva.

Quiero felicitar también  a tu familia que, sin duda, te ha ayudado a recorrer ese largo camino un enorme sacrificio. Y, cómo no, a todos los docentes que te han enseñado y servido de ejemplo.

Pero, me vas a permitir que felicite a los alumnos y alumnas que vas a tener porque tendrán la suerte de disfrutar de una docente comprometida, ilusionada y amorosa. No olvides nunca que los alumnos aprenden de aquellos docentes a los que aman.

Te mando esta carta que dirigí a mis estudiantes de Magisterio. Espero que encuentres en esas ideas algunas sugerencias que te orienten en el trabajo. Ojalá que el ejercicio de tu profesión te vaya haciendo cada día más feliz, más sabia y más optimista. Te mando un beso muy grande desde España.

Reflexiona Horacio, en un correo posterior, sobre la importancia que tiene la escuela en estos contextos desfavorecidos, sobre la tarea que realiza con los alumnos cuyas familias no disponen de medios para ofrecer a sus hijos un futuro con horizontes.

Me cuenta que esa chica pertenece a una familia que, por sí misma, no hubiera podido sacar a su hija de los estrechos límites de su pobreza. Es un caso, dice, de verdadera inclusión. Porque, efectivamente, hay muchas trampas en este proceso que a veces incorpora en pésimas condiciones. Dice Horacio que, en cierta ocasión le comentó a un senador, que los hijos de los pobres acabarían educando a los hijos de los ricos.

Aprovechando este artículo le voy a dedicar a Cintia un texto que, con carácter anónimo, he visto circular por muchos lugares y que tiene que ver con esas cosechas minúsculas, cotidianas y emotivas que brinda a los docentes y a las docentes la acción educativa. Se titula “Orgullo de maestra”. Lo reproduzco aquí, con algún cambio insignificante.

Al saber que soy maestra, la gente suele preguntarme qué enseño y mi respuesta de que doy clases de Primer curso en una Escuela de Primaria, generalmente les arranca un “¡ah!” tan desabrido que me gustaría exclamar:

¿En qué sitio, si no allí,  me abrazaría un apuesto jovencito y me diría que me quiere?

¿Dónde más podría atar lazos para el pelo, ajustar cinturones, ver un desfile de modas a diario y, aunque siempre me vista de la misma forma, oír decir que  mi vestido es bonito?

¿En qué otro lugar tendría el privilegio de mover dientes flojos y de arrancarlos cuando terminan de aflojarse?

¿Dónde más podría guiar en la escritura de las primeras letras una manita que quizás algún día escriba un libro importante?

¿En qué otra parte olvidaría mis penas porque tengo que atender tantas cortaduras, raspones y corazones afligidos?

¿Dónde conservaría el alma joven, sino en medio de un grupo cuya atención es tan efímera que siempre debo tener a mano una caja de sorpresas?

¿Dónde me sentiría más cerca del bien y de la verdad que en un lugar donde, por un esfuerzo que yo he hecho, un niño aprende a leer?

¿En qué sitio derramaría lágrimas porque hay que dar por terminado  un año más de relaciones felices?

Son palabras para Cintia. Formuladas con el deseo de que el ejercicio profesional que ahora comienza sea un camino que le haga cada día más feliz al compartir generosamente con sus compañeros y alumnos el saber, el optimismo y el amor. En una sociedad en la que quien tiene conocimiento adquiere poder, el maestro dedica su vida a compartir el conocimiento que posee, con los demás. Enhorabuena y suerte, Cintia.

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Las soluciones no avanzan como las balas

Cuando tenemos un problema (o cuando lo tienen nuestros amigos, hijos, o alumnos) la impaciencia por encontrar la solución nos incomoda. Queremos resolverlo de inmediato, fácilmente y de manera definitiva. Pero la solución, frecuentemente, es un proceso largo, complejo y doloroso que cuesta recorrer hasta llegar al final. Tiene avances lentos y acelerados, detenciones, algunos retrocesos y movimiento en zig zag. Las soluciones no avanzan como las balas.

Las soluciones, decía, no avanzan como las balas. Las balas recorren el camino de manera fulminante, no se detienen, no titubean, no retroceden.

Para encontrar la solución, se necesita, en primer lugar, definir el problema con claridad. Identificar bien la esencia de la situación problemática lleva a veces tiempo y esfuerzo. Tratar de solucionar un problema sin haberlo diagnosticado convenientemente conduce a no encontrar soluciones verdaderas o a dar con algunas que sean ineficaces o perjudiciales.

En el libro “¿Qué se le puede pedir a la vida?” cuenta Javier Urra que un profesor de enfermería les pide a  sus alumnos y alumnas que preparen una intervención para atender el caso que se describe a continuación:

“Se trata de una  paciente que aparenta su edad cronológica. No se comunica verbalmente ni comprende la palabra hablada. Balbucea de modo incoherente durante tres horas y parece desorientada al espacio y al tiempo, aunque da la impresión de que reconoce su propio nombre. No se interesa ni coopera con su aseo personal. Hay que darle a comer alimentos blandos, pues no tiene piezas dentarias. Presenta incontinencia de heces y orina, por lo que hay que cambiarla y bañarla a menudo. Babea de forma continua y su ropa está siempre manchada. No es capaz de caminar. Su patrón de sueño es errático, se despierta con frecuencia por la noche y con sus gritos despierta a los demás aunque la mayor parte del tiempo parece tranquila y amable. Varias veces al día y sin causa aparente se pone agitada y presenta crisis de llanto voluntario”.

Tras recibir las propuestas el profesor termina haciendo circular entre los estudiantes la fotografía de la paciente a la que ha hecho referencia en el relato: una preciosa criatura de seis meses.

¿Qué había pasado? Que algunos habían preparado una intervención para una paciente nonagenaria, desdentada, incontinente, desorientada y que grita sin ton ni son por la noche… Al no haber hecho un buen diagnóstico, la intervención  hubiera resultado estéril o, incluso, dañina para la bebé.

Después de diagnosticar certeramente el problema es preciso intervenir de manera coherente y, a veces, persistente.  Con acierto, en primer lugar. Sin prisa y sin pausa, en segundo término. Con optimismo, en tercer lugar. Porque si no tenemos esperanza en que se puede llegar a encontrar la solución, ni siquiera la buscaremos. Creer que se va a encontrar el fin del problema es ya una buena parte de la solución.  Lo más negativo es vendarse los ojos, ignorar que el problema existe. “La mayoría de la gente gasta más tiempo y energías en esquivar los problemas que en afrontarlos”, decía Henry Ford.

He visto hacer intervenciones contraproducentes para solucionar algunos problemas. Por ejemplo, he visto a unos padres que ante el robo de una cantidad de dinero que había realizado un hijo adolescente, le habían dejado sin salir todos los fines de semana del trimestre. El problema fundamental no era el robo. El chico confesó que había robado el dinero porque no tenía amigos y quería ver si con el móvil que se iba a comprar  con el dinero robado, podía ganar alguna sonrisa ajena. La solución acentuaba el problema, no lo mitigaba, no lo eliminaba.

Los problemas propios y ajenos no se resuelven por arte de magia. No se solucionan de forma repentina sino con tenacidad y perseverancia. Las soluciones, decía, no avanzan como las balas. Las balas recorren el camino de manera fulminante, no se detienen, no titubean, no retroceden.

Algunas veces se necesita ayuda externa. No se sale de un pozo de un salto. No se sale, a veces, por el propio impuso. Hay que pedir socorro, hay que llamar a alguien, hay que solicitar y recibir humildemente la ayuda. Lamentablemente hay personas que no la quieren o no la saben pedir. Porque creen que no se la van a dar, porque piensan que pedir ayuda es humillante o porque, de manera equivocada, creen que no la merecen.

Y después de haber llegado a la solución, por nosotros mismos o con ayuda de otros,  hay que ver cómo se mantiene en el tiempo. Hay que reflexionar y actuar para que la solución se convierta en crónica y no en un espejismo. Hay que saber también qué efectos produce haber llegado al final deseado.

Llegar a la solución de un problema no es haber acabado con todas las dificultades para siempre. Conviene relativizar los problemas y también las soluciones. Recuerdo que, en la cena de clausura del Congreso “Espacio común de formación docente” (en Mazatlán, México) el presidente del Congreso contó una historia que yo conocía y que no sé dónde leí hace ya mucho tiempo. Lo que sí creo recordar es que tiene origen chino. Venía a decir que todas las situaciones pueden dispensarnos beneficios y perjuicios. La historia hablaba de un anciano padre al que le dieron la maña noticia de que su caballo se había perdido. Cuando se lo comunicaron llenos de tristeza, él dijo.

-        Para bien o para mal, nunca se sabe.

Días después le anunciaron que el caballo perdido había regresado con una manada de caballos salvajes. Él volvió a decir, cuando le comunicaron la noticia llenos de alborozo, con una sonrisa estoica en los labios:

-        Para bien o para mal, nunca se sabe.

Días después, su hijo, tratando de domar a uno de los más hermosos caballos salvajes, se cayó y se fracturó una pierna. Le fueron a llevar la noticia al anciano padre con  aire de gran pesadumbre.

-        Para bien o para mal, nunca se sabe, dijo sonriendo.

Semanas más tarde llegaron los vasallos del rey con el fin de hacer una leva de soldados para la guerra. No pudieron llevarse a su hijo,  que tenía su pierna rota…

Así hasta el infinito. Se van encadenando bienes y males, dichas y desdichas, problemas y soluciones, bendiciones y desgracias, alegrías y tristezas…

Es fundamental saber afrontar los problemas. No cerrar los ojos como si no existieran. No achantarse ante ellos. No dejar que se pudran. Me gusta el libro “Superar la adversidad”, de Luis Rojas Marcos, en el que ofrece propuestas de indudable interés para afrontar los problemas. Siempre nos quedará el consuelo de que la lucha contra la adversidad nos hará más fuertes, más experimentados y más sabios.  Decía Sigmund Freud: “He sido un hombre afortunado: nada en la vida me fue fácil”. Cuando llegue un problema, no hay que desesperarse. Si no tiene solución, ¿por qué preocuparse? Y si la tiene, ¿por qué desesperarse? Hay que ponerse manos a la obra.  Con inteligencia, con energía, con perseverancia y con optimismo.

El síndrome del “como si”

Muchas veces nos comportamos como si creyéramos algo, pero no lo creemos realmente. Como si quisiéramos hacer algo, pero no lo hacemos. Como si estuviéramos decididos a algo, pero realmente no lo estamos. Como si quisiéramos a alguien, pero no le queremos… Es lo que llamo el síndrome del “como si”.

Por la entrada del recinto avanza, reptando muy despacito, una serpiente venenosa, de metro y medio de longitud, colores llamativos y lengua bífida que saca rítmicamente.

Querer de verdad las cosas resulta fundamental junto al requisito de saber y de poder hacerlas.  Si no queremos hacer las cosas, jamás las haremos, aunque sepamos y podamos. Si no queremos, sucederá lo que pasaba en aquel pueblo del que dicen que no se tocaban las campanas de su iglesia por ocho motivos. El primero, porque no había campanas.  ¿Para qué queremos conocer los otros? Pero, en ocasiones,  no queremos de verdad. Es como si quisiéramos.

Vivimos “como si” fuéramos creyentes, pero en realidad no lo somos. “Como si” nos importase la profesión, pero no nos importa. “Como si” estuviésemos decididos a mejorar nuestro comportamiento, pero no lo estamos. “Como si” quisiéramos a nuestra pareja, pero no la queremos.

Para explicar este síndrome he realizado alguna vez el siguiente ejercicio en mis clases o conferencias. Les pido a los participantes en la sesión que cierren los ojos durante algunos segundos y que imaginen con la mayor precisión lo que voy describiendo:

Por la entrada del recinto avanza, reptando  muy despacito, una serpiente venenosa, de metro y medio de longitud, colores llamativos y lengua bífida que saca rítmicamente. La serpiente sigue avanzando hacia el interior de la sala por el pasillo central (si lo hay), se detiene a la altura de la fila en la que estás sentado y se va dirigiendo reptando hacia el  lugar donde te encuentras. Al llegar frente a ti se detiene y levanta despacio la cabeza. La tienes ahora delante de ti. Imagínatela vivamente.

Entonces les pido que abran los ojos y, suscitando algunas sonrisas, concluyo:

-        Nadie  se ha movido, luego nadie se ha creído que hubiera una serpiente. Es como si la hubiera, como si viniera, como si estuviera delante. Pero no está,

Se la pueden imaginar con todo el realismo. Pueden pensar que es muy venenosa, que es muy grande, que su lengua bífida podría causar la muerte. En una ocasión, alguien dijo:

-     Yo me he movido un poquito.

Sí, un poquito. Pero no tuvo la reacción que hubiera tenido de haber visto allí, delante de las narices, una serpiente real. El salto hubiera sido portentoso y, quizás, el grito. Permanecer sentado, sin inmutarse, es una prueba fehaciente de que la serpiente es solo imaginaria. Es como si existiese, pero no existe.

Lo que pasa con la serpiente imaginaria, pasa algunas veces en la vida. Pondré algunos ejemplos: El del político que dice servir al pueblo. Es como si lo sirviera, pero lo que sucede realmente es que se sirve de él. Sí, en los mítines, en los discursos, en los escritos muestra claramente, con verismo incluso, que tiene vocación de servicio. Pero resulta que en la práctica, nada de eso resulta cierto.  Es como si creyese que es verdad.

El profesor que dice que sus alumnos y alumnas son los protagonistas del aprendizaje. Pero lo que pasa en realidad es que él suelta su lección y luego, si los alumnos, no han aprendido, les cumpla de falta de aplicación o de capacidad para el aprendizaje. Allá ellos.

El  creyente que dice amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Piensa que cree. Piensa que ama. Pero, lo cierto es que hace su vida guiado por el egoísmo más grosero y por la falta de solidaridad más escandalosa.

El padre o la madre que creen que aman a sus hijos, pero el comportamiento real es de sobreprotección. Actúan “como si” los quisieran de verdad pero no los quieren. Porque no los dejan crecer, porque no los dejan ser ellos mismos.

El policía municipal que decir estar al servicio del puedo, pero a lo que se dedica de verdad es a poner multas con un celo desmedido, impulsado por la recompensa que obtiene por echar mano constantemente al talonario de denuncias. Dice o cree que es un servidor público, pero lo que es en realidad es una persona que extorsiona a quien puede. Es como si se dedicase al servicio de los demás.

El estudiante que, ante sus padres y profesores, aparenta que estudia pero, en realidad, no hace ningún esfuerzo por aprender.  Hace “como si” estudiara pero sabe que, en el fondo, no da golpe. Lo fía todo a la suerte. Si saca buenas notas, lo atribuirá a su esfuerzo y si no las saca, tratará de culpar a sus profesores.

Podrían multiplicarse los casos. El síndrome del “como si” parte, a veces, de una trampa que nos tendemos a nosotros mismos. Pensamos que es cierto eso que supuestamente pensamos o creemos. Si tuviéramos un poco más de rigor en el análisis caeríamos en la cuenta de que estamos basando esas creencias en simples suposiciones. Tiene ese fenómeno un segundo componente engañoso. Es el que consiste en hacer ver a los demás que  las cosas no son como son. Es la falta de autenticidad.

Pienso en esas personas que cometen un delito (asesinatos, violaciones, robos, extorsiones…) y de las que los vecinos y amigos dicen que  se comportaba como una persona buena, como un padre responsable, como un ciudadano ejemplar.  Está muy claro: actuaban “como si”. Como si fueran buenas personas, como si fueran buenos padres, como si fueran buenos ciudadanos. En el fondo, no lo eran.

He  leído en  el libro “El corazón humano”, de Anthony de Mello, un breve relato que titula “Estupidez” y que ejemplifica muy bien lo que pretendo explicar. Dice así:

Había una vez un árabe que viajaba en la noche, y sus esclavos, a la hora del descanso, se encontraron con que no tenían más que 19 estacas para atar a sus 20 camellos. Cuando consultaron al amo, este les dijo:

-            Simulad que claváis una estaca cuando lleguéis al camello número 20 pues, como el camello es un animal tan estúpido, creerá que está atado.

-            Efectivamente, así lo hicieron, y a la mañana siguiente todos los camellos estaban en su sitio, y el número 20 al lado de lo que se imaginaba una estaca, sin moverse de allí. Al desatarlos para marcharse, todos se pusieron en movimiento menos el número 20, que seguía quieto, sin moverse. Entonces el amo dijo:

-            Haced el gesto de desatar la estaca de la cuerda, pues el tonto aún se cree atado.

-            Así lo hicieron y el camello, entonces, se alzó y se puso a caminar con los demás.

El camello actuaba “como si” estuviera atado. Realmente no lo estaba, pero en la realidad él se comportaba como si lo estuviera. El camello se comporta estúpidamente. Permanece atado sin estarlo y no se  pone en marcha porque nadie le ha desatado de la estaca imaginaria que lo tiene sujeto. En el caso del camello es solo estupidez. En el caso de los humanos hay, más bien, hipocresía y engaño.

La casita de los sueños

En una reciente visita a La ciudad de Florencia (Departamento de Caquetá, Colombia) para participar en el Congreso “Educación, Pedagogía y Cultura Ambiental”, tuve la fortuna de conocer una experiencia educativa de hermoso y certero nombre: “La casita de los sueños”.

Lo que más me llama la atención es que “La casita de los sueños” no sea una iniciativa comercial sino profundamente educativa. Es, como dicen sus creadores, un “programa integral”.

En la parte trasera de una camioneta Chevrolet modelo 1986 pude ver una rústica construcción de madera en forma de casa, en ese momento abierta por un lateral, que mostraba en su interior materiales de colores llamativos: juegos de madera, artesanías, libros, relojes… Un vehículo singular que, en lugar de transportar leche, frutas, verduras o caballos…, estaba lleno del material ilusionante de los sueños. Un vehículo singular que no funciona con gasolina sino con los latidos emocionados del corazón de los niños y las niñas. Un vehículo singular que, en lugar de contaminar el ambiente, tiene como finalidad embellecerlo y purificarlo.

Conocí la experiencia de manos de sus creadores, Humberto Aníbal Patiño Giraldo y Luz Stella Salazar Morales, que me hablaron de ella con un entusiasmo contagioso, con una pasión vibrante y con un amor entusiasta. Nació la experiencia de la nada en San Vicente del Caguán. De la nada, no. De la mente inquieta y el corazón apasionado de Humberto y Luz Stella y de su convicción de que hay que buscar la paz a través del conocimiento, del juego, de la lectura y del amor a la naturaleza. La Fundación nació hace tres años y tiene vocación de futuro. Se ha propuesto, para 2021, “ser reconocida a nivel departamental nacional e internacional demostrando las capacidades que tiene de ser competente ante la sociedad”.

En las puertas del vehículo aparece una inscripción con la sigla CIRCREADI y su correspondiente explicación: Círculo de Creaciones Didácticas. En el nombre se condensa la finalidad: creatividad para el aprendizaje. En el tiempo de escuela y en el tiempo de ocio. El caso es que los niños y las niñas sean más sabios y más felices.

Dice su carta de presentación “CIRCREADI está integrado por un grupo de personas con gran sentido de pertenencia hacia la conservación del medio ambiente ya que elabora juegos didáctico, de entretenimiento y artesanías con residuos de madera, de buena calidad, brindándole a los clientes buenos productos para así poder ser competentes ante la sociedad, generando empleo a madres cabezas de hogar, personas con capacidad diferente y población vulnerable con las cuales se hace tejido social…”

San Vicente del Caguán es una población conocida por los colombianos porque en ella se celebraron hace algunos años unas fracasadas conversaciones de paz que se han convertido en un estigma. Por eso es significativo que esa población haya sido cuna de esta hermosa iniciativa que busca la paz a través de la educación. Cuando y donde tantas ideas y acciones se ponen al servicio de la violencia, es de agradecer que haya ideas y acciones como ésta, que tienen como finalidad exclusiva la conquista de la paz y de la solidaridad.

Lo que más me llama la atención es que “La casita de los sueños” no sea una iniciativa comercial sino profundamente educativa. Es, como dicen sus creadores, un “programa integral”. Un programa que califican de educativo porque llega a cada institución visitada con donación de juegos y libros didácticos y de entretenimiento. Además, organizan talleres lúdicos y de lectura y cursos de formación para las familias. Un programa que es también social porque esos juegos de madera los diseñan y elaboran madres de familia y personas con capacidad diferente. Un programa, en tercer lugar, que tiene un carácter ambiental ya que dichos juegos son elaborados con residuos de madera (“no derribamos un solo árbol”, dicen) y en todas las visitas se hace entrega de semillas y pequeños árboles para la reforestación. Es también un programa cultural ya que en las ferias que participa muestra una imagen del municipio y de la provincia llena de preocupaciones y de iniciativas de transformación

Se trata de un proyecto noblemente ambicioso. Dicen en sus textos: “El objeto social de la Fundación es propiciar el desarrollo en Colombia, dando apoyo a actividades, programas y proyectos de carácter ambiental, educativo, cultural, deportivo, empresarial y productivo que corresponde a la necesidad de mejorar la calidad de la vida de los niños, jóvenes, madres cabeza de hogar, personas con algún tipo de discapacidad y comunidad en general”.

Vi en La casita de los sueños la proyección de un video que mostraba, a través de hermosas imágenes y del relato de la maestra, una de las visitas. La que hizo La casita de los sueños a la comunidad de La Camuya. El vehículo avanzaba por caminos impracticables, casi inexistentes, llenos de barro y de baches, hacia una escuela perdida en lo más remoto del campo. Un lugar al que casi nadie llega. Y luego se veía el alborozo de los niños y de las niñas cuando llegaba La casita cargada con un bagaje casi infinito de sueños. Ter llenaba de emoción ver a los niños jugando con los materiales y leyendo los libros. Y plantando los árboles en pleno campo.

“La casita de los sueños” se desplaza casi siempre a poblaciones vulnerables. Es de admirar la preocupación de sus creadores por los más desfavorecidos, por aquellos a quienes Paulo Freire llamaba “los desheredados de la tierra”.

Este matrimonio habla con tanto entusiasmo de “La casita de los sueños” que consigue involucrarte en esos ideales que a ellos les mueven a trabajar cada día. Tienen dos hijos y consideran que La casita es un tercero que ha nacido de su amor a la educación. Me ha gustado encontrar explicitado el espíritu que guía todos sus afanes. Me refiero a los valores corporativos que tratan de buscar y desarrollar: “amabilidad, respeto, solidaridad, trabajo en equipo, responsabilidad, eficiencia, competitividad, cumplimiento”.

Tienen Humberto y Luz un magnífico dossier de materiales recogidos en sus visitas. Cartas emocionantes de los niños, testimonios de los maestros y de las maestras, algunas cartas manuscritas de padres y de otras personas que expresan sus sentimientos y sus valoraciones sobre esta experiencia.

¿Cómo no aplaudir y alentar esta idea que ha surgido para el desarrollo de la educación en la provincia primero y, quizás, en el país y en el mundo después? ¿Cómo no emocionarse al ver que la creatividad, la ilusión y el esfuerzo de personas consiguen que los niños aprendan y se diviertan en aras de la construcción de un mundo mejor? ¿Cómo no felicitar a sus promotores porque han creído en una idea, han superado dificultades y han arriesgado su dinero y su trabajo con generosidad y entusiasmo?

No les domina el afán de enriquecimiento sino la búsqueda de la felicidad. Me volvieron a emocionar cuando me entregaron, dedicado a mi hija Carla, un pequeño rompecabezas de madera que ella está ahora tratando de resolver mientras escribo estas líneas. “La casita de los sueños” ha cruzado el Atlántico y ha traído un poquito de felicidad a una niña española. Gracias.