Mudanza

Dejo este aviso aquí, para mis antiguos lectores de La Opinión:

Tras un año, o por ahí, en el dique seco, he montado un nuevo blog Claros en el bosque al que invito a mis lectores malagueños, o de cualquier otro lugar que me leyeron en este querido diario, que me hayan perdido la pista. Así que vuelvo a las andadas: y sería para mí un honor y un placer seguir contando con vuestra compañía, compartiendo la razón común, creando democracia deliberativa, emocionándonos, enfadándonos o sonriendo en estos claros en el bosque que intento encontrar o construir …

Gracias a quienes me leyeron aquí, en el diario en papel o en el libro. Gracias a quienes me acogieron durante todos estos años. Muchas gracias y un saludo a todos.

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“Deslindes y descubiertas” en libro

Por si algún lector desprevenido aparece por aquí, dejo escrito este aviso: ya está fuera de imprenta y en las principales librerías el volumen que Bohodón Ediciones ha tenido a bien editar con una generosa selección de los artículos que entre 2003 y 2010 fue publicando semanalmente la edición en papel de La Opinión de Málaga. No incluye las entradas del blog -éste o el menos frecuentado por mí de las Comunidades- que el lector curioso puede seguir consultando y leyendo en los dos foros digitales de este querido diario. El título, advocación o leit-motiv es el mismo en todos los casos: Deslindes y descubiertas. El libro se puede leer como la Rayuela de Cortázar: al revés o al derecho, en cualquier orden; o como algunos lectores de la Biblia, abriéndolo al azar, un artículo por día. En cualquier caso, juntos dan una visión cabal y coherente de esa impugnación de la realidad -y del lenguaje que la nombra y crea- que padecemos en que ando comprometido desde hace tanto tiempo. La edición lleva, como prólogo y contraportada, un breve y hermoso texto de José Ramón Mendaza, subdirector de este periódico. Sólo por leerlo, aun prescindiendo de lo demás, vale la pena comprar el libro.

Y eso es todo, por ahora. Seguramente pronto, aunque no sé dónde, volveré a la escritura pública y a la denuncia de la infelicidad y miserias de estos años de plomo que nos prometen los amos del mundo. Nos seguimos leyendo, pensando y hablando, pues, cualquier día de estos…

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Despedida

Los “blogs abandonados” son una categoría que muchos sitios de internet utilizan para dejar colgado en la red, como un libro en una estantería, consultables pero sin novedades, los blogs que después de un tiempo -que no sé cómo cuantifican- razonable no registran entradas nuevas de su autor.
No sé si “La Opinión de Málaga” sigue esa política, pero la realidad es que mi blog -me gustaría decir “nuestro” en esa convicción, lector amigo, de que como en el bolero “sin tu amor no soy nada”- está prácticamente abandonado. Lo tengo abandonado.
Circunstancias personales y la sensación insidiosa del fin de un ciclo que, durante casi siete años en la edición en papel de “La Opinión” -aunque, por seguir con los boleros, “si tú me dices ven, lo dejo todo”- y dos más sólo en internet, ya quizá toque a su fin o a su transformación en otros textos, o en otro lugar, en otro tiempo y con otra expectativa. No lo sé.
Hay profesiones, como la mía, la de enseñar, en las que si uno no es un optimista histórico -es decir, si uno cree en la perfectibilidad del ser humano- no tiene sentido ejercer. También hay actividades, como la de escribir, en las que sin un poco de vanidad y reconocimiento, no se realizarían. Yo he tenido una cosa y otra. Y en ese sentido dejo estos “Deslindes” con el convencimiento de haber puesto mi granito de arena en la conciencia crítica de los lectores que me hayan tocado en suerte -a algunos los conozco a muchos más no los conoceré nunca-; la autopersuasión de haberles aportado algún enfoque novedoso o distinto que les haya ayudado a entender mejor el mundo o, al menos, la realidad construida por los medios.
Sea en una medida o en otra, menor o mayor, lo que sí es cierto es que he puesto en ello mi mejor saber y entender.
Y ya está. Nos seguimos viendo (¿en alguna de estas movidas en que por fin muchos españolas se han decidido a afirmar “que pues vivimos aportamos algo nuevo”? Me gusta pensar que también he contribuido en algo a ello…) o leyendo. Para otoño espero que salga publicada en libro una amplia selección de mis colaboraciones en la Opinión de Málaga que se llamará, seguramente, “Contemporaneidades”, en esa palabra que tomo prestada de nuestro admirable, por tantas cosas, don Manuel Azaña, y que él oponía a “Actualidades”, como llamaba a productos periodísticos más perecederos. ¿Ven lo que les decía de la vanidad…? No tiene remedio.
En fin, que gracias por su compañía, atención y afecto y hasta la próxima. Y gracias, por supuesto, a Manuel Laza, Joaquín Marín, Tomás Mayoral, Moncho Mendaza, Ana Inglán, Elías Lacave…, y todos los que desde este periódico querido, o sus alrededores, me han apoyado, ayudado o mostrado su afecto y cordialidad. Han sido mi familia “virtual” en la parte del sueño ilustrado que compartimos y yo me he sentido menos solo en su compañía, “uno de los nuestros” si me permiten decirlo en lenguaje cinematográfico. Hasta la vista.

Extramuros

Podríamos establecer, por afán didáctico, un paralelismo entre la razón económica y el microcosmos futbolístico, pues en un sentido bastante exacto son los dos discursos predominantes en nuestra sociedad, uno por arriba, el otro por abajo. El discurso económico tiene la apariencia de sencillez engañosa que le da el lenguaje numérico y, a la vez, el prestigio de un engañoso razonar científico. El fútbol genera también, por su parte, un debate «político» entre sus aficionados que tiene la ventaja, frente a la política real, de su sencillez impregnada de pasión y polémica, atributos hipotéticos de una democracia deliberativa, pero desaparecidos en la «Realpolitik» contemporánea. Es su sustituto.
La sustitución de la razón política por la sinrazón económica es, ciertamente, algo sabido o intuido por todos. Basta comprobar la preponderancia enfática, como de sibila o archimandrita, de mandamás, que han adquirido los presidentes de los bancos nacionales, o federales mentidos como el europeo, cuyas apariciones y declaraciones públicas tienen el carácter de un «dictum» al que enseguida glosan los políticos locales, para parecer que tienen algo que decir u objetar. Recuerdo haber leído que un veterano político (¿o politólogo?, no lo traigo con certeza a mi memoria) sueco, cercano a Olof Palme, aconsejó una vez a Felipe González, en trance de formar gobierno, que se buscara un buen ministro de economía, que los demás daban lo mismo. Para gobernantes sin ideologías ni ideas como los actuales, escudarse en el discurso de sus ministros de economía -clones, por otro lado, unos de otros, formados todos en un molde primordial- tiene la ventaja de la sencillez (frente a la razón política, sujeta a la fuerza al matiz, la duda, el pacto y la cesión) de los números y de su apabullante remisión a la verdad científica.
Es mentira, naturalmente, pues qué verdad, que sea válida para la vida y felicidad de la gente, puede salir de las cuentas del debe y haber de bancos y gobiernos. La economía capitalista prescinde de la vida humana, que al cabo es su  principal mercancía en forma de fuerza de trabajo, y si algún bienestar ha dejado entre nosotros, a pesar de todo, es como lo que Agustín García Calvo dijo una vez de la ciencia tecnológica (¿y cuál no lo es?): que en su larga y vertiginosa colaboración con los estados, sus ejércitos y empresas, en sus incontables descubrimientos y construcciones de inutilidades o de máquinas de muerte y destrucción, no podía menos que habernos legado cosas útiles como las aspirinas, la pilula o las lavadoras. Así también la economía capitalista, en ese torrente de destrucción y reducción de la vida a cuenta, tiempo-basura y mercancía, en los países occidentales al menos, ha dejado entre nosotros cosas útiles y decentes, pero a su pesar y como tangencialmente a su meta desquiciada, que es reducirlo todo-todo a su valor de cambio en capital y poder, es decir, en obsolescencia, infelicidad y muerte.
Pero no hay mentira más dañina y menos cuestionada que esta, hasta el punto de haberse convertido en verdad incontrovertible que extramuros del Mercado y el Progreso no hay nada, salvo un extenso territorio inhabitable y salvaje donde, si acaso malviven, como en la metáfora de la frontera que recreó Eugenio Trías para su filosofía, los «fronterizos», quienes en la neolengua son tildados de marginales o anti-sistema, o de irredimibles idealistas, nostálgicos, ingenuos, ateos de la religión de la realidad construida.
Por su parte, el debate cotidiano o finisemanal de los aficionados al fútbol es una rectificación del estado que, como explicó con tanto tino Ortega y Gasset, por algo tiene su origen en el juego y la competición. La discusión sobre la calidad de los jugadores, e incluso de su acierto al elegir pareja; sobre la maldad intrínseca de tantos árbitros; las porras sobre los resultados de los campeonatos o el carrusel de los equipos modestos entre las distintas divisiones de honor; las polémicas interminables sobre estrategias, alineaciones, goles dudosos o bellos, lamentables violencias, elecciones más o menos amañadas o limpias; hasta los trapicheos del capital de los dueños y aparceros de los clubes de fútbol, todo ello no es sino el desestimiento a entender una política real incomprensible -o peor aún: demasiado comprensible- en favor de un microcosmos sociopolítico asequible y llevadero en el que, pese a la intervención inevitable y corruptora del capital y los accionistas, lo importante sigue siendo el aprecio y admiración por los jugadores, su emulación por parte de los niños, el comentario interminable en torno a una jugada hermosa, el cosquilleo y emoción de unos colores, el consuelo de los límites precisos y cerrados, circo de los gloriosos triunfos y derrotas del equipo propio, que representa el escenario ancestral de un estadio…

Sangre de la tierra

Noticias como que uno de cada cinco peruanos no tiene acceso al agua potable me causan un desasosiego especialmente intenso; me pasa con todas las que tienen que ver con el agua, la «sangre de la tierra», como la llamó el fotógrafo Manuel Valcárcel en una exposición de hace años en la que, con imágenes muy impresionantes del río Ganges, quería evocar y restituir su naturaleza sagrada. Del mismo modo me ocurre con las noticias -siempre esquivas y como a propósito de otra cosa, estadísticas, análisis socioeconómicos en los que es un dato más- que remiten al mundo turbio de la especulación internacional en torno a los alimentos, esas «bolsas» tenebrosas en que se especula sin empacho con guerras civiles, como pasa con Costa de Marfil -principal productor mundial de cacao- y los embolsamientos masivos del producto que protagoniza un «pool» de grupos inversores internacionales -Georges Soros entre ellos- con vistas al pelotazo de su inevitable subida. Está pasando también, desde hace tiempo, con el arroz (que alimenta a tres cuartas partes de la humanidad) o los cereales. Qué grima y desconsuelo…
El dolor y la zozobra que provocan estas cosas -y no es fácil enterarse de ellas, están en el territorio en sombras de la realidad construida por los medios- lo provoca su interpelación directa a la conciencia más primaria de la vida, lo que las hace más merecedoras de desprecio y rabia. Y en eso el agua, por ser la sed una experiencia tan angustiosa y compartida, se lleva la palma. El boliviano Óscar Olivero, un aymara de Cochabamba, activista de la Coordinadora Defensa del Agua y la Vida, veterano luchador en la «Guerra del Agua» que en el 2000 trajo a su país a las portadas de los periódicos, recupera la vieja metáfora de la sangre de la tierra, a propósito de la película «También la lluvia», de Icíar Bollaín: «La guerra del agua va más allá de la lucha contra la privatización, trata de que esta es un recurso para la vida, es la sangre de los pueblos, un regalo de la madre naturaleza que no puede ser propiedad de nadie. El protagonista no es el sindicalista, sino el pueblo. Ningún líder es nadie sin este» -decía.
Tal vez deberíamos recuperar esa idea, tan del pueblo aymara, de la madre tierra, de la «pacha mama». Sería la única manera, en su apelación a lo primario y cordial, de restituir la pérdida de sentido a que nos condena el capitalismo nihilista imperante. Así, con la ingenuidad y calidez con que podemos leer el proyecto de Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra, Uso palabras como «ingenuidad» y «calidez», y más arriba «sagrado» con una intención determinada, la de su poder movilizador y -hoy, quién lo diría- revolucionario; digámoslo en prevención de la esperable llamada al realismo, el progreso, el sentido práctico y esas monsergas que debemos dejar para sus creadores: los poderosos depredadores del mundo y la neolengua político-económica que nos seca, inmoviliza y mata. Permítame el lector que lo ilustre con una referencia personal.
En mi infancia no había agua corriente en las casas. Uno de mis recuerdos más recurrentes es el de acompañar a mi madre, al anochecer, a la plaza donde estaba la fuente pública más próxima a mi casa, a recoger agua en dos cántaras que ella llevaba, con un arte perdido, apoyadas en las caderas, como si fueran ingrávidas. En la fuente se mezclaban las risas y malicias de las mujeres del barrio con el rumor primordial de los caños. El niño que yo era bebía ese agua, fría y maternal, de una tinaja de barro nutricio perenne y húmedo en la vieja cocina familiar. Cuando ya hubo agua corriente, que llegaba de los pozos de un pueblo vecino, sólo lo hacia durante unas horas al día, y el ritual de la fuente se tornó en otro: llenar barreños y cántaros hasta los colmos, con paciencia y tiempo que enseñaba también a pensar, hasta la siguiente vez, el siguiente día…  Los pozos que había en los caminos rurales estaban siempre blanqueados, tapados y limpios, con la carrucha, la cuerda y el brillante cubo metálico preparados y dispuestos para el sediento caminante o la cansada bestia. Los más mayores a los más niños nos enseñábamos con primor cómo llenar los cuencos de las manos con el agua preciosa de un manantialillo, filtrando tierra, verdina y chinos; sabíamos cómo evitar que se perdiera, en un descuido o abuso, el más humilde venero que, como un milagro, surgía de la tierra seca…
Sagrado, en este sentido, quiere decir, único, común, precario, necesario. Recuperar y extender ese sentido al alimento, al trabajo -esfuerzo, cansancio, dignidad- , a la infancia y a la vida humana toda entera, rescatarlo todo de la fe homicida, inculcada por el capitalismo y su publicidad, en la vida entendida como un «perpetuum mobile» de mercancías inútiles e inacabables, es, me parece, una de las pocas y definitivas batallas que aún podemos librar en este tiempo que nos arrastra en su derrumbe.

El castillo de las siete murallas

Una central nuclear es la metáfora perfecta del poder: siete murallas rodean y protegen la morada interior donde reside el soberano Señor del Núcleo, rodeado siempre de un halo de misterio del que apenas nos llega, desde los arrabales de la fortaleza que habita, el rumor sordo de su ensimismada existencia. Es vigilada continuamente y asiduamente medida y chequeada en todos los parámetros imaginables por sus leales y herméticos servidores y médicos, como la salud de un rey valetudinario, pero terrible en sus achaques y mal carácter, del que, sin embargo, depende nuestra vida y confort. Su cólera potencial le da el prestigio y temor de los soberanos irascibles; la sola mención de la explosión de su poder arrasador nos provoca terror pánico.

De forma complementaria, que el comisario de la Unión Europea para la Energía, Günther Öettinger, pusiera en circulación durante unos días el término «apocalipsis» para nombrar lo que estaba sucediendo en Japón, nos muestra con claridad el temblor religioso que inspira esta tecnología. Del mismo modo que la posibilidad de que la central de Fukushima acabe enterrada en un sarcófago de arena y cemento, como la de Chernóbil, nos remite, en lo inconsciente, a los monumentales enterramientos de los faraones, inaccesibles, ni vivos ni muertos, en el interior del laberinto inextricable que los reodeaba, con la aureola de la vida eterna del monarca y de su siempre inminente e inquietante  regreso al mundo de los vivos.

La energía nuclear es la favorita de los gobiernos, aunque ahora callen y midan sus palabras por el miedo electoral y escénico, porque favorece un estado centralizado y policial. El enigma de su seguridad, de la que se nos persuade que es irreprochable -cuando se olvide esta catástrofe se volverá a decir, como ya ocurría hace unas semanas solo, tras la amnesia de Chernóbil- y la necesidad de que su creación y gestión esté en todo momento en manos de expertos, que se comunican solo con los centros del poder, y de que sus trabajadores especializados tengan el aura, discreta y alejada, de una élite laboral, todo ello, congenia con los deseos inveterados de todos los gobiernos de poseer en sus manos exclusivas el poder del calor, el hambre y la movilidad de todos sus súbditos o ciudadanos. Como ya previó, hace tantos siglos, Aristóteles, sólo las élites expertas se comunican entre sí mediante la razón, que negaba para las masas, a las que las minorías gobernantes solo se deben dirigir con los mecanismos de las retórica.

La desgana, por el contrario, y esa como desidia y abandono por la energía del sol (siempre hay argumentos para frenarla, sean económicos o técnicos: los dos juntos, ahora) tiene su explicación, por el contrario, en que la obtención de calor y luz del sol, su uso generalizado junto al conocimiento común de sus tecnologías, nos llevaría a una sociedad descentralizada y horizontal en la que cada casa se las entendería por su cuenta con nuestra estrella, imprivatizable. Ese mundo, de cariz ácrata, sin la omnipresencia avasalladora y abusiva del emporio empresarial que monopliza la energía en el planeta, ese mundo posible en que cada casa, comunidad o clan pudiera buscarse el calor por su cuenta, que para nada se quiere que imaginemos, nos evoca aquella afirmación de Chesterton de que la familia es ya el único espacio anarquista, de libertad y autogestión, imaginable.

Todo esto es lo que me parece que, porque queda muy al fondo de la maleza del debate, no deberíamos olvidar, tras las cáscaras amargas de esta actualidad catastrófica que estamos viviendo. Porque en cuanto se pase y olvide el dolor empático que nos provoca el desastre japonés, volverán los cantos de sirena de expertos y políticos sobre la necesidad ineludible de reconstruir el castillo de las siete murallas. Por nuestro bien, naturalmente.

República virtuosa

Según explicaba José Luis López Aranguren, el sustantivo «virtud» y el adjetivo «virtuoso» formaban parte del léxico moral dominante en el siglo XVIII. Hoy ha desaparecido prácticamente de nuestra lengua y, como no puede ser de otra manera, de la realidad que nombra y crea. La «virtus» romana, que aludía a una estimulante mezcla de honestidad y utilidad (como en la conseja que daba Cicerón a los jóvenes aspirantes a políticos, que tantas veces hemos recordado aquí) junto con una idea motivadora de la dignidad y la austeridad personales, desaparecidas también, o en vías de olvido e invisibilidad, de nuestro vocabulario y de las interpretaciones o análisis públicos. Recordaba Aranguren lo que en el pensar, por ejemplo, de Montesquieu, era evidente: la necesidad complementaria, en una república virtuosa, de la virtud política en las tareas de gobierno, de gobernantes y ciudadanos -en lo que le tocara a cada cual, como parte proporcional en esas tareas- y de la virtud moral, que se traduciría en la ausencia de lujos y en la frugalidad personales.

¡Qué vía nos separa del sueño de esa república virtuosa! Y no es sólo, por lo que se refiere a nosotros, que en el tristísimo e inane y obsesivo debate público español tengamos que seguir confundidos y atronados en la cacofonía de las mentiras e intoxicaciones de los medios y políticos de siempre sobre el atentado brutal de Madrid, o en nuestra interminable búsqueda del colmo de la corrupción, o en la frustración de comprobar, como hacía el periodista Román Orozco, los tristes récord nacionales en consumo de coca, de pornografía infantil o de fracaso escolar… O, ni siquiera, en la condena de tener que oír durante varios años más aún al cardenal Rouco en su anacrónico y fatigoso empeño por convertir la religión católica en asignatura obligatoria o su cruzada por el rosario o contra las leyes civiles. O la certidumbre cotidiana de que nadie en España dice la verdad en lo que gana, tiene y gasta o debe: ni los bancos ni tantos falsos pobres que así cuelan a sus hijos en guarderías o disfrutan becas inmerecidas o libros de textos y ordenadores gratuitos. O en ERES familiarios y quiebras fraudulentas. No, con lo mucho que es todo eso y todo, es mucho más.

Nos aleja del viejo sueño de una república virtuosa la confluencia de los capitales ociosos y hambrientos, que no cesan en su afán insaciable de nuevos mercados, con la ineptitud y parálisis de los partidos y élites que en la actualidad gobiernan -nominalmente- el mundo. Así, en este alejarnos acelerada e inconscientemente de la virtud política o moral, nos enteramos incólumes, a porta gayola, por decirlo a la manera taurina -la suerte del torero que recibe en la puerta de chiqueros-, por ejemplo, de que un «think-tank» empresarial internacional tiene almacenados en puertos y naves repartidos por el mundo el 7% de la producción global de cacao con vistas a la especulación acelerada de su precio. A porta gayola, con el convencimiento suicida de que el toro no nos va a embestir, pese a toda evidencia, alelados con el capotazo de una propaganda que todo lo trivializa con eufemismos, oímos, por ejemplo, de boca de los grandes banqueros, que esta crisis la superaremos «entre todos», sin frío ni calor, como hacía el presidente de nuestro BBVA, que se desespera por la lentitud en la reforma del «mercado laboral». Nos enteramos, para orientarnos y enterarnos del tenor de esas «necesarias reformas», de que en Wisconsin / USA se acaba de derogar por ley la negociación colectiva de los empleados públicos, reduciéndola exclusivamente al salario. Lejos de lo que aconseja, previsoramente, el refrán («cuando las barbas de tu vecino…») recibimos todo esto, un retroceso social tras otro, con la misma frescura hechizada y terrible del que cree vivir, pese a todo, en el mejor de los mundos posibles. Nuestro presidente, con sus inquietantes síntomas del pato cojo, nos vuelve a obsequiar con el inevitable reduccionismo salario-productividad y con más reformas aún al amparo de eso tan educativo que llaman en la UE  “pacto por el euro”, absolutamente necesario si queremos salir de…, etcétera.

En fin, que todas las líneas de la actualidad dibujan con toda precisión, querido lector, el escenario terrible de una guerra social global (con todas las de la ley: la primera víctima están siendo los sindicatos, arrinconados y a la defensiva, sin estrategias, ni ideas, ni capacidad de reacción) en la que la ofensiva del enemigo -el capital internacional, las organizaciones políticas y propagandísticas de la derecha y la despistada socialdemocracia que son su vanguardia institucional- en todas los frentes nos ha pillado a todos adormilados en el sueño consumista individual y paralizante, alelados entre el pago de la hipoteca y la búsqueda de la segunda vivienda, en el narcótico cotidiano del «finde», traspuestos en una duermevela fútil y acorchada de la que parece que no terminamos de despertar. El empobrecimiento y endeudamiento general de nuestras sociedades, la progresiva precariedad y deterioro de las condiciones de vida (las mismas condiciones, sólo que más extremas, que han provocado las revoluciones en las pueblos mediterráneos vecinos) no son sino sólo los primeros efectos de esta que podemos llamar, de forma nada melodramática, la guerra del fin del mundo: del mundo que se instauró, entre las albricias occidentales, tras la Guerra Fría…

En la plaza

Sentimientos

  1. Alegría: La remembranza de los versos procesionales con que comienza el hermoso poema de Vicente Aleixandre «En la plaza» acuden en mi ayuda para poner en palabras el sentimiento de alegría compartida con los egipcios que, transformando en hogar provisional la plaza de Tahrir del Cairo, han conseguido echar al tirano:
  2. Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
    sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
    llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado (…)

  3. Sorpresa: La de que nada está escrito ni predicho, por la sencilla razón de que no paran de nacer humanos y que, por tanto, el conjunto nunca está cerrado -deberíamos estar muertos para ello- y las estadísticas y previsiones siempre se pueden venir abajo y un nuevo comienzo es siempre posible. La sorpresa de que no hay fuerza organizada capaz de vencer la avalancha y la multitud de la gente cuando decide ser gente, sin más, autoorganizada y anónima, que quiere decir «sin nombre» ni bandería.
  4. Miedo: El miedo al consabido fin de que, en nombre del orden y la sensatez, al conjuro de palabras gastadas, pero no por ello menos eficaces («transición ordenada», «democracia») tantas vueltas y revueltas den en lo de siempre, como le pasa al perro para echarse. El miedo de que los egipcios se acaben creyendo la impecabilidad modélica de la transición española, tal como la quiere exportar el presidente Rodríguez Zapatero (y antes que él, Suárez o González), o que terminen por aceptar una tutela militar indefinida, en la inspiración de eso que llaman algunos, con mucha retranca, el «modelo turco».

Desengaños

  1. El papel, tan pregonado y glosado, de la Red (Facebook, Twitter y cía: gangas.internet.com …) no debe ocultarnos el principal y más eficaz medio de comunicación humano: el boca a boca. Basta consultar -en la internet, como no- los índices de internautas en Egipto, Túnez o, Libia. Gadafi, cuando se olió la que se venía encima, cortó en primer lugar los nodos de acceso al internet libio, como ya va a ser pauta obligatoria en los manuales y protocolos de golpistas y  tiranos. Los libios están, sin embargo, a las puertas de Trípoli.
  2. No olvidemos, por más que nos machaquen con la propaganda de las futuras elecciones libres o futuras reformas constitucionales (siempre futuras), que, más que hambre de democracia, lo que ha movido a estos millones de personas a lanzarse a la calle ha sido el hambre-hambre, de la de verdad, la que sube hasta la boca su flato de vacío; el paro-paro, del de verdad, sin subsidio y a palo seco… En el cementerio de El Cairo hace años que muchos egipcios sin techo improvisaron, entre las tumbas (algunas de sólida construcción y plausible habitabilidad, como en todos los cementerios: hay clases) de los muertos casas para una vida más confortable de los vivos.
  3. El papelón de los gobiernos europeos: tan acobardados, pusilánimes e indecisos como siempre, más preocupados del precio del petróleo y las avalanchas de refugiados que de la suerte de tantos miles de ciudadanos. El papelón de nuestra flamante y balbuciente ministra de Exteriores, apresurándose a explicar, madrugadora, que Marruecos no es como los demás (la herida abierta del Sáhara, el miedo de Ceuta y Melilla, el miedo al fin de los acuerdos pesqueros), que es amigo fiel y reformador; el papelón del presidente aventurando un Plan Marshall Privado, sin dineros, sin plazos, sin carne ni pescado, sin color, como su Alianza de Civilizaciones; la irritante, por cansada y rancia, invocación a la Modélica Transición entendida como panacea universal.

Esperanzas

  1. De que la ONU invoque y aplique en Libia el protocolo conocido como «Responsabilidad de proteger» (lo conocí y entendí gracias a Jean Ziegler en su «Odio a Occidente»), antes de que se generalice allí una guerra civil sangrienta, pero evitable.
  2. La esperanza de que, contra todos los pronósticos, los tunecinos, libios, egipcios o yemeníes no olviden el sabor de la liebre (la libertad, la alegría de estar juntos en la plaza, el apoyo mutuo y la organización espontánea) les haya hecho aborrecer el bocado duro y difícil, el aroma consabido del gato. En Europa ya nos hemos acostumbrado a él.
  3. La esperanza en que las mujeres de estos países, que uno adivina como el sujeto histórico de la única y quizá última revolución pendiente  que nos queda, aconsejen y guíen a sus hombres en la travesía inédita, en este tiempo que se nos prometía aburrido y sin sorpresas, que han iniciado. Es la esperanza para todos, y sería hermoso que fueran nuestras antiguas y esquilmadas colonias las que nos señalaran el camino y nos transmitieran su fuerza, su decisión y su alegría.

Microcosmos sociales

No hablar de algo es condenarlo a la invisibilidad; por eso hablamos aquí hoy de la economía social y, más allá, de la necesidad de construir nuevos microcosmos sociales habitables, en que poder vivir y crear pequeñas utopías, frente a la angustiante fragilidad e inestabilidad de los escenarios móviles y desposeídos de sentido a los que el capitalismo contemporáneo nos condena.


Con cuanto trabajo se cuela, entre la maraña textual de los análisis y relatos estereotipados con que los Medios nos educan, alguna información que desentone y nos obligue a cambiar, siquiera mínimamente, la perspectiva con que miramos y entendemos la realidad en que se nos obliga a creer, en esa comunión diaria en que todos comulgamos. El otro día, por ejemplo, se coló, en las páginas del diario «Público», en un recuadro no muy grande de la sección que allí se llama, como en tantos otros periódicos, ay, «Dinero», un resumen de los principales resultados de un estudio de CEPES (Confederación de Entidades para la Economía Social de Andalucía), presentado en Málaga por su vicepresidente Francisco Moreno. En ese informe, realizado por la cooperativa Nexo (predican con el ejemplo) según se lee en su página web, se señala que 4 de cada 10 empresas de economía social pretende llevar a cabo nuevos contratos de trabajo durante 2011.

Las 8.450 empresas sociales (es decir, empresas pequeñas y medianas, con predominio de cooperativas y autónomos) que hay registradas en Andalucía (cerca del 20% de todas España) sólo han generado, según la fuente de que leo, 614 despidos en 2010, menos del 1% de los 74.256 trabajadores que ocupan estas empresas. El vicepresidente de CEPES contrastaba estos datos con los que había presentado Addeco (grupo internacional de empleo precario) que sostenía que más del 74% de las empresas tradicionales no crearían empleo en Andalucía. Yo espero, desde hace tiempo, el juicio público al empresariado tradicional español, siempre quejoso y ventajista, que nunca ha asumido su responsabilidad en la debacle de paro que padecemos y en la mala vida a que ha condenado a tantas familias trabajadoras de nuestro país.

Me he demorado tanto en los detalles por ver de combatir, en la mínima parte que me toca, la invisibilidad a que se condena en los corros informativos españoles esto que se llama «economía social», en favor de las obscenas subidas y bajadas bursátiles de las grandes empresas, de sus despidos masivos, de sus trapicheos inversores o de sus obscenos repartos de dividendos que llenan las páginas color salmón de los periódicos. Y también porque estas empresas pequeñas, que suelen ser las más innovadoras y laboriosas, intentan mantener la trama social de una clase trabajadora fragmentada y angustiada por el «no futuro» punqui a que la condena el mercado universal. Ya hemos dedicado aquí -fuimos, en nuestra modestia, de los primeros en hacerlo, en la columna semanal de «La Opinión» y, después, en el blog- espacio y tiempo de análisis a la «somatización» del desamparo del obrero contemporáneo, condenado a la desaparición de la antigua urdimbre de apoyo mutuo y cultura social alternativa, que lo sostuvo durante decenios, y cuyo extremo más angustioso ha sido el de los «suicidios laborales» en el centro mismo de trabajo.

Frente a ese «no futuro», que delata como decimos aquí a menudo, la naturaleza profundamente nihilista del capitalismo contemporáneo, a la clase obrera -mejor: a lo que va quedando de ella, antaño tan orgullosa- y a quienes, por origen y elección ligamos con ella nuestras vidas, no le queda más remedio que autoorganizarse en los escenarios móviles (cambio de trabajo a paro y viceversa, cambio de ciudad o país, cambio de azar familiar, cambio de fortuna) e imprevisibles en organización espontánea de nuevos espacios fraternales y habitables donde podamos reconstituir la ayuda mutua, la creación -precaria, como todo en este tiempo apocalíptico- cotidiana de mínimas utopías sociales y de una nueva sentimentalidad.

Franco Ingrassia, el activista asambleario argentino, decía en una entrevista reciente que «en condiciones de dispersión no hay cadenas que romper, sino experiencias colectivas que componer y sostener en entornos altamente variables». Sólo así podríamos vivir, aunque sea en pequeños e inestables microcosmos sociales, el procomún necesario al que aspiramos, tal como lo entendemos hoy, es decir, con la inclusión, junto a al bien común humano, de los bienes naturales y los derechos de los demás seres vivos con quienes compartimos el planeta. Montar una simple cooperativa (donde los socios trabajadores se puedan tomar unas cervezas en el taller al acabar la jornada, como hacen en uno que conozco, con las familias reunidas al menos una vez al mes, para hablar de sus cosas y reírse un rato en el mismo tajo), aunque parezca tan banal, puede ser, en esta fragmentación y dispersión social, en esta desorientación política y filosófica insoportable que sufrimos, un mínimo pero necesario acto revolucionario.

Viejos y culpables

Como otras veces, seguimos buscando aquí la razón crítica que hemos perdido en el camino en favor de la razón económica bienpensante. En esta entrada, lo hacemos a propósito de la nefasta reforma del sistema de pensiones públicas o del paro juvenil, éticamente insoportable. Lo hacemos con la ayuda de voces tan dispares como las de Soledad Gallego, Miren Etxezarreta o Ángel Ossorio y Gallardo, el lúcido abogado y político republicano.


Hay dos cosas que son especialmente enojosas en este incierto tiempo en que vivimos: una es la resignación civil ante cosas tan graves como la culpabilización de la vejez a cuenta de la supuesta falta de recursos para protegerla con pensiones dignas o la indiferencia con que aceptamos convivir con un 43% de nuestros jóvenes sin trabajo, sin dinero y -casi, si prospera la censura de las descargas- sin «rock and roll». ¡Qué grima da enterarnos de la oferta de inmigración hecha a jóvenes técnicos españoles por parte del poderoso hermano alemán!

Más enojoso aún me resulta la monotonía en los análisis y propuestas de los economistas que, como en un mantra budista, repiten hasta el hartazgo las consabidas fórmulas de la economía capitalista cuando se ve en apuros, que no solucionan nada, ensayadas mil veces, y que nos traen tan a mal traer. Por eso, por escapar a la modorra, hastío y quieta desesperación en que nos sume ese mantra, muchos buscamos con inquietud alguna voz que discrepe y sea crítica de verdad frente a la resignación común. Y sí, a pesar de todo, algunas encontramos: algunos viejos y decentes periodistas como Soledad Gallego en «El País», por ejemplo, levanta un poco el tono para que nos revolvamos contra la indecencia del paro y «no futuro» a que se está condenando a la juventud española; o una economista heterodoxa, como Miren Etxezarreta, en «Público», que discrepa de la monodia ortodoxa sobre el retiro laboral. La ortodoxia que pide, sin cansarse, nuevos y continuados sacrificios al dios Mercado para calmar su furia desatada por la codicia de ese inmenso botín que son las pensiones públicas. Agarrémonos, aunque solo sea para animarnos un poco, a lo que dicen esas pocas voces críticas.

Miren Etxezarreta, coincidiendo en eso con el pensar común, discute la premisa de que parte la versión oficial, que es que no habrá recursos para las pensiones en un futuro próximo. Rebate, de forma brillante, según me parece, la argucia que relaciona la financiación del retiro con el crecimiento de la población activa. La versión dominante del problema deja así al descubierto -aunque lo que está más a la luz es lo que peor se ve- lo evidente: que las pensiones la costean los trabajadores. Pero como ella dice muy bien, la riqueza que genera un país como España la absorbe en un 50% el capital y sólo la mitad va a parar a las clases asalariadas. Sucede, además -según explica ella de forma didáctica- que según evoluciona un sistema económico, cada vez se produce más riqueza con menos personas. Así que, en definitiva, la verdadera razón de esa supuesta necesidad urgente de reformar la edad del retiro, y los años cotizados, es la codicia por el estupendo negocio de los fondos de pensiones que, según Miren Etxezarreta, suponen ahora mismo el 35% de todas las acciones existentes en nuestro mundo.

Más allá del azar concreto de pensiones y paro juvenil, lo que, en el fondo, más me llena de inquietud es el olvido, la desaparición fáctica en el debate público de la injusticia intrínseca del modo de producción capitalista, cuando debería ser más evidente que nunca porque tan a las claras se ha visto en esta crisis (que ha sido la del rey desnudo). Como en ningún otro momento histórico, nos ha sido dado ver, de forma tan obscena, la servidumbre de los gobiernos occidentales a los dictados de la especulación del dinero.

Mientras leía la hermosa y lúcida biografía-homenaje que escribió Ángel Ossorio y Gallardo en honor de su amigo Luis Companys, el último presidente de la Generalitat (capturado en Francia, como recordarán, por la GESTAPO y devuelto a España, donde fue fusilado en 1940), pensaba, además, que esta amnesia resignada que sufrimos es también un retroceso tremendo respecto a la irrepetible generación republicana. Ossorio y Gallardo fue un político conservador -él mismo se define así en varias ocasiones en su hermoso libro, escrito en el exilio de Buenos Aires, pero ¡qué diferencia con los conservadores actuales!- que, con una lucidez que hemos perdido en el camino, decía cosas como esta: «El régimen económico en que vivimos es esencialmente injusto, porque el sistema de simple salariado es indefendible. La plusvalía, es decir, el sobrante de ganancia después de pagar primeras materias, mano de obra, gastos generales, reserva prudente e interés moderado al capital, se la lleva hoy el capitalista. Así, vemos que hay sociedades anónimas donde las acciones reditúan al 10, el 15, el 30, el 30%, y vemos también con harta frecuencia que el dueño de un negocio se hace multimillonario. Y no son ni los accionistas ni el dueño quienes han creado la riqueza. La ha creado el trabajador».

Disculpe el benevolente lector la larga cita, pero pienso que vale la pena en lo que de útil tienen las comparaciones y las vidas paralelas. ¿Ha oído el lector hablar así -y no se olvide que Ossorio y Gallardo era un abogado de clase media, de creencias cristianas arraigadas y políticamente moderado, no marxista- a alguno de nuestros sindicalistas, políticos del PSOE o de IU, estudiantes universitarios? He llamado a este texto «Viejos y culpables» en un sentido doble: culpables nosotros por durar más y querer una pensión a una edad decente; pero viejos y culpables también nuestros mayores republicanos, aquellos que, como Ángel Ossorio o Companys y tantos y tantos a los que se regatea el honor y el recuerdo compartido, se enfrentaron con tanta dignidad y lucidez a la injusticia, la mentira y el desamparo…