El ángel de Málaga

Quería ser sacerdote, pero su madre, una mujer sabia y bondadosa, le convenció para que se hiciera médico. Después, cuando él quería ser otorrinolaringólogo, volvió a convencerle para que se hiciera obstetra, para ello, tan solo tuvo que hacerle ver la cantidad de mujeres que por aquel entonces morían en Málaga al dar a luz. Movido por ese sentimiento innato que siempre le caracterizó de servir a los demás, abrazó la especialidad y fue, para toda su vida, uno de los mejores ginecólogos que el mundo ha tenido la oportunidad de conocer. Nació un 28 de septiembre de 1866 y a los 22 años de edad ya era médico. Decidió emigrar en busca de conocimientos y por eso sus pasos le llevaron a tierras de Francia y de Alemania. Después, con tan solo 27 años regresó a su Málaga natal como obstetra. Comenzó entonces a trabajar en el Hospital Civil, sin sueldo, donde 30 años después era su director y donde dedicó 59 años de su vida. En esos 59 años de atenciones, 240.000 enfermas pasaron por sus consultas, una cantidad increíble de pacientes que nos dice bien a las claras la dedicación que prestó a su trabajo. Sin embargo, aún así, careciendo prácticamente de tiempo, fue alcalde de Málaga durante el periodo de 1923 a 1926. Un día de primavera del mes de abril de 1952 se reunió con su Dios, con quien tantas conversaciones había tenido. Si hubiera conocido a Semmelweiss, de quien en estas mismas páginas les hablé el domingo pasado, seguro que habrían sido amigos. Los dos eran almas gemelas, dos hombres cuya mayor preocupación era el evitar el sufrimiento de sus semejantes, dos hombres únicos y prácticamente irrepetibles. Sin embargo, sí conoció, sin duda, las teorías del fallecido doctor húngaro. Y las aplicó, vaya si las aplicó. Revolucionó la obstetricia española desde sus raíces por ello, no dudo en separar a las parturientas de los hospitales, «no son enfermas» postulaba, para crear un centro especializado solo para su atención antes, durante y después del parto. Por eso, en 1924 junto con la reina María Cristina, Fundó en Madrid, la Escuela de Matronas y la Casa Salud Santa Cristina. Por primera vez en España había una maternidad y una escuela de matronas y enfermeras. En su inauguración por el rey Alfonso XIII, el propio monarca reconoció la importancia de su creación, pues su finalidad era «el alivio de mujeres desvalidas y la enseñanza teórica y práctica de matronas», ya que hasta entonces, normalmente las mujeres tenían sus hijos en sus propias casas, sin cuidados específicos y con abundantes riegos para madres y recién nacidos, mientras que pariendo en un centro médico, todos estos riesgos se minimizaban. Así, posteriormente, inauguró también, la Maternidad Provincial de Málaga y las Escuelas del Ave María también en nuestra ciudad.

Por distintos caminos pero con el mismo efecto se había postulado, al igual que su colega el doctor Semmelweiss, a favor de la mujer y de su salud, donde en ninguna de sus salas de parto faltó nunca un lavabo. El 13 de julio de 1898 practicó la primera cesárea post mortem en Andalucía. El resultado fue una niña, que él mismo apadrinó, y que fue recordada para siempre y desde entonces, como la niña de la ciencia. Además de su grandeza como científico y como fundador, fue un hombre místico, bueno y religioso. Muy parco en palabras, la verdad es que hablaba lo justo, quizás por su humildad y por esa grave miopía que siempre le perseguía, tenía gran fama de despistado. Sin embargo, el reconocimiento social siempre fue una constante en su vida. Fue nombrado Alcalde Honorario de Málaga, presidente de la Asociación Nacional de la Beneficencia, Medalla de Oro del Trabajo, Cruz del Mérito Militar y la Orden de Alfonso X el Sabio. Con un fino sentido del humor, como cuando afirmaba que sus yernos los aviadores García Morato y Carlos Haya, habían «planeado muy bien al casarse con sus hijas…» fue un hombre que conoció la riqueza pero que también la repartía con humildad y gran sentido cristiano de la caridad. Dejó poca fortuna a sus herederos, «como lo he ganado lo he gastado, calificarlo de vanidad o de caridad», dejó escrito. Nunca se vanaglorió por su trabajo, y como todos los grandes genios, también tenía sus pequeñas manías, por eso, nunca pudo permitir que nadie se sentara a su mesa en manga corta, ni tan siquiera en esos días de verano donde el calor malagueño se hace tan asfixiante. Asiduo visitante de los pobres y leprosos del Hospital Civil, él mismo lavaba sus heridas y era costumbre verlo en la Catedral, con sus 70 años, rezando su rosario diario, siempre con los brazos en cruz… Cuando en su lecho de muerte el ministro que fue a visitarle le preguntó por si necesitaba algo, le contestó: «una borriquilla para las Hermanas de los Pobres, ya que la que tenían se les ha muerto y no pueden hacer la compra y la necesitan». Fue un hombre bondadoso, caritativo y siempre preocupado por sus semejantes a quien ni en las peores circunstancias dejó de lado. Por eso, no era raro verle implorar ante el Gobernador Civil por la vida de los presos de la Guerra Civil. Está propuesto para ser canonizado… Se llamaba José Gálvez Ginachero y fue un ángel que una vez pisó las calles de Málaga.

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