Nexos causales tramposos

Estar educado es desarrollar el pensamiento crítico. Estar educado, decía Paulo Freire, es pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica. Estar educado es generar en la mente detectores de mentiras. Cuando una persona está educada es difícil darle gato por liebre. Está ojo avizor y sabe descubrir los engaños y las trampas, por muy sofisticadas que sean.  Por eso digo que educar es ayudar a que la mosca salga del cazamoscas.

Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

En la política se emplean muchas trampas, muchas argucias, muchas falacias, muchas mentiras para conseguir ganar el apoyo de los electores y alcanzar (o mantenerse en él si ya se tiene) el poder. Lo explican Daniel Klein y Thomas Cathcart en su excelente libro “Aristóteles y un armadillo van a la capital”, que lleva como aclaración este significativo subtítulo: “Cómo detectar las mentiras de los políticos con humor”. Ojo, no digo que todos los políticos mientan. Y que mientan siempre. No. Algunos lo hacen y otros no. Algunos lo hacen unas veces y otras no.

Estoy harto de ver cómo se manipulan en el discurso político  dos procesos complementarios de análisis, como son el de comprobación y el de atribución. En efecto, una cosa es comprobar, que no es tan fácil como parece, y otra atribuir, que es más complicado todavía. Pues bien, estoy literalmente harto de oír al señor Rajoy (lo repite sin cesar en unos foros y otros), venga o no a cuento) una argumentación interesada y tramposa acerca de la situación económica española y concretamente, acerca de la destrucción y creación de empleo. Argumentación que se recrudece en tiempos electorales.

El señor Rajoy se ha aprendido un discurso que suelta con ocasión y sin ella. Lo repetiré casi con palabras exactas. “Con políticas de ocurrencias se perdieron tres millones de empleos, pero con políticas serias se ha conseguido enderezar el rumbo y empezar a crear empleo. Hay que seguir con estas políticas y no volver  a las que nos llevaron al desastre”. Así de claro, así de sencillo… y así de falso.

Creo que piensa que, si lo repite muchas veces, los ciudadanos (adversarios, simpatizantes y fieles) acabarán por creerlo. Hasta he llegado a pensar que él mismo ha acabado creyéndoselo.

Parte la trampa de la utilización tendenciosa del nexo de causalidad. Una cosa es comprobar y otra, muy diferente, atribuir. En los dos procesos puede haber escaso rigor. Y, en algunos casos, mucha indecencia.. Pensemos en el nivel de desempleo. Hace falta rigor para comprobar cuál es la situación que vive el país. No es tan sencillo como parece.  En esta parte puede haber trampas. Se puede considerar como pleno y perfecto empleo lo que solo es empleo precario o empleo temporal o empleo  estacional o empleo amenazado, o empleo humillante…  Se puede hacer el cómputo en un momento u otro, en un lugar u otro… A nadie se le oculta que, al confeccionar una estadística de empleo se pueden utilizar criterios de muy diferente índole. Algunos de ellos, interesados.

Hay otro momento  más delicado que llamaré de atribución. Se trata de explicar por qué las cosas son así. Es decir, cuáles son las causas que han conducido a la situación actual. Y las consecuencias. Aquí también puede haber trampas. Volviendo al caso del empleo o desempleo, se trata de explicar por qué motivos, qué causas han llevado a los actuales efectos.

Para el señor Rajoy no hubo una crisis económica sin precedentes, no hubo una burbuja inmobiliaria (y, si la hubo, no hay que preguntarse quién la creó),  no hubo otros países que vivieron unas situaciones críticas, no hubo una subida escandalosa del petróleo, no hubo un dramático descenso  de la confianza… Para el señor Rajoy hubo una política de ocurrencias impulsada por un partido político que, casualmente, es su adversario político. Y ahora no hay un viento favorable que impulsa la economía, no hay bajada espectacular del precio del petróleo, no hay enriquecimiento de los más ricos y empobrecimiento de los más pobres… Ahora solo hay políticas serias.

Con lo cual se llega  a la conclusión de que quien no vote al señor Rajoy es un imbécil que quiere que se siga destruyendo empleo y no está por la labor de apoyar a políticos serios que ponen en marcha políticas inteligentes  que llevan a la salvación. ¿Cómo puede haber un solo ciudadano que no le vote? ¿Cómo puede haber una sola persona que se apunte a las políticas de ocurrencias? Quién es el tonto o el irresponsable que prefiere el desastre a la salvación?

No es tan sencillo, no es tan simple, no es tan diáfano como dice el señor Rajoy. No es que antes gobernasen los tontos y los malos y ahora los listos y los buenos. No es que antes gobernasen los irresponsables y ahora los serios, antes los torpes y ahora los listos.

Explicaré lo que hasta ahora he dicho con una pequeña historia sobre los procesos de atribución, sobre estas trampas que, como fácilmente se verá, no tienen que ver solo con el rigor sino que están penetradas de ética.

Una persona tiene un saltamontes en la mano y le dice, indicándole la otra mano:

- Saltamontes, salta.

El saltamontes salta a la otra mano ágilmente. Y, cuando se encuentra en ella, le vuelve a decir:

-       Saltamontes, salta.

En ese momento le arranca todas las patas (ojo, se trata solo de una historia)  y, cuando, ha terminado, le vuelve a ordenar al saltamontes con tono imperativo:

-       Saltamontes, salta.

Pero ahora el saltamontes se queda inmóvil y silencioso. El experimentador saca la siguiente conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

Claro que se puede llegar a esta conclusión. Parece que está cargada de lógica. Como el saltamontes se queda quieto, me invento el nexo de causalidad y lo atribuyo a que el saltamontes, al cortarle las patas, pierde también el oído. Y ahora no obedece la orden, no porque no pueda saltar sino porque no ha escuchado el mandato. La aplicación de la historia que acabo de contar a los razonamientos del comienzo del articulo es, a mi juicio, muy clara.

Hay que estar prevenidos. El discurso tramposo, repetido una y otra vez, acaba calando. Se simplifica, se tergiversa, se repite,  se le reviste de un poco de seriedad y mucha gente acaba creyéndoselo.

Luego se añade un poco de adulación a la ciudadanía. Porque, después de decir que es el gobierno con sus políticas serias quien evitó el rescate, el que nos salvó del desastre, se dice que quien salvó al país del abismo fue el sacrificio de los españoles. Como si ese sacrificio hubiese sido una decisión soberana y no una imposición de la que no pudo librarse.

Este tipo de argumentación, más propio de mítines que de debates parlamentarios, de una tertulia de café que de un foro de pensamiento, debería ser desmantelado con rapidez y energía. Basta oír a  economistas de otro signo para comprobar que la trampa es elemental, es escandalosa e inmoral.

Resulta sumamente importante colocar ante los medios de comunicación espectadores inteligentes, capaces de desmontar las falacias, de descubrir las trampas, de desmontar las simplificaciones. No es deseable que nos la den con queso. Hay que avivar el espíritu crítico.

La casa de los mil espejos

Esta mañana he hablado en la cafetería de la Facultad con una amigas y ex alumna que se ha presentado a las oposiciones de magisterio de Primaria en Málaga. Estaba defraudada por no haber tenido éxito, máxime teniendo en cuenta que  en su tribunal había una sola plaza y ella había quedado en quinto lugar.  ¡Por cuatro puestos!

El perro está muy feliz ese día y comienza a dar saltos de alegría. Ve con agrado que mil perros a su alrededor dan saltos de alegría como él.

Me duelen tantos jóvenes en busca de un trabajo coherente con la formación recibida. Y toda la frustración que genera el fracaso en intentos que han supuesto muchas horas de esfuerzo y mucho dinero en la preparación realizada en academias de diferente pelaje.

No me gusta el actual sistema de selección del profesorado. Hace unos años dirigí una tesis doctoral sobre este asunto y pude comprobar que no hubo ni una sola opinión favorable de los numerosos informantes seleccionados sobre el sistema de selección del profesorado de Primaria: inspectores, opositores, miembros de tribunales, profesores de academia, tutores, teóricos, políticos… El sistema es malo cuando se hace bien y es desastroso cuando, se desarrolla defectuosamente. Mi  amiga me contaba esta mañana que el presidente del tribunal estuvo hablando por teléfono todo el tiempo que duró su examen oral. Sin tener en cuenta lo mucho que ella se jugaba en esa prueba. Cuando el zorro persigue a  la liebre, el zorro se juega la cena y la liebre se juega la vida.

¿Cómo es posible seleccionar a los mejores con un sistema centrado principalmente en los saberes, muy poco en las destrezas y nada en la forma de ser, de sentir y de pensar? Para una tarea tan importante como es la educación habría que elegir a las mejores personas, a los mejores profesionales de un país. Recuerdo con frecuencia el pensamiento de Herbert Wells: “La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. No puede seguir vigente ese deplorable estado de opinión que viene a decir que quien no vale para otra cosa vale para ser docente. Lo decía Bernard Shaw con su peculiar ingenio: “El que sabe, hace y, el que no sabe, enseña”.

Imagino la enorme alegría que sentiría mi amiga y ex alumna de haber obtenido esa plaza a la que concursaba. Me imagino cómo comenzaría el próximo curso al hacerse cargo de un grupo de alumnos y de alumnas de Primaria de la escuela pública. Pienso en ella como si  estuviese entrando  en el Paraíso: un trabajo que le gusta, una tarea para la que se ha preparado durante muchos años, el contacto con los niños y las niñas, un quehacer ilusionante, un sueldo módico pero seguro para toda la vida… Imagino también a otros docentes que, después de las vacaciones, se verán abocados a iniciar el nuevo curso con pesadumbre y dolor. Docentes que lo harán como si fuesen a cumplir condena.  Hay quien va los lunes hacia la escuela como iba aquel condenado a muerte un lunes camino del patíbulo, diciendo: mal empiezo la semana. ¿Por qué esta notable diferencia? Sin duda, no por la naturaleza de la tarea ni por las condiciones de la misma sino por la actitud con la que llegan a ella los distintos actores, por el ánimo con el que afrontan ella actividad educativa.

Me preocupa mucho el desafecto que veo en algunos y algunas docentes sobre la tarea que realizan. Y pienso en la enorme ilusión que personas como esta candidata vería colmada de poder tener un puesto de trabajo en la escuela pública, una escuela que ella ama y defiende con especial pasión. Me imagino también lo felices que podrían ser con ella sus alumnos y alumnas.

Leí hace años, no sé donde, una historia que ejemplifica muy bien lo que quiero decir.  Cuenta esa historia que en las afueran de una ciudad había una casa abandonada en la que se conservaba una sala ovalada que tenía mil espejos Un perro vagabundo que transita por la zona, atraviesa un agujero de la puerta de esa casa, sube unsa escaleras medio desvencijadas y llega a la sala de los mil espejos. El perro está muy feliz ese día y comienza a dar saltos de alegría. Ve con agrado que mil perros a su alrededor dan saltos de alegría como él. Y piensa:

-       ¡Qué lugar tan hermoso!

Comienza a mover el rabo de manera festiva y ve que mil perros mueven el rabo de la misma forma, saludándole. Se congratula por la maravilla de aquel lugar. Piensa  pasar en ese sitio maravilloso do el tiempo que pueda. Es alegre y divertido.

Horas después pasa por delante de la puerta otro perro vagabundo.  Entra por el mismo agujero de la puerta y sube, por la misma escalera, a la sala de los mil espejos. Este segundo perro ese día está rabioso, enfurecido, malhumorado. Saca los colmillos de manera violenta y ve con horror que mil perros le muestran a él los colmillos. Se asusta mientras piensa:

-       ¡Qué lugar más horrible!

Comienza a ladrar de manera furiosa y ve que mil perros le ladran a él de la misma manera. Decide irse de forma rápida y no volver a pisar por allí.

Era la misma casa, la misma puerta, la misma escalera, la misma sala, el mismo día… Pero su actitud era diferente. Y esa actitud de partida se vio multiplicada por mil.

Me pregunto muchas veces si no será la escuela para los docentes la casa de los mil espejos. La casa que devuelve multiplicada por mil la actitud con la que cada uno llega a ella todos lo días.

Se puede comprobar fácilmente. Separados por un tabique que apenas tiene veinte centímetros, con las mismas circunstancias, los mismos jefes, los mismos alumnos, las mismas familias… está de un lado un profesor entusiasmado que es feliz y que hace felices a los niños  y a las niñas con quienes trabaja y del otro un colega amargado que hace desdichados a todos quienes mira y habla.

Claro que influyen las circunstancias, las condiciones del trabajo, el equipo, el tipo de director, la postura del alumnado, las exigencias del trabajo, la buena o mala participación de las familias… Pero, en definitiva, lo que cuenta es la actitud con la que se afrontan. Porque las dificultades para algunos son retos y estímulos. Para otros son lacras insuperables.

La actitud que parte de los motivos que han llevado a ejercer esta profesión. Hay motivos educativamente pobres y motivos educativamente ricos. Una cosa es decidir ser docente porque de algo hay que comer y otra  ser atraído por una actividad apasionante que da sentido a la vida de los individuos y pone las bases de una sociedad más justa. La actitud parte de una disposición emocional apositiva hacia la tare y hacia las personas con quienes se comparte y a las que se destina. Esta profesión tiene autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a quienes se enseña, dice Emilio Lledó.

No abogo por una postura conformista, resignada, pasiva y pesimista ante las condiciones del trabajo docente. Creo que hay que luchar para exigir mejores condiciones laborales para los docentes. Con valentía, con perseverancia, con optimismo y con ilusión. Hago una llamada aquí a la importancia de la actitud con la que se hace frente a las exigencias del trabajo. Un trabajo, en este caso, que haría feliz a mi amiga y ex alumna y que, lamentablemente, a otros que van cada día a las aulas, les llena de  amargura y decepción.

Gobernar con la teoría X

Cuando era un joven estudiante en la Universidad Complutense de Madrid me encontré, en la asignatura de Organización Escolar, con las teorías X e Y de McGregor. Luego supe que existían también la teoría Z y algunas más, que las criticaban y matizaban.

Al pensar que las personas necesitan ser controladas es más que probable que muestre un talante autoritario y fiscalizador.

Por cierto, desde el inicio de la reflexión sistemática sobre la naturaleza, estructura y funcionamiento de las organizaciones educativas, en todos los manuales al uso, he visto una traslación inquietante de las teorías organizativas empresariales al mundo escolar (nunca a la inversa). Las he calificado de “teorías de amos”. Cuando Taylor dividía con milimétrica precisión las tareas de los trabajadores, buscaba el mayor nivel de la producción para beneficio de los patronos. Cuando Elton Mayo se preocupaba por el bienestar de los trabajadores lo hacía con la pretensión de conseguir un mayor y mejor rendimiento para la empresa.

Hay, a mi juicio, un error básico en  la utilización del enfoque empresarial para la comprensión de la escuela. Lo enunciaré de forma lapidaria con el título del excelente libro de Christian Laval: “La escuela no es un empresa”. No lo es porque no son los mismos sus objetivos, ni los “materiales” con los que trabaja, ni la naturaleza de la autoridad… Sin embargo, existe una corriente empresarial más que inquietante. Por ejemplo, en alguna comunidad autónoma española, la formación de los directores de escuelas está encomendada a una empresa. ¿Qué saben esos formadores sobre educación?, ¿qué sienten sobre las finalidades de las instituciones escolares?, ¿cómo conciben la comunicación educativa…?

No voy a centrarme en esta cuestión. Traeré, más bien, a la consideración de mis lectores y lectoras, algunas reflexiones sobre la concepción que cada uno tiene sobre el ser humano que integra las organizaciones.

Mc Gregor  hablaba de dos teorías enfrentadas  (planteamiento un tanto maniqueo) que hoy se pueden seguir aplicando, a mi juicio, a las personas que trabajan dentro de las instituciones.

Las presento aquí, simplificadas al máximo, para que el lector se pueda identificar (o identificar a otras personas) con una de las dos, ya que son antitéticas. Aunque estas teorías se presentan de forma muy esquemática y han sido desarrolladas y criticadas por otras posteriores, creo que pueden servir para establecer una interesante discusión sobre las organizaciones.

Teoría X:

1. Los humanos manifiestan aversión inherente por el trabajo y lo evitarán siempre que puedan

  1. La mayor parte de la gente debe ser forzada, controlada, dirigida y amenazada con castigos con objeto de que trabaje para los fines de la organización.

3. Por regla general, las personas prefieren ser dirigidas, desean la seguridad y huyen de las responsabilidades.

4. Las personas son egoístas. Les importan poco los objetivos de la organización o de la empresa.

5. El ser humano se opone sistemáticamente al cambio.

6. Por  regla general la persona piensa poco, es ingenua y se deja engañar fácilmente por los demás.

Teoría Y:

  1. El trabajo físico y el mental  resultan tan naturales como el juego si producen satisfacción

2. La persona se autocontrolará y se autodirigirá para conseguir las metas de una organización si se siente comprometida con ellas.

3. El compromiso es una función basada en las recompensas y la mejor de todas ellas es la realización personal.

  1. La creatividad, el ingenio y la imaginación son patrimonio común de la gente y no exclusivas de un grupo selecto.

5. La persona media puede aprender a aceptar y hasta a buscar la responsabilidad. El evitarla es una reacción aprendida.

6. La gente no es pasiva por naturaleza. La amenaza y la coacción no son los únicos medios de conseguir objetivos.

En alguna ocasión organicé en la clase un debate en el que los defensores de la teoría X se situaban en una parte y, frente a ellos (literalmente) se colocaban quienes sostenían la Teoría Y. Estas posiciones podían responder a lo que pensaban realmente o bien obedecer a posiciones artificiales. Pasado un tiempo se alternaban las posiciones: quienes defendían la teoría X pasaban a defender la teoría Y. Y viceversa.

Las teorías reflejan el pensamiento y la actuación. de los miembros de la organización. Y también el de sus directivos. En ellos me voy a centrar. Es fácil suponEs fácil suponer cómo actuará en una escuela el director o directora que hace suyas las tesis de la teoría X. Al pensar que “los humanos manifiestan aversión inherente por el trabajo y lo evitarán siempre que puedan”, será lógico concluir, por ejemplo, que las bajas laborales son casi siempre tramposas y que solo esconden la pereza y la picaresca del profesional. Por eso verá justo el descuento de sueldo que la ley le aplica cuando falta al trabajo por sentirse enfermo. El director informará de manera inexorable sobre la ausencia del profesor, ya que, aunque justifique su baja con el correspondiente certificado médico, pensará que en algún lugar del proceso hay una trampa. O no está enfermo o tiene un médico amigo.

Como sostiene que las personas quieren ser dirigidas tratará de pensar por todos (ellos no quieren pensar), decidirá por todos (ellos no quien decidir) y se responsabilizará de todo (ellos no desean asumir ninguna responsabilidad.

Al pensar que las personas necesitan ser controladas es más que probable que muestre un talante autoritario y fiscalizador.

Como piensa que los profesores son egoístas y que van a lo suyo sin preocuparse de los demás,  tratará de organizar actividades colegiadas y de forzar el trabajo en aras del beneficio colectivo. Detrás de cada propuesta del profesorado albergará sospechas de intereses personales ocultos.

Nada espera respecto al cambio y la mejora, ya que supone que los profesores son personas ancladas en las rutinas y opuestas a cualquier cambio que venga impuesto.

Al considerar poco críticas e inteligentes a las personas, se permitirá actuaciones fraudulentas y tramposas, que los profesores no descubrirán fácilmente. Como supone que los profesores no actúan con ilusión y  motivación intrínsecas, propondrá sistemas de control rígidos y formulará amenazas de diverso tipo.

Tachará de ingenuos y de optimistas ridículos a quienes defiendan las tesis de la teoría Y. Pensará que son presa fácil de las trampas que les tienden los demás. De forma curiosamente paradójica porque esa forma de entender a los demás, no se la aplica a sí mismo.

Quien habla de los directores/as podría referirse igualmente a inspectores/as y, cómo no, a los legisladores  que elaboran unas leyes que, probablemente no se aplicarían a ellos mismos.

Esa es una curiosa contradicción en la que incurren, desde las alturas del poder, los defensores de la teoría X. La aplican a  todo el resto del género humano,  en el que contemplan una sola excepción que son ellos mismos. Si todos defendiésemos la teoría X como verdadera y nos quedásemos fuera de ella como honrosas excepciones, la invalidaríamos de forma radical. Porque todos nos convertiríamos en sujetos que hacen válida la teoría Y.

La cajita de los besos

Acabo de apagar la radio indignado ante unas declaraciones del señor Ministro de Economía español, Cristóbal Montoro, en las que se mofaba sin ningún remilgo de cosas  (llamémoslas así, en su honor) como la empatía, el cariño, la cercanía emocional… No eran propiamente unas declaraciones, eran unos comentarios sarcásticos y despectivos al hilo de las preguntas que le hacía un periodista. Se reía (sí, sí se reía) de estas “tonterías” y alardeaba de lo que él consideraba verdaderamente importante: cifras y datos. Como si estuviera por encima de la naturaleza humana, de las necesidades de la ciudadanía de a pie.

-Oh, papá, no está vacía. Yo soplé besos dentro de la caja… todos para ti.

- ¿Empatía? A mí háblenme de cifras y de datos, dijo entre risas despectivas.

Qué pedantería, qué torpeza, qué estupidez. Como si no se pudiera vivir sin cifras. Lo que no se puede, señor Ministro, es vivir sanamente sin afectos. Las necesidades no son solo materiales. Como si esas cuestiones sentimentales afectasen solamente a los pobres seres humanos que no tienen otras cosas más importantes en las que pensar. Las personas inteligentes, los VIP, están en las cifras, están en la economía, están en el dinero. Yo no sé si a sus hijos, en lugar de darles un beso al llegar a casa, les entrega una carpeta con llamativas estadísticas sobre el fraude fiscal o sobre el recorte de las pensiones.

- Toma, hijo, algo verdaderamente importante. Empápate. Besos no, qué tontería. Empatía no, qué ridiculez.

Los niños, para estar psicológicamente sanos, señor Ministro, necesitan sentir afecto. Lo necesitan  para vivir felices, para desarrollarse adecuadamente, para poder dormir. Le explicaré  por qué digo esto.

El último día de curso nuestra hija Carla recibió la invitación de una compañera de clase para compartir la tarde y la noche con un grupo de siete amigas. Carla nos dijo, antes de irse, que se iba preocupada por si no se podía dormir ya que no íbamos a estar sus padres para darle un beso antes de dormir.

- ¿Qué hago, si vosotros no estáis allí? ¿Qué hago si pasan las horas y no me puedo dormir? Por una parte quiero ir y por esa parte no.

- Carla, no te preocupes. Vete tranquila y disfruta. Te vamos a llenar una caja de besos de papá y de mamá. Cada beso estará depositado en un pequeño trozo de papel con la letra p de papá o la m de mamá. Pones la cajita debajo de la almohada y, si ves que no te duermes, sacas un papelito y  lo pones en tu cara.

Le preguntamos al día siguiente cómo había ido la noche. Nos dijo que muy bien, que la idea de la caja había funcionado.

No sé lo que hubiera hecho el señor Cristóbal Montoro si una hija suya le plantea este problema. Quizás le habría endosado una gruesa carpeta llena de datos, advirtiéndole de que si no se dormía podía poner la carpeta con las diferentes fórmulas debajo de la almohada.

Le voy a dedicar al señor Ministro, que se burla de las emociones, como si de ridiculeces se tratara, este viejo cuento infantil, aunque es probable que no tenga tiempo que perder en estas cuestiones insignificantes, por no decir estúpidas. Ha olvidado el señor Ministro que no solo de números viven las personas, no solo de datos y de cifras. No solo de dinero.

Hace ya tiempo, un hombre castigó a su niña pequeña, de 3 años, por desperdiciar un rollo de papel de envolver dorado.

El dinero era escaso en esos días, por lo que se enfadó cuando vio a la niña envolviendo una caja para ponerla debajo del árbol de Navidad. Sin embargo, a la mañana siguiente la niña le llevó el regalo a su padre y le dijo:

- Esto es para ti, papá.

Él se sintió avergonzado por su reacción de furia del día anterior, pero volvió a explotar cuando vio que la caja estaba completamente vacía.

- ¿No sabes que cuando das un regalo a alguien se supone que debe haber algo dentro?

La pequeña miró hacia arriba con lágrimas en los ojos y dijo:

-Oh, papá, no está vacía. Yo soplé besos dentro de la caja… todos para ti.

El padre se sintió morir; abrazó tiernamente a su hija y le suplicó que lo perdonara.

Se dice que el hombre guardó esa caja cerca de su cama por años y siempre que se sentía derrumbado tomaba de la caja un beso imaginario y recordaba el amor que su niña había puesto ahí.

Cada uno de nosotros ha recibido una caja envuelta en papel dorado, llena de amor incondicional y besos de nuestros hijos, amigos, pareja, familia…. Nadie podría tener una propiedad o posesión más hermosa que ésta.

La esfera de los afectos es determinante para alcanzar la felicidad. No es una cuestión menor la educación sentimental. Pero, para llevarla a cabo, hace falta que nuestros hijos y alumnos sepan y vean que a nosotros nos importan los sentimientos y las emociones. Los suyos y los nuestros. Los nuestros-nuestros. Y los nuestros en relación a ellos.

La escuela, que siempre ha sido el reino de lo cognitivo, debería ser el reino de los afectivo. Lo explico en mi libro “Arqueología de los sentimientos en la escuela”, publicado en la Editorial Bonum de Buenos Aires y traducido al portugués en la Editorial ASA de Porto. En él reproduzco esta cita de I. Filliozat tomada de su libro “El corazón tiene sus razones”: “En el colegio se enseña historia, geografía, matemáticas, lengua, dibujo, gimnasia… Pero, ¿qué se aprende con respecto a la afectividad? Nada. Absolutamente nada sobre cómo intervenir cuando se desencadena un conflicto. Absolutamente nada sobre el duelo, el control del miedo o la expresión de la cólera”.

Y la familia, tantas veces preocupada por dejar a sus hijos en herencia conocimientos, dinero, casas, cuadros o joyas, haría bien en preocuparse por el caudal de afectos que van atesorando sus hijos e hijas en la vida cotidiana y que constituirán, sin duda, su mejor herencia.

El sarcasmo del Ministro ante el valor de esta parcela de la vida humana, me ha hecho pensar en el abandono que sufre la educción sentimental de los niños y niñas en los hogares y en las escuelas. Teniendo en cuenta que la atención a estas cuestiones no va a ser un obstáculo o un freno para realizar los aprendizajes del curriculum. Todo lo contrario. Para que haya aprendizajes significativos y relevantes –dicen las teorías constructivistas- hace falta una disposición emocional hacia el aprendizaje. Es decir, que un alumno emocionalmente sano está en mejores condiciones de aprender que el que tiene el corazón descuidado, como reza el título de un libro del profesor argentino Castro Santander.

Lo que digo para el aprendizaje, lo digo para la vida. Carla necesitaba aquel día una buena cama para dormir, pero no podía conciliar el sueño sin el afecto y la cercanía de sus padres. Despreciar la vida sentimental de las personas es de una torpeza inusitada. Podemos ser infelices siendo extraordinariamente ricos, famosos y poderosos. La felicidad de las personas no está en la cartera, está en el corazón. Si lee este artículo (ya se que tendrá otras cosas más serias e importantes a las que dedicarse), no se ría de mí, señor Ministro.

El niño que se sentó en las rodillas

He participado recientemente en unas actividades de formación en el CEFIRE (Centro de Formación, Innovación y Recursos Educativos) de Castellón. Estos centros, que tienen distintos nombres en el territorio español, están inspirados en los Teacher´s Center ingleses y realizan en España una interesante tarea para la mejora del desarrollo profesional de los docentes.

Y de pronto, ese día, estando en el laboratorio enseñando a sus alumnos a mirar en el microscopio algunos productos, uno de los alumnos...

Una de las actividades que realicé tenía como destinatario al grupo de asesores y asesoras del CEFIRE. Abordamos en la sesión siete perspectivas desde las que podrían comprender y mejorar la práctica de la asesoría. Las enuncio a continuación (el lector comprenderá que no tengo el espacio necesario para un mínimo desarrollo  de las mismas). Tendrían que avanzar desde la certeza a la incertidumbre, desde la simplicidad a la complejidad, desde la neutralidad al compromiso, desde la homogeneidad a la diversidad, desde el individualismo a la colegialidad, desde la queja a la transformación y desde la frialdad a la emoción. Da gusto encontrarse con equipos que funcionan como tales y que  están implicados en su trabajo y deseosos de mejorarlo cada día.

Pero  no voy a centrar este artículo de hoy en la sesión del CEFIRE sino en una conversación, breve, curiosa y para mí emocionante, que tuvo lugar desde la sala de trabajo hasta el restaurante en el que compartimos palabra y alimento en aquel tórrido mediodía de finales del pasado junio.

Uno de los asesores me contó la transformación que había vivido, el maravilloso milagro pedagógico que había experimentado  por un hecho sencillo y a la vez profundo, casual y a la vez intencionado, humilde y a la vez extraordinario. No olvidaré nunca las palabras del compañero de fatigas en plena canícula levantina. Aquella conversación fue una brisa de aire fresco que me dejó a la vez conmovido e intrigado.

Con toda la crudeza imaginable el profesor me contó que él era un profesor de Secundaria, como tantos otros, que había llegado a esa ocupación más por azar que por decidida y apasionada elaboración. Se calificó a sí mismo de mercenario hasta ese momento tan singular que enseguida describiré. Inmerso en el desafecto hacia los alumnos, instalado en prácticas rutinarias, centrado exclusivamente en la transmisión del conocimiento de su materia. Y a cobrar el sueldo.

Y de pronto, ese día, estando en el laboratorio enseñando a sus alumnos a mirar en el microscopio algunos productos, uno de los alumnos que apenas contaba 12 años, sin previo aviso, con la naturalizad y la espontaneidad que da la inocencia y la bondad, se sentó en las rodillas de ese profesor para poder mirar cómodamente en el microscopio y, al mismo tiempo, para poder preguntar y recibir de forma fácil las explicaciones necesarias. El profesor quedó tan sorprendido, tan desconcertado ante aquella súbita presencia que pronto se dio cuenta de que se había transformado todo en su interior. S en 1999o de este niño- de manera fortuita quien desde aqu                                                                    stúbitamente, se iluminó su vida. De la oscuridad de un ejercicio profesional vivido en la rutina, pasó a una esplendorosa realidad iluminaba por el sol del afecto.

El profesor sintió que aquel gesto insignificante había tocado y transformado su corazón. Vio a aquella criatura deseosa de aprender y totalmente confiada en que él estaba en condiciones y dispuesto a ayudarlo. Dio por hecho que ese regazo era un buen lugar para aprender y para preguntar. Para estar seguro.

Haré referencia a otra transformación concatenada al mismo hecho que se produjo en la vida del profesor, a quien desde aquí agradezco su confidencia. Su esposa, también docente, quien me oyó contar horas después la anécdota y me vio sorprendido porque  ella también la  conociese, me dijo:

-        Soy su esposa. Lo más llamativo de ese hecho fue que también cambió su actitud hacia los hijos. Antes se mostraba como un padre distante y frío y su actitud se transformó en la de un padre cercano, afectuoso, y apasionado por ellos.

Es curioso cómo un hecho tan irrelevante, tan minúsculo, tan anodino en apariencia, pudo contener aquella potencia emocional transformadora.  Y es que el cambio suele venir por el corazón. Aquella acción del niño, colmada de espontaneidad y de confianza, tocó el corazón de aquel profesor que, hasta ese momento, se había protegido de los afectos bajo la coraza de la acción y del pragmatismo.

Me llamó la atención el hecho del trasvase de sentimiento que se produjo en la vida del profesor. Los alumnos y las alumnas habían cobrado una nueva dimensión, pero sucedió algo similar con sus propios hijos. Digamos que su corazón, un tanto adormilado por las rutinas y las prisas, había despertado de su letargo.

No le pregunté si, en algún momento, el niño conoció la conmoción que había causado en su profesor. Imagino que le explicaría al oído con especial atención, con especial cuidado, con especial afecto (era ya otro) aquello que aparecía agrandado bajo la mirada del microscopio.

Me imagino al niño sentado en las rodillas de su profesor de biología. Es una preciosa y significativa imagen de lo que es el aprendizaje. Una comunicación enriquecedora que llega por el corazón al intelecto y que tiene camino de vuelta desde el intelecto al corazón. El niño en el regazo del profesor muestra de forma patente la esencia de la educación. Es una relación que se basa en la confianza y que, desde la cercanía emocional, alimenta un conocimiento que nos hace mejores.

Sentarse en ese lugar y dejar que el niño se siente, verse digno de esa confianza y sentirse con la confianza de que allí se está protegido contra ignorancia y el desamor, es la viva imagen del proceso de enseñanza y aprendizaje.

No sé si muchos profesores se habrán sentido alguna vez tocados por la varita mágica de la emoción. El niño que se sentó en las rodillas salvó del naufragio el viaje profesional de su profesor. Y es que los alumnos y alumnas hacen muchas cosas por sus profesores, unas de forma intencional y otras –como es el caso de este niño- de manera fortuita.. El primer libro que escribí en el lejano 1982 y que luego se reeditó en la Editorial Sarriá de Málaga en 1999, tiene este  significativo título: ”Yo te educo, tú me educas”. Es una forma de sintetizar  la esencia de la educación. Nosotros educamos a nuestros alumnos y ellos nos educan a nosotros. Solo si estamos abiertos y somos sensibles. Solo si estamos dispuestos a aprender. Otros profesores habrán servido de silla a sus alumnos, pero pocos habrán percibido ese reto, esa llamada, ese reclamo nacido de la confianza, de la espontaneidad y del afecto.  La educación es una tarea que se basa en la comunicación. Y la comunicación que salva es la que se sustenta en el amor. Creo con Emilio Lledó que esta profesión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a quienes se enseña.