En la plaza

Sentimientos

  1. Alegría: La remembranza de los versos procesionales con que comienza el hermoso poema de Vicente Aleixandre «En la plaza» acuden en mi ayuda para poner en palabras el sentimiento de alegría compartida con los egipcios que, transformando en hogar provisional la plaza de Tahrir del Cairo, han conseguido echar al tirano:
  2. Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
    sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
    llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado (…)

  3. Sorpresa: La de que nada está escrito ni predicho, por la sencilla razón de que no paran de nacer humanos y que, por tanto, el conjunto nunca está cerrado -deberíamos estar muertos para ello- y las estadísticas y previsiones siempre se pueden venir abajo y un nuevo comienzo es siempre posible. La sorpresa de que no hay fuerza organizada capaz de vencer la avalancha y la multitud de la gente cuando decide ser gente, sin más, autoorganizada y anónima, que quiere decir «sin nombre» ni bandería.
  4. Miedo: El miedo al consabido fin de que, en nombre del orden y la sensatez, al conjuro de palabras gastadas, pero no por ello menos eficaces («transición ordenada», «democracia») tantas vueltas y revueltas den en lo de siempre, como le pasa al perro para echarse. El miedo de que los egipcios se acaben creyendo la impecabilidad modélica de la transición española, tal como la quiere exportar el presidente Rodríguez Zapatero (y antes que él, Suárez o González), o que terminen por aceptar una tutela militar indefinida, en la inspiración de eso que llaman algunos, con mucha retranca, el «modelo turco».

Desengaños

  1. El papel, tan pregonado y glosado, de la Red (Facebook, Twitter y cía: gangas.internet.com …) no debe ocultarnos el principal y más eficaz medio de comunicación humano: el boca a boca. Basta consultar -en la internet, como no- los índices de internautas en Egipto, Túnez o, Libia. Gadafi, cuando se olió la que se venía encima, cortó en primer lugar los nodos de acceso al internet libio, como ya va a ser pauta obligatoria en los manuales y protocolos de golpistas y  tiranos. Los libios están, sin embargo, a las puertas de Trípoli.
  2. No olvidemos, por más que nos machaquen con la propaganda de las futuras elecciones libres o futuras reformas constitucionales (siempre futuras), que, más que hambre de democracia, lo que ha movido a estos millones de personas a lanzarse a la calle ha sido el hambre-hambre, de la de verdad, la que sube hasta la boca su flato de vacío; el paro-paro, del de verdad, sin subsidio y a palo seco… En el cementerio de El Cairo hace años que muchos egipcios sin techo improvisaron, entre las tumbas (algunas de sólida construcción y plausible habitabilidad, como en todos los cementerios: hay clases) de los muertos casas para una vida más confortable de los vivos.
  3. El papelón de los gobiernos europeos: tan acobardados, pusilánimes e indecisos como siempre, más preocupados del precio del petróleo y las avalanchas de refugiados que de la suerte de tantos miles de ciudadanos. El papelón de nuestra flamante y balbuciente ministra de Exteriores, apresurándose a explicar, madrugadora, que Marruecos no es como los demás (la herida abierta del Sáhara, el miedo de Ceuta y Melilla, el miedo al fin de los acuerdos pesqueros), que es amigo fiel y reformador; el papelón del presidente aventurando un Plan Marshall Privado, sin dineros, sin plazos, sin carne ni pescado, sin color, como su Alianza de Civilizaciones; la irritante, por cansada y rancia, invocación a la Modélica Transición entendida como panacea universal.

Esperanzas

  1. De que la ONU invoque y aplique en Libia el protocolo conocido como «Responsabilidad de proteger» (lo conocí y entendí gracias a Jean Ziegler en su «Odio a Occidente»), antes de que se generalice allí una guerra civil sangrienta, pero evitable.
  2. La esperanza de que, contra todos los pronósticos, los tunecinos, libios, egipcios o yemeníes no olviden el sabor de la liebre (la libertad, la alegría de estar juntos en la plaza, el apoyo mutuo y la organización espontánea) les haya hecho aborrecer el bocado duro y difícil, el aroma consabido del gato. En Europa ya nos hemos acostumbrado a él.
  3. La esperanza en que las mujeres de estos países, que uno adivina como el sujeto histórico de la única y quizá última revolución pendiente  que nos queda, aconsejen y guíen a sus hombres en la travesía inédita, en este tiempo que se nos prometía aburrido y sin sorpresas, que han iniciado. Es la esperanza para todos, y sería hermoso que fueran nuestras antiguas y esquilmadas colonias las que nos señalaran el camino y nos transmitieran su fuerza, su decisión y su alegría.

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Comentarios

Maravilloso..que buena forma de expresar todos estos sentimientos..y como calan de hondo en un día gris como este…

Muy bonito, sí señor. Muy de actualidad. Una maravilla

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