El salvador de las madres
En la orilla derecha del río Danubio, había una ciudad llamada Buda que recibía ese nombre porque allí hay un monasterio budista que conserva las reliquias de un monje mongol del siglo IX que acompañó a los magiares en su expansión por esas tierras. En frente, en la orilla izquierda estaba la ciudad de Pest que recibía ese nombre por la pestilencia de los sumideros de un matadero que allí se encontraba. Ambas ciudades un día se juntaron y crearon la ciudad de Budapest, actualmente la capital de Hungría. Fue en Buda, donde un 18 de julio del año 1818, por primera vez vio la luz del mundo Ignác Fülöp Semmelweiss, un niño de origen alemán, que por aciertos del destino, ya que iba para abogado, acabó convirtiéndose en médico.
Formado en la Universidad de Pest, cursó sus estudios médicos en Viena en su Hospital General, siendo sus maestros los prestigiosos médicos Joseph Skoda que impartía cínica médica, Carl von Rokitansky que era su profesor de anatomía patológica y finalmente Ferdinand von Hebra, un dermatólogo. En 1844 se licencia en Medicina y comienza a trabajar con su maestro Rokitansky donde desde el primer momento se entusiasmó con el estudio de las infecciones en el campo de la cirugía. Tenía entonces 24 años y andaba obsesionado por algo que observaba constantemente: «Todo lo que aquí se hace me parece muy inútil; los fallecimientos se suceden de la forma más simple. Se continúa operando, sin embargo, sin tratar de saber verdaderamente por qué tal enfermo sucumbe antes que otros en casos idénticos». Obtiene su doctorado en Obstetricia a los 28 años y es nombrado asistente en el Hospital del Hospicio General de Viena. Eran tiempos en los que la medicina dejaba su oscurantismo. Aparecieron grandes médicos el doctor Virchow demuestra que los seres vivos estamos formados por células, Claude Bernard descubre la primera enzima, la lipasa pancreática y Luis Pasteur, Robert Koch y Joseph Lister demuestran que las infecciones tienen siempre parecidos orígenes. Son los primero tiempos en los que se anestesia a los pacientes antes de ser intervenidos quirúrgicamente para lo que se emplea el éter y donde grandes investigadores no cesaban en su empeño de hacer la vida más fácil a todo ser humano que tenía la mala suerte de ponerse enfermo. En 1843 la llamada Fiebre Puerperal causaba estragos entre las mujeres que daban a luz. Se trata de una infección severa que aparece en los 15 días posteriores al parto como consecuencia de las lesiones ocurridas en él y que era origen de una dramática mortalidad entre las mujeres que enfermaban. En aquellos años, los médicos que atendían en los partos eran los encargados de hacer también las autopsias de las mujeres que morían en ellos. Fue precisamente en ese año de 1843 cuando Oliver Wendell Holmes publica un libro que lleva por título «Acerca del contagio de la fiebre puerperal», donde recomienda expresamente que «un médico dedicado a atender partos debe abstenerse de participar en necropsias de mujeres fallecidas por fiebre puerperal, y si lo hiciera deberá lavarse cuidadosamente, cambiar toda su ropa, y esperar al menos 24 horas antes de atender un parto». Algo que hoy en día parece lógico y normal pero que para las autoridades sanitarias de aquella época les parecía un disparate. Dos de los obstetras más importantes del momento, los estadounidenses Hodge y Meigs, se burlan y rechazan públicamente las recomendaciones de Holmes. Y mientras tanto, silenciosamente, nuestro hombre, el ya doctor Semmelweiss, lleva ya cuatro incansables años investigando en el Hospital donde trabaja, observando impotente como mujeres jóvenes que acaban de parir mueren entre grandes dolores, altísima fiebre y un olor fétido y nauseabundo. En la sala de partos de su Hospital dirigida por su superior, el doctor Klein, ese año de 1846 la mortalidad de las parturientas es del noventa y seis por ciento. A la vez, en una sala contigua de partos dirigida por el doctor Bartch, la mortalidad es «tan solo» de un 30%. Se da cuenta de que a los partos atendidos por Klein acuden estudiantes provenientes del Pabellón de Anatomía y después de sus sesiones de medicina forense. Se da cuenta además que los índices de mortalidad del doctor Bartch aumentan también cuando estos estudiantes visitan también su sala de partos. Deduce que los estudiantes «transportan algún tipo de materia putrefacta» desde los cadáveres que analizan hasta las mujeres. Se da cuenta además de que las mujeres que dan a luz en la calle tienen menos mortalidad que las que lo hacen en el Hospital. El no sabe que es el «algo» que infecta a sus pacientes, pero sí sabe quienes son los transmisores. Habla con Klein que se muestra en desacuerdo con sus conclusiones, ya que el tiene la certeza de que es la brusquedad de los estudiantes al realizar las inspecciones vaginales o su origen extranjero la causa del problema. Semmelweiss escribe a su amigo Markusovsky: «No puedo dormir ya. El desesperante sonido de la campanilla que precede al sacerdote portador del viático ha penetrado para siempre en la paz de mi alma. Todos los horrores, de los que diariamente soy impotente testigo, me hacen la vida imposible. No puedo permanecer en la situación actual, donde todo es oscuro, donde lo único categórico es el número de muertos». En octubre de 1846 decide instalar un lavabo a la entrada de la sala de partos y obliga a todos los estudiantes a lavarse las manos antes de entrar en ella. Por ello, el día 20 de ese mismo mes, el doctor Klein le despide intempestivamente. Sin embargo, poco después, el profesor de anatomía, el doctor Kolletschka, se produce un corte en una disección, tiene una sintomatología parecida y fallece con síntomas parecidos a los de sus enfermas. No lo duda, está convencido de que la causa de todo está en la manipulación de los cadáveres. «Este acontecimiento me sensibilizó extraordinariamente y, cuando conocí todos los detalles de la enfermedad que le había matado, la noción de identidad de este mal con la infección puerperal de la que morían las parturientas se impuso tan bruscamente en mi espíritu, con una claridad tan deslumbradora, que desde entonces dejé de buscar por otros sitios». Entra a trabajar por recomendación de Skoda en el paritorio de Bratch y solicita expresamente que los estudiantes de Klein pasen a su sala de partos. Aumenta la mortalidad, entonces prepara un desinfectante a base de cloruro cálcico y obliga a todos los estudiantes que hayan trabajado en disecciones a lavarse las manos antes de examinar a las pacientes. La mortalidad desciende entonces vertiginosamente. Pone obligatorio el método y la mortalidad desciende hasta el 0,23 por ciento. Seguramente por vanidad Klein se opone nuevamente a sus teorías y por ello es nuevamente expulsado el 20 de marzo de 1849. Meses después su amigo Markusovsky lo encuentra viviendo en la miseria, con una pierna y un brazo fracturados y hambriento vagabundeando por las calles… Escribe en secreto un libro donde explica sus teoría. Llega incluso a imprimir y pegar pasquines por la ciudad explicando a los padres los riesgos de sus hijas embarazadas si acuden a los médicos… Es internado en un asilo y tomado por loco. En abril de 1865 es dado de alta. Entonces, corre hacia el pabellón de anatomía donde delante de los alumnos abre un cadáver y después se da un corte a propósito para infectarse. Semanas después, con los mismos síntomas de las mujeres que el había tantas veces visto morir, a los 47 años muere en brazos de su profesor Skoda que había acudido a socorrerle. El edificio rosa que alberga el que fuera el Hospital donde trabajó tiene una verja negra. Detrás de ella, sobre un pedestal una estatua a cuyo pie en una placa puede leerse «El salvador de las madres». Y nada más. Un año después, en 1866 nace en Málaga José Gálvez Ginachero, otro ángel médico de quien les hablaré la próxima semana. Hoy, cuando se me ha muerto de cáncer mi amigo Paco Becerra quien seguro andará por el Cielo con su sempiterna sonrisa y su bondad contagiosa. Mientras tanto, esperaremos a ese otro ángel que algún día encontrará el remedio a esa lacra que todos llamamos cáncer…
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