Remanso
Lejos de la fanfarria de cornetas y tambores de la Semana Santa, me sumerjo de nuevo en los versos blancos dedicados al Cristo de Velázquez por Miguel de Unamuno. Busco en ellos un remanso en el que meditar sobre el misterioso relato de la Pasión.
De las mil maneras que hay de huir, la mejor es salir corriendo. Y eso es lo que han hecho, cuantos han podido, camino de la playa, del monte o de una cueva en esta fuga masiva de cientos de miles españoles laicos y tranquilos que cada año llenan las carreteras y los trenes en la Semana Santa. Una franca y cobarde retirada ante la invasión impía de calles y aceras que protagonizan con el beneplácito de las autoridades los desfiles procesionales de la Contrarreforma; una migración vergonzante ante la violación del poco silencio e intimidad que ya nos va quedando por las músicas y desfiles militares que atronan las ciudades españolas estos días, desde el Domingo de Ramos hasta la luna llena.
En estas tierras del sur y de María, salvo que uno viva en medio del campo -y aún así, pues yo lo tengo cerca- es imposible escapar de la trompetería que recorre con sadismo nuestras calles. Y sin embargo, en lo que aún resuena en la memoria del tiempo circular de las estaciones -hubo una primera Semana Santa en el recuerdo, en la primavera que hirió nuestros ojos por primera vez en la infancia-, aún reaparece en mí la imagen de un crucificado que forzó los goznes de la puerta inviolable de la muerte.
Algo hay en el viejo relato que estremece aún y vuelve pueriles los esfuerzos prometeicos de los científicos del CERN por entrechocar hadrones dislocados en la búsqueda de las últimas fronteras de la nada: la afirmación reiterada del rabino de Nazareth de que el amor es más poderoso que la muerte. Esa verdad de regusto amargo que a falta de razones rubricó con su particular noche oscura y viaje a los infiernos, violando de vuelta, por única vez, el límite infranqueable en un amanecer mítico.
La relectura del relato de la Pasión provoca una catarsis parecida a la que Mario Vargas Llosa aseguraba sentir con la pasión y muerte de Madame Bovary en «La orgía perpetua». Yo encuentro ese remanso, contradictorio y trágico, de paz paradójica, en la lectura de los duros y vibrantes versos blancos que Miguel de Unamuno compuso al par que la contemplación ensimismada del Cristo de Velázquez. Es, de las mil maneras que hay de huir, la que elijo en Semana Santa y que, desde estas páginas, me gusta compartir con mis lectores cada año.
¡Qué lejos los versos sobrios y vibrantes del poeta vasco de las efusiones de sentimentalidad barroca del pregón o la saeta! Lea conmigo el lector la procesión contenida de estos endecasílabos blancos que Unamuno dedicó al cuerpo del Cristo velazqueño: «Es tu cuerpo el remanso en que se estancan / las luces de los siglos, y en que posan / -¡eternidad!- las fugitivas horas. / Tu corazón, clepsidra de la vida, / dando su sangre se paró, y hoy cuenta / la eternidad, que es del amor el rato.» ¿No estaba ya en esa eternidad, rato del amor, el bosón de Higgs?
El Cristo que acude a mi recuerdo, cuando como ahora cierro los ojos y rememoro los versos unamunianos, no es el de Velázquez, es el de José de Ribera, que pude contemplar muchas veces en el silencio de la Colegiata de Osuna, mi ciudad. A alguien -sería de mi pueblo- oí una vez decir que los dos merecían estar solos en una sala del Museo del Prado. Por eso a algunos versos no les encuentro imagen, como éstos en que el maestro recrea la cabeza inclinada de Jesús: «Sobre tu pecho la cabeza doblas / cual sobre el tallo una azucena ajada / por el sol. Dobla tu frente ebúrnea / de la ciencia del mal la pesadumbre / (…) / Dormido de dolor sufres del mundo / todo el pesar…» Porque el Cristo del Españoleto no dobla la cabeza como el de Velázquez sino que la inclina hacia atrás y mira, transido de dolor, hacia arriba. Pero el misterio que evocan, el de un extraño conjuro de dolor y amor que abrió por una vez una grieta en el espeso muro, es el mismo. Y es imposible sentirlo en medio de esta turística algarabía de la Semana Santa andaluza, que parece concebida más bien para sellarlo por siempre.
Servidumbres
28 de marzo
Querido diario:
Hoy se celebra un aniversario en China que anoto aquí porque, de seguro, pasará desapercibido entre nosotros. Y la cosa es que, si uno se siente compelido por esa patria común -la única a la que muchos, y aún con un poco de sonrojo, siente pertenecer- que es la condición humana, debería alegrarse. Incluso con la paradoja implícita que acarrea, pues otros aniversarios como el de Tiananmen no se celebran en absoluto. Más que una paradoja, es una perplejidad moral muy de nuestro tiempo -parecida, por ejemplo, a la que sentimos al enjuiciar el régimen cubano-, cuya solución, sin embargo, es fácil: aceptar que las luces y las sombras conviven en el mismo espacio ideológico, en el mismo régimen o país, en el más recóndito rincón de la memoria. Pero vamos al cuento del aniversario.
Resulta que el 28 de marzo de 1.951 la República Popular abolió la servidumbre en el Tíbet, «manumitiendo» a 5 millones de siervos, que se dice pronto. El régimen teocrático del dalaï lama Tenzing Gyatso, aliado hasta entonces de las fuerzas nacionalistas de Tchang Kaï-chek, mantenía la servidumbre habitual en las míticas tierras tibetanas -hoy «esclavizadas» por la China comunista según el pensamiento políticamente correcto- y afectaba al 90% de la población. Los siervos, tal como en nuestra Edad Media, estaban adscritos como propiedad a las tierras de los monasterios, a cuyos monjes debían servir en todo caso y circunstancia.
Los castigos a la rebelión o huida de los campesinos incluían cosas atroces como el corte de lengua, manos y ojos. La no-violencia teórica de los monjes se traducía en actos tan hipócritas como que no ejecutaban la pena de muerte directa, aunque sí la indirecta, dejando a los siervos rebeldes malheridos abandonados en pleno campo para que la naturaleza acabara la faena que su religión les prohibía culminar con sus propias manos.
Como siempre ha ocurrido con la «política real», tantas veces, también esta liberación del esclavismo de impronta religiosa tuvo que postergarse una década por un acuerdo de «transición» entre aquel dalaï lama y Mao Zedong: no fue sino hasta 1961 cuando, definitivamente desapareció la servidumbre del campesinado en Tíbet, coincidiendo con una reforma agraria patrocinada por la República Popular que devolvió -aunque ya sabemos con cuántos matices debemos entender esto- las tierras expropiadas a los monasterios a los antiguos siervos que habían dejado en ellas su piel y sangre.
29 de marzo
China de nuevo: las líneas ocultas del tiempo creando la trama de las casualidades. Leo en «La Vanguardia» una pequeña entrevista a Yiyun Li, una escritora china que no conozco, con motivo de la publicación en Mondadori de su última novela, «Las puertas del paraíso», ambientada en la China de 1.979 y que, según cuenta el entrevistador, gira en torno a la ejecución pública de una joven contrarrevolucionaria. Sabemos que el régimen aplica la pena de muerte con demasiada frecuencia. Pero lo que me ha llamado la atención es el énfasis que pone esta joven escritora en la sumisión como rasgo secular del alma china.
Dice Yiyun Li que de no ser por el miedo, y la sumisión que sería su consecuencia, no se explicaría la desmesurada duración del régimen feudal en el viejo y vasto imperio. De mis lecturas, juveniles y desmesuradas, de la literatura de Pearl S. Buck, guardo una sensación parecida. Yiyun Li dice que ha querido romper con su lengua y su tradición de lirismo y adorno retórico, escribiendo en un inglés de sintaxis breve y contundente un relato sin concesiones que ajusta cuentas con su infancia. Otras servidumbres, otras esclavitudes.
El golpe blando
Las coincidencias siempre son significativas. Aquí conectamos, como aspectos de una sola estrategia, el recurso judicial en tanto atajo político utilizado por la derecha norteamericana (en todos los estados se han presentado contra la ley de la reforma sanitaria) como por la española (contra Garzón, contra las pruebas telefónicas de Gurtel, contra los Presupuestos) y el “agit-prop” parlamentario, mediático y callejero, como estrategia complementaria.
Los «checks and balances» de la democracia norteamericana, mecanismos de contrapeso entre los tres poderes que tanto admiran al periodista Carlos Mendo (para disfrute de quienes lo leemos, él mismo nos enseña que John Adams, el sucesor de Whashington, enumeraba hasta 18 de esos mecanismos de control y equilibrio) deben chirriar, o ser ya muchos menos de aquellos dieciocho de la época fundacional, cuando nos enteramos de que el FBI está dando protección policial a diez congresistas del Partido Demócrata que, de una u otra forma, han recibido amenazas contra ellos o miembros de su familia por haber apoyado la ley del seguro médico obligatorio, de tan trabajoso parto. La alarmada afirmación de un dirigente del Tea Party, «éste es el fin de América tal como la conocemos», o los ladrillazos contra los cristales de una sede demócrata en Nueva York nos permiten recordar cómo el «agit-prop» -como, al decir de los que saben, está protagonizando el Partido Republicano y los siempre activos grupos de extrema derecha- degeneran siempre en la algarada y el matonismo.
Aquí en España lo sabemos muy bien. La campaña de intoxicación desinformativa que organizaron medios de comunicación próximos a la derecha a raíz del atentado de Madrid trajo entre sus perversas consecuencias las amenazas privadas y escarnios públicos que sufrió Pilar Manjón, en su calidad de madre de una víctima y de cabeza visible de la Asociación que las representaba. El calentón verbal de los dirigentes del PP, en su condición de previsible ganador en las elecciones andaluzas y generales, terminarán llevándonos de nuevo al territorio de la ofensa -Mayor Oreja ya lo ha hecho; Esperanza Aguirre con sus «pitas, pitas, pitas» andaluzas, también-, la insidia o el insulto callejero.
No son ajenas a esas prisas electorales, y a esa subida de la temperatura de sus manifestaciones verbales, las últimas decisiones judiciales de Madrid anulando los grabaciones telefónicas de imputados y abogados del caso Gurtel, en coincidencia con las que despejan el camino para poner fin a la carrera del juez Garzón. Seguramente a no mucho tardar, la sentencia del Constitucional sobre el Estatut o los Presupuestos terminarán por elevarla aún más. La reaparición de Falange en uno de los muchos litigios que pretenden retirar a la fuerza al juez Garzón es sólo la visualización simbólica de las orejas del lobo, siempre atento a las ovejas que se separan del rebaño.
Los que, a propósito del magnicidio de Kennedy, hablaron de un golpe blando contra la democracia norteamericana no hablaban por hablar. Los que acumulan los cientos de recursos que actualmente se amontonan en los distintos estados norteamericanos contra la ley de reforma sanitaria hablan el mismo lenguaje que los que aquí hacen cola contra el juez que quiso poner bajo lupa jurídica las matanzas del franquismo. Los «checks and balances» entrechocan cada vez con más violencia en las democracias occidentales y, lejos de la música armoniosa que Carlos Mendo quiere oír cuando lo interpreta como una muestra de la vitalidad del debate constitucional, suena en realidad a ruidos de una cacofonía inquietante.
Así suena también entre nosotros ese continuo recurrir al poder judicial del partido de la derecha, sean los presupuestos del estado, un estatuto de autonomía votado en dos parlamentos o la prisa judicial por borrar las huellas y pruebas de lo que, de demostrarse cumplidamente, sería la mayor red de corrupción política descubierta en la España posterior a la Dictadura. ¿Cómo interpretar esa conjunción de «recurso judicial para todo» y de «agit-prop», aquí y allí, sino como la búsqueda de un acceso extraparlamentario al poder cuando los votos no lo dan? Quizá podríamos dar la vuelta al apocalipsis del Tea Party y lamentar que asistimos al fin de la democracia tal como la conocemos hasta ahora.
Criptópolis, la nueva Ciudad de Dios
Tras la Ciudad de Dios y la del hombre, nos afanamos en la construcción de la Ciudad de la Contraseña. Esto es así tanto en la vida cotidiana como en la pública -en esas vías convergentes que siguen hacia su futura unidad. Las señales son múltiples: el volumen de la información secreta y cifrada, el círculo hermético de la base de datos privilegiada y oculta, el sello de la identificación segura y el santo y seña militar de esta no declarada nueva guerra universal.
Del mismo modo que hasta ahora perdíamos las llaves («¡ay qué cabeza!, ¿dónde las habré puesto?») o cogíamos las que no tocaban, estamos en un tris de andar en ese mismo plan con las múltiples contraseñas que se nos van pidiendo aquí y allí: las del usuario del ordenador personal, las del correo, las de esta y aquella página web en que nos apuntamos -no recordamos ya para qué, por curiosear tal vez, vete a saber-, las de Paypal -por cierto, ¿dónde puse el «pendrive» con el «backup»?, «o my God!, cómo están las cabezas…»-, el certificado de la FNMT… Y otras tantas que el lector podrá añadir de su cibervida cotidiana. Tal exuberancia de identificaciones cifradas, que germinarán en muchas más, como raras y gélidas inflorescencias («mezcle números con letras mayúsculas y minúsculas a más de alguna tecla rara, ¡ha creado una contraseña débil!»), cuando se generalice el eDNI, las tarjetas sanitarias y las que quedan por venir, tal exuberancia -decía- nos va transformando la realidad en un código sellado.
Por supuesto no me refiero sólo al ámbito de lo cotidiano en el que, al final, todo acabará en un solo y larguísimo «password» que abrirá en flor el directorio personal de cada uno con toda nuestra vida organizadita en carpetas entre ocre y amarillo, desbordante de fotos, archivos, movimientos bancarios y declaraciones de amor o de Hacienda. No, no es eso sólo.
Nada menos que Simon Peres, el longevo político israelí, le decía a Javier Moreno, director de «El País», en una entrevista muy clarificadora de hace unos días: «Hoy, las relaciones secretas entre los distintos países son mucho más reveladoras que las diplomáticas. Tiene más sentido y resulta mucho más poderoso mantener relaciones entre las distintas organizaciones de inteligencia (…). Es una batalla de cerebros más que de tropas. Y no se trata de ganar después del enfrentamiento, sino antes. Esto es: descubrir algo significa ganar».
Contraste ahora el lector curioso o preocupado la larga, y tan contemporáneamente lúcida, reflexión del veterano político israelí con otra de Luis Jiménez, responsable de seguridad electrónica del CNI, la agencia de inteligencia española, procedente del mismo diario: «Ahora intentamos prevenir las amenazas, no nos limitamos a reaccionar cuando éstas se materializan. La mejor defensa es ir un paso por delante». Podríamos seguir espigando afirmaciones de este tenor en los distintos Medios. Todas nos llevan a, como se dice ahora, un mismo escenario: la realidad como imagen estenográfica. El hecho de que exista en nuestro país un Centro Criptológico Nacional (CCN) que no cesa de incorporar a sus filas a matemáticos, físicos, programadores o «hackers» rescatados del lado oscuro nos alerta de la calidad difusa de círculo hermético, que sólo nos resultaría legible con un santo y seña, que está adquiriendo nuestro mundo.
Los mismos políticos hacen cada vez más alusiones problemáticas y elípticas, remitiéndonos a secretos receptáculos de información que no pueden compartir con los ingenuos mortales que aún vivimos de nuestra fe en la palabra de los hombres y en la calidez real de lo que ve nuestros ojos, palpan nuestras manos o deduce nuestra amenazada razón común. Por ejemplo, un enigmático congresista republicano (de la República de EE. UU., se entiende) llamado Mark Kirk, casi como el legendario capitán del Enterprise, parece que se reitera en intervenciones y advertencias agoreras sobre la economía española como la siguiente: «La situación económica española es cinco veces peor que la griega». Lo curioso es que no aporta datos visibles y que esto no parece preocuparle. Habla de esa forma algo siniestra en que lo hacen muchos, con cara del que sabe, del que tiene la contraseña que abre las puertas de esa otra realidad, codificada y rodeada de múltiples «firewall», ni más ni menos que como las siete murallas del castillo encantado del nuevo tiempo que se encapsula día a día, ante nuestra desatenta mirada, en la nueva versión delirante de la vieja Enigma.
El pesimismo de la voluntad
Al consejo de Antonio Gramsci, fundador del PCI, de que cultiváramos el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad, oponemos aquí el optimismo de la inteligencia. Sólo ella, con su capacidad de dar sentido a lo que nos pasa, es semilla única de futuro.
«Como la mayoría de los estadounidenses, no tomo a mal la riqueza o el éxito de la gente. Es parte de la economía de libre mercado». El jarro de agua fría que supusieron para muchos aquellas palabras -y estos y aquellos actos y componendas o retractaciones- del presidente Obama, después de la teatral «regañina» que dirigió a los banqueros ambiciosos, debió ser para los que creyeron tan ingenuamente en su epifanía electoral de un mundo mejor, como la revelación de Pablo camino de Damasco.
La figura anoréxica y el rostro cariacontecido, triste y ojeroso del presidente Zapatero el otro día en televisión desmienten su aireado «optimismo antropológico». Lo que se adivinaba tras la letanía de aquellos tópicos banales de economía política con los que respondía exangüe y desvaído a las preguntas de sus entrevistadores, era un hombre cansado y desconcertado al que había abandonado, también, el optimismo de la voluntad.
Nuestro tiempo le ha dado la vuelta a la conocida paradoja de Antonio Gramsci que emparejaba al pesimismo de la inteligencia el optimismo de la voluntad. Este fue, durante mucho tiempo, el paradigma de la izquierda; pero ya no: son muchos los síntomas de anorexia, perplejidad y pesimismo de la voluntad que percibimos en políticos o intelectuales de la izquierda en todo el mundo. También en la gente del común, en nuestros vecinos, en nosotros mismos; pero es más entendible que eso ocurra cuando todo el tiempo y la fuerza los ocupa la lucha diaria por la vida.
Esa potencia del alma, orgullo de los hombres (cómo olvidar al coro de la Antígona: «muchas cosas hay portentosas, pero ninguna como el hombre…»), ya sólo es visible en sus huellas y ruinas: en la voluntad de poder y rapiña de los ambiciosos que, como un peso muerto o como una máquina loca cuyos resortes de control han saltado, gira ciega en una aceleración que no conoce ya sentido, freno o fin.
Por eso, el único optimismo posible es el que provenga de la inteligencia que, con su luz, dé sentido e interpretación al devenir en que nos sentimos arrastrados los hombres y mujeres de este siglo. Y la inteligencia nos lleva una y otra vez al mismo sitio: cuando se asume, como hemos hecho todos, que la economía es la única razón política posible, la que uniforma y hace intercambiables los gobiernos del mundo -desde China a Estados Unidos, desde Rusia a África- asumimos que estos son los límites de nuestro mundo. Esos que podríamos resumir con la afortunada fórmula de Enric Sopena, como «un capitalismo sin rostro humano».
Cuando se adoptan como fatales esas certezas -que nos resultan tales simplemente por exclusión: por el fracaso de los movimientos revolucionarios del XX, devenidos en capitalismo de estado; o porque las democracias liberales, y sus prometeicas promesas de felicidad, resultaron victoriosas de la Guerra Fría- se adopta a la vez el discurso de su locura. Que es lo que ocurre, por ejemplo, a China, que vende su contrahecha alma comunista, ya que no por un caballo, por un yacimiento petrolífero, pues las necesidades de energía de su capitalismo de estado, son pantagruélicas. Al mismo tiempo, intenta paliar las desigualdades entre campo y ciudad, tras abrir la mano -cuando necesitaba mano de obra barata- a la emigración interna que ahora corta. Desigualdades -entre obrero y campesino, entre funcionario y nuevo rico, entre hombre y mujer- que le crecen y se multiplican, como en todos los rincones del planeta.
Por eso decía al principio que había que dar la vuelta al cliché ideológico de Gramsci. El único optimismo posible puede venir sólo de la inteligencia, porque sólo ella es dadora de sentido. Y el sentido es, en sí mismo, la única semilla de un futuro posible.
Héctor en Ilión (y tercera parte)
“Hijo soy de mi hijo…”: resuena este verso en mi memoria, como expresión de eso que llamamos aquí, en la última entrega sobre el Ismaelillo de José Martí, la inversión épica, o una relectura paterno-filial del amor cortés que el “padre de la patria cubana” realizó en este libro de manera tan insólita y seductora.

No pierdo de vista el horizonte histórico y social de la obra de Martí -la Cuba colonial y sus clases privilegiadas, peninsular y criolla, que ostentan la nobleza familiar como argumento único de su imposible estatus de excepción-, pero haciendo más hincapié en el arquetipo del héroe sin justo señor de nuestro juglar y su lamento sobre el Cid:
«¡Dios qué buen vassallo! ¡Si oviesse buen señor!»
Quiero insistir, pues, en la inversión simbólica llevada a cabo por Martí de la jerarquía que caracteriza al género épico; da igual que atendamos a la epopeya homérica, como hcimos antes a propósito de del Canto VI de la Iliada, o que nos fijemos en nuestras narraciones de gesta primitiva o que recordemos al mismísimo Don Quijote en su discurso sobre la caballería andante:
«Para cuya seguridad, andando más los tiempos y más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos (…)»
Jerarquía en que el héroe o el caballero protegen al débil y sirven a un señor, rey, príncipe o dama, en cuyo nombre actúan y de quienes parte la coherencia de sus actos.
Fijémonos en lo que le ocurre a Martí observando sólo los significativos títulos de cuatro de las quince poemas del Ismaelillo: «Príncipe enano», «Mi caballero», «Mi reyecillo» y (el padre, caballo del joven príncipe) «Sobre mi hombro». En esta composición, a partir de una imagen del todo común y cotidiana -el padre pasea al hijo sobre los hombros- nuestro poeta desarrolla el ciclo de la inversión especular al presentarse a sí mismo como un caballo embridado y dirigido por las manos del niño. De rey, pues a jinete, cumpliendo los pasos intermedios de la gradación. El niño se configura, por un lado, como la única nobleza aceptada por el héroe y anula, con esa imagen invertida, toda la épica antigua. Y estable, por otro lado y de forma implícita, un nuevo modelo de sociedad que sólo -pues el niño es, sobre todo, el símbolo del futuro- en lo por venir, podrá tener realización.
Oigamos a Martí en «Mi caballero»:
«Puesto a horcajadas
sobre mi pecho,
bridas forjaba
con mis cabellos.»
Y en «Príncipe enano»:
«Mi mano, que así embrida
potros y hienas,
va, mansa y obediente,
donde él la lleva»
Tal vez, donde mejor se observa la inversión épica es en la composición «Mi reyecillo»:
«Mas, yo vasallo
de otro rey vivo,-
un rey desnudo,
blando y rollizo;
su cetro -un beso!
Mi premio -un mimo!»
Advirtiéndole, sin embargo:
«Mas si amar piensas
el amarillo
rey de los hombres,
¡Muere conmigo!
¿Vivir impuro?
¡No vivas, hijo!»
La semiología del Ismaelillo se dispara, en este punto, en todas direcciones: como guardián frente a los tres enemigos cristianos del hombre (mundo, demonio y carne), como futuro, sueño y talismán, hasta la transformación, crisálida del pueblo o prado reverdecido en «Prado lozano»:
«Dígame, mi labriego (…)
Dígame de qué ríos
regó ese prado,
que era un valle muy negro
y ahora es lozano?»
Sólo por echar a volar de nuevo esas preguntas, como «tábanos fieros» en forma de versos, sólo por despertar a tantos «príncipes enanos» del sueño hipnótico y tecnológico en que la posmodernidad los ha encerrado, quizá valga la pena volver a leer los versos emocionados de Ismaelillo.
Héctor en Ilión (segunda parte)
Nueva cita literaria en las aguas medianeras de Jas-Meiffren: En la segunda parte de estas palabras que dedicamos al Ismaelillo de José Martí nos trasladamos al Canto VI de la Ilíada, un episodio que podríamos llamar, como la novela de Unamuno, Paz en la guerra, tras el cual, en la tercera parte de esta reflexión, creo que se entenderá mejor la que me parece que es el sentido trascendente de los versos de este libro singular.

En el Canto VI de la Iliada se desarrolla un episodio único que, por su naturaleza, rompe la estructura monolítica del héroe homérico, lo hace dudar, lo vuelve humano y frágil.
Se trata de un delicado momento de la guerra en el que el aqueo Diomedes hace estragos entre las filas troyanas. Héleno, el visionario hermano de Héctor, acude junto a éste y Eneas con el encargo de que vaya a la ciudad y dé a Hécuba, la madre de ambos y reina de Troya, la siguiente recomendación: ofrecer a Atenea en su templo el mejor peplo que posea y la promesa del sacrificio de doce terneras añales si socorre la diosa a la ciudad.
Héctor cumple la recomendación de su hermano. Una vez en la ciudad, su madre lo quiere agasajar con vino, pues:
«Bien, pero, ¡espera a que del melidulce vino te traiga, (…)
pues mucho al hombre cansado la fuerza el vino repara
como cansado estás tú de luchar por los de tu casa».
Héctor se niega:
«no me quebrantes de fuerza, y de lid me olvide y de lanza».
Después, en su recorrido por la ciudad, Héctor va al palacio de Paris, al que encuentra junto a Helena. Lo increpa: ¿como él, causante de todo, permanece en el palacio mientras los soldados mueren? Y prosigue hasta su casa, para ver a su mujer, Andrómaca, y al pequeño Astianacte (=señor de la ciudad), porque
«que no sé si aún otra vez tornaré y les vea las caras».
Ante su alarma, al ver que ninguno está en su casa, la fiel despensera le da a conocer su paradero: ha subido a lo más alta torre de Ilión, pues oyó de los apuros de los troyanos, a contemplar la batalla.
Tras producirse el encuentro, Andrómaca, temerosa de un destino encarnado en Aquiles, que ya le arrebató a su padre -Eetión, rey de Tebas- y a sus siete hermanos y madre- ruega a Héctor que abandone la lucha, por ella y por el hijo común, pues
«¡Ah, duélete tú!: no tengo ya padre ni madre y señora; (…)
Héctor, y tú para mí eres padre y madre patrona,
y hermano también, y también mi florida prenda de bodas.
Mas, ¡ea, apiádate ya y en la torre quédate ahora!».
La respuesta de Héctor es luminosa para lo que nos interesa:
«A fe, que eso todo me cuida, mujer, pero mal me sonroja
que crean de mí los Troes y Tróades manto-de-cola
que como vil de la guerra quizá me aleje y me esconda».
Comparémoslo con estos versos de Martí en «Príncipe enano»:
«¡Heme, ya puesto en armas,
en la pelea!
Quiere el príncipe enano
que a luchar vuelva».
Sigue reiterando su situación: deber frente a querer, y termina, tras una sonrisa común frente al lloriqueo del niño, asustado por los espectaculares penachos del casco del padre, con una invocación a Zeus, como última justificación de la lucha:
«¡Zeus y los dioses demás, otorgad que a mis votos responda
este hijo mío, en ser como yo y de los Troes corona
y tal de bravo en sus bríos, y sea rey sobre Troya,
y alguna vez uno diga ‘Mejor que el padre y con sobra’».
El chantaje social de las democracias
Las polémicas declaraciones de José de la Cavada, de la CEOE, sobre la necesidad de un contrato totalmente desrregulado para trabajadores jóvenes, son examinadas aquí como una muestra del chantaje social implícito en las democracias mercantiles.
El revuelo que se ha montado en los Medios con las declaraciones de José de la Cavada, director de Relaciones de la CEOE, con los consabidos desmentidos parciales de Díaz Ferrán y el pilatiano «sin comentarios» de miembros del PP tan dicharacheros como Cristóbal Montoro, no ha dejado de ser un revuelo más que nada retórico, una indignación cortesana. Respecto al mínimo, casi imperceptible revuelo social, callejero que tan procaz y desvergonzada propuesta (recordémosla en su castizo tenor literal: «hay que poner el Estatuto de los Trabajadores patas arriba») de subempleo para jóvenes… Es que ese silencio y calma aparente de la sociedad española es uno de los mayores misterios sociológicos desde que se dio carta de naturaleza el «crack» económico hace un par de años, ¿no recuerda la calma que, según el saber popular, precede a la tempestad?
En realidad no son tan sorprendentes ni lo uno no lo otro. Ya se entiende mejor, por ejemplo, a qué se refería Díaz Ferrán cuando, en el alba de la crisis, hizo pública la entonces enigmática afirmación de que, en adelante, habría que plantear una reforma radical del capitalismo. Desde aquellos primeros días -con una tregua de dócil silencio culpable, más o menos en tanto los gobiernos occidentales soltaban la multimillonaria «mosca» a los bancos o multinacionales del automóvil- se vio a banqueros y grandes empresarios crecerse y venirse arriba, en el momento en que vieron con claridad que no había castigo. Lo de ahora -este subirse a nuestras barbas- no es más que la evolución lógica de aquel perdón y óbolo universal que recibieron. Y es así como, con este desparpajo y cinismo con que los vemos, ejercen el viejo chantaje social del capitalismo: si los gobiernos no les facilitan legalmente la obtención de beneficios, descargándolos de compromisos, cotizaciones o impuestos sociales, no hay trabajo.
Ese chantaje es infinitamente más inmoral que el de las huelgas obreras -pero no deja de ser otra huelga: la de emplear a trabajadores. Las democracias liberales, que se presentan como el mal relativo frente al mal absoluto de las autarquías -he ahí su chantaje político-, ceden a ese otro chantaje social en el momento en que, como ahora, las arcas públicas se vacían. Y es entonces cuando vemos al rey desnudo en toda su fealdad.
Otras consideraciones de naturaleza moral, como por ejemplo la necesidad histórica de someter a juicio y veredicto públicos al empresariado español, como hace Alfonso Cortés, profesor de la Universidad de Málaga, en el diario digital «elplural.com» recordando a nuestra patronal que la avaricia rompe el saco, o como el mismo director de ese mismo medio, Enric Sopena, con expresiones como «capitalismo sin rostro humano» (jugando con aquel «socialismo de rostro humano» que intentó Dubcheck en la Checoslovaquia de los años 60) no son, en el fondo, más que indignaciones coyunturales ante los excesos evidentes, pero que no pretenden llegar al mal de fondo. Está poniendo las cosas tan crudas la patronal que hasta empiezan a tener cuño común expresiones tan queridas a los nacionalistas catalanes -y casi exclusivas de su lenguaje político- como «hacer país». Hacer país sería la gran carencia, hablando de males relativos, del empresariado español, salvadas sean las honrosas excepciones, naturalmente.
Los que sí están haciendo país -como siempre, a la fuerza ahorcan, qué remedio- son los trabajadores españoles que, al margen de organizaciones políticas o sindicales -y sus pactos, que nos malvenderán como panaceas-, están sabiendo recrear las redes sociales horizontales de apoyo mutuo de siempre, al margen de los estados: padres, hermanos, primos y amigos con trabajo son los verdaderos protagonistas de la sorprendente «paz social» de nuestras calles. El chantaje social (el dinero no se toca) implícito en las democracias les espera al final de la recesión con el mono nuevo de la «flexiseguridad» que sustituirá a la obsoleta «rigiseguridad», de antes del crack, según la horrísona neolengua de los gárrulos y cínicos representantes de la gran patronal española.
Héctor en Ilión (primera parte)
En esta segunda entrada de “El pozo de Jas-Meiffren”, sección del blog dedicada a eso que llamamos, a falta de algo mejor, la literatura, me quiero detener en un libro y un poeta injustamente olvidados entre nosotros: el Ismaelillo, del cubano José Martì.
«Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin en niño.»
(F. Nietzche, Así habló Zaratustra)
El deseo que mueven estas palabras que comienzan aquí, en la segunda entrada de esta sección del blog dedicada a la literatura, que llamamos «El pozo de Jas-Meiffren, es, en segundo plano, rescatar del olvido -o de su «secuestro» por parte de la cultura institucional cubana, que tanto da- a un poeta enorme como es José Martí. Pero mi primera intención es invitar al lector a sumergirse en los versos de su primer libro de poemas, el Ismaelillo; porque en él, en una poesía de gran aliento, la figura del hijo, desparramada en una red simbólica de múltiples sentidos e insinuaciones, acaba encarnando siempre la esperanza -personal, por histórica; tal como ocurría en épocas de «pensamiento fuerte»-. Pero es que, además, es una de las rarísimas ocasiones en que la literatura nos permite pensar y sentir la figura del padre -siempre lejos o referencial, como verdadera no persona- como legítimo, y tan infrecuente, «yo» poético.
Hablar: acto político
La higa de Aznar o el gesto obsceno del tal John Cobra (como, en su tiempo, el coscorrón de
Ruiz Mateos a Miguel Boyer), tan celebrados en los Medios, se pueden «leer» como dos ejemplos, de las múltiples señales que nos es dado ver, de una regresión al lenguaje gestual primario humano: el grito, la pataleta, el puñetazo, la invocación manual de los genitales. Esa vuelta a los orígenes acarrea, de modo complementario, el olvido y vaciamiento de las palabras públicas, cada vez más reducidas a función fática o a ceremonia de la confusión, cuando no a la interjección y la onomatopeya. Y lo demás es el silencio, distracción o sueño de los diputados «culiparlantes»: el autismo o la disfasia del discurso político que en tan gran medida invade todo el espacio de nuestro debate público.
El ritual versallesco que vivimos estos días con la reunión de ministros y opositores que, presuntamente, tenían la cacareada intención de buscar un pacto que en realidad ninguno quiere, pero que piensan que todos deseamos, es un ejemplo suficientemente ilustrativo. Por lo que sabemos, pues, se trató de una reunión de naturaleza hermenéutica en torno a un guión que alguno tildó, con cierta gracia, de «concurso de ideas». Para darle algún sentido público a tal reunión o comisión, según comentan los periodistas más escarmentados, se firmará algún acuerdo mínimo y lateral para enseguida volver a lo de siempre: la gansada, la provocación o la higa.



