La mujer que se enamoró de Málaga (I)

Atardecer en una playa malagueña.

Atardecer en una playa malagueña.

Mi padre me mandó llamar a la cocina, mientras mi madre, a la que se le notaba en los ojos que había estado llorando, removía los rescoldos de la lumbre del hogar y me ordenó sentarme a su lado.

Mi padre, un labrador muy humilde pero serio y bondadoso, en tono quedo y pausado, me comentó que mi tío había enviudado y que como de su matrimonio habían quedado niños pequeños que cuidar, andaba buscando una nueva esposa que atendiera a sus hijos y le permitiera, sin sobresaltos ni miedos, continuar con sus tareas y trabajos.

Yo casi no conocía a mi tío, un hombre trece años mayor que yo, pues mis recuerdos de él eran lejanos, de cuando era una niña y sólo le recordaba de cuando vino en busca de mi hermano mayor para llevárselo e instruirle en el arte de bordar la madera para los curas de Teruel. Lo recuerdo porque le soltó algunas monedas de plata a mi padre por ello y eso nos permitió reparar las goteras de la casa y comprar semillas y aperos para el huerto.

Mi padre me dijo que mi tío había pedido casarse conmigo y que él había dado su consentimiento, sólo con la condición de mi aprobación y que por eso me lo estaba contando, porque si decía que sí, el tío vendría a buscarme y me llevaría con él lejos de esta casa y para siempre.

Mire a mi madre con ojos preguntones pero ella apartó la cara. De repente me encontré con los ojos inquisidores de mi padre mirándome fijamente, fue entonces cuando por primera vez reparé en las arrugas de su cara y comprendí que se había hecho viejo y que seguramente ésta era la única manera que el tenía de mitigar su pobreza y vivir el resto de sus días sin los sobresaltos que hasta ahora le había regalado la vida. Entonces acepté. Como éramos muy pobres, fue mi propio tío quien tuvo que darle la dote a mi padre, que sé que fue generosa, y un mes después, con la licencia papal para poder hacerlo, mi tío y yo nos casamos en la Catedral de Cuenca.

Dormimos en su casa y aunque mi santa madre me había instruido para el momento de yacer con él en la misma cama, confieso que estaba aterrada. Pero él, con quien apenas había cruzado varias palabras, se acercó a mí, e indicándome que no tuviera miedo y que yacería conmigo cuando yo lo deseara y estuviera preparada, beso mis manos y con una dulzura inmensa escrita en sus ojos y la bondad bordada en sus labios, se marchó del cuarto. Ese día, en ese preciso instante, mi tío se convirtió en mi esposo, porque justo en esos momentos de soledad, mientras la noche me llamaba a un sueño que no llegaba nunca, me enamoré de él perdidamente y para siempre.

Dos días después en dos carromatos y con tres más de ajuares y cosas de mi esposo, más unos cuantos hombres de guardia a caballo, partimos para una ciudad que se llamaba Málaga y donde mi esposo tenía techo y trabajo.

El camino fue tortuoso, viajaba con nosotros María, la hermana menor de mi esposo y enseguida, casi nada más vernos, nos hicimos cómplices y amigas. Ella protestaba mucho por el viaje, por el polvo, por los baches de los caminos y las miradas de arrieros y mesoneros cuando parábamos a comer. Para mí, ese viaje era la oportunidad que Dios me daba para conocer el mundo, para ver otras gentes que no fueran los labradores de Corbalán, mi pueblo, y aunque alguna vez había acompañado a mi madre a Teruel para comprar telas en el mercado moruno y conocía Cuenca de los días que pasé allí de cuando mi boda, todo lo que mis ojos descubrían me parecía nuevo y todo me parecía más hermoso, como si tuviera una luz dentro. Sentía algo que no había conocido antes y me pasaba el día riendo junto a María, criticando a los hombres que nos acompañaban y la miraban con descaro y por primera vez comprendí que había tenido suerte y supe que sería feliz.

Málaga me sorprendió con un día de la recién estrenada primavera. Olía a flores y su clima, muy lejano a los rigores fríos de mi pueblo y al de los páramos castellanos, era templado y dulce, sostenido por una luminosidad desconocida que todo lo envolvía y un sol que calentaba mi cara y me permitía sentirme viva.

Mi esposo vivía en La Catedral. Yo no había visto nunca como se hacia una. Tenía una torre sola y los obreros estaban terminando la otra. Mi esposo, a quienes todos llamaban maestro, estaba viviendo en la torre que estaba acabada, junto al campanero, que resulta que también era familia nuestra, aunque lejana, porque una de sus hijas estaba casada con un sobrino de mi marido. Se llevaban muy bien y eran grandes amigos. Fue entonces cuando mi esposo me presentó a un cura que al parecer era el maestro de todos y que tenía un carácter bondadoso y que se llamaba Antonio Ramos y cuando nos quedamos solos mi marido me dijo de él que era un genio.

María me dijo que mientras los criados llevaban las cosas a mi nueva casa quería enseñarme algo. Nos acompañó, para guardarnos, uno de los criados que apenas podía seguir nuestros pasos corriendo hacia lo que ella quería enseñarme. Volábamos entre las callejuelas camino de una plaza muy grande que llamaban de las Cuatro Calles y corríamos sorteando carretas, gitanos, vendedores de ropa y frutas, especieros, carros, carromatos y soldados, por una calle muy ancha que llamaban Nueva y que terminaba junto a una muralla que tenía una torre y una campana en una plaza donde había una horca y que llamaban la Puerta del Mar.

Entonces lo supe, comprendí en seguida que lo que quería enseñarme era, por primera vez, el mar.

Cruzamos la puerta y estuve a punto de perder el equilibrio. Frente a mí, después de una playa inmensa de arena dorada, se encontraba la cosa más bonita del mundo, más azul aún que el cielo, que con un ruido constante y sencillo, volcaba espuma blanca en la playa.

Toque con mis pies el agua que estaba fría, como de montaña. Entonces pregunté a María «¿Dónde se acaba?». Allá enfrente, donde los moros, esos que construyeron La Alcazaba que es eso que tenemos a nuestra espalda. Me volví y vi un trozo de Teruel con muros que el sol convertía en naranja. Ella continuó diciendo que la otra orilla, la de los moros, se llamaba África…

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Comentarios

Cuantas tonterias pueden escrivir algunas personas

Es un relato con encanto o así nos parece a los que estamos llenos de nuestra provincia como la dama en cuestión. Ella se enamoró de esta ciudad azul, y blanca, y azul. No es difícil amar algo tan hermoso; lo anecdótico sería mirar la costa atardecida desde Gibralfaro y no suspirar; dejar que el sol entre en nosotros una mañana de febrero y no tiritar de placer. Abrir los brazos en una mar calma de julio, mirar las cercanas colinas que limitan la escasa Málaga llana y no adivinar que es ésta una ciudad especial. Espero la próxima entrega de esta dama enamorada de una ciudad, de una provincia que enamora.

Me ha encantado leer esta historia y me ha animado a buscar el nombre de la protagonista, el cual, por otro lado, no aparece en el texto. Conocer quien así se enamoró de Málaga merece la pena para mí como malagueña. Y ya que está proximo el 8 de marzo en que se celebra el Día Internacional de la Mujer, no estaria de más “visibilizar” con nombre y apellidos a esta mujer. Insisto en mi felicitación por ofrecernos esta descripción de Málaga a través de los ojos de Mª Antonia Conejos.

Escribir es con “b”

Has adivinado correctamente el personaje. Como muy bien indicas es María Antonia Conejos.

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