Violencia sutil contra la infancia (y IV)

Dediqué el primer artículo de esta serie a reflexionar sobre algunas formas de violencia subrepticia contra los niños y las niñas en la familia. El segundo, en la escuela. El tercero, en la sociedad. Hoy me centraré en la violencia sutil contra la infancia procedente de los medios audiovisuales y de internet.

Quizá la mayor violencia que ejercen contra los niños y las niñas es la dependencia que su uso puede generar en ellos y en ellas, haciéndoles ermitaños del siglo XXI, esclavos de las manipulaciones ajenas.

Vivimos en una iconosfera. El asedio de las imágenes es verdaderamente espectacular. Existe un poder centralizado que produce imágenes cargadas de significados. Y la mayoría somos analfabetos en el lenguaje de las imágenes. Por eso nos pueden engañar fácilmente.

Este enorme caudal de mensajes contiene muchas agresiones contra la infancia. Mencionaré algunas.

- Difuminación de fronteras entre la realidad y la ficción

La separación entre la violencia real y la ficticia no es muy clara. No se sabe, al encender la televisión, si el disparo que mata a una persona está en una película o está tomada de la realidad.

Para el niño puede ser más “real” un personaje de la televisión que su abuela que vive en el otro extremo de la ciudad. Esto distorsiona su modo de percibir la realidad de forma fiel y de percibirse a sí mismo de forma sana.

- La distancia como abstracción de la realidad

Hay gente que sufre, que muere de hambre, que es violada, que está secuestrada, que padece enfermedades, sumida en la ignorancia… Pero la distancia genera un filtro de abstracción en los medios.

Un piloto de guerra puede apretar el botón de una bomba que causará la muerte de miles de personas, pero acaso no es capaz de golpear a un niño con sus puños. La distancia hace que la destrucción que provoca no le parezca tan real.

- Hipertrofia de lo sensitivo

La imagen recorre un camino que llega antes a la sensibilidad que a la cabeza. La preponderancia de estímulos visuales provoca en el niño de hoy una excrecencia sensitiva, una hipertrofia de la sensibilidad.

“El ciego aprende mediante el tacto, el hombre sensitivo aprenderá por medio de toda la violencia y la conmoción física y afectiva. Conocerá por medio del efecto que producen en su cuerpo los anuncios luminosos, los escaparates publicitarios, los slóganes verbales y musicales de la radio y la televisión” , dice Mc Luahn.

En el año 1984 escribí un libro titulado “Imagen y educación”. Un libro en el que trataba de llevar a la consideración de mis lectores y lectoras las exigencias educativas de la nueva cultura de la imagen. Hoy seguimos sin resolver muchos de aquellos problemas que yo apuntaba.

- Desarrollo de la pasividad

Antiguamente, para el explorar el mundo, una persona debía abandonar su hogar, emprender un largo y arriesgado camino, arrastrar penalidades y resolver situaciones difíciles… Hoy basta apretar el botón de la televisión y el mundo “implota” por esa pequeña pantalla. Mientras tanto, el espectador se queda adormecido en un cómodo sillón.

Los estímulos recibidos del exterior son tan numerosos que apenas si podemos clasificarlos para dirigir nuestra atención. Somos seres comunicacionalmente pasivos. Desde los medios se dirigen constantemente e nosotros, pero nosotros no decimos nada.

- El alquiler de los ojos

Los medios audiovisuales no son solo algo que vemos sino algo con lo que vemos. Se han convertido en una extensión, en una ampliación de nuestros sentidos. Ahora bien, una vez creado un sentido, tenemos la necesidad de ejercitarlo.

Este sentido ampliado o engrandecido está en manos de otras personas. Y así el niño o la niña ven lo que otros quieren y como otros quieren. La realidad que presentan está filtrada por la óptica de sus intenciones y de sus intereses.

- La filosofía de la vida

A través de los medios se genera una filosofía de la vida muy particular: tener es más importante que ser, consumir es mejor que renunciar, ganar es preferible a perder, hacer es mejor que pensar, aparentar es más importante que ser, lo urgente vale más que lo importante, la cantidad es más importante que la cualidad…

Téngase en cuenta que, incluso técnicamente, es más fácil filmar la guerra que la paz, la superficialidad que la profundidad, la cantidad que la calidad, la apariencia que la realidad…

- Creación de necesidades artificiales

Habrá que precisar que “necesidades artificiales” es una expresión similar a “nieve frita”. Pero la expresión puede ayudarnos a entendernos. La televisión a través de la publicidad crea unos deseos que nos vemos impulsados a satisfacer. La presentación de esas falsas necesidades, a las que se vincula toda o parte de la felicidad, es más violenta para el niño o la niña, ya que se encuentra más indefenso ante las manipulaciones de la televisión. Eso es violencia.

Pero hoy todo se ha complicado (y enriquecido) con la aparición de internet. Cuando hablo de los peligros de la red, no quiero decir que no existan múltiples posibilidades de aprovechamiento y de formación en ella. Por supuesto que existen. Decir que hay que tener cuidado con los cuchillos para no cortarse no quiere decir que no sean útiles.

- Conocimientos adulterados

Antes, los conocimientos que recibía el niño y la niña procedían de la escuela y de la familia. Hoy el conocimiento se presenta en múltiples lugares de la red, casi en avalanchas. Pero, muchas veces es un conocimiento adulterado por intereses comerciales, políticos, religiosos…

Hay muchos engaños que se convierten en violencia para la mente y la forma de entender la vida de los niños y las niñas.

- Imposición de modas

En una etapa en la que no está fraguado el carácter, a los niños y a las niñas se les imponen modas en juegos, en indumentaria, en libros, en deportes…que ellos y ellas no pueden contradecir. La moda los arrastra. Las marcas les seducen.

Hay muchos anuncios tramposos que deberían ser denunciados por los defensores de los derechos de la infancia. Anuncios que persuaden e incitan a la compra o al convencimiento de que la felicidad se encuentra donde dice el anunciante.

- Invitaciones seductoras

A través de la red se producen invitaciones seductoras que llevan al gasto de dinero, al consumo de drogas, a la participación en actividades ilegales…

Muchas de estas invitaciones se convierten en trampas para quien llega sin una precavida actitud crítica. Hay muchas personas que se han visto inducidas a realizar comportamientos dañinos para la salud o para la moral.

- Relaciones falsificadas

Muchas de las relaciones que se producen a través de la red tienen lugar a través de la máscara de personalidades falsificadas… Muchos jóvenes han dialogado con personalidades camufladas y han tendido trampas horribles.

La mente del niño no es capaz de concebir que haya adultos tan depravados, capaces de arruinarles la vida por un intereses económicos, por placeres morbosos o, sencillamente, por el deseo de hacer daño.

Quizá la mayor violencia que ejercen contra los niños y las niñas es la dependencia que su uso puede generar en ellos y en ellas, haciéndoles ermitaños del siglo XXI, esclavos de las manipulaciones ajenas. Hay niños y niñas que dedican la mayor parte del tiempo a navegar en solitario por la red. Encerrados en sus cuartos, nada saben o nada quieren saber de quienes están a su lado. Ni de ellos mismos.

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Violencia sutil contra la infancia (III)

Dedicaré estas líneas de hoy a reflexionar someramente sobre algunas formas de violencia subrepticia que existen en la sociedad actual contra los niños y las niñas. Me remito al libro de Eduardo Galeano “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”. En él nos explica el admirado autor uruguayo cómo se ofrece a los niños un curriculum perverso y destructivo a través de las formas de vida y de gobierno de muchas sociedades.

Los escaparates están llenos de objetos atractivos, pero en casi todos el niño y la niña se dan cuenta de que hay un cartel invisible que les advierte: “No son para ti”.

Veamos algunas formas de violencia sutil obre la infancia. Una violencia que no produce heridas físicas pero que va dejando huellas casi indelebles en la mente y en el corazón.

- Los persistentes casos de corrupción

Existen muchos ejemplos de perversión en la realidad. Basta ver la portada de los periódicos y la cabecera de los telediarios. Un papá le dice a la mamá: “Dale la vuelta al periódico que viene el niño”. La noticia es la maldad.

En efecto, las portadas delas revistas, las cabeceras de los informativos, la apertura de los programas de radio ofrecen cada día un catálogo de maldades que casi siempre tienen su origen en el comportamiento malvado de las personas.

- Cultura neoliberal contradictoria con los presupuestos de la verdadera educación

La cultura neoliberal en la que nos encontramos inmersos, contradice casi todos los presupuestos de la educación: individualismo exacerbado, competitividad extrema, obsesión por la eficacia, olvido de los desfavorecidos, relativismo moral, privatización de bienes y servicios, hipertrofia de la imagen, capitalismo salvaje…

La educación arraiga sus postulados en la solidaridad, la compasión, la ética, la equidad y el respeto a la dignidad del ser humano

En una cultura de este tipo hay que avanzar contracorriente y eso supone una violencia para quien no tiene mucha fuerza para hacerlo.

- Contraposición de modelos

Al niño y a la niña se le proponen modelos en la familia y en la escuela por la vía de la argumentación, pero la sociedad le ofrece otros modelos por la vía de la seducción… No es fácil guiarse por criterios exigentes y rigurosos cuando se tienden trampas seductoras sagazmente estudiadas.

La calle es ese espacio ilimitado donde transcurre la vida del niño y de la niña. Me refiero especialmente al niño o a la niña que nacen y crecen en la “jungla de asfalto” de las ciudades. Hay muchas formas de violencia contra el niño y la niña en la calle.

- La urbanización del hábitat

Las ciudades no son un marco adecuado para el desarrollo emocional de los niños y las niñas. Las ciudades no están construidas, como dice Tonucci, bajo el parámetro del niño.

La ciudad fue primero fábrica, luego almacén y luego cárcel (puertas blindadas, agentes de seguridad, encasillamientos rígidos…). La ciudad se ha vuelto un lugar peligroso, ruidoso, caro, violento… Hace poco le oí decir a un niño, cuando le preguntaba, cómo quería que fuese su ciudad: “Quiero jugar gratis”. El niño que necesita el juego como el aire que respira, tiene que disponer de dinero para divertirse.

Cada día el niño recibe incesantes recomendaciones que le hacer vivir con miedo: “no hables con desconocidos”, “no recibas nada de quien te lo ofrezca gratuitamente”, “no te vayas con nadie”, “no te salgas de los itinerarios marcados”, “no pierdas de vista a tus padres”…

A los niños, y más a las niñas, se les dice que no se fíen de nadie, que corren el riesgo de ser secuestrados, de ser atropellados, de ser destruidos por las drogas…

- La proliferación de estímulos inalcanzables

Se le ofrecen a los niños estímulos constantes, llamadas apremiantes. Pro no tiene dinero, no tiene tiempo, no tiene seguridad para atenderlas. El niño y la niña se convierten en protagonistas de la frustración.

Los escaparates están llenos de objetos atractivos, pero en casi todos el niño y la niña se dan cuenta de que hay un cartel invisible que les advierte: “No son para ti”. Sí, hay muchas cosas. Hay muchísimas cosas deslumbrantes pero, al mismo tiempo, inalcanzables. Solo unos pocos privilegiados van a poder acceder a ellas.

- Los acontecimientos y las imágenes violentas

La realidad es violenta. Las imágenes que se nos ofrecen de ella son violentas. Los niños y las niñas están sometidos a un bombardeo constante de hechos agresivos.

Y se sabe que el ejemplo es importante para el aprendizaje. Lo decía Bandura cuando hablaba del aprendizaje vicario. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Y el ejemplo es nefasto. El ruido de lo que somos y hacemos llega a los oídos de los niños y niñas con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos.

- La conciencia de nada

¿Qué significo en este mundo enorme?, ¿qué pinto en este caos? En una ciudad gigantesca, el niño tiene conciencia de estar perdido, de ser insignificante, de no ser nada.

Recuerdo haber visitado una gran muestra de ocio dirigida (teóricamente) a los niños y a los jóvenes. Al entrar te encontrabas con magníficos yates, con coches lujosos… Todo prohibido para los niños y las niñas. Alguien me decía al salir: “No se puede ser bueno en un mundo donde todo está tan caro”.

- La espera insoportable

Muchas de las cosas que le interesan no las puede conseguir “ahora”. Los aplazamientos son constantes. “Cuando tengas un año más”, “cuando crezcas un poco más”, “cuando seas mayor”… El niño vive instalado en el ahora, por eso el mañana suele ser para él una tortura.

“Más adelante” podrás decidir, podrás hablar, podrás comprar, podrás viajar, podrás acostarte más tarde, podrás comer o beber esto y lo otro. Pero yo lo quiero ahora, dice el niño desde su psicología presentista.

- La supeditación al mundo de los adultos

El niño está habituado a escuchar expresiones que le dejan en un segundo plano: “cállate, que están hablando los mayores”, “deja la silla al abuelo”, “esa película es para mayores”, “vete ya a la cama”, “ponte esta ropa y cállate”, “si no te gusta, te aguantas”, “tu padre está viendo el partido”, “vas a ir a este colegio”, “el domingo iremos a ver a los tíos”, “iremos de vacaciones a la playa”, “hoy vienen a cenar unos amigos de papá…

Así, sin consulta previa, sin posibilidad de elegir entre alternativas, sin preguntar si quiera si esa iniciativa le causa alegría o terror. Eso es lo que hay que hacer y punto. Los adultos no pensamos en estas situaciones de los niños. No somos capaces de meternos en su piel, a pesar de que todos hemos pasado por esa etapa. ¿Hemos pensado alguna vez cómo nos sentaría que nos mandasen a la cama cuando no tenemos sueño y estamos terminando de ver una película?

- Las explicaciones interesadas

Los niños y las niñas formulan muchos “porqués”. Pero las respuestas suelen ser arbitrarias, interesadas, apresuradas y tramposas. Ellos nos podrían decir (y nos lo dicen muchas veces): “soy pequeño, pero no soy tonto”.

Algunas de estas formas de violencia adquieren una fuerza especial contra los niños pertenecientes a minorías étnicas (gitanos, por ejemplo), a grupos con deficiencias o enfermedades y, de forma generalizada, contra las niñas.

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Violencia sutil contra la infancia (II)

Nuestra cultura ha estado marcada por planteamientos inmolatorios de la infancia. Los niños y las niñas han sido considerados como propiedad de los padres/madres para Dios, la patria, la producción, la sociedad, el cielo… El sacrificio de la prole al dios de turno (especialmente de los primogénitos) para aplacar su ira, evitar catástrofes o conseguir favores, ha sido una constante en la historia humana.

La escuela, que debería ser una institución liberadora, ejerce frecuentemente violencia contra los niños y las niñas.

La filosofía griega presenta frecuentes acontecimientos filicidas. Urano y Cronos mataban a sus hijos al nacer. Tántalo ofrecía a los dioses en banquete la carne de su hijo. Edipo, condenado a morir por sus padres, que lo han abandonado, descendía de una estirpe familiar que se caracterizaba por el asesinato de los hijos. En Roma, la “patria potestas” significaba el poder absoluto, legalmente reconocido, del padre en relación de la vida de los hijos. Hasta el año 318 no se consideraba un crimen la muerte del hijo ocasionada por el padre. Y hasta el año 374 no se consideró homicidio su muerte provocada.

La Historia Sagrada nos ofrece también ejemplos al respecto. Moisés abandonado en las aguas del Nilo, Abraham que entrega s su hijo al sacrificio, el abandono de Ismael en el desierto… La Historia de España llama Guzmán el Bueno a quien entregó la vida de su hijo por la patria…

Pero me ocupan en los cuatro artículos de esta serie las formas sutiles de violencia contra la infancia. En la semana pasada me centré en la familia, hoy lo haré en la escuela. La escuela, que debería ser una institución liberadora, ejerce frecuentemente violencia contra los niños y las niñas.

- La obligatoriedad cotidiana

La escuela es una institución de reclutamiento forzoso. No es igual acudir a una institución o a una actividad de forma voluntaria que de manera forzosa. He sido testigo del desgarro de muchos niños y niñas los primeros días de escolarización. Resulta casi traumático obligarles a despegarse del padre o la madre que los conducen a la escuela.

No digo que no deban ir a la escuela. Para muchos es el único medio de que disponen para poder tener una vida digna. Voy publicar en México dentro de unos meses un libro que se titulará “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. Sólo estoy diciendo que, si la forma de concebir la escuela no lo remedia, la asistencia obligada puede convertirse en un sufrimiento.

- La imposición indiscutida e indiscutible de normas, objetivos, metodología y evaluación

Poco es lo que deciden los alumnos y alumnas en la escuela. Por no decir que nada. Le oí decir en cierta ocasión a Francesco Tonucci que la escuela es una institución ilegal porque quebranta sistemáticamente la ley que exige que los niños y niñas sean consultados sobre aquellas cuestiones que les conciernen. Y la escuela les concierne. Pero no les consulta. Y concluía Tonucci con cierta contundencia: como son ilegales habría que cerrarlas. Yo no voy tan lejos porque creo que la escuela puede ser un camino hacia la libertad a través del conocimiento y de la convivencia.

Casi todo es impuesto en la escuela. Violenta o sutilmente impuesto. El alumno del que se dice que es “protagonista” del proceso educativo no interviene en ninguna de las decisiones esenciales de la institución.

- La comparación como eje del rendimiento

Las calificaciones se suelen establecer a través de unos baremos taxonomizados. El ”más que tú”, “menos que tú” se convertirán en referencias decisivas. Y no se considerará el punto de partida y las condiciones personales, familiares y sociales. Alguna vez he dicho que la gallina no es un águila defectuosa, pero la escuela sigue siendo una institución homogeneizadora y competitiva.

El fracaso escolar se convierte en una lacra del sistema educativo. El porcentaje de abandonos y de sujetos que siguen pagando tributos superiores a los logros es cada día mayor. Y hasta se puede pensar que es precisamente ese nivel de fracaso el éxito institucionalizado del sistema.

- La transmisión de mitos sociales

La escuela ha sido considerada durante mucho tiempo como la transmisora de los bienes culturales. El mito del progreso, el mito de la igualdad de oportunidades, el mito de la libertad, el mito del bien común…

No se trata de aprender por cuenta propia sino de ser enseñado. Los niños y niñas aprenden que lo que se enseña es lo que vale la pena y, paralelamente, que si hay algo que importa debe haber alguna escuela que lo enseñe.

- La imposición de castigos irracionales e injustos

Se han impuesto desde el poder institucional muchos castigos arbitrarios. Porque se ha confundido autoridad con poder. La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer.

El poder controla, silencia, castiga, humilla y aplasta. Quien tiene autoridad educativa, por el contra, ayuda a crecer. Pues bien, se ha ejercido, a veces, un poder indiscriminado que ha impuesto sin diálogo y sin posibilidad réplica, castigos absurdos como ponerse de rodillas, copiar cientos de veces frases ridículas, quedarse sin recreo o sin escuela…

- Un curriculum oculto potente y pernicioso

A través curriculum no explícito, que actúa de forma persistente, omnímoda y subrepticia la escuela enseña muchas cosas mientras enseña: que hay que repetir, que hay que estar sentados, que hay que callarse, que hay que obedecer, que no se puede decir lo que se piensa, que solo se estudia cuando hay examen, que solo se estudia lo que entra en el examen…

Muchos de estos aprendizajes son más importantes que los que adquieren en el curriculum reglado de la escuela. Ya lo decía Kant: lo principal que aprenden los niños en las escuelas es a estar sentados.

- Concepción jerárquica de la verdad

Se podría definir verdad como aquello que la autoridad sostiene, sobre todo si se trata de una autoridad evaluadora. Es verdad aquello que dicen los libros, aquello que hay que aprender para el examen.

- La experiencia de aburrimiento

Hay muchos niños que se aburren en la escuela. Sobre todo cuando las prácticas que desarrolla son el fruto de la rutina y de la torpeza. Tener que estar quieto, callado durante mucho tiempo, a edades tempranas, se puede convertir en una tortura.

Un proceso de aprendizaje asentado en la escucha y en la repetición de lo que se ha explicado produce casi inevitablemente aburrimiento y desgana.

- La homogeneización como falso criterio de justicia

No es cierto que haya que tratar a todos por igual cuando, de hecho, son todos y todas tan diferentes. No es bueno que todos tengan que hacer lo mismo, en los mismos tiempos y de la misma forma.

Defiendo la idea de que la escuela debería ser una institución en la que se pudiera trabajar felizmente y, además, que debería estar encaminada a conseguir que los alumnos y alumnas (junto a sus profesores primero y luego ya de forma autónoma) aprendieran a ser felices. Porque aprender a ser felices y a ser buenas personas es el principal logro de la inteligencia. Lo cual no significa que no tengan que haber esfuerzos, tener constancia y desarrollar el espíritu de superación. Pero con un sentido. Por una causa. La causa del bien y de la felicidad.

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Violencia sutil contra la infancia (I)

El problema de la violencia en el mundo es cada día más inquietante. “Nuestras formas culturales han venido a convertirse en una cultura de la agresión”, dice Mitscherlich. La cita tiene casi medio siglo, pero no hemos mejorado sensiblemente. Es más, han aparecido nuevos campos de violencia a través de las herramienta digitales, como es el caso del bullying duro, del bullying blando y del ciberbulling.

No basta con amar a los hijos, hay que amarlos bien. Hay padres y madres que llegan a rodear a sus hijos e hijas de una amor tan envolvente, tan opresivo que les impide crecer.

Me pregunto una y otra vez por las causas de este mal que nos hace duros, crueles, casi obstinados en el ejercicio de la violencia. Me duele pensar que nuestros niños y niñas, traídos al mundo sin consulta, son luego maltratados de manera persistente.

Las formas de violencia ya no son catalogables. El progreso se ha convertido, a veces, en un modo de multiplicarlas, camuflarlas y hacerlas más sutiles. Recuerdo aquel ingenioso poema en el que se cuenta que unos simios contemplan desde las copas de unos árboles los comportamientos crueles de los humanos y comentan entre sí el desdoro que supondría para su especie el hecho de que aquellos seres bípedos, fueran descendientes de su árbol genealógico.

El placer es inventivo. También el placer de la tortura. Por eso me refiero a la crueldad como ese suplemento de agresión que afina la pulsión destructiva. Parece claro que ha aumentado el “cuantum” del sufrimiento de las personas a manos de otras personas. Y el “modus” que supone la diversificación, la sofisticación y la profundización de las formas de agresión. El niño y la niña no son precisamente los menos agredidos, a pesar de que en las Declaraciones de Derechos, los discursos políticos, las homilías eclesiásticas, los libros de pedagogía y las manifestaciones familiares, sean los mejor tratados.

No voy a tratar en este texto (y en los sucesivos) de las formas brutales de violencia contra los niños y las niñas. Son de sobra conocidas y repugnantes a la vez que frecuentemente toleradas: la mortalidad infantil, las vejaciones, la pedofilia, la prostitución, los secuestros, el hambre, la explotación, el trabajo infantil, el tráfico de órganos, los niños que combaten, la mendicidad infantil, la tortura física, la privación de derechos… Voy a centrarme en formas de violencia que frecuentemente no son tan claramente detectables y que incluso, a veces, son deseadas por sus víctimas. Hay que luchar para hacer desaparecer las primeras y hay que tratar de descubrir las otras para defender a los niños y a las niñas del sufrimiento que producen. Estas son algunas de las muchas formas de violencia contra los niños y las niñas en la familia.

- La utilización del bien del hijo/a como recurso opresor

El bien del hijo/a ha dado lugar a los mayores atropellos, a una violencia que ha permitido a los adultos cometer las agresiones psicológicas más detestables. Pienso en la postura de esta madre china que convierte a sus hijas en víctimas de la tortura psicológica de que sean las primeras en sus clases y en sus actividades. O son primeras o son fracasadas. Lo cuenta en el libro “Battle Hymn of the Tiger Mother” (Chua, 2011), todavía no traducido al castellano. Para mí esa madre es una torturadora.

“Existe un riesgo de que el poder de los padres sea represivo”, dice Snyders en su libro “No es fácil amar a los hijos”. El título del libro de Snyders no puede ser más significativo: El amor está lleno de trampas. Y esas trampas muchas veces son dañinas para quienes no tienen otro camino que la obediencia.

- La imposición de una jerarquía protegida por el afecto

Existe el riesgo de que el niño o la niña vivan la jerarquía familiar como indiscutible porque se sitúa en la esfera del afecto. Pero el amor, como decía, está lleno de falacias.

“El niño se habitúa a rendir tributo a una autoridad que no tiene que justificarse La sobreprotección que impide el dar razones; así se empezó cuando era bebé. Y es fuerte la tentación de continuar sobre el mismo camino”, dice Snyders.

Es más fácil rebelarse contra la tiranía que se impone por la fuerza que contra el afecto que establece lazos difícilmente detectables.

- La sobreprotección que impide el crecimiento del niño y la niña

No basta con amar a los hijos, hay que amarlos bien. Hay padres y madres que llegan a rodear a sus hijos e hijas de una amor tan envolvente, tan opresivo que les impide crecer. La sobreprotección ahogará su autonomía personal, su capacidad de decisión, su independencia. No es que los hijos necesiten “ese” amor de los padres que los aplasta, son los padres quienes necesitan compulsivamente amar “así” a los hijos. A veces, para ocultar la carencia de amor verdadero.

Afirma Holderlin que los padres forman a sus hijos como los océanos forman a los continentes: retirándose. Lo que dice el hijo a los padres es lo siguiente: “Ayúdame a hacerlo solo”. Es decir, ayúdame a ser yo mismo, ayúdame a crecer.

- Los hijos como campo de batalla de los padres

Es violencia convertir a los hijos e hijas en la palestra en la que los padres dirimen sus disputas. El hijo es convertido en un arma arrojadiza con la que se agreden los cónyuges. Y, tirando de él por una y otra aparte, acaban por descoyuntarlo psicológicamente.

Hijos e hijas que se engendran sin amor, solo para garantizar la estabilidad de la pareja, prácticas obsesivas de educación opresora, exhibición del hijo como trofeo, mimos que pretenden ganar tramposamente la partida frente al otro…

- Las trampas psicológicas

Existen formas de violencia difícilmente desenmascarables: chantajes afectivos, proyección en los niños y niñas de las propias tensiones y frustraciones, imposición sutil o descarada de criterios para la elección de carrera, concepción dinástica de los valores, régimen arbitrario de premios y castigos, aceptación indiscriminada de tópicos, prácticas y mitos sociales encarnados en la institución familiar…

Todo ello puede ponerse en práctica de forma inconsciente y recibirse como si se tratase de unos comportamientos “naturales”. Lo cual no hace más que agravar los riesgos. Es más fácil rebelarse contra una bofetada que contra una caricia insidiosa.

“La mayoría de nosotros hace todo lo que puede; muchas veces, por desgracia, eso no significa otra cosa que dar vueltas y vueltas sobre las mismas equivocaciones”, dice Corkille Biggs,

Poner en tela de juicio las prácticas educativas es muy saludable. Dudar. Ya sé que la duda es un estado incómodo, pero la certeza es un estado intelectual ridículo y peligroso.

- La imposición del egoísmo colectivo familiar

La familia actúa como una cadena de transmisión no solo de bienes económicos sino de valores culturales. Mediante ella las estructuras sociales y culturales tienden a perpetuarse.

La familia se articula sobre la propiedad privada no solo de los bienes. También de las personas. Estos son “mis” hijos”, decimos. Los demás niños no son “míos”. El planteamiento favorece un “egoísmo colectivo”, que produce violencia. Una violencia sutil. Por consiguiente, más peligrosa.

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No debo asustarme

Me cuenta una madre que a su hijo le han castigado en el Colegio haciéndole copiar cien veces una frase. Creí que esos castigos se habían terminado porque, a lo largo de los años, han ido dejando una estela de fracaso, de rabia y de dolor. ¿Qué nos hace persistir en ellos cuando se ha comprobado hasta la saciedad su inutilidad y sus perjuicios?

El profesor les mandó copiar cien veces la siguiente frase: “Es costumbre en esta localidad tirar cohetes para anunciar la proximidad de las fiestas. Por tanto no debo asustarme ni armar follón”.

En una localidad y un colegio cuyos nombres silenciaré, los alumnos mostraron un día en la clase su alborozo ante el ruido de los cohetes que anunciaban las fiestas locales. El profesor les mandó copiar cien veces la siguiente frase: “Es costumbre en esta localidad tirar cohetes para anunciar la proximidad de las fiestas. Por tanto no debo asustarme ni armar follón”.

Así, como suena. Incluido el elegante y educativo término de “follón”. Una frase larga para que se necesite más tiempo y se experimente más dolor en escribirla. No una, cien veces. Como si por repetirla se hiciese más verdadera. Como si por repetirla tuviese más eficacia. ¿Cuántos han aprendido algo a través de estas repeticiones, más allá de la rabia y el dolor? Lo que les exige este buen señor es que renuncien a su condición humana: “no debo asustarme”. Oiga, profesor, ¿y si me asusto? Y, por otra parte, ¿qué pasa si me asusto? ¿Es malo? Si me asusto, ¿hago daño al profesor o a los compañeros?

Si tuviera poder y la misma actitud sádica que tienen quienes mandan copiar, les impondría a los profesores que lo hacen este castigo:

- Copie cien veces la siguiente frase: “Los profesores no deben imponer castigos absurdos a los alumnos consistentes en repetir decenas de veces la misma frase”.

Y si al día siguiente no han terminado la tarea, doscientas veces. Y si al siguiente no han terminando, no podrán percibir el sueldo. Digo lo del sueldo porque algunos profesores, cuando los alumnos no terminan esa odiosa y estúpida tarea, le añaden otra dosis de irracionalidad y de injusticia a la situación: Si alguno no termina de repetir la frase todas las veces que se ha mandado, no podrán presentarse al examen. Puro chantaje. Pura injusticia. Pura irracionalidad.

Nunca he sabido lo que realmente pretenden los profesores al imponer esta tarea. No sé si quieren hacer sufrir, hacer perder el tiempo o ejercitar la escritura o la contabilidad de sus alumnos (iba a decir de sus víctimas). Ochenta y una, ochenta y dos, ochenta y tres… A mí me parece un comportamiento sádico. Me imagino al profesor viendo por el túnel del espacio y del tiempo al alumno inclinado sobre el papel, sin poder estudiar, sin poder jugar, sin poder dormir… Ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis…

Las preguntas lógicas ante este tipo de sanciones son, a mi juicio, las siguientes: ¿qué se pretende conseguir?, ¿qué se espera que suceda en el futuro?, ¿qué efectos se desean obtener como fruto de la copia? ¿Cómo comprobar si se ha logrado lo pretendido? ¿Por qué no se ha logrado? ¿Qué efectos secundarios se han producido?… Se me dirá, probablemente, que se pretende evitar que el alumno repita los mismos comportamientos.

En el caso que nos ocupa, nos encontramos con el problema de que los comportamientos que se pretende evitar son lógicos y naturales, en absoluto negativos. Lo que resulta discutible, a mi juicio, es la reacción del docente. ¿Por qué le molesta que los alumnos se sorprendan?, ¿por qué le irrita que los alumnos tengan un momento de bullicio? Son niños y niñas. Son niños y niñas normales. Las mesas del aula se quedan inmóviles y silenciosas cuando suenan los cohetes. ¿Es eso lo que pretende conseguir el profesor? A mi me parece más sensato que durante unos segundos el profesor se una a la alegría de las cercanas fiestas y vuelva al trabajo sin la menor complicación. Pero no. Algunos gastan más tiempo en imponer el orden, en soltar recomendaciones y reprimendas, en repartir castigos… que en motivar y enseñar. Es como si se regodearan haciendo sentir al alumnos el dolor de la espuela del poder. Como si quisieran hacer ver que la escuela no tiene nada que ver con esas alegrías.

Al imponer este tipo de castigos pueden suceder dos cosas. Que se extinga e comportamiento negativo o que no se extinga. Pero, en el primer caso, ¿habría que preguntarse?: cuando no exista el riesgo del castigo, ¿evitará también el comportamiento supuestamente negativo? Porque si lo que aprende es a evitar el comportamiento por temor al castigo, no se ha producido un hecho educativo. Cuando no haya castigo seguirá igual Ahora bien, si no se extingue el comportamiento, que es lo que habitualmente sucede, el castigo ha sido inútil o contraproducente.

Hay que preguntarse también por los efectos secundarios de estas sanciones. Frecuentemente generan rabia, despecho, odio y rechazo del educador y de la institución. Ese hecho irracional dinamita los puentes de contacto, hace perder autoridad. En su fuero interior l alumno se haría esta consideración: ¿por qué te voy a hacer caso si me tratas así?

¿Cuántas veces le pregunta al profesor al alumno castigado qué es lo que piensa sobre la situación? ¿Qué piensa de lo que ha hecho y de las consecuencias que ha tenido?

Téngase en cuenta que el castigo se impone desde una privilegiada situación de poder. El alumno se encuentra desarmado, impotente. No puede replicar, no puede decir lo que piensa, no puede negarse a hacer lo que le mandan, no puede decirle al profesor que haga otro tanto por su forma estúpida de reaccionar…

¿Qué decir de los castigos que privan de la escuela a quienes más la necesitan? Es como si pasásemos por un Hospital y dijésemos al ver a los enfermos más graves:

- Estos que están a punto de morir asfixiados que se vayan a sus casas quince días.

Oiga, habría que decir, no eche del Hospital justamente a quien tiene más necesidad de sus servicios. No les deje sin oxígeno precisamente a esos que no pueden respirar por sí mismos.

La reacción es muy fácil. Expulsión. Que se vayan. Pero, ¿para qué? Se suele decir: para que escarmiente el interesado y para que escarmienten los demás ¿Escarmientan? Nunca se sabe. Algunos pueden envidiar al infractor que se libra quince días del aburrimiento y la tortura. Lo que sucede es que carecen de agallas para hacer lo hizo el infractor.

No digo que no haya que imponer y exigir límites y buenos comportamientos a los alumnos. Es fundamental en educación. Pero primero los tenemos que tener nosotros. Y luego hay que imponer esos límites con racionalidad y amor. El amor consigue mucho más que la indiferencia y el odio.

Creo que si mejorase la participación de los alumnos en la vida del Centro, si aumentase su implicación en las decisiones y en la elaboración y aplicación de las normas, disminuirían los conflictos. No se consigue el orden aumentando la vigilancia, las amenazas y los castigos. Y, si se consiguiese, no sería de una forma verdaderamente educativa. Se trata de que aprendan a responsabilizarse, a respetarse y a convivir, no a evitar los castigos por puro temor.

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