Un año sin ti

Hago este artículo sin saber muy bien y a ciencia cierta si es correcto o no que escriba en las páginas de mi periódico para mi propia utilidad. Sin embargo, somos tantos los hermanados por las dentelladas de la parca, que al final he terminado pensando que quizás airear mis sentimientos, lejos de herir a nadie, bien pudiera ser un bálsamo para el espíritu de los que como yo, día tras día se enfrentan al trance de vivir sumidos a la pena de no volver a ver a los que se fueron para siempre.


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La última frontera

Hace 4.500 millones de años nuestro planeta era un recién nacido, inhóspito y carente de vida. Así pasó mucho tiempo, hasta que algunos organismos unicelulares poblaban un mar primigenio que lo envolvía todo y del que solo asomaban trozos de tierra pelada sobre la que llovía constantemente ácido. En este ambiente, sin saberse a ciencia cierta por qué, nació la vida. Los organismos unicelulares se unieron entre sí en una especie de moco que se aferró a la frontera existente entre la tierra seca y el primitivo mar. Después, en un milagro de la evolución, comenzaron los procesos que dieron lugar a la fotosíntesis, que milagrosamente lanzó a la atmósfera un elemento venenoso que lo llenaba todo y que mataba casi toda embrionaria especie que osaba aparecer en nuestro planeta. Sin embargo, la adaptación de los más fuertes, su tenacidad, su amor a esa especie de patria que les veía nacer y morir casi simultáneamente, dio origen a nuevas especies, apareciendo con ello nuevos organismos pluricelulares y las primeras plantas. El oxígeno, que lo mataba todo, ahora era la nueva fuente de vida en la Tierra. Pasaron millones de años y de repente, como un milagro, porque la vida es en sí misma un misterio milagroso, en un periodo de tiempo al que llamamos Cámbrico, la vida explosionó en infinidad de nuevas especies que poblaron rápidamente el planeta y lo llenaron de vida y color.


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Cine

Un 30 de noviembre de 1835 nos visitó el cometa Halley, ese mendigo espacial que tiene por costumbre pasarse a saludarnos cada setenta y cuatro años más o menos y que es el único que puede ser visto a simple vista por todos nosotros.

Nuestro amigo el cometa, tiene además la particularidad de haber aparecido en momentos especialmente históricos de la Humanidad, siendo quizás los más singulares, su aparición en el año 837 durante el reinado de Luis I el Piadoso más conocido como Ludovico Pío, o aquella otra aparición de 1066 cuando el gran normando Guillermo el Conquistador invadió Inglaterra «guiado por un cometa».

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Los españoles del naufragio

Un día como hoy, quince de abril, pero del año 1912, el trasatlántico más lujoso del mundo, el RMS Titanic, tras chocar a las 23.40 horas del día anterior con un iceberg, se hundió para siempre en las aguas del Océano Atlántico.

A bordo del carismático barco viajaban diez españoles, los recién casados Víctor Peñasco y María Josefa Pérez de Soto que junto a su sirvienta Fermina Oliva navegaban en primera clase. El camarero Juan Monrós, que tras una cena en honor al capitán del barco, fue retenido junto a sus compañeros en un camarote de tercera clase, desde el que no pudieron acceder a cubierta y por tanto a los botes salvavidas. Los catalanes Julián Padró, Emilio Pallás y las hermanas Asunción y Florentina Durán, todos ellos amigos que viajaban juntos en segunda clase; el asturiano Servando Oviés, un empresario que también viajaba en segunda clase y que comerciaba con telas entre América y Europa y la enigmática Encarnación Reynaldo.

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Nosotros

Ibn Battuta fue un incansable viajero tangerino nacido en el siglo XIV que, de regreso por los confines del islam, desembarcó en Gibraltar, en el mismo lugar por donde en el siglo VIII lo hiciera Tariq, pasando después por Ronda camino de Granada.

En la ciudad del Tajo, nos habló desde su célebre rihla, es decir, la crónica de su viaje, como allí se encontró con faquires de origen persa, establecidos en la ciudad, seguramente por la similitud con sus tierras de origen, habitando individuos procedentes de lugares tan remotos como Tabriz, Samarkanda, Konya y hasta la alejadísima India…

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La copla se murió en marzo

Este mes de marzo que acaba de terminar vio nacer en el año de 1928 al genial malagueño Antonio Molina, aunque, quiso la casualidad también que en este mismo mes de marzo, con tan solo sesenta y cuatro años cumplidos, un 18 de marzo de 1992, se marchara al cielo de los elegidos para siempre, por eso, muchos son los que aseguran que ese día también se murió la copla, o al menos, una forma única e inimitable de interpretarla en España.

Antonio fue sin ningún género de dudas, el fenómeno musical español de su tiempo, creador de un estilo propio, poseía una habilidad vocal admirable, tanta que le permitía realizar un falsete que prolongaba hasta límites realmente increíbles. Pero Antonio fue, sobre todo, un hombre extremadamente bueno…


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