Los nombres de las cosas

¿Qué nombre, de los nombres que damos a las distintas maneras de reunirnos, podríamos dar a reuniones tan versallescas e inútiles como la de Copenhage?, ¿a la consulta del presidente con el nuevo comité asesor de sabios?, ¿o al solemne acto retórico del Teatro Real en que presentaron en sociedad -como en las antiguas «puestas de largo» de las chicas casaderas- la presidencia española de la Unión Europea? ¿Fiesta, baile, congreso, consejo de administración o de ministros, tertulia, mitin, conferencia, rueda de prensa o del alfiler, corro, comunicación, clase, puja, reunión de amigos o pandilla, familia, comité, rodaje, anuncio?

Los nombres son las ventanas a través de las cuales señalamos y casi tocamos las cosas; agrupándolos en una gramática -convirtiéndolos en material de construcción- le creamos un sentido -construimos paredes, umbrales, puentes, casas- a la realidad. Por eso, los problemas que tenemos para poder llamar de alguna manera a esas reuniones que copan los informativos son problemas de falta de sentido.

La mera acumulación y omnipresencia de esos actos «políticos» -pero vacíos de sentido, fin, utilidad para quienes los vemos desde fuera- se nos impone como criterio de su utilidad. Están, pues, en el acorde capitalista de los «índices de productividad» que se pretenden extender a todos los ámbitos: la educación, la medicina, la producción de leyes y reglamentos…

Pero esa inflación conduce, por el contrario, al hastío y al hartazgo. También a la visualización pública de su naturaleza ritual y ausencia de teleología. La más vieja carencia del poder (presentarse como imprescindible ante los súbditos) se transparenta hoy como nunca debido a la obscenidad multiplicativa -en eco- de actos sin nombre, y sin sentido por tanto, como los que citábamos al principio.

Arriba, abajo

arriba-abajoMe parece que, como hace Agustín García Calvo, es preferible desplazar la geometría de un pensamiento que pretende revelar y rebelarse -con esa pretensión llamo a esta columna «Deslindes y descubiertas»- de la dimensión horizontal derecha-izquierda a la vertical, de arriba y abajo. Pues, al cabo, nada hay más anclado en nuestra memoria milenaria del sojuzgamiento que el recuerdo feudal del señor, siempre alojado en las alturas amuralladas o en su ciudad prohibida. Estos días de inundaciones, sin ir más lejos, oía a una chica granadina, al paso de la televisión encendida, quejarse de que las casas de «la gente fina» -así las llamaba ella-, construidas en lugares menos expuestos, no habían sufrido la invasión del agua. Es esa memoria arquetípica, tatuada en el recuerdo de nuestro corazón, la que hacía recelar a esa muchacha de que también las catástrofes naturales se ceban con predilección en los de abajo.

En el monte Olimpo vivían los inmortales, desde el Sinaí tronaba el Dios sin nombre judío y en el cielo se reubicó a la familia en pleno del dulce Jesús, desalojándolo del humilde pesebre de los corazones. En ese recuerdo inmemorial y escarmentado de los de abajo, cada vez que aparecen señores de arriba -de «las casitas del barrio alto», como cantaba Víctor Jara- por aquí es para llevarse algo y, en la paradoja imposible de los poderes instituidos, hacerse al mismo tiempo cómplices necesarios e imprescindibles. No otro es el guiño del constructo político -de tan poco éxito- que llamaron la «cercanía democrática», que pedía consentimiento a los habitantes de algunas grandes ciudades sobre cómo gastar los dineros de los presupuestos municipales.

La desconfianza popular, resto de un viejo -y casi olvidado a veces, pero nunca perdido- saber común, hace caer en el olvido pronto añagazas como ésa, del mismo modo que las llamadas que se nos hacen desde arriba para conservar «las tradiciones». La alegría verdadera de la tradición sin nombre se convierte en tristeza huera y arqueología cuando los de arriba la transforman en objeto subvencionado, museado, televisado, como esos concursos o exposiciones de belenes que dejamos atrás, fotografiados hasta la saciedad en torno a las catedrales, o en zaguanes, o en carne viva aquí o allí, pasto de consumo periodístico, de documentales, de museos de artes y costumbres populares. Lo sabemos siempre en un presentimiento, lo sentimos en la carne de la memoria del expolio. Y las abandonamos, sabiéndolas ya mariposas muertas.

Otras se intentan fundar cada día, lejos de los pastizales en que abrevan las vacas insaciables de las instituciones de la cultura, las fichas antropológicas o el comercio de las visitas. El empeño de los de arriba, inacabado siempre por fortuna -pues no paran de nacer niños que estropean cualquier estadística-, por el control social convierte todo lo que nace espontáneo, y en ese sentido con vocación de tradición verdadera, en mercancía o letra muerta: y es así como ha ocurrido con la navidad y las verbenas tanto como con los saberes libres que se engavillaron con los nombres de «folclore» y «cultura». Ocurrirá con las botellonas, a no dudarlo, y tesis se harán, si no se han hecho ya, sobre ellas y como «cultura popular» se la enseñará un día a los venideros.

Pero siempre nacen niños. Y eso es lo que daba calor y animaba en estos días pasados, tan húmedos y fríos, lo que celebramos en el fondo todos en las navidades, porque así el cuadro nunca está terminado, la historia nunca completa, las cuentas nunca cuadradas, el amor nunca muerto del todo. Y cada vez, en fin, que nace un niño, la belleza puede ser verdad y el amor la vida y las palabras las cosas. Una vez y otra vez y otra.