La naranja irrepetible

En la escuela se dan cita todo tipo de alumnos y de alumnas. Se encuentran en ella ricos y pobres, niños y niñas, inmigrantes y autóctonos, creyentes y ateos, listos y torpes, cultos e incultos… Todos ellos (todas ellas, no lo olvidemos) tienen derecho no sólo a la escolarización, sino a conseguir el éxito en la escolarización. Los niños tienen derecho a la hospitalización cuando están enfermos pero, deberíamos decir, más bien, que tienen derecho a la salud. Es decir, a tener éxito en la hospitalización. Porque, si al ir al Hospital se encuentran con un mal diagnóstico, una intervención equivocada o un trato inhumano, más les valdría no ser hospitalizados.

Si esto pasa con naranjas, ¿qué sucederá con personas que tienen sentimientos, valores, expectativas, inteligencia, relaciones, consciencia e historia?

Como la escuela es una institución tradicionalmente homogeneizadora, ha de buscar respuestas a las insistentes preguntas que encierra  la infinita diversidad de su alumnado. Cuando se habla de diversidad se reconoce la identidad de cada persona. Si, por el contrario, se establece un prototipo, todas las variaciones respecto al mismo se convierten en deficiencias

Cada uno es cada uno. No hay dos personas iguales. Estas afirmaciones que parecen obviedades están frecuentemente negadas cuando, en la escuela, tratamos a los niños y a las niñas como si fuesen iguales, o cuando los tratamos como diferentes pero comparándolos con  un prototipo. Quienes se alejan de ese modelo, de ese arquetipo, parece que tienen alguna tara. Son, por consiguiente, defectuosos. Así, una niña sería un niño defectuoso. Un niño ateo, sería un niño creyente defectuoso. Un niño gitano sería un niño payo defectuoso. Un niño magrebí sería un niño autóctono defectuoso.

El prototipo escolar lo constituye el varón, blanco, sano, inteligente, autóctono, creyente, payo, vidente, ágil, oyente, castellanoparlante… Los demás son “anormales” o, lo que es peor, “subnormales”. La institución escolar alberga problemáticas muy diversas, no sólo debidas a las infinitas diferencias individuales sino a las diferencias grupales (étnicas, lingüísticas, culturales, religiosas, económicas, de género…). Hay que caminar hacia una escuela inclusiva. Lo cual exige hacerse permanentemente esta pregunta: ¿a quién excluye la escuela?, ¿a quién pone trabas para una integración plena?, ¿a quién beneficia o privilegia?

Si un centímetro cuadrado de piel (las huellas digitales) nos hace diferentes a miles de millones de individuos, ¿qué no sucederá con toda la piel, con todo lo que ésta tiene dentro, con la historia y las vivencias y las emociones y las expectativas…? No hay un niño exactamente igual a otro. Ni siquiera dos gemelos univitelinos pueden considerarse idénticos. Su historia es distinta, sus vivencias son diferentes e intransferibles. Hay dos tipos de niños en las escuelas: los inclasificables y los de difícil clasificación. Cada individuo es único, irrepetible, irreemplazable, complejo y dinámico.

La diferencias de las personas pueden ser entendidas y vividas como una riqueza o como una carga. Si esas diferencias se respetan y se comparten son un tesoro; si se utilizan para discriminar, excluir y dominar se convierten en una lacra.

No hay educación si no se produce un ajuste de la propuesta a las características del educando. Sólo hay educación cuando un individuo concreto crece y se desarrolla al máximo según sus posibilidades. La psicología dice que es preciso acomodar la enseñanza a los conocimientos previos de los alumnos. ¿Cómo puede hacerse en un grupo actuando como si todos tuviesen los mismos datos en la cabeza, los mismos deseos e intereses en el corazón, la misma capacidad de aprendiaje?

Como en la escuela la actuación se dirige hacia un alumno tipo, los que no responden a él, se encuentran con dificultades de adaptación. No es la escuela la que se adapta a los niños sino éstos los que tienen que ajustarse al modelo que se propone o se impone en la escuela

Si la filosofía de la diversidad llega a la escuela, teórica y prácticamente, se habrá ganado en la dimensión ética, mejorará la convivencia, y los aprendizajes serán más relevantes y significativos para todos y cada uno de los alumnos y de las alumnas.  Ellos y ellas tienen que hacerse también conscientes de la diversidad sin que unos entiendan que son más o menos que los otros por ser como son.

Alguna vez he realizado en la clase la siguiente experiencia con el fin de mostrar  las evidencias de la diversidad y de reclamar la atención sobre la importancia de atender las peculiaridades de cada aprendiz.

Reparto a cada uno de los asistentes una naranja.. Si el grupo es muy grande se puede entregar la naranja a 10 o 12 asistentes.

Doy a los participantes la siguiente consigna: “Se trata de que contempléis con la mayor atención las características de la naranja que os ha correspondido. Que sintáis su tacto, que percibáis su olor, que observéis sus peculiaridades. Se trata también de que viváis esa naranja como algo vuestro y que, finalmente, anotéis en una hoja las características que la distinguen”.

Realizan la tarea durante cinco minutos, pasados los cuales depositan la naranja  en una mesa o  lugar plano en el que puedan contemplarse todas simultáneamente. Cada uno escribe en una hoja su nombre y se dirige a la mesa para  identificar la naranja que ha tenido en sus manos en la primera parte. Una vez localizada, coloca debajo el papel con su nombre debajo de su naranja y se sienta de nuevo.

Finalizada la tarea de identificación quedan las naranjas sobre el papel correspondiente y se comprueba si las elecciones han sido las adecuadas.

Lo previsible es que todos identifiquen “su” naranja. Se procede entonces a un debate sobre las señales de identidad, la irrepetibilidad de los sujetos, la capacidad de identificarlos, las consecuencias de la diversidad para la educación, etc.

Las naranjas son fácilmente identificadas a pesar de ser seres inertes y de haber sido conocidas solo durante un breve tiempo. Si esto pasa con naranjas, ¿qué sucederá con personas que tienen sentimientos, valores, expectativas, inteligencia, relaciones, consciencia e historia?

Ricardo Moreno, catedrático de Bachillerato, en un libro titulado “De la buena y de la mala educacón” se burla de mis preocupaciones sobre la diversidad. Cito su conclusión: ·Y ante tantas cosas esenciales que comparten mis alumnos, las diferencias que tanto preocupan al señor Santos Guerra, sean psicológicas, culturales, nacioanles o raciales, a mí me parecen accidentales, irrelevantes, insignificantes e irrisorias. Me pasan desapercibidas. No distingo al sueco del zulú”. Pues no. Hay que distinguirlos. Cada uno apende según su capacidad, su estilo, su ritmo y su motivación para el aprendizaje. Al profesor Moreno le parece mejor soltar la lección y el que la capte, estupendo y el que no, peor para él. La resposnabilidad, al parecer, solo será suya.

Las vacaciones del profesorado

Hay quien piensa que los docentes tienen unas vacaciones excesivas para el trabajo que realizan. No lo veo así. Mantener el contacto con un grupo, casi siempre  numeroso de alumnos y alumnas, exige una tensión psicológica extraordinaria. Eso, en el caso de que el grupo esté integrado por escolares dispuestos al aprendizaje, dóciles y bien relacionados. Hay grupos que entrañan unas dificultades complementarias, ya que sus miembros son díscolos, desobedientes, desconsiderados y agresivos. No es fácil enseñar a quien se niega por todos los medios a aprender y a que los demás aprendan.

Hay quien piensa que los docentes tienen unas vacaciones excesivas para el trabajo que realizan. No lo veo así.

Basta que en una clase haya uno o dos que la quieran reventar para que las cosas resulten difíciles, por no decir imposibles. Solo aprende el que quiere aprender. Siempre me he compadecido de aquellos docentes que han tenido dificultades en hacerse con el grupo. Han sorbido sus lágrimas y se han comido su impotencia en soledad. Es muy duro ir a una clase para enseñar lo que se sabe y encontrarse no solo con la desgana y el desdén sino con la más cruda violencia.

En este mismo verano me he encontrado con un amigo de la infancia cuya esposa, hace mas de cinco lustros, enfermó de esquizofrenia por las dificultades insuperables que  tenía para hacerse con la clase. Ahí sigue con su enajenación.

Los contextos actuales son adversos. Los alumnos tienen distractores potentes. La sociedad les ofrece modelos por la vía de la seducción mientras los profesores tienen que presentarles modelos por la vía de argumentación.

La tarea que realizan  los docentes y las docentes tiene una trampa escondida porque su trabajo requiere mucho tiempo además del tiempo presencial de las aulas. Los docentes tienen que preparar sus clases, corregir trabajos, reunirse de múltiples formas, actualizarse de manera constante. Nunca se ha hecho un cálculo del tiempo complementario que dedican los profesores y profesoras a su tarea fuera de la institución.

No se ha profundizado suficientemente en la importancia de la diversidad del alumnado. Conocer a cada uno, pensar en cada uno, adaptarse a las peculiaridades de cada uno, exige un enorme esfuerzo y una gran habilidad. Habilidad que debe incrementarse a medida que aumenta el número de alumnos y alumnas en el aula.

La diversidad existe en el alumnado individualmente considerado  y también en los grupos. Los profesores saben que en 1º A el grupo puede responder de forma entusiasta a la propuesta de aprendizaje que les brinda un profesor y en 1º B puede tener problemas de rechazo y de disciplina… Es el mismo profesor, con la misma actitud, de la misma asignatura… En la enseñanza no sucede que si A, entonces B, lo que sucede es que si A, entonces B, quizás…. Y en ese quizás está la clave de lo que sucede.

El profesor trabaja con “materiales” de altísima complejidad que no obedecen a leyes como aquellos con los que trabajan los profesionales de otras actividades. Los docentes trabajan con motivaciones, expectativas,  actitudes, capacidades, sentimientos, intereses… Los ladrillos, colocados de una manera determinada, responden a los mismas leyes en Badajoz que en Tarragona. Pero, una clase, no responde de la misma manera un día u otro, en un momento u otro, con un docente u otro… Quien se dedica a esta tarea sabe que un reproche estimula a un niño y el mismo reproche desanima a otro, que un elogio entusiasma a un alumno y a otro le hace reír… En cualquier profesión el mejor profesional es el que mejor manipula los materiales, en esta es el que más y mejor los libera.

Téngase en cuenta que los docentes trabajan en una institución con otros colegas. No siempre son fáciles las relaciones. No siempre es bueno el clima. No siempre son posibles los acuerdos. Algunas escuelas, lamentablemente, están gobernadas por jefes tóxicos. Todo ello genera tensión.

Son de sobra conocidos los trabajos del querido y ya fallecido profesor Esteve Zarazaga sobre el malestar docente. Hace ya muchos años escribí un largo artículo titulado “La erosión de la función docente”. En él analizaba las causas que van quebrando el entusiasmo de algunos profesionales de la enseñanza.

La demanda social es más dura cada día sobre la escuela y sus profesionales.. Todo se le exige a la escuela: educación vial, educación para la paz, para el consumo, para el medio ambiente, para la igualdad, para la imagen, para la creatividad, para los valores, para la convivencia, para la sexualidad…  Todo por el mismo o más bajo salario, todo en perores condiciones y con una formación deficiente. Las condiciones laborales de los docentes se han endurecido: más número de alumnos y alumnas, más horas, menos sueldo, más burocracia, más  prescripciones externas…

No es fácil ser docente. El magnífico escritor Manuel Rivas dice en un artículo titulado “Amor y odio en las aulas”: “Mucha gente todavía considera que los maestros de hoy viven como marqueses y que se quejan de vicio, quizá por la idea de que trabajar para el Estado es una especie de bicoca perfecta Pero si a mi me dan a escoger entre una expedición “Al filo de lo imposible” y un jardín de infancia, lo tengo claro. Me voy  al Everest por el lado más duro…”.

Los padres y las madres saben muy bien lo que significa gobernar a uno, dos o tres niños. Y ellos mismos se preguntan cómo se las arreglan los profesores para  trabajar con un grupo de treinta tantas horas. He oído muchas veces, en estos últimos días del verano, decir a los padres y a las madres  con emoción incontenida:

-           ¡Qué ganas tengo de que empiece el cole!

Añádase a las dificultades expuestas que algunas familias entienden que el deber de los docentes, es hacer toda la tarea que ellas no pueden, o no saben, o no quieren hacer en las casas. Por otra parte, algunos padres y madres han perdido el rumbo y se han convertido en jueces, policías, espías y verdugos de los docentes. Hay familias que apoyan a sus vástagos cuando surgen conflictos con el profesorado.

Las vacaciones de los docentes no son como las de un banquero o las de un albañil, que dan la espalda a sus trabajos hasta la fecha de reanudación. El profesor sigue siendo profesor durante las vacaciones: lee, estudia, prepara el nuevo curso, se forma, busca materiales, se esfuerza por saber y por ser. Frente a especuladores, demagogos, mercaderes y tiranos, el docente está permanentemente del lado de la verdad, del amor y de la libertad.

Creo que los profesores y profesoras tienen ganadas a pulso sus vacaciones. Las necesitan desde un punto de vista psicológico. No son solo un derecho laboral, son un requisito indispensable para fortalecerse. Muchos las aprovechan para formarse y seguir creciendo profesionalmente. Muchos tienen en mente durante las vacaciones su actividad profesional y buscan materiales didácticos hasta en los contenedores de basura. Muchos siguen sintiéndose profesores allá donde se encuentren. Y tratan de comportarse como tales. Se es profesor durante todo el año. Durante las veinticuatro horas del día.  Deberían pagar a los profesores las horas de vacaciones como horas extra.

Hay quien piensa que los docentes tienen unas vacaciones excesivas para el trabajo que realizan. No lo veo así. Mantener el contacto con un grupo, casi siempre  numeroso de alumnos y alumnas, exige una tensión psicológica extraordinaria. Eso, en el caso de que el grupo esté integrado por escolares dispuestos al aprendizaje, dóciles y bien relacionados. Hay grupos que entrañan unas dificultades complementarias, ya que sus miembros son díscolos, desobedientes, desconsiderados y agresivos. No es fácil enseñar a quien se niega por todos los medios a aprender y a que los demás aprendan.

Basta que en una clase haya uno o dos que la quieran reventar para que las cosas resulten difíciles, por no decir imposibles. Solo aprende el que quiere aprender. Siempre me he compadecido de aquellos docentes que han tenido dificultades en hacerse con el grupo. Han sorbido sus lágrimas y se han comido su impotencia en soledad. Es muy duro ir a una clase para enseñar lo que se sabe y encontrarse no solo con la desgana y el desdén sino con la más cruda violencia. algunos docentes.

En este mismo verano me he encontrado con un amigo de la infancia cuya esposa, hace mas de cinco lustros, enfermó de esquizofrenia por las dificultades insuperables que  tenía para hacerse con la clase. Ahí sigue con su enajenación.

Los contextos actuales son adversos. Los alumnos tienen distractores potentes. La sociedad les ofrece modelos por la vía de la seducción mientras los profesores tienen que presentarles modelos por la vía de argumentación.

La tarea que realizan  los docentes y las docentes tiene una trampa escondida porque su trabajo requiere mucho tiempo además del tiempo presencial de las aulas. Los docentes tienen que preparar sus clases, corregir trabajos, reunirse de múltiples formas, actualizarse de manera constante. Nunca se ha hecho un cálculo del tiempo complementario que dedican los profesores y profesoras a su tarea fuera de la institución.

No se ha profundizado suficientemente en la importancia de la diversidad del alumnado. Conocer a cada uno, pensar en cada uno, adaptarse a las peculiaridades de cada uno, exige un enorme esfuerzo y una gran habilidad. Habilidad que debe incrementarse a medida que aumenta el número de alumnos y alumnas en el aula.

La diversidad existe en el alumnado individualmente considerado  y también en los grupos. Los profesores saben que en 1º A el grupo puede responder de forma entusiasta a la propuesta de aprendizaje que les brinda un profesor y en 1º B puede tener problemas de rechazo y de disciplina… Es el mismo profesor, con la misma actitud, de la misma asignatura… En la enseñanza no sucede que si A, entonces B, lo que sucede es que si A, entonces B, quizás…. Y en ese quizás está la clave de lo que sucede.

El profesor trabaja con “materiales” de altísima complejidad que no obedecen a leyes como aquellos con los que trabajan los profesionales de otras actividades. Los docentes trabajan con motivaciones, expectativas,  actitudes, capacidades, sentimientos, intereses… Los ladrillos, colocados de una manera determinada, responden a los mismas leyes en Badajoz que en Tarragona. Pero, una clase, no responde de la misma manera un día u otro, en un momento u otro, con un docente u otro… Quien se dedica a esta tarea sabe que un reproche estimula a un niño y el mismo reproche desanima a otro, que un elogio entusiasma a un alumno y a otro le hace reír… En cualquier profesión el mejor profesional es el que mejor manipula los materiales, en esta es el que más y mejor los libera.

Téngase en cuenta que los docentes trabajan en una institución con otros colegas. No siempre son fáciles las relaciones. No siempre es bueno el clima. No siempre son posibles los acuerdos. Algunas escuelas, lamentablemente, están gobernadas por jefes tóxicos. Todo ello genera tensión.

Son de sobra conocidos los trabajos del querido y ya fallecido profesor Esteve Zarazaga sobre el malestar docente. Hace ya muchos años escribí un largo artículo titulado “La erosión de la función docente”. En él analizaba las causas que van quebrando el entusiasmo de algunos profesionales de la enseñanza.

La demanda social es más dura cada día sobre la escuela y sus profesionales.. Todo se le exige a la escuela: educación vial, educación para la paz, para el consumo, para el medio ambiente, para la igualdad, para la imagen, para la creatividad, para los valores, para la convivencia, para la sexualidad…  Todo por el mismo o más bajo salario, todo en perores condiciones y con una formación deficiente. Las condiciones laborales de los docentes se han endurecido: más número de alumnos y alumnas, más horas, menos sueldo, más burocracia, más  prescripciones externas…

No es fácil ser docente. El magnífico escritor Manuel Rivas dice en un artículo titulado “Amor y odio en las aulas”: “Mucha gente todavía considera que los maestros de hoy viven como marqueses y que se quejan de vicio, quizá por la idea de que trabajar para el Estado es una especie de bicoca perfecta Pero si a mi me dan a escoger entre una expedición “Al filo de lo imposible” y un jardín de infancia, lo tengo claro. Me voy  al Everest por el lado más duro…”.

Los padres y las madres saben muy bien lo que significa gobernar a uno, dos o tres niños. Y ellos mismos se preguntan cómo se las arreglan los profesores para  trabajar con un grupo de treinta tantas horas. He oído muchas veces, en estos últimos días del verano, decir a los padres y a las madres  con emoción incontenida:

-           ¡Qué ganas tengo de que empiece el cole!

Añádase a las dificultades expuestas que algunas familias entienden que el deber de los docentes, es hacer toda la tarea que ellas no pueden, o no saben, o no quieren hacer en las casas. Por otra parte, algunos padres y madres han perdido el rumbo y se han convertido en jueces, policías, espías y verdugos de los docentes. Hay familias que apoyan a sus vástagos cuando surgen conflictos con el profesorado.

Las vacaciones de los docentes no son como las de un banquero o las de un albañil, que dan la espalda a sus trabajos hasta la fecha de reanudación. El profesor sigue siendo profesor durante las vacaciones: lee, estudia, prepara el nuevo curso, se forma, busca materiales, se esfuerza por saber y por ser. Frente a especuladores, demagogos, mercaderes y tiranos, el docente está permanentemente del lado de la verdad, del amor y de la libertad.

Creo que los profesores y profesoras tienen ganadas a pulso sus vacaciones. Las necesitan desde un punto de vista psicológico. No son solo un derecho laboral, son un requisito indispensable para fortalecerse. Muchos las aprovechan para formarse y seguir creciendo profesionalmente. Muchos tienen en mente durante las vacaciones su actividad profesional y buscan materiales didácticos hasta en los contenedores de basura. Muchos siguen sintiéndose profesores allá donde se encuentren. Y tratan de comportarse como tales. Se es profesor durante todo el año. Durante las veinticuatro horas del día.  Deberían pagar a los profesores las horas de vacaciones como horas extra.

Los mejores para el mundo

En uno de los muros del ITESO, una prestigiosa institución universitaria de Guadalajara (México) vi escrito un pensamiento admirable. Decía que en ella se pretendía educar no a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo. En ese juego de preposiciones se encuentra, a mi juicio, la clave de la educación. Y, muy especialmente, de la educación superior. La educción como un fenómeno que nos mejora y mejora nuestra sociedad y no como un recurso para poder aprovecharse de los demás y de las circunstancias.

Formar personas que sean capaces de entrar después de ti por una puerta giratoria y salir antes, nos lleva a un mundo en el que solo pueden vivir unos pocos.

La idea tiene que ver, repito, con la esencia de la formación.. Frente a la competitividad extrema que campa en la filosofía neoliberal, este bello y profundo pensamiento nos pone en la onda de la sensatez y de la ética. La racionalidad que exige de la adquisición del conocimiento un sentido y una finalidad beneficiosa y no dañina para la comunidad. Y la ética que supedita la acción a la esfera de los valores. La formación es como un cuchillo que se puede utilizar para matar o para salvar. En el ITESO se plantean la idea de formar a quienes salven al mundo y lo hagan habitable..

Enseñar a competir a cualquier precio nos lleva a la situación presente en la que es más importante ser el mejor de todos que ser el mejor posible. Formar personas que sean capaces de entrar después de ti por una puerta giratoria y salir antes, nos lleva a un mundo en el que solo pueden vivir unos pocos. Los más hábiles, los más fuertes, los más listos, los más ricos, los más sanos, los más poderosos… Formar a los mejores para el mundo significa que se prepara a personas capaces de respetar los valores, de tener solidaridad, de sentir compasión y de ayudar al prójimo.

La competitividad genera estímulo, pero puede generar también rivalidad, enemistad, ansiedad, odio, trampas e injusticia. Téngase en cuenta que se compite desde situaciones y capacidades y medios distintos. Téngase en cuenta también que si todos quieren ser el primero, solo uno no va a quedar frustrado,

Educar teniendo como lema ser el primero conlleva el resultado de que todos/as quienes no alcancen ese puesto van a ser unos fracasados.

La competitividad que se apoya en el relativismo moral, nos deja a todos maltrechos. A quienes pierden porque quedan destrozados, a los que ganan porque pervierte su espíritu si lo han hecho con trampas y a los testigos porque aprenden las malas prácticas de actuación.

Desde la filosofía de la competitividad los perdedores no tienen espacio. Solo se contempla a quienes suben al podio. Nada importan los que han abandonado la carrera, los que han quedado en los últimos lugares o los que ni siquiera han podido competir. Este es un mundo de triunfadores. Quien ha perdido, está perdido. No cuenta para nada su esfuerzo, su dolor, su inferioridad de partida, su mala suerte o su condición de víctima.

Hoy no se entiende la actividad sin la competición. Hay que ganar a los otros. Hay que ser mejores que los otros. Entre países, entre comunidades, entre instituciones, entre clases, entre alumnos, entre hermanos… Hay que ganar a los otros como sea. Vale todo pasta escalar unos puestos, para triunfar.

No se entiende el deporte sin ganar a los otros, no se concibe la enseñanza sin llegar a saber más que los otros, no se entiende la economía sin poder ganar más que los otros… Como sea. Por lo medios que sean.

Cuando se utilizan mediciones estandarizadas para la evaluación, lo que se busca es conseguir un puesto elevado en ranking, es decir tener muchos más debajo que encima. De tal manera que esas pruebas acaban convirtiéndose en el fin y no el medio para mejorar la enseñanza.

Nada se entiende sin competir. Tampoco en la vida cotidiana. Me contaba hace tiempo una mamá que iba en el coche al lado de su marido que lo conducía cautelosamente. El niño iba en silencio detrás. Y ya se sabe que, cuando los niños callan, es que algo están maquinando en sus cabezas. La mamá me dice que, de pronto, el niño se dirige a ella de forma agresiva y le espeta:

. Mamá, nunca podré entender cómo te has casado con un señor al que le adelantan todos los coches.

Ya dese pequeño el niño había aprendido que su papá no podía conducir para llegar a un sitio, sino que tenía que conducir para adelantar a otros, para no ser adelantado por nadie.

Poner el énfasis, como hace la institución a la que me refería al principio, en que la finalidad última de la formación es mejorar el mundo, hacerlo más habitable, más solidario, más justo y más hermoso, cambia por completo la perspectiva.

Cuando se pretende ser el mejor de todos se pone el foco en uno mismo, en las ventajas que tiene ser primero. En el prestigio que conlleva ganar y desbancar a los otros del podio. Cuando se pretende ser el mejor para todos, se está pensando en que ese conocimiento o esa destreza que se adquiere tiene que ponerse al servicio de la sociedad.

Sólo así podremos construir una sociedad cada vez mejor. Una sociedad en la que no solo quepan los triunfadores, los sanos, los fuertes, los ricos, los listos, los poderosos. José Antonio Marina tiene un libro que se titula Las culturas fracasadas. Sostiene en él la tesis de que fracasa una cultura cuando se vive en ella indignamente.

No conviene perder el rumbo aunque muchos señuelos nos tienten. Y el buen rumbo es saber preparar entro todos en la tierra un lugar donde todos tengan cabida. No solo unos pocos. El buen rumbo es preguntarse qué sucede con quienes Paulo Freire llamaba “los desheredados de la tierra”.

El hecho de que vayamos caminando hacia un mundo en el que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres resulta muy inquietante. Si los grandes triunfadores del sistema educativo, que son quienes gobiernan los pueblos, no son capaces de preocuparse de manera sistemática, concienzuda y eficaz porque se reduzca en el mundo el hambre, la opresión, la miseria, la ignorancia y la injusticia, ¿por qué hablamos de éxito del sistema educativo?

Creo que, en la formación, hay que buscar que cada uno llegue a ser el mejor de sí mismo, a alcanzar el mayor desarrollo posible con dedicación y esfuerzo. La pretensión no ha de ser conseguir superar al otro, ser más que él. Un buen criterio para saber cómo se han hecho las cosas en la formación sería preguntar a las personas para las que trabajan los profesionales. Hay profesionales que realizan su tarea para el exclusivo enriquecimiento, sin excluir la explotación y el engaño de los usuarios o clientes. Hay, por contra, profesionales que ponen su saber y su destreza al servicio de la comunidad.

El objetivo de formar a los mejores del mundo lleva aparejada una inevitable pregunta: ¿para qué? Es decir, una vez que sean los mejores, ¿qué van a hacer?, ¿en qué y cómo van a utilizar su conocimiento? La pretensión de formar a los mejores para el mundo lleva implícita la idea de que quien va salir beneficiado no es solo quien se forma sino todos los demás.

El desertor

El señor Ignacio Werz, ex ministro de Educación, Cultura y Deporte, ha abandonado el Gobierno por su propia iniciativa y, al parecer, “por motivos personales”. Cuando se hizo cargo de su cartera, se apresuró a eliminar la asignatura de Educación para la Ciudadanía y a elaborar sin la menor negociación una ley que no recibió en el parlamento ni un solo voto de la oposición. Ni uno solo. Un modelo de diálogo, de consenso y de participación ciudadana. A nadie le gusta esta ley. Ni al profesorado, ni a las familias, ni a los estudiantes (hablo de mayorías, no de la totalidad, claro está). Creo que tampoco les gusta a muchos militantes y simpatizantes del gobierno conservador.

Y unos meses antes de acabar la legislatura pide largarse del Gobierno (esa es la expresión más ajustada a la realidad). Porque otra cosa es que lo hubiesen echado con cajas destempladas, como merecía por su gestión de la educación, la cultura y el deporte. No. El se va. Deja el pastel de olor insoportable sobre la mesa y se va. Se va incluso del país. Que otros se hagan cargo de la aplicación. Que otros saquen el carro del atolladero.

Cuando el país clama por el pacto en la educación, cuando todo el mundo sabe que es necesario llegar a unos acuerdos mínimos en cuestiones esenciales como es ésta, cuando hay una preocupación creciente por la conjunción de fuerzas que nos saquen de las evidentes limitaciones que tiene nuestro sistema educativo, se aplica la ley del rodillo y se impone un texto que es duramente criticado por expertos y profesionales. Participé en la elaboración y firmé el Manifiesto de Sevilla contra el primer borrador de la ley. Se tituló así: “Por otra política educativa” (puede consultarse en internet y  en la Editorial Morata). Hubo muchas otras manifestaciones en contra. Ni un solo cambio sustancial. Y, ahora, va el autor del desaguisado  y se nos larga.

El argumento de que puesto que hay problemas en el sistema educativo algo hay que hacer no puede ser más engañoso. Es como si dijéramos que puesto que el paciente tiene dificultades para respirar hay que hacer algo y decidimos cortarle las piernas. Algo había que hacer, sí. Pero no eso que usted hizo.

No debería ser necesario explicarle que no todo cambio es una mejora. Hay cambios que son claros empeoramientos. Más valdría no hacer nada que empeorar. Creo que es necesario hacer una crítica rigurosa sobre el sistema educativo. Creo que los profesionales de la educación deberíamos ser más autocríticos y exigentes. Se saben hoy muchas cosas sobre educación. Hay evidencias nacidas de la investigación a las que debiéramos sestar más atentos.  Hay experiencias aleccionadoras en otros países. No se trata de hacer por hacer, de cambiar por cambiar, de poner en marcha leyes impulsadas por la revancha ideológica o el prurito partidista.

El ex Ministro hizo una ley que paradójicamente se llama Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad de la Educación (LOMCE). Digo paradójicamente porque pocos textos legales han atentado de manera más directa y negativa contra la calidad del sistema educativo.

En primer lugar porque quien impulsa la ley es el mismo Ministro que aumenta el número de alumnos por aula, establece reválidas, pone zancadillas a los desfavorecidos,  potencia la enseñanza privada, incluye la asignatura de religión en el curriculum con carácter evaluable, disminuye la participación de las familias en el Consejo Escolar, jerarquiza la dirección escolar, bendice la discriminación…

La contradicción no puede ser más flagrante. Una ley para mejorar la calidad que se convierte en un atentado contra la calidad. Porque no hay calidad sin equidad y no hay equidad sin atención a la diversidad. Y esta ley, que en alguna ocasión he calificado de cruel, acaba favoreciendo a quienes eran ya los favorecidos en la sociedad.

Como estaba obsesionado por la evaluación (aparece más de cien veces la palabra en el texto de la ley) quiero recordar al ex Ministro que más importante que pesar al pollo es engordarlo. Y que no es muy  ético tirar a la basura a los pollitos que no hayan dado el peso. Porque esos pollitos son los que no tienen en casa nada para comer.

Y unos meses antes de acabar la legislatura pide largarse del Gobierno (esa es la expresión más ajustada a la realidad). Porque otra cosa es que lo hubiesen echado con cajas destempladas, como merecía por su gestión de la educación, la cultura y el deporte. No. El se va. Deja el pastel de olor insoportable sobre la mesa y se va. Se va incluso del país. Que otros se hagan cargo de la aplicación. Que otros saquen el carro del atolladero.

Y ahí tenemos a las autonomías pidiendo el aplazamiento de la aplicación, negociando la implantación sin el menor entusiasmo. Y el señor ex Ministro en París disfrutando de la vida y de un premio por su nefasta gestión: embajador en la O.C.D.E.  Ironías de cierta política.

Tenían que haberle obligado a hacerse cargo del desarrollo de una ley que impuso contra el criterio de casi todos los agentes educativos (sindicatos, asociaciones de docentes, asociaciones de alumnos…), contra las manifestaciones reiteradas de la marea verde que defendía la escuela publica, contra manifiestos de intelectuales que empezaron a proliferar desde la aparición del primer borrador…

Este señor es un auténtico prófugo. O, mejor dicho, es un desertor. Porque él estaba ya en la causa. Él era la causa. Un prófugo o fugitivo es una persona que está huyendo, generalmente de la acción de la justicia, de alguna medida del gobierno u otra autoridad. Del mismo modo se denomina a la persona que elude un proceso de reclutamiento para el servicio militar.

En este último sentido, al contrario que los objetores de conciencia, los prófugos realizan una acción para eludir el reclutamiento, por lo cual su comportamiento suele considerarse delictivo; así mismo resulta perjudicial para la moral de los demás reclutas por la posibilidad de sentirse menospreciados si la conducta quedara impune.

Es para desanimar a sus correligionarios. Quien impulsa la ley, quien actúa como timonel de un barco que va a realizar una singladura, abandona la nave y se va a tierra firme. A petición propia. Ahí os quedaís.

Mientras todo el sistema educativo afronta el curso escolar 2015-2016 desde la incertidumbre, la resistencia o la indignación, el señor Wertz se pasea por el mundo como si no hubiera roto un plato. La permanencia en el cargo tendría muchas justificaciones, algunas lógicas, otras psicológicas.

-        Usted que lo ha ideado, póngalo en marcha.

-        Usted que nos metió en este lío, sáquenos de él.

-        Usted que creó el problema, resuélvalo.

Porque he de decirle que no he visto a nadie que defienda sus postulados y que se muestre entusiasmado con esta ley.  Por eso no le digo:

-        Usted que puso tanto empeño en crear la ley, disfrute  con nosotros poniéndola en marcha.

Un grupo de colegas ha trabajado intensamente en la elaboración de la bases para una nueva ley de educación, para una ley que parta de otros presupuestos, de otras finalidades, de otras concepciones, de otras actitudes ante la sociedad, ante la persona y ante la educación. Y que empiece por la discusión pública de lo que es público. Puede verse en el “Documento de bases par una nueva Ley de Educación. Acuerdo social y político educativo”.

Ahora que usted se ha nos ha fugado, ahora que usted ha desertado, acaso sea el momento para que todos nos pongamos de acuerdo en lo que es esencial para la mejora de la calidad de la educación en el país. No me gusta su ley. No me gusta tampoco esta huida  cuando todo lo que usted propuso está todavía sin hacer. Aunque, bien pensado, quédese donde está. Yo no le voy a echar de menos.

Nexos causales tramposos

Estar educado es desarrollar el pensamiento crítico. Estar educado, decía Paulo Freire, es pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica. Estar educado es generar en la mente detectores de mentiras. Cuando una persona está educada es difícil darle gato por liebre. Está ojo avizor y sabe descubrir los engaños y las trampas, por muy sofisticadas que sean.  Por eso digo que educar es ayudar a que la mosca salga del cazamoscas.

Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

En la política se emplean muchas trampas, muchas argucias, muchas falacias, muchas mentiras para conseguir ganar el apoyo de los electores y alcanzar (o mantenerse en él si ya se tiene) el poder. Lo explican Daniel Klein y Thomas Cathcart en su excelente libro “Aristóteles y un armadillo van a la capital”, que lleva como aclaración este significativo subtítulo: “Cómo detectar las mentiras de los políticos con humor”. Ojo, no digo que todos los políticos mientan. Y que mientan siempre. No. Algunos lo hacen y otros no. Algunos lo hacen unas veces y otras no.

Estoy harto de ver cómo se manipulan en el discurso político  dos procesos complementarios de análisis, como son el de comprobación y el de atribución. En efecto, una cosa es comprobar, que no es tan fácil como parece, y otra atribuir, que es más complicado todavía. Pues bien, estoy literalmente harto de oír al señor Rajoy (lo repite sin cesar en unos foros y otros), venga o no a cuento) una argumentación interesada y tramposa acerca de la situación económica española y concretamente, acerca de la destrucción y creación de empleo. Argumentación que se recrudece en tiempos electorales.

El señor Rajoy se ha aprendido un discurso que suelta con ocasión y sin ella. Lo repetiré casi con palabras exactas. “Con políticas de ocurrencias se perdieron tres millones de empleos, pero con políticas serias se ha conseguido enderezar el rumbo y empezar a crear empleo. Hay que seguir con estas políticas y no volver  a las que nos llevaron al desastre”. Así de claro, así de sencillo… y así de falso.

Creo que piensa que, si lo repite muchas veces, los ciudadanos (adversarios, simpatizantes y fieles) acabarán por creerlo. Hasta he llegado a pensar que él mismo ha acabado creyéndoselo.

Parte la trampa de la utilización tendenciosa del nexo de causalidad. Una cosa es comprobar y otra, muy diferente, atribuir. En los dos procesos puede haber escaso rigor. Y, en algunos casos, mucha indecencia.. Pensemos en el nivel de desempleo. Hace falta rigor para comprobar cuál es la situación que vive el país. No es tan sencillo como parece.  En esta parte puede haber trampas. Se puede considerar como pleno y perfecto empleo lo que solo es empleo precario o empleo temporal o empleo  estacional o empleo amenazado, o empleo humillante…  Se puede hacer el cómputo en un momento u otro, en un lugar u otro… A nadie se le oculta que, al confeccionar una estadística de empleo se pueden utilizar criterios de muy diferente índole. Algunos de ellos, interesados.

Hay otro momento  más delicado que llamaré de atribución. Se trata de explicar por qué las cosas son así. Es decir, cuáles son las causas que han conducido a la situación actual. Y las consecuencias. Aquí también puede haber trampas. Volviendo al caso del empleo o desempleo, se trata de explicar por qué motivos, qué causas han llevado a los actuales efectos.

Para el señor Rajoy no hubo una crisis económica sin precedentes, no hubo una burbuja inmobiliaria (y, si la hubo, no hay que preguntarse quién la creó),  no hubo otros países que vivieron unas situaciones críticas, no hubo una subida escandalosa del petróleo, no hubo un dramático descenso  de la confianza… Para el señor Rajoy hubo una política de ocurrencias impulsada por un partido político que, casualmente, es su adversario político. Y ahora no hay un viento favorable que impulsa la economía, no hay bajada espectacular del precio del petróleo, no hay enriquecimiento de los más ricos y empobrecimiento de los más pobres… Ahora solo hay políticas serias.

Con lo cual se llega  a la conclusión de que quien no vote al señor Rajoy es un imbécil que quiere que se siga destruyendo empleo y no está por la labor de apoyar a políticos serios que ponen en marcha políticas inteligentes  que llevan a la salvación. ¿Cómo puede haber un solo ciudadano que no le vote? ¿Cómo puede haber una sola persona que se apunte a las políticas de ocurrencias? Quién es el tonto o el irresponsable que prefiere el desastre a la salvación?

No es tan sencillo, no es tan simple, no es tan diáfano como dice el señor Rajoy. No es que antes gobernasen los tontos y los malos y ahora los listos y los buenos. No es que antes gobernasen los irresponsables y ahora los serios, antes los torpes y ahora los listos.

Explicaré lo que hasta ahora he dicho con una pequeña historia sobre los procesos de atribución, sobre estas trampas que, como fácilmente se verá, no tienen que ver solo con el rigor sino que están penetradas de ética.

Una persona tiene un saltamontes en la mano y le dice, indicándole la otra mano:

- Saltamontes, salta.

El saltamontes salta a la otra mano ágilmente. Y, cuando se encuentra en ella, le vuelve a decir:

-       Saltamontes, salta.

En ese momento le arranca todas las patas (ojo, se trata solo de una historia)  y, cuando, ha terminado, le vuelve a ordenar al saltamontes con tono imperativo:

-       Saltamontes, salta.

Pero ahora el saltamontes se queda inmóvil y silencioso. El experimentador saca la siguiente conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

Claro que se puede llegar a esta conclusión. Parece que está cargada de lógica. Como el saltamontes se queda quieto, me invento el nexo de causalidad y lo atribuyo a que el saltamontes, al cortarle las patas, pierde también el oído. Y ahora no obedece la orden, no porque no pueda saltar sino porque no ha escuchado el mandato. La aplicación de la historia que acabo de contar a los razonamientos del comienzo del articulo es, a mi juicio, muy clara.

Hay que estar prevenidos. El discurso tramposo, repetido una y otra vez, acaba calando. Se simplifica, se tergiversa, se repite,  se le reviste de un poco de seriedad y mucha gente acaba creyéndoselo.

Luego se añade un poco de adulación a la ciudadanía. Porque, después de decir que es el gobierno con sus políticas serias quien evitó el rescate, el que nos salvó del desastre, se dice que quien salvó al país del abismo fue el sacrificio de los españoles. Como si ese sacrificio hubiese sido una decisión soberana y no una imposición de la que no pudo librarse.

Este tipo de argumentación, más propio de mítines que de debates parlamentarios, de una tertulia de café que de un foro de pensamiento, debería ser desmantelado con rapidez y energía. Basta oír a  economistas de otro signo para comprobar que la trampa es elemental, es escandalosa e inmoral.

Resulta sumamente importante colocar ante los medios de comunicación espectadores inteligentes, capaces de desmontar las falacias, de descubrir las trampas, de desmontar las simplificaciones. No es deseable que nos la den con queso. Hay que avivar el espíritu crítico.