El mejor médico del mundo, un malagueño universal
Hace mucho tiempo, en los albores de la ciencia, en un lugar del mundo llamado Al Andalus, la gente pensaba que había dos tipos diferentes de conocimientos: Los autóctonos y los importados. Como la inmensa mayoría de la población era árabe, a este último tipo de conocimiento no árabe, se le conocía como «la ciencia de los antiguos» es decir, proveniente fundamentalmente de textos griegos, y sin duda, el más importante de todo este conocimiento era la medicina.
La España musulmana, fundamentalmente compuesta por militares, muchos de ellos bereberes, no se distinguía por sus avances científicos. Resulta sintomático que casi toda la medicina que se practicaba entonces, se hiciera por sanadores o curanderos que utilizaban métodos cabalísticos para sanar. El método usado, no deja de ser curioso, era el sistema llamado del alfabeto chico. A cada letra se le asignaba un número, así, la «a» valía uno, la «b» dos, la «c» tres y la «d» cuatro. Luego, la «e» volvía a valer uno, la «h» dos y así sucesivamente.
Para saber el origen de la enfermedad de una persona, se cogían las letras de su nombre y se pasaban a números, luego se sumaba el número del día en que cayó enfermo y el total, se dividía entre siete. Si la división resultaba exacta, la enfermedad era sencillamente enojo; pero si el resto era uno, se padecía ictericia,; si era dos, fiebre; si tres, encantamiento; si cuatro, la causa era el aire maligno del diablo; si era cinco, se trataba de melancolía y el seis era la causa para el humor colérico.
Es con Abderramán II cuando se impulsa la ciencia médica de manera muy notable. Antes, en Bagdad, los califas abbasíes habían creado la llamada Casa de la Sabiduría, donde se concentraron los más importantes fondos bibliográficos y los mejores científicos de aquellos tiempos. Desde allí, se tradujeron los textos clásicos y el saber del mundo se trasmitió a través de las tierras que el mundo árabe acababa de conquistar. Y aunque en tiempos del Emirato de Córdoba la medicina estaba aún en pañales, un médico, Ibn Habib, destacó por encima de todos.
Este médico, poseyó un amplio conocimiento de los vegetales que supo unir con las traducciones de los textos helenísticos que caían en sus manos, estamos hablando prácticamente del uso común del medicamento, quizás un invento de nuestros médicos andalusíes.
El impulso definitivo a la medicina mundial de aquellos tiempos se produjo en la época del Califato de Córdoba, con la regencia de Abderramán III y su hijo Al-Hakam II. Es el momento en que llega a Al Andalus la traducción de la obra del médico griego Dióscores, su Materia Médica, el libro mas importante de entonces en esa disciplina y además gran foco de polémica. Fue un regalo del rey de Bizancio, Constantino VII a Abderramán, y fue el libro desde el que bebieron todas las ilustres mentes y grandes sabios del Califato.
Después desmembrado el poder de los omeyas, llegaron las Taifas y aquellos aguerridos almohades y almorávides, y aunque la ciencia y la medicina árabes se precipitaban inexorablemente hacia el final de su esplendor, llegaron Averroes, Maimónides y Avenzoar, grandes personajes de la Historia, contemporáneos del médico más grande de Al Andalus y uno de los mas grandes de todos los tiempos, el malagueño Ibn al-Baytar, con quien la medicina llega a lo mas alto del conocimiento. Averroes, en palabras de Joan Vernet, famoso arabista español recientemente fallecido, es sin duda «el español que mas influjo ha ejercido en todo lo largo de la historia del pensamiento humano2. Su gran obra médica fue el llamado Colliget, un fabuloso estudio sobre anatomía, patología, semiótica, higiene y medicación y un libro que durante mucho tiempo fue ampliamente difundido por los científicos de toda Europa.
Maimónides, gran discípulo de Averroes y autor entre otros de grandes tratados de medicina como su Tratado sobre los venenos o la Guía de la Buena Salud, fue probablemente el mejor médico de origen judío de la Historia. Exiliado por temor a la intolerancia y el fanatismo de los almohades, fue el médico personal del sultan Saladino y nombrado dirigente de la comunidad judía de El Cairo hasta su muerte en diciembre de 1204.
Avenzoar fue el primer médico andalusí que solo escribió sobre medicina. En su libro Taysir, un manual de terapéutica y profilaxis, describe por primera vez el absceso de pericardio. Admirado por el gran Averroes, llego a recomendar la traqueotomía y la alimentación artificial, siendo un eficaz combatiente del arador de la sarna donde explica su carácter, el contagio y el modo de curación. Pero por encima de todos, los malagueños tenemos el honor de haber dado a la vida al mejor médico del mundo de aquel entonces, auténtico creador de la farmacología, increíblemente adelantado a su tiempo y verdadero impulsor de las ciencias y de la botánica del siglo XIII. Realmente se llamaba Diya al-Din Abu Muhamad Abd Allah ibn Ahmad al-Malaqí, es decir, «El Malagueño», aunque también se le llegó a conocer como al-Nabatí, es decir, “«l Botánico”«, aunque comúnmente ha pasado a la historia como Ibn al-Baytar, es decir, «el hijo de El Veterinario». Se cree que nació hacia 1190 en Benalmádena y murió en 1248 en Damasco, Siria. Fue nombrado botánico jefe por el sultan de Egipto. Su obra mas importante es el Libro de medicinas y productos alimenticios simples y fue sin duda, en lo que a la salud respecta, el libro más importante de toda la Edad Media. Son famosas por su erudición y forma de redacción sus recetas.
Ahora, tristemente olvidado, como tantos otros, en el aniversario de su muerte, acaecida en Damasco, un día de diciembre de 1248, es justo recordarlo, reconociendo con orgullo su origen malagueño. Uno de los mas grandes hombres que la Medicina ha dado.
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